El Superhombre y Otras Novedades by Juan Valera - HTML preview

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EL SUPERHOMBRE Y OTRAS NOVEDADES

OBRAS DE DON JUAN VALERA

 Pepita Jiménez; un vol. en 8.º, Ptas. 3.

 Doña Luz; un vol. en 8.º, 3.

 El comendador Mendoza; un vol. en 8.º, 3.

 Algo de todo; un vol. en 12.º, 2,50.

 Las ilusiones del doctor Faustino; dos vols. en 8.º, 5.

 Pasarse de listo; un vol. en 12.º, 2,50.

 La buena fama; un vol. en 16.º con grabados, 2,50.

 El hechicero. El bermejino prehistórico. Las salamandras azules; un vol.en 16.º con grabados, 2,50.

 Dafnis y Cloe (traducción del griego); un vol. en 8.º, 3.

 Estudios críticos; tres vols. en 12.º, 9.

 Disertaciones y juicios literarios; dos vols. en 12.º, 6.

 Cuentos y diálogos; un vol. en 12.º, 2,50.

 Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia; tres volúmenes en 12.º,9.

 Tentativas dramáticas; un vol. en 12.º, 2,50.

 Canciones, romances y poemas; un vol. en 12.º, 5.

 Cuentos, diálogos y fantasías; un vol. en 12.º, 5.

 Nuevos estudios críticos; un vol. en 12.º, 5.

 Cartas americanas (primera serie); un vol. en 12.º, 1.

 Nuevas cartas americanas (segunda serie); un vol. en 8.º, 3.

 Morsamor; un vol. en 8.º, 4.

 La Metafísica y la poesía. Polémica con D. Ramón de Campoamor, 3.

 Pequeñeces... Currita Albornoz al P. Luis Coloma; un folleto en 8.º, 1.

 Las mujeres y las Academias, cuestión social inocente; un folleto en8.º, 1.

 Ventura de la Vega, biografía y estudio crítico; un vol. en 8.º

con elretrato del biografiado, 1.

 A vuela pluma, artículos literarios y artísticos; un vol. en 8.º, 4.

 Genio y figura; un vol. en 8.º, 3.

 De varios colores; un vol. en 8.º, 3.

 Juanita la larga (3.ª edición); un vol. en 8.º mayor con grabados, 6.

 Ecos Argentinos; un vol. en 8.º, 3,50.

 Garuda o la cigüeña blanca (edición ilustrada); en 8.º, 2,50.

 Florilegio de poesías castellanas (en publicación).

JUAN VALERA

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El Superhombre

y otras

novedades

ARTÍCULOS CRITICOS

sobre producciones literarias de fines del siglo XIX

y principios del XX.

MADRID

LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ

Carrera de San Jerónimo, 2

1903

Es propiedad del autor.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

Imprenta de Ricardo Fé, calle del Olmo, núm. 4

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EL SUPERHOMBRE

Forcitan

et

majora

audens

producere

tellus

Corumque,

Enceladumqueferet,

magnumque

Tiphoea,

Ausuros

patrio

superos

detrudere

cœlo,

Convulsumque Ossam nemoroso imponere Olympo.

Fracastorii: DE MORBO GALLICO.

La vida intelectual me parece que en Francia, más que en nación alguna,está reconcentrada en su capital, París. En Alemania hay muchos centros,como Berlín, Leipzig y Stuttgard, que persisten, a pesar de la unidadpolítica creada por el Imperio. En los Estados Unidos, con no menoractividad, se escriben y se publican libros en Nueva York, en Boston, enFiladelfia o en Chicago. Y en nuestra España, aunque proporcionalmentese escribe menos y se lee mucho menos, la producción literaria no estáencerrada en Madrid, sino que se muestra en varias ciudades deprovincia, especialmente en Sevilla, Bilbao y Barcelona.

Mucho mefelicitaría yo de todo esto, aplaudiéndolo, si la manía del regionalismono lo echase un poquito a perder; pero hoy quiero prescindir delregionalismo y no decir de él una palabra. Diré, sí, que Barcelonacompite con Madrid, y aun se adelanta y supera a Madrid en muchospuntos. Y también diré que los madrileños y los que en Madridhabitualmente vivimos, no ignoramos ni desdeñamos, como tal vez hacetreinta o cuarenta años, lo que en Barcelona se escribe y se publica,aunque sea en catalán o en francés y no en el idioma castellano, queprevalece desde hace cuatro siglos como idioma nacional, español porexcelencia, que se extiende desde California al estrecho de Magallanes,y que se habla y se escribe, no sólo en esta Península y en las islasque son aún sus posesiones, sino también en dieciséis o diecisieteRepúblicas o Estados independientes. Cuando crezcan en todos ellos lapoblación, la prosperidad y la cultura, bien podrá lisonjearse cualquierliterato o sabio de mérito, si escribe en castellano, de que contará,naturalmente, con un público de los más numerosos y extendidos que haysobre la superficie de la tierra.

Entonces, como ahora, todo cuanto se produzca escrito en castellano,vendrá a enriquecer el tesoro literario español, y, si vale algo, serárecibido, no con celosa envidia, sino con satisfacción y con júbilo portodo el que se precie de español y sienta en el alma el amor de la patria grande, o sea de la casta.

Lo que es yo, y no me tengo por excepcional ni por raro, lo mismocelebraré la aparición de un buen libro, en verso o en prosa, enCaracas, en Bogotá o en Quito, que en Málaga o en Zaragoza. Niego, pues,ese desdén, esa rivalidad que entreveo que se nos supone, a los queescribimos en Madrid, contra los que escriben en español en otrasciudades, y singularmente en las de Cataluña.

¡Ojalá escribiesen allícosas tan buenas que, sin excitar nuestra envidia, despertasen ennosotros emulación noble y nos moviesen a escribir con mayor tino,primor e ingenio que en el día!

Como quiera que ello sea, yo de mí puedo decir que cuando sé de un autornuevo o leo un libro nuevo, en castellano, prescindo para elogiarle dela región en que está escrito o impreso, y le elogio cuanto merece y talvez proporcionalmente más, según la distancia desde donde el libroviene, causándome por ello impresión más grata y peregrina.

Largo es el anterior preámbulo, pero no está de sobra, para afirmar aquíque, si bien no he leído yo La Muerte y el Diablo y Herejías, de D.Pompeyo Gener, ha sido por descuido y no por malquerencia regional, yque ahora, después de haber leído el flamante libro del mismo autor,titulado Amigos y Maestros, hallo que su autor es digno deconsideración detenida y de extraordinario aplauso. Y

aunque sea encifra y resumen, por no tener lugar ni tiempo para más, voy a dar aquíalguna noticia de dicho libro, tratando de realzar las elevadas prendasde pensador ingenioso, de escritor elegante y fácil y de persona docta ydiscreta, que ha mostrado el autor al componerle.

Para gustar de un autor no es menester coincidir con él en opiniones ycreencias, ni mucho menos dejarse convencer por sus razonamientos.

Amenudo suele sucederme lo contrario, y así me sucede con el libro de D.Pompeyo Gener. Mucho tengo que aplaudir en dicho libro, y muy poco de loque dice me convence, aunque aplaudo el entusiasmo, el saber y élingenio con que lo dice. Ténganse por dados mis aplausos, y permítasemeque contradiga

yo

algunos

de

los

asertos

del

Sr.

Gener,

considerándoloscompletamente erróneos, o bien que ponga reparos y haga observacionessobre los que hallo conformes a medias con lo verdadero y lo justo.

Amigos y Maestros es una colección de semblanzas o retratos deescritores franceses todos, menos uno, Joaquín María Bartrina. Justosería el panegírico que hace Gener de este singular ingenio si noquisiera realzarle con odiosas comparaciones, tildando de palabreros,confusos y difusos a los demás poetas de España, y suponiendo que debenla fama de que gozan a que viven en Madrid, y sin duda forman parte deuna sociedad de elogios mutuos. Yo no puedo convenir con el Sr. Gener enque España es madrastra y no madre de sus mejores hijos, cuyo mérito noconfiesa hasta que los extranjeros le reconocen y proclaman; y que, encambio, pone por las nubes a medianías y hasta a nulidades intrigantes.No fueron ni son nulidades, ni medianías, Quintana, Gallego, Espronceda,Zorrilla, Hartzenbusch, García Gutiérrez, Tamayo, Querol, Núñez de Arce,Ferrari y no pocos otros, que viven aún, y que no deben su reputación,ni a las alabanzas de los periódicos de Madrid, ni al descubrimiento y ala declaración que hayan hecho de su valer críticos extranjeros.

Crea el Sr. Gener que Bartrina no vale más en el concepto que se formade él, después de leída su semblanza, que en el concepto que de Bartrinateníamos formado antes de dicha lectura. Tal vez sea más claro el primerconcepto. Yo, al menos, no puedo conciliar que Bartrina se parezca almismo tiempo al sencillo, elegante, sincero y clásico Leopardi y alafectadísimo, falso y extravagante Baudelaire. En el único predicamentoen que pueden entrar a la vez los tres poetas, es en el de ser los tresincrédulos, enfermizos, tristes y desesperados. En todo lo demás sediferencian muchísimo. Y, si hemos de hablar con franqueza, asíBaudelaire como Bartrina se quedan muy por bajo a infinita distancia deLeopardi, uno de los más admirables poetas líricos que ha habido enEuropa en el siglo presente, tan glorioso y fecundo en este género depoesía.

Las demás semblanzas, según dejé ya apuntado, son todas de escritoresfranceses, y yo no puedo menos de alegrarme de que la crítica juiciosase emplee en ellos y los dé a conocer en España. Celebro asimismo elapasionado afecto y la generosidad con que el Sr. Gener los colma dealabanzas. Yo convengo y he convenido siempre en que Francia posee amenay riquísima literatura, y en que es fecunda y dichosa madre deoriginales y elegantes escritores, cuyas obras son acaso las más leídasy celebradas en los países extraños, por donde el pensamiento y elidioma y hasta el sentir de los franceses se imponen y predominan entrelos otros pueblos. Pero esta hegemonía de Francia en letras y en artes,no sólo da a Francia entre los extranjeros fundadísimo crédito, sinotambién prestigio deslumbrador, que los solicita y estimula a laadmiración más ciega, a los encomios más hiperbólicos y muy a menudo ala desmañada imitación de lo peor, originando modas en lo que se escribey en lo que se piensa, como las hay en lo que se viste y en el menaje delas casas. Contra esto importa precaverse y estar sobre aviso. De aquíque tal vez los personajes que el Sr. Gener retrata en su libro quedentasados en su justo valer si rebajamos siquiera una tercera parte de lasalabanzas que el Sr. Gener les prodiga. Debe además decirse que todosellos están bien estudiados, tienen el conveniente parecido en elretrato y éste es una bella pintura que califica de atinado observador yde hábil artista a quien acertó a trazarla.

En general, todavía tengo yo que poner otro reparo a las semblanzas delSr.

Gener, o más bien aconsejar a los lectores que se aperciban contraellas de cierta cautela, más indispensable a los españoles que a loshombres de otros países.

En España, ya sea por nuestra natural condición, ya sea porqueescribiendo para el público o siendo artista se llama menos la atencióny se adquiere menos dinero y menos gloria que en otros países y, porconsiguiente, hay poco incentivo para dedicarse con constancia a lo quellaman en francés la pose, la verdad es que entre nosotros la pose apenas se estila o se usa, y cuando se usa o se estila es de un modosuperficial y efímero y no con la honda tenacidad y persistencia quesuelen tener en ella los escritores y los artistas franceses. Digo estoa fin de advertir que no debemos tomar con seriedad la pose mencionada, y a fin de censurar al Sr. Gener, aunque muy blanda yamistosamente, de que a veces toma dicha pose muy por lo serio.Válganos para muestra muchas cosas que refiere de Sarah Bernard, aunqueen este caso es disculpa y aun plena justificación la galantería. Lasimpática y encantadora actriz posee en toda su persona vencedor ymisterioso atractivo; con él y por él seduce y hechiza, como si fueramás hermosa que la Venus de Milo; se viste con lujo, esmero y graciaadmirables, y su voz es argentina y simpática y tiene matices,inflexiones y tonos propios para expresar toda pasión y todosentimiento: la ternura amorosa, los celos, la soberbia y la ira. Suandar, sus gestos, las posiciones que toma y los movimientos que hace,todo está magistralmente estudiado y ejecutado con inspiración ydestreza. En suma, para elogiar a Sarah Bernard, yo me conformo, o másbien me complazco, en ser eco del Sr. Gener o de quien más la elogie. Enlo único que no soy eco y en lo único que resulta la disonancia es en loque me parece afectada ponderación; algo que veo en mi espíritu comotrasladado a la vida real desde lo sofístico y aparente del teatro.¿Cómo he de creer yo con formalidad y sin risa que para representar biena la emperatriz Teodora, mujer de Justiniano, necesita Sarah Bernardleer a Procopio en griego, atracarse de Pandectas hasta el extremo dedesencuadernar el volumen que las contiene y hacer otros mil estudiosprofundos y enrevesados para enterarse de cosas que probablemente lamisma emperatriz jamás supo? Chistes, rarezas y exquisiteces por elestilo hay en los escritores y en los artistas de todas lasnacionalidades, pero en los franceses se notan más a menudo. El blanco,al que con esto dirigen la mira, es a pasmar y atolondrar a losburgueses, mostrándose en vida, costumbres y hábitos, muy apartados delo usual, muy inauditos y tan fuera del camino trillado, hasta en loscasos y accidentes más ordinarios y repetidos, que vienen a aparecer, nocomo seres humanos, sino como monstruos o criaturas de distinta ysuperior especie. Asimismo procuran inculcar en la mente del vulgo unconcepto fantástico de las enormes dificultades de su arte, suponiendoque para vencerlas son menester requisitos muy singulares, por donde, enocasiones, el escritor o el artista que así quiere señalarse, incurre enpueril pedantería o en charlatanismo a la Dulcamara. Si Sarah Bernardasegura que para hacer bien el papel de la emperatriz Teodora seatiborra de crónicas en griego, se traga el Digesto y hace de él unabuena digestión, y hasta interviene en el tejer de las telas con que hande hacerle los trajes procurando que sean tejidos según el estilo ymanera con que en la edad de Narsetes y de Belisario solía tejerse, yodoy por cierto que Sarah Bernard embroma a la gente a quienessemejantes cuidados y esmeradas faenas refiere.

Al hablar de todo ello,debería empezar su discurso como el gracioso doctor de la ópera,exclamando: ¡udite o rustici!

El título del libro del Sr. Gener lleva implícita la justificacióncontra todo lo que pudiera decirse acerca del mérito relativo de lospersonajes cuyos retratos literarios ha hecho. No los ha hecho porquedichos personajes sean los más egregios, sino porque han sido o porqueson amigos y maestros suyos. Aun así, yo debo convenir y convengo enque se da la dichosa coincidencia de que sean casi todos los unidos alSr. Gener por lazos de amistad, autores de primera nota en Francia,descollando en aquella nación tan rica en ingenios entre los más famososy aplaudidos. Tales son Bourget, Richepín, Taine, Renán, Littré, ClaudioBernard, Flaubert, Pablo de Saint-Víctor y Víctor Hugo.

Aunque yo no he leído ni estudiado detenidamente todo cuanto dichosautores han escrito, conozco de ellos lo bastante para tributarles elmás rendido homenaje de mi admiración, poniendo sobre todos a Renán comoprosista, y a Víctor Hugo como poeta.

A

veces

he

censurado

yo

en

Víctor

Hugo

no

pocas

extravagancias,pomposidades y relumbrones falsos y de mal gusto, pero, a pesar deestos defectos, que yo noto para que no se me acuse de idolatría,siempre me he complacido en reconocer y confesar que por lo fecundo eimpetuoso de su abundante vena, por su maravillosa fantasía y por sudestreza magistral en el manejo de la lengua, del metro y de la rima,Víctor Hugo es, si no el primero, uno de los mayores líricos y épicos denuestro siglo, rico en poetas más acaso que ningún otro de los siglospasados. Dentro del período que abarca la vida de Víctor Hugo convieneno olvidar que en las naciones cultas de Europa, en alguna de América yen la misma Francia, el autor de los Cantos del crepúsculo ha tenidorivales que, si por la fecundidad no le vencen, tal vez por la calidad yexcelencia, pureza y perfección de determinado número de obras, se leanteponen y le eclipsan. Así, por ejemplo, Manzoni y Leopardi en Italia,y aun en nuestra pobre y hoy desdeñada España el glorioso cantor de laimprenta y del levantamiento de las provincias españolas.

Como quiera que ello sea, y con el debido y más profundo respeto a lospersonajes literarios y científicos que el Sr. Gener retrata, declaroque no llego a advertir en ellos la estupenda magnitud y la superioridaddescomunal que me induzcan a presentir, a columbrar y hasta a profetizarel próximo advenimiento de una raza o casta de hombres muy por encimade los que en el día visten y calzan y andan por esas plazas, calles ycampos.

A mi ver, ha habido bastantes épocas en la Historia en que la profecíade ese advenimiento pudo estar más fundada. Tomemos, por ejemplo, loscien años que van de 1480 a 1580. En seguida se ofrecen a nuestramemoria Colón, Vasco de Gama, Magallanes, Vives, Suárez, Victoria yDomingo de Soto, Ignacio de Loyola y Lutero, Rafael y Miguel Ángel,Ariosto, Camoens y Shakespeare, Galileo, Baccon y Copérnico, y otrocentenar de varones extraordinarios, en toda clase de obras propias delingenio y del entendimiento humanos y para todos los gustos, creencias ydoctrinas. Comparados con los personajes que acabamos de citar, los delpresente siglo, yo al menos lo entiendo así, se quedan tamañitos.Admirable y rico es el fruto que han dado los segundos, pero vale más ytiene superior importancia el fruto que dieron los primeros. Losmodernos idiomas, balbucientes e imperfectos aún en la Edad Media, sedesenvuelven con pasmoso florecimiento y producen obras maestras envarias literaturas; se agranda y llega a ser casi cabal, en la mentehumana, el concepto del universo visible; se conocen por experiencia lascosas materiales de la tierra y del cielo; renace la antigüedad clásica,y al renacer, y al ser imitada, el prurito de la imitación engendranueva y original poesía, divinas creaciones artísticas, flamantessistemas filosóficos y hábiles métodos de observación y de estudio parainterrogar a la naturaleza y al espíritu humano y arrancarles sus máshondos secretos. En parangón de lo que hizo el siglo XVI, resultainferior la obra de nuestro siglo, aunque no olvidemos ni dejemos deincluir en ella ciencias que pueden llamarse nuevas, tan importantescomo la Química y la Filología comparativa, y descubrimientos taningeniosos y útiles como los del vapor para fuerza motriz, lafotografía, el telégrafo eléctrico, el teléfono y el fonógrafo.

Todoesto vale e importa muchísimo, pero importa y vale muy poco cuando secompara

al

transfigurado

renacimiento

del

mundo

antiguo

y

aldescubrimiento del nuevo mundo. Y si entonces no se creyó que iba asurgir de enmedio de la triunfante humanidad un ser exquisito y perfectoa quien llamásemos el superhombre, menos razón hay de creerlo ahoraporque Renán escriba la novela sentimental titulada Vida de Jesús,porque haya ferrocarriles y alumbrado eléctrico, y porque se inventenlas máquinas de coser y las bicicletas.

Si yo me dejase dominar por mi fervorosa filantropía y por mi amor atodo progreso, me dejaría convencer por los argumentos que el Sr. Generaduce, y creería, como él, que está próxima la aparición delsuperhombre; pero, aunque soy progresista, no lo soy tanto, y aunquequisiera creer lo que el Sr. Gener cree, acuden a mi espíritu multitudde dudas que me lo impiden, harto a pesar mío. Voy a poner aquí algunasde estas dudas según se me vayan ocurriendo. Y

voy, además, a presentarvarias enmiendas o modificaciones a la doctrina sobre la humanidadascendente, tal como el Sr. Gener la profesa, a fin de que, si al cabonos dejamos convencer y la aceptamos, sea modificada o enmendada, segúna mí me parece más razonable y equitativo.

En primer lugar, yo me alegraría de que el ascenso del género humano agénero

superhumano

fuese

general

o

total,

aunque

en

la

superhumanidadfutura hubiese también, como en la humanidad presente, y en la debidaproproporción, ineptos y aptos, torpes y hábiles, y tontos y discretos,etc.

En el día, Inglaterra, Francia y Alemania, y tal vez alguna otra nación,no ha de negarse que nos llevan la delantera en este correr disparatado,en que vamos todos, en el hipódromo de la Historia, aproximándonos ya ala meta; y sería caso lamentable y necio que por llegar antes a dichameta los pueblos del Norte, viniesen de súbito a convertirse ensuperhombres, teniendo nosotros, por ir ahora tan rezagados, no ya queadelantar, sino que retroceder hacia la animalidad o hacia la especieinferior de que hemos salido, acabando por ser, con relación al reciénaparecido superhombre, lo que hoy es el mono con relación a nosotros.Con esto no me conformo a pesar de todos los discursos del Sr. Gener y apesar de mi acendrado progresismo.

Se me dirá que el que yo me conforme o el que no me conforme no es delcaso. Lo que conviene dilucidar es que el caso sea o que no sea.

Meditemos sobre su posibilidad.

Empezaré por un distingo. Si por progreso se entiende el acumuladocapital de observaciones, estudios, sistemas y descubrimientos que lasgeneraciones pasadas nos han ido legando, que nosotros conservamos y quesin duda acrecentamos y mejoramos, yo creo en el progreso a piejuntillas. El más obscuro bachiller del día sabe más gramática queHomero; el más humilde catedrático de Instituto sabe más Historia queHerodoto; y de las cosas naturales, de sus afinidades, composiciones,descomposición y cambios, sabe más que Hipócrates cualquier adocenadofarmacéutico de aldea. Yo no niego esto. Lo que niego es que ese cúmulo,que esa ingente cantidad de doctrina, que ese esfuerzo y trabajo delespíritu de la humanidad, durante tres mil años, haya logrado infundirseen ese mismo espíritu por tal arte que se haya hecho consustancial conél, dándole valer y potencia superiores a los que antes tenía.

Ciertoque Homero, Herodoto e Hipócrates eran menos instruidos que Víctor Hugo,Taine, Renán y Claudio Bernard, pero, a mi ver, valían muchísimo más queellos. Por donde yo infiero que el tal progreso substancial y personal,por cuya virtud ha de aparecer pronto el superhombre sobre la faz denuestro planeta, no ha dado paso alguno desde hace por lo menos cerca detreinta siglos.

¿Cómo he de poner yo en duda que Hegel sabía másquímica, astronomía, zoología, mecánica, historia, etc., que el propioAristóteles? Y sin embargo, con ser Hegel tan original y poderosopensador, y con tener una tan fecunda y constructora fantasía y un vigortan sublime para sintetizarlo todo armónicamente, combinando lo real ylo ideal y encerrándolo dentro de su idea, que eternamente sedesenvuelve, todavía me parece Hegel pequeño cuando acerco la imagen quede él concibo a la imagen colosal con que se representa en mi mente elprodigioso maestro del magno Alejandro.

No iré yo hasta el contrario extremo del señor Gener, ni afirmaré quelos hombres han degenerado. Me limito a presentar aquí, sin intentarresolverla, una contradicción que asalta mi espíritu. Yo quiero creer, ycreo, que los hombres de hoy no valen, en el fondo, en lo esencial ypor naturaleza, ni más ni menos que los de cualquier otro siglo; que porla educación y por la cultura, por lo que han heredado de sus mayores,por el tesoro que han reunido durante siglos, y sobre el cual selevantan como sobre un pedestal, los pensadores y escritores modernosvalen más que los antiguos; que en determinado sentido, por ladivulgación de los conocimientos, hay en el día más gente que valga. Yque en el día, no ya Napoleón I, sino el más torpe de los generales,derrotaría al hijo de Filipo desbaratando sus falanges con dos o trescañones Krupp; el ateísta coronel Ingersol probaría a Moisés suignorancia en química, en astronomía y en geología, y que toda laciencia que había estudiado en los colegios sacerdotales de Egipto, novalía un pitoche al lado de la adquirida por él en las escuelas deBoston; y que el último maestro de escuela dejaría absortos y turulatosa Hesiodo, y tal vez al propio Píndaro, si se ponía a explicarles quelos nombres son masculinos, femeninos y neutros, que pueden estar oestán en nominativo, en acusativo, en dativo o en otro caso, y otras milverdades científicas por el estilo, de las que es casi evidente que niHesiodo ni Píndaro se habían percatado. Pero aquí surge lacontradicción. De esa misma ignorancia, de esa falta de educación,digámoslo así, y de ese cortísimo saber de los antiguos, nacen ennuestra mente el pasmo y la admiración que nos infunden sus obras. Masque fruto de la reflexión y del estudio, nos parecen inspiradas,reveladas y divinas. No vemos en ellas el esfuerzo laborioso, ni laciencia que de antemano se adquirió en el aula, o que se toma de repentey de prestado en un diccionario, o en cualquier otro librote, sino vemosla espontánea y fresca lozanía del propio ingenio, radiante de luzinterior, a par que maravillosamente ilustrado por el numen.

El Sr. Gener traza un breve compendio de filosofía de la Historia, a finde probar que se acercan los tiempos en que ha de aparecer elsuperhombre; pero, en muchos puntos, encuentro yo falsa su filosofía, yen ninguno la prueba de que dicha aparición esté cercana. Por elcontrario, en varios párrafos del último capítulo de su libro, dondeexpone su doctrina, pinta con tan negros colores la sociedad del día,que si nos allanásemos hasta creerle, aseguraríamos que el génerohumano, en vez de adelantar moralmente, ha degenerado o se hapervertido.

La culpa principal de degeneración tan lastimosa es, según el Sr. Gener,la errónea creencia de que todos los hombres somos iguales. Para el Sr.Gener nada más absurdo que la igualdad. A mi ver, el Sr. Gener tienerazón, si se entiende la igualdad de cierto modo; pero de ese ciertomodo nadie entendió jamás la igualdad, ni ahora ni nunca, por donde elseñor Gener crea él mismo un fantasma o estafermo para tener el gusto dederribarle con las lanzadas de su crítica.

El Cristianismo, según el Sr. Gener, vino a proclamar la igualdad de loshombres en la abyección y en la miseria, y la Revolución francesa y susideas, enseñaron y sostuvieron la misma igualdad, aunque nivelando a loshombres todos, por lo alto, y considerándolos igualmente capaces.

La acusación contra el Cristianismo me parece tan infundada como laacusación contra las ideas revolucionarias en este punto. Nadie que estéen su juicio, por fervoroso cristiano o por tremendo revolucionario quesea, ha desconocido jamás la desigualdad de los hombres, ni ha dejado deadvertir las diferencias que hay entre ellos, porque unos son bajos yaltos otros; débiles unos, y otros fuertes; algunos listos, y torpesmuchísimos; y en lo tocante a inteligencia, agilidad y naturaldisposición para diversos oficios, artes y menesteres, se dan y se daránsiempre escalas de muchísimos grados.

La igualdad que el Cristianismo y la Revolución coinciden en reconocer,está por bajo, o mejor dicho, está antes que toda doctrina religiosa ofilosófica: es la igualdad radical y esencial de la naturaleza humana,con los derechos y deberes que de ella nacen y que en ella se fundan,con tal evidencia, que basta el sentido común para que la reconozcamos,si bien importa que la religión la consagre y que las leyes,revolucionarias o no, la sostengan y amparen contra la violencia y lainjusticia. Igualdad tan justa no se comprende que pueda ser destruidapor la doctrina de la humanidad ascendente, que el Sr. Gener sostienecon tanto entusiasmo.

En el modo de entender la igualdad cristiana, el Sr. Gener, obcecado porla pasión antireligiosa, incurre en varios errores. Ni en el cielo ni enla tierra, ni en la vida presente ni en la futura, reconoce elCristianismo que el necio y el sabio, y menos aún el santo y el vicioso,sean iguales, a no ser radical y esencialmente.

Y entonces, estaigualdad no está fundada en la vileza y en el menosprecio del propio serhumano, sino en el altísimo concepto que hace formar de él elCristianismo, enseñándonos que toda alma de hombre es imagen y semejanzade Dios, que debe aspirar a ser perfecta como Dios mismo y que es deDios tan amada que se sacrificó por redimirla, y tan estimada, que quisounirse con ella y hasta con el cuerpo mortal donde ella se encierra.

Sinduda que el alma fervorosamente cristiana, cuando se dirige a Dios ensus rezos y hablas interiores, se pone muy humilde, se califica deindigna, de pecadora, de perversa, de todo lo malo y ruin que puedaimaginarse; pero de sobra se comprende que esto lo dice y lo confiesa elalma cuando se compara con un ideal supremo de perfección, de rectitud,de bondad y de hermosura, término altísimo de todas sus aspiraciones yblanco inasequible de sus miras y anhelos. Cuando esta misma almacristiana, no por los actos virtuosos que ha realizado, porque estosería faltar a la modestia, sino por la capacidad que en sí siente y porel noble destino para el que Dios la crió, se contempla y examina a sípropia, en vez de ser bajo el concepto en que se tiene, es tan sublimeconcepto, que no se le aventaja el de ninguna criatura de las que ve opuede ver, ni de las que imagina o finge, ni de las que por fe orevelación conoce. El alma de la más cuitada criatura humana puedeelevarse, cuando no por inteligencia, por amor, hasta el Ser divino;puede subir al cielo y sentarse, como se sentó Francisco de Así, en eltrono en que se sentaba Lucifer antes de su caída. Arrepiéntase, pues,el Sr. Gener de su declamación contra la igualdad cristiana fundada enlo miserables que somos. Si lo dicho es confesión de ruindad y de realmenosprecio de sí mismo, venga Dios y lo vea, como vulgarmente sedice. La igualdad, por consiguiente, se da en el Cristianismo enpotencia: en la potencia infinita que tenemos todos de ser llamadoshijos de Dios y herederos inmortales de su reino y de su gloria. Y loque es en acto, como la igualdad sería absurda, desigualdad es lo quehay, ya que unos son réprobos y santos otros; unos justos y otrospecadores, y unos monaguillos y sacristanes y otros Abades mitrados,Arzobispos y hasta Papas.

Sobre

la

igualdad

democrática,

que

también

condena

el

Sr.

Gener,declamando contra ella suponiéndola rémora del progreso, harto llano eshacer defensa parecida.

La igualdad democrática, racional y discretamente entendida, no está enel ser actuado, sino en el poder llegar a ser y en que ese poder no seahogue ni se limite merced a privilegios odiosos. En este sentido, laigualdad democrática es justa y razonable en teoría, y no sirven parainvalidarla los abusos y males que pueden nacer de ella. ¿De qué nopueden nacer males y abusos?

La más clara manifestación de la igualdad democrática es el sufragiouniversal. No refutaré yo los mil argumentos que contra él se hacen: losaceptaré como fundados; pero, sobre todos esos argumentos, hay una razónpoderosa que los invalida y destruye. Sin duda que en una asociación dehombres para determinada empresa, a cuyo buen éxito concurren unos conel capital, otros con la inteligencia, otros con su habilidad, pericia ydestreza en tal o cual arte u oficio, y otros sólo con el rudo trabajode sus manos, el sufragio universal por igual sería absurdo, así comotambién lo sería el igual reparto de las ganancias y provechos. Pero lasociedad política, la ciudad o el Estado, es asociación de muy distintaíndole y propósito. Su principal fin es amparar a los hombres en ellibre ejercicio de sus derechos, reprimir toda violencia que los merme yno poner la menor traba a la actividad benéfica de cada individuo.

Enesto no cabe la menor desigualdad entre los asociados. Casi estoy pordecir, o sin casi lo digo, que el jornalero que gana dos o tres pesetasal día tiene el mismo derecho, y acaso mayor interés, que el capitalistaque goza tres mil duros de renta diarios, en que el Gobierno sea bueno,atinado y juicioso. Porque si el Gobierno lo hace mal y sobreviene laruina, lo probable es que el Capitalista salve gran parte de su fortunay siga gozando de ella, o en la propia patria semiarruinada, o en paísextraño, donde acaso tenga fondos o bienes, mientras que el jornalero semorirá de hambre si se hunde la industria que le daba trabajo y jornal;y mientras más castizo sea él, y mientras más propio y peculiar de supatria sea el oficio que ejerza, mayor será su miseria y sudesesperanza, pues no es llano ni cómodo emigrar a tierra extraña,sobre todo con familia, en busca de trabajo y sustento. En vista, pues,de la anterior consideración, yo tengo por evidente que el pobreganapán, el obscuro y desvalido destripaterrones, está por lo menos taninteresado como el Fúcar o el Creso, en la prosperidad y buenagobernación de la república. Para el rico es esto negocio de mayor omenor comodidad y de más o menos exquisitos goces, y para el pobre puedeser negocio de vida o muerte, de no poder ganar las dos o tres pesetasque antes ganaba, y de tener que recurrir a la mendicidad o a la pocaeficaz beneficencia pública en la tierra cuya riqueza fomentó con sutrabajo, y por cuya integridad y por cuya honra tal vez derramó susangre.

Entiéndase que, por amor a la verdad y a la equidad, y no para adulacióno lisonja del vulgo plebeyo, me atrevo a afirmar lo que afirmo, encontra de la flamante y curiosa aristocracia cuyas doctrinas sostiene elseñor Gener, y que se funda o cree fundarse en la egregia cultura deaquella pequeña parte de nuestro linaje, que, a lo que parece, eshumanidad ascendente y se acerca ya a formar núcleo o grupo desuperhombres.

La flamante aristocracia, o dígase la superhumanidad, no quiere el Sr.Gener que surja por revolución, sino por evolución, siguiendo el caminodel progreso, que sin dada llevamos ahora; pero si no seguimos el buencamino y nos hemos extraviado, no se comprende de qué suerte hemos dellegar al superhumanismo por más evoluciones que se hagan. Mala trazatienen de entronizarse los superhombres, si hemos de juzgar fiel lapintura que hace el señor Gener de la sociedad presente: «Los másastutos, dice, escalando el poder directamente, o con la protección delas leyes, amparándose del dinero, se han impuesto, y las sociedades hoygimen en una esclavitud mil veces peor que la antigua. Una pirateríamercantil, un feudalismo industrial han venido a afligir a la humanaespecie con unos Gobiernos de nulidad, juguete de la bancocracia, queprotegen sólo a los ineptos adherentes y dificultan el desarrollo detodas las verdaderas fuentes de vida. El prosaísmo ha tronado ensoberano (sic): los valores han caído en poder de los malvados. Hoydía, en general, riqueza es sinónimo de nulidad moral, de egoísmo y demediocridad perfecta; a lo más significa refinada astucia; en suma, unacualidad criminal punible.»

Si tan feos rasgos son exactos, si es así la sociedad presente, o bienno vamos por el camino del progreso, o bien hemos caído, con el carroque nos conduce, en un barranco o atolladero de todos los diablos. Noveo, pues, que estén cerca el advenimiento y el triunfo delsuperhombre, ya que, según el Sr. Gener, son una caterva de majaderos,criminales y bellacos los que triunfan, se encaraman y lo gobiernantodo, mientras que los superhombres andan por ahí desperdigados, conpoquísimo dinero, sin poder y sin influjo, y tal vez haciendoobservaciones y experiencias, y escribiendo librotes que casi nadie lee.¿Y cómo ha de leerlos nadie cuando la sociedad gime hoy, según el Sr.Gener, en la peor de las esclavitudes bajo el yugo infamante de esostíos ordinarios y de esos ricachos vulgares y pícaros, que, según noscuenta, nos mandan y nos oprimen? Si por virtud de la evolución hemos desalir de tan horrible estado, la aurora superhumana, en vez de estarcerca, está lejísima; tardará millones de años en amanecer. Ahoracomprendo lo que leí tiempo ha en cierto libro de Sociología, que mehizo honda impresión y que no he olvidado nunca: «La humanidad, dice elreferido libro, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún.»Tratando luego de cuando nacerá, y después de larga investigación y decálculos sutiles, pronostica que nacerá dentro de catorce mil yquinientos años sobre poco más o menos. Y si la humanidad colectiva andatan reacia en nacer, yo recelo que la superhumanidad triunfante siga engestación doble tiempo, y sólo salga a luz, no ya dentro de cientocuarenta siglos, sino dentro de trescientos, si para entonces no hatenido nuestro planeta algún mal encuentro o tropiezo en la amplitud deléter por donde voltea y va valsando, o si no le falta agua porque secombine la que hay con sustancias sólidas, o si no se enfría y apaga sufuego interior, o si, a fuerza de rodar, no acaba por agujerearse y portomar forma de buñuelo o de anillo, como el de Saturno.

Prescindamos ahora de los mencionados reparos; quitemos valor a losargumentos que el mismo Sr. Gener suministra contra el progreso rápido ycontra la persuasión de que estamos ya cerca de la meta. Y en estesupuesto, cavilo yo y me inclino a creer que el resultado del dichosomovimiento progresivo, en vez de ser la aparición del superhombre, seráel allanamiento y nivelación de la raza humana, la igualdad aborrecidapor el Sr. Gener, y si no la imposibilidad, la dificultad mayor cada díade que nadie sobresalga y descuelle.

Como no habrá tiranos crueles e intolerantes, nadie podrá ganar la palmadel martirio. Cada uno podrá predicar y difundir la doctrina que se leantoje, a sus anchas y sin peligro alguno. La supresión de los castigoslargos y dolorosos impedirá que alguien se distinga por su resistenteenergía para sufrirlos: los Régulos y los Príncipes Constantes no podránreaparecer. Extinguida la pobreza, la caridad, el generoso donativo ylas más bellas obras de misericordia no llegarán a ejercerse y seolvidarán o quedarán atrofiadas en el alma. Si la paz perpetua serealiza y las guerras se acaban, adiós virtudes bélicas, grandescapitanes y héroes valerosos. Descubierto y averiguado lo que queda aúnpor descubrir y por averiguar, todos seremos sabios y no habrá peregrinainvención que realce a un mortal con un centímetro de altura sobre losdemás mortales. Agotados y manoseados ya todos los asuntos épicos,líricos y dramáticos, probados todos los sentimientos, y empleados paraexpresarlos los más naturales, sencillos y propios primores de estilo,los prosistas y los poetas tendrán que repetir lo que ya se ha dicho, yser plagiarios o imitadores, exponiéndose por el prurito de seroriginales, a caer en las mayores extravagancias y ridiculeces: a ser decadentes, delicuescentes, impresionistas, simbolistas ynaturalistas. Con los escultores ocurrirá lo propio, cuando pretendansuperar por nuevos senderos a Fidias y a Praxíteles. Y los pintores, siambicionaran ser entre sus contemporáneos príncipes o reyes de su arte,como ya lo fueron en otra edad Rafael, Velázquez y Rembrandt, caerían enlos amaneramientos más disparatados. En suma: la igualdad nacida delprogreso y de la difusión de la cultura, nos acosará a todos, y el queno quiera someterse a ella, sino elevarse y lucir sobre sus semejantes,llegará a volverse loco y pondrá en cuanto haga el triste sello de sulocura.

Por dicha o por desgracia, este término del progreso está remotísimo aúny quizás no llegue nunca. Ya sabemos que la completa igualdad esimposible.

Sólo queremos dar a entender que un adelanto indefinido en lamarcha del linaje humano, no puede llevarle sino a la aproximación de laigualdad, y no a que unos individuos desciendan del grado en que hoy sehallan, y a que se conviertan en superhombres los individuos másselectos.

La civilización, al compás que crece, propende a nivelar a loscivilizados. Y

esto en todo y para todos. El macedón Alejandro es cienveces mayor y más transcendente por sus actos que Napoleón I. En el díano se concibe la posibilidad del caso estupendo y único de una ciudadcomo Roma, que llega a enseñorearse de más de la mitad del mundoentonces conocido. Hoy no se explican las rápidas conquistas de losmuslimes y la difusión del Imperio del Islam, desde la India y lasfronteras de la China hasta más allá por el Norte de los Pirineos, y porel Occidente hasta las olas del Océano, donde entró Ocba a caballo y lacimitarra en la diestra para dominarlas en nombre del profeta Mahoma. Nimenos se concibe cómo Cortés, Pizarro y Jiménez de Quesada, cada unocon un puñado de aventureros, penetraron hasta el corazón de las másincógnitas regiones, derribando y apoderándose de Imperios populosos yricos. Hoy, por el contrario, los medios que se emplean son enormes; laacción, desmayada y lenta; los resultados, mezquinos. Más de 200.000soldados y centenares de millones de duros, no bastan para domeñar aunos cuantos negros y mulatos rebeldes. Sin duda, la civilizaciónniveladora e igualitaria de que hemos hablado tiene de esto la culpa.

El desdoble del linaje humano en porción de superhombres y en porción demenos que hombres o de hombres decaídos, que es una de las fases de laprofecía disyuntiva del señor Gener, no da indicios de que llegue arealizarse.

Y lo que es yo me alegro en lugar de sentirlo. Me dolería enextremo quedarme entre los individuos de la humanidad decaída: y tambiénme dolería, porque soy filantrópico, cariñoso y bueno, aunque me estémal el decirlo, encumbrarme y darme tono entre los seres superhumanos,dejando a tanto cuitadillo prójimo mío cayendo lastimosamente ydegenerando hacia la animalidad primitiva.

Caso muy diferente será, y satisfactorio para todos, si la otra faz dela profecía es la que se cumple: esto es, si todo el linaje humano, sinexcepción, se convierte en superhumano. Quiera Dios que así sea. De subondad infinita esto, y más si cabe, puede esperarse, aunque el Sr.Gener no lo profetice.

Lo que es yo quiero esperarlo, lo espero y desisto de hacer nuevasobservaciones y de presentar otras dificultades y dudas, porque entoncessería mi artículo el cuento de nunca acabar; pero, a fin de determinarmi esperanza, fijándola, arraigándola, cimentándola y no dejándola en elaire para que el aire se la lleve, voy a poner aquí las principalesconclusiones que yo saco de todo, ora sean favorables, ora adversas a latesis del Sr. Gener y a su doctrina del superhombre.

El ser humano, tal como hoy existe y tal como ha existido siempre desdeque tenemos noticia de él por la Historia, dista infinito de Dios, paraquien en Dios cree, o de la razón impersonal o de la super alma, comola llama Emerson, para los descreídos. En los tres o cuatro mil años queconocemos de historia, debiera advertirse que por sus pasos contadosvamos acortando esta distancia. Yo, sin embargo, lo advierto poco. Todoslos inventos, adelantos y mejoras que el hombre ha hecho, me parecen, side acortar esta distancia se trata, como la cantidad de agua que un niñosacase del mar con una escudilla para dejarle en seco. La mejora y elprogreso, además, (pues no he de negar que los ha habido), vienen defuera y se sobreponen y no se adhieren a nuestro íntimo ser,engrandecido él mismo y mejorado. Aunque ya lo he dicho, repito ahoraque, en mi sentir, Alejandro vale más que Napoleón y Aristóteles más queHegel, Píndaro o Isaías más que Víctor Hugo, y Fidias y Praxíteles másque Canova y Thorvaldsen. En todo esto hay negación de progreso. Elsuperhombre era más superhombre hace dos mil o tres mil años que en eldía. La distancia, con ser infinita, que de la inteligencia soberana letiene separado, puede salvarse en cualquier época, por favor del cielo,por rapto de amor divino, por galardón precioso concedido a una singularpersona y que nada tiene que ver con el progreso. Lo que es como seriede grados que nos acerque a la perfección, no se ve el camino que nosconduzca al punto en que la superhumanidad aparezca. Ni casi con otrosseres de diversa casta que el hombre acierto yo a poner jalones en dichocamino. Casi estoy por afirmar que, en lo radical y substancial, entreDios y el hombre, no se descubre excelencia intermedia. Después de Dios,se diría que el hombre es lo más elevado que hoy se concibe y que se haconcebido siempre. Todos los seres con apariencias de superiores anosotros, se nos someten y se ponen a nuestro servicio. Por medio deconjuros evocamos a los demonios; por medio de exorcismos los arrojamosde donde no conviene que estén; las sílfides y las ondinas se mueren deamor por nosotros; los dioses y las diosas de todas las religionessuelen prendarse de los mortales y casarse con ellos; los genios acudena valernos, a protegernos y a inspirarnos poesía, prosa y otrosprimores; las hadas tejen ricas telas, fabrican brillantes joyas yfavorecen a las princesas y hasta a las fregatrices; los ángeles sonnuestra custodia y vienen a nosotros como embajadores y aun comomandaderos; y los arcángeles, ya son paraninfos, ya a modo de escuderosy guías que en nuestros viajes nos acompañan. ¿A ver, pregunto yo, si eslícito pedir o esperar más, después de alcanzar o de haber alcanzadotodo lo dicho?

En otras mejoras, que pudiéramos lograr con el tiempo, noto yo que surgeen seguida la contradicción. Pongamos por caso que se generalizase entrelos hombres el ser tan hermosos como el Apolo de Belvedere, y entre lasmujeres el ser tan guapas y bien formadas como la Venus de Milo o laCalípiga, y al punto los elegantes y aristócratas hallarían vulgar yordinario el ser así, y para distinguirse ya se deformarían el cráneo,comprimiéndole o llenándole de burujones, ya incurrirían en otrasempecatadas extravagancias. Y pongamos también por caso que al fin searregla tan hábilmente el organismo de la sociedad, que el vicio siemprees castigado y la virtud premiada siempre. Pues en mi sentir, no podríaocurrir nada peor. Entonces sí que la virtud no sería sino un nombre.Los cucos y los galopines, movidos por la segura recompensa, serían losmás virtuosos; y cuando alguien, desdeñando el propio interés, seentregase a los vicios más feos y perpetrase crímenes de marca mayor,nos inclinaríamos a creer, o bien que estaba loco, y que porconsiguiente era irresponsable, o bien que era una criatura de condiciónelevadísima, cuyas pasiones briosas y sublimes le impulsaban adesprenderse del vulgar egoísmo y a salirse fuera de la pauta común enque todos nos habríamos encerrado.

En resolución, y para no cansar más, diré que no columbro por partealguna el advenimiento del superhombre, sin que sobrevengan a la vezcontradicciones irresolubles. Posible es, no obstante, que elsuperhombre sobrevenga. Pero,

¿quién me asegura que sea mejor moralmenteque el hombre de ahora, y que no sea, con más saber y poder, desmandadoy perverso? Fracastoro, en los versos que me sirven de epígrafe,considera posible el advenimiento de una casta de superhombres; pero noserán buenos, sino que serán descomedidos y feroces gigantes que nodejarán títere con cabeza, que se levantarán contra Dios, y tratarán dearrojarle del cielo, y que de nosotros harán sus víctimas y susesclavos. Ya Swedenborg, cuando estuvo en el planeta Venus, vio y tratóa los hombres de allí, y por lo que nos cuenta de ellos, y por loapurado que entre ellos estuvo, podemos calcular lo mucho quepadeceríamos y el inmenso infortunio que vendría sobre nosotros si unacasta semejante, tan engreída, soberbia y poderosa, apareciese en esteglobo terráqueo en que habitamos.

Concluyo, pues, (y no porque se me acaban las razones, sino porque se meacaba la paciencia y porque temo que la de los lectores se acabetambién), que lo más acertado y prudente es no desear ni esperar que elsuperhombre sobrevenga, y contentarnos con ser hombres regulares y comose han usado siempre, si bien enriquecidos, cada vez más, coninvenciones ingeniosas, como la ya conseguida del alumbrado eléctrico, ycomo las que, sin duda se conseguirán, de dar dirección a los globos,sacar en las fotografías los colores de la cámara obscura, y quién sabesi llegar a alimentarnos con extractos y alambicadas quintas esencias,sin esta grosera alimentación de ahora, por la cual, al cabo del año,engulle cada hombre un montón de substancias, centenares de veces máspesado y voluminoso que todo su cuerpo. En fin, mucho, muchísimo sepuede inventar y mejorar aún antes de que llegue el momento en que laaparición del superhombre se nos venga encima. Lo que es de lashabilidades de Sarah Bernard y de los ingeniosos escritos de JuanRichepín, aunque yo los celebro porque me deleitan y me encantan, no meatrevo a inferir que dicha aparición esté próxima.

LAS INDUCCIONES

DEL SR. D. POMPEYO GENER

Entre las mil desventuras que afligen hoy a la madre España, no es lamenor el prurito de remediarlas que se ha apoderado de multitud depersonas. Brotan de este prurito, como de abundante venero, arengaspolíticas y sociales, artículos de fondo, novelas y dramas y no pocoslibros científicos, o casi científicos, que bien pudiéramos calificar deterapéutica política o de psicoiatría endémica. Y no se entienda quecondene yo el prurito, que es natural e invencible, ni menos elresultado, que, si no llega a ser provechoso, es sin duda, o puede ser,ya divertido, ya interesante. ¿Y cómo condenarlos sin condenarme yomismo, que me he metido también a curandero escribiendo o dictandomodestamente algunas recetas? Lo que a mí me desagrada, o más bien measusta, no son las mismas recetas, ya pronunciadas, ya escritas, en latribuna, en el teatro, en los periódicos o en gruesos volúmenes, sinoque la gente se apasione de lo que las recetas prescriben, mire en ellola más excelente panacea y se empeñe en aplicársela a la patria enferma,turbando el reposo de que necesita más que de nada para convalecer yrecobrar la salud y el vigor antiguos.

De todos modos, los libros escritos y publicados ya, con el intento decurarnos y de regenerarnos, merecen detenido estudio, al cual, si Diosme da vida y buen humor, pienso yo dedicarme, no sin esperanza derecoger algún fruto, de ilustrarme un poco y de contribuir teóricamente,ya que para la práctica estoy inválido, a la regeneración deseada.

Por lo pronto, me limitaré a indicar aquí varias dudas que se meofrecen, porque yo creo que en toda ciencia o en todo arte de medicinalo primero ha de ser el conocimiento de la enfermedad, y lo segundohallar y aplicar el remedio.

La enfermedad permanece oculta a menudo, y sólo se conocen síntomas,fenómenos externos, visibles o tangibles, que son efecto y no causa.

Ysi tomamos por causa el efecto, ¿no nos exponemos a errar la cura? Tales la consideración que me desalienta, que me retrae del oficio decurandero y que me mueve a no dar mayor crédito que el que me doy a mímismo a otros curanderos más confiados.

Diré aquí, sobre el particular, lo que me inspira el sentido comúnprecientífico y rastrero.

¿Quién no convendrá conmigo en afirmar, como repetidas veces he afirmadoen otras ocasiones, que España es hoy más rica, sustenta más gente,cultiva mejor sus campos, tiene más industria y comercio y puedejactarse de poseer hijos ilustres, tan listos, tan bien hablados, tandiscretos y habilidosos como en cualquiera otra época de su historia? Ladecadencia, la postración, la degeneración, o como queramos llamarla, noes, por consiguiente, absoluta, sino relativa. En el camino delprogreso, por donde van las naciones de Europa guiando y mandando alresto del linaje humano, y esto desde hace veinticinco o treinta siglos,España se ha quedado últimamente muy atrás, y de aquí el aislamientodesdeñoso en que nos dejan los que van delante, nuestra desconfianza yel abatimiento tan propio en quien de sí mismo desconfía.

Por algo a modo de violenta reacción espiritual, hay momentos en quepara no estar abatidos nos ensoberbecemos más de lo justo, ponderamos elmérito de nuestros hombres y de nuestras cosas de los tiempos pasados, yhasta llegamos a hacer la apoteosis, o al menos los más superlativosencomios, ya de esto, ya de aquello de los tiempos presentes. Entoncescalificamos de invicto al general que nos entusiasma; de más elocuenteque Cicerón y Demóstenes a nuestro orador favorito; y al autor de lacomedia o del drama que hemos aplaudido de mucho más sublime queShakespeare, cuyas obras por lo común hemos tenido la precaución de noleer.

Por desgracia, este laudatorio entusiasmo se apaga pronto como fuego deestopa, y postración más honda vuelve a enseñorearse de nuestras almas,contristándolas y humillándolas.

Hay cierta manera de discurrir de la que muchos sujetos no se dancuenta.

Discurren sin percibir que discurren, y las consecuencias quesacan suelen ser muy crueles. De la inferioridad patente, visible yclara en los asuntos y casos de la vida práctica, deducen nuestrainferioridad en cuanto hay de más sustancial e importante en el ser y enla vida de los pueblos. Pongamos un ejemplo que aclare y explique mejoresta idea.

Figurémonos a una dama, hermosa y rica, que quiere vivir y vive enEspaña con todos los refinamientos y primores que ahora se estilan. Estadama hará venir de Inglaterra sus coches y sus caballos, y de Franciasus tocados y vestidos. Tal vez, recelando que una cocinera española laenvenene, hará venir de tierra extranjera, conformándose con la opiniónde un aristocrático vate, a Cierto

químico

excelente

Que

estudió

y

ganó

la

borla

En

el

Café

de