El Señorito Octavio by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

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TOMO III

EL SEÑORITO OCTAVIO

————

MADRID

Librería de Victoriano Suárez,

PRECIADOS, NÚMERO 48

1896

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

AL ÍNDICE

MADRID.—Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dup.º

I

Despierta el héroe.

NI las ventanas cerradas con todo esmero, ni las sendas cortinas quesobre ellas se extendían, eran dique suficiente para la luz, quevergonzantemente se colaba por los intersticios de las unas y laurdimbre de las otras. Pero esta luz apenas tenía fuerza para mostrartímidamente los contornos de los objetos más próximos á las cortinas.Los que se hallaban un poco lejanos gozaban todavía de una completa ydulce oscuridad.

Las tinieblas, desde el medio de la estancia, atajabanel paso á la luz, riéndose de sus inútiles esfuerzos.

Hé aquí los objetos que se veían ó se vislumbraban en la estancia.Apoyado en la pared de la derecha y cercano al hueco de la ventana, unarmario antiguo, que debió ser barnizado recientemente, á juzgar por laprisa con que devolvía en vivos reflejos los tenues rayos de luz quesobre él caían. Enfrente, y cerca de la otra ventana, un tocador demadera sin barnizar, al gusto modernísimo, de esos que se compran en losbazares de Madrid por poco dinero. No muy lejos del tocador, una sillaforrada de reps, sobre la cual descansaban hacinadas varias prendas devestir, masculinas. Hasta el instante de dar comienzo esta verídicahistoria, nada más se veía. Esperemos.

Suenan por la parte de afuera algunos ruidos matinales que dejanpresumir el sitio en que nos hallamos. Nada de carruajes que al pasarrodando estremecen con leve vibración nuestros cristales y nuestrolecho; nada de voces ásperas y opacas que pregonan no se sabe qué; nadade mazurcas, cien veces concluídas y cien veces comenzadas por los dedosaprendices de alguna vecina. Escúchanse gorjeos suaves de pájaros,ladridos de perros, golpes de herramienta y una que otra imprecaciónlanzada sobre las inocentes bestias que arrastran un carro. En lashabitaciones interiores se alza el cántico, más fresco que melodioso, deuna criada. Tal vez nos hallemos en el campo. Sin embargo, que no seanticipe juicio alguno acerca de este punto.

La luz, cada vez más atrevida, consigue acorralar á las tinieblas en losrincones de la estancia. Algo más se ve. Una mesa de escribir talladacon pésimo gusto, y sobre la cual hay muchos papeles y un enjambre debaratijas que los sujetan. Detrás de la mesa un sillón forrado de lamisma tela que la silla que antes hemos visto, y detrás del sillón, ycolgada de la pared, la cabeza disecada de un ciervo, sobre cuya profusacornamenta descansa una linda escopeta de dos cañones, y debajo de lacabeza, y también colgados, un par de floretes, otro de caretas y unguante de esgrima. El pavimento de la sala está cubierto con unaalfombra ordinaria y sus paredes exornadas de varios cromos querepresentan... No percibimos bien lo que representan: ya lo sabremoscuando haya un poco más de luz.

Se oye una respiración suave y acompasada. La luz deja en descubierto elmarco de una puerta con vidriera discretamente entornada. Es la puertade una alcoba, y dentro de ella ya es posible observar los contornosseveros de una cama de ébano, obra al parecer del siglo XVII. Contrastalastimosamente con la majestad de esta cama la mesilla de noche dehumilde aspecto y exiguas proporciones. Sobre la mesilla hay unapalmatoria con su bujía apagada, un reloj despertador, dos ó tres librosde cubierta amarilla, un par de guantes y un pañuelo de seda. Elcaballero que duerme en la cama del siglo XVII, duerme con la cara haciala pared y no podemos decir otra cosa sino que es rubio y disfruta deabundante y riza cabellera. Pero aguardemos unos instantes, porque eldespertador debe sonar á las siete y no faltan más que cuatro minutos.Suena al fin con el ruido agrio y estridente que caracteriza á talesartefactos. El blondo caballero se estremece levemente, alza un poco lacabeza de la almohada, aspira el aire con fuerza por entrambas narices,tira hacia sí por la ropa que le cubre y se oculta otra vez en laalmohada, dejando escapar de su garganta un débil y prolongado ronquido.

Al cabo de media hora, poco más ó menos, se escuchan ligeros pasos porla estancia; ábrese lentamente la puerta y una voz que aspirainútilmente á ser discreta y suave dice:

—Señorito... señorito Octavio.

—¡Eh!... ¡cómo!... ¿quién va?

—Soy yo, señorito... ya son las nueve.

—¿Cómo las nueve? ¿Y por qué no me has llamado á las siete y media?...¡Por vida de!... ¿No te he dicho que me llamases á las siete y media?

—Es verdad, pero usted me ha encargado le dijese que eran las nueve.

—¡Ah! ¿De modo que no son las nueve?

—No, señorito; son las siete y media.

—Está bien; vete y vuelve por aquí dentro de un cuarto de hora por siacaso he vuelto á dormirme.

El señorito es un adolescente de tez blanca, sonrosada, de faccionespuras y correctas como las de un Apolo, los ojos de un azul muy claro,la frente despejada, quizá demasiado despejada, y la boca pequeña, quizádemasiado pequeña. Á no ser por el bozo incipiente que mancha su labiosuperior, sería su rostro el de una dama y no mal parecida.

Efectivamente, el señorito se durmió otra vez, sin pensar en ello, asíque la criada cerró tras sí la puerta. Su sueño no era tan sosegado comoantes. De vez en cuando le corría un estremecimiento por el cuerpo; laroja colcha de damasco que le tapaba se agitaba blandamente como sientrase por las ventanas un soplo de aire: otras veces daba súbito unavuelta y abría los ojos desmesuradamente y tornaba á cerrarlos concierta precipitación nerviosa; más tarde extendía los brazos y seescuchaban crujir los huesos y lanzaba un fuerte suspiro que le dejabaaniquilado.

No hay duda, el señorito Octavio batallaba rudamente con el sueño.

—Señorito... señorito... ¿no se levanta usted?

—Sí, sí... allá voy... en seguida.

Y dicho y hecho; abrió los ojos, llevó á ellos los puños y los frotó consingular encarnizamiento, corrió todo el cuerpo hacia arriba hasta tocarcon la cabeza en la madera de la cama, cruzó los brazos sobre el pecho,y otra vez quedó dormido.

Hay que confesarlo francamente: nuestro héroe es más hermoso dormido quedespierto. Tiene su rostro dormido tanta pureza, corrección y serenidad,que hace venir á la memoria el retrato que la historia nos ha dejado deAlcibíades. Pero los ojos no prestan ningún atractivo á este rostro: sondemasiado claros. Después de todo, no es fácil hallar ojos queconvengan á esta clase de rostros. Tomad los más hermosos de la tierra,ponédselos á la Venus de Milo, y habréis destruído su encanto.

Trascurre media hora y la criada penetra nuevamente en la alcoba.

—En seguida... en seguida. Corre las cortinas y abre las ventanas.Antes de cinco minutos estoy vestido.

En efecto, el joven, con la mayor premura, levantó la ropa de la cama deun solo golpe, echó el brazo fuera y trató de alcanzar el pantalón queyacía sobre una silla; pero aunque le faltaba poquísimo espacio, no pudoconseguirlo. Ó el brazo era muy corto, ó la silla estaba demasiadolejos. De todas suertes, el joven no había podido prever estecontratiempo. Así que dejó caer el brazo desesperadamente sobre la camacon señales de abatimiento. Á los pocos instantes sintió un ligerotemblor de frío, y dulce y lentamente atrajo la ropa y se cubrió lamitad del cuerpo. Después fijó los ojos en un punto del espacio, lospuso más tarde en blanco, cerrólos por último y nos parece que volvió ádormirse.

La luz inundaba vivamente la estancia, que, fuera de ciertoabigarramiento ya indicado, estaba decorada con elegancia y era, á nodudarlo, la habitación de un joven de espíritu cultivado y con gustosartísticos. Los cromos de las paredes representaban en su mayoríamujeres hermosas y escenas de amor. Romeo despidiéndose de Julieta ybajando por la escala cuando el canto de la alondra se lo ordenacruelmente: Francesca y Paolo leyendo juntos el libro de Galeoto: Faustoy Margarita paseando cogidos del brazo por el jardín: una jovencircasiana reclinada sobre cojines de terciopelo, etc., etc.

La puerta torna á abrirse y chilla un poco. Octavio da un salto y quedasin saber cómo de pie sobre la cama.

—No se puede entrar, no se puede entrar. Me estoy vistiendo. ¿Qué horaes?

—Las ocho y media.

—Pues aún tengo tiempo. Márchate, Ramona.

Todo el mundo comprende que no es decoroso ni cómodo permanecer muchotiempo en pie sobre una cama en paños menores. Nuestro caballero lo fuécomprendiendo

paulatinamente,

y

paulatinamente

fué

cambiando

de

postura,doblando ahora una rodilla, poco después la otra, sentándose más tarde,y concluyendo por extenderse como antes se hallaba; todo esto como sicediera á inspiraciones superiores ó á dura necesidad y no á livianocapricho suyo. La misma necesidad le obligó después á cubrirse lascarnes que tiritaban. Cerráronsele los ojos de golpe; volvió á abrirlosy volvió á cerrarlos. Al cabo de algunos instantes torna á abrirlos éinmediatamente se le cierran. Esta vez ya no los abre.

Los ruidos matinales que antes se escuchaban se habían ido trasformandopoco á poco. Oíase ahora el andar acompasado de los transeuntes y lossaludos que al pasar se dirigían. Sonaba también de vez en cuando algúnbalcón que se abría con estrépito ó la voz de una mujer que mandaba á suhijo á la escuela, ó los chillidos penetrantes de los niños que jugabanen la calle. Envolviendo todos estos ruidos de un modo vago ymisterioso, percibíase el lejano rumor de un río que no corría muyapacible.

Indudablemente no estamos en el campo, pero tampoco en laciudad. Todo hace presumir que nos hallamos en una villa de escasovecindario, que participa, como todas las de su clase, de la naturalezaurbana y la rural.

El sol no se contenta ya con bañar alegremente el recinto de la sala, ypenetra en la alcoba, y envuelve la cama y el mancebo en su luzgloriosa. Con su infinito poder decorativo, trasforma lo que antes eraoscuro lecho, ocupado por un mancebo, en altar fantástico yresplandeciente donde reposa la juventud. Las columnas lustrosas,talladas con mil suertes de primores, la roja colcha de damasco, lassábanas de singular blancura, las guarniciones de las almohadas, elreloj y la palmatoria que yacen sobre la mesa de noche, los cabellosdorados del joven y las paredes enjalbegadas, todo brilla, todo arde,todo lanza vivos destellos. Los diversos colores se igualan y hasta seconfunden bajo el poder adorable de aquella luz risueña. Es una especiede apoteosis instantánea que atrae y halaga la vista.

El joven duerme con más sosiego que nunca, mientras su cabeza arde y seinflama con los rayos del sol. Éstos penetran como un torrente por todoslos huecos de la blonda cabellera, y la iluminan interiormente y laconvierten en una masa incandescente que arroja por intervalos llamasextrañas y fugaces. Su rostro va adquiriendo cierta expresión debeatitud que coincide perfectamente con el nuevo estado de apoteosisteatral en que le ha colocado la luz del sol. Es fácil sospechar que sustibios rayos han traído consigo los gratos sueños y los bellos fantasmasde la poesía.

La colcha de damasco sube y baja con un compás monótono que incita ádormir. La atmósfera, cada vez más encendida y sofocante, empieza áverse surcada por algunos insectos alados que zumban con tonos agudos ymareantes. El reloj hace coro, cual otro insecto, con levísimo tictac, al zumbido de sus compañeros. Una que otra vez se oye el chasquidode las maderas de la cama ó de los armarios.

En este momento se abre con violencia la puerta de la sala y penetra enella una obesa persona del sexo femenino.

—Hijo de mi alma, ¿no te has levantado? No ha venido Ramona á llamarte,¿verdad? ¡Jesús, qué mujer! ¿Dónde tendrá el sentido? ¡Dios me dépaciencia para sufrirla!... Pues ahora ya no es tiempo. Acaban de pasará escape por la plaza.

—La culpa es mía, mamá. Ramona me ha llamado á la hora.

—Pero ¿cómo te has dormido de ese modo, criatura? Si te hubierasacostado con cuidado, no sucedería eso. Yo me despierto cuando se meantoja. No necesito más que fijarme un poco antes de dormirme en la horaen que quiero despertar, y es cosa sabida... minutos más ó menos, metienes enteramente despabilada.

—Lo difícil, mamá, no es despertar, es levantarse—dijo el joven conprofunda filosofía.

—Ya lo comprendo; pero hay que hacer algo por sí, hombre. Claro estáque si uno se abandona al sueño, nunca se levantará cuando necesita nitendrá tiempo para nada.

Tú duermes mucho, hijo: eso no puede sentartebien. Pienso que tu padre tiene razón cuando dice que tus ojerasprovienen de eso.

—¿Quién los ha visto cruzar por la plaza?

—La señora Rafaela, que vino á traerme unas medias que ya más de dosmeses le tenía encargadas—¡ay qué pesada es esa mujer!—me dijo quehabía visto á Pedro el del Palacio salir á caballo, como á cosa de lasocho, por la carretera arriba. Á las nueve, poco más ó menos, llegó uncarruaje con dos caballos, que paró enfrente de la casa de D. Marcelino.Al parecer, D. Marcelino estaba á la puerta de la tienda, y cuando llegóel carruaje él mismo paró los caballos. Dentro venía el señor conde, laseñora condesa y en el pescante dos criados de uniforme. D. Marcelino seempeñó en que se apeasen para descansar un poco y tomar algún refresco,pero el señor conde se negó completamente, y D.ª Feliciana entoncessalió con una bandeja de dulces y unas copas de Jerez á la calle. Elseñor conde no quiso probar nada: la señora condesa tomó una rosquillade Santa Clara, y pidió después un vaso de agua. Estando en esto llegóotro carruaje, donde venían los niños con una señora rubia muy guapa,que traía sombrero también al igual de la señora condesa. Los niños,como es natural, comieron algunos dulces, pero la señora rubia, ni poruno ni por otro fué posible que probase siquiera una almendra.

—Y D. Primitivo y el juez ¿no estuvieron á saludarles?

—Aguarda, hombre, voy allá. En esto se presenta D. Primitivo, yentonces el señor conde se bajó del carruaje y le dió un abrazo muyapretado y empezó á hablar con él que no cerraba boca. Después llega D.Juan Crisóstomo, y un poco más tarde el juez.

Me dijo la señora Rafaelaque el señor conde estuvo mucho menos cariñoso con el juez que con D.Primitivo. Todos se empeñaban en que se apeasen y descansasen un rato,pero no lo consiguieron, porque el señor conde les dijo que, faltandotan poco para descansar de una vez, no había necesidad. Y en eso creoque tenía razón. Á estas horas ya están de seguro en la Segada. Lo quesiento es que tú no hayas ido á darles la bienvenida, porque lo que estu padre... ya podía llegar el rey de España, que él seguiría tan quietoen su despacho, sin asomar siquiera las narices por el balcón paraverle pasar... Pues á poco rato dicen que pasó Pedro á caballo, quetraía al niño mayor delante de sí. El niño iba muy contento, y arreabala caballería con un latiguillo.

Dicen todos que los chicos songuapísimos.

—Y la condesa, ¿cómo está?... Ya no me acuerdo de ella.

—La señora condesa dicen que está aún más hermosa, pero de peor color.¡Qué había de suceder! ¡Si todos los que vienen de la corte parece quellegan del otro mundo! La vida debe ser muy agitada en aquel Madrid:¡tanto baile, tanto teatro, tanto café! Y luego tanta gente reunida enuna casa... ya se lo decía á la señora Rafaela, no puede ser sano. Encambio, el señor conde igual que hace once años. La verdad es que sucara no podía perder. Toda la vida fué descolorido como la fruta deinvierno. ¡Qué diferente de su padre, que en paz descanse! ¡Aquél sí queera un mozo como una plata!

—Pues lo que es tipo de conde, me parece que ha de tener más éste. Porlo poco que recuerdo, su figura debe ser más delicada y más elegante. Elotro era demasiado gordo y tenía las facciones abultadas y traía el pelomuy corto. Era un tipo de bourgeois.

—Sería lo que se te antoje, pero era un hombre muy campechano y muy ála buena de Dios. ¡Así fuese éste como él! ¡Pobre señor conde, en quépocos días se escapó al otro mundo!... Me voy, que aún no le he mandadoel almuerzo á tu padre, y estará furioso. Ahora hazme el favor de salirde esa bendita cama y no vuelvas á dormirte.

Hasta luego, hijo mío.

La señora D.ª Rosario (que así se llamaba la mamá del héroe) dió algunospasos por la sala en dirección á la puerta. Su hijo la llamó antes dellegar á ella.

—Mamá.

—¿Qué se te ofrece, hijo?

—Mira, mamá—dijo bajando la voz y un sí es no es cortado,—al hablarde los condes ó cuando á ellos te dirijas, no digas señor conde ó señoracondesa, sino conde ó condesa simplemente. El señor antes del título lodicen sólo los criados y dependientes de la casa ó las personasinferiores que no se rozan con ellos en un pie de igualdad.

II

Los señores condes, ó los condes á secas, como pedía el señorito Octavioque se dijese.

EN el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Hecha la señal de la cruz, los condes se sentaron, desdoblaron lasservilletas y acercaron las sillas á la mesa.

Los niños continuaron en pie con las manos sobre el pecho murmurando unaoración.

El

aya,

en

pie

también,

con

las

manos

cruzadas,

los

observabaatentamente, sin dejar por eso de mover sus labios finos y rojos.Concluída la oración, los niños miraron al aya: ésta hizo unaimperceptible señal con los ojos y todos se sentaron. Un criado conlibrea fué anudando las servilletas á la garganta de los chicos bajo laatención vigilante de la institutriz. Nadie despegaba los labios. Elcriado empezó lentamente á dar la vuelta á la mesa sirviendo el primerplato del almuerzo.

Ya que nadie habla en la mesa, dediquémonos un instante á observar latraza y figura de los que á ella se sientan, empezando por el conde,como jefe que es de la familia.

Es un hombre flaco, de color moreno que tira á aceitunado, de labiosdelgados, ojos negros opacos que miran con notable insistencia, lampiñohasta cierto punto, pues que no adorna su rostro más que exiguo y negrobigote y no ofrecen sus mejillas señales del paso de la navaja; la narizfina y la frente levantada y estrecha. Viste con esmerada corrección y ápar con gravedad. Si á cualquiera, y sólo por la apariencia, se lepreguntase la edad que puede tener, se vería muy embarazado paracontestar; á tal punto parece indefinida y vaga. Su rostro, aunque sinfrescura, es juvenil, y el cabello, lacio y sedoso, todavía no ofreceentre sus negras hebras ni una sola blanca. Mas con todo eso, hay en laextraña inmovilidad de sus ojos y en la fijeza de los rasgos de sufisonomía algo marmóreo y cadavérico que, irradiando sobre toda supersona, la comunica el sello de la vejez. Al mismo tiempo su modo devestir es harto severo para un joven. Sus manos son tan finas ydelicadas que si, como vulgarmente se cree, éste es signo dearistocracia, el conde debía pertenecer á una de las más antiguas yesclarecidas familias de España. Y en parte así era la verdad, porqueel señor conde de Trevia pertenecía á una antiquísima familia, pero noespañola, sino italiana. Allá en tiempos lejanos, uno de sus antepasadoshabía contraído matrimonio con cierta rica heredera del Norte de Españay había venido á establecerse á Madrid. Sus descendientes continuaronresidiendo en esta capital, enteramente naturalizados y disfrutando laspingües rentas que venían de Nápoles y las aún más cuantiosas quellegaban de la provincia española del Norte, en que ahora nos hallamos.El abuelo del conde actual quiso todavía ser más español y enajenó supatrimonio de Nápoles, rompiendo de esta suerte toda relación conItalia. Decían en Madrid por aquel entonces que una española vistosa yde mucho rumbo había tenido la culpa de este rompimiento. Los señores deTrevia, que ya eran españoles por naturaleza, lo fueron desde entoncestambién por la hacienda. Á partir de esta época padecieron de nostalgia.

El conde que en este momento preside la mesa había sido educado enFrancia desde sus más tiernos años por la voluntad de su madre, personaextremadamente caprichosa y extravagante, que nunca pudo acomodarse conel carácter franco y generoso y un poco rudo y agreste de su marido. Deesta educación francesa quedábale, amén de muchas costumbres quechocaban abiertamente con las nuestras, una pronunciación extranjera quese esforzaba en disimular y una exquisita y un tanto afectada urbanidaden sus modales, que se grababa profundamente en la memoria de cuantos letrataban. Había en la eterna y leve sonrisa que plegaba sus labios y enlo insinuante y correcto de sus maneras algo de femenino, que no secompadecía poco ni mucho con lo firme é insistente de la mirada. Tal vezno sea femenino el adjetivo más propio para el caso, pero en estemomento no hallamos el adecuado. Aunque no es posible cerciorarse ahora,dado caso que está sentado, podemos afirmar que es alto. Se encuentra decara á la luz y sus negros cabellos, peinados negligentemente haciaatrás, brillan como el azabache, y sus largas pestañas, cada vez quelevanta la cabeza, bajan y suben con ligero temblor queriendo evitar losrayos importunos de la luz. El conde no es hermoso, pero tenía mucharazón Octavio al presumir que era un hombre distinguido. La perfectaseguridad de sus movimientos y el descuido elegante con que toma losmanjares y alarga la copa al criado para que le eche vino, acreditan enél al hombre nacido y educado en la opulencia. En este momento tomaentre sus dedos afilados un hueso de ave que lleva á la boca y empieza ároer con limpieza de gato. Y

aquí está la palabra que antes hacía falta.El conde de Trevia en sus actitudes y maneras tiene más de gato que demujer.

La condesa está sentada á su lado y es mujer que seguramente no llega álos treinta años, pequeñita, de mejillas frescas y sonrosadas, ojospardos rasgados, cabellos de un castaño claro, con una boca deliciosaprovista de pequeños y blancos dientes. Una mujer sana y hermosa. Aunquesu figura es menuda, está admirablemente formada, pero se observan enella tendencias á engordar que pudieran más adelante dañar su gentileza.Hoy por hoy, con su cuello mórbido y gracioso, el seno firme y decidido,que aspira á levantarse hacia la barba, su cintura delicada, los brazosredondos y macizos, las manos breves de uñas sonrosadas y sus piesinverosímiles, la condesa de Trevia es una mujer hecha á torno. Guardabaparecido con la fruta de la tierra, con las manzanas lustrosas ycoloradas que en apretados piños cuelgan por encima de las paredes delas huertas en el país en que nos hallamos.

Ella también era una fruta del país, sazonada y dulce como pocas. Elconde de Trevia, en una de las expediciones de caza que hizo á su vueltade Francia, la vió colgada al balcón tosco y deteriorado de una casasolariega, y no le costó más trabajo que alargar la mano para cogerla.¡Y qué tiene esto de particular sabiendo la vida que aquella niña gentilllevaba en su casa solariega! Hija de un propietario insignificante, delos que tanto abundan en las provincias del Norte, severo hasta lacrueldad con las cuatro hijas que el cielo le había dado, la pobreLaura, que así se llamaba la condesa, vivió los primeros años de suexistencia en un fatal estado intermedio entre el señorío y la pobreza.El escudo de piedra que ornaba la fachada de su casa daba á la familiade Estrada lugar preeminente en la comarca, pero no redituaba ningunaclase de interés.

Las rentas de la casa eran tan exiguas, que D. ÁlvaroEstrada y su familia vivían casi atenidos á los productos de lo que eneste país se llama la posesión, esto es, á los frutos de las tierras queordinariamente circundan las casas antiguas. Para explotar sus tierrasD. Álvaro no tenía más servidumbre que dos criados y una moza, quealternaba entre la dirección de las simplicísimas tareas culinarias dela cocina y las un tanto más complicadas ocupaciones de bajar por aguaal río, echar de comer á las bestias durante la ausencia de los criados,lavar la ropa de la familia, amasar el pan y sacarlo del horno, ir almercado de la villa los lunes por aceite, especias, estambre para lasseñoritas, etc., etc., y durante las interminables noches de inviernohilar, en compañía de la familia y algunas vecinas, en el vasto y oscurosalón de la casa, algunas varas de lienzo burdo para sábanas.

¡Qué noches aquellas de invierno! La buena madre de Laura, después decenar á primera hora, sentábase en un extremo del anchuroso sofá delana, y se ponía á hacer calceta debajo de un colosal velón que ardíasolamente por uno de sus mecheros. Ella y sus hermanas se colocaban entorno de la mesa y trabajaban, hilando, cosiendo ó haciendo tambiéncalceta. Las vecinas labradoras iban entrando una á una en silencio,con sus basquiñas negras de estameña, los pañuelos anudados sobre lacabeza y los brazos mal cubiertos por una camisa de lienzo. Después dedar las buenas noches en voz baja, buscaban con la vista un rincónoscuro, y allí se sentaban sobre el pavimento lustroso de madera decastaño, y fijando la rueca en la cintura, empezaban á hacer rodar loshusos, mojando repetidas veces con la lengua el lino, del cual tirabanpor breves intervalos.

Las pausas eran tan frecuentes y dilatadas en esta reunión, que una solallenaba á veces horas enteras y hasta noches. Sin embargo, algunas vecesse hablaba del vecino que había perdido una vaca en el monte, y se lecompadecía sinceramente, y se le encomendaba á San Antonio bendito paraque se la volviese, ó bien de la riqueza improvisada del tío Bernabé,que con sólo treinta años de trabajo constante y ahorro había compradorecientemente el prado de la Laguna en ¡treinta mil reales!, ó bien dela nube de piedra que el año anterior había arrancado toda la flor delos árboles y arrojado un sin fin de plantas de maíz por el suelo. Lacosecha era el tema general y predilecto de estas tertulias, y aunquealguna vez se apartasen de él para entrar en otros, la cosa másinsignificante volvía á traerlo á la memoria y á cuento. Rugía un pocoel viento por fuera; pues ya apuntaba una vecina que los años de vientoeran siempre de miseria. Miraba D. Álvaro al cielo por la ventana ydecía que estaba diáfano y estrellado; pues en seguida se suponía queestaba helando, y se lamentaba grandemente la reunión, porque lasheladas iban á secar toda la siembra. Pasaba un muchacho cantando pordelante de casa; pues no faltaba uno que exclamase: «¡Sí, canta, canta,que lo que es este año vamos á tener tiempo para llorar!»

En los largos intervalos de silencio se escuchaba el rumor solemne ymisterioso del río, que corría en el fondo del valle, á unos cien pasosde la casa, y la lluvia que acompasadamente caía casi siempre sobre lashojas de los árboles produciendo fugaces temblores de frío en lostertulios. Dentro de la sala crujía el lino al ser desgarrado por losdedos de las hilanderas y sonaban las agujas de la calceta al chocarligeramente unas con otras. La luz del velón iba muriendo poco á pocopor falta de aceite: los tertulios quedaban envueltos en una mediasombra hasta que doña Rosa alzaba la cabeza con impaciencia, y decía:«¡Jesús, que no veo! Pepa, ¿en qué estás pensando?

¡Echa aceite á esevelón!» Al revivir de pronto la luz todo el mundo respiraba con fuerza,y alguna mujer que dormía despertaba lanzando un suspiro.

Al llegar cierta hora, infaliblemente, subía D. Álvaro de la cocina,donde se había quedado charlando con los criados, también sobre lacosecha. Los pasos rudos de los tres hombres por la escalera agitaban latertulia del salón. Doña Rosa dejaba la calceta y decía: «Laura, vé porel rosario, que ya sube tu padre». Y ella entonces abría la puerta de ungabinete oscuro, y temblando de miedo, que se hubiera guardado bien deconfesar, descolgaba á tientas y precipitadamente un rosario que colgabasobre la cama de su madre. Tomábalo D. Álvaro de las manos de su hija ycomenzaba las Ave-Marías, paseando lentamente de una esquina á otra delsalón. La familia y los vecinos se arrodillaban devotamente frente á unaestampa ordinaria y ridícula de la Virgen, que, provista de marco negro,colgaba sobre el sofá, y respondían con sordo y prolongado murmullo álas oraciones que D. Álvaro decía en alta voz. Las cuatro hijas rezabansiempre en un mismo sitio, bajo la mirada persistente de su madre. Á lamás leve distracción, al más insignificante descuido, la madre gritabacon aspereza:

«¡Matilde!... ¡Laura! ¿queréis estaros quietas?» D. Álvaroentonces interrumpía un instante su paseo, callaba, y dirigía á lasculpables una mirada precursora de algún castigo. Después proseguía elpaseo y alzaba nuevamente su voz, que recorría varios tonos agudos ygraves. Empezaba ordinariamente la oración con un sonido grave ycavernoso, que á poco se debilitaba y moría, se alzaba otra vez hacia elmedio de la cláusula, y terminaba por tres ó cuatro palabras mediocantadas en tono chillón y plañidero. El coro respondía siempre con elmismo monotono rumor percibiéndose sobre él las notas gangosas de lavoz de D.ª Rosa. Cuando llegaba la letanía, aquel rumor monotonocambiaba, se trasformaba en otro diverso, más breve, en el cual la esefinal del ora pro nobis se prolongaba con un silbido dulce queprovocaba en Laura cierta soñolencia lánguida que la hacía feliz porunos instantes. Venían después las oraciones de pura devoción, ymientras duraban, las vecinas se sentaban en el suelo y las cuatrohermanas en sus sillas. Rezábase entonces por cuanto es posible rezar eneste mundo y en el otro, por las ánimas del purgatorio, por el SantoÁngel de la Guarda, por el santo de su nombre, por los caminantes ynavegantes para que Dios los conduzca á puerto de salvación, á San Roquebendito, abogado de la peste, por la paz y concordia entre los príncipescristianos, etc., etc., terminando siempre con un Padre-nuestro á todoslos santos y santas, ángeles, serafines, tronos y dominaciones de lacorte celestial, para que nos ayuden en la hora de la muerte. Concluídoslos Padre-nuestros, D. Álvaro se hincaba de rodillas en el suelo, y lasmujeres se levantaban para hincarse también, con un rozamiento deenaguas que infundía siempre en el corazón de Laura la especialsatisfacción que proporciona una tarea concluída. El rosario iba áterminarse. Hincado D. Álvaro, decía con voz más solemne que antes:«Cincuenta mil millones de millares de veces sea bendito y alabado elSantísimo Sacramento del altar», y empezaban los actos de fe, después delos cuales venía el alabar á Dios. Al llegar aquí las palabras deldueño de la casa eran cada vez más cortadas y rápidas y el coro apenaspodía seguirle, anhelante y fatigado. Con esto se daba por terminado elrosario. Eran las diez. Las vecinas se levantaban en silencio ydespedíanse con palabras melosas y serviles. Un criado encendía elcandil de la cocina y bajaba á abrirles la puerta. ¡Cómo se acordabaLaura de todos estos pormenores! Cuando venían á su memoria aquellasnoches de invierno, sentía correr por su corazón un estremecimiento queella misma no podría decir si era de horror ó de alegría.

Por el día, las constantes lluvias del país y la severidad de su padrereteníanlas en casa limpiando las habitaciones y barriéndolas órecosiendo la ropa blanca. En los momentos en que cesaba la lluvia,solía salir en almadreñas hacia el río ó la fuente con Pepa. Allí sejuntaban algunas mozas de la vecindad con sus jarros de barro oscuro ysus herradas relucientes, y mientras la fuente llenaba con pausa lasherradas, retozaban las mozas y se decían chistes toscos y cándidos.Éstos eran los únicos momentos de expansión que Laura tenía los días detrabajo. Su categoría superior no la impedía tomar parte en aquellosjuegos. Todas las muchachas que allí se juntaban eran sus compañerasdesde la infancia y la trataban familiarmente de tú. Lo único en que semostraba la diferencia que entre ellas existía era en que, al llegarLaura, la que ocupaba el mejor sitio poníase en pie y se lo dejaba consonrisa afectuosa. Al mismo tiempo, podía notarse que alguna vez ledaban rudos y sonoros besos en las mejillas, cosa que jamás hacían entresí.

Cuando llegaba la época de la recolección, don Álvaro llamaba unoscuantos jornaleros para auxiliar á los criados. Por la noche, hablandode los trabajos del día siguiente, solía decir á sus hijas en tonohumilde, que asustaba por lo inusitado, afectando al mismo tiemposonrisa campechana: «Si queréis ir á divertiros un poco mañana al pradode los Molinos, ya sabéis que principian á segarlo.» Las niñascomprendían perfectamente, y al día siguiente de madrugada tomaban unospalos ligeros y lustrosos por el uso, y se pasaban el día esparciendo lahierba segada para que el sol la secase más pronto. Cuando tornaban ácasa al caer de la tarde, con los cabellos en desorden y las mejillasatezadas, involuntariamente fijaban la vista en el escudo de la fachada.Los leones de piedra parecían mirarlas tristemente con sus órbitasinmóviles. Un pensamiento de indefinible y vaga melancolía rozabasuavemente las cándidas frentes de las señoritas de Estrada. Esto durabaun instante. Por lo demás, las hijas de D. Álvaro veían siempre congusto venir el otoño, y gozaban placeres sin cuento ayudando á losjornaleros en sus tareas. El aire puro y los aromas del campo lasinfundían nueva vida; crecía en ellas el apetito y el sueño, y pasabanlas mañanas y las tardes en perpetua carcajada, escuchando y tomandoparte en las toscas chanzonetas de los criados. D. Álvaro, en estaépoca, disfrutaba siempre de mejor humor, y solía, mientras presenciaba,sentado sobre la hierba, los trabajos de la gente, contarles algunaanécdota chistosa de su juventud ó dar un poco de cantaleta con pesadezcómica á alguno de sus criados.

El conde de Trevia vió á Laura, como hemos dicho, á su vuelta deFrancia. La casa solariega de los Estrada distaba nada más que legua ymedia del palacio de los condes y se hallaba asentada sobre unaeminencia de la margen derecha del río Lora. Entre la casa y el palacio,aunque mucho más cerca de éste, encontrábase la pequeña villa deVegalora. Laura tuvo amores con el conde y se casó con él en medio de unestupor que no la dejaba ver lo que pasaba en el fondo de su corazón.Apenas se acordaba ya de las sórdidas alegrías de sus padres, de lasorpresa de sus hermanas, de la violenta oposición del viejo conde, delos plácemes serviles de las vecinas, de las miradas agudas y coléricasde las muchachas de la villa, de los preparativos fastuosos de la boda,del caballo blanco en que salió de su casa para la iglesia. Todo pasabapor su mente como un sueño del cual se escapan los contornos y la luz.Sobre este sueño flotaba sólo con admirable precisión una verdad, es ásaber: que si hubiera tenido el valor de no amar al conde, D. Álvaro lahubiese ahogado entre sus manos. Después de casados se fueron á Madrid,y allí estuvieron once años. Todo lo que pasó en estos años estabaclavado en la memoria de Laura.

La mesa continúa en el mismo silencio. Cada cual lleva los manjares á laboca y los traga cual si desempeñase una tarea grave y solemne. Elchoque de los platos y copas y los pasos del criado son los únicosruidos que á menudo se perciben en el espacioso comedor. Puede notarseque, á más de no cruzar la palabra, las tres personas mayores que sesientan á la mesa no se dirigen siquiera una mirada; y este cuidado contal escrupulosidad lo realizan, que á cualquiera se le ocurre que hay enél buena parte de afectación. Sólo los tres niños giran lentamente susgrandes ojos garzos, posándolos alternativamente y por breves instantes,en su padre, en su madre y en la institutriz.

Algunas veces se miranentre sí y sonríen inocentemente, como deseando comunicarse suspensamientos sencillos, pero lo aplazan para más adelante, como soldadosen formación. Sin embargo, no hay duda que por debajo de la mesa seencuentra establecida una corriente comunicante en la que sus menudospies juegan papel de martillos telegráficos. Á menudo, cuando estosmartillos caen con demasiada pesadez, la fisonomía del yunque se contraey deja escapar un ligero grito, que hace volver la cabeza y fruncir lascejas de la bella institutriz. El yunque entonces despliega su fisonomíacontraída y se apresura á llevar el tenedor á la boca como si nadahubiese acaecido que mereciera llamar la atención de los presentes. Lacondesa frecuentemente dirige á ellos sus ojos y los envuelve en unamirada dulce y protectora ó les hace alguna rápida seña para que selimpien ó cuiden del plato, que está á punto de caer.

Los niños cambiancon su madre sonrisas y miradas, pero atienden con más empeño á supadre. La fisonomía indiferente y glacial de éste atrae sus ojos consingular insistencia, como si despertase en ellos una gran curiosidad.No pasa un instante sin que ó uno ú otro tengan sus miradas clavadas enél.

—Me apieta la servilleta—concluye por exclamar en tono lastimero laniña que se sienta al lado de la institutriz.

Es una hermosa criatura de cinco años á lo sumo, con rostro trigueño ycabellos negros ensortijados, que caen en profusión sobre el cuello y lafrente.

La institutriz, sin despegar los labios, lleva sus manos al cuello de laniña y afloja la servilleta. Pero no debió ser grande el desahogo,porque la criatura tornó á llevar sus diminutas manos á la garganta,gritando con más ansiedad:

—Me apieta, mamá, me apieta.

—No es sierto—exclama la institutriz;—la servilleta está bienpuesta. No sea usted mimosa, señorita, ó la enserraremos mientras secome.

La voz de la institutriz, irritada en aquel momento, no dejaba de tenerinflexiones dulces, aunque extrañas. Su acento era marcadamenteextranjero.

—Me apieta, mamá, me apieta,—repitió á grito pelado la niña, concreciente angustia.

—Cállese usted, mimosa,—exclama el aya, cogiéndola por el brazo ysacudiéndola fuertemente.

El conde levanta la cabeza con impaciencia y cambia una rápida miradacon la institutriz.

—¡Me apieta, me apieta!...

La institutriz arranca la servilleta, baja á la niña de la silla, laarrastra hacia una habitación contigua, abre la puerta y la empuja hacialo interior, cerrando después. Y

tranquilamente vuelve hacia la mesa yse sienta.

La condesa, durante aquella escena, había seguido con los ojosdesmesuradamente abiertos los movimientos del aya. Después de sentadaésta, siguió inmóvil, teniendo cogida con una mano la punta de laservilleta en ademán de llevarla á la boca para limpiarse. Los gritos dela niña, aunque amortiguados por la distancia y el obstáculo de lapuerta, comenzaron á sonar agudos y lastimeros. La condesa siguió unosinstantes en la misma actitud con los ojos fijos y el oído atento áaquellos gritos. Después se puso á comer tragando atropelladamente losmanjares. El conde no levantó siquiera la cabeza.

Con la misma seguridady elegancia siguió comiendo silenciosamente, sin manchar siquiera suslabios finos y pálidos. La institutriz parecía absorta y abismada ensus pensamientos, porque no apartaba la vista del frasco de mostaza quedelante de sí tenía y dejaba pasar largos intervalos sin mover eltenedor que apretaba entre sus dedos. Los lamentos de la niña eranprolongados y se repetían sin cesar y sin debilitarse. Los dientes de lacondesa continuaban triturando con fuerza grandes pedazos de pan: susmanos se paseaban un poco temblorosas por la mesa tomando y soltandoprecipitadamente los objetos que se hallaban á su alrededor. Á

menudolevantaba la cabeza y parecía concentrar todos sus sentidos en el oídoderecho, que inclinaba ligeramente hacía la puerta del gabinete.

Los gritos de la niña se iban haciendo menos agudos por virtud de lafatiga, trasformándose en quejidos roncos y profundos. La puerta delaposento se agitaba á veces á impulso de los pequeños golpes que dabacon sus manecitas. Poco á poco los quejidos fueron cambiándose ensollozos convulsivos, que expresaban mayor desesperación todavía.Algunos sonidos articulados empezaron á percibirse confusamente en aqueltorrente de sollozos.

Teno miedo, mamá... teno miedo.

La condesa llevó una copa de vino á los labios y dejó caer algunas gotassobre la ropa. Sin echarlo de ver, siguió tragando pedazos de pan,abriendo y cerrando los ojos al mismo tiempo con nerviosa rapidez.

—¡Ay, mamita, por Dios! ¡ Teno miedo... teno miedo!...

Se oye estrepitoso ruido en la estancia.

La condesa se había levantado súbitamente y con extraña violencia,dejando caer la silla donde se sentaba. Apresuradamente había corrido ála puerta del gabinete y la había abierto. Tomó la niña entre sus brazosy estalló una nube de vivos y sonoros besos. Después vino con ella haciala mesa, levantó la silla y se sentó. Un círculo pálido se dibujaba entorno de sus hermosos ojos, que se paseaban con expresión altiva de sumarido á la institutriz y de la institutriz á su marido. Tenía lasmejillas inflamadas, y por sus narices abiertas entraba y salía el airerápidamente y con ruido.

Con las manos temblorosas acariciaba laensortijada cabeza de la niña y la apretaba contra su pecho anhelante.

Los ojos del aya, mientras duró esta brevísima escena, no se alzaron dela mesa, y sus labios estuvieron contraídos con sonrisa dura y nerviosa.

El conde clavó la vista en su mujer y se alzó de la silla pausadamente.

En este momento penetró el criado en el comedor diciendo:

—Un señorito joven y rubio, que viene de Vegalora, pregunta por losseñores.

—Que pase adelante.

III

Los amigos del conde.

Á los pies de usted, condesa. ¿Cómo está usted, conde?

Los condes respondieron con algún embarazo al saludo de nuestro héroe,que no era otro el joven rubio que venía de Vegalora preguntando por losseñores. No procedía solamente este embarazo de la escena violenta queacabamos de presenciar, sino también de que los condes no tenían elgusto de conocer al señorito Octavio. Así que mirábanle de hito en hitomientras arrastraba con sus manos enguantadas una silla y la colocabaentre los esposos. Y después de sentado aún siguieron mirándole,esperando sin duda algo que debía decir.

—Octavio Rodríguez—dijo al fin éste mirando á uno y á otro.

—¡Ah!—dijo el conde, sin dejar de contemplarle y esperando sin dudamejores explicaciones.

—He tenido el gusto—siguió el señorito—de conocer á su papá, que Dioshaya, y de visitar cuando niño esta casa bastantes veces. Su papá eramuy amigo del mío. Á usted no he podido conocerle, porque en la cortatemporada que pasó aquí me hallaba yo fuera de Vegalora estudiando lasegunda enseñanza.

—¡Ah!—volvió á exclamar el conde en tono complaciente.

—Había pensado saludar á ustedes á su paso por la villa, pero tuve lamala fortuna de llegar á la plaza precisamente en el momento de arrancarel carruaje que estaba detenido frente á la tienda de D. Marcelino. Lohe sentido de veras... (Breve pausa durante la cual el joven baja lavista hacia sus pantalones y los sacude un poco con el junquillo quelleva en la mano.)—¿Al fin se han decidido ustedes á hacer un pequeño tour de promenade por estas lejanas tierras?

Al pronunciar estas palabras sonrió con beatitud, y los condes siguieronsu ejemplo.

—No por ser lejanas dejan de ser bonitas. Lo mismo Laura que yo hemosvenido extasiados todo el camino contemplando las hermosas riberas delLora.

—¡Oh! Han llegado ustedes en la mejor estación. Es la época en que seevapora la cortina de nieblas que las ha tapado todo el invierno. Estepaís con luz sería muy bonito; pero desgraciadamente no la tenemos sinodos ó tres meses al año.

El señorito Octavio no dejaba la sonrisa beata. El conde le observabaatentamente de la cabeza á los pies.

—¿Y piensan ustedes pasar mucho tiempo en esta posesión?

—Quizá todo el verano: después de once años de abandono, ya comprenderáusted que no me faltarán asuntos que arreglar.

—¡Ah! Indudablemente. La verdad es que han sido ustedes crueles connosotros, privándonos de su presencia tanto tiempo.

—Mil gracias... deje usted el sombrero. Me parece que de aquí enadelante renunciaremos á Biarritz y vendremos á gozar por los veranos deesta magnífica naturaleza.

El señorito dejó el sombrero sobre otra silla, inclinando repetidasveces la cabeza para indicar que las palabras del conde le interesabanprofundamente. Y digamos ahora cómo era el señorito fuera de la cama. Noes tan niño nuestro héroe como nos pareció cuando por la mañana le vimosacostado en su lecho del siglo XVII. Aunque su rostro, cándido ydelicado, es de adolescente, la figura no lo es, y declara en él unjoven de veintidós ó veintitrés años, de mediana estatura y bienproporcionado.

Viste con pulcritud, y si bien un poco retrasado en lamoda respecto á Madrid, está adelantado y mucho respecto á la queordinariamente rige en las provincias, sobre todo en los pueblossecundarios. Su traje se compone de un chaquet de tela azul, chalecoblanco, pantalón también azul y botas de charol muy empolvadas.

—Pero aquí, conde, resígnese usted á llevar la vida de la naturaleza.Las personas con quienes se puede alternar son tan escasas, querealmente se hallan reducidas á una docena á lo sumo; y aun en ellas, noencontrará usted, ni por pienso, la cultura y las maneras de la buenasociedad. Si no trae muchos libros, se me figura que se va usted áaburrir soberanamente. ¡Ah! Los libros son los que hacen posible la vidaen estos rincones del mundo.

Aunque las palabras iban dirigidas al conde, Octavio miraba al decirlasá la condesa con la misma sonrisa en los labios y un poco ruborizado,sin duda, de haber hablado tanto tiempo.

El conde le observaba cada vez con más curiosidad.

—Usted es muy joven, y no me sorprende que se aburra en Vegalora. Meparece, sin embargo, que exagera un poquito.

—No exagero, conde, no exagero. Es un pueblo fatal. Yo lo sé bastantebien, por desgracia. Si no fuera por no disgustar á papá, me iría ávivir á Madrid, al menos durante el invierno...

—¿Su papá de usted es de este país?

—Sí, señor, y aquí ha ejercido la profesión de abogado toda la vida...D. Baltasar Rodríguez... tal vez le conozca usted...

—¡Ah! ¿es usted hijo de D. Baltasar Rodríguez?

El conde pronunció estas palabras con tal pausa y frialdad, que no esfácil comprender cómo no se helaron antes de salir fuera de los labios.

—Servidor de usted—dijo Octavio, con señales visibles de hallarsecortado.

—He oído hablar bastante de su papá—prosiguió el conde, con mayorpausa aún y sin apartar su mirada fría y escudriñadora del rostro delmancebo.—Es, según tengo entendido, una persona principal en la villa yha ejercido varias veces el cargo de alcalde, ¿no es verdad?

—Ha sido alcalde, sí, señor.

—Sí, sí, he oído hablar bastante de su papá y le he visto tambiénalgunas veces durante mi corta residencia aquí.

Cesó la conversación de pronto. El conde se puso á mirar conindiferencia los árboles y las montañas que se percibían al través delos cristales. Octavio se obstinaba en sacudir con el junquillo lospantalones, haciendo saltar nubecillas de polvo, apenas perceptibles. Lacondesa se entretenía en jugar con los rizos de su niña, y lainstitutriz hacía bolitas de pan con los dedos, mirando fijamente alfrasco de mostaza. Todos parecían estatuas, menos Octavio, que á menudomudaba de postura haciendo rechinar la silla.

—Realmente, parece que han traído ustedes el buen tiempo consigo—dijoal fin.—

Hoy es el primer día bueno desde hace lo menos quince.

—¿De veras?—dijo el conde, sin dejar de atender á los cristales.

—Sí, señor, sí; hemos tenido una temporada fatal... Y luego como aquíse ponen los caminos tan malos... Cuando viene uno de estos temporales,es necesario encerrarse en casa, hasta que Dios quiere.

Nuevo silencio. El joven, cada vez más cortado, extiende lentamente elbrazo y, tomando por la mano á la niña, que la condesa tiene reclinadasobre el regazo, la atrae con suavidad hacia sí, la mete entre susrodillas y, besándola, la dice muy quedo:

—¿Cómo te llamas?

—Emilia.

—Es un nombre muy bonito. ¿Quieres mucho á tus hermanos?

—Sí.

—¿Y á tus papás?

—Sí.

La niña, al pronunciar esta segunda afirmación, levantó los ojos delsuelo y echó una rápida mirada á su padre. Éste dignóse al fin volversehacia los presentes y se encaró con el señorito Octavio.

—Diga usted, señor Rodríguez, ¿su papá no fué el presidente de la juntarevolucionaria?

—Sí, señor, lo fué en los primeros momentos, pero á los pocos días hizodimisión.

Aceptó el cargo solamente por compromiso, y para evitar losdesmanes que, si no fuese por él, hubiera habido seguramente.

—Hizo perfectamente; ha sido un proceder muy noble.