El Prisionero de Zenda by Antonio Hope - HTML preview

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—¡No haré semejante cosa!—dije.—¡Ni usted tampoco!

Desde ahora meniego rotundamente a engañar de tal modo a la Princesa.

Sarto clavó en mí sus ojillos penetrantes. Después apareció en suslabios sardónica sonrisa.

—Corriente, joven; como usted quiera. Vaya, limítese usted atranquilizarla un poco, como pueda. Y ahora hablemos de Miguel.

—¡A quien Dios confunda!—dije.—Ya hablaremos de él otro día.Tarlein, vamos a dar una vuelta por los jardines.

Sarto cedió inmediatamente. Bajo sus bruscas maneras se ocultabaprodigioso tacto y también, como lo fui reconociendo más y más cada día,un profundo conocimiento del corazón humano. ¿Por qué se mostró tan pocoexigente conmigo respecto de la Princesa? Porque sabía que la belleza deésta y mi natural impulso me habían de llevar mucho más allá que todossus argumentos, y que cuanto menos pensase yo en aquella trama, tantomás probable sería que la llevase adelante. No podía ocultársele ladesventura que acarrearía a la Princesa, pero esta consideración nadasignificaba para él. ¿Puedo decir, con toda sinceridad, que hacía mal?Suponiendo que el Rey volviese al trono, le devolveríamos la Princesa.Pero ¿y si no lográsemos libertarlo? Punto era éste del cual jamáshabíamos hablado. Pero yo tenía la idea de que, en tal caso, Sarto seproponía instalarme en el trono de Ruritania y sostenerme en él toda lavida. Al mismo Satanás hubiera él puesto en el trono antes que a Miguelel Negro.

El baile fue suntuoso. Lo inauguré yo con la princesa Flavia y con ellabailé también después, seguidos ambos por las miradas y los comentariosde la brillante concurrencia. Llegó la hora de la cena y en medio deella me puse en pie, enloquecido por las miradas de mi prima, yquitándome el collar de la Rosa de Oro se lo puse al cuello. Aquel actofue acogido con unánimes aplausos, y vi que Sarto se sonreía satisfecho,pero no Tarlein, cuya sombría expresión revelaba su disgusto. Pasamos elresto de la cena en silencio; ni Flavia ni yo podíamos hablar. Por fin,a una señal de Tarlein, me levanté, ofrecí mi brazo a la Princesa yrecorriendo el salón de uno a otro extremo, la conduje a una habitacióncontigua, más pequeña, donde nos sirvieron el café.

Las damas ycaballeros de nuestro séquito se retiraron y quedamos solos.

Los balcones de aquella pieza daban a los jardines del palacio.

La nocheera hermosísima. Flavia tomó asiento y yo permanecí en pie ante ella.Luchaba conmigo mismo y creo que hubiera triunfado si en aquel momentono me hubiese dirigido ella una mirada breve, repentina, que equivalía auna interrogación; mirada a la que siguió fugaz rubor.

¡Ah, si la hubieseis visto en aquel instante! Me olvidé del Reyprisionero en Zenda y del que reinaba en Estrelsau. Ella era unaPrincesa, yo un impostor. Pero ¿acaso pensé en ello un solo momento? Loque hice fue doblar la rodilla ante la bella y tomar su mano entre lasmías. Nada dije. ¿Para qué? Me bastaban los suaves rumores de aquellahermosa noche y el perfume de las flores que nos rodeaban, únicostestigos del beso que deposité en sus labios.

Flavia me rechazó dulcemente, exclamando:

—¡Ah! Pero ¿es verdad?...

—¿Si es verdad mi amor?—dije en voz baja, con apasionado acento.—¡Teamo más que a mi vida, más que a la verdad misma, más que a mi honor!

No pareció dar a mis palabras otro valor que el de una de tantasexageraciones del lenguaje de los enamorados.

—¡Oh, si no fueses Rey! ¡Entonces podría demostrarte cuánto te amo!¿Por qué te quiero tanto ahora, Rodolfo?

—¿Ahora?

—Sí, últimamente. Antes... antes no era así.

El orgullo del triunfo embargó mi ánimo. ¡Era yo, Rodolfo Raséndil,quien la había conquistado!

—¿No me amabas antes?—pregunté rodeándole el talle con mi brazo.

Me miró sonriente y dijo:

—¿Será tu corona? Este nuevo sentimiento se me despertó en mí el día dela coronación.

—¿No antes?—le pregunté ansioso.

Dejóme oir su argentina risa y contestó:

—Hablas como si desearas oirme repetir que no te amaba cuando no erasRey.

—Pero ¿es eso cierto?

—Sí—murmuró casi imperceptiblemente.—Pero tén cuidado, Rodolfo, séprudente. Mira que ahora estará furioso.

—¿Quién? ¿Miguel? ¡Oh, si no fuera más que eso!

—¿Qué quieres decir, Rodolfo?

Aquella era la última oportunidad que podía ofrecérseme.

Logrédominarme, no sin gran esfuerzo, y retirando mi brazo me aparté dos otres pasos de ella.

—Si yo no fuera Rey—comencé,—si fuese un simple caballero...

Antes de que pudiera añadir una palabra puso ella su mano sobre la mía,diciendo:

—Aunque fueras un miserable presidiario nunca dejarías de ser mi Rey.

—¡Dios me perdone!—dije para mí. Y estrechando su mano volví apreguntarle:—¿pero si no fuese Rey?

—Basta—murmuró.—No merezco que dudes de mí de esa manera. ¡Ah,Rodolfo! ¿Acaso una mujer que va a casarse sin sentir amor podríamirarte como te miro yo?

Después inclinó el rostro, procurando ocultarlo. Más de un minutopermanecimos unidos, abrazados; pero aun entonces, a pesar de suhermosura y de las circunstancias en que nos hallábamos, apelé a mihonor y a mi conciencia.

—Flavia—dije con voz tan alterada que no parecía la mía,—

has de saberque no soy...

Elevábanse sus ojos hacia mí cuando oímos, pesados pasos en el enarenadosendero del jardín y un hombre se detuvo ante el abierto balcón. Flavialanzó un ligero grito y se apartó de mí rápidamente. La frase que mislabios habían comenzado quedó interrumpida. Sarto, pues era él, seinclinó profundamente, grave y sombrío.

—Perdonad, señor—dijo,—pero Su Eminencia el cardenal espera hace uncuarto de hora, deseoso de ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad antesde partir.

—No es mi voluntad hacer esperar a Su Eminencia—repuse.

Pero Flavia, que no se avergonzaba de su amor, radiantes los ojos yruborizado el rostro, tendió su mano a Sarto. Nada dijo, pero a nadieque haya visto a una mujer en la exaltación producida por el amor, podíaocultársele lo que aquel ademán significaba. Con triste sonrisa seinclinó el veterano y besó la mano que ella le tendía, diciendo concariñosa y conmovida voz:

—Alegre o triste, feliz o desgraciada, ¡Dios proteja siempre a VuestraAlteza!

Hizo una pausa y añadió, mirándome y cuadrándose como un soldado:

—Pero ante todo y sobre todo está el Rey. ¡Dios lo proteja!

Y Flavia, besando mi mano, murmuró:

—¡Así sea! ¡Oh, Dios mío, te ruego que así sea!

Volvimos a la sala de baile. Obligado a recibir los saludos dedespedida, me vi separado de ella. Cuantos me habían saludado sedirigían en seguida a la Princesa. Sarto iba de grupo en grupo, dejandotras sí miradas de inteligencia, sonrisas y cuchicheos. No dudé que, encumplimiento de su irrevocable resolución, iba dando a todos la noticiaque acababa de adivinar más bien que oir. Preservar la corona para elverdadero Rey y derrotar a Miguel el Negro; ese era todo su afán.Flavia, yo y aun el mismo Rey, no éramos más que otras tantas cartaspuestas en juego y nos estaba prohibido tener pasiones. No se limitó apropagar la nueva dentro de los muros del palacio, y así fue que aldescender yo la escalera principal dando la mano a Flavia y conducirla asu carruaje, nos esperaba en la calle densa multitud, que prorrumpió enaclamaciones entusiastas. ¿Qué podía hacer yo? De haber habladoentonces se hubieran negado a creer que no era el Rey; a lo sumohubieran creído que el Rey se había vuelto loco. Los manejos de Sarto ymi propia pasión me habían impulsado; la retirada no era ya posible y lapasión seguía llevándome hacia delante. Aquella noche aparecí ante todoEstrelsau como el verdadero Rey y el prometido de la princesa Flavia.

Por fin, a las tres de la mañana, cuando empezaba a romper el alba, mevi en mis habitaciones sin más compañía que la de Sarto. Contemplabadistraídamente el fuego; mi compañero fumaba su pipa y Tarlein se habíaretirado a descansar, negándose a dirigirme la palabra. Cerca de mí,sobre la mesa, se veía una rosa de las que Flavia había llevado al pechoaquella noche. Ella misma me la había entregado, después de besarla.

Sarto hizo ademán de tomarla, pero detuve su mano con rápido ademán,diciéndole:

—Es mía, no de usted... ni del Rey.

—Esta noche hemos ganado una victoria a favor del Rey—

dijo.

—¿Y quién puede impedirme ganar otra a favor mío?—

pregunté iracundo,volviéndome hacia él.

—Sé muy bien lo que está usted pensando—contestó.—Pero su honor se loprohibe.

—¿Y es usted quien viene a hablarme de honor?

—Vamos, la cosa no es para tanto. Una broma inocente que en nada puedeperjudicar a la muchacha...

—No prosiga usted, coronel, a no ser que me tenga usted por un villanodesalmado. Si no quiere que su Rey se pudra en su prisión de Zendamientras Miguel y yo nos disputamos aquí lo que vale más que lacorona... ¿Me comprende usted bien?

—Sí, adelante.

—Tenemos que libertar al Rey, o intentarlo cuando menos, y pronto. Siesta comedia, por usted preparada, continúa una semana más, va usted ahallarse con otro problema entre manos, y de los más difíciles. ¿Creeusted poder resolverlo?

—Sí lo creo. Pero si llegara usted a hacer lo que amenaza, tendría quehabérselas conmigo y que matarme.

—Con usted y con veinte más. ¿Qué significaría eso para mí?

Sin contarcon que en un instante puedo levantar a todo Estrelsau contra usted yahogarlo con sus propias mentiras.

—No lo niego.

—Como podría casarme con la Princesa y mandar y Miguel y su hermanoa...

—También es cierto—asintió el viejo soldado.

—¡Pues entonces, en nombre del Cielo—grité extendiendo hacia él lospuños,—corramos a Zenda, aplastemos a Miguel y traigamos al Rey a sucapital y a su trono!

Sarto se puso en pie y me miró fijamente.

—¿Y la Princesa?—preguntó.

Incliné la cabeza y tomando la rosa la oprimí hasta destrozarla entremis manos y mis labios. Sentí la diestra de Sarto sobre mi hombro y oíque decía, con turbada voz:

—¡Por Dios vivo! Es usted más Elsberg que todos ellos. Pero yo hecomido el pan del Rey y mi deber es servirle. ¡Iremos a Zenda!

Le miré y tomé su mano. Ambos teníamos lágrimas en los ojos.

XI

CAZA MAYOR

Asaltábame una tentación terrible. Quería que Miguel, obligado a ellopor mí, diese muerte al Rey. Me creía en situación de afrontar la ira yel poder del Duque y de retener a la fuerza la corona, no por ambición,sino porque el Rey de Ruritania era el esposo destinado a la princesaFlavia. ¡Sarto, Tarlein! ¿Qué me importaban? ¿Qué significan losobstáculos, ni cómo examinarlos y medirlos a sangre fría cuando lapasión ciega domina al hombre por completo?

Hermosa mañana aquella en que me dirigí a pie al palacio de la Princesa,llevando en la mano un ramo de preciosas flores. La razón de estadoexcusaba mi amor; y si bien las atenciones que prodigaba a mi supuestaprima eran nuevos incentivos a la pasión que me impulsaba, me uníantambién más estrechamente al pueblo de la gran ciudad, que adoraba a laPrincesa. Encontré a la condesa Elga cogiendo flores en el jardín y lerogué que ofreciese las mías a su señora. La amada de Tarlein parecíaradiante de felicidad, olvidada por el momento del odio que el duque deEstrelsau profesaba al predilecto de su corazón, único obstáculo quehasta entonces había empañado la dicha de ambos amantes.

—Y ese obstáculo—me dijo con picaresca sonrisa,—lo ha suprimidoVuestra Majestad. Llevaré gustosa estas flores a la Princesa. ¿QuiereVuestra Majestad que le diga lo primero que Su Alteza hará con ellas?

Nos hallábamos en una amplia terraza inmediata al palacio.

—¡Señora!—llamó alegremente la Condesa, y a su vez apareció Flavia enuno de los abiertos balcones del primer piso.

Me descubrí y saludé profundamente. La Princesa tenía puesta una blancabata y llevaba suelta la hermosa cabellera. Contestó a mi saludoenviándome un beso y dijo:

—Sube con el Rey, Elga. Le ofreceré siquiera una taza de café.

La Condesa me miró de soslayo sonriéndose y me precedió hasta lahabitación donde esperaba Flavia. Una vez solos nos saludamos de nuevocomo verdaderos amantes y en seguida me presentó dos cartas. Era una deMiguel el Negro, invitándola cortésmente a pasar el día en el castillode Zenda, como tenía por costumbre hacerlo una vez cada verano, cuandoel parque y los jardines del castillo ostentaban toda su belleza. Arrojéal suelo la carta con desprecio, lo que hizo reír a Flavia, que mepresentó la segunda misiva.

—Ignoro quién me la envía—dijo.—Léela.

Un momento me bastó para saber quién había trazado aquellas líneas. Erala misma letra de la esquela que me había dado cita en el cenador deAntonieta de Maubán, y decía:

«No tengo motivos para querer a Vuestra Alteza, pero Dios la libre decaer en poder del Duque. No acepte Vuestra Alteza invitación algunasuya. No vaya sola a ninguna parte; una fuerte guardia armada bastaráapenas para protegerla. Enseñe esta carta al que reina hoy enEstrelsau.»

—¿Por qué no dice «al Rey?»—preguntó Flavia inclinándose hacia míhasta que sus cabellos rozaron mi mejilla.—¿Será broma?

—Si tienes en algo tu vida, y aun más que tu vida, amor mío, haz al piede la letra lo que esa carta te dice. Hoy mismo enviaré fuerzasuficiente para proteger este palacio, del cual no saldrás sinocustodiada por numerosa guardia.

—¿Es esa una orden que me da el Rey?—preguntó altiva.

—Lo es, Flavia. Orden que obedecerás... si me amas.

—¡Ah!—exclamó, con expresión tal que le di otro beso.

—¿Sabes quién ha escrito eso?—preguntó.

—Creo saberlo. El aviso proviene de persona que es buena amiga mía, ymás diré, lo envía una mujer desgraciada. Precisa contestar que estásindispuesta, Flavia, y no puedes ir a Zenda.

Presenta tus excusas en laforma más fría y ceremoniosa que sepas.

—¿Es decir que te consideras suficientemente fuerte para desafiar lacólera de Miguel?—me dijo con orgullosa sonrisa.

—Nada hay que yo no esté dispuesto a hacer por tu propia seguridad—fuemi contestación.

Poco después me separé de ella, no sin esfuerzo, y tomé el camino de lacasa del general Estrakenz, sin consultar a Sarto.

Había tratado algo alanciano General, creía conocerlo y lo estimaba. No así Sarto, pero yohabía aprendido ya que éste sólo estaba satisfecho cuando él mismo lohacía todo, y que a menudo lo impulsaba, más que el deber, unsentimiento de rivalidad. La situación era tan crítica que Sarto yTarlein no me bastaban para dominarla, pues ambos tenían queacompañarme a Zenda y necesitaba una persona segura que velase por loque yo amaba más en el mundo y me permitiese dedicarme con ánimotranquilo a la empresa de libertar al Rey.

El General me recibió con afectuosa lealtad. Le hice confidenciasparciales, le encomendé la guardia de la Princesa y mirándole fija ysignificativamente le ordené que no permitiese a ningún emisario delDuque acercarse a Flavia, como no fuese en su presencia y en la de unadocena de nuestros amigos, por lo menos.

—Quizás no se engañe Vuestra Majestad—dijo, moviendo tristemente laencanecida cabeza.—A hombres que valían más que el Duque les he vistohacer peores cosas por amor.

Yo más que nadie podía apreciar el valor de aquellas palabras, y dije:

—Pero hay en todo esto algo más que amor, General. El amor puedesatisfacer su corazón. Pero ¿no necesita y procura algo más para saciarla ambición que le devora?

—Ojalá le juzgue mal Vuestra Majestad.

—General, voy a ausentarme de Estrelsau por algunos días.

Todas lasnoches le enviaré a usted un mensajero. Si durante tres díasconsecutivos no recibe usted noticias mías, publicará un decreto quedejaré en su poder, privando al Duque del Gobierno de Estrelsau ynombrándolo a usted en su lugar. En seguida declarará usted la capitalen estado de sitio, y mandará a decir al Duque que exige ser recibido enaudiencia por el Rey... ¿Me comprende usted bien?

—Perfectamente, señor.

—Si en el plazo de veinticuatro horas no consigue usted ver alRey—continué posando mi mano sobre su rodilla,—eso significará que elRey habrá muerto y que usted deberá proclamar al heredero de la corona.¿Sabe usted quién es?

—La princesa Flavia.

—Júreme usted por Dios y por su honor que la defenderá y apoyará hastamorir por ella, que matará, si es necesario, al traidor, y que la pondráen el trono que hoy ocupo.

—¡Lo juro, por Dios y por mi honor! Y ruego a Dios que proteja aVuestra Majestad, porque creo que la misión que se propone está llena depeligros.

—Lo único que espero es que esa misión no cueste otras vidas másvaliosas que la mía—dije levantándome y ofreciéndole mimano.—General—continué,—quizás llegue un día en que oiga ustedrevelaciones inesperadas concernientes al hombre que en este momento ledirige la palabra. Cualesquiera que sean ¿qué opina usted de laconducta de ese hombre desde el día en que fue proclamado Rey enEstrelsau?

El anciano, estrechando mi mano, me habló de hombre a hombre.

—He conocido a muchos Elsberg—dijo.—Y ¡suceda lo que quiera, usted se ha portado como buen Rey y como un valiente; y también como el másgalante caballero de todos ellos.

—Sea ese mi epitafio—dije,—el día en que otro ocupe el trono deRuritania.

—¡Lejano esté ese día y no viva yo para verlo!—exclamó Estrakenz,contraídas las facciones.

Ambos nos hallábamos profundamente conmovidos. Me senté para escribir eldecreto que debía de entregarle, y dije:

—Apenas puedo escribir; la herida del dedo me impide todavía moverlo.

Era aquella la primera vez que me arriesgaba a escribir, a excepción demi nombre y a pesar de los esfuerzos que había hecho para imitar laletra del Rey, distaba mucho de la perfección.

—La verdad es, señor—observó el General,—que este carácter de letrase diferencia bastante del que todos conocemos.

Circunstancia deplorableen este caso, porque puede despertar sospechas y aun hacer creer que laorden no procede del Rey.

—General—exclamé sonriéndome,—¿de qué sirven los cañones de Estrelsausi con ellos no puede disiparse una mera sospecha?

Tomó el documento en sus manos, sonriéndose a su vez de la ocurrenciamía.

—El coronel Sarto y Federico de Tarlein me acompañarán—

continué.

—¿Va Vuestra Majestad a ver al Duque?—preguntó en voz baja.

—Sí; al Duque y a otra persona a quien necesito ver y que se halla enZenda.

—Quisiera poder ir con Vuestra Majestad—dijo retorciendo el blancobigote.—Quisiera hacer algo por el Rey y su corona.

—Aquí le dejo a usted algo más precioso que la vida y la corona—ledije;—y lo hago porque en toda Ruritania no hay hombre que más merezcami confianza.

—Le devolveré a Vuestra Majestad la Princesa sana y salva, y si esto noes posible la haré Reina.

Nos separamos, regresé a palacio y dije a Sarto y Tarlein lo que acababade hacer. Sarto refunfuñó algo, pero lo esperaba, y en definitiva dio suaprobación a mi plan, animándose a medida que se acercaba la hora derealizarlo. También Tarlein se manifestó dispuesto a todo, aunque porestar enamorado arriesgaba más que Sarto. ¡Cuánto lo envidiaba yo! ParaTarlein el triunfo de mi empresa significaba también el de su amor, suunión con la joven a quien adoraba, en tanto que para mí, era aqueltriunfo señal cierta de sufrimientos más crueles que cuantos pudieraproporcionarme el fracaso de mis planes. Así lo comprendió él también,porque tan luego nos vimos algo apartados de Sarto, tomó mi brazo y medijo:

—Dura prueba es ésta para usted; mas no por ello disminuirá un ápice laconfianza que me merecen su rectitud y su hidalguía.

Desvié el rostro para no dejarle ver todo lo que pasaba en mi ánimo;bastaba que presenciase lo que me proponía hacer. Ni aun Tarlein mismohabía descubierto toda la verdad, porque no se había atrevido a elevarsus miradas hasta la princesa Flavia y leer en sus ojos, como lo habíahecho yo.

Quedó por fin acordado nuestro plan en todos sus detalles, los mismosque se verán más adelante. Se anunció que a la mañana siguientesaldríamos a una cacería, lo dispuse todo para mi ausencia y sólo unacosa me quedaba ya por hacer, la más penosa y difícil. Al anochecercrucé en coche las calles más concurridas y me dirigí a la residencia deFlavia. Fui reconocido y aclamado cordialmente, y a pesar de mistemores y tristezas, me sonreí al notar la frialdad y altivez con queme recibió mi amada. Había oído ya que el Rey se proponía salir deEstrelsau para ir de caza.

—Siento que no podamos divertir a Vuestra Majestad lo suficiente

pararetenerle

en

la

capital—dijo

golpeando

ligeramente el suelo con elpie.—Comprendo que yo hubiera podido ofrecer a Vuestra Majestad algunamayor distracción, pero fui bastante inocente para creer...

—¿Qué?—pregunté inclinándome hacia ella.

—Que aunque sólo fuese por dos o tres días, después de... de loocurrido anoche, quizás Vuestra Majestad se sentiría suficientementecomplacido para no necesitar otras distracciones.

Espero que losjabalíes consigan interesarlo y distraerlo más que yo—agregó.

—Precisamente voy en busca de un jabalí—dije,—y de los más feroces ycorpulentos—y luego, sin poderlo remediar, me puse a acariciar suscabellos, pero ella apartó la cabeza.

—¿Estás irritada conmigo?—pregunté fingiendo sorpresa y deseoso deaumentar un tanto su enojo. Nunca la había visto irritada hasta entoncesy la hallaba no menos graciosa bajo aquel nuevo aspecto.

—¿Tengo acaso el derecho de enojarme?—preguntó.—Cierto es que anochetuviste a bien decir que cada hora pasada lejos de mí era una horaperdida. Pero tratándose de un jabalí enorme ya es cosa muy diferente.

—Tan enorme que quizás sea yo cazado por él.

Flavia nada dijo.

—¿No te conmueve mi propio peligro?

Como continuase muda, acerqué mi rostro al suyo, que procuraba ocultar amis miradas y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Lloras porque corro peligro?

—Te portas ahora como solías ser antes, pero no como el Rey... como elRey que yo había aprendido a amar.

Lancé un gemido y la estreché sobre mi corazón.

—¡Amor mío!—exclamé olvidado de todo para no pensar más que enella;—¿has podido creer que yo iba a dejarte para ir de caza?

—Pero entonces, Rodolfo... ¿vas acaso?...

—Sí, en busca de esa fiera, de Miguel en su guarida.

Flavia estaba densamente pálida.

—Ya ves, pues, querida mía, que no soy el amante ingrato que suponías.Pero no permaneceré ausente mucho tiempo.

—¿Me escribirás, Rodolfo?

Aunque pareciese debilidad por mi parte, no podía decir cosa, algunaque despertase sus sospechas.

—Te enviaré mi corazón todos los días—respondí.

—¿Y no correrás peligro?

—Ninguno que pueda yo evitar.

—¿Cuándo volverás? ¡Oh, qué largos me parecerán ahora los días!

—¿Que cuándo volveré?—repetí.—No lo sé, no puedo saberlo.

—¿Pronto, Rodolfo, pronto?

—Sólo Dios lo sabe. Pero si no volviese, amada mía...

—¡Oh, cállate, Rodolfo! ¡Cállate!—y posó sus labios sobre los míos.

—Si yo no volviese—murmuré,—tendrías que ocupar mi puesto, porqueentonces tú serías la única representante de nuestra casa. Tu deberentonces sería reinar, no llorarme.

Irguióse con toda la majestad de una Reina y exclamó:

—¡Sí, lo haría! ¡Ceñiría la corona y representaría mi papel!

Pero ¡ah!mi corazón moriría contigo...

Se detuvo, y aproximándose otra vez a mí murmuró dulcemente:

—¡Vuelve pronto, Rodolfo!

Su voz, su acento, me dominaron.

—¡Juro—exclame,—verte una vez más, pero yo mismo, antes de morir!

—¿Tú mismo? ¿Qué quieres decir?—preguntó fijando en mi sus asombradosojos.

No me atreví a pedirle perdón; le hubiera parecido un insulto.

No podíadecirle entonces quién era yo. Flavia lloraba y me limité a enjugar suslágrimas.

—¿Es acaso posible—pregunté,—que hombre alguno no regrese al lado dela mujer más hermosa del mundo?—dije.—

¡Un centenar de Migueles nopodrían impedírmelo!

Se estrechó aún más contra mí, algo consolada.

—¿No permitirás que Miguel te mate?

—No, amor mío.

—¿Ni que te separe de mí?

—No, amor mío.

—¿Nadie podrá separarte de mí?

Y una vez más contesté:

—No, amor mío.

Y sin embargo, existía un hombre—no Miguel,—que debía de separarme deella y por cuya vida iba yo a arriesgar la mía. El recuerdo de aquelhombre, la arrogante figura que yo había contemplado por primera vez enel bosque de Zenda, el cuerpo inerte abandonado en el sótano delpabellón de caza, se me aparecía entonces como una doble sombra,interponiéndose, separándome de Flavia, que yacía pálida y casidesvanecida en mis brazos, pero fijando en mí una mirada llena de amor,como no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me persigueaún y me perseguirá eternamente, hasta que la tierra cubra mis huesos y(¿quién sabe?) quizás aun más allá de la tumba.

XII

UN ANZUELO BIEN CEBADO

A dos leguas de Zenda y por la parte opuesta de aquella donde se alza elcastillo, queda un extenso bosque. En su centro y sobre la colina, cuyasladeras cubre el bosque, está construida la hermosa residencia del condeEstanislao de Tarlein, pariente lejano de mi amigo el joven Tarlein. ElConde visitaba aquella propiedad muy raras veces, la había puesto a midisposición y a ella nos dirigíamos. Elegida en apariencia por laabundante caza de sus cercanías, entre la que no escaseaban losjabalíes, lo había sido principalmente por su inmediación a la magníficaresidencia del Duque, situada, como dicho queda, al lado opuesto de lapoblación. Por la mañana salieron de Estrelsau numerosas personas de miservidumbre, con caballos y equipaje, y nosotros los seguimos amediodía, yendo buena parte del camino por tren y haciendo después lajornada a caballo hasta la posesión de Tarlein.

Me acompañaban diez bizarros caballeros, además de Sarto y Tarlein,cuidadosamente elegidos todos ellos y ciegamente adictos al Rey. Se lesdijo parte de la verdad, revelándoles también la tentativa contra mivida hecha en el cenador de Antonieta de Maubán, para estimular su celoy acrecentar el odio que profesaban al Duque. Se les dijo además queéste tenía preso en el castillo de Zenda a un fiel servidor del Rey,cuyo rescate era uno de los objetos de la expedición; pero añadiendo quela mira principal del nuevo soberano era tomar ciertas medidas contra sudíscolo hermano, respecto de las cuales nada más podía revelárseles porentonces. Jóvenes, leales y valientes, les bastaba que el Reymanifestase sus deseos; lo único que deseaban era mostrarle su buenavoluntad, y tanto mejor si para ello tenían que desenvainar la espada.

Así quedó trasladado el teatro de los sucesos desde Estrelsau al palaciode Tarlein y al castillo de Zenda, que se alzaba sombrío y amenazador alotro lado del valle. Por mi parte traté de no pensar por el momento enFlavia y de dedicarme con toda energía al cumplimiento de mi arduaempresa. Era ésta nada menos que sacar vivo al Rey de su prisión. Lafuerza era inútil; había que idear alguna estratagema y yo tenía ya unproyecto en embrión; pero me veía muy contrariado por la publicidad dadaa mi salida de la capital. Miguel debía de estar ya perfectamenteenterado de mi expedición y de su verdadero objeto, pues ni por unmomento podía engañarle el pretexto de la cacería. Pero había queaceptar ese riesgo, con todo lo que para nosotros significaba, porquetanto Sarto como yo reconocíamos que la situación era ya insostenible.Una ventaja militaba a mi favor; la de que Miguel el Negro no podíacreer que yo abrigase favorables designios respecto del Rey. El veía yapreciaba la oportunidad que se me ofrecía, como la veía yo, como lahabía visto Sarto. Miguel, por su parte, amaba a la Princesa y no dudoque hubiera matado al Rey, a mi otro rival, sin el menor escrúpulo; perono sin quitar antes de en medio a Rodolfo Raséndil.

En todo esto iba pensando yo por el camino, y no había permanecido másde una hora en la casa cuando se presentó una imponente embajada enviadapor el Duque. No tuvo el cinismo de mandarme a los tres que antesintentaron asesinarme, pero sí diputó la otra mitad del sexteto,Laugrán, Crastein y Ruperto Henzar, los ruritanos. Tres arrogantesmocetones, soberbiamente montados y equipados, el último de los cuales,Henzar, que no contaría más de veintidós o veintitrés años, me dirigióun bien pensado discurso, manifestándome que mi cariñoso hermano se veíaprivado del placer de ofrecerme sus respetos en persona y aun de ponersu residencia a mi disposición, porque así él como varios de susservidores estaban atacados de escarlatina. Así lo aseguró, consardónica sonrisa, Henzar, su embajador, apuesto mozo, tan bribón comobien parecido, de quien se decía que andaban enamoradas muchas y muyprincipales damas.

—Vamos, que mi hermano Miguel con escarlatina debe de estar másparecido a mí que de ordinario, a lo menos por el color—dije.—¿Sufremucho?

—No tanto que no pueda atender a sus asuntos, señor.

—Espero que no se contarán entre los otros enfermos mis tres buenosamigos De Gautet, Bersonín y Dechard—continué.—Del último he oídodecir que está herido.

Laugrán y Crastein hicieron una feísima mueca, pero el joven Henzar sesonrió al decir:

—Dechard espera hallar muy pronto bálsamo eficaz para su herida.

Por mi parte me eché a reír, porque sabía que para mi malparado enemigono había más que un remedio: venganza.

—¿Se sentarán ustedes a mi mesa, señores?—pregunté.

El joven Ruperto declinó respetuosamente la invitación, alegando queimportantes deberes los llamaban al castillo.

—Pues entonces—dije con un ademán de despedida,—¡hasta nuestrapróxima entrevista, que espero nos permitirá conocernos mejor!

—¡Y para ello, ojalá que Vuestra Majestad nos proporcione prontaoportunidad!—agregó Ruperto altaneramente; y al pasar junto a Sartomiró a éste con tal expresión de desprecio y burla que el veteranoapretó los puños y sus ojos brillaron amenazadores.

Cuanto a mí, me agradaba aquel bribón franco y alegre y lo prefería conmucho a sus dos compañeros de sombrío rostro y siniestra mirada. Másvale ser un bribón con gracia que sin ella.

Aquella primera noche, en vez de saborear la excelente comida que mehabían preparado mis cocineros, dejé que los caballeros de mi séquito ladespachasen a su gusto, bajo la presidencia de Sarto, mientras yocabalgaba en compañía de Tarlein hacia la villa de Zenda y másparticularmente hacia cierta posada que allí conocía. La excursiónofrecía poco peligro; la noche era clara, el camino hasta Zenda, muyconcurrido y lo único que hice fue envolverme en una amplia capa. Unlacayo nos seguía a distancia.

—Tarlein—dije al llegar a la población;—en la posada adonde nosdirigimos hay una muchacha muy linda.

—¿Cómo lo sabe usted?—preguntó.

—Porque he estado en ella.

—¿Desde?...

—No, antes.

—Pero le reconocerán a usted.

—Probablemente. Y por lo mismo, he aquí lo que vamos a hacer. Somos doscaballeros del séquito del Rey, uno de los cuales tiene dolor de muelas.El otro dispondrá que nos sirvan de comer en habitación separada, conuna botella de buen vino para alivio del paciente. Y si es usted tanavisado como lo creo, la linda muchacha de que le he hablado, y nadiemás, será quien nos sirva a la mesa.

—¿Y si ella se niega a servirnos?

—Querido Tarlein, si se niega a hacerlo por usted, lo hará por mí.

Llegamos a la posada, bien embozado yo; vi a la madre de la muchacha ypoco después a ésta, se dio orden de servirnos la comida, me instalé enuna pieza reservada para nosotros, y no tardó en reunírseme Tarlein.

—La chica será quien nos sirva—dijo.

—Y de lo contrario—añadí,—hubiera yo dudado mucho del buen gusto dela condesa Elga.

Entró la buena moza, le di tiempo de poner la botella sobre la mesa paraevitar que con la sorpresa la hiciera pedazos, y Tarlein llenó un vaso,que me ofreció.

—¿Sufre mucho este caballero?—preguntó la joven.

—Ni más ni menos que la primera vez que te vio—dije desembarazándome.

Dio ella un ligero grito y exclamó:

—¡Con que era el Rey! Así se lo dije a mi madre apenas vi el retrato deSu Majestad. ¡Oh, señor, perdón!

—No recuerdo tener nada que perdonarte—dije.

—Pero, señor, todas aquellas cosas que dijimos...

—¡Oh, te las perdono de todo corazón!

—Voy a decirle a mi madre...

—Ni una palabra—le ordené.—Vé a traer la comida y nada digas a nadiesobre la presencia del Rey en esta casa.

Volvió a los pocos momentos llena de curiosidad.

—¿Y Juan?—le pregunté, empezando a comer.—¿Qué tal está?

—Apenas le vemos ahora, señor.

—¿Por qué?

—Yo le dije que venía por aquí muy a menudo.

—¿Es decir que está enfadado y se oculta?

—Sí, señor.

—¿Pero tú puedes hacerlo volver por aquí?

—Es muy probable...

—¡Oh, sí! Yo sé lo mucho que tú vales y puedes—le dije, haciéndolaruborizarse de placer.

—Pero, señor, no sólo es eso lo que lo aleja de Zenda. En el castillotienen ahora mucho que hacer.

—Pero si el Duque no está de caza...

—No, señor; pero Juan tiene a su cargo el servicio interior.

—¿Juan convertido en doncella de servicio?

La muchacha se desvivía por chismear un poco.

—Es que no hay allí nadie más que pueda hacerlo—explicó.—

Ni una solamujer. Es decir, como criada, porque no falta quien diga que... Pero esfalso, sin duda.

—No importa, sepamos lo que dicen.

—Pues corre el rumor de que en el castillo habita una señora.

Lo ciertoes que Juan tiene que servir a los caballeros que allí residen ahora.

—¡Pobre Juan! No dejará de hallarse muy ocupado. Sin embargo, estoyseguro de que nunca le faltará media hora para venir a verte. ¿Tú loquieres?

—No mucho, señor.

—¿Pero quieres servir al Rey?

—Sí, señor.

—Pues entonces, mándale a decir que le esperas junto a la gran piedraque hay en el camino de Zenda al castillo, a la salida del pueblo,mañana a las diez de la noche.

—¿Piensa usted hacerle algún daño, señor?

—Ninguno, si hace lo que yo le ordene. Pero creo haberte dicho lobastante, linda muchacha. Cuida de obedecerme puntualmente y recuerdaque nadie ha de saber que el Rey ha estado aquí.

Hablé con alguna severidad, porque nunca está de más infundir ciertogrado de temor a las mujeres que nos quieren; y al propio tiempo,suavicé la severidad de mis palabras, haciéndole un valioso presente.Comimos, volví a embozarme y precedido de Tarlein me dirigí adonde nosesperaban los caballos.

No eran más de las ocho y media de la noche, había mucha gente en lascalles para una población tan pequeña y era fácil ver que los buenosvecinos de Zenda comentaban noticias al parecer muy interesantes. Y noera extraño, porque con el Duque por un lado y el Rey por otro, Zendales parecía indudablemente el centro de toda Ruritania. Recorrimos lascalles al paso de nuestros caballos, pero les pusimos al galope tanluego salimos al campo.

—¿Quiere usted atrapar a ese Juan de que habla?—preguntó Tarlein.

—Sí, y convendrá usted conmigo en que he cebado bien el anzuelo.Nuestra bonita Dalila de la posada, atraerá al Sansón del castillo. Laprecaución del duque Miguel, de no tener mujeres en el castillo nobasta, amigo Tarlein. Para lograr completa seguridad, se necesita que nohaya faldas en cincuenta leguas a la redonda.

—Conque las haya en Estrelsau me basta—dijo el enamorado Tarlein dandoun suspiro.

Subimos por la avenida que conducía a la villa Tarlein y apenas pudooirse desde ésta el paso de los caballos, salió Sarto apresuradamente arecibirnos.

—¡Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo!—

exclamó.—¿No haasomado ninguno de ellos por el camino?

—¿De quiénes habla usted, coronel?—pregunté, echando pie a tierra.

Nos llevó a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.

—Joven—dijo,—basta ya de cabalgar solo o poco menos, por estosalrededores. No puede usted volver a hacerlo, sin que le acompañemosmedia docena de nosotros. ¿Sabe usted lo que le ha pasado a Berstein?

El caballero de este nombre, uno de los de mi séquito, era un arrogantemozo, casi tan alto como yo, y de caballo muy parecido al mío.

—Pues está arriba en su cuarto y en cama, con una bala en el brazo.

—¡Qué me dice usted!

—Lo que oye. Después de comer se le ocurrió ir a dar un paseo por elbosque, y a lo mejor divisó entre los árboles a tres hombres, uno de loscuales le apuntó con un fusil. Como estaba desarmado, echó a correr endirección a esta casa, pero sonó un disparo, le atravesaron un brazo ycuando llegó aquí estaba a punto de caer desvanecido.

Hizo Sarto una pausa y continuó:

—Esa bala, joven, le estaba destinada a usted.

—Es muy probable—dije.—Primera sangre a favor de Miguel.

—Quisiera saber cuál de los dos tríos es el autor de esa hazaña—dijoTarlein.

—Sarto—dije a mi vez,—mi salida de esta noche tenía objetoimportante, como lo verá usted más adelante. Pero por lo pronto puedoasegurar una cosa.

—¿Y es?

—Que creería corresponder muy mal a los grandes honores de que me hacolmado Ruritania, si saliese del país dejando con vida a uno siquierade los Seis. Y con la ayuda de Dios me propongo limpiar de ellos alpaís.

Sarto, al oirme, tomó y estrechó mi mano.

XIII

NUEVA ESCALA DE JACOB

A la mañana siguiente di algunas órdenes y me sentí más satisfecho quenunca. Había puesto manos a la obra, al trabajo, y éste, ya que no curael amor, es por lo menos como un narcótico que nos permite olvidarlotemporalmente. Sarto, que andaba agitado y nervioso, se sorprendió muchoal verme aquella mañana, arrellanado en cómodo sillón de brazos,escuchando la canción amorosa que con muy buena voz entonaba uno de loscaballeros de mi séquito. Tal era mi ocupación cuando el más joven delos Seis, Ruperto Henzar, que no temía a Dios ni al diablo, se adelantóde repente a caballo, con tanta calma como si detrás de cada árbol nopudiese tener yo apostado un buen, tirador, y ni más ni menos que sicabalgase en el parque de Estrelsau.

Se acercó a mí, saludándome con cómica reverencia, y solicitó hablarme asolas para comunicarme un mensaje del duque Miguel. Hice que seretirasen todos y Henzar, sentándose a mi lado, comenzó:

—¿El Rey está enamorado a lo que parece?

—No de la vida, señor mío—contesté sonriéndome.

—Más vale así. Pero estamos solos. Usted, Raséndil...

—¿Qué es eso? ¿Cómo se entiende?—le dije en tono seco y arrogante,haciendo ademán de levantarme.

—¿Qué ocurre?—preguntó.

—Pues nada, sino que iba a llamar para que le trajeran a usted sucaballo. Si ignora usted cómo dirigirse al Rey, es indispensable que mihermano elija otro embajador.

—¿Para qué continuar esta farsa?—preguntó con suma indiferencia,sacudiendo con su latiguillo el polvo que cubría sus altas botas.

—Porque la farsa no ha terminado todavía—repliqué;—y mientras dure mereservo el derecho de usar el nombre que mejor me cuadre.

—Corriente. Lo único que me proponía hacer era hablarle con enterafranqueza. Porque no le quiero a usted mal, es usted todo un hombre.

—Por tal me tengo, modestia aparte. Soy honrado con los hombres y honroy respeto a las mujeres, señor mío.

Me dirigió una mirada iracunda.

—¿Vive su madre de usted?—proseguí.

—No, ha muerto.

—Tanto mejor para ella—dije, gozándome al oir la maldición que melanzó entre dientes.—Y ahora, oigamos ese mensaje.

Le había herido en lo vivo, porque todo el mundo sabía que Henzar habíainstalado a una querida en su propia casa, y destrozado el corazón de sumadre, muerta de pesar. Toda su arrogancia desapareció por el momento.

—El Duque le ofrece a usted más de lo que yo le ofrecería—

murmuró.—Miopinión era que le mandase a usted la cuerda con que merece serahorcado, pero él se empeñó en darle un salvo-conducto hasta la fronteray quinientos mil pesos.

—Pues entre las dos ofertas prefiero la de usted, señor mío.

—¿Es decir que rehusa usted la del Duque?

—Desde luego.

—Así se lo dije a Su Alteza.

Y el bribón que había recobrado todo su aplomo, me dirigió la más alegrede sus sonrisas.

—La verdad es, acá entre nosotros, que Miguel no sabe ni puedecomprender lo que es un caballero.

—¿Y usted?—dije riéndome en sus barbas.

—Yo sí. Corriente: pues le daremos a usted la cuerda.

—Lo malo es que no vivirá usted para verme ahorcado con ella—observé.

—¿Me hace Vuestra Majestad el honor de buscarme querella?

—Para eso sería preciso que tuviera usted siquiera algunos años más.

—Maldito lo que eso importa. Joven o no, me basto y me sobro para elcaso—dijo con burlona risa.

—¿Cómo está su prisionero?

—¿El Rey?

—Su prisionero, digo.

—¡Ah, sí! Había olvidado los deseos de Vuestra Majestad.

Pues el presovive todavía.

Dejó su asiento, le imité y sonriéndose dijo:

—¿Y qué tal la bella Princesa? Apuesto a que el próximo Elsberg serárojo, por más que Miguel el Negro le haga las veces de padre...

Di un salto hacia él cerrando los puños. No retrocedió una sola línea ysiguió mirándome con expresión y sonrisa insolentes.

—¡Vete, antes de que te haga pedazos!—murmuré.

Me había pagado con creces la alusión a la muerte de su madre.

Lo que hizo después fue buena muestra de su increíble audacia. Misamigos se hallaban a cincuenta pasos de distancia.

Heznar ordenó a unlacayo que le trajese su caballo y despidió al criado dándole una monedade oro. Yo permanecía inmóvil, sin sospechar cosa alguna. Fingió que ibaa montar, pero volviéndose de repente hacia mí, con la mano izquierda enel cinto y tendiéndome la diestra, dijo:

—Aquí está mi mano.

Me limité a inclinarme e hice lo que él había previsto: crucé ambasmanos a la espalda. Rápida como el rayo brilló en alto su daga y seclavó en mi hombro: de no haberme apartado bruscamente me hubieraatravesado el corazón. Retrocedí lanzando un grito, saltó él en la sillasin tocar el estribo y salió disparado como una flecha, perseguido porgritos y tiros de revólver, tan inútiles éstos como aquéllos. Me dejécaer en mi sillón, mirando cómo el malvado desaparecía al extremo de laavenida. Después me rodearon mis amigos y perdí el conocimiento.

Supongo que me llevaron al lecho, donde pasé muchas horas de las quenunca conservé el menor recuerdo. Era de noche cuando recobré elconocimiento y vi a Tarlein a mi lado. Me sentía débil y fatigado, peroTarlein se apresuró a darme la buena noticia de que mi herida curaríapronto y que entretanto todo iba bien, pues Juan el guardabosque habíacaído en el lazo que le tendimos y se hallaba en nuestro poder.

—Y lo más raro es—continuó Tarlein,—que no parece muy contrariado deverse aquí. Sin duda se dice que le tiene más cuenta no figurar comotestigo del crimen que Miguel prepara con el auxilio de sus Seismatachines.

Aquella idea me hizo concebir muy buenas esperanzas en la cooperación denuestro prisionero. Dispuse que me lo trajeran en seguida, y prontollegó acompañado de Sarto, que le hizo tomar asiento junto a mi lecho.Estaba atemorizado, pero también nosotros abrigábamos nuestros recelosdespués de la tentativa de Ruperto Henzar, y Sarto cuidó de tenerlo muyal alcance de su revólver mientras duró la entrevista. Al entrar teníaatadas las manos, pero inmediatamente hice que lo desataran.

No detallaré todas las garantías y recompensas que le ofrecimos y que ensu día fueron cumplidas religiosamente, de suerte que hoy vive conholgura, aunque no diré dónde. Era más débil que perverso y muy prontonos convencimos de que hasta entonces había obrado por temor al Duque ya su hermano Máximo más que por adhesión a la causa de aquél. Pero todosestaban convencidos de su lealtad; y aunque ignoraba los planes secretosde su amo, su conocimiento de la disposición interior del castillo, yde las medidas tomadas en él, lo hacían un auxiliar precioso. He aquí enbreve los informes que nos proporcionó:

Debajo del piso del castillo había dos pequeñas celdas labradas en laroca viva, a las cuales se bajaba por medio de una escalera de piedraque comenzaba a un extremo del puente levadizo. Una de dichas celdascarecía de ventanas y había que tener siempre en ella velas encendidas.La segunda tenía una ventana cuadrada que daba al foso. En esta celdavelaban siempre de día y de noche, tres de los Seis, con orden dedefender la puerta que daba a la otra celda, en caso de ataque, mientrasles fuera posible; pero dado que los asaltantes parecieran próximos atriunfar, Henzar y Dechard, uno de los cuales se hallaba siempre allí,tenían orden expresa del Duque de separarse de sus compañeros, entrar enla celda inmediata y matar al Rey. Allí estaba preso éste, bien tratadohasta entonces, pero sin armas y atados los brazos con delgadas cadenasde acero que apenas le permitían moverlos. Es decir que antes defranquear nosotros la segunda puerta habría muerto el Rey. ¿Y su cuerpo?¿No sería éste la prueba más clara y comprometedora del crimen deMiguel?

—No señor—dijo Juan.—Su Alteza ha pensado en eso, y el asesino delRey no tiene más que abrir la reja de hierro que encierra la ventana dela celda, reja cuyo marco gira sobre sus goznes. El hueco de la ventanaestá hoy obstruido por un enorme tubo, capaz de dar paso al cuerpo de unhombre, y cuyo extremo opuesto llega precisamente hasta la superficiedel agua que llena el foso. Muerto el Rey, su matador arrastra el cuerpohasta la ventana, le ata un peso de plomo que allí tienen preparado ydesliza el cadáver por el tubo hasta el agua del foso, que mide allíveinte pies de profundidad. Hecho esto, da un grito que sirve de señal alos otros, se arroja a su vez por el tubo, le siguen los demás sipueden, y mientras el cuerpo del Rey va derecho al fondo del foso, losasesinos nadan hacia la orilla opuesta, donde varios hombres tienenorden de esperarlos con cuerdas para sacarlos del agua y caballos parahuir, si no queda otro recurso.

En este caso Miguel huiría también conellos. Pero si les quedase alguna esperanza de triunfar, volverían alcastillo y cogerían a sus enemigos en las dos piezas subterráneas, comoen una trampa. Este es el plan de Su Alteza, pero sólo se proponeemplearlo en último extremo, porque su intento es no matar al Rey hastahaberlo matado a usted, o hasta tener la seguridad de que podrádespacharlo poco después de muerto el Rey. Y ahora, señor, le ruego queme proteja, porque si el duque Miguel llega a saber lo que he hecho, nohabrá tormento bastante cruel para mí.

Por el relato de Juan, que completamos con nuestras preguntas, supimostambién que en caso de ataque al castillo por una fuerza numerosa, comola que yo el Rey podía reunir, sus defensores renunciarían a todaresistencia, limitándose a matar al Rey y arrojar su cadáver al fondodel foso. Pero en lugar de huir los asesinos, uno de ellos debía ocuparel lugar del Rey en el calabozo y pedir a los asaltantes favor yjusticia a grandes gritos; llamado entonces Miguel, declararía que elpreso había ofendido a la señora Maubán y por eso sufría aquel castigo;y que él, el Duque, se alegraba de tener aquella oportunidad paraaclarar lo ocurrido en la fortaleza y contradecir y disipar ciertosrumores que habían circulado acerca de la presencia de un misteriosoprisionero en el castillo de Zenda. Burlados entonces los invasores, seretirarían, permitiendo al Duque disponer con toda calma del cuerpo delRey.

Sarto, Tarlein y yo en mi lecho oíamos con horror aquellos detalles dela maldad del Duque y de la audacia de su plan. Fuese yo al castilloocultándome o en pleno día, solo o al frente de mis tropas, el Reyestaba condenado a morir antes de que yo pudiera acercármele. Si Miguelme vencía todo acababa allí, pero de ser yo vencedor no tendría mediosde castigarlo, ni de mostrar su culpa sin descubrir también la mía. Peropor lo pronto sería yo Rey,

¡Rey!

pensamiento

que

hacía

latir

mi

corazónapresuradamente; y el porvenir se encargaría de decidir en la luchaentre él y yo. Hasta entonces me había inclinado a creer que el Duquegustaba de dejar a sus amigos los peligros de la empresa; pero desdeaquel momento comprendí que se reservaba la dirección de la misma y queno le faltaban ni audacia ni astucia.

—¿Conoce el Rey esos detalles?—pregunté.

—Mi hermano y yo—contestó Juan,—colocamos el tubo, dirigidos por elseñor de Henzar, pues estaba de guardia aquel día. El Rey preguntó loque aquello significaba y el señor de Henzar le contestó riéndose queera una nueva «Escala de Jacob,» por la cual, como dice la Biblia, pasanlos hombres de la tierra al Cielo; y que si llegase el caso de hacer elviaje, aquel camino sería más propio de un Rey, que pasaría por él contoda comodidad, sin verse expuesto a las miradas de los curiosos.Después soltó otra carcajada y pidió al Rey permiso, para volver allenar su vaso, porque Su Majestad estaba comiendo. Valiente como es elRey y como lo son todos los Elsberg, palideció al mirar el siniestrotubo y oir al villano que así se mofaba de él.—¡Ah, señores!—acabódiciendo Juan,—en el castillo de Zenda le cortan la cabeza a un hombrecon tanta frescura como juegan una partida de cartas; y precisamente eseHenzar es el más cruel de todos... y el más temible también cuando haymujeres cerca.

Cesó de hablar el guardabosque y dispuse que Tarlein diese orden devigilarlo cuidadosamente. Pero antes de que se lo llevaran le dije:

—Si alguien te pregunta si hay un prisionero en Zenda, puedes contestarque sí, pero si te preguntan quién es cállate. Todas mis promesas nopodrían salvarte la vida si alguien llegase a saber que el Rey está enel castillo. ¡Yo mismo te mataría como un perro si la verdad sesospechase siquiera en esta casa!

Cuando hubo salido miré a Sarto.

—¡Difícil empresa, amigo!—le dije.

—Tanto—respondió moviendo pensativamente la encanecida cabeza,—quesegún toda probabilidad dentro de un año seguirá usted siendo Rey deRuritania. Y dicho esto desahogó su cólera lanzando una sarta demaldiciones contra Miguel el Negro.

—Mi opinión es—dije reclinándome en las almohadas,—que sólo tenemosdos medios de sacar al Rey vivo de Zenda. El uno es lograr que losamigos del Duque le hagan traición...

—Prescinda usted de ese medio—dijo Sarto.—Veamos el otro.

—¡Pues el otro—dije,—es ni más ni menos que un milagro del Cielo!

XIV

RONDANDO EL CASTILLO

Grande hubiera sido la sorpresa del buen pueblo ruritano si hubierapodido oir la conversación que acabo de transcribir, porque según lasnoticias oficiales yo me había herido con un venablo durante unacacería. Por orden mía el primer boletín oficial hizo constar que laherida era algo grave, lo cual ocasionó viva sensación en Estrelsau yprodujo el triple resultado siguiente, que yo estaba lejos de esperar:primero, ofendí gravemente a los médicos de la Corte, prohibiéndoles quevinieran a mi lado a excepción de un joven cirujano amigo de Tarlein, enquien podíamos confiar; segundo, el general Estrakenz mandó a decirmeque, a pesar de sus órdenes y las mías, la Princesa se disponía a salirpara Tarlein, escoltada por él (noticia que a pesar de lo alarmante queera me llenó de alegría y orgullo); y tercero, que mi buen hermano elDuque, perfectamente enterado de la procedencia de mi herida, creyó quemi estado era grave y aun que se hallaba en peligro mi vida.

Esto último lo supe por Juan, en quien tuve que confiar, mandándolevolver a Zenda, donde Ruperto Henzar le hizo dar de latigazos por elcrimen de haber pasado toda una noche fuera del castillo, engatusado poralguna mozuela del pueblo. Aquel castigo aumentó el odio de Juan haciaHenzar y el Duque, y me respondió de su auxilio y lealtad más que cuantohubieran podido hacerlo todas mis ofertas y promesas.

Poco diré de la llegada de Flavia. Es aquél un recuerdo que no puedorenovar sin dolor. Nunca olvidaré su alegría al verme casi restablecidoy no moribundo como temía; y sus quejas y reproches por no haberconfiado en ella y díchole la verdad, justifican en parte los medios deque me valí para aplacarla. Su presencia fue para mí en aquellascircunstancias lo que la vista del cielo para el condenado réprobo, ytanto más dulce porque yo sabía la suerte casi inevitable que me hubieraimpedido volver a verla sin aquella su última visita. Dos días pasé conella en completa inacción, al cabo de los cuales el duque de Estrelsautuvo a bien anunciar que me había preparado una partida de caza.

Se acercaba el momento decisivo. Sarto y yo habíamos acordado, trasansiosas conferencias, arriesgar el golpe; afirmándonos en estaresolución las malas noticias que Juan nos daba sobre la salud del Rey,que palidecía y se debilitaba con aquel prolongado encierro. En miopinión, Rey o no, la muerte instantánea recibida de un balazo o unaestocada, era preferible mil veces a la lenta agonía que esperaba aljoven Soberano en su calabozo. Desde este punto de vista, importabaobrar prontamente a favor del Rey; pero no menos interesado estaba yo enello por cuenta propia. Estrakenz insistía en la necesidad de miinmediato matrimonio, al cual me impulsaban también mis deseos, hasta elpunto de hacerme vacilar en la senda del deber.

No me creía capaz defaltar a éste, pero sí podía ocurrírseme huir, abandonar el país, locual hubiera significado la ruina de los Elsberg. Es más: como no soysanto (dígalo mi cuñadita), podría llegar un momento de ofuscación queme hiciera cometer una falta irreparable.

Jamás había ocurrido caso semejante en la historia de ningún pueblo. Elhermano del Rey y el que personificaba a éste en el trono, empeñados enuna guerra a muerte, disputándose la persona del verdadero Rey, sin queel país se diera cuenta de ello, en medio de la más profunda paz y a laspuertas de una población tranquila y confiada. Y, sin embargo, tal eraen aquellos momentos la situación entre el castillo de Zenda y la moradade los Tarlein. Cuando recuerdo ahora aquella época me pregunto siestuve loco. Sarto me ha dicho después que por entonces yo no admitíaintervención alguna ni aceptaba consejos de nadie; que me conduje comoRey absoluto de Ruritania. Por ninguna parte veía solución que pudierahacerme atractiva la vida, y por lo mismo la arriesgue de la manera mástemeraria. Al principio trataron de protegerme, quisieron evitar que meexpusiese al peligro; pero, cuando comprendieron que mi resolución erainquebrantable, se dijeron, dándose o no cuenta de la verdad, que elúnico medio era fiarlo todo a la suerte y dejarme llevar adelante, a mimanera, la lucha mortal emprendida contra Miguel.

A la noche siguiente dejé muy tarde la mesa en que acababa de comer encompañía de Flavia y la conduje hasta la puerta de sus habitaciones.Allí besé su mano y me despedí de ella deseándole tranquilo reposo.Inmediatamente cambié de traje y salí. Sarto y Tarlein me esperaban contres hombres y los caballos. Sarto llevaba consigo una larga cuerda, yambos iban bien armados.

Cuanto a mí, sólo tenía una pequeña maza y unagudo puñal.

Dimos un largo rodeo para no cruzar el pueblo, y al cabode una hora subíamos la cuesta que conducía al castillo de Zenda. Era lanoche obscura y tormentosa; el viento soplaba con furia, agitando losárboles, y llovía a cántaros. Llegados a un bosquecillo no muy distantede la fortaleza, dispuse que nuestros tres acompañantes se quedasen allícon los caballos. Sarto tenía un silbato con el cual podía llamarlos enmi auxilio; pero hasta aquel momento nadie nos había visto ni aparecíaseñal de peligro.

Yo

tenía

la

esperanza

de

que

Miguel

siguieradesprevenido, creyéndome postrado todavía en el lecho.

Llegamos sintropiezo a la cumbre y a la orilla del cenagoso foso. Sarto, sin perdermomento, ató la cuerda al tronco de un árbol inmediato al foso. Yo mequité las botas, tomé un trago de licor, estreché las manos de mis dosamigos sin hacer caso de la mirada suplicante de Tarlein, y después deasegurarme de que el puñal salía fácilmente de la vaina, así la maza conlos dientes y me aproximé al foso. Iba a inspeccionar la «Escala deJacob.»

Con ayuda de la cuerda me deslicé suavemente en el agua, nada fría,porque el día había sido muy caluroso. Crucé a nado el foso y seguínadando junto a los altos muros de la fortaleza, sin ver a más de tresvaras de distancia y con muy buenas esperanzas de no ser descubierto. Enla parte nueva del castillo se veían algunas luces, y oí también risasy cantos, pareciéndome distinguir entre las voces la de Ruperto Henzar,a quien me figuré excitado por el vino. Descansé un momento, yorientándome pensé que si la descripción hecha por Juan era exacta,debía hallarme en aquel momento al pie de la ventana que buscaba. Volvía nadar lentamente, y a tres pasos vi una sombra; era el enorme cilindroque saliendo de la ventana llegaba a flor de agua. Su diámetro era,aproximadamente, doble que el cuerpo de un hombre. Iba a acercarme más,cuando divisé al otro lado del tubo la proa de un bote. Mi corazón latiócon violencia y permanecí inmóvil. Escuchando atentamente, oí en el boteun rumor como el de una persona que cambiase de posición. ¿Quién eraaquel hombre encargado de guardar la invención diabólica de Miguel?¿Estaba despierto o dormido?

Llevé maquinalmente la mano al puño de midaga, y al propio tiempo noté con alegría que hacía pie. Los cimientosdel castillo proyectaban hacia el foso formando un reborde de unasquince pulgadas, sobre el cual posé ambos pies con agua hasta el pecho.Después me incliné y miré por debajo del tubo.

En el bote vi a un hombre y a su lado brillaba el cañón de un fusil.¡Era el centinela! Permanecía inmóvil, y a poco pude oir surespiración, fuerte y acompasada. ¡Dormía! Arrodillándome sobre elreborde, adelanté el cuerpo por debajo del tubo hasta poner mi rostro amedia vara del suyo. Era Máximo Holf, un hombrachón, hermano de Juan.Deslicé la mano hasta el cinto y saqué el puñal. El recuerdo de aquelmomento es el que más me remuerde en mi vida, y no quiero ni pensar sifue aquél un acto varonil o una traición. Lo único que me dije fue: «Esesta una guerra a muerte, y de mí depende la vida del Rey.» Llegué juntoal bote, respirando apenas, fijé los ojos en el punto donde queríadescargar el golpe y alcé el brazo armado. El centinela hizo

unmovimiento

y

abrió

los

ojos;

los

abrió

desmesuradamente, mirándome conexpresión de terror intenso, y empuñó el fusil. Descargué el golpe. Ydesde la orilla opuesta oí el coro de una canción de amor.

Dejando a mi víctima en el bote, me volví hacia la «Escala de Jacob.»Tenía poco tiempo disponible. Además, de un momento a otro podían venira relevar al centinela. Inclinándome sobre el tubo, lo examiné desde elpunto en que proyectaba del agua hasta su extremidad superior, queparecía hundirse en el macizo muro.

No presentaba la menor solución decontinuidad; pero mi corazón latió precipitadamente al notar que por suparte superior, donde entraba en el hueco del muro, se deslizaba untenue rayo de luz. ¡Aquella luz procedía de la celda del Rey! Apoyé elhombro contra el tubo, y el intersticio por donde salía la luz seensanchó perceptiblemente, algunas líneas. Desistí en seguida; aquellaprueba me bastaba para convencerme de que el tubo no estaba sólidamenteadherido al muro por su parte superior.

Entonces oí una voz brusca, que decía:

—Y ahora, si Vuestra Majestad no desea mi compañía por más largotiempo, le dejaré descansar. Pero antes tengo que asegurarle las muñecascon este precioso par de brazaletes...—

¡Era Dechard, cuyo acento inglésreconocí al instante!

—¿Desea Vuestra Majestad darme alguna orden antes de separarnos?

Entonces la voz del Rey, cavernosa y débil, muy distinta de aquella otratan alegre que había oído en el bosque de Zenda, contestó:

—Ruegue usted a mi hermano que me mate, que abrevie esta muerte lenta.

—El Duque no desea la muerte de Vuestra Majestad—replicó burlonamenteDechard;—a lo menos... por ahora. Si llega el momento, allí está elcamino que lleva derecho a la gloria.

—Está bien—dijo el Rey.—Y ahora, si sus instrucciones se lopermiten, déjeme usted solo.

—¡Buenas noches y gratos sueños!—exclamó el rufián.

La luz desapareció y oí el ruido de los cerrojos y después los sollozosdel Rey. Se creía solo. ¿Quién podía oirle y mofarse de su llanto?

No me atreví a hablarle. Podía escapársele una exclamación de sorpresaque nos vendiera. Nada me quedaba por hacer aquella noche sino ponermeen salvo y ocultar el cadáver del centinela, cuyo hallazgo en aquellascircunstancias hubiera puesto en guardia a mis enemigos. Desaté el botey subí a él. El viento soplaba con violencia y nadie podía oir el ruidode los remos. Me dirigí rápidamente al punto donde me esperaba Sarto, yen el momento de tocar la orilla oí un penetrante silbido detrás de mí,al lado opuesto del foso.

—¡Eh, Máximo!—gritó una voz.

Llamé a Sarto por lo bajo, cayó la cuerda en el bote y con ella até elcadáver. Después salté a la orilla.

—Silbe usted también—ordené a Sarto,—para llamar a nuestra gente yentretanto icemos el cuerpo que ahí traigo. No hablemos ahora.

Llegaron nuestros hombres y apenas tuvimos el cadáver de Máximo entierra, vimos a tres jinetes que saliendo del otro lado del castillo,se dirigían hacia nosotros, aunque no podían vernos todavía, porqueestábamos a pie.

—¡Obscura está la maldita noche!—exclamó una voz penetrante.

Era Ruperto Henzar, que un momento después se halló frente a miscompañeros. Inmediatamente sonaron varios tiros y me adelanté seguido deSarto y Tarlein.

—¡Mata, mata!—aullaba Ruperto, y un gemido me anunció que el bribóndaba el ejemplo a su gente.

—¡Estoy perdido, Ruperto!—exclamó al caer uno de los que leseguían.—Son tres contra uno. ¡Sálvate!

Me precipité hacia Ruperto, empuñando la maza, y le vi inclinarse sobresu caballo.

—¿Te han despachado también a ti, Crastein?—gritó.—No obtuvorespuesta. Di un salto y así las riendas del caballo.

—¡Por fin!—exclamé.

Creía tenerlo seguro. Mis amigos le rodeaban y no parecía quedarle otrorecurso que rendirse o morir.

—¡Por fin!—repetí.

—¡Calla! ¡es el cómico!—exclamó,—y de un poderoso tajo cortó mi mazaen dos. Preferí la huida a la muerte y (me avergüenzo de confesarlo)eché a correr. Aquel Ruperto Henzar era un verdadero demonio. Le vilanzarse a escape y arrojarse al agua con su caballo, entre unagranizada de balas. La profunda obscuridad que reinaba le salvó la vida.Ganó la orilla opuesta del foso y desapareció.

—¡El diablo le lleve!—exclamó Sarto.

—Lástima que sea tan gran bribón. ¿Quiénes han caído?

—Laugrán y Crastein.

Allí estaban sus ensangrentados cadáveres, que arrojamos al foso juntocon el de Máximo, pues ya era inútil ocultarlo.

Montamos a caballo ybajamos la cuesta, llevándonos el cuerpo de uno de nuestros amigos cuyamuerte lamenté profundamente.

También me inquietaba más que nunca la suerte del Rey y me dolía vermeburlado una vez más por Ruperto Henzar, que además de escaparse me habíallamado cómico.

XV

TENTACIÓN

Ruritania no es Inglaterra, pues de lo contrario, la lucha empeñadaentre el duque Miguel y yo, con todos los notables incidentes que lacaracterizaban, no hubiera podido proseguir sin llamar vivamente laatención pública. Los duelos entre personas de las clases más elevadas,era cosa frecuente y ocasionaban feudos y reyertas en los queparticipaban también los amigos y servidores de los principalescontendientes. Sin embargo, después del encuentro que dejo reseñado,circularon rumores tales, que me impusieron la mayor prudencia. Eraimposible ocultar a los parientes de las víctimas la muerte de susdeudos.

Di, pues, un severo edicto contra el duelo, redactado en lostérminos más enérgicos por el gran Canciller, en el cual se decía quehabiendo tomado aquella práctica proporciones inusitadas, quedabaprohibida bajo rigurosas penas, a excepción de ciertos casos contados ygravísimos. Envié un mensaje de pésame al Duque y recibí de él cortés yamistosa respuesta; porque es de notar que ni él ni yo podíamos jugar acartas vistas y que a pesar de nuestros odios nos importaba fingir unaconcordia que hasta entonces había engañado al público.

Lo peor era que el disimulo me imponía nuevas dilaciones, y entretantopodía morir el Rey o podían transportarlo a otra prisión desconocidapara mí. Durante aquella tregua tuve el consuelo de ver que Flaviaaprobaba cordialmente mi edicto contra el duelo, si bien me rogó que loprohibiese en absoluto.

—Lo haré después de nuestra boda—le dije sonriéndome.

Uno de los más curiosos resultados de la tregua y del derecho que ladictó, fue la conversión de la villa de Zenda, en una especie de zonaneutral en la que ambos bandos podían encontrarse sin peligro durante eldía; de noche no hubiera yo fiado gran cosa en su protección. Porentonces tuve también un encuentro que aunque chistoso, no dejó depreocuparme bastante.

Cabalgando

un

día

entre

Flavia y

Sarto,

vimosacercarse un coche descubierto tirado por dos caballos, en el cual ibaun pomposo personaje que echó pie a tierra y me saludó profundamente.Entonces reconocí al jefe de policía de la capital.

—Puedo asegurar a Vuestra Majestad—me dijo,—que estoy haciendocumplir al pie de la letra las órdenes dictadas contra el duelo.

Y temiéndome yo que su presencia en Zenda tuviese por objeto seguirdando allí pruebas de igual celo que en Estrelsau, resolví impedírselocuanto antes.

—¿Es ese el motivo de su venida a Zenda, señor prefecto?—le pregunté.

—¡Oh, no, señor! Me trae el deseo de complacer al Embajador inglés...

—¿De qué se trata—dije aparentando indiferencia.

—Parece que un joven compatriota del señor Embajador, miembro dedistinguida familia, ha desaparecido. Ni amigos ni parientes han tenidola menor noticia suya desde hace dos meses, y hay motivos para creer queha estado en Zenda. Flavia dedicaba escasa atención a las palabras delprefecto. Por mi parte no me atrevía a mirar a Sarto.

—¿Qué motivos son esos?

—Un amigo suyo que reside en París, el señor Federly, ha dado informesque hacen creer en su presencia aquí, y los empleados del ferrocarrilrecuerdan haber visto el nombre del viajero en su equipaje.

—¿Y ese nombre?

—Raséndil, señor.

En la manera de decirlo comprendí que el tal nombre nada significabapara él. Dirigió luego una rápida mirada a Flavia y prosiguió, bajandola voz:

—Se cree que ha venido en seguimiento de una mujer. ¿Ha oído hablarVuestra Majestad de cierta señora de Maubán?

—Sí—dije mirando involuntariamente hacia el castillo.—Esa dama llegóa Ruritania al mismo tiempo que el Raséndil de quien habla usted.

El prefecto me miró fijamente, como interrogándome.

—Sarto—dije,—tengo que hablar un momento a solas con el prefecto.Escolte usted a la Princesa. Veamos, señor prefecto;

¿qué quiere usteddecir?—pregunté.

Se me acercó y me incliné hacia él.

—¿Y si el joven ese hubiera estado enamorado de ladama?—

murmuró.—Nada se ha sabido de él en los dos meses—y a su vez elprefecto dirigió una mirada al castillo.

—Sí, la señora de Maubán está allí—dije con toda calma.—

Pero no creoque Raséndil... ¿es ese el nombre?

—El Duque no tolera rivales—murmuró.

—Tiene usted razón—repuse con absoluta sinceridad.—Pero la suposiciónesa implica un grave cargo.

Iba el prefecto a excusarse, pero sin darle tiempo le dije casi al oído:

—El asunto es serio. Vuelva usted a Estrelsau...

—Pero, señor, tengo y sigo aquí una pista que...

—Vuelva usted a Estrelsau—repetí.—Diga al embajador que hadescubierto una pista, pero que necesita una o dos semanas para seguirlacon éxito. Y entretanto yo mismo me encargaré de investigar el asunto.

—El embajador se muestra muy apremiante, señor.

—Cálmelo usted. Es evidente que si las sospechas de usted son fundadas,hay que proceder con la mayor prudencia. Nada de escándalo. Regreseusted esta misma noche.

Prometió hacerlo así y me reuní con mi comitiva, algo más tranquilo.Importaba evitar toda investigación de mi paradero por una o dossemanas, y el prefecto había andado muy cerca de descubrir la verdad.Algún día podrían ser útiles sus sospechas, pero por lo pronto sólosignificaban un grave peligro para el Rey.

Maldije a Federly de todocorazón por no haber sabido refrenar la lengua.

—¿Y

bien?—preguntó

Flavia.—¿Ha

terminado

la

conferencia?

—De la manera más satisfactoria—contesté.—Volvamos atrás; estamoscasi en tierras del Duque.

Habíamos llegado al extremo del pueblo, y al pie mismo de la colinadonde empezaba el pendiente camino del castillo.

Admirando estábamos lasolidez de sus altas murallas, cuando vimos salir de ella numerosaspersonas que lentamente empezaron el descenso de la cuesta.

—Retirémonos—dijo Sarto.

—No, preferiría permanecer aquí—fue la opinión de Flavia.

Puse mi caballo junto al suyo y esperamos la aproximación del cortejo.Venían en primer término dos sirvientes a caballo, con negras libreasgaloneadas de plata. Seguíanlos un coche fúnebre tirado por cuatrocaballos, y en él un féretro cubierto con negros crespones. Detrás ibaun jinete enlutado y sombrero en mano.

Sarto se descubrió a su vez yFlavia dijo, posando su mano sobre mi brazo:

—Es uno de los caballeros muertos en la última reyerta,

¿verdad?

—Vé a preguntar de quién es el cadáver que escoltan—dije a uno de mislacayos.

Acercóse a los sirvientes que iban delante del féretro, quienes lodirigieron al enlutado caballero.

—Es Ruperto Henzar—murmuró Sarto.

Era él, en efecto, y no tardó en adelantarse al trote, ordenando alcortejo que se detuviera en el camino. Me saludó con profundo respeto,pero la triste expresión de su semblante desapareció en una sonrisa alver que Sarto llevaba la mano al pecho. También me sonreí yo, adivinandotan bien como Ruperto lo que el veterano ocultaba en el bolsillo delpecho.

—Vuestra Majestad pregunta de quién son los restos que escoltamos. Sonlos de mi querido amigo Alberto de Laugrán.

—Nadie deplora más que yo su desgraciada muerte—dije,—y lo prueba eledicto que evitará la repetición de esos encuentros.

—¡Pobre señor de Laugrán!—exclamó Flavia con dulzura.

Ruperto le lanzó una mirada que me exasperó, porque con ella supoexpresar aquel libertino toda la admiración que le inspiraba laPrincesa.

—Vuestra Majestad es siempre bondadoso—continuó.—Por mi parte, a lavez que siento la muerte de mi amigo, no olvido que esa es la ley comúny que muy pronto les tocará a otros el turno.

—Reflexión que a todos nos importa tener presente—dije.

—Aun a los Reyes—insistió el truhán con cómica unción, haciendo soltaral viejo Sarto media docena de reniegos entre dientes.

—Muy cierto es eso—repuse.—¿Qué noticias me da usted de mi hermano?

—Ha mejorado mucho, señor.

—De lo cual me alegro.

—Y espera ir a Estrelsau tan luego esté completamente restablecido.

—¿Es decir que sólo se halla convaleciente?

—Le quedan dos o tres molestias pasajeras de las que espera librarsemuy pronto.

—Sírvase usted expresarle—dijo Flavia,—mi vivo deseo de que esasmolestias desaparezcan en breve.

—El deseo de Vuestra Alteza es también el muy humilde mío—replicóRoberto Henzar, mirándola con insistencia y expresión tales, que elrubor coloreó el rostro de la joven.

Me incliné y Ruperto, saludando profundamente, ordenó a sus servidoresque continuasen su camino. Súbito impulso me obligó a seguirle, y aloir él las pisadas de mi caballo se volvió en la silla rápidamente, comotemeroso de que ni la presencia de la Princesa pudiera contenerme.

—La otra noche peleó usted como un valiente—le dije en vozbaja.—Decídase usted, joven; entregúeme a su prisionero y le respondode que no ha de pesarle.

Me miró con burlona sonrisa, pero de repente se me acercó y dijo:

—Estoy desarmado y el amigo Sarto podría despacharme de un balazo conla mayor facilidad.

—Nada tema—le dije.

—Demasiado lo sé, por desgracia—replicó.—Oiga usted.

Tiempo atrás lehice una oferta en nombre del Duque...

—¡No quiero mensajes de parte de Miguel el Negro!—

exclamé.

—Pues entonces oiga usted el plan que le propongo por mi cuenta. Ordeneun ataque decisivo contra el castillo, encomendando la dirección delasalto a Tarlein y al viejo coronel...

—¡Adelante!

—Pero diciéndome de antemano la hora exacta del ataque.

—Eso es. ¡Me infunde usted tanta confianza!

—¡Bah! Sarto y Tarlein caerán en la refriega, como caerá también elDuque.

—¡Hola!

—Sí, Miguel el Negro, como un miserable que es. Cuanto al Rey, tomaráel camino del infierno por la «Escala de Jacob.»

¡Ah! ¿También sabeusted eso? Y quedarán sólo dos hombres cara a cara: Ruperto Henzar yusted, rey de Ruritania.