El Prisionero de Zenda by Antonio Hope - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Contestaráusted que sólo los Príncipes de la sangre tienen derecho a ello.

—Bueno se pondrá el Duque—replicó Tarlein echándose a, reír.

—¿Queda bien entendido?—repitió Sarto.—Si la puerta de la cámara realse abre durante nuestra ausencia, ha de ser después de muerto usted...

—No hay para qué recordármelo, coronel—repuso Tarlein con altivez.

—Ahora, envuélvase usted en esta amplia capa—continuó Sartodirigiéndose a mí,—y póngase esta gorra de cuartel. Es usted miordenanza, que me acompaña esta noche al pabellón de caza que ustedsabe.

—Hay un obstáculo—dije,—y es que no existe caballo capaz de recorrermás de quince leguas conmigo a cuestas.

—Por eso montará usted dos, uno aquí y otro en Zenda.

¿Estamos listos?

—Por mi parte lo estoy—contesté.

Tarlein me tendió la mano.

—Por si acaso—dijo;—y nos estrechamos la mano cordialmente.

—¡Nada de niñerías!—gruñó el coronel.—¡En marcha!

Pero en lugar de dirigirse a la puerta se acercó a la pared del fondo.

—En tiempo del viejo Rey—dijo,—hacíamos uso frecuente de este camino.

Le seguí y anduvimos cosa de doscientas varas por un estrecho corredor,hasta llegar a maciza puerta de roble, que Sarto abrió.

Salimos y noshallamos en una solitaria calle a la que daban los jardines de la partede atrás del palacio. Allí nos esperaba un hombre con dos caballos; unoalazán, magnífico, de gran alzada y el otro bayo, no menos fuerte ybrioso. Sarto me indicó que montase el primero y sin decir palabra nospusimos en marcha.

Animada y bulliciosa estaba la ciudad, pero tomamoslas calles menos concurridas, cubierta yo la mitad del rostro con lacapa y bien calada la gorra para ocultar en lo posible mis delatorescabellos. Hallamos pocos transeuntes en nuestro tortuoso camino, ycuando llegamos a las murallas se oía todavía el tañido de las campanasque daban la bienvenida al Rey. Eran las seis y media y no habíaobscurecido aún.

—Mano al revólver—me dijo Sarto al acercarnos a una puerta.—Si elguarda se da por entendido hay que cerrarle la boca para siempre.

Empuñé mi arma. Sarto llamó y vimos acercarse a una chiquilla de trece ocatorce años. La suerte nos favorecía.

—Mi padre ha ido a ver al Rey, señor oficial—dijo.

—Pues para eso mejor hubiera hecho en quedarse aquí—me dijo Sarto consorna y a media voz.

—Pero me encargó que no abriese la puerta.

—¿Sí, eh?—dijo Sarto desmontando.—Pues dame la llave.—

La mozuelatenía la llave en la mano. Sarto le dio una moneda de oro.

—He aquí una orden del Rey. Enséñasela a tu padre. ¡Abre esa puerta,muchacha!

Eché pie a tierra, abrimos entre los dos la pesada puerta y haciendosalir a nuestros caballos volvimos a cerrarla.

—Lo siento por el guarda, si el Duque averigua que estaba ausente de supuesto. Y ahora, joven, al trote. No conviene acelerar mucho el pasomientras sigamos cerca de la ciudad.

Ya algo más apartados de las murallas y cerrada la noche, disminuyó elpeligro y pusimos los caballos al galope. El magnífico animal que yomontaba iba tan ligero como si no llevase la menor carga. La noche erahermosa y no tardó en aparecer la luna. Hablamos poco y eso reducidocasi exclusivamente a los progresos que hacíamos en nuestra jornada.

—Quisiera saber el contenido de los despachos que recibió elDuque—dije una vez.

—También yo—se limitó a contestarme Sarto

Nos detuvimos para vaciar un vaso de vino y dar pienso a los caballos,con lo que perdimos media hora. No me arriesgué a entrar en el figón yme quedé con los caballos en la cuadra.

Continuamos la marcha yllevábamos recorrida más de la mitad del camino, unas nueve leguas,cuando Sarto se detuvo repentinamente.

—¿Oye usted?—me dijo.

Escuché atentamente. A lo lejos, detrás de nosotros, resonaban pisadasde caballos. Eran entonces las nueve y media y en el silencio de lanoche la fuerte brisa que se había levantado traía muy distintamentehasta nosotros aquel rumor lejano. Miré a Sarto.

—¡Adelante!—exclamó,—y poniendo espuelas al caballo se lanzó algalope.

Cuando volvimos a detenernos nada oímos, pero a poco se repitió elrumor. El coronel desmontó y aplicó el oído a tierra.

—Son dos—dijo,—y están a un cuarto de legua. Por fortuna el camino estortuoso y la dirección del viento nos favorece.

Galopamos de nuevo, logrando mantener la misma distancia entre nosotrosy los que sin duda nos perseguían. Habíamos llegado al bosque de Zenda ya la media hora nos hallamos en una bifurcación del camino. Sarto detuvosu caballo.

—El sendero de la derecha es el nuestro—dijo.—El de la izquierdaconduce al castillo y ambos son de unas tres leguas.

Desmonte usted.

—¡Pero nos alcanzarán!—exclamé.

—¡Pie a tierra!—repitió bruscamente; y obedecí.

El bosque era espesísimo desde la orilla misma del camino.

Ocultamosnuestros caballos entre los árboles, les vendamos los ojos ypermanecimos inmóviles junto a ellos.

—¿Quiere usted saber quiénes son?—murmuré

—Sí, y adónde van.

Entonces noté que su diestra empuñaba un revólver. Oíase cada vez máspróximo el trote de los caballos. La luna brillaba en toda su plenitudy el camino se destacaba como ancha franja blanca. Nuestras cabalgadurasno habían dejado el menor rastro sobre la tierra endurecida.

—¡Ahí están!—murmuró Sarto.

—¡Es el Duque!

—Me lo figuraba—contestó.

Era el Duque, en efecto; y con él un robusto gañán a quien yo conocía yque más tarde aprendió a conocerme a mí más de lo que hubiera querido;era Máximo Holf, hermano de Juan el guardabosque y criado de Su Alteza.Se hallaban frente a nosotros; el Duque detuvo su caballo y vi que eldedo de Sarto acariciaba el gatillo de su arma. Tengo para mí quehubiera dado diez años de su vida por pegarle un balazo a Miguel elNegro, a quien hubiera podido despachar en aquel momento con tantafacilidad como yo una gallina a diez pasos de mi revólver.

Posé la manosobre su brazo, y movió la cabeza negativamente, para tranquilizarme: eldeber ante todo era su máxima.

—¿Qué camino tomaremos?—preguntó el Duque.

—El del castillo, Alteza—aconsejó su compañero.

—Allí sabremos la verdad.

El Duque vaciló un momento.

—Me parecía haber oído pasos de caballo—dijo.

—No creo que nadie nos preceda, Alteza.

—¿Por qué no ir al pabellón de caza?

—Temo una celada. Si «todo va bien,» es inútil ir al pabellón.

En casocontrario el aviso no es más que una celada.

De repente el caballo del Duque relinchó. Un momento nos bastó paracubrir las cabezas de los caballos con nuestras capas y despuésapuntamos al Duque y su compañero con nuestros revólvers. De habernosdescubierto los hubiéramos matado allí mismo, o hécholos prisioneros.

—¡A Zenda, pues!—exclamó por fin Miguel y clavando las espuelas a sucaballo lo lanzó al galope.

Sarto siguió apuntándole, con expresión tan dolorida en el rostro que mecostó trabajo no soltar la carcajada. Permanecimos allí diez minutosmás.

—Ya lo ha oído usted—dijo Sarto.—Le han mandado a decir que «todo vabien.»

—¿Y qué quieren decir con eso?—pregunté.

—¡Dios sabe!—contestó Sarto frunciendo el ceño.

—Pero es innegable que el mensaje le ha hecho venir de Estrelsau en lamayor incertidumbre.

Montamos otra vez y tomamos el camino del pabellón con toda la rapidezque permitía el cansancio de nuestros caballos.

No pronunciamos palabradurante aquel último tramo de nuestra jornada y nos asaltaban miltemores. «Todo va bien.» ¿Qué significaba esa frase? ¿Le habría ocurridoalgo al Rey?

Llegamos por fin a la puerta del pabellón, en el que todo parecíatranquilo y silencioso. Nadie acudió a recibirnos y desmontamosprecipitadamente. De repente, Sarto oprimió mi brazo.

—¡Mire usted!—exclamó señalando al suelo.

Vi a mis pies cinco o seis pañuelos de seda hechos trizas y me volvíhacia él.

—Son los pañuelos con que até a la vieja—me dijo.

—Asegure usted los caballos y sígame.

La puerta cedió sin resistencia y entramos en la habitación dondehabíamos cenado la noche anterior, en la que se veían aún los restos dela cena y numerosas botellas vacías.

—¡Adelante!—exclamó Sarto, que por primera vez parecía próximo aperder su maravillosa serenidad.

Nos precipitamos por el corredor en dirección a la entrada del sótano.La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.

—Han descubierto a la vieja—dije.

—Eso ya lo sabía yo desde que vi los pañuelos—repuso el coronel.

Llegamos frente a la puerta del sótano, que estaba cerrada, y al pareceren el mismo estado en que la habíamos dejado aquella mañana.

—Entremos, todo va bien—dije.

Me contestó una violenta imprecación de Sarto, cuyo rostro palideció ala vez que señalaba al suelo con el dedo. Por debajo de la puerta seextendía una gran mancha roja que cubría parte del pasillo del sótano.Sarto se apoyó en la pared opuesta a la puerta. Traté de abrir ésta,pero estaba cerrada.

—¿Dónde está José?—preguntó Sarto.

—¿Dónde está el Rey?—fue mi respuesta.

El veterano sacó un frasco y lo llevó a los labios. Por mi parte volvícorriendo al comedor y tomé del hogar una sólida barra de hierrodestinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado, descargué conella fuertes golpes sobre la puerta y por último disparé mi revólvercontra la cerradura, que saltó en pedazos y se abrió la puerta.

—¡Venga una luz!—dije,—pero Sarto siguió apoyado en la pared,inmóvil.

Estaba, naturalmente, más conmovido que yo porque amaba profundamente asu señor. No temía por sí mismo, nadie hubiera creído de él semejantecosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo que podía revelarnos aquelsótano. Fui al comedor, tomé de la mesa un candelero de plata y encendíuna vela: la esperma hirviente que cayó sobre mi mano, reveló cómotemblaba ésta, y cuán disculpable era la agitación de Sarto.

Llegué a la puerta del sótano, la mancha roja, de color más obscuro enlos bordes, se extendía al interior. Penetré unas dos varas en el sótanoy elevé la vela. Vi las pipas de vino formando hilera, algunas arañasque corrían por la pared, un par de botellas vacías en el suelo y másallá, en un rincón, el cuerpo de un hombre tendido de espaldas, con losbrazos abiertos y una sangrienta herida en el cuello. Me dirigí a él, mearrodillé a su lado y encomendé a Dios el alma de aquel fiel servidor.Porque era el cuerpo del pobre José, muerto en defensa del Rey.

Sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y volviéndome vi los ojosbrillantes y espantados de Sarto.

—¡El Rey, Dios mío, Rey!—articuló sordamente.

Dirigí la luz de la vela a todos los rincones del sótano.

—El Rey no está aquí—dije.

VII

SU MAJESTAD DUERME EN ESTRELSAU

Rodeé la cintura de Sarto con mi brazo y sosteniéndole le hice salir delsótano, cuya destrozada puerta cerré lo mejor que pude.

Permanecimos enel comedor, sentados y silenciosos unos diez minutos. Después el viejoSarto se frotó los ojos, dio un profundo suspiro y pareció recobrar sucalma habitual. Al oir la una en el reloj de repisa, golpeó fuertementeel suelo con el pie y exclamó:

—¡Se han apoderado del Rey!

—Sí—contesté.—«¡Todo va bien!» como decía el despacho recibido por elDuque. ¡Qué rato pasaría al oir esta mañana las salvas que saludaban alRey! ¿Cuándo recibió el mensaje?

—Debió de ser por la mañana. Se lo enviaron probablemente antes de quellegase a Zenda la noticia de la presencia de usted en Estrelsau; porquesupongo que el mensaje lo mandaron de Zenda.

—¡Y lo ha llevado encima todo el santo día!—exclamé.—Bien puedodecir que no soy el único que ha pasado un día de prueba.

¿Pero quépensaría él de todo esto, Sarto?

—¿Qué nos importa? Pregunte usted más bien qué es lo que piensa ahora.

—Tenemos que volver a la capital—dije poniéndome de pieapresuradamente.—Importa reunir en seguida cuantas fuerzas hay allí yponernos en persecución de Miguel antes de mediodía.

Sarto sacó su pipa, la llenó y la encendió cuidadosamente en la vela quegoteaba sobre la mesa.

—¡Quizá estén asesinando al Rey mientras seguimos aquí cruzados debrazos!—exclamé.

Sarto continuó fumando en silencio.

—¡Maldita vieja!—gruñó por fin.—Lograría atraer su atención de algunamanera. Me figuro lo ocurrido. Vinieron a apoderarse del Rey y comodigo, de una manera ú otra dieron con él. Si no hubiera usted ido aEstrelsau, usted, Federico y yo estaríamos a estas horas en el reino delos Cielos.

—¿Y el Rey?

—¿Quién sabe dónde está el Rey en este momento?

—¡Partamos!—exclamé; pero Sarto siguió inmóvil. Y de repente se echó areír.

—¡Por vida de!—exclamó;—no le hemos dado mal sofocón a Miguel elNegro.

—¡Vamos, vamos!—repetí.

—¡Y no es malo tampoco el que le espera!—añadió con aviesa sonrisa queacentuó las arrugas de su atezado rostro.—Corriente, joven, volveremosa Estrelsau. El Rey estará otra vez mañana en su capital.

—¿El Rey?

—¡El Rey coronado hoy!

—¿Está usted loco?—exclamé.

—Si volviéramos y confesásemos la jugada que les hemos hecho ¿cuántodaría usted por nuestras vidas?

—Ni más ni menos que lo que valen.

—¿Y por el trono del Rey? ¿Se imagina usted que a los nobles y alpueblo les hará pizca de gracia verse burlados como los ha burladousted? ¿Cree usted que seguirán amando y respetando a un Rey que,demasiado borracho para ser coronado, les envió a su criado para que lorepresentase en aquel acto?

—¡El Rey fue víctima de un narcótico y yo no soy su criado!

—Me limito a dar la versión que hará de lo ocurrido Miguel el Negro.

Dejó su asiento, se me acercó y posando la mano sobre mi hombro, dijo:

—Raséndil, si se porta usted como un hombre, todavía puede usted salvaral Rey. ¡A Estrelsau otra vez, a conservarle su trono!

—Pero el Duque lo sabe todo, los villanos que le sirven hanaveriguado...

—Pero no pueden decir palabra!—gritó Sarto con expresión detriunfo.—Los tenemos en nuestro poder. ¿Cómo han de denunciarle a ustedsin denunciarse a sí mismos? ¿Osarán decir al país: «Ese hombre es unimpostor, porque al verdadero Rey lo tenemos nosotros prisionero y hemosasesinado a su servidor?»

¿Pueden hacer tal cosa?

La situación se me apareció de repente con toda claridad. Me conociese ono el Duque, tenía que callarse. ¿Qué podía hacer mientras no presentaseal verdadero Rey? Y si éste apareciese,

¿qué sería del Duque? Por unmomento me sentí convencido, pero no tardé en comprender todas lasdificultades del proyecto.

—Me descubrirán—dije.

—Quizás, pero entretanto cada hora que ganemos vale mucho.

Ante todo,es indispensable que tengamos un Rey en Estrelsau, o, de lo contrario,Miguel será dueño de la ciudad en veinticuatro horas. Y entonces ¿quévaldría la vida del Rey? ¿dónde estaría su trono? ¡Joven, tiene ustedque aceptar!

—¿Y si matan al Rey?

—Lo matarán si es que no lo mata usted.

—¿Y si lo han asesinado ya?

—En tal caso ¡voto a sanes! tan buen Elsberg es usted como Miguel elNegro y reinará usted en Ruritania. Pero no creo que le hayan dadomuerte; como tampoco lo harán mientras siga usted en el trono. Matar alverdadero Rey, en tales condiciones, sería en beneficio exclusivo deusted.

Era un plan descabellado, una empresa más loca y difícil aún que lajugarreta anterior tan felizmente terminada por mi parte; pero alescuchar a Sarto pude ver y apreciar las ventajas que teníamos a nuestrofavor. Además, era yo joven, activo y se me ofrecía un papel tal y entales circunstancias como jamás le había tocado en suerte a ningúnhombre.

—Me descubrirán—repetí.

—Quizás—volvió a decir Sarto.—¡Vamos a Estrelsau! Mire usted que siseguimos aquí nos van a coger como en una ratonera.

—¡Sarto!—exclamé.—¡voy a intentarlo!

—¡Bien, joven, bien! Ahora sólo falta que nos hayan dejado los caballosque tenía aquí de repuesto. Voy a ver.

—Pero tenemos que dar sepultura a ese infeliz—dije.

—No hay tiempo para eso.

—Pues he de hacerlo.

—¡El demonio me lleve!—gruñó.—Lo hago a usted Rey, y...

Bueno, pueslo enterraremos. Vaya usted a traerlo mientras yo procuro los caballos.No será muy profunda la fosa, pero dudo que al muerto le importe grancosa. ¡Pobre José! Era todo un hombre.

Salió y yo bajé al sótano. Tomé el cuerpo en mis brazos y lo llevé porel corredor hasta cerca de la puerta del pabellón, donde lo deposité enel suelo, recordando, que necesitábamos azadones para cavar la fosa. Enaquel momento regresó Sarto.

—Los caballos están ahí—dijo—Uno de ellos es hermano del que le trajoa usted aquí. Cuanto al oficio de sepulturero, puede usted ahorrarse esetrabajo.

—No me iré hasta dejar a José bajo tierra.

—¡A que sí!

—No, coronel; ni que me diera usted a todo Ruritania.

—¡Terco!—exclamó.—Venga usted aquí.

Me llevó a la puerta. La luna iluminaba el camino y vi a cosa dequinientas varas un grupo de hombres que se acercaban por el camino deZenda. Eran siete ú ocho, cuatro de ellos a caballo, y vi que llevabanal hombro palas y azadones.

—Esos le ahorrarán a usted el trabajo—dijo Sarto.—Vámonos.

Tenía razón.—Los que llegaban eran sin duda servidores de Miguel,enviados para hacer desaparecer las huellas de su crimen. Ya no vacilé,pero se apoderó de mí un deseo irresistible de castigarlos, y señalandoal cadáver del pobre José, dije a Sarto:

—Venguémoslo, coronel!

—¿Desea usted proporcionarle compañía, eh? Pero no deja de serarriesgado.

—No me voy sin darles una lección—insistí.

Sarto vaciló.

—Pues bien—dijo,—no es lo más acertado, pero se ha conducido ustedbien y hay que complacerle. Después de todo, si caemos nos habremosahorrado una porción de disgustos y cavilaciones. Yo le diré a ustedcómo sorprenderlos.

Cerró cuidadosamente la puerta—que teníamos apenas entreabierta,—ypasando por el interior de la casa llegamos a la puertecilla de atrás,junto a la cual estaban los caballos. En torno del pabellón había uncamino destinado a los coches.

—¿Tiene usted a mano el revólver? preguntó Sarto.

—No, quiero caer sobre ellos espada en mano—repliqué.

—¡Diantre! Veo que, se le ha despertado a usted el apetito esta noche.Corriente.

Montamos, desenvainamos las espadas y esperamos unos momentos ensilencio. Por fin oímos los pasos de los recién llegados en el camino decoches, al otro lado del pabellón, donde se detuvieron y uno de ellosexclamó:

—¡Id a buscar al muerto y traedlo aquí!

—¡Ahora!—murmuró Sarto.

Clavamos espuelas y dando vuelta a la casa nos precipitamos sobreaquellos bribones. Sarto me dijo después que había matado a uno y locreí, pero por lo pronto lo perdí de vista. Lo que sé es que de un tajole abrí la cabeza a uno de los jinetes, que cayó al suelo. Entonces mehallé frente a frente de un mocetón y vi también que a mi derechaquedaba otro enemigo. Era peligroso seguir allí y hundí otra vez lasespuelas en los ijares de mi caballo, a la vez que clavaba mi espada enel pecho del rufián que tenía delante. La bala de su revólver me rozóuna oreja; tiré de la espada, pero no pudiendo arrancársela del cuerpola solté y salí a escape en seguimiento de Sarto, a quien divisé enaquel momento a unas veinte varas de distancia. Agité la mano en señalde despedida, pero la bajé inmediatamente dando un grito, porque unabala me había alcanzado en un dedo. Sarto se volvió hacia mí y sonó otrodisparo, pero como sólo tenían revólvers pronto nos pusimos fuera detiro. Entonces Sarto se echó a reír.

—Uno yo y dos usted—dijo.—No lo hemos hecho mal y el pobre Josétendrá compañía.

—Sí, partida completa—repuse; estaba furioso y me alegraba de haberdespachado a dos de aquellos truhanes.

—Y con eso les ha caído también algún trabajo a losrestantes—prosiguió el coronel.—¿Cree usted que lo han reconocido?

—Al recibir la estocada el segundo, le oí exclamar: «¡el Rey!»

—¡Bravo! No vamos a darle poco que hacer a Miguel el Negro.

Nos detuvimos un instante para vendar mi dedo, que sangrabaabundantemente y me dolía no poco, pues la bala había interesado algo elhueso. Después galopamos de nuevo en silencio, disipada ya la excitaciónde la lucha. Despuntó el día, frío y despejado, y un labrador nosproporcionó algún alimento y pienso para los caballos. Pretexté un dolorde muelas y me cubrí la cara casi por completo. Tras larga carrerallegamos por fin a Estrelsau, entre ocho y nueve de la mañana. Todas laspuertas de la ciudad estaban abiertas como de ordinario, excepto cuandolas cerraban el capricho o las intrigas del Duque. Entramos en lacapital siguiendo el mismo camino que habíamos recorrido la nocheanterior, pero rendidos de cansancio, tanto jinetes como caballos. Lascalles estaban aún más desiertas que la víspera, como si los moradoresbuscasen en el sueño el necesario descanso tras las fiestas yprolongados regocijos de la noche precedente, y apenas hallamos almaviviente a nuestro paso.

Junto a la puertecilla de palacio nos esperabael fiel servidor de Sarto.

—¿No ha habido novedad, señor?—preguntó.

—Todo va bien—dijo Sarto,—a tiempo que su criado tomaba mi mano parabesarla.

—¡El Rey está herido!—exclamó.

—No es nada—dije desmontando.—Me lastimé el dedo cerrando una puerta.

—Y sobre todo silencio—dijo Sarto;—aunque a ti, mi buen Freiler, escasi inútil recomendártelo.

El interpelado se encogió de hombros.

—A todos los jóvenes les gusta hacer una salida de noche, de cuando encuando—dijo.—¿Por qué no ha de gustarle también al Rey?

La risa de Sarto pareció confirmar aquella interpretación de mi breveausencia.

—Mi sistema—dijo cuando hubimos entrado—es no confiar en nadie másallá de donde sea absolutamente necesario confiar.

Al abrir la puerta de mi antecámara vimos a Federico de Tarlein, vestidoy reclinado en el sofá. Parecía haber dormido, pero nuestra entrada lodespertó. Incorporándose vivamente me dirigió una mirada y con un gritode alegría se arrodilló a mis pies.

—¡Gracias a Dios, señor, que os veo sano y salvo!—exclamó, procurandoasir mi mano.

Confieso que me sentí conmovido. El rey Rodolfo—

cualesquiera que fuesensus faltas,—sabía hacerse amar de sus subditos. Por breves instantes nome atreví a hablar ni disipar la ilusión del pobre joven. Pero el viejoSarto no era de los que se conmovían y dando palmadas exclamó:

—¡Bravo, joven! ¡Cuando digo yo que todo marchará a pedir de boca!

Tarlein nos miró atónito y yo le tendí la mano.

—¡Estáis herido, señor!—exclamó.

—No es más que un rasguño—dije,—pero...—y me detuve.

Tarlein se puso en pie con expresión de profundo asombro en el rostro.Tomó mi mano, me miró atentamente y de repente retrocedió un paso.

—¡Pero, el Rey! ¿Dónde está el Rey?—gritó.

—¡Silencio, imprudente!—dijo Sarto.—No tan alto. Este es el Rey.

Oímos llamar a la puerta. Sarto asió mi mano

—¡Pronto, a su cámara! ¡Fuera esa gorra y esas botas! Métase usted encama y cubra bien todo el traje con las sábanas.

Hícelo así en un abrir y cerrar de ojos y momentos después aparecíaSarto, saludando, para anunciarme a un caballerete muy ceremonioso, quese acercó a mi lecho y tras grandes reverencias dijo que se hallaba alservicio de la princesa Flavia, y que Su Alteza lo enviaba a preguntarcómo seguía Su Majestad después de la fatiga de la víspera.

—Dé usted las gracias a mi prima—dije,—y asegúrele que jamás me hesentido mejor.

—El Rey ha pasado toda la noche en un sueño—agregó el viejo Sarto, aquien, según empezaba yo a descubrir, le gustaba endilgar una mentira devez en cuando, nada más que por el gusto de mentir.

El mensajero se deshizo otra vez en reverencias y salió de la cámara.Había terminado la comedia y el rostro pálido de Tarlein nos llamó a larealidad; por más que en definitiva la farsa proyectada iba aconvertirse para nosotros en única realidad.

—¿Ha muerto el Rey?—preguntó.

—¡Dios no lo quiera!—contesté.—¡Pero se halla en poder de Miguel elNegro!

VIII

PRIMA RUBIA Y HERMANO MORENO

La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Reyapócrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente díacomenzó Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo quetenía que saber y hacer, y la primera lección duró tres horas. Almorcéapresuradamente, con Sarto siempre frente a mí, diciéndome que el Reybebía vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes.Después se presentó el Canciller, con quien me pasé otras tres horas y aquien le expliqué que habiéndome lastimado un dedo (y aquí me vino deperlas el balazo recibido) no podía escribir ni siquiera firmar; trasdiscutir mucho el punto y rebuscar precedentes, quedó acordado que mebastaría trazar una cruz al pie de los documentos y que el Cancilleratestiguaría la validez de aquella nueva firma regia con gran copia defórmulas y juramentos.

Recibí más tarde al embajador de Francia, que mepresentó sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudicó laignorancia del oficio, porque tampoco el Rey había recibido embajadoreshasta entonces. En los días siguientes se repitió el acto hasta quedarrecibido todo el cuerpo diplomático, formalidad que hay que cumplir cadavez que sube al trono un nuevo soberano. Por fin logré verme solo. Llaméa mi nuevo sirviente (habíamos elegido para reemplazar al pobre José, aun joven que nunca había visto al Rey) le ordené que me trajese unrefresco y volviéndome hacia Sarto le manifesté la esperanza de que porfin me dejasen descansar algo.

—Pero ¡cómo se entiende!—exclamó Federico de Tarlein, que también sehallaba presente.—¿No vamos a desollar a Miguel el Negro?

—Poco a poco, caballerito—dijo Sarto frunciendo el ceño.—

Sería unasatisfacción, sin duda, pero podría costarnos cara.

¿Creen ustedesposible que si cae Miguel deje vivo al Rey?

—Además—añadí,—¿qué motivo de queja puede alegarse contra mi amadohermano mientras el Rey siga aparentemente en Estrelsau y en su trono?

—¿Es decir que nada haremos?

—Por lo pronto se trata de no hacer una tontería—gruñó Sarto.

—La situación—dije,—me recuerda la escena dominante de una denuestras modernas comedias inglesas, en la que dos personajes seamenazan mutuamente con sus revólveres. Porque la verdad es que no puedodenunciar a Miguel sin denunciarme a mí mismo...

—Y al Rey—interrumpió Sarto.

—Y lo propio le sucede a Miguel, que no puede decir palabra contra mísin acusarse gravemente.

—Situación llena de interés—comentó el viejo Sarto.

—Si me descubren—proseguí,—lo confesaré todo y me veré cara a caracon el Duque; pero por ahora no hago más que esperar su próxima jugada.

—Que será matar al Rey—dijo Tarlein.

—Se guardará bien de hacerlo—repuso Sarto.

—Tres de los seis están en Estrelsau—continuó Tarlein.

—¿Tres no más? ¿Está usted seguro?—preguntó el veterano coronel convivo interés.

—Segurísimo. La mitad de la cuadrilla.

—¡Pues entonces el Rey vive, porque los otros tres están vigilándolo ensu prisión!—exclamó Sarto.

—¡Verdad es!—dijo Tarlein.—Si el Rey hubiera muerto los seisestarían aquí con Miguel el Negro. ¿Sabe usted que el Duque haregresado, coronel?

—Sí, lo sé. ¡El diablo le lleve!

—A ver, señores míos—dije.—¿Quiénes son esos seis de que tantohablan?

—No tardará usted en trabar conocimiento con ellos—

contestóSarto.—Son seis caballeros a quienes Miguel tiene a su servicio, y quele pertenecen en cuerpo y alma. Tres son ruritanos, uno francés, unobelga y el otro compatriota de usted.

—Y todos ellos dispuestos a cortarle el pescuezo a cualquiera, si elDuque se lo manda.

—Quizás me corten el mío—se me ocurrió decir.

—Es muy posible—asintió Sarto.—¿Quiénes son los que están aquí,Tarlein?

—De Gautet, Bersonín y Dechard.

—¡Los extranjeros! Es más claro que la luz del día. El Duque los hatraído consigo, dejando a los tres ruritanos con el Rey; y es porquequiere comprometer a estos últimos todo lo posible.

—¿Vio usted a alguno de ellos entre los jayanes a quienes zurramos enel pabellón de caza, coronel?—pregunté.

—No, por desgracia; de lo contrario ya no serían seis, sino cuatro.

Por lo pronto había adquirido yo una cualidad regia, la de no revelartodo mi pensamiento o mi plan, ni aun a mis más íntimos amigos. Habíatomado una resolución irrevocable. Estaba resuelto a conquistar el mayorgrado de popularidad posible, y al propio tiempo no mostrar hostilidadalguna al Duque; esperando calmar así la oposición de sus partidarios yconseguir, llegado el caso de un rompimiento definitivo, que Miguelapareciese ante el pueblo, no como un hermano perseguido, sino como unser ingrato y descastado.

No es esto decir que yo desease o temiese un conflicto con él.

Eninterés del Rey convenía seguir guardando el secreto, y mientras éste nose descubriese tenía yo las mejores cartas en mi juego. Toda dilaciónhabía de redundar forzosamente en perjuicio del Duque.

Pedí un caballo, y en compañía de Federico de Tarlein recorrí la granavenida del parque real, devolviendo todos los saludos con la mayorcortesía. Pasé después por algunas calles, me detuve para comprar floresa una linda muchacha, a quien pagué con una moneda de oro; y habiendoatraído suficientemente la atención pública, hasta el punto de notar queme seguían más de quinientas personas, tomé el camino del palacio quehabitaba la princesa

Flavia,

a

quien

envié

a

preguntar

si

se

dignabarecibirme. Aquel paso creó vivo interés en el pueblo y fue saludado conaclamaciones. La Princesa era popularísima y el Canciller mismo no habíavacilado en decirme que cuanto más asiduamente hiciese yo la corte a minoble prima y cuanto antes se verificase la boda, tanto mayor sería lasatisfacción de mis subditos, y, por consiguiente, la popularidad delnuevo soberano.

Claro está que el Canciller no tenía idea de losobstáculos que me impedían seguir su leal y excelente consejo. Díjeme,sin embargo, que la visita era a todas luces conveniente; y Tarlein laaprobó con gran entusiasmo, que no dejó de sorprenderme algo, hasta quedescubrí que él también tenía sus motivos para querer visitar el palaciode Su Alteza, cuya dama de honor, la condesa Elga, era la dama de suspensamientos.

La etiqueta favoreció los deseos de Tarlein; pues mientras yo fuirecibido en el salón de la Princesa, él permaneció en la antecámara conla linda Condesa; y no dudo que logró contemplarla y hablarle a susaber, a pesar de las otras muchas personas que allí esperaban. Pero lomás importante para mí en aquel momento era el delicado paso que iba adar en la dificilísima partida empeñada. Tenía que atraer a laPrincesa, y al propio tiempo serle indiferente o poco menos; tenía quemostrarle afecto y no sentirlo. Consistía mi papel en hacer el amor porcuenta de otro, y a una joven que, princesa o no, era desde luego la máshermosa que había visto en mi vida. Me recibió con encantadoraconfusión, que hizo aún más difíciles los primeros momentos de nuestraentrevista. Del éxito de mis esfuerzos para realizar el programa antestrazado, se juzgará más adelante.

—Vuestra Majestad está conquistando preciados lauros—me dijo, dándomepor primera vez aquel alto tratamiento.—Como uno de los príncipes deShakespeare, Vuestra Majestad se ha transformado por completo alconvertirse en Rey.

—Dos cosas te ruego, prima mía—le contesté.—Que, Rey o no, me digassiempre lo que tu corazón te dicte, y que continúes llamándome por minombre.

—Me miró un instante y dijo:

—Tus palabras me alegran y me enorgullecen, Rodolfo. Como te dije, todoen ti parece cambiado, hasta tu rostro.

Agradecí el cumplido, pero no me agradaba aquel tema de conversación,por lo que dije:

—Mi hermano está de vuelta, según me han anunciado.

—Sí, está aquí—repuso frunciendo ligeramente el ceño.

—Parece que no puede seguir ausente de Estrelsau por muchotiempo—observé sonriéndome.—Más vale así, y me alegro de verlo aquí.Cuanto más cerca mejor.

La Princesa me dirigió una rápida mirada y preguntó:

—¿Qué quieres decir, primo? ¿Que así podrás?...

—Ver mejor lo que hace, eso es. Y tú, ¿por qué te alegras de ello?

—No he dicho tal cosa.

—Pero no falta quien lo diga por ti.

—Nunca faltan personas insolentes—observó con encantadora altivez.

—¿Y quizás sea yo una de ellas?

—Vuestra Majestad no puede serlo nunca—dijo haciéndome cómicareverencia.—A no ser que quieras decir...

-¿Qué?

—Que me importa ni poco ni mucho que el Duque se halle aquí o en otraparte—añadió picarescamente.

A la verdad, hubiera querido ser el Rey en aquel momento.

—¿No te importa que tu primo Miguel?...

—¿Mi primo Miguel? Yo le llamo siempre el duque de Estrelsau.

—Y Miguel cuando le hablas.

—Sí, por orden del Rey tu padre.

—Eso es. ¿Y ahora por orden mía?

—Si así me lo mandas.

—Desde luego. Conviene que todos nos mostremos muy amables con nuestroquerido Miguel.

—¿Y supongo que también me ordenas recibir a sus amigos?

—¿Los seis?

—¿Tú también los llamas así?

—Por seguir la moda. Pero no te mando recibir más que a las personas aquienes tú quieras hacer esa honra.

—¿Excepto a ti?

—Por lo que a mí se refiere, no tengo órdenes que darte. Me limito asuplicar.

En aquel momento se oyeron vítores en la calle. La Princesa corrió haciauno de los balcones.

—¡Es él!—exclamó.—¡El duque de Estrelsau!

Me sonreí, pero nada dije, y ella volvió a su asiento.

Permanecimosbreves instantes en silencio. Cesó el clamor callejero, pero oímosrumor de voces y pasos en la antecámara.

Empecé a hablar sobre diversostemas, y al cabo de algunos minutos me pregunté qué se habría hecho delDuque. Sin embargo, me pareció que no me tocaba intervenir en el asunto,cuando de repente, y con gran sorpresa mía, cruzó Flavia las manos yexclamó con agitada voz:

—¿Te parece bien irritarlo así?

—¿Irritarlo? ¿A quién? ¿Cómo?

—Haciéndolo esperar tanto.

—Pero, prima mía, si yo no quiero hacerlo esperar ni...

—¿Es decir, que puede entrar?

—Sin duda, si tú se lo permites.

Flavia me miró con curiosidad.

—¡Qué cosas tienes!—dijo.—Demasiado sabes que mientras estés conmigono pueden anunciarme a nadie.

¡Valiosa prerrogativa regia!

—No hay nada como la etiqueta—dije.—Pero había olvidado esa regla porcompleto. Y dime: si yo estuviese a solas con otra persona, ¿podríananunciarte a ti?

—Lo sabes tan bien como yo—contestó admirada.—Podrían anunciarme,porque soy princesa de la sangre.

—Jamás pude acordarme de todas esas distinciones—dije, en tantointeriormente maldecía a Tarlein por no haberme instruido mejor.—Perosabré reparar mi falta.

—Me dirigí presuroso a la puerta, y abriéndola de par en par entré enla antecámara. Miguel se hallaba sentado ante una mesa, irritado elsemblante y torva la mirada. Todas las otras personas presentes estabanen pie, excepto el tunante de Tarlein, que arrellanado en un sillóngalanteaba a la condesa Elga. Al entrar yo se levantó de un salto,mostrando tanto respeto hacia mí como indiferencia hacia el Duque. Noera extraño que éste no le tuviese buena voluntad.

Tendí la mano a Miguel, que la estrechó, y le di un abrazo.

Después loconduje yo mismo a la habitación inmediata.

—Hermano—le dije,—de haber sabido yo que Vuestra Alteza se hallabaaquí, no hubiera vacilado un momento en solicitar de la Princesa permisopara conducir a Vuestra Alteza a su lado.

Me dio las gracias, pero con mucha frialdad. Sin negar al Duque algunasbuenas cualidades, no tenía la de saber ocultar sus impresiones. Aun elmás indiferente hubiera comprendido que me odiaba, sobre todo viéndome asolas con la princesa Flavia; sin embargo, estoy convencido de queprocuró disimular su odio y aun hacerme creer que me tomaba por elverdadero Rey. Comprendía yo que esto último era imposible, y mefiguraba la ira de que estaría poseído al tributarme homenaje y al oirmehablar de «Miguel» y «Flavia.»

—Noto que Vuestra Majestad tiene herida o lastimada una mano—observócon fingido interés.

—Sí, me puse a jugar con un perro faldero—dije, resuelto a burlarme deél,—y ya sabe Vuestra Alteza cuán falsos y traidores son.

Se sonrió sarcásticamente y me miró con fijeza breves momentos.

—¡Pero esas mordeduras son peligrosas!—exclamó alarmada la Princesa.

—Nada temas, prima mía—dije.—Otra cosa sería si yo hubiese permitidoal gozquecillo morderme más profundamente.

—¿Pero, le han dado muerte?

—Todavía no. Esperamos a ver si su mordedura es nociva.

—¿Y si lo fuese?—preguntó Miguel con su siniestra sonrisa.

—Lo despacharíamos en un santiamén, hermano.

—¿Pero no volverás a jugar con él?—preguntó Flavia.

—Puede que sí.

—¿Y si vuelve a morderte?

—Procurará hacerlo, no lo dudo—contesté sonriéndome.

Después, temeroso de que Miguel dijese algo que me obligase a mostrarmeofendido, empecé a felicitarlo por el marcial aspecto de su guardia ypor la lealtad que me había demostrado el día de la coronación. Pasédespués a hacer un caluroso elogio del pabellón de caza que había puestoa mi disposición. Pero sin duda le iba faltando la paciencia, porquelevantóse de repente y se despidió en breves frases. Sin embargo,llegado a la puerta, se detuvo para decir:

—Tres caballeros a quienes estimo, desean vivamente ser presentados aVuestra Majestad. Esperan en la antecámara.

Inmediatamente me llegué al Duque y tomé su brazo, a pesar del gestoavinagrado que puso, y entramos en la antecámara como buenos hermanos.Hizo Miguel un ademán y se adelantaron tres hombres.

—Estos caballeros—dijo el Duque con la más graciosa y perfectacortesía,—son los más leales y adictos servidores de Vuestra Majestad,a la vez que fieles amigos míos.

—Títulos ambos, repuse, que los hacen igualmente acreedores a toda miestimación.

Uno tras otro se adelantaron y besaron mi mano. De Gautet, un sujetoalto, delgado, de erizados cabellos y retorcido bigote. El belgaBersonín, personaje grueso, de mediana estatura y calvo, aunque nocontaba mucho más de treinta años. Y por último el inglés Dechard, decara estrecha y larga, cabello cortado al rape y bronceado color. Teníamuy arrogante presencia, ancho de hombros, delgada la cintura. «Buenaespada, pero un bribón de marca,» me dije al verlo. Le hablé en inglés,con ligero acento extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, quereprimió en seguida.

—Es decir que el caballero Dechard está en el secreto—pensé.

Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volví paradespedirme de mi prima. Estaba esperándome en la puerta que separa ambashabitaciones, y al tomar yo su mano me dijo muy quedo:

—Sé prudente, Rodolfo. Tén cuidado...

—¿De qué?

—Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que vale ysignifica tu vida para...

—¿Para quién?

—Para Ruritania.

¿Hacía yo bien o mal en representar aquel papel? No lo sé; amboscaminos eran peligrosos y no me atreví a decirle la verdad.

—¿Sólo para Ruritania?—le pregunté dulcemente.

Súbito rubor coloreó sus primorosas facciones.

—Y también para tus amigos—dijo.

—¿Amigos?

—Y para tu prima—murmuró por fin;—tu amante prima.

No pude hablar. Besé su mano y salí indignado contra mí mismo.

Hallé afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la condesa Elga,sin cuidarse de los lacayos que le observaban.

—¡Qué diantre!—dijo.—No todo ha de ser conspirar y el amor reclamatambién sus derechos.

—Lo mismo digo—contesté; y Tarlein me siguió respetuosamente.

IX

UNA NUEVA CATAPULTA

No dudo que la enumeración de los diarios sucesos de mi vida en aquellosdías, revestiría gran interés para los que nada saben de lo que ocurredentro de regios palacios; como no dudo tampoco que la revelación dealguno de los secretos que allí descubrí, tendría gran valor para losestadistas de Europa. Pero lejos de mí una y otra cosa. Por un lado eltemor a la monotonía del relato y por otro el riesgo de parecerindiscreto, me aconsejan concretarme al drama que iba desarrollándosecalladamente bajo la tranquila apariencia de la política ruritana. Sídiré que mi impostura no fue descubierta. Cometí algunos errores, pasémis malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que mefue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertosolvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta norecordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o debían deserme, perfectamente conocidas.

Pero salí en bien de todo, y loatribuyo, como ya lo indiqué antes, a la audacia misma de mi temerariaempresa. Tengo para mí, que en iguales condiciones de parecido físico,me fue más fácil suplantar al Rey que pretender hacerme pasar por otrapersona cualquiera.

Un día entró Sarto en la habitación donde me hallaba y arrojándome unacarta, dijo:

—Ahí va eso para usted. Letra de mujer si no me engaño. Pero ante todotengo que darle una noticia.

—¿Qué es ello?

—El Rey está en el castillo de Zenda.

—¿Cómo lo sabe usted?

—Porque allí está la otra mitad de la cuadrilla de Miguel, de los Seis.Lo tengo bien averiguado: Laugrán, Crastein, el mozo Ruperto Henzar,tres bribones, a fe mía, como no hay otros en toda Ruritania.

—¿Y bien?

—Pues nada, sino que Tarlein quiere que marche usted en seguida contrael castillo, con infantería, caballería y artillería.

—¿Para qué? ¿Para desaguar el foso de la fortaleza hasta dejarlo enseco?

—Probablemente—refunfuñó

Sarto.—Y

con

eso

no

hallaríamos ni aun elcadáver del Rey.

—¿Pero está usted seguro de que tienen al Rey en el castillo?

—Lo creo muy probable. No sólo están allí los tres belitres citados,sino que el puente levadizo permanece alzado día y noche y a nadie sepermite entrar sin permiso especial del joven Henzar o del mismo Miguel.Acabaremos por tener que atar a Tarlein de pies y manos.

—Yo seré quien vaya a Zenda—dije.

—¿Está usted loco?

—Repito que iré, algún día.

—Puede ser, y lo más probable es que se quede usted allí.

—¡Oh, eso está por ver!—repuse con arrogancia.

—Vamos, parece que hoy está Vuestra Majestad de mal humor. ¿Cómo vanlos amores?

—¡Silencio!—exclamé.

Me contempló por un momento y encendió su pipa. Tenía razón al decir queestaba yo de un humor insufrible, y continué furioso:

—Me siguen por todas partes media docena de espías.

—Ya lo sé; yo se lo tengo mandado—contestó muy tranquilo.

—¿Y a qué viene eso?

—Pues a que Miguel no vería con malos ojos la desaparición de usted.Una vez quitado usted de en medio podría él realizar la jugada queantes le echamos a perder, o por lo menos lo intentaría.

—Yo me basto para defenderme.

—De Gautet, Bersonín y Dechard están en Estrelsau; cualquiera de ellos,joven, lo degollaría a usted con tanto primor y gusto como... como loharía yo con Miguel el Negro, por ejemplo, pero mucho más traidoramente.¿Qué dice esa carta?

La abrí y leí en alta voz:

«Si el Rey desea saber nuevas de gran interés para él, le bastará seguirlas indicaciones contenidas en esta carta. Al fin de la Avenida Nuevahay una casa en el centro de extenso jardín. La casa tiene un pórticocon la estatua de una ninfa en el centro. El jardín está rodeado de unatapia y en ésta, por la parte de atrás de la casa, hay una puertecilla.Si el Rey entra por ella solo a la media noche de hoy, verá un cenador aveinte varas de la puerta.

Suba los seis escalones que a él conducen,entre, y hallará en el cenador a una persona que le impondrá de lo quemás vivamente atañe hoy a su vida y a su trono. Estas líneas estántrazadas por un amigo fiel. Tiene que acudir solo. Si menosprecia esteaviso pondrá en peligro su vida. No enseñe el Rey esta carta a nadie;va en ello la suerte de una mujer que le ama: Miguel el Negro noperdona.»

—No—comentó Sarto;—pero también sabe dictar una carta muy zalamera.

Tuve la misma idea y ya iba a rasgar el anónimo cuando noté unas líneasescritas al dorso:

«Si el Rey duda, consulte al coronel Sarto...»

—¿Eh?—hizo el veterano asombrado.—¿Me toma por tan sandio como austed?

Indicándole que guardase silencio continué la lectura:

—«Pregúntele qué mujer está más dispuesta que ninguna otra a impedir elmatrimonio del Duque con su prima y por consiguiente a impedir tambiénque alcance la corona.

Pregúntele si el nombre de esa mujer empieza conA.»

Me puse en pie de un salto y el coronel colocó su pipa sobre la mesa.

—¡Antonieta de Maubán como hay Dios!—exclamé.

—¿Y cómo lo sabe usted?—preguntó Sarto.

Le dije cuanto sabía de aquella dama, y Sarto hizo un ademán deaprobación.

—Lo cierto es—dijo pensativo,—que ha tenido un disgusto serio con elDuque.

—Si quisiera podría sernos útil—observé.

—Pero sigo creyendo que esa carta la ha escrito Miguel.

—Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudiré a la cita,Sarto.

—No; yo iré.

—Hasta la puertecilla del muro, pero no más adelante.

—Iré al cenador.

—¡Que me ahorquen si lo permito!—exclamé levantándome y apoyando laespalda en la repisa de la chimenea.—Sarto—

añadí,—tengo confianza enesa mujer e iré.

—Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no irá usted.

—O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra—le dije.

Sarto empezaba a aprender hasta dónde podía dictarme a mí y dónde ycuándo tenía que ceder y someterse.

—Estamos tomando las cosas con sobrada calma—

continué.—Cada día quedejamos pasar sin rescatar al Rey es un nuevo peligro. La prolongaciónde esta farsa mía constituye, también, un peligro más. Sarto, ha llegadoel momento de jugar el todo por el todo.

—Así sea—suspiró.

A las once y media de aquella noche montamos Sarto y yo nuestroscaballos. A Tarlein le volvimos a dejar de guardia, sin revelarlenuestros propósitos. La noche era obscurísima. Yo no llevaba espada,pero sí el revólver, un largo puñal y una linterna sorda. Llegamos a lapuertecilla, desmontamos, y Sarto me tendió la mano.

—Esperaré aquí—dijo.—Si oigo un disparo, me...

—Permanezca usted aquí, como la única esperanza de salvación que lequeda al Rey. Si yo caigo, importa que no perezca también usted.

—Es verdad, joven. ¡Buena suerte!

Empujé la puerta, que cedió, y me hallé en un jardín abundante enplantas y arbustos. El sendero desviaba algo hacia la derecha y por éltomé, cautelosamente. Tenía oculta la luz de la linterna y mi diestraempuñaba el revólver. No percibía el menor sonido.

Pronto distinguí losvagos contornos del cenador, cuyos peldaños subí. La puerta de madera ymuy endeble, se abrió en seguida y una mujer que allí esperaba seapoderó vivamente de mi mano.

—Cierre usted la puerta—murmuró.

Obedecí y dirigí hacia ella la luz de la linterna. Llevaba vestido decorte, con ricas joyas, y su hermosura aparecía deslumbradora bajo laviva luz que la inundaba. El cenador no tenía más mueblaje que un parde sillas y una mesita de hierro como las que se ven en algunos cafés.

—No hable usted—me dijo.—No tenemos tiempo para ello.

Limítese usteda escucharme, señor Raséndil. Escribí la carta por orden del Duque.

—Lo sospechaba—dije.

—Dentro de veinte minutos estarán aquí tres hombres que se proponenasesinarlo a usted.

—Tres... ¿Los tres aquellos?

—Sí, tiene usted que partir antes de que lleguen. De lo contrarioperecerá usted esta noche...

—O perecerán ellos.

—¡Escúcheme usted! Una vez asesinado llevarán su cuerpo a uno de losbarrios bajos de la ciudad, donde lo descubrirán.

Miguel hará prender enseguida a todos los amigos de usted, Sarto y Tarlein los primeros;proclamará el estado de sitio en la capital y enviará un mensajero aZenda. Los otros tres asesinarán al Rey en el castillo y el Duque seproclamará a sí mismo o a la Princesa; a sí mismo si llegado el momentose considera suficientemente fuerte para hacerlo. De todos modos, secasará con ella y será Rey de hecho y pronto también de nombre.¿Comprende usted?

—No es malo el plan. Pero usted, señora, ¿cómo es que?...

—Diga usted, si quiere, que estoy celosa. Pero, ¡Dios eterno!

¿puedo,acaso, verlo casado con ella? Y ahora, retírese usted.

Pero recuerde, yesto es lo que principalmente quería decirle, que nunca, ni de día ni denoche, estará usted seguro aquí. Tres personas, tres guardianes lesiguen a usted constantemente ¿no es así? Pues a ellos los siguen yespían otros tres. Esas hechuras de Miguel no se hallan nunca a más dequinientos pasos de usted. Si llega un momento en que lo hallen soloestá usted perdido. La puerta del jardín está ya cerrada y guardada porellos. A este lado del cenador, junto a la tapia, hallará una escalera,puesta allí para salvarlo...

—¿Y usted?

—Yo representaré mi papel. Si el Duque descubre lo que estoy haciendo,no volverá usted a verme nunca. De lo contrario, quizás yo... Pero noimporta. Parta usted.

—¿Y qué le dirá usted?

—Que usted no acudió a la cita. Que sospechó el lazo.

Tomé su mano y deposité en ella un beso.

—Señora—dije,—ha hecho usted un magno servicio al Rey esta noche.¿En qué parte del castillo lo tienen?

—Al otro lado del puente levadizo—dijo bajando la voz,—hay una macizapuerta, y tras ella queda... ¿Oye usted? ¿Qué ruido es ese?

Se oían pasos fuera del cenador.

—¡Están ahí! ¡Han anticipado su venida! ¡Dios mío, Dios mío!—exclamó,pálida como un cadáver.

—No podían llegar más a tiempo—dije.

—Oculte usted la luz de la linterna. La puerta tiene una rendija, ahí.¿Los ve usted?

Apliqué el ojo a la puerta y divisé vagamente tres hombres al pie de laescalinata. Monté el revólver y Antonieta posó su mano sobre la mía.

—Podrá usted matar uno de ellos—murmuró.—¿Y después?

—¡Señor Raséndil!—oímos decir, en inglés y con perfecto acento.

No contesté.

—Deseamos hablarle. ¿Promete usted no hacer fuego hasta habernos oído?

—¿Tengo el gusto de hablar con el señor Dechard?—pregunté.

—No importa el nombre.

—Pues entonces prescindan ustedes del mío.

—Corriente. Tengo que hacerle a usted una proposición.

Yo seguía mirando por la hendidura y vi que mis enemigos habían subidodos escalones y que tres revólvers apuntaban a la puerta.

—¿Nos deja usted entrar? Damos nuestra palabra de honor de observar latregua convenida.

—No confíe usted en ellos—murmuró Antonieta.

—Podemos hablar perfectamente sin abrir la puerta—dije.

—Pero también puede usted abrirla cuando le parezca y disparar—repusoDechard,—y aunque lo mataríamos, siempre moriría también uno denosotros. ¿Da usted su palabra de no hacer fuego mientras hablemos?

—Desconfíe usted—repitió Antonieta.

Me ocurrió una idea, que juzgué practicable.

—Prometo no disparar antes que ustedes—dije.—Pero no los dejaréentrar. Quédense donde están y hablen.

—Aceptado—dijo Dechard.

Los tres acabaron de subir la escalinata y se detuvieron al otro lado dela puerta. No pude oir lo que se decían, pero vi que Dechard hablaba aloído del más alto de sus compañeros. De Gautet, según creo.

—Secreto tenemos—pensé.

Y añadí en voz alta:

—Veamos, señores, cuáles son esas proposiciones.

—Un salvo-conducto hasta la frontera y doscientos cincuenta mil pesos.

—No, no—murmuró Antonieta casi imperceptiblemente.—

Todo es unatraición.

—Generosa oferta—dije sin perderles de vista un momento.

Los tres se hallaban juntos y pegados a la puerta. Conocía bien aaquellos bandidos y no necesitaba las advertencias de Antonieta. Lo queproyectaban era precipitarse sobre mí repentinamente durante miconversación con ellos.

—Déjenme ustedes meditar su promesa unos instantes—añadí, pareciéndomeoir burlona risa al otro lado de la puerta.

—Póngase usted ahí, contra la pared, fuera del alcance de losrevólvers—murmuré dirigiéndome a Antonieta.

—¿Qué va usted a hacer?—preguntó alarmada.

—Ya lo verá usted.

Así la mesita de hierro por las patas y la levanté poniéndola ante mí amanera de escudo que me protegía por completo cabeza y pecho. Aunquepesada, no lo era mucho para un hombre de mis fuerzas. Antes habíacolgado del cinto la linterna y puesto el revólver en un bolsillo, bienal alcance de la mano.

De repente vi que la puerta se abría algunaslíneas, como movida por el viento, o impulsada quizás por una mano paraprobar si cedía. Retrocedí, apartándome de la puerta cuanto pude yguareciéndome tras la mesa de hierro en la posición que dejo descrita.

—Acepto su oferta, señores—grité,—confiando en su palabra decaballeros. Si se toman el trabajo de abrir la puerta...

—¡Ábrala usted!—exclamó Dechard.

—¡Se abre hacia fuera!

—¡Qué diantres, Bersonín—gritó impaciente Dechard.—

¿Tienes miedo a unhombre solo?

Me sonreí al oirle y en el mismo instante se abrió la puertaviolentamente. La luz de una linterna me mostró a los tres rufianesagrupados en el umbral y apuntando con sus revólvers.

Lancé un grito yme precipité sobre ellos a la carrera. Sonó una triple detonación y tresproyectiles se estrellaron contra mi improvisado escudo. La mesa cogióde lleno al grupo y hombres y mesa rodamos juntos escalera abajo, entregritos y juramentos.

Antonieta de Maubán lanzó un agudo chillido, al queyo, levantándome de un salto, contesté con una carcajada.

De Gautet y Bersonín yacían en tierra como aturdidos. A Dechard le cayóla mesa encima, pero al incorporarme yo, la echó a un lado y volvió ahacerme fuego. Levanté mi revólver y disparé casi sin apuntar. Oí unablasfemia y apreté a correr como un gamo, sin dejar de reírme. Alguiencorría también detrás de mí, y tendiendo el brazo en su dirección soltéotro balazo al azar.

Los pasos cesaron.

—¡Con tal que halle la escalera!—pensé, porque la tapia era alta yestaba erizada de púas.

Sí, allí estaba y subí por ella en un abrir y cerrar de ojos. Me inclinésobre el muro y vi los caballos. Cerca de ellos oí un tiro.

Era Sarto,que habiendo oído los disparos en el jardín se desesperaba por abrir lapuertecilla y al fin la emprendía a tiros con la cerradura. Habíaolvidado por completo que le estaba prohibido tomar parte en la lucha.Al ver aquello volví a reírme, salté al suelo y poniéndole la mano en elhombro le dije:

—A casa y a la cama, viejo mío. Tengo que contarle a usted la historiamás graciosa que ha oído en su vida.

Se volvió, absorto, y exclamó, estrechando mi mano:

—¡Salvado! ¡Salvado!

Pero en seguida refunfuñó como acostumbraba.

—¿De qué demonios se ríe usted?

—De cuatro convidados, al figurármelos en torno de cierta mesa...

Y volví a soltar la carcajada, pensando en la ridícula derrota delformidable y malparado trío.

Y como habrá observado el lector, cumplí mi palabra y no disparé hastaque mis enemigos rompieron el fuego.

X

AMORES POR CUENTA AJENA

Era costumbre establecida que el jefe de la policía me enviase todas lastardes un informe sobre la situación en la capital y el estado de laopinión pública; documento que también contenía datos relativos a laspersonas que la policía tenía orden de vigilar. Desde mi llegada aEstrelsau, Sarto me leía el referido informe, comentando muchas noticiasde interés que solía contener. El día siguiente a mi aventura en elcenador, trajeron el parte de policía en ocasión de hallarme jugando unapartida de tresillo con Federico de Tarlein.

—Muy interesante viene el informe de esta tarde—dijo Sarto sentándose.

—¿Habla de cierta aventura nocturna?...

El coronel no pudo reprimir una sonrisa y dijo:

—Leo en primer lugar: «Su Alteza el duque de Estrelsau ha salido de lacapital (repentinamente, al parecer) acompañado de algunos de susservidores. Se cree que su destino es el castillo de Zenda, en direccióndel cual salió, no por el tren, sino a caballo.

Los señores de Gautet,Bersonín y Dechard le siguieron una hora más tarde, llevando el últimoun brazo en cabestrillo. Se ignora la causa de la herida, pero sesospecha que ha tenido un duelo, en el que figura como causa una mujer.»

—Informes auténticos—observé, alegrándome al saber que el bribón teníabuena memoria mía.

—«La señora de Maubán—siguió leyendo Sarto,—a quien se vigila pororden superior, tomó el tren de mediodía. Pidió billete para Dresde...»

—Antigua costumbre suya—comenté.

—«Pero el tren de Dresde pasa por Zenda.» ¡Si será listo el autor delparte éste! Y por último, oiga usted lo que dice aquí:

«El estado de laopinión en la ciudad no es satisfactorio. Se critica mucho al Rey» (yasabe usted que al jefe de policía le hemos mandado ser muy franco),«porque no activa los preparativos de su matrimonio. Por informesadquiridos entre las personas más allegadas a la princesa Flavia, sesabe que está muy ofendida por la indiferencia de Su Majestad. El pueblohabla ya de boda posible de Su Alteza con el duque de Estrelsau,proyecto que aumenta mucho la popularidad del Duque. He hecho anunciarque el Rey dará esta noche un baile en honor de la Princesa, y lanoticia ha producido desde luego el mejor efecto.»

—Y a mí me coge de nuevo—observé.

—¡Oh, los preparativos están todos hechos!—exclamó Tarleinriéndose.—Yo me he encargado de eso.

Sarto se volvió hacia mí para decirme con imperioso acento:

—¡Y sepa usted que esta noche tiene que hacerle la corte a la Princesa!

—A lo cual estoy más que dispuesto, como pueda verme con ella asolas—contesté.—De seguro no cree usted que la tarea pueda parecermeingrata ni difícil, ¿eh, Sarto?

Tarlein tuvo a bien ponerse a silbar, y luego dijo:

—Tarea es esa que hallará usted más fácil de lo que piensa.

Mire usted,Raséndil, me duele decírselo, pero no lo puedo remediar. La condesa Elgame ha confesado que la Princesa está prendada del Rey, y que desde eldía de la coronación su afecto por él ha ido en aumento. También escierto que está muy ofendida por la aparente indiferencia del Rey.

—¡Buena la hemos hecho!—exclamé angustiado.

—¿Y eso qué?—dijo Sarto.—Supongo que más de una vez le habrá usteddicho requiebros a una muchacha bonita. Pues eso es todo lo que ellaquiere.

Tarlein, que estaba enamorado, comprendió mejor la penosa situación enque yo me veía, y sin decir palabra puso la mano sobre mi hombro.

—Sin embargo—prosiguió impasible el viejo Sarto,—creo que esta nochedebe usted declarársele.

—¡Santo cielo¡—exclamé.

—O poco menos. Y por mi parte mandaré a los periódicos una notasemioficial.