El Prisionero de Zenda by Antonio Hope - HTML preview

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

ANTONIO HOPE

—————

EL PRISIONERO DE

ZENDA

BUENOS AIRES

1909

INDICE

I.—Los Raséndil, y dos palabras acerca de los Elsberg

II.—Que trata del color de los cabellos

III.—Francachela nocturna con un pariente lejano

IV.—El Rey acude a la cita

V.—Aventuras de un suplente

VI.—El secreto de un sótano

VII.—Su majestad duerme en Estrelsau

VIII.—Prima rubia y hermano moreno

IX.—Una nueva catapulta

X.—Amores por cuenta ajena

XI.—Caza mayor

XII.—Un anzuelo bien cebado

XIII.—Nueva escala de Jacob

XIV.—Rondando el castillo

XV.—Tentación

XVI.—Un plan desesperado

XVII.—A media noche

XVIII.—Golpe de mano

XIX.—Cara a cara en el bosque

XX.—El prisionero y el Rey

XXI.—¡Hay algo más que amor!

XXII.—Presente, pasado ¿y futuro?

I

LOS RASÉNDIL, Y DOS PALABRAS ACERCA DE LOS ELSBERG

—¡Pero cuándo llegará el día que hagas algo de provecho,Rodolfo!—exclamó la mujer de mi hermano.

—Mi querida Rosa—repliqué, soltando la cucharilla de que me servíapara despachar un huevo,—¿de dónde sacas tú que yo deba hacer cosaalguna, sea o no de provecho? Mi situación es desahogada; poseo unarenta casi suficiente para mis gastos (porque sabido es que nadieconsidera la renta propia como del todo suficiente); gozo de unaposición social envidiable: hermano de lord Burlesdón y cuñado de laencantadora Condesa, su esposa. ¿No te parece bastante?

—Veintinueve años tienes, y no has hecho más que...

—¿Pasar el tiempo? Es verdad. Pero en mi familia no necesitamos hacerotra cosa.

Esta salida mía no dejó de producir en Rosa cierto disgustillo, porquetodo el mundo sabe (y de aquí que no haya inconveniente en repetirlo)que por muy bonita y distinguida que ella sea, su familia no es conmucho de tan alta alcurnia como la de Raséndil. Amén de sus atractivospersonales, poseía Rosa una gran fortuna, y mi hermano Roberto tuvo ladiscreción de no fijarse mucho en sus pergaminos. A éstos se refirió lasiguiente observación de Rosa, que dijo:

—Las familias de alto linaje son, por regla general, peores que lasotras.

Al oir esto, no pude menos de llevarme la mano a la cabeza y acariciarmis rojos cabellos; sabía perfectamente lo que ella quería decir.

—¡Cuánto me alegro de que Roberto sea moreno!—agregó.

En aquel momento, Roberto, que se levanta a las siete y trabaja antes dealmorzar, entró en el comedor, y, dirigiendo una mirada a su esposa,acarició suavemente su mejilla, algo más encendida que de costumbre.

—¿Qué ocurre, querida mía?—le preguntó.

—Le disgusta que yo no haga nada y que tenga el pelo rojo—

dije comoofendido.

—¡Oh! En cuanto a lo del pelo no es culpa suya—admitió Rosa.

—Por regla general, aparece una vez en cada generación—dijo mihermano.—Y lo mismo pasa con la nariz. Rodolfo ha heredado ambas cosas.

—Que por cierto me gustan mucho—dije levantándome y haciendo unareverencia ante el retrato de la condesa Amelia.

Mi cuñada lanzó una exclamación de impaciencia.

—Quisiera que quitases de ahí ese retrato, Roberto—dijo.

—¡Pero, querida!—exclamó mi hermano.

—¡Santo Cielo!—añadí yo.

—Entonces, siquiera podríamos olvidarlo—continuó Rosa.

—A duras penas, mientras ande Rodolfo por aquí—observó mi hermano.

—¿Y por qué olvidarlo?—pregunté yo.

—¡Rodolfo!—exclamó mi cuñada ruborizándose y más bonita que nunca.

Me eché a reír y volví a mi almuerzo. Por lo pronto me había librado deseguir discutiendo la cuestión de lo que yo debería hacer o emprender. Ypara cerrar la polémica y también, lo confieso, para exasperar un pocomás a mi severa cuñadita, añadí:

—¡La verdad es que me alegro de ser todo un Elsberg!

Cuando leo una obra cualquiera paso siempre por alto las explicaciones;pero desde el momento en que me pongo a escribir, yo mismo comprendo queuna explicación es aquí inevitable. De lo contrario, nadie entenderá porqué mi nariz y mi cabello tienen el don de irritar a mi cuñada y por quédigo de mí que soy un Elsberg. Desde luego, por muy alto que piquen losRaséndil, el mero hecho de pertenecer a esa familia no justifica lapretensión de consanguinidad con el linaje aun más noble de los Elsberg,que son de estirpe regia. ¿Qué parentesco puede existir entre Ruritaniay Burlesdón, entre los moradores del palacio de Estrelsau o el castillode Zenda y los de nuestra casa paterna en Londres?

Pues bien (y conste que voy a sacar a relucir el mismísimo escándalo quemi querida condesa de Burlesdón quisiera ver olvidado para siempre); esel caso que allá por los años de 1733, ocupando el trono inglés JorgeII, hallándose la nación en paz por el momento, y no habiendo empezadoaún las contiendas entre el Rey y el príncipe de Gales, vino a visitarla corte de Inglaterra un regio personaje, conocido más tarde en lahistoria con el nombre de Rodolfo III de Ruritania. Era este Príncipe unmancebo alto y hermoso, a quien caracterizaban (y no me toca a mí decirsi en favor o en perjuicio suyo) una nariz extremadamente larga, aguzaday recta, y una cabellera de color rojo obscuro; en una palabra, la narizy el cabello que han distinguido a los Elsberg desde tiempo inmemorial.Permaneció algunos meses en Inglaterra, donde fue objeto delrecibimiento más cortés; pero su salida del país dio algo que hablar.Tuvo un duelo (y muy galante conducta fue la suya al prescindir para elcaso de su alto rango), siendo su adversario un noble muy conocido en labuena sociedad de aquel tiempo, no sólo por sus propios méritos, sinotambién como esposo de una dama hermosísima. Resultado de aquel duelofue una grave herida que recibió el príncipe Rodolfo, y apenas curado deella lo sacó ocultamente del país el embajador de Ruritania, a quien diono poco que hacer aquella aventura de su Príncipe. El noble salió ileso,pero en la mañana misma del duelo, que fue por demás húmeda y fría,contrajo una dolencia que acabó con él a los seis meses de la partida deRodolfo. Dos meses después dio a luz su esposa un niño que heredó eltítulo y la fortuna de Burlesdón.

Fue esta dama la condesa Amelia, cuyoretrato quería retirar mi cuñada del lugar que ocupaba en la casa de mihermano; y su esposo fue Jaime, cuarto conde de Burlesdón yvigésimo-segundo barón Raséndil, inscrito bajo ambos títulos en la

«GuíaOficial de los Pares de Inglaterra,» y caballero de la Orden de laJarretiera. Cuanto a Rodolfo, regresó a Ruritania, se casó y subió altrono, que sus sucesores han ocupado hasta el momento en que escribo,con excepción de un breve intervalo. Y diré, para terminar, que si ellector visita la galería de retratos de Burlesdón, verá entre loscincuenta pertenecientes a los últimos cien años, cinco o seis, el delquinto Conde inclusive, que se distinguen por la nariz larga, recta yaguzada y el abundante cabello de color rojo obscuro. Estos cinco o seistienen también ojos azules, siendo así que entre los Raséndil predominanlos ojos negros.

Esta es la explicación, y me alegro de haber salido de ella; las manchasde honrada familia son asunto delicado, pero lo cierto es que latransmisión por herencia, de que tanto se habla, es la chismosa mayor ymás temible que existe; para ella no hay discreción ni secreto quevalga, y a lo mejor inscribe las notas más escandalosas en la «Guía delos Pares.»

Observará el lector que mi cuñada, dando muestras de escasísima lógica,se empeñaba en considerar mi rojiza cabellera casi como una ofensa y enhacerme responsable de ella, apresurándose a suponer en mí, sin otrofundamento que esos rasgos externos, cualidades que por ningún conceptoposeo, y mostrando como prueba de tan injusta deducción, lo que elladaba en llamar la vida inútil y sin objeto determinado que he llevadohasta la fecha. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que esa vida meha proporcionado no escaso placer y abundantes enseñanzas. He estudiadoen una universidad alemana y hablo el alemán con tanta facilidad yperfección como el inglés; lo mismo digo del francés, mascullo elitaliano y sé jurar en español. No tiro mal la espada, manejo la pistolaperfectamente y soy jinete consumado. Tengo completo dominio sobre mímismo, no obstante el color engañador de mis cabellos; y si el lectorinsiste en que a pesar de todo lo dicho me hubiera valido más dedicarmea algún trabajo útil, sólo añadiré que mis padres me habían dejado enherencia diez mil pesos de renta y un carácter aventurero.

—La diferencia entre tu hermano y tú—prosiguió mi cuñada, que tambiéngusta de sermonear un poco de cuando en cuando,—está en que él reconocelos deberes de su posición y tú no ves más que las ventajas de la tuya.Ahí tienes a Sir Jacobo Borrodale

ofreciéndote

precisamente

laoportunidad

que

necesitas y que más te conviene.

—¡Gracias mil!—murmuré.

Tiene prometida una embajada para dentro de seis meses, y Roberto estáseguro de que te ofrecerá el puesto de agregado.

Acéptalo, Rodolfo,aunque sólo sea por complacerme.

Puesta la cuestión en este terreno y con mi cuñadita frunciendo lascejas y dirigiéndome una de sus más irresistibles miradas, no le quedabaa un tunante como yo más remedio que ceder, compungido y pesaroso.Además, pensé que el puesto ofrecido no dejaría de proporcionarme grataoportunidad de divertirme y pasarlo divinamente, y por lo tantorepliqué:

—Mi querida hermana, si dentro de seis meses no se presenta algúnobstáculo imprevisto y Sir Jacobo no se opone, que me cuelguen si no meagrego a su embajada.

—¡Qué bueno eres, Rodolfo! ¡Cuánto me alegro!

—¿Y adónde va destinado el futuro embajador?

—Todavía no lo sabe, pero sí está seguro de que será un puesto deprimer orden.

—Hermana mía—dije,—por complacerte iré aunque sea a una legación detres al cuarto. No me gusta hacer las cosas a medias.

Es decir, que mi promesa estaba hecha; pero seis meses son seis meses,una eternidad, y como había que pasarlos de alguna manera, me eché apensar en seguida diversos planes que me permitieran esperaragradablemente el principio de mis tareas diplomáticas; esto suponiendoque los agregados de embajada se ocupen en algo, cosa que no he podidoaveriguar, porque, como se verá más adelante, nunca llegué a ser attaché de Sir Jacobo ni de nadie. Y lo primero que se me ocurrió,casi repentinamente, fue hacer un viajecillo a Ruritania. Pareceráextraño que yo no hubiera visitado nunca aquel país; pero mi padre (apesar de cierta mal disimulada simpatía por los Elsberg, que le llevó adarme a mí, su hijo segundo, el famoso nombre de Rodolfo, favorito entrelos de aquella regia familia), se había mostrado siempre opuesto a dichoviaje; y muerto él, mi hermano y Rosa habían aceptado la tradición denuestra familia, que tácitamente cerraba a los Raséndil las puertas deRuritania. Pero desde el momento en que pensé visitar aquel país, sedespertó vivamente mi curiosidad y el deseo de verlo. Después de todo,las narices largas y el pelo rojo no eran patrimonio exclusivo de losElsberg, y la vieja historia que he reseñado, a duras penas podíaconsiderarse como razón suficiente para impedirme visitar un importantereino que había desempeñado papel nada menospreciable en la historia deEuropa y que podía volver a hacerlo bajo la dirección de un monarcajoven y animoso, como se decía que lo era el nuevo Rey. Mi resoluciónacabó de afirmarse al leer en los periódicos que Rodolfo V iba a sercoronado solemnemente en Estrelsau tres semanas después y que laceremonia prometía ser magnífica. Decidí presenciarla y comencé mispreparativos de viaje sin perder momento. Pero como nunca habíaacostumbrado enterar a mis parientes del itinerario de mis excursiones,y además en aquel caso esperaba resuelta oposición por su parte, melimité a decir que salía para el Tirol, objeto favorito de mis viajes, yme gané la aprobación de Rosa diciéndole que iba a estudiar losproblemas sociales y políticos del interesante pueblo tirolés.

—Mi viaje puede dar también un resultado que no sospechas—añadí congran misterio.

—¿Qué quieres decir?—preguntó Rosa.

—Nada, sino que existe cierto vacío que pudiera llenarse con una obraconcienzuda sobre...

—¿Piensas

escribir

un

libro?—exclamó

mi

cuñadapalmoteando.—¡Magnífico proyecto! ¿Verdad, Roberto?

—En nuestros días es la mejor manera de comenzar una carrerapolítica—asintió mi hermano, que había compuesto ya, no uno, sinovarios libros. «Teorías antiguas y hechos modernos,» «El resultadofinal» y algunas otras obras originales de Burlesdón gozan muy justorenombre.

—Tiene mucha razón Roberto—declaré.

—Prométeme que lo harás—dijo Rosa muy entusiasmada con mi plan.

—Nada de promesas, pero si reúno suficientes materiales lo haré.

—No se puede pedir más—dijo Roberto.

—¡Qué materiales ni qué calabazas!—exclamó Rosa, haciendo un graciosomohín.

Pero no cedí, y tuvo que contentarse con aquella promesa condicional.Por mi parte, hubiera apostado cualquier cosa a que mi excursiónveraniega no daría por resultado ni una sola página.

Y la mejor pruebade que me equivocaba de medio a medio, es que estoy escribiendo elprometido libro, aunque confieso que ni me puede servir a mí paralanzarme a la política, ni tiene nada que ver con el Tirol.

Y bien puedo añadir que tampoco merecería la aprobación de la Condesa micuñada, suponiendo que yo lo sometiese a su severa censura; cosa que meguardaré muy bien de hacer.

II

QUE TRATA DEL COLOR DE LOS CABELLOS

Mi tío Guillermo solía decir, y lo sentaba como máxima invariable, quenadie debe pasar por París sin detenerse allí veinticuatro horas. Y yo,con el respeto debido a la madura experiencia de mi tío, me instalé enel Hotel Continental de aquella ciudad, resuelto a pasar allí un día yuna noche, camino del... Tirol. Fui a ver a Jorge Federly en laembajada, comimos juntos en Durand y después nos fuimos a la Opera; trasuna ligera cena nos presentamos en casa de Beltrán, poeta de algunareputación y corresponsal de La Crítica, de Londres.

Ocupaba un pisomuy cómodo, y hallamos allí algunos amigos suyos, personas muysimpáticas todas, con quienes pasamos el rato agradablemente, fumando yconversando. Sin embargo, noté que el dueño de la casa estaba preocupadoy silencioso, y cuando se hubieron despedido todos los demás yquedádonos solos con él Federly y yo, empecé a bromear a Beltrán, hastaque exclamó, dejándose caer en el sofá:

—¡Pues nada, que tienes tú razón y estoy enamorado, perdidamenteenamorado!

—Así escribirás mejores versos—le dije por vía de consuelo.

Se limitó a fumar furiosamente sin decir palabra, en tanto que Federly,de espaldas a la chimenea, lo contemplaba con cruel sonrisa.

—Es lo de siempre, y lo mejor que puedes hacer es cantar de plano,Beltranillo—dijo Federly.—La novia se te va de París mañana.

—Ya lo sé—repuso Beltrán furioso.

—Pero lo mismo da que se vaya o que se quede. ¡La dama pica muy altopara ti, poeta!

—¿Y a mí qué?

—Vuestra conversación me interesaría muchísimo más—

observé,—sisupiera de quién estáis hablando.

—Antonieta Maubán—dijo Federly.

—De Maubán—gruñó Beltrán.

—¡Hola!—exclamé.—¡Conque esas tenemos, mocito!

—¿Me haces el favor de dejarme en paz?

—¿Y adónde va?—pregunté, porque la dama gozaba de cierta celebridad ysu nombre no me era desconocido.

Jorge hizo sonar las monedas que tenía en el bolsillo, miró a Beltrándirigiéndole su más despiadada sonrisa y replicó:

—Nadie lo sabe. Y a propósito, Beltrán; la otra noche vi en su casa atodo un personaje, el duque de Estrelsau. ¿Le conoces?

—Sí, ¿y qué?

—Muy cumplido caballero, a fe mía.

Era evidente que las alusiones de Jorge al Duque tenían por objetoaumentar las penas del pobre Beltrán, de donde inferí que el Duque habíadistinguido a la señora de Maubán con sus atenciones. Era ella viuda,hermosa, rica, y la voz pública decíala ambiciosa. Nada tenía de extrañoque procurase, como lo había insinuado Jorge, conquistar a un personajeque ocupaba en su país lugar inmediato al del Rey; porque el Duque erahijo del finado rey de Ruritania y de su segunda y morganática esposa y,por consiguiente, hermano paterno del nuevo Rey. Había sido el favoritode su padre, quien fue objeto de muy desfavorables comentarios alcrearlo Duque y dar por nombre a su ducado el de la capital del Reino.Su madre había sido de buena familia pero no de alta nobleza.

—¿Sigue en París el Duque?—pregunté.

—¡Oh, no! Se ha ido porque tiene que asistir a la coronación; ceremoniaque de seguro no le hará mucha gracia. ¡Pero no desesperes, Beltrán! Conla bella Antonieta no se ha de casar, por lo menos mientras no fracaseotro plan. Sin embargo, quizás ella...—Hizo una pausa y dijo,riéndose:—No es fácil resistir las atenciones de un príncipe real, ¿noes así, Rodolfo?

—¿Te callarás?—le dije, y levantándome, dejé a Beltrán en las garrasde Jorge y me fui al hotel.

Al siguiente día Jorge Federly me acompañó a la estación, donde tomé unbillete para Dresde.

—¿Vas a contemplar las pinturas?—preguntó Jorge guiñándome el ojo.

Jorge es un murmurador incorregible, y si hubiese sabido que yo iba aRuritania, la noticia hubiera llegado a Londres en tres días. Iba, pues,a darle una respuesta evasiva cuando le vi dirigirse apresuradamente alotro extremo del andén y saludar a una joven bonita y muy elegantementevestida, que acababa de dejar la sala de espera. Podría tener unostreinta o treinta y dos años y era alta, morena y algo gruesa. Mientrashablaba con Jorge noté que me miraba, con gran disgusto mío, porque nome consideraba muy presentable con el largo gabán ruso que me envolvíapara preservarme del frío en aquella destemplada mañana de abril, sincontar la bufanda que llevaba al cuello y el sombrero de fieltro caladohasta las orejas.

—Tienes una encantadora compañera de viaje—me dijo Federly alreunírseme.—Esa es la diosa adorada de Beltrán, la bella Antonieta,que va, como tú, a Dresde... a ver pinturas también, probablemente. Sinembargo, me extraña que precisamente ahora no desee tener el honor deconocerte.

—No he podido serle presentado—dije un tanto mohino.

—Pero yo me ofrecí a presentarte y me contestó que otra vez sería. Noimporta, chico; quizás haya un descarrilamiento o un choque durante elviaje y tengas oportunidad de dejar plantado al duque de Estrelsau.

Pero ni la señora de Maubán ni yo tuvimos el menor desastre, y bienpuedo afirmarlo de ella con tanta seguridad como de mí, porque tras unanoche de descanso en Dresde, al continuar mi jornada, la vi subir a uncoche del mismo tren que yo había tomado. Comprendiendo que deseabahallarse sola, evité cuidadosamente acercármele; pero vi que llevaba elmismo punto de destino que yo y no dejé de observarla atentamente sinque ella lo notase.

Tan luego llegamos a la frontera de Ruritania (y por cierto que el viejoadministrador de la aduana se quedó mirándome con tal fijeza que me hizorecordar más que nunca mi parentesco con los Elsberg), compré unosperiódicos y me hallé con noticias que modificaron mi itinerario. Pormotivos no muy claramente explicados, se había anticipado repentinamentela fecha de la coronación, fijándola para dos días después. En todo elpaís se hablaba de la solemne ceremonia y era evidente que Estrelsau, lacapital, estaba atestada de forasteros. Las habitaciones disponiblesalquiladas todas, los hoteles llenos, iba a serme muy difícil obtenerhospedaje, y dado que lo consiguiera tendría que pagarlo a precioexorbitante. Resolví, pues, detenerme en Zenda, pequeña población aquince leguas de la capital y a cinco de la frontera. El tren en que yoiba, llegaba a Zenda aquella noche; podría pasar el día siguiente,martes, recorriendo las cercanías, que tenían fama de muy pintorescas,dando una ojeada al famoso castillo e ir por tren a Estrelsau elmiércoles, para volver aquella misma noche a dormir a Zenda.

Dicho y hecho. Me quedé en Zenda y desde el andén vi a la señora deMaubán, que evidentemente iba sin detenerse hasta Estrelsau, donde porlo visto contaba o esperaba conseguir el alojamiento que yo no habíatenido la previsión de procurarme de antemano. Me sonreí al pensar en lasorpresa de Jorge Federly si hubiera llegado a saber que ella y yohabíamos viajado tanto tiempo en buena compañía.

Me recibieron muy bien en el hotel, que no pasaba de ser una posada,presidida por una corpulenta matrona y sus dos hijas; gente bonachona ytranquila, que parecía cuidarse muy poco de lo que sucedía en lacapital. El preferido de la buena señora era el Duque, porque eltestamento del difunto Rey lo había hecho dueño y señor de lasposesiones reales en Zenda y del castillo, que se elevabamajestuosamente sobre escarpada colina al extremo del valle, a medialegua escasa del hotel. Mi huéspeda no vacilaba en decir que sentía nover al Duque en el trono, en lugar de su hermano.

—¡Por lo menos al duque Miguel lo conocemos!—

exclamaba.—Ha vividosiempre entre nosotros y no hay ruritano que no sepa de él. Pero el Reyes casi un extraño; ha residido tanto tiempo fuera del país, que apenassi de cada diez hay uno que lo haya visto.

—Y ahora—apoyó una de las muchachas,—dicen que se ha afeitado labarba y que no hay quien lo conozca.

—¡Que se ha quitado la barba!—exclamó la madre.—¿Quién te lo hadicho?

—Juan, el guardabosque del Duque, que ha visto al Rey.

—¡Ah, sí! El Rey, señor mío, está de cacería en una posesión que tieneel Duque, ahí en el bosque; de Zenda irá a Estrelsau para la coronaciónel miércoles por la mañana.

Me interesó la noticia y resolví dirigir al día siguiente mis pasoshacia la casa del guarda, con la esperanza de ver al Rey.

—¡Ojalá se quedase cazando toda la vida!—me decía mihuéspeda.—Cuentan que la caza, el vino y otra cosa que me callo, es loúnico que le gusta o le importa. Pues que coronen al Duque; eso es loque yo quisiera, y no me importa que me oigan.

—¡Cállese usted, madre!—dijeron ambas mozas.

—¡Oh, son muchos los que piensan como yo!—insistió la vieja.

Reclinado en cómodo sillón, de brazos, me reía al oirlas.

—Lo que es yo—declaró la menor de las hijas, una rubia regordeta ysonriente,—aborrezco a Miguel el Negro. ¡A mí déme usted un Elsbergrojo, madre! Del Rey dicen que es tan rojo como... como...

Me miró maliciosamente y lanzó una carcajada, sin hacer caso de la carahosca que ponía su hermana.

—Pues mira que muchos han maldecido antes de ahora a esos Elsbergpelirrojos—refunfuñó la buena mujer; y yo me acordé en seguida deJaime, cuarto conde de Burlesdón.

—¡Pero nunca los ha maldecido una mujer!—exclamó la moza.

—También, y más de una, cuando ya era tarde—fue la severa respuesta,que dejó a la doncella callada y confusa.

—¿Cómo es que el Rey se halla aquí, en tierras del Duque?—

preguntépara romper el embarazoso silencio.

—El Duque lo invitó, mi buen señor, a que descansase aquí hasta elmiércoles, mientras él preparaba la recepción del Rey en Estrelsau.

—¿Es decir que son buenos amigos?

—Los mejores del mundo.

Pero la linda rubia no era de las que se callan por largo tiempo, yexclamó:

—¡Sí, se quieren tanto como pueden quererse dos hombres que ambicionanel mismo trono y la misma mujer!

Su madre le dirigió una mirada furibunda, pero aquellas palabras habíanpicado mi curiosidad; y antes de que la vieja pudiera reñirla, lepregunté:

—¿Cómo es eso? ¿La misma mujer?

—Todo el mundo sabe que Miguel el Negro—bueno, madre, el duqueMiguel,—daría su alma por casarse con su prima, la princesa Favia, queestá destinada al Rey.

—¡Pobre Duque!—repuse.—Declaro que empiezo a compadecerlo. Pero elsegundón tiene que contentarse con lo que el mayor le deje, y aun dargracias a Dios de que algo le toque.—

Y pensando en lo que a mí mismo mesucedía, me encogí de hombros y me eché a reír. También recordé entoncesa Antonieta de Maubán y su viaje a Estrelsau.

—Lo que es Miguel el Negro...—continuó la muchacha arrostrando laindignación de su madre; pero en aquel momento se oyeron unos pesadospasos y una voz brusca preguntó, con acento amenazador:

—¿Quién habla del duque Miguel con tan poco respeto y en sus propiastierras?

La muchacha dio un ligero grito, entre atemorizada y risueña.

—¿No me acusarás a tu amo, Juan?—preguntó.

—Ahí tienes lo que nos traes con tu charla—dijo la madre.

El hombre que había hablado entró en la habitación.

—Tenemos un huésped, Juan—dijo la posadera al recién llegado, queinmediatamente se quitó la gorra. Pero al verme retrocedió un paso,como ante una aparición.

—¿Qué tienes, Juan?—preguntó la mayor de las jóvenes.—

Este señor esun viajero, que viene a ver la coronación.

El guardabosque se había repuesto de su sorpresa, pero seguía mirándomefijamente, con expresión de intensa curiosidad no exenta de amenaza.

—Buenas noches—le dije.

—Buenas noches, señor—murmuró, observándome sin cesar, hasta que larubia exclamó con gran risa:

—¡Sí, míralo bien, Juan; es tu color favorito! Lo ha sorprendido elcolor de su cabello, señor viajero; color que no es el que más vemosaquí en Zenda.

—Dispense

el

señor—balbuceó

el

mozo,

todavía

sorprendido.—No creíencontrar aquí más que a los de casa.

—Denle ustedes un vaso de vino para que lo beba a mi salud.

Buenasnoches a todos, y gracias, señoras mías, por su bondad y su grataconversación.

Me levante, e inclinándome ligeramente me dirigí hacia la puerta. Laalegre muchacha corrió a alumbrar el camino y el joven retrocedió unpaso, fijos los ojos en mí. Al llegar a su lado me dijo:

—Con perdón, señor: ¿conoce usted al Rey?

—Jamás lo he visto, pero espero conocerlo el miércoles.

Nada más dijo, pero presentí que sus ojos siguieron clavados en mí hastaque se cerró la puerta. Mi picaresca conductora iba delante y al subirla escalera me dijo:

—No hay remedio; el pelo de usted es de un color que no le gusta aJuan.

—¿Prefiere quizás el tuyo, eh?

—¡Oh! quiero decir en un hombre—replicó coquetonamente.

—Vamos a ver—dije asiendo el candelero que tenía ella en lamano;—¿qué importa que un hombre tenga el pelo de tal o cual color?

—Lo que sé es que a mí me gusta el de usted; es el rojo de los Elsberg.

—Te repito que lo del color es una bicoca, una fruslería. Como ésta;toma.—Y le di algunas monedas.

—¡Cielo santo!—exclamó.—Lo que es esta noche voy a cerrar la puertade la cocina, por si acaso.

De entonces acá he aprendido que el color del pelo es en ocasionesdetalle de la más alta importancia para un hombre.

III

FRANCACHELA NOCTURNA CON UN PARIENTE LEJANO

La conducta del guardabosque del Duque al siguiente día, fue tan atentay se mostró tan servicial, que hubiera bastado para reconciliarme conél, suponiendo que yo hubiese podido guardarle el menor rencor porque aél le gustase o no el color de mi cabello. Habiendo sabido que medirigía a la capital, se presentó cuando estaba yo almorzando paradecirme que una hermana suya, casada con un acomodado mercader deEstrelsau, lo había invitado a ocupar un cuarto en su casa durante lasfiestas de la coronación. Que había aceptado de mil amores, pero ahorase hallaba con que sus deberes no le permitían ausentarse.

Por lo tantome rogaba que aceptase la invitación en su lugar, asegurándome que lacasa, aunque modesta, era cómoda y limpia, y que su hermana se avendríaal cambio con placer; acabando por recordarme las molestias que meaguardaban en los coches atestados del tren, en mis idas y venidasentre Zenda y Estrelsau. Acepté su oferta sin la menor vacilación y élfue a telegrafiar a su hermana mientras yo preparaba mis efectos paratomar el próximo tren. Pero me quedaba todavía el deseo de ir al bosquey llegarme hasta la casilla del guarda; y cuando mi linda camarera medijo que podía tomar el tren en otra estación, andando cosa de dosleguas a través del bosque, resolví enviar mi equipaje directamente alas señas que había dejado Juan, dar mi paseo y continuar después elviaje a Estrelsau. Juan había partido ya y nada supo de este cambio enmis planes; pero como el único efecto había de ser un retraso de algunashoras en mi llegada a la casa de su hermana, no había para qué enterarlode ello, y desde luego mi futura huéspeda no se había de preocupar pormi tardanza.

Tomé una ligera colación poco antes de mediodía, y habiéndome despedidode la buena mujer y sus hijas, prometiendo volver a verlas a mi regreso,comencé el ascenso de la colina que lleva al castillo y desde éste albosque de Zenda.

Media hora de pausado andar me llevó a las puertas delcastillo.

Fortaleza en otro tiempo, los macizos muros se hallabantodavía en buen estado y aparecían muy imponentes. Tras ellos se veíaotra sección de la antigua fortaleza, y después de ésta, separada porun ancho y profundo foso que rodeaba también los antiguos edificios,hallábase una hermosa quinta moderna, mandada construir por el difuntoRey y que al presente era la residencia de campo del duque de Estrelsau.Ambas porciones, antigua y moderna, se comunicaban por medio de unpuente levadizo, único medio de acceso a la parte antigua de laconstrucción; en cambio en frente de la quinta se extendía una hermosa yancha avenida. Era aquella una posesión ideal.

Cuando «Miguel el Negro»deseaba compañía, habitaba la quinta; si quería estar solo le bastabacruzar el puente, alzarlo tras sí, y hubieran sido necesarios unregimiento y una batería de sitio para sacarlo de allí. Proseguí micamino, alegrándome de ver que el pobre duque Miguel, ya que no pudieseconseguir trono ni princesa, tenía por lo menos una residencia noinferior a la de ningún otro príncipe de Europa.

No tardé en llegar al bosque, cuyos frondosos árboles me proporcionaronfresca sombra por más de una hora. Las ramas se entrelazaban sobre micabeza y los rayos del sol podían apenas deslizarse entre las hojas,poniendo aquí y allá brillantes toques sobre el húmedo césped. Encantadocon aquel lugar, me senté al pie de un árbol, apoyé la espalda contra sutronco y extendiendo las piernas me entregué a la contemplación de lasolemne belleza del bosque, a la vez que aspiraba el delicioso aroma deun buen cigarro. Consumido éste y al parecer satisfecha mi contemplaciónestética, me quedé profundamente dormido, sin cuidarme para nada deltren que debía de llevarme a Estrelsau ni de la rapidez con que ibandeslizándose las horas de aquella tarde. Pensar en trenes en aquel lugarhubiera sido un sacrilegio.

Lejos de eso, me puse a soñar que era elfeliz esposo de la princesa Flavia, con la cual habitaba en el castillode Zenda y me paseaba por las sombreadas alamedas del bosque, todo locual constituía un sueño muy placentero por cierto. No ocultaré que mehallaba en el acto de estampar un ardiente beso en los lindos labios dela Princesa, cuando oí una voz estridente, que al principio me parecióparte de mi sueño, y que decía:

—¡Pero, hombre, si parece cosa, del diablo! No hay más que afeitarlo yya tenemos al Rey hecho y derecho.

Aquella ocurrencia me pareció bastante rara, aun para soñada;

¡elsacrificio de mi bien cuidada barba y aguzada perilla transformarme enun monarca! Hallábame a punto de besar otra vez a mi princesa, cuando meconvencí, muy a mi pesar, de que estaba despierto.

Abrí los ojos y vi a dos hombres que me contemplaban con grancuriosidad. Ambos vestían trajes de caza y llevaban sus escopetas. Bajoy robusto uno de ellos, con una cabeza redonda como bala de cañón,áspero bigote gris y pequeños ojos azules.

El otro era joven, esbelto,de mediana estatura, moreno y de distinguido porte. Desde luego mepareció el primero un veterano y el otro un joven noble, pero tambiénsoldado. Más tarde tuve ocasión de ver confirmado mi juicio.

El de más edad se adelantó, haciendo seña al otro de que le siguiera; yéste lo hizo así, descubriéndose cortésmente, a tiempo que yo me poníaen pie.

—¡Hasta la misma estatura!—oí murmurar al veterano, mientras parecíamedir atentamente con la vista los seis pies y dos pulgadas de estaturaque Dios me ha dado. Después, haciendo el saludo militar, dijo:

—¿Me sería permitido preguntarle a usted su nombre?

—Mi opinión, señores míos—contesté sonriéndome,—es que habiendotomado ustedes la iniciativa en este encuentro, les toca tambiéncomenzar por decirme sus nombres.

El joven se adelantó con faz risueña.

—El coronel Sarto—dijo presentando a su compañero.—Y yo soy Federicode Tarlein; ambos al servicio del rey de Ruritania.

Me incliné y dije descubriéndome:

—Mi nombre es Rodolfo Raséndil y soy un viajero inglés.

También he sidopor dos años oficial del ejército de Su Majestad la Reina.

—Pues en tal caso somos hermanos de armas—repuso Tarlein tendiéndomela mano, que estreché gustoso.

—¡Raséndil, Raséndil!—murmuró el coronel Sarto. De repente pareciódespertarse un claro recuerdo en su memoria y exclamó:

—¡Por vida de! ¿Sois Burlesdón?

—Mi hermano es el actual Conde de este título.

—¡Claro está! Con esa cabeza no podía ser otra cosa—dijo echándose areír.—¿No conoce usted la historia, Tarlein?

El joven me miró, algo cortado, con una delicadeza que mi cuñada hubieraadmirado grandemente. Y deseoso yo de tranquilizarlo, dije chanceándome:

—¡Ah! Por lo visto la historia es tan bien conocida aquí como entrenosotros.

—¡Conocida!—exclamó Sarto.—Y como siga usted algún tiempo en el paísno habrá en toda Ruritania quien la dude.

Empecé a sentirme algo inquieto. Si hubiera sabido hasta qué puntopodía leerse mi genealogía en mi aspecto, lo hubiera pensado mucho antesde visitar a Ruritania. Pero a lo hecho pecho.

En aquel momento se oyó una voz imperiosa entre los árboles:

—¡Federico! ¿Dónde te has metido, hombre?

Tarlein se sobresaltó y dijo apresuradamente:

—¡El Rey!

El viejo Sarto se limitó a reírse con sorna.

No tardó en aparecer un joven, a cuya vista lancé una exclamación deasombro; y él, al verme, retrocedió un paso, no menos atónito que yo. Ano ser por mi barba, por cierta expresión de dignidad debida a su altorango y también por media pulgada menos de estatura que él podía tener,el rey de Ruritania hubiera podido pasar por Rodolfo Raséndil y yo porel rey Rodolfo.

Permanecimos un momento inmóviles, contemplándonos.

Después me descubríy saludé respetuosamente. El Rey recobró entonces el uso de la palabra ypreguntó con extrañeza:

—Coronel, Federico ¿quién es este caballero?

Iba yo a contestar, cuando el coronel Sarto se interpuso y empezó ahablar al rey en voz baja, con su tono gruñón. La estatura del Reyaventajaba mucho a la de Sarto, y mientras escuchaba a éste, sus ojos sefijaban de cuando en cuando en los míos. Por mi parte lo contemplé largay detenidamente. Nuestra semejanza era en verdad extraordinaria, si biennoté asimismo los puntos de diferencia. La cara del Rey era ligeramentemás llena que la mía, el óvalo de su contorno un tanto más pronunciado,muy poco, y me pareció o me imaginé que a las líneas de su boca lesfaltaba algo de la firmeza (obstinación quizás) que denunciaban miscomprimidos labios. Pero con todo esto y a pesar de esas diferenciasmenores, nuestro parecido subsistía, innegable, evidente, portentoso.

El coronel dejó de hablar, pero el rostro del Rey siguió contraído; porúltimo, moviéronse sus labios, se encorvó su nariz (exactamente como lesucede a la mía cuando me río), parpadeó y acabó por echarse a reír detan buena gana y tan fuertemente, que sus carcajadas resonaron en elbosque, proclamando la jovial disposición de su ánimo.

—¡Bienvenido, primo mío!—exclamó acercándose y dándome una palmada enel hombro, sin cesar de reírse.—Muy disculpable es mi sorpresa, porqueno todos los días ve un hombre su propia imagen contemplándole frente afrente. ¿Verdad, señores?

—Espero no haber incurrido en el desagrado de VuestraMajestad...—comencé a decir.

—¡No, a fe mía! Y la verdad es que nadie con más razón puede aspirar alfavor del Rey. ¿Adónde se dirige usted?

—A Estrelsau, para presenciar la coronación.

El Rey miró a sus servidores; continuaba sonriéndose, pero su expresiónrevelaba ligera inquietud. Sin embargo, el lado cómico de la situaciónvolvió a imponérsele.

—¡Tarlein!—exclamó,—daría mil escudos por contemplar mañana la carade mi hermano Miguel cuando vea que somos dos. ¡Un par de Reyes, nadamenos!—Y sus alegres carcajadas resonaron de nuevo.

—Hablando seriamente—dijo Tarlein,—dudo que sea muy acertada lavisita del señor Raséndil a Estrelsau en estos momentos.

El Rey encendió un cigarrillo.

—¿Y bien, Sarto?—preguntó.

—No debe de ir—gruñó el veterano.

—Veamos, coronel; es decir que el señor Raséndil me haría un serviciosi...

—Eso, eso; Vuestra Majestad puede darle la forma más cortés ydiplomática que juzgue conveniente—dijo Sarto sacando del bolsillo unaenorme pipa.

—¡Basta, señor!—exclamé dirigiéndome al Rey.—Hoy mismo saldré deRuritania.

—¡Eso no!—exclamó el Rey.—Cenará usted conmigo esta noche, sucedadespués lo que quiera, ¡Voto a! como dice Sarto; no se encuentra uno demanos a boca con un pariente todos los días.

—Nuestra cena de esta noche será sobria—dijo Tarlein.

—No tal—repuso el Rey,—teniendo por convidado a nuestro primo. No poreso olvido que debemos partir mañana temprano, Tarlein.

—Tampoco lo olvido yo—dijo el coronel fumando gravemente,—perosiempre habrá tiempo de pensar en ello mañana.

—¡Ah, viejo Sarto!—exclamó el Rey.—¡Bien dicho! Cada cosa a sutiempo. Andando, señor Raséndil. Y a propósito, ¿qué nombre le hanpuesto a usted?

—El mismo de Vuestra Majestad—contesté inclinándome.

—¡Bravo! Eso prueba que no se avergüenzan de nosotros—

repusoriéndose.—¡Vamos, primo Rodolfo. No tengo palacio ni casa propia poraquí, pero mi amado hermano Miguel me presta una de las suyas y en ellaprocuraremos tratarlo a usted lo mejor posible.—Y tomando mi brazo,indico a los otros que nos siguiesen y nos pusimos en camino.

Anduvimos por el bosque cosa de media hora y el Rey fumó cigarrillos ycharló incesantemente. Mostró vivo interés por mi familia, se rió engrande cuando hablé de los retratos con cabellera de Elsberg, existentesen nuestra galería de antepasados y redobló su risa al oir que miexpedición a Ruritania era secreta.

—¿Es decir que tiene usted que visitar a su depravado primo aescondidas?—dijo.

Al salir del bosque nos hallamos ante un rústico pabellón de caza. Erauna construcción de un solo piso, toda de madera. Salió a recibirnos unhombrecillo con modesta librea, y la única otra persona que allíhabitaba era una vieja, la madre de Juan, el guardabosque del Duque,según averigüé después.

—¿Está lista la cena, José?—preguntó el Rey.

El hombrecillo contestó que todo estaba pronto y no tardamos ensentarnos a una mesa abundantemente servida. El Rey comía con apetito,Tarlein moderadamente y Sarto con voracidad. Yo me mostré buen comedor,como lo he sido siempre, y el Rey lo notó, sin ocultar su aprobación.

—Nosotros, los Elsberg, nos portamos siempre bien en la mesa,observó.—Pero ¿qué es esto? ¿Estamos comiendo en seco? ¡Vino, José! Esode engullir sin beber se queda para los animales. ¡Pronto, pronto!

José puso apresuradamente sobre la mesa numerosas botellas.

—¡Acuérdese Vuestra Majestad de la ceremonia de mañana!—dijo Tarlein.

—¡Eso es, mañana!—repitió el viejo Sarto.

El Rey vació una copa a la salud de «su primo Rodolfo,» como tenía labondad de llamarme, y yo apuré otra en honor «del color de los Elsberg,»brindis que le hizo reír mucho. No diré si era buena la carne quecomíamos, pero sí que los vinos eran exquisitos y que les hicimosjusticia. Tarlein se aventuró una vez a detener la mano del Rey.

—¿Cómo se entiende?—exclamó éste—Acuérdate, Federico, de que debespartir mañana antes que yo, y por lo tanto tienes que dejar de beber doshoras antes.

Tarlein vio que yo no comprendía.

—El coronel y yo—me explicó,—saldremos de aquí a las seis de lamañana para ir a caballo a Zenda, regresaremos con la guardia de honor alas ocho, y entonces cabalgaremos todos juntos hasta la estación.

—¡El diablo cargue con la tal guardia de honor!—gruñó Sarto.

—No, ha sido una atención muy delicada de mi hermano el pedir esadistinción para su regimiento—dijo el Rey.—¡Ea, primo! Tú no tienesque levantarte temprano. ¡Venga otra botella!

Y despaché otra botella, o, mejor dicho, parte de ella, porque lo menoslos dos tercios de su contenido se los apropió el monarca. Tarleinrenunció a predicar moderación y pronto nos pusimos todos tan alegres decascos como sueltos de lengua. El Rey empezó a hablar de lo que seproponía hacer; Sarto, de lo que había hecho; Tarlein se destapó porunas aventuras amorosas, y a mí me dio por encomiar los altos méritos dela dinastía de los Elsberg. Hablábamos todos a la vez y seguíamos al piede la letra la máxima favorita de Sarto: mañana será otro día.

—Por fin, el Rey puso su copa sobre la mesa y se reclinó en la silla.

—Ya he bebido bastante—dijo.

—No seré yo quien contradiga al Rey—asentí.

La verdad es que había bebido demasiado. Y entonces se presentó José ypuso delante del Rey un venerable frasco, que, por su apariencia, debíade haber reposado largos años en obscuro sótano.

—Su Alteza el duque de Estrelsau me ordenó presentar este frasco al Reycuando hubiese gustado ya otros vinos menos añejos, y suplicarle que lobebiera en prenda del cariño que le profesa su hermano.

—¡Bravo, Miguel!—exclamó el Rey.—¡Destápalo pronto, José! ¿Pues quése ha creído mi caro hermano? ¿Que me iba a asustar una botella más?

Destapado el frasco, José llenó el vaso del Rey. Apenas hubo probado elvino nos dirigió una mirada solemne, muy en consonancia con el estado enque se hallaba, y dijo:

—¡Caballeros, amigos míos, primo Rodolfo (¡cuidado que es escandalosala historia esa, Rodolfo!), la mitad de Ruritania os pertenece desdeeste momento. ¡Pero no me pidáis una sola gota de este frasco divino,que vacío a la salud de... de ese taimado, del bribón de mi hermano,Miguel el Negro!

Y llevándose el frasco a los labios bebió hasta la última gota, lo lanzódespués lejos de sí y apoyando los brazos en la mesa dejó caer sobreellos la cabeza.

Bebimos una vez más a la salud del Rey y es todo lo que recuerdo deaquella noche. Que no es poco recordar.

IV

EL REY ACUDE A LA CITA

Al despertarme no hubiera podido decir si había dormido un minuto o unaño. Me despertó repentinamente una sensación de frío; el agua chorreabade mi cabeza, cara y traje, y frente a mí divisé al viejo Sarto, con suburlona sonrisa y con un cubo vacío en la mano. Sentado a la mesa,Federico de Tarlein, pálido y desencajado como un muerto.

Me puse en pie de un salto, y exclamé encolerizado:

—¡Esto pasa de broma, señor mío!

—¡Bah! No tenemos tiempo de disputar. No había modo de despertarlo, yson las cinco.

—Repito, coronel...—iba a continuar más irritado que nunca, aunquemedio helado el cuerpo, cuando me interrumpió Tarlein apartándose de lamesa y diciéndome:

—Mire usted, Raséndil.

El Rey yacía tendido cuan largo era en el suelo. Tenía el rostro tanrojo como el cabello y respiraba pesadamente. Sarto, el irrespetuosoveterano, le dio un fuerte puntapié, pero no se movió. Entonces noté quela cara y cabeza del Rey estaban tan mojadas como las mías.

—Ya hace media hora que procuramos despertarlo—dijo Tarlein.

—Bebió tres veces más que cualquiera de nosotros—gruñó Sarto.

Me arrodillé y le tomé el pulso, cuya lentitud y debilidad eranalarmantes.

—¿Narcótico?... ¿la última botella?—pregunté con voz apenasperceptible.

—Vaya usted a saber—dijo Sarto.

—Hay que llamar a un médico.

—No encontraríamos uno en tres leguas a la redonda; y además ni cienmédicos son capaces de hacerlo ir a Estrelsau. Sé muy bien en qué estadose halla. Todavía seguirá seis o siete horas por lo menos sin mover pieni mano.

—¿Y la coronación?—exclamé horrorizado.

Tarlein se encogió de hombros, como tenía por costumbre.

—Tendremos que avisar que está enfermo—dijo.

—Me parece lo único que podemos hacer—asentí.

El viejo Sarto, en quien la francachela de la víspera no dejara el másleve rastro, había encendido su pipa y fumaba furiosamente.

—Si no lo coronan hoy—dijo,—apuesto un reino a que no lo coronannunca.

—¿Pero, por qué?

—Toda la nación, puede decirse, está esperándolo allá en la capital conla mitad del ejército, y digo, con Miguel el Negro a la cabeza.¿Mandaremos a decirles que el Rey está borracho?

—¡Que está enfermo!

—¿Enfermo?—repitió Sarto con sarcasmo.—Demasiado saben la enfermedadque le aqueja. No sería la primera vez.

—Digan lo que quieran—repuso Tarlein con desaliento.—Yo mismo llevaréla noticia y la daré lo mejor que sepa y pueda.

—¿Creen ustedes que el Rey está bajo la influencia de unnarcótico?—preguntó Sarto.

—Yo sí lo creo—repliqué.

—¿Y quién es el culpable?

—Ese infame, Miguel el Negro—rugió Tarlein.

—Así es—continuó el veterano;—para que no pudiera concurrir a lacoronación. Raséndil no conoce todavía a nuestro sin par Miguel. Perousted, Tarlein, ¿cree usted que el Duque no tiene ya elegido candidatoal trono, el candidato de la mitad de los habitantes de Estrelsau? Tancierto como hay Dios, Rodolfo pierde la corona si no se presenta hoy enla capital. Cuidado que yo conozco a Miguel el Negro.

—¿No podríamos llevarlo nosotros mismos a la ciudad?—

pregunté.

—Bonita figura haría—dijo Sarto con profundo desprecio.

Tarlein ocultó el rostro entre las manos. La respiración del Rey se hizomás ruidosa y Sarto lo empujó con el pie.

—¡Maldito borracho!—murmuró.—¡Pero es un Elsberg, es el hijo de supadre, y el diablo me lleve si permito que Miguel el Negro usurpe supuesto!

Permanecimos en silencio algunos instantes; después Sarto, frunciendolas pobladas cejas y retirando su pipa de la boca, dijo dirigiéndose amí:

—A medida que el hombre envejece cree en el hado. El hado lo ha traídoa usted aquí y el hado lo lleva también a Estrelsau.

—¡Cielo santo!—murmuré, retrocediendo tembloroso.

Tarlein me miró con viva ansiedad.

—¡Imposible!—dije sordamente.—Lo descubrirían.

—Es una posibilidad contra una certeza—dijo Sarto.—Si se afeitausted apuesto a que nadie duda que sea el Rey. ¿Tiene usted miedo?

—¡Señor mío!

—¡Vamos, joven, calma! Ya sabemos que si lo descubren le cuesta a ustedla vida, y también a mí y a Federico. Pero si se niega usted, le juroque Miguel el Negro se sentará en el trono antes de que acabe el día yel Rey yacerá en una prisión o en su tumba.

—El Rey no lo perdonaría nunca—balbuceé.

—¿Pero somos mujerzuelas o qué? ¿Quién se cuida de que el Rey perdone ono?

Medité profundamente, y en la habitación no se oía otro rumor que eltic-tac del reloj, cuyo péndulo osciló cincuenta, sesenta, setentaveces; por fin mi rostro debió reflejar mis pensamientos, porque derepente el viejo Sarto asió mi mano y exclamó conmovido:

—¿Irá usted?

—Sí, iré—dije mirando el postrado cuerpo del Rey.

—Esta noche—continuó Sarto apresuradamente y en voz baja,—debemospasarla en palacio, de acuerdo con el programa trazado de antemano. Puesbien, apenas nos dejen solos, se queda Federico de guardia en la cámaradel Rey, montamos a caballo usted y yo y nos venimos aquí a escape. ElRey estará esperándonos, informado de todo por José, e inmediatamentese pondrá conmigo camino de Estrelsau, mientras que usted saldrádisparado para la frontera, como si lo persiguiera una legión dedemonios.

Comprendí el plan en un instante e hice un ademán de aprobación.

—Siempre es una probabilidad—dijo Tarlein,—que por primera vezmostraba alguna confianza en el proyecto.

—Si antes no descubren la substitución—indiqué.

—¡Y si la descubren, yo me encargo de mandar a Miguel el Negro a losprofundos infiernos antes de que me toque el turno, como hayDios!—exclamó Sarto.—Siéntese usted en esa silla, joven.

Obedecí y él se precipitó fuera de la habitación, gritando:

«¡José,José!» Volvió a los dos minutos y José con él, trayendo este último unjarro de agua caliente, jabón y navajas de afeitar.

El pobre mozo temblóal oir las explicaciones que el coronel creyó necesario darle antes dedecirle que me afeitase.

De repente Tarlein se dio una palmada en la frente exclamando:

—¡Pero la guardia, la guardia de honor, que vendrá aquí, verá y seenterará de todo!

—¡Bah! No la esperaremos. Iremos a caballo a la estación de Hofbau,donde tomaremos el tren, y cuando llegue la guardia ya habrá volado elpájaro.

—¿Y el Rey?

—En el sótano, adonde lo voy a transportar ahora mismo.

—¿Y si lo descubren?

—No lo descubrirán. José se encargará de despistarlos.

—Pero...

—¡Basta ya!—rugió Sarto, dando una patada en el suelo.—

¡Por vida de!¿No sé yo lo que arriesgamos? Si lo descubren no se verá en peorpredicamento que si no lo coronan hoy en Estrelsau.

Hablando así abrió la puerta de par en par e inclinándose asió y levantóen sus brazos el cuerpo del Rey, dando prueba de un vigor que yo estabalejos de suponerle. En aquel instante apareció en la puerta la madre deJuan el guardabosque.

Permaneció allí algunos momentos y sin manifestarla menor sorpresa nos volvió la espalda y se alejó por el corredor.

—¿Habrá oído?—preguntó Tarlein.

—¡Yo le cerraré la boca!—dijo Sarto con siniestro acento;—y salióllevándose el cuerpo inerte del Rey.

Por mi parte, me dejé caer, medio alelado, en amplio sillón, y Joséprocedió a rasurarme sin pérdida de momento; no tardó en desaparecer mipobre barba, quedando mi cara tan monda como la del Rey. Al mirarmeTarlein, no pudo menos de exclamar, asombrado:

—¡Por Dios vivo! ¡Ahora sí que realizaremos nuestro plan.

Eran las seis y no teníamos tiempo que perder. Sarto me llevóapresuradamente al cuarto del Rey, donde me puse el uniforme de coronelde la Guardia Real, no olvidando preguntar a Sarto, mientras me calzabalas botas, qué había sido de la vieja.

—Me juró que nada había oído—contestó el coronel;—pero para mayorseguridad la até de manos y pies, la amordacé de firme y la tengo bajollave en la carbonera, pared por medio del sótano donde duerme el Rey.José cuidará de ambos más tarde.

No pude reprimir la risa y el mismo Sarto me imitó.

—Me figuro—continuó,—que cuando José anuncie a la escolta la partidadel Rey, la atribuirán a que nos temíamos una mala pasada. Desde luegojuraría que Miguel el Negro no espera ver hoy al Rey en Estrelsau.

Me puse el casco y Sarto me entregó la regia espada, mirándomeprolongada y cuidadosamente.

—¡Gracias a Dios que el Rey se afeitó la barba!—exclamó.

—¿Por qué lo hizo?—pregunté.

—Porque la princesa Flavia así lo quiso. Y ahora, a caballo.

—¿Está todo seguro aquí?

—Nada está seguro hoy, pero cuanto podemos hacer está hecho.

En aquel momento se nos unió Tarlein, que vestía uniforme de capitán delmismo regimiento que yo, y a Sarto le bastaron cinco minutos paraponerse también su respectivo uniforme. José anunció que los caballosestaban listos; montamos y partimos al trote rápido. Había empezado lapeligrosa aventura. ¿Cuál sería su término?

El aire fresco de la mañana despejó mi cabeza y pude darme perfectacuenta de cuanto me iba diciendo Sarto, que mostraba sorprendenteserenidad. Tarlein apenas habló y cabalgaba como si estuviera dormido;pero Sarto, sin dedicar una sola palabra más al Rey, empezó a instruirmedesde luego en mil cosas que necesitaba saber, a enseñarmeminuciosamente todo lo relativo a mi vida pasada, a mi familia, misgustos, ocupaciones, defectos, amigos y servidores. Me detalló laetiqueta de la Corte de Ruritania, prometiendo hallarse constantemente ami lado para indicarme los personajes a quienes yo debía conocer y lamayor o menor ceremonia con que convenía recibirlos y tratarlos.

—Y a propósito—me dijo,—¿supongo que es usted católico?

—No por cierto—contesté.

—¡Santo Dios, un hereje!—gimió el veterano; y en seguida me enumeróuna porción de prácticas y ceremonias del culto católico que meimportaba conocer.

—Afortunadamente—continuó,—no se esperará que esté usted muy altanto, porque el Rey se ha mostrado ya bastante descuidado e indiferenteen materia de religión. Pero hay que aparecer lo más afable del mundocon el cardenal, a quien esperamos atraer a nuestro partido ahora quetiene una cuestión pendiente con Miguel el Negro sobre asuntos deprocedencia.

Llegamos a la estación, y Tarlein, que había recobrado en parte supresencia de ánimo, dijo brevemente al sorprendido jefe de estación, queel Rey había tenido a bien modificar sus planes.

Llegó el tren, tomamosasiento en un coche de primera, y Sarto, cómodamente arrellanado,reanudó su lección. Consulté mi reloj, mejor dicho el reloj del Rey, yvi que eran las ocho en punto.

—¿Habrán ido a buscarnos?—¡pregunté.

—¡Con tal que no descubran al Rey!—dijo Tarlein inquieto, mientras queel impasible Sarto se encogía de hombros.

A las nueve y media vi por la ventanilla las torres y los edificios máselevados de una gran ciudad.

—Vuestra capital, señor—dijo Sarto con cómica reverencia, einclinándose me tomó el pulso.—Algo agitado—continuó con su eternotono gruñón.

—¡Como que no soy de piedra!—exclamé.

—Pero servirá usted para el caso—dijo satisfecho.—En cambio esteFederico de mis pecados parece sufrir un ataque de tercianas. ¡Saca elfrasco, muchacho, y toma un trago!

Tarlein lo hizo como se lo decían.

—Llegamos con una hora de anticipación—observó Sarto.—

En cuantoechemos pie a tierra enviaremos aviso de la llegada de Vuestra Majestad,porque lo que es ahora no habrá nadie esperándonos. Y entretanto...

—Entretanto—dije yo,—el Rey acabará por darse a Satanás si tiene queseguir mucho tiempo todavía sin almorzar.

El viejo Sarto se rió socarronamente y me tendió la mano.

—¡Es usted un verdadero Elsberg!—dijo. Después nos miró detenidamentey exclamó:—¡Dios haga que nos veamos vivos esta noche!

—¡Amén!—fue el comentario de Federico de Tarlein.

El tren se detuvo. Mis dos compañeros bajaron al andén, descubriéndose ydejando abierta la portezuela del coche. Por un momento fui presa de unaprofunda emoción. Después afirmé el casco sobre mi cabeza, dirigí alCielo (lo confieso sin avergonzarme) una breve y ferviente súplica, ybajé al andén de la estación de Estrelsau.

Momentos después todo era movimiento y confusión; hombres que seacercaban apresuradamente, sombrero en mano, y partían con no menorceleridad; otros que me conducían al restaurant de la estación, jinetesque salían a escape con dirección a los cuarteles, a la catedral, a laresidencia del duque Miguel. Tomaba yo el último sorbo de mi taza decafé cuando se oyeron los alegres tañidos de las campanas en toda laciudad, y poco después llegaron a mis oídos los acordes de una banda demúsica y las primeras aclamaciones de la multitud.

¡El rey Rodolfo V se hallaba en su leal ciudad de Estrelsau!

—¡Viva el Rey!—gritaba el pueblo fuera de la estación.—

¡Dios protejaa nuestro Soberano!

En los labios del viejo Sarto apareció irónica sonrisa.

—¡Dios los proteja a los dos!—le oí murmurar.—¡Animo, joven!—y sumano estrechó disimuladamente la mía.

V

AVENTURAS DE UN SUPLENTE

Volví al andén seguido de cerca por Federico de Tarlein y el coronelSarto, y lo primero que hice fue cerciorarme de que tenía el revólver amano y de que mi espada salía fácilmente de la vaina. Me esperaba unalegre grupo de jefes militares y grandes dignatarios y al frente deellos un anciano alto, de porte marcial y cubierto el pecho de cruces ymedallas. Ostentaba la banda roja y amarilla de la Rosa de Ruritaniaque, dicho sea de paso, decoraba también mi indigno pecho.

—El general Estrakenz—murmuró Sarto, haciéndome saber así que mehallaba en presencia del más famoso veterano del ejército de Ruritania.

Detrás del General se hallaba un hombrecillo que vestía amplio ropajerojo y negro.

—El Canciller del Reino—murmuró Sarto.

El General me saludó con algunas leales palabras y en seguida mepresentó las excusas del duque de Estrelsau. Al parecer, éste eravíctima de una indisposición súbita que le impedía venir a la estación,pero me rogaba que le permitiese esperarme en la catedral. Manifesté misentimiento, acepté bondadosamente las excusas del General y recibí losplácemes de muchos y muy distinguidos personajes. Ninguno manifestó lamenor sospecha y sentí que iba recobrando la serenidad y que mi corazónlatía menos apresuradamente. Pero Tarlein seguía pálido y noté que letemblaba la mano al dársela al General.

El cortejo formó frente a la estación, donde monté a caballo, teniéndomeel estribo el anciano General. Los dignatarios civiles tomaron asientoen sus carruajes y comencé a recorrer las calles de Estrelsau, conEstrakenz a mi derecha y Sarto (que como mi primer ayudante teníaderecho a ello) a mi izquierda. La ciudad consta de una parte antigua yotra moderna. Anchas avenidas y barrios enteros de magníficos edificiosrodean la primitiva ciudad, con sus calles estrechas, tortuosas ypintorescas. En los barrios modernos residen las clases acomodadas, y enel centro están situadas las tiendas y vive una población pobre,turbulenta y en parte criminal, que se oculta en sus obscurascallejuelas.

Aquellas divisiones sociales y locales correspondían, según los informessuministrados por Sarto, a otra distinción mucho más importante para mí.La Ciudad Nueva estaba toda por el Rey; para la Ciudad Vieja, Miguel deEstrelsau era una esperanza, un héroe y un ídolo.

Brillante era el golpe de vista al pasar la cabalgata por la AvenidaCentral y también en la gran plaza donde se alzaba el palacio regio.Allí me encontraba rodeado de mis más adictos partidarios. Todas lascasas ostentaban rojas colgaduras y banderas; en la calles habíanconstruido gradas para los espectadores y pasé saludando a derecha eizquierda, entre entusiastas aclamaciones, saludado a mi vez pormillares de blancos

pañuelos.

Los

balcones

estaban

llenos

de

damasvistosamente ataviadas, que aplaudían, saludaban y me dirigían sus másseductoras miradas. Caía sobre mí una lluvia de rosas; tomé un preciosocapullo que se había enredado en las crines de mi caballo y lo coloquéen el ojal de mi levita de uniforme. El General se sonrió con ironía. Yole había dirigido frecuentes miradas, pero su impasible semblante no merevelaba si era o no de los míos.

—Para los Elsberg, la rosa roja, General—le dije alegremente; a locual contestó con un ademán afirmativo.

He dicho «alegremente» y parecerá extraño. Pero la verdad es que mehallaba por completo bajo el dominio de la intensa excitación creada poraquellas circunstancias excepcionales. En aquel momento no distaba muchode creerme realmente el Rey, y alzando la frente dirigí una mirada detriunfo a los balcones atestados de hermosas. De repente me sobresalté;acababa de ver, fijos los ojos en mí, el hermoso rostro de mi compañerade viaje, Antonieta de Maubán; noté que también ella parecíasorprendida, que se movían sus labios y que se inclinaba hacia mí comopara verme mejor. Me repuse de mi sorpresa inmediatamente y sostuve sumirada con toda calma. Pero también me acordé del revólver, pronto aempuñarlo. ¿Qué hubiera sucedido si la hermosa dama hubiese gritado enaquel momento: «¡Ese no es el Rey!»?

Pero, en fin, pasamos sin tropiezo hasta llegar a un punto donde elGeneral, volviéndose en la silla, hizo una señal con la mano einmediatamente nos rodearon los coraceros, de suerte que ninguna personadel pueblo hubiera podido llegarse hasta mí. Era que salíamos ya de laCiudad Nueva para entrar en los barrios del duque Miguel, y aquellaprecaución del General me indicó con más claridad aún de lo que hubieranpodido hacerlo las palabras, cuál era el estado de la opinión enaquella parte de la ciudad. Pero ya que el hado me había convertido enRey, lo menos que podía yo hacer era representar dignamente, mi papel.

—¿Por qué este cambio, General?—pregunté.

Estrakenz se mordió el cano bigote.

—Es más prudente, señor—murmuró.

Inmediatamente detuve mi caballo.

—Sigan andando los que me preceden—mandé,—hasta llegar a cincuentavaras de mí; y usted, General, y el coronel Sarto, esperarán aquí con elresto de la escolta hasta que yo también me haya adelantado otrascincuenta varas. Quiero ir absolutamente solo, para demostrar a mipueblo que tengo confianza en él.

Sarto extendió una mano hacia mí, y el General pareció vacilar.

—¿No han sido comprendidas mis órdenes?—pregunté; y el General,mordiéndose otra vez el bigote, dio las órdenes necesarias.—Vi queSarto se sonreía ligeramente, pero también me hizo con la cabeza unaseñal negativa. Cierto es que si me hubieran asesinado aquel día en lascalles de Estrelsau, el bueno de Sarto se hubiera visto en apuradotrance.

No estará de más decir aquí que yo llevaba puesto un uniforme blanco ycruzada al pecho la ancha banda de la rosa; el casco era de plata conadornos de oro, y las altas botas de montar completaban mi atavío.Hubiera sido hacer una injusticia al Rey el no confesar, modestiaaparte, que con aquellos arreos hacía yo muy buena figura a caballo. Talfue también la opinión del pueblo, pues al adelantarme aislado por lascallejas sombrías y apenas decoradas de la Ciudad Vieja, se oyó primeroun murmullo, después una aclamación, y una viejecilla asomada al balcónde una casucha, repitió en alta voz el dicho tradicional y popularísimo:

—«¡Es rojo, luego es bueno!»

Al oirla me sonreí y quitándome el casco mostré al pueblo mi rojacabeza, acto que fue acogido con grandes aclamaciones.

Cabalgando solo, el paseo era mucho más interesante para mí, porquepodía oir los comentarios del pueblo.

—Parece más pálido que de costumbre—dijo uno.

—Y tú parecerías un espectro si llevaras la vida que él hace—

fue lairrespetuosa respuesta de otro.

—Es más alto de lo que yo creía—comentó un tercero.

—Sus retratos no le hacen mucho favor—dijo una bonita muchacha,cuidando de que yo la oyese. Pura lisonja, sin duda.

Pero, a pesar de aquellas muestras aisladas de aprobación e interés, lamayoría de la población miguelista me recibió en silencio y con ceñudossemblantes, y en gran número de casas se veía el retrato de mi muy amadohermano, irónica manera de dar la bienvenida al Rey. Me alegré de queéste no estuviera allí para presenciar el nada grato espectáculo. EraRodolfo de carácter poco sufrido y probablemente no lo hubiera tomadocon la imperturbable calma que yo demostré.

Llegamos por fin a la catedral, cuya gran mole de piedra obscura,embellecida con numerosas estatuas y las puertas más primorosas entrelas de todos los templos de Europa, se alzaba ante mí por primera vez,haciéndose comprender toda la audacia de mi conducta. Al desmontar viconfusamente cuanto me rodeaba; el General, Sarto y la multitud desacerdotes y religiosos que a la puerta esperaban. Y con igual vaguedadse me aparecían todos los objetos al recorrer la gran nave central,mientras el órgano dejaba oir sus notas majestuosas. No distinguí labrillante concurrencia que llenaba el templo, y apenas vi al venerablecardenal cuando dejó su solio para recibirme. Tan sólo dos rostros se meaparecieron con toda precisión y claridad: el de una joven, pálido yencantador, realzado por una corona del hermoso cabello rojo de losElsberg (porque en una mujer es hermosísimo); y el semblante de unhombre cuyas encendidas mejillas, negro cabello y obscuros ojos depenetrante mirada, me anunciaron que me hallaba por fin en presencia demi hermano, Miguel el Negro. Y al verme, sus mejillas palidecieron derepente y el casco se le escapó de las manos y cayó ruidosamente alsuelo. Era indudable que hasta aquel momento no había creído en lapresencia del Rey en Estrelsau.

No recuerdo cosa alguna de lo que sucedió después. Me arrodillé ante elaltar y el cardenal ungió mi frente; después extendí la mano y tomé delas suyas la corona de Ruritania, que puse sobre mi cabeza, prestando ala vez el juramento regio.

Volvió a oirse el órgano, el General ordenó alos heraldos que me proclamasen y Rodolfo V quedó coronado Rey;imponente ceremonia reproducida en un cuadro magnífico que hoy adorna micomedor. El retrato del Rey es acabadísimo.

La dama de pálido rostro y encantadora cabellera se aproximó entonces,sostenida la cola del vestido por dos pajecillos, y el heraldo anunció:

—¡Su Alteza Real la princesa Flavia!

Hízome profunda reverencia y tomando mí mano la beso.

Vacilé unmomento. Después la atraje hacia mí y deposité dos besos en susmejillas, que coloreó el rubor. Tras ella, Su Eminencia el cardenalllevó también mi mano a sus labios y me presentó una carta autógrafa deSu Santidad, ¡la primera y la última que he recibido de tan elevadopersonaje!

Vino después el duque de Estrelsau. Juraría que le temblaban las piernasy miraba a derecha e izquierda como si hubiera querido huir de allí;tenía el rostro amoratado, y al tomar mi mano con las agitadísimas suyaspara besarla, noté que sus labios estaban secos y ardientes. Dirigí unarápida mirada a Sarto, que se sonreía socarronamente, y resuelto acumplir mi deber hasta el fin, en la posición que me había deparado lasuerte, abracé a mi muy amado Miguel y le di un beso fraternal. No dudoque uno y otro nos alegramos de ver terminada aquella comedia.

Pero ni en el rostro de la Princesa, ni en el de ninguna otra personaallí presente, noté el menor indicio de duda o extrañeza.

Si el Reyhubiera estado a mi lado, habrían podido distinguirnos sin grandificultad. Pero no podían imaginarse que yo fuese otro que el Rey,tanta era nuestra semejanza; y allí permanecí por espacio de una hora,tan a mis anchas y al fin tan fatigado por la ceremonia como si hubiesesido Rey toda la vida. Continuó el besamanos y me saludaron tambiéntodos los miembros del cuerpo diplomático extranjero, entre ellos lordTofán, el Embajador inglés, en cuyos salones de la Plaza Grosvenor deLondres, había bailado yo una docena de veces. A Dios gracias, el buenseñor era medio cegato y no se dio por entendido.

Vino después el regreso por las calles de la capital hasta palacio, y nodejé de oir algunos vivas al duque Miguel, quien, según me dijo despuésTarlein, iba royéndose las uñas y como absorto en negros pensamientos,tan anonadado que hasta sus mismos admiradores convinieron en que debióhaber mostrado menos desaliento. Hice el camino de regreso en unacarretela descubierta, teniendo a mi lado a la princesa Flavia, lo cualhizo exclamar a un palurdo:

—¿Cuándo es la boda?

La pregunta le valió una puñada por parte de otro espectador, que gritó:«¡Viva el duque Miguel!» y la Princesa volvió a ruborizarse, más hermosaque nunca.

Grande era el aprieto en que me hallaba junto a ella, porque habíaolvidado preguntar a Sarto el estado exacto de mis relaciones conFlavia; y a decir verdad, si yo hubiera sido el Rey, habría deseado queaquellas relaciones estuviesen lo más avanzadas posible, porque ni soyde piedra ni podía olvidar el par de besos dados a mi bella prima. En laduda, preferí guardar silencio, hasta que algo más tranquila laPrincesa, me dijo:

—¿Sabes Rodolfo, que te encuentro hoy algo cambiado?

No era extraño, pero la pregunta era algo inquietante.

—Me pareces—continuó—más grave y serio, hasta pensativo, y casi estoypor decir también que más delgado. ¿Será posible que tú, con tucarácter, hayas empezado a tomar la vida en serio?

Por donde se verá que la princesa Flavia tenía del Rey un concepto muyparecido al que mi cuñada Rosa tenía formado de mí. Hice un esfuerzopara sostener aquella difícil conversación.

—¿Te sería grato ese cambio?—le pregunté dulcemente.

—¡Oh, demasiado conoces mi opinión sobre ese punto!—

contestó apartandola vista.

—Procuraré hacer siempre lo que sea de tu agrado—continué; y al notarsu sonrisa y el leve rubor, no pude menos de decirme, que por lo pronto,representaba bien el panel de Rey y aun le estaba haciendo a éste unfamoso servicio. Proseguí, pues, con toda sinceridad.

—Te aseguro, mi querida prima, que nada en mi vida me ha afectado tanprofundamente como la recepción de que he sido objeto hoy.

Volvió a aparecer su animada sonrisa, que se disipó un instante después,al murmurar:

—¿Reparaste en Miguel?

—Sí, no parecía muy satisfecho que digamos.

—¡Tén cuidado! No le vigilas bastante, estoy segura de ello.

Ya sabesque...

—Sí, ya sé que ambiciona precisamente lo que yo poseo.

—Eso es. ¡Silencio!

Entonces (y el hecho no tiene justificación posible, porque obligué ycomprometí al Rey mucho más de lo que tenía derecho a hacer) me sentídominado por la hermosa y continué:

—Y también algo más que no poseo aún, pero que espero conquistar algúndía.

De haber sido yo el Rey, la respuesta que recibí me hubiera parecidosuficientemente animadora:

—¿No crees, primo, haber contraído hoy bastantes responsabilidades paraun solo día?

El estampido de los cañones y el toque penetrante de las cornetas nosanunciaron que habíamos llegado al palacio. Nos esperaban guardias ylacayos formados en largas hileras; y dando la mano a la Princesa subícon ella la gran escalera del regio edificio, morada de mis antepasados,de la cual tomé posesión como Rey coronado. Me senté después a mi propiamesa, teniendo a mi derecha a la Princesa, al otro lado de ésta a Miguelel Negro y a mi izquierda al venerable cardenal. Detrás de mi sillón sehallaba el coronel Sarto, y al otro extremo de la mesa vi a Federico deTarlein, quien, por cierto, apuró su primera copa de champaña algo antesde lo que en rigor se lo permitía la etiqueta.

No pude menos de preguntarme qué estaría haciendo en aquel momento elrey de Ruritania.

VI

EL SECRETO DE UN SÓTANO

Nos hallábamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein, Sarto y yo.Me dejé caer rendido en un sillón de brazos. Sarto encendió su pipa yaunque no formuló la menor felicitación por el maravilloso éxito denuestra descabellada tentativa, su aspecto revelaba claramente lasatisfacción, de que estaba poseído.

Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo yalgunas copas de buen vino habían hecho de él otro hombre.

—¡Qué recuerdo para usted el de este día!—exclamó.—

Confieso que yotambién quisiera ser Rey por doce horas. Pero cuidado, Raséndil, contomar su papel muy por lo serio. No me admira que Miguel el Negropareciese hoy más negro y tétrico que nunca, visto que usted y laPrincesa parecían tener tantas cosas que decirse.

—¡Qué hermosa es!—exclamé.

—Prescindamos de ella—dijo Sarto.—¿Está usted pronto a partir?

—Sí—contesté con un suspiro.

Eran las cinco y a las doce volvería a convertirme en Rodolfo Raséndil,transformación a la cual me referí chanceándome.

—Y afortunado será usted—comentó Sarto,—si a las doce no es el finado Roberto Raséndil. ¡Vive el cielo! No sentiré mi cabeza segurasobre los hombros mientras se halle usted en la ciudad. ¿Sabe usted,amigo Raséndil, que el duque Miguel ha recibido hoy noticias de Zenda?Se retiró a una habitación para leerlas a solas y al salir parecíaaturdido.

—Estoy pronto—dije, sintiéndome menos dispuesto que nunca a prolongarmi permanencia en Estrelsau.

—Tengo que extender un permiso para que podamos salir de laciudad—continuó Sarto, sentándose.—Miguel es Gobernador de la plaza,como ustedes saben y hay que esperar que no nos faltarán obstáculos. Eldocumento tiene que firmarlo usted.

—Querido coronel, no he nacido para falsificador.

Sarto sacó un papel del bolsillo.

—Aquí está la firma del Rey—dijo.—Y aquí tengo un pliego de papel decalco. Si en diez minutos no consigue usted escribir

«Rodolfo» de unamanera presentable, lo escribiré yo.

—Pues escríbalo usted desde luego—dije,—que mi habilidad no llega atanto.

El coronel puso manos a la obra y no tardó en presentarnos unafalsificación muy pasable.

—Y ahora, Federico—prosiguió,—el Rey se retira porque está muyfatigado, no sin ordenar que no se permita la entrada en su cámara anadie hasta mañana a las nueve. A nadie ¿comprende usted?

—Comprendo perfectamente.

—Puede que se presente Miguel pidiendo audiencia inmediata.