El Pintor de Salzburgo by Carlos Nodier - HTML preview

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Hace ocho o diez años que dejaron esta aldea dondevivían de su trabajo, para ir no se sabe dónde. Ciertas personas hastaaseguran que han acabado bastante miserablemente, pero lo más probablees que se trate de personas mal informadas. Lo que hay de cierto es quela señora priora recogió a la pequeña Adela, de la cual era madrina, yle dio cierta educación. Si mi Adela te interesa, otra vez te daré másdetalles, aunque en el fondo no se trate más que de la doncella de laseñorita de Valency, pues me olvidaba advertirte que con este titulovive Adela en el castillo.

Como yo había ido en el carruaje de la señorita de Valency, he vuelto acasa a pie a través del bosque, que es magnífico y en plena vegetación.La tarde era de una serenidad deliciosa y la puesta del sol de unapureza y de una luminosidad incomparables. Prestigios encantadores quese sucedían en mi espíritu como las ideas de un hermoso sueño, sumíanmis sentidos en el más dulce bienestar. Ahora no sé por qué meencontraba tan dichoso, porque desde entonces nada ha cambiado en mí,¡y, sin embargo!... ¡Qué difícil de comprender es el hombre!

Este bienestar de que yo gozo aquí, prueba por lo menos que no meequivocaba cuando te escribía que la paz del campo convenía a maravillaa mi situación actual y cuando yo concretaba toda mi felicidad en dejartranscurrir oscuramente mis días. Ya veo, pues, que el giro novelesco yla exaltación de mis ideas obedecían a otras causas que a las locaspasiones de la juventud, y esto es lo que nunca han querido comprenderlos que me conocen. Y es que yo tengo una conciencia de mí mismo queraramente me engaña.

3 de mayo.

Ayer por la tarde, cuando acababa de escribirte, Latour entró en mihabitación con un aire inquieto y hasta algo asustado. Sé sentó a ciertadistancia de mí, guardó por algún tiempo un silencio sombrío, y despuésempezó a murmurar no sé qué entre dientes. «¿De qué se trata—le dije—,mi pobre Latour?» «Que pierda mi nombre—continuó como si hablasesolo—, si no es Maugis, el infame, el execrable Maugis. ¿Se acuerda elseñor de aquel aventurero que se presentó al general con falsos poderes,que aprovechó cobardemente para entregar al enemigo un destacamentoconsiderable de los nuestros, y que se substrajo, desgraciadamente, poruna pronta huida al castigo que merecía?»

«He oído hablar de esemiserable, y creo, como tú, Latour, que se llamaba, efectivamente,Maugis, sea con la única intención de ocultar su verdadero nombre, seapor seguir la costumbre bastante rara de nuestros oficiales; pero, ¿asanto de qué?...» «¿A santo de qué?—exclamó—. Ese infernal Maugis, queyo hubiese reconocido entre mil, no es otro que el honrado Ferreol deMontbreuse, que usted ha visto hoy, y, sin temor a equivocarme,afirmaré que no hay otro Maugis. ¡Rabia y maldición! ¡Es una vergüenzapara la Providencia ver gentes así gozar del aire y del sol!»

Me costó gran trabajo apaciguar la cólera de Latour y hacerle comprenderque era imposible que sus sospechas fuesen fundadas, por lo que saliómás extrañado de mi incredulidad que convencido de mis razones.

Me estaba reservado para hoy sostener una discusión más difícil,discusión para la cual, por lo que te vengo escribiendo desde hacealgunos días, estarías seguramente más preparado que yo. Mi madre me hahecho entrar en sus habitaciones para hablar de cosas serias, muyserias, en efecto. Se trataba de perpetuar mi nombre ilustrándolo conuna noble alianza. Fíjate bien, ¡ilustrar el nombre de mi padre! «Yadebía saber—ha añadido—que la nobleza de mi familia, por parte de mipadre, no respondía del todo al brillo de mi fortuna; y si la fortunatiene alguna ventaja,

¿no es, sobre todo, la de favorecer unioneshonorables que dan relieve al esplendor de nuestros propios títulos ylos transmiten aún más gloriosos a nuestros hijos?» Y luego me ha hechocomprender modestamente que era una combinación de este género, a la quedebía yo tener la madre que tenía. ¡Y yo que creí deberla a lanaturaleza y al amor! ¿Cómo te lo diré? Los Valency son menos ricos queyo; Eudoxia es menos rica que yo; pero es noble como mi madre y piensacomo ella. El resto ya puedes adivinarlo.

Todo esto me ha producido una sorpresa tan viva y tan dolorosa, que hetardado mucho tiempo en buscar una idea, y más aún en encontrar unaexpresión. Todo lo que puedo recordar, y aun muy vagamente, de aquellosinstantes de confusión y de ira, es que pronuncié algunas palabras ensolicitud de un plazo de unos meses para dedicarlos a la reflexión yseguramente, añadí, para que no se hiciera ilusiones, que de otro modonada obtendrían de mí, porque mi madre salió dirigiéndome una mirada mássevera que de costumbre. Es, no obstante, probable que no haya esperadoganar gran cosa haciendo violencia a mi corazón, porque ha accedido a midemanda antes de que yo hubiese encontrado fuerzas para renovarla. Porlo demás, espera mi resolución dentro de seis semanas, y no es desuponer que en ese tiempo haya yo cambiado de modo de pensar.

Quiero decirte con esto que he tomado mi resolución en el mismoinstante, y que ésta es invariable como los principios que, hasta hoy,han dirigido mi vida. No, no compraré mi dicha, y estoy seguro de que laEudoxia no me haría dichoso; no compraré con mi tranquilidad, con milibertad, con la incertidumbre deliciosa de mis esperanzas, el ridículohonor de asociar mi nombre al de una mujer a la que no puedo amar. Si yoconcedo algún valor a mi fortuna y a la situación que ocupo en lasociedad, es, sobre todo, por la independencia que me da y por lainmensa amplitud que deja a mis elecciones; porque, en fin... a ti bienpuedo decírtelo, porque preferiría cien veces favorecer a mi mujer conmi casamiento que no que ella me favoreciese a mí. Soy demasiadoorgulloso para consentir en aumentar por un préstamo tan odioso la sumade mi valor personal y para dar esta ventaja sobre mí a la vanidad deuna mujer. Antes de sufrir semejante humillación me casaría con la mismaAdela. ¡Adela! ¡Ya lo creo!

5 de mayo.

Hay ciertos días, días pasados demasiado a prisa, que el azar, que laProvidencia nos trae cuando nuestro corazón, demasiado fatigado por losdisgustos, tiene necesidad, para no ceder, de volver a saborear lafelicidad, y que compensarían, ellos solos, toda una eternidad deabandono y de dolores. Si me fuera dable, yo pediría: Que ese día me seadevuelto, que vuelva a comenzar con todos sus encantos, con todas susilusiones; que me sea permitido vivirlo como la primera vez, sin quenada distraiga mi pensamiento, gustar sus placeres con la mismaconfianza, con el mismo abandono, agotar sus delicias; ¡y después que lanada comience su obra!

Cerca del castillo de Valency yo había notado en el bosque un lugarfresco y ameno en el que mueren encantadores senderos que parten de lasaldeas inmediatas y que más lejos van a perderse en la llanura. Estaespecie de vestíbulo de verdura, agradablemente sombreado por una ampliabóveda de follaje y tapizado de un césped florido del que se exhalan losmás dulces olores, ofrece en todas partes pequeños asientos naturalestan cómodos como si el arte hubiese intervenido en ellos. A cortadistancia se ve brillar a través del ramaje la limpia superficie de unestanque de agua clarísima, que encierra el bosque por aquel lado unavasta muralla de cristal y que atrae sobre sus bordes una multitudinnumerable de pajarillos.

Es allí donde yo estaba sentado, contando escrupulosamente los estambresde una flor desconocida para mí, cuando el ruido de un paso ligero y elroce de una falda distrajeron mi atención.

Era Adela, y aun cuando notuviese nada de particular verla allí y hasta hubiese esperadoencontrarla no sé cómo; aunque Adela no fuese para mí más que una joveninteresante, pero casi desconocida, las palpitaciones de mi corazón semultiplicaron con violencia; me estremecí, temblé; una nube, en la queentraban todos los colores, turbó mi vista, y un desfallecimiento vagorecorrió mi cuerpo y embarazó mis pasos; porque al verla me levanté, meacerqué a ella sin mirarla, o, por lo menos, sin verla, y le presenté mibrazo sin informarme a dónde iba. Cuando el velo que oscurecía mispárpados comenzó a despejarse y pude observar distintamente lasfacciones de Adela, noté que ella se extrañaba de mi proposición y, adecir verdad, yo también me extrañé de mi proposición, pero se larepetí, sin duda, con voz más segura. Después de algunos momentos de unavacilación llena de gracia, Adela pareció ceder a una orden más prontoque acceder a una súplica, apoyando ligeramente su mano en mi brazo;entonces yo fijé aquella mano con fuerza, apretando el brazo contra elcostado, y eché a andar precipitadamente en la dirección que Adelaparecía seguir.

Cuando mi agitación, sólo calmada a medias, dejó alguna libertad a miespíritu, advertí que la agitación de Adela no era menos que la mía, nopor sus miradas, que yo evitaba aún, sino por el estremecimiento de susdedos que mi mano derecha había asido por un movimiento involuntario ytenía apretados contra mi corazón. Nada más adecuado para distraernos alos dos de aquel estado de emoción que la pregunta tan fría y tannatural que yo había omitido al principio, y pensé que una conversaciónnecesariamente

menos

apasionada,

menos

tempestuosa, que nuestrosilencio, acabaría por devolvernos un poco de tranquilidad. Pregunté,pues, a Adela a dónde iba y me respondió con una ligera e inocentesonrisa que era un gran secreto. Tal misterio, puedes creerlo, no meprodujo la menor inquietud. Yo lo había olvidado ya cuando el últimosonido de las palabras aún no había acabado de agitar el aire. Erantales mis pensamientos, que buscaba en mi imaginación algo nuevo que lapudiese engañar y engañarme a mí mismo sobre lo que yo experimentaba.Sentía a la vez el deseo y el temor de que ella lo adivinase. ¡Mesentía tan dichoso de estar a su lado y tan impaciente por quedarme solopara pensar en todo lo que le hubiera dicho! Después de un minuto desilencio, renové mi pregunta con más aplomo. Entonces Adela me dijo queiba a la aldea próxima a llevar un pequeño socorro que la buena prioraenviaba todos los días a una familia enferma. No la oí casi, tan ocupadatenía la imaginación.

Paso rápidamente sobre los detalles de ese paseo de una hora, horadeliciosa que debía haber sido un siglo y que no ha sido más que unminuto. Omito esos detalles porque perderían su encanto con ladescripción; porque resultarían fríos bajo mi pluma y me abrasan elcorazón; porque hay en ellos una flor de voluptuosidad que escapa a lasfacultades imperfectas que el hombre ha recibido para expresar y paracomprender; porque yo creería limitar mi dicha limitando el espacio demis recuerdos; porque en este relato que se refiere a Adela, hay, noobstante, circunstancias que no pertenecen a Adela, que me distraeríande Adela; de un modo o de otro, es cosa bien decidida que Adela tendrátodos mis pensamientos de hoy, ¡todos los pensamientos de mi vida!

6 de mayo.

Las conveniencias sociales me prescriben ver, al menos, a Eudoxia. Elcorazón me lleva hacia su tía. Las he visto. He visto a Adela también.¡Qué digo, ay! no he visto más que a Adela.

Sí, mi querido Eduardo, sería superfluo, sería indigno de mí ocultarteeste sentimiento que me domina, que llena, que absorbe mi existencia.¡Infierno y paraíso! ¿Quién hubiera pensado que a los veintiocho años lavista de una muchacha toda sencillez y bondad y nada llamativa, mesubyugaría como en el tiempo de la debilidad y la ignorancia de micorazón? ¿Quién podría expresar el éxtasis y el delirio que yoexperimento al solo recuerdo de sus facciones y al solo rumor de sunombre? Pero no es eso tampoco.

Floto en una atmósfera tan pura defelicidad, mi pecho se ensancha con una alegría tan pura y tan nueva...Porque todo es nuevo para esta alma que se despierta aún una vez sobresus despojos para amar y para sufrir...

Para sufrir. Ya sé cuánta vergüenza y desgracia puede hacer caer sobremí semejante pasión. Yo no cierro los ojos ante este extraño extravío demi imaginación, o, mejor dicho, ante esta implacable contrariedad de mifortuna, que me impulsa obstinadamente hacia todo aquello de lo quedebería huir, y que me hunde tanto más profundamente en el abismo de misresoluciones, cuanto menos esperanza veo en volver a la superficie. Yomaldigo la locura de mis proyectos, la increíble debilidad de mi razón,que se deja deslumbrar por la menor ilusión y claudica ante cualquiercapricho; me indigno contra mí mismo y cedo, no obstante, a laindignación que me arrastra sin intentar resistir. Hay más aún. Si yoconociese un poder capaz de librarme de mis debilidades y de borrar demi pecho hasta la traza de un recuerdo, no tendría la fuerza deinvocarlo. Todo lo que

los

demás

hombres

encuentran

vil

y

odioso

seráprecisamente lo que a mí me ate con nudos más difíciles de romper, ytengo necesidad de decirte que este sentimiento ha adquirido talautoridad en mi corazón, que los consejos y las instancias de la amistadno harían más que redoblar el ímpetu.

Eduardo, mi querido Eduardo, tú, en quien el cielo me había dado unhermano, un guía y un protector en medio de las tempestades de lajuventud, tú que has sido tanto tiempo la luz de mi espíritu y el frenode mis pasiones, no me abandones en el estado de perplejidad en que meencuentro. Todo lo que he dicho antes no iba destinado a ti.

¡Oh amigo mío! ¿qué resultará de la violencia de tantos pensamientoscontrarios que me proporcionan a cada minuto un nuevo tormento? ¿Quiénme hará triunfar de la imagen que me sigue por todas partes? ¿quién ladesterrará de aquí, de mi memoria, que ocupa exclusivamente, con susgrandes ojos negros tan nobles y tan conmovedores, sus labios tanvoluptuosamente bellos, el aire de amor y de bondad que flota sobre surostro, y su hablar un poco lento cuya franca melodía me penetra?

8 de mayo.

¿Quién me impedirá buscar en otro sitio la independencia y el gozar enun olvido profundo, cobijado bajo cualquier abrigo impenetrable a lasmiradas de los hombres, la dicha que la sociedad me rehúsa? ¿Qué hago yoaquí, y quién advertirá mi ausencia en este torbellino de personas fríasy extrañas, continuamente distraídas por los intereses de su fortuna yde su orgullo? ¿No he llenado ya para con mi país los deberes que meprescribía mi nombre? ¿El límite de mis obligaciones se extiende, acaso,más allá del sacrificio de mi vida cien veces expuesta en los campos debatalla? Yo abandonaré esa sociedad.

Opondré a todas mis conveniencias ya todas las pueriles vanidades de su etiqueta el silencio y la oscuridadde mi soledad.

Llega una época en que el alma siente la necesidad detomar posesión de sí misma y de recogerse en meditaciones imponentes,lejos del caos de los negocios sociales, bien lejos, sobre la cumbre deun monte que agujerea las nubes y domina las llanuras inmensas y losmares sin orillas. Me parece que el Creador, al producir su universotan completo en belleza, al arrojar una magnificencia tan maravillosasobre las obras salidas de sus manos, y al hacer contrastar sus riquezasde una manera tan humillante con la miseria de nuestros sentimientos, haquerido revelarnos por un objeto de comparación sensible la nimiedad detodos los placeres que nos procuramos fuera de él y de todos los juiciosque fundamos sobre la vana opinión de la multitud. Yo me trasladoalgunas veces con la imaginación al día en que, muy joven aún, pero yaproscrito, ascendí por primera vez a las altas cimas del Jura. Cuando seha seguido sobre la más elevada de sus mesetas las sinuosidades de uncamino severo que se prolonga sobre los flancos del Dole; cuando sellega al fin de ese paseo taciturno en el que, todo lo más, no se hatenido más compañía que el grito de una vieja águila asustada que seextraña de oír entre aquellas rocas el sonido, olvidado desde hace muchotiempo, de una voz humana; cuando parece que la tierra va a faltar bajolos pies y que con el brazo extendido se va a tocar el azulsolidificado del firmamento, entonces se manifiesta de pronto unespectáculo tan poco vulgar que hace comprender en el mismo instante lanecesidad de una voluntad divina en el misterio de la creación. Secreería que el genio de la tierra levanta el telón que separa de unmundo mágico este mundo de fango y piedra, para introducirse en unaregión de milagros. Yo quisiera describirte esto, pero, ¿con quécolores?

Imagínate que en la extremidad del bosque de Lavatay, sobre la últimacresta de la montaña, hay una pobre casa, que de lejos parece perdida enel fondo de las nubes, y que se llama casita de las hoces, porque lossenderos que antes descendían sobre el camino escarpado del abismo, serecurvaban sobre sí mismos como la hoz del segador. Hoy, que laesclavitud y el trabajo han construido caminos suntuosos para loscambios corruptores del comercio y para las invasiones de la guerra, las hoces se desarrollan

de

una

manera

menos

amenazadora

en

lasprofundidades del precipicio y la cabra montes, sorprendida de que unamano servil haya osado embellecer su morada, no se aventura ya en loscaminos del hombre. Permanece inmóvil en el ángulo más saliente de unaroca cortada a pico, y contempla tristemente el cielo, lo único que lacivilización nos ha dejado.

Todas las partes del cuadro que se presentaen conjunto a la mirada, preocupan de tal modo el pensamiento, que hayque pasar largo tiempo antes de conseguir poner en orden las sensacionesque se experimentan y de distinguir los detalles; allá abajo, dondeacaban el Jura y Francia, un lago que en su inmensidad presenta elaspecto de un mar; sobre sus bordes las campiñas románticas del país deVaud, los paisajes agrestes del Valais, las ásperas soledades de laSaboya; confundiéndose con el horizonte, y tan vasta como él, la cadenade los Alpes, cuyas innumerables cúpulas se agrupan sobre lasemicircunferencia del cielo, diversas de formas, de carácter, defisonomía, de color, pero todas afectando al fuego del sol el brillo delos diferentes metales; las unas resplandecientes como la platapulimentada; las otras, según el efecto de las sombras que se proyectansobre sus contornos, mates como el plomo o brillantes como el acerobruñido, con reflejos azules o violados; otras, en fin, tandeslumbrantes, cuando el sol poniente las inunda, que se diría que sonmasas de hierro blanqueadas a la fragua. ¡Aquel día el sol se ponía contanta magnificencia y en un cielo tan puro! Los vapores del lago,aspirados por el crepúsculo, suspendidos de sus rayos, se balanceabansobre las aguas como un ligero crespón teñido de rosa, se levantabanpoco a poco desde los pies del viajero hasta las más elevadas cimas ydesplegaban ante él, sobre el horizonte, un telón inflamado que esparcíasobre todos los objetos el prestigio de su luz; después, más densas ymás oscuras ya, nimbaban, en fin, aquel magnífico espectáculo en undosel de púrpura y de oro cuyo esplendor únicamente palidecía ante losastros de la noche.

¡Y esas montañas inmensas, deshabitadas, desconocidas en su mayor parte,no contienen un asilo al que yo pueda llevar conmigo, robarlo a lacuriosidad insolente, a la censura hipócrita el secreto de mi felicidady de mi vida! Yo no seré dueño de relegarme, de desterrar mi porvenir.¡Moriré amarrado a la cadena odiosa que se me ha impuesto, sin hacer unesfuerzo para romperla! ¡Pero no, no se alabarán de mi esclavitud!

Antesromperé todas las cadenas a la vez.

Eduardo, apiádate de mi infortunio.

9 de mayo.

Yo no te había dicho que la conversación del otro día había versadosobre los casamientos desgraciados, a propósito de ese loco de Sublignyque ha terminado su carrera novelesca casándose con una bailarina. Yo mehe apoyado en este ejemplo con un calor y una abundancia de ideas, quedebía, más que a la riqueza del asunto, a ciertas circunstancias de misituación particular.

He

sostenido

que

no

había

nada

más

imperdonable,más antisocial, en toda la fuerza de la palabra, que las desunionesmorales, y que eran extremadamente difíciles porque es raro que lasalmas nobles no se aproximen a sus semejantes, como dice Shakespeare, oque se dejen engañar tanto tiempo por los impostores para llegar hastael momento de formar un nudo tan solemne, sin haber tenido la tristedicha de desengañarse; que lo que se llama un matrimonio equivocado, enla acepción general que se refiere solamente a la diferencia de posiciónsocial, no podía chocar más que el más absurdo, el más absurdo de losprejuicios; el que atribuye a una clase especial facultades especiales,o, mejor dicho, exclusivas; que como yo no sabía de nadie que se hubieseatrevido a decir que la virtud se probaba por títulos o se adquiría porprivilegios, no veía por qué se había de prohibir a un hombre sensible ydelicado el derecho de buscar la virtud donde se encuentre; que era unacosa atroz, en fuerza de ser ridícula, condenar a una mujer interesante,dotada de todas las cualidades y todas las gracias, a la desesperaciónde no pertenecer jamás al objeto amado, porque esta infortunada, a laque la naturaleza y la educación han concedido todos los dones, se veíaprivada por el azar de una circunstancia que no depende más que delazar; que si los grandes talentos imprimen a aquellos que los poseen uncarácter incontestable de nobleza a los ojos del siglo y de laposteridad, el ejercicio privado de los deberes más difíciles de llenarde la religión y de la moral, aunque fuese un título menos brillante alos ojos del mundo, no era un título menos recomendable para las almasrectas y honradas; que, en consecuencia, yo nunca me atrevería acensurar una alianza del género de la que se hablaba, si podía encontraren ella la feliz armonía de costumbres y de carácter, que es la únicagarantía de felicidad de los matrimonios y de la prosperidad de lasfamilias.

Es probable que estos razonamientos hayan parecido totalmente indignosde contestación al señor de Montbreuse, porque se ha contentado conmirarme severamente sin hablarme, al mismo tiempo que dirigía a Eudoxiauna mirada de inteligencia en la que me ha parecido descubrir no sé quéde desprecio y de amargura. Eudoxia misma, cuyas ideas son bienopuestas, no me ha parecido que hiciera tampoco suficiente caso de misrazonamientos para respetarlos seriamente; se ha contentado con algunoslugares comunes, a los que las gracias de su elocución y la firmeza desu ironía han prestado más agrado que solidez. Adela me escuchaba conemoción, porque sus mejillas estaban muy animadas, pero en vano hetratado de encontrar su mirada. La señora Adelaida sonreía al principio,pero después su fisonomía ha adquirido un carácter más

grave.

Hacomentado

dulcemente

mis

palabras

reprochándome, de una maneraafectuosa, el ardor que demostraba en la discusión y el entusiasmo conque había abrazado las ideas más extraordinarias y con frecuencia tanfunestas. Se ha lamentado de la facilidad con que los hombres de estageneración se apoderan y propagan los sofismas, cuyas consecuencias noaprecian, y que tienden a desnaturalizar sucesivamente todas lasrelaciones de las cosas.

Concediéndome que había verdades noblementesentidas en lo que acababa de decir, me recomendó que reflexionasesobre el origen y los efectos de esas conveniencias morales, por otraparte tan respetables por la autoridad que han ejercido sobre nuestrosantepasados, y por la consagración casi religiosa que han recibido delos siglos, cuyo juicio definitivo es, en último análisis, toda la razónsocial, añadiendo, con el tono de una resignación modesta, y no de unaconvicción imperiosa, que el deber del buen ciudadano es someterse a lasinstituciones establecidas ni discutirlas, y que, puesto que laimperfección de los hombres les hace tributarios esenciales de ciertoserrores sancionados por la necesidad o por el tiempo, el interés delgénero humano prescribe a los corazones rectos y sensatos el deber deplegar su razón a la conveniencia común.

Es posible que esto sea verdad. Y cuánto no daría yo porque no quedasenmás que recuerdos de esta débil demarcación que el azar del nacimientoha trazado entre algunas familias y la gran familia humana; de estacircunstancia tan extraña a mi voluntad, que me ha sometido a un ordenparticular de costumbres y de obligaciones,

que

ha

restringido,comprimido,

roto

la

independencia de mi corazón; que me ha prohibido losafectos más simples y más dichosos; que me ha separado de Adela y de lafelicidad.

¡Separado! ¡Bárbaro prejuicio! ¡yo te entrego a la indignación de lasalmas fuertes y sensibles!

¡Separado! ¡a mí, que atravesaría el globo por un beso de sus labios!

¡Separado! ¡Ven, ven sobre el corazón de Gastón, pobre huérfana que loshombres rechazan! ven con confianza, y te juro por la inocencia y elcandor de tu alma, que todas las potencias del infierno no conseguiránsepararnos.

16 de mayo.

Nunca había sido tan asiduo al bosquecillo como desde hace algunos días,ni nunca mi herbario había aumentado con tanta lentitud. Esto extrañamucho a Latour que se interesa por mi herbario, como por todas misdistracciones. En cambio, no te extrañará a ti, que sabes que Adela pasapor allí todos los días.

Ya habrás notado que entre esta carta y laanterior hay una gran distancia y habrás creído sin duda que laabundancia de sensaciones ha podido distraerme durante muchos días demis más dulces ocupaciones. Todo esto es verdad, mi querido Eduardo, y,sin embargo, no tengo nada nuevo que decirte, porque mi amor no esninguna novedad para ti, y toda mi vida se encierra en él.

Yo no te había dado sobre el origen de Adela más que informesimperfectos, recogidos del vulgo. La señora Adelaida me había dicho algomás, pero no lo suficiente para satisfacer mi curiosidad, que, por otraparte, temo mostrar demasiado abiertamente. En fin, el otro día, meinformé por la misma Adela, mientras la acompañaba del bosque a laaldea, abordando con todos los rodeos que exigía una cuestión tandelicada; y como este relato no carece de interés ni aun para laspersonas más extrañas a todo lo que me atañe, quiero hacértelo oír delabios de la propia Adela, tal como yo lo he oído. Perdóname si, con lasencillez de sus palabras, no he tenido la dicha de conservar su gracianatural y esa efusión tan fácil y tan conmovedora de sentimientos quele presta el encanto más atractivo. Hay cosas que no se pueden expresar.

«—Mi padre—me dijo Adela—nació en Valency, de una familia delabradores muy ricos. Se llamaba Jaime Evrard, y como anunciaba untalento y unos modales muy superiores a la mayoría, sus padresresolvieron darle una educación adecuada que le hiciera apto para seguiruna carrera más brillante en el mundo que la que ellos habían recorrido.Sus progresos superaron a todas las esperanzas, pero inútilmente. Enaquel tiempo llovieron las desgracias sobre mi abuelo; malas cosechas,dos incendios que consumieron sucesivamente su casa y su granja y, enfin, la pérdida de un proceso considerable, cambiaron su fortuna enmiseria. Era imposible llevar a la práctica los proyectos que teníasobre mi padre y se entregó a la desesperación.

»Jaime Evrard entró en un regimiento que estaba de guarnición en Saumur.En aquella época mi padre era aún muy joven, de una figura arrogante ysimpática, de un valor a toda prueba, y a esto unía gran número de esostalentos agradables que abren a los que los poseen las puertas de todaslas sociedades. Estimado por su coronel y por sus oficiales, había yaascendido dos veces seguidas con una rapidez insólita en el servicio,pero sin que despertase la menor envidia en sus camaradas, que hacíansincera justicia a sus condiciones. En fin, la mayor parte de sussuperiores se habían acostumbrado por anticipado a mirarle como a unigual. El azar hizo que una señorita de aquella ciudad, que pertenecía auna noble familia, se fijase en él y que, sin darse cuenta de suinclinación, se acostumbraban de tal modo a él, que no podía pasar sinverle.

Bien pronto sintió que aquella inclinación era amor, pero eratarde para poner remedio; por lo menos ella lo creyó así, y mi padre conella. ¿Qué más le diré, señor Gastón? Yo fui el fruto de aquel error.

»Mi madre no pudo disimular su falta a sus padres, y éstos, aunquecariñosos y buenos, eran demasiado orgullosos para tolerar que JaimeEvrard la reparase. Se limitaron a tomar las precauciones necesariaspara ocultar mi nacimiento a todo el mundo, y me enviaron con mi nodrizaa esta aldea, donde fui bautizada bajo los auspicios de la señorapriora. Ya comprenderá usted que no me dieron este asilo sin motivo, yque mi madre se complacía pensando que yo crecería bajo los ojos de unpadre atento, a todas mis necesidades. En efecto, habiendo cumplido eltiempo de su compromiso, sacrificó algún tiempo después la esperanza detodo ascenso para tener el placer de no alejarse de mi lado y de verdesarrollarse poco a poco en mis facciones el parecido con una personaque le era tan querida. Aun fue más lejos en su ternura. ¿Se hubieraconsiderado dichoso si no me hubiese podido llamar su hija? La nodrizaque me había dado, joven y desgraciada víctima de una inclinaciónengañadora, pasó por mi madre y su esposa. Unicamente la señora Adelaidaestaba en el secreto.

»Así fui educada y, a decir verdad, mi infancia no transcurrió sinalegrías. La amistad de mi buena madrina, los cuidados atentos yverdaderamente maternales de la nodriza, a la que yo creo con títulosaún más sagrados a mi reconocimiento, y sobre todo el afecto de mipadre, lo embellecían todo. Unicamente, cuando volvía del campo lesentía aún algunas veces bañarme con sus lágrimas, pero yo no meinquietaba, pensando que lloraba de alegría.

»No obstante, mi verdadera madre continuaba profesándonos el mismocariño. Escribía con frecuencia a mi padre, y le comunicaba sus pesaresy sus esperanzas. Hacia el tercero o cuarto año de la Revolución, supadre la dejó sola en Saumur, para ir a servir al rey en su ejército dela Vendée, y ella entonces quiso aprovechar la libertad de que gozabapara verme; porque hacía mucho tiempo que había perdido a su madre. Fueun hermoso día para nosotros aquel en que nos llegó la noticia delinesperado viaje. Aun cuando yo fuese muy joven para comprenderclaramente aquellas cosas, mi padre me las hizo comprender como mejorpudo, y partimos después de breves preparativos, que a él le parecierondemasiado largos. En fin, fui devuelta a aquella que me había dado lavida y la hice presente de la ternura que otra la había robado, pero sinolvidar tampoco mi reconocimiento para aquella al lado de la cual habíacrecido.

Yo era muy dichosa; ¡pero aquello duró tan poco!...

»Mi padre había concebido un proyecto digno de un alma tan noble, y mimadre lo había aprobado. Las guerras civiles, que habían llegado a unperíodo culminante, abrían una carrera fácil a los hombres deresolución, y él no desesperaba de adquirir, a los ojos de mi abuelo,tales títulos de gloria, que le permitiese casarse. Fue por eso por loque nos abandonó, llevándose la esperanza de volver pronto para nodejarnos ya más.

»Durante su ausencia, mi madre me había colocado en un colegio al cualiba a verme con frecuencia. Pasaba allí por una huérfana y me guardabantoda clase de consideraciones. Cuando estábamos solas, hablábamos de mipadre y llorábamos largo tiempo juntas. Al cabo de algunos meses advertíque aun tenía otros disgustos que no me decía, pero me limitaba aafligirme en secreto y no le preguntaba nada. En fin, un día dejó devisitarme; así pasó una semana, un mes, y nadie sabía darme razón deella.

Comprendí que había acabado toda dicha para mí y que en vanoesperaría a mi madre. He aquí lo que había pasado:

»Las esperanzas de mi padre se habían realizado. Actos del mayorheroísmo habían hecho que sus generales se fijasen en él y acababa deser promovido al grado de jefe de división.»

—Es verdad—exclamé yo interrumpiendo a Adela—, se llamaba MarioEvrard.

—Ese era su nombre de guerra—contestó Adela.

—Sí—continué yo—, me acuerdo como si fuese ahora. El general, rodeadode enemigos, estaba a punto de sucumbir; su caballo yacía muerto a suspies, y él mismo, gravemente herido, no oponía ya resistencia alguna. Depronto, el capitán Evrard atraviesa por entre aquella multitud atónitaante su temeridad, arranca al general de las manos que se disputan elhonor de darle el golpe de gracia, y vuelve a nuestras filas bajo unalluvia de balas que no le alcanzaron. El grado de jefe de división fue,en efecto, el premio de su valor, pero desapareció pocos días después, ytodos quedamos convencidos de que había perecido en una emboscada.

—Ahora voy a explicarle ese acontecimiento—continuó Adela—. Desde elinstante en que recibió ante sus compañeros el nuevo título con el cualen lo sucesivo se le debía reconocer, menos orgulloso de aquelladistinción que, enajenado de poderlo hacer servir para el éxito de suamor, corrió a arrojarse a los pies de mi abuelo y a confesarle sufalta, su arrepentimiento y sus deseos. Juzgue usted del contento quesucedió en su alma a tantas inquietudes y dolores, cuando supo que se ledaba a mi madre por esposa. Pero, como a él no le bastaba conexperimentar semejante alegría, sintió la necesidad de hacerlacompartir. Saumur no estaba lejos del cuartel general del ejército. Dosdías de tregua le bastaron para escapar con el primer disfraz queencontró y caer en los brazos de mi madre. El primer instante lodedicaron por completo al placer de volver a verse, el segundo a lainquietud y al terror. Saumur pertenecía a los republicanos y mi padreestaba proscrito.

»Aun no le he dicho a usted la causa de la sombría tristeza que noté enmi madre la última vez que recibí su visita en el colegio.

Un jovencaballero que acababa de dejar las banderas reales bajo el pretexto deno sé qué comisión secreta, y que había obtenido de mi abuelo unarecomendación bastante vaga para mi familia, se había atrevido ademostrar a mi madre unos sentimientos que ella no debía compartir másque una vez. La pasión de aquel desconocido le era tanto más importunapor cuanto todo la prevenía a la vez contra él y los informesparticulares la habían hecho entrar en una desconfianza respecto de élque, aun en un corazón completamente libre, no se hubieran conciliadojamás con el amor.

»No obstante su respeto por aquella recomendación sagrada, y sobre todosu timidez natural, aumentada aún por el carácter despótico e impetuosode aquel hombre, la imponían una especie de sumisión, soportandopacientemente sus impertinencias y disimulando en parte la aversión quele inspiraba. En cuanto a él, convencido de que tenía un rivalafortunado, no descuidaba nada para encontrar alguna circunstancia queconfirmase sus sospechas, y la casualidad se puso al servicio de suscelos de la manera más funesta, conduciéndole al lado de mi madre en elmomento en que recibía los últimos besos de su esposo.

»Nada puede dar idea de la cólera y de la furia de aquel loco a la vistadel hombre que le robaba el corazón en el cual se había prometidoreinar; llenó la casa con sus amenazas y sus gritos, y no temió provocara mi padre, cuya paciencia se agotó ante aquella nueva prueba deaudacia. Salieron los dos animados de los mismos sentimientos de odio yse dirigieron a un lugar adecuado para poner fin a sus disputas,mientras que mi madre esperaba su vida o su muerte del resultado deaquel terrible duelo.

»Apenas se encuentran solos, mi padre arroja al suelo su capa ydescubre imprudentemente su pecho. Ya sabe usted que el noble corazón delos vendeanos era la única condecoración de aquel ejército; suadversario se da cuenta de ello, y viendo una ocasión de perderle sinexponer su vida, lanza un grito al cual acuden una docena de bandidos, alos cuales tenía sin duda apostados allí, para alguna otra cobardía.«¡Detenedle—

exclama—, es un oficial realista, un enemigo de larepública!»

Mi padre lucha vanamente contra aquellos miserables que lerodean, le desarman y le arrastran a un calabozo.

»Mientras tanto, mi madre contaba impacientemente las horas sin recibirninguna noticia consoladora y abandonándose a toda la amargura de sustemores, menos terribles que la verdad, cuando un tumulto confuso quesubía de la calle, el redoble de un tambor periódicamente interrumpido,y el rumor sordo de los pasos de un piquete... Perdone usted, señorGastón, que llore delante de usted, me costaría demasiado contener midolor... La pobre escucha con ansiedad, corre, baja velozmente laescalera, atraviesa la plaza, empuja a la multitud, llega aldestacamento, mira, lanza un grito y cae.

»¡Angélica! ¡Angélica mía, vuelve en ti! ¡Sé digna de tu padre y de tuamigo! Vive para Adela y por mi memoria... Pero habla sin ser oído. Losbesos que deposita sobre sus ojos no la vuelven a la vida. Por fin losseparan; el tambor cesa de batir, la escolta se detiene. Mi madre havuelto en sí; sus ojos se abren asustados y se pasean sobre todo lo quela rodea. Aun es dichosa... No se acuerda de nada... pero una descargahiere sus oídos y cae de nuevo desmayada. ¡Mi padre ya no existe!

»Habían pasado tres meses desde aquel día, cuando fueron a buscarme alcolegio para llevarme al lado de mi madre. Estaba detenida en una casade reclusión y yo me presenté a ella entre bayonetas. Mi corazón noolvidará jamás la tristeza y el espanto que le sobrecogieron cuando, através de aquel terrible aparato y detrás de aquellos hombres odiososcuya sola mirada me hacía estremecer, reconocí sobre un montón de pajanegra a mi madre, pálida, desfigurada, moribunda. Me arrojé en susbrazos llorando con todas mis fuerzas, y preguntándole por qué la habíanencerrado allí y por qué la trataban de aquel modo. Ella me dijo sinllorar, pero sus ojos estaban enrojecidos, lo que acabo de contarle, ycomo yo no tenía ya nada más en el mundo que la piedad de mi madrina,finalmente, con una voz apagada que arrancaba de su pecho con grandesesfuerzos, me dijo: «Hija mía, mi pobre Adela, mi único amor, Dios teproteja... y cuando El, en su bondad, te dé un esposo... ¿Lo oyes bien,hija mía?—

añadió levantando la cabeza y tomando un tono de voz lúgubrey grave que aun resuena en mis oídos—, ¡que ese esposo vengue a tuspadres y que, a cambio de la sangre de tu padre asesinado, tome lasangre de Maugis!»

Ante este nombre todos mis miembros se estremecieron, y Adela, queatribuyó mi agitación a otra causa, continuó su relato:

«—Yo no quería abandonar a mi madre en el estado en que se hallaba ypermanecí sentada sobre la paja hasta la hora de cerrar los calabozos.Pero entonces, uno de los carceleros me sacudió bruscamente y me dijoque no podía sentarme allí. Mi madre parecía dormida; su tez estabacoloreada y su respiración era rápida. Yo temí despertarla si la besaba,y me contenté con poner mis labios sobre un extremo de su vestido.Después, me hicieron entrar en la habitación del conserje, que permitióque durmiese con sus hijos; pero yo no pude dormir a causa de midisgusto y de los ruidos que oía. Apenas me di cuenta de que se abríanlas puertas, corrí a la habitación de mi madre. Entro, busco, llamo,pregunto; ya no estaba allí. Me dijeron que se la habían llevado.¿Muerta? Lo cierto es que ya no he vuelto a besar a mi madre.»

Así se terminó, mi querido Eduardo, la historia de los padres de Adela;y muchas veces, durante su relato, mis lágrimas se unieron a las suyas.Sobre las consecuencias de esta confidencia y sobre las ideas nuevas,que ha hecho nacer en mí, te abriré sinceramente mi corazón y pronto tehablaré con el abandono sin reservas a que me da derecho nuestrafraternal amistad. Por hoy, confórmate con tus propias sensaciones... Yacomprenderás, mi querido Eduardo, que es un holocausto que debo a lavirtud, al honor y al amor. ¿No habrá nadie que me diga quién es Maugis?

19 de mayo.

Es tiempo ya de que alivie mi corazón del peso que le embarga. Estosdías se me han hecho tan largos, como cortos los hubiera querido miimpaciencia. ¿Qué consideraciones me detienen? me preguntaba yo, ypuesto que toda mi dicha es ella,

¿quién me impide cerciorarme de suamor? No obstante, te lo confesaré, me parece que olvido misresoluciones cada vez que llega la ocasión de llevarlas a cabo, y así hellegado hasta hoy.

Te contaré el acontecimiento que ha triunfado de miindecisión.

He leído una novela nueva, cuyo héroe me ha conmovido—

sea que susituación tenga con la mía esas relaciones que nos identifican anuestro pesar con un desconocido, sea que se parezca algo al hombre queyo hubiera querido ser si esto hubiese dependido de mí. Y no es que yoapruebe absolutamente los caracteres novelescos, sobre todo en unasociedad bien organizada, donde están casi siempre fuera de lugar por suloca exageración y necia ingenuidad; pero hay ocasiones en que elcapricho de la imaginación más extravagante vale más que todo aquelloque uno está obligado a ver a su alrededor y que es como unacompensación de todas las tristes realidades del mundo. Viniendo alhecho te diré que mi juicio sobre este héroe imaginario había sido parala brillante Eudoxia un motivo inagotable de ironías, mientras que eltítulo de la novela excitaba cada vez más la curiosidad de Adela, yaunque bien convencido de que nada hay más pernicioso para la curiosidadde una joven cuya sensibilidad comienza a desarrollarse que la lecturade una obra de ese género, y sabes tú, además, que no entra en mi manerade ser calcular el efecto que podría producir sobre un alma ingenua ytierna—¡combinación cobarde y odiosa cuya sola idea me subleva!—no hepodido negarme a dejarle ese libro;

¡tanto es el poder que ejerce sobremi voluntad el menor de sus deseos! Hoy, cuando ya empezaba aimpacientarme de la tardanza

de

Adela

en

pasar

por

el

bosque,

y

recorríaagitadamente el sendero que conduce a Valency, la he visto venir con elaire preocupado, la cabeza inclinada y el libro en la mano. Tan prontocomo me advirtió, me lo devolvió con una sonrisa triste y echó a andar ami lado sin decir nada. «Y

bien—le dije yo—, ¿qué piensa usted de eseloco, de ese insensato cuyo solo nombre subleva a la señorita Eudoxia?¿Le parece a usted tan odioso?» Adela no me contestó nada, pero algunaslágrimas rodaron por sus mejillas y su mano tembló en la mía. «¡Oh mibuena Adela!—exclamé yo—, dichoso el corazón que sea el preferido deltuyo, ¡mil veces dichoso el hombre a quien ames!» Y llevé con pasiónaquella mano que retenía a mis labios. «¡Qué hace usted, Gastón, señorGastón! ¡qué hace usted, en nombre del Cielo! Déjeme—continuó con vozalterada—, ya sabe usted que soy Adela Evrard.» Mi pecho estabahinchado, mi cabeza turbada, mi respiración anhelante. «Adela, hermanamía, esposa mía, mi bien amado, único objeto de todos mis pensamientos,único encanto de mi existencia, mi consuelo, mi esperanza, eso es lo queeres para tu Gastón.» Y mis lágrimas, lágrimas deliciosas, regaban mismejillas. Sintiéndome vacilar, me senté en uno de los bancos que, comoya te he dicho, rodean la glorieta, y apoyé la cabeza sobre mis manos.Pasado algún tiempo levanté los ojos, y vi a Adela de pie y vuelta alotro lado, que confeccionaba un ramo de flores. Me levanté, fui hastadonde estaba y le pasé dulcemente un brazo alrededor del cuello, sinosar decir nada.

«Vea usted—me dijo—, vea usted las hermosas flores que he cogido;quisiera saber cómo se llama ésta.» Era la encantadora flor que se llamala silvia, porque no prospera más que en los lugares salvajes y a lasombra de los bosques. Me acordé de la linda estrofa del poeta alemán yla repetí en voz alta:

«Es la silvia, la fresca silvia, la dulce anémona de los bosques.

No hayninguna florecilla que pueda rivalizar contigo en gracia y en belleza,cuando tú balanceas al soplo del aire tu corona blanca y rosada. Toda lapompa de las otras flores, sin exceptuar a la rosa, no puede compararsecon tu modesta belleza. Tu tallo enervado es el emblema de lamelancolía, y la movilidad de tu cáliz flotante expresa las agitacionesde un corazón joven. Que el Cielo, ¡oh la más amable de las flores!,multiplique a tu alrededor la blandura de los tapices húmedos, lafrescura de las nuevas sombras y el soplo de los nuevos céfiros. Estasilvia, la fresca silvia, la flor de la soledad y de la primavera, ladulce anémona de los bosques.»

Adela había olvidado ya su ramo e iba a dejarlo caer de su mano, cuandoyo me apoderé de él para llevarlo sobre mi corazón. Entonces me dijodulcemente: «Gastón, no volveré más.» No obstante, nuestro paseo fuetranquilo. Y lo que es más singular, es que nuestra conversación era tanvaga, como si se hubiese tratado de dos personas extrañas, y, sinembargo, no hay ninguna de esas palabras indiferentes cuyo recuerdo nome abrase el corazón. Cosas que no me hubieran parecido dignas deatención en otras circunstancias; ¡producían sobre mí una impresión tanextraña! ¡Oh encanto delicioso que lo anima todo, que lo embellece todo,que esparce sobre la vida una luz de divinidad! Y los mismos sentidos,alucinados por la embriaguez del alma, no sueñan más que perfumes,luces, melodías celestes.

Es el ideal de un paraíso.

Ya oigo la eterna cantinela del prejuicio que grita a mi oído:

«Es lahija ilegítima de Santiago Evrard. ¡Gastón, ésa es tu amante!» Sí, es lahija ilegítima de Santiago Evrard y ése es, Adela mía, el más preciosode tus títulos. Cuanto más desgraciada hayas sido, más delicias hallarépara colmar tu porvenir de una dicha sin vicisitudes. ¡Ilegítima! ¿esque el amor, la constancia, la gloria, los mismos deseos de tu abuelo,no te han legitimado ya? Esa ceremonia fría y seria que se llama elmatrimonio, ¿hubiera ornado mejor tu nacimiento que el último beso quese dieron tus padres ante Dios, el pueblo y los verdugos, que elsacramento de sangre que los unió en la eternidad?... ¡La hija de JacoboEvrard! Campesino o soldado, ningún hombre le ha superado en nobleza, ysi la nobleza es el premio de las más raras acciones, ¿el que latransmite a los suyos no es más noble que el que la recibe de él? ¡Nacernoble es obra del azar! serlo por su valor es la más alta fortuna delheroísmo.

¡Un campesino! dicen. ¿Es que no sabéis, ridículos seres, quela nobleza data de las grandes revoluciones políticas, que nace,envejece y se renueva con los imperios? La verdadera nobleza, como seentiende, en las monarquías, nace con un rey y muere con él. No brillamás que alrededor de un trono que se eleva o de un trono que cae. Losguerreros que levantan un rey sobre su bandera, los guerreros que muerencon su raza, he ahí a los nobles. Yo no reconozco más títulos que losque se han sellado con la espada o sancionado en el cadalso. El restono es más que un estado llano ilustrado con cartas de nobleza.

Además, ¿qué importa en la situación actual de la sociedad?

Después deun orden de cosas que ha terminado, no son los nobles los que quedan,sino los héroes. Nadie se preocupa más ahora del padre de Coriolano quedel de Espartaco.

Y después de todo, ¿tengo necesidad de buscar tantos razonamientos parajustificar lo que en mí es ya una resolución invariable? ¿No basta paramí y para todos los que me aman que este afecto sea el único capaz dehacerme gozar de una pura felicidad? ¿Cederé al temor de los rumoresimbéciles del populacho distinguido? ¿Careceré de fuerza para desafiarla censura de esos corazones estériles, llenos de orgullo y de egoísmo,las burlas de alguna mujer altanera, el desprecio de algún miserableenriquecido?

No, Eduardo, no, porque me siento libre.

Ya sé que será preciso evitar, huir de esa sociedad cuyo aprecio tantobuscan los otros, y que prodiga éste o lo retira de acuerdo con lasreglas más extrañas y más inciertas. Tanto mejor. Yo siempre heaspirado a circunscribir mi vida, a encerrarme en el círculo de algúnafecto, a no dar a las conveniencias y a las costumbres comunes más queaquello que no les puedo quitar. Trataré de vivir para mí. Y ahorapueden venir a estrellarse alrededor de mi retiro, como al pie de unaroca inquebrantable, todas las tempestades del mundo, y desvanecerse,sin llegar hasta mi corazón, los murmullos insensatos del odio y de lasprevenciones. ¡Cuánta piedad me inspiran esos desgraciados atormentadospor la necesidad de vivir en contacto con todo lo que les rodea, quemarchan apresurados en medio de la multitud, apartando penosamente loque se opone a su paso, empujando a los débiles o pisoteándolos, ysiempre dispuestos a sacrificar víctimas humanas a sus prejuicios, comolos bárbaros a sus dioses!

25 de mayo.

Estos últimos días tienen la frescura de uno de esos sueños consoladoresque uno teme ver acabar; y cuando pienso que ya hace muchas semanas quedura este encanto y consulto con mi corazón para convencerme de que noes una de esas ilusiones acostumbradas, una multitud de presentimientosterribles se acumulan de pronto en mi pensamiento y descubro en mí unaconciencia vaga, pero infalible, de una gran desgracia futura.

Oigodecir a muchas gentes, deplorando la muerte de un amigo, que la muerteno quiere más que a los dichosos y que es bien cruel ser herido por ellaen medio de la juventud y de los placeres, en el mismo instante en quetodo comienza a sonreírnos y a halagarnos. Y, no obstante, es entoncescuando deberíamos morir, antes de que el telón descendiese sobrenuestras quimeras, cuando el encanto dura aún y el bien pasajero de quedisfrutamos no se ha convertido en irreparables dolores. Con frecuenciame siento poseído de una alegría tan poderosa que entonces reúno todaslas fuerzas de mis sentidos para gustar la posesión de este presentefugitivo y fijarlo por un momento. En ese estado quisiera morir.

¿Concibes tú cuán amarga y cuán espantosa es la muerte de un infortunadoque lo abandona todo; desengañado de la existencia, asustado de la nada,rechazando, para morir más tranquilo, algún dulce recuerdo cuyocontraste haría aún más horrorosa su agonía, y exhalando el últimosuspiro entre unos brazos fríos y sobre un pecho que no se agita?

Yo quisiera morir, yo quisiera haber muerto hoy.

Ella estaba allí—contra mí, inclinada sobre mi pecho y llorando deemoción. «Sí, le he dicho—, ante Dios y ante los hombres prometo notener otra esposa.» «¡Cállese!—ha exclamado—, Gastón no es un perjuroy, sin embargo, promete ante Dios una cosa que nada puede hacerposible.» «¿Qué obstáculo puede haber?» «No, Gastón no puede ser elesposo de Adela. Gastón no es un hombre del pueblo, oscuro y pobre; elesposo, el único esposo que conviene a mi estado y a mi indigencia.»«Gastón será el esposo de Adela, he dicho yo. Es una reparación que tedebe la Providencia. Yo pagaré la deuda de la sociedad.» Yo le hedicho, Eduardo, y lo juro por mi honor, que es preciso que ese deseo secumpla.

Estábamos tan preocupados, que a poco nos sorprende el crepúsculo en elbosque. Al dejar a mi Adela he querido, he osado estrecharla otra vez enmis brazos. Uno de los suyos me rechazaba débilmente, el otro meretenía... Un deslumbramiento semejante al que produciría la claridad deun meteoro ha turbado de pronto mi vista, mi cabeza se ha inclinado y miboca se ha encontrado con su boca. Una oleada de fuego ha descendidohasta mi corazón. ¡Incomparable voluptuosidad! ¡Es un beso de Adela, lahuella, la dulce huella de sus labios, la que reposa sobre los míos!¡Oh! la conservaré entera, inalterable. No la borraré jamás. ¡Queperezca el día en que profana esa preciosa prueba de amor, en los labiosde otra mujer; el día en que una boca inanimada, insensible, marchite laflor húmeda de tu beso!

¡que se aniquile mi alma antes que yo cometa talsacrilegio!

¡Qué difícil de soportar es el peso de mis sensaciones! ¡Quién hubieracreído que tuviese tantas fuerzas para la dicha!

27 de mayo.

Jamás he vivido tan rápidamente, jamás me he visto obsesionado portantas preocupaciones. Un solo día de mi vida actual

reúne

tantossentimientos

tumultuosos,

temores,

esperanzas, alegrías, tormentos,proyectos, irresoluciones como el resto de mi existencia pasada. Noencuentro mejor comparación para este estado que el de un febricitantecuya imaginación enferma, extraviada en un mundo desconocido yperseguida por reminiscencias confusas, pasa al azar de un objeto aotro, une bajo el mismo punto de vista los contrastes más extravagantes,las imágenes más disparatadas, y se pierde en esas transiciones sinmotivo y sin fin, tan incapaz de formar juicio de sus sensaciones comode elegirlas. Si de cuando en cuando me atrevo a razonar, el minuto quesigue me desilusiona y estoy como un alma en pena suspendida por losespíritus malignos entre un cielo y un infierno.

Yo había acompañado a mi madre al castillo de Valency, donde debíamosencontrar la sociedad acostumbrada, y, por consiguiente, al señor deMontbreuse, cuyas asiduidades tienen, quizás, algo de notable. Eranatural que la conversación recayese sobre el asunto más propio, ainteresar, en aquel círculo orgulloso, la vanidad de todos, y no meextrañó, por lo tanto, ver renovar la eterna tesis de la superioridadmoral de la nobleza.

Pero he aquí que después de haber sentado enprincipio que únicamente entre nuestra clase se encontraban esasdelicadas ideas del honor y esa elevación de carácter y de sentimientosque son el fruto de una educación adecuada a nuestro destino social, hanasaltado el edificio novelesco de las falsas virtudes del estado llanoy las han reducido implacablemente a un simple espíritu de emulación, dela cual nosotros tenemos también el honor de ser el vehículo:disertación que, seguramente, no me hubiera sacado de una meditacióncompletamente extraña a lo que allí se decía, ni a propósito de lainalienable bajeza de los parias de Europa y de la poca confianza quehabía que tener en las costumbres del pueblo, no hubieran citado...¡Gran Dios, mi sangre hierve al sólo recordarlo!... Se trataba de esajoven educada con tanto cuidado a la vista de Eudoxia, que hubierarespondido ciegamente de su inocencia... ¡Se trataba de Adela!... A estenombre perdí los estribos y, con un tono de voz que denotaba más cóleraque curiosidad, pregunté el crimen que había cometido. «Casi nada—dijoEudoxia—, una de esas cosas para las cuales su filantropía sentimentalde usted reserva seguramente toda su indulgencia; una de esas pasionesdecentes y platónicas que producen tan buen efecto en los dramas y enlas novelas; un noble y tierno afecto por algún palurdo de la aldeainmediata, al cual va a hacer todos los días inocentes visitas queacabarán Dios sabe cómo. Ya ve usted que esto no vale la pena ni dedecirlo; pero no encontrará usted menos justo que yo la arroje de micasa, mientras espero que sus elocuentes declamaciones me hayandesengañado del todo de ciertos miserables prejuicios a los que tengola debilidad de atenerme aún un poco.» «Ese sarcasmo es injusto—le hecontestado—en un asunto como éste, en que se trata nada menos que deperder para siempre a una joven irreprochable; pero no es a mí a quientoca justificarla, y no dudo que la señora priora hará el sacrificio desu modestia a un interés tan precioso; ella conoce el motivo que conducetodos los días a Adela a la aldea, y la ironía ha encontrado, sinsaberlo, la expresión justa cuando ha calificado de inocentes visitas elviaje oficioso de la caridad.»

La priora estaba presente y a mí me extrañaba que no me hubiese yainterrumpido. ¡Figúrate mi dolorosa sorpresa cuando al fijar mis ojos enella vi que los suyos estaban humedecidos por las lágrimas y que memiraba con un aire inquieto, como para penetrar mi intención y adivinarlo que yo había querido decir:

«¡Qué, señora!—añadí—, ¿no iba pororden de usted para llevar algún encargo de usted?...» Un signonegativo... y ni una palabra, como si la hubiera costado demasiadocondenarla más positivamente. Confieso que no esperaba semejante golpe yque hube de salir para ocultar mi desesperación y mi confusión.

Me interné en el bosque sin saber a ciencia cierta a dónde iba, peroimpaciente por alejarme del lugar que dejaba y por quedarme solo con mispensamientos; hubiera sido dichoso en aquel momento si hubiera podidoaislarme también de mis pensamientos, y si hubiese bastado un acto devoluntad para borrar el pasado. En fin, sea que la casualidad lo hubiesedecidido así, sea que me hubiese dirigido hacia aquel punto sin darmecuenta de mi deseo, me encontré cerca de la aldea a donde teníacostumbre de acompañar a Adela y reconocí la miserable choza dondetantas veces la viera entrar. Me era tan fácil informarme exactamente enaquel lugar, tenía yo una necesidad tan grande de quedartranquilizado—o convencido, porque mi alma tiene mayor energía para ladesgracia que para la incertidumbre—, estaban tan comprometidos mi viday mi honor en aquel misterio, que no vacilé en entrar en aquella pobrecasa, sin pensar siquiera en la impresión que podría producir en elestado de agitación en que me hallaba.

La familia estaba reunida en una habitación bastante espaciosa, y todoanunciaba la indigencia. Un anciano de aspecto respetable estabaacostado en un rincón sobre una tarima cubierta de paja, y a su lado unamujer, también vieja, le hacía beber un brebaje y volvía de cuando encuando la cabeza para enjugar una lágrima. Una niña de diez o doce añoshabía dejado su rueca para tapar las piernas del enfermo con un trozo dealfombra vieja que le servía de manta. Dos o tres niños indiferentes aaquel espectáculo, jugaban sobre el umbral de la puerta a los rayos delsol poniente, con una alegría tan llena de franqueza y dedespreocupación, que se me oprimió el corazón. Me senté al extremo de unbanco roto y traté de recoger mis ideas para saber lo que tenía quedecir; pero cuanto mayor era la impaciencia de saber la verdad de todolo que me inquietaba, mayor era también el temor de saber algo quepudiese destruir todas mis ilusiones a la vez. Estaba arrepentido dehaber ido.

Por fin me decidí y pregunté a aquella buena mujer si tenía hijos. Meparecía que sentiría menos el golpe que esperaba si lo iba recibiendopoco a poco. «¡Ay!—me respondió—, no tenemos más que uno que es paranosotros un continuo motivo de disgusto. Dios le ha dado una terribledesgracia. Está enfermo de epilepsia desde la edad de diez y ocho años yno puede trabajar.

Los médicos han renunciado a curarle—añadióllorando—, y esto ha aumentado su tristeza, con lo cual aun haempeorado.

Tenía también una hija que estaba casada, pero su marido fuemuerto en la guerra cuando iba ascender a suboficial, y ella pronto harátambién seis meses que murió. Estos niños son suyos.» Los niños sehabían agrupado detrás de mí. «Es una desgracia muy grande—le dijeyo—, pero al menos a usted la socorren. Yo creo que esta aldeapertenece al señor de Montbreuse, y que el castillo es suyo también. Esun hombre sensible y caritativo que no deja padecer a los pobres.» Lamujer no dijo nada, pero me miró con extrañeza, y sin hablar deMontbreuse empezó a bendecir a las buenas almas que la amparaban. Losnombres de la señora priora y de Adela, estrechamente unidos en unreconocimiento, acudieron muchas veces a sus labios con tal convicciónque yo no podía dudar de su sinceridad. Después de haber dejado lo pocoque contenía mi portamonedas en aquella triste mansión de la indigencia,salí un poco más tranquilo, pero aun sintiendo mucha incertidumbre.

A cierta distancia de la casa, ya cerca del bosque, vi a un hombre deelevada estatura, cuyo rostro denunciaba unos treinta años, pálido, conla cabeza inclinada, los brazos caídos y los hombros cubiertos de largoscabellos negros. Al mirarle más atentamente, vi en sus ojos extraviadosun aire de melancolía sombría que me hizo comprender que se trataba delhijo de los infortunados que acababa de dejar. «¿Qué tal, amigo mío—

ledije—, te encuentras ahora mejor?» «¡Oh! yo creo que estarémejor—contestó—cuando los árboles cambien la hoja, y cuando losprados vuelvan a verdear como antes; pero, me parece que por esta vez nohabrá primavera. El sol es blanco y frío, las flores no tienen fuerzapara abrirse y no se oyen en el campo más que pajarillos piando en losbreñales. ¡Antes había un aire tan dulce, tan agradable cuando empezabaa caer la tarde y me gustaba tanto cuando agitaba mis cabellos! Ahorason brisas que lo secan todo y me espanta el ruido que hacen cuandorechinan en las ramas muertas. Si yo pudiese solamente volver a ver unaprimavera como las de mi juventud, me parece que me curaría, pero no lasveré ya.» Quise hablarle de Adela y me interrumpió poniendo un dedosobre sus labios. «No hay que nombrarla tan alto—me dijo—, podríadesvanecerse. Los ángeles no hacen más que pasar sobre la tierra. Jamásse les ha visto envejecer. ¡Dios los envía alguna vez para consolar alos pobres y a los enfermos, pero los vuelve a llamar pronto a su lado!Cuando mueren, lo hacen con una sonrisa de alegría, porque les placevolver al sitio de donde han venido. Si usted encuentra alguno porcasualidad, tenga cuidado de no perderlo de vista ni un momento, porqueya no volvería a verlo.»

Cuando acababa este discurso se había arrodillado sobre una roca enactitud de orar. Me alejé de allí sin que él se diese cuenta,reflexionando sobre todas mis emociones del día, e incierto aún sobre loque debía hacer, pero bien persuadido de la inocencia de Adela.

Cuando regresaba al castillo de Valency, la vi que se dirigía lentamentehacia el vestíbulo, por el lado de la escalera que conduce a suhabitación. Corrí hacia ella y, asiéndola bruscamente de un brazo, laarrastré, sin decirle ni una palabra, hasta el salón donde aún estabantodos reunidos. Sin preocuparme de lo que pensarían ante mi actitud, lapresenté ante ellos gritando: «Hable usted, señorita, y justifíquese delas sospechas que su conducta ha despertado. Si usted va todos los díasa la aldea del bosque es, efectivamente, para llevar socorros, porque yoacabo de comprobarlo; pero diga usted cómo es posible que, siendo dadosesos socorros en nombre de la señora priora, ella lo niegue, y quésecreto hay en todo eso.»

Después me he dejado caer en un sillón y he cubierto mis ojos con unamano, temblando de impaciencia por saber lo que ella contestaría.

Mientras tanto, Adela se había arrojado a las rodillas de la priora queregaba con sus lágrimas. «Perdone usted que me haya atrevido a servirmede su nombre. Al fin y al cabo eran sus beneficios de usted los que yorepartía, porque todo lo que poseo es de usted; pero, conmovida ante lasdesgracias de una pobre familia y no queriendo aumentar más aún suscargas, que hartas limosnas hace usted, he acudido a mis recursos paragozar también del placer de hacer bien. ¿No hubiera sido una injusticiaque recogiese yo todo el fruto robándole un reconocimiento al cual sólousted es acreedora? ¿Qué podría hacer yo por los desgraciados si ustedno hubiese hecho tanto por mí?»

¡De qué peso no libró a mi pecho aquella explicación! Todos estabanemocionados, cohibidos; mi madre, el señor de Montbreuse, Eudoxiamisma, guardaban un silencio respetuoso.

Tal es el imperio de la bondady de la inocencia. No había ni una de

aquellas

almas

soberbias

que

no

sehumillase

involuntariamente

ante

aquella

joven

un

momento

antesdespreciada. En cuanto a la señora Adelaida, había levantado a Adela, eincapaz de expresar de otro modo su alegría, sollozaba estrechándolacontra su corazón, mientras que Adela, confusa, ocultaba entre susbrazos su rubor modesto y su conmovedora emoción.

¡Con qué saña hubiera podido yo devolver las sangrientas ironías con quepoco antes me habían asaeteado si hubiera querido aprovecharme de laventaja que la situación me daba!

pero pude contener mi justaindignación, o, mejor dicho, me limité a expresarla por un silencioabsoluto. Montbreuse, en quien veo a un hombre de bien, pero a quien unaausteridad exagerada de principios, fortificada quizá por algún orgullonatural, hace con frecuencia escéptico sobre la virtud, me hademostrado, no obstante, con un apretón de manos, que estaba satisfechode mí. En fin, mi madre, después de algunas palabras triviales, hapedido su coche y yo la he acompañado. La turbación de su actitud, delembarazo en que la veía, una palabra pronunciada al azar, me han dadolugar a creer que era aquél el momento de enterarla de lo quenecesariamente había de saber más pronto o más tarde. Le he hablado deEudoxia y le he dicho con firmeza que nunca sería mi esposa. Sea quehubiese juzgado bien de las disposiciones de mi madre, sea que leimpusiera el tono resuelto de mi voz, insistió menos aún de lo que yopensaba, y todo me hace esperar que no violentará mis aficiones.

Un asunto indispensable me llama a la ciudad. La fortuna propia de mimadre depende de un pleito que se verá dentro de pocos días y que me haencargado continúe yo. Mis intereses personales no me hubiesen arrancadode aquí en estas circunstancias, y no sé qué terror involuntario... Lasideas supersticiosas a las que me entrego desde hace algún tiempo, teinspirarían verdadera lástima.

8 de junio.

La ciudad me inspira tal disgusto, que la he abandonado tan pronto comome ha sido posible volver a mi vida solitaria. Otros sentimientos hancontribuido a apresurar mi regreso. Sentía impaciencia por volver a vera Adela y por buscar los medios de no separarme ya de ella. Los días delhombre transcurren tan rápidamente, que no hay más que una preocupaciónbien inexplicable

que

pueda

distraernos

del

cuidado

de

embellecerlos.

El proceso de mi madre yo lo veía claro, lo que no ha sido obstáculopara que lo perdiese con todos los pronunciamientos, de modo que haquedado completamente arruinada. Yo le he ofrecido toda mi fortuna y lehe hecho un homenaje que me ha costado bien poco. De ahora en adelantepodrá disponer de ella sin responsabilidad, sin obstáculo; esto es unsacrificio, pero hay ciertamente sacrificios que son placeres. ¿Quénecesidad tengo yo de lo superfluo, de la opulencia? Yo soy un rico degustos sencillos y de deseos moderados. Una finca cómoda que produzcaun poco más de lo necesario, un jardín no muy vasto, pero bien ordenado;un bosque, tampoco no muy grande, por el cual pueda pasear mis ensueños;una casita modesta, lo que no impide que pueda ser elegante; y a mialrededor una hermosa naturaleza, una variedad pintoresca de sitiossolitarios, una campiña fecunda que pueda nutrir a sus habitantes, y, sies posible, que me sea dable aliviar la miseria que vea; ¿qué hace faltamás para ser dichoso? Mi imaginación no entra para nada en este deseo.Yo soy bastante rico para elegir, y ésa es la elección que hago. Añade aesta perspectiva una esposa como Adela, un amigo como Eduardo, o, mejordicho, mi Adela y mi Eduardo, ellos mismos, porque no hay otros para micorazón, y tendrás una idea de mi retiro encantado, del Edén que espero.

Olvidaba decirte que el contrincante de mi madre es uno de mis parienteslejanos, el viejo conde de Seligny, que con tanta distinción

sirvió

ennuestro

ejército.

Este

hombre

verdaderamente venerable me ha demostradoun interés casi paternal del cual me siento orgulloso. Me ha dichotambién que si mi madre no se hubiese dejado engañar por las gentes quela rodean, él la hubiera dejado la mayor parte de las fincas litigiosas,pero que, a pesar de lo ocurrido, no había cambiado de manera de pensary que estaba dispuesto a verla, ya fuese para proponerla un arreglo, yasea para ajustar los lazos que las disensiones habían rebajado endemasía. Ha añadido que podría ser muy bien que yo no fuese extraño a suplan, pero que esta última cláusula estaba subordinada a ciertosinformes que tenía que recoger en una aldea de los alrededores.

Hemos hecho, pues, el viaje juntos, hablando con calor de nuestroshechos de armas, de las batallas en que nos hemos encontrado, de losvicios de nuestra organización militar y de los motivos que han hechoesta guerra, de la cual hemos sido actores, tan desastrosamente inútil.El señor de Seligny razona de estas cosas con un sentido recto y justo,y sus opiniones han rectificado singularmente las mías sobre muchoshechos acerca de los cuales algún día tendré ocasión de hablarte.

Al pasar por delante del castillo de Eudoxia me he abalanzado a laventanilla para ver la ventana de la habitación de Adela, en el ángulodel edificio. Me ha molestado no verla, como si ella supiese que yotenía que pasar por allí. Hoy ya no podré verla porque hemos llegadodemasiado tarde, y, además, tengo demasiado que hacer para poderpermitirme una hora de ausencia; y, no obstante, necesitaría una de susmiradas para disipar los terrores que me persiguen desde que me separéde ella. ¡Dios mío, abreviad esta noche!

9 de junio.

Eduardo, ¿qué han hecho de mí? todas mis ilusiones han quedadodestruidas... Mi corazón ha sido cruelmente herido...

No necesito ya más, Eduardo, que una fosa en la que pueda dormireternamente; porque es el sueño de la nada el que yo imploro. ¡Quierael cielo ahorrarme el cruel beneficio de una inmortalidad queeternizaría mi dolor y mi humillación!...

He aquí lo que me han dicho en el castillo de Valency; ¿por qué nohabría de comunicártelo fríamente?...

La tal Adela me ha engañado; así, al menos, me lo han dicho.¡Desgraciado de mí! Es imposible dudarlo, pero tú también buscaríasalgunos razonamientos para no creerlo.

Amaba en secreto a uno de losdomésticos de Montbreuse, un hombre vil, innoble, odioso, en el cual yonunca me había fijado.

¿No es sorprendente que esto me haya pasadoinadvertido, a mí, cuyo corazón se alarma tan fácilmente? ¿Me hubierahecho traición si yo la hubiese amado con menos confianza, con menosabandono? Ella, no obstante, me amaba... ¿cómo ha podido dar esteespantoso premio a mi ternura? Las almas más frías se hubieran confiadocomo la mía. El mismo Montbreuse ha dicho que no esperaba esto. Candorceleste de la virtud, ¿no eres más que una quimera?

Ese doméstico ha pedido su sueldo y al día siguiente han partido para ira casarse a otro sitio; esta atención tengo que agradecerle: es todo loque ha hecho por mí.

Así, de pronto, nada parece más falso que lo que te estoy diciendo.

Daría mi vida por creer que, efectivamente, es falso, que ella esinocente; ¡sería tan dulce morir con esta idea!

Ha partido sin avisar a nadie; hubiera tenido que avergonzarsedemasiado. No ha visto siquiera a su madrina, a su madrina que tanto lallora. Yo no la lloro, la indignación no llora; la lloraría si hubiesemuerto.

Hace cinco días que partieron; no hay nadie en la aldea que no losviese. Para cerciorarme más he enviado a Latour y le han dicho que lahabían reconocido; llevaba un velo puesto, pero con la cara destapada;los niños la siguieron con la mirada hasta el bosque.

Me parece que la venganza me aliviaría; pero, ¿qué venganza puede tomarun hombre como yo?... ¡Un hombre como yo!...

¡Maldición!... Quizás eseso lo que ella ha temido y se ha arrojado en brazos de un igual suyopara escapar de un hombre como yo.

¿Qué había hecho yo para merecer semejante ultraje? ¡Ah! ¡si ellasupiese lo que cuesta verse abandonado, buscar lo que se amaba y novolverlo a encontrar! ¡Cuán agradecido le estaría si con una puñaladapor detrás—ese cobarde asesinato no tendría nada de temerario para lamano de una mujer—se hubiera dignado evitarme los tormentos que medevoran!

Si ella pudiese verme un momento, si conociese el menor de mis dolores,se vería obligada a confesar que el odio más implacable...

¡Una noche tranquila, silenciosa, bella y encantadora para los dichosos!¡Sólo yo destruyo esta inmensa armonía! ¡Yo solo, perdido, abandonado,olvidado de Dios, que me ha retirado su protección!

10 de junio.

Todo contribuye a amargar, a envenenar mi desesperación. Es espantosoenterarme de circunstancias que nunca nos hubiéramos atrevido a preverni a desear, circunstancias que hubieran superado a nuestros mayoresdeseos, sucederse, multiplicarse a nuestro alrededor, cuando todo nosestá prohibido, cuando de la dicha que ellas nos hubieran augurado noqueda más que un recuerdo pesaroso.

Figúrate tú que el señor de Seligny es el padre de la infortunada dequien Adela recibió la vida. El matrimonio de Evrard y de Angélicaestaba ya decidido, y, sin la infame perfidia de Maugis, esta familiaviviría dichosa. Apenas entrado en posesión de sus bienes, el condecreyó que nada podría hacer más agradable a la memoria de su infortunadahija que dedicar al fruto de su unión toda la ternura que antes habíatenido para ella y consagrar sus derechos de heredera por una adopciónsolemne.

Estaba dispuesto a recuperarla de las manos en que la confiara,a restituirle las ventajas de su nacimiento y de su fortuna y a reparara fuerza de cariño las penas de su infancia. Además, había pensado quemi padre no vacilaría, en estas condiciones, a acceder a mi unión conAdela. Ella había, en efecto, consentido, y aquella misma noche debíanllamarme para informarme del proyecto. El conde también estaba en micasa y figúrate con qué golpe imprevisto herí al pobre anciano cuando,con el corazón y los ojos llenos de lágrimas, sofocado por la vergüenzay el dolor, me abracé a sus rodillas gritando: «Renuncie usted, renuncieusted a un proyecto que la ingrata ha tirado por tierra, a una esperanzaque ha desvanecido con su conducta. ¡Adela no es digna de su padre ni desu amante! Ama a otro hombre y ya es su esposa.»

No hay expresión que pueda dar idea de la amargura de mi corazón alrepetir los detalles que tú ya conoces. Me parecía que no pronunciabauna palabra en la cual no estuviese escrita mi sentencia, y hubieradeseado que mi pecho se rompiese para evitarme el horror de lahumillante revelación.

Su padre—¡qué rubor se ha elevado sobre su venerable frente!—confundíasus lágrimas con las mías y sollozaba en mis brazos. «Gastón—me hadicho después de un largo silencio—, no habré perdido más que a Adela.No por eso dejará usted de ser mi hijo. Los lazos que me retenían a latierra se han roto.

Ahora es únicamente usted el que me retiene.Prométame que no abandonará usted a su anciano padre y que le permitirámorir a su lado.»

Yo he caído a sus pies y le he pedido su bendición.

Mi madre también estaba conmovida y me ha besado. Yo dudaba que susensibilidad, embotada por el comercio con espíritus mezquinos, pudieserenacer a las dulces emociones de la naturaleza. He encontrado en subeso toda el alma de una madre, y este descubrimiento me hubiera causadoalegría, si yo aun hubiese sido capaz de sentirla. ¿Por qué Adela nos haabandonado cuando íbamos a ser tan felices?

Yo sé, Eduardo, por qué nos ha abandonado. Porque no era a mí a quienamaba.

11 de junio.

Yo, para quien Adela lo era todo; yo, que hubiera dado cien veces lavida por evitarle el más ligero disgusto, a mí, en fin, es a quien hasacrificado indignamente. ¡Y es que ella no me amaba a mí!

Obstáculos que parecían invencibles y de los que la misma imaginación seespanta, la distancia de nuestra posición, el tener que rehusar la manode Eudoxia, las censuras de la gente, el orgullo de mi madre, sumaldición tal vez; ¡qué porvenir más siniestro y más amenazador!

Todo se ha allanado, sin embargo, y yo, más desgraciado que antes,querría comprar al precio de toda mi sangre derramada gota a gota, unode esos instantes de angustia que no supe apreciar.