El Pintor de Salzburgo by Carlos Nodier - HTML preview

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

CARLOS NODIER

——

El Pintor de Salzburgo

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TRADUCCIÓN DE

TOMÁS ORTS-RAMOS

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

ÍNDICE

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De los tipos en literatura

El pintor de Salzburgo

Las meditaciones del claustro

Adela

DE LOS TIPOS EN LITERATURA

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La imitación es el objeto del arte propiamente dicho; la invención es elsello del genio.

Invención absoluta, tampoco, ciertamente, la hay. La invención más llenade atrevimiento y de originalidad, no es más que un conjunto deimitaciones escogidas. El hombre no compone nada de la nada; pero seeleva casi al nivel de la potencia creadora, cuando de una multitud deelementos dispersos forma una individualidad nueva y le dice: ¡Sé!

El escultor copia una figura de hombre; es el mismo hombre con lasproporciones armoniosas de sus miembros, la ondulante flexibilidad desus miembros, la elasticidad animada de sus carnes casi vivas a lavista: el escultor no ha hecho más que una academia.

Busca, compara, reúne, pone en relación en un orden posible, tan posibleque parece verdadero, todas las partes de una organización perfecta, querespira la majestad soberana apenas humanizada por un resto de cólera yde desdén; entonces ya no es un escultor; ha hecho un Apolo, ha hecho undios.

En el tiempo de Homero, ningún guerrero fue identificado con su Aquiles,o con su Ajax, o con su Diomedes, ni ningún rey con su Nestor; y, sinembargo, ese rey y esos guerreros, que no han existido jamás, son seresvivientes.

Si queréis reconocer por signos seguros en el poeta la invención y elgenio, que son lo mismo, deteneos a examinar aquellos personajes que sehan convertido en tipos en todas las literaturas y cuyos nombrespropios hacen casi el efecto de sustantivos en todas las lenguas. Esque, en efecto, el nombre de una figura típica ya no es una etiquetabanal que se adosa al zócalo de un busto o a los plintos de un bajorelieve; es el signo representativo de una concepción, de una creación,de una idea.

Aun hoy mismo, el título de héroe o de semidiós habla menosal pensamiento que el nombre de Aquiles.

En las edades secundarias, en que el movimiento progresivo de lacivilización ha puesto en juego nuevos resortes y desarrollado nuevascombinaciones, el espíritu humano ha seguido dos caminos: el uno, yatrillado, que no conducía más que a la reproducción perpetua de losbellos tipos antiguos; el otro, innovador y temerario, en el que seaspira a apoderarse del carácter y de la fisonomía de los tipos modernos. Es quizás en la elección de estas direcciones donde se hamanifestado la división de las dos escuelas que se llaman clásica y romántica, bien que al principio las dos hayan también sido románticas y hayan de convertirse en resultado tan clásica la unacomo la otra.

En los pueblos de segunda formación, cuanto más se ha pensado laeducación sobre la tradición de los pueblos antiguos, más se haprevalecido el espíritu de imitación. Si se exceptúa esa galeríafantástica de Dante, en que los tipos más sorprendentes y másextraordinarios están amontonados con una profusión espantosa, como enel Juicio Final de Miguel Angel, los italianos han sido raramentecreadores. En cambio, Shakespeare es tan rico en tipos como Homero, y harecorrido todos los grados de la escala de la imaginación, desde elnatural más positivo

hasta

la

más

delirante

fantasía.

La

petulanciacaballeresca, la fogosidad de las costumbres y la agudez del lenguajedel italiano Mercucio, no tienen más verdad que la ferocidad sensible yla heroica ingenuidad de Otelo, ni más individual que el vaporosoinfantilismo de Puck y la grosera brutalidad de Caliban. PeroShakespeare sabía personificarlo todo, incluso el genio, las pasiones,los errores, las vagas inquietudes y la enfermedad naciente de unasociedad que se despierta con los gérmenes de la muerte en el seno. Lasublime figura de Hamlet, que no será nunca bastante apreciada, es unprototipo completo de la Edad Media. Los alemanes, a quienes unapropensión orgánica al misticismo arrastra siempre hacia laespiritualidad, eran menos aptos a comprender y a fijar las imágenes dela vida social en sus realidades absolutas. El impulso de un psiquismosoñador les lleva hacia un mundo más ideal, y cuando descubren un tipo sensible, es más pronto por el privilegio de la previsión que por el dela percepción, y más en el porvenir que en el presente. El hombre, talcomo es, desaparece para ellos ante el hombre que será o ante el hombrecomo debería ser. Estacionarios en las costumbres, porque han colocadosu vida moral en otra región, marchan como precursores a la cabeza delas ideas. Así, en Los bandidos, obra maestra de Schiller, cuyo mismoautor apenas si concebía el alcance, hay un sumario poético de laspróximas revoluciones.

Así en la pintura de esa sensibilidad soñadora,irritable y apasionada de Werther, que acaba por verse obligado areaccionar sobre sí mismo, Goethe ha revelado el misterio. Si pudieseisencerrar esos dos tipos en un círculo trazado a compás, no habríanecesidad de conservar otros monumentos de nuestra historiacontemporánea, porque en ellos se encuentra toda.

Ya he dicho que el genio del escritor se reconoce sobre todo por lacreación de tipos y que ningún carácter de invención se convierte en tipo si no presenta esa expresión de individualidad original, peroasequible, que la hace familiar a todo el mundo.

¿Quién de vosotros noconoce a Don Quijote y a Sancho? ¿quién no se complacerá en creerlostrotando juntos, el uno sobre Rocinante, el otro sobre su rucio, por lasllanuras de la Mancha?

¿quién, encontrándose en España, no abandonará acosta de grandes molestias, los animados corros de la Rambla o lasvoluptuosidades del Prado para ir a buscar el inmortal espíritu de losdos héroes a alguna posada? En una de esas guerras imperiales que teníanpor objeto dar a España un soberano a hechura de nuestro señor, losfranceses, hostigados por los guerrilleros, se vengaban, según el usoinmemorial de los héroes, recorriendo el país a la claridad delincendio. De pronto llegan a una población que seguirá la suerte de lasotras, cuando a alguien se le ocurre preguntar su nombre: es Toboso. Unacarcajada simpática y cordial se eleva en todas partes; las armas caende las manos del vencedor y los afortunados compatriotas de Dulcineaescapan a la carnicería, bajo la protección del genio de Cervantes.

Con frecuencia se ha negado a los franceses el genio de invención. Y,sin embargo, ningún pueblo los ha poseído en el mismo grado ni ha sidomás variado en la creación de sus tipos; lo que le ha faltado es lalibertad literaria que se le disputa, desde que posee una literatura, ennombre de Aristóteles, en nombre de la Sorbona, en nombre de laUniversidad, en nombre de la Academia, y que, en los días deemancipación universal a que hemos llegado, se le negará probablementeen nombre de la universidad. Yo no sé por qué el genio en Francia merecuerda siempre la fábula de Gulliver y de Liliput. Si él aparece, sele huye; si se duerme, se le montan encima, y cuando despierta, seencuentra agarrotado por los enanos.

Lo que hay de cierto, es que este espíritu de creación nos era propio.Nuestro viejo Pathelin es un tipo inmortal y, como tantos otros,confirma mi regla; se ha convertido en substantivo.

Rabelais es elinventor de tipos más fecundo que haya existido.

Después de él, no seha hecho más que espigar. Son los Panurgo, los Hermanos Juan, los Rominagrobis, Picrochole, Bridoie, Janotus de Bragmardo;personajes esencialmente verdaderos, los que pasan cada día al alcancede nuestra mano, pero que sólo Rabelais ha sabido sorprender. Paraencontrar un genio gemelo suyo hay que remontarse a Molière. Todo elmundo conoce a Tartufo; todo el mundo, o, poco menos, ha tenido tratoscon Harpagón. En cuanto al Misántropo, ya es otra cosa. Para él seha servido de moldes blandos, estropeados, indescifrables.

Molière se hacolocado en medio de esta sociedad insignificante, sin originalidad, sinrelieve, sin caracteres salientes en que poder apoyarse, y, sin embargo,él la ha sorprendido, se ha apoderado de ella y la ha arrojado en elmolde inmortal de sus invenciones, ha hecho un tipo de ella. Si labella y altanera organización de Corneille no hubiera sidomiserablemente sometida por la Academia de su tiempo a las dimensionesde este hecho de Procusto, sobre el cual debían ser torturados a su veztodos los genios de Francia, nos hubiera dejado más tipos, porque lanaturaleza le había dotado en el más alto grado de la potencia creadora.Pero, ¿qué hacer, ¡gran Dios!, cuando se tiene a Richelieu por enemigo,a Scudery por adversario y a Chapelain por juez? No obstante, los tipos que él ha creado tienen la huella de una especialidad taníntima, que ni siquiera la imitación se atreve a desflorarlos. Poliuto y Nicomedes son figuras vírgenes.

Admitiendo la hipótesis que yo heabrazado, se comprenderá fácilmente que Racine, aún más sometido queCorneille a las exigencias académicas, y para colmo de desgraciasobligado a ser cortesano, haya producido menos tipos sorprendentescuya expresión viva y original representa, con toda la exactitud de unacifra, el valor real del poeta. Ha sido preciso que prescindiese un día,por la elección del asunto, de las tradiciones rutinarias de laantigüedad y de la perniciosa influencia de los grandes señores, paraque se atreviese a trazar el carácter de Acomato y el de Roxana. Ahíúnicamente se ha mostrado como era, capaz de novedades atrevidas y desublimes invenciones; el resto no es más que un reflejo deslumbrador delos trágicos griegos y de los líricos sagrados.

Después viene Voltaire, que él mismo constituía un tipo.

Cortesanoasiduo de los poderes que acababan y de los que comenzaban, clásico revolucionario y romántico meticuloso, uno de esos genios inquietos,pero indecisos, que sirven de eje a las revoluciones del mundo, sabíaromper las cadenas, pero arrastraba los andadores. Sus personajes soncasi siempre calcos en los que apenas se encuentran las líneas de unafisonomía humana. Desde Orosmane, que es una imitación amanerada de Otelo, hasta Pangloss, que es una contraprueba borrosa de Panurgo,no ha hecho mover una imagen verdadera, una imagen típica de hombre. Secreería que se había impuesto la tarea de disfrazarla, de parodiarla.Sus güebros no son tales güebros, sus escitas no son escitas, susmusulmanes no son musulmanes, sus americanos no son americanos. Soncomparsas del club de Holbach que recitan en versos alejandrinosfragmentos de filosofía rimada. El tipo de Mahomet era uno de los queestaban por hacer; él lo ha intentado y ha fracasado; y es, no obstante,en esta obra, donde él ha probado por una vez que no carecía delespíritu de invención. Seide es un tipo y se ha convertido, comotodos saben, en un substantivo: ésta es una piedra de toque infalible.

Si el genio tiene un marco adecuado para la creación de tipos, esprimeramente el drama y después la novela. Teniendo esto en cuenta, esfácil calcular cuán limitado es el número de los escritores de genio,relativamente a la masa innumerable de los escritores de profesión, yaun relativamente a la selección, también muy restringida, de losescritores de talento. La novela, género esencialmente moderno, se ha,en efecto, multiplicado de día en día, desde hace tres siglos, en unaprogresión siempre creciente y tan infinita que escapa ya a lasdimensiones de las bibliografías especiales. No obstante, podríancontenerse en muy pocas líneas los títulos de todas las novelas que,después de las inmortales obras maestras de Cervantes y de Rabelais,contienen tipos verdaderos, originales y bien caracterizados, ymerecen un puesto en esta categoría. Nadie se atreverá, sin duda, anegar a Lesage un espíritu sutil, fino, creador, lleno de agilidad en laforma y de aptitud en la observación, animado de una alegría verbosa ycomunicativa y de rasgos adústicos y graciosos; pero no ha puesto ni unsolo tipo en la circulación de las creaciones literarias. Gil Blas es un personaje convencional colocado con una rara habilidad en unafábula ingeniosa, pero no es una individualidad arrebatada de una piezaa la cantera de la naturaleza.

Crebillon,

hijo,

y

Marivaux

eran

tambiénobservadores, pero cuyo tacto minucioso se sujetaba a maravilla a lasmezquinas proporciones de una sociedad de pigmeos. Se creería que sededicaron a aplicar a las costumbres de su tiempo el estudio de loinfinitamente pequeño. El microscopio más eficaz en perseguir lamateria en sus últimas divisiones no os hará descubrir un solo tipo;sólo encontraréis átomos. El genio absolutamente idealista de Rousseaule ha hecho incurrir en el extremo contrario. Acostumbrado a vivir en elmundo conjetural que se había forjado, estaba demasiado alejado del otropara discernir un solo tipo distinto. Nadie ha penetrado másprofundamente en el pensamiento ni nadie ha desflorado mássuperficialmente al hombre. El no tenía esa mirada universal del águilaque le permite a la vez mirar frente a frente el sol y divisar alinsecto oculto bajo la hierba: no sabía leer más que en los cielos. Noobstante, a fuerza de elevación y de poder, conseguirá alguna vez hacercompartir la ilusión que se hace a sí mismo; pero no hay que engañarse:es una ilusión. Los tipos que se esfuerza en imaginar no son solamentedefectuosos e incorrectos, son falsos. No son tipos, son fichasespeciales cuyo valor ficticio queda aniquilado a la primera prueba delensayador. Hay cien veces menos realidad moral en los caracteres deSaint-Preux, de Julia y de Volmar, que en los del Ogro y Pulgarcito.

Dejadle que se extravíe en la vaga altura de sus concepciones conalgunos espíritus especulativos que no tienen contacto con nuestranaturaleza más que por un pequeño número de puntos, y que han rechazado,con el pretexto de una perfección imaginaria, las simpatías íntimas desu propia especie. El tipo de una perfecta organización de joven, peroingenua y verdadera en su perfección, de una inocencia instintiva, de unpudor heroico, ese tipo, revestido de la más celeste idealidad, es aBernardino de Saint-Pierre a quien estaba reservado producirlo; es ladeliciosa y conmovedora

figura

de

Virginia,

concepción

fresca,

pura,inimitable, que su ingenuidad y su candor han hecho popular, aunque ellaemane de lo alto, aunque su gracia angélica pareciera participar menosde las invenciones de un poeta que de las revelaciones de un dios.

El nombre de Saint-Pierre recuerda siempre el del más ilustre prosistade nuestros tiempos, el de Chateaubriand, y cuando se pasa revista alos tipos en literatura, no es permitido olvidar a René, imponente ymagnífica creación, en la cual el genio ha depositado el secreto denuestra civilización expirante. He dicho antes que la historiaanticipada de las revoluciones próximas a desbordarse sobre Europaestaba enteramente contenida en Carlos Moor y en Werther. René contiene, como una profecía amarga y terrible, la historia de lassociedades extinguidas. A la primera impresión no ofrece más que rasgosgraves, solemnes, místicos y de una vaguedad en la que el pensamiento seanonada, pero tienen huella del dedo todopoderoso que trazó sobre lasparedes del palacio de Baltasar la sentencia de una monarquía, y, cosamaravillosa, permanecerán largo tiempo ininteligibles, tanto a lossabios como a los grandes de la tierra.

Será necesario, para penetrar elformidable enigma, que los reyes despierten, de la pompa de sus fiestasy de la embriaguez de sus festines, al ruido de los tronos destrozados yal crujido del cristianismo que se derrumba.

En Francia cuando no se tienen los brazos bastante largos para abrazaruna idea nueva en toda su intensidad, no se renuncia por ello a lapretensión de someterla y de apropiársela, y, para conseguirlo, hay unmedio seguro y cómodo que no falta nunca a la crítica: el de reducir lasdimensiones en una proporción análoga a las facultades que la juzgan yempequeñecerla progresivamente hasta que entra en la medida común. Asíse ha querido ver en René una imitación de Werther, y es muy posibleque no se vea esto más que cuando se es corto de vista.

En general, miopinión es que no deben ser comparadas las obras maestras. Lasproducciones del espíritu tienen su individualidad como los hombres, ylas que carecen de esta individualidad no vale la pena de ocuparse enellas. Entonces entran en los dominios de la mediocridad, donde lacomparación es fácil porque ya no se encuentran tipos; pero, Werther y René, que son tipos arcanos, son, no obstante, tipos distintos.El de Werther es la expresión de los trastornos de un alma que nopuede bastarse a sí misma; el de René es la expresión de lasangustias de un alma que lo ha abarcado todo y que siente que todo se deescapa porque todo acaba. Es la ansiedad mortal, la duda inexorable, esla inconsolable desesperación de una agonía sin porvenir, es el gritoespantoso de la creación social en el momento de disolverse. En Werther hay la emoción profunda de algunas generaciones dolientes; en René la última convulsión de un mundo que muere.

Los ingleses, cuya fisonomía moral es más variada que la nuestra, hanpodido, más que nosotros, multiplicar sus tipos en literatura. EnFielding son ingeniosos y sorprendentes, en Richardson ingenuos ysublimes. Walter Scott, cuyas fábulas demasiado difusas, los asuntosprincipales subordinados con frecuencia a los accesorios y losdesenlaces demasiado precipitados, no llenan siempre exactamente lascondiciones de una composición bien entendida, debe probablemente lapopularidad de su genio a la abundancia y a la popularidad de sus tipos. Es verdad que un cierto número de ellos pertenece a unanaturaleza fantástica, donde la imaginación se mueve con mayordesembarazo, porque dispone entonces de una creación que le pertenecepor derecho propio, y que no reconoce por regla más que la potenciamágica que la crea; pero sería injusto sacar de ello la conclusión deque esos tipos carecen del grado de verdad relativa que es el carácteresencial de lo bello en las obras de los hombres. Poco importa elcarácter ideal o positivo en el cual el autor coloca sus personajes,puesto que les da un sello de identidad que siempre puede reconocerse.Es evidentemente en virtud de una ficción muy inverosímil y de unaalucinación muy amplia,

que

nosotros

atribuimos

a

los

animales

nuestrascostumbres y nuestras pasiones, y, sin embargo, La Fontaine es más ricoél solo en tipos de una sorprendente realidad que todos los demáspoetas juntos. Las gentes sensatas no creen en el diablo ni en lasbrujas, y todo el mundo conviene, sin embargo, en que Fausto y Mefistófeles son tipos admirables.

En mi opinión, pues, sólo el genio es capaz de inventar tipos, y laimitación más hábil no conseguirá apropiárselos. La contraprueba de un tipo se hace ella misma traición por los esfuerzos que hace parasustraerse a la comparación, y sus esfuerzos son tanto más torpes, porcuanto no pueden producir nada verosímil alterando una naturalezaverdadera. Vale más encerrarse entonces en las atribuciones modestas deltraductor y del

copista,

destino

literario

que

no

tiene

en

nadaabsolutamente de humillante, porque hay cien mil copistas por cadainventor. Una traducción espiritual, una imitación bien hecha, unarreglo hábil, aunque no sean obras de genio, no dejan de ser obras debuen gusto y de talento; y después, si no satisface este lote, que es elpatrimonio de todos los hombres distinguidos, si se encuentran estrechaslas filas sobre las cuales se elevan unos pocos genios dotados del másraro de los privilegios, si se está provisto de una de esas presuncionesrobustas que consideran usurpadas todas las glorias cuyas alturas nologran alcanzar, hay un recurso aún, ejemplo Aristóteles, La Harpe yMarmontel; se puede clamar contra la barbarie y la estupidez al bordedel camino de los triunfadores; y queda aún el medio de refugiarse, comoAquiles, en su tienda, en los honores de la Academia: esto es un granconsuelo.

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EL PINTOR DE SALZBURGO

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DIARIO DE LAS EMOCIONES DE UN CORAZÓN

DOLORIDO

1803

25 de agosto.

Sí, todos los acontecimientos de la vida están en relación con lasfuerzas del hombre, porque mi corazón no se ha roto aún.

Yo me pregunto aún si no es alguna pesadilla la que me ha traído establasfemia:—¡Eulalia esposa de otro!—Y miro a mi alrededor paraasegurarme si estoy despierto; y me desespero cuando encuentro lanaturaleza en el mismo estado que antes.

Valdría más que mi razón sehubiese extraviado. Algunas veces querría también reposar en mi valor,pero he aquí que viene de pronto esa noticia increíble que aun resuenaen mis oídos y que se apodera de mí con las angustias de la muerte.

Yo he contado muchos infortunios; ¡pero éste es demasiado amargo!Desterrado de Baviera como un miserable faccioso, proscrito y fugitivo,errante por espacio de dos años desde las riberas del Danubio a lasmontañas de Escocia, me lo habían robado todo, la patria y el honor.¡Pero me quedaba Eulalia! y este recuerdo inefable encantaba mi miseriay acompañaba mi soledad. Yo era dichoso por el porvenir y por ella.

Ayer mismo, palpitante de deseo, de impaciencia, de amor, aun creía...¡y hoy!...

26 de agosto.

Hay una idea que oprime mi corazón, una idea dolorosa y mortal.

¿En qué consiste que nuestras impresiones más profundas sean una cosatan incierta, tan yaga, que el transcurso de algunos meses, de algunosdías, de un instante casi indiscutible, las borra? ¿Cuál es lanaturaleza de este sentimiento, tan violento en su embriaguez, tanrápido en su duración, que aspira a sojuzgar el porvenir y que un añodevora? ¿Será verdad que los afectos del hombre no son más que un arenalinvertido que deja escapar poco a poco todo su contenido? ¿Y serápreciso que muramos en todas

partes

donde

hemos

vivido—allí

mismo

dondeencontrábamos tanta dulzura en inmortalizarnos—en el corazón de los quenos aman?

¡Oh! ¡cuán sabia fue la Providencia al asignar una carrera tan corta alos viajeros de la vida! Si hubiera sido más pródiga y si el tiempo noshubiera traído más lentamente la hora de nuestra destrucción, ¿quéhombre hubiera podido envanecerse de arrastrar consigo algunos recuerdosde la juventud? Después de haber errado en un círculo sin fin desensaciones siempre nuevas, llegaría, solo, a la tumba y, lanzando unamirada apagada sobre la escena oscura y confusa del pasado, buscaríainútilmente una de las emociones de sus primeros años: lo habríaolvidado todo,

¡todo! hasta el primer beso de su amada, hasta loscabellos blancos de su padre.

Pero, si el vulgo emplea sus días en esas miserables irresoluciones, meparecía, por lo menos, que era dable a ciertas almas eternizar sussentimientos. Una vez creí haber encontrado esa alma semejante a la míay le confié mi dicha. ¿Quién podría repetir el encanto de esas horas deembriaguez en que, recostado sobre el seno de Eulalia, respirando sualiento, atento al menor latido de su corazón y en que todas misfacultades se abismaban en una sola de sus miradas? ¡Y, no obstante, meha engañado! y cuando, al estrecharla en los tristes abrazos de unalarga despedida, le pedí el título de esposo, me lo concedió ante elpadre de todo amor. ¿Qué derecho me ha arrebatado? ¿por qué me hareducido a este estado de anonadamiento?

Me han olvidado todos, porque si alguna voz amiga hubiera hecho vibrarmi nombre en medio del solemne perjurio...—Pero me han olvidado todos ynadie le ha dicho—: ¡Tiembla, Eulalia, Dios te ve!—Me han olvidadotodos y la traición se ha consumado.

28 de agosto.

Esta tarde caminaba al azar, y no sé cómo ha sido, he sentido un pesoque me oprimía, una nube que turbaba mi vista, un fuego que recorríatoda mi sangre, y me he sentado. Un instante después he levantado lavista y he reconocido en la casa que tenía enfrente la mansión deEulalia. En su habitación había luz.

Eulalia ha llegado y se ha detenidodetrás del balcón en una contemplación silenciosa. Ella sufría, porqueha mirado al cielo.

Su pecho parecía hinchado, sus cabellos en desorden;se ha llevado la mano a la frente, que sin duda ardía. En seguida se haretirado sin haber advertido mi presencia, y yo he visto su sombracrecer sobre la pared y luego confundirse con las demás sombras. Yo hequerido hablar, pero mi voz se ha negado a obedecerme y he permanecidomudo como el viajero nocturno que se encuentra con una aparición.

Después, me he aproximado a aquel balcón y me he visto inundado de laclaridad que de él descendía. Pero no he podido resistir tantasagitaciones, y he reanudado tristemente mi camino, y cuando he llegado ami casa mis piernas han flaqueado; me he dejado caer por tierra y heregado el suelo con mis lágrimas.

29 de agosto.

Todo conspira a mi desesperación. Al atravesar por esos campos he visto,delante de mi linda quinta, una mujer limpiamente vestida y, antes deque hubiese podido distinguir sus facciones, se ha arrojado en misbrazos y ha regado mis mejillas con sus lágrimas. «¿No me reconoceusted?—me ha dicho al verme vacilar—; soy yo, soy aquella a quien ladesesperación había impulsado al suicidio y que usted salvó con peligrode su vida; soy yo, a quien usted ha colmado de beneficios, a quienusted ha arrancado a la miseria, a quien usted ha devuelto la dicha; esa usted a quien debo la vida, y mi esposo querido, y mis hijos amados, yquiero...» Ella quería que viese a sus hijos. «Basta, basta—le hedicho, oprimiendo su mano contra mi corazón—. Usted no sabe si soybastante fuerte para resistir todo

eso.»

«¿Y

aquella

señora

joven?—haañadido

misteriosamente—; que el cielo os sea propicio a los dos!

¡Tanhermosa y con un alma tan grande! ¡Oh! ¡Con cuántas alegrías debeembellecer ahora su existencia!» A estas palabras yo he vuelto elrostro, estremeciéndome de dolor y de indignación; y ella ha creído...«¡Sí, muerta, muerta, perdida para siempre!», y la he abandonado alerror de sus lamentaciones.

Al regresar aquí he sabido que Eulalia había partido hoy para el campo.¿Es que acaso sabía...? ¡Oh! yo partiré, yo también quiero partir; y milveces he dirigido el cuchillo contra mi pecho, y mil veces he pedido aDios la muerte y el aniquilamiento, porque si mi alma había desobrevivir y recordar todo lo que ha vivido, era preferible no morir.Pero yo no volvería, quizá, tal como soy—; y, además, necesitaríaalgún tiempo para adaptarme a una nueva vida.

Vale la pena de meditar.

2 de septiembre.

El día ha sido tranquilo, el cielo puro y transparente, pero, en elmomento en que el sol descendía en su pompa occidental, el horizonte haquedado de pronto envuelto en nubes, como un cinturón, y poco a pocogigantescas tinieblas han devorado la luz del crepúsculo.

Así, me he dicho, he comenzado en una aurora dulce y brillante, y asívoy a acabar como este día en las tristezas de una tarde nebulosa. Aesta idea, me he representado, con extraordinario vigor, las sensacionesnuevas de mis primeros años; he rebuscado en mi memoria los jóvenesdeseos, las esperanzas ingenuas de un alma virgen, y me he mecido enestos recuerdos.

Mientras tanto, frecuentes relámpagos recorrían la atmósfera y abrían enlas nubes despedazadas deslumbrantes caminos y vastos pórticos de fuego.El relámpago se deslizaba sobre las bóvedas de la noche como una espadaflamígera y, a la luz pasajera, se veían de cuando en cuando algunassombras siniestras descender sobre el valle, parecidas a esos espíritusvengadores que son enviados sobre las alas de la tempestad paraatemorizar a los niños y a los hombres. Los vientos se estremecían enlos bosques o gruñían en los abismos, y en voz impetuosa se confundíanen las profundidades de la montaña, con el sonido grave del toque arebato, el tumulto de la cascada y el estruendo del trueno. Y en elsilencio mismo que sucedía, triste y terrible, a esas armoníasimponentes, se distinguían ruidos extraños y conciertos misteriosos,como los que deben elevarse en las solemnidades del cielo. En estostrastornos que desolan la creación, hay un bálsamo para las heridas delcorazón, porque nuestras aflicciones son absorbidas por aflicciones tanaugustas, y nuestra compasión se ve obligada a repartirse entre otrasalmas. A veces, por ejemplo, me identifico con esa naturaleza doliente yla abrazo entera a mi piedad. He intentado mantenerme en este estado,pero como no tengo con quien compartir el sufrimiento a mi lado, no hetardado en recabar toda mi piedad para mí solo.

3 de septiembre.

Con frecuencia he deseado volver a ver ese monasterio abandonado, encuyos claustros silenciosos tantas conmovedoras inspiraciones habíarecibido. Me acordaba de haber paseado con Eulalia por entre sus ruinasconfusas y sus construcciones descalabradas, y, al advertir en lo altode la colina la elevada flecha de la iglesia, atrevidamente lanzada alaire, me estremecí de alegría, como a la vista de un amigo. Pero, y estolo observé con dolor, habían reparado las brechas del muro y podado lashayas. El desastre de los claustros demolidos y la energía de unavegetación libre y salvaje, me habían producido sensaciones de grandezadistintas. Así y todo, como aquel recinto había albergado mipensamiento, cuando llegué al antiguo vestíbulo, cuando oí el ruido demis pasos resonando en los ecos de las capillas y del santuario ycuando las puertas trémulas crujieron girando con dificultad sobre susgoznes, con el corazón tan oprimido y con los ojos llenos de lágrimas,amargas y voluptuosas a la vez, atravesé los corredores resonantes y lospatios devastados para llegar al pie de la escalinata de la terraza. Deen medio de la gradería rota surgían los cilindros aterciopelados delgordolobo, las cúpulas de las campánulas, manojos de arabeta, matas dequelidonia dorada y las mortíferas flores del beleño. Me he apoyadocontra una columna, la única que, como el noble huérfano de una familiadesgraciada, ha quedado de pie; cerca de mí había un gran olmo, cuyacopa, calcinada por el sol, destacaba apenas de entre las ruinas.

Yo me he dicho: «¿Por qué mi propio genio no es más que una ruina? ¿Porqué la naturaleza, que yo encontraba tan hermosa, se ha marchitado conel tiempo? ¿Por qué no poseo ya ese poder creador, esa delicadezaexquisita, esa flor de sentimiento que inspiraban mis primeras obras?Ahora mis lápices son fríos, mis telas inanimadas, y mi alma se haextinguido en los dolores. Si algunas veces se me presenta una ideafuerte y magnífica, es inútil que trate de retenerla. Bien pronto misangre fermenta, y no la encuentro más que a través de doloresextravagantes; o bien me canso de semejante tensión y entonces se esfumay palidece bajo mis pinceles; es, quizá, que la imagen de Eulalia tienedemasiada fuerza en mi cerebro y esto me distrae.

Mientras tanto me he aproximado al antiguo cementerio de los monjes, yhe visto una mujer que dibujaba, sentada sobre una tumba. Ha dirigidosus ojos hacia mí, y cuando se han encontrado con los míos, he quedadodeslumbrado, como si un meteoro hubiese pasado ante mi vista, y he caídode rodillas.

Entonces Eulalia, porque era ella, ha avanzado hacia mí, seha apoderado de una de mis manos trémulas, y me ha dirigido palabras deconsuelo. Cuando he vuelto en mí y he podido darme cuenta de esteacontecimiento, cuando he reflexionado sobre la siniestra casualidad quenos había preparado una entrevista al pie de un sepulcro, cuando heprevisto todo lo que nuestra conversación había de tener de penoso y lamagnitud de las nuevas impresiones que debían atormentar mi corazón, hedeseado que un abismo se abriese a nuestros pies y nos enterrase a losdos juntos. «¡Usted aquí!», he dicho al fin. «Sí—

ha respondido—, enestos lugares llenos de usted y entre mis recuerdos dichosos es dondequisiera vivir siempre, y este pensamiento es el que ha encaminado hoymis pasos hacia aquí.»

Mientras tanto, me había sentado a su lado, abandonándome a todas mislamentaciones, deshaciéndome en improperios contra el destino y contraella misma; le he recordado el día de mi destierro, la hora funesta denuestra separación y los juramentos violados por ella; ¡juramentossellados con tantos besos y lágrimas! He llorado otra vez con muchaamargura, y los sollozos que me sofocaban me han impedido continuar.

«—Hágase la voluntad de Dios—ha seguido Eulalia—, pero que El nopermita que pueda usted condenarme sin oírme. ¡Si usted supiera lo quehe sufrido yo! ¿Me vio usted cuando con los ojos llenos de lágrimasespiaba sus últimos pasos cuando usted marchó al destierro? ¿Presencióusted las largas veladas que pasé ocupada en gemir y en pensar en usted?¿Me vio usted, en fin—

¡y por qué no moriría aquel día! Yo creía,esperaba morir, porque no pensaba que el débil corazón de una mujerpudiese contener tantos dolores...—Diga usted, ¿me vio usted pronta aexpirar de desesperación a la noticia de su muerte?»

A esta palabra, que me hería por primera vez, suspiré; sólo elpensamiento de que hubiese podido morir llevándome su amor y llorado porella, me ofrecía encantos sin cuento y me inspiraba deseos. Ellacontinuó:

«—El señor Spronck llegó a Salzburgo procedente de Carintia y nos fuepresentado. Fue agradable a mi madre y yo misma le encontré no sé qué deusted, tanto en su aspecto como en su carácter y, sobre todo, esa huellade melancolía que demuestra que un alma tiene penas ocultas.Efectivamente, había experimentado grandes disgustos. El interés que meinspiró, también lo hubiera obtenido de usted. ¿Verdad que es imposiblenegar una tierna piedad a la desgracia?

»Ya sabe usted, Carlos, que durante su ausencia he perdido a mi madre.Cuando vio que se aproximaba el instante fatal, nos llamó a los dos a sulado; después me miró, y una nube de inquietud pareció empañar el brillode sus ojos. Luego, nos envolvió en una misma mirada a los dos, colocóuna mano de Spronck en la mía, y la expresión de una voluntadirresistible se detuvo sobre sus labios expirantes; después pasó tandulcemente desde esta vida a la eternidad, que se hubiera creído quedormía si nuestro dolor no hubiese atestiguado que ya no existía. Ya veusted cómo, por una deplorable herencia del infortunio y de la muerte,me he casado con otro; de modo que si le he hecho traición ha sido porobedecer la voz de la naturaleza y de la tumba; y lo que todas laspotencias del mundo no me hubieran obligado a hacer, lo ha obtenido laúltima mirada de mi madre.»

Acabado este relato, se volvió hacia mí con una dulce compasión, y medijo:

«—Carlos, henos aquí como dos viajeros del desierto que después dehaber soñado en la patria, reanudan su largo camino a través de losarenales. Todo se ha desvanecido, pero tenga usted valor, Carlos, y estéseguro de que mi amistad le seguirá a todas partes.»

Pronunciando estas palabras se escapó, desapareciendo a favor de lastinieblas que descendían sobre el monasterio. Quise seguirla para verlauna vez más, pero, lo que creí el ruido de sus pasos, era el rumor de unsauce llorón que gemía entre sus espesas ramas y su cabelleramelancólica. Después repetí estas palabras: su amistad me seguirá, ¡ycon qué dulzura las he repetido hasta aquí! Esta idea serenaba missentidos, embalsamaba el aire y arrojaba sobre toda la naturaleza unencanto indefinible que tenía algo de encantamiento. Me he consideradomás dichoso. ¿Por qué? Yo estaba ávido de afectos;

¡y Dios sabe con quéquimeras he llenado a veces el vacío de mi corazón!

4 de septiembre.

¡Su amistad! ¿Hasta qué punto me bastará tal sentimiento? ésta es lacuestión. ¿Qué puede haber de común entre una sociedad fría y austera,que no goza más que de alegrías serias y placeres acompasados, y estaunión, llena de embriaguez y de voluptuosidades, en la que dos serespredestinados vienen a confundir toda su existencia? ¿entre ese alimentode algunas almas miserables y el fuego puro y regenerador que devora lavida y la reproduce? ¡La amistad! ¡y qué! al niño testarudo que pide elobjeto que se le ha sustraído, se le arroja cualquier chuchería paradistraerlo.

A los veintitrés años estoy cruelmente desengañado de todas las cosas dela tierra y siento un profundo desdén por el mundo y por mí mismo,porque he visto que en la naturaleza no hay más que aflicción y que enel corazón del hombre sólo mora la amargura. Llega, lanza sobre lo quele rodea una mirada inexperimentada, y en inmenso afecto abrazaávidamente a todas las criaturas. Se cree, por sí solo, capaz de animarotro universo, mientras que marcha, ¡ay! en medio de un mundo muerto yprodiga inútilmente sus jornadas fugitivas y su amor inconsiderado. Bienpronto observa, oye, juzga; poco después su imaginación se extingue, susilusiones se marchitan, su esfera de acción se limita, lo mismo que susrelaciones, hasta el instante en que una experiencia dolorosa brilla asus ojos, como una antorcha encendida sobre las tumbas, y acaba deiluminarle sobre su insignificancia. En fin, después no encuentra másque almas sordas y refractarias; la amistad le olvida, el amor le hacetraición, la sociedad le rechaza; se da cuenta de que todos los lazosestán a punto de romperse: se rompen en efecto; ¡y, dichoso él sitambién cede a esta hecatombe! Desde entonces no veo más que egoístasque han conseguido insensibilizar su corazón y entusiastas que lo agotanen quimeras.

Dar vueltas en un océano de inquietudes y de dolores y cuando secomienza apenas a descansar de tantas emociones violentas, cuando lasapreciaciones exageradas comienzan apenas a ser rectificadas, ¡he aquíque viene la muerte, colérica e inesperada, que os estrecha entre susbrazos inflexibles y os aniquila en el silencio de la tumba!...

6 de septiembre.

¡Otro doloroso recuerdo! Esta tarde me he encontrado, a orillas del río,ante el ángulo de un bastión medio derruido, al pie del cualdescansábamos de nuestros paseos en las hermosas tardes de verano. Eltapiz de musgo, que tantas veces nos había servido de asiento, conservasu frescura: la ruina amenazadora que lo domina, aun permanece en pie;yo había pensado algunas veces que podía enterrarme en su caída, y heaquí que ha sobrevivido al amor inmortal que ella me había jurado, a lainmortal felicidad que yo me había prometido. Allí, pocos días antes demi partida, siguiendo con los ojos el movimiento de la onda ytransportándome con el pensamiento a los mares lejanos que debíaatravesar—penetrado de dolor, a la idea de una separación quizásirreparable—; así una mano de Eulalia y la inundé de lágrimas. Tanturbada como yo, intentó distraerme cantando una de esas melodías quetantas veces habían encantado nuestras veladas. Era—¡podría olvidarlojamás!—Era así:

«Clara y Paulino veían transcurrir apaciblemente sus días, y veíanflorecer su juventud y sus amores. Nada, en apariencia, podíasepararlos, y se aproximaba el acontecimiento alimentado por suesperanza.

»Su solo pensamiento era el himeneo; la alegría su solo sentimiento,¡que es lo que un dios consolador envía a los enamorados! Pero he aquíque un día, el padre de Paulino le dijo:

«Hay que partir y dejar el amorde Clara.» Presa de la mayor emoción se dirige hacia su futura y ledice: «Deplorable suerte la nuestra. Mi padre quiere que esta mismanoche nos pongamos en camino. Pero jurémonos que, suceda lo que suceda,volveremos a vernos. Si algún amor culpable quisiera hacer presa en ti,le responderás: «¿Soy capaz de olvidarle? Bien pronto mi amigo vendrá adecirme: ¡despierta! ¡Ha llegado al fin la hora de sonreír a tu esposo!»Pero si alguno de nosotros muere en la espera, que su alma goce deconstante libertad para que pueda venir desde la negra orilla a consolaral que quede.

»Paulino partió. ¡Un corazón novicio es tan ligero! Un deseo, uncapricho, nada, le hace cambiar. ¡Clara está muy lejos! ¡Rosa es tanlinda! El tiempo pasa. El juramento se olvida. El amor se apaga.

»Clara, al conocer sus nuevos compromisos, le pregunta:

«Otra bien amadaobtiene tus atenciones; ¡el que ocupa a todas horas mi pensamiento hapodido hacerme traición!»

»Clara le perdona, le llora y se dispone a morir...

»Al saberlo Paulino se entregó a grandes extremos de dolor; pero Rosa letranquilizó con un aire lleno de encanto: «¿Podrías creer en la noticiade esa muerte? puede lamentarse, llorar, pero no morir. ¡La alegría estan pronto arrebatada a nuestros deseos!

¿Qué necesidad hay, pues, deconsumir nuestra vida en disgustos? Ven a la fiesta que se prepara estatarde y recibirás de tu Rosa los dones del amor.»

»Paulino vuela al baile y la busca con ansiedad, pero le parece que todose conjura para ocultársela; al menor ruido cree oírla entre lamultitud, y ve que su espíritu emprende el vuelo con la noche.

»Pero no, aquél es el dominio de su amante, y aquél su cuello de lis yaquélla su mano encantadora. «¡Rosa, un dichoso proyecto te aguarda! ¿lorecuerdas? Y me dirás demasiado pronto, cruel, que el día viene.Desaparece, máscara envidiosa, que tomas una forma que no es la tuya»dijo él; y Clara, ensangrentada, se ofreció a sus ojos, el brazo armadode un cuchillo aun húmedo, la vista extraviada, el pecho marchito ydestrozado, la tez lívida.

»La llegada del día no le libra de aquella sombra y sus sentidos caen enun sopor; ella murmura a sus oídos un largo suspiro.

»Pero cuando su pena llegó al límite, encontró compasión y entregó sualma envenenada por una cruel preocupación. Pueda como él, todo perjuroa su juramento, sufrir de su cobarde impostura el castigo.»

Acordándome de esta balada, he comenzado a repetir esta imprecación envoz alta y acento tan colérico, que he huido, lleno de terror, temerosode que el cielo me oyese.

8 de septiembre.

A algunos pasos de Salzburgo, hay una pequeña aldea cortada de unamanera agreste sobre la montaña. Muchos arroyuelos que bajan de lasrocas se reúnen debajo del cercado del presbiterio y forman un canal queva a través de la llanura, como una ancha cinta de plata, hasta perderseen el río. El murmullo de los pequeños torrentes, el rugido lejano delas ondas y el estremecimiento de los álamos, movidos por el viento, searmonizan con una dulzura indefinible y llevan al alma una languidez yuna turbación deliciosa que se quisiera prolongar.

Pero nunca estecuadro tiene un encanto más inexpresable que a la hora en que el cielo,adornado de los colores del alba, sonríe a la proximidad del día, cuandouna niebla húmeda y blanquecina flota sobre el valle y cuando losprimeros rayos del sol comienzan a dorar los plomos del campanario.

Esta mañana me paseaba por aquel lado, entregado a los más dulcespensamientos que de costumbre, cuando los sonidos lúgubres, distintos yprolongados del acero mortuorio, vinieron a distraerme de mis sueños delpasado. Retrocedí en dirección al pueblo y vi, en el ángulo del camino,un cortejo que avanzaba lentamente, recitando plegarias en voz baja.Cuatro hombres que llevaban un ataúd cubierto con un lienzo, abrían lafúnebre comitiva, y a su lado otras tantas jóvenes, vestidas de blanco,con el cabello tendido, los ojos enrojecidos por las lágrimas, el senopalpitante por los suspiros, que, con una mano, levantaban los extremosdel paño mortuorio. Seguían luego mujeres, niños y ancianos que parecíanpenetrados del más profundo dolor, pero de un dolor mudo y resignado,lo que me hizo suponer que a aquella infortunada criatura no laacompañaban sus padres a la última morada, porque las lamentaciones dela naturaleza tienen otro carácter. Me olvidaba decir que el lienzo erablanco y que encima de él había sido colocada una pequeña corona deflores.

Cuando la multitud ya había pasado, me dirigí a una mujer casioctogenaria que seguía con paso más lento a la comitiva, a causa de suavanzada edad, preguntándole el nombre de la persona a quien llevaban aenterrar. «¡Ay, señor!—me ha contestado sollozando—, no puede ustedhaber dejado oír de hablar de la buena Cornelia. Tan joven aún y ya erala madre de los pobres y el ejemplo de las personas juiciosas. Es ellala que murió ayer.» Pero como yo he dicho a la buena mujer que el nombrede Cornelia me era desconocido y que hacía algunos años que estabaausente de Salzburgo, me ha contado lo que sigue, mientras yo tomaba subrazo para atenuar la fatiga del camino:

«Cornelia pertenecía a una familia opulenta, pero ella era tan humildey tan compasiva, que nadie hubiera advertido su fortuna a no ser por susliberalidades. La madre de Cornelia se miraba en su hija; los padres ladaban por modelo a sus hijos; sus amigas la nombraban con orgullo, lospobres la bendecían, y hasta la envidia se detenía cuando se trataba deella; ¡tan buena y dulce era la pobre Cornelia! Hacía ya algún tiempoque su madre había observado que una pena oculta la devoraba,esforzándose en penetrar el secreto de su corazón. «¿Qué tienes,Cornelia mía», le decía, y Cornelia se inclinaba sobre el seno de sumadre y lloraba. «¿Estás enamorada?», le preguntó un día. Cornelia norespondió. Es que aquél era su secreto y no se atrevía ni a negarlo ni aconfesarlo.

»No obstante, no tenía por qué avergonzarse de su elección, porqueGuillermo es un muchacho honrado, pero ella creía que sus padres noconsentirían en que se casara con él, porque Guillermo era pobre. Heaquí por qué sus padres desconocían un mal que con el tiempo no hacíamás que crecer, y finalmente, cayó enferma víctima de una cruelenfermedad, y en los accesos de delirio pronunciaba con frecuencia elnombre de Guillermo.

Cuando la fiebre comenzaba a calmarse y Corneliarecobraba el sentido, su madre se sentaba a su lado y la interrogaba denuevo.

Una vez lo confesó todo, después de haberla demostrado que ellamisma se había hecho traición. Sus padres se reunieron y, después dehaber reflexionado maduramente, resolvieron casarla con Guillermo,puesto que le había dado su amor.

»Aprovechando uno de aquellos momentos en que el estado de Corneliadejaba entrever ciertas esperanzas de curación, le dieron la noticia, ycomo pensaron que su salud podía depender de esta unión tan deseada, sefijó el día y se convino en celebrar el enlace en una capilla inmediataa la casa. Debía ser ayer, a esta misma hora, y precisamente cuando ellacumplía los diez y siete años. Se levantó, se vistió y se dirigió a lacapilla entre su madre, que se había consolado por completo, yGuillermo, que estaba fuera de sí de alegría. Las mismas amigas queahora la acompañan al cementerio, iban a su lado, y los que la veíanpasar decían: «¡Mirad a Cornelia! está más pálida, pero no menos bella.»En efecto, su aspecto ofrecía un conjunto de nobleza, de gracia y deserenidad. Solamente, cuando ya estaba al pie del altar, dijo en vozbaja, al mismo tiempo que se apoyaba en Guillermo: «Me encuentro mal.»Fue de nuevo conducida a su casa, pero el golpe era ya irremediable yhabían quedado destruidos

todos

los

resortes

de

la

vida.

Algunos

minutosdespués del mediodía su mirada parecía empañarse y extinguirse. Luegofijó tiernamente los ojos en su madre y en su marido y sonrió. Enseguida volvió la cabeza y quedó inmóvil.

Guillermo, asustado, asió sumano; estaba fría. Cornelia había muerto.»

Mientras tanto, ya habíamos llegado al lugar de la aldea en queCornelia, durante su enfermedad, había mostrado deseos de ser enterrada;yo quise informarme aún, con una triste curiosidad, de todos lospormenores de aquel acontecimiento, gozándome en oír referir cómoaquella alma sensible y generosa se había dado a conocer a losdesgraciados durante su corta estancia sobre la tierra. Compadecía,sobre todo, a Guillermo, porque sobrevivir a la que se ama... ¿qué digoyo? ¡sin duda él también morirá!

Llegamos ante la iglesia y la caja fue colocada en el umbral; elsacerdote, con los ojos levantados al cielo, los brazos extendidos, elhisopo en la mano, dejó caer algunas gotas de agua bendita sobre laprisión estrecha y misteriosa que encerraba a Cornelia. Después fueintroducido el ataúd en el templo; la comitiva le acompañó, silenciosa,por la nave antigua, dividiéndose en dos filas cerca de las rejas delcoro; el pueblo se arrodilló y comenzó la ceremonia.

¡Qué espectáculo ofrecía a mis ojos y qué sensaciones producía en micorazón aquella pompa conmovedora que la religión ha colocado como unpunto de reposo entre la muerte y la eternidad! La santidad del lugar,la grandiosidad de las ceremonias, la melodía imponente que resonaba enel recinto sagrado, los vapores del incienso mezclándose con el humo delas antorchas funerarias, un sacerdote augusto elevando al Todopoderosolas oraciones de la multitud, una muchedumbre piadosa haciendo unllamamiento a la misericordia inagotable del Creador sobre la tumba dela criatura, el mismo Dios, bajando para reunir a los fieles al pie deltrono de su padre—y cerca de mí, en aquella caja—, bajo las tristesvestiduras de la muerte, una joven que no había tenido tiempo aún derecibir los besos del esposo amado y que tan pronto había trocado lasrosas por los cipreses, las delicias de la primavera por los secretosdel porvenir, el lecho nupcial por una fosa, ¡una virgen que no se habíadespojado aún del traje de novia y se veía arrojada para siempre a latierra húmeda y profunda, a merced de todas las intemperies y de todaslas inclemencias! ¡Inocente Cornelia!

¡Ayer ¡ay! llena de perfecciones yde bellezas, hoy inanimada por la muerte!

Mientras yo me entregaba a estas reflexiones, el cortejo había llegadoal cementerio donde Cornelia debía ser depositada, y allí, los pesaresque ella inspiraba, estallaron con mayor amargura.

Entonces hubierapodido creer que cada uno lloraba en ella una hija o una hermanaquerida; de tal modo la idea de separarse para siempre y de perder lopoco que de ella quedaba, había aumentado la intensidad de todos losdolores.

En aquel momento aproximose un desconocido. Parecía rayar en la edadmadura, pero algún dolor inmenso había grabado en su frente las huellasde una vejez anticipada. Su mirada dulce y altiva a la vez, tierna y noobstante un poco sombría, inspiraba el respeto, la admiración y el amor,y en su rostro flotaba un no sé qué de celeste y de deslumbrador con unamajestad incomparable. Se ha dirigido hacia mí, me ha interrogado convoz emocionada y yo le he repetido en pocas palabras lo que me habíancontado de Cornelia y de su muerte, pero cuando he llegado al fin delrelato, él ha cesado de interrogarme y quizá de verme; sus mejillas sehan cubierto de un fuego vivísimo, sus miembros se han puesto rígidos ytodo su cuerpo ha temblado con una convulsión súbita; se ha abalanzadohacia la fosa y ha mirado su interior con avidez, y cuando ha descendidoel ataúd, sus brazos, que buscaban un apoyo, han rodeado mi cuello.«¡Oh, usted no sabe—ha exclamado—, usted no sabrá nunca los tormentosque esta mañana trae a mi memoria! Usted no sabe que también un día vimorir y caer sobre la tierra del mismo modo a la que era, ella sola,toda mi alegría y todo mi amor, mi hermana adoptiva, la amiga de miinfancia, la esposa que me estaba destinada.»

Diciendo esto ha caído desmayado, y cuando, gracias a nuestros cuidados,ha vuelto en sí, le he llevado lejos de aquel lugar de aflicción, ymarchando apresuradamente por el lado de la ciudad, no nos hemosdetenido hasta llegar al recodo del camino en que yo había vistodescender la fúnebre comitiva y desde donde la aldea quedaba ocultadetrás de los árboles que formaban como una cortina.

Allí nos hemos separado, pero antes de hacerlo, el desconocido—alestrecharme contra su pecho con un fervor de amistad del cual yo mesentía orgulloso, y al prodigarme testimonios afectuosos dereconocimiento por un servicio sin importancia—se ha dado a conocer, yese desconocido, por quien mi corazón se había sentido tan atraído, ¡esel esposo de Eulalia!

Cuando yo recuerdo, después de esto, que Eulalia había creído descubriralguna semejanza entre nosotros, y cuando me lo representó con sufisonomía de semidiós, pienso que las almas escogidas están por encimade las vicisitudes y acontecimientos de la existencia y que su destinoes encontrarse en este mundo.

9 de septiembre.

Otra prueba de la debilidad de nuestro espíritu y de la inutilidad delos esfuerzos que empleamos en combatir nuestras inclinaciones. Estoyconvencido de que nuestra vida ha sido prevista y ordenada con las demásmanifestaciones de la existencia; que todas las costumbres, que todaslas relaciones que contraemos

en

el

comercio

del

mundo

son

consecuenciasnecesarias de nuestra organización, y que no depende de nosotrosexplicar ni vencer las simpatías con que algunas veces nos encontramosatados. ¿Por qué otro ascendiente, si no, que el de una fatalidadtodopoderosa, ese usurpador que me ha arrebatado mis más carasesperanzas, hubiera podido reducirme y subyugarme, cuando todo me eraodioso en él y yo hubiera querido interponer un mundo entre los dos? ¿Noes el esposo de Eulalia y no posee su amor?

¿Quién impediría, no obstante, que yo pasase mi vida entre ellos? ¡Ideatan llena de delicias que mi débil imaginación casi no puede concebirla!¿Quién impediría que yo fuese su esposo, como él, y que ella repartiesesu ternura entre los dos? ¿Un alma de una sensibilidad tan viva y tantierna no nos confundiría fácilmente en un amor? porque, ¿es que ladicha de los demás tiene necesidad de alimentarse de mi desgracia y demis dolores?

Hay que confesar que es una condición bien digna de lástima la mía,porque, por muy maltratados que se vean por la suerte la mayoría de loshombres, cuando menos pueden encontrar algún día consuelo en algunapersona querida. En cambio yo, solo sobre esta tierra miserable, reúnoen mí todas las miserias de la humanidad, y todo lo que puede constituirun encanto o un alivio, me está cruelmente prohibido. Mis más dulcesafectos se han convertido en tormentos insoportables, y el mismo aireque respiro se envenena en mis labios desde que Dios me ha desheredadode su Providencia.

10 de septiembre.

Y no obstante, él ha amado, ama aún y llora a otra. No sabrá amarla comoyo la amaba. No puede dedicar a ella todos sus recuerdos, todos suspensamientos, toda su vida, y cuando esté recostado sobre su seno,pensará en otro amor y en otra felicidad.

¡Desengáñate de tu dicha, almatierna y confiada! Ese esposo no es el que el cielo te destinaba. Sustransportes, sus suspiros, sus lágrimas, no son para ti. No es a ti aquien él desea en sus ensueños. ¡Infortunada! ¡no es a ti a quien ama!¿y con qué derecho exigirá de ti el afecto que él no puede darte?¿acaso no es nulo el compromiso que ha anulado todos los compromisos delcorazón y que ha hecho traición a la naturaleza?

Yo podría, pues... ¡jamás! Esta idea ha fermentado ya en mi pecho,pero... ¡jamás! ¡Quimera! ¡ilusión de las tinieblas! ¿Quién soy yo? ¡ay!un cautivo cuya imaginación ha reposado un momento en sueñosvoluptuosos; que creía andar sobre caminos llenos de verdor y bajodoseles de rosas, que no ocupaba su imaginación más que en esperanzasfáciles y esperanzas rientes y que, de pronto, se encuentra a la vistade sus cadenas y de su calabozo.

Cuando yo me veo así separado de toda dicha por un mar sin orillas;cuando me siento aplastado, anonadado por la desesperación; cuandoobservo cómo todas mis facultades se degradan y se irritan en esteestado de convulsión y de dolor; cuando intento calcular hasta qué puntoligeras modificaciones de circunstancias o de temperamento puedeninfluir sobre nuestras más graves resoluciones, y cuando reflexionosobre tantos desgraciados de sensibilidad ardiente que el cielo haarrojado entre las contrariedades y las luchas de la vida, me extrañomenos de contar un tan gran número de reputaciones escritas con sangre,y me indigno de los juicios insensatos de la multitud. Interrogad a esosaltivos, a esos ciegos dispensadores de gloria y de castigo: ellos lohan apreciado, medido y previsto todo. No hay un crimen, ni unpensamiento que escape a sus leyes, a sus pesquisas, a sus verdugos; yno obstante, ellos no saben ni sabrán nunca cuan débil, estrecha oimperceptible es la distancia que separa un rebelde de un emperador y elsuplicio de un proscrito de la apoteosis de un semidiós.

11 de septiembre.

Le he visto por segunda vez; entraba yo en una casa extraña y, al seranunciado, vino a mi encuentro el señor Spronck, dando pruebas de la másviva afección. «¡Carlos Munster!—ha dicho—

, ¡ay! ¿de modo que erausted...?» y no ha terminado la frase, pero su silencio mismo hablaba ami corazón. Parecía compadecerme y justificarme; como si quisieraevitar mi odio; y yo, mientras tanto, trémulo, cohibido, con los ojoshumedecidos por las lágrimas, he estado veinte veces tentado dearrojarme a sus rodillas o en sus brazos.

12 de septiembre.

Hay placeres que hemos gustado con tanta delicia, que se nos figura queel recuerdo que de ellos nos queda, debe bastar para nutrir nuestrocorazón de ideas rientes y dichosas durante todo el curso de la vida; ycuando nos encontramos, largo tiempo después, en las mismascircunstancias, ocurre, no obstante, que esas emociones, tan agradablesy tan añoradas, han perdido casi todo su prestigio. Nos lamentamosentonces de la inestabilidad de las cosas humanas y porque nosotros notenemos ya aptitud para gozar de bellezas que nos arrebatan, acusamoslocamente a la naturaleza de haber cambiado.

No hay nada más dulce, me decía, que poder, después de grandescontrariedades y largos años de destierro y de dolor, transportarse conel pensamiento a los días tan puros de la feliz infancia; que volver aver los lugares que han sido el teatro de nuestros primeros juegos, denuestros primeros trabajos y de nuestros primeros éxitos, lasperspectivas en que hemos empleado nuestros primeros lápices, el techonatal y los dominios hereditarios; que reconocer el campo que nuestropadre ha deslindado, el árbol cuya sombra tanto amaba, su arado, elrústico hogar y el lecho de paz desde el cual nos bendijo. ¡Se acuerdauno con tanta emoción de aquel tiempo, rico en ignorancia y ensencillez, en que una mediocridad laboriosa limitaba nuestros deseos yun estrecho horizonte nuestro universo! ¡Hemos tantas veces deseadoreunir a nuestro alrededor a todos los que han hecho con nosotros elaprendizaje de la vida y esperamos tantos goces de la evocación deaquellos recuerdos! He dejado Salzburgo para reanimar mi corazón enaquel hogar de inocentes voluptuosidades, y en lugar de los consuelosque yo esperaba, todo lo que he visto no ha servido más que pararedoblar mi disgusto. ¡Placeres más penosamente comprados que los quetienen tales recuerdos! ¡la dicha pasada puede, pues, ser un tormento demás!...

Yo me figuro uno de esos ángeles réprobos que consumen su eternidad eninútiles arrepentimientos. Algunas veces se eleva pensativo hasta losconfines de su primera patria, contempla con una tristeza profunda elcielo del que ha sido desterrado y los bienes que su rebelión le haarrebatado: su infortunio es aún mayor; y, rugiendo de desesperación, sehunde de nuevo en los abismos.

14 de septiembre.

¡Cuántas gentes que se quejan de la monotonía de la naturaleza, que noven más que cuadros estériles y fastidiosos, que piensan que con unaojeada pueden verlo todo y abarcarlo todo y que no deberían quejarse másque de la imperfección de sus facultades, de la pobreza de suimaginación y de sus sentidos! En cambio, el artista gime ante laimpotencia de sus recuerdos y maldice sus telas y sus paletas cuandoobserva tanto matiz inimitable, tantos aspectos variados, tantasexpresiones infinitas en el gran cuadro de la soberbia creación. ¡Y

quémotivo de incertidumbre para él cuando ve un solo punto modificado portodas las influencias de las estaciones, por todos los accidentes de laluz y por todas las emociones de su propio corazón!

Esta mañana me he detenido a la sombra de un viejo olmo, alrededor delcual, ciertos días de fiesta, los jóvenes, sin otro concierto que el queles daba un pobre músico ambulante, se reunían para dar muestras de sufuerza y agilidad, mientras que los ancianos, emocionados por los másdeliciosos recuerdos, se contaban entre ellos algún acontecimientonotable de su juventud, ocurrido en semejante día. Sin duda conservanaquella hermosa tradición, porque he visto la hierba hollada, las floresesparcidas y las margaritas deshojadas. ¡Dichosos ellos que, al menos,son fieles a sus primeros placeres y a sus primeras costumbres!

Desde aquel lugar, la vista se extiende sobre un inmenso valle que secruza y se despliega con gracia entre las laderas de los bosques y cuyoaspecto riente y tranquilo encanta el corazón.

Algunos arroyos bordeadosde sauces se pierden en la llanura sin alejarse demasiado los unos delos otros, se embalsan a trechos, se acercan y se huyen cuando pareceque van a darse alcance, y, finalmente, más lejos, se ven correr todosjuntos. A la derecha, entre las cabañas de los campesinos, se distinguenlas torrecillas de un castillo gótico cuyas alas ruinosas se extiendensobre una ancha plataforma; y más abajo, el río que sale de repente dedetrás de la colina, como si en ella tuviera su nacimiento, y que sepierde, a gran distancia, en el fondo azulado del horizonte.

El puenteque lo atraviesa a lo lejos se asemeja a una pequeña media luna negrasobre un campo de azur.

El oriente comienza ya a colorearse en los primeros albores del día;todo es dudoso, vago e indefinido. El paisaje, apenas esbozado, noofrece más que los colores inciertos, rasgos confusos y formascaprichosas. A medida que el día se levanta, las montañas nacen, lasperspectivas retroceden, los planos se destacan y se caracterizan;bandadas de pájaros de todos colores recorren el aire con toda suerte devuelos y de evoluciones. Bien pronto la hora del trabajo puebla lossenderos y los campos. El campesino desciende de la aldea, el arrierocamina pausadamente detrás de las mulas y el pastor sigue a sus ovejas.Cada hora que se aproxima es testimonio de otras escenas. Algunas vecesuna sola ráfaga de aire basta para cambiarlo todo. Todas las selvas seinclinan, los sauces se blanquean en sus copas, los arroyos aparecenrizados en su superficie y los ecos suspiran.

Cuando, al contrario, el sol desciende hacia occidente, el valle seoscurece y las sombras se extienden. Algunos objetos más elevados sehacen notar aún con sus reflejos de oro entre las nubes de púrpura; peroesas luces mortecinas no brillan en ninguna parte con más esplendor quesobre la superficie del río, que se precipita centelleante y lo envuelvetodo en una amplia franja de fuego.

Finalmente, la luna se abre paso entre los espacios del cielo: lo mismocuando su claridad, tierna y temerosa como la mirada de una virgen,tiembla bajo las sombras transparentes, que cuando cae en haces de luzsobre el misterio de la llanura, prestando a todos los objetos encantosinexplicables y dulzuras infinitas; es entonces cuando los bosques sepueblan de rumores misteriosos, de secretos, de pompas. Todos losaspectos del cielo y de la tierra adquieren una idealidad indecible. Elaire está cargado de las emanaciones más puras y de los perfumes másagradables. El sonido del corno, el tañido de la campana lejana, elladrido del perro que vigila atentamente ante la morada del hombre, elruido más insignificante, en fin, os turba y os penetra; parece que lamajestad de la noche impone también su misterio sobre los sentidos.

Más aún; si las inspiraciones supersticiosas y los ensueños crédulos sonhijos de la soledad y de las tinieblas, ¿quién me impide dar a esecastillo habitantes y misterios; gemir por la suerte de una esposaoprimida, que agoniza en sus subterráneos, y evocar sobre sus torreslas vetustas sombras de sus antiguos señores?

Esas chozas, ¿no pueden ocultarme una pareja de amantes verdaderos quehan preferido el simple hogar de sus padres, un pequeño campo cultivadopor sus manos y el goce de placeres sin remordimiento, a todas lasseducciones de la ciudad?

Soñemos, soñemos en esta felicidad que nos rodea, puesto que jamás hemosde participar de ella.

17 de septiembre.

Esta aldea no está separada de aquella en que he visto a Eulalia más quepor una colina en la que crecen diferentes árboles y atravesada porinnúmeros senderos. Sea predilección, sea casualidad, mis solitariosensueños me conducen siempre a una linda explanada tapizada de frescomusgo y sobre las que robustos arcos forman una bóveda sombría yrumorosa. En la pendiente de la colina, un campanario, ennegrecido porun incendio, eleva su torre ahumada entre algunas casuchas groseramenteagrupadas en anfiteatro, y en los confines de la llanura se ven algunasalquerías con sus huertos y algunas quintas de recreo.

En un cercado de aspecto elegante y de una exposición acertada, yo habíavisto con frecuencia a Eulalia errar pensativa por entre losbosquecillos dejando flotar a merced del viento los pliegues de sutúnica blanca y las ondas de su cabellera, o bien, a la caída de latarde, regar con agua pura las flores de sus parterres, cuando éstaslanguidecían marchitas por los ardores del sol, como símbolo conmovedorde un alma tierna que se consume calladamente de amor; y cada vez undeseo inquieto, un sentimiento, mezcla de turbación y de voluptuosidad,se deslizaba por mis venas y hacía hervir mi sangre. Mi alma ardía antela idea de aliarse en el espacio con el alma de aquella desconocida; siella se alejaba, yo la seguía con la mirada hasta perderla de vista, laesperaba hasta que volviese y, al verla de nuevo, trataba de apoderarmede su imagen, de apropiármela por completo y de identificármela, parano perderla jamás. Inmóvil, de pie, sin respiración, sin movimiento, supresencia era un misterio

que

yo

temía

turbar.

Algunas

veces

negrospresentimientos se extendían sobre mi porvenir como un velo de dolores;y entonces el corazón se me desgarraba. Nubes de sangre flotaban antemis ojos y me ocultaban el cielo; lágrimas tibias y pesadas, como lasprimeras gotas de una lluvia tempestuosa, caían de mis ojos, y la tierrahuía bajo mis pies.

Entonces hubiera querido partir y lo hubieseolvidado todo: mi papel, mis lápices y mi ossian.

Después me lanzaba al azar por los bosques y me trazaba nuevos senderosapartando con las manos las ramas húmedas y los arbustos espinosos.Entonces me placía recorrer los lugares donde el hombre no tiene lacostumbre de penetrar, de tal modo estaba poseído del sentimiento quellenaba mi alma y de tal modo temía ser distraído de él. Hablaba de ellabajo mil nombres imaginarios, los grababa sobre la corteza de losárboles y sobre la arena, y a veces añadía el mío. Si algún tiempodespués acertaba a pasar por el mismo sitio y veía aún aquellas cifras,entrelazadas, palpitaba de alegría como si fuese ella quien las hubieseescrito. Con frecuencia curvaba jóvenes árboles para formar toldos deverdura o bien los agrupaba en pórticos, colgando de ellos frescasguirnaldas de enredaderas con sus hojas como lanzas de hierro brillantesaún por el rocío.

Quizás un día, pensaba, la conduciré bajo mis glorietas, la haré pasarbajo mis bóvedas de flores y la coronaré con mis enredaderas. Estas erandulces quimeras e ilusiones presuntuosas del amor sin experiencia.