El Pecado y la Noche by Antonio de Hoyos y Vinent - HTML preview

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una

maravillosaarmonía de línea y de contorno y una piel fina, blanca yaterciopelada...! ¡Su piel! Era tan lechosa y transparente, que algunasveces hacíale semejar una estatua de alabastro iluminada por interior ymisteriosa claridad. Luchaba yo por fijar aquellas maravillas, pero comopor obra de sortilegio, cada día acrecentábanse más. De hora en hora,parecía espiritualizarse, afinarse, hacerse más sutil y transparente,sin perder jamás la ecuanimidad de su hermosura. Al fin un día di miobra por concluida. Ya no me faltaban más que los cabellos y los ojos,aquellos cabellos de princesa legendaria y la líquida transparencia quese filtraba por entre las pestañas de oro y que hacía pensar en laserena belleza del cielo reflejada en las aguas de un lago en calma.Lady Judith tuvo una de sus enigmáticas sonrisas.

—Es tarde—murmuró.—Esta es la última sesión.

—Y como yo, desesperado protestase de ver mi obra condenada a quedarsin concluir, añadió:—Me encuentro muy mal. Mi hora se acerca; sé queme muero...—Y como yo intentase atajarla, sin permitírmelo, con un vagotinte de ironía, aseguró:—Tan mal me encuentro, que ya he avisado a mimarido y mañana vendrá con un yacht a recogerme.

«Yo imploré aún:—¡Esos ojos!... ¡ese pelo!...—Sonrió.—Los tendráusted.

—Pasó un mes. Yo no sabía nada de Lady Woodstons. El yacht seguíaanclado en la bahía. Al fin, un día, al salir a la terraza, vi que elbarco se hacía a la mar. ¡Lady Judith había muerto! Loco de dolor, meprecipité al hall del hotel para informarme de la catástrofe. Allí un groom me entregó un paquete. ¡Su letra! Desfalleciendo de emoción subía mi cuarto y lo abrí. Había dos cajas. Rompí las cintas que sujetabanla mayor. Allí estaba la maravillosa cabellera de Lady Judith! Un papelrezaba: «mi pelo». Tembloroso abrí la otra: «mis ojos», y vi en el fondodel estuche dos pálidos y admirables zafiros. Con todo ello completé miestatua, y nuevo Prometeo, me enamoré de ella.

Hizo aún otra pausa nuestro pobre amigo. Estaba tan pálido que temí porun momento que fuera a desmayarse. Al fin, con un gesto enérgico se pusoen pie.

—Voy a presentarte a mi Lady.

Les confieso a ustedes que sentí un vago malestar. Todas aquellashistorias, agravadas por las tinieblas crepusculares y el fuerte olor aopio y cera, me turbaban. Hubiese querido irme, pero algo más fuerte quemi voluntad me retenía prisionero allí, y con los ojos fijos en lapuerta por donde había salido Guillermo, esperé. Al fin apareció en eldintel el escultor, sosteniendo una mujer casi por completo cubierta porun enorme abrigo

de

chinchilla.

Parecía

enferma—una

de

esas

irrealesenfermas que van a morir a la corniche, entre sonrisas, rosas ynaranjos en flor—, entregada por completo a su galán.

El gabán sólo dejaba ver la parte alta del rostro en que lucían los ojosadmirables y la cabellera de hilado oro, y por debajo del abrigo salíala fastuosa cola de encajes. Lentamente acercose la extraña pareja aldiván, y con cuidado exquisito depositó Guillermo su carga en él.Después, con un gesto rápido, nervioso, como si temiese quemarse, abrióla pelliza que cubría la muñeca.

Lancé un grito y me puse de pie. Ante mis ojos, en lugar de la figuraadmirable que la pureza de la frente, el oro de los cabellos y elluminoso azul de los ojos hacía presentir, acababa de ofrecerse a mivista algo horrendo, abominable, alucinante. Las mejillas deformadas,los labios mordidos, el cuello destrozado, el escote hendido por lashuellas de las uñas que se habían clavado en él; en vez de la admirableestatua que esperaba tenía ante mí una de esas figuras que losinquisidores hallaban en los antros de las brujas medioevales y quequemaban ante el Patriarca de Indias en las hogueras de la plaza Mayor.

Guillermo rió sarcástico y encarose con la estatua:

—¡Ah! ¡Parece que ya no gustáis tanto, Milady! ¡Parece que vuestrabelleza está en el ocaso!

Después, dirigiéndose a mí, habló con voz estridente, en que vibraba unodio feroz:

—¿Comprendes? ¡La odio y la amo! Y veo llegar para ella la vejez y elolvido!... ¡Es la liberación!... ¡La batalla!

¿Comprendes? ¡Reinaré ensu vida después de muerta! Si ahora me entregase a usted, vería el ladofeo de las cosas, y día por día, hora por hora, enrojecería ante susojos; mientras que así...

así mi belleza le sobrevivirá!... ¡Y haenvenenado mi vida para siempre! Si hubiese sido mía, mía una vezsiquiera; si hubiese sido mujer, su memoria estaría para mí llena dedulzura; mientras que así, quimérica e impasible, reproduciendo su piel,que para mí no tiene otra realidad que la cera, y sus ojos, que son dospiedras yertas, y sus cabellos, que han adquirido la sequedad de los delas muñecas, la visión perpétua de su desnudo maravilloso me persigue,me obsesiona, aniquila mi vida... ¡Y es la batalla! ¡Ahora es mía! ¡Mía!Aquel amor que en vida le asustaba porque podía marchitar su hermosura,la destroza día por día. Y hora llegará en que, fea y repulsiva, laarroje a un braserillo, donde se derretirá como los endemoniados muñecosque quemaban en las noches de aquelarre. ¡Y ese día, por fin, seré librey el maleficio estará roto para siempre!

Se había puesto de pie, el pelo erizado y los ojos fuera de las órbitas.En el diván, la figura abandonada parecía mirarle con sus pupilas azulesde cristal y sonreír irónica con los labios destrozados a mordiscos.

Hubo una pausa. Nadie hablaba ni se movía. Todos escuchábamos anhelantesla extraña historia de Guillermo Novelda que Gustavo nos contaba. Al finreanudó el hilo:

—Un año después volví a París. Durante el invierno, el recuerdo denuestro infortunado amigo me persiguió como un remordimiento. ¡Habíahecho mal en dejarle allí solo y abandonado a su extraña locura! Mideber era haber avisado a su familia... El egoísta que todos llevamos ennosotros salía a mi encuentro con sus fríos razonamientos. ¿A quéfamilia?

Guillermo no tenía sino parientes lejanos a quienes nadaimportaban sus cosas. Además, ¿con qué derecho iba yo a meterme en susasuntos? ¿Quién era yo para inmiscuirme en el misterio de aquella vida,revelado a mí en un momento de confianza? Un amigo de azar, un conocidode los salones. Y me había cruzado de brazos. Ya en París, decidí volvera visitar a mi amigo; pero la pereza y una vaga inquietud de perturbarmis nervios con todas aquellas raras historias, me hacían retrasar dedía en día mi visita. Además ¡hacía tanto calor! Esto sucedía el veranopasado, y ya recordará usted la temperatura senegalina de quedisfrutamos en todas partes, pero sobre todo en París. Por fin, un díahice un esfuerzo, me armé de valor y me encaminé a la rue del'Université. Desde que pisé la calle, un presentimiento me oprimió. Ungrupo no muy numeroso de gente permanecía estacionado precisamente antela casa de Guillermo. Acerqueme inquieto, e interrogando a unos y otrosacabé por averiguar lo que sucedía: iba transcurrido más de un mes sinque el inquilino diese señal de vida. Como era harto misantrópico, alprincipio a nadie extrañó no verle, pero a la larga concluyeron porinquietarse. Fueron entonces al amo de la casa, el cual, a su vez,acudió allí, y como, pese a sus reiterados llamamientos, nadie abría lapuerta, acudió a la Comisaría, y por fin iban a forzar la puerta.Inquieto por la suerte de mi amigo, presintiendo una desgracia, pedíhablar al comisario; presenteme a él, no como amigo, sino como pariente,que, inquieto ante un injustificado silencio, había hecho un viajeexclusivamente para saber a qué atenerse, exhibir documentos, y al finfui autorizado a acompañar a la justicia en sus indagaciones. La puertaacababa de ser forzada y entramos todos en el zaguán. Un olornauseabundo nos dio el alto. No era sólo el olor a humedad que percibíla primera vez que pisé aquella casa, era un olor a podredumbre, a carnemuerta, agravado de emanaciones de opio y de cera quemada, lo que salíaahora a nuestro encuentro. Al fin, tras un momento de vacilaciones,seguimos avanzando y cruzamos los mismos salones de mi anterior visita,pero aún más lúgubres, más polvorientos, llenos de telas de araña y decucarachas que corrían ante nuestros pasos. Y el olor hacíase cada vezmás intenso y violento, tornando la atmósfera en irrespirable. Losagentes iban abriendo a nuestro paso puertas y ventanas. Al fin llegamosante la entrada del estudio: el Comisario empujó la puerta y todosretrocedimos un paso helados de horror.

Sobre el diván, semidesnudo, yacía el cadáver de Guillermo, pero elcadáver devorado por ratas y gusanos, el cadáver sin labios ni nariz,con los ojos vacíos y las mejillas descarnadas; el cadáver negro,purulento, en plena fermentación, que estrechaba ferozmente, en unacrispación sarcástica de las mandíbulas descarnadas, la figuraatrozmente deformada de Lady Judith. El calor y la podredumbre habíanfundido absurdamente cera y carne y en la confusa masa pululaban losgusanos. Una larva amarillenta salía de una de las vacías cuencas delcadáver y resbalaba sobre los labios destrozados de la muñeca. Sobre laescalofriante masa zumbaba una nube de moscones. Y desde el fondo deaquella miseria los ojos azules de Lady Judith me miraban burlones.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . .

Había concluido de anochecer. En el despacho no se oía más que elcastañetear de los dientes de Lydia Alcocer, que temblaba.

Después, unsuspiro de descanso de Claudio Hernández de las Torres, que acababa dedarse una inyección de morfina. Al fin Nieves Sigüenza, estirándose convoluptuosidad de gata perversa, murmuró, presa de delicioso terror:

—Me hubiese gustado ver a Guillermo; pero sobre todo conocer a LadyJudith.

Sonó la voz irónica de Gregorito Alsina:

—Lady Judith... ¿Te acuerdas, Claudio, de ella? La conocimos el otoñopasado, con sus perlas y sus encajes, en Venecia, en un té de laprincesa Fornarina Pescari. Allí no moría tísica, moría del veneno deVenecia, de una rara fiebre que, embelleciéndola, la mataba poco apoco. Y para eternizar aquella agonía, había encendido el incendio deuna pasión que devoraba los últimos chispazos del genio del pobreGustavo Golderer, el gran pintor alemán.

UNA HORA DE AMOR

I

Donde la Sacerdotisa de Venus empieza a creer

en la despoblación del Bosque Sagrado.

¡Tan!... ¡tan!... ¡tan!... El reloj de la cercana iglesia de Santa Cruzdesgranó las campanadas de la tercera hora, que, entre el gemir delviento y el gotear del agua, sonaron lúgubres, fatídicas, agoreras.

Llovía a mares. Ni por la calle Mayor, ni por la cercana plaza,transitaba nadie; sólo en la esquina de la calle del Factor, brillaba,mortecino, el farol de un sereno. De tarde en tarde, el vigilantenocturno cambiaba de sitio, y entonces la lucecita corría, temblorosa,con inquietante apariencia de fuego fatuo.

Estrella sintió ganas de llorar. ¡Las tres de la mañana y no se habíaestrenado aún! ¡Y era el tercer día que regresaba con las manos vacías!¡Y ama Dolores ya le había advertido que aquello no podía seguir; que sucasa no era ningún asilo, sino excelso templo del Amor—a dos pesetashora—; que no estaba para alimentar pánfilas, ni imágenes mandadasrecoger; en una palabra: que aquello no podía continuar. Ahora, paradabajo los soportales, sentía inmenso desaliento, mientras miraba con aireestúpido caer la lluvia, y evocaba la alegre facilidad de los primerosdías de galantería, sobre todo antes de su ida al Hospital. Entonces, nohabía sino mimos y halagos: ¡hasta bata de seda tuvo! Mientras que ahorano quedaba, de tanta belleza, más que escaseces, palabras agrias y malostratos. En su sensibilidad enteramente animal, sólo apta para el dolorfísico, más que las humillaciones y que el sentimiento de su abyección,dolíanla los quebrantos materiales. Ama Dolores había llegado hastaamenazarla, si las cosas seguían así, con echarla a la calle. La idea deperder de vista la mancebía, con su olor a almizcle, que disimulaba malel hedor de miseria y podredumbre, su lujo de relumbrón, digno a susojos de los alcázares de Solimán, el Magnífico, y, sobre todo, aqueltener la comida segura, sin necesidad de preocuparse de buscarla con eltrabajo, le aterraba. ¡Recomenzar la vida! Levantarse al amanecer parasalir cargada como una bestia a ganar el pan con el sudor de su frente;pasar hambre, frío, sueño... ¡no, y mil veces no! Prefería la vida deanimal de amor, acariciada unas veces, maltratada otras, brutalizada lasmás; pero, al fin y al cabo, sin necesidad de violentar su voluntad.

Su verdadero nombre no era Estrella. Aquel fue el apodo de guerra conquela bautizó ama Manola, cuando, después de cerrado el trato entre laCelestina y Juan Ramón, su hermano de ella, quedó definitivamenteadscrita como vestal del Amor en aquel templo de la calle de Tudescos,su primera estancia en el calvario de la liviandad. Respondía la moza alfeo, malsonante y nada poético nombre de Robustiana. Su vida había sidouna de esas oscuras y tristes vidas, que empiezan en un chamizo, entregemidos y maldiciones, y acaban en la cárcel o en el hospital. De origencampesino, fue en su casa primero burro de carga, luego lecho deconcupiscencia, por donde, entre vahos de alcohol y estallidos debestialidad, pasaron padre y hermanos; al fin, objeto de rapacidad. Yaen la villa y corte, llegaron los días buenos de tocados abracadabrantesy comidas pantagruélicas; tras ellos, como obligado cortejo, lamiseria, la enfermedad y la vejez.

Sobre su fondo puebluno, estúpido, rapaz, temeroso y áspero, la vidacanalla de la urbe populosa puso un barniz de procacidad y de descoco.

En otros tiempos, sino guapa, a lo menos tuvo la frescura de lasmanzanas maduras; después de su ida al hospital, de aquella belleza noquedó nada. Si bien en su cuerpo la gallardía no era, como enMaritornes, contrapeso de la fealdad del resto, pues ni contaba lossiete palmos, ni la carga de las espaldas hacíale mirar al suelo, sinoal contrario, podía decírsele alta y derecha; en cambio, como laasturiana, era ancha de cara, llena de cogote, y sino tuerta de un ojoy del otro no muy sana, faltábale poco, pues de los pasados malesquedáronle ambos asaz turbios y pitañosos.

Se había, pues, detenido en la esquina de la calle de San Miguel.Tiritando de frío e intentando defenderse de él, apretando el raídomantón sobre los pechos, que pendían como dos odres vacías, apoyose enuna de las columnas que sostienen los soportales, decidida a no moversehasta encontrar algo. A la menguada luz de los reverberos de gas,destacábase toda la miseria de su figura lamentable. Los cabellos ralos,pegados por la lluvia, brillaban, grasientos, como los de acuáticaalimaña; en el rostro lívido, desposeído de pintura y afeites por lahumedad, los ojos turbios, sin cejas ni pestañas, miraban asustados; elmantón, empapado en agua, ceñíase a las ruinosas formas del cuerpo,moldeando una figura contrahecha de mujer, como esos lienzos mojados enque los escultores envuelven a las estatuas a medio hacer; la falda depercal, llena de agua, pegábase a sus piernas.

Tenía los pies ateridos dentro de los zapatos encharcados, y sentíafrío, un frío intenso que le subía a lo largo de las espaldas.

Pero nose iría, no se iría por nada del mundo. Había recorrido ya los barriosbajos, los lugares sospechosos, llenos de ladrones y borrachos, expuestaa groserías y malos tratos, y ahora aventurábase por las callescéntricas, desafiando las iras de los policías. ¡Qué le importaba! Elcaso era no volver así, sola y con las manos vacías, a la presencia deama Dolores.

Inmóvil, los ojos fijos en el suelo, miraba caer las gotas de agua que,al chocar en los charcos, rompían el quieto cristal en grandes círculostemblorosos. En el reloj sonó el cuarto de las cuatro.

Pasos...

II

En que hace su aparición un caballero, a quien

personas duchas en letras tomarían,

quizás,

por el de la Triste Figura.

En dirección a la de Bailén, bajaba la calle Mayor un hombre.

SiEstrella fuese mujer leída (una de esas hetairas que posan de artistas,hacen versos y se saben a Zorrilla—afinidades nominales—de memoria),hubiera tenido un movimiento de asombro al comprobar el gran parecido deaquel buen burgués con el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.Pero Estrella era una bestia, ni aun sabía leer, y no establecióconcomitancias.

El individuo era alto, anguloso, tan pobre en carnes como rico enosamenta; sus piernas abríanse a modo de gigantesco compás, y susbrazos fingían aspas de molino. Enjuto de rostro, ancho de frente,prominente de mandíbula y terroso de color; sus labios, bajo loschinescos bigotes amarillentos, dibujábanse delgados y blanquecinos, ysus ojos, entre las cejas hirsutas, brillaban con matiz indefinido.Tenía el cabello escaso y cano, tirando a blanco. Un pantalón a cuadros,un gabán café con leche, de tan deficientes proporciones, que hacíapensar en la imposibilidad de encerrar aquel esqueleto en él. Y unpequeño sombrero hongo, ladeado sobre el lado izquierdo y muy echado ala cara, completaban su figura.

La pecadora murmuró, sin esperanza de éxito:

—¡Spch!, ¡spch!, buen mozo.

El no pareció haberla oído, y entonces ella repitió:

—Moreno, buen mozo, ¿vienes?

El hombre se detuvo a cuatro pasos de la prójima, y ella entoncesapresurose a acercarse al desconocido cliente que le deparaba lafortuna. Buscó en su repertorio de cortesana callejera la másacariciadora de sus expresiones, y mostrando en una sonrisa la dentaduramellada y verdosa, musitó insinuante:

—¡Anda, moreno, buen mozo, que te voy a dar más gusto!...

El hombre flaco permaneció impertérrito. De sus labios exangües nosalió ni una palabra. La tentadora redobló sus esfuerzos:

—¡Anda, bonito, saleroso! ¡ Pa mí que nos vamos a dar la gran noche!¿Quieres?... Anda.

Igual silencio; sólo entre las pestañas grises lució un momento unallamita azulada de alcohol, algo así como los gases que se desprenden enla noche de los cuerpos en estado de podredumbre.

Pero la vendedora de amor no vio nada. El mutismo de su conquistacomenzaba a inquietarla. ¿Sería un mudo? ¿Un extranjero? ¿Un policía quese fingía cliente? Estrella habíase cogido de su brazo, y con el cuerpoentero ceñíase a él, tratando de encender el fuego del deseo. Susvestiduras mojadas adheríanse a las mojadas vestiduras del silenciosoindividuo, y con voz que, pese a sus esfuerzos para que pareciese dulce,sonó bronca, redobló las ofertas:

—¡Verás! ¡Verás cómo lo vas a pasar! ¡En la vida te has echado a lacara una mujer como yo!

E insensiblemente tiraba de él, que, sin oponer resistencia, se dejaballevar. Cruzaron la plaza del Conde de Aranda, la calle del Sacramento,y llegaron a la del Conde:

—Aquí es.

Y Estrella empujó a su amado dentro de un sucio y lóbrego portalillo.Luego alzó la cortina de percal de la sala en que, tiradas sobre losdesvencijados divanes, dormitaban pesadamente tres o cuatro hembras más,pintarrajeadas y rotas, como abandonadas marionetas, y asomó la cabeza.Se oyó la voz áspera de ama Dolores:

—¡Grandísima cerda! ¿Te parece que?...

Pero al ver al cliente, su mal humor se dulcificó como por ensalmo, ymelosamente trató de arreglar su pifia:

—¡ Josús me valga! ¡Tú! Usted disimule; pero estaba con cuidao. ¡Conla nochecita perra que hace, esta alhaja andando por ahí! ¡Porque es unaperla, caballero, una perlita de coral! ¡Se da una maña!...

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Estrella descolgó una llave y, seguida de su compañero, encaramose porestrecha escalerilla de altos y crujientes peldaños de madera.

III

Que cuenta cómo hace su aparición el divino

marqués de Sade.

Después de cruzar la sala, pieza vulgar de mancebía pobre, con mueblesde reps, cromos chillones en las paredes y cortinas de percal rameadotapando puertas y ventanas, penetraron en la alcoba y Estrella encendióla luz.

El cuarto era frío y triste; las paredes, enyesadas, hallábansecubiertas de letreros indecentes y pinturas obscenas.

Una cama de hierropintada de negro, tapada por blanca colcha de percal, florida de azul,la ocupaba casi del todo; el resto del ajuar componíanlo un lavabo delatón, sin agua, y una silla, sobre la que descansaba la palmatoria conuna vela.

Estrella aproximose a su adorador, y echándole los brazos al cuello lebesó en la boca:

—¿Quién te va a querer a ti, saleroso?

A la menguada claridad le examinó. Parecía así, despojado del gabán, aúnmás flaco y huesudo. Los escasos cabellos, erizados sobre el cráneocolor pergamino, partíanse, formando dos cuernecillos diabólicos;entreabríase la boca, negra y cavernosa; los ojos, hundidos en grandescírculos de arrugas, fosforecían con los extraños reflejos de las llamasde azufre, y en el centro del

rostro

consumido,

la

nariz

inmensa,larguísima,

penduliforme, aparecía lívida, teñida solamente en la puntade tenue pincelada de carmín.

Estrella, por primera vez sintió vaga sensación de temor. ¡Bah!

¡Qué másdaba aquel u otro!...

—Echate—ordenó él.

La prójima comenzó a desnudarse.

—No hace falta; así estás bien—apresuró el viejo.

Las manos le temblaban y la voz surgía de la garganta ronca, opaca, conextrañas discordancias.

Ella, indiferente, obedeció con pasividad de bestia. Tan sólo desabrochólos botones de la blusa, dejando en libertad los senos, que pendíanflácidos, gelatinosos.

El sátiro había saltado junto a ella. Sus manos, unas manos frías,húmedas, de largos dedos, curvos, huesudos, que tenían cierta semejanzacon las garras de un ave de rapiña, la palpaban febriles, estrujaban suspobres carnes, maceradas por el amor, la pellizcaban cruelmente; la bocamordía su cuello, sus senos, sus labios, con ansia furiosa. Alprincipio, Estrella, llevada de la costumbre, trató de reír; pero prontola risa huyó de sus labios, y un hondo miedo enseñoreose de ella.

El dejola un momento en reposo, e irguiendo el busto junto a ella,interrogó ansioso:

—¿Me dejas, di, me dejas?

Las palabras sonaban rotas, destempladas, chirriantes, con algo derugidos de bestia en celo. La cara estaba toda roja, congestionada,filigranada de venas negras; los ojos hinchados, inyectados de sangre,parecían próximos a salirse de las órbitas.

Temblorosa, presa de loca pavura, la infeliz musitó con voz débil:

—¿Qué? ¿Qué quiere? ¡Déjeme ya, por Dios!

Con un timbre extraño, destemplado, en que había gritos contenidos,brutalidades que trepidaban apenas enfrenadas por un resto de voluntad,propuso él:

—Aquí... un cortecito... en el pecho... nada ¡un poco de sangre!

—¡No! ¡No, por Dios!—clamó la prójima, próxima a prorrumpir en gritosde socorro.

—¡Qué te importa! ¡No te haré daño! Un cortecito, uno nada más... Tedaré lo que quieras... cinco duros... diez...

Balbuceaba en un paroxismo de lujuria:

—¡No, no!—resistiose Estrella.

—¡Quince!... ¡Veinte duros! ¡Lo que quieras!

¡Veinte duros! ¡Sus deudas con ama Dolores saldadas! ¡Unos días detranquilidad! Y al fin y al cabo, ¿qué importaba? Un rasguño. Si lehacía daño, pediría socorro. ¡Bah! ¡Más dolía una paliza! Desfalleciendode terror, pero galvanizada por la codicia, murmuró:

—Bueno. Pero a ver el dinero.

De un brinco púsose él de pie y corrió a su ropa. De los profundosbolsillos extrajo un billete de cien pesetas y un cortaplumas.

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La sacerdotisa le vio acercarse a ella espeluznante y grotesco, con sufigura de Quijote, sus brazos de aspas y sus largas piernas cubiertas depelos erizados. Cogió el billete que le tendía, guardole en una media ycerró los ojos.

Sentíale ahora a su lado jadear fatigosamente; después, la sensación delas manos glaciales, que manipulaban con uno de sus senos, y al fin undolor agudo. Lanzó un grito y, alzando los párpados, fijó sus pupilas enel sitio donde experimentaba el dolor. Del pecho flácido, y por pequeñaherida, manaba la sangre en abundancia. Estrella, aterrorizada, quisolevantarse, llamar; pero el monstruo, precipitándose sobre ella,impidiole todo movimiento. Forcejearon; en la lucha, la luz rodó portierra.

Prosiguieron la batalla en las tinieblas. Ella le sentía jadear,profiriendo sonidos guturales, inarticulados. Al fin, en un momento enque flaquearon sus fuerzas, la boca del vampiro adhiriose a la herida ycomenzó a chupar la sangre. La vendedora de amor sentía que la sangremanaba en purpúreo surtidor, en chorros, en ríos, en cataratas; que laboca, húmeda y desdentada, le sorbía la vida, y, en un esfuerzo supremo,librose del monstruo, saltó al suelo, abrió la puerta, y descendiendo,presa de invencible pánico, las escaleras, se precipitó a la calle, einconsciente, semidesnuda, corrió, corrió hasta caer al suelo, rendidade cansancio.

LA SANTA

I

En la magia lunar, la gran Avenida cubierta de nieve tenía el prestigiode una escenografía teatral. Arriba, el cielo azul oscuro era como unviejo dosel florecido de lises de oro; abajo, los blancos copos tejíanun tapiz sobre la tierra y posándose en las desnudas ramas de losárboles, trasformábales en extraños arbustos de alabastro. Otros copospendían en cristalinas estalactitas de las torrecillas, filigranadascomo encajes, de los vetustos palacios, o confundidos con las hojarascasde los ventanales

y

cresterías,

mentían

grandes

brillantes,

que,engastados en el granito, relucían heridos por la pálida claridad de laluna.

A un lado el río, aquel río de balada, ancho, hondo y azul, heladoahora, fingía un largo espejo de plata, cruzado de trecho en trecho porlos audaces arcos de algunos puentes: unos, antiguos, con pináculos deperegrina arborescencia, estatuas de santos labradas en gigantescosbloques y barandales de pétrea pesadez, en que monstruos de la faunaimaginaria de los siglos de cruzada se perseguían por entre laberintosde una floración absurda; otros, monumentales puentes modernos concolumnatas y pretiles de blanco mármol, que sustentaban famas, esfingesy pegasos de bronce.

Frente al río alzábanse los palacios, toda aquella serie de portentososedificios que como un anillo de ensueño encerraba la antigua urbe decurtidores y tintoreros, capital antaño del heroico principado de laCorona de Hierro, hoy cabeza del Imperio.

Dominaban las viejasresidencias históricas, las moradas de los Electores, Madgraves,Burgomaestres y Condes Feudatarios, las Casas de los Gremios, losMonasterios de monjes guerreros—

San Teodoredo, San Eurico, SantaSisebuta—, antiguas habitaciones de la Edad Media, sustentadas porcolumnas, altas y finas como troncos de un bosque de piedra, con grandesbalconajes labrados con minuciosidad y rematados por airosas ojivas,grandes vitrales emplomados, filigranados herrajes y gárgolas,florones, arbotantes y torrecillas de una aérea elegancia de ensueño, yflanqueando las ventanas, nobles escudos, historiados de lanzas,castillos, lises y turbantes, hablaban de las conquistas en TierraSanta, de las guerras del Sarraceno y de las empresas contra el Turco.Al lado de las vetustas

edificaciones,

los

modernos

monumentos—

Museos,Bibliotecas, Cámaras Consistoriales, Universidades, Institutos,Academias, Teatros—procuraban imitar en su exuberante decoración laesotérica espiritualidad de las construcciones góticas; pero faltábalesla intensa emoción de fe traspuesta, el místico ardor, aquel no sé quéde sobrehumano que infundían los artistas de los siglos medios a suobra, sacrificando a ella su vida entera y dejando prisionera entre suspiedras su alma en pena.

Sin embargo, gracias al sortilegio lunar, todos aquellos edificiosentrevistos al través de las trágicas arboledas, desnudas de follaje, delos jardines y del helado sudario de nieve, dormían envueltos en un granencanto de poesía arcaica.

Caminaba yo rápidamente, gozándome en la soledad que aumentaba elaspecto de ciudad encantada de la gótica urbe. En aquel silencio, mispasos resonaban crujientes sobre la nieve.

Soledad y silencio ponían aveces un estremecimiento en mis espaldas, haciéndome temblar bajo laamplia pelliza que me defendía del frío. En el fondo estaba contento;contento con bienestar de burgués que ha vencido su neurastenia y que,bien abrigado, camina, tras suntuosa cena, en busca del mullido lecho.La verdad era que estaba satisfecho de mi jornada: primero, mi visita alfabuloso palacio de Fernando Augusto; luego, la velada de gala en elteatro Imperial, donde pude contemplar a mi gusto a la familia augusta,lívidos príncipes y a las altivas princesas, marcadas por el sello fatalde los Westfalias. Y evoqué el día entero.

Muy de mañana, y todavía tiritando por el frío y el madrugón, habíameacomodado en el tren que debía llevarme a Rosemburg.

Había arrancado elconvoy, y, tras de serpentear algunos minutos por nevados campos,habíase precipitado en los túneles que horadaban las enormes montañas,coronadas de eternos hielos.

Tras una hora de negruras, de las queapenas si salíamos unos minutos para, en la loca carrera, contemplarcómo se perdía en las nubes la ciudad sagrada, el tren había penetradoen las sombrías selvas en que viven aún las consejas de lobos y detrasgos, de crueles guerreros y doncellas sin fortuna, selvas milenariasen que nunca penetra el sol, y en que las altas siluetas de los pinosfingen los pilares de una gigantesca catedral. Otra hora aún, y de nuevoel tren se lanzó a través de un túnel interminable. Y de pronto, comopor arte de tramoya, la decoración cambió, y tras un bosquecillo depalmeras, rodeado de maravillosos jardines, destacose sobre la láminaazul que fingían mar y cielo, un palacete bizantino, flanqueado porescalinatas de mármol, con columnas de jaspe y alabastro, y coronado pordoradas cúpulas, que brillaban heridas por el sol.

¡Rosemburg!

Aquel era el palacio de Fernando Augusto, el niño lunático, delicado yendeble como una damisela, que, en un momento de quimera, soñó conemular las magnificencias del Imperio de Oriente. Y, sin embargo, porcapricho del destino, aquel príncipe pálido, exangüe y triste, con lairreal apariencia de una gran lis de muerte, había conquistado losvastos estados y había sido el primero en ceñir sus sienes con la coronaSanta. Allí estaba su imagen tejida en los fabulosos tapices delcastillo, a caballo sobre blanco corcel, prisionero el cuerpo enargentada coraza, en la mano la espada vencedora, ornada la cabeza delacia guedeja rubia con el laurel y las rosas de la victoria; precedidode fastuosos heraldos, seguido de feroces hombres de guerra; con másapariencia de iluminada doncella libertadora que de joven héroe. Elhabía construido aquel castillo, buscando sol, flores y alegría, incapazde encerrarse en la ciudad legendaria, perdida en las brumas de lasaltas mesetas.

¡Rosemburg!

Recorriendo sus salas, ornadas de portentosos mosaicos, donde sobre elfondo de oro, héroes y monstruos, santos y demonios, cantaban la gloriade los Westfalia; visitando el panteón en que el orgullo intentóeternizar la muerte, evocaba yo la historia extraña de aquella familia,desde Wifredo, el fundador, que, nuevo azote de Dios, descendiera de lamontaña, seguido de sus bárbaros, una honda en la mano y un puñal entrelos dientes, hasta Claudio, el príncipe cruel, vicioso y sanguinario,que en sus incongruencias de loco y sus furores de epiléptico, quisoemular a Nerón, incendiando la ciudad; desde Federico, el Navegante, quemurió al frente de sus galeras en batalla con el turco, hasta este otropríncipe nauta, Luis Augusto, que erraba por los mares en su yacht convertido en nuevo buque fantasma; desde Otton, el Monje, que, retiradoen su monasterio de la Trapa, rigió, con mano de hierro, el Imperio,hasta la duquesa Eudoxia, histérica e iluminada, encerrada en una casade salud a raíz de ciertas raras visiones.

Una fatalidad extraña pesaba sobre los Westfalias: era un rarosortilegio que les hacía héroes o locos, santos o criminales; algoanómalo, un desequilibrio que les llevaba a tambalearse entre lascumbres de la gloria y los abismos de la nada.

Aquella noche había yo podido contemplarles a mis anchas.

Mi calidad deperiodista extranjero habíame proporcionado un sitio para la función degala, y sentado en mi butaca había visto el espectáculo, fastuoso sobretoda ponderación, de la corte de Nordlandia. Sobre la severa suntuosidadde la sala, severidad que acrecentaba la riqueza de los uniformes y lostocados recargados de piedras preciosas de las damas, destacábase en elpalco regio la familia imperial. Allí, inmóviles, graves, con aposturasde retratos, estaban los príncipes; pálidos, de opacas pupilas ycansados labios, unos; demacrados, amarillentos, con ojos de brasa queardían en el fondo de moradas cuencas, otros. Allí, las princesas dedesvaída tez y lacios cabellos color de miel, tímidas, afectadas, conaspecto de rancias figuras de cera, las más jóvenes; acartonadas,tiesas, finchadas en las crujientes sedas, con sus pechos planos, suslabios llenos de desdenes, sus gestos banalmente ceremoniosos, las queya habían salido de la juventud. Y destacándose entre todas ellas, lafigura, llena de nobleza, del viejo soberano, con su amplia frente depensador, su sonrisa bondadosa y su blanca barba de patriarca bíblicocayendo sobre el pecho, constelado de cruces de diamantes. Allí estabantodos: príncipes y princesas, grandes duques y grandes duquesas; todos,menos la princesa Elvira.

¡La princesa Elvira! ¡Cuántas veces había yo oído hablar de ella!¡Cuántas veces tropezaron mis ojos con su retrato entre las páginas deuna revista! Siempre modesta, humilde, vestida con pobreza, el cabellosencillamente recogido, era el ángel de la caridad que descendía de lospalacios en busca de los humildes, de los desdichados y de losmiserables. Aquel extraño estigma que hacía de los Westfalias héroes olocos, había hecho de la princesa Elvira una santa, pero no a la manerade la duquesa Eudoxia, histérica y visionaria, sino toda abnegación yheroísmo.

Jamás se le veía en una fiesta mundana; jamás asistía a una deaquellas fastuosas ceremonias que hacían famosa la corte de Nordlandia;en cambio, no había catástrofe, ni guerra, ni epidemia, en que ella noestuviese predicando con su ejemplo las más puras máximas de la caridadcristiana. No había privación que ella no resistiese, ni sacrificio queno se impusiese en bien de sus semejantes, ni dolor, por horrendo quefuese, que no hallara en ella amparo y consuelo. Amigos y enemigosinclinábanse al espectáculo de sus virtudes, y desde el Emperador hastael último socialista, descubríanse respetuosamente ante la princesaElvira.

Otra vez la figura de la princesa santa se ofrecía a mí tal como lacontemplaba cientos de veces en los grabados de los semanarios,destacándose sobre el trágico escenario de los campos de batalla,ataviada con el heroico uniforme de damas de la Cruz Roja, o en elcruento horror de las salas de los hospitales, junto a los cuerposmutilados por horrendos males. Mentalmente detallaba yo su rostro deperfil prodigiosamente sereno, su frente alta y luminosa, sus ojosgrandes, azules, llenos de dulzura, y me detenía en la boca, aquellaboca que me inquietaba vagamente con su mueca enigmática, que me traía ala memoria, sin saber por qué, la de la Gioconda.

Recordé hechos memorables de su vida: la noche de la batalla de Orsova,cuando permaneció interminables horas en medio del horror de aquellacarnicería, rodeada de cadáveres que devoraban las aves de rapiña, entreel aullar de los lobos y el lejano retumbar de los cañones, cuidandoheridos, alentando enfermos...

Rememoré también algunos espeluznanteslances, en que una extraña fatalidad parecía pesar cruel sobre ella:aquel hospital de sangre en la campaña de Oriente, donde la princesaElvira, casi sola, en la nerviosa energía de su heroísmo, veía morir lossoldados a cientos, asistiendo a la agonía, precipitada por una extrañafiebre de locura, de los pobres muchachos; recordé también las escenasde la peste en Salstracia, cuando en la ciudad, desierta por el terribleazote, ella sola recorría las calles asoladas, y sosteniendo entre susbrazos a los apestados, como bíblica heroína, les llamaba hermanos.

Me detuve. Había llegado a la Gran Plaza. En el centro, y rodeado deadmirables jardines, poblados de fuentes y de estatuas, alzábase elmonumento a Wifredo, el Fundador, en que el héroe, blandiendo la espada,lanzaba su bridón sobre una multitud, enloquecida de entusiasmo, que sedoblaba a su paso.

A un lado, la catedral—San Miguel Arcángel—,labrada en mármol, semejaba así, en el sortilegio sideral, un góticorelicario de marfil. Frente a ella, el palacio moderno, suntuoso, bienproporcionado, imitando, en su presuntuosa arquitectura, los palacios delos siglos medios, uníase, por cubierto puentecillo, con el antiguoalcázar, de enormes murallones, sombrío, rodeado de gruesas cadenas yalmenado como una fortaleza. Llamábase el Palacio de los Suplicios, ytenía su leyenda cruel y trágica de los tiempos del Santo Oficio.Durante muchos años fue residencia real, hasta que, concluido el nuevoalcázar, trasladó el Emperador a él su habitación.

Entre la catedral y el palacio, abríase el laberinto de callejones de laciudad vieja, aquella urbe medioeval de curtidores y tintoreros, en quelas calles eran negros y hediondos arroyos, y las habitaciones sucioschamizos que se apoyaban unos en otros, rasgados de tarde en tarde porla maravilla de bizantino ventanal.

Permanecí un momento perplejo. Los sombríos laberintos me atraían con sumalsano encanto. ¡Ah la escalofriante delicia de las nocturnas caminatasal través de las viejas ciudades en que aún viven la lujuria, lasuperstición y el miedo! Yo he amado siempre las viejas ciudades degrandes cuestas, de encrucijadas y de claroscuros, las ciudades en quela lujuria es una hembra flácida y marchita, la superstición una viejaducha en artes de tercería y hechizos, y el miedo un truhán disfrazadode fantasma.

En las ciudades modernas, en los grandes barrios, lacivilización ha desterrado lo imprevisto; la luz eléctrica, lostranvías, los automóviles, han ahuyentado al miedo, y la lujuria sellama galantería; pero en algunas grandes ciudades, antiguas aún, haybarrios en que vive la inquietud, y en que en el cuadro de luz de unapuerta vemos una mujer pintarrajeada que, con su peinado atrabiliario ysu roja bata de percal, tiene una inquietante apariencia de muñeca decera. ¡Sevilla, Venecia, Toledo, Amberes! ¡Viejas urbes de pecado y degloria, cómo os he amado!

Al fin, mi deseo fue más fuerte que mi voluntad, y crucé la plaza. Antepalacio, dos centinelas, envueltos en amplios capotones grises, alhombro el fusil, paseaban lentamente; en el pórtico de la catedral,algunos mendicantes dormían indiferentes al frío. Con resolución penetrépor bajo el puente que une los palacios, y, como por arte de magia, ladecoración cambió por completo. A las amplias avenidas, teatralmentemagníficas, sucedieron tortuosas callejuelas, sombrías y hediondas. Eranvías y pasadizos que bordeaban los muros del palacio real, tanestrechos, que apenas si podían avanzar dos personas de frente; tanaltos, que la luna, que brillaba fantasmagórica en el cielo, no llegabaa iluminarlos con su luz espectral. A mi izquierda, macizos,misteriosos, alzábanse los muros de la regia residencia, hendidos poralgunas ventanas de gruesos barrotes, y alguna misteriosa puertecilla,que debieron servir, en otros siglos de aventuras, para nocturnasescapadas; a mi derecha, los agrietados muros de algunos viejoscaserones erguíanse mudos y tétricos. Sin embargo, en contraposición conla imponente soledad de los grandes bulevares, aquí sentíase próximo unpulular de vida, y cruzábame con algunos transeúntes. Eran tiposambiguos, rufianes, lúbricos vejetes, a quienes la lujuria, como escobade aquelarre, arrastraba por las calles, vetustas celestinas y pecadorasde ínfima condición, mas algunos soldados, lanceros reales, con blancosuniformes de flotante capa y casco de plata, rematado por negras alas deáguila, que, retardados en los templos de Venus y Baco, volvíanpresurosos a sus cuarteles. De improviso surgió del muro, como unavisión de ultratumba, una mujer, que comenzó a caminar algunos pasosdelante de mí. Pasado el primer sobresalto, sonreí: ¡Bah!

¡Qué tontería!Una mendiga que iba a pedirme limosna. Pero no: la incógnita seguíatranquilamente su camino sin importunarme.

Indudablemente, debía de seruna celestina en funciones, que, de un momento a otro, brindaríame conmahometanos paraísos.

Tampoco. ¡Aquella vieja, menuda y vivaracha, conandares de ardilla, trabajaba por su cuenta! Cuando se tropezaba con untranseúnte, observábalo, y si era viejo, parecía despreciarlo; encambio, si era joven, acudía solícita.

Púseme a examinarla curiosamente. Un manto o chal envolvía casi porcompleto la cabeza, dejando en la sombra el rostro, del que no sedivisaba más que la punta de la nariz y el fulgor de los ojos. Unapelerina de lana, caída hasta más abajo de la cintura, y sencilla faldade paño, completaban su indumentaria. Su peregrino tejemaneje meinteresó, y, sin darme casi cuenta, púseme a seguirla. Realmente, sustretas eran curiosas: caminaba lentamente;

hacíase

la

encontradiza

conlos

rezagados

caminantes, y concluía trabando conversación con ellos,que al cabo hacían un gesto de desdén y seguían su ruta. Pero suspreferencias eran por el ejército. Apenas veía un lancero real,precipitábase a su encuentro, cogíase a él, acariciadora, suplicante,hasta que los pobres chicos, aturdidos por el alcohol y el sueño,entorpecidos los movimientos por las vistosas capas y los cascoslohengrinescos, encontraban fuerzas en el temor de un próximo arrestopara rechazar la vieja bacante y huir camino del cuartel.

Llevábamos un rato caminando a la ventura, sin que surgiesen nuevaspresas para aquella infeliz poseída del demonio; en el reloj de lacatedral sonaron las campanadas de la media noche, y yo pensé: «¡Bah! Seacabó. Los soldados están ya recogidos, y esta buena señora tendrá queacostarse con el amante de las patas de chivo...» Cuando gran estrépitode espuelas y sables, arrastrados sobre los guijarros de la calle,anunciaron la llegada de dos nuevos guerreros. Eran dos mocetones altosy fornidos; venían enteramente borrachos, los cascos ladeados y losblancos mantos barriendo las inmundicias del arroyo. No se amilanó laprójima, sino que, yendo a su encuentro, les abordó resueltamente.Primero, oí risotadas y juramentos, palabras soeces, burlas; luego,parecieron rechazarla; pero ella volvió a la carga; hubo algo como unconciliábulo, y sonó tintineo de dinero que contaba. ¡Dinero! ¡Le dabandinero! Y el asombro ahuyentó la prudencia, y, procurando ocultarme enla sombra, di algunos pasos hacia el grupo. ¡Era ella, ella, con sumiserable pelaje, la que les mostraba monedas de oro! Desconcertado porel encuentro con aquella extraña compradora de amor, permanecí uninstante perplejo. Cuando volví a mirar, uno de los soldados seinclinaba y la besaba en los labios. Después, parecía implorar algo;ella se negaba tercamente y él insistía, y, al parecer, en son de broma,intentaba apoderarse de su bolsa. Ella resistía, negándose con firmeobstinación, y poco a poco las bromas se tornaron en veras, y a lasrisas sucedieron las amenazas. La vieja resistía siempre; exasperado elsoldado, tiró la capa al suelo y forcejeó. Ella, no dándose por vencida,resistía con bravura.

Súbitamente, en el silencio de la noche, resonó unjuramento, y el ladrón, cogiéndola brutalmente, intentó arrancarle porfuerza su tesoro. Entonces ella, en gesto rápido de alimaña nocturna,mordió la mano que le oprimía. El agresor dio un grito, soltó su presa,retrocedió un paso, y luego, ciego de ira, embravecido por el castigo,cayó sobre ella y, arrojándola al suelo, comenzó a golpearlabárbaramente. Después, alzose lleno de sangre, y borracho de ira,pisoteó aún a la caída. Luego cogieron el dinero y, súbitamentedespejados, huyeron los dos.

Petrificado de horror, incapaz de gritar ni de acudir en defensa de lainfeliz, había yo sido mudo espectador de la terrible escena.

Al fin, meaproximé a la víctima, que yacía inmóvil en el suelo.

Sobre un charco desangre descansaba la cabeza, convertida en informe montón desanguinolentos despojos. Las espuelas habían desgarrado las carnes,arrancado los ojos, taladrado las mejillas, y las gruesas botas demontar habían machacado los huesos.

Erizado el cabello, la frente bañada en helado sudor, me alcé del sueloy pensé en llamar. Entonces la idea de mi responsabilidad se me presentóclaramente. Y si me encontraban allí, junto al macerado cadáver, ¿quéexplicación dar? ¿Cómo contar la extraña aventura? ¿Me creerían?

Sonaron los pasos de una ronda nocturna, y maquinalmente eché acorrer.

I

Cuando despierto por la mañana, después de un sueño agitadísimo,entreverado de horrorosas pesadillas, y sentado en la cama, la bandejadel desayuno al lado, pasé los ojos por los periódicos matinales, tuveun momento de estupor. ¡La princesa Elvira había muerto! Una angina depecho había matado a la santa princesa, gloria de la casa imperial,consuelo de desvalidos, espejo de cristianas virtudes. Los periódicos,todos los periódicos, imperialistas o republicanos, liberales omoderados, lloraban aquella desgracia, y volcaban sobre el cadáver laavalancha de sus convencionales flores de trapo. Y otra vez surgían losretratos, los fantásticos retratos, hechos en las salas de loshospitales de epidemias y en los campos de batalla.

¿Artificiosos?¿Teatrales? No. Había en el rostro de la santa una tensión tan dolorosa,tanta dulzura en sus ojos de Madona, que era imposible que no fuese sinoafectación. ¡Y, sin embargo, aquella sonrisa, o mejor, aquella equívocamueca de Gioconda!

¡Ah, el inquietante misterio de aquella sonrisa!Volví a examinar los retratos. En una fotografía, la princesa Elvira,sentada junto al lecho de un colérico, le oprimía la mano, mientras, losojos en alto, parecía rezar; en otra, arrodillada en los campos deOrsova, sin importarle las balas que silbaban en derredor suyo, sosteníaa un pobre soldado moribundo, mientras le envolvía en una mirada llenade maternal dulzura; en otra aún, curaba con sus manos, manosadmirables, manos de Santa y de Reina, manos de Santa Isabel de Hungría,a un pobre leproso. ¡Y la sonrisa estaba allí, en el campo de batalla yen la cabecera del lecho de los agonizantes; allí siempre, misteriosa einquietante!

Por tercera o cuarta vez llamé al timbre. Al fin abriose la puerta y,todo azorado, se presentó el criado del hotel. Era preciso queperdonase. El Exelsior estaba en revolución. Habían expuesto al públicoel cadáver de la princesa Elvira en la catedral, y todo el mundo queríaverlo.

Yo también sentí la comezón de contemplar a la mujer cuyo enigma meinquietaba, sin saber por qué, y saltando del lecho, comencé avestirme.

III

Hacía mucho frío. Un cielo muy bajo, plomizo, en que se apelotonabangrandes nubarrones parduzcos, pesaba como un sudario sobre la ciudad.Una neblina, húmeda y glacial, envolvía las cosas; la nieve, mancilladapor millares de pisadas, se desleía sucia, negruzca, y sobre aquellaescenografía melancólica, inmensa avalancha de gentes caminaba presurosahacia la Gran Plaza, llevando en la mano flores, guirnaldas, coronas,lazos, homenajes del humano dolor a la santa muerta. Todos caminabanenlutados, con aspecto de profunda tristeza; en algunos ojos habíalágrimas, y en todos los labios una palabra de sentimiento. Las campanasde todas las iglesias tocaban a muerto, y en la tristeza inmensa delambiente su son era aún más angustioso.

Dejeme arrastrar por la corriente humana, y al fin me hallé ante lacatedral. Allí, organizada por los agentes, formábase larga cola decuriosos, que iba penetrando lentamente en el templo. En ella hube detomar puesto. Una hora de espera. Al fin me tocó el turno, y penetré enel sagrado recinto.

Cuatro hileras de columnas, de una elegancia insuperable, sostenían lasgóticas ojivas; altos sepulcros de mármol flanqueaban los dos lados dela iglesia, con sus orantes estatuas de héroes y prelados, que semejabanfantasmagóricas en el claroscuro del recinto, extraña teoría deultratumba, una de esas espectrales procesiones que surgen en lasleyendas de la Edad Media. Sobre los muros, tapices de terciopelo negro,con las armas imperiales bordadas en plata, cubrían cuadros y altares,unidos por cordonajes rematados por argentados borlones. El altar mayorhabía desaparecido, cubierto por otro enorme paño de terciopelo, sobreel que se destacaba una gran cruz de ébano, en que agonizaba un Cristode marfil. En el centro del recinto, ocho candelabros sosteniendohachones, y ocho soldados de la guardia real, vestidos de blanco,inmóviles como estatuas, daban guardia de honor al cadáver de laprincesa Elvira, que, tendida en humilde féretro, dormía en el suelosobre negros paños cubiertos de flores.

El órgano salmodiaba las graves notas de los oficios de difuntos, y,mezclados con sus voces, oíanse los cantos de los sacerdotes y losgemidos de las mujeres.

Lentamente fuime acercando al lugar donde yacía la muerta, y al fin mehallé ante ella.

Jamás he visto un rostro de una dulzura, de una serenidad y una placidezigual. Sólo la muerte, consagrando la santidad, era capaz de cincelar unrostro así. Destacándose de las sombrías tocas de religiosa, el perfilde una perfección asombrosa tenía, sin embargo, una gran bondad deexpresión. La frente era estrecha y ligeramente abombada, la nariz rectay fina, la mejilla enjuta y la boca pálida, de una casta suavidad delíneas. Parecía dormir, y los párpados cerrados tendían sobre la cara laazulada sombra de las largas pestañas. Nada de la equívoca sonrisa deGioconda, nada de la mueca mitad cruel y mitad burlona, del tenue yapenas perceptible rictus que me obsesionara en los retratos. Por elcontrario, una calma tal, una tan bienaventurada paz, que de verla a laluz de la luna en alguna olvidada capilla, con su corrección de perfil ysu azulada transparencia, las manos cerúleas cruzadas sobre el pecho, ysus ocho guerreros blancos dándole guardia de honor, tomárala por layacente estatua de alabastro de una princesa santa.

¡Santa! ¡Era santa! Sólo la santidad era capaz de una tal serenidad deexpresión en la muerte. Seguramente, siglos más tarde, en una vitrina decristal y plata, mostraríase, para edificación de devotos y confusiónde incrédulos, el cuerpo incorrupto de la santa princesa Elvira.

Alguien me empujó; una voz me advirtió que era hora de marchar, y,confundido entre la multitud que sollozaba, salí.

IV

Otra vez me vi en el tren. No sé cómo fue; desde el momento en que mearrancaron a mi extática contemplación, viví una vida tan intensa dehorror, de alucinación y de locura, lo sobrenatural, lo absurdo, loquimérico, instalose de tal modo en mi vida, que aun ahora, que hanpasado muchos años, recuerdo todo, como al través de un espeso velo, conesa vaguedad escalofriante con que evocamos unos meses pasados en unacasa de locos, o las horrendas pesadillas que nos acarrearon lasfrecuentaciones de los venenos sabios, y mis cabellos se erizan.