El Pecado y la Noche by Antonio de Hoyos y Vinent - HTML preview

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—Un gran dilettante.

Nieves terció en defensa del amigo muerto:

—Pues lo que es simpático lo era y de verdad.

—Eso no quiere decir nada. Ya sabe usted la teoría de Oscar Wilde: «Elsólo hecho de publicar un libro de sonetos mediocre hace encantadora auna persona. Vive el poema que no supo escribir, así como otros escribenel poema que no supieron vivir». Guillermo vivió el arte que no supocrear.

—¡Qué agradable y qué divertido era!—insinuó la rubia Nora.

Beni adhiriose a la opinión de su amiga:

—Encantador.

Nieves, más psicóloga, dio una opinión complicada, en consonancia con sulaberíntica espiritualidad:

—Era muy simpático, con aquella alegría ruidosa, comunicativa, en cuyofondo había como un yacimiento de amargura, una tristeza un pocoirónica, un desdén compasivo para las flaquezas de los demás y para suspropias flaquezas. Y

era artista por naturaleza, artista del gesto, dela palabra, de la idea. Poseía el secreto de encontrar belleza en todo,una belleza refinada, quintaesenciada; una belleza de contraste queestaba en sus ojos de él y que sabía hacer sentir a los demás.

Parecíasuperficial; pero lo íntimo de su espíritu...

—Yo, que he ambulado por ahí con él a las altas horas de lanoche—interrumpió Gregorito Alsina—, podría hablar mejor que nadie. Laverdad, creí que era posse, pero su muerte trágica fue la firma queselló la veracidad de todo ello. Guillermo tenía como nadie el arte desaborear la sensación. El analizaba, escrutaba, buscaba el por qué delas cosas, el origen de las ideas, de los deseos y hasta de los impulsosgenerosos. Era implacable con todos y con todo. Su alma mismacomplaciose en someterla a cruel autopsia y exponerla luego a lavergüenza. ¡Y en el fondo, qué cruel escepticismo!

Callaron todos un momento, y luego Gustavo reanudó:

—Pues ya se acordarán ustedes que primero le dio por frecuentar lossalones, donde le acogieron en palmas. La vida fácil, alada,insustancial; la moral harto elástica y convencional, la frívolaperversidad de todas aquellas gentes, le encantaron.

Luego sintió lacuriosidad de los viajes. Fueron unos viajes en que, según el mismo, nohizo más que buscar el escenario en que vivir sus novelas; viajesincongruentes, en que unas veces aparecía en las misteriosas ciudadesdel remoto Oriente y otras en las estaciones de moda. Yo casi llegué acreer que dábase esas caminatas por el gusto de epatarnos con unaacuarela exuberante de color desde la India, una narración misteriosadesde el viejo Egipto, un cuadro de decadentismo ultramoderno desde laCosta Azul, o una de esas turbadoras aguafuertes de apaches ytrotacalles desde París o Londres. Así recorrió la India, China, Persia,Egipto; rehizo el Calvario, buscó las huellas de las ciudades delPentápolis, soñó con el Templo de Salomón y las magnificencias deTadmor, y un día...

Y un día desapareció. Por lo menos desapareció para todo el mundo; peroyo, que estaba unido a él por antigua y sincera amistad, aún seguírecibiendo vagas noticias de él. Primero unas postales fantásticas desdeCeylán, unas postales en que me hablaba de triunfos misteriosos, en quedecía haber encontrado el Paraíso

terrenal;

después

unos

renglones

desdeParís,

deslabazados, inconexos, que reflejaban un vencimiento absoluto,un descorazonamiento sin límites, y por fin nada. Cesó todacorrespondencia e ignoré su paradero.

Un año después y otoñando en la capital de Francia, supe casualmente susseñas. Al día siguiente me encaminé a visitarle.

Vivía al otro lado delos puentes, en una calle del viejo París, junto a la rue del'Université, que viene a ser al bullicio de los bulevares, por su calmaprovinciana, su poco tránsito y lo vetusto de las edificaciones, lo quela Plaza del Conde de Aranda a la Puerta del Sol. Caminé un rato entrelos altos edificios de piedras grises y uniformes, rasgados por grandesventanas; en la calle silenciosa resonaban mis pisadas sobre el asfalto;los grandes portones con pesadas aldabas de bronce, permanecíancerrados, mudos y misteriosos, como si guardasen el secreto de otrasvidas arcaicas, que permaneciesen estacionadas, y mi imaginación meofrecía extrañas imágenes, cuadros de la vida que fue.

Parecíame que altravés de los vidrios de emplomados cuarterones, divisaba viejosestrados Regencia de raso amarillo o verde musgo, con grandes sillonesde talla y panzudas consolas, que sostenían bajo fanal un reloj rematadopor amorosa escena, y flanqueado por dos jarrones con flores de cera. Enel salón había un clavicordio, y una damisela momificada, vestida conpomposas sedas, polvorientas y desvaídas, pasaba por el tecladoamarillento sus manos de esqueleto, entonando una romanza sentimental;mientras, un galán, no menos acartonado, aguardaba inclinado hacia ella,para pasar las hojas del papel de música, y en una bergère, junto a lachimenea apagada, dormía un viejo caballero de blanca peluca y casaquínbordado.

Por fin tropecé con la casa de mi amigo. Era uno de esos amazacotados ysombríos hoteles, construidos a la moda del reinado de Luis XIV, entrepatio y jardín, que sirvieron de morada, a fines del siglo XVIII yprincipios del XIX, a la aristocracia de la toga. Era pequeño, macizo,con ventanas estrechas, casi siniestro, sin adorno alguno en la fachada.A un lado y por encima de alto muro, divisábanse algunos árbolescentenarios, que aumentaban aún el aire de tristeza de la casa. Vaciléun instante, sobrecogido por el aspecto lúgubre de la morada que habíaido a elegir Guillermo, y al fin, con súbita decisión, llamé.

Pasó un rato, y cuando comenzaba a desesperar temiendo habermeequivocado, la puerta giró silenciosamente y en el dintel apareció unhombre:

—¡Tú!

—¡Tú!

Era Guillermo en persona. Vestía un pijama a rayas blancas y amarillas,y al primer golpe de vista me pareció demacrado y envejecido. Al vermehabía esquivado un gesto de sorpresa; pero ahora, dominándose, sonreíaforzadamente. No cabía duda, mi presencia allí le sobresaltabapenosamente, como si acabasen de descubrir un secreto que desease teneroculto. Cortado ante la glaciedad de aquella recepción, balbuceé:

—Si te molesta mi visita...

Dueño de sí mismo, halló los tonos de su antigua cordialidad.

—¿Molestarme?... ¡Qué disparate! Ya sabes que te quise siempre... Esque al primer momento tu llegada me ha sorprendido, pues ni remotamentela esperaba.—Y luego animó:—Entra, entra...

Penetré en la morada misteriosa y los batientes de la puerta cocheracerráronse tras de mí. Guillermo explicó:

—Estoy solo, sabes, y por eso te he abierto yo mismo.

El zaguán era grande, lóbrego. Había allí un fuerte olor a humedad, amoho, característico de las viviendas abandonadas.

Hacía frío, y miamigo, tiritando, me propuso:

—Vamos arriba. Todo esto está helado.

La escalera que arrancaba del zaguán partíase al llegar al primerdescansillo en dos ramales. Era una escalera señoril, con bóveda decristales que la suciedad había empañado y oscurecido. Los murosagrietados tenían por todo adorno escudos de armas labrados en yeso,rotos y maltrechos, que alternaban con misteriosas ventanas de cerradospostigos. El pasamanos de terciopelo rojo caíase a pedazos, y sobre losescalones de madera pintados de blanco, que con los años había tomado untinte crema, veíase la señal de una alfombra que debió de haber en otrostiempos.

A media escalera notó que mi amigo jadeaba; pero como al mirarle con elrabillo del ojo vi pintada en sus labios la misma forzada sonrisa quemostraba los dientes largos y amarillos, no me atreví a decirle nada yseguimos subiendo. Cruzamos dos o tres salones que parecían surgidosallí a la evocación de mis sueños callejeros. Eran los viejos estradosque mi imaginación colocara tras los cerrados postigos; muebles LuisFelipe, de ébano,

tapizados

de

reps

granate,

verde

o

azul,

grandes,amazacotados, exentos de toda gracia; cómodas de Boule, horarios depesas, cuadros de campestres paisajes, muy mal pintados, muy relamidos,con sus riscos de mazapán y sus corderillos de cartón piedra, y pesadoscortinajes, llenaban las estancias, cuadradas, vastas, altas de techo.Sobre todo ello habían

caído

inexorables

los

años;

los

sofaes,

rotos,despanzurrados, mostraban el pelote y los desvencijados muelles;

losmuebles,

descascarillados,

arrancadas

las

incrustaciones, yacíanrajados, con el mármol partido; los cronómetros, parados en horasmisteriosas; los cuadros, cubiertos de polvo, y en el rígido abandono delas cortinas, no sé qué inquietante secreto. De las bóvedas, cubriendolos ángulos y enlazándose con las pesadas lámparas de cristal y bronce,pendían telas de araña. Por todas partes reinaba una semipenumbratemerosa y un acre, violentísimo, olor a humedad.

Guillermo se disculpó:

—Perdona, chico: pero no he tenido tiempo de arreglar la casa y estácomo la encontré al alquilarla.

Después, abriendo una puerta y dejándome paso murmuró:

—Mi estudio.

El cuarto era mayor que los anteriores. Al través de una vidrieraentraba la luz tristona del patio; sólo un rincón parecía haber sidoarreglado; allí habían colocado un amplio diván hecho con tapices deSmirna, pieles de oso y de cabra del Thibet, y almohadones de bordadassedas orientales; junto a él una mesilla de ébano y marfil, ydefendiéndolo todo, un biombo de tapicería, sobre el que caía aldesgaire antigua capa pluvial de brocado. El resto de la estanciacorrespondía en decorado y adorno al de lo demás de la casa; pero portodas partes veíanse en revuelta confusión, tiradas, cubiertas de polvo,dejadas de cualquier modo, obras comenzadas en un momento deinspiración, abandonadas luego en el desaliento de una impotenciaabsoluta.

Cuadros

empezados

y

sin

concluir;

luego

estatuas

inacabadas,rotas, maltrechas, sin brazos ni cabeza; trozos de cera comenzados amodelar y abandonados luego en una monstruosa deformación, y por fin,sobre la mesa desordenada y polvorienta,

cuartillas

garrapateadas,libros

deshojados...

Respirábase allí una atmósfera enrarecida, cargadade humo, de aroma de opio, de perfumes violentos y de ese extraño olora cera quemada y flores marchitas que se respira en las cámarasmortuorias.

Novelda dejose caer en el diván; parecía aniquilado por el esfuerzo;estaba lívido, jadeaba y sin dejar de tiritar, gruesas gotas de sudorresbalaban por su frente; sus cabellos se pegaban a las sienes y susmanos temblaban levemente. Con un gesto cansado me señaló una butaca.Luego suspiró, sonriendo con la sonrisa dolorosa que ahora parecía noabandonarle nunca:

—¡El amor cansa mucho!

Así el cable y deseoso de provocar una conversación que disipase laglaciedad que había en la atmósfera, echeme a reír bromeando:

—Por eso temí haber llegado en mal momento: que estuvieses con alguieno esperases alguna visita...

Movió la cabeza negativamente:

—Mi amor está siempre conmigo.

Extrañome la frase, pero deseando distraerle y sacudir a mi vez ciertainquietud indefinible que me azoraba, comencé a hablar de unas cosas yotras. Parecía como adormilado, dándome la sensación de que supensamiento estaba muy lejos de allí.

Mientras charlábamos le examinabadisimuladamente; ¡parecía imposible que aquel hombre fuese el mismoGuillermo Novelda que yo conociera antaño, alegre y dicharachero! Bajola liviana seda

del

pijama

marcábase

la

osamenta;

el

rostro

demacradotenía un color plomizo, y los ojos mortecinos brillaban en el fondo dedos profundos surcos amoratados.

Le interrogué a boca de jarro:

—¿Fumas opio? Aquí huele a él.

—A mi Lady le gusta el olor del opio.

¡Otra respuesta cabalística! Tras ella quedamos en silencio largo rato.Guillermo parecía nervioso, inquieto, como si fuese presa de una luchainterior. Al fin, en la resolución del gesto adiviné que acababa dedecidirse a algo trascendental. Encarose conmigo:

—Te voy a contar la verdad, toda la verdad.

Sentí una sacudida eléctrica, frío en la raíz del pelo, un temblor queme corría por la espalda. ¿Qué atroz historia iba a escuchar? ¿Quéabismo del corazón humano iba a abrirse ante mis ojos?

—¡Ah, mi historia!—prosiguió Novelda—. Mi historia es algoextraordinario y vulgar, encantador y terrible. ¡Mi historia!

Si yohubiese vivido en la Edad Media puede que la Inquisición me hubiesequemado como poseído, como uno de esos brujos que hechizaban a lasgentes clavando una aguja en el corazón de un muñeco de cera y bailandoluego ante el Malo en las noches de aquelarre; si tuviese familia,quizás me encerrasen en una casa de salud... y sin embargo, en lo que mesucede no hay nada de extraordinario ni de inexplicable.

Hablaba ahora con calor. Sus ojos brillaban húmedos y pasábasenerviosamente las manos por los cabellos que debían erizársele.

Reanudó:

—¿Te acuerdas de mí en otros tiempos? Yo era el prototipo del hombrefeliz: alegre, incansable, dispuesto siempre a divertirme... Todo elmundo (¿para qué falsas modestias?) me encontraba encantador, divertido,insustituible. Un poco poseur...

Hizo una pausa, durante la que pareció meditar. Al fin siguió:

—La pose... ¿Si yo te dijese mi creencia de que en realidad la pose no existe? La cultivamos más o menos, la combatimos con armas devulgaridad o la exaltamos con venenos sabios, pero en realidad está enel fondo de nosotros. Es una enfermedad, un desequilibrio, algo trágicoo ridículo, pero más fuerte que nuestra voluntad; algo que alienta pesea nosotros, que nos vence, nos arrastra, nos hace estrafalarios, locos ogeniales a pesar nuestro.—Excitábase al hablar. Continuó—: Yo, por loque a mí se refiere, sé decirte que lo que las gentes llamaban mi pose y que yo cultivaba cuidadosamente, era más fuerte que mi menguadavoluntad. Siempre he sentido una atracción invencible por el misterio,por la vesania, por el dolor y la muerte. Las cosas inquietantes, losinexplicables fenómenos de que está llena la vida humana, esasescalofriantes coincidencias que nos hacen detenernos ante un hechoimprevisto como ante la puerta de un cuarto en que se guardan no sé quémisteriosos males, me inquietaron, despertaron en mí el anhelo de rasgarel velo de Isis.

¡Ah! ¡Si yo hubiera poseído la caja de Pandora, lahubiese abierto, y luego entre ansioso y aterrado me habría entretenidoen contemplar el progreso de todos los males! Recuerdo que de chico laoscuridad me inspiraba infinito terror; pues bien, por un masoquismomoral, extraño en un niño, complacíame en pasar largo rato con los ojosfijos en ella, adivinando la mirada de unos ojos, esos ojos de colorindefinido, luminosos e hipnóticos; esos ojos en que brilla la atracciónterrible del misterio, la locura, el delirio, la muerte; ojos agorerosde no sé qué secretos horrores.

Pues con las cortinas me sucedía igual.Cuando vivíamos en la calle del Sacramento, en el viejo caserón de misabuelos, tan propicio con sus enormes salas y sus inacabables pasillos,con su cuarto azul y su galería de retratos, a todas las alucinaciones,llegué a sentir como una verdadera inquietud el miedo a los cortinajes.Mi imaginación enfermiza los plegaba en inquietantes formas, ceñialos ainvisibles cuerpos, moldeaba absurdos

torsos,

les

hacía

temblar

enimperceptibles

estremecimientos, o los entreabría, mostrando al fondo deoscuras cavidades figuras borrosas imposibles de definir. De vez encuando, veía surgir de ellos, en la penumbra crepuscular o en el aún mástemeroso claroscuro de las lámparas de aceite, una mano negra y peluda ouna mano blanca, traslúcida, de dedos largos y descarnados que, parecíallamarme...

—Pues ¿y las figuras de cera?...

Detúvose un momento. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente. Alfin continuó—: ¡La obsesión de las figuras de cera!

Esa la he sentidosiempre; creo que de muy niño me perseguía ya con su inquietud, que setraducía en una opresión, en un malestar extraño ante esos muñecos,frívolos al parecer y que, sin embargo, tienen una vida tan misteriosa,tan honda y turbadora.

En las ferias, en esos barracones donde exhibenfantoches, me gustaba ir estudiándoles uno a uno; tendía la mano paratocarles, entre asustado y curioso, como hacen otros chicos con losreptiles, y costaba trabajo arrancarme de allí. Luego, hombre ya, cuandodescubrí mis disposiciones para la escultura en cera, sentí un granalivio, algo así como si me quitasen un peso de encima. ¡Era el pretextoconque engañarme a mí mismo! Años después, en Viena, mi rara obsesiónresurgió súbitamente.

Habíamos recorrido las instalaciones de un parquede recreos establecido en el Pratter, cuando al penetrar en un Grevinadmirable que había, sentí otra vez angustia anhelante que se tradujo enun deseo absurdo. ¡Era preciso que pasase una noche allí, entre todosaquellos mudos personajes, cuyas historias nos iba contando pomposamenteel cicerone.—Hubo otra pausa.—Nunca—, prosiguió el pobre Guillermocon voz estragada—nunca, por mucho que sea el horror de tu situación,podrás imaginarte nada semejante! Sólo el que herido y tenido pormuerto, haya pasado la noche rodeado de cadáveres en un campo debatalla, puede figurarse algo igual. ¡Y aun ése está al aire libre!Oculto por un empleado complaciente a fuerza de oro, vi llegar la noche.Los visitantes desfilaron, el director giró la última ronda y al finsentí cerrarse las puertas, correrse los cerrojos ¡y me encontré solo,rodeado de los misteriosos personajes! Había luna, y al través de losaltos ventanales penetraba una tenue claridad que, una vez acostumbradoslos ojos a las relativas tinieblas, bastaba para distinguir los objetos.Entonces, alardeando de un valor que no sentía, giré mi visita decumplido a mis compañeros de la noche. Allí estaban todos: rígidos,hieráticos, inmóviles, en posturas que durante el día

se

nos

antojabanridículas,

afectadas,

cómicas

o

prosopopéyicas, y que así, en elmisterio de la noche, tenían no sé qué prestigio de una sinceridad casidolorosa. Allí estaban, en el hall central, de pie o sentados en losbancos, parados o en actitud de romper a andar, espectadores todos de laceremonia de ungir el Papa, Emperador a Napoleón, que las figurascentrales reproducían, damas y caballeros que en la fantasmagoría lunareran herméticos e inquietantes; allí estaban el chasseur que tiendeperpetuamente un programa a los visitantes, el caballero que se hadormido, la enlutada triste...

Al principio anduve de un lado para otro, sacando fuerzas de misflaquezas. El ir y venir de empleados que trajinaban por el jardíncontribuía a infundirme valor, pero llegó un momento en que se hizo unsilencio absoluto. Aún me dominé. Fui a sentarme en el banco entre ladama enlutada y el caballero. Ella gemía quedamente; por el rostro muypálido resbalaban lágrimas. ¡Bah!

¡Qué tontería! La volví la espalda yentonces mis miradas cayeron sobre mi otro compañero de banco. ¡Era unloco!; su rostro grande y blanco plegábase en absurdas muecas; suscabellos crespos, peinados con cepillo, se habían erizado, y sus ojos decristal fosforecían siniestros. Horrorizado, me alcé de allí y caminé ala ventura. Pero el botones me hacía muecas burlonas; los paseantes quepermanecían petrificados, como habitantes de una ciudad malditasorprendida por el fuego, volvían la cabeza a mi paso o tendían la manopara detenerme. Si yo me paraba, volvían a la forzada inmovilidad, peroyo les sentía remover. Entonces me confesé por primera vez que teníamiedo. Desmoralizado por aquella confesión, empecé a vagar de un ladopara otro, prisionero de la siniestra mascarada.

Y comenzó para mí espantosa pesadilla.

En mi fuga, y buscando tinieblas absolutas que borraran las figurasalucinantes, había dejado atrás la sala central, y descendiendo por unaescalerilla, me encontraba en las cuevas.

Allí estaban reproducidasescenas de la corte de Luis XVI y de la Revolución francesa. Primero losdías felices, las pastoriles escenas del petit Trianón, el skating deVersalles, las recepciones de Corte. Y era Marie Antoniette, laarchiduquesa austriaca, Delfina de Francia, rodeada de sus damas,jugando con corderillos lazados de azul y rosa; y era la mismaarchiduquesa, cubierta de pieles, los ojos entornados por unavoluptuosidad que no se sabía si estribaba en el vértigo de la rapidez oen la apostura

del

galán,

el

vizconde

de

Charny,

el

infortunadocaballero de Tavernay Maison Rouge, que empujaba el trineo.

Eran luego las horas terribles en que una fatalidad cruel llevaba porsenderos de frivolidad la tragedia del desenlace. Y

venían las extrañasescenas de la cubeta de Mesmer, los experimentos de Cagliostro, lasnocturnas escapadas de Versalles, las entrevistas del cardenal de Rohancon Juana de la Motte Valois, las violencias del collar, las aventurasde Monseñor el Conde de Artois. Y eran, en fin, los bárbaros furores delpueblo, el asalto de Versalles, la Conserjería, el Temple... Todaaquella historia de Francia, muy Dumas, que con gente y luz me habíaparecido casi risible, así, a la débil claridad lunar que se filtrabatrabajosamente hasta allí, tenía un espanto de evocación. Los decoradosfalsos, contrahechos por la falta de espacio, adquirían en lasemipenumbra una realidad pasmosa, y los personajes hablaron y mecontaron su historia. No eran las historias, picarescas o tristes,jocosas o sangrientas, pero siempre triviales, que narraba el empleadoal explicar los grupos a los visitantes. Eran historias amargas,dolorosas; porque no eran la historia vista por el público, sino lahistoria verdad, la que sólo alentó en las almas, la historia del porqué de las cosas. Y la Reina me dijo de su amor por el caballero deCharny, de su alma de mujer, fiera y apasionada, que sentía latir elodio en derredor; Cagliostro me habló de su pasión por la infortunadaAndrea de Tavernay, y Juana de la Motte de sus locos anhelos deambición.

Y todos me dijeron cómo entre corderos lazados de raso,embarques para Citerea, juegos de ecarté y sesiones de patines,prepararon el drama. Sólo la Lamballe, insustancial, graciosa,inconsciente, limitábase a mover la cabeza coronada de bucles yenguirnaldada de rosas.

Huyendo de los obsesionantes fantoches, bajé aún algunos escalones y meencontré en lo que representaba las cárceles: prisiones históricas,inquisitoriales, o simplemente modernas celdas, en ellas yacían grandescriminales o grandes mártires.

Allí estaban la Máscara de hierro,Juana de Arco, Gilles de Rais, Señor de Thiffages, el Marqués de Sade,el Príncipe Don Carlos (hijo de Felipe II), la Voisín, la Marquesa deBrinvilliers, y junto a ellos unos cuantos feroces criminales derelativa actualidad. Yo no sé si la luz llegaba hasta allí o si eran misojos alucinados los que me fingían claridad en aquellas lóbregascatacumbas; pero yo veía, veía sobre la sórdida miseria de loscalabozos las extrañas figuras, que la tristeza y el largo encierrohabían demacrado y como traslúcido, cobrar vida para hablar conmigo.

Yfue

primero

el

rostro

enjuto,

los

ojos

negros,

fosforescentes,dominadores, la boca cruel y el gesto elegante bajo la chupa deterciopelo negro, bordada de azabache, del Marqués de Sade; luego labárbara y altiva brusquedad del señor de Thiffages; más tarde elalucinado fervor de la Pucelle, la amable elegancia de la Voisín o elademán equívoco de la heroína de la rue de la Lune, y por fin la groseratorpeza de Salvarose, el feroz asesino. Y ellos también me dijeron susecreto. Sade, galante mundano, me habló de la voluptuosidad de vercorrer la sangre como un ardiente lacre que sellase el placer, aquelplacer más fuerte que su voluntad; Gilles gimió en uno de sus místicosarrebatos todo el horror y toda la delicia de aquellas carnes inocentesque temblaban entre sus manos, mientras en la capilla, de unafastuosidad salomónica, toda recargada de oro y pedrerías, el órganoentonaba el oficio de los Santos Inocentes; la libertadora de Orleans,con su voz de plegaria, narrome sus visiones, y Salvarose bramó aúnbestial al recuerdo de sus víctimas. Y en el fondo de todas aquellasvidas, latía la cosa misteriosa y horrenda, el monstruo devorador quepara la antigüedad remota fue la voluptuosidad, para la Edad media elpecado y para nosotros es el vicio, el huracán asolador de vidas, elextraño monstruo que yo sentía latir en mis entrañas!

Fue una noche delocura, de vértigo; una noche en que a cada instante sentí vacilar mirazón; por la mañana me encontraron yerto, exánime. Llevado a mi hoteldeclaróseme intensa fiebre cerebral. Repuesto de ella, partí para laIndia.

—Calló un momento Guillermo. A mi pesar sentíame impresionado por taleshistorias. El ambiente del salón, el olor a opio y cera, aquel abandonode casa deshabitada, todo contribuía a acrecentar mi obsesión. Elparecía fatigado por las evocaciones; al fin, con voz rota, desvalida,prosiguió;—dábase ya en mi vida un fenómeno horrible, capaz de erizarel cabello a cualquiera. Yo temeroso de hacer el vacío en derredor mío,jamás he confesado esto a nadie; pero ahora, seguro ya de saber vivir enla soledad cuando soy dueño del secreto de, en la soledad, poseer a lapersona amada, no me importa revelártelo.

Una misteriosa fatalidadparecía acompañarme, algo así como una jettatura que pesaba sobrecuantas personas se acercaban a mí. Yo era el manzanillo; mi sombra erafatal. Bastaba que pusiese mi amor, mi cariño o mi amistad en alguien;bastaba que entrase en una casa con una mayor intimidad, para que ladesgracia se cerniese inmediatamente sobre ella. Y fueron los tiemposdel suicidio de Illana Floriani, la gran actriz; aquel suicidio en elRhin, que tuvo la magnífica teatralidad de la última escena de unatragedia antigua; de la fuga de Lady Georgina Greem; del asesinato porlos terroristas del Gran Duque Sergio; de la ruina fraudulenta de SimeónRóssend, el gran banquero semita, y de la catástrofe automovilista quecostó la vida al duque d'Arconville, y de la que yo salí milagrosamenteileso; la época de todos aquellos extraños escándalos mundiales en queyo me veía envuelto, según vosotros, por snobismo, en realidad por unafatalidad cruel. Huyendo de ella comencé mi éxodo, y en Ceylán conocí aLady Judith Woodstons. Ya sabes lo que son esos centros de eleganciamundial donde entre tantas gentes que se curan, por hacer algo, deenfermedades imaginarias,

hay

algunos

verdaderos

moribundos

que

gozanansiosamente de las postrimerías de la existencia—uno de los encantosde la muerte es dar todo su valor a lo que nos queda de vida, y que losmismos que se aburren cuando creen tener una vida ilimitada pordelante, en cuanto ven la muerte a plazo fijo, descubren nuevas deliciasal mundo—son verdaderas ferias de vanidades, en que se vive en unaperpétua exhibición de joyas, de trajes, de honores y bellezas más omenos auténticas; pues, sin embargo, en cuanto entra en el hall delIndian-Palace, mis ojos se fijaron en Lady Judith y quedé deslumbrado.No es dable imaginar nada más bellamente frágil, más delicado, más sutily espiritual que aquella criatura. Semicubierta por los toisones de ungran abrigo de raras pieles, aparecía envuelta en un traje de antiguosencajes de Venecia bordados en nácar; un fastuoso collar de perlasresbalaba en nacarado iris sobre el terciopelo del escote y caía hastalas rodillas rematado por gruesos borlones de esmeraldas y brillantes,y, surgiendo de aquellas magnificencias, bajo la cabellera de oropálido—ese oro que en los cuentos de encantamientos hilan lasprincesas—, el rostro de fino perfil y óvalo perfecto, y en el rostrolos ojos. ¡Los ojos! Eran dos zafiros pálidos que rebrillaban bajo ladorada sombra de las pestañas.

Había en ellos algo misterioso y trágico:el dolor de morir. Desde entonces le amé; veíala todos los días, siempresutil, frágil, quebradiza, cubierta de pieles, de perlas, y de encajes,con no sé qué de irreal, de imaginario. No parecía una criatura humana,sino una de esas evocaciones fantásticas de los ensueños de los paraísosartificiales, la abstracción de un pintor infiltrado por una mezcla depaganismo y misticismo, la tentación de un escultor asceta. En laspromiscuidades de hotel no es difícil trabar conocimiento con lasgentes, y además Lady Judith no se hacía inabordable; así que a los ochodías había conseguido conocerla, a los quince éramos amigos y algunosdespués hacíale la corte.

Una noche estábamos solos en la terraza del Indian. El cielo era comouna inmensa bóveda de zafiro incrustada de brillantes; al través de unbosquecillo de palmeras, divisábase el mar como un encantado espejo quereflejase el cielo. Lady Judith reclinada en la chaisse longue,vestida de gruesos encajes de Irlanda sostenidos por lazos de seda azul,tiritaba bajo la amplia pelliza de renard argente, haciendo rebrillarel portentoso aderezo de zafiros que ostentaba. Yo la hablaba de amor.Ella parecía escucharme con arrobo, sin atenderme, atenta sólo a laarmonía de la voz como atenta estaba a las notas de la orquesta detzíganes, al rumor de los pájaros en el bosquecillo de palmeras o allejano murmullo del mar. De improviso, se incorporó: «Le creo a ustedsincero y voy a ser leal—habló con su voz cristalina en que vibrabasin embargo un extraño timbre de energía.—No sé si le quiero o no; séúnicamente que no seré nunca suya... suya, ni de nadie—añadió, alsorprender en mi un gesto de amargura.—Quizás le parezca raro en unamujer, mujer de mundo y gran señora por añadidura, esta crudeza. Lológico y lo corriente sería que yo flirtease, diese largas, me negara atiempo... Pero hay una razón para borrar todos estos convencionalismossociales: la muerte. Me muero y me muero a plazo fijo. Y esta seguridadde morir da un extraño, un imprevisto, valor al tiempo. Para una mujercualquiera, perder una semana, un mes, un año, no importa nada. Para míuna hora, un minuto, un segundo, tienen un valor extraordinario.

¡Tresmeses de vida! ¡Tengo tres meses de vida!...—Hizo la inglesa unapausa.—Si le dijese que no sentía morir, mentiría.

Pero segura de queno hay remedio para mí, me he resignado, y entre manchar mi agonía conpotingues, fealdades, terrores, o ennoblecerle con todo lo que es belloen el mundo, he preferido esto último. Ya sabe usted el verso

Un bel morire tutta una vida honora

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . .

Una sonrisa triste vagaba por sus labios. Siguió:

—La muerte, sin embargo, es implacable usurera, y esta portentosabelleza mía (cuando le quedan a uno noventa días de vida la modestia esuna estupidez) a la muerte se la debo. Así, viéndome sólo en las horasde respiro, en las treguas que la enfermedad me deja, únicamente puedeapreciarse el lado bello de las cosas, la trasparencia de nácar de micutis, el fulgor de zafiro de mis ojos y estas dos pálidas rosas que semarchitan en mis mejillas. Pero si yo fuese suya, si entre nosotrosexistiese la intimidad de dos amantes, vería usted también el lado feode mi mal, y serían los espasmos de amor cortados por golpes de tos, ylos besos que sabrían a sangre y a creosota... Además, ¡quién sabe!, yosoy muy fuerte, pero mujer al fin y al cabo, y, quizás interesada en eljuego, no tendría valor para acabarlo a tiempo, y asistiría usted alhorror de una agonía, agravada aún por las ansias

de

vivir.

Vería

ustedel

desmoronamiento,

la

descomposición de mi hermosura, y en vez de unbello recuerdo, tendría la sensación de una pesadilla casi repulsiva.

—Comencé

a

formular

un

ruego—prosiguió

Guillermodificultosamente—pero ella no me dejó hablar.

—Usted es artista, un grande, único y admirable moldeador y le voy adar a usted lo que un artista estima más: la belleza. Mi cuerpo será delos gusanos, pero mi belleza será de usted.

Moldeeme una estatua; enestos tres meses de vida yo seré su modelo, y así, cuando yo muera, envez de un recuerdo repulsivo, le quedará, hasta que a su vez le lleguela hora de morir,

una

imagen

de

belleza

que

ni

años

ni

enfermedadespodrán borrar. Como las heroínas antiguas, reinaré en su vida después demuerta.

—Y me tendió en señal de pacto una mano blanca y fina, enjoyada como lade un icono.

Guillermo enjugose la frente con el pañuelo y luego con trabajo continuóhablando:

—Tres días después, comenzaron aquellas extrañas sesiones de modelado.En la pesada atmósfera del invernadero convertido en estudio, siempretendida sobre un lecho de pieles, Lady Judith se ofrecía a mis ojos todadesnuda, con un impudor de diosa, mejor, de marmórea escultura. Yotemblaba de deseo, con un ansia loca de poseerla, de acariciarla,contenido por su amenaza de que al primer gesto aquellas horas habríanacabado irremisiblemente para siempre. Exasperado, presa de una fiebrepasional rayana en el delirio, ensañábame en el trabajo, encontrando unacre placer en perpetuar la maravilla del modelo que nunca sería mío. ¡Yqué modelo! Jamás pintor ni escultor alguno pudo soñar nada más belloque aquella viviente estatua que modelaba la muerte. ¡Nada de mórbidasdelgadeces ni de angulosas osamentas; nada de amarillentas palideces nide agónica

viscosidad.

Una

elegancia

insuperable,