El Pecado y la Noche by Antonio de Hoyos y Vinent - HTML preview

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EL PECADO Y

LA NOCHE

ANTONIO DE HOYOS

Y VINENT

MADRID

RENACIMIENTO

SOCIEDAD ANONIMA EDITORIAL

PONTEJOS, 3

1913

Es propiedad. Queda hechoel depósito que marcala ley.

Imp. José F. Zabala.—Valverde, 40, Madrid.

INDICE

Las Ciudades Sumergidas

La Noche del Walpurgis

Hermafrodita

FICHAS ANTROPOMÉTRICAS

El Hombre de la Muñeca Extraña

Una Hora de Amor

La Santa

La Caja de Pandora

Los Cómplices

La Domadora

EL DEMONIO

Embrujamiento

Las Preciosas Ridículas

Madame d'Opporidol

Miss Decency

Ninón

La Noche.—¿Peligroso? Yo misma no sé cómo me las compondría si algunade estas puertas de bronce se abriesen sobre el abismo... Hay aquí, todoalrededor de esta sala, dentro de cada una de esas cavernas de basalto,todos los males, todas las enfermedades, todos los horrores y todas lascatástrofes que afligen a la humanidad desde el comienzo del mundo.¡Bastante trabajo me ha costado encerrarles con ayuda del Destino, y nosin trabajo mantengo el orden entre todos esos indisciplinadospersonajes!... Ya se ve lo que sucede cuando alguno logra escapar y sepresenta sobre la faz de la Tierra.

Mauricio Mæterlinck

LAS CIUDADES SUMERGIDAS

Agua, fuego, lodo. Quiméricas nubes de maravilla que dormís sepultadaspor una venganza de la Naturaleza; ciudades en que florecieron los sietepecados, en que las manos bíblicas trazaron sus misteriosos conjuros ylas voces de los Profetas fulminaron anatemas; ciudades de pecado y deabominación en que las cortesanas bailaron desnudas en los templos y lasreinas se prostituyeron a los mercenarios; ciudades de leyenda en quereinó la Lujuria, en que los apóstoles fueron lapidados y la hija delRey de Is evocó al Demonio. Los hombres os han hecho salir a lasuperficie, han arrancado la lava que el cielo escupió sobre vosotras, ycínicas, desnudas en vuestra liviandad, vais surgiendo en los lúbricosfrescos de vuestros lupanares y en los libertinos mosaicos de vuestrosbaños patricios. Algunas veces, en las estancias recatadas de unahabitación, surge una momia en un espasmo de lubricidad grotesca.

Y su gesto es el mismo gesto de siempre.

Y el Demonio ha vuelto a reinar sobre la Tierra.

LA NOCHE DEL WALPURGIS

I

—¿Will we go in?

—As you like.

Se miraron burlones y echáronse a reír. En los ojos de ambos brillaba elmismo deseo, la misma perversa curiosidad de seguir la aventura equívocahasta el fin. Pese a los disfraces innobles que les sirvieran para, enlas propicias promiscuidades del Carnaval, embarcarse con rumbo aaquella Citerea canalla, los dos tenían una elegancia frívola, alada yaristocrática de personajes de la Comedia Italiana.

Bajo el blanco atavío de Pierrot (un Pierrot de percal, sórdido ysucio), conservaba Jimmi la nobleza de su figura vagamente andrógina,pero no afeminada, si no más bien pueril, resuelta y petulante, con unagracia de héroe niño o de arcángel insexuado.

Eso era, un arcángel. Elrostro correcto, voluntarioso; la boca pálida y sonrosada; los ojosazules, cándidos, luminosos, y los largos y lacios cabellos de oro queescapaban del gorro de punto negro, dábanle extraña semejanza con esosvagos ensueños del hermafroditismo cristiano. Revestido de larga túnicatransparente y un nimbo de oro en torno a la cabeza, pequeña y bienmoldeada, o pertrechado de argentada coraza, casco incrustado depedrerías, flamígera espada entre las manos y grandes alas blancas,hubiese servido a un Sandro Botticelli o a un Filippo Lippi para uno delos ambiguos personajes que se yerguen sobre sus cándidos paisajes, unGabriel amenazador o un vengador San Miguel.

Frente a él, Nieves Sigüenza, más actual, más perversa, más complicada,tenía un encanto ultramoderno, acre y voluptuoso de flor del mal, elinquietante encanto de esos iconos que asomando entre las vestiduras deoro muestran el rostro de marfil bajo su cabellera de negro jade. Era elsuyo de una blancura de hostia, absoluta, cegadora, sin matices niclaroscuros, sólo interrumpida por la sangrienta sonrisa de los labios,rojos como cerezas, gruesos, golosos, sensuales. Nimbando aquellaeucarística palidez, la cabellera de ébano, pesada, espesísima,retorcíase en pequeños rizos. Los ojos...

...son regard qui voltige et butine Se pose au bord de tout, prand a tout un reflet.

Sus ojos, grandes y luminosos, tenían bajo la sombra de las largaspestañas negrísimas, una líquida transparencia de ámbar.

El contrastecon las cejas aterciopeladas, de fino trazo, hacíanles aún más dorados,más claros, dándoles la cabalística apariencia de dos grandes y tostadostopacios. Y aquellas pupilas de reina fabulosa miraban unas veces conburlesco descoco de pilluelo y reflejaban otras una melancolía casidolorosa.

Y completando la figura frágil y graciosa de marquesa del siglo XVIII,en tren de aventuras, bajo el hórrido capuchón de satín rosa, lazado deverde manzana, asomaban los detalles de la mujer elegante: los zapatosde terciopelo negro, hebillados de diamantes; las medias de transparenteseda, las manos finas, blancas, cuidadas, de uñas como pétalos de rosa.

Tornaron a consultarse con los ojos y tornaron a reír. Al deseo que seleía en las pupilas de Nieves, respondían con su curioso deseo las deJimmi. Se habían quitado las caretas, y con pueril inconsciencia, comosi ignorasen los peligros que les rodeaban en el antro prostibulariodonde su enfermizo e inquieto decadentismo les llevara en busca desensaciones raras, sin prestar mientes a la curiosidad que su presenciadespertaba, ni leer

los

malos

deseos—odios,

concupiscencias,

envidias,lujurias—que se asomaban en las miradas como se asoman los criminales alas rejas de la cárcel y las fieras a los barrotes de la jaula, reíanalegres.

Los tres toreros, en pie ante ellos, esperaban su respuesta.

Eran tres figuras muy diferentes. Joselete, el matador, representabael tipo clásico del espada, el torero que pintaron Goya y Lucas: bienplantado y arrogante, pero tosco y vulgar, bronceado de rostro, de pelonegro, áspero y rizado, ojos negros y brillantes y dientes blanquísimosde salvaje; el traje de señorito que vestía despegábase del cuerpofuerte, musculoso, que perdía la mitad de su plebeya belleza encerradoen el antiestético atavío, y solo rimaban bien con su persona el gruesocalabrote de oro que pendía sobre el chaleco, sosteniendo enormeherradura de pedrería, y las sortijas con gruesos brillantes ostentadasen las manos grandes y ordinarias. El segundo, el Serranito, era untorero de Zuloaga: alto, delgado, esbelto, casi aristocrático dentro delatavío gris claro, tenía una distinción un poco cansada de raza. Surostro era enjuto, alargado, y en la morena palidez los ojos muyabiertos, grandes, negros y profundos como la noche—

ojos de petenera ode saeta—, lucían melancólicos y soñadores con la serena tristeza delalma mora. Sobre la frente noble, libre del cordobés echado a la nuca,caían los sombríos cabellos, apenas ondulados. Por último, completaba latrilogía Pepe, el Marrón, el picador. Era el tal un bruto; ni en elrostro de gruesos belfos, chata nariz y frente estrecha, a que el pelocerdoso, espesísimo, recortado en el centro y peinado en tufos sobre lassienes robaba toda nobleza, había el menor vestigio de inteligencia; nien los ojillos pequeños, turbios y saltones, vivacidad ninguna; ni en lasonrisa que rasgaba los morrudos labios de negro cimarrón sobre losdientes sucios, negros, podridos por el tabaco, el alcohol y elmercurio, la menor simpatía. Era un animal salvaje que no pensaba sinoen comer, dormir y las hembras. ¡Las hembras! A la evocación de la mujersus labios se cubrían de saliva y sus ojos rebrillaban como los de loschacales en la noche. ¡Las hembras! Ninguna idea sentimental, pasional,ni aun utilitaria, despertaba su evocación en él, sino tan sólo unalujuria feroz, rabiosa, exasperada, de fiera en celo. Vestía de corto, yel castizo atavío marcaba más lo innoble de su figura; cuadrado detorso, tenía las piernas y los brazos demasiado cortos, peludas ygruesas las manos, y el cuello de toro, ancho, formidable, con venascomo sogas.

Como pasaba el tiempo y Nieves, en vez de responder, limitábase a mirara su amigo y a reír luego, Joselete reiteró su invitación:

—¿Acepta usté?... La convío con er amigo a beberse una botellitade Agustín Blázquez.

Pero venía un chulo—un chulo clásico de los de la antigua escuela:traje perla, pantalón de talle, pañuelo azul al cuello y onda rizadasobre la frente, a sacarla a bailar:

—Oiga usted, joven... ¡como me diga que sí, nos vamos a marcar unapolca usted y yo que ni los de la aristocracia!

Nieves ladeó la cabecita, estirando los labios con una muecadeliciosamente pueril, de chiquilla voluntariosa a quien ofrecen algoque desea, pero que quiere hacerse rogar. Y luego, de improviso, soltóel fresco chorro de su risa cristalina y echose en los brazos de suimprovisado galán, con una entrega absoluta, como si en lugar de laefímera posesión del baile, tratasen de otras más trascendentalesposesiones; echose con uno de esos impulsos de abandono frecuentes enella y que le hacían semejar a esas gatas mimosas que gustan de lacaricia, y al sentir la mano de su amo, cierran los ojos, esconden lasuñas y se dan con una pasividad

de

muerte.

Volviendo

el

rostro

hacia

susinterlocutores, ofreció:

—Vuelvo ahora mismo... Un par de vueltas...

Bailaban lentamente; el organillo, en un rincón, cantaba las cadenciosasnotas de una polca popular—uno de esos números zarzueleros que se peganal oído y que tararean las modistas al ritmo de la máquina y lascocineras acompañadas por el chisporrotear de los sarmientos alquemarse—, y Nieves, a los lánguidos acordes de la música, se movía conritmo voluptuoso.

El chulo mantenía uno de los brazos rígido,sosteniendo en su mano abierta la de su pareja, mientras que con laotra, colocada un poco más abajo de la cintura frágil de la dama, laoprimía contra sí. Danzaba pausadamente, muy serio, la cara casicontraída por la atención, los ojos en alto, como si desempeñase papelimportantísimo en algún sagrado rito.

Danzaba muy despacio, marcando elcompás con todo el cuerpo, deteniéndose un instante para, al atacar elpiano de manubrio una nota más viva, girar rápido y recomenzar otra vezel lento balanceo. Nieves reía ante la gravedad de su pareja, tratandode distraerle y de hacerle perder el compás. Sus ojos pícaros buscabanlos del galán, y sus labios, purpúreos y codiciables, se le ofrecían conimpudor burlón.

Pasaban las demás parejas—chulos pálidos, descoloridos, la colorenfermiza y los ojos grandes y tristes de bestias de amor, cernidos delibores; señoritos achulados, guasones, chabacanos; horteras decursilería agresiva, presumiendo de chulos, de Don Juan y de elegantes;artesanos de una alegría ruidosa, grosera, molesta, llevando entre susbrazos hembras de enjalbegados rostros, en que el bermellón de loslabios formaba un contraste casi macabro con el albayalde de lasmejillas—; y los miraban curiosamente, con ironía un tanto despectiva.

Los amplios salones de «La Dalia», sociedad recreativa de baile,hallábanse de bote en bote. Bien acreditados estaban los festejos que enhonor de madama Terpsícore verificábanse en el local; famosos eran los grandes bailes con que celebraban Gervasio, el Rubio, y FroilánCascajares, el Chicuelo, su beneficio; bailes que ellos, con singulargalantería (y advirtiendo que el ambigú corría por cuenta de losorganizadores), dedicaban

«A las señoritas siguientes: a las hermanasFrascuelo, a Rosario (la Descarada) y su hermana Petra, a Vicenta (la Modista) y sus tres primas, a Lucía R., a Juanita y su hermanaSinforiana, a Josefina Gómez, y a los señores siguientes: a los cuatroamigos de Gervasio, a Ramón (el Chofer), a la pareja de baileFuentes-Oñoro, al distinguido matador de novillos-toros el Pelusa, aDiego y Nemesio y a Don Romualdo Cazorro y a toda su distinguidaclientela.» Pero aquel no era un baile así como así, si no un festejo decarnaval, un Gran baile de trajes, organizado por la Sociedadrecreativa El Jipi-Japa, y dedicado a todas las artistas de varietés y camareras de Madrid, y como tal, la concurrencia, además de numerosaera de èlite.

Las dos grandes salas que formaban la sociedad hallábanse adornadaspara tan trascendental acontecimiento, además de las bombillaseléctricas (pocas y de no muy rutilantes resplandores), y de loscarteles de toros que, pegados sobre el papel oscuro, con flores doradasde los muros, constituían el habitual decorado, por policromasguirnaldas, tejidas con cadenas de papel, cruzadas en todas direcciones.En el primer salón hallábase la cantina ( ambigú llamábanlopomposamente), con cuantos bebestibles inventaron la naturaleza y laquímica, y en el segundo el organillo, y a su lado Serafín, el de laPolita, que muy fachendoso, con su abotinado pantalón tórtola y sunegra americana de altas hombreras, no cesaba de dar vueltas almanubrio.

Los disfraces eran pocos y vulgares, y si de algo pecaban, no podíadecirse ciertamente que fuera de lujosos. De hombres apenas veíase algúnhorterilla vestido de patudo bebé, o tal cual tendero de comestibles,que en plena madurez ya, desahogaba su vehemente necesidad de hacer elburro, escondiendo la redonda panza en astrosa indumenta de diablillo,ocultando el curtido rostro, de grandes bigotes negros, en una careta deperro, arrastrando mugriento rabo y adornando su frente con dos cuernos(además de los que por clasificación le correspondían) de pelote ypercalina. Con el sexo débil ya era otra cosa. No que abundasen losdisfraces, pero los que había presentábanse más limpios y cuidados quelos masculinos. Fuera de unos cuantos trajes de niño chico que permitíanlucir las pantorrillas a sus dueñas, de un par de atavíos de torero entraje de calle que servían para mostrar formas de exuberancia tentadora,de algún disfraz de albañil que hacía las veces de válvula alandroginismo grosero de tal cual prójima, lo que dominaba eran losmantones de Manila. Las arreboladas rosas, los purpúreos geráneos y losclaveles de color de fuego envolvían los cuerpos, que bajo el gayo irisy entre los pliegues blandos, suaves, moldeadores del crespón, aparecíanmás garbosos, más finos, más llenos de ritmo y elegancia. Y entreaquella orgía de colorines, los rostros asomaban con una inquietantesemejanza de combinación de espejos cóncavos y convexos. Efectivamente,fuera de unas cuantas mujeres que, sudorosas, despeinadas, el moñotorcido y las ropas en desorden, bailaban, denunciando en su falta degracia, en la torpeza de sus movimientos tardos y pesados y en suantiestética indumentaria, su calidad de criadas o menegildas, y fueratambién de unas pocas que, más modositas y recatadas e inseparables deun mismo varón toda la noche, podían clasificarse entre el comerciomodesto, las demás eran iguales. Gordas o flacas, altas o bajas, rubiaso morenas, todas se parecían con un extraño aire de familia. Parecían lamisma; la misma, con zancos o en cuclillas, con peluca rubia o negra, enlos huesos o con exagerados rellenos, pero la misma siempre.

Todastenían el mismo rostro blando, fofo, embadurnado de rojo; las mismasmejillas marchitas bajo el carmín; iguales labios chorreando bermellón;idénticos ojos pintarreados; peinados semejantes.

Bailaban las unas muy lento y muy ceñido, casi con tanta solemnidad comosus parejas ventilaban las otras por los rincones sus diferencias conalgún galán; dos o tres, echándoselas de rumbosas (¡ellas tenían siemprecinco duros para gastárselos con un hombre!), obsequiaban en el bufet a sus chulos; no unos chulos así como así, a la antigua, sino chulos modernistas, de los de jersey y gorra con vistosas insignias defantásticos clubs, chulos sportsmants, como si dijésemos maestros enartes mecánicas, chauffeurs y aviadores.

Acababa la polca; el organillo emitió algunas notas vertiginosas y callósúbitamente con un golpe seco, sin que las armonías se prolongasen ensonoras ondas, como sucede con otros instrumentos musicales. Nievesvolvió al grupo en que los tres toreros esperaban su respuesta. Jimmi lainterrogó:

—Con que tú dirás... Estos señores aguardan tu contestación.

Sonriendo picaresca, mientras los ojos de princesa remota les desafiabancínicos y tentadores, formuló:

—¿De veras tienen tanto empeño en que vaya?

Joselete se encargó de dar una respuesta galante:

—¡Figúrese usted!... ¡Siempre hay ganas de ver una mujer bonita decerca!

Conquistada por el piropo rió, aceptando.

—¡Pues vamos allá!

II

Joselete palmoteó:

—¡Chico!... ¡Vino!—Y como el camarero, previniendo el objeto de lallamada, entrase trayendo en una bandeja de zinc dos botellas de Agustín Blázquez y algunos chatos y empezase a romper los lacrestrabajosamente para descorchar, el torero se la arrancó de las manos:

—¡Esto se jace así!

Formó un anillo con los dedos, y, girando rápidamente la botella, saltóel lacre.

Nieves, encantada de todo aquello, conceptuándolo muy castizo, muytípico y hasta muy chic, palmoteó:

—¡Bravo! ¡Bravo!

La Ansiosa, sin hacer caso de los demás, prisionera por completo de sunuevo amor, inclinose hacia Jimmi, descansando sobre el brazo delPierrot la enorme mole de sus ubres bovinas:

—¡Chaval! ¡Gitano! ¡Que te voy a querer!...—Y en el rostro enharinadode luna llena, los ojos grandes y salientes, voltearon voluptuosos.

Sin entusiasmo ninguno por su conquista, sino por el contrario, hartode su pesadez, Jimmi se dejó besar. Una aceituna disparada con certerotino por la Pechuguita, que pueril, cínica y procaz, con su rostropálido y demacrado de cortesana enferma de tuberculosis, su flequillo depaje y sus ojos burlones de golfo callejero, atalayábase entre DonSimeón y Gorritua, vino a interrumpir el idilio, acompañado de amicalesapóstrofes:

—¡Ladrona! ¡Ansiosa!

Habían salido del baile Nieves y Jimmi con los tres toreros, cuatroprójimas que estaban con ellos, más algunos amigos que se lesincorporaron. Ambularon por unos cuantos callejones silenciosos ydesiertos para llegar por fin al colmado que había de ser escenario dela juerga. Una vez allí, en vez de penetrar por la tienda, cruzaron elportal, internáronse por un pasillo largo y oscuro, atravesaron unpatinillo lóbrego, húmedo y sórdido, donde, de unas cuerdas, pendía ropapuesta a secar; luego otro pasillo, otro patio, y, por fin, llegaron alos reservados, construidos al fondo de la casa para mayor garantía dediscreción. Al ver el lugar, casi temeroso, donde les conducían, elArcángel anunciador buscó con sus ojos inquietos los de su amiga, peroella, posando de valiente, sacole la lengua con un gesto delicioso deburla, y se echó a reír.

Ahora, en el gabinete con tabiques de madera que les servía de cenáculoy en que apenas cabían las trece personas que formaban el elenco, a lamenguada luz de la bombilla eléctrica, prensábanse en torno de la mesacargada de botellas.

Nieves, deliciosa de inconsciencia, en sus labios carmesíes una sonrisade chicuela que, prisionera en la jaula de las fieras, creyese dominar alos leones con una caricia de sus manitas de marfil, presidía entre Joselete y el Marrón. Frente a ella, Jimmi era disfrutado como unapresa—presa de juventud, de gracia y de vida—por la Ansiosa y Pilarla Redicha. La Ansiosa ponía en la conquista toda la abundosaexuberancia de sus pechos colosales y de sus caderas formidables; laPilar, en cambio, no era fea; un poco agarbanzada también, tenía, sinembargo, una arrogancia castiza, una gracia muy madrileña, que vivía enel ritmo entero de su persona, en sus ojos de gacela, grandes y oscuros,y en su boca fresca y reidora. El Serranito, sentado junto a suquerida, permanecía mudo, melancólico y soñador, con los ojos fijos enel espacio y los labios plegados por un rictus casi doloroso. Ella, la Vinagre, era una mujer alta y delgada, artificialmente rubia; teníalos ojos grises, fríos; la nariz larga y recta y los labios crueles;arropada en el mantón alfombrado parecía friolenta; era muy antipática;apenas bebía, y hablaba escupiendo las palabras con chasquidos secos,como si siempre estuviese irritada con una irritación contenida,rabiosa. Los demás—un sastre aficionado a los toros, un pelotaribilbaíno, de cabeza amelonada, pelo rizado, apenas cubierto por la boinade inverosímil pequeñez, rostro enjuto y anguloso y lacios bigotes, ydos chulos sietemesinos, esmirriados y descoloridos—habíanse instaladoa la buena de Dios.

Todos reían; Nieves, contenta de sentir rugiente a su lado la bestia deldeseo, aquel deseo animal, salvaje, feroz, que tantas veces evocasenostalgia ante las almibaradas palabras y las románticas razones de susadmiradores. ¡Ah, el encanto de sentirse deseada hasta la violencia,hasta el crimen! Los demás reían borrachos, estúpidos: la Vinagre, conrisa casi estridente; el Serranito, con una sonrisa pálida, que sólobrillaba en los labios, mientras las pupilas tristes seguían el vuelo deun ensueño.

Joselete y el Marrón hacían la corte a su manera a la aristocráticamuñequilla, y ella, inquietante y perversa, complacíase en excitarlescon miradas lánguidas, sonrisas prometedoras, algún furtivo apretón demanos y tal cual fortuito pisotón; pero mientras ellos, cada vez másexcitados, se inclinaban hacia ella, los ojos dorados de reina de Saba,buscaban los melancólicos ojos del gitano y tropezaban a veces con lasfrías miradas de la Vinagre.

La Ansiosa se inclinó hacia Jimmi:

—¡Tu boca, mi nene!... ¡gitano! ¡lucero! ¡cielo!... ¡me vas a querer túa mí!—Y trató de morder los rojos labios del chiquillo.

El la rechazó impaciente:

—¡No seas sobona!

—¡No me quieres!—gimió ella, con su vozarrón de vaca.

Jimmi se sintió chulo:

—¡Que te voy a querer! ¡ Amos, tú estás chalá!

Mientras tanto, Joselete formalizaba en toda regla el sitio que teníapuesto a Nieves:

—Porque si usted quisiese, prenda, iba a ver lo que es un hombre.

Ella rió hermética, y mientras el torero, en rapto de mal contenidapasión, se inclinaba para besar su mano, buscó con los ojos al Serranito.

La Vinagre, alerta siempre por los rabiosos celos que todas lasmujeres despertaban en su desconfiado espíritu de mujer madura,interceptó la mirada, y encarándose con la traviesa dama, apostrofó:

—¡Cochina! ¡puerca! ¡bribona! ¡púa!

Todos la miraron asombrados por el exabrupto, y el matador,contemplándola severo, interrogó:

—¿Qué es esto? ¡ Pa gritar a la plaza de la Cebada! ¡A ver si va apoder ser que te calles y no metas el remo!

La Pechuguita intervino a su vez:

—¡Mujer! ¡no eres tú nadie chillando! ¿Qué mosca te ha picao!

—¡Que qué mosca me ha picao! ¡Que el Serranito es mío, mío y mío, y na más que mío, y no me da la pajolera gana que venga ninguna señoracon su pan comío a camelármelo! ¿estás tú?—

Calló un instante, rojade ira, y luego, con risa epiléptica y voz chirriante, ahogándose decoraje, siguió:—¡Señoras! ¡señoras!

¡Ja! ¡Ja! ¡Aparte usted, hija, queme tizno! ¡Señoras! ¡Y luego, en cuantito que ven unos pantalones!...¡catapum! ¡adiós, señorío! ¡Señoras! ¡me río yo de tantismo señorío!¡Más señora soy yo, que me lo gano con mi cuerpo pa gastármelo con unhombre a quien quiero, que otras que yo me sé, que andan por ahípresumiendo pa luego venir a quitarnos lo nuestro!... Pues...

Joselete cortó airado, empuñando una botella en ademán de tirársela a lacabeza:

—¡A ver si va a poder ser que te calles, burra, o te rompo los morrosde un botellazo!

Y como rezongando siempre, la prójima obedeciera, se encaró galante yrendido con Nieves:

—¡Qué van a mirar estos ojitos de sol al banderillero, teniendo almatador mochales por ellos! ¿Verdad, lucero?—e inclinándose haciaella, intentó robar un beso a los labios de grana.

Pero Nieves, echándose hacia atrás rápidamente, rehuyó la caricia, y nicorta ni perezosa le plantó una bofetada:

—¡Quieto!

La Vinagre rió con cruel satisfacción:

—¡Anda! ¡ Pa que te metas con señoronas!

Los demás, conociendo la saña feroz del torero, aquella ira blanca quehervía en él, sobre todo cuando tenía los nervios excitados por elalcohol, le miraron temerosos; pero Joselete pareció echarlo a broma:

—¡Mozo! ¡Vino!—Y siguió como si tal cosa. Sólo en los ojos había unaluz maligna, cruel.

Ahora era Jimmi el que se defendía de las mujeres:

—¡Basta de besos, que no soy el Niño de la Bola!

—¡Pero te quiero! ¡Te quiero, mi negro!—Musitaba la Ansiosa consuspiros que levantaban con sacudidas volcánicas la enorme pechera.

—¡Ay, nene! ¡Qué rico eres!—Y la Pilar le besaba anhelante.

Seguía la juerga. La Pechuguita se había arrancado con una copla; loschulos palmoteaban, y el peligro parecía conjurado.

Pero Nieves, incapazde estarse quieta, deseosa de emociones fuertes, no dejaba dormir a lasfieras. Habíase encarado con el Marrón, que echado hacia atrás en lasilla, apoyada en la pared, el cordobés a la nuca, los cabellospegoteados a la frente por el sudor, desabrochado el chaleco y el rostroabotargado, dormitaba la borrachera, y esbozando una caricia pasole lamano por la cara e interrogó:

—¿Y tú, chotillo? ¡A ver si no te duermes!

El picador, despierto por el contacto de la piel perfumada, suave ysedeña, lanzó un mugido de toro satisfecho y aprisionó el brazo. Comenzóa cubrir de besos ansiosos los finos dedos y luego la palma de la mano.Nieves le dejaba hacer risueña. Pero él, enardecido, seguía subiendo,paseando por el brazo los gruesos labios. Entonces ella quiso arrancarlela presa, pero él, brutal, enloquecido por el vino y la lujuria, lamantuvo prisionera entre sus brazos, buscando ansioso con la boca vorazla fresca boca de la chiquilla. Ella forcejeaba por desasirse,bromeando primero, furiosa luego; sus manos caían sobre la cara enormedel sátiro, abofeteándole sin piedad; las uñas de pétalos de rosaclavábanse en la piel dura, áspera, curtida, haciendo correr la sangre;pero él, sordo y ciego, insensible a todo lo que no fuera su sed deposesión, se enardecía más y más.

La Vinagre le animaba:

—¡Duro con ella!

Y el mismo Joselete, mostrando en una sonrisa mala los dientes decarnívoro, insinuó burlón:

—¡Que te puede!

Nieves, vencida, sintiendo flaquear sus fuerzas, impetró auxilio de suamigo:

—¡Jimmi, a mí!

Quiso él levantarse para ayudar a su compañera, pero la Ansiosa leechó los brazos al cuello:

—¡Déjala! ¡Qué te importa! ¡Tú pa mí!

Jimmi sacudiole un puñetazo en pleno rostro que la hizo echarse haciaatrás, manando abundante sangre por las narices.

Iba ya a levantarse el muchacho, cuando la mujerona tornó a caer sobreél; no se podía decir esta vez si para matarlo o para poseerlo. Lasotras siguieron su ejemplo, y las tres arpías comenzaron a su vez unalucha épica de mordiscos, besos, golpes.

De pronto, la bombilla eléctrica cayó rota y se hizo la oscuridad. Enlas tinieblas seguía la lucha bárbara entre gritos, lamentos, gemidos,juramentos y maldiciones. Rodó la mesa, y sobre ella cayeron todos enmontón, y en el suelo prosiguieron aún. En las sombras resonó,angustiosa, la voz de Jimmi:

—¡Me han matado!

Hubo un momento de confusión y luego un impulso de fuga.

Cuando acudieron con luces, en el suelo, en el montón que formaba lamesa hecha astillas, sobre el mantel manchado de sangre y vino, yacíanyertos, rígidos, inanimados, Nieves y Jimmi, como dos pobres muñecos decera.

HERMAFRODITA

Vers l'archipel limpide, ou mirent les Iles.

L'Hermafrodite nu, le front cenit de jasmin, Épuise ses yeux verts en un rêve sans fin; Et sa souplesse torse empruntée aux reptiles,

Sa cambrure élastique et ses seines érectiles

Suscitent le désir de l'impossible hymen, Et c'est le monstre éclos, exquis et surhumain,

Au ciel supérieur des formes plus subtiles.

La perversité rôde en ses courts cheveux blonds

Un sourire éternel frère des sous profonds S'estope en velours d'ombre a sa bouche ambiguë,

Et sur ses pales chairs se traîne avec amour

L'ardent soleil païen, que la fait naître un jour

De ton écume d'or, ô Beauté suraiguë.

Albert Samain.

I

Primero había sido la palabra grave, sonora, un poco enfática y engoladade Don Clodoveo Zurriola, el sabio arqueólogo, la que en períodosacabados, correctos, académicos, que armonizaban bien con la nobleserenidad de la fábula griega, narrara la historia del hijo de Hermes yAfrodita. La figura venerable del escritor, que suplía con la rigidez loescaso de la estatura; su gesto sobrio, pero oratorio y elegante; suempaque un poco finchado dentro de la corta y estrechísima levita,adornada en el ojal por multicolor roseta, y del enorme cuello queaparecía en dos inacabables picos por cima de la formidable corbata,sostenida con un camafeo, sentaban a maravilla al severo decorado delsalón. Pero lo que sobre todo daba suprema nobleza al viejo caballeroera el rostro, un rostro de pergamino en que lucían dos ojos azules,claros y serenos, ojos de niño o de poeta habitante de una Arcadiafeliz.

Completaban el conjunto larga perilla de plata y nevada trovaque nimbaba de luz la cabeza. Hablaba lentamente, mejor dicho recitabasu prosa con enfática entonación, cambiando de registro según convenía ala índole de los períodos descriptivos, trágicos o jocosos, hacía largaspausas y sabía rematar las parrafadas.

Mientras peroraba, sus manos blancas y delgadas de patriarca bíblicotrazaban un gesto abarcador, y de vez en cuando posábanse en la ampliafrente. Gustábale de recrear a aquellas señoras con alguna de lasleyendas de la mitología griega, en que mezclaba con su portentosaerudición un humorismo un poco pueril, muy vieux jeu, pero honesto,limpio y de buen gusto.

Oíanle ellas embelesadas, pese a su gran recato y a lo escabroso de losasuntos, que abundaban en episodios asaz libres; pero la mitología tieneeso: aun en los momentos en que narra las liviandades a que tanaficionados mostrábanse los señores del Olimpo, aun en aquellos otros enque nos presenta las mayores aberraciones, hasta cuando Parsifae seentrega bajo la apariencia de una vaca de bronce a las caricias del toroo Calimante pone sus pecaminosos deseos en el melenudo rey del desierto,incluso en las creaciones de equívocos personajes, hay en ella unadiafanidad, una serena fe en el amor y la vida, que permite a los oídosmás pudibundos y fáciles de ofender escucharla sin menoscabo de suhonestidad. Guardan los amores y aventuras de dioses y diosas, de héroesy ninfas, de reinas y monstruos, sobre todo evocados por la severapalabra de un sabio-poeta, un no sé qué de estatuario, de ecuánime, deplástico, que ahuyenta toda idea de lubricidad y de morbosa delección.

La mitología fue esencialmente moral. Era, sí, la religión del amor;pero, al mismo tiempo, era la religión de la Naturaleza, de la fuerza,de la juventud. Nunca el espíritu ha estado más lejos de la carne; lacarne vivía y el espíritu somnolaba plácidamente alejado de enfermizasinquietudes. Nuestras almas son como el mar, como él tienen sus mareas,su movimiento de aproximación y de retraimiento; sino que en ellas es altravés de los siglos. Hay momentos en la historia de la humanidad en quelas almas han estado a flor de piel, y es el momento de las inquietudes,de los grandes pecados y de los monstruosos impulsos de santidad.

Elamor tiene el perverso encanto del pecado, y no es el amor, es algomacerante que puebla las noches demasiado castas de calenturientasaberraciones. En otros períodos, al contrario, el alma duerme y la carnereina. Entonces se ama con impudor inconsciente, las mayoresaberraciones parecen juegos de niños egoístas; apartan los humanos desu lado a los débiles, a los deformes, a los tristes, y si alguna vez semata es con un gesto magnífico de desdén por la inutilidad de losviejos, de los enfermos o de los cobardes. En la India, en Egipto, entodos los países del remoto pasado, fue el reinado del alma; en Grecia yRoma triunfó el cuerpo y fue como un paseo victorioso de Venus y Baco através del mundo entre faunos, sátiros, silvanos y tigres y panteras,montadas por bacantes coronadas de pámpanos. En la Edad Media la carnetorturada por el ayuno y las disciplinas agoniza entre alucinaciones, yel espíritu bulle siniestro como un fuego fatuo: es el tiempo de losiluminados y los poseídos, de las brujas y de los quirománticos, dePrelatti y Gilles de Rais.

Contó, pues, Don Clodoveo, la historia de Hermafrodita, su peregrinabelleza y cómo sorprendido en el momento de bañarse en una fuentesituada en las cercanías del Halicarnaso por la indiscreta y seguramenteno muy pudibunda ninfa Salmacis, enamorose ésta perdidamente del apuestomozo. Describió los desdenes con que el doncel agobiara a la infelizenamorada, y por fin la gracia que, presa de loca desesperación, imploróella de los dioses, de fundirse en una sola persona con su amado, y aúnhizo algunas veladas y discretas alusiones a cómo, concedido tal favor,conservara el nuevo ser los caracteres de ambos sexos.

Hasta aquí habíanse mantenido las cosas en las serenas esferas de lasespeculaciones estéticas, pero comenzaba a llegar gente joven procedentedel Real y de otras tertulias, y con ellos vientos revolucionarios. Lasúltimas palabras del sabio prestáronse a chirigotas, salieron a reluciranécdotas picantes, y las malas lenguas emprendieron la caritativa tareade disecar a los amigos ausentes.

Doña Recareda Witiza, que acurrucada en su sillita de tijera, lainseparable labor de gancho entre los dedos y las gafas en la punta dela nariz, había escuchado la narración embebecida y sin comprender muybien aquello de los dos sexos, que, como lo de la manzana del Paraíso,lo del sacrificio de Santa María Egipciaca, las tentaciones de losPadres del yermo y tantas otras cosas, era para sabido, creído y aunadmirado, pero no para que una mujer honrada metiese las narices enello; comenzaba a sentir sobresaltos ante las pseudoprocacidades de lajuventud.

Doña Elvira era una institución en aquella casa; lloviese o hicieseluna, helárase el aliento o asáranse los pájaros, allí estaba ella,sentada en su sillita de tapicería, sin darles paz a los dedos,escuchando atenta y alzando, cuando oía algo que le causaba granefecto, los ojillos grises por cima de los redondos quevedos de plata.Bajita, menuda, lisa como una tabla, sin que ni pecho ni caderasacusasen su feminilidad, tenía, pese a su frágil contextura, ciertaapariencia masculina agravada por el rostro desproporcionado, demasiadogrande para la pequeñez del cuerpo. Era el suyo un rostro largo,arrugado, bigotudo y hasta con algo de barba; la nariz de gancho; laboca grande, de gruesos labios y dientes caballunos, puntiagudos yamarillos, y la frente anchísima, coronada de escasos cabellos grises,dábanle aspecto hombruno. Sabíalo ella e irritada por aquella jugarretade la naturaleza, exageraba lo menudo de sus gestos, ya harto dengosos,y atiplaba su vozarrón de bajo profundo. Si bien con ello no conseguíaser completamente femenil, en cambio adquiría el ambiguo aspecto de esosviejos pulcros, atildados, untuosos, que pasean por los jardinillos delas plazas públicas en las primeras horas de la noche su sonrisa húmeday sus pupilas lascivamente escrutadoras. El sencillo hábito del Carmenque vestía siempre y los gruesos zapatones en que escondía sus pies,desentonaban con la elegancia de las damas que desfilaban por el salón;pero la condesa, verdadera gran señora a la antigua española, mujer decorazón, aleccionada además por el destierro y los años, era consecuentecon sus viejos amigos y no olvidaba a los que fueron buenos con ella enlos días de prueba; y si, mujer de mundo, acogía con una sonrisa debenévola complacencia y una buena palabra a las elegantes que acudíantodas las noches a casa de tía Malvina, porque era chic y tenía un gran aire hacer una paradita allí después del Real y de otrastertulias de trueno, guardaba las efusiones de su generoso corazón parasus amigas de siempre, y en boca de la dama aquel siempre significaba muchas cosas.

Era la tertulia de la condesa de Campazas cosa única en su género. Enprimer lugar la composición de la escena no tenía nada de teatral.Aquello no era una decoración para interior de casa grande (término deentre bastidores, que viene aquí como anillo al dedo). Ni reposterosblasonados, ni fantásticos retratos de guerreros y obispos, ni armadurashistóricas; nada. Fuera quedaba el estrado, más solemne (aunque tampoco,a decir verdad, con pretensiones de feudal, si no más bien tocado de laamazacotada elegancia que a mediados del siglo XIX

presidiera el triunfode las plutocracias), con su zócalo de madera imitando mármol, su techode falso artesonado blanco y oro, las paredes revestidas de rasoamarillo capitoné, lunas encerradas en marcos enormes, arañas ybrazos de pared de cristal y bronce, pesados, de mal gusto y hasta untanto de pacotilla, y muebles grandes dorados, recargados de molduras,sin la suntuosa armonía de Luis XV ni la gracia alada del Luis XVI; y encontraste con tanta cosa fea y como sello de la estirpe, dos retratos deGoya prodigiosos—un caballero de ancha frente, penduliforme nariz ymandíbula prominente, vestido con bordado casacón de terciopelo azul, yuna dama pícara de ojos, golosa de labios, fosca de cabellera y morenade color, muy grácil y movida en los albos tules de su traje, que serasgaba en cuadrado escote mostrando el provocativo repujado de lossenos—. También veíanse en la sala dos braseros, pues la condesa, peseal calor de las chimeneas, no renunciaba al clásico artefacto que, segúnella, fue su único compañero en algunas veladas del destierro. La salatambién, a última hora, llenábase de gente; quedaba para los extraños,sin embargo, mientras Doña Malvina con los de su tertulia preferían elbillar. Aquello ya era otra cosa, aunque tampoco un dechado de buengusto, pues en aquellos días de mescolanzas de estilos en que triunfabanlos muebles

de

Boule

y

los

rasos

abullonados,

época

cuyacaracterística podría considerarse el reinado del tapicero, el mal gustoera endémico; el billar tenía un aspecto más familiar, simpático yhabitable. Sobre las paredes de damasco verde lucían algunos cuadros,casi todos modernos. Dos marinos de Monteleón, una Sagrada Familia, quesi no fuese por aquello de que la intención salva, hubiese valido elfuego eterno a su perpetrador; unas monjas de Franco, dos cuadrospintados por la dueña de la casa—paisajes de una Bucólica feliz—

unaConcepción de colorido chillón y otra atribuida con algún fundamento aAntolínez, el Malo. La mesa de billar, de troneras, aparecía cubiertapor un paño de peluche rojo con aplicaciones de bordados antiguos, y losmuebles, salvo la mesa, que cubría un tapete bordado también en oro ysedas, eran amplios y cómodos, tapizados de paño verde con franjas einiciales de paño negro.

En aquel ambiente familiar encontrábase la condesa a gusto, rodeada desus íntimos, sus fieles llamábales ella cariñosamente.

Para seradmitidos en tal intimidad no eran menester sino dos cosas: talento ycorazón. Allí la gente no era lo que representaba en el mundo, sino loque merecía ser. No había valores convencionales, que el gran espíritude bondad y de rectitud de la dama, defendidos por su prestigio yposición, rechazaban, si no valores reales. Luego, a última hora,tocábale el turno a la feria de vanidades pero a prima noche sóloformaban los elegidos.

Componían la tertulia seis u ocho invitados a mesa (clásica, española,sencilla y abundante) y cuatro o cinco más que llegaban al café. Allí,en primer lugar, y como uno de los habituales, Facundo Robledo, el granpolítico, el árbito de la Restauración, hacía pinitos literarios, decíachistes de su pueblo, y hasta alguna vez, excitada su confianza y buenhumor por la cordialidad que flotaba en el ambiente, mostraba, como unode esos modernos ilusionistas que fían más en su arte que en lacuriosidad del público, los secretos de la política menuda. Allí tambiénManuel Salgado, el estilista portentoso, abandonadas las palmetas decrítico y el cincel de artífice único, contaba, con el gracejo de latierra de María Santísima, cuentos subiditos de color. Junto a ellos, elgeneral marqués de San Florentín defendía los viejos moldes y recitabacon énfasis versos de Don Juan Nicasio Gallego, de Hartzenbusch y deGarcía Gutiérrez. El general era un escritor menos que mediocre, peropor aquellos tiempos de generales poetas y curas guerreros habíaalcanzado gran boga, y así como era moda entre las damas tener unretrato pintado por el duque de Rivas, éralo también guardar en elálbum de tapas de peluche y bronce una composición poética en que lasMusas colaboraron con harta mala gana. Aquello era lo más saliente de latertulia; como discretos comparsas había otras gentes oscuras, cuyaúnica razón de ser era su amistad con la condesa; gentes que en eldestierro fueron amables con la gran dama y que cuando hallábase solaofrecieron el noble homenaje de las personas de corazón a las majestadescaídas; un pintor de historia premioso, machacón, pesadísimo, acompañadode su esposa, mujer insignificante, y de su hija, una señorita redicha,que ahuecábase constantemente los pompones de la falda y abría y cerrabael abanico dengosamente a cada instante; Doña Recareda y dos o tresinsignificancias más.

Y presidiéndoles a todos, con su aire inimitable de gran señora, frescoel rostro a pesar de los años, los blancos cabellos cubiertos por lanegra cofia, y por los hombros la manteleta de encaje, que prendía alpecho con antiguo broche de lapizlázuli y brillantes, la condesasonreía, abanicándose lentamente con uno de aquellos admirables abanicosque constituían su pasión.

Porque los abanicos eran su vicio: teníalosde oscura concha, incrustada de oro y plata a la moda del reinado deLuis XIV; de nácar, con soberbias incrustaciones, como los que enalgunas escenas violentas de la Corte rompieran las blancas manos de laPompadour; de largas varillas de marfil, con pintadas miniaturas, comolos que entre los dedos de la Dubarry señalaron a los Borbones la rutade la guillotina.

Era la condesa de Campazas mujer de talento extraordinario: sabía hablarsin pedantescos desplantes, pero con la autoridad que le daban los añosy la experiencia, y lo que es mejor, tenía el raro arte de saberescuchar. Con singular gracejo ponía el comentario, lleno de filosofía,o colocaba un chiste de buena ley, terciaba en las discusionesacaloradas, suavizaba asperezas de juicios apasionados, velaba la bromacon exceso subida de color, y, sin ofender al maldiciente, echaba uncapote por el ausente amigo.

Aquella noche, sin embargo, las horas habíanse deslizado gracias a laserena palabra de Don Clodoveo Zurriola, con una placidez que, puestoque a ella contribuían las ninfas y pastores de la fábula, podemosllamar pastoril. Aún no había acabado el sabio su disertación y el grupode oyentes (cuyas exclamaciones y dicharachos asustaban a la Witiza),engrosado, llegaba ya al salón.

Iban llegando damas procedentes del Teatro Real, donde la Saralto habíacantado un Bale in Maschera, y junto con ellas los muchachos quehacían su escala allí antes de irse al Veloz a tirar de la oreja aJorge, y los viejos del palco de la Infantil, más entusiastas de labella tiple que de la ópera, que, por no ser menos, seguían la mismaruta de los muchachos.

Pero ni la voz admirable de la Bezké, ni los devaneos de la Sanz, ni lossimpares gorgoritos de la Patti, consiguieron distraer la atención delprimer sujeto. Había, por el contrario, tomado la palabra Ramón Alvarezde Simancas, uno de los recién llegados, y con su estilo jocoso,desvergonzado, hacía la aplicación de la fábula de Hermafrodita aalgunos amigos y amigas ausentes.

Alto, fornido, guapo, con varonil belleza, era arrogante, bravucón,rendido con las damas, a las que trataba con una mezcla

extraña

derespetuosa

pleitesía

y

atrevimiento,

confianzudo, mirándolas siempre enmujer, nunca en señora; sencillo con sus amigos, altivo con losextraños, aficionado con exceso a cuentos y chascarrillos verdes.Constituía el tipo perfecto del antiguo elegante español, antes que elsport convirtiérale

en

una

caricatura

del

extranjero,

transnochador,aficionado a alternar con pelanduscas y toreros, dado a la burla,apasionado de la fiesta nacional, jugador y pendenciero.

Contaba ahora la historia de cierta dama que, culpable de lesbianapasión por una amiga suya, no había discurrido mejor ardid que en unanoche de fiesta escabullirse del salón, merced al bullicio, e irse aesperarla en su propio lecho.

Y proseguía su historia, contando cómo cierto galán, harto audaz enlides de amor, y animado por no sé qué insinuaciones de la dama, decidióseguir la misma ruta que la descarriada señora, y cómo, tras un discretodesposeerse de ropas en la oscuridad, habíanse encontrado entre lassábanas, con los episodios a que tan donosa equivocación dio lugar. Elsalón entero, convertido en Decamerón por obra y gracia de aquelloscuentos dignos del señor de Bocaccio, reía de buena gana ladesvergonzada aventura. La misma condesa sonreía benévola; sólo DoñaRecareda, estremecida de horror, ansiaba que se la tragase la tierrapara no ver profanados sus castos oídos con tales aberraciones, y mirabaa todas partes buscando la manera de escapar. Imposible. El salónrebosaba gente. ¡Y qué gente!

En pie, junto a la mesa de billar, la duquesa de Lorena escuchabarisueña, reverberando en el esplendor de su distinción suprema. Era unabelleza del norte, fría y dura, que por su boda con el duque de Lorenahabía venido a ocupar uno de los primeros puestos en la sociedadmadrileña, ciñendo sus sienes, que en lejano país de brumas oprimiera ladiadema de los Príncipes mediatizados, con los ducales florones de losGrandes de España. Tenía un aire portentoso, una elegancia señoril quese reflejaba en sus menores gestos, una nobleza innata, inimitable.

Superfil correcto, enérgico, sus ojos dominadores y sus labios desdeñosos,aislábanla en una impenetrabilidad de diosa. El cabello castaño caíasobre la frente en abundantes rizos, que escalonándose por la cabeza,concluían en la nuca alabastrina en catarata de pequeños bucles; el senoblanco, nevado, emergiendo del cuadrado escote del vestido, servía deestuche a soberbio collar de perlas negras; el corpiño de raso corintooprimía el talle inverosímil, y mientras por delante formaba largo picosobre el delantal de terciopelo, de igual color que el vestido, bordadoen dorados vidrios, por detrás formaba graciosas aldetas que caían sobrelos pomposos petits motives de raso, sostenidos, primero por el ocultopolisón, luego por grandes golpes de abalorios, y acabados por fin enlarga cola redonda, pomposa, frufruante, prendida a la enagua dealmidonados encajes por grandes lazos de seda. Y completando elconjunto, tenía brazos de estatua, que enfundados hasta el codo en lasestrechas mangas, ocultábanse luego en largos guantes de Grecia; y pocomás allá, y compartiendo su atención entre las historias y las tonteríasque murmuraba a su oído Fernando Román, Julia Rialta, morena, graciosa,vivaracha, más morena aún en el traje de gro rosa con grandes poufs lazados de terciopelo negro, triunfaba en su castiza gracia de madrileñaneta. Junto a ella, Felisa Zamora sonreía, sonreía siempre con su eternasonrisa estereotipada, contenta de su belleza de Ofelia, de sus cabellosde oro pálido, que, tras partirse en dos rizos sobre la frente, formabangruesa trenza en torno a la cabeza; de sus ojos cándidos, azules decielo; de su blancura maravillosa de nardo, que lucía entre el tulceleste del escote, en forma de corazón, y de su talle inverosímil. Eratonta, con tontería inofensiva de grabado de modas; ahora mismo,mientras los demás hablaban, ella estaba pendiente de no descomponer losfrágiles pompones de pálido matiz azulado, que sostenidos sobre la faldade pequeños volantes por guirnaldas de rosas salvajes, constituían laobra más elegante que salió jamás de las manos de Worth.

En contraste con ella, toda malicia, gracia e inteligencia, la baronesade Montevideo, sentada en un puf turco, vestida toda de raso coral conguiones de terciopelo azul; menuda, frágil, los ojos verdes de gata, yel pelo de oro rabioso subrayaba los equívocos con risitas burlonas ohacía comentarios cortantes como filos de cuchillo, y daba empujones conel codo a Escipión Cimarra, que pretendía compartir el asiento con ella.

La Witiza se sintió anonadada. ¡No podía salir! Y las cosas tomaban cadavez peor cariz. Ahora habían dejado a un lado las historias burlescas ytocábale el turno a las narraciones truculentas. El marqués viudo deCasa Guzmán contaba cosas horribles, misteriosos hechos, fenómenos detransformación, raros caprichos de la Naturaleza; descubría monstruoshumanos, casos de locura... La conversación despeñábase por los abismosde la pesadilla, y como en los cuadros de Bosco o en las aguas fuertesde Goya, iban y venían en raras zarabandas seres absurdos, criaturashíbridas, que se contorsionaban saliendo de lo grotesco para entrar enlos linderos de lo doloroso.

Doña Recareda no pudo resistir más, y poniéndose en pie se despidió dela condesa:

—Yo me voy.

—¿Pero ha venido ya Rosendo—Rosendo era un viejo servidor de laWitiza—a buscarte?—interrogó la dama cariñosamente.

Habíase dado perfecta cuenta del malestar de su amiga; si hubiesehabido menos gente, hubiese intentado cortar la conversación; pero conla casa llena era punto menos que imposible. Además, no la gustabaactuar de dómine, y mientras permaneciesen en los límites que marca labuena educación, prefería dejarles en libertad de desbarrar.

Doña Recareda mintió por primera vez en su vida:

—Sí, ya me han avisado.

—Pues no he oído nada—murmuró extrañada la dama.

Cruzó la vieja el salón haciendo equilibrios para no pisar las colas quese abrían en insolentes abanicos, y repartiendo reverencias, que laMontevideo calificó burlescamente de reverencias para uso de artistapedicure en Versalles, llegó al fin a la antesala, fría ydestartaladota, adornada con dos o tres reposteros y algunos bancos.Allí esperaría. ¿Que estaban los criados? ¡Bah! Eran viejos servidoresrespetuosos, que la conocían bien y la rendirían pleitesía y queseguramente no contarían cuentos verdes delante de ella. Pero ¡sí, sí!¡No contaba con la huéspeda! Para evitar a las señoras la molestia delhumo y para hablar con más libertad, habíanse salido allí unos cuantosmuchachos a fumar un cigarro, y en cuanto la vieron rodeáronla conafectuosas cuchufletas. Desesperada la infeliz, decidió partir, aunquehubiese de esperar en la escalera la llegada de su criado, y zafándosede sus manos, salió.

Estaba de Dios que en ninguna parte pasase tranquila aquella infaustanoche. Como a los viejos Padres del desierto, Satanás entreteníase enponerle a cada paso, ante los ojos, un cuadro de disolución o una imagende pecado. En el último descansillo de la escalera, Petra Galván hablabacon Gaspar Monóvar, y el calor con que discutían y la distancia que lesseparaba no eran precisamente los exigidos por el recato. Doña RecaredaWitiza creyó que su sola presencia tendría la virtud de separarles yhacerles tornar a los senderos del bien; pero se equivocó. La Galvánlimitose a alzar sobre sus hombros, iluminados por los fulgores desoberbio collar de esmeraldas, la amplia capa de seda blanca, forrada dealbas pieles de cabra del Tibet, y dando un puntapié a la cola deterciopelo café, forrada de raso café con leche y bordada en cuentas decolores, siguió hablando como si tal cosa con el apuesto húsar, que a suvez limitose a pasar una mano acariciadora por la sedosa barba negra,partida por raya central.

Después de poner su pensamiento en Dios, la buena señora tomó unaresolución heroica. Se helaría en el portal, pero prefería cualquiercosa a la contemplación de tales vergüenzas.

Abrió la puerta y... estuvoa punto de desmayarse. En el amplio zaguán, enarenado, bajo la vacilanteluz del farol central, los cocheros y lacayos, con sus gorras de viseray sus capotones oscuros, cubiertos por siete esclavinas de vivoschillones—el amarillo, el rojo, el verde de la heráldica delibrea—hablaban, y lo que es peor, retozaban con retozos de faunossalvajes con cuatro o cinco ninfas callejeras, que entre pellizcos,achuchones y encontronazos, reían, aullaban y barbarizaban. ¡Laapocalipsis!

¡Y

para

eso

Dios

había

redimido

al

género

humano!Indudablemente el fuego del cielo volvería a caer para arrasar tantopecado como antaño cayó sobre las urbes malditas.

¡Las ciudades dePentápolis quedaban en mantillas ante tanto vicio triunfante! Peromientras las divinas llamas venían a purificar el fango, el ángel quehabía de ser guía del justo (encarnado ahora en la vulgar figura deRosendo) no llegaba, y Doña Recareda decidió irse sola. ¡Todo menosquedarse allí!

Santiguose mentalmente, y como quien en los horrores deun naufragio se echa al agua, lanzose a la calle.

Deprisa, muy deprisa, con andares hombrunos, subió la calle de Segovia.Por aquel camino, cruzando la de la Pasa, la Plaza del Conde de Barajasy la Escalinata, en un momento estaba en la Plaza Mayor, y de allí alPostigo de San Martín, donde vivía, no había más que un paso. El caminoérale harto conocido, y lo modesto de su atavío la ayudaba a pasardesapercibida, de modo que, fuera de los encuentros con las nocturnaspalomas y con algún rezagado borracho, nada había que temer.

En Puerta Cerrada respiró. Pese al valor que procuraba infundirserepitiendo a cada paso y como entreacto a las oraciones que rumiaba paraimpetrar auxilio de la Providencia frases alentadoras: «Estoy a un pasode casa». «En dos minutos estoy en mi calle». «A lo mejor me tropiezocon Rosendo». Iba temblorosa y llena de pavura. Las extrañas historiasoídas en casa de la condesa bullían en su cerebro, poblando suimaginación de raros monstruos. Las escenas más absurdas—

escenas deSabat en que se mezclaba lo lúbrico y lo terrible—

aparecíanse ante ellacon una claridad de linterna mágica. Como las monjas poseídas por el Malo de la Edad Media, veía poblarse la noche de seres absurdos,inclasificables, dotados de los más extraños e indescriptiblesatributos. Y los monstruos enlazábanse y desenlazábanse en nunca vistascombinaciones, hacían muecas lascivas o burlonas, tejían guirnaldas decuerpos deformes, y entre aullidos y risotadas, que sonaban alucinantesen sus oídos, se desvanecían en las tinieblas.

Apretó el paso, y cruzando rápida el callejón de la Pasa, llegó a laPlaza del Conde de Barajas. Al desembocar en ella sintió una impresiónde inmensidad o de vacío y se detuvo con el corazón oprimido por súbitaangustia. Parecíale hallarse ante un precipicio sin fondo, abismo denegruras o enorme lago de quietas aguas turbias y verdosas; o mejor aún,haber llegado a la inmensa plaza de una ciudad muerta, donde no quedabanni vestigios de la vida remota que en ella debió haber antaño.

Laatmósfera transparente y fría y el cielo de una serenidad polar,contribuían a la sensación de soledad y quietud mortuorias.

Dominose;santiguándose

cruzó

la

pequeña

explanada y tomó la calle de Cuchilleros.Helada de espanto tornó a pararse. Ahora escuchaba tras de ella pisadas,pero no unas

pisadas

vulgares,

sino

unas

pisadas

opacas,

silenciosas,pisadas de orangután, de secubo o de personaje felino. Permanecióquieta, sin atreverse ni aun a respirar; pero como nada sucedía y laspisadas parecían haber cesado, hizo un esfuerzo y miró atrás. Nada.Riose de su miedo y continuó la ruta.

En los escalones que suben a la Plaza Mayor dormían, hacinados,miserables trotacalles, golfos y pordioseros. Entre los montones deandrajos surgían de vez en cuando caras barbudas, enjutas, amarillentas,dignas de los viejos mendigos de Rivera; deformes rostros de goyescaszurcidoras de gustos, trágicas caretas pintarreadas de vendedoras deamor. Parecía aquello los despojos de un campo donde en una noche deaquelarre se hubiese librado una batalla. Un hedor a suciedad y miseriaflotaba sobre los durmientes, apestando el aire. Y, sin embargo, DoñaRecareda Witiza respiró satisfecha. Se encontraba más segura allí que enla soledad de la noche, perseguida por los trasgos evocados en lasfatales conversaciones de casa de su amiga.

Al desembocar en la Plaza Mayor y cuando ya casi se conceptuaba segura,tropezó con un grupo de mozas del partido que se dejaban conquistar porunos arrieros. Trató de esquivarles y ellas, que notaron la maniobra,empezaron a lapidarla con groseras cuchufletas. Huyendo de la rociada,la dama cruzó a los jardinillos. Allí la luz era más escasa; losfaroles, con sus temblorosos mecheros, no bastaban a disipar lastinieblas, y árboles y arbustos adquirían apariencias fantasmagóricas.La Witiza redobló el paso; de pronto surgieron ante ella tres hombres.Vestían a la moda chulesca: de ancho sombrero y capa uno de ellos, acuerpo, con altas gorras de seda que dejaban escapar los tufos peinadosen persianas sobre las sienes, los otros dos. Debían de ser borrachos,por cuanto despedían un olor a vinazo que tiraba de espaldas. Uno de lostres, el de la capa y el sombrero cordobés, cortola el paso, yplantándose ante ella, saludó jacarandoso:

—¡Olé las mujeres!

Doña Recareda, dando un rodeo, procuró zafarse; pero cuando ya loconseguía, los otros dos la cogieron por las faldas:

—¿Desprecios? ¡Recontra con la señora! A nosotros no nos desprecia naide ¿está usté?

Indignada y aterrada a un tiempo, conminó:

—¡Suéltenme ustedes!

El vozarrón hombruno sonó más bronco y áspero que nunca.

Ellos parecieron ligeramente desconcertados. El más entero de los tressacó una caja de cerillas, y encendiendo una con no poco trabajo, laaproximó al rostro de la asustada señora.

Un triple juramento, bárbaro, grosero, salió de las tres bocas:

—¡Remonche, si es un tío!

Aprovechando el primer momento de asombro, la Witiza consiguió librarsede ellos y echó a correr con toda la fuerza de sus piernas; pero pasadala sorpresa, los otros, con el tesón y la tozuda pesadez de losborrachos, echaron tras ella gritando:

—¡A ese! ¡A ese!

Al estrépito de los gritos y carreras, las prójimas y sus adoradoreslanzáronse también a la persecución de Doña Recareda, y al finconsiguieron detenerla en el momento en que jadeante, próxima adesmayarse, se había detenido. Todos la interrogaron a la vez:

—¿Pero qué pasa?

—¿Qué, lan querío robá?

—¿Los guindas?

Con palabra entrecortada, comenzó:

—Es que... que...

Pero llegaban sus perseguidores:

—¡Que es un tío que anda disfrazada de mujer!

El grupo prensose curiosamente en torno de la infeliz. Seis o sietevoces distintas formularon otras tantas preguntas:

—¿Un ladrón?

—¿Un alcahuete?

—¿Un guasa viva!

-¿Un...

—¡Un tío faroles que anda buscándole tres patas al caballo de bronce!

—¡Soy una señora, y hagan el favor de dejarme en paz!

El vozarrón sonó bronco, áspero. Uno imitó el rugido de un trombón. Otroanunció con cavernoso sonido:

—¡Paso! ¡Paso, que es doña Trueno!

Aunque tarde, comprendió que su voz empeoraba la situación, y trató dedulcificar el tono, consiguiendo sólo aflautarla:

—¡Déjenme, por Dios! Soy una señora...

Una voz de tiple gimió burlona.

—¡Ay, mamá, que me comen, que me comen!

Y otra, también con relamido acento:

—¡Ay, Jesús!

Trató de imponérseles:

—O me dejan o llamo.

Pero sus enemigos encendían cerillas y estudiaban su rostro hombruno,adornado de barba y bigote.

—¡Es un hombre!

—¡Un tío!

—¡Ladrón¡ ¡gorrino!

—¡Asqueroso!

Las mujeres eran las más indignadas. Convertidas en furibundas arpías,azuzaban a los hombres:

—¡Arrastrarle!

—¡Matarle!

—¡A darle una paliza que lo deslome!

Enloquecida de miedo, gemía:

—¡Soy una señora! ¡Por Dios! ¡Por Dios!

Una de las hembras tuvo una idea luminosa:

—¡A verlo! ¡Desnudarle!

Diez manos audaces se posaron en ella para consumar el sacrificio; peroatraídos por el escándalo, acudían ya el sereno y unos guardias:

—¡A ver si sus llevamos a la Delegación! ¿Qué escándalo es este?

Todos quisieron explicar a la autoridad su acción vindicadora:

—Es que...

—El tío este...

—Nosotros...

Una, más expedita, narró el suceso:

—Es un tío marrano que anda con faldas.

Doña Recareda, casi sin fuerzas ya, protestó débilmente:

—¡Soy una señora!

Pero el vigilante nocturno, escamado por la voz de bajo profundo, habíaaplicado la luz al velludo rostro y lanzaba una exclamación:

—¡Pues sí que es un tiu!—Y como ella aún intentase un postreresfuerzo...—¡Hala para allá; en la Delegación veremus!

En aquella crisis de espanto, algo absurdo, inaudito, sucedió en elcerebro de la infeliz señora. Las historias oídas cobraron realidad;

losmonstruos

quiméricos

se

animaron

con

calenturienta vida. Ella no eraDoña Recareda Witiza, la honesta y noble dama, era uno de aquellos seresambiguos, insexuados, híbridos, de la fábula. Y de pronto se irguió, ycon los ojos fulgurantes como los de una iluminada, apostrofó a sussayones:

—¡Atrás, canallas! ¡Yo soy la hija de Hermes, hijo del Cielo y de laNoche, y de la divina Afrodita, hija de Urano y el Mar!

¡SoyHermafrodita!

Y cerrando los ojos rodó por tierra.

FICHAS ANTROPOMÉTRICAS

EL HOMBRE DE LA MUÑECA EXTRAÑA

—La fábula de Prometeo creando la estatua e infundiéndole vida. Peroesta vez animándola no con el fuego del cielo, sino con llamas robadasqué sé yo dónde, creo que al mismísimo infierno, a Satanás en persona;un fuego maldito de locura, de pecado, de horror; en fin, algoescalofriante, terrible, ultramoderno...

—¿Poe?

—No. Poe es demasiado metafísico y la historia de Guillermo Novelda esmás pedestre; no hay nada que no sea explicable, fácil, comprensible;pero al mismo tiempo se unen de tal modo en ella la locura, el vicio yel miedo, que llegan a un paroxismo de horror alucinante.

—Vamos, como en Teresa Raquin.

—No, tampoco; Zola resulta excesivamente sucio y no tiene el instintode la estética. La muerte de Guillermo es algo tan tremendo, tantrágico, que sin querer hace pensar en los poseídos del demonio.Justamente, eso fue él, un poseído del demonio de la lujuria. Quisoasomarse al abismo en que el monstruo de los cien tentáculos dormía,bajar al fondo del mar para contemplar la sepulta ciudad de Is y quedóprisionero para siempre. Tuvo una hora de supremo goce, y luego fueresbalando hasta caer en la muerte.

Nos habíamos reunido en el despacho de Gustavo Mondragón, a pretexto detomar una taza de té y charlar, unas cuantas damas y algunos amigos,enfermos todos de literatura.

Anochecía. Fuera, entre hilos de lluvia que caían con monotoníaabrumadora, finaba el crepúsculo de un día invernal, frío, gris ytristón, en que el cielo plomizo se reflejaba en los grandes charcos dela calle. Dentro, una penumbra temerosa iba invadiendo los rincones.

El despacho era el de un artista, el de un refinado, quizás el de undecadente,

pero

sobrio,

sencillo,

sin

estrafalarias

suntuosidades denovela. Nada de emular las magnificencias de Bizancio, ni los estéticosalardes de Corte de los Médicis, ni siquiera las, elegancias del XVIIIfrancés; menos aún uno de esos rebuscados y artificiosos decorados delsnobismo moderno; limitábase a ser grande, alto de techo, con amplioventanal sobre un jardín vulgar. Damasco verde oscuro cubría los muros;los muebles eran ingleses, de cuero; en un rincón, un gran diván dedamasco agobiado de almohadones, hechos con viejos brocados; dosbibliotecas de caoba y bronce encerraban libros de Poe, de Baudelaire,de Wilde, de Essebacc, de D'Anunzio, de Moreas, de Rollinat, Lorraine,Rodenbach, Verlaine, Rossetti, Ekheold, Rachilde—la flor y nata deldecadentismo—, con raras encuadernaciones; sobre las librerías, porcima de la chimenea del escritorio y de las mesillas volantes quellenaban la habitación, veíanse retratos de aristocráticas damas, deactrices, de aventureras, de mujeres famosas en el mundo de lagalantería, de tenores, de grandes artistas, de literatos, de toreros,de acróbatas, con pomposas dedicatorias o extrañas fórmulas; mezcladoscon ellos algunas armas antiguas—dagas de puño enjoyado y puñales cuyaadamasquinada hoja triangular se hundía entre las páginas de un libro—yalgunos barros y porcelanas antiguos, y, por fin, sobre el damasco delos muros y pendientes de largos cordones de seda, unas cuantasacuarelas y algunas aguafuertes. Nada de Moreau, ni de Goya, ni deDurero; por el contrario, eran obras de principiantes, obras ingenuas,demasiado brillantes de color o sombrías con exceso, pero en que lafantasía, exaltada por cierto perverso intelectualismo y sin el frenoaún de la experiencia y del temor a los juicios del mundo, galopaba porcampos de quimera. «Las tres ciudades del pecado», «Salomé, Belkis yCleopatra», unos interiores

de

mancebía

muy

goyescos,

algunos

personajesmitológicos—Gaminedes, Narciso, Hermafrodita—

interpretados de un modoambiguo, y unas imágenes alucinantes de brevario medioeval.

Sobre aquel fondo propicio, destacábanse las figuras actuales.

En primerlugar, Lidia Alcocer y Nieves Sigüenza, presidiendo la asamblea,sentadas en el diván; en torno a ellas las demás.

Lidia Alcocer era una belleza provocativa. Sin ser exuberante, más quemoldeada podíasele decir repujada en el traje de terciopelo negro muyllamativo, muy cocotesco, con demasiadas pieles y demasiados encajes. Elrostro absurdamente maquillado era excesivamente blanco, excesivamenterosa, tenía ojeras azules con exceso y labios que sangrabanexageradamente embadurnados de pintura. El pelo teñido de rubio oro( blond d'or,

goold

watter)

rizábase

artificialmente

bajo

la

tocaempenachada de enormes plumas. Aunque frisaba en los cuarenta, enextravagante contraste con aquel rostro de cortesana de Alejandríavestida a la moda de París, poseía dos ojos de mirada cándida, luminosay azul, que sabían mirar con ternura apasionada.

Nieves Sigüenza encarnaba otra modalidad femenina. Firme también delíneas, pero más mujer y menos muñeca, era mimosa, ondulante, gatuna.Tenía un rostro inquietante que destacábase a modo de careta dealabastro azulado, traslúcida, bajo una cabellera de ébano tallado engrandes bucles, y en contraste absurdo, como puestos en aquella máscarade Pierrot por el capricho de un artista atrabiliario, unos labiosrojos, gruesos, golosos y sensuales, reían provocativos, y engarzados endos levísimos trozos de azabache que fingían las pestañas, dos tostadostopacios de cábala lucían a modo de pupilas. Por fin, completaban laextraña incongruencia, un lunar de terciopelo que se destacaba frívolo ygalante sobre el libor de la trágica mascarilla. Más complicada yerudita, el amor era para ella un espejismo de sus secretos ensueños, ysabía hacer de cualquier coqueteo vulgar un idilio de Teócrito, y de lamás prosaica aventura de encrucijada una historia de Poe o un cuento deLorrain.

Frente a ellas, sentada en un sillón, las manos cerúleas cruzadas sobreel regazo y los ojos azules perdidos en la vaguedad de un ensueño, NoraHalm, una noruega de abombada frente y rubias trenzas de Gretchen debalada, que peinaba formando dos rodetes sobre las orejas, escuchaba conatención meditativa. Muy mujer, un poco sentimental, poseía, encontraposición con la exuberancia de las otras, una alegría serena, uncallado arte de saborear la vida, aprendido en los interminablesinviernos pasados en la mortuoria tristeza de los fiords.

Junto a ella, Beni Rosal fumaba cigarrillos turcos, y de vez en cuandoreía con su risa seriecita de buen chico. Aquella muchacha con el pelocorto, peinado en raya, el rostro fino, un poco alargado, el atavíosastre y el alto cuello almidonado, tenía una allure muy varonil, quesubrayaba con la brusquedad del gesto y cierta dejadez masculina.

Eran los demás contertulios, Pepito Montesa, un pintor adolescente quetenía el gesto rígido, de esas figuras etruscas que ilustran los vasosencontrados en las excavaciones; el conde de Medina la Vieja, el señorHeliogábalo, siempre con su inquietante apariencia de personaje deultratumba invitado a una fiesta de espíritus; Julito Calabrés,abracadabrante en su atavío fasshionable, y Jaime Sigüenza y GregoritoAlsina.

Hablaban del caso de Guillermo Novelda. Lidia Alcocer fue la quesacara la conversación. Ella había amado mucho. En un tiempo, su frágilbelleza de muñeca realzada con la estrepitosa elegancia, fue el ornatode los salones. Su gracia, su ingenio, su hermosura, la hizo ser deseaday, piadosa, no supo negarse. El Club entero pasó por sus brazos. Noexigía de sus amantes sino una condición: la elegancia. Jóvenes oviejos, altos o bajos, rubios o morenos, chatos o narilargos, a todossabía encontrarles una gracia especial, un oculto encanto, un chiste, un no sé qué...

Con lo único que era inexorable era con el chic. Ylos hombres se la disputaron entre el odio y la saña de las demásmujeres.

Hubo desafíos, suicidios, broncas, escándalos. Pero envejeció ylos amantes escasearon, fueron menos fieles, menos constantes; entoncesla Alcocer entregose en alma y cuerpo al espiritismo. Las cosasmisteriosas del más allá la atrajeron con su peligroso encanto y suescalofriante interés, que sacudía sus nervios de detraquée con nuevasemociones. Adoraba las historias de fantasmas y aparecidos y gustaba decontarlas y oírlas contar, sin perjuicio de luego, en la soledad dellecho (¡oh crueldad inexorable de los años!), estremecerse de miedo, y,tapándose la cabeza con las sábanas, santiguarse muy deprisa.

Cada vezque moría un amante (cosa que, tratándose de una señora que tuvo tantos,forzosamente tenía que suceder con harta frecuencia), Lidia sufría unataque de terror ante el miedo de su visita, ataque que sólo seextinguía cuando al correr de los días, el difunto, bien hallado de sunuevo estado, defraudaba las esperanzas de la dama. Pero cuando elespanto de ésta llegó al paroxismo fue cuando el suicidio de PepeMadariaga. Aunque ella nada tenía que ver, pues las causas fueron eltapete verde, cierto Don Isaías Iscariote que practicaba la usura y unapájara francesa, metiósela en la cabeza ser la razón del drama.

Pasónoches atroces en que a cada instante creyó ver la sombra del difunto, yhubo momento en que pensó en la conveniencia de implorar al sereno.

Ahora, como siempre, había sido ella la que en los azares de la charlaevocó aquellas cosas. Rodando, rodando la conversación, había llegado aGuillermo Novelda, y Gustavo Mondragón, gran amigo suyo en vida, contabael sucedido.

—Yo no sé si ustedes se acordarán bien de Guillermo...

—¡No habíamos de acordarnos!—habló Lidia—. Era un artista, músico,literato, pintor, escultor... y, al fin, moldeador de figuras de cera.Todavía recuerdo las palabras con que explicaba su amor a esos muñecos.«El mármol o el bronce—decía el pobre Noveldason demasiado inmutables,y, como tales, se alejan mucho de la naturaleza humana; en cambio, lacera es más dúctil, se transforma insensiblemente, palidece, envejece...Una estatua siempre es un trozo de mármol o de bronce, mientras que unafigura de cera, una vez creada, tiene vida, nos acompaña, nos habla enel silencio de la noche, y, sobre todo, sabe escuchar...»

—Sí; Guillermo fue un gran dilettante de todas las artes.

Lidia protestó con vehemencia:

Dilettante no; un artista, un verdadero artista. En sus obras haychispazos, llamaradas de genio...

—Justamente—concedió Gustavo, razonando con las palabras de la dama—.Llamaradas, chispazos, pero nada más. Un contraste de color, laejecución de un trozo al piano, la mueca de un rostro, la crispación deuna mano, el detalle de un aguafuerte... Fue un genio fracasado; su obramaestra quedó por hacer. Dejó retazos, fragmentos, bocetos; pero todoincompleto, inacabado. Por eso digo que no fue sino un dilettante,genial si ustedes quieren, pero al fin y al cabo nada más que un dilettante.

—¿Y las figuras de cera?

—En eso, sí—asintió Mondragón—En las figuras de cera fue un artistaúnico. Ese arte, pueril y complicado a un tiempo, le tentó siempre.Puso en él una inspiración enfermiza, malsana, que rimaba a maravillacon la materia prima.

Lidia Alcocer se estremeció al recuerdo. Casi temerosa, interrogó:

—¿Ustedes llegaron a ver el museo? Yo no le olvidaré nunca.

Jamás hevisto nada más atroz, más impresionante, que aquella colección demuñecos. Casi todos eran personajes de novela

¡pero con una vida! ¡conuna expresión! Había caras monstruosas, deformadas; caras de idiotez, delujuria, de gula; otras aviesas o amenazadoras; algunas con unaexpresión de angustia suprema. Cuando me las enseñó estuve mala tresdías; luego, soñé con ellas mucho tiempo—. Y añadió a modo deconclusión:—¡Era un gran artista!

Gustavo sostuvo tercamente: