El Paraiso de las Mujeres (Novela) by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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AL LECTOR

Considero necesario dar una explicación sobre el origen de este libro.

Una casa editorial cinematográfica de los Estados Unidos me pidió haceun año una novela para convertirla en

film

, recomendándome que fuesemuy «interesante» y se despegase por completo de los convencionalismos yrutinas que hasta ahora vienen observándose en las historias presentadaspor medio del cinematógrafo.

Yo admiro el arte cinematográfico—llamado con razón el «séptimoarte»—, por ser un producto legítimo y noble de nuestra época. Comotodo progreso, ha encontrado numerosos enemigos, que fingendespreciarlo; especialmente entre los escritores faltos de lascondiciones necesarias para servir á este arte, aunque lo deseasen. Lallamada República de las Letras es un estado conservador y misógeno, quese subleva instintivamente ante toda novedad y la repele con sarcasmosque cree aristocráticos.

Cuando se inventó la imprenta, una gran parte de los literatos deentonces también la consideraron como algo populachero y ordinario, quenunca podría gustar á los espíritus escogidos. Fué preciso el transcursode algunas decenas de años para que todos se convenciesen de que ellibro impreso, aunque menos hermoso que el códice escrito á mano y conletras capitulares artísticamente iluminadas, servía mejor á la difusiónde las ideas y al mejoramiento intelectual de la humanidad.

Dentro de un siglo las gentes se asombrarán tal vez al enterarse de quehubo escritores que presenciaron el nacimiento de la cinematografía y nohicieron caso de ella, apreciándola como una diversión pueril y frívola,buena únicamente para el vulgo ignorante.

Conozco todas las objeciones contra el cinematógrafo y su crecientedifusión. Son las mismas que todavía á estas horas formulan algunasdevotas, en el fondo de las provincias, contra la novela y contra elteatro, creyéndolos la perdición de la humanidad y la causa de todas lasinmoralidades existentes.

Si la cinematografía no hubiese de dar en el curso de su desarrollootras cosas que el sainete grotesco é inverosímil que hace reir conpayasadas de

clown

, ó las historias de ladrones y detectives, yoabominaría de ella, como lo hacen muchos. Pero el nuevo arte estátodavía en los primeros vagidos de su infancia; no tiene más allá deveinticinco años de existencia—que equivalen á veinticinco minutos enla historia de un invento útil—, y nadie sabe hasta dónde pueden llegarel desarrollo de su juventud y el esplendor de su madurez.

También la novela dió en distintos períodos de su vida una floración delibros que tuvieron por héroes á bandidos «simpáticos» ó tenebrosos y ápolicías «providenciales», y á nadie se le ocurre decretar por ello lasupresión de dicho género literario. Al lado de la novela psicológica yde observación directa existirá siempre la novela de folletín. Y lomismo puede decirse del teatro. Juntos con el drama y la comedia,atraerán siempre á una gran parte del público el melodrama espeluznanteó la farsa grotesca.

La cinematografía no iba á librarse de esta división impuesta por losdos gustos diversos y antitéticos que se reparten la gran masa delpúblico. Como ocurre en la infancia de todo arte, el primer producto delcinematógrafo ha sido el melodrama terrorífico y la farsa que hace reirhasta desquijararse, géneros que con más rapidez atraen á lasmultitudes. Pero ahora, después de dos docenas de años de existencia,los que nos preocupamos del desarrollo cinematográfico vamos viendo cómose afina el gusto del público en las naciones más instruidas y cómo allado de las historias para reir y las tragedias detectivescas surgen lasprimeras manifestaciones de la verdadera novela cinematográfica, concaracteres extraídos de la realidad, observaciones psicológicas y unafábula que mantiene despierto al mismo tiempo el interés del espectador.

Yo creo próximo el nacimiento de muchas novelas cinematográficas queserán al mismo tiempo grandes obras literarias. Pero estas novelasresultan de más difícil producción que una novela en forma de libro, yaque en ellas no es posible lo que en la jerigonza literaria llamamos el«relleno».

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La cinematografía no es el teatro mudo, como creen muchos; es una novelaexpresada por medio de imágenes y frases cortas.

El teatro tiene convencionalismos de lugar y de tiempo, impuestos porlos breves límites de un escenario, y de los cuales no puede librarse.En cambio, la acción de la novela no reconoce limites; es infinita, comola del cinematógrafo, y puede componerse de tres ó cuatro historiasdiversas, que se desarrollan á la vez, y al final vienen á confundirseen una sola; puede tener por escenario los lugares más diversos denuestro planeta.

Una obra teatral llegará, cuando más, hasta siete actos y cambiará susdecoraciones quince ó veinte veces: pero le es imposible ir más allá.Una novela, lo mismo que una historia cinematográfica, puede disponer detantos escenarios como capítulos, tener por fondo los más diversospaisajes y por actores verdaderas muchedumbres.

Repito que el «séptimo arte» es novela y no teatro, y tal vez por estotodas las obras teatrales célebres que fueron trasladadas alcinematógrafo pasaron inadvertidas, mientras las novelas famosas, al serfilmadas, obtuvieron grandes éxitos, agrandándose el interés de sufábula con la plasticidad de los personajes que el lector sólo habíapodido imaginarse vagamente á través de las líneas impresas.

Hoy empieza á aumentar considerablemente en todas las naciones el númerode los novelistas que nos preocupamos del arte cinematográfico.

La multiplicidad de los idiomas con que expresan los hombres supensamiento representa para el artista literario un obstáculo que noconocen el pintor, el escultor, ni el músico. Es cierto que lostraductores se encargan de salvar este obstáculo; pero por grande quesea su pericia y la conciencia con que realicen su trabajo, ¡resultasiempre tan diversa la novela traducida de la novela original, y sepierden tantas cosas en el traslado de una á otra!…

En cambio, la expresión cinematográfica puedo proporcionar á la novelala universalidad de un cuadro, de una estatua ó de una sinfonía. Losrótulos del

film

y la necesidad de traducirlos representan poca cosaen esta clase de obras. Lo importante es la imagen vivida, la accióninterpretada por seres humanos, valiéndose del gesto, que ignora elestrecho molde de las sílabas.

Gracias á este nuevo medio de expresión, el novelista que por sunacimiento pertenece á un país determinado puede tener por patriaintelectual la tierra entera y ponerse en comunicación con los hombresde todos los colores y todas las lenguas, hasta con los que viven en loslímites de un salvajismo recién abandonado. Por medio del «séptimoarte», un autor puede en la misma noche contar su historia imaginada álos públicos de Nueva York, Londres y París, á las muchedumbrescosmopolitas de los grandes puertos del Pacífico á los árabes que lleganá caballo al aduar del desierto donde funciona el modesto aparato delcinematografista errante, á los marineros que invernan en una isla delOcéano Glacial y entretienen sus noches interminables con el relato mudode las novelas luminosas.

Yo puedo decir que una de mis mayores satisfacciones literarias la tuvehace dos años, estando en California, al conversar con un japonés quehabía viajado por toda Asia.

Este hombre me habló de una de mis novelas, contándome su «argumento»del principio al desenlace para convencerme de que la conocía bien. Nola había leído, por no estar traducida aún al idioma de su país, ypensaba comprar la versión inglesa.

Pero la había «visto» en un cinema de Pekín.

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Además hay que hacer una confesión. La novela está en crisis actualmenteen todas las naciones.

El siglo XIX fué el siglo de la música y de la novela. Resulta tanenorme la producción novelesca de los últimos cien años y tan diversaslas actividades de sus novelistas, que autores y público viven ahoracomo desorientados.

Es casi imposible encontrar un camino virgen de huellas. Cuando elnovelista cree seguir un sendero completamente inexplorado, se entera álos pocos pasos de que otros avanzaron por el mismo sitio antes que él.Todos los resortes de la maquinaria novelesca parecen flojos ymortecinos de tanto funcionar; todas las situaciones emocionantes, todoslos caracteres salientes, todos los tipos de humanidad, están casiagotados.

La originalidad novelesca va siendo cada vez más ilusoria. Poreso sin duda, muchos autores violentan la serena sencillez de su idioma,obligándole á producir una florescencia atormentada, de invernáculo, yhacen de ello su mayor mérito. Buscan ocultar de tal modo, bajo lafrondosidad forzada del lenguaje, la anémica pobreza de la historia quecuentan.

Los novelistas se agitan infructuosamente en busca de novedad; elpúblico exige igualmente novedad; pero la novela actual, cuando pretendeen Francia y otros países ser verdaderamente nueva, no tiene nada denovela, y aburre al lector…. Y en esta crisis, que es universal, nadiecolumbra la solución.

Yo no afirmo que el cinematógrafo sea un remedio único y decisivo;reconozco además como indiscutible que la novela impresa será siempresuperior á la novela expresada por el gesto, pues esta última no puededisponer con la misma amplitud que la otra de la sugestión inmaterialdel «estilo»; pero creo que si los novelistas empiezan á intervenirdirectamente en el desarrollo del «séptimo arte», monopolizado hastahace poco por personas sin competencia literaria, su esfuerzo servirácuando menos para reanimar la novela, comunicándola una segunda juventudy haciendo más extensos sus dominios actuales.

Sin embargo, no á todos los países les es fácil adaptarse con éxito alnuevo medio de expresión literaria.

La cinematografía depende del desarrollo industrial de un país y de suriqueza.

El libro también necesita sujetarse á la influencia de estos dosfactores; pero un editor de novelas impresas puede establecerse encualquier parte donde existan imprentas y almacenes de papel, y lebastan unos cuantos miles de pesetas para publicar sus primerosvolúmenes.

Las casas editoriales de cinematografía necesitan capitales de millonesy crear por su propia cuenta inmensos talleres. Además, les esindispensable tener á sus espaldas la grandeza de una de esas nacionesque son primeras potencias industriales, para encontrar con facilidadenergías eléctricas gigantescas, fábricas capaces de producir nuevasmaquinarias: en una palabra, para disponer de poderosos aliados yservidores.

Por este motivo, el más enorme de los pueblos americanos es y serásiempre el primer productor cinematográfico de la tierra. Francia, queinventó la cinematografía, figura actualmente como una simpleimportadora de

films

facturados desde Nueva York.

El cinematógrafo ocupa en los Estados Unidos el quinto lugar entre losproductos nacionales. Avanza á continuación del acero, el trigo y otrosartículos indispensables para la vida.

Hay en aquella República veinticinco mil salas de cinematógrafo, algunasde ellas con lugar para más de seis mil espectadores.

En los miles de ciudades donde viven agrupados sus ciento veintemillones de habitantes, los teatros se mantienen en una situaciónestacionaria, mientras los cinemas son cada vez más numerosos.

De una obra cinematográfica americana que obtiene éxito en el mundoentero llegan á venderse por término medio doscientas copias. Es lo quese llama, en lenguaje de librería, «una mediana tirada». De estas copiasFrancia compra tres ó cuatro para «pasarlas» en sus diversos cinemas;España tres; Italia tres ó dos, etc. La Gran Bretaña, que es la mayorcompradora de Europa, adquiere once ó quince para la metrópoli y suscolonias.

En total: de las doscientas copias, los Estados Unidos consumen ellossolos ciento veinte, y las ochenta restantes son para los demás pueblosde la tierra. Así se comprende que los cinematografistas americanos, sinsalir de su país, puedan cubrir todos sus gastos, que son inauditos, yrealizar ganancias. El producto del resto del mundo es para ellos á modode una propina.

Después de saber esto, reconocerá el lector que el cinematógrafo sólopuede ser americano, y que la suprema aspiración de todo novelista quedesee triunfos en el «séptimo arte» consiste en abrirse paso allá …

sies que puede, pues la empresa no resulta fácil.

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Pero volvamos á la explicación del origen de este libro.

Como mi novela

Los cuatro jinetes del Apocalipsis

ha sido convertidaen

film

—más extenso y costoso de todos los que se conocen hasta elpresente, y el cual obtiene en los Estados Unidos un éxito que duraráaños—, recibí de Nueva York, como ya he dicho, el encargo de escribirun relato novelesco que pudiera servir para una obra cinematográfica de«interés y novedad».

Así produje EL PARAÍSO DE LAS MUJERES.

Esta historia fantástica, que se despega por completo de mis novelasanteriores, no ha nacido verdaderamente ahora, pues data de los tiemposde mi infancia.

Desde que leí, siendo niño, los

Viajes de Gulliver

, el recuerdo deLiliput y sus pequeños habitantes se fijó para siempre en mi memoria.Muchas veces me pregunté, en aquellos años ya remotos: «¿Qué habráocurrido en Liliput después que se marchó el héroe de Swift?…» Y meentretenía imaginando á mi modo los diversos episodios de la historiacontemporánea de los pigmeos.

Ahora, en la madurez de mi vida, he intentado otra vez rehacer lahistoria moderna de Liliput, pero como puede realizarlo la fantasía deun hombre, menos optimista y generosa que la de un niño.

Esto de imaginarse una humanidad más pequeña que la nuestra, connuestros mismos defectos y preocupaciones, como si fuese contemplada átravés de un microscopio, es algo que halaga la vanidad de los hombres,y por lo mismo resulta tan antiguo como su existencia.

Swift, el humorístico deán irlandés, fué el creador de Gulliver y delreino de Liliput; pero cien años antes, Rabelais, que indudablemente lesirvió de modelo, había descrito con no menor humor las costumbres deenanos y gigantes.

Tengo la certeza de que en todas las literaturas antiguas fueron muchoslos relatos sobre países de pigmeos y países de colosos. ¿Qué pueblo nocontó historias de gnomos minúsculos, de vida misteriosa, y gigantes quepara contemplar á uno de nuestra especie necesitan colocarlo sobre lapalma de una mano?… Voltaire se inspiró en Swift para crear su

Micromegas

, y sería muy largo el relato de todos los novelistas ycuentistas que imitaron más ó menos directamente este género defantasías.

Yo escribí la presente novela creyendo que únicamente iba á servir parala producción de una cinta cinematográfica, y jamás aparecería en formade libro. En realidad, la casa editorial de Nueva York no me pidió unanovela, sino lo que llaman en lenguaje cinematográfico un «escenario»,un relato escueto y de pura acción, para que sirva de guía al directorde escena, á los encargados de las tramoyas y á los actores queinterpretan los personajes.

Pero excitado por la novedad del trabajo y á impulsos también de mishábitos de novelista, empecé á escribir y á escribir, sin darme cuentade que en vez de un «escenario» producía una novela, y en veintiunatardes terminé EL PARAÍSO DE LAS MUJERES.

Nunca he trabajado tan aprisa y con tanto fervor. Creo que si me pusieraahora á hacer una copia del presente libro emplearía más tiempo.

Repito que jamás pensé que mi novela cinematográfica pudiera convertirseen volumen impreso; y mi sorpresa fué grande al ver que el «escenario»era un libro al que algunos pretendían encontrar cierta intenciónfilosófica y política. Hasta en los Estados Unidos—país donde lasmujeres ejercen una enorme y legítima influencia—creen algunos,equivocadamente, que mi novela es á modo de una sátira del feminismonorteamericano.

Como EL PARAÍSO DE LAS MUJERES ha sido traducida ya á varios idiomas, medecido á publicarla igualmente en español, aunque no pensase en ellocuando la escribí.

Será una obra más dentro del marco de la novela española, la cual desdehace algunos años no peca ciertamente por exceso de variedad. Los más delos novelistas marchan en fila india, uno tras otro, y sólo de tarde entarde se les ocurre saltar un poco fuera del sendero. Mientras tanto, enlos otros países la novela procura renovarse y los autores cambian confrecuencia su manera de ver la vida y de expresar sus impresiones, paraque no los «encasille» el público, adivinando de antemano lo que puedendecir. Además, la novela es un género de variedad infinita, y allí dondetodos los novelistas describen lo mismo, con un lenguaje semejante, lanovela corre peligro de muerte.

Tal vez el presente libro sea considerado por muchos como una«equivocación» al compararlo con mis anteriores obras; pero yo prefieroequivocarme yendo en busca de novedad, á conseguir aciertos fáciles, quemuchas veces no son mas que simples repeticiones de triunfos anteriores.De todos modos, me anima la esperanza de que este relato ligero tal vezresulte más entretenido para el lector que muchas novelas de modareciente, en las que se emplean trescientas páginas sólo para prepararel encuentro á puerta cerrada de dos personas de distinto sexo, llegandoasí á la escena «culminante» de la obra, que es simplemente una escenade «libro verde», escrita con las precauciones necesarias para bordearel Código y que el volumen pueda exponerse sin peligro en losescaparates de las librerías.

Del

film

que dió origen á esta novela diré que aún está por nacer.Según parece, fui amontonando en él tales dificultades do ejecución, quelos ingenieros norteamericanos que inventan nuevas «magias» para estaclase de obras todavía están haciendo estudios y no han podido encontrarel modo de que aparezcan en el lienzo luminoso, á un mismo tiempo y sintrampa visible, la enormidad del Gentleman-Montaña y la bulliciosapequeñez de las muchedumbres que pueblan la Ciudad-Paraíso de lasMujeres.

VICENTE BLASCO IBAÑEZ

Villa Fontana Rosa Mentón (Alpes Marítimos) Febrero 1922

EL PARAÍSO DE LAS MUJERES

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Frente á la Tierra de Van Diemen

Edwin Gillespie, joven ingeniero de Nueva York, llevaba varias semanasde navegación á bordo de uno de los paquebotes ingleses que hacen lacarrera entre San Francisco y Australia.

Nunca había conocido un viaje tan triste. Recordaba con dulce nostalgiasu navegación de tres años antes, desde los Estados Unidos á las costasde Francia, cuando era oficial del ejército americano é iba á guerrearcontra los alemanes. Aquella travesía resultaba peligrosa; reinaba ábordo una continua vigilancia por miedo á los submarinos y á las minasflotantes; pero Gillespie tenía entonces como inseparables compañeros laalegría de una juventud ansiosa de aventuras y el entusiasmo del que vaá exponer su vida por un ideal generoso.

Ahora llevaba como invisibles camaradas de viaje la desesperación y elaburrimiento, y cuando conseguía huir de uno, caía en los brazos delotro. Se había embarcado apresuradamente, creyendo encontrar la fortunalejos de los Estados Unidos; pero se sentía cada vez más triste así comoiba alejándose de su tierra natal.

Era el amor el que le había aconsejado esta resolución desesperada.

A su vuelta de la gran guerra había visto el mundo transfigurado. Todole parecía más hermoso; las cosas adoptaban nuevas formas; el airecantaba junto á sus oídos, agitado por las vibraciones de una sinfoníainterminable. Y todo esto era porque acababa de conocer á miss MargaretHaynes, una persona primaveral, cuyos diez y nueve años, alegres ygraciosos, se desbordaban en risas, palabras musicales y gestosencantadores.

Gillespie olvidó de golpe todo su pasado al hablar con esta adorablecriatura. Creyó que su vida anterior había sido un ensueño. Recordabacon esfuerzo, como si fuesen pálidas visiones, su ida á Europa; loscombates junto á Saint-Mihiel, de los que salió herido; la ceremoniaguerrera durante la cual á él y á otros compañeros les colocaron sobreel pecho la roja cinta de la Legión de Honor.

Para Edwin Gillespie la única realidad era miss Margaret, y los días queno la veía, aunque sólo fuese por unos momentos, se imaginaba que elcielo era otro y que se desarrollaban en su inmensidad tremendoscataclismos de los que no podían enterarse los demás mortales.

Toda una primavera se encontraron en los tés de los hoteles elegantes deNueva York. Después, durante el verano, siguieron conversando y bailandoen las playas del Atlántico más de moda.

Miss Margaret era la hija única del difunto Archibaldo Haynes, que habíareunido una fortuna considerable trabajando con éxito en diversosnegocios. La sonriente miss

iba á heredar algún día varios millones; yesto no representaba para ella ningún impedimento en sus simpatías porGillespie, buen mozo, héroe de la guerra y excelente bailarín, pero queaún no contaba con una posición social.

El ingeniero se tuvo durante medio año por el hombre más dichoso de supaís. Miss Haynes fué la que se encargó de envalentonar su timidez conprometedoras sonrisas y palabras tiernas. En realidad, Edwin no supo concerteza si fué él quien se atrevió á declarar su amor, ó fué ella la quecon suavidad le impulsó á decir lo que llevaba muchos meses en supensamiento, sin encontrar palabras para darle forma.

Margaret aceptó su amor, fueron novios, y desde este momento, que debíahaber sido para Gillespie el de mayor felicidad, empezó á tropezar conobstáculos. Seguro ya del cariño de la hija, tuvo que pensar en lamadre, que hasta entonces sólo había merecido su atención como una damade aspecto imponente, muy digna de respeto, pero que siempre se manteníaen último término, cual si desease ignorar la existencia del ingeniero.Mistress Augusta Haynes era una señora de gran estatura y no menoscorpulencia, breve y autoritaria en sus palabras, y que contemplaba eldeslizamiento de la vida á través de sus lentes, apreciando las personasy las cosas con la fijeza altiva del miope. Dotada de un meticulosogenio administrativo, sabía mantener íntegra la fortuna de su difuntoesposo y acrecentarla con lentas y oportunas especulaciones.

Amaba á su hija única, tanto como detestaba á la juventud actual por sucarácter frívolo y su inmoderada afición al baile. En las reunionesbuscaba siempre á las personas graves, lamentándose con ellas de laligereza y la corrupción de los tiempos presentes. Se había fijado en laasiduidad con que el ingeniero seguía á su hija, en su afición á bailarjuntos y en sus conversaciones aparte. Además, tenía noticias de variosencuentros, demasiado casuales, en los paseos de la ciudad.

Como si su instinto le avisase la certeza de un amor que hasta entoncessólo había sospechado, mistress Augusta Haynes, al llegar el invierno,decidió pasarlo lejos de Nueva York, y fué á instalarse con su hija enun lujoso hotel de Pasadena. Creyó, sin duda, con egoísta ilusión, queun hombre que había ido de América á Europa para hacer la guerra eraincapaz de trasladarse igualmente de Nueva York á California detrás desu amada; pero pronto pudo convencerse de su error.

Una semana después, al bajar por la mañana al parque del hotel, vió áMargaret jugando al tennis

con un

gentleman

de pantalón blanco,brazos arremangados y camisa de cuello abierto: el ingeniero Gillespie.

Miss Haynes, que había hecho el viaje malhumorada y nerviosa, sonreíaahora como si viese revolotear escuadrillas de ángeles por encima de losnaranjos californianos. En cambio, la madre recobró su gestoinquisitorial, acogiendo con helada cortesía las grandes demostracionesde afecto del ingeniero.

—Ha sido para mí una agradable sorpresa—dijo el joven—. Yo no sabíaque estaban ustedes aquí….

Y por debajo de la naricita sonrosada de miss Margaret revoloteaba unasonrisa que parecía burlarse de tales palabras.

Desde entonces, la majestuosa viuda empezó á pensar en lo urgente queera librarse de este aspirante á la dignidad de yerno suyo. La gallardíafísica del buen mozo, su aventura militar, que tanto entusiasmaba á lasjóvenes, y sus destrezas de danzarín, eran para la señora Haynes otrostantos títulos de incapacidad.

Ella apreciaba en los hombres cualidades más positivas. ¿A cuántoascendía su fortuna? ¿Qué es lo que había hecho hasta entonces de serioen su existencia?…

Era ingeniero; pero esto no representaba mas que un simple diplomauniversitario. Había prestado sus servicios en unas cuantas fábricas,ganando lo preciso para vivir, y cuando llegaba el momento de la guerra,en vez de quedarse en América para trabajar en un gran centro industrialé inventar algo que le hiciese rico, prefería ser soldado, debiendo sóloá un capricho de la suerte el no quedar tendido para siempre sobre latierra de Europa.

Su marido había sido otro hombre, y ella deseaba para Margaret un esposoigual, con una concepción práctica de la existencia, y que supieseaumentar los millones de la cónyuge aportando nuevos millones productode su trabajo.

La viuda no ahorró medios para hacer ver al ingeniero su hostilidad.Evitaba ostensiblemente el invitarlo á sus fiestas; fingía no conocerle;estorbaba con frecuentes astucias que su hija pudiera encontrarse conél.

Miss Margaret se mostraba triste cuando de tarde en tarde conseguíahablar con Edwin, lejos de la agresividad de su madre y de laanimadversión de todas las familias amigas, igualmente hostiles á él.

Un día, Gillespie, con un esfuerzo supremo de su voluntad y másconmovido que cuando avanzaba en Francia contra las trincheras alemanas,visitó á la majestuosa viuda para manifestarle que Margaret y él seamaban y que solicitaba su mano.

Aún se estremecía en el buque al recordar el tono glacial y cortante conque le había contestado la señora.

Su hija era heredera de unarespetable fortuna, y bien merecía que su esposo aportase, cuando menos,otro tanto á la asociación matrimonial.

—Además—dijo la viuda—, yo deseo un yerno que sea persona seria ytrabaje con provecho. Nunca me han gustado los hombres que pasan eltiempo soñando despiertos, leyendo libros ó escribiendo cosas que nadaproducen.

Gillespie tuvo que reconocer que la viuda estaba bien enterada de suexistencia; tal vez por la indiscreción de un amigo infiel, tal vez porlas informaciones de algún detective particular. En realidad, esteingeniero era algo dado al ensueño, gustaba mucho de la lectura, y ensus cajones, junto con los planos y los cálculos de su profesión,guardaba varios cuadernos de versos.

Margaret le amaba; pero el amor de una señorita de buena familia yexcelente educación, acostumbrada á las comodidades que proporciona unagran fortuna, debe tener sus límites forzosamente. No iba ella áabandonar á su madre y á reñir con todas las familias amigas paracasarse con un novio pobre, dedicado por completo á su amor é ignorantedel camino que debía seguir en el presente momento. Estas resolucionesdesesperadas sólo se ven en las novelas.

Tenía además cierta confianza en el porvenir y consideraba oportunodejar pasar el tiempo. Su madre tal vez cediese al ver que transcurríanlos años sin que ella amase á otro hombre. Edwin podía estar seguro desu fidelidad. Mientras tanto, la Fortuna tal vez se fijase de pronto enGillespie, como se había fijado en mister Haynes. Acostumbrada á ver enlos salones de su casa á muchos hombres que habían empezado su carrerasiendo pobres y ahora eran millonarios, se imaginó que esta erainevitablemente la historia de todos los humanos y que á Edwin lellegaría su turno.

Pero la madre velaba, y cortó con una enérgica resolución esta rebeldíamansa. La señora y la señorita Haynes desaparecieron de su hotel. Elingeniero, después de disimuladas averiguaciones entre las familiasamigas de ellas residentes en Pasadena y en Los Ángeles, llegó á saberque se habían trasladado á San Francisco. Fué allá, y consiguió unatarde hablar con Margaret en el Gran Parque, cuando paseaba con sumaestra de español.

La entrevista resultó grata para el joven, porque le dió la seguridad deque Margaret le amaba siempre; mas no por eso sacó de ella un resultadopositivo.

Miss Haynes era una buena hija y no se declararía nunca en rebelióncontra su madre. Pero como en sus afectos sólo podía mandar ella, juró áEdwin que le esperaría un año, dos, tres, todos los que fuesennecesarios, hasta que él encontrase una situación verdaderamentelucrativa ó un medio indiscutible de hacer fortuna. Con esto era seguroque la madre cejaría en su resistencia.

El ingeniero juró también con el entusiasmo de una juventud enérgica. Élconseguiría esta fortuna. Ignoraba completamente, al formular sujuramento, de qué modo puede obtenerse la riqueza; pero una nuevavoluntad, más fuerte que la que hasta entonces le había guiado en lavida, empezaba á despertar en su interior.

—¡Adiós, Margaret! Antes de un año seré rico, y nos casaremos….

Luego, al verse solo, sin la dulce embriaguez que parecía invadirlecuando estaba al lado de su novia, volvió á contemplar la realidad talcomo era, hostil y repelente. ¿Cómo puede un hombre ganar unos cuantosmillones en un año cuando los necesita para casarse con la mujer queama?… Quiso ver otra vez á Margaret, para que su voluntad adquiriesenuevas fuerzas, pero no pudo encontrarla. La viuda de Haynes, que sinduda había tenido noticias de esta entrevista por la profesora deespañol, se marchó de San Francisco con su hija, y esta vez Edwin nopudo averiguar nada acerca de su paradero.

Le era preciso, después de esto, tomar una resolución. Su vida en LosÁngeles, siguiendo los pasos de una muchacha millonaria, habíadisminuído considerablemente los contados miles de dólares querepresentaban todo su capital. Necesitaba lanzarse cuanto antes á unnuevo trabajo para no verse en la indigencia.

Creyó, como todos, que la fortuna únicamente puede esperarnos en unlugar de la tierra muy apartado de aquel en que nacimos, casi en losantípodas, y por eso aceptó con verdadera fe los informes de un amigoque le aconsejaba ir á Australia, ofreciéndole para allá varias cartasde recomendación.

Gillespie acabó embarcándose con rumbo á Melbourne, pero antes escribióá una amiga de Margaret para que ésta conociese su resolución y el lugarde la tierra adonde le encaminaba su nueva aventura.

La larga navegación fué muy triste para él. La soledad voluntaria en quese mantuvo entre los pasajeros sirvió para excitar sus recuerdosdolorosos. Durante la primera escala en Honolulu tuvo la esperanza, sinsaber por qué, de recibir un cablegrama de Margaret animándole áperseverar en su resolución. Pero no recibió nada.

Luego vino la interminable travesía hasta Nueva Zelandia, siguiendo lacurva de más de una mitad del globo terráqueo, á través de los numerososarchipiélagos esparcidos en el Pacífico. En Auckland tampoco le salió alencuentro ningún cablegrama.

Varias familias de Nueva Zelandia tomaron pasaje para ir á Sidney ó áMelbourne. El joven americano evitaba toda amistad con los compañeros deviaje. Prefería la melancolía de sus recuerdos, entregándose á ellos yaque no le era posible el placer de la lectura. Durante la larga travesíahabía leído todos los volúmenes que llevaba con él y los de labiblioteca del buque, que por cierto no eran nuevos ni abundantes.

Una tarde, cuando el paquebote debía hallarse cerca de la antigua Tierrade Van Diemen, el ingeniero, que dormitaba tendido en un sillón delpuente de paseo, vió un libro abandonado en el sillón inmediato. Lebastó la primera ojeada para darse cuenta da que debía pertenecer á losniños de una familia subida al buque en Nueva Zelandia.

La cubierta del libro era en colores, y el dibujo de ella le hizoconocer su título antes de leerlo. Vió un hombre con sombrero de trespicos y casaca de largos faldones, que tenía las piernas abiertas comoel coloso de Rodas y las manos apoyadas en las rótulas. Por entre lasdos columnas de sus pantorrillas desfilaba, á pie y á caballo, llevandotambores al frente y banderas desplegadas, todo un ejército de enanostocados con turbantes y plumeros, á estilo oriental.

—Las

Aventuras de Gulliver

—murmuró el ingeniero—. El gracioso librode Swift … ¡Cuánto tiempo hace que no he leído esto!…

¡Qué feliz erayo en los años que podía interesarme tal lectura!…

Y Gillespie, tomando el volumen, lo abrió con una curiosidad risueña yalgo desdeñosa. Primeramente fué mirando las distintas láminas; despuésempezó la lectura de sus páginas, escogidas al azar, dispuesto áabandonarla, pero retardando el momento á causa de su curiosidad, cadavez más excitada. Al fin acabó por entregarse sin resistencia al interésde un libro que resucitaba en su memoria remotas emociones.

Pero esta lectura, empezada contra su voluntad, fué interrumpidaviolentamente.

Tembló el piso de la cubierta bajo sus pies. Todo el buque se estremecióde proa á popa, como un organismo herido en mitad de su carrera, que sedetiene y acaba por retroceder á impulsos del golpe recibido.

El ingeniero vió elevarse sobre la proa un gran abanico de humo negro yamarillento atravesado por muchos objetos obscuros que se esparcían ensemicírculo. Esta cortina densa tomó un color de sangre al cubrir elhorizonte enrojecido por la puesta del sol.

Sonó una explosión inmensa, ensordecedora, y después se hizo un profundosilencio en la dulce serenidad de la tarde, como si el infinito del mary el horizonte hubiesen absorbido hasta la última vibración delatronador desgarramiento. Pero el silencio fué corto. A continuación,todo el buque pareció cubrirse de aullidos de dolor, de gritos desorpresa, de carreras de gentes enloquecidas por el pánico, de órdenesenérgicas. Por las dos chimeneas del paquebote se escaparon torrentesmugidores de humo negro, al mismo tiempo que debajo de la cubiertaempezaba un jadeo ruidoso, igual al estertor de un gigante moribundo.

A partir de este momento, el ingeniero creyó haber caído en un mundoirreal, en una vida distinta de la ordinaria. Los hechos se sucedieroncon una rapidez desconcertante.

Se vió hablando con un oficial que corría á lo largo de la cubiertadando gritos á los marineros para que echasen los botes al agua.

—Hemos tocado con la proa una mina flotante—dijo contestando á laspreguntas de Gillespie—. Y si no es una mina, será un torpedoabandonado por alguno de los corsarios alemanes que navegaron en elPacífico.

Respondió el ingeniero con un gesto de incredulidad. ¿Cómo podían lascorrientes oceánicas arrastrar una mina flotante hasta Australia?…¿Por qué raro capricho de la suerte iban ellos á chocar con un torpedoabandonado por un corsario en la inmensidad del Pacífico?… Oyó que lehablaban; pero esta vez era un pasajero con el que sólo había cambiadoalgunos saludos durante el viaje.

—No creo en la mina ni en el torpedo—dijo este hombre—. Deben haberembarcado dinamita en Nueva Zelandia ó alguna otra materia explosiva. Locierto es que nos vamos á pique irremediablemente.

Gillespie se dió cuenta de que este pasajero decía verdad. El buqueempezaba á hundir su proa y á levantar la popa lentamente. Las olasinvadían ya la parte delantera del buque, llevándose los objetos rotospor la explosión y los cadáveres despedazados.

Los tripulantes echaban los botes al agua. Los oficiales, ayudados poralgunos pasajeros, todos con su revólver en la diestra, ibanreglamentando el embarco de la gente. Las mujeres y los niños ocupabancon preferencia las grandes balleneras; luego embarcaban los hombres pororden de edad.

Se abstuvo Gillespie de unirse á los grupos que esperaban sobre lacubierta el momento de huir del buque.

Sabía que él, por su juventud ysu vigor, debía ser de los últimos. Un tranquilo fatalismo guiaba ahorasus acciones. La muerte se le aparecía como algo dulce y triste quepodía solucionar todas las contrariedades de su existencia.

Automáticamente se metió en su camarote, tomando muchos objetos de unmodo instintivo, sin que su razón pudiese definir por qué hacía esto.

Al volver á la cubierta, ya no vió á los grupos de pasajeros. Todosestaban en los botes. Sólo quedaban algunos tripulantes, y el mismooficial que le había hablado corría ahora de una borda á otra, dandoórdenes en el vacío.

—¿Qué hace usted aquí?—le preguntó severamente—. Embárquese enseguida. El buque va á hundirse en unos minutos.

Así era. La proa había desaparecido enteramente; las olas barrían ya lamitad de la cubierta; el interior del paquebote callaba ahora con unsilencio mortal. Las máquinas estaban inundadas. Un humo denso y frío,de hoguera apagada, salía por sus chimeneas.

Gillespie tuvo que subir á gatas por la cubierta en pendiente, lo mismoque por una montaña, hasta llegar á un sitio designado por el oficial,del que colgaba una cuerda. Se deslizó á lo largo de ella con unaagilidad de deportista acostumbrado á las suertes gimnásticas, hasta quetuvo debajo de sus plantas el movedizo suelo de madera de un bote.

Unos pies golpearon su cabeza, y tuvo que sentarse para dejar sitio aloficial, que descendía detrás de él.

El bote no era gran cosa como embarcación. Lo habían despreciado, sinduda, los demás tripulantes y pasajeros que llenaban varias ballenerasvagabundas sobre la superficie azul. Todas estas embarcaciones sealejaban á vela ó á remo del buque agonizante.

Por fortuna, este bote, en el que podían tomar asiento hasta ochopersonas, sólo estaba ocupado por tres: Gillespie, el oficial y unmarinero.

El paquebote, acostándose en una última convulsión, desapareció bajo elagua, lanzando antes varias explosiones, como ronquidos de agonía. Lasoledad oceánica pareció agrandarse después del hundimiento de esta islacreada por los hombres. Las diversas embarcaciones, pequeñas comomoscas, se fueron perdiendo de vista unas de otras en la penumbravagorosa del crepúsculo. El mar, que visto desde lo alto del buque sóloestaba rizado por suaves ondulaciones, era ahora una interminablesucesión de montañas enormes de angustioso descenso y de sombríosvalles, en los que el bote parecía que iba á quedarse inmóvil, sinfuerzas para emprender la ascensión de la nueva cumbre que venía á suencuentro.

Los tres hombres remaron varias horas. Luego la fatiga pudo más que suvoluntad, y acabaron tendiéndose en el fondo de la embarcación.

La lobreguez de la noche abatió sus energías. ¿Para qué seguir remando átravés de las sombras, sin saber adonde iban? Era mejor esperar la luzde la mañana, economizando sus fuerzas.

Acabó Gillespie por dormirse con ese sueño pesado y profundo, de unadensidad animal, que sólo conocen los hombres cuando están en vísperasde un peligro de muerte.

Le pareció que este sueño y la misma noche sólo habían durado unosminutos. Una impresión cáustica en la cara y en las manos le hizodespertar.

Era la caricia del sol naciente. El bote se agitaba con movimientos mássuaves que en la noche anterior. El cielo no tenía sobre sus ojos unanube que lo empañase; todo él estaba impregnado de oro solar. Las aguasse extendían más allá de las bordas del bote, formando una llanura deazul profundo y mate que parecía beber la luz.

Se incorporó, y al tender su vista de un extremo á otro de laembarcación, no pudo retener un grito de sorpresa. Se llevó una mano álos ojos, restregándoselos para ver mejor.

Estaba solo.