El Origen del Pensamiento by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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Por cierto que al hacer el examen minucioso de estos órganos Moreno tuvouna frase feliz que causó profunda impresión en el antiguo comerciante.

—Este polvo, residuo de la digestión de la planta, es precisamente loque, al herir la mucosa de la nariz, nos causa esa sensación agradableque llamamos aroma. De suerte—añadió con sonrisa de benévolaironía—que el perfume de las flores, cantado por los poetas y queenloquece de placer a los temperamentos románticos, no es otra cosa enrealidad que el olor de su excremento.

V

A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la accióncombinada del calor y la humedad, así las preciosas ideas depositadaspor Moreno en el cerebro del ingenioso Sánchez germinaron allí toda lanoche bajo la tibia temperatura de las sábanas. Hasta que el sueño vinoa apoderarse de sus facultades mentales no dejó de repetirse

concreciente

asombro:

«¡El

excremento!»

Y

esta

idea,

maravillosamentefecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de él y leabría repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormidojamás había soñado.

Cuando se levantó por la mañana tenía las mejillas enrojecidas, los ojosbrillantes, todo el cuerpo en tan ágil disposición, que su digna esposaquedó, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresafue en aumento cuando Sánchez, después de tomar el desayuno, en vez deretirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de LaÉpoca, se dirigió a la cocina y preguntó si había alguna legumbrefresca. Como la criada no hubiese traído ninguna aquel día, se apoderóal fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornilló el objetivo deunos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pasó la mañanadando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente suestructura. Por la tarde salió a dar su acostumbrado paseo por elRetiro. ¡Ah, este paseo tenía ahora muy diversa significación! Hastaentonces Sánchez había paseado por puros motivos higiénicos, arrastradode la costumbre. Su pensamiento permanecía inactivo lo mismo cuando dabavueltas en torno del Ángel caído que cuando se sentaba frente alEstanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arenacon el bastón. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de árbolesestaban iluminadas por la chispa que ardía en su cerebro. Ya no lascruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturalezacomenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarlelos secretos que guarda en su seno.

D. Pantaleón, dándose cuenta vagamente del alto destino a que estaballamado y del importante papel que pronto iba a representar en elprogreso de los conocimientos humanos, respondió dignamente a losllamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que sedetuviese a conversar con algún árbol del camino.

Arrancabadelicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba conatención sus particularidades morfológicas. No sólo los grandes árbolesañosos, que bordaban el paseo, eran objeto de su atención investigadora.Con admirable intuición comprendía ya que las plantas más diminutasmerecían el mismo examen atento que los árboles seculares, porque entodas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba amenudo por encima de los setos y se metía por los cuadros de flores paraestudiar los organismos inferiores.

—¡Eh, abuelo! ¿Qué hace usted ahí plantado en medio del cuadro? ¿Nosabe Usted que está prohibido entrar?

La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profundacontemplación y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso,la humanidad perdían cada vez que esto sucedía inapreciables tesoros deobservación.

Mas los guardas no lo sabían. El mismo D. Pantaleón, en lainconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.

Durante varios días realizó, tanto en el Retiro como en el silencio desu gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura detodos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo llegó con poderosaintuición a persuadirse de que el mundo vegetal está constituido por untejido de una complicación maravillosa; que en las frutas y laslegumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas,mientras en la madera duro y resistente, por cuya razón no sirve para laalimentación. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, seapresuró a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.

Mientras D. Pantaleón se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferasmás altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de estememorable suceso, se estrechaba cada vez más. Moreno comenzó a visitarla casa; se pasaba las horas encerrado con aquél en su gabinete. Habíahallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombrecallado, atento, que se interesase por la morfología y que le creyese unsabio. En efecto, Sánchez llegó pronto a convencerse de que Moreno eraun hombre distinguidísimo. Al oírle disertar extensamente, unas vecessobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radiómetro, ahorasobre el estómago de las plantas, más tarde acerca de la organización ylas costumbres de los coleópteros, quedó vivamente asombrado. AdolfoMoreno era un ingenio universal. Economía política, medicina, zoología,química, astronomía, estadística, arte de construcciones, material deguerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Ylo más pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramosdel saber lo hacía siempre en un punto concreto y especialísimo, lo cualprobaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiososquería suponer que esta especialidad no tanto dependía de la profundidadde su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen losconocimientos útiles. Pero esta venenosa observación no merece siquieraque se la refute. Su fuerte era la biología y particularmente eldesenvolvimiento fisiológico del tipo humano.

—Me sorprende muchísimo, señor de Moreno—le dijo un día D. Pantaleón,después de oírle exponer asombrosamente durante media hora lo menos «lasenfermedades de la sangre del ratón,»—me extraña muchísimo que con losgrandes conocimientos que usted posee no sea usted médico o ingeniero,o por lo menos doctor en ciencias.

La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcástica.Sacudió la cabeza en silencio, resopló tres o cuatro veces por la nariz,y dijo al cabo sordamente:

—Empecé a prepararme hace algunos años para la carrera de ingeniero deminas, pero comprendí muy pronto que no era ésa mi vocación verdadera, yla dejé después de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiarmedicina, que, como usted habrá comprendido, es lo que más concuerda conmis inclinaciones. Pues bien, al segundo año he tenido que abandonarlapor dignidad. ¿A que no sabe usted en qué asignatura me han dejado tresveces suspenso?

Sánchez le miró con ojos interrogantes.

—Vamos, imagíneselo usted.

D. Pantaleón hizo una mueca para significar que le era imposible.

—¡En fisiología!

Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentísimo de risa.

—¡Pero eso es un absurdo!—profirió al cabo con trabajo D. Pantaleón.

—¡Ahí verá usted!—repuso Moreno quitándose las gafas para limpiar loscristales, que se habían empañado con el vapor de las lágrimasproducidas por la risa.

—¿Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal merecía un severocastigo—

manifestó el caballero, volviendo a su seriedad habitual.

—Yo les hubiera puesto de buena gana una corrección por mi mano...pero... amigo don Pantaleón, estoy muy débil. El hambre me tiene muydébil.

—¡El hambre!—exclamó Sánchez estupefacto.

—Sí; el hambre, querido Sánchez, el hambre. Para la lucha por laexistencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitanglóbulos rojos en la sangre; para que haya glóbulos rojos en la sangreprecisa nutrirse... Yo no me nutro, porque no como carne.

D. Pantaleón le miraba cada vez con mayor asombro. Algo había traslucidode la mala situación económica en que Moreno se hallaba; pero viéndoletomar café muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativaelegancia, aunque siempre sucio y desaliñado, no podía sospechar que suestado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muypoco o nada se sabía de sus medios de vivir. Por las frases amargas quea menudo dejaba escapar se suponía que no eran muchos, y por el cuidadocon que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familiacalculaban que debían de ser bien humildes.

—Señor Moreno, yo no pensaba...

—¡Piénselo usted todo, amigo Sánchez, piénselo usted todo!—exclamó eljoven con un gesto de resolución desesperada.

Y después de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en elbalcón, profirió al fin sordamente:

—La Naturaleza no ha sido para mí suave como para otros. Yo soy unhombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento,un germen viene a caer cierto día en las inmundicias de la calle. Lostranseúntes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre él montones debasura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero comoguarda dentro de sí una fuerza de expansión superior a la mayor parte desus hermanos, como tiene además una capa dura que le preserva contra lasinfluencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externosconsiguen tener en suspenso por algún tiempo sus funciones biológicas,pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus raíces en la tierra yalza al aire su tallo. ¿Por qué? Porque viene provisto de armas para lalucha por la existencia... Tal es la historia de mi vida. Fui arrojadoun día en medio de la sociedad, que me rechazó, que me persiguió, quehizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamenteen un bosque en la época de la germinación y durante el desenvolvimientode los árboles nuevos. Los árboles grandes me interceptaban el sol y lalluvia benéfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a laenergía indomable de mi carácter pude luchar, sin embargo, y logrétriunfar. Es la ley de la selección que ya conoce usted. En esta granbatalla de la existencia perecen los débiles; sólo viven los másaptos... He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Sánchez,mucha hambre y mucho frío (guarde usted el secreto); aun hoy los padezcoa menudo. Realmente necesité verme admirablemente dotado por laNaturaleza para no haber perecido hasta ahora.

D. Pantaleón se mostró profundamente interesado por estas confidencias,y su admiración hacia Moreno, aquel germen tan apto, creciódesmesuradamente. No se atrevió a pedirle pormenores sobre lasperipecias de la lucha ni sobre qué terreno se estaba realizando ahora.Lo único que se aventuró a decir fue:

—Espero, señor Moreno, que no tardará usted en triunfar por completo delos agentes externos. Un hombre de tanto mérito como usted no puedemenos de abrirse camino en el mundo.

—¡El mérito! ¡el mérito!—murmuró Adolfo con sonrisa sarcástica.—Ahíestá precisamente el pecado. A causa de su mérito se persigue a loshombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.

Este símil zoológico causó tan profunda sensación en Sánchez que, con laviva imaginación que le caracterizaba, desde aquel día, cuando tropezabacon un hombre de mérito, no podía representárselo sin una bolsita llenade sustancia aromática debajo del ombligo.

Adolfo se pasaba las horas muertas en aquella casa; tantas, que eradifícil averiguar cuáles destinaba a la lucha por la existencia. D.Pantaleón se instruía rápidamente con las mil noticias científicas quediariamente le suministraba. Su inteligencia poderosa y predestinada alas grandes investigaciones no se desenvolvía como la de la mayoría delas personas, sino que dando saltos prodigiosos escalaba en poco tiempolas cimas más altas del saber. Las conversaciones con Moreno sugerían ensu mente grandes, profundas ideas y provocaban deseos y propósitos queno habían de tardar en realizarse.

Como hubieran hablado durante algunos días de Zoología, habiéndolecitado Moreno hechos muy curiosos acerca de los sentidos y el instintode los animales, D.

Pantaleón quiso hacer por su cuenta inmediatamentealgunos estudios prácticos. Pesó y meditó algún tiempo sobre qué clasede animales había de dirigir su investigación.

Descartó desde luego losinvertebrados. Tenía escasísimas noticias de ellos. Entre losvertebrados eligió los mamíferos, y entre éstos, después de muchovacilar entre los perros y los gatos, decidiose al fin por los primeros.La razón de esta preferencia no fue exclusivamente científica. Su hijaPresentación tenía un perrillo faldero llamado Clavel, que había dadorepetidas pruebas de inteligencia a ilustración. Por otra parte, en casano había gatos ni D.ª Carolina los soportaba. Las circunstancias leempujaban, felizmente para la civilización, a escribir la monografía delperro.

Clavel era un perrillo como un puño, tan lanudo que apenas se hallabahueso y carne debajo de aquel felpudo sedoso con que la Naturaleza lehabía abrigado. Con esto, dotado de una inteligencia enorme y de untemperamento excesivamente nervioso.

Esto dependía, sin duda, deldesequilibrio que existía entre aquel cuerpecillo minúsculo y suespíritu poderoso. Era sensible, puntilloso, tierno, irascible, terco ygoloso, reflejándose en él alternativamente mil sentimientos opuestos,todos expresados con igual viveza. No había ejemplar más a propósitopara el estudio.

D. Pantaleón comenzó por observarle atentamente durante horas enteras.Esta atención inesperada escamó muy pronto al Clavel. La mirada deSánchez le ponía inquieto, nervioso. A los pocos minutos no podía menosde levantarse del sitio donde se hallaba para ir a tumbarse más lejos.Desde allí, haciéndose el dormido, observaba entreabriendo un ojo alpapá de su dueño; si le veía acercarse para seguir mirándole, selevantaba acto continuo y salía de la habitación de malísimo humor.

Mientras las observaciones de Sánchez fueron simplemente visuales, lascosas no pasaron de ahí; pero cuando quiso poner en práctica algunosmedios de cerciorarse del instinto y los sentidos del perro, éstecomenzó claramente a demostrar su desabrimiento.

—Clavel, ven aquí. Mira (y le enseñaba unos guantes). Ve a mi cuarto ytráeme los otros.

¡Que si quieres! El Clavel le echaba una mirada recelosa y daba lavuelta con soberano desprecio.

—Toma, Clavel, toma este pañuelo, llévaselo a tu ama.

Algunas veces lo cogía por compromiso y lo dejaba a la mitad del camino.Otras ladraba tres o cuatro veces para indicar que no eran de su gustoaquellos insulsos experimentos.

Pero cuando Clavel tomó realmente por lo serio las pretendidasobservaciones de D.

Pantaleón fue cuando éste se valió de un medioingenioso para convencerse de que los perros distinguían los colores.Cortó cuatro cartones iguales, dos pintó de azul y dos de rojo. Dejó unode cada color en el suelo, y tomando el otro azul se lo mostró al perro,ordenándole que recogiese del suelo el compañero. ¡Caso extraño! Esteacto tan sencillo como inofensivo despertó profunda indignación en elánimo de Clavel. Gruñó, ladró, se revolvió como un loco por lahabitación. Últimamente, después que se hubo bien desahogado, se salióde la estancia sin dejar de ladrar y gruñir y vomitar amenazas demuerte.

A la segunda vez que Sánchez le presentó el cartón no se satisfizo conesto. Lo cogió airado entre los dientes y en menos de un segundo lo hizotrizas. Sánchez comprendió que era necesario esperar que se calmaseaquella cólera insensata. Dejó trascurrir algunos días sin repetir elexperimento. Y cuando pensó que había desaparecido tal estado deferocidad, una mañana antes de almorzar, hallándose el Clavel en elregazo de su ama dormitando, se presenta en el gabinete con loscartoncitos en la mano. Verlos el Clavel, lanzarse sobre el sabio ahincarle los dientes en la mano pecadora, fue una misma cosa. Gritos,confusión, vivísimas interjecciones. D. Pantaleón, pálido y secándose lasangre con el pañuelo, se retira profundamente afectado a su dormitorio.La ciencia, la humanidad pierden una interesante monografía del perro.

VI

La familia Sánchez se estrechó un poquito para que cupiese Mario. En elcuarto donde antes alojaban las dos hermanas se aposentó ahora elmatrimonio. Presentación pasó a dormir en un cuartito interior, dondeantes tenían los armarios de la ropa.

Mario nadó los primeros días en una gloria azul y luminosa sembrada deestrellas, cercada de querubines alados como las que colocan lospintores en la esquina del cuadro cuando quieren representar la muertede un santo. Don Pantaleón era el Padre Eterno, D.ª Carolina la esposadel Padre Eterno, Presentación un ángel, y hasta la cocinera Ritaguardaba alguna semejanza con Santa Mónica, madre de San Agustín.

Encuanto a Carlota, era la misma Virgen Santísima concebida sin mancha enel primer instante de su ser natural.

No se saciaba de mirarla. Por la mañana, con un pañolito rojo de seda alcuello, los negros cabellos anudados al desgaire y un traje de percalcolor lila, barriendo y arreglando el cuarto, estaba verdaderamentedeliciosa. Un poco más tarde, haciendo el café, cortando el pan ydistribuyendo el azúcar y la manteca, le parecía la bella diosa Pomonacargada de frutos ultramarinos. Por la tarde, lavada, peinada,perfumada, con una linda bata color crema, sentada al lado del balcónbordándole a él unas zapatillas, no podía darse nada más correcto y a lavez más interesante. Cuando salían de paseo y se ponía un sombrerito depaja adornado con campanillas rojas y el traje negro de seda, regalo desus papás, era maravillosa. Por la dignidad del continente, por ladelicadeza del cutis, por su belleza sencilla y serena, no había en todoMadrid quien pudiese competir con ella. Pero esto no era nada si secompara a la forma en que se le aparecía los sábados. En este díaCarlota tenía por costumbre lavar sus camisas. Con la cabeza ceñida porun pañuelo que dejaba sólo ver algunos rizos, la garganta y una buenaporción del pecho al descubierto y los brazos por completo al aire,estaba sencillamente sublime. ¡Qué ondulaciones de torso! ¡qué pureza delíneas! ¡qué armonía! ¡qué majestad!

Un día, con el alma llena de esta belleza plástica que nadie mejor queél podía apreciar, le propuso, no sin ruborizarse, que le dejase tomarapuntes de uno de sus brazos. Carlota le miró risueña y sorprendida, yle entregó su hermoso brazo para que lo copiase. Quiso inmediatamentemodelar la cabeza, el pecho, la espalda. La joven se resistió algúntiempo, y al fin, viéndole triste, se prestó a servirle de modelo.Consideraba aquella afición de su marido como un capricho, una manía;pero pensando, como mujer sensata, que esta distracción podía librarlede otras más peligrosas, no se oponía resueltamente a ella. Limitábasea sonreír benévolamente y a darle algunos golpecitos maternales en lasmejillas cuando le veía, lleno de ardor y entusiasmo, pasarse el díamodelando alguna Juno (la de los hermosos brazos, como la llama Homero),que era ella, Carlota, o alguna Diana (la de las hermosas piernas), quetambién era ella, por más que no lo confesase.

—¡Qué niño eres, Mario!

En efecto, pocos o ninguno lo serían tanto a su edad.

Su alegría ruidosa, inmotivada, era realmente infantil; su inocenciapara las cosas de la vida rayaba en simpleza. Tan sólo cuando se tocabaa su arte adquirían aquellos ojos una expresión grave, concentrada, y supalabra, por lo general incoherente, tomaba inflexiones profundas, sehacía precisa y enérgica.

Había alquilado en la misma casa una guardilla donde modelaba libre ytranquilamente. Para estos gastos y para los placeres del matrimonio,pues en ropa no había que pensar en algún tiempo, le bastaba su sueldo,del cual nadie le pedía cuentas.

Por las noches algunas veces iban alcafé con la familia; otras, las más, se escapaban a algún teatro ovagaban cogidos del brazo por las calles solitarias, mirando losescaparates, entrando a lo mejor en cualquier tienda para comprarorejones o cacahuetes. Carlota empezaba a tener caprichos. ¡Qué nochesaquéllas de dicha inefable! Paseaban horas enteras charlando. Mariodejaba que su mujercita le contase lo que pensaba hacer con el vestidocolor fresa cuando la falda se ensuciase demasiado, o bien el número decamisas que iba a poner apartadas y las que dedicaría al uso, o lasreformas trascendentales que proyectaba en el ramo de chambras. De vezen cuando también él emitía tímidamente su opinión, y ella en no pocasocasiones la aceptaba como muy sesuda, y si no la aceptaba, por lo menosse reía, que era mucho mejor. Todas estas cosas expresadas con vozsuave, insinuante, entre las sombras de la noche, se convertían en unarrullo poético, delicioso, que enajenaba los sentidos de nuestro joven.Sus pies no querían tocar el suelo. A veces el asunto de las chambras yde las tiras bordadas le conmovía tan profundamente, que sin podercontenerse, después de cerciorarse con rápida mirada de que nadiecruzaba por la calle, abrazaba a su esposa con efusión y le aplicaba unbeso en la mejilla. Cierta noche se equivocó.

Por la calle no cruzabanadie, pero en un balcón debía de haber gente, porque después de su besosonó otro más fuerte seguido de alegre carcajada. Carlota, ruborizadahasta querer saltársele la sangre, echó a correr desatinadamente, lloróde vergüenza y le hizo jurar que se abstendría en adelante de talesexpansiones imprudentes.

Pues caminando por esta senda deliciosa, alumbrada por los astros máspropicios, tapizada de flores que embalsamaban el ambiente, una espinitavino al fin a clavarse en el pie de Mario. D.ª Carolina le llamó aparteun día, estando Carlota con su hermana fuera de casa, y le dijo:

—Me causa pena tener que hablarte de un asunto... No sólo me causapena, sino que me repugna, puedes creerlo... Ya sabes que soy unainfeliz mujer que represento poco o nada en la casa... Por mí, toda lavida seguiríamos lo mismo... Mi dicha consiste en veros a todos vosotrosfelices... Pero, hijo mío, donde hay patrón no manda marinero.

Pantaleónme ha advertido el otro día que hacía tres meses que vivías con nosotrosy que aún no habías contribuido con nada a los gastos de la casa...

Una ola de carmín inundó repentinamente las mejillas de Mario. Lavergüenza le impidió al pronto articular palabra. Aturdido hasta ungrado indecible, pudo al cabo balbucir:

—Tiene usted razón... no había pensado... dispénseme usted... En cuantocobre este mes le entregaré la parte que a usted le parezca...

D.ª Carolina, perfectamente serena, sonriendo dulcemente, repusoponiéndole una mano sobre el hombro:

—Lo mejor será que me entregues todo el sueldo. Vosotros los jóvenes noconocéis el valor del dinero. Cuando lo tenéis en el bolsillo gastáissin reparo. En este punto lo mismo eres tú que tu mujer. Dámelo a mí yyo os iré facilitando poco a poco lo que necesitéis.

Así lo prometió sin reparar lo que hacía. Cuando llegó Carlota seapresuró a comunicarle lo que con su madre le había pasado. La joven sepuso igualmente colorada. Ambos permanecieron silenciosos un rato sinsaber qué decirse.

—¿Dices que mamá echaba la culpa de este paso a papá?—profirió al caboella.

—Sí, sí, no cabe duda. ¡La pobre mamá es tan bondadosa! ¡Si supierasqué trabajo le ha costado decírmelo!... Después de todo, no hay por quéquejarse; tu papá tiene razón.

Carlota hizo una leve mueca de desdén y se fue a su cuarto.

Desde entonces los placeres mundanos de los recién casados sufrieronmerma considerable, quedaron reducidos casi exclusivamente a los paseosvespertinos y nocturnos. Adiós teatros, adiós regalos y caprichos. DoñaCarolina se apoderaba de la paga íntegra, y a duras penas soltaba deella una parte insignificante. Cuando su hija, muerta de vergüenza, lepedía algún dinero para Mario, la buena señora reía, echaba a broma lapetición y la mitad de las veces no hacía caso de ella. Otras decía quela llave de la gaveta la tenía su marido y no se atrevía a pedírsela.Otras, en fin, se dirigía a Mario.

—¿Verdad, Mario, que tú no has pedido dinero? ¿que es esta manirrota laque se vale de tu nombre para sacarme los cuartos?

El pobre no se atrevía a contradecirla y se resignaba a andar con elbolsillo vacío.

Hubo necesidad de dejar la guardilla que le servía detaller. Para seguir modelando se vio obligado a pedir licencia aPresentación para meter en su cuarto los trastos y aprovechar las horasen que el comedor quedaba desembarazado. Estas molestias no bastaban,sin embargo, a turbar su ventura.

¡Qué efecto tan grato y a la vez tan melancólico producía esta felicidaden Miguel Rivera! Frecuentaba la casa, los acompañaba algunas veces ensus paseos, les demostraba un afecto paternal y les prestaba losservicios que podía y en todo caso el auxilio de su experiencia.¡Cuántas veces, sorprendiendo sin querer alguna caricia furtiva, se lerasaron los ojos de lágrimas recordando los contados días de su dichaconyugal! Mario lo observaba y le hacía una seña a Carlota. Esta, aquien impresionaba vivamente la fidelidad de Rivera a su esposa muerta,se ponía grave y redoblaba sus atenciones cariñosas hacia aquel buenamigo.

Un día le dijo muy bajito metiéndole la boca por el oído:

—Si es niña, se llamará Maximina.

Miguel le apretó la mano fuertemente y volvió la cabeza para ocultar suemoción.

Así trascurrieron dos meses más. La dicha de Mario comenzaba a molestarya a los dioses. Fuerza era que pagase el tributo debido a su condiciónmortal.

En los últimos tiempos había descuidado bastante la oficina. Su amigo yantiguo jefe Oliveros le había advertido que el director no estabasatisfecho de él. La culpa no era de Carlota, como pudiera presumirse.Al contrario, su mujer tenía buen cuidado de recordarle la hora, ponerleel almuerzo y la ropa a punto para que no se retrasase. Pero aquellabendita afición a modelar el barro enajenaba sus sentidos. Cuando teníaentre manos una obra que le agradase, o no iba al ministerio, o ibatarde. La casa estaba llena ya de adornos esculturales: cabezas, brazos,torsos, andaban diseminados sobre las mesas y cómodas o colgados de lapared. Carlota sentía un desprecio profundo hacia estos cachivachesaunque se abstenía de manifestarlo abiertamente por miedo de disgustar asu marido. Pero cuando se quedaba sola y tenía que sacudirles el polvo,en la displicencia con que empuñaba el plumero y en el gesto desabridocon que tarareaba cualquier cancioncilla de zarzuela se advertíaperfectamente que el arte de Fidias no había logrado apoderarse de sualma.

Mario fue un lunes algo tarde a la oficina, como de costumbre. En eldespacho, a más de la de él, que era el jefe, había otras tres mesaspara los oficiales. Éstos no levantaron la cabeza cuando entró, ni menosle recibieron con las alegres chanzas que usaban de continuo, puesnuestro joven era muy estimado de sus subordinados, por su tolerancia.Aquel silencio lúgubre le sorprendió un poco. Avanzó hasta su mesa y vioencima de la carpeta un pliego cerrado con el sobre escrito a sunombre. Lo abrió con mano trémula, presintiendo su contenido. En efecto,era la cesantía. Quedó un instante suspenso y pálido; pero, reponiéndoseen seguida, exclamó con alegre semblante:

—¡Caballeros, ya no soy jefe de ustedes!

—Lo habíamos comprendido—dijo uno tristemente.

Y todos a la vez se alzaron de la silla y vinieron a él, expresando sudisgusto con afectuosas palabras. Mario hizo de tripas corazón. Semostró tranquilo, risueño; hasta se autorizó algunas bromitas. Perocuando después de despedirse cariñosamente salió a la calle, pensó queel mundo se le venía encima, sintió su corazón atravesado por vivo dolory casi se le doblaron las piernas. No se daba razón de tanta congoja.Era un contratiempo, no una desgracia. Sin embargo, algo lloraba allá enel fondo de su alma, la ruina de su felicidad.

No quiso ir a casa directamente. Necesitaba refrescar la cabeza,coordinar las ideas, pensar en algo que pudiera contrarrestar aquelgolpe. Paseó algún tiempo entre calles: al cabo, rendido moral yfísicamente, entró en el café Suizo y pidió una botella de cerveza. Alláen un rincón, formando tertulia con algunos señores graves, vio a suamigo Romadonga, que le dirigió un cariñoso saludo con la mano. Pocodespués, aburrido de la conversación, o quizá por su característicanecesidad de variar de compañía, se vino hacia él con su paso silenciosode gato, balanceando gentilmente el torso.

—¿Qué hay, hombre feliz?—dijo sentándose enfrente.—A nadie envidiohoy en Madrid más que a usted. ¡Qué buenos ratitos! ¿eh?

Mario, a quien molestaban muchísimo las bromas cínicas de D. Laureano,hizo un esfuerzo penoso para sonreír y no contestó.

—La verdad es, querido Costa, que en nuestra corta y miserableexistencia sólo hay un punto luminoso, un oasis ameno, la mujer.

Chupó en silencio y con placer su cigarro habano, cerró los ojos, comopara mirar el pasado, y prosiguió:

—Ríase usted de la caza, de la música, de los viajes, de todos losplaceres en general. Los he gustado todos. No valen la pena demolestarse. El único que tiene sabor exquisito, delicado, embriagador,es la mujer... Mejor dicho, las mujeres, si es que usted no seofende.... ¡Las mujeres! ¡muchas mujeres!... Unas por uno, otras porotro, casi todas merecen ser amadas. La que no tiene el rostro bonito,tiene un cuerpo escultural; si la mano es fea, el pie es un primor...¡Usted no ha escogido mal, picarillo!... Carlota no tiene las faccionescorrectas de su hermana, pero es una estatua.

Mejor que yo lo sabráusted. Delgada de talle y ancha de caderas, la cabeza graciosa y bienplantada, el pecho alto, firme, valiente...

Mario estaba en brasas. Al llegar aquí no pudo reprimir un gesto dedisgusto. Don Laureano lo observó, y soltando la carcajada y poniéndoleuna mano sobre el hombro, exclamó:

—Pero ¡qué empeño tienen ustedes los maridos en que nadie admire a susmujeres!

¿Por qué? Yo imagino que debiera ser lo contrario. Laconvicción de que sólo ustedes son poseedores de sus encantos y que losdemás nos morimos de envidia, debiera ser para ustedes un manantial degoces. ¿Te gusta mi mujer, eh? Pues contempla y rabia.

Nada másagradable. Ahora también debo de advertirle que yo no serviría paramarido.

Una sola mujer me aburre pronto. La misma Carlota, a pesar deser tan escultural, pienso que llegaría a cansarme. Es cuestión deorganismo. El mío pide la variedad. A otros les basta la unidad...

Entre el hondo pesar que le embargaba y aquellas palabras desvergonzadasque le herían como latigazos, el pobre Mario no podía disimular ya más.Su rostro se iba poniendo sombrío por momentos. Tanto que Romadonga,aunque no solía fijarse en el semblante de sus amigos, concluyó porpreguntarle:

—¿Qué tiene usted? Me parece que está usted preocupado.

Mario lo negó.

—Vamos, algún disgustillo matrimonial. ¡La ley, querido, la ley! Si elmatrimonio no fuese más que el placer, ¿quién no se casaría? Peroentiendo que ante todo es sacrificio y que sólo conviene a los hombresvirtuosos. Por eso yo, que no me tengo por tal, he renunciado a susplaceres como a sus dolores. Es el estado más decoroso, más noble, no loniego; pero a las naturalezas egoístas y sensuales como la mía (segúndice Godofredo Llot) les va mejor el celibato. Tiene también susquiebras; el hombre jamás puede ser feliz por completo. Los solteros notenemos quien nos repase los calcetines ni quien nos enfríe el caldo allado de la cama cuando estamos constipados; pero en cambio hay otrasventajillas, y bien pesadas las de uno y otro estado, me parece quenosotros no llevamos la peor parte.

Volvió a chupar el cigarro entornando un poco los párpados. Una sonrisafeliz se esparcía por su rostro correcto y expresivo. Cuando exponía susteorías acerca del matrimonio solía hacerlo con moderación: no queríaofender a nadie. Pero allá en su fuero interno diputaba a los casadospor unos mentecatos que habían venido a hacer el primo a laexistencia. No se hartaba de felicitarse a sí propio de haber tenidobastante habilidad para no haber caído en la red.

—Amigo Romadonga, por esta vez se ha equivocado usted. No hay taldisgusto matrimonial—dijo resueltamente Mario.

—Me alegro, me alegro muchísimo. Ojalá no haya entre ustedes jamásmotivo de discordia—repuso Matusalem con amabilidad.

Pero en su afable sonrisa se advertía un leve matiz de duda, algo quedecía: «Si no han venido aún las reyertas, vendrán, querido, no lo dudeusted.»

—Le confieso que tengo un disgusto, pero es de orden más inferior y mássoportable. Acabo de saber que he quedado cesante.

Romadonga se mostró sorprendido. Después procuró poner la cara tristeadaptándose a las circunstancias. Quiso enterarse de los pormenores.

—¡Bah! Yo creo que eso se arreglará. No se apure usted. Su papá teníamuy buenas relaciones. En cuanto los amigos se enteren, será ustedrepuesto. ¿Y no ha habido razón alguna para esa cesantía? ¿Ha tenidousted algún choque con los jefes?

Mario confesó avergonzado que desde hacía algún tiempo no asistía a laoficina con la asiduidad que antes.

—...Qué quiere usted, me ha vuelto otra vez la manía de modelar enbarro. Cuando tengo entre manos alguna figura que me interesa no meacuerdo de nada. Comprendo que hago mal, ¡pero se pasan tan buenosratos!

Romadonga le miró risueño, embelesado, con su acostumbrada benevolenciapara todas las locuras.

—¡Bravo! Es usted un hombre original. No deja de tener gracia eso deperder un empleo por hacer figuras de barro. Comprendo que usted searruinara por mujeres de carne y hueso... pero por muchachas de barro ode mármol, eso, francamente, excede para mí los límites de locomprensible.

Pocos momentos después nació en su espíritu la sospecha aterradora deque la conversación empezaba a aburrirle. Apresurose a levantarse, ydando algunas palmaditas amicales a su amigo en el hombro y deseándoleque se arreglase pronto el asunto, se alejó balanceando su figuradistinguida, como los perros cuando ya no hay terrones de azúcar queofrecerles.

VII

No se arruinaría él, no, por mujeres de mármol. Tampoco por las de carney hueso, aunque lo comprendiese mejor. Hasta entonces al menos ningunahabía logrado tomar de su bolsillo más que lo que en cuenta corrientehabía destinado a este ramo exquisito de sus placeres. A fuerza deexperiencia y de cálculo, cuando emprendía alguna nueva conquista, sabíade antemano lo que iba a costarle; trazaba su presupuesto con laexactitud de un experto maestro de obras.

El de la pobre Concha, la hermosa chula que hacía algunos meses habíaconocido en el café del Siglo, fue de los más modestos que en sucarrera galante había formado.

—Estas chicas populares son el género más barato, y no por eso menossabroso—

solía decir a sus amiguitos del café.

—Supongo, D. Laureano—replicaba alguno,—que el más caro será el delas entretenidas de alto rango.

—Tampoco. Las más caras de todas son las mujeres ricas—

manifestabaprofundamente aquel hombre ingenioso y erudito, para quien la naturalezafemenina no guardaba secreto alguno.

El cerco de Concha siguió las mismas vicisitudes que el de todas lasplazas de este orden. Sin embargo, la hija del sillero, aunque inocentey simple como humilde menestrala, tenía un genio impetuoso, arrebatado,que en más de una ocasión estuvo a punto de dar al traste con losproyectos de D. Laureano, quien procedía con tiento, con la habilidadsuprema que había logrado adquirir en cuarenta años de práctica.

Unbloqueo prudentísimo primero, intimando poco a poco, acercándosealgunos ratos a la mesa y cambiando con la chula bromitas más o menospicantes. Después, un día, con pretexto de que llevaba el mismo camino,les acompañó de noche hasta cerca de su casa. Estos acompañamientos sehicieron frecuentes. Otro día les trajo butacas para uno de los teatrospor horas. Más tarde les facilitó entradas para las exposiciones, ysabiendo lo aficionado que era el sillero a los toros, fingiéndoseocupado, más de la mitad de los domingos le daba el billete de su abono.Finalmente entró en la casa.

Romadonga era hombre flexible y dúctil hasta un grado increíble. Con elmismo aplomo entraba en la casa de un grande de España que en la de unmenestral. En todas partes desplegaba la misma franqueza cordial, unbuen humor y una gracia que hacía apetecer su compañía. Necesitabapretexto para visitar a menudo la pobre vivienda de Concha. Hallolo enla ignorancia supina de ésta. La infeliz no sabía siquiera leer yescribir. Romadonga, lleno de celo pedagógico, se brindó a enseñarla enpoco tiempo. Y todos los días sin faltar uno pasaba una hora o máshaciéndole combinar letras

y

sílabas( ma-ña-na-ba-ja-ra-cha-fa-lla-da-la-pa-ca-ta-ra-ga-sa-lla-da) o

seguircon mano inexperta los trazos de un curso de escritura inglesa.

Cuando la vio medianamente impuesta en estas materias no por eso seapagó su ardor instructivo. Prosiguió su obra civilizadora con crecienteentusiasmo. Y

determinó iniciarla en los misterios de la Geografíaenseñándole cuántas son las partes del mundo y las capitales de losprincipales países, y con más interés aún en la Historia sagrada,haciéndole aprender de memoria las grandes vicisitudes por que pasó elpueblo de Dios antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo.

En el café del Siglo se tenía noticia de estos cursos instructivos. Sele embromaba con ellos, se comentaban con gracia por toda la tertulia.Pero en aquellas bromas el que marchaba delante y brillaba por suprocacidad era él mismo.

—¿Qué tal, D. Laureano, se va instruyendo la niña?

—Admirablemente. Tiene disposiciones asombrosas, sobre todo para lageografía política. Conoce al dedillo todas las capitales del mundo.Ayer, porque se le olvidó la de Venezuela, lloró como una Magdalena y setiró de los cabellos.

—¿Y en Historia sagrada?

—Tampoco marcha mal. Tiene una memoria envidiable. Se sabe sin borrarun punto ya desde la creación hasta Abraham. Ahora se está aprendiendodesde Abraham hasta Moisés.

Y a los pocos días, si no le embromaban, él mismo tomaba la iniciativa.

—¡Estoy maravillado! Hoy me relató Concha desde Moisés hasta elcautiverio de Babilonia sin errar un punto.

—Bueno; ¿y el amor cómo marcha?—preguntó uno.

—Eso es clase de adorno. Se deja para lo último—repuso con amable ycínica sonrisa el viejo elegante.

¡Pobre Concha! ¡Qué ajena estaba de que aquel caballero tan fino, tansuave, tan delicado, hacía escarnio de su inocencia en la mesa delcafé!

Poco a poco se había ido interesando. Don Laureano era viejo (mucho másde lo que ella suponía, por supuesto), pero conservaba gallarda figura,un aire distinguido y varonil que a cualquier mujer podía impresionar;mejor todavía a una humilde hija del pueblo que no había tratado más quecon hombres zafios y mal vestidos. Aquel señor tan pulcro despedía unvaho de elegancia que despertaba el instinto del arte y la belleza queen toda naturaleza femenina reside. El perfume de sus pañuelos laembriagaba, deslumbrábale el brillo de sus joyas, y las palabraslisonjeras, insinuantes, con que la envolvía sin cesar arrullabandulcemente su corazón virginal.

Según trascurría el tiempo iba perdiendo paulatinamente aquel humorchancero. Se había hecho más grave, más reservada y tímida. Crecióasimismo su susceptibilidad hasta lo indecible. Cualquier broma deRomadonga la interpretaba en el peor sentido, retorcía sus frases mássencillas, queriendo ver en ellas algún signo de desprecio. Y

con eltemperamento impetuoso de que estaba dotada, cuando menos podíaesperarse armaba una gresca de dos mil diablos, le cubría de dicterios yle arrojaba de su presencia. D. Laureano no parecía disgustado con estanueva fase de su conquista, aunque se dilatase más de lo que habíaimaginado. En esta materia había llegado a un sibaritismo refinado. Sólotenía valor para él lo que costaba trabajo. Sin impaciencia ni inquietudesperaba alegremente que la naranja estuviese madura para sacudir elárbol y hacerla caer en su seno.

Para lograr este dulce desenlace apelaba a los medios que los galaneshan usado siempre en tales casos; los mismos que Ovidio recomendaba ensu arte amatoria.

Solía llevarle regalitos de poco valor, un abanico,un dedal, peinetas para el cabello, etc. La niña los aceptaba conregocijo y gratitud. Cierto día el experto seductor quiso dar un avance.Se fue a una joyería y compró una sortija con tres brillantitos en formade trébol: total sesenta duros. La hermosa chula también aceptó esteregalo con un gozo que le hizo prorrumpir en exclamaciones. Aquellatarde estuvo amabilísima y jovial como nunca. Mas he aquí que a latarde siguiente la decoración había cambiado por completo. Quizá algunaamiga o conocida, al ver la sortija, le había hecho comprender lo quesignificaba, le habría dirigido pérfidas insinuaciones. Lo cierto es queD. Laureano halló a su ninfa con un semblante más negro y temeroso quenube de galerna. Antes de cinco minutos estalló la tormenta. Gritó,pateó, le arrojó la sortija a los pies y con ella todos los regalos quele había hecho antes. ¿Qué se había creído el tío silbante? ¿que ellaera una tal y una cual? ¡Anda, que se había llevado buen chasco!Sortijitas a ella, ¿eh? Ya vería lo que lograba con sus alhajas...

Romadonga aguantó a pie firme y con bastante calma el chubasco. Luegoprocuró calmarla con sofística dialéctica que hizo poca mella en suánimo irritado. Al fin, por sí misma se fue serenando y se avino avolverle a su gracia con tal que se llevase todos los regalos que lehabía hecho y le jurase solemnemente no traerle más.

D. Laureano cargó con todos aquellos chirimbolos. Por la noche decía enel café, chupando con delicia un cigarro habano:

—No hay nada en el mundo como una chula de Lavapiés. Estoy hechizadocon mi Conchilla. Ni la mitad del presupuesto voy a invertir. El quetenga la suerte de embarcarse en una de estas fragatas, puede viajarhasta el fin del universo con tres pesetas.

Con razón lo pudo decir, pues a los pocos días había logrado rendirla.La pobre Concha cayó en sus brazos por generosa y amante, no porinteresada.

Fue una luna de miel. Romadonga, en la alegría de su conquista, se dejóarrastrar a mil delicadas atenciones, demostrando cerca de ella unaasiduidad que rara vez había tenido con otras. Iba a su casa dos o tresveces al día; apenas salía de allí. De noche la acompañaba paseando porlas calles más extraviadas, donde tuviera seguridad de no tropezar aalgún conocido. Los domingos solía llevarla en coche a cualquierpueblecito próximo; merendaban, bebían lo bastante para ponerse alegresy regresaban con las mejillas rojas, diciéndose mil disparatesdeliciosos. Hasta se aventuró varias veces a llevarla a un palco segundoen el teatro y a permanecer allí metido detrás de las cortinas. Secomprendía que aquel triunfo de última hora halagaba su amor propio, leenajenaba de gozo.

Pero aunque ambos hacían esfuerzos de habilidad para engañar al sillero,guardándose cuanto podían, inventando mil pretextos explicativos parasus actos, el padre no pudo menos de advertir el nuevo género derelaciones que entre ellos existía. El señor Ángel era un buen hombre,hábil en su oficio y de sentimientos honrados, pero extremadamentepusilánime. Cuando se hizo cargo de lo que pasaba, se entristecióprofundamente, mostrose serio lo mismo con su hija que con D.

Laureano,andaba cabizbajo y mudo por la casa; pero no se atrevió a adoptar unaresolución enérgica. Tan sólo una vez dijo a Concha que no le parecíabien la confianza que había tomado con Romadonga. La chica rechazó conindignación la malévola sospecha que había debajo de sus palabras, seencrespó de tal manera que el pobre no volvió a entrar enexplicaciones.

Se retrajo de la compañía de sus amigos. Andaba avergonzado, siempretemiendo que le echaran en cara aquella indecente complacencia. Y asífue. Un día, en la taberna, se lo dijeron bien clarito.

—No eres hombre si no echas al viejo de tu casa.

No, no era hombre para hacerlo el infeliz. Se avergonzó, lloró y quisoretirarse. Pero un amigo le dijo:

—No te amilanes, Ángel. Si no te atreves a armarle bronca al tío,bébete unas copitas de más y le echas por el balcón.

El sillero hizo caso del consejo. Se atracó de vino, y cuando estuvohecho una cuba se fue para su casa dando tumbos, diciendo a voces queiba a sentar las costuras a un caballero.

Romadonga estaba allí como de costumbre. El sillero se le plantó delantecon los brazos cruzados y le escupió más que le dijo:

—¿Y usted qué hace aquí, vamos a ver?

—¿Yo?...

—Sí, usted...

Y descomponiéndose de pronto comenzó a vociferar bárbaramente, aproferir blasfemias y amenazas que hacían retemblar la casa. Conchacorrió a refugiarse en su cuarto. Romadonga trató de calmarle; peroviendo que eran inútiles sus esfuerzos y que la vecindad se estabaenterando, tomó el sombrero y se fue. Al bajar la escalera oyó que unavecina decía a otra:

—El señor Ángel ha echado de su casa al tío... ¡Ya era tiempo!

De tal modo inopinado se cortó el curso de aquellas sabrosas relaciones.D.

Laureano no cejó por esto. Procuró ponerse inmediatamente encorrespondencia con su amante. Hubo cartas y recaditos y entrevistas.Como hombre que sabía extraer delicadamente de este mundo amargo su jugoazucarado, halló nuevo aliciente de placer en la contradicción delsillero y en el misterio que se veía obligado a desplegar.

Pero Conchano se avenía tan de buen grado. Disipada la embriaguez de su padre, nole perdonó aquel acto de energía. Comenzó a mortificarle con suconstante mal humor, con el descuido de sus obligaciones domésticas: lacomida fría, la cama sucia, la ropa sin coser. De vez en cuando ledirigía venenosas indirectas o burlas insolentes, de tal modo que alpobre hombre ya le iba pesando de haberse mostrado tan digno.

Ladignidad no es absolutamente indispensable para vivir; la ropa y elalimento sí.

Finalmente, la resuelta chula, no pudiendo sufrir másaquella situación y convencida de que su padre iría donde le llevasen sise le sujetaba fuertemente por el cuello, aceptó la proposición quetiempo hacía le había hecho D. Laureano: irse a vivir a un cuartitoindependiente que él le alquilaría. Pero no había necesidad deescaparse.

Estaba segura de que su padre cedería si Romadonga sabíahablarle con diplomacia.

Dio un salto el viejo elegante cuando Concha le propuso una entrevistacon el sillero. Sin embargo, le convenció de que su padre era un benditoy, no estando borracho, incapaz de entregarse a ninguna violencia depalabra y mucho menos de obra. Sobre esta base el afortunado seductorno tuvo inconveniente en que la chula concertase el cuándo y el dónde deaquella trascendental conferencia. En casa no podía ser. La dignidad leimpedía a D. Laureano ir a la del sillero sin obtener antes unasatisfacción. En la calle no era decoroso, ni en el café del Sigloprudente. Se convino en que se hablarían en el de Platerías, de la mismacalle, a las seis de la tarde, hora en que solía estar solitario.

D. Laureano llegó el primero a la cita y esperó meditando los falacesargumentos con que pretendía persuadir al sillero. Vino éste a los pocosminutos y se acercó a la mesa acortadísimo, balbuciendo las buenastardes. Romadonga se apresuró a levantarse, y con franqueza campechanale puso la mano en el hombro.

—¿Cómo va ese valor, amigo D. Ángel? En realidad no necesitopreguntarlo. Lleva usted la contestación en la cara. ¿Qué va usted atomar?

—Muchas gracias, no tomo nada.

—¡Hombre, tendría eso que ver!... ¡Mozo! Unas copitas de manzanilla...Ya sabes, de la especial... ¿Y cómo está Concha?—añadió osadamente.

—No va mal—respondió con visible malestar el sillero.

—¿Le han dejado aquellas punzadas dolorosas en el estómago?... Ya ledecía yo que ella se tenía la culpa. No guarda regla alguna para comer.Su placer mayor consiste en hacer comistrajos a las horas másextravagantes: tomates, huevos duros, naranjas, todo revuelto con aceitey vinagre. Se necesitaría tener el estómago chapado en cobre pararesistir este desorden. Yo le di unas pastillitas que no le han venidomal... Pero lo principal es que tenga método.

D. Laureano hablaba de Concha afectando desembarazo, como si no hubierapasado nada, como si fuese todavía el amigo íntimo de la familia. Elseñor Ángel asentía sonriente y turbado. Sin embargo, el aplomo y lafranca naturalidad de Romadonga fueron disipando poco a poco suturbación. ¡Era un hombre tan llano, tan jovial y corriente aquel D.Laureano!: le bastaban pocos momentos para inspirar confianza acualquiera y ganarle el corazón.

Como por la mano supo llevar el discurso desde la salud corporal de lajoven a las cualidades de su carácter. Era una pólvora aquella criatura;buenísima en el fondo, con un corazón de cordera, pero arrebatada comopocas. Dejándola serenarse, incapaz de hacer daño a una hormiga, pero enun instante de cólera Dios sabe adónde podía llegar...

—Por supuesto—añadió con un guiño malicioso—que tiene a quienparecerse; porque usted, señor Ángel, que ordinariamente es una malva,¡tiene un modo de dispararse!

El sillero levantó el brazo y bajó la cabeza, manifestando con mímicaexpresiva que de aquello no había que acordarse.

—No, no lo traigo a cuento en son de queja. Únicamente quierosignificar que a Concha su genio le viene de herencia, y que por lotanto hay que perdonárselo... De todos modos, es una chica que se hacequerer, porque inmediatamente se ve que no hay allí doblez, que no hayengaño...

—¡Eso no!—exclamó el sillero atacado de súbita vanidad.—En nuestrafamilia nunca se ha engañado a nadie. Podremos, si a mano viene, dar ungolpe desgraciado o una cuchillada en un pronto, pero ha de ser pordelante. Hacer traición, ¡jamás!

No quedó muy satisfecho el viejo galanteador de estas cualidades nativasde la familia. Casi casi, al golpe desgraciado o a la cuchillada francosy nobles prefería la traición rastrera si no venía acompañada deviolencia en las personas.

—Perfectamente; tiene usted razón; pero los prontos hay querefrenarlos, si no,

¡dónde vamos a parar!... Dejemos esto y vamos alcaso. Yo me he encariñado con su hija hasta el punto de que nada meagrada ya en el mundo sin su compañía. No lo digo porque sea usted supadre, pero no he hallado en ninguna parte una muchacha más hermosa, mássencilla y al mismo tiempo mejor educada...

—¡Eso sí! ¡Bien criada sí! En ese punto ni su madre ni yo nos hemosdescuidado.

Cada pie de paliza la hemos dado, que algunas veces se ibaa la cama y no podía levantarse en cuatro días. ¡No la hemos dejadopasar una!... Ahí está ella que no me dejará mentir.

—La prueba mejor de que tiene buen natural y que sus instintos sonfinos y distinguidos es que, en vez de enamorarse de cualquier pilluelode su edad, ha preferido un hombre maduro como yo, educado en una esferamás elevada que la suya.

Su falta tiene, pues, origen en las cualidadesmás admirables de su corazón. Yo creo que, en vez de sentirseavergonzado por ello, debiera usted estar satisfecho de tener una hijade aspiraciones tan nobles y delicadas... Bueno; ya está consumada lafalta. ¿Y

qué vamos a hacer ahora?... Pues ahora no nos toca más queprocurar remediar en lo posible las malas consecuencias que pueda traerconsigo.

El señor Ángel se puso muy grave, bajó la vista y mostró señales deinquietud.

—Mozo, echa otra copita al señor... Lo primero que salta a la vista esque su hija de usted y yo no podemos ni debemos separarnos. Nuestroscorazones se hallan tan compenetrados, que sería una verdadera crueldadpor parte de usted o de cualquiera otra persona tratar de romper el lazoque nos une...

—Bueno, pues cásese usted con ella—murmuró con timidez el sillero.

—Le diré a usted—repuso sin inmutarse D. Laureano.—Hace ya muchísimotiempo que no pienso en otra cosa. Mi felicidad mayor consistiría enpoderla llamar esposa y presentarla en todas partes como tal... pero...pero el hombre pocas veces consigue lo que apetece con ansia. En laactualidad existen una porción de obstáculos que se oponen a larealización de mi proyecto... Por supuesto que espero vencerlos—

añadiócon un gesto soberbio de primer actor.—¡Vaya si los venceré!... Ahora,si usted me preguntase ¿cuándo? ¿cómo? yo le respondería: «Querido señorÁngel, soy ante todo un hombre sincero y leal. Si le dijese tal día, detal manera me casaré con su hija, como yo mismo no lo sé, mentiría, y lamentira jamás ha manchado mis labios.»

Pausa. Romadonga vacía de un trago la copa que tiene delante, se limpiacon el pañuelo los labios que jamás manchó la mentira, y prosigue:

—En estas circunstancias especiales, especialísimas, en que noshallamos, ¿qué partido adoptar?... Conviene que meditemos.

Pausa y meditación.

—Si usted no lo tomase a mal... pero temo que usted lo tome en elsentido peor...

yo, teniendo presente que a lo hecho no hay remedio yque mi entrada en su casa es más escandalosa y perjudicial a su decoro,le propondría que Concha se fuese a vivir independiente en un cuartitomientras no desaparezcan las circunstancias que me imposibilitan unirmea ella...

El señor Ángel se puso pálido y reclinó la frente sobre su mano, mirandofijamente al mármol de la mesa.

—¡Lo ve usted!... ¡Ya se está usted figurando una porción deatrocidades!

—No me figuro más que la verdad, don Laureano—profirió con vozalterada el pobre hombre sin abandonar su postura.

—Convengo en que a primera vista esta proposición parece fea; pero,créame usted, aceptándola, evitamos mayores males. Se mudará a un barriolejano donde no la conozcan, cambiará de nombre mientras no puedaostentar el mío honrosamente, se guardará el mayor sigilo posible...

El señor Ángel levantó sus ojos doloridos y exclamó con amargura:

—¡Proponer eso a un padre, D. Laureano!

—¡Vamos, señor Ángel, tenga usted mundo!—exclamó Romadonga dándolepalmaditas cariñosas en el hombro.—Hoy la sociedad es muy distinta decuando nosotros nos criamos. Lo que a nuestros padres les parecíaimperdonable, ahora es cosa corriente... Mozo, échanos otra copa... Alcontrario, en la actualidad se considera de mal gusto y hasta cursi esavirtud austera de nuestros mayores. Los tiempos cambian, amigo D. Ángel,y no hay más remedio que transigir y acomodarse al progreso. La vida secompone de transacciones.

—¡Proponer eso a un padre!—volvió a exclamar el pobre diablo, con lamisma amargura, vaciando la copa en el estómago.

—No se fije usted en su condición de padre. Colóquese usted en un puntode vista más elevado. En seguida comprenderá usted que es el acuerdo másconveniente. Si usted se obstina en retenerla en casa y consigue querompamos nuestras relaciones, un día u otro, créame usted, Concha caeráen la perdición. Usted, entregado a sus quehaceres, no puede vigilarla;yo sí. Y si llega a caer, como es probable, ¿no será para usted unremordimiento el pensar que la ha privado de acomodarse con un hombreque está en posición de sostenerla decorosamente? Además, usted se haráviejo, no podrá trabajar... Para ese caso Concha le podrá ayudar,mientras que de otra suerte...

Todavía prosiguió el viejo seductor por largo rato amontonandoargumentos con la fluidez insinuante que caracterizaba su discurso.

Su elocuencia, secundada poderosamente por el manzanilla, logró al cabomarear, si no convencer, al sillero.

Una hora después salían ambos del café con sendas brevas en la boca,colorados, risueños; despidiéndose muy afectuosamente en la primeresquina.

VIII

Seis meses nada más bastaron para que el genio que dormía en el fondodel espíritu de D. Pantaleón Sánchez se levantase y echase a andar porla tierra. En este corto espacio de tiempo su mirada penetrante abarcóde una vez la existencia toda y sondó sus inefables arcanos. En el mundono había más que hechos, hechos constatados, como decía un librotraducido del francés que Moreno le había dado.

Todas las supersticiones se borraron de pronto de su privilegiadainteligencia: no sólo la superstición de Dios, la del alma y la moral,inventadas por la debilidad de los hombres secundada por la ambición delos sacerdotes, sino ciertas nociones ridículas en que el género humanose había entretenido puerilmente hasta ahora; las ideas de lo verdadero,lo bueno y lo bello. Risa inextinguible le causaban los que sostienenque se ignora el origen de estas ideas. Lo ignorarían ellos. Moreno y élsabían perfectamente a qué atenerse. Eran sensaciones, nada más quesensaciones, agradables o desagradables, como las que produce lahumedad, el calor o la fetidez de las alcantarillas.

Las profundas observaciones que había llevado a cabo en los últimostiempos sobre las cebollas, las patatas y otros ejemplares del reinovegetal, lo mismo que el estudio atento de algunos animales domésticos,le habían empujado tan fuertemente al análisis que no comprendía otrométodo. Lo que por medio del análisis no se hallara, inútil era buscarlopor otro procedimiento. Es así que ni el escalpelo ni el microscopiohabían tropezado jamás con el alma ni con un Ser Supremo; luego, etc.

Esta inclinación al análisis despertó en su inteligencia poderosa unatendencia razonadora de tal precisión que ni el más pequeño argumentopodía escaparse entre sus apretadas mallas. Caía sobre las ideas como unáguila, las sujetaba entre sus garras, las examinaba por todas partes ysólo después que mostraba a sus oyentes todos los aspectos las dejabaescapar.

—Papá, ¿te parece que vayamos hoy al Retiro?

—No; está muy húmedo. La humedad es mala para el organismo. ¿Y por quées mala para el organismo? Porque ataca los tejidos. ¿Y por qué atacalos tejidos? Porque les roba calórico. ¿Y de dónde procede estecalórico? De la introducción del oxígeno en la sangre.

—¿Sabes una cosa, Carlota?—decía Presentación otra vez a suhermana.—

Margarita está enamorada del chico de Roda. Ella misma me loconfesó ayer.

D. Pantaleón sonrió benévolamente.

—¿Sabéis por qué está enamorada? ¿A que no?

—Toma, porque le gusta. Es un chico muy guapo.

—No, hija, no es eso. Está enamorada porque es joven aún, y como esjoven hay un desequilibrio entre la asimilación y la desasmilación. Éstaes la única y positiva razón de ese amor, como de todos los demás. Laternura de las mujeres, ese cariño que os impulsa a hacer locuras, allorar, a quitaros la vida, no significa sino que los productos de lanutrición, la albúmina, la grasa, el azúcar y el almidón, entran conexceso en la sangre y no bastan para expeler el sobrante la urea, elácido carbónico y las deyecciones intestinales.

—Pero, papá, ¿qué dices ahí?

—El amor no es más que un exceso de nutrición.

—Ésas no son cosas tuyas, papá—exclamó con indignación la hijamenor.—Tú no eres capaz de inventar tales extravagancias. Eso viene delpelmazo de Moreno que, como no hay chica que le quiera, se vengadiciendo borricadas de nosotras.

—Las mujeres, hija mía—repuso Sánchez con toda la calma y la autoridaddel verdadero sabio,—no podrán jamás llegar a darse cuenta de estasprofundas verdades.

Yo he hecho mal en revelároslas sabiendo que hay unaimposibilidad física para que las entendáis. Si no lo tomaseis a mal, osdiría que vuestro cerebro pesa algunos gramos menos que el del hombrepor término medio.

—¿También dice eso Moreno? Pues tiene mucha razón. ¡Cómo no ha de pesarmenos mi cabeza que la de ese fenómeno! ¡Tendría que ver!

D. Pantaleón sonrió lleno de lástima, y con la flexibilidad peculiar delos grandes hombres se apresuró a llevar la conversación a otro asuntomás adecuado a la capacidad craneana del sexo femenino.

Toda la vida había sido un hombre excesivamente sensible. Su mujer sereía de la facilidad que tenía para llorar. La música era su pasión másviva. Para él no había placer comparable a escuchar en una delantera delparaíso del teatro Real con su hija Carlota, aficionada también a lamúsica, la Sonámbula o la Norma, o cualquier otra ópera del génerodulzón y pegajoso. Lloraba y moqueaba copiosamente en los pasajes máslíricos, avergonzando no pocas veces a su hija.

—¡Papá, que te están reparando!

—¡Qué quieres, hija mía, esto enternece a una roca!

Después de la música lo que más le placía eran los dramas y novelassentimentales.

Había visto infinidad de veces La huérfana de Bruselas, La aldea de San Lorenzo y La carcajada. Se sabía de memoria lacomedia Flor de un día y su segunda parte Espinas de una flor. Nuncale fue posible recitar aquellos famosos versos:

«Si oyes contar de un náufrago la historia, ya que en la tierra hasta el amor se olvida, etc.»

sin hacer pucheritos y que la voz se anudase en la garganta. Y llorabatambién como un buey con las aventuras de las costureras sentimentales yreinas afligidas de las novelas por entregas.

Pues bien, Moreno le infundió en seguida un desprecio supremo haciaestos lirismos que retrasaban la marcha de la humanidad en el caminodel progreso. Se avergonzó de haber empleado tanto tiempo en leer talesquimeras, cuando estaban ahí los hechos, los hechos constatados, laalbúmina, el ácido úrico, el almidón, en triste a injustificadoabandono. Y un día que se trató de la prensa en el café sostuvo con D.Dionisio Oliveros, el vate burocrático, una acalorada discusión.Entonces fue cuando profirió aquella frase felicísima que más tarde diola vuelta al mundo en alas de la fama.

—Ha concluido el reinado de los poetas y comienza el de los fisiólogos.Llegó la hora de arrancarse la toga y ponerse la blusa del operador. Elalma está hecha de sustancia gris, el corazón es un músculo encargado dedar movimiento a la sangre.

Y, sin embargo, después de escuchar tan grandes pensamientos, todavía D.Dionisio se obstinaba en escribir sonetos en la oficina.

Todos en la casa experimentaban los efectos benéficos de las corrientescientíficas que soplaban en el privilegiado cerebro del jefe de lafamilia. Pero la que los sentía más a menudo era Carlota por su buenapasta. Mario se sustraía cuanto le era posible; inventaba cualquierpretexto para irse; se hacía el ocupado. Si esto no daba resultado,escuchaba distraído las disertaciones fisiológicas de su suegro: al cabosolía dormirse beatamente en la butaca. Presentación era mucho másexpedita.

—Mira, papá, no me des más jaqueca con el ovario, la fecundación y todoeso. Son porquerías que no debo oír. El confesor me lo ha prohibido.

—Lo creo—respondía con acento profundo el sabio.—Pero si el confesortiene interés en mantenerte en la ignorancia, mi deber de padre meobliga a disipar las tinieblas en que vives. Has de saber que losespermatozoos...

—¡Dale! Te digo, papá, que no quiero saber eso.

—Son unos microrganismos dotados de movimientos rápidos...

—¡Vaya, esto es insufrible! Me voy a coser a otro lado.

Aquella rebelión contra la ciencia producía en Sánchez grave desaliento.¡Cuánto tiempo se necesita aún para que la humanidad marche exenta depreocupaciones por el camino de la experimentación! se decíatristemente.

Con su esposa no se atrevía a comunicar aquellos altos pensamientos quecontinuamente le embargaban. ¡Tenía un genio tan raro! No obstante,cierta noche, hallándose acostados, habló D.ª Carolina con admiracióndel talento y la bondad de una amiga suya que, dando lecciones por lascasas, mantenía a sus padres ancianos y a una caterva de hermanos. Lapobre, no teniendo tiempo a almorzar, llevaba algún fiambre en un papely se lo comía en el portal de cualquier casa. ¡Y a pesar de eso siemprecontenta y siempre ingeniosa!

D. Pantaleón se atrevió a decir con voz temblorosa:

—¿Sabes lo que es eso?

—¿El qué?

—¿Esa caridad y ese talento que te admiran?