El Origen del Pensamiento by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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—Puede ser—repuso Presentación sin dejar de mirar al frente.

—Estaba usted comprando unas enaguas.

—¡Enaguas!—replicó la joven con el acento más despreciativo que pudohallar.—

¡Vamos, debe usted tener los ojos en el cogote para confundirenaguas con chambras!

Timoteo quedó anonadado. Apenas pudo murmurar algunas frases de excusa.

Y he aquí por qué el violín se quejaba tan amargamente hacía pocotiempo, por qué arrastraba las notas de un modo tan lamentable.Presentía el infortunado que las chambras jamás deben confundirse conlas enaguas.

D.ª Carolina acudió generosamente al socorro de aquella desgracia.

—Los hombres no entienden nada de nuestra ropa, muchacha, y además,mirando por los cristales del escaparate no es fácil distinguir lo quese compra.

Timoteo le dirigió una mirada de carnero moribundo agradeciendo el cablede salvación. Pero convencido de que era inútil luchar contra untemporal tan deshecho, renunció a agarrarse a él.

D.ª Carolina era del mismo corte y figura que su hija Presentación, estoes, delgada, nerviosa y con unos ojillos vivos y penetrantes que losaños habían hundido y rodeado de un círculo oscuro y fruncido.

—¡Hija, ten un poco de educación!—añadió por lo bajo ásperamente,tratando al mismo tiempo de alargar la mano con disimulo para darle unpellizco corroborante.

Presentación separó las piernas instantáneamente y soltó una carcajadaque puso más nerviosa y más arrebatada a su mamá. Vivían ambas enconstante guerra. Sus genios eran igualmente vivos. Pero así y todo, nopodían prescindir la una de la otra y formaban dentro de la casa unpartido. Presentación era la preferida de su madre, como Carlota de supadre.

—Oiga usted, Timoteo—dijo de pronto la niña volviéndose hacia elviolinista con ojos risueños.—¿Qué era lo que usted tocaba hace poco?

—¿Lo último?... Un stornello titulado Día de sol.

—¡Qué bonito es!

—¿Le gusta a usted?—preguntó dilatando su boca para sonreír de talmodo que dejó estupefactos a los circunstantes a pesar de hallarseacostumbrados a los prodigios que la naturaleza solía obrar en sufisonomía.

—¡Muchísimo! Es precioso... precioso...

—¿Quiere usted oírlo otra vez?

—¡Ya lo creo!

—Pues lo tocaré, lo tocaré, Presentacioncita—dijo el artista lleno decondescendencia, rebosando de orgullo.

—El caso es—manifestó la maligna joven con tristeza—que nos vamos air pronto.

—Eso no importa. Voy a tocarlo en seguida... Verá usted.

Y se fue a buscar al pianista. Éste no parecía por ningún lado. Timoteodaba vueltas como loco por todos los rincones del café.

—Vamos—decía en tanto Presentación a su hermana,—el Día de sol noslibrará de la lluvia.

—¡Pobre chico! ¿Qué culpa tiene él de que se le escape lasaliva?—repuso aquélla sonriendo.

—¡Anda! ¿Y qué culpa tengo yo?—exclamó enfurecida la otra.

Mario rió la ocurrencia, irritado contra el violinista que le habíaimpedido extraviarse por la floresta. Romadonga la amenazó con el dedo.

—¡Niña! ¡niña!

—¿Qué le duele a usted, D. Laureano?

—A mí nada. A Timoteo es a quien le arden las orejas... Diga usted,¿cómo no han estado ustedes esta tarde en la Castellana?

—Eso cuénteselo usted a mamá.

—¿A mi, niña?—exclamó vivamente doña Carolina.—¿Qué estás ahídiciendo? ¿No sabes que tienes padre?—Y volviéndose hacíaRomadonga:—Pantaleón no ha querido que hoy fuésemos a paseo, sin dudatemiendo a la humedad por lo mucho que ha llovido estos días.

—Eso es... No lo he juzgado conveniente—corroboró D. Pantaleóndirigiendo una mirada tímida a su mujer.

Presentación hizo un mohín de desdén y se volvió hacia Mario y Carlota.Pero juzgando que era ya tiempo de dejarlos abandonados a sí propios,entabló conversación con una señora que se refrescaba con grosella en lamesa inmediata.

—¿Qué es eso, D.ª Rafaela, no lee usted hoy La Correspondencia?

—Ya la he leído, querida... No trae más que esquelas de defunción.

—¿Pues y la noticia del matrimonio de la infanta?

—No sé nada. Ya sabe usted que yo no leo más que los anuncios.

No era una señora en la acepción que se da usualmente a la palabra, nitampoco una mujer del pueblo. Participaba de ambas clases. No gastabasombrero ni mantilla, pero el mantón alfombrado que cubría sus hombrosera riquísimo; el vestido, de seda pura; en los dedos y en las muñecassortijas y brazaletes de valor y en las orejas dos orlas de brillantescon zafiro en el medio; todo lo cual pregonaba que, si D.ª Rafaela novestía de señora, no era seguramente por falta de dinero.

Nadie lo ponía en duda, D.ª Rafaela poseía en la calle de Hortaleza uncomercio de antigüedades que en otro tiempo había sido prendería y aúnlo era cuando le venía bien. Unas veces predominaban los objetosantiguos, otras los viejos. Como complemento indispensable de talnegocio, D.ª Rafaela prestaba con usura. Hallaríase entre los cincuentay sesenta años. Gruesa, morena, de facciones abultadas y con un extensolunar de pelos largos, cerdosos, en la mejilla derecha, cerca de laboca. Vivía sola con una sobrina a quien dejaba cerrada en casa mientrasacudía invariablemente todas las noches a tomar un vaso de grosella y aleer la cuarta plana de La Correspondencia. Era campechana, servicialy sencilla hasta la simpleza, pero en sus negocios de prendera yprestamista mostrábase inflexible y astuta como pocas.

—Acérquese un poquito si ha concluido de tomar su grosella.

D.ª Rafaela trasladó su silla cerca de la joven y en seguida se pusierona departir amigablemente en voz baja. Claro está que el tema de suplática fue el acontecimiento de la noche, la presentación de Mario a lafamilia de Sánchez.

—Al fin parece que eso lleva buen camino. Me alegro mucho... mucho. Nodeje de decírselo a su mamá, y que sea para bien. Es un chico muydecente, y si tira a su padre... ya ve usted... Por supuesto queCarlota, por lo guapa y bonachona, merecía un infante de Ingalaterra...Pero, hijita, los tiempos no están para andar a escobazos con loshombres. Así se lo digo muchas veces a la gazmoñita de mi sobrina, quehace melindres al vidriero de la esquina... Ahora, si usted me preguntami sentir, le diré que el que más me gusta de esa cuadrilla que sesienta en el rincón es aquel muchacho rubio que llaman Godofredo. No esque tenga que decir ni pensar nada malo de éste.

Al contrario, me parecebastante formal y simpático; guapo no lo es... ¿para qué más de laverdad?... pero el otro... el otro es una alhaja, un bendito... ¡Si leviese usted, como yo le veo muchos días, comulgar en San Antón!...Vamos, que enternece hallar un chico tan humilde y devoto ahora en que atodos les da por despreciar las cosas santas y decir mil borricadas yescandalizar a las personas honradas. A veces se pasa media hora y másde rodillas delante del altar de la Virgen... Hijita, ¡qué feliz será sumadre! Y la mujer que le lleve bien puede decir que no tiene queenvidiar a ninguna duquesa.

Presentación se ruborizó levemente con estas palabras y dirigió unamirada rápida hacia el rincón, tropezando sus ojos vivarachos con lossuaves y místicos de Llot, que estuvieron posados buen rato sobre ella.D.ª Rafaela lo advirtió bien, y adoptando un semblante enteramentepicaresco, le dijo bajando aún más la voz:

—Ya sé, ya sé, querida, que usted y él... ¡vamos!... Apriete, hijita,apriete, y que no se escape, que bien merece la pena... Al que no puedover ni en pintura es a aquel otro que se come los periódicos, aquel delas barbas y las gafas...

—¡Ah, sí, Moreno!...

—¡Un moreno bien desaborío!... tan desgarbadote y tan sucio... Creo queno tiene más gusto que escandalizar a ese pobrecito de Godofredo.¡Desalmadote! ¡pordiosero!

¡Puhá!

Y miraba al mismo tiempo con ojos coléricos a la mesa donde AdolfoMoreno seguía enfrascado en la lectura, muy lejos de pensar que en aquelinstante excitaba la cólera de la prendera.

Mario y Carlota habían desaparecido, no corporalmente, pero sí enespíritu. Timoteo gemía y se lamentaba amargamente, por conducto de suviolín, de que la niña menor de Sánchez se hubiese vuelto de espaldas yhablase tan animadamente con la señá Rafaela, sin cuidarse para nada del Día de sol ni de su intérprete. D.ª Carolina decía a Romadongamientras su marido se atusaba gravemente el triste y pacífico bigote:

—No necesito decirle, Sr. Romadonga, que entiendo perfectamente laintención con que su amiguito se ha hecho presentar por usted estanoche. Sabía hace tiempo que Carlota y él se miraban con buenos ojos, ycuando lo supe yo lo supo éste, porque yo no tengo costumbre de ocultarjamás nada a mi marido. Le pregunté si le parecía mal el muchacho. Medijo que no, y entonces pensé: bueno, pues que corra el agua por dondequiera. El otro día me dijo Carlota: «Mamá, ese chico desea serpresentado.—¿A mí qué me cuentas? le respondí. Díselo a tu papá.—Esque yo no me atrevo... Si tú te encargases...—Está bien, hija, para míhan de ser todos los apuros.» Y armándome de valor me atreví a decírseloa éste. Crea usted que temblaba como una hoja, porque no sabía cómo loiba a tomar; tenía miedo que me echase con viento fresco.Afortunadamente, estaba de buen humor aquel día, ¿verdad, querido?

D. Pantaleón bajó los párpados, manifestando de este modo solemne yaugusto que su esposa no se equivocaba acerca del estado de su espírituen aquella ocasión.

—Me respondió que no tenía inconveniente en que lo presentasen con talque fuese por medio de una persona respetable. ¿Te parece bien D.Laureano?—

Perfectamente.—Pues ya está hecho. Ahora no nos resta másque darle a usted las gracias por la molestia que ha querido tomarse.

Romadonga levantó la mano para alejar de sí aquellas gracias que nomerecía, y volvió la cabeza para mirar a la hermosísima chula, que enaquel instante se levantaba del asiento para marcharse. Al pasar junto aellos D. Laureano le dijo familiarmente:

—Adiós, Concha: hasta mañana.

—Buenas noches—respondió ella sonriendo tímidamente.

Su padre se llevó la mano al sombrero. Romadonga siguiola con la vistahasta que desapareció por la cancela. Antes de trasponerla Concha sevolvió a medias y le echó una rápida mirada de latiguillo. Lo cual lepuso de tan excelente humor, que desde entonces no cerró boca yconsiguió tener suspensos y embelesados con su charla insinuante lomismo a D. Pantaleón que a su esposa.

Pero la noche corría. Habían sonado ya las once y media, hora en queaquella respetable familia tenía por costumbre retirarse. Doña Carolinase inclinó hacia el oído de su hija Carlota, y le dijo en voz baja,aunque no lo bastante para no ser oída de Mario:

—Por mi gusto, querida, estaríamos aquí un ratito más; pero ya ves, tupapá acostumbra a retirarse a esta hora... y ahora más que nuncanecesitamos tenerle contento, ¿verdad?—añadió con un guiño picaresco.

Luego, volviéndose a su marido:

—Pantaleón, nos iremos cuando tú lo ordenes.

—Bien, pues vámonos ya—respondió el venerable jefe de la familialevantándose de la silla.

Los demás le imitaron. La señá Rafaela y Romadonga manifestaron quetambién se iban. Mario no se atrevió a acompañarlos, aunque bastantesganas se le pasaron. La despedida fue tímida y significativa por partede Carlota, franca y afectuosa por la de su hermana, propia de unafutura hermana política; por la de D.ª Carolina maternal, aunquetemplada por el respeto que le merecía la autoridad de su marido; y poréste tan cortés, tan suave, tan condescendiente, que Mario se mostróhondamente conmovido, y apenas pudo articular con voz temblorosa algunaspalabras de ofrecimiento.

Quedó solo al fin. El corazón no le cabía en el pecho. Permaneció uninstante inmóvil contemplando la puerta, por donde acababa dedesaparecer, la última, su gentil Carlota. Y bajando de pronto desde lasnubes de oro y rosa donde se mecía a esta tierra prosaica, se dirigió ala mesa del rincón, donde sólo se hallaba ya Adolfo Moreno. El salto nopodía ser mayor. Moreno era, en sentir de Mario, el ser más distante dela poética idealidad que en aquel momento inundaba su espíritu, el menosa propósito para recibir la confesión de sus impresiones. Sin embargo,eran éstas tan vivas, tan avasalladoras, que si no se desahogaba prontode ellas, era de temer una congestión. Sentose enfrente de su amigo,pidió un vaso de leche y esperó a que aquél, en gracia del trascendentalacontecimiento que acababa de efectuarse, se dignase hacerle algunaspreguntas. Nada. Moreno había dejado los periódicos políticos y leía conatención uno ilustrado que andaba siempre de mesa en mesa metido en unacarpeta sucia y despellejada. Mario no pudo más. Comprendía que era unahumillación, pero no tenía fuerzas para resistir al anhelo deconfesarse.

—Adolfo.

—¿Qué hay?—respondió éste sin apartar la vista del periódico.

—Dame la enhorabuena.

Al pronunciar estas palabras se ruborizó.

—¡Ah, sí!—exclamó el otro alzando la cabeza y mirándole con sonrisaentre burlona y benévola.—Al cabo has logrado la dicha de sentarte a lamisma mesa que D.

Pantaleón Sánchez.

—Como tú comprenderás, Adolfo, lo que menos me importa a mí es D.Pantaleón.

Lo que me interesaba, y mucho, era hablar con su hija. Nopuedes figurarte la impresión que he sentido. Ya sabes que estabaenamorado, ¡pero de verdad! Pues bien, ahora lo estoy mucho más, cienveces más. ¡Qué mujer tan simpática! ¡Qué tranquilidad, qué dulzurarespiran todas sus palabras y movimientos! ¡Qué timbre de voz tandelicioso! Parece que viene impregnado de la claridad y armonía quereinan en su alma. Es una voz que suena más en el corazón que en eloído, que nada dice a los sentidos, que despierta el anhelo de lasalegrías íntimas y serenas del hogar; una voz hecha como los bálsamospara curar las heridas que el mundo nos infiere... Nada nos hemos dichode nuestro amor, pero en el brillo de sus ojos, en el cuidado con queevitaba el mirarme, he gustado más dicha que si me prometiese amarmeeternamente. El único signo que advertí de su emoción fue cuando le dila mano al acercarme. ¡Qué encarnada se puso la pobrecita!

Moreno continuaba sonriendo con la misma condescendencia, mientras suamigo se desahogaba tan fogosamente. Al cabo le atajó.

—No te forjes muchas ilusiones por eso del rubor ni te subas altrípode. El rubor es un fenómeno muy prosaico, querido. No significa másque un cambio de la circulación sanguínea. Las arterias, al aumentar odisminuir de diámetro, enrojecen la piel o la hacen empalidecer. Ni tevayas a figurar que sólo las vírgenes se ruborizan, o que sea estefenómeno privativo del ser humano. Los animales también se enrojecen. Elconejo es un animal tan sensible que con la más leve impresión se tiñende carmín sus orejas, y se ha observado que los conejos jóvenes seenrojecen más fácilmente que los viejos.

Mario quedó acortado. Le miró fijamente con ojos de asombro y al finmurmuró entre triste y colérico:

—Pero, Adolfo, ¡por Dios! ¿qué tienen que ver ahora los conejosjóvenes?...

—No... yo no quería decirte... Es simplemente un dato fisiológico.

Recobrose el joven y volvió a coger el hilo de sus impresiones. Las ibanarrando con entusiasmo, de un modo incoherente, como si estuviese solo.Tal vez comprendía vagamente que lo estaba; porque Moreno, a juzgar porsu mirada distraída y su continente reflexivo, debía de hallarse enaquel momento meditando sobre algún oscuro problema de la morfología.

Después de describir y pesar una por una las gracias de Carlota ycolocarla sobre un rico pedestal de mármol ornado de bajos relieves deFidias, por encima de todas las mujeres de este mundo, casi a la alturade la Niobé de Praxíteles, vino a soñar despierto, a pintar de un modoplástico la única dicha a que aspiraba uniéndose a ella...

—No soy hombre de grandes ambiciones, Adolfo, bien lo sabes. Para serfeliz, no necesito más que cariño, sosiego y un mediano pasar. Uncuartito al Mediodía con ventanas al campo aunque esté sobre el tejado;una mujercita sana, risueña, que venga a abrirme la puerta; oírlateclear después de comer alguna sonata de Beethoven... y que me dejenlibre alguna hora para modelar cualquier muñeco. Estoy solo en elmundo.

Apenas he conocido a mi madre. Mi padre se esforzó toda la vidaen hacerme menos terrible esta pérdida. ¡Dios le bendiga por ello! Peroel amor de una madre es insustituible, no tanto por lo vivo y profundo,sino por lo que tiene de femenino. El hombre necesita en todos losmomentos de su vida del amor de la mujer; primero de la madre, luego dela esposa, más tarde de la hija. Además, el hombre sin familia no secomprende; es un ser incompleto, absurdo, está fuera de la naturaleza.

—Permíteme, querido—manifestó Moreno extendiendo la diestra consolemnidad y acentuando aún más la superioridad de su sonrisa.—Más valeque no te metas a definir las leyes de la naturaleza. Esas cosas hay queestudiarlas con atención y tú no creo que te hayas entretenido hastaahora en ello. El que la familia sea una ley natural y que no podamospasar sin ella me parece una de tantas afirmaciones gratuitas comosientan los metafísicos. No se apoya en ningún dato experimental. Entrelos Bochimanos no existe la familia; entre algunos pueblos polinésicostampoco... En cambio se encuentra algo semejante establecido entreciertos monos ordinarios. Y desde luego entre los antropoides. Elchimpanzé y el gorila suelen constituir familia.

La exhibición de este preciosísimo dato le dejó tan satisfecho que, enel exceso de su alegría, tosió dos o tres veces de un modo modesto,indicando que estaba dispuesto a rechazar toda enhorabuena. Actocontinuo echó mano a la botella de agua, se escanció un vaso y lo apurólentamente con majestuoso ademán, a fin de serenarse.

Mario le contemplaba fijamente.

—Mira, Adolfo—dijo al fin procurando reprimir la indignación,—yonunca he dudado de tu ciencia. Reconozco que sabes mucho más que yo, yaunque a mí no me interesen gran cosa los Bochimanos, les concedo todala importancia que tú quieras, por más que tú mismo dices que son unossalvajes... Pero, francamente—añadió poniéndose fuertemente colorado yclavando una mirada colérica en la mesa,—eso de que hablándote yo de miamor por Carlota, que es un ángel bajado del cielo, me saques a relucirel gorila y el chimpanzé, no es decente... no es decente... ¡vamos, queno es decente!

III

Vivió desde aquella noche memorable en un estado de exaltación próximo ala locura. En su casa dejó de ser, con sorpresa de la patrona, elhuésped silencioso, tolerante, que ésta se complacía en ofrecer demodelo a los demás. Se mostró impaciente, huraño, imperioso; armaba conla criada cada pelotera que la vajilla retemblaba con los apóstrofes;todo porque le había servido el almuerzo diez minutos más tarde de loque le había ordenado, o no había podido llevarle el sombrero aplanchar. De igual modo andaba constantemente a la greña con laplanchadora sobre si los puños, sobre si los cuellos, y con la camarerasobre si las botas, sobre si el botón de la levita. La misma D.ª Romana,su respetabilísima patrona, a pesar de su continente digno y talentopersuasivo, no se libraba de las amargas recriminaciones del joven, y aveces de sus violentísimos apóstrofes.

—Pero, D. Mario—decía la diplomática señora mientras los ricitospostizos de su cabeza se agitaban con elocuencia,—¿cómo quiere ustedque la comida esté sazonada o no se la sirvan fría, cómo quiere ustedque le tenga el cuarto arreglado a tiempo ni las cosas a punto, si desdehace una temporada no tiene hora fija para nada; tan pronto se le ocurrealmorzar a las once como a las dos, unas veces se levanta a las siete dela mañana, otras duerme hasta las tres de la tarde? Y sobre esto, loscriados siempre en danza, a casa del sastre, del camisero, a llevarcartas y recados a la calle de Ramales.

Era el mismo Evangelio lo que la buena señora alegaba. Los tirabuzonessujetos a su frente lo corroboraban con vivos movimientos detrepidación. Mario cometía estos desórdenes y otros más. La causaestaba en la calle de Ramales, bien lo sabía D.ª

Romana; pero no seatrevía a expresarlo, aunque lo indicaba recalcando un poquito lapalabra. Es decir, no estaba en la calle de Ramales. Donde estabarealmente era en el cerebro exaltado del joven escultor. Porque ¿quéculpa tenía Carlota de que se levantase a las seis de la mañana,habiéndole dicho la noche anterior que oiría misa a las diez en elSacramento? ¿Ni por qué pedía a grandes voces el almuerzo a las once, sile constaba que hasta las dos lo menos no había de salir de tiendas D.ªCarolina con sus hijas? Tampoco era Carlota responsable de que nuestrojoven perdiese la razón al ver una minúscula arruga en el planchado delos puños o las botas sin el conveniente brillo, porque no tenía lacostumbre de reconocer minuciosamente ni los puños ni las botas de sunovio. Es más, aunque advirtiese la arruga del planchado o la opacidadde las botas, era tan bonachona que se lo perdonaría sin gran esfuerzo.

Al principio nuestro joven iba dos veces por semana a pasar un ratitodespués de la oficina a casa de D. Pantaleón. Poco después, un día sí yotro no; luego, todos los días.

Esto sin perjuicio de verse y hablarsediariamente en el café del Siglo y de las salidas extraordinarias a misay a tiendas, en que casualmente se tropezaban. Pero no bastaba todavíaa calmar las ansias amorosas del escultor. Todavía ideó el acudirtambién algunas mañanas a casa de su novia con diferentes pretextos;luego descaradamente y todos los días. De modo que, lo que decíaconfidencialmente D.ª Carolina a la señora Rafaela:—Hija, estosmuchachos no me dejan tiempo para arreglar mi casa ni para vigilar lacocina; no puedo cepillar la ropa a Pantaleón, no puedo escribir unacarta, no puedo hacer una visita. ¡Siempre clavada a la silla en elgabinete! Luego, si Presentación me ayudase un poco a soportar la carga;pero ¡que si quieres!

En efecto, cuando por algún apuro imprescindible D.ª Carolina la llamabapara que se estuviese al lado de los novios, mientras ella permanecíafuera, Presentación levantaba los brazos al cielo exclamando:

—¡Dios mío, qué pecado habré cometido para desempeñar tan joven estospapeles!

Y si la señora tardaba mucho, se escapaba diciendo:

—No puedo más. Dispensadme. Cuidado con ser buenos.

En vano la pobre Carlota le gritaba ruborizada:

—¡Niña, niña! ¡Por Dios, no marches!

—No puedo más—repetía huyendo,—no puedo más. La carga es superior amis fuerzas.

D.ª Carolina, por estas y otras contrariedades, tenía frecuentes accesosde mal humor; gritaba a sus hijas, las llenaba de improperios; a veces,de esta marejada salpicaba también alguna espuma a Mario. Pero no sedaba por ofendido; al contrario, sentía cierto deleite en que la mamá desu adorada le reprendiese, le tratase con tal excesiva confianza: leparecía que de tal modo se acortaba cada vez más la distancia quemediaba para ser su hijo.

Pero la gran dificultad para esto y para todo en aquella casa era D.Pantaleón. No lo parecía. Mario hallaba en él un hombre grave, perodulce, afectuoso, de una cortesía exquisita. Apenas se le sentía en lacasa. Sin embargo, D.ª Carolina, a quien trasmitía sus órdenes, estabasiempre pendiente de ellas, y no daba jamás un paso sin consultarle ypedirle la venia. Así que nuestro joven, a fuerza de sentir suinfluencia en todos los momentos sin escuchar su voz, sin ver el ademánimperativo de su diestra, había llegado a profesarle un respetoprofundísimo, una veneración sin límites, contemplando su caraenigmática y misteriosa como la de un dios impenetrable.

Cuando letropezaba por los pasillos de la casa, y sucedía bastantes veces, porqueel Sr.

Sánchez era muy dado a pasear por ellos con zapatillas, le dabaun vuelco en el corazón y le saludaba con una turbación que, lejos dedisminuir, aumentaba cada día.—He aquí el hombre—se decía al apartarsede él—en cuyas manos se encuentra mi felicidad o mi desgracia.

La influencia de D. Pantaleón se sentía en todos los momentos y seextendía a los pormenores más insignificantes de la vida doméstica. Parasalir a tiendas, para ir a paseo, para comprarse unas botas, parasuscribirse al periódico de modas, para cambiar de panadero, senecesitaba acudir a su autoridad suprema. Mario la encontrabaasfixiante, pero se sometía.

La vida de aquel déspota no podía ser más sencilla. Levantábaseinvariablemente a las nueve de la mañana, y después de desayunarseterminaba la lectura de La Época, que había comenzado la nocheanterior. La leía toda, hasta el folletín y los anuncios, encerrado ensu habitación, sin que bajo ningún pretexto consintiese D.ª Carolina quese le fuese a interrumpir. Esta escrupulosidad concienzuda aplicada a lalectura de un periódico, que ordinariamente suele hacerse a la ligera,¿no es indicio de un carácter reflexivo a investigador, de unainteligencia firme y ansiosa de nutrirse? El curso de la presentehistoria lo dejará cumplidamente demostrado. Aquella lectura, trivialpara la mayor parte de los hombres, despertaba en el cerebro de Sánchezcopiosa serie de pensamientos graves o frívolos, según su orden.

Para meditarlos, para clasificarlos, para extraerles el jugo, se salíaal pasillo, y envuelto en su bata alfombrada y provisto de silenciosaszapatillas suizas, paseaba grave y acompasadamente hasta la hora dealmorzar. Después del almuerzo y de reposar algunos minutos, se salía adar un largo paseo contemplativo por el Retiro.

Cualquiera que le vieserecorriendo lentamente, con las manos atrás y la cabeza inclinada haciala izquierda, los arenosos caminos del Parque, diputaríale por unocioso, un militar retirado, un propietario, algo, en suma, vulgar yhasta inútil en la sociedad. ¡Cuán engañosas son las apariencias! Algoasí pensaban los habitantes de la ciudad de Heidelberg cuando el granEmmanuel Kant cruzaba de paseo con su paraguas bajo el brazo. Y si lehallasen sentado en un banco frente al Estanque grande, inmóvil, con lamirada fija, tal vez imaginaran que aquel hombre no pensaba en nada.

Yasí era, en efecto. D. Pantaleón en aquellos momentos tenía elpensamiento tan inmóvil como su cuerpo; yacía entregado a una sensaciónde bienestar animal, que inundaba su ser como una ola tibia y loparalizaba. Muchas veces duerme así el espíritu cuando se prepara a unaactividad enérgica, como el luchador que reposa para disponer de toda lafuerza de sus músculos. El genio dormía en el fondo de su alma, sin quenadie, ¡nadie! ni él mismo, sospechase su presencia.

D. Pantaleón Sánchez no era rico. Sólo tenía un pasar adquirido en elcomercio de géneros de punto a fuerza de economías y privaciones. Y aquísalta una observación, que merece ser expresada, es a saber: que casininguno de los hombres que han influido poderosamente sobre sussemejantes o han dado impulso y dirección al progreso dispusieron degrandes bienes de fortuna. Después de traspasar la tienda al primero yúnico de sus dependientes, sólo poseía en valores del Estado una rentade ocho a diez mil pesetas. Gracias al orden y economía de su fielesposa podían vivir cómoda y decorosamente.

A los quince días de entrar en la casa ya nuestro joven escultor ardíaen deseos de formar parte integrante de la familia. Pero no se atrevióa expresarlo sino de un modo indirecto y vago, y con las mejillascoloradas, a Carlota, que a su vez le respondió, ruborizada también, que«no se pensase todavía en aquello.» Pero ambos siguieron pensando, cadacual por su lado; de tal suerte, que si sus bocas estaban calladas, selo decían a todas horas con los ojos. Cuando estaban juntos y sequedaban algunos instantes silenciosos con la mirada extática, bienpodría apostarse doble contra sencillo a que ambos pensaban en aquello.

Un día, después de larga pausa, dijo Mario repentinamente:

—¿Por qué no se lo dices a tu mamá?

—No me atrevo. Díselo tú—respondió la joven anudando naturalmente latácita conversación que sus pensamientos mantenían hacía tiempo.

—¡Oh, si yo me atreviera!

Hizo coraje algunos días: al fin se atrevió. ¡Cuánta duda, cuántavacilación antes que las abrasadoras palabras saliesen de sus labios!

Estaba D.ª Carolina subida encima de una silla sujetando un visillo delbalcón.

Carlota había salido en busca de tijeras. Sin saber cómo,aprovechándose tal vez de que la buena señora se hallaba de espaldas yno podía anonadarle con una mirada fulgurante, dijo con voz bastanteentera:

—D.ª Carolina, cuando usted termine ahí voy a darle un susto.

—¿Un susto?—repuso la señora volviendo la cabeza con sorpresa.

—¡Sí, un susto!—repitió el joven sonriendo alegremente, cada vez másanimado.—

Pero no tenga usted miedo. Es un susto puramente moral.

—¡Bueno!—exclamó en actitud vacilante, sonriendo también.—No sé quéserá...

Voy a concluir.

En los breves instantes que duró la operación tuvo tiempo a perder todoel valor que había mostrado. De suerte que cuando D.ª Carolina se bajóde la silla, con la misma ligereza que una niña, y se volvió, encontrosecon un hombre desencajado, tembloroso, que daba pena mirarle.

—Usted me dirá... ¿qué susto es ése?

—¡El que yo tengo!—debió responder Mario, pero no lo dijo. Limitose allevarse la mano a la boca para toser, sin gana por supuesto, y profiriócon trabajo:

—Si a usted le parece, podemos sentarnos.

—Con mucho gusto. Nada nos darán por estar de pie.

D.ª Carolina aparentaba indecisión y sorpresa que no sentía. No senecesitaba ser lince para comprender de qué se trataba.

—Debo ante todo... Cuando tuve el honor de ser presentado a ustedes...Sentiría muchísimo...

No hallaba medio de tomar la embocadura. Estaba cada vez más turbado. Enaquel momento apareció en la puerta Carlota. Al ver su encantadorafigura, de formas elegantes y redondeadas, sus ojos animados, susmejillas frescas adornadas de un par de hoyos como dos nidos de amor,sus labios de cereza, una verdadera rosa, en fin, de carne y hueso,recobró de pronto todo el aplomo y dijo con voz segura:

—Me alegro de que venga Carlota y escuche lo que le voy a decir...

Carlota se acercó. En la actitud de su novio adivinó en seguida lo quepasaba.

—Pues bien, señora, lo que tengo que manifestar a usted es que, lomismo Carlota que yo, deseamos casarnos cuanto más antes.

—¡No, no! ¡yo no!—exclamó la joven encendida en rubor y echando acorrer.

D.ª Carolina se mostró sorprendidísima.

—¡Pero eso es un escopetazo, Costa! Razón tenía usted en decir que meiba a dar un susto. ¡Ave María Purísima! ¡Quién había de pensar!...

Y por algunos momentos no dejó de hacerse cruces y proferirexclamaciones.

Repuesta al fin un poco, llamó a Carlota.

—¡Niña, no seas ridícula, ven aquí!

Y en voz baja añadió:

—¡Pobrecilla! La ha puesto usted en un apuro.

Vino Carlota hecha una rosa de Alejandría por lo roja y por lo hermosa.Sentáronse los tres en el sofá, la mamá en el medio, y cogiendoamorosamente las manos de su hija y mirando a Mario de reojo, se expresóde esta manera:

—A pesar del susto, no le guardo rencor. Me esperaba que algún díahabía de suceder esto, aunque, a la verdad, no tan pronto. Mentiría,Costa, si le dijese que no me es usted muy simpático y hasta que lequiero ya como cosa propia. No tiene nada de particular. Basta que unapersona quiera a mis hijas para que la adore yo. Lo que mis hijasdesean, eso es precisamente lo que a mí me complace. Soy una débilcriatura sin voluntad propia; todo el mundo lo sabe. ¡Hablarme a mí deque desean casarse!...

¿Para qué? De antemano tienen ya miconsentimiento para eso como para todo lo que se les antoje. Mi carácteres así. Aunque me parezca prematuro el matrimonio y que convendríaesperar algo más, porque usted no se halla, desgraciadamente, enposición de sostener las cargas de una familia, no lo puedo remediar...Por mí, mañana mismo les echa la bendición el cura. Es una desgraciatener este carácter, señor Costa, créame usted. Mis amigas me dicen conrazón: «Tú no eres una mujer, Carolina, eres un trapo.» ¿Y qué le vamosa hacer? Cada cual es como Dios le crió. De todos modos, le agradezcoen el alma que haya contado conmigo... Demasiado sé que es puragalantería, pero lo agradezco... Vamos ahora a lo más principal, mejordicho, a lo único principal que hay en este negocio. ¿Quién se lo dice aSánchez? ¿Quién le pone el cascabel al gato?

—Mamaíta, díselo tú—manifestó Carlota, cuyas mejillas no habíanperdido su vivo color rojo.

—¿Lo ve usted?—exclamó la buena señora, volviendo el rostro lleno dedulce condescendencia hacia Mario.—¡Cuando yo lo decía!... Bien, hijamía, bien; yo se lo diré... Para mí será el desaire si lo hay. Prefierosufrirlo yo todo. Y para que vean ustedes adónde llega mi complacencia,ahora mismo se lo voy a decir; ahora que está solo en su cuarto... ¡Ea,valor!

D.ª Carolina se alzó del sofá y dio tres o cuatro pasos.

—¡Si supieran ustedes cuánto lo temo!-dijo parándose.—No lo puedoremediar; siempre que voy a decir algo importante a Pantaleón, me sucedelo mismo, me pongo temblorosa; toda me aturrullo... Mire usted cómo metiembla la mano, Costa.

Mario apretó la mano de su futura suegra, pero no pudo comprobar eltemblor. Lo único que advirtió es que estaba fría.

—Sí, sí—dijo galantemente,—y además está fría.

—¡Friísima!... Lo mismo me pasa siempre... Vaya, armémonos de valor.Voy antes a beber una copita de Jerez para criar fuerzas... Hasta luego,hijos míos, hasta luego y

¡buena suerte!

Todavía desde la puerta se volvió con semblante risueño, radiante decondescendencia.

—¡Cómo me late el corazón!—exclamó llevándose la mano alpecho.—¡Adiós!

¡Buena suerte!

A quien le latía hasta querer saltársele del pecho era al pobre Mario.No se atrevió a mirar a Carlota. Tampoco ésta volvió su rostro hacia él.Felizmente vino a sacarlos del apuro la bella Presentación. Entró seria,ceñuda y, sentándose cerca del balcón, exclamó con un suspiro:

—¡Ea! ¡Ya estoy en funciones!

Lo mismo Carlota que su novio no pudieron menos de sonreír.Trascurrieron algunos minutos en silencio.

—Pero vamos a ver—profirió después volviéndose airada haciaellos,—¿cuándo me van ustedes a dejar en paz? ¿Se quieren ustedes casarpronto, empachosos?

—De eso se trata—respondió gravemente Mario.

Y como la joven le mirase sorprendida, su hermana añadió tímidamente:

—Mamá se lo está comunicando en este momento a papá.

La cara de Presentación expresó un gozo sincero.

—¿Es de veras? ¡Cuánto me alegro, hermana de mi alma!—exclamólevantándose y abrazándola con efusión.—¡Toma un beso, toma dos, tomaveinte!... Sea enhorabuena.

Démela usted a mí también, Costa, y pídameperdón por las mil iniquidades que ha hecho conmigo... ¡Qué gusto,Virgen de Atocha!... Ya concluyeron las centinelas.

Ahora son ustedeslos que me van a guardar a mí. ¡Y que no te voy a dar poca tarea,Carlota! Me vas a sacar a paseo todos los días, ¿sabes? todos, sinfaltar uno. Y

por la mañana me llevarás a misa... y después... despuésunas vueltas entre calles para lucir este cuerpecito...

Daba saltos de alegría y batía las palmas la revoltosa niña, tanto porla perspectiva de aquella bienandanza como por ver a su hermana feliz;porque en el fondo no era mala, aunque Timoteo la apellidase casi todaslas noches ingrata y orgullosa con el violín.

Mas he aquí que en lo más recio de esta alegría turbulenta aparece D.ªCarolina.

Nada más que con mirarla comprendieron Mario y Carlota lo quehabía. Traía la cara larga, larga como si viniese de un entierro. ¡Ay,sí, el entierro de las esperanzas de Mario! Mientras se acercabalentamente hacia ellos ejecutó un sinnúmero de muecas y visajes,expresando alternativamente el dolor, la protesta y la resignación.Sentose de nuevo en silencio entre los dos, y en silencio también y conrara energía apretó las manos a Mario fijando en él al mismo tiempo unamirada de indefinible tristeza.

—No se apure, señora—exclamó éste haciendo de tripas corazón,esforzándose por sonreír.—¿No puede ser? Lo siento muchísimo; pero lomismo Carlota que yo sabremos tener calma y esperar con paciencia.

D.ª Carolina se llevó el pañuelo a los ojos como si quisiera llorar.

—¿Qué es eso? ¿No hay boda?—preguntó Presentación; y, levantándose conademán desabrido, añadió:—¡Bah, bah! La culpa ya sé yo de quién es.

No hubo más remedio que resignarse. Don Pantaleón hallaba prematuro elmatrimonio. Los hombres, según decía su esposa, miran las cosas de unmodo prosaico; se fijan en el porvenir, en las necesidades yobligaciones que trae consigo; todo lo ven de color negro. Nosotrasprocedemos de otro modo, por entusiasmo, por cariño; cuando se nosinteresa el corazón no queremos ver las dificultades. Por mi parte,aunque no tuviese usted empleo ninguno, aunque fuese un pobre de lacalle, bastaría el afecto que le tengo para que le entregase a mi hijasin reparar en nada.

IV

Esperaron, pues, pacientemente a que Sánchez se ablandara. La vidasiguió deslizándose en la misma forma que antes, creciendo de día en díala confianza y el cariño entre nuestro joven y la familia de su novia.No salía de la casa. Cuando iban a paseo por Recoletos, Mario y Carlotamarchaban delante y detrás D.ª Carolina y Presentación. Al poco tiempotodo Madrid los conocía. «Ahí vienen los novios,» se decían lospaseantes al verlos. Entre algunos chistosos comenzó a llamárseles Ipromessi spossi. Y como suele suceder, al cabo de algunos mesesllegaron a aburrir a la gente. ¡Pero, señor! ¿cuándo se casan estoschicos?

D.ª Carolina consintió al fin, a ruego de Mario, en tutearle, y hastallevó su condescendencia a permitir que la llamase mamá, todo en secretopor supuesto y cuando Sánchez no se hallaba presente. Un día que delantede éste se le escapó llamarle de tú, ¡Jesucristo, lo colorada que sepuso la buena señora! Mario estaba hechizado; la adoraba.

Pocos meses después acaeció un cambio en la política. Cayó el ministerioy se formó otro nuevo. El ministro de Ultramar saliente se acordó deMario por la amistad que había mantenido con su padre y le dejóascendido en lo que se denomina en términos burocráticos testamento.Tenía diez y seis mil reales de sueldo. D.ª Carolina mostró al saberlouna alegría verdaderamente maternal. Tanto que a los pocos días le llevósigilosamente hacia un rincón y le dijo con misterio que si se lopermitía iba a dar

«otro tiento» a Sánchez: desconfiaba bastante deléxito, pero iba a hacer un esfuerzo supremo... «Ya veríamos.»

En el pecho del joven escultor renacieron súbito las esperanzas. Se pusotan nervioso, que la bondadosa señora, para completar su caritativaobra, mostrose propicia a ir en aquel mismo momento al cuarto del severoesposo. Mario no pudo contenerse; poco menos que la hizo salir aempujones de la habitación. Ella sonreía dulcemente llamándole loco.

¡Qué zozobra! ¡qué congojas las de los novios mientras permaneció porallá! Llegó a tal extremo, que Mario ¡pobre muchacho! consintió en rezarcon Carlota algunos padres nuestros para obtener un resultado favorable.

El cielo escuchó sus oraciones. D.ª Carolina se presentó al cabo demedia hora radiante de dicha. Y antes de que saliese una palabra de suslabios, corrió hacia su hija y la abrazó estrechamente derramando untorrente de lágrimas. Después hizo lo mismo con Mario. Éste experimentótan fuerte emoción, que quiso volverse loco. Lloró, rió, bailó, besó lasmanos a su futura suegra llamándola madre, prometiéndole amarla yobedecerla siempre como un hijo sumiso; en fin, mil ridiculeces queharán sonreír a todo el que no haya estado de veras enamorado.

Desde entonces no se habló más que de la boda. Comenzaron a comprar laropa blanca; esto es, comenzó el único período de la existencia quepuede dar idea aproximada de lo que acontece en el cielo. Esta memorableetapa de la ropa interior ejerció tal influencia en la felicidad deMario, que muchos años después, al pasar delante de un bazar de ropablanca y ver colgadas en el escaparate algunas enaguas y camisas deseñora, aún sentía latir su corazón conmovido. D.ª Carolina fue elEspíritu Santo de este almo cielo. Cuando nuestro joven la veía ponerselas gafas y tomar entre sus dedos una chambra, frotarla cuidadosamente,acercarla a los ojos para ver si descubría alguna pérfida hebra dealgodón entre su cándido hilo, un estremecimiento de dicha inefablecorría por su cuerpo; la emoción le ahogaba; necesitaba volverse deespaldas para no caer a sus pies y expresarle en términos fervorososdelante de los horteras toda la veneración, todo el entusiasmo que suconducta generosa le inspiraba.

Luego se fijó el día: se discutió la forma en que había de celebrarse.Antes se había convenido en que los novios no vivirían aparte «porahora.» El pequeño sueldo de Mario no lo consentía. D. Pantaleónmanifestó por boca de su esposa que mientras el matrimonio no se hallaseen condiciones de establecerse, viviría en su compañía. El mismo D.Pantaleón resolvió que la boda se celebrase con un día de campo en losViveros, como era uso y costumbre entre el elemento distinguido delcomercio de Madrid.

Fue en el primer domingo de Agosto. Mario convidó a sus amigos lostertulios del café del Siglo, Miguel Rivera, Adolfo Moreno, Llot,Oliveros, Romadonga y tres o cuatro compañeros de oficina: los señoresde Sánchez, a varias distinguidas familias del comercio, y entre ellas ala del mismísimo presidente de la Liga de Productores, propietario deuna gran fábrica de ladrillo refractario en las afueras de Madrid.

Losesposos Sánchez no mantenían amistad muy íntima con esta familia; perocomprendiendo todo el lustre que sobre la fiesta recaería si lograbanque asistiese a ella, les escribieron una rendida carta. Los señores deCorneta, que así se llamaba el presidente de la Liga, respondieron conuna muy amable esquela aceptando y enviando al propio tiempo una precisalicorera, que enriqueció la serie de regalos que los novios recibieronen aquellos días. D.ª Carolina los había colocado todos en un gabinetede la casa en medio de una bonita decoración de percalina para quehiciesen más impresión. Había muchos y muy lindos, pero entre todospredominaba una rica colección de barómetros y termómetros de todasformas y tamaños. Los amigos habían comprendido, con admirable instinto,que nada puede interesar tanto a unos recién casados como la observaciónatenta de los fenómenos meteorológicos.

El primer domingo de Agosto amaneció tan espléndido, tan claro ycaliente como casi todos sus colegas del estío en Madrid. Los asistentesa las primeras misas en la iglesia de Santiago pudieron ver en una delas capillas laterales a un joven correctamente vestido de negro hincadodelante de un confesonario. Nada tenía de particular. Pero en elconfesonario de enfrente había una joven también vestida de negro con lacara pegada a la ventanilla. Esto era ya grave. Así lo entendieron losfieles, y por eso, pecando contra el tercer mandamiento, no les quitaronojo mientras duró la confesión.

El cura tenía abrazado al joven, de suerte que los asistentes no podíanobservar más que sus piernas, que no decían nada. Pero la joven dejabaver un cacho de mejilla, y este cacho de mejilla, por lo suave, por loterso, por lo sonrosado, interesaba profundamente al auditorio, y muyespecialmente al monaguillo que ayudaba a la misa.

«Son unos novios,» se dijeron los fieles rebosando de curiosidad ypenetración. En efecto, eran ellos, la fresca y simpática Carlota y elventuroso Mario.

Después de la ceremonia y de tomar chocolate en la morada de D.Pantaleón, trasladaronse los recién casados y su cortejo en dos grandesómnibus a los Viveros.

Los Viveros guardan entre las filas de susárboles enanos y bajo sus cenadores rústicos toda la poesía del comerciomadrileño. Los gremios expresan allí en los días festivos que no soninsensibles al encanto misterioso de la Naturaleza ni ajenos a lasdulces emociones del campo. Como testimonios mudos pero elocuentes deeste fondo poético que algunos pretenden negar, suelen verse bajo losfrescos emparrados, donde la luz se cierne mansa y dormida, o sobre elfino tapiz de la yerba, entre setos de boj y cinamomo, algunas cabezasde sardina y no pocos residuos de huevos cocidos.

El Sr. Sánchez, que a pesar de su temperamento meditabundo y soñador noolvidaba ningún pormenor interesante, había contratado el día antes unpiano mecánico. No fue obstáculo el calor para que aquella juventudflorida se pusiese inmediatamente a bailar con frenesí. Un caballerotuvo la ocurrencia de quitarse la levita; los demás le imitaron. Sebailó en mangas de camisa, con esa grata familiaridad que caracteriza alos hombres de negocios en momentos de alegría. Así y todo, se sudabacomo en los primeros días de la creación. Las mejillas de las damasechaban fuego. ¡Ah, si pudieran utilizar el hielo que envolvía en aquelinstante el corazón del violinista del café del Siglo, qué bien serefrescarían!

A fuerza de inteligencia y diplomacia había logrado Timoteo que D.ªCarolina le invitase a la boda. Por cierto que este rasgo de generosidadle valió un disgusto. Su hija menor armó la de San Quintín al enterarse,profiriendo tan pesadas palabras que la buena señora se vio necesitada azanjar la cuestión por el método usual, con un par de pellizcos. La niñapuso el grito en el cielo. Y en estas simpáticas disposiciones hacia elviolinista fue a la boda de su hermana. ¡Qué había de suceder! Undesastre. A la primer coyuntura aquellos dos pellizcos se los aplicó enel alma al causante de todo.

—Presentacioncita, ¿me haría usted el honor de bailar conmigo estapolka?

—Gracias, no bailo.

Pocos instantes después llega otro joven y le hace la misma invitación.Presentación vacila un momento, mira de reojo al violinista, sonríemaliciosamente y se deja arrastrar al baile por tal odiosísimo sujeto, aquien desde aquel punto dedica Timoteo toda la hiel que elabora suorganismo.

Este ser repugnante y abyecto, llamado Grass, dedicaba las horas en queno medita o ejecuta alguna acción vergonzosa, a llevar los libros decomercio en dos camiserías de la calle del Príncipe. De aquí quepretendiese eclipsar a todos los demás por el brillo y la forma de sucuello a la marinera y por el esplendor de la corbata de raso azul conlunares blancos. Timoteo sentía la superioridad de Grass en este punto,pero antes le hicieran rajas que confesarlo.

Presentación era, con mucho, la más linda de las niñas que la industriay el comercio habían enviado a la boda de Mario. Por eso todos losjóvenes le bailaban el agua, acudían a servirla y festejarla como untropel de esclavos. Quién solicitaba humildemente la honra de tener porsu abanico, quién extendía la levita sobre la yerba para que se sentase;los unos corrían a buscarle un vaso de agua cuando tenía sed y se lopresentaban con azucarillo y gotas de azahar, o con anís o con jarabe degrosella, para que eligiese; los otros se consideraban felices con quede lejos les enviase una ligera sonrisa. Con esto la niña, que habíamostrado siempre marcada inclinación a las pompas mundanas, se pusoinsufrible. Parecía una sultana cruel y despótica. A fuerza de verinmediatamente obedecidos sus caprichos, ni sabía ella misma lo quequería.

Tan pronto llamaba a un mancebo y le permitía sentarse a suspies y le escuchaba y le miraba amablemente, como le arrojaba con ademánferoz y viento fresco. Unas veces exigía que le contasen algo, otras lesobligaba a permanecer inmóviles y silenciosos.

Fortuna fue que no se leocurrierra mandar ahorcar de un árbol a Timoteo, porque en el estado enque se hallaban los espíritus, ¡quién sabe lo que sucedería!

Pero el que logró presto sobreponerse a sus colegas y fijar la atenciónde la bella fue Grass. Y esto no sólo por el prestigio de su corbata,sino porque además era hombre de iniciativa y ocurrente. Cada una de susfrases, un poema de gracia. Cuando tenía que referirse a su propiacabeza, la llamaba «la calabaza.» «Yo conocí en Sevilla unaseñora—decía—que comía por la boca.»

Poseía asimismo una imaginación fecunda y audaz para toda clase defarsas divertidas y talento especial para imitar la voz, el gesto y elmodo de andar de cualquier persona. Corría y brincaba con agilidadpasmosa, a pesar de su obesidad bien pronunciada. Cantaba con voz detiple, de tenor, de barítono y bajo, y se sabía que proyectaba figurasen la pared con la sombra de las manos de modo maravilloso.

Finalmente,era un prestidigitador consumado. A ruego de varias muchachas, hizoalgunos juegos de manos que produjeron entusiasmo en los invitados.Claro está que para efectuarlos necesitaba ayudantes. Grass los elegíaentre las jóvenes más lindas. Y aunque todas le servían con agrado ydiligencia, se distinguía particularmente por su entusiasmoPresentación. ¡Las diabluras que aquel hombre festivo llevó a cabo conella, sacándole monedas del pelo, de las narices, del cuello!...

¡Timoteo ansiaba beber su sangre!

A las once, poco más o menos, hizo su entrada triunfal en el Vivero lafamilia del presidente de la Liga de Productores. En cuanto se tuvonoticia de que un carruaje estaba a la puerta, la mayor parte de losinvitados abandonaron los placeres y corrieron hacia allá, deseandohacer ostensible su amistad con personas tan distinguidas, que hacíanviso en la sociedad madrileña y tenían carruaje propio. Venían elpresidente, su esposa y dos hijas. El Sr. Corneta tenía la mismaelegante figura que un carnicero en día de fiesta. Pequeño, obeso,colorado, con gabán muy largo, las enormes manos aprisionadas porguantes de color de sangre. Llevaba la cabeza echada hacia atrás yhablaba a gritos. Los millones, la Liga, la fábrica de ladrillorefractario, todo le salía de una vez a la cara, pugnando por arrojarsesobre los infelices que se le acercaban y aplastarlos. ¡Qué modo detender la mano mirando hacia otro lado! ¡Qué voz ruda a impertinentepara saludar de lejos! Imposible imaginarse una superioridad másprotectora. Y, sin embargo, mucho más protectoras aún las miradas, lassonrisas y los saludos de su amable esposa a hijas. Era el juicio final.Los dos pimpollos vestían con pintoresca elegancia, y la mamá, a pesarde sus años, no les iba en zaga. Ni feas ni bonitas, pero majestuosas;con esa calma imponente que presta a los seres superiores la concienciade su gloria. Las tres venían provistas de sendos impertinentes, con loscuales

empezaron

inmediatamente

a

llevar

a

cabo

atentas

y

concienzudasobservaciones sobre los invitados, como el naturalista que estudia almicroscopio la figura y los movimientos de algunos infusorios.Naturalmente, bajo el poder de esta mirada investigadora, las niñas delcomercio se ruborizaron y los jóvenes dependientes no sabían dónde ponerlos pies ni las manos, sobre todo las manos.

—¿No viene Juanito?—preguntó no se sabe quién.

—¡Oh, Juanito!

Las tres damas cayeron al escuchar tal pregunta en un acceso de alegríaque les impidió responder, aunque sin interrumpir por eso el estudiomicroscópico de aquellos curiosos seres.

—Juanito no acostumbra a levantarse a estas horas—dijo al cabo una deellas.

«¡A estas horas! ¡Las once de la mañana! ¡Qué elegancia! ¡quédistinción!»

pensaban los dependientes a quienes el hado adversoobligaba a levantarse de la cama a las seis todos los días.

La familia Corneta fue conducida en triunfo hacia uno de los cenadores,donde Mario y su esposa fueron agasajados por ellos con algunas frasesamabilísimas, de las cuales tanto D.ª Carolina como su digno esposo D.Pantaleón conservaron por mucho tiempo vivo recuerdo.

Nadie osaría poner en duda entre los convidados la inmensa superioridadde las señoritas de Corneta en cuanto a brillo aristocrático y graciaprotectora. Sobre todo permaneciendo calladas tales cualidadesadquirían maravilloso relieve. Cuando tomaban la palabra quizá algúncrítico escrupuloso pusiera reparos a la voz bronca un poco aguardentosade la menor y a las frases libres y a los ademanes harto sueltos ydescocados de la mayor. Tal vez le arrastrase su espíritu analítico aencontrar algún vago parecido entre estas distinguidas señoritas y lasjóvenes que comercian con churros y buñuelos en los parajes excéntricosde la población. Y ¡quién sabe! una vez puesto el pie en el camino de lainvestigación, es posible que llegara a explicar este fenómeno por lasleyes de la evolución, viendo en él la supervivencia o degeneraciónpatológica de las aptitudes orgánicas de su abuela, que freía y vendíatales comestibles cerca de la puerta de Segovia. Pero como en aquellaflorida juventud comercial no imperaban los procedimientos analíticos,se aceptaron sin controversia alguna el señorío y los privilegios de lascitadas señoritas y se las colocó en el cenador en unión de sus papáscomo dioses mayores, a quienes D.ª Carolina y D.

Pantaleón y algunasotras personas de edad asistían como dioses menores.

Por esta razón y porque nadie podía disputar a Presentación el premio dela belleza, aquélla continuó imperando despóticamente entre los jóvenesinvitados. Su caballero era siempre el odioso Grass, como observaba cadavez con mayor encono Timoteo.

Pero de vez en cuando dirigía intensasmiradas del lado de Godofredo Llot. Esto no lo observaba Timoteo. Aquelpiadoso joven apenas si osaba corresponder levantando de vez en cuandohacia ella sus ojos místicos. La mayor parte del tiempo parecía noadvertir la honrosa atención de que era objeto, embargado sin duda porlos graves pensamientos ascéticos que continuamente ocupaban su mente.

Después de almorzar, bastante después, cerca ya de las cuatro de latarde, apareció a lo lejos la silueta elegantísima del primogénito delSr. Corneta. Se acercó sonriente, benigno, y todos pudieron admirar susbotas de gamuza, el pantalón de punto con botoncitos de nácar a loslados y la preciosa americana de franela que ceñía su talle.

Este arreocampestre y el látigo con que venía azotando suavemente las ramas de losarbustos demostraba que había llegado a caballo. Los jóvenesdependientes, al verle, quedaron petrificados de respeto y admiración.Juanito era miembro del club de los Salvajes, y en calidad de tal solíaponerse el frac todas las noches; tenía queridas, caballos, desafíos ydeudas, y pronunciaba mal las erres. A pesar de esto, hay que confesarque en aquella ocasión no abusó demasiado del prestigio y la gloria queel cielo había derramado próvidamente sobre él. Saludó al concurso conimpensada afabilidad, llevándose dos o tres veces el látigo a lasnarices, y dijo con voz bastante clara que se alegraba de encontrarseentre tantas chicas bonitas; así; palabras textuales.

Naturalmente, lasjóvenes, al escuchar tan favorable sentencia, temblaron de gozo, seruborizaron hasta las orejas y la guardaron en el fondo de su corazóncomo recuerdo de aquella dichosa tarde. Juanito estaba dotado de milpreciosas cualidades que saltaban a la vista; pero la que realmente lecaracterizaba era la languidez. Imposible imaginarse nada más lánguidoque este glorioso joven. Cuando hablaba, cuando sonreía, cuando seatusaba el bigote, cuando se estiraba las piernas, una irresistiblelanguidez resplandecía debajo de estos actos vulgares.

Presentación no pudo resistirla. Se encontró subyugada desde el primermomento.

En cuanto el joven Corneta, dando pruebas de buen gusto, seacercó a ella y le hizo el honor de dirigirle algunas palabras galantes,¡adiós Grass! ¡adiós Godofredo también!

Aquellos lindos ojos maliciososya no tuvieron miradas sino para Corneta; aquella fresca boca moviblesólo para él formó sonrisas.

Timoteo observó esto con mezcla de dolor y satisfacción. Le apenaba elentusiasmo de su ídolo por el sietemesino; pero la derrota de Grass lellenaba de regocijo. Y en la expansión de su alegría amarga no pudomenos de acercarse al grupo donde aquel despreciable personaje seempeñaba todavía en imponerse a la atención por medio de sus ridículosjuegos de manos. No trascurrieron dos minutos sin que le dirigiese unapulla de mal gusto. Grass no hizo caso. Volvió a la carga con otra:tampoco el catalán se dio por ofendido. Era hombre de buena pasta yamigo de las bromas. Mas el violinista llegó a ponerse tan agresivo, queal fin no pudo menos de decirle seriamente, suspendiendo su juego:

—Oiga usted, amigo, ruego a usted que sea más comedido en las bromas;de otro modo, me parece que no vamos a parar bien.

Timoteo sonrió ferozmente. Y sin tomar nota de esta severa advertencia,al poco rato volvió a las reticencias y sarcasmos; de tal suerte queGrass perdió al cabo la paciencia. Ciego de ira alzó la mano... y eldulce sosiego del bosque fue turbado por una estrepitosa bofetada.

Veinte manos vinieron instantáneamente a sujetarle. Otras tantas lomenos acudieron a contener a Timoteo. Formáronse dos grupos a respetabledistancia el uno del otro. Y donde todo era antes alegría y expansiónreinó súbito silencio lúgubre y amenazador. Los de un grupo tratabanconfidencialmente de convencer a Grass de que no era sensato ofendersepor las palabras de un badulaque como Timoteo. Los del grupo de éste lepersuadían de que una bofetada no tenía valor alguno cuando la daba unser tan insignificante como Grass. Todos por acuerdo tácito hablaban enfalsete. No se oía más que un murmullo suave como el de un confesonario.Pero la voz fuerte, estridente de Timoteo rompía de vez en cuando aquelsilencio.

—¡Lo que yo quiero saber es por qué me pega a mí ese tío gordo!

¡Chis! ¡chis! Un gran siseo sumergía y apagaba aquel grito interrogante.Reinaba otra vez el silencio. Pero cuando parecía que todo iba a quedarsofocado se oía otra vez a Timoteo que desde el centro clamaba con vozagria:

—¡Es que yo deseo saber por qué me pega a mí ese tío gordo!

Al cabo estas preguntas peligrosas se fueron atenuando; se hicieron másraras y débiles. Poco después aquella sociedad bulliciosa volvía conansia a los recreos inocentes.

No faltaron los brindis ni las improvisaciones poéticas, ni el joven quecanta a la guitarra con poca afinación y mucha gracia unas coplitaspicantes, ni la niña de seis u ocho años que en esta clase desolemnidades recita siempre, comiéndose la mitad de las sílabas, unmonólogo de comedia. Don Dionisio Oliveros leyó un largo epitalamio entercetos, que pudo escribir, según confesó, robando a duras penasalgunos momentos a sus abrumadoras tareas poéticas, entre el tercero yel cuarto acto de un drama. Romadonga gozaba de todo paseando su miradaserena por los circunstantes, en particular por el sexo femenino,recorriendo los grupos y dejando en cada uno testimonios de su gracia yamabilidad. Al contrario de los jóvenes del comercio que gustaban devocear, don Laureano lo hacía y lo decía todo con sordina. No se lesentía cuando profería suavemente alguna frase galante que conmovía yruborizaba a las doncellitas o hacía soltar alegres carcajadas a lasmatronas. Placíanle, sobre todo, los apartes, las conferencias íntimas.A pesar de los años, sus ojos, a la vez desvergonzados y respetuosos,dulces y chispeantes, fascinaban a las damas. Todas se hacían lenguas deél y le pregonaban como uno de los hombres más agradables que hubiesenconocido en su vida.

Después de varias tentativas había logrado tener un aparte con la novia.Allá lejos, al pie de un árbol, charlaban los dos animadamente; élinclinando su gran torso para ponerse a la altura de ella, en actitudinsinuante; ella risueña y tan roja como una amapola.

Miguel Rivera, que paseaba con Mario, había mirado dos o tres veces coninquietud hacia allá. Al fin, no pudiendo contenerse, exclamó:

—Mira, chico, haz el favor de llamar a tu mujer, porque ese bandido deRomadonga debe de estar diciéndole alguna desvergüenza.

Mario se apresuró a cumplir el encargo, con gran satisfacción de lapobre Carlota, que estaba en brasas. Don Laureano, sin darse porofendido, se fue deslizando pian piano hacia otro grupo.

En este momento crítico de la jira campestre se efectuó en el Vivero deMigas Calientes un suceso insignificante en la apariencia, realmente deuna trascendencia tan grande que sólo otros tiempos y otras generacionespodrán medir por completo su alcance. En la historia del género humanosuele presentarse cuando menos se espera uno de esos fenómenoshumildísimos que determinan por la fuerza portentosa y oculta queconsigo traen cambios radicales, trastornos inmensos en la esferacientífica y más tarde en la vida de los pueblos. Un día Newton, sentadoa la sombra de un pomar, ve caer una manzana. La caída de aquellamanzana le sugiere una idea. Se descubre la teoría de la gravitación.Otro día Watt ve hervir un puchero. Observa cómo la tapa se levanta.Medita sobre este hecho vulgarísimo. Se descubre la máquina de vapor.Otro, cae por casualidad en manos de Carlos Darwin el libro de Malthussobre el principio de la población. La idea de la selección natural sepresenta a su espíritu. El origen de las especies queda descubierto. Deeste orden es el hecho de que vamos a dar cuenta.

Acaeció que el Sr. Sánchez, huyendo el bullicio, que no se compadecíacon su temperamento melancólico y reflexivo, se alejó de los amigos y sepuso a vagar distraídamente por las calles de árboles. Acaeció al mismotiempo que nuestro amigo Moreno, arrastrado por sus aficionesnaturalistas, había seguido antes el mismo camino y se ocupaba enexaminar algunas yerbas y flores con una lente de que siempre veníaprovisto para casos semejantes. En la confluencia de dos senderos al piede una mata se encontraron. ¡Feliz encuentro que a la larga había de darpor resultado una de las más grandes conquistas del espíritu humano!

Moreno y Sánchez se saludaron cortésmente. Ni uno ni otro podíansospechar en aquel momento lo que tal saludo iba a representar en lahistoria del progreso humano.

Cambiadas algunas palabras indiferentes,Sánchez se quiso enterar de lo que Moreno hacía. Éste, cuya cienciaestaba siempre al servicio de los amigos y hasta de los que no lo eran,le mostró la rama que tenía en la mano; le hizo ver con la lente latextura de las hojas y del tallo, el tejido delicadísimo de sus fibras,la complejidad maravillosa de su organización. Y una vez en el caminodidáctico no quiso abandonarlo sin dar a D.

Pantaleón un curso debotánica: un curso peripatético. Con las manos a la espalda,deteniéndose

a

cada

instante

para

comprobar

prácticamente

su

enseñanzateórica, Moreno le inició paseando en los secretos del mundo vegetal.

El espíritu virgen de D. Pantaleón recogió con avidez aquella enseñanza,como la tierra seca recibe la lluvia fecundante. Pocos minutos lebastaron para enterarse de que en el mundo existían dos reinosdistintos, el uno llamado vegetal y el otro animal, que aquellas plantasy árboles que tenían a la vista pertenecían al reino vegetal, y él yMoreno al animal, que los árboles se nutrían por la raíz y por las hojasy que se reproducían por medio de órganos que tienen a semejanza de losanimales, los cuales están situados en lo que comúnmente se llama la flor, etc.