El Origen del Pensamiento by Armando Palacio Valdés - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

EL ORIGEN

DEL

PENSAMIENTO

NOVELA

POR

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

MADRID

IMPRENTA DE LOS HIJOS DE M. G.-HERNÁNDEZ

Libertad, 16 duplicado, bajo.

1893

ES PROPIEDAD

I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII,

XIX, XX

I

Mario tenía encendidos los pómulos y el resto de la cara bien pálido: lamano le temblaba al llevarse la cucharilla a la boca: la garganta seresistía a dar paso al café, que tragaba apresuradamente y sin gustarlo.Sus ojos se volvían frecuentemente hacia una de las próximas mesas dondeuna familia compuesta de padre, madre y dos niñas de veinte aveinticuatro abriles tomaban igualmente café. Los papás leían losperiódicos; las niñas escuchaban distraídas las notas prolongadas,quejumbrosas, del violín.

El violín se quejaba bien amargamente aquella noche; ya sabremos porqué. El vasto salón del café estaba poblado de sus habitualesparroquianos. Eran, por regla general, modestos empleados que por elmódico precio de la taza de café se regalaban con sus familias toda lanoche escuchando al piano y al violín todas las sinfonías y todos losnocturnos habidos y por haber, conversaban, leían los periódicos y sedaban tono de personas pudientes. Había también estudiantes, militaressubalternos, comerciantes de escasa categoría y artesanos de mucha. Losdomingos, la clase de horteras aportaba un contingente considerable.

De todas las calles céntricas de Madrid, la única que conserva ciertatranquilidad burguesa que le da aspecto honrado y amable es la calleMayor. Entrando por ella vienen a la memoria nuestras costumbrespatriarcales de principios del siglo, la malicia inocente de nuestrospadres, los fogosos doceañistas, la Fontana de Oro, y se extraña no vera la izquierda las famosas gradas de San Felipe. El café del Siglo,situado hacia el promedio de esta calle, participa del mismo carácterburgués, ofrece igual aspecto apacible y honrado. Hasta la horapresente no se han dado cita allí las bellezas libres y nocturnas queinvadieron sucesivamente a temporadas muchos otros establecimientos dela capital. Ni a primera ni a última hora de la noche reina allí Príapo,numen impuro, sino su hermano Himeneo, protector de los castos afectos.

Cualquiera podría observar que una de las niñas, la más llena de carnesy redondita, pagaba algunas, no todas, de las miradas que Mario enfilabaen aquella dirección.

Cuando esto acaecía, la joven sonreía leve yplácidamente mientras aquél hacía una mueca singular que nada tenía desonrisa, aunque pretendía serlo.

Mario era un joven delgado, no muy correcto de facciones, los labios yla nariz grandes, los ojos pequeños y vivos, el cabello negro, crespo yondeado, la tez morena.

Una frente alta y despejada era lo único queprestaba atractivo y ennoblecía singularmente aquel rostro vulgar. Nosólo miraba con más recelo que entusiasmo hacia la niña de la mesainmediata; también dirigía sus ojos asustados hacia la puerta decristales que se abría y cerraba a cada momento para dejar paso a lostertulios. El chirrido del resorte le producía vivos estremecimientos.

—¡Cuánto tarda hoy D. Laureano!—exclamó al fin en voz altadirigiéndose al compañero que tenía enfrente.

Era éste joven también, de rostro pálido adornado con gafas; gastaba labarba y los cabellos largos en demasía; su traje, más desaseado quemezquino. Ni respondió ni levantó siquiera la cabeza al oír laexclamación de su amigo, atento a la lectura del periódico que teníaentre las manos. Mario quedó algo confuso por aquella indiferencia, yañadió sacando el reloj:

—Las nueve y media ya... Otros días está aquí a las nueve.

El mismo silencio por parte del joven de la luenga barba.

Una miradita a la puerta, otra a su regordeta vecina y un sorbo de caféfueron las tres cosas que supo hacer para indemnizarse del desdén de sucompañero. Y se propuso firmemente no volver a dirigirle la palabra.Pero a los cinco minutos sacó de nuevo el reloj y, sin acordarse de supropósito, preguntó:

—Adolfo, ¿sabes si D. Laureano está enfermo?

Adolfo hizo un leve movimiento de indiferencia con los hombros sinpronunciar palabra.

—Es que como ya son cerca de las diez menos cuarto...

Adolfo era realmente un hombre superior, como se verá en el curso de lapresente historia. Hablaba poco, reía menos, y el espectáculo de laspasiones humanas no lograba turbar el vuelo elevado de sus pensamientos.Sin embargo, al cabo de un rato, observando la impaciencia de su amigo,traducida en vivos movimientos descompasados que hacían rechinar lasilla y ponían en peligro inminente la botella del agua y las tazas decafé, levantó los ojos hacia él, y una benévola sonrisa de compasión seesparció por su rostro reflexivo. Mario, que admiraba profundamente aAdolfo, se puso colorado a hizo esfuerzos colosales para estarsequieto.

—¡Al fin!—exclamó a los pocos instantes, viendo aparecer por la puertaa un caballero alto, de figura distinguida, vestido con exquisitaelegancia.

Pero en vez de manifestarse alegre, como era de esperar, su fisonomíaadquirió la misma expresión que si viera un fantasma.

D. Laureano, que, aunque viejo, conservaba en su rostro fino, expresivo,adornado con pequeño bigote, la mejor prueba de los numerosos triunfossobre el sexo femenino que se le atribuían, acercose lentamente, con uncigarro puro en la boca, fijando su mirada en todas las mujeres que porallí había sentadas. Saludó alegremente a los jóvenes, con la mismalibertad y franqueza que si fuera uno de ellos, dio un par de palmadaspara llamar al mozo y dirigió unas cuantas sonrisas amicales a losparroquianos de las mesas inmediatas.

—Aquí tiene usted a Mario deshecho de impaciencia. Ya preguntaba siestaría usted enfermo—dijo Adolfo.

—¿Pues?... ¡Ah, sí!... No me acordaba que debo presentarle a suJulieta... ¡Oh! ¡La juventud!... ¡el amor!... ¡Qué pena para mí veresas cosas ya de lejos!—añadió con un suspiro.

Pero sus ojos codiciosos, atrevidos, dirigiéndose al mismo tiempo haciauna hermosa mujer sentada cerca del mostrador, pregonaban bien claro queno andaban tan lejos como decía.

—Usted me permitirá que tome café, ¿verdad?—preguntó en tono de burlaa Mario.

Éste sonrió, ruborizándose.

—Tome usted lo que quiera. No hay prisa.

—Muchas gracias.

Mientras D. Laureano tomaba el café, enfilando miradas incendiarias a labelleza que había descubierto, y Adolfo se enfrascaba nuevamente en lalectura del periódico, nuestro joven enamorado cambiaba sonrisas deinteligencia con la vecinita.

Había estado muchísimo tiempo asistiendo al café sin fijarse en ella. Undía le dijo don Laureano: «¿Sabe usted que una de las vecinitas, la másgruesa, no le mira a usted con malos ojos?» Lo dijo por bromear; perobastó para que nuestro joven fijase su atención en ella, la fuesehallando cada día más bonita, aunque en opinión de todos no fuese

másque

pasable,

se

interesase

un

poco

y

concluyese

por

enamorarseperdidamente. Mario no había conocido a su madre. Su padre, hombrepúblico importante, subsecretario, consejero de Estado varias veces,había fallecido hacía tres años. Como acaece algunas veces, más de lasque el vulgo imagina, D. Joaquín de la Costa, que había tenido tantasocasiones de hacerse rico, murió sin dejar hacienda alguna a su hijo.Tuvo que vivir éste exclusivamente con el empleo de doce mil reales quele había dado en el ministerio de Ultramar. El dinero que recabó de laalmoneda de su casa lo gastó muy pronto en una escapatoria que hizo aFrancia y a Italia. Como testimonio de respeto a la memoria de su padre,el ministro que a la sazón desempeñaba la cartera de Ultramar le habíaascendido a catorce mil reales, y tal sueldo era lo único que poseía.Alojaba en una casa de huéspedes donde por tres pesetas le dabanhabitación y almuerzo. Comía siempre en casa de alguno de los amigos desu padre. Con lo que le restaba de la paga atendía pasablemente a susnecesidades, que no eran muchas: un traje decente, una taza de café, alteatro los sábados y a los conciertos los domingos de primavera. Había,no obstante, cierto agujero por donde se le escapaban más pesetas de lasque podía destinar a sus placeres, colocándole a veces en situaciónangustiosa. Hay que decirlo en secreto, porque a Mario no le gustaba quese divulgase entre sus amigos. Era aficionado a la escultura.

Enmodelos, vaciadores y utensilios se le iban lindamente los cuartos.

Desde muy niño había mostrado afición al dibujo. Su padre, porcomplacerle, le puso maestro: llegó a dibujar muy correctamente. Luegoemprendió la pintura, venciendo sin trabajo la resistencia de su padre.Sentía éste verle malgastar tanto tiempo en las clases de adorno,dejando abandonados los estudios serios. En la pintura no hizo tantosprogresos. El color ofrecía para él dificultades insuperables. Encambio, por la amistad que trabó con algunos de los discípulos de laclase de escultura en la Academia, comenzó a ensayarse en el modelado,y se sintió desde luego tan apto que siguió trabajando con ahínco. Enpoco tiempo hizo progresos extraordinarios. Tantos le parecieron y tantole llenaron la cabeza de viento sus amiguitos, que un día tuvo laaudacia de presentarse a su padre manifestándole que quería dejar lacarrera de abogado para dedicarse exclusivamente a la escultura. No sesabe cómo D. Joaquín le dejó vivo. Su indignación estalló de tal manerafragorosa, que el pobre Mario corrió a refugiarse en su cuarto, dondelloró con abundantes lágrimas la ruina de sus ilusiones artísticas.

Mal que bien y a trompicones terminó la carrera de leyes. Pero,ocultándose cuidadosamente de su padre, seguía modelando en casa de unamigo que le facilitaba para ello su estudio. Allí perdía horas y horasmientras los tratados de derecho civil y canónico yacían en los rinconesde su cuarto solitarios, cubiertos de polvo, en ignominioso a inmerecidoabandono. Cuando su padre falleció, experimentó profunda sensación desoledad y tristeza. Había vivido siempre en total ignorancia de lascondiciones materiales de la existencia. La bondad de su padre leconsentía gastar todo su sueldo en caprichos y placeres. Era un hijo defamilia mimado que vivía en su casa como en una fonda. Al revelársele susituación quedó sumido en profundo abatimiento. Salió de él bastantecambiado. Sus pensamientos fueron más graves, más tristes, másprosaicos. Comprendió que era necesario cambiar de todo en todo suscostumbres, reducir al último grado posible sus necesidades y vivirmodestamente atenido al sueldo que felizmente la previsión de su padrele había alcanzado.

No obstante, estos sanos propósitos estaban tan frescos que se borraronal contacto de las ocho o diez mil pesetas que la almoneda de su casa leprodujo. En vez de guardarlas como reserva para cualquier apuro o sacarde ellas algún interés, así que las tuvo en la mano surgió en su cerebroel pensamiento de hacer un largo viaje.

Aprovechando la compasión delministro obtuvo licencia ilimitada y recorrió durante cuatro meses lasprincipales ciudades de Italia y algunas de Francia, Alemania aInglaterra. Era el sueño de su vida. Conocer los monumentosarquitectónicos y ver los mármoles auténticos de la antigüedad paganaera una aspiración intensa que en su espíritu exaltado había llegado aconvertirse en fiebre. Al subir los escalones del peristilo del museodel Louvre y descubrir al final de larga sala, arrimada a un cortinajerojo, sola sobre su pedestal la célebre Venus de Milo, sintioseposeído de una emoción indefinible: las piernas quisieron doblársele, ysi no le detuviese el temor al ridículo, hubiera caído de rodillas antela majestad de la diosa, a semejanza de los marinos griegos, que alarribar a la costa de Milo se apresuraban a rendir adoración a lahermosa Aphrodita. El mismo sentimiento de alegría y respeto que aellos les embargaba embargábale a él. Si no la creía como ellos nacidade la espuma del mar, fecundada por la sangre de Urano, juzgábala nacidade la mente divina de un artista que hasta ahora nadie igualó jamás.Algo semejante, aunque no con tal fuerza, le acaeció en presencia delApolo del Belvedere, y el Fauno de Praxíteles en Roma, de la Niobe y laVenus de Cleomenes en Florencia.

Al regresar a Madrid y tocar nuevamente la prosa de los expedientes y lavida mezquina de la casa de huéspedes, experimentó una sensación detristeza mortal como si le hubiesen condenado a presidio. Disgustose dela práctica de la escultura. Después de ver las obras maestras, laestatuaria de sus compañeros le parecía tan afectada, tan pobre, tanridícula, que por no parecerse a uno de ellos, halló mejor abandonarenteramente los palillos y el cincel. Comenzó a pasar horas y horas enel café y se aficionó con frenesí a la música. Gozaba también conescuchar las disputas científicas y filosóficas que su amigo Morenomantenía con cualquiera que le llevase la contraria. Jamás intervino enellas. Pero divertían su espíritu de la muchedumbre de pensamientosmelancólicos que constantemente se cernían sobre él.

Asistía ordinariamente a la misma mesa del café, además de Moreno y D.Laureano, otro amigo llamado Miguel Rivera, viudo, antiguo periodista,secretario particular en la actualidad de un ministro, hombre decarácter festivo y alegre conversación cuando no abatía su espíritu elrecuerdo de un terrible pesar que había experimentado. Iban asimismo uncaballero de edad media, barba gris y voz de sochantre, llamado D.Dionisio, y un jovencito sonrosado, de fisonomía dulce a interesante querespondía por Godofredo Llot.

D. Laureano no daba señales de recordar el compromiso contraído. Mariosentía al mismo tiempo pesar y alegría de este olvido porque, sianhelaba acercarse a su ídolo, temía el instante de la presentación comoun trance apuradísimo.

—Buenas noches, señores—dijo una voz bronca, profunda.

—Hola, D. Dionisio, ¿cómo estamos?—preguntó distraídamente D.Laureano, sin apartar la vista de la preciosa chula que habíadescubierto.

—Medianamente; horriblemente fatigado—respondió el caballero queacababa de sentarse.

Y adoptó una actitud tal de cansancio hundiendo la cabeza en el pecho,dejando pendientes las manos y respirando con anhelo por su bocaentreabierta, que en realidad parecía deshecho por una serie deesfuerzos colosales. Paseó su mirada lánguida por los circunstantesesperando que se le pidiese explicación de aquel cansancio. Pero D.Laureano atendía a su juego; Adolfo Moreno seguía enfrascado en lalectura; Miguel Rivera, que hacía un rato había llegado, se le quedómirando fijamente y con cierta sonrisa burlona. El único asequible enaquel momento era Mario. A él se dirigió metiéndole la boca por el oído.

—Diez y siete cuartillas.

—¿Cómo?

—Diez y siete cuartillas. He terminado el capítulo onceno.

—¡Ah!

—Es un trabajo espantoso. En veinte días llevo escritas cerca detrescientas cuartillas.

—Trabaja usted demasiado, D. Dionisio—dijo con gesto de aburrimientoMario.

—No hay más remedio—murmuró modestamente el caballero.—Paraconseguir una plaza en la república de las letras, es necesario trabajarmucho.

Era D. Dionisio Oliveros un antiguo empleado del ministerio de Ultramar,jefe del negociado donde servía Mario, que ya muy tarde, cuando pasabade los cuarenta, se sintió irresistiblemente llamado a conquistar lagloria de la literatura. Y

comprendiendo, con admirable instinto, quehabía perdido mucho tiempo, quiso compensar a las musas de su largoalejamiento por medio de una constancia y una adhesión ilimitadas. Todoel tiempo que le dejaban libre los expedientes le parecía escaso paracortejarlas. Dramas, comedias, poemas grandes y chicos, novelas, cuantosgéneros comprende la bella literatura, salían en atropellada procesiónde su pluma. Vivía en una verdadera fiebre de producción. Habíapublicado dos o tres cositas, en cuya impresión agotó sus cortosahorros. Ahora se dedicaba a buscar editor o empresario, pero sinabandonar por eso su labor incesante. Esperaban, guardadas en legajos yadmirablemente copiadas en letra inglesa, que llegase el día de ver laluz, cuatro novelas, siete dramas, un poema, cinco comedias y un númeroconsiderable de poesías líricas, que según sus cálculos podrían formartres tomos voluminosos.

—Oiga usted, D. Dionisio—dijo Miguel Rivera, que no quitaba dellaborioso poeta sus ojos risueños.—¿No le han pasado a usted recadonunca los vecinos?

—¿Por qué me lo habían de pasar?—preguntó sorprendido Oliveros.

—¡Toma! Por el ruido que usted hará en las altas horas de la noche alfabricar sus poemas.

—Yo no hago ruido ninguno—repuso el otro, amoscado.

—¡Ah! Pues yo pensaba que esas redondillas tan vigorosas necesitabangrandes martillazos.

D. Laureano y Mario volvieron la cabeza para reírse. Adolfo Moreno metióla cara por el periódico para hacer lo mismo.

—Usted siempre de broma, amigo Rivera—dijo el poeta, avergonzado.

El café estaba en su momento álgido. Las luces, el humo del tabaco, elaliento de los centenares de personas allí reunidas, formaban unaatmósfera espesa donde sólo respiraban bien los seres adaptados a elladesde largo tiempo. El violín exhalaba sus notas arrastradas,lamentables, quejándose siempre de un dolor tan amargo como misterioso.La mayor parte no le comprendían; pero había algunos seres privilegiadosy poéticos, casi todos ellos del ramo de sedería, en quienes suslamentos hallaban eco y simpatía. Dejaban de intervenir en laconversación de sus compañeros, se echaban hacia atrás en la silla, yenteramente abstraídos, con los ojos entornados, daban claro testimoniode la delicadeza de sus sentimientos. ¡Qué contraste con los del ramo deultramarinos, hombres por lo general incultos y zafios, incapaces dedistinguir un nocturno de una barcarola!

D. Laureano andaba conmovido con los ojos hermosísimos de aquella chulasentada cerca del mostrador. Mientras tomaba el café a breves sorbos noapartaba la mirada de ella, sin atender poco ni mucho a la conversaciónde sus compañeros. Así que dio fin a la taza, levantose de la silla, ysin decir adiós se alejó a paso lento, solapado, balanceando el troncoesbelto de su figura al través de las mesas y las sillas, en direccióndel mostrador.

—Ya empezó el ojeo. Matusalén toma vientos—dijo Rivera mirándole concuriosidad.

Los demás volvieron también la cabeza y sonrieron.

—¡Qué hombre tan singular!—murmuró Adolfo Moreno.—¡A su edad tenerlas pasiones tan despiertas! Indudablemente es un caso de anomalíaorgánica: el exceso de nutrición se ha prolongado mucho más que en eltipo común.

Miguel Rivera le echó una mirada de reojo donde se leían mil cosasirónicas y, poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo:

—¡Bien, técnico, bien! Advierto con placer que cada día penetra ustedmás adentro en los misterios de la morfología.

Adolfo hizo un gesto de mal humor, mientras los demás sonreían. Lemortificaba profundamente el apodo que Rivera le había puesto y lasbromas constantes que le merecían sus aficiones científicas.Calificábalo por detrás de hombre frívolo, ignorante, y periodistainsustancial; pero nada se atrevía a replicarle, en parte, porque Miguelle llevaba bastantes años y, en parte también, porque temía a suproverbial causticidad.

D. Laureano había llegado al mostrador y, arrimado a él, hablabasecretamente con el encargado. ¿Por qué le llamaba Matusalén Rivera?Porque, aunque parezca maravilloso, increíble, D. Laureano tenía cercade sesenta años. Nadie le supondría más de cuarenta y cuatro o cuarentay seis. Era un hombre alto, esbelto, de cabellos negros y rizados dondesólo se advertía tal cual hebra plateada, la tez fresca y sonrosada,

elpequeño

bigote

retorcido

hacia

arriba,

la

dentadura

perfectamenteconservada. Vestía con suprema elegancia, con una distinción tan pocoafectada que aun las formas más extravagantes impuestas por la modasobre su cuerpo parecían sencillas y adecuadas. Hacía cuarenta años quellevaba la misma vida de joven alegre y elegante. Jamás había trabajadoen nada. Dos hermanos, que ya se habían muerto, honrados comerciantesque tuvieron un almacén de tejidos en la calle de la Montera, habíanprovisto con cariño a sus necesidades y hasta a sus vicios mientrasvivieron. A su fallecimiento le dejaron por heredero de una regularhacienda.

Le llevaban bastantes años, y más que hermano fue siempre paraellos un hijo mimado. Complacíanse en verle montar a caballo, guiar unfaetón, alternar con los jóvenes de la aristocracia, y se engreíaninfinitamente cuando oían hablar de su elegancia, de sus queridas, delos triunfos que obtenía en sociedad. Aquellos dos pobres hombres,encerrados en su oscura tienda, haciendo números y midiendo telas todoel día, no tenían con los goces de la existencia otro contacto. Una solacondición ponían a este sacrificio: que no se casase. Formando nuevafamilia rompía aquel lazo filial, dejaba de ser su orgullo; la olaperfumada del mundo ya no llegaría al tétrico rincón de su almacén. D.Laureano hacía valer mucho esta prohibición para sacarles lindamentelos cuartos: en realidad, importábale tan poco que jamás se le habíapasado por la mente enajenar su grata libertad. Aborrecía de muerte elmatrimonio y la familia. Cuando algún amigo se casaba, considerábalecomo un suicida. Las enfermedades y los caprichos de la esposa, losgastos exorbitantes de la casa, el llanto de los chiquillos, lasexigencias de la nodriza, todas las miserias y contrariedades de la vidamatrimonial en suma, se ofrecían a su imaginación con tal relieve ysabía describirlas tan gráficamente que, escuchándole, a nadie leentraba en apetito el probarlas.

Tenía alquilado un cuarto en la plaza de la Independencia, con un solocriado a su servicio. Comía fuera de casa, generalmente en el Casino.Cuando iba a alguna reunión o le tocaba el turno del Real, el criado letraía la ropa en un cajoncito expresamente fabricado con este objeto, yen el mismo Casino se mudaba.

Como hombre enteramente resuelto a gozar todos los placeres de laexistencia, no limitaba sus relaciones a un círculo determinado. Teníaamigos y amigas, más particularmente amigas, en todas las clases de lasociedad. Era tertulio del club aristocrático de los Salvajes, delCasino, del Suizo, de la cervecería Inglesa y del café del Siglo. Entodos estos lugares había un grupo de jóvenes o de viejos que lejuzgaban parte integrante de la tertulia. No había tal. D. Laureano nose entregaba a ninguna sociedad; saltaba de una a otra con la mayorindiferencia. Cuando se hallaba entre los viejos del café Suizo no seacordaba de que le aguardaban los jóvenes bulliciosos de la Gran Peñapara perpetrar alguna terrible broma; cuando charlaba con sus amiguitosdel café del Siglo, gente de humilde posición, parecía ignorar laexistencia de sus compañeros los duques del club de los Salvajes.Asistía ocho días seguidos a cualquiera de estas sociedades: de repentese cansaba y tardaba en venir un mes.

Miguel Rivera solía compararlo a Milord, un famoso perro que asistía con su amo al café del Siglo.Mientras le daban terrones de azúcar se mostraba muy solícito ycariñoso. En cuanto observaba que los platillos quedaban vacíos, sealejaba de la mesa afectando no conocerles siquiera. D. Laureano noestaba con ellos sino mientras le divertían.

Pues si pasamos al sexo femenino, aquí sí que se dilatabadesmesuradamente la esfera de sus conocimientos. Tan pronto se le veíaasiduo galanteador de una marquesa averiada, como festejando a algunahermosa horchatera. Una noche formaba el encanto de alguna tertuliacursi y enamoraba a cualquier zagalilla de quince años, dulce y tímida;a la siguiente se le veía cenando en algún colmado con dos rameras.

Suamor no reconocía clases, ni estados, ni edades.

Tenía un carácter apacible y su trato era cortés y afectuoso. Nodisputaba jamás, pero gozaba oyendo disputar a los otros. Poseíainteligencia bastante lúcida y una ilustración que, aunque superficial,le servía para no hacer papel desairado en ningún sitio. Tocaba el pianomedianamente, leía muchas novelas francesas y hablaba con algunacompetencia de pintura. Toleraba fácilmente los defectos del prójimo yse hacía perdonar los suyos por la frescura y la gracia con que losconfesaba. Se refería a sus vicios y se jactaba de ellos con suavecinismo que a algunos hacía gracia y a otros repugnaba. De todos modos,era un compañero agradable y hombre con quien había seguridad de notener choque alguno por palabra de más o de menos. En todas partesinspiraba alegría su presencia, la alegría serena, apacible que surostro reflejaba constantemente.

—Manuel, vas a decirme en seguida quién es esa chiquilla que está aquísentada a la derecha con un viejo—dijo al encargado del caféinclinándose y metiéndole los labios por el oído.

—No puedo darle muchas noticias, Sr. Romadonga. Son padre a hija y meparece que los conoce Remigio, uno de los mozos... Aguarde usted unpoco.

Llamó el encargado a Remigio y éste les manifestó que eran vecinos suyosy vivían en la calle de Lavapiés. El padre era viudo, de oficio silleroy no tenía más hija que ésta. La muchacha estaba aprendiendo a peinar.Buena gente. El sillero un infeliz. La chica muy trabajadora y muyrecatada, pero con un genio de dos mil diablos. Armaba cada pelotera devez en cuando con la vecina del segundo, que la casa temblaba.

—¡Así me gustan a mí!—murmuró D. Laureano atusándose con mano trémulael bigote y devorando con los ojos a la hermosa chula,—¡Que muerdan yarañen como los gatos!

No habían pasado inadvertidas para aquélla ni las miradas apetitosas delbizarro señor ni el conciliábulo que celebraba con el encargado y elmozo su vecino. Bien entendió que se trataba de ella y que el elegantecaballero la encontraba muy de su gusto. Moviose con inquietud en lasilla, dirigió dos o tres furtivas miradas al grupo y se llevó la mano ala cabeza para alisarse el pelo, primera y graciosa respuesta deinteligencia que da siempre la mujer a los homenajes que le dirigen conla vista.

—¡Preciosa criatura!—añadió como hablando consigo mismo.—¡Qué ojos!¡qué tez de nácar! ¡qué dentadura!... Las formas superiores. Debe deser muy joven... Lo más que tendrá serán veinte años.

—Atiende, Concha—dijo entonces el mozo en voz alta dirigiéndose a lachula.—

¿Cuántos años tienes?

—¿Qué te importa?—replicó la joven.

—A mí nada... pero este señor...

—Le importa menos.

—Eso no lo sabe usted—dijo D. Laureano en voz alta también.

—Por sabido.

—Acaba de echarte veinte años—dijo Remigio.

—Es que no me ha reparado bien.

—¿Tiene usted más?—preguntó D. Laureano.

—No lo sé. ¿Es usted por causalidad del registro civil?

Concha afectaba al hablar un tono desdeñoso y ponía esos ojos tangraciosamente agresivos que caracterizan a las hijas del pueblo enMadrid.

—Pues si usted tiene más no los aparenta—manifestó Romadonga, que eraun psicólogo práctico para quien ni el alma de las chulas ni el de lasduquesas guardaban secreto alguno.

Acercose al mismo tiempo con paso firme y sosegado a la mesa donde padrea hija se sentaban y, haciendo una cortés inclinación de cabeza, añadiógravemente:

—Estoy seguro de que no tiene más y apelo al testimonio de su papá, decuya amabilidad espero que no me ha de engañar.

El sillero se llevó con serio ademán la mano al sombrero, sonrió y dijolleno de amabilidad:

—El 8 de Diciembre, día de Nuestra Señora, ha cumplido los diez y seis.

—¡Qué atrocidad!

¡Ea! Ya está D. Laureano en su terreno. A los cinco minutos se habíasentado formando triángulo con el sillero y su hija. A los diez parecíasu íntimo amigo, departía con ellos familiarmente y hacía reír a lahermosa chula con la batería de chascarrillos y donaires que teníareservados para las hijas del pueblo.

Mientras tanto el semblante de nuestro buen amigo Mario expresaba unamuda y profunda desesperación que causaba pena. Romadonga era capaz depasarse toda la noche hablando con la chula. Dirigíale desde su mesamiradas intensísimas, unas veces suplicantes, otras coléricas, lascuales no advertía siquiera el viejo trovador, y si alguna vez setropezaban casualmente sus ojos, los de éste expresaban indiferenciaabsoluta como si nada hubiese ofrecido a su amiguito. El rostro de lavecina también se había puesto sombrío, y ya no se volvía sino muy raravez hacia su afligido adorador.

Miguel Rivera se había ido. En su lugar estaba Godofredo Llot. Éste eraun joven, casi un adolescente, de rostro afeminado, cabellos rubios, teznacarada, ojos azules y agradable presencia.

Adolfo Moreno le acogió con sonrisa irónica.

—¿Has estado hoy en Nuestra Señora de Loreto, Godofredo? Acabo de leeren La Correspondencia que se han celebrado esta tarde solemnesvísperas.

—No, no he estado—replicó el chico con visible malestar, poniendo losojos serios y distraídos para atajar, si era posible, las bromasinsulsas con que Moreno solía regalarle.

—Pues, hombre, me sorprende muchísimo, porque unas vísperas me parece amí que no son para desperdiciar... sobre todo solemnes. ¡Anda, quecuándo te verás en otra!

—Pues en seguida—replicó Llot malhumorado.—A cada momento las hay.

—¡Hombre, me dejas sorprendido! ¿Y a beneficio de quién eran éstas?

—¡Cómo a beneficio?...

—Sí; ¿a beneficio de qué cura se daba la función esta tarde?

Godofredo hizo un gesto de resignación y no contestó.

Adolfo gozaba extremadamente en embromar y hasta escandalizar a aquelpobre muchacho, fervoroso creyente y dado a las devociones piadosas.

Godofredo Llot era de Alicante. Habíase educado en un colegio dejesuitas, permaneciendo allí hasta los diez y ocho años, casi los queahora representaba, aunque hubiese cumplido los veintitrés. Sus maestrosle habían inculcado tan profundamente el sentimiento religioso, queapenas vivía más que para darle desahogo. Oía misa todos los días,confesábase a menudo, aunque no tanto como sus amigos pretendían;alumbraba con un cirio en las procesiones o llevaba en hombros algunaimagen cuando los estatutos de la cofradía en que estaba inscrito loexigían. Era amigo de todos los clérigos, con quienes departíafamiliarmente en las sacristías.

Gozaba igualmente el honor de serrecibido en el palacio episcopal y de que el Nuncio de Su Santidad lellamase por su nombre cuando le besaba el anillo en el paseo. Y

sobreestas bellas cualidades que le hacían estimable y simpático en sociedad,particularmente a las señoras, poseía Godofredo algunas otras dignas deaprecio. Era estudioso, y un escritor que comenzaba a adquirir renombreentre los suyos. Escribía en los periódicos católicos artículosliterarios que se distinguían por un estilo florido y pintoresco, cuyoefecto entre las devotas suscritoras era asombroso.

Respiraban tal vivoentusiasmo por las glorias del catolicismo, una fe tan ardiente ycierta frescura de corazón, que rara vez suelen hallarse en laescéptica juventud del día. Sobre todo al recordar las hazañas de loshéroes cristianos en la Edad Media,

«aquellos caballeros de armaduraresplandeciente como su conciencia, que con la cruz bendita sobre elcorazón marchaban al combate a pelear por su Dios,» o al tocar el asuntode las catedrales góticas, «donde la luz se filtraba misteriosa por losvidrios de color de sus ventanas ojivales, y cuyas elevadas torresdestacándose severas en medio de la noche parecen un dedo que señala alcielo,» realmente la pluma de Godofredo despedía vivos destellos deelocuencia que hacían presagiar un futuro apóstol, una columna en que seapoyaría el catolicismo con el tiempo. Esto se pensaba por lo menos enlas sacristías y en las redacciones de los periódicos ultramontanos,donde se le mimaba a porfía y donde había llegado a adquirir maravillosoascendiente.

Con tales ideas y piadosas inclinaciones, ¿cómo se entiende que Llotasistiese al café del Siglo? Él daba a tal exceso una explicaciónbastante plausible. Había conocido a Moreno en la Universidad, en laclase de derecho romano. Trabó estrecha amistad con él conversandolargamente por los corredores en espera de las clases. Esta amistad serompió inopinadamente porque Moreno abandonó la carrera de leyes.

Novolvió a verle hasta pasados dos años en que le halló casualmente en unteatro.

Reanudaron entonces con alegría sus relaciones. Pero, con grandey dolorosa sorpresa suya, observó que su desgraciado amigo había rodadoen los abismos de la incredulidad: las malas compañías le habíanpervertido por completo. Contristado hasta un punto indecible, previo elconsentimiento de su confesor, en vez de apartarse de él como de unapestado, tuvo la caridad de proseguir su amistad, esperando que con eltiempo y los constantes y oportunos consejos se reconciliaría con laIglesia. Pero Moreno no quería oír hablar de tal reconciliación. Cadavez más ciego en su extravío, burlábase amargamente de la fe sencilla yardiente de su amigo. No desmayaba éste: sufría con resignación lossarcasmos y hasta los insultos que a menudo le dirigía, esperando conpaciencia el día en que Dios le tocase en el corazón.

—Moreno, hace usted mal en burlarse de las cosas de la religión. ¡Quiénsabe si algún día se arrepentirá usted de esas bravatas!—dijo D.Dionisio con su voz cavernosa.

—¿Yo?—replicó vivamente Adolfo haciendo un gesto furioso, lo mismo quesi le hubiesen llamado ladrón. Pero reponiéndose súbito y dejando asomara su rostro una sonrisa sarcástica, dijo tranquilamente:—Eso queda paraustedes los poetas, que proceden siempre, lo mismo en la vida que en laesfera del conocimiento, por los impulsos ciegos del sentimiento. Quienha llegado a cierta clase de conclusiones por un método rigorosamentecientífico, no hay peligro de que cerdee jamás.

—Convengo, amigo Moreno, en que los hombres de imaginación no somos apropósito para escudriñar los problemas abstrusos de la ciencia—replicódulcemente Oliveros, relamiéndose interiormente con el dictado de poetaque el otro le había otorgado.—Pero no me negará usted que sólo por elsentimiento se han llevado a cabo las grandes empresas, todos los actosheroicos que registra la historia.

—No me opongo a ello: lo único que deseo hacer constar es que esesentimiento que usted juzga tan elevado, tan sublime, no depende más quede algunas gotas de sangre de más o de menos en el cerebro. En cuanto alsentimiento religioso de que hablábamos, está plenamente demostrado queno es una facultad primitiva y distintiva del hombre: sólo corresponde aun estado transitorio.

—Pero todos los pueblos tienen religión—clamó profundamente D.Dionisio.

—Se engaña usted, querido Oliveros—manifestó Moreno sonriendo defelicidad por hallarse en situación de poder desbaratar aquel error tanpernicioso.—Se engaña usted, no todos los pueblos tienen religión. Enel África central existen algunos pueblos que carecen de ideasreligiosas. Los cafres Makololos tampoco las tienen muy claras, ni losPapouas de la costa Maclay en Nueva Guinea, ni los Esquimales de labahía de Baffin...

Entablose una acalorada disputa filosófico-religiosa con los caracteresesenciales que ofrecen tales discusiones en los lugares cerradosdedicados a expender licores y refrescos. Las ideas, cuando parecíanluminosas, se repetían indefinidamente y en tono cada vez más elevado, afin de que se grabaran profundamente en el cerebro del contrincante.

—¡Es que todas las religiones tienen sus milagros!—Permítame usted,Moreno...—

¡Es que todas las religiones tienen susmilagros!...—Permítame usted, Moreno; el mundo sería...—¡Es que, amigoOliveros, todas las religiones tienen sus milagros!—

¡Pero permítameusted, Moreno! el mundo sin religión sería...—¡Es que...

Cada

cual,

enamorado

de

sus

proposiciones

juzgándolas

de

todo

puntoincontrovertibles, no quería escuchar siquiera las del contrario.

Apelábase con bastante frecuencia a símiles de orden corporal, que sonlos que en tales casos presentan más dificultad al adversario. Y setomaban como puntos de comparación los objetos que tenían más a la mano.

—¿Ve usted esta mesa?... Aquí hay materia, aquí hay forma.—Ahorabien, si yo tomo en la mano esta copa y la trasporto desde este sitio aeste otro...—¿Por qué esta copa es trasparente y esta taza no lo es?...

El resultado ordinario de tales símiles es desconcertar al adversario ydestruir por entero el tejido de sus sofismas. Pero a veces, cuando elpreopinante esfuerza demasiado la argumentación, las copas o las tazassuelen rodar por el suelo y quebrarse. Entonces es el preopinante quiense desconcierta y dirige con turbado semblante miradas tímidas hacia elmostrador.

Adolfo Moreno gozaba incomparablemente en estas discusiones que lepermitían lucir sus conocimientos en las ciencias naturales. Y comoestos conocimientos solían ser tan recientes que muchas veces databan dela noche anterior o del mismo día, su fuerza era irresistible. ¡Quéserie asombrosa de pormenores, cuánta erudición desplegaba en ocasiones!Los contrarios quedaban silenciosos y confundidos y los parroquianos delas mesas inmediatas henchidos de admiración. Algunos de éstos quehabían concluido por trabar amistad con ellos, se trasladaban enocasiones a la mesa de los filósofos y tomaban parte en las disputas.

Mientras la discusión religiosa se desenvolvía, profunda y acalorada,Godofredo Llot aparecía agitado, convulso. Varias veces había queridointervenir, pero como lo hacía tímidamente no se le escuchaba. Y lasimpías proposiciones que su amigo sustentaba le llegaban tan al alma,turbaban de tal manera sus facultades, que apenas tenía alientos paraformular un argumento. Estaba consternado: su corazón se iba apretandode pena. Aquella noche Moreno parecía un demonio terrible y batallador,escupiendo con furia sus blasfemias, manifestando con cinismo infernalsu odio a los misterios de la religión.

El pobre Godofredo se sintió tan abatido que, mientras miraba conespanto a su amigo, algunas lágrimas brotaron a sus ojos y resbalaronpor sus tersas mejillas. Nadie lo advirtió, embebidos como estaban en ladisputa. Mas cuando Moreno, en un rapto de feroz incredulidad, gritóque para él nuestro Redentor no era más que un judío exaltado, dejoseoír un sollozo. Todos volvieron la cabeza. Godofredo, tapándose la caracon las manos, lloraba amargamente.

La compasión se apoderó entonces de unos y de otros. ¿A qué conducíaaquella discusión? El que tuviese la desgracia de no creer, que se locallase. De todos modos, herir sin necesidad las almas timoratas, comola de aquel pobre muchacho, era poco caritativo y además una falta deconsideración.

Moreno, algo amoscado, guardaba silencio, maldiciendo en su interior dela facilidad que su amiguito tenía para liquidarse.

II

Romadonga se acercó al grupo cuando la discusión religiosa acababa dezanjarse de aquel modo imprevisto y húmedo. Mario vio el cielo abierto.D. Laureano le hizo con sonrisa de condescendencia una seña, y nuestroimpaciente joven se disponía a levantarse cuando uno de los mozos queservían allá abajo, cerca de la puerta, se acercó al viejo tenorio y lehabló algunas palabras al oído.

—Soy con usted al momento—dijo éste a Mario.

Y se alejó.

—¿Qué pasará?—preguntó uno de los tertulios.

—¿Qué ha de pasar? ¡Lo de siempre!—repuso Mario de mal humor.—¿No love usted?—añadió fijándose en la puerta.

Por detrás de los cristales se traslucía la silueta de una mujer.

Al cabo de pocos instantes viose llegar de nuevo a Romadonga mordiendoel imprescindible cigarro y con el mismo paso tranquilo, dirigiendomiradas insolentes a las parroquianas.

—¿Por qué se ríen ustedes?—dijo al llegar.—¿Se figuran que se tratade una aventura amorosa? Pues no hay tal... Es decir, sí ha sido unaaventura amorosa, pero en tiempos remotos. Ahora no es más que una viejaque viene a pedirme diez duros.

—¿Se los ha dado usted?

—¡Nunca! y eso que me ha dicho que tiene un hijo muriendo. No quierosentar precedentes funestos. Hija mía, lo siento mucho, le dije, pero yono mantengo clases pasivas.

No faltó quien celebrase el chiste y quien admirase la firmeza decorazón del empedernido seductor. Mario no pudo reprimir un gesto derepugnancia. Aquel rasgo de crueldad expresado en forma tan cínica ledio frío. Pero este frío y esta repugnancia se disiparon cuandoRomadonga, poniéndole cariñosamente una mano sobre el hombro, le dijo:

—A las órdenes de usted, amigo Costa.

Lo que ahora le acometió fue una extraña sensación de terror, unosdeseos atroces, de echar a correr. Levantose, sin embargo,automáticamente y, pálido y trémulo como si le condujesen al suplicio,siguió a D. Laureano.

—Buenas noches, señores—dijo éste acercándose al patíbulo.—¿Cómosigue usted, doña Carolina?... ¿Qué tal, D. Pantaleón? ¿Y ustedes,niñas?

Todos buenos, todos buenos, y todos sonrientes, acogiendo a D. Laureanocon la misma alegría que a un bienhechor de la humanidad. La sonrisa dela más regordeta de las muchachas iba acompañada de un poco de carmín enlas mejillas que se propagó instantáneamente al resto de la cara, sinexcluir las orejas, cuando Romadonga, dando un paso atrás, dijo estassolemnes palabras:

—Tengo el honor de presentar a ustedes a mi amigo D. Mario de la Costa.

D. Mario de la Costa, a juzgar por su palidez, estaba rezando en aquelmomento el credo, preparado a morir cristianamente. Alargó al jefe de lafamilia su mano temblorosa y fría, y preguntó con voz que semejaba unestertor:

—¿Cómo está usted?

El jefe de la familia estaba bueno y celebraba la ocasión de conocer alseñor de la Costa. Éste volvió a alargar su mano a la esposa del jefe,pero su garganta ya no pudo dejar salir el más leve soplo. En cuanto alas niñas, podían sacudir la cabeza, sonreír, ruborizarse, hacer, ensuma, lo que tuvieran por conveniente. De todos modos, no lograríanobtener la más mínima atención por parte del joven presentado.

Éstepermaneció de pie a inmóvil esperando el golpe fatal cuando la manoprotectora de D. Laureano le obligó a sentarse en una silla quepreviamente había acercado.

Presentación, la más delgada de las jóvenes,se apartó un poco haciendo signos de inteligencia a Romadonga, y lasilla quedó colocada al lado de Carlota, la más gruesa.

Pero Mariosorprendió aquel signo de inteligencia y la sonrisita burlona con quefue acompañado. Inmediatamente el blanco cera de sus mejillas se tornóen un rojo ladrillo no menos interesante.

¿Por qué les da a todos en seguida por hablar entre sí, sin cuidarse deél para nada?

Su regordeta vecina era víctima del mismo abandono. Ambosparecían consternados.

Carlota, inquieta, temblorosa, pidió auxilio a suhermanita llamándole la atención acerca de una manteleta que vestíacierta señora que acababa de entrar. La cruel Presentación no hizo casoalguno; les echó una mirada burlona y se volvió de espaldas riendo comouna tonta. Mario tuvo fortaleza bastante para mantener a salvo sudignidad en tan críticas circunstancias. A nadie demandó socorro. Ycomprendiendo que el hombre debe hallar en sí mismo recursos suficientespara flotar en esta clase de naufragios, supo toser y sonarse muy apropósito, limpió la ceniza del cigarro que le había caído sobre elpantalón con admirable oportunidad, no dejando tampoco, claro es, demirar con cierta insistencia las mangas de la levita a fin de descubrirsi era posible alguna mancha salvadora. Es más, cuando gracias a estosheroicos manejos se encontró medianamente tranquilo, tuvo serenidadbastante para decir a su vecina sin temblarle demasiado la voz:

—Es increíble el calor que aquí se desarrolla al llegar esta hora.

—Es verdad, sobre todo los domingos, en que viene tanta gente—repusola vecina con voz suave, dulcísima, como las notas de una flauta sonandoen un bosque de laureles y mirtos.

—¡Eso es!—se apresuró a exclamar Mario, vivamente impresionado poresta profunda observación.

Inmediatamente la vecina emitió otra muchísimo más luminosa, y es quelos días no festivos el café estaba más tranquilo y agradable.

Naturalmente, Mario al oír esto cayó en un verdadero espasmo deadmiración, y asintió frenéticamente, no sólo con la boca, sino tambiéncon los ojos, con el cuello, con las manos, con todos los componentes desu organismo en suma. Y acometido a su vez del fuego de la inspiración,halló en las profundidades de su espíritu un rasgo feliz que a él mismole dejó sorprendido.

—Basta que haya pocas personas si éstas nos agradan.

La vecina hizo un signo de aquiescencia bajando modestamente loshermosos ojos.

Mario quedó tan encantado del éxito de su frase que,excitado por él, supo hallar en poco tiempo otras dos o tres no menosfelices.

Ambos quedaron en breve tan abstraídos de los ruidos mundanales quesonaban a su alrededor como si se hallasen en las profundidades de unaselva virgen. La soledad que antes les parecía aterradora hallábanlaahora gratísima y gozaban cambiando frases de admirable sentido, como laprimera pareja creada por Dios en los jardines del Paraíso.

No fue un ángel quien vino a arrojarles de él, sino el propio creador dela mitad de la pareja, esto es, D. Pantaleón Sánchez, papá de las dosniñas.

—He tenido el honor, Sr. Costa, de conocer a su señor padre hace años,cuando era subsecretario de Hacienda. Entré en su despacho formandoparte de una comisión de almacenistas para pedirle una rebaja en elarancel.

Mario daría cualquier cosa en aquel momento porque D. Pantaleón nohubiera tenido semejante honor. Sin embargo, pareció encantado de lanoticia. Y sobre este tema departieron algunos instantes.

Era D. Pantaleón un hombre que se hallaría entre los sesenta y lossesenta y cinco años; el cabello enteramente blanco y lo mismo elbigote, largo, poblado y caído de puntas: conservaba el cutis fresco,los dientes seguros y cierta firmeza y decisión en los movimientos, quedenotaban vigor corporal. La mirada profunda de sus grandes ojospregonaba

bien

claro

que

tampoco

había

perdido

el

espiritual.

Hablabareposadamente y con una gravedad afable que infundía a la vez respeto ysimpatía.

Cuando

le

pareció

oportuno

suspendió

la

conversación

volviéndose

haciaRomadonga, y Mario quedó nuevamente perdido y solo. No tardó, sinembargo, haciendo un esfuerzo poderoso de ingenio como el anterior, enhallar el camino de la selva donde le aguardaba su simpática vecina.

—El café que sirven los domingos es peor que el de los demás días.

Y se ruborizó al expresar esta juiciosa opinión, lo mismo que si hubieradicho postrado de hinojos:—¡Te adoro, ángel mío!

—Es imposible que salga bien haciendo tan gran cantidad—repusoCarlota, igualmente ruborizada.

Ambos se perdieron instantáneamente en lo más espeso a intrincado delbosque.

Esta vez no fue D. Pantaleón, sino su último retoño, quien vino a suencuentro.

Presentación se volvió hacia ellos con ademán tan vivo, expresando talfuror en su movible fisonomía, que lo mismo Mario que su dulce compañeraquedaron sorprendidos y levantaron los ojos para saber cuál era lacausa. Un joven pálido, de pómulos salientes, nariz remangada y ojosclaros, pero no serenos, se acercaba en aquel momento a la mesa con lacabeza descubierta.

Mario reconoció en seguida al violinista.

—Buenas noches, D. Pantaleón... Buenas noches, D.ª Carolina... Buenasnoches, Presentacioncita... Buenas noches, señores... ¿Cómo siguenustedes? ¿Están ustedes bien?

La boca del joven artista se dilataba al pronunciar estas palabras conuna sonrisa que no dejaba ocioso el más insignificante músculo, la fibramás diminuta de su semblante incoloro. La voz se arrastraba lenta,gangosa por aquella formidable boca antes de salir, de tal modo que alllegar a los oídos de sus interlocutores parecía venir cargada desaliva. Y así era en efecto.

—Buenas noches, Timoteo, buenas noches.

Todos respondieron amicalmente al saludo, menos Presentación. Y, sinembargo, los que la boca temerosa del artista había dejado escapar, ymuchos otros que habían quedado dentro, a ella exclusivamente ibandirigidos. Mientras hablaba en pie y arrimado a la mesa con los papás ycon Romadonga, sus ojos de pez, claros y fríos, no se apartaban de lagentil muchacha.

¿Gentil? Sí, Presentación era una lindísima joven que acababa de cumplirlos veinte.

Delgadita, morena, de rostro fino y expresivo, los ojospicarescos con afectación, los cabellos negros y pegados a la frente, laboca tan pronto grande como chica, de una extrema movilidad, lo mismoque los ojos, que el talle, que las manos, que todo lo demás. Una mujer,en suma, hecha de rabos de lagartija. El reverso de su hermana Carlota,tan redondita, tan sosegada, de una pasta tan excelente que no habíamedio de alterarla. No era bella, al decir de los inteligentes; su narizno estaba bien modelada; los labios eran demasiado gruesos. No obstante,había quien la prefería a Presentación por la dulzura de sus grandesojos, suaves, hermosos, por la frescura nacarada de su tez, por lomacizo y bien torneado de su talle. Pero eran los menos.

Presentación se había vuelto de espaldas por completo. Su rostro y todosu cuerpo reflejaban agitación violentísima que se traducía en muecas ycontorsiones y se exhalaba también en frases incoherentes pronunciadasen voz baja, que ni Carlota ni Mario llegaban a comprender. La causa detal estado espasmódico no podía ser otra que la influencia magnética dela mirada del violinista pesando continuamente sobre su cogote.

Carlota la contemplaba con sonrisa benévola y le decía por lo bajo:

—¡Calma, niña, calma!

—¡Sí, sí, calma!... ¡Que te pasase a ti lo que a mí me estápasando!—exclamaba con coraje, esforzándose en apagar la voz.

—Buenas noches, Carlotita—dijo en aquel momento Timoteo, tratando dedar a su voz gangosa acento picaresco.—No se las he dado antes porquela veía a usted muy entretenida.

—Abre el paraguas, Carlota—dijo Presentación por lo bajo.

Pero no tan bajo que no llegase como un rumor a los oídos del joven.Éste, sin percibir las palabras, comprendió su tristísimo sentido yquedó avergonzado y confuso.

—Buenas

noches,

Presentacioncita—dijo

entonces

abriendo

la

bocadesmesuradamente para sonreír.

—Buenas noches—respondió la joven sin volver la cabeza, mirando confijeza al frente.

—Hoy la he visto a usted en un comercio de la calle de laMontera—profirió el artista abriendo la boca un poco más.