El Molino Silencioso y Las Bodas de Yolanda by Hermann Sudermann - HTML preview

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—Apóyate contra mí—dice él.

Y ella deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan. Un estremecimientocorre por los brazos del joven pero no se atreve a enlazarle el talle;respira con dificultad; mira con fijeza el agua transparente a través dela cual resplandece el pie blanco de Gertrudis como una concha de nácarque hubiera en el fondo.

Uno al lado de otro, permanecen sentados, en silencio. Delante de ellos,en la presa, las aguas mugen formando torbellinos. La espuma tiende unaespecie de puente de plata a través del río, y la corriente se deslizatranquila a sus pies. De vez en cuando, el dulce viento de la noche lestrae sonidos amortiguados de la música; al gruñido monótono del timbalse mezcla el grito sordo del alcaraván.

De pronto, Gertrudis se estremece.

—¿Qué tienes?

—Tengo frío.

—Retira inmediatamente el pie del agua.

Ella hace lo que él le dice, y después saca del bolsillo el fino pañuelode batista que ha llevado al baile.

—No puede servir de mucho—dice Juan, y con mano temblorosa coge sugrueso pañuelo.—Déjame secarte el pie.

Muda, con una mirada tímida y suplicante, Gertrudis deja hacer; ycuando él siente entre sus manos ese pie suave y fresco, lo asalta unvértigo, lo invade un deseo ardiente y loco; se agacha y posa sobre élsu frente ardiente.

—¿Qué haces?—exclama ella.

El se incorpora... Sus miradas se cruzan llenas de embriaguez, y,lanzando un grito furioso, caen en brazos uno del otro.

Sus besos ardientes se posan sobre la boca de Gertrudis. Ella ríe yllora a la vez, le coge la cabeza entre las manos, le acaricia loscabellos, apoya la mejilla del joven contra la suya, y lo besa en lafrente y en los ojos.

—¡Oh! ¡cuánto, cuánto te amo!

—¿Eres mía?

—Sí, sí.

—¿Me amarás siempre?

—¡Siempre! ¡siempre! Y tú... no me dejarás nunca sola, como hoy... paraque Martín...

Se calla de golpe. El silencio pesa sobre ellos. ¡Y qué silencio!... Alo lejos suena el timbal... El agua muge...

Los dos se miran entonces pálidos como la muerte. Y ella se pone alanzar gritos penetrantes:

—¡Jesús! ¡Jesús!

Su voz suena en medio de la noche.

Con un gemido violento él se oculta el rostro entre las manos.

Unsollozo sin lágrimas sacude todo su cuerpo. Una llama se enciendedelante de sus ojos, llama sangrienta que se alza como si fuese aabrasar al mundo entero. Ha visto claro de repente. El resplandor que lavíspera de San Juan empezó a parecerle siniestro, y que la noche en queGertrudis estalló en sollozos en medio de su canto, cruzó su frente comoun relámpago para extinguirse un instante después, ese resplandor subeahora ante sus ojos como el disco chispeante del sol. Y cada una de susllamas lo incita al odio, cada chispa hace estremecer su alma con lastorturas de los celos, cada rayo le atraviesa el corazón con unsentimiento de terror y de remordimiento... Gertrudis se ha echado debruces en el suelo, y llora, llora amargamente...

Con la frenteinclinada y las manos juntas, él contempla fijamente el cuerpoencantador que yace delante de él, sumido en la desesperación.

—Entremos—dice con voz sorda.

Ella alza la cabeza y apoya los brazos en el suelo; pero, cuando élquiere levantarla, lanza un grito agudo.

—¡No me toques!

Por dos o tres veces trata de ponerse en pie; sus piernas se doblan.Entonces tiende los brazos sin decir palabra, y se deja levantar por él,que sostiene sus pasos vacilantes a través del patio del molino. Sesecan sus lágrimas; el estupor de la desesperación se lee en susfacciones rígidas y pálidas; ella vuelve el rostro y se deja arrastrarpor él como si no tuviera ya voluntad. En el umbral del emparrado,retira su brazo del de Juan y, reuniendo sus últimas fuerzas, seprecipita sola hacia la puerta.

Luego, desaparece en la sombra espesadel follaje.

Los aldabonazos suenan sordamente, una vez, dos veces.

Después se oyenpasos en el interior; la llave gira, y una luz amarillenta se esparcefuera, en la claridad de la luna.

—¡En nombre del cielo! ¡qué cara trae usted!—exclama asustada lacriada.

Y la puerta se cierra.

El se deja estar allí largo tiempo, con los ojos fijos en el sitio pordonde ella ha desaparecido.

Una sensación de frío que lo hace temblar de la cabeza a los pies lodespierta de su ensimismamiento. Maquinalmente se desliza a través delpatio, iluminado por la luz de la luna; acaricia a los perros que, conladridos alegres, lo saludan; echa una mirada estúpida a la ruedainmóvil, sobre la cual se desliza el agua sin ruido, como una brillanteserpiente. Una fuerza misteriosa lo arroja de allí; el suelo del patiole quema los pies.

Se dirige a través de la pradera hacia la presa, hasta el sitio donde haestado sentado con Gertrudis. Sobre el césped brilla el zapato azul, y apoca distancia la larga media, tan fina...

¡Gertrudis ha entradocojeando, con un pie desnudo, sin notarlo!

Lanza una risotada estridente, toma los objetos y los lanza lejos, a lasaguas espumosas.

¿Adónde ir entonces? El molino ha cerrado su puerta detrás de él, parasiempre. ¿Adónde ir? ¿Se tenderá, para descansar, sobre un montón deheno? ¡No podrá dormir!... ¡He ahí un grupo de muchachos alegres! Pocoantes los ha desdeñado, pero entonces llegan en buen momento.

XXII

Cuando, como a las dos de la mañana, Martín Felshammer ha conseguidodesasirse de sus compañeros, bebedores sempiternos, se acerca de buenhumor al lugar de la fiesta, donde la claridad insegura del día gris quenace ilumina las idas y venidas de los retrasados. Ve acercarse entoncesun grupo de mozos ebrios, que aullando cantos obscenos pasan en fila através de la gente; a la cabeza de ellos marcha el cerrajero Farmann,bribón famoso, y detrás de él van otros perdidos.

Resuelto a echarlos de allí, va directamente hacia el grupo; pero derepente se detiene petrificado, con los brazos caídos... En medio delgrupo, con los ojos terribles, avanza tambaleándose su hermano Juan.

—¡Juan!—exclama estupefacto.

Este se estremece; su rostro enrojecido se pone lívido; en sus ojosbrilla un resplandor de espanto; tiembla, extiende los brazos como paradefenderse, y retrocede, vacilando, dos o tres pasos.

Martín siente que se apacigua su cólera. El deplorable espectáculodespierta su compasión. Sigue a Juan, y, reteniéndole por el brazo, ledice con voz llena de ternura:

—Ven, hermano; es tarde; vamos a casa.

Pero Juan, haciendo un ademán de horror, retrocede más ante la mano quelo roza; y dirigiendo a Martín una mirada llena de angustia mortal, ledice con voz ronca:

—¡Déjame!... ¡no quiero, no quiero tener nada que ver contigo! ¡ya nosoy tu hermano!

Martín, sobrecogido, se agarra con las dos manos a la mesa que estájunto a él, y se deja caer, como herido de una puñalada, sobre el bancoinmediato!

Juan se aleja apresuradamente y desaparece en el bosque.

XXIII

Desde aquel día, la tristeza se cierne sobre la casa de los Felshammer.

Cuando Martín entró en su casa por la mañana, todo estaba tranquilo, enuna calma profunda. Descolgó de la pared la llave del molino y sedeslizó hasta la triste habitación de que había hecho una especie detemplo de su falta. Allí lo encontraron sus gentes a la hora delalmuerzo, tan blanco como la cal de los muros, con la frente entre lasmanos y murmurando sin cesar:

—¡Fritz, Fritz! ¡ésta es la expiación! ¡ésta es la expiación!

El espectro, el antiguo, el temible espectro, al que creía desterradopara siempre, se ha echado de nuevo sobre él, y sus garras le aprietanla garganta hasta estrangularlo.

Ha sido casi necesario emplear la fuerza para sacarlo de su retiro. Conpaso torpe ha salido tambaleándose del molino. Ha encontrado a su mujeracurrucada en un rincón, con las mejillas pálidas y la mirada temerosa.Entonces le ha cogido la cabeza con las dos manos, fijando un instantesobre la infeliz, toda trémula, sus ojos sombríos, y después hamurmurado esas palabras melancólicas:

—¡La expiación! ¡la expiación!

Al oír esta frase siniestra, un escalofrío recorre el cuerpo deGertrudis. «¿Sabe algo? ¿Se lo ha confesado todo Juan? ¿Ha descubiertopor casualidad el secreto?... ¿O no tiene más que sospechas?...»

Y desde entonces se llena de terror delante de ese hombre; y se consumede pasión por el otro, a quien ha despedido para siempre. Palidece yadelgaza; anda vagando de un lado a otro como una sonámbula. Alrededorde sus ojos se dibujan surcos azules que se ensanchan cada vez másalrededor de su boca se forma un pliegue que se contrae sin cesar.

Martín no ve nada de eso. Todo su ser está embargado por el dolor dehaber perdido su hermano. Durante los primeros días ha estado esperandohora tras hora verlo llegar; quizá no se ha dado cuenta de lo que decíaen su embriaguez... ¡y él, Martín, será ciertamente el último enrecordárselo!

Pero pasan los días, unos después de otros, sin que Juan reaparezca; suangustia crece entonces. Comienza a informarse del desaparecido, conpoco fruto al principio porque las relaciones de aldea a aldea son muyescasas. Sin embargo, poco a poco van llegando noticias al molino; lohan visto hoy aquí y ayer allí, como un vagabundo, pero rodeado siemprede alegres compañeros. En cuanto «el diablo de Juan», como le llaman, sepresenta en alguna parte, se llena la taberna, saltan los tapones ychocan los vasos; y, cuando la fiesta está en todo su apogeo, a travésde los cristales hechos añicos salen las botellas a la calle.

Pero «eldiablo de Juan» paga todo lo que rompe. Convida a todos los queencuentra por el camino... ¡Ah sí! es un gran compañero y un bebedorinsigne «el diablo de Juan.»

Poco a poco van apareciendo a la puerta del molino toda clase depersonajes tenebrosos como Löb Levi, de Beelitzhof, el acaparador degranos, y Hoffmann, de Grünhalde, el corredor de fincas; presentanpapeles amarillos y grasientos sobre los cuales la mano de Juan hafirmado cantidades a tanto por ciento y a tantos días... Martíncontempla largo rato las letras inciertas que se precipitan, comoebrias, unas sobre otras; después, va a su caja de caudales y paga, sindecir palabras, la deuda y los intereses exorbitantes. ¡De buena ganadaría la mitad de su riqueza por conseguir la vuelta de su hermano!

Al fin, manda enganchar el carruaje y él mismo va a buscarlo.

Andaleguas y leguas, pasa en vela noches enteras, sin conseguir nuncaatrapar a su hermano. Las noticias que obtiene de los taberneros sonincompletas y confusas; unos le responden de un modo incierto ycohibido, otros con aparato de misterio y en tono socarrón; todosparecen temer que tan pronto como el dueño del molino de Felshammer hayaencontrado al borracho de su hermano desaparecerán sus pingüesbeneficios.

Cuando Martín empieza a notar que lo engañan, se apodera de él eldesaliento. Regresa al molino y se encierra por dos días en su despacho. Durante ese tiempo, se pregunta si no sería convenientepedir ayuda a los gendarmes de Marienfeld. Con su autoridad, sería fácilarrancar la verdad a la gentes. Pero no...

hacer buscar a su hermano conla policía es cosa que no permite el honor del nombre de los Felshammer;su padre se estremecería en la tumba.

Un constipado adquirido en sus viajes nocturnos, lo obliga a guardarcama. Y, durante dos mortales semanas, en las que Gertrudis permanecesentada a la cabecera del lecho, noche y día, vive torturado por lasalucinaciones de su delirio, en el que sus dos hermanos, el muerto y elvivo, van a rondar alrededor de él, ora distintos ora confundidos en unsólo ser monstruoso, especie de espectro de dos cabezas.

Tan pronto está casi restablecido hace preparar su carruaje. Es fuerzaque acabe por encontrarlo.

XXIV

Al fin lo encuentra.

Una noche, muy tarde, a principios de septiembre, sus investigaciones lollevan a B... aldea situada dos leguas al norte de Marienfeld. A travésde las ventanas cerradas de la taberna, se oye un ruido confuso,pataleos, gritos y cánticos avinados.

Baja pesadamente del carruaje y ata el caballo a la puerta del patio. Lallama turbia de la linterna vacila al soplo del viento de la noche.Grandes gotas de lluvia golpetean el suelo.

Levanta el cerrojo y empuja la puerta, que se abre de par en par. Unadensa humareda azul, de tabaco, le da en el rostro, mezclada con el olorde la cerveza agria.

Y allí, en el extremo de una larga mesa, con las mejillas abotagadas,los ojos ribeteados de rojo y afectados por el brillo vidrioso propiode los borrachos, los cabellos revueltos, la camisa sucia y las ropas endesorden, cubiertas de aristas de paja, restos sin duda del últimolecho, estaba su hermano adorado, aquel que lo era todo para él y al queveía convertido entonces en un vicioso precoz, condenado a irremediabledesgracia.

—¡Juan!—exclama, y la fusta que tiene en la mano cae al suelo conruido.

Un silencio de muerte se esparce por la sala llena de gente, y losbebedores contemplan con la boca abierta al intruso.

El desgraciado se ha levantado de su banco, con el rostro rígido por unaangustia indecible; de su pecho sale silbando una especie de estertor;da un salto desesperado y trepa a la mesa, y haciendo otro esfuerzotrata de huir por sobre las cabezas de sus vecinos.

Es inútil; la mano de Martín lo sujeta.

—Quédate—gruñe a su oído una voz sorda.

Y al mismo tiempo se siente empujado con fuerza prodigiosa.

Martín abre la puerta; y, mostrando con el puño de la fusta laobscuridad de la noche, se planta en medio de la sala.

—¡Vamos! ¡fuera!—grita con una voz que hace temblar los vasos sobre lamesa.

Los bebedores, jóvenes calaveras en su mayor parte toman sus sombreros yse retiran intimidados; apenas se oye un murmullo ahogado.

—¡Vamos! ¡fuera!—repite Martín haciendo un gesto como para saltar a lagarganta del primero que proteste.

Dos minutos después han salido todos... Sólo el tabernero está allítodavía, paralizado por el miedo, detrás del mostrador. Al volverseMartín hacia él, con una mirada amenazadora, comienza a quejarse en tonollorón del transtorno causado en su tienda.

Martín mete la mano en el bolsillo, le tira un puñado de monedas deplata y le dice:

—¡Quiero quedarme solo con él!

Y cuando ha cerrado la puerta, detrás del tabernero, que saleinclinándose, se aproxima lentamente a su hermano, que, con el rostroentre las manos, permanece inmóvil, agazapado en un rincón. Colocasuavemente la mano sobre su hombro; y, con una voz trémula de dulzurainfinita y de inmensa tristeza:

—Levántate, hijo mío, y hablemos.

Juan no hace un solo movimiento.

—¿No quieres decirme qué tienes contra mí? El desahogo consuela...Alivia tu corazón contándome tus penas.

—¡Consolar mi corazón!... ¡Ay!...

La angustia que contraía sus facciones se ha cambiado en una arroganciasorda, reprimida.

Martín, lleno de disgusto y de lástima contempla aquel rostro, cuyasarrugas profundas apenas dejan conocer al Juan de otros tiempos, tanfranco de corazón, tan tierno. Es fuerza que las pasiones más viles sehayan apoderado de ese hombre para desfigurarlo de un modo tan terribleen seis cortas semanas.

Se incorpora entonces y lanza una mirada del lado de la puerta.

—Me has encerrado, ¿no es verdad?—dice con una nueva explosión derisa, que penetra a Martín hasta los tuétanos.

—Sí.

—¿Quieres, pues arrastrarme contigo como un criminal?

—¡Juan!

—Eres, en efecto, el más fuerte. Pero te declaro una cosa; que no soytan débil que no pueda defenderme. Me tiraré carruaje abajo y me romperéla cabeza contra una piedra antes que ir contigo.

—¡Piedad, Dios mío!—exclama Martín.—¿Qué han hecho de ti?

Juan se pasea a lo largo, y hace sonar a su paso las tapaderas de losfrascos de cerveza.

—¡Acabemos!—dice al fin, deteniéndose.—¿Qué quieres de mí para venira encerrarme de este modo?

Martín, sin decir nada, va a la puerta y corre el cerrojo; despuésvuelve a colocarse delante de su hermano. Su pecho jadea, como siquisiera sacar las palabras de lo más profundo de su alma. ¿Pero de quéle sirve eso? Su voz se queda en la garganta. Nunca ha sido elocuente elpobre rústico; ¿cómo encontrar de pronto conceptos expresivos paraarrancar aquel extraviado a su locura? No puede articular más que estaspalabras:

—¿Qué te he hecho? ¿Qué te he hecho?

Las repite dos veces, tres veces; las repite infinitamente. ¿Qué máspuede decir? Toda su ternura y todo su dolor están ahí.

Juan no responde nada. Se sienta en el banco y hunde las dos manos ensus cabellos incultos. Por su rostro vaga una sonrisa, una sonrisahorrible que no admite consuelo ni esperanza... Al fin interrumpe a sudesgraciado hermano, que repite interminablemente su frase, como siesperara verla causar un efecto mágico.

—Basta; no sabes qué decirme y no puedes decirme nada. He acabadoconmigo mismo, contigo y con el mundo entero. ¡Si supieras por lo que hepasado en estas seis últimas semanas!...

Desde que salí del molino no hedormido bajo techo, porque estaba convencido de que el techo meaplastaría...

—¿Pero, en nombre del cielo, qué tienes?

—No me preguntes nada; no conseguirás saberlo... Deja las palabras; soninútiles... y aunque me jurases por la memoria de nuestros padres...

—Sí; por nuestros padres...—balbucea Martín con alegría.

¿Por qué no he pensado en ello más pronto?

—¡Déjalos tranquilos en su tumba!—replica Juan con su sonrisaodiosa.—Eso no reza conmigo. ¡Ellos no pueden impedir que esté perdido;no pueden impedir que te odie!

Martín lanza un gemido violento y vuelve a caer, como aniquilado, sobreel banco.

—Siempre he pensado en ellos; siempre me he acordado de que MartínFelshammer es mi hermano. Y por eso he llegado adonde estoy... ¡Me hacostado un duro sacrificio, puedes creerlo!... Por lo tanto, no tequejes... Créeme... me he portado muy bien contigo... ¡ay, hermano!...muy bien.

Martín no tiene necesidad de averiguar más; ve claramente ya la solucióndel enigma: la víctima de otro tiempo sale de su tumba para pedirvenganza. Entonces, con las manos juntas murmura dulcemente:

—¡La expiación! ¡La expiación!...

El otro continúa:

—Pero haces bien en recordarme a nuestros padres; no tengo derecho aarrojar una mancha sobre su nombre, sobre el nombre de los Felshammer...Esa es una idea que me atormenta desde hace un tiempo... Y, a decirverdad, me alegro de haberte encontrado... Podemos hablar de ellotranquilamente... me voy a América.

Martín contempla por un instante su rostro abotagado; después murmuradulcemente:

—¡Que Dios te acompañe!

Y deja caer pesadamente su frente sobre la mesa.

—Muy pronto—continúa el hermano.—Ya me he informado; el primero deoctubre parte un buque de Brema; es preciso que salga yo de aquí lasemana próxima... Tú sabrás qué es lo que me corresponde por miherencia... Debo haber derrochado una buena parte... Dame a cuenta deella lo que tengas en dinero; envía los fondos a Franz Maas, que yo iréa casa de él a buscarlos...

—¿Y no vendrás siquiera una vez al... al?...

—¿Al molino? ¡Jamás!—exclama el joven, levantándose con un resplandorinquieto, de deseo y de angustia, en los ojos.

—¿Y te he de decir adiós aquí... aquí... en este lugar inmundo?...¡adiós para toda la vida!...

—No puede menos de ser así—dice Juan, bajando la cabeza.

Y Martín vuelve a su idea y murmura:

—¡Es la expiación!

Juan fija una mirada ardiente en su hermano, que, con el alma y elcuerpo quebrantados, permanece agobiado delante de él...

Está firmementeresuelto a no volverlo a ver... Pero es preciso que le tienda la mano...en el momento de la separación.

—Adiós, hermano—dice aproximándose a Martín, que se deja estarsentado, inmóvil.—Sé feliz y consérvate bueno.

Pero, de repente, siente como un chorro de calor dulce... Por su cerebropasan en un mismo instante, un sinnúmero de imágenes. Se vuelve a verniño, protegido, mimado por su hermano mayor; se vuelve a ver mozo,andando orgulloso del brazo de él; se vuelve a ver, de pie con él, juntoal lecho de muerte de los viejos padres; se vuelve a ver con él, en elmomento solemne en que, con las manos enlazadas, se prometieron nosepararse nunca y no dejar que nadie se introdujese nunca entreellos...

¡Y entonces!... ¡entonces!...

—¡Hermano!—exclama.

Y con ruidosos sollozos cae a sus pies.

—¡Mi nene! ¡mi querido nene!

Y Martín, en medio de sus lágrimas, lanza gritos de alegría y lo besa,lo aprieta contra él, como si quisiera no dejarlo marchar.

Al fin te encuentro... ¡Oh Dios! Ahora todo irá bien... ¿no es verdad?Di... todo esto no era más que pura fantasía, pura locura.

¿Tú no sabeslo que has hecho, eh? Ya no te acuerdas. Apostaría a que ya no tienes lamenor idea de eso ¿eh? Despiertas, ¿no es verdad que despiertas?

Juan, triste, aprieta los dientes y apoya su rostro en el pecho de suhermano. Pero, de pronto, se le ocurre una idea que le pesa sobre elcorazón y le zumba en los oídos, una idea semejante a un vampiro frío yviscoso que bate las alas a su alrededor; en ese brazo, en ese,Gertrudis se ha abandonado... ¡ese mismo día!

Y se pone en pie violentamente. ¡Tiene que salir de aquella sala, tieneque dejar de respirar aquella atmósfera, o va a volverse loco!

Da un salto hacia la puerta... Descorre el cerrojo y...

desaparece.

Rígido de estupor, Martín lo sigue con los ojos un momento; después sedice, como para librarse de la inquietud que se apodera de él.

—Está demasiado impresionado y necesita respirar el aire fresco;volverá.

Su mirada se fija en la percha que hay en el muro; sonríe completamentetranquilo:

—Juan ha dejado su gorra... afuera está lloviendo... el viento esfresco... volverá.

Después, Martín llama al tabernero; hace llevar su caballo a la cuadra ymanda preparar para su hermano un grog caliente y una cama: «porque,dice con una sonrisa, volverá...»

Y cuando todo queda preparado, se sienta y se absorbe en susmeditaciones. De vez en cuando murmura, como para reanimar su valor quese extingue:

—¡Volverá!

Afuera, la lluvia golpetea las ventanas, el viento de otoño silba sobrela taberna; y cada gota de lluvia, cada silbido anuncia:

—¡Volverá! ¡volverá!

Pasan las horas, la lámpara se apaga, Martín se ha quedado dormido en suespera y sueña con la vuelta de su hermano...

Al día siguiente por la mañana, lo despiertan. Asustado y tembloroso,mira a su alrededor. Sus ojos se posan sobre la cama vacía, en la quesu hermano debía acostarse, su primer lecho después de seis semanas. Sedeja estar allí tristemente, de pie, con la mirada fija.

Después manda enganchar el carruaje y se va.

XXV

Ese año, el otoño ha llegado muy pronto. Desde hace ocho días sopla unviento nordeste, agudo y penetrante, como si se estuviera en noviembre.Los aguaceros azotan en los vidrios, y ya se extiende sobre el suelo unacapa de hojas de tilo, de color amarillo obscuro que la humedadconvierte en barro.

¡Qué pronto llega la noche! En la tienda del panadero, la lámpara seenciende antes de la hora de comer. Franz Maas está sentado bajo laclaraboya, muy ocupado en hacer sus cuentas.

Delante de él, sobre lamesa, donde se ven casi siempre en orden, blancos y redondos, pequeñosmontones de harina de flor, brillan entonces pequeños montones demonedas de plata; y en lugar de los bretzel miserables se oye elcrujido de los billetes de banco.

Es el tesoro que Martín le confió el último domingo con el encargo deentregarlo a Juan.

Ha entregado igualmente una nota en la cual la cuenta de la herenciaestá detallada hasta el último céntimo. Después se ha presentado todaslas mañanas a hacer la misma pregunta: ¿«Ha venido?» y, al ver la señanegativa de Franz, se ha vuelto sin decir nada. Ese tesoro embaraza aljoven panadero. Todas las noches cuenta la suma sobre la mesa, paracerciorarse de que nada ha desaparecido durante el día.

En esos momentos está entregado precisamente a esa ocupación. Esviernes; por fuerza Juan tiene que estar allí entonces si quiere llegara tiempo de alcanzar el vapor que sale de Brema.

Juan ha abierto la puerta sin ruido y se detiene detrás del panadero,cuando éste se dispone a guardar bajo llave los cartuchos de monedas.

—¿Todo eso es para mí?—pregunta poniéndole la mano sobre el hombro.

—¡Alabado sea Dios! ¡Al fin has venido!—exclama Franz alegremente.

Después de una ojeada examina a su amigo, de la cabeza a los pies.Martín había exagerado cuando le anunciaba, con lágrimas en los ojos, laaparición de un ser miserable y abatido. Juan Felshammer lleva un trajemuy limpio y cuidado: tiene una linda capa nueva, un poco entreabierta,que deja ver un flamante traje gris; sus cabellos, bien peinados, caensobre el cuello; hasta se ha afeitado... Pero, a decir verdad, su miradaturbia, por la que pasan resplandores inquietantes, las bolsas bajo losojos, el horrible color de las mejillas, son tristes síntomas en eserostro, fresco y juvenil hasta hace poco.

Y Franz le toma entonces las dos manos.

—Juan, Juan, ¿qué te ha sucedido?

—Paciencia, ya lo sabrás todo—responde Juan.—Será preciso que loconfiese todo a un ser humano, a uno solo... o eso acabará por ahogarme.

—¿Es cierto entonces? ¿Quieres?...

—Esta noche me voy en la diligencia. Ya tengo billete... Antes de venira verte he atravesado la aldea por última vez. Había obscurecido; podíaaventurarme a eso; y me he despedido de todo. He ido hasta la tumba demis padres, delante de la puerta de la iglesia... y también a la Corona,porque debía aún una miseria al dueño...

—¿Y has olvidado el molino?

Juan se muerde los labios, se retuerce el bigote y murmura:

—Ya iré.

—¡Oh! ¡qué alegría tendrá Martín!—exclama Franz Maas, rojo también porla emoción.

—¿He dicho acaso que iré a ver a Martín?—pregunta Juan entre dientes.

Y su pecho se levanta como para librarse del peso formidable que looprime.

—¿Qué? ¿acaso vas a introducirte furtivamente en la casa de tu padrecomo un ladrón, sin dejarte ver de nadie?

—¡No! Iré a despedirme... pero no de Martín.

—¿De quién, entonces?... ¡Desgraciado!... ¿De quién, entonces?—exclamaFranz Maas en el cual se despierta una terrible sospecha.

—Cierra la puerta y siéntate—dice Juan.—Voy a contártelo todo.

Pasan las horas. La tempestad sacude las hojas de las ventanas.

Elaceite crepita en la lámpara que humea. Los dos amigos están sentados,con las miradas fijas uno en el otro. Juan hace su confesión; no ocultanada, desde su primer encuentro con Gertrudis hasta el instante en queun estremecimiento de horror lo arrancó de los brazos de Martín paraarrojarlo a la noche lluviosa.

—Lo que ha pasado después—termina,—puede decirse en dos palabras.Corrí sin saber adónde, hasta que el agua y el frío me volvieron a larealidad. El correo de Marienfeld llegaba en ese momento; subí a él ypor lo menos me encontré a cubierto. De ese modo llegué a la ciudad,donde he permanecido hasta hoy.

Löb Lévi me ha dado cien táleres, y coneso me he comprado ropa; no quería presentarme harapiento delante deGertrudis.

—¡Desgraciado!... ¿quieres?...

—¡Nada de sermones!—protesta el joven en tono huraño.—

Todo está yaconvenido. Le he enviado un billete con un muchacho que encontré en lacalle y cuya vuelta he esperado. La halló sola en la cocina, y nadie loha visto. A las once estará ella en la presa... y yo ¡ay!... yo también.

—Juan, no hagas eso... ¡te lo suplico!—exclama Franz conangustia;—¡te va a suceder una desgracia!

Juan responde con una carcajada; y con los ojos brillantes, la bocapegada a la oreja de Franz, murmura:

—¿Crees tú, pues, mi pobre amigo, que yo sería capaz de ir a vivir y amorir al extranjero sin haberla visto antes una sola vez?

¿Crees tú quetendría yo valor para contemplar el mar durante cuatro semanas, sinprecipitarme en él, si no la hubiese visto otra vez?... ¡Me faltaría larespiración, el alimento se me quedaría en la garganta, me consumiríavivo, si no la hubiese visto una vez más!

Entonces, Franz renunció a disuadirlo.

La mirada inquieta de Juan se alza a cada instante hacia el reloj.

—Ya es hora—dice, tomando su gorra.—A las doce pasa la diligencia.Espérame en la posta y llévame dos billetes de cien táleres; eso mebastará para la travesía. Lo restante puedes devolvérselo a él; no lonecesito... Hasta luego.

Cerca de la puerta, se vuelve para preguntar:

—Dime, ¿me huele el aliento a aguardiente?

—Sí.

El joven lanza una risotada:

—Dame dos o tres granos de café para mascarlos. No quiero causarrepugnancia a Gertrudis en el último momento.

Y cuando Juan ha satisfecho su deseo, desaparece en la obscuridad.

XXVI

Hay crecida.

Sibilantes y rumorosas, las aguas salen precipitadamente de la presapara ir a perderse con un gruñido sordo y quejumbroso en el golfo deespuma, encima del cual parece levantar una bóveda brillante el polvo delas olas que se estrellan.

Al rumor de la caída se mezcla el rugido de la tormenta. Los viejosálamos que bordan el río se inclinan unos hacia otros, como fantasmasgigantes que bailan a media noche, en largas filas, una danza mágica.

El cielo está velado por nubes sombrías, todo es negro en losalrededores; sólo la espuma, de color de nieve, esparce un resplandorincierto, que, como la bruma, difuma los contornos de las cosas. Arribaresalta la balaustrada del pequeño pasadizo.

En medio de éste es donde los dos se encuentran.

Gertrudis, con la cabeza envuelta en un pañuelo obscuro, estaba desdehacía bastante tiempo debajo de los árboles, abrigándose de la lluvia;y, al ver surgir la alta figura de Juan al otro lado de la presa, se halanzado a su encuentro.

—¿Eres tú, Gertrudis?—pregunta él apresuradamente tratando de ver surostro.

Ella guarda silencio y se ase a la balaustrada.

La espuma baila delante de sus ojos y se tiñe de mil colores.

—Gertrudis—dice el joven tratando de tomarle la mano;—he venido adecirte adiós para siempre. ¿Vas a dejarme partir sin una palabra?

—Y yo, yo he venido para dar reposo a mi alma;—dice ella,retrocediendo ante la mano que la toca.—Juan, he sufrido mucho porcausa tuya... he envejecido veinte años lo menos...

Estoy débil yenferma... ten piedad de mí... no me toques... no quiero volver a entraren la casa de tu hermano manchada con una falta.

—Gertrudis ¿has venido aquí para torturarme?

—¡Silencio, Juan, silencio!... ¡No me hagas daño!... Vamos a separarnospuros y honrados... y a llevar con nosotros paz y valor para toda lavida. No nos dejemos arrastrar... ni por el amor ni por elresentimiento.

Se detiene aniquilada. Su respiración es fatigosa.

Después, reuniendo con trabajo todas sus fuerzas, continúa:

—Yo sabía que vendrías... hace mucho tiempo, antes de recibir tubillete... y he reflexionado mil veces hasta sobre la menor palabra...que tenía que decirte. Pero es preciso que no me hagas perder la calma.

Los ojos de Juan brillan en las tinieblas, su respiración es ardiente;con una risa estrepitosa dice:

—No nos rodea de una aureola este bien inútil; estamos condenados en latierra y en los cielos. Por lo tanto, aprovechemos al menos...

Se interrumpe, prestando atención.

—¡Calla!... He creído oír... en la pradera...

Escucha conteniendo la respiración... No se siente nada... no se venada... Fuera lo que fuese, se lo ha llevado la noche y la tormenta.

—Bajemos a la orilla—dice.—Nuestras figuras se dibujan aquí contra elcielo.

Ella marcha delante, y él la sigue. Pero el suelo está húmedo y la jovenresbala; entonces él la toma entre sus brazos y la lleva hasta abajo, ala orilla del río. Sin defensa, ella se aferra a su cuello.

—¡Qué poco pesas desde aquel día!...—dice él en voz baja, dejándolabajar al suelo.

—¡Oh! apenas me reconocerías, si pudieras verme;—replica ella en voztambién muy baja.

—¡Oh! ¡cuánto daría por verte!

Y trata de apartarle el pañuelo que le cubre el rostro. Un óvalo pálido,dos círculos de sombra negra, en el lugar donde están los ojos, es todolo que la obscuridad permite distinguir.

—Me parece que estoy ciego—dice él.

Y su mano trémula baja de la frente de Gertrudis hasta sus mejillas,como para reconocer, tocándolas, esas facciones queridas. Ella noretrocede ya y deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan.

—¡Cuántas cosas tenía que decirte!—murmura la infeliz.—Y

ahora no seme ocurre nada, absolutamente nada.

El la aprieta entre sus brazos más estrechamente; y los dos permanecensilenciosos e inmóviles, mientras la tormenta los sacude y la lluvia losazota.

Entonces, desde la aldea, llegan de tiempo en tiempo los sonidos de latrompa del conductor de la diligencia, medio apagados por el ruido delviento y de la lluvia.

—¡Ha concluido!—dice él temblando.—Tengo que irme!

—¿Ya?... ¿esta noche?—balbucea ella con voz sorda.

El dice que sí con un ademán.

—¿Y no te veré ya nunca?

Un grito domina el ruido del huracán.

—¡Juan!... ¡por piedad, no me abandones!... ¡no puedo... vivir sin ti!

Sus dedos se hunden en los hombros de Juan.

—No partirás... no lo quiero.

El trata de apartarse a la fuerza.

—¡Ah!... te vas... ¡cruel!... Me moriré si me abandonas... No puedo...Llévame contigo... ¡Llévame contigo!

—¿Has perdido la razón, desgraciada?

Y se oculta el rostro en las manos gimiendo.

—¡Ah! Llamas a esto perder la razón... Acaso el cordero no se rebelacuando lo llevan a... ¿Y tú querrías? ¿Así es como me amas?...

—¿No piensas en Martín?

—¡Es tu hermano! ¡lo sé!... Pero sé también que moriré si sigo por mástiempo al lado de él. Me pongo a temblar sólo al pensarlo... ¡Llévamecontigo, Juan! ¡Llévame contigo!

El la toma por las dos muñecas, y sacudiéndola le dice con voz ahogada:

—¿Pero sabes también que yo no soy más que un miserable, un ser vil yperdido, un borracho, que no sirve para nada? ¡Si me pudieses ver, tedaría asco!... Las personas honradas se apartan de mí; me he convertidopara ellas en un objeto de repulsión...

¿Y te figuras que yo podríaamarte? Jamás te perdonaría haber venido a meterte entre Martín y yo;jamás te perdonaría el crimen que he cometido con él por culpa tuya. Esecrimen se alzará entre nosotros dos mientras vivamos. Te colmaría deinjurias y de golpes cuando estuviera ebrio. Tu vida sería un infiernoconmigo... ¿Qué dices ahora?

Ella baja la cabeza como para someterse, y con las manos juntas exclama:

—¡Llévame contigo!

Un grito de alegría feroz se escapa de los labios de Juan.

—Entonces, ven... pero ven corriendo... La diligencia se detiene sóloun cuarto de hora. Nadie nos verá más que Franz Maas... pero él no noshará traición. Cuando llegues a la ciudad te comprarás vestidos... ¿Eh?¿qué es eso?

El molino se anima. Por la puerta completamente abierta sale unaclaridad que se esparce en las tinieblas... Una linterna pasa a travésdel patio, desaparece, vuelve a aparecer, y de repente, lanzada al aire,atraviesa la atmósfera describiendo una curva como un meteoro...

XXVII

Martín dormía en su lecho. Llaman a la puerta.

—¿Quién está ahí?

—Yo... David.

—¿Qué quieres?

—Abra, mi amo... Tengo que decirle una cosa urgente.

Martín salta del lecho, enciende una vela y se viste de prisa.

Lanza unamirada a la cama de Gertrudis: está vacía...

Seguramente ella está en lasala, dormida sobre su labor, porque, desde hace tiempo, el sueño no lellega con regularidad.

—¿Qué hay?—pregunta Martín al viejo David, que ha entrado en elvestíbulo, calado hasta los huesos.

—¡Mi amo!—dice el otro, mirándolo con el rabillo del ojo por debajo dela visera de su gorra...—Llevo veintiocho años a vuestro servicio... yvuestro difunto padre ha sido siempre bueno conmigo...

—¿Para contarme eso has venido a despertarme a media noche?...

—Sí; pero sucede que esta noche, cuando me desperté al oír el ruido dela lluvia, me dije con inquietud que las esclusas no estabanlevantadas... que eso acabaría por retener las aguas y que mañana nopodríamos moler...

—¿No te he dicho quinientas veces, animal—exclama Martín,—que no hayque levantar las esclusas más que en caso de extrema necesidad?

—No las he levantado—responde David.

—¡Ah!... ¿Entonces?

—Pues, al llegar a la presa, veo, dos enamorados en el puentecillo...

—¿Y para eso?...

—Y entonces me dije que era una vergüenza y un escándalo, y que eso nopodía durar...

—¡Déjalos que se amen, por todos los diablos!

—Y que yo debía hacer saber a mi amo... que el señor Juan y laseñora...

No puede continuar; la mano de su amo lo ha cogido por la garganta.

¿Qué le sucede a Martín?... ¡Infeliz! El rostro se le pone amoratado yse congestiona, las venas de la frente se hinchan, los ojos parecenquerer saltar de sus órbitas, una espuma blanquecina aparece en loslabios.

Exhala una queja, semejante al aullido de un chacal; y, dejando a David,se rompe el cuello de la camisa... aspira el aire profundamente, dos otres veces, como si se ahogara; después ruge, con una violenciadesencadenada de repente:

—¿Dónde están?... ¡Ah! ¡me las pagarán!... Han representado unacomedia... Se han burlado de mí... ¿Dónde están?... voy a aplastarlosinmediatamente!...

Arrebata la linterna de las manos de David, lleno de estupor, y se lanzafuera. Desaparece bajo el cobertizo y reaparece un momento después;encima de su cabeza brilla un hacha... Hace girar tres o cuatro veces lalinterna y la arroja lejos de él, en medio del agua; después, seprecipita hacia la presa...

—¡Viene

alguien!—murmura

Gertrudis

apretándose

estrechamente contraJuan.

—Sin duda van a hacer algo en las esclusas—responde él en el mismotono.—No te muevas y no tengas miedo.

La sombra avanza rápidamente... Un grito, una especie de rugido animal,atraviesa la noche, dominando el ruido de la tempestad.

—¡Es Martín!—dice Juan, retirándose algunos pasos.

Pero en breve se serena, aprieta a Gertrudis entre sus brazos y laarrastra consigo hacia la presa, donde se ocultan en la sombra másespesa.

Cerca de ellos, al nivel de su cabeza, pasa Martín ciego de furor. Elhacha que lleva brilla al débil resplandor de la espuma blanca.

Se detiene al otro lado de la presa. Parece interrogar con la mirada lavasta llanura que se extiende, sin un árbol, sin un arbusto, sumida enuna obscuridad uniforme.

—¡Vigila la esclusa del molino, David!—grita hacia la casa con voz detrueno.—Están en la pradera; voy a buscarlos.

Juan deja escapar una exclamación de horror. Ha comprendido la intenciónde su hermano; va a alzar el puente levadizo para encerrarlos en laisla... ¡Y justamente detrás de Gertrudis pende la cadena que hay quetirar para levantar el puente!

Su primer pensamiento es: «Defiende a la mujer.» Se arranca de losbrazos de Gertrudis y transpone de un salto el talud de la orilla, paraofrecerse como víctima al furor de su hermano.

Gertrudis lanza un grito estridente. Juan de este lado, en peligro demuerte... al otro lado, Martín fuera de sí... El hacha brilla... Perodetrás de ella está la cadena, la anilla de hierro que le toca lacabeza... La toma con sus manos temblorosas, se cuelga de ella con todassus fuerzas; y, en el momento mismo en que Martín va a poner el pie enel puentecillo, éste se levanta crujiendo.

Juan no ve nada de eso; no ve más que la sombra allá arriba, y el brillodel hacha. Unos pasos más, y la muerte caerá sobre él.

Entonces, ante loinminente del peligro, acude a su memoria el recuerdo de su madre y loque ella dijo un día a Martín furioso:

—¡Piensa en Fritz!—grita a su hermano que avanza.

Entonces a éste se le escapa el hacha, vacila y cae... Un choque... unremolino de agua... Ha desaparecido.

Juan se lanza hacia adelante, su pie tropieza con el puente levantado;delante de él hay un negro agujero.

—¡Hermano! ¡hermano!—exclama con loca angustia.

No piensa ya en nada, no siente nada. Sólo una idea: «¡Salva a tuhermano!» le zumba en la cabeza.

Con ademán violento suelta su capa; da un salto, y se oye el golpe sordode una caída contra la roca viva.

Gertrudis, medio desvanecida, se agarra a la cadena; en el aguatransparente ve pasar un bulto obscuro que desaparece en el torbellinode espuma. Un segundo después pasa otro bulto...

Pasan como dos sombrasdelante de ella.

Alza los ojos. Allá arriba todo está tranquilo... todo está vacío... Latempestad aúlla... las aguas mugen... La joven cae en la orilla, sinconocimiento.

Al día siguiente, por la mañana, retiraron del río los cadáveres de losdos hermanos. Se balanceaban uno al lado del otro en las olas, y losenterraron juntos...

XXVIII

Gertrudis estaba como paralizada por el dolor.

Atontada, sin lágrimas, con los ojos inmóviles, alejaba a todos susparientes, incluso a su padre, y sólo permitía que estuviese a su ladoFranz Maas. Este le demostró una amistad leal, alejando a los extrañosde la casa, y encargándose de arreglar el asunto con las autoridades.Poco faltó para que, a causa de las insinuaciones ambiguas de David, seentablase un juicio contra ella.

Pero, aunque las declaraciones del viejo criado eran demasiadoincompletas y confusas para que pudieran servir de base a una acusación,bastaron para herir a Gertrudis presentándola a los ojos del mundo comouna criminal.

Cuanto más prescindía ella de toda sociedad, cuanto más decididamentecerraba la puerta del molino a los extraños, más extravagantes eran losrumores que corrían sobre ella.

Llamáronla desde entonces «la bruja delmolino;» y las historias que de ella se referían pasaron de unageneración a otra.

El molino era conocido en el pueblo con el nombre de «el molinosilencioso.» Los muros se descascararon, las ruedas se pudrieron, laslimpias aguas fueron invadidas por las hierbas; y cuando el Estado hizoun canal que desvió la corriente principal arriba de Marienfeld, elarroyuelo se convirtió en un foso fangoso.

¿Y Gertrudis? Se aisló completamente; muy pronto ni siquiera quisotolerar junto a ella a su amigo, y le cerró la puerta. Se considerabacriminal. Sus angustias la llevaron a un confesor, la arrojaron en losbrazos de la iglesia católica. Desde entonces se la ve prosternadadelante de un crucifijo, arrodillada a la puerta de las iglesias,desgranando su rosario, con la frente sobre las piedras...

Expía el gran crimen que se llama juventud.

FIN

LAS BODAS DE YOLANDA

I

Estar de pie ahí, ante la tumba abierta todavía de un viejo camarada, eshorrible, señores, les aseguro... simplemente horrible. Los pies sehunden en la tierra recién removida, uno se retuerce el bigote conexpresión idiota y al mismo tiempo, querría aullar de pena.

Todo, pues, había concluido... nada había que hacer ya... Su muerte nosarrebata un verdadero genio en el arte de inventar grogs, ponches ycherry gobblers, fríos o calientes. Cuando uno se paseaba con él por elcampo, les aseguro, señores, con sólo ver su manera de sorber el aire,se podía estar seguro de que acababa de tener una inspiración. Al sentirel aroma de una maleza cualquiera, había adivinado en qué clase de vinohabría que ponerla en infusión para conseguir una bebida excelente,extra fina...

¡Y qué entretenido era! Nos veíamos todas las noches, desde hacía años,fuera que él viniera a mi casa en Ilgenstein, o que yo me trasladase acaballo a Döbeln; y nunca me había parecido largo el tiempo que con élpasaba.

Tenía una manía, sin embargo, una idea fija: el casamiento...

Para mí,se entiende; porque él...

—¡Gran Dios!—decía;—no espero sino que esta bendita agua se me metaen el corazón, y entonces... reviento.

Y eso había sucedido precisamente... el hombre había reventado... Ahíestaba, tendido a mis pies, en el gran cajón blasonado; me parecía quetenía que golpear la tapa y llamarlo:

«¡He, Pütz! basta de farsas! ¡salde ahí, que tenemos que hacer nuestro piqué!»

No se rían señores... el hábito es la más exigente de las pasiones, yustedes no saben a cuántos hace morir todos los años la pérdida de suscostumbres: «no hay poema, no hay canción que las celebre», diré, comomi amigo Uhland.

Hacía un tiempo como para no sacar afuera las narices: lluvia, granizo yviento, todo a la vez. Varios se habían echado encima el impermeable, yel agua formaba arroyuelos sobre la prenda; lo hacía también a lo largode sus mejillas, de sus barbas... bien puede haber sido que semezclaran a ella lágrimas, por que el buen Pütz no dejaba enemigos.

Para llevar el luto, lo que se llama propiamente llevar el luto, nohabía más que su hijo Lotario. Este servía en los dragones de laguardia, en Berlín, y no había podido llegar sino el día delfallecimiento. Se había mostrado buen hijo: había besado las manos de supadre, había llorado mucho, después me había dado las gracias y luego sehabía puesto a dictar órdenes a troche y moche, porque, como ustedescomprenden, un tenientillo así, cuando de repente... En fin, basta; yoestaba allí y me había portado también lo mejor que había podido.

Y mientras miraba al guapo mozo de reojo, y lo veía hacerse el valientey contener las lágrimas, me vinieron a la mente las palabras de miamigo... Era la víspera de su muerte: «Hanckel—

me dijo,—ten lástima demí cuando esté en la tumba... no abandones a mi hijo.»

Pienso en estas palabras, y, cuando me llega el turno de echar las trespaladas de tierra en la fosa, dejo caer también en ella un juramentosilencioso: «No amigo, no abandonaré nunca a tu hijo... Amén.»

Todo tiene fin. Los sepultureros habían formado con el barro una especiede montículo sobre el cual habían arreglado, medio bien, medio mal, lascoronas; no había mujer alguna en el entierro que se encargara de eso.Los vecinos se habían retirado; no quedábamos ya sino el pastor, Lotarioy yo.

El joven parecía petrificado; miraba la tumba como si hubiera queridovolver a abrirla con los ojos, y el viento le subía el cuello de la capamilitar por arriba de las orejas.

El pastor le palmeó suavemente el hombro:

—Señor barón, ¿quiere permitirle a un viejo que le dirija algunaspalabras?

Pero yo lo llevé a un lado y le dije:

—Vuelva a su casa, mi querido pastor, y haga que su mujer le dé un buengrog. Su túnica me parece un poco liviana.

—Hum...—contestó con expresión maliciosa;—nadie lo diría, pero tengodebajo una levita.

—No importa—repliqué;—será mejor que se vuelva. Del joven me encargoyo; sé mejor que usted dónde tiene la herida.

Y nos dejó solos.

—Vamos, muchacho—dije a Lotario;—tú no puedes devolverle la vida.Vamos a tu casa, y, si quieres, pasaré la noche a tu lado.

—No vale la pena, mi tío—respondió.

Me llamaba tío desde que habíamos convenido en ello una vez, bromeando.Y su semblante duro y cerrado parecía preguntar: «¿Por qué me incomodasen mi dolor?»

—Tal vez tengamos que hablar de intereses—insistí.

El no dijo una palabra.

Todos ustedes saben, señores, lo que es una casa mortuoria cuando sevuelve así del cementerio... el olor a féretro, un olor a madera fresca,y las ramas de abeto... y las hojas caídas de las coronas... y lasflores pisoteadas... Atroz, simplemente atroz. Mi hermana—ella era laque me cuidaba la casa entonces, ha muerto también hace mucho tiempo, labuena vieja...—se había esforzado por poner un poco en orden la casa dePütz; había hecho sacar los paños negros, el catafalco... pero, en tanpoco tiempo, no se había podido hacer gran cosa, fuera de eso. La dejéirse. Después fui a buscar al sótano de Pütz una botella de su mejorOporto, y me instalé frente al joven que, sentado en el sofá, hacíabailar la punta de su sable sobre la bota.

He dicho ya que era un soberbio buen mozo. Grande, vigoroso, unverdadero dragón... un mostacho enmarañado, cejas negras, gruesas; ydebajo, ojos como dos carbunclos. La frente un poco hosca, porque loscabellos estaban plantados demasiado abajo, pero esto sienta bien a losjóvenes; y la cabeza era hermosa. En fin, en toda su persona, esaelegancia, ese chic de los dragones de la guardia que todos hemosambicionado, pero que no se encuentra en ninguna otra arma... el diablosabe por qué.

Brindé con él, a la memoria del viejo, por supuesto, y le pregunté:

—¿Y qué piensas hacer?

—¿Qué sé yo?—masculla, lanzándome una mirada de animal acosado.

Sí, sí, la cuestión era esa... La fortuna del viejo nunca había sidobrillante... y sin hablar de su pasión por todo lo que se bebe... yluego, ustedes saben, donde hay un pantano, las ranas afluyen a élsiempre; y, sobre todo, el hijo que vivía desde hacía años como si losmargales de Döbeln hubieran sido minas de plata...

—¿Y sube a mucho la cosa, muchacho?... Todavía no, tal vez¿eh?—pregunté.

—Una suma respetable, mi tío—responde.

—Eso cae mal—dije;—toda la posesión está gravada con hipotecas, hayreparaciones urgentes que hacer, y tú lo sabes, la agricultura no rindenada.

—¿Entonces, mi dimisión?—pregunta mirándome fijamente como el acusadoque espera el fallo del consejo de guerra.

—A menos que tú tengas in petto alguna rica heredera que te saque delatolladero....

Meneó violentamente la cabeza.

—Entonces, sí; tu dimisión.

—¿Y si dividiera la propiedad, o lo que queda de ella?... ¿qué teparece?

—No te da vergüenza muchacho?—dije.—No se vende la camisa que setiene en el cuerpo, ni se hace fuego con la madera de la cama.

—Hablas de la cosa muy cómodamente, mí tío... ¿No estoy entre las manosde los usureros?

Yo pregunto:

—¿Cuánto es?

El me dice una suma... No la repetiré, porque soy yo el que la hapagado.

Le planteé entonces mis condiciones. Primo: dimisión inmediata. Secundo:obligación de dirigir personalmente los cultivos. Tercio: renuncia alpleito.

Este pleito, entablado contra Krakow de Krakowitz, había sido duranteaños el deporte favorito de mi viejo amigo. Se trataba de una herenciay, como sucede siempre en tales casos, los gastos del juicio se habíantragado ya tres veces lo que valía el guiñapo.

Como Krakow era de maldormir, la querella se había enconado y había degenerado en odiopersonal; por lo menos, de parte de Krakow, porque Pütz, con su flemabondadosa, se obstinaba en ver sólo el lado humorístico de la cuestión.

El otro, por el contrario, había jurado ante testigos que no se daríapor satisfecho sino cuando hubiera echado a Pütz y a los suyos deDöbeln, corridos por los perros.

Sí; esas eran mis condiciones, y Lotario las aceptó. De buen grado o no,no lo sé; no traté de aclarar ese punto.

Resolví dar yo mismo los primeros pasos junto a Krakow para llegar a unarreglo, bien que no estuviese yo para él en olor de santidad. Por elcontrario, yo podía pensar fundadamente que sus amenazas se dirigían amí también, pues los dos habíamos tenido ya nuestros dimes y diretes enel concejo municipal.

Pero... vamos a ver, mírenme un poco; sin alabarme, tengo talla comopara derribar a un dogo de un puñetazo, no como para emprender la fugaante miserables gozquecillos.

¡Ah, pero!...

II

Señores, esperé tres días para dejar que la cosa madurara un poco;después, mi carruaje de caza fuera de la cochera, mis dos trotones conlas pecheras, y en camino a Krakowitz.

Linda propiedad, no hay que decir. Un poco despechugada, perosoberbia... Demasiadas tierras negras de barbecho... pero quizás para lacolza del invierno... ¿El trigo?... así, así... ¿El ganado?...magnífico.

Entro en el patio de la posesión... ¿Saben ustedes, señores?...

Para mí,el patio de una granja es como el corazón humano. Por poco que sepa leeren él, ya no habrá medio de hacer tomar a ustedes una X por una V. Haycorazones que están abandonados, pero se adivinan lingotes de oro debajodel barro; otros son brillantes... corazones bien nutridos, por decirloasí, de arsénico... Relucen, centellean de lejos como de cerca; alverlos, no se puede menos de exclamar: «¡Rayos y truenos!...» y no sonmás que oropel. Los hay que se espantan, los hay que se encogen, hágaselo que se haga... En fin, adelante. Un poco de todo eso era el patio deKrakowitz. Graneros espléndidos...

carretones mal cuidados... magníficosmontones de estiércol, y caballerizas en desorden. Se comprendía que elcapricho reinaba allí soberano, con un asomo de avaricia quizá... ¿o deescasez?

¡Es tan difícil poder determinar eso en el primer momento!

La casa de los señores: dos pisos, un techo de tejas rojas con canaletasamarillas, yedra alrededor; buen aspecto, en resumen.

Y un no sé quéde... en fin, ustedes comprenden...

—¿El señor barón está en casa?

—Sí; ¿a quién tengo que anunciar?

—A Hanckel, al barón Hanckel de Ilgenstein.

—Tómese la molestia de entrar.

Entré, pues... Todo viejo, en todas partes; viejos muebles, viejoscuadros... el conjunto un poco apolillado, pero cómodo.

Oigo que echan votos detrás de la puerta:

—¿Ese maricón? ¡Pues es descaro!...

¡Era el alma maldita de Pütz, el muy canalla!

«Lindo recibimiento», pensé.

Voces de mujeres se interpusieron:

—Pero, papá...—maúlla una.

—Pero, hombre...—chilla otra.

¡Oh, la, la!...

Ahí entra, Señores. Si yo no lo hubiera oído en ese mismo instante, conmis propias orejas... Me tiende las manos; su cara de viejo pícaroresplandece, sus ojos de garduña pestañean de placer.

—¡Vecino!... ¡amigo!... ¡qué felicidad!

—Vea, Krakow. Ande con tiento, porque lo he oído todo.

—¿Qué ha oído, querido amigo? ¿qué es eso?

—Los títulos que me ha acordado usted: maricón, y Dios sabe qué más.

Y él, sin alterarse en lo más mínimo:

—Siempre lo he dicho, todos los días se lo estoy diciendo a mi mujer:las puertas no sirven para nada. Pero no hay que tomarlo a mal, mi viejoamigo. ¿Comprende?... siempre me ha fastidiado que usted se hubierapuesto de parte de Pütz. Y en este momento las señoras están preparandoun ponche... con esto le digo todo.

¿Por qué no venía usted nunca a micasa?... ¡Yolanda!... Es mi hija... ¡Yolanda!... Es la alegría de mialma... No me oye. Bien decía yo a usted... las puertas no sirven paranada. Pero ellas están espiando por el ojo de la llave... ¡Largo deahí, escuerzos!...

¿Siente usted como escapan? ¡Je, je!... ¡estasmujeres!...

¿Cómo enojarse, señores? No fui capaz de eso. ¿Tengo el cuero demasiadogrueso? En fin, no pude hacerlo.

¿Qué figura tenía el hombre?... No me pasaba una línea de la cintura.Redondo, gordo, con las piernas como una O; y, sobre esa panza, unaverdadera cabeza de apóstol... Pedro, Andrés o cualquiera de ellos. Unalinda barba redondeada, con dos mechas blancas que bajaban de laextremidad de los labios; una piel de pergamino amarillento, todaarrugada alrededor de los ojos, la cabeza calva, pero con dos tupésgrises desgreñados, arriba de las orejas.

Y el buen hombre da vueltas en derredor mío, como picado por latarántula.

No crean, señores, sin embargo, que me dejé impresionar por sus visajes.Lo conocí hacía ya mucho tiempo para saber lo que el hombre podía teneren el vientre... Pero—trátenme de sinvergüenza, si quieren,—el hombreme gustaba. Y el ambiente también me gustaba.

Había

allí

cierto

rinconcito

junto

a

la

ventana...

maderajesesculpidos... A fuera, la yedra trepaba... y el sol brillaba a travésdel follaje verde... Muy atrayente... Sobre la mesa, un ovillo de lanaen una concha de marfil; a un lado, un diario ilustrado y un pedazo detorta cercenada... Muy atrayente, les digo... Nos sentamos, pues, y unacriada trajo cigarros.

No valían nada, pero el humo bailaba tan alegremente a los rayos del solque me olvidé de tirarlo cuando la punta empezó a quemar.

Quiero empezar a hablar de intereses, pero él me pone la mano en elhombro y dice:

—Amigo, generoso amigo, después del café...

—Permítame, Krakow...

—Amigo, generoso amigo, después del café.

Me informé entonces cortésmente de sus propiedades, y lo dejé entregarsea desatinadas jactancias a propósito de sus innovaciones, que no valíanun clavo, según lo sabía yo de mucho tiempo atrás.

La baronesa hizo su entrada. Un viejo objeto de arte...

fino,distinguido. Grandes ojos azules alargados, cabellos de plata cubiertospor una pequeña toca de encaje negro, una sonrisa dolorida, manos muydelgadas; el conjunto un poco delicado para la mujer de un hidalgo ruraly, sobre todo, de un patán como ése.

Me da cortésmente los buenos días, mientras el viejo grita a voz encuello:

—¡Yolanda!... ¡Eh! ¿dónde te has metido? Hay un soltero aquí... unpretendiente... un pretendiente...

—¡Krakow!—le digo, todo turbado;—¡no se burle así de un viejo gruñóncomo yo!

Y la baronesa salva la situación, diciendo con expresión graciosa:

—No tema nada, barón; nosotras, las madres, hace diez años que lo hemosabandonado a usted como incurable.

—¡Pero bien podría dejarse ver, a pesar de todo!—aúlla el viejo.

Al fin, llega ella...

¡Caramba, señores! ¡atención! Me quedé con la boca abierta...

¡De laraza, señores, de la raza!... Un cuerpo de joven reina...

largoscabellos que desarrollan sus anillos sobre los hombros, cabellos decolor moreno dorado, como una melena... un cuello blanco, carnudo,voluptuoso... la garganta no muy alta, y un poco ostentosa... eso quellamamos, en términos ecuestres, un pecho de león... Parece que respiracon todo el cuerpo, tan poderosamente pasa el aire por ese organismojoven y vigoroso...

hombros y brazos elegantes... las caderas pocodesarrolladas todavía, pero bien formadas para la dilatación normal.

Señores, no soy nada entendido en mujeres, pero no en vano soy criador;sé muy bien cuánto cuesta conseguir un ejemplar acabado de cualquierespecie que sea; cuando uno se encuentra frente a un ser tan perfecto,no hay más que hacer que juntar las manos y rezar: «¡Dios mío! yo teagradezco que hayas puesto en el mundo seres semejantes; mientrasexistan cuerpos así aquí abajo, no debemos desesperar de las almas...»

Lo que no me llenó en el primer momento fueron los ojos.

Eran demasiadosoñadores, de color azul demasiado pálido para esa criatura exuberantede vida. Parecían ahogarse en éxtasis; sin embargo, los párpados, mediobajos, dejaban escapar una mirada inquieta, recelosa, como la que tienenlos perros malos a quienes se castiga con frecuencia.

El viejo la toma por los hombros y se da sus aires de grande.

—¡Esta es mi obra! ¡Soy yo el que ha hecho esto! ¡ Yo soy supadre!...—etcétera.

—Ella se desprende y se pone de color de púrpura. Tiene vergüenza.

Entonces las señoras preparan la mesa para el café.

Barquilloscuscurrosos, confituras rusas, mantelería adamascada, cucharas ycuchillos de mango de cuerno... y, por arriba de todo eso, un fino vaporazulado que se escapa del aparato del café y que da al conjunto ciertotono más íntimo.

Nos

sentamos

y

bebimos.

El

viejo

se

holgaba

extraordinariamente; labaronesa se sonreía con expresión resignada, y Yolanda me hacía ojitos.

Sí, señores; me hacía ojitos.

Ustedes están todavía en la edad en que una cosa así les pasa a menudo;pero, cuando hayan cumplido los cuarenta y tengan plena conciencia de suvientre gordo y de su calvicie, verán ustedes qué agradecimiento sientenpara con la camarera o la primer criada que se les presente y que setome el trabajo de dirigirles miraditas... ¡Y piensan, pues, lo que serácuando se trata de una maravilla semejante, de una criatura de lo máselegido y de lo más gracioso!...

Pensé al principio que me equivocaba... después procuré disimular mismanos coloradas, luego tuve un acceso de tos...

Me traté de animal, defatuo, pensé en marcharme, y, por último, me puse a contemplarfijamente, todo aturullado, el fondo de mi taza... ¡como una jovencita!

Pero, cuando levantaba la cabeza, y fuerza era hacer eso de tiempo entiempo, encontraba siempre la mirada de esos grandes ojos azulessoñadores, que parecían decirme: «¿No has comprendido, pues, todavía,que yo soy una princesa encantada y que tú debes libertarme?»

—¿Sabe usted por qué le he dado ese nombre estrambótico?—

me preguntóel viejo haciendo una mueca del lado de ella, con expresión maliciosa.

Entonces ella echó desdeñosamente la cabeza para atrás, y se levantó.Debía conocer la broma.

—Vea cómo sucedió la cosa. Tenía ocho días la chicuela...

estabaacostada en su cama... sacudiendo sus piernitas... unas piernitasrollizas, verdaderos salchichones... y un traserito... ¡no le digonada!...

¡Rayos y truenos! ¡Yo no me animé ya a levantar los ojos, tanabochornado estaba! La baronesa fingía no oír nada y Yolanda habíasalido de la pieza.

En cuanto al viejo, éste reventaba de risa.

—¡Ja, ja!... Sí, todo rosado... y los pañales habían dejado en élmarcas... un verdadero mapa geográfico... y qué delicado y bienformado!... ¡un pétalo de rosa! Al ver eso me dije, en mi orgullo depadre joven: «Esta será hermosa y coqueta, y meneará las piernas toda lavida. Es preciso que tenga un nombre poético; eso le dará más valor alos ojos de los pretendientes.» Busco en mi biblioteca. Tecla, Hero,Irsa, Angélica... no, demasiado empalagoso: con cualquiera de esosnombres, ella no pescaría para marido sino un empleadito sin fortuna...o bien, Rosaura, Carmen, Beatriz, Wanda... tampoco, demasiado ardiente:ella huiría con el primer regidor que se presentara, porque si siguesiempre la suerte del nombre que se lleva... En fin, encontré Yolanda.Este, sí; está hecho para los enamorados, se deshace en la lengua, sininspirar, sin embargo, malos pensamientos; excita y calma al mismotiempo; y atrae y da intenciones serias. Eso era lo que yo habíacalculado, y era muy justo... Pero, ahora... ¡ella es capaz de quedarsepara vestir imágenes con todas sus cortedades y melindres!

Yolanda volvió entonces, con los ojos bajos, con la expresión de unainocente injustamente acusada.

La pobrecita criatura me dio lástima; para cambiar violentamente deconversación, abordé el capítulo de los intereses.

Las señoras despejaron la mesa en silencio, el viejo emborró su pipa,negra como un carbón, y pareció dispuesto a escucharme pacientemente.Pero, apenas hube pronunciado el nombre de Pütz, saltó de su silla ytiró la pipa contra la estufa, donde se rompió mientras el tabaco seesparcía en chispas. ¡Y si le hubieran visto ustedes la cara! Les habríadado miedo. Morada, hinchada, como si le fuera a dar un ataque.

—¡Señor!—gritó.—¿Ha aceptado usted mi hospitalidad para venir aenvenenarme la casa?... ¿No sabe usted que ese nombre maldito no debepronunciarse aquí? ¿No sabe usted que yo maldigo a ese bribón hasta ensu tumba? ¿que maldigo a su progenitura, que maldigo a todos los que...?

No pudo continuar; se ahogaba, y le acometió un violento acceso de tos.Tuvo que sentarse otra vez en el sillón, y la baronesa le hizo beberagua azucarada.

Tomé silenciosamente mi sombrero. Entonces mi mirada cayó sobre Yolanda.Blanca como la tiza, con las manos juntas, estaba allí, de pie,abochornada y desesperada; parecía pedirme perdón, y, al mismo tiempo,implorar mi apoyo. Resolví, pues, decir por lo menos una palabra dedespedida, y esperé con toda calma a que el viejo, que gemía y jadeabatodavía, estuviese lo bastante tranquilo para comprenderme. Entonces,dije:

—Debe usted encontrar natural, señor de Krakow... que con su salidacontra mi amigo y contra su hijo, a quien quiero como si fuera mío,nuestras relaciones...

Krakow golpeó con los pies y con las manos para impedirme continuar; y,después de unos cuantos gruñidos sofocados, acabó por recobrar lapalabra:

—Esta asma, esta asma infernal... una verdadera cuerda alrededor delcuello... ¡crac!... cerrado el gaznate... ¿Quieres hablar, querido?¡Buenas noches! ¿Quieres respirar, querido?

¡Chito!... Pero ¿qué es loque está diciendo usted ahí de nuestras relaciones? Nuestras relaciones, esto es, las relaciones entre usted y yo, no se hanenturbiado nunca, amigo de corazón; son las mejores relaciones delmundo, amigo de mi alma. Y si yo he insultado al otro, al pleitista,al... al... noble, al honorable... ¡pues bien! me retracto, me declaroun cobarde, pero que nadie me hable de él. Yo no quiero acordarme de quesu nombre puede existir, porque para mí ha muerto ¿entiende usted?... hamuerto...

muerto...

E hizo con el dedo una cruz en el aire, mirándome con expresión detriunfo, como si con eso hubiera dado el golpe de gracia a mi pobrePütz.

—Eso no impide, señor de Krakow—dije,—que...

—¡Cómo! ¿qué es lo que no impide?... ¡Usted es mi amigo, usted es elamigo de mi familia! ¡Vea a las señoras, están locas por usted!... ¡Eh!no tengas reparo, Yolanda... hazle ojitos, hija mía... ¿crees que no teestoy viendo, mocosa?

Ella no se sonrojó, no se turbó siquiera. Lo único que hizo fue levantarun poco sus manos juntas en dirección a mí.

Eso era tan conmovedor, tan lleno de abandono, que me sentícompletamente desarmado. Volví a sentarme, pues, por un momento... habléde cosas indiferentes... y me despedí, en cuanto pude hacerlo sindemostrar enojo.

Acompáñalo—dijo el viejo a Yolanda,—y sé amable con él; es el hombremás rico de estas tierras.

Esta vez todos soltamos la carcajada; pero, mientras atravesaba a milado el vestíbulo obscuro, Yolanda me dijo en voz baja, y en tono tristee inquieto:

—Usted no vendrá más, estoy segura.

—Así es, señorita—respondí francamente.

E iba a hacerle ver mis razones, cuando ella me tomó la mano, la oprimióentre las suyas, tan blancas, tan diminutas, murmurando con lágrimas enlos ojos:

—¡Ah! ¡vuelva, se lo ruego!... ¡vuelva!

Sí, sí; ahí tienen ustedes lo que son las cosas... Esas pocas palabrasme trastornaron la cabeza, como buen viejo idiota que era.

Hice todo el camino mascando cigarros, que, en mi turbación, me olvidabasiempre de encender... En cuanto llegué a casa, corrí al espejo.Enciendo todas las bujías, echo el cerrojo, cierro los postigos, meexamino por delante, por detrás, y de perfil también, por medio de unespejo de mano.

El resultado fue aplastador... Una cabeza grandota, calva... una nucaenorme... bolsas debajo los ojos... papada... y, encima de todo eso, uncolor cobrizo como el de un caldero expuesto por mucho tiempo a laacción del fuego. Pero, peor todavía: al contemplarme así, de arriba aabajo, con mis seis pies de estatura, comprendo de repente por qué mehan llamado siempre:

«El

bueno

de

Hanckel».

Ya

en

el

regimiento

decían:«¿Hanckel?... no es un águila, no; pero ¡qué buen muchacho!»

Y cuando le ponen a uno esa marca, la vida no es ya más que una largaserie de ocasiones de que uno haga honor a su título.

Lo miman a uno, seburlan de uno, lo amuelan todo el santo día.

Intenta uno una tímidaresistencia, y le observan: «¿Cómo? ¿Y

usted es el que pretende ser unbuen muchacho?...» Es inútil que uno proteste: «¡Pero si yo no soy unbuen muchacho!»... Tiene que serlo a la fuerza, porque así lo han medidoy lo han marcado... ¡Y un hombre de ese temple es el que quiere meterseahora en historias de mujeres! ¡Las mujeres, que siempre están pensandoen alguna cosa diabólica, y que, para que puedan querer bien, tienen queser tratadas como animales, engañadas, abandonadas por el que ellasadoran!...

«No hagas estupideces, Hanckel» me dije, «deja tu espejo, apaga tusluces, manda a paseo tus ideas insensatas, y métete en cama.»

Yo tenía una cama, señores, y la tengo todavía, una cama de abetocompletamente ordinaria, estrecha como un ataúd, de correas, sin colchónde lana ni de plumas; una piel de ciervo por toda cobija, y un jergón alque se le renueva la paja dos veces al año, y que constituye el únicolujo. Siempre le están hablando a uno, señores, del lecho de campaña delos hombres célebres...

esos que están expuestos en los palacios ymuseos patrióticos; y, cuando los visitantes pasan por delante de ellos,no dejan nunca de exclamar, alzando los brazos al cielo: «¡Qué fuerza devoluntad! ¡qué sencillez espartana!...» ¡Farsa, señores, pura farsa! Deninguna manera se duerme mejor que sobre una tabla; naturalmente, contal que se tenga una jornada de trabajo detrás de uno, una buenaconciencia dentro de uno, y ninguna mujer al lado de uno... trescosas más o menos sinónimas.

Se echa uno, se estira, dándose benéficos calambres, hasta que los dedosde los pies tocan el respaldo de la cama; trae uno las cobijas hasta laboca, hace su hoyo en la almohada, toma después un buen libro que loestá esperando sobre la mesa de noche, y gime uno de satisfacción...

Eso mismo fue lo que hice yo aquella noche, así que hubo vencido latentación; y, mientras me iba quedando dormido, pensaba para misadentros:

No, no; ninguna mujer te hará ser infiel a tu catre duro y estrecho desoltero... Aun cuando se llame Yolanda, y aun cuando sea de la sangremás noble y pura que haya puesto Dios sobre la tierra... Sí; esa menosque cualquier otra... Porque...

¡quién sabe!...»

III

Al día siguiente, presento mi informe al joven, sin decir una solapalabra, naturalmente, sobre mis tonterías de la víspera. El me clavasus ojos negros, ardientes:

—No hablemos más de la cosa—dice.—Me lo esperaba.

Ocho días después vuelve a tratar del asunto, como quien no quiere lacosa:

—Sin embargo, deberías ir otra vez a Krakowitz, tío.

—¿Estás loco, muchacho?—exclamo.

Pero, al mismo tiempo, me siento tan feliz como si la suave mano de unamujer me acariciara la nuca.

—No tienes necesidad de hablar de mí—agrega, mirándose las puntas delas botas;—pero si tú fueras allá a menudo, quizá las cosas searreglarían por sí solas.

Es tan fácil, señores, hacer cambiar mis resoluciones más sagradas comohacer balancear una espiga... Volví, pues, a Krakowitz... Y, volví otravez, y otra vez...

Aguanté las burlas del viejo, bebí el café que su mujer me hacía, yescuché con beatitud las lindas arias que Yolanda me cantaba; aunque lamúsica... en general... Cuanto más iba a Krakowitz, tanto más incómodome sentía; pero era como si me arrastraran allá mil brazos, y no podíaresistirme de ningún modo.

Ella seguía, como siempre, echándome miradas de reojo; pero

¿quesignificaban esas miradas? ¿eran un reproche, un llamamiento, osimplemente el placer de verse admirada? No podía adivinarlo.

En fin, a mi tercera o cuarta, he aquí lo que sucedió. Serían las docedel día apenas, y hacía un calor atroz; y yo, aburrido e impaciente,parto para Krakowitz.

—El señor y la señora están durmiendo la siesta—me dice elcriado;—pero la señorita está en el terrado.

Tuve un presentimiento que me hizo palpitar el corazón; quise volvermeinmediatamente; pero, de pronto, la veo delante de mí, blanca y altiva,con su traje de muselina; parece esculpida en mármol; mi vieja locurarecrudece con más fuerza que nunca.

—¡Cuánto le agradezco que haya venido, barón!—me dijo.—

Me aburríamortalmente. ¿Vamos al jardín?... ¿quiere? Hay allí un cenador muyfresco, en el que podremos conversar tranquilamente.

Pasa entonces su brazo por debajo del mío, y yo siento unestremecimiento. Les aseguro, señores, que en aquellos momentos mehabría sido más fácil asaltar una fortaleza que bajar del terrado.

Ella no dice nada, y yo tampoco. El silencio se hace abrumador. Cruje elcasquijo, zumban los insectos en las espíreas; pero, por lo demás,ningún ruido.

Ella se ha colgado confiadamente de mi brazo, y me obliga a detenerme acada momento, cuando se inclina para arrancar una hierba o coger unabrizna de reseda, con la que se acaricia la punta de la nariz, paratirarla en seguida.

—Querría poder amar las flores—dice.—¡Hay tantos que las aman... oque dicen que las aman!... Tratándose de amor, una no sabe nunca laverdad.

—¿Por qué?—le pregunté.—¿No puede suceder que dos seres se quieranbien y se lo digan, sin frases rebuscadas ni segunda intención?

¡Se quieran bien! ¡se quieran bien! —repite ella con expresión demofa.—¿Usted es de hielo, entonces, desde que para usted todo el amorconsiste en quererse bien?

—Sea yo o no de hielo, el resultado es el mismo, desgraciadamente.

—Sí; usted tiene un corazón de oro—dice ella, mirándome de reojo conun poco de coquetería;—todo lo que usted piensa le sale de los labiosfrancamente.

—También sé callarme.

—¡Oh, bien lo veo!—se apresura a decirme.—A usted yo podría confiarletodo, todo.

Y me parece que me aprieta ligeramente el brazo.

«¿Qué querrá de ti?» me digo, y el corazón parece querer salírseme porla garganta.

Llegamos delante del cenador, un cenador de aristoloquias...

ustedessaben, esas hojas anchas de forma de corazón que interceptan todo rayode luz. En un cenador de ese género siempre es de noche, cómo ustedessaben... Y entonces, ella me suelta el brazo, se agacha hasta tocar elsuelo, y, arrastrándose, se introduce por un boquete en el tallar, cuyasramas entrelazadas cierran toda otra entrada.

Y yo, el barón de Hanckel de Ilgenstein, modelo de dignidad y decircunspección, me deslizo a cuatro pies detrás de ella, por esaabertura poco más grande que la boca de un horno.

Sí, señores; ahí tienen ustedes lo que le hacen hacer a uno las mujeres.

Y, dentro del cenador, en la penumbra fresca, ella se tiende a mediassobre el banco carcomido... Se seca con el pañuelo la frente, el cuello,hasta el escote de la bata...

¡Qué hermosa es así! ¡qué hermosa!

Y mientras yo me dejo estar de pie, resollando como una foca, porque alos cuarenta y siete años, señores, uno no se pasea ya impunemente acuatro patas, ella suelta una carcajada breve, dura, forzada.

—¡Ríase usted de mí!—le digo.

—¡Si supiera usted cuán pocas ganas tengo de reírme!—me dice, haciendouna mueca de dolor.