El Molino Silencioso y Las Bodas de Yolanda by Hermann Sudermann - HTML preview

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Al cabo de media hora reaparece:

—Ya se han marchado. Ahora estamos libres.

Se sientan uno frente al otro y buscan en su imaginación.

—Nunca volveremos a encontrar una diversión como la del domingopasado—dijo Gertrudis suspirando.

Y, después de un momento:

—Escucha, Juan.

—¿Qué?

—¿Sabes que tú eres para mí un verdadero don del cielo?

—¿Por qué?

—Desde que tú estás aquí, soy tres veces más feliz. Ya ves...

él esbueno... y tú sabes que lo quiero mucho, mucho, pero...

¡está siempretan serio! ¡me trata con tanta altura! Cualquiera diría que yo soy unacriatura estúpida, sin sombra de inteligencia. Sin embargo, soylaboriosa y manejo la casa como una mujer madura. Si Dios me ha hechoalegre como un pájaro, yo no tengo la culpa; y, después de todo, eso noes un crimen.

Pero cuando estoy delante de él y él me mira con su caragrave y enfurruñada, se me pasan las ganas de hacer locuras... y deestar sentada e inmóvil una se aburre a menudo, una...

Se detiene y reflexiona. Querría quejarse pero no sabe de qué.

—Contigo, es otra cosa—continúa.—Tú eres un buen muchacho, que nodice nunca que no. ¡Contigo se puede hacer lo que una quiera!... Tú notienes la sonrisa desdeñosa que aparece siempre en sus labios, cuando sele refiere algo, y que quiere decir: «Te escucho, pero no estás contandomás que tonterías.»

Entonces se me ahogan las palabras en la garganta...Mientras que a ti... sí, a ti se te puede confiar todo lo que le pasa auna por la cabeza.

Apoya pensativa su rostro en las dos manos, mientras que con unmovimiento de vaivén balancea sus codos sobre las rodillas.

—¿Y qué te pasa por la cabeza en este momento?—pregunta Juan.

Ella se pone colorada y se levanta vivamente.

—¿A que no me pillas?—grita parapetándose detrás de la mesa.

Pero, cuando él va a perseguirla, ella se adelanta tranquilamente.

—¡Deja!... vamos a hacer algo. Ahí están las llaves... quizás se nosocurra alguna idea.

Juan descuelga el manojo de llaves y la sigue al patio, donde el sol delmediodía lanza sus rayos ardientes.

—Abre el molino—dice Gertrudis.—Allí hace fresco.

El obedece; y ella sube de un salto los escalones y entra en la penumbrade la sala, donde reina el silencio del domingo.

—Sola, tendría miedo aquí—dice, volviéndose hacia él y mostrando conel dedo la puerta del despacho, cuya madera reluce con brillo misteriosoen medio de la semiobscuridad.

La joven aparta los dedos y tiembla.

—¿Nunca te ha dicho nada?—susurra al cabo de un instante inclinándosehacia su oído.

El menea la cabeza. Se siente intranquilo en la sala húmeda y sombría;respira penosamente, tiene necesidad de aire y de luz.

Pero Gertrudis se encuentra muy bien en aquella atmósfera cargada devapores, en aquel mediodía misterioso; el sol, filtrándose por lasclaraboyas, arroja sobre el suelo sus rayos oblicuos, como cintas deoro, donde miriadas de partículas de polvo danzan una zarabanda.

El estremecimiento que se apodera de ella le causa una sensaciónagradable; baja la cabeza y trepa con precaución la escalera, como siquisiese cazar un fantasma. En lo alto, en la galería, lanza un grito;Juan, lleno de inquietud, le pregunta qué tiene; ella responde que haquerido simplemente dilatar el pecho.

Sube a una tolva, transpone labalaustrada y vuelve a bajar deslizándose por la escalera. Despuésdesaparece en la sombra de las máquinas, en el sitio en que las ruedaspoderosas alzan sus masas gigantescas. Juan la deja hacer; entonces nohay peligro, entonces todo está inmóvil.

Algunos segundos después, la joven reaparece. Se aprieta contra Juan, y,echando a su alrededor una mirada temerosa, saca del bolsillo unallavecita atada a un cordón de negro.

—¿Qué es esto?—pregunta en voz baja.

Juan lanza una ojeada hacia la puerta y mira a Gertrudis comointerrogándola.

Ella hace un signo con la cabeza.

—¡Colócala en su sitio!—exclama él asustado.

La joven balancea la llave en la mano, acariciando con los ojos el metalque brilla.

—Un día, por casualidad, se la vi ocultar allí—murmura.

—¡Colócala en su sitio!—exclama él, una vez más.

La joven frunce las cejas; después, con una leve risa.

—¡Esto es lo que podíamos hacer!...

Y, al mismo tiempo que habla, le echa de soslayo una mirada inquieta ytrata de leer en su rostro lo que piensa.

El corazón de Juan late violentamente. Surge del fondo de su alma elpresentimiento de que van a cometer una falta.

—La cosa quedará entre nosotros, Juan, dice Gertrudis en tono zalamero.

El cierra los ojos. ¡Qué hermoso sería tener un secreto con ella!

—Y además, ¿qué mal hay en eso?—continúa la joven.—¿Por qué es él tanmisterioso, sobre todo con nosotros, que somos sus más cercanosparientes, en el mundo?

—Por eso precisamente no deberíamos engañarle.

La joven golpea la tierra con el pie.

—¡Engañarle! ¡qué expresiones usas!

Y en tono enfurruñado añade:

—Vaya, no hablemos más.

Se dispone a llevar la llave a su escondite. Pero le hace dar dos o tresvueltas entre los dedos, y finalmente, con una alegre explosión de risa:

—¡Qué diablo! no es la misma.

Se acerca a la puerta y compara, meneando la cabeza, el agujero de lacerradura con el tamaño de la llave; después, con movimiento rápido,mete la llave en el ojo.

—¡Pues entra!...

Y, fingiendo sorpresa, mira por encima del hombro a Juan, que, de piedetrás de ella, sigue con ansiedad los movimientos de su mano.

—Hazla girar—dice ella en tono de broma y retrocediendo un paso.

Juan tiembla. ¡Oh, Eva tentadora!

—Hazla girar y déjame asomar la cabeza por la abertura—dice la jovenriendo.—Tú no tienes necesidad de ver nada.

Entonces, cediendo a un violento impulso, Juan hace girar la llave; porla puerta, abierta de par en par, les llega de la ventana un rayo deluz ofuscadora.

En el rostro de Gertrudis se pinta el desencanto. Tiene delante de ellosuna pieza muy sencilla, amueblada como el despacho de un comerciante,con las paredes peladas y blancas. En el centro se ve una gran mesa detrabajo, toscamente pintada y llena de muestras de granos y de libros decontabilidad; en una de las paredes están colgadas ropas usadas; en laotra, hay un estante cargado de cuadernos azules y le libros deencuadernación modesta. Juan echa a su alrededor una mirada tímida;después se acerca a los libros y se pone a leer los títulos.

¡Qué biblioteca tan lúgubre! Son obras de medicina, que tratan de lasenfermedades del cerebro, de las lesiones del cráneo y de otros asuntosdel mismo género; disertaciones filosóficas sobre la herencia de laspasiones: una Historia de los accesos de cólera y de sus terriblesconsecuencias, un Tratado del dominio sobre sí mismo, y una obra deKant, El Arte de dominar por la voluntad los sentimientos mórbidos.Hay también libros de literatura, casi todos sobre el fratricidio. Allado de novelas lúgubres, como El fin trágico de toda una familia enElsterwerda, se encuentran: La novia de Messina, de Schiller, y Julio de Tarento, de Leisewitz.

También la teología está representada por cierto número de pequeñostratados sobre el pecado mortal y su perdón. Al lado, en los cuadernosazules, están compilados cuidadosamente algunos

extractos,

diferentesestudios,

mezclados

con

consideraciones melancólicas sobre lasexperiencias y los pensamientos personales de Martín.

Juan deja caer las manos.

—¡Pobre, pobre hermano!—murmura, suspirando, con el corazónentristecido.

Entonces la mano de Gertrudis se posa sobre su hombro. La joven señalacon el dedo un rótulo colocado arriba de la puerta y pregunta en vozbaja y ansiosa:

—¿Qué significa eso?

En el rótulo se lee, en gruesas letras de oro, estas tres palabras: ¡Piensa en Fritz!

Juan no contesta. Se deja caer en una silla, oculta el rostro entre lasmanos y llora amargamente.

Gertrudis tiembla de pies a cabeza. Lo llama por su nombre, le echa losbrazos al cuello y trata de apartarle las manos del rostro; y, como todoes inútil, se deshace también en lágrimas.

Al ruido de sus sollozos se levanta Juan lentamente y mira a sualrededor, con mirada terrible. Ve unas ropas colgadas de la pared;ropas de niño de una época muy antigua. Las conoce perfectamente.

Su madre las conservaba como reliquias en el fondo del armario; se lashabía enseñado un día, diciéndole: «son los vestidos de tu hermanitomuerto.» Desde el día que ella había abandonado el mundo, los vestidoshabían desaparecido. Por lo demás, él no había vuelto a pensar en ellos.

Un frío estremecimiento le recorre todo el cuerpo.

—Ven—dice a Gertrudis, que no ha cesado de llorar.

Abandonan el despacho. Gertrudis quiere salir en seguida del molino.

—Guarda primero la llave—dice él.

Bajan juntos los escalones que conducen a las máquinas; y, cuando hancolgado la llave, se precipitan fuera, como si las Furias lospersiguiesen.

XIV

Desde entonces ya no hay en sus relaciones la inocente alegría de otrostiempos.

Se han convertido en cómplices.

¡Con qué alegría hubieran confesado a Martín la tontería que han hecho!Pero comparecer juntos ante él y decirle:

«¡Perdónanos, hemospecado!...» no es posible; sería un espectáculo demasiado teatral; y elque se encargase de hacer esa confesión tendría sobre su cómplice unagran ventaja; estando igualmente unidos a Martín, el primero querompiese el silencio pasaría necesariamente por el más sincero y elmenos culpable.

Además, se han prometido una discreción absoluta; yestán tanto más dispuestos a cumplir su promesa cuanto que temen tocarel asunto: ni siquiera se atreverían a hablar de eso entre ellosabiertamente.

Desde entonces comienzan a contraer la costumbre de las reservas y losmisterios; toda palabra pronunciada en la mesa, por inocente que sea,tiene para ellos un sentido particular más grave; toda mirada quecambian es para ellos la señal de una inteligencia secreta.

Martín no ve nada de eso; una o dos veces ha notado que «sus dos niños»han perdido mucho de su antigua serenidad, que las canciones no brotanya tan alegres de sus gargantas. Pero no dice nada; sospecha que hantenido alguna disputa y que están todavía incomodados.

A la semana siguiente, un día que Martín se ha encerrado en su despachoGertrudis se arma de valor y dice:

—Mira, Juan; es una locura que estemos atormentándonos de este modo.Dejemos dormir esa tonta historia.

—¡Si fuera tan fácil hacer como decir!—exclama él con expresiónmelancólica.

Ella lanza una alegre carcajada, y él ríe también.

—En realidad es muy fácil.

Pero han tomado gusto al misterio y no pueden perder el hábito. La menorbroma tiene un encanto más, porque es preciso

«a toda costa» que Martínno sepa nada; y, si por casualidad juntan sus cabezas parloteando, seseparan asustados al menor ruido, como si estuvieran tramando complotscriminales.

No han cambiado una palabra, una mirada, un pensamiento que pueda temerla luz del día; pero sus almas han perdido la flor de la inocencia.

Llega la víspera de San Juan. Sopla un viento caliginoso. La tierra estácomo embriagada; desaparece bajo las flores.

Las plantas de jazmines parecen cubiertas de blanca espuma, las rosasprimaverales abren sus cálices, y los botones de los tilos empiezan aabrirse.

Gertrudis, sentada en el emparrado, ha dejado caer su labor sobre lasrodillas y se abandona al ensueño. El perfume de las flores, el calordel sol le han turbado la cabeza; pero poco importa eso. Querría bañarsus miembros en ese soplo abrasado, querría vaciar todos los cálices sihubiera dentro de ellos algo que pudiera beberse.

En el molino ha cesado el trabajo un poco antes de lo acostumbrado; losmozos quieren ir a la aldea a festejar San Juan. Van a bailar, a quemartoneles de alquitrán, a hacer los locos mientras tengan fuerzas.

Gertrudis suspira. ¡Quién pudiera ir también! Martín querrá quedarse encasa; pero Juan, Juan debería ir...

Precisamente está a la entrada, haciéndole una seña con la cabeza.Después se sienta en el banco, a su lado... Está cansado, tiene muchocalor; ha trabajado rudamente.

Algunos minutos después se levanta:

—Yo no me quedo aquí. Hace un calor sofocante.

—¿Adónde vas?

—Voy al río. ¿Vienes?

—Sí.

Y ella deja la labor y se apoya en su brazo.

—Hoy van a bailar allá, en la aldea—dice.

—¿Querrías ir tú también, gatita?

Ella se tuerce las manos gimiendo, para expresar mejor su deseo.

—« Pero, como no puedo, me quedo en casa»—murmura él.

—¡No he bailado nunca contigo, y querría bailar!... Tú bailas muy bien.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Y tienes la desfachatez de preguntarlo?—dice ella afectando ciertodespecho;—acuérdate de la fiesta de los cazadores, hace tres años. Lasmuchachas contaban de ti cosas maravillosas; decían que eras encantador,que las llevabas muy bien bailando, ni muy sueltas ni muy apretadas; queeras un mozo arrogante. Esto bien lo veía yo ¿pero para qué me servía?Tus miradas desdeñosas pasaban por encima de mí como si yo no hubieraexistido.

—¿Qué edad tenías entonces?

Ella vacila un instante, y responde a media voz:

—Catorce años y medio.

—¡Ah! entonces...—dice él riendo.

—Pero estaba muy crecida... completamente desarrollada en aquellaépoca—replica

ella

vivamente.—No

habrías

comprometido tu dignidadhaciéndome dar una vuelta o dos por la sala.

—¡Bueno! Las daremos dentro de quince días en la fiesta de lostiradores.

—¿De veras?—pregunta ella con los ojos brillantes.

—Martín es uno de los jefes de la corporación de los tiradores;necesariamente ha de ir allá.

Gertrudis lanza un grito de alegría; después, de repente, exclama:

—Pero no tengo zapatos de baile.

—Mándalos hacer.

—¡Ah! ¡Son tan pesados los que hace el zapatero de la aldea!

—Entonces, voy a escribir encargando para ti unos a la ciudad.

Bastaráque me des la medida.

—Sí... ¿quieres? ¡mi querido, mi buen Juan!...

Y de pronto, soltando su brazo, se adelanta algunos pasos y grita:

—¡Atrápame!

Y huye como el viento.

Juan se pone a perseguirla; pero está fatigado y no puede alcanzarla.Atraviesan el puente levadizo y continúan su carrera por el pradoinmenso, que termina allá, en el bosque de abetos.

Gertrudis da unregate hábil, pasa como una flecha junto a Juan, y antes que él hayapodido seguirla está al otro lado del río. Sin aliento, toma la cadenacon que se hace mover el puente levadizo y tira con todas sus fuerzas:la pieza de madera chirría girando sobre sus goznes, y se levanta en elaire en el momento mismo en que Juan va a precipitarse sobre el puente.Sorprendido, lanza un grito, y con violento esfuerzo, agarrándose a laviga, consigue detener su impulso al borde del abismo.

Gertrudis se ha puesto lívida; toda desconcertada, lo mira fijamente.El, tratando de recobrar el aliento, hunde sus miradas en la sombríacorriente.

—¡No había pensado en ello, Juan!—balbucea la joven implorando superdón con los ojos.

Juan se echa a reír. Una alegría feroz, que le hace olvidar todopeligro, se apodera de él.

—¡Espera! ¡espera!—exclama, abriendo los brazos;—te pillaré de todosmodos.

Y, de un salto temerario, se lanza sobre la estrecha viga que atraviesael río como un puente.

—¡Juan!... ¡por el amor de Dios!... ¡Juan!

El joven no oye. Debajo de él las aguas hierven en el abismo; seesfuerza por conservar el equilibrio; avanza, tiembla, vacila; da unpaso, dos, tres, un salto atrevido... Ha pasado.

—¡Corre!—dice, lanzando un grito de alegría salvaje.

Pero Gertrudis permanece inmóvil. Paralizada por el espanto, lo mirafijamente. Con un salto de tigre, el joven se abalanza sobre ella, latoma en sus brazos, la aprieta contra él; ella cierra los ojos,respirando con dificultad. El la abraza y posa su boca ardiente yalterada sobre los labios trémulos de la joven; ella lanza un grito dedolor, y su cuerpo, sacudido por la fiebre, se estremece en los brazosde Juan. Entonces, él la deja en el suelo, y con mirada temerosa observaa su alrededor. ¿Los ha visto alguien?... No, nadie... ¿Y después detodo?... ¿Qué importa?...

El hermano de Martín puede besar muy bien a lamujer de Martín. ¿No exigió eso él mismo, un día?

La joven abre los ojos; parece salir de un sueño. Su mirada evita la deJuan.

—No está bien lo que has hecho, Juan. Te prohíbo que vuelvas a hacerloen adelante.

Sin responder, él se inclina para recoger la rosa que se ha caído de supecho.

—Quiero volver a casa—dice Gertrudis, paseando su vista en derredor,con expresión inquieta.

Marchan un momento en silencio, uno al lado de otro.

Ella fija sus ojos en el horizonte, mientras él respira ávidamente larosa que ha recogido.

—Huele bien—dice en tono inocente.

Ella dice que sí.

—¿Te gustan las rosas?—continúa él.

La joven vuelve los ojos hacia él. «¡Como si no lo supieras!»

dice sumirada.

—Oye—agrega él vivamente.—¿Por qué no pones ya flores en mi cuarto?

Ella no responde.

—¿Porque no las merezco?

—Me lo ha prohibido él—balbucea Gertrudis.

—¡Ah! eso es otra cosa—dice Juan, desconcertado.

La conversación termina de pronto.

XV

En el emparrado, Martín recibe a Gertrudis con reproches afectuosos:tiene un hambre de lobo y la cena no está servida todavía. Gertrudis sedirige apresuradamente a la cocina.

Cenan en silencio. Los dos jóvenes no alzan los ojos del plato.

Un calor sofocante, intolerable, pesa sobre la tierra. Un vientocaliginoso levanta pequeñas nubes de polvo; velos de vapor azuladodescienden lentamente sobre el suelo.

Juan apoya la cabeza en los vidrios de la galería; pero están calientescomo si hubiesen permanecido todo el día en un horno.

De pronto, Gertrudis se levanta.

—¿Adónde vas?—pregunta Martín.

—Al huerto—responde ella.

Un momento después se oyen sus pasos en la escalera que conduce a labuhardilla.

Cuando vuelve a entrar, echa tímidamente una mirada a Juan; después sesienta otra vez en su sitio, con los ojos bajos.

De la aldea llegan gritos de alegría, aclamaciones con las cuales semezclan las notas agudas del violín y los sonidos graves del contrabajo.

—¿Iríais de buena gana, eh?

Los jóvenes no responden, y Martín toma su silencio por unaaquiescencia.

—Bueno, vamos.

Se levanta. Gertrudis se despereza con semblante aburrido, mira a Juancon vacilación; después dice meneando la cabeza.

—No tengo ganas.

—¿Qué es eso?—exclama Martín completamente atónito.—

¿Desde cuándo notienes ganas de bailar? ¿Todavía estáis reñidos, eh?

Juan se ríe levemente, y Gertrudis vuelve la cabeza. De pronto, la jovense levanta, dice buenas noches y desaparece.

Un momento después los dos hermanos se separan.

Juan sube pesadamente la escalera, abre la puerta de su cuarto; unembriagador perfume de flores flota en el aire. Respira profundamente yexhala un suspiro de satisfacción. Por eso, sin duda, ha vuelto ella tantarde del jardín. Al lado de su almohada hay un gran ramo de rosas yjazmines. Se tiende en la cama como si quisiera hundirse en aquella masade flores. Por un instante, da rienda suelta a su fantasía; pero surespiración se hace cada vez más penosa, sus pensamientos se obscurecen;a cada pulsación, un dolor, penetrante como una aguja, le atraviesa lassienes; le parece que va a ahogarse bajo la intensidad de los perfumes.

Reuniendo todas sus fuerzas, se levanta y abre una de las hojas de laventana. Pero tampoco encuentra allí reposo ni frescura.

Una verdaderaoleada de perfumes sube del jardín hasta él, un soplo ardiente le azotael rostro, y gotas de lluvia tibia le acarician las mejillas. Pormomentos, los toneles de alquitrán que arden en la aldea lanzanllamaradas a través de las masas de vapor obscuro que velan elhorizonte.

Juan fija sus miradas abajo. Espera. El corazón salta en su pecho. Sudeseo le parece todopoderoso; va a forzar la ventana de abajo, a abrirlay... Oye un leve chirrido de goznes... después se abre una de las hojas;y, atrevidamente inclinado hacia fuera, envuelto en sus cabellosdestrenzados que flotan, el rostro de Gertrudis se levanta hacia él,mudo y apasionado.

Permanece así un segundo... y desaparece.

¿Debe gritar de alegría, debe llorar? No lo sabe.

Entonces puede entregarse a un embotamiento delicioso...

¿qué efectoejercerán sobre él los perfumes?

Se desnuda y se mete en la cama; pero, antes de disponerse a dormir, selevanta otra vez, coge el vaso con mano temblorosa y hunde su rostro enlas flores.

¡Qué semejanza con la primera noche y, sin embargo, qué diferencia!Aquella vez tranquilo y alegre; y entonces...

De pronto lo asalta un recuerdo que le hiela el rostro; sus dedosaprietan violentamente el vaso; presta oído... Le parece que la músicatan franca de aquella noche, cuyo sonido subió hasta él a través delsuelo, va a sonar otra vez. Escucha con una angustia creciente, hastaque su cabeza se llena de un zumbido que murmura, que estalla como unarisa aguda... Un horrible sentimiento de odio y de envidia se despiertaen él de repente; con una risa feroz, arroja lejos el vaso, que se rompeen medio del cuarto.

A la mañana siguiente, Juan está lleno de vergüenza. Todo eso le pareceun mal sueño. Recoge los fragmentos del vaso, los ajusta y piensa en ira comprar con qué pegarlos. Reflexiona y no alcanza a ver claramente elsentimiento que le ha hecho cometer ese acto estúpido; todo lo que sabees que era un sentimiento muy bajo, execrable. Aprieta la mano de suhermano más cordialmente que nunca, y lo mira en silencio en el fondo delos ojos, como si tuviera que hacerse perdonar una falta grave.

Gertrudis tiene la palidez que causa una noche de insomnio.

Su miradaevita la de Juan, y la taza de café que le ofrece suena en sus manostemblorosas.

No encontrando nada mejor, se pone a hablar de los zapatos de baile,para sondear al mismo tiempo las intenciones de Martín.

Este no oponeobjeción alguna; es preciso que Gertrudis se haga tomar las medidasinmediatamente; y, como la joven se niega a quitarse el zapato enpresencia de Juan, éste la llama

«remilgada.»

La joven se ofende, se pone a llorar y sale. Por la tarde aparece todaconfusa con la medida, y Juan puede enviar su carta.

Pero el recuerdo del vaso que ha roto le pesa sobre el corazón; y,cuando se encuentra solo con ella, se lo confiesa penosamente:

—Escucha, he hecho una mala acción.

—¿Cuál?

—He roto tu vaso.

—¡Ah!... ¿Y eso es una mala acción?

—¿Qué quieres que sea?

—Creía que lo habías hecho a propósito—replica ella, muy indiferenteen apariencia.

El no responde nada y Gertrudis menea dulcemente la cabeza comodiciendo: ¡Tenía razón, pues!

XVI

Pasan los días. Entre Juan y Gertrudis, las relaciones son más frías queantes. No se evitan, charlan juntos; pero no pueden emplear el tonoalegre, de franca y libre amistad, de otros tiempos.

«Ha tomado a mal que la besase», se dice Juan, sin darse cuenta que éltambién ha cambiado.

—¿Qué es lo que tenéis, muchachos?—dice una tarde Martín,gruñendo.—¿Os duele acaso la garganta, que ya no cantáis?

Los dos guardan silencio por un instante; después, Gertrudis, mediovuelta hacia Juan, le pregunta:

—¿Quieres?

El hace una seña afirmativa, pero, como ella no lo ha mirado, cree queno responde.

—Ya lo ves, no quiere—dice, dirigiéndose a Martín.

—¿Que no quiero?—exclama el otro riendo.

—¿Por qué no lo dices, entonces, en seguida?—replica ella, tratando deponerse en armonía con su alegre tono.

Entonces toma la actitud que le es habitual cuando canta; cruza lasmanos sobre las rodillas y fija la vista a lo lejos, en dirección alpalomar.

—¡Qué vamos a cantar?—pregunta.

—« ¡Ay! ¿cómo es posible eso? ...»—propone Juan.

Ella menea la cabeza.

—Nada que hable de amor—dice con sequedad.—¡Es siempre tan estúpido!

El le dirige una mirada sorprendida.

Después de un instante de reflexión, entona un aire de caza.

Atacavigorosamente su parte, y las dos voces se funden en una, como dos olasen el mar. Sorprendidos por esa armonía, se miran; nunca han cantado tanbien.

Pero concluyen en seguida; los alemanes tenemos pocos cantos popularesque no sean de amor.

Al fin, ella se decide:

Bello

rosal

florido,

Cuando veo a mi amor...

comienza con una especie de grito de alegría.

El la mira sonriendo, y Gertrudis, sonrojada, vuelve la cabeza.

Sus voces se animan con vida extraordinaria; parece que los latidos desus corazones acompañan sus acentos. Esas voces crecen y se elevanllevadas por la ola de su sangre, y después vuelven a apagarse, como siun dolor íntimo y profundo secara en ellos la fuente de la vida.

Puesto que no se puede expresar todo, Puesto

que

el

amor

es

infinito,

Puedes

preguntar

a

mis

ojos

Cuánto te quiere mi corazón...

¿Por qué se cruzan de pronto sus miradas?

¿Por qué tiemblan los dos como si una descarga eléctrica les sacudieselos miembros?

No pasa una sola hora de la noche

Que

no

se

despierte

mi

corazón;

Que

no

piense

en

ti,

Que no piense que me has dado mil veces tu

corazón...

¡Qué embriaguez de pasión en su acento febril! ¡Cómo se buscan susvoces! ¡parece que quisieran besarse!

En la orilla del torrente crecen los sauces, En los valles se extiende la nieve;

Querida niña, tenemos que separarnos...

Parto para la guerra, voy a afrontar la muerte...

La separación, amada mía, es cruel...

Sus voces se pierden en un murmullo trémulo. El deseo y la esperanza,las tristezas de la separación y el dolor de la muerte, todo esto seadivina en los sonidos que se escapan de sus labios.

El rostro de Gertrudis se crispa como para contener las lágrimas; perosus ojos brillan. Irguiéndose de repente, entona la vieja y melancólicacanción del molinero, la canción de la casa dorada que se alza «en loalto de la montaña». Juan se estremece, y su voz tiembla. Acaban laprimera estrofa y comienzan la segunda:

Abajo,

en

aquel

valle,

El

agua

hace

girar

una

rueda

Que

no

muele

más

que

el

amor,

Toda

la

noche

y

todo

el

día.

La rueda del molino se ha roto...

En eso... un grito... una caída... Gertrudis se ha desplomado, y con lafrente apoyada en la pared solloza desesperadamente.

Los dos hermanos se levantan. Martín le toma la cabeza entre las manos ymurmura palabras entrecortadas y confusas; pero ella solloza cada vezcon más violencia.

Y él, desolado, golpea el suelo con el pie; se vuelve hacia Juan, queestá pálido como un muerto, y le dice:

—¿Qué tienes?

Entonces Gertrudis le echa los brazos al cuello, se levanta hacia él y,como buscando su protección, oculta en su hombro el rostro bañado enlágrimas. El acaricia dulcemente sus cabellos en desorden y trata decalmarla; pero el pobre Martín entiende poco de consuelos, y cadapalabra que dice a media voz parece un juramento ahogado.

La joven deja caer su cabeza contra las hojas; sus labios se mueven, y,como si quisiese continuar su canto, murmura todavía medio sofocada porlos sollozos:

La rueda del molino se ha roto...

—No, hija mía, no se ha roto—dice Martín, cuyos ojos se llenan delágrimas.—No se romperá... la nuestra. Seguirá girando mientrasnosotros vivamos.

Ella menea violentamente la cabeza y cierra los ojos como aterrada anteuna visión.

—¿De dónde has sacado esa idea?—continúa el marido.—

¿Acaso no estástan contenta como creíamos? ¿No está aquí Juan, con nosotros? ¿Novivimos todos felices y satisfechos...

trabajando desde la mañana hastala noche? ¿Por dónde ha de venir la desgracia? ¿por qué ha de venir?¿Acaso no velamos también para que tu padre tenga lo necesario?...

Suspira y enjuga el sudor que cubre su frente.

No encuentra nada que decir, y, dirigiéndose a Juan, que está vuelto deespaldas, con la cabeza apoyada en el montante de la puerta, de pie a laentrada del emparrado:

—¿Por qué cantabais cosas tan tristes?—le dice en tono rudo.—Yo mismome sentía... no sé cómo, cuando empezasteis; y ella... ella no es másque una mujer.

Gertrudis menea la cabeza como diciendo: «No regañes...»

Después selevanta, murmura casi sin mover los labios un

«buenas noches» apenasperceptible, y entra en la casa.

Martín la sigue.

Juan, con la cabeza entre los brazos, se pone a pensar. La ve todavíalevantarse delante de él con los ojos brillantes, y después desplomarsede pronto, como herida del rayo. Y entonces se reprocha no haberseprecipitado más pronto hacia ella para impedir que cayese.

De repente brilla en su cerebro una luz siniestra y sangrienta.Comprende entonces lo que ha pasado en él la víspera de San Juan, porqué ha tirado el vaso al suelo... y hace un movimiento como pararomperlo por segunda vez... No es más que un impulso de torturainfernal; después, esa luz se apaga, y se hace la noche a su alrededor,una noche sombría y llena de angustias. Se pasa la mano por la frente,como si tratase de encender de nuevo esa luz, pero todo permaneceobscuro; sombra y misterio es para él lo que acaba de experimentar.

Leparece que va a gritar, que va a confiar a la noche la angustiaindefinible en que se agita. Se pone de rodillas en el mismo sitio dondeha caído Gertrudis, y, con la frente apoyada en el ángulo del banco,gime dulcemente.

De pronto suena una puerta en la casa. Los pasos de su hermanorepercuten en el vestíbulo.

Se pone en pie de un salto, y se sienta.

La figura de Martín aparece en el emparrado.

—¡Hermano! ¡hermano!—exclama Juan.

—¿Estás ahí, muchacho?—y se deja caer sobre el banco con un suspiroruidoso.—Ya está mejor; ha acabado por dormirse a fuerza de llorar;ahora descansa muy tranquila, y su respiración es profunda. Me he dejadoestar un momento junto a la cama contemplándola. ¡Estoy muydesconcertado! Hasta ahora siempre he visto claro en su alma infantil,como en un espejo... y de repente... ¿Qué será esto? Por más quereflexiono, no encuentro explicación alguna. ¿Estará triste porque notiene...

ninguna esperanza de ser madre? Sí, quizás sea eso.

Sinembargo, siempre había guardado para mí mi ardiente deseo... no queríacausarle un pesar. Pero, si se piensa bien, todavía no es más que unachiquilla, está lejos aún de la madurez necesaria para llenar bien losdeberes de madre. ¡Sí, hay que tener paciencia!

Y así consuela Martín su alma del pesar secreto que lo atormenta. Juanguarda silencio. ¡Tiene el corazón tan lleno, tan lleno! Querríademostrar su afecto a su hermano, pero no sabe cómo. Querría librarse desu propio martirio, y, cogiendo la mano de Martín, le dice desde elfondo del corazón:

—¡Oh! sí ¡todo marchará bien, todo se arreglará!

—¿Por qué no?—balbucea el otro.

Menea la cabeza, fija un instante sus miradas delante de él, con lafrente pensativa, y después, con expresión contrariada:

—Vete a dormir, Juan. La rueda rota está dando vueltas en tu cabeza.

XVII

Al día siguiente, Gertrudis se queda en cama, enferma. No quiere ver anadie, y a Martín lo menos posible.

Juan está sobresaltado. Las horas de la comida pasan tristes ysilenciosas... Se extienden las sombras, cada vez más densas, alrededordel molino de Felshammer.

El sol se pone una vez más. El cuarto día, Gertrudis está casirestablecida; Juan puede entrar en su cuarto y hablar con ella.

La encuentra sentada a la ventana, con una tela blanca sobre las faldas.Está pálida y fatigada, pero ilumina sus facciones la melancolíaapacible que es propia de los convalecientes.

Tiende la mano a Juan con una sonrisa.

—¿Cómo estás?—pregunta él dulcemente.

—Bien, como ves—responde ella mostrando la tela blanca.—

Ya estoypensando en el baile.

—¿Qué baile?—pregunta él con admiración.

—¡Qué poca memoria tienes!—dice ella tratando de bromear.—El domingopróximo es la fiesta de los tiradores.

—¡Ah!... sí, es verdad.

—¿No te alegra la idea de bailar conmigo?

—Sí.

—¿Mucho?... Di, ¿mucho?

—Mucho.

Una sonrisa infantil anima su rostro pálido y abatido; sus dedos arruganlos encajes y los pedazos de tul; se deleita tocando ese tejido blanco ytenue.

Su extenuación física parece haber devuelto a su ánimo el antiguo candorinfantil; y, cuando se informa con ansiedad de sus zapatos de baile,evidentemente vuelve a ser en todo la criatura virginal que en otrotiempo tendía la mano a Juan con una cordialidad sencilla, para darle labienvenida.

El joven se sienta frente a ella en un taburete; haciendo deslizar entresus dedos la tela del vestido de baile, escucha con una sonrisaindulgente el parloteo de Gertrudis.

Lo que ella le cuenta está lleno de sol, y respira la alegría de vivir.Aquel vestido ha sido su vestido de novia; lo ha cosido y guarnecidoella misma, porque sabe cortar como pocas... Se habría puesto un vestidode seda, como convenía a la prometida del rico Felshammer, pero no habíapodido reunir la suma necesaria; y su orgullo no le había permitidodejarse ofrecer el traje de novia por su futuro esposo. Entonces sientecasi pesar al deshacer las costuras... ¡Cuántos proyectos y cuántoslocos sueños había cosido por decirlo así, con su aguja! Pero

¿quéremedio? ¡había engordado tanto después de su casamiento!

Luego la conversación pasa a la próxima fiesta de los tiradores, versasobre las nuevas relaciones hechas en la aldea, se pierde un momento enla ciudad, en la tienda del zapatero; pero Gertrudis la vuelve a traersiempre a la época de sus bodas explayándose sobre los sentimientos ysobre los sucesos de esa época feliz.

Le parece haberse vuelto soltera. La sonrisa un poco soñadora, lasonrisa de presentimiento que se dibuja en sus labios, se asemeja a lade una novia, como si la fiesta para la cual se prepara fuese la de susbodas.

Todos sus pensamientos pertenecen desde entonces a ese baile.

En tantoque acaba de restablecerse, que sus ojos recobran su brillo, que en susmejillas vuelven a florecer las rosas de otros tiempos, canta noche ydía, viéndose en el momento de adornarse soñando con el deleite que,como una embriaguez desconocida, inconcebible, va a invadirla porcompleto en esas horas de fiesta.

XVIII

Suenan las trompetas; con las notas agudas de los clarinetes, loscímbalos mezclan sus gruñidos sordos.

La corporación, en cortejo solemne, se extiende a lo largo de la calle;a la cabeza, dos heraldos a caballo; Franz Maas y Juan Felshammer, losdos hulanos de la guardia. ¡No se habrían dejado arrebatar ese honoraunque la corporación hubiera tenido que disolverse!

El rostro de Franz está radiante, pero Juan no tiene más que miradasserias, casi indiferentes. ¿Qué le importan los hombres?

Entonces no sonpara él sino extraños. No saluda a nadie, su mirada no se detiene ennadie; pero busca algo en las filas de la multitud, y un relámpago dealegría y de orgullo ilumina sus facciones. Se inclina, saluda con laespada; allá, en el extremo de la calle, con las mejillas arreboladas ylos ojos brillantes, agitando su pañuelo, está lo que busca, la mujerde su hermano.

La joven ríe, hace señas, se empina; quiere seguirlo con los ojos hastaque desaparezca en el torbellino de polvo. Olvida casi a Martín, quecamina a su lado. ¿Por qué marcha él tan silencioso y tan tieso, por quémete tanto la cabeza en los hombros? Desde lejos, Juan saluda todavíacon la espada.

El campo del tiro, donde se detiene el cortejo, se encuentra en la lindedel bosque de pinos, que, visto desde la presa, rodea las praderas. Avuelo de pájaro, está a mil pasos apenas del molino de Felshammer, queparece hacer señas por arriba de los álamos del río. Si la multitud detiradores no hiciera ese ruido ensordecedor, se oiría claramente elmugido del agua.

—¡Si acabasen de una vez todas estas tonterías!—dice Juan.

Y echa una mirada de envidia a la sala de baile, una vasta tiendacuadrada, cuyo techo se eleva muy alto, dominando el hormigueo debarracas y de tiendas más pequeñas que se agrupan alrededor.

Los parientes de los tiradores sólo pueden penetrar en ese sitio a latarde, después de haber sido proclamado el rey de la fiesta.

Las horas, pasan y las detonaciones resuenan monótonas en la linde delbosque. Como a mediodía le llega el turno a Juan.

Tira... y marra elblanco, a pesar de las flores que Gertrudis le ha puesto en lacarabina... «Flores que dan la suerte», había dicho ella; y Martín, queestaba presente, se había sonreído como se sonríe uno ante una tontería.

Una vez que ha cumplido su deber, Juan vuelve la espalda al tiro; entraen el bosque, donde no se oyen gritos ni conversaciones, donde sólo eleco de los disparos rueda dulcemente por el aire.

Se deja caer sobre el césped y dirige sus miradas a los pinos, cuyasfinas agujas, bajo el sol del mediodía, lanzan reflejos como cuchillitosaguzados.

Entonces cierra los ojos y sueña. ¡El mundo entero le es indiferente!...¡Qué lejos está su vida pasada! No ha sido esa vida gran cosa; la mujery la pasión no han hecho en ella ningún papel, y, sin embargo, ¡qué ricay brillante de colores le ha parecido! Entonces se lo ha tragado todo unabismo, y sobre ese abismo flotan brumas rosadas.

Han pasado unas dos horas; oye un ruido de trompetas lejanas que anunciala elección del nuevo rey. Se pone de pie. Dentro de media hora llegaráGertrudis...

Le dicen que la dignidad real ha recaído en su amigo Franz.

Escucha esocomo en un sueño... ¿Qué le importa? Sus miradas se dirigen sin cesarhacia el camino, por donde, entre el polvo y el sol, las mujeres,vestidas con trajes claros, llegan a pie o en carruaje.

—¿Buscas a Gertrudis?—pregunta de improviso detrás de él la voz deMartín.

Se estremece, violentamente sacado de su ensueño.

—¿Pero qué tienes, muchacho? ¿Acaso te duele haber marrado el tiro, aestás durmiendo en pleno día?...

Ese es un hermoso día para Martín. La compañía de toda aquella gente,porque él es uno de los más altos dignatarios de la asociación, lo hasacado de su somnolencia; sus ojos brillan, una sonrisa jovial se dibujaen su boca. ¡Si llevase con un poco más de soltura su traje de fiesta!El sombrero profundamente hundido en su frente, deja ver detrás de lacabeza un mechón de cabellos hirsutos.

—¡Mírala! ¡mírala!—exclama de repente agitando su sombrero.

Ese brillante carruaje tirado por dos caballos es la carroza de gala delos Felshammer, que Martín se hizo fabricar expresamente para sus bodas.En el fondo de él, la figura blanca que se apoya en uno de los ladoscon indolencia, mirando a su alrededor con seriedad, es ella, «la mujerdel rico Felshammer», como se susurra al verla pasar.

—¡Mírala que guapa está!—dice Martín tirando a Juan de la manga.

En el mismo momento descubre ella a los dos hermanos y ¡al diablo losmodales estudiados! se levanta en el carruaje, agita la sombrilla conuna mano y el pañuelo con la otra, ríe con abandono, y con la punta desu sombrilla da en la espalda al cochero para que ande más de prisa.

Y, cuando el carruaje se detiene, no espera que la portezuela se abra,sino que salta por encima de ella, a los brazos de Martín.

Está febril, agitada, jadeante, sus labios se mueven como si fuera ahablar, pero la voz le falta.

—¡Calma, muchacha, calma!—dice Martín, acariciando sus cabellos quecaen entonces en bucles sobre su cuello desnudo.

Juan permanece inmóvil, sumido en su contemplación.

¡Qué hermosa es!

Como un velo tenue, su vestido blanco y diáfano flota en torno de sucuerpo encantador. ¡Y su cuello blanco! ¡Y aquellos hoyuelos en elnacimiento de los pechos! ¡Y aquellos brazos llenos y soberbios, sobrelos cuales se estremece un leve vello de plata! ¡Y aquel pecho redondoy firme que sube y baja como las olas! La joven parece de bellezainaccesible... mujer y reina a la vez. Y esas dos ideas, de mujer y de reina, se confunden en algo que lo llena a un tiempo de deleite yde melancolía. Sus ojos se han abierto de repente, y vacilan todavía,deslumbrados al contemplar en toda su majestad real a la mujer pordelante de la cual ha pasado como un ciego durante toda su juventud.

¡Qué hermosa es! ¿Cómo la mujer puede ser tan hermosa?

Y Gertrudis deja escapar entonces de sus labios un torrente de palabrasconfusas; está casi muerta de impaciencia, y habla mal del reloj, queparece retardar la hora de la comida, y de los absurdos zapatos de baileen los que sus pies no querían entrar...

—Están demasiado ajustados, me aprietan mucho; pero son bonitos ¿no esverdad?

Y, para mostrar sus pies, levanta un poco el vestido; son unos zapatitosde seda celeste, de altos tacones, atados con cintas también de seda ycelestes.

—Parecen muy estrechos—dice Martín meneando la cabeza con expresióninquieta.

—Lo son, en efecto—responde ella con una sonrisa.—Las puntas de lospies me queman como si fueran fuego. Pero de esta manera bailaré mejor,¿no es verdad, Juan?

Y cierra los ojos un momento, como para despertar de nuevo sus ensueñosdesvanecidos. Después se apoya en el brazo de Martín y quiere que lalleven a su tienda.

Las principales familias del contorno se han hecho levantar allí tiendasespeciales, leves cabañas o carpas de lona que les aseguren un abrigopara la noche, porque la fiesta se prolonga de ordinario hasta la mañanasiguiente. Gertrudis ha ido la víspera a vigilar ella misma laconstrucción de la suya. Ha hecho llevar muebles y ha adornado la puertacon guirnaldas de hojas. Puede enorgullecerse de su obra; la tienda deFelshammer es la más bella de todas.

Mientras Martín trata de abrirse paso por entre la multitud, ella sevuelve presurosa hacia Juan y le pregunta en voz baja:

—¿Estás contento, Juan? ¿Te gusto así?

El hace una seña.

—¿Mucho?... Di, ¿mucho?

—¡Mucho!

Ella respira profundamente; después ríe, ríe satisfecha.

La bella molinera causa sensación en la multitud. Los propietariosforasteros se detienen a contemplarla; los burgueses se dan con el codoa hurtadillas; los jóvenes de la aldea la saludan con cortedad. A suaparición se oye un prolongado murmullo en los grupos. Seria, con unaimportancia un poco afectada, avanza del brazo de Martín, retirando decuando en cuando los bucles que flotan sobre sus hombros; y cuando echala cabeza para atrás, toma el talante de una reina, o, más bien, de unamuchacha loca de alegría, que va a hacer la reina y que no está muysegura de su papel.

XIX

Cuando, una hora más tarde, suenan los primeros acordes, la jovenexclama con un estremecimiento de alegría:

—¡Ahora soy tuya, Juan!

Martín le recomienda que tenga cuidado con el frío para no caer enferma;pero antes que haya concluido de hablar, los jóvenes han desaparecido.Entonces se resigna, toma un buen vaso de vino de Hungría y se echasobre el sofá para descansar.

Pensamientos agradables acuden a su mente. ¿No son completamente felicesdesde que ha venido Juan? ¿No se han hecho ya raras las horas tristes,llenas de presentimientos siniestros, turbadas por el miedo a losfantasmas? ¿No estaba reviviendo él a ojos vistas, vencido por laalegría de esos dos inocentes? ¿No era el día que acababan de pasar lamejor prueba de que su horror a los extraños ha desaparecido y de quesabe asociarse ya a la alegría de los otros? ¡Y Gertrudis cuán feliz estambién!... La otra noche, es verdad... ¡Pero qué! ¡Las mujeres sonseres débiles, sujetos a muchos caprichos. Todo se arregló en seguida.

La frase que Juan le dijo esa noche vuelve a su memoria:

«Todo irá bien,todo se arreglará...» Hace chocar su vaso con los dos vasos vacíos quehan dejado los jóvenes.

—¡A la salud de ellos dos! ¡A la feliz unión de los tres hasta el finde nuestros días!...

Entretanto Gertrudis y Juan se han abierto paso a través de la multitudcompacta, y llegan a la puerta de la sala de baile. La ola ruidosa de lamúsica se oye delante de ellos; el aire del interior les da en elrostro, como el hálito ardiente de un pecho humano.

En lo claroobscurode la tienda, las parejas que se agitan, estrechamente enlazadas, pasanfrente a ellos; parecen sombras.

Juan anda como en un sueño. Apenas se atreve a fijar sus miradas enGertrudis; un miedo misterioso lo y le aprieta el pecho como un cinto dehierro.

—Estás muy serio hoy—murmura ella acercando su rostro al brazo de sucaballero.

El no responde.

—¿He hecho algo que te haya disgustado?

—Nada, nada—balbucea Juan.

—Bailemos entonces.

En el momento en que el joven le pasa el brazo por el talle, ella seestremece, abandonándose después con un profundo suspiro. Se ponen abailar. Aspirando con fuerza el aire, ella ladea su rostro contra elpecho de Juan. En la gorra de éste brilla la escarapela, insignia de lostiradores, que lleva ese día; la cinta de seda blanca tiembla sobre sufrente. Gertrudis inclina un poco la cabeza y, alzando los ojos haciaél, murmura:

—¿Sabes lo que siento?

—¿Qué cosa?

—¡Me parece que me llevas al cielo!

Y cuando termina esa danza:

—Ven ligero, salgamos—dice;—no quiero tener que bailar con otro.

Le aprieta fuertemente la mano, mientras él se abre paso por entre lamultitud. Feliz y orgullosa, con las mejillas encendidas y los ojosbrillantes, se pasea de su brazo fuera de la tienda. Ríe, charla ybromea, y él la imita lo mejor que puede. En el ardor del baile haperdido la timidez por completo... Una alegría terrible arde en susvenas. Entonces, Gertrudis le pertenece en cuerpo y alma, a él solo; losiente en el temblor de su brazo, que, con ternura y como a escondidas,aprieta con fuerza al suyo; lo adivina en el brillo húmedo de sus ojos,que se alzan furtivamente hacia su rostro. Al cabo de un momento, diceella un poco contrariada.

—Oye, es preciso ver qué hace Martín.

—Sí—responde él apresuradamente.

Pero se contentan con esa buena intención. Cada vez que se dirigen haciala tienda ocurre en la parte opuesta algún incidente extraordinario queles hace olvidar su resolución.

De pronto, Martín mismo sale al encuentro de ellos, en medio de un grupode aldeanos a quienes lleva consigo para obsequiarlos.

—¡Hola, muchachos! Voy a establecer mi cuartel general en el hotel dela Corona; si queréis beber, venid con nosotros.

Gertrudis y Juan cambian una rápida ojeada de inteligencia; después danlas gracias, de común acuerdo.

—Entonces, adiós, hijos míos; y divertíos mucho.

Y se aleja.

—Jamás lo he visto tan contento—dice Gertrudis riendo.

—¡Buena falta le hace!—dice Juan con voz tierna, siguiendo a suhermano con una mirada afectuosa.

Querría ahogar el sentimiento que lo atormenta y que se despierta en éla la vista de Martín.

XX

Ha llegado la tarde... La multitud está bañada por un resplandorpurpurino. Un rosado crepúsculo envuelve la llanura y el bosque.

En un rincón solitario de la pradera, Gertrudis, inmóvil, lanza miradasmelancólicas al sol que se extingue.

—¡Ah! ¡si no se ocultase hoy para nosotros!—exclama abriendo losbrazos.

—¡Bueno! ¡ordénaselo!—dice Juan.

—¡Sol, te mando que te quedes con nosotros!

Y, mientras el globo de fuego se hunde cada vez más, ella se pone atemblar de pronto y dice:

—¿Sabes qué idea acaba de ocurrírseme? Que ya no lo veremos salir más.

Después, lanzando una risa clara:

—¡Sí, ya sé, es pura locura! ¡Vamos a bailar!

Una nueva danza acaba de empezar. Cruzan apresuradamente la sala debaile, trémulos de alegría y embriagándose uno al otro, y desaparecen enun rinconcito obscuro que han elegido cerca del tablado de los músicospara substraerse a las miradas indiscretas de las otras parejas, porquetodas quieren conocer a la bella molinera.

Los cabellos de Gertrudis se han desprendido y flotan libremente; brillaen sus ojos una llama que sólo se ve en las personas ebrias defelicidad; todo su ser parece sumido en el deleite de esos momentos.

—Si no me ardiese el pie como fuego del infierno...—dice cuando Juanla lleva a su sitio.

—¡Descansa un poco!

Ella se echa a reír. En ese instante Franz Maas se adelanta parainvitarla, en su calidad de rey de la fiesta, a la danza de honor; ellaacepta su brazo y se aleja en un torbellino.

Juan pasa la mano por su frente ardorosa y mira a la pareja; pero lasluces y las personas se confunden en sus ojos en un caos tumultuoso; leparece que todo gira a su alrededor. Vacila y tiene que apoyarse en unacolumna para no caer; y ruega a Franz Maas, que vuelve en ese momentocon Gertrudis, que sirva de caballero a su cuñada por media hora porquetiene necesidad de salir, de respirar el aire puro...

Sale a la noche clara y fresca, en contraste con ese local cálido,cargado de vapores, donde un par de arañas llenas de bujías esparcen unhumo intolerable. Pero hasta allí lo persiguen el bullicio y la música.En las barracas de tiro chocan las flechas de las ballestas; delante delas rifas suena la voz ronca de los rifadores anunciando la jugada; ylos caballitos de madera, que giran con ruido ensordecedor, iluminan laobscuridad con su brillo fugitivo. Y, por entre todo eso, ruedan lassombras de la multitud.

Detrás del bosque de pinos, cuya corona sombría y silenciosa domina todoese movimiento, se enciende un resplandor de oro; dentro de media horala luna verterá sobre aquella escena su luz sonriente.

Juan avanza a pasos lentos entre las tiendas; se detiene delante de laposada de la Corona y mira por la ventana. Pero, al ver a Martín allísentado, con el rostro abrasado, en medio de un grupo de bebedoresalegres, se precipita en la sombra como si temiera encontrarse con él.De la casa vecina salen cantos ruidosos; vacila un momento, y al finentra, porque la lengua se le pega al paladar. Lo acogen con gritos dealegría. Ante una larga mesa cargada de cerveza están sentados unaporción de antiguos condiscípulos, pilluelos la mayor parte, a los queevitaba en otro tiempo.

Se le rodea, se le invita a beber y se le obliga a tomar asiento.

—¿Por qué te dejas ver tan poco, Juan?—le grita uno desde el extremode la mesa.—¿Dónde te metes de noche?

—Está cosido a las faldas de su bella cuñada;—responde otro con aireburlón.

—¡Deja en paz a mi cuñada!—le dice Juan frunciendo el entrecejo.

El tumulto lo disgusta, los gritos roncos lo ensordecen, las bromastorpes le hacen mal. Bebe apresuradamente dos vasos de cerveza fresca, ysale, librándose con gran trabajo de las instancias importunas de suscamaradas.

Se dirige pausadamente hacia la linde del bosque y hunde sus miradas enla obscuridad, que se anima entonces con los pálidos reflejos de laluna; después se interna un poco bajo los árboles aspirando la atmósferadulce y aromática de los pinos. Quiere dominar a toda costa laembriaguez inexplicable que le penetra hasta los tuétanos. Pero cuantomás se aleja del lugar de la fiesta, tanto más aumenta su turbación...

Al punto de entrar en la sala de baile ve a Franz Maas, que se lanzahacia él presa de una agitación manifiesta. Una vaga sospecha dedesgracia comienza a torturar su alma.

—¿Qué ha sucedido?—exclama.

—¡Al fin te encuentro! Tu cuñada se ha indispuesto.

—¡En nombre de Cristo!... ¿Y adónde la has llevado?

—Martín la ha llevado a vuestra tienda.

—¿Cómo ha sucedido eso? ¿cómo ha sucedido?

—Desde hacía un momento notaba yo que se había puesto pálida ysilenciosa; y, al preguntarle qué tenía, me dijo que le dolía el pie. Apesar de eso, no quiso sentarse, y de repente se desmayó en medio de lasala.

—¿Y entonces, entonces, qué?

—La levanté y la llevé en seguida a su sitio mientras mandaba buscar aMartín.

—¿Por qué no me mandaste buscar a mí, animal?

—En primer lugar, porque no sabía dónde estabas; después, porque erajusto que fuese primero el marido...

Juan suelta una risa estridente:

—Claro, muy justo... ¿y después?

—Abrió los ojos antes que Martín llegase. Su primer cuidado fue alejara las mujeres que la rodeaban; después me dijo: «No le hable de midesmayo.» Y cuando él se lanzó hacia ella con el rostro pálido,Gertrudis se mostró muy alegre en apariencia y le dijo: «Me hace daño elzapato; nada más.»

—¿Y entonces?

—Entonces se la llevó. Pero alcancé a ver que se ponía a sollozarescondiendo la cara en el hombro de su marido. Y me dije: «¡Dios sabedónde le aprieta el zapato!»

Juan no quiere escuchar más; sin una palabra de agradecimiento se lanzafuera.

La cortina que cubre la entrada de la tienda de los Felshammer estácompletamente corrida. Juan escucha un instante. Un ligero rumor dellanto, mezclado con la voz de Martín que trata de apaciguar a su mujer,llega hasta él del interior. Quiere levantar la cortina, pero ésta nocede; parece sólidamente sujeta al marco de la puerta.

—¿Quién es?—grita la voz de Martín.

—¡Yo, Juan!

—¡No entres!

Juan se estremece. Aquel «no entres» le ha atravesado el pecho como unapuñalada.

Cuando se trata de estar junto a la que sufre, de llevarle el consuelo yla paz, le gritan: «¡no entres!»

Aprieta los dientes y fija sus miradas ardorosas en la cortina,atravesada por un débil resplandor rojizo.

—¡Juan!—grita de nuevo la voz de su hermano.

—¿Qué hay?

—Anda a ver si nuestro carruaje está ahí cerca.

Cumple lo que le ordenan. ¡Sólo sirve para hacer recados!

Recorre lafila de carruajes y, no encontrando lo que busca, vuelve a la tienda.

La cortina aparece levantada ya. Ella está allí, con un chal claro enlos hombros... ¡tan pálida y tan bella!

—¡Estoy soñando! Di orden para que no viniese el carruaje sino mañanaal amanecer.

—¿Quiere

marcharse

Gertrudis?—pregunta

Juan

impresionado.

—Gertrudis tiene que irse—dice la joven.

Y con los ojos llenos de lágrimas le dirige una mirada, en la que seesfuerza por poner una sonrisa.

—¡Tranquilízate, hija mía!—dice Martín acariciándole los cabellos.—Sino se tratase más que de tu pie no sería un gran mal. Pero tus lágrimas,tu agitación... Creo que la enfermedad te dura todavía y el reposo tehará bien. ¡Si no se necesitara tanto tiempo para ir a buscar elcarruaje! Me parece que lo mejor será que hagas a pie el corto camino através de la pradera... si no sientes ningún dolor, se entiende.

Gertrudis lanza una mirada a Juan, y se apresura a decir que sí.

—El aire es tibio, la hierba está seca—continúa Martín, y Juan podráacompañarte.

Gertrudis se estremece y la sangre sube a sus abrasadas mejillas. Losojos de Juan buscan los suyos, pero ella los evita.

—Tú puedes estar de vuelta en media hora—añade Martín, que toma elsilencio de Juan por mal humor.

Juan menea la cabeza y responde, lanzando una mirada a Gertrudis, que éltambién está cansado.

—¡Entonces, Dios os acompañe, hijos míos!—dice Martín.—

Y cuando mehaya librado de mis amigos iré a buscaros.

Juan pasea su vista a lo lejos; la llanura que se extiende delante deél, plateada por la luz de la luna, le hace el efecto de un golfo sobreel cual flotaran brumas; le parece que el brazo que en aquel instante sedesliza bajo el suyo de modo tan dulce, tan acariciador, lo arrastraallá abajo, al fondo de ese abismo.

—Buenas noches—murmura sin mirar a su hermano.

—¿No me das la mano?—dice Martín en tono de amistoso reproche.

Y, al tendérsela Juan vacilando, se la aprieta cordialmente...

¡Ah!¡cuánto daño puede hacer un apretón de manos!

XXI

El tumulto de la fiesta se extingue a lo lejos. El ruido de las milvoces no es más que un débil zumbido, sobre el cual descuella solamente,con notas agudas, la algazara de los caballitos de madera; y cuando laorquesta del baile, que se ha callado por un tiempo, empieza a tocarotra vez, ahoga los demás ruidos con el estallido penetrante de suscornetines.

Pero sus notas van debilitándose también; el bombo, que hasta entonceshabía hecho discretamente su parte, suena más fuerte, en cambio, porquesus sordos golpes llegan más lejos que los otros sones.

Caminan juntos en silencio; ni uno ni otro se atreve a hablar.

El brazode Gertrudis tiembla bajo el de Juan; éste contempla las brumas dereflejos verdosos que se alzan de las praderas. Ella caminavalerosamente, aunque no puede menos de cojear un poco; y de cuando encuando exhala un débil quejido.

De pronto, la joven se vuelve y muestra, tendiendo la mano, el hormigueode las luces en el lugar de la fiesta, que brillan sobre el fondoobscuro del pinar.

—Mira qué bonito—murmura tímidamente.

El responde con un ademán.

—¡Juan!

—¿Qué, Gertrudis?

—¿No me guardas rencor?

—¿De qué?

—¿Por qué abandonaste el baile?

—Porque hacía demasiado calor para mí en la sala.

—¿No es porque bailaba yo con otro?

—¡Oh! de ningún modo.

—Mira, cuando te marchaste, me sentí tan sola, tan abandonada, que tuvenecesidad de todo mi valor para no estallar en sollozos. «Hubiera podidoprohibirte que bailases con otro», me decía yo... «¿Por quién he venidoa la fiesta sino por él? ¿por quién me he puesto tan guapa sino porél?...» Y el pie me ardía mil veces más que antes sufrí un desmayo, ydespués... de repente... ya sabes lo que me sucedió.

Juan aprieta los dientes, un estremecimiento sacude sus brazos como sia pesar de él, fuesen a abrazar a Gertrudis. Ella inclina lentamente sucabeza sobre el hombro del joven y su mirada clara y brillante se alzahacia él; pero de pronto lanza un grito agudo... su pie dolorido, que searrastra penosamente por el suelo, acaba de tropezar con una piedra.Extenuada por el dolor, se deja caer sobre la hierba.

—Querría quedarme tendida aquí un momento—dice enjugándose el sudorfrío que cubre su frente.

Después esconde su rostro entre el césped y permanece así algunossegundos, sin movimiento. El se inquieta.

—Ven—dice;—te vas a resfriar.

Ella le tiende la mano derecha, volviendo el rostro.

—Levántame.

Pero, cuando quiere caminar, sus rodillas se doblan bajo su peso.

—Ya ves, no puedo—dice con triste sonrisa.

—Bueno, te llevaré yo—dice él abriendo los brazos.

Se escapa un murmullo de los labios de Gertrudis, mitad de júbilo, mitadde queja; un momento después, su cuerpo, levantado del suelo, está enlos brazos de Juan.

Ella lanza un profundo suspiro, y, cerrando los ojos, apoya la cabezacontra su mejilla.

Pecho contra pecho, sus cabellos ruedan como una onda sobre el cuello deJuan, y su respiración tibia le acaricia el rostro.

¡Adelante, adelante,cada vez más lejos, aunque las fuerzas le falten, hasta el fin delmundo!... Siente palpitaciones violentas, un velo rojizo se extiendedelante de sus ojos, le parece que va a caerse y a entregar el alma. ¡Noimporta!... ¡más lejos, más lejos siempre!

Allá abajo, el río lo llama, la cascada muge sordamente a través de lanoche silenciosa, y las gotas que saltan brillan a los rayos de la luna.

Ella deja caer su cabeza hacia atrás, sobre el brazo de Juan; unasonrisa dolorosa vaga por su boca entreabierta; sus párpados se hanalzado, y en su pupila obscura se refleja la luna.

—¿Dónde estamos?—murmura.

—A la orilla del agua—dice él jadeante.

—Déjame en el suelo.

—No quiero... no puedo...

Al fin, cerca de la orilla, la pone en el suelo; después se tira sobrela hierba, apoya la mano sobre el corazón y hace un esfuerzo para tomaraliento. Le laten las sienes y está a punto de perder el conocimiento...Pero se incorpora con esfuerzo vigoroso, inclina el busto sobre lacorriente y coge agua en las palmas de las manos para bañarse la frente.

Esto lo ayuda a serenarse. Se vuelve hacia Gertrudis. Ella se oculta elrostro en las manos y gime dulcemente.

—¿Sufres mucho?—le pregunta él.

—Esto me escuece.

—Mete el pie en el agua; se te refrescará.

Ella deja caer sus manos y lo mira con sorpresa.

—Eso me ha hecho bien a mí—dice él mostrando su frente, por dondecorren todavía las gotas de agua.

Gertrudis se inclina hacia adelante para quitarse el zapato; pero sumano tiembla, y se detiene fatigada.

—Deja que te ayude—dice él.

Un movimiento brusco, y el zapato salta al lado de ella, le sigue lamedia, y, arrastrándose hasta la orilla del río, la joven sumerge hastael tobillo el pie desnudo en la frescura de la corriente.

—¡Oh! ¡qué bien hace esto!—murmura aspirando el aire profundamente.

Después, volviéndose a derecha e izquierda, busca un apoyo para sucuerpo.