El Molino Silencioso y Las Bodas de Yolanda by Hermann Sudermann - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

HERMANN SUDERMANN

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E L M O L I N O

S I L E N C I O S O

BUENOS AIRES

1910

ESTE VOLUMEN CONTIENE

EL MOLINO SILENCIOSO

I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV,

XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV,

XXV, XXVI, XXVII, XXVIII

LAS BODAS DE YOLANDA

I, II, III, IV, V, VI, VII

EL MOLINO SILENCIOSO

I

¿Desde cuándo lleva su nombre el «Molino silencioso»? No lo sé. Desdeque lo conozco es un viejo edificio medio derruido, resto lastimoso deuna época ya desaparecida.

Descascarados y sin techo, sus muros, que los años desmoronan, se alzanhacia el cielo dejando paso libre a todos los vientos. Dos grandesmuelas redondas, que sin duda trabajaron valientemente en otro tiempo,han roto el armazón carcomido que las sostenía, y, arrastradas por supropio peso, se han hundido profundamente en el suelo.

La rueda grande permanece suspendida de través entre los dos soportespodridos. Las paletas han desaparecido; sólo los rayos se alzan todavíaen el aire, como brazos que se tienden hacia el cielo para implorar elgolpe de gracia.

El musgo y las algas lo han cubierto todo con un manto de verdor através del cual el berro muestra sus hojas redondas, de palidezenfermiza. Un canal medio arruinado vierte dulcemente el agua, que caegota a gota con un ruido cuya monotonía adormece, sobre los rayos de larueda, que salta hecha polvo y que llena el aire de vapor húmedo.

Oculto bajo una capa de leños grises, el arroyo esparce un olor de aguacorrompida. Todo lleno de algas y de hierbas, ha sido invadido por lospinos acuáticos y los juncos; en el medio solamente resalta un hilo deagua cenagosa y negra, en el que se columpia perezosamente la lentejaacuática, con sus hojas delicadas de color verde claro.

En otro tiempo, el arroyo del molino corría alegremente, la espumabrillaba blanca como la nieve a lo largo del dique, las ruedas enviabanhasta la aldea el ruido alegre de su tictac; y, en el patio, los carrosiban y venían en largas filas, mientras resonaba a lo lejos la vozpotente del viejo molinero.

Este se llamaba Felshammer; y bastaba verlo para comprender que merecíaese nombre[*]. Era todo un hombre. Tenía fuerzas de sobra para hacersaltar las rocas. Había que evitar con cuidado burlarse de él ocontrariarlo, porque entonces montaba en ira, apretaba los puños, lasvenas de las sienes se le hinchaban como cuerdas; y, cuando se ponía ajurar, todo el mundo temblaba y hasta los perros huían.

[*] Fels, roca; Hammer, martillo; Felshammer, martillo para romperrocas, maza.— N. del T.

Su esposa era una mujer dulce, tranquila y sumisa. ¿Habría podido seracaso de otro modo? Una criatura dotada de más vigor, que hubieraquerido conservar nada más que un destello de voluntad personal, eraalgo que Felshammer no habría tolerado junto a él ni por veinticuatrohoras. En condiciones tales hacían una vida soportable, casi felizpodría decirse, sólo turbada por aquella cólera fatal, que se encendía yarrojaba llamas por el menor motivo, y que daba a la pacífica mujermuchas horas de pesar.

Pero jamás vertió ella tantas lágrimas como el día que la desgracia secernió sobre sus hijos. Habían nacido de esa unión tres vástagos, tresvarones lindos y robustos. Los tres tenían los ojos azules y loscabellos rubios, y sobre todo «un par de puños que prometían mucho»,como decía el padre con orgullo, aunque el más pequeño, que estabatodavía en la cuna, sólo podía aprovechar los suyos chupándolos.

Los dos mayores eran ya unos mocetones soberbios. ¡Qué altivez en lamirada cuando se plantaban, con las piernas abiertas, la cabeza echadapara atrás, y las manos en los bolsillos de los calzones! Uno y otroparecían decir: «Soy el hijo de mi padre. ¡Venid, pues, a verlo!»

Todo el santo día estaban peleándose entre ellos, y el padre mismo eraquien los excitaba. La madre, llena de inquietud, intervenía pararestablecer la paz, pero se burlaban de ella.

La pobre temblaba sin cesar por sus terribles hijos, pues veía conespanto que los dos habían heredado el carácter irascible de su padre.Ya una vez había acudido en momentos en que Fritz, que tenía ocho años,se abalanzaba con un gran cuchillo de cocina en la mano, sobre suhermano, dos años mayor que él.

Seis meses después llegó, en efecto, eldía en que se justificaron sus tristes presentimientos.

Los dos muchachos se habían peleado en el patio, y Martín, el mayor,furioso al ver que Fritz era más fuerte, le tiró una piedra, hiriéndolotan desgraciadamente en la parte posterior de la cabeza que lo hizo caerensangrentado y sin habla.

Púdose sin gran trabajo restañar la sangre, y se cicatrizó la herida,pero el niño, nunca más recobró la palabra. Siguió inerte, indiferentepara todo, tomando como un animal el alimento que le daban. Se habíavuelto idiota.

Este fue un golpe terrible para la familia del molinero. La madre pasónoches enteras llorando; él también, el hombre activo y enérgico, anduvovagando mucho tiempo, como perdido en un sueño. Pero el que recibió laimpresión más profunda fue el autor del accidente. Ese muchacho tanaltivo, tan turbulento, era casi otro, porque su arrogancia habíadesaparecido; se había hecho taciturno, reconcentrado en sí mismo,obedecía al pie de la letra las órdenes de su padre, evitaba toda vezque podía las miradas de sus condiscípulos. El cariño que profesaba a sudesgraciado hermano era verdaderamente conmovedor.

Estando en la casa,no lo abandonaba ni un instante. Se plegaba con una paciencia angelicala los hábitos del idiota, caído en la condición de bestia; aprendía acomprender los sonidos inarticulados que el enfermo dejaba oír, y lomiraba sonriendo cuando le rompía el juguete más preciado.

El idiota se acostumbró tanto a esa compañía que no quería pasarlo sinella. Cuando Martín estaba en la escuela, gritaba sin descanso y habríapreferido morir de hambre antes de aceptar el alimento de una mano queno fuese la de su compañero.

Durante tres años, el enfermo arrastró una existencia miserable: despuéscayó en cama y murió.

II

Su muerte habría debido parecer una liberación a todos los de la casa;sin embargo, hizo derramar lágrimas ardientes. Martín, sobre todo,parecía inconsolable. En los primeros tiempos, iba todos los días alcementerio; y a menudo era preciso alejarlo a la fuerza de la tumba.Pero poco a poco fue calmándose, y esta calma la debió ante todo a lacompañía de Juan, su hermano menor, en el cual pareció querer depositardesde aquel día el amor infinito que había profesado a su víctima.

Mientras Fritz había vivido, Martín se había ocupado muy poco de Juan;parecía casi que consideraba entonces un crimen dar a otro la máspequeña parte de su corazón. Pero cuando la muerte arrebató aldesgraciado, una necesidad irresistible lo inclinó hacia el más pequeño.Esperaba que su afecto a Juan llenaría quizás el hueco atroz que habíadejado en él la muerte del otro; era preciso reparar beneficiando alhermano que quedaba, el mal que había hecho al que ya no existía.

Juan era entonces un lindo muchachito de cinco años, sabía ponerse yalos calzones, e iban a comprarle en la próxima feria el primer par dezapatos. Parecía no haber heredado nada de la rudeza y de la arroganciapaternales; participaba más bien de la dulzura y calma de su madre; seapegaba a ésta en su calidad de benjamín y era el ídolo de ella. Pero lamadre no era la única persona que lo adoraba; todo el mundo lo mimaba...era la luz y la alegría de la casa.

Bastaba verle para amarlo. Sus largos cabellos de color rubio clarobrillaban como rayos de sol, y en sus ojos límpidos y francos, que seiluminaban con una llama jovial para tomar en seguida una expresiónsoñadora y tranquila, había un mundo entero de ternura y de bondad.

Se unió desde entonces con verdadera pasión, al hermano que durantetanto tiempo lo había descuidado. Pero la diferencia de edad, pues sellevaban cerca de nueve años, no permitía que se estableciese entreambos una amistad puramente fraternal.

Martín estaba ya a punto de salirde la infancia; su expresión grave y reflexiva y su lenguaje precozmenteserio lo acercaban ya al hombre hecho. Además, al año siguiente iba ahacer su entrada en la vida activa. ¿No era natural, pues, que empleasea veces en sus relaciones con su hermano un tono paternal? No seavergonzaba, sin embargo, de tomar parte en sus juegos infantiles; amenudo hacía pacientemente el caballo, y se dejaba conducir a través delos patios y de los campos. Pero siempre había en su conducta másindulgencia sonriente de maestro que alegría sencilla de camaradaconsciente de su superioridad.

El niño cariñoso y tierno se entregó con toda su alma a su hermanomayor. Le reconocía una autoridad absoluta, quizás en mayor medida que asu padre y a su madre, que no estaban tan cerca de su corazón infantil.

Cuando llegó el momento de ir a la escuela, encontró en Martín un guíacuya paciencia no se desmentía nunca, siempre dispuesto, cuando la tareaera demasiado pesada, a ayudarle con consejos y hasta de más eficazmanera. Entonces la veneración del pequeño a su hermano no conociólímites.

El viejo Felshammer era el único a quien esta amistad profunda

nocausaba

gran

alegría.

«Eran

demasiado

empalagosos, se besuqueabandemasiado, habría sido mejor que pelearan como gatos; hubiera estadoseguro entonces de que tenían su sangre y su carne.» En cambio, ladulce, la pacífica madre se sentía muy feliz. Todas las mañanas y todaslas noches rogaba a Dios que protegiese a sus hijos y que no dejasedespertar en Martín el fuego de la cólera. Al parecer, su súplica fueescuchada favorablemente. Martín no tuvo más que un acceso de furor;pero es cierto que salió del fondo mismo de su alma.

Juan tenía entonces nueve años. Un día estaba jugando con un látigocerca de uno de los carros que estaban en el patio, adonde habían ido acargar harina. Uno de los caballos se asustó de pronto, y el carretero,un borracho brutal, arrancó el látigo de las manos del niño y con él lecruzó a éste la cabeza y el cuello.

En el mismo instante, Martín, saltando fuera del molino, con las venasde la frente hinchadas y los puños apretados, cogió a su hermano por lagarganta y se la apretó con tanta fuerza que la criatura se puso lívida.La madre, acudió entonces lanzando un horrible grito:

—¡Acuérdate de Fritz!—exclamó alzando las manos con un ademán de locaangustia.

Y el enfurecido muchacho, dejando caer sus brazos como si los hubieraatacado la parálisis, se retiró tambaleándose y se tumbó deshecho enlágrimas a la entrada del molino.

Desde ese día la cólera pareció extinguirse completamente en él; una vezlo insultaron en la calle, le pegaron, y sin embargo dejó quieto en elfondo de su bolsillo el cuchillo que los aldeanos de aquel lugar empleande ordinario con gran facilidad.

III

Pasaron años... Martín acababa de llegar a la mayor edad cuando murió elmolinero. Su mujer no tardó en seguirlo. No tenía consuelo desde lamuerte de su esposo y se extinguió apaciblemente, sin una queja. Sehubiera dicho que no podía vivir sin las injurias con que su marido lahabía colmado diariamente durante veintitrés años.

Desde entonces los dos hermanos se quedaron solos en el molino. Nadaextraño era que se uniesen más estrechamente aún, que tratasen deconfundir sus existencias.

Sin embargo, se diferenciaban mucho en cuerpo y en alma.

Martín era unmozo robusto, de espaldas cuadradas y cuello corto, que se deslizabataciturno por entre las personas extrañas.

Las cejas espesas que lecaían sobre los ojos daban a su rostro un aspecto sombrío; las palabrassalían penosamente de sus labios, como si el hecho solo de hablarhubiera sido para él una tortura; sin la franqueza y la profundidad desu mirada, sin la sonrisa bonachona que iluminaba a veces como un rayode sol sus facciones duras y toscamente modeladas, se le habría tomadopor un hombre odioso.

Juan era muy diferente. Dirigía con atrevimiento a todo el mundo susmiradas alegres; sobre sus labios se leía, en una risa perpetua, laindiferencia y la malicia. Su figura esbelta tenía todo el encanto de lajuventud. No dejaban de notar esto las muchachas que le lanzaban alpasar miradas ardientes; y más de un confuso rubor, más de un apretón demanos expresivo, le decían: «Yo te amaría fácilmente». Juan no secuidaba de esas cosas. No estaba aún maduro para el amor; prefería alsalón de baile el ruido y movimiento del juego de bolos, a la amistad deRosa o de Margarita la de su hermano, taciturno junto al parapeto de laesclusa.

Ambos, en una hora solemne, en medio de la paz de la noche se habíanhecho la promesa de no separarse nunca y de no admitir junto a sí a unatercera persona, que llevaría el amor o el odio entre ellos.

No habían contado con el consejo real de revisión. Llegó el día en queJuan se vio obligado a hacer su servicio militar; tenía que ir muylejos, a Berlín con los hulanos de la guardia. Ese fue para los dos unrudo golpe. Martín, como de costumbre, ocultó su pesar sin decir nada;Juan de naturaleza más animada manifestó un dolor inconsolable, hasta elpunto de tener que sufrir, en el momento de la marcha, mil burlas de suscamaradas.

Pero su dolor no fue de larga duración. Las fatigas de los primerosejercicios, el movimiento confuso de la capital, tan nuevo para él, nole dejaban lugar para abandonarse a sus ideas; solamente cuando estabatendido sobre su catre, a la hora tranquila del crepúsculo, lamelancolía y los recuerdos lo asaltaban con una violenciaextraordinaria. Veía brillar entonces en la obscuridad, como un paraísoperdido, el molino en que había transcurrido su infancia y el tictac delas ruedas resonaba en su oído como un canto divino. Al sonar la dianase deshacía el encanto.

Martín era mucho más desgraciado en el molino, donde se había quedadocompletamente solo, pues no había que considerar compañeros suyos a losjornaleros y al viejo David, que su padre le había dejado al morir.Jamás había tenido amigos, ni en la aldea, ni en ninguna otra parte;Juan compendiaba para él todas las amistades. Silencioso y concentradoen sí mismo, vagaba al azar; su espíritu se obscureció cada vez más, sesumió en ideas tristes, y la melancolía acabó por rodearlo de talessombras que el espectáculo de su víctima empezó a asediarlo. Tuvobastante juicio para comprender que no podía seguir haciendo esa vida.Buscó entonces distracciones a toda costa; los domingos frecuentaba losbailes, iba a las aldeas vecinas, sobre todo para visitar a las gentesdel oficio.

Resultó de esto que un buen día, al comienzo de su segundo año deservicio, Juan recibió de su hermano una carta concebida en estostérminos:

«Mi querido hermano: Es preciso que te escriba aunque te incomodesconmigo. Me es imposible soportar por más tiempo la soledad, y heresuelto casarme. Mi prometida se llama Gertrudis Berling; es hija delpropietario de un molino de viento de Lehnort, a dos leguas de nuestracasa. Es muy joven todavía y yo la quiero mucho. La boda se efectuarádentro de seis semanas. Si puedes, pide permiso para venir. Queridohermano, te suplico que no me guardes rencor. Sabes perfectamente que elmolino será siempre tu hogar, haya o no en él, una mujer. La herencia denuestro padre nos pertenece en común. Gertrudis te envía sus saludos.Una vez os encontrasteis los dos en la fiesta de los cazadores. Tú legustaste mucho entonces, pero no te fijaste en ella absolutamente; y meruega te diga que eso la contrarió bastante. Adiós. Tu fiel hermano.»

Juan era un niño mimado; para él, puesto que se casaba, Martín hacíatraición al amor fraternal. A Juan le parecía que su hermano lo engañabay cometía un atentado contra sus derechos inalienables. En el mismolugar donde él había reinado hasta entonces como señor iba a instalarseuna extraña, y su situación, en su propia casa, iba a depender de lagenerosidad y de la condescendencia de aquella mujer.

Las muestras de cariño que por adelantado le daba tan familiarmente lahija del molinero no lograron calmarlo ni hacerle olvidar su despecho.Cuando llegó el día de la boda no pidió permiso, y se contentó conenviar un saludo por medio de su antiguo condiscípulo Franz Maas, quejustamente terminaba entonces su servicio.

IV

Seis meses más tarde, él también lo había terminado.

Bueno... ¿qué hizo Juan? Lleno de terquedad, no volvió a su pueblo; sefue primero a probar fortuna en tierras extrañas, viajando a diestro ysiniestro por montes y por valles. Y después, al cabo de tres semanas,reconociendo que, a pesar de la presencia de la hija del molinero deLehnort, la vida era mil veces más bella en el molino de Felshammer queen cualquier otra parte, emprendió alegremente el camino a su pueblo.

En un espléndido día de mayo, Juan hace su entrada en la aldea deMarienfeld.

El honrado Franz Maas, que durante el otoño último se ha establecidocomo panadero, está plantado delante de su tienda, con las piernasabiertas, mirando con complacencia como se balancean dulcemente lasrosquillas de hojalata, arriba de su puerta, a impulsos de la brisa delmediodía. De pronto, ve un hulano que avanza cantando por el camino;lleva la gorra de cuartel echada atrás y sus espuelas resuenan. Elpanadero siente palpitar su corazón de reservista bajo su delantalblanco; se quita la pipa de la boca y, haciendo una bocina con la mano,exclama:

—¡Juan! ¡Es Juan, no hay duda!...

—¡Eh! ¡Camarada!

Y caen uno en brazos de otro.

—¿De dónde vienes en esta época del año? ¿Has desertado?

—¡Vaya!... ¡Qué ocurrencia!

Después empiezan las preguntas y las confidencias. El capitán, el cabo,el cantinero, la muchacha rubia de la panadería, a la derecha delcuartel, a quien llamaban «Magdalena panecillo»; no se olvida a nadie.

—¿Y tú? ¿Te han reconocido en la aldea?—pregunta Franz, cuyainsaciable curiosidad se dirige entonces al suelo natal.

—¡Nadie!—dice Juan echándose a reír y retorciendo el bigote, cuyaspuntas insolentes amenazan al cielo.

—¿Y en casa?

Juan toma entonces una expresión seria y tiende la mano a su camarada.

—¡Ah sí!... todavía tienes que ir allá. Eso debe hacerte tictac ahídentro.

Y le da un golpecito en el pecho para cerciorarse. Una risa fugitivapasa por los labios de Juan, que reprime en seguida un suspiro, comoesforzándose por dominar una emoción.

Franz le pone la mano en el hombro:

—Vas a encontrar una linda cuñada...—dice haciendo un chasquido a lalengua y guiñando el ojo.

Juan, al oír estas palabras, siente despertar en él el despecho y lacólera. Se encoge de hombros con expresión desdeñosa, tiende otra vez lamano a su amigo y se aleja haciendo sonar las espuelas.

Tres minutos más de camino y llega al extremo de la aldea.

Allá abajoestá la iglesia, un poco desmoronada la pobre vieja.

Pero las campanashacen oír todavía la querida música que acarició sus tímpanos el día dela confirmación, como una promesa de ventura... A la izquierda, laposada... ¡mil truenos!...

tiene una puerta cochera nueva tallada depiedra y en la ventana se ven enormes botellas llenas de líquidos decolor rojo brillante y verde de arsénico. ¡Ha prosperado el posadero de«La Corona»!

Ese camino baja hacia el río... Y allá, en el fondo, aparece el molino,el objeto de sus sueños. ¡Cómo brilla el viejo techo de paja por arribade los grupos de árboles! ¡cómo hacen resaltar los cerezos en flor sublancura de nieve en el jardín! ¡Cuán alegremente le grita el tictac delas ruedas! «¡Bien venido seas, bien venido seas!» ¡Qué dulce canciónmurmura la vieja y querida presa, cubierta de musgos verdes!

Echa más atrás aún su gorra de hulano y toma una actitud resuelta, puesquiere dominar su emoción a todo trance.

Los campos que se extienden a derecha e izquierda del camino pertenecentodos al molino. A la derecha hay centeno de invierno, como decostumbre; pero a la izquierda, donde se plantaban en otro tiempo laspatatas, hay entonces una huerta en la que se alinean gravemente, enfilas regulares, los espárragos y los tallos de remolacha.

A unos cinco pasos próximamente del seto aparece una figura femenina, detalle esbelto y formas juveniles, que, encorvada hacia la tierra,trabaja con ardor.

¿Quién será? ¿Pertenecerá al molino? Una nueva criada quizás. Pero no;tiene una figura demasiado elegante; sus zapatos son demasiadodelicados, su delantal demasiado lujoso, y el pañuelo blanco que lecubre de un modo tan pintoresco es de tela demasiado fina para unacriada. ¡Si no ocultase tanto el rostro!

¡Ah! levanta los ojos... ¡Mil truenos! ¡qué encantadora muchacha!...¡Qué vivo color el de sus redondas mejillas! ¡qué brillo el de sus ojosnegros! ¡cómo piden besos sus labios finamente dibujados!

Al verlo a su vez, ella deja caer la azada; después lo mira fijamente.

—Buenos días—dice el joven llevando la mano a su gorra con ademán unpoco cohibido.—¿Sabe usted si el molinero está en casa?

—Sí, está en casa;—dice ella sin dejar de mirarlo.

«¿Qué diablos querrá contigo?» piensa el soldado tratando de vencer sutimidez. Después de su estancia en Berlín, Juan tiene algunos motivospara considerarse un poco conquistador, y es para él una cuestión dehonor aproximarse al seto y trabar conversación con la joven.

—¿Se trabaja?—pregunta, por decir algo.

Y, para disimular su turbación, se lleva la mano al bigote.

—Sí, se trabaja—repite ella maquinalmente, mirándolo siempre.

Después, de pronto tendiendo hacia él la mano y apartando los cincodedos como si quisiera señalarlo con todos a la vez, dice en medio deuna explosión de risa:

—Pero ¿no es usted Juan?

El balbucea:

—Sí... soy yo... ¿Y usted?

—Yo soy su mujer.

—¿Qué? ¿usted?... ¿la mujer de Martín?

Ella hace con la cabeza un signo afirmativo, adoptando una expresión dedignidad, mientras sus ojos se llenan de malicia.

—¡Pero si parece usted una muchacha soltera!

—No hace tanto tiempo que no lo soy—dice ella riendo.

Los dos, uno a cada lado del seto, se contemplan con curiosidad.

Pero

lajoven

reflexionando,

se

limpia

ceremoniosamente en el delantal lassucias manos de tierra y las tiende a través del cercado.

—¡Bien venido sea usted, cuñado!

El coge las manos que le ofrecen, pero guarda silencio.

—¿Está usted acaso incomodado conmigo?—pregunta ella lanzándole unamirada maliciosa.

Juan se siente completamente desarmado frente a la joven y lo único quepuede hacer es sonreír con expresión cohibida, diciendo:

—¿Yo... incomodado? ¿Por qué?

—¡Me parecía!

Y alzando el dedo con ademán de amenaza, la joven agrega:

—¡Oh! ¡Tendría que ver!...

Después, con la barbilla hundida en el cuello, deja oír una leve risa.

—Es usted muy graciosa—dice el militar un poco más sereno.

—¿Yo graciosa?... ¡de ningún modo! Continúe usted su camino; entretantoyo voy a atravesar rápidamente el huerto para avisar a Martín.

Iba a marcharse; de improviso se detiene pero se pone el índice sobre lanariz y dice:

—Espere; voy a pasar al otro lado para ir con usted.

Antes que el joven tenga tiempo de tenderle la mano para ayudarla, ellapasa, rápida como un lagarto, por entre las piedras del cerco.

—Ya estoy aquí—dice arreglando con la mano los pliegues de su falda.

Colócase en el cuello el pañuelo que tenía anudado en la cabeza, y suscabellos rizados y en desorden, que caen sobre la frente y la nuca, seponen a flotar al viento, felices por haber recobrado la libertad.

La mirada de Juan se detiene admirada sobre la belleza fresca y virginalde aquella joven, que tiene las maneras de una niña sencilla ytraviesa. Ella sorprende esa mirada, y ruborizándose un poco echa paraatrás los indomables bucles.

Caminan un instante en silencio, uno al lado del otro. La joven baja losojos y sonríe, como si de pronto se hubiera apoderado de ella latimidez.

Franquean los dos la gran puerta cochera sin haber reanudado laconversación.

Juan mira a su alrededor y suelta un grito de admiración. No quierecreer en sus sentidos. Todo ha cambiado, todo está embellecido. Elpatio, que la lluvia en otro tiempo convertía en un horrible pantano yque durante el verano era un hoyo lleno de polvo, luce entonces un verdecésped y parece una pradera cubierta de flores. Las puertas del graneroy de las cuadras brillan con un hermoso color obscuro y tienen númerospintados de blanco. En medio del patio se alza sobre la hierba unpalomar artísticamente construido, que recuerda los chalets de laSuiza.

Delante de la vivienda sube un emparrado nuevo, cubierto depámpanos, que se entrelazan alrededor de las ventanas, brillando al sol,y que prometen un abundante follaje.

El molino aparece a sus ojos deslumbrados como un asilo donde reina lapaz y la inocencia.

Impresionado cruza las manos y pregunta:

—¿Quién ha hecho esto?

Ella pasea su mirada por el contorno y guarda silencio.

—¿Usted?—pregunta el militar sorprendido.

—He contribuido un poco—responde la joven modestamente.

—¿Pero es usted la que ha tomado la iniciativa?

Ella sonríe. Esta sonrisa le da más años, esparce sobre su rostro deniña la gracia de la mujer.

—Benditas sean sus manos—dice el joven en voz baja y tímida, y con másgravedad que de costumbre.

No puede menos de acordarse de su madre muerta, que continuamente estabaquejándose del polvo insoportable y de que no hubiera en todo el patioel más pequeño sitio para descansar.

—¡Qué lástima que no pueda ver esto!—dice a media voz, siguiendo supensamiento.

—¿La madre?—pregunta ella.

El, sorprendido, la mira. No ha dicho: « su madre»; esto le sorprendeal principio y luego le causa una sensación de bienestar, como no la haexperimentado nunca en su vida. Se siente penetrado de un dulce calorque le invade el corazón y no quiere disiparse. Hay, pues, en el mundo,fuera de la familia, una mujer joven y bella que habla de la madre de élcomo de la suya propia, como si ella fuese una hermana, aquella hermanatan deseada en los años infantiles, cuando sus ojos se fijaban conadmiración secreta en las muchachas de la aldea.

La joven repite dulcemente la pregunta.

—Sí... la madre—responde él dirigiéndole una mirada de reconocimiento.

Durante un segundo la joven sostiene esa mirada; después baja lospárpados y dice, un poco turbada:

—¿Dónde estará Martín?

—En el molino, seguramente.

—¡Ah! sí en el molino;—confirma ella en seguida.

Y añade alejándose prestamente:

—Voy a buscarlo.

Maquinalmente casi, el militar sigue con los ojos la figura de lamuchacha que atraviesa el patio con paso leve. Todo en ella flota y seagita: sus faldas, las cintas de su delantal, el pañuelo que rodea sucuello, la masa en desorden de sus rebeldes bucles.

Permanece así un instante, inmóvil, como fascinado, siguiéndola con losojos; después menea la cabeza y se dirige hacia el emparrado. La primeracosa que le llama la atención es una mesita sobre la cual se ve unacanastilla de paja para la labor. De esa canastilla sale un bordadocomenzado, una larga tira blanca donde están trazadas hojas y florescomo las que las mujeres emplean para adornar la ropa blanca. Sin saberlo que hace, coge la tira y sigue el trabajo complicado de los puntos,hasta el momento en que resuena en sus oídos la voz jovial de su cuñada.Bruscamente, como un niño cogido en falta, deja caer el bordado; lajoven aparece en la esquina de la casa conduciendo alegremente a unhombre de aspecto rollizo, cubierto de harina, que trata de librarse conademán torpe de las manitas que lo sujetan, y esparce a su alrededordensas nubes de polvo blanco. Ese hombre es... no cabe duda es...

—¡Martín! ¡querido Martín!

Y Juan se precipita para caer en sus brazos.

Los torpes miembros del otro se detienen en su movimiento, se arqueanlas espesas cejas y una sonrisa tranquila y bondadosa aparece en suslabios; nuestro hombre siente que recorre su cuerpo un estremecimiento,y da un paso atrás, tambaleándose, para lanzarse luego al encuentro delniño querido a quien, al fin, vuelve a ver.

Sin decir una palabra, los dos hermanos se abrazan tiernamente. Después,al cabo de un momento, Martín toma entre sus manos la cabeza del hijopródigo; y, frunciendo las cejas con aire sombrío, mordiéndose el labioinferior, por largo tiempo clava en silencio sus miradas en los ojosbrillantes y alegres del hermano.

Luego se sienta en el banco del emparrado; y, apoyando los codos sobrelas rodillas, se pone a contemplar el suelo.

—¿Qué piensas Martín?—pregunta Juan con voz cariñosa colocando unamano en el hombro de su hermano.

—¡Eh! ¿por qué no he de pensar?—replica el molinero con el sordogruñido que le es peculiar y que acompaña siempre a sus lacónicosdiscursos. ¡Eh pilluelo!—continúa—y la bonachona sonrisa que locaracteriza en las horas de buen humor se extiende sobre sus faccionestoscamente trazadas, y las ilumina.—¿Te has incomodado, eh?

Entonces se levanta, y, cogiendo a su mujer de la mano, agrega:

—Míralo, Gertrudis, se ha incomodado... ¡Ven acá, pilluelo!...

Esella... mírala bien... ¿Es con ella con quien has pretendidoincomodarte?

Se deja caer sobre el banco tan pesadamente, que una nueva nube de polvoblanco se alza a su alrededor; levanta los ojos hacia Juan, se sonríe, yacaba por decir a Gertrudis:

—Ve a buscar un cepillo.

Gertrudis lanza una risotada y se va cantando. Cuando vuelve,blandiendo en el aire el objeto pedido, el molinero le dice en tono demando:

—¡Cepíllalo!

—Cuando los molineros y los deshollinadores quieren ser buenos, sucedesiempre una desgracia;—dice Juan bromeando con expresión cohibida.

Y pretende sacar a la joven el cepillo de las manos.

—Por favor, déjeme usted—dice ella defendiéndose y ocultando vivamenteel cepillo debajo del delantal.

Martín golpea en el banco con el puño.

—¿Déjeme usted?... ¡Cómo! ¿No os tuteáis todavía?

Juan guarda silencio, y Gertrudis le pasa fuertemente el cepillo por laespalda.

—Apuesto cualquier cosa a que todavía no os habéis besado.

Gertrudis deja caer de pronto el cepillo. Juan dice: «¡hum!» y seentrega afanosamente a la tarea de hacer girar a lo largo del cepillo dehierro que hay delante de la puerta una de las rosetas de sus espuelas.

—¡Es preciso! ¡Vamos!

Juan da media vuelta rápidamente y se pone a retorcerse el mostacho;espera salir de tan comprometida situación adoptando aires deconquistador, pero ni siquiera tiene valor para inclinarse hacia lajoven. Se deja estar tieso como una estaca y espera que ella le presentela boca y adelante los labios; entonces, por un instante, posa en elloslos suyos temblorosos y siente un leve estremecimiento en todo elcuerpo.

Los dos se quedan uno al lado del otro, sonriendo tímidamente, con lasmejillas encendidas.

Martín se golpea las rodillas con los puños y dice que acaba de asistira una escena cómica capaz de hacer morir de risa.

Después se levantabruscamente, y se va a disfrutar de su dicha en la soledad.

V

Por la tarde, los dos hermanos se dirigen juntos al molino.

Gertrudislos sigue con los ojos, desde la ventana; Juan se vuelve, ella sonríe yoculta su cabeza detrás de la cortina.

Juan se detiene en el umbral; se apoya contra una de las hojas de lapuerta y lanza una mirada de profunda emoción a la penumbra de la viejay querida sala, mientras el ruido de las ruedas llega ensordecedor a suoído, y nubes grises de harina y vapor de agua, llevadas por lacorriente de aire, le azotan el rostro.

Delante de él se alinean en su puesto las diferentes ruedas del molino.A la izquierda, cerca del muro, el viejo tamiz para la harina; despuésel triturador y la muela donde se mezcla el salvado a la harina; despuésla muela mondadora, que separa la cebada de su cáscara, y finalmente uncilindro de sistema completamente nuevo, que durante su ausencia se haagregado a los otros. Hay también un tornillo sin fin y un tuboascensor, como lo requiere la moda.

Martín, con las dos manos en los bolsillos del pantalón, tranquilo,satisfecho, mueve su corta pipa en la boca. Después, coge a Juan por lamano para explicarle los mecanismos nuevos; le muestra la harina fina,molida por el tornillo sin fin, pasando por el tubo ascensor, dondepequeños depósitos que suben a lo largo de una correa circular la elevana través de dos pisos, casi hasta el techo, para volcarla luego en lostubos de seda cilíndricos, porque es preciso que pase en polvo fino através de esa estrecha trama antes que pueda servir.

Respirando apenas, Juan escucha; caza al vuelo las frases raras, que suhermano sólo pronuncia en fragmentos, y se admira mucho al ver hasta quépunto se embrutece uno en el regimiento, pues todo eso es griego paraél.

Los negocios florecen. Todas las ruedas trabajan, y los mozos del molinotienen bastante que hacer allá arriba, en la galería, echando el granoen los vertederos, y abajo, vigilando la caída de la harina y delsalvado.

—Ahora tengo tres—dice Martín, señalando a los compañeros, blancoscomo la nieve, que tan pronto suben como bajan por la escalera.

—¿Y tienes todavía a David?—pregunta Juan.

—Naturalmente—responde Martín haciendo una mueca.

Se diría que la sola idea de que David pudiese faltar del molino lo hallenado de terror. Juan se echa a reír:

—¿Dónde está, pues, ese pícaro viejo?

—¡David! ¡David!

Y la voz potente de Martín resuena a través de la sala, dominando elruido de las ruedas.

Entonces, del rincón obscuro de las máquinas, cuya masa gigantesca surgedel suelo detrás del armazón de las ruedas, se adelanta pausadamente unalarga figura vacilante, cubierta de harina de pies a cabeza; aparece unrostro pálido, en el cual sólo se lee esa especie de estupidez queproducen los años; una nariz ligeramente colorada que baja hasta labarbilla, unos ojos enfurruñados que se ocultan bajo gruesas cejas, yuna boca que parece agitada por un movimiento eterno de masticación.

—¿Qué me quiere mi amo?—pregunta el viejo colocándose delante de losdos hermanos, sin soltar la pipa de barro que pende y se balancea entresus labios.

—¡Ahí lo tienes!—dice Martín golpeando en el hombro al viejo,mientras asoma a su rostro una sonrisa de tierno respeto.

—¿No me reconoces, David?—pregunta Juan tendiéndole amigablemente lamano.

El viejo lanza por entre sus dientes un salivazo negruzco, medita uninstante y murmura:

—¿Por qué no lo he de reconocer?

—¿Y qué tal te encuentras?

El viejo vuelve a meditar, se rasca la cabeza y dice:

—¿Cómo me he de encontrar?

Y comienza a atar y a desatar entre sus dedos nudosos el hilo de un sacode harina; después, cuando está bien convencido de que no lo necesitan,vuelve a hundirse en su rincón obscuro.

El rostro de Martín está radiante.

—Tiene un gran corazón. ¡Veintiocho años a nuestro servicio, y siemprelaborioso, siempre fiel a sus deberes!

—¿Qué hace ahora?

Martín no sabe qué contestar.

—Difícil es decirlo... Ocupa un puesto de confianza. ¡Ah!

tiene un grancorazón... un gran corazón...

—¿Ese gran corazón roba todavía un poco de harina de lossacos?—pregunta Juan riéndose.

Martín se encoge de hombros con disgusto y murmura algo como:«Veintiocho años de servicios» y «hay que cerrar los ojos.»

—Parece que todavía me guarda algún rencor porque me permití descubrirel escondrijo donde amontonaba, como la marmota, lo que iba robando.

—Estás prevenido contra él—gruñe Martín;—lo mismo que Gertrudis...Sois injustos, cruelmente injustos con él.

Juan mueve alegremente la cabeza; y, señalando con el dedo una puertaque conduce a una habitación de madera, recién construida, pregunta.

—¿Qué es eso?

Martín, un poco cortado, menea dulcemente la cabeza.

—Mi despacho—balbucea al fin.

Y como Juan da un paso para abrir la puerta, lo detiene por el faldón dela chaqueta.

—Te ruego—refunfuña—que no franquees ese umbral; ni hoy, ni nunca...tengo mis razones.

Juan lo mira disgustado y está a punto de preguntarle: «¿Desde cuándotienes secretos para mí?» Pero la súplica que lee en los ojos de suhermano le cierra la boca, y los dos salen juntos del molino cogidos delbrazo.

VI

Ha llegado la noche... La rueda grande se ha detenido, condenando a lainmovilidad a todo el engranaje de las pequeñas.

El silencio reina en elmolino; sólo a lo lejos, en la esclusa abierta, las aguas en movimientocantan su monótona melodía.

Delante de la casa, el arroyuelo está tranquilo como si no tuviese másque hacer que columpiar los nenúfares, y el sol poniente se refleja ensus aguas profundas. Como una cinta de oro serpentea a través de losarbustos, donde un ejército de ruiseñores, ignorando su mérito, afinansus gargantas para entrar en lucha con las ranas instaladas abajo.

Los tres seres hermanos destinados a vivir juntos desde entonces enaquella soledad florida, donde todo inspira canciones, están reunidos encírculo íntimo. Sentados en el emparrado, alrededor de la mesa cubiertapor un mantel blanco, no han hecho gran honor a la cena esa tarde, y susmiradas fijas en

el

suelo

expresan

un

profundo

sentimiento

de

bienestar.Martín, con la cara apoyada en las dos manos, saca de su pipa densasnubes de humo, lanzando de vez en cuando un sonido que participa de larisa y del gruñido.

Juan está completamente hundido en el tupido follaje, y deja que lospámpanos, que tiemblan y se agitan al soplo de su aliento le acaricienel rostro.

Gertrudis lanza de tiempo en tiempo una mirada furtiva a los doshermanos; se la podría tomar por una criatura indisciplinada que quierehacer alguna travesura, pero cerciorándose antes de que nadie la vigila.Evidentemente, el silencio no es de su gusto; pero está demasiado bieneducada para romperlo. Sin embargo, se divierte sola en hacer aescondidas bolitas de pan para lanzarlas en medio de una banda degorriones glotones que picotean alrededor del emparrado. Hay uno, sobretodo, un sucio granujilla, que con su destreza y rapidez vence a todoslos demás. Desde el momento que llega rodando una pelotilla, abre lasdos alas y se pone a gritar como un poseído después, disputando aderecha e izquierda con los otros, procura hacer salir a aletazos labolita del campo de batalla para tomar posesión de ella, con todacomodidad, mientras sus camaradas cambian todavía entre ellos furiosospicotazos.

Esta maniobra se repite cuatro o cinco veces y le da siempre lavictoria; pero al fin otro, que no carece de valor, descubre su tácticay la aplica mejor todavía.

Ante ese espectáculo, Gertrudis siente grandes ganas de reír; quierereprimirlas a la fuerza, se mete el pañuelo en la boca y contiene larespiración hasta que el rostro se le pone morado.

Después, renunciandoa la esperanza de poder dominarse por más tiempo, se levanta para huir;pero no ha llegado aún a la puerta cuando estalla la risa. Desaparece,entonces en la sombra del vestíbulo, lanzando gritos de alegría.

Los dos hermanos, sacados de su ensueño, se incorporan.

—¿Qué pasa?—pregunta Juan asustado.

Martín menea la cabeza, dirigiendo su mirada a la joven, cuyas locuras yniñerías conoce perfectamente. Al cabo de un instante, coge la mano aJuan y dice, señalando la puerta con el dedo:

—Responde, ¿te parece que ella quiera hacerte partir?

—¡De ningún modo!—dice Juan con risa un poco forzada.

—¡Ah, muchacho!—exclama Martín rascándose la cabeza desgreñada;—¡porcuántas desazones he pasado! ¡Cuántas veces me he agitado en el lechopensando en ti y en la falta que había cometido tal vez contigo!...

Después de una pausa continuó:

—Y sin embargo al verla tan dulce, tan inocente, dime, muchacho ¿mehabría sido posible no amarla? Desde que la vi, no fui dueño de mipersona. Me recordaba a mi Juan de tantas maneras... era jovial y teníalos ojos brillantes, donde se leía una loca alegría, exactamente como enti. Era una criatura, es verdad, y sigue siéndolo hasta hoy...descuidada, turbulenta, traviesa como un niño. Y, cuando no se le tienela rienda un poco corta, amenaza trastornarlo todo. Pero me gusta así—yun resplandor de ternura ilumina sus rasgos—y pensándolo bien, yo nopodría pasarlo sin sus locuras. Ya lo sabes, siempre tengo necesidad dehacer el padre con alguno; en otro tiempo te tenía a ti, y ahora latengo a ella.

Después de haber desahogado su corazón, Martín se sume en un profundosilencio.

—¿Y eres feliz?—pregunta Juan.

Martín lanza densas bocanadas de su pipa; en medio de la nube en que seha envuelto, murmura después de una nueva pausa:

—¡Hum! eso depende...

—¿De qué?

—De que tú no le guardes rencor.

—¿Yo, guardarle rencor?

—Vaya, vaya, no te defiendas.

Juan no responde. No le costará mucho trabajo convencer a su hermano; y,cerrando los ojos, hunde de nuevo la cabeza en los pámpanos que agita elaire.

Un rayo de luz le hace alzar los ojos.

Es Gertrudis que, de pie en el umbral de la puerta, con una lámpara enla mano, aparece toda confusa. Su gracioso rostro está cubierto de vivocolor y sus pestañas bajas lanzan sobre sus mejillas dos sombrassemicirculares.

—¡Qué loquilla eres!—dice Martín acariciando tiernamente sus cabellosen desorden.

—¿No quieres ir a acostarte, Juan?—pregunta ella con gran seriedad.

Pero su voz hace traición todavía a una leve risa que trata de reprimir.

—¡Buenas noches, hermano!

—Espera, que subo contigo.

Juan tiende la mano a su cuñada, que vuelve la cabeza para disimular susonrisa.

Martín le coge la lámpara y sube la escalera precediendo a su hermano.Una vez en lo alto, se apodera de la mano de Juan, y, sin decir nada,fija un instante su mirada franca y bondadosa sobre el rostro de suhermano, como si no pudiese dominar aún su felicidad, se dirige a lapuerta y sale.

Juan suspira y se despereza, con las dos manos apoyadas en el pecho. Leahoga la alegría que invade su alma. Quiere alcanzar a su hermano paraconsolar su corazón con algunas palabras de ternura y de reconocimiento,pero oye los pasos de Martín repercutiendo ya abajo, en el vestíbulo. Esdemasiado tarde.

Antes de meterse en cama necesita calmarse. Apaga lalámpara y abre una de las hojas de la ventana. El aire fresco de lanoche, que le acaricia el rostro, le produce bienestar y lo apacigua.

Se inclina sobre el alféizar y silba un aria hundiendo sus miradas en lasombra.

Debajo de él, el manzano en plena florescencia balancea la masa blancade sus flores. ¡Cuántas veces, siendo niño, ha trepado por sus ramas!¡Cuántas veces, cansado de jugar, se ha apoyado en el tronco, perdido enun sueño, mientras las hojas le susurraban lindas historias! Y después,en otoño, cuando una ráfaga pasaba sobre el árbol, caía casi entre susbrazos una lluvia de manzanas doradas. ¡Era una delicia aquello!

¡Qué de pensamientos acuden a la mente cuando se silba de ese modo! Cadanota despierta una nueva canción, cada tonada resucita nuevos recuerdos.Con las canciones de otro tiempo despiertan también los antiguos sueños,que vuelan con sus alas de mariposa y recorren su vasto imperio, desdeque aparece la luna hasta que asoma la aurora...

Y, mientras contempla la tierra, donde todo se sumerge en las tinieblas,ve que se abre suavemente una ventana debajo de él, y aparece una cabezacon el rostro vuelto hacia arriba. En el óvalo pálido, que resalta sobrela sombra de los cabellos, ve brillar dos ojos negros picarescos que lemiran con malicia de gata joven.

De pronto deja de silbar; entonces suena en su oído una risa burlona, yla voz alegre de su cuñada le dice:

—Vamos, Juan, continúa.

Y, como él no quiere acceder a esa petición, la joven frunce los labiosy se pone a silbar imperfectamente algunas notas.

Entonces se oye gruñir, en el interior de la casa la voz profunda deMartín, que dice paternalmente, en tono de reproche:

—No hagas tonterías, Gertrudis; déjalo dormir.

—¡Pero si no duerme!—responde ella en el tono enfurruñado del niño aquien reprenden.

Después la ventana se cierra y las voces se apagan.

Juan menea la cabeza riendo y se mete en la cama; pero no puede dormirsea causa de las flores que Gertrudis ha puesto a la cabecera y cuyashojas llegan hasta el borde del lecho. Con los manojos de lilasvioláceas se mezclan los narcisos de cáliz estrellado de suave blancura.Se vuelve, después de arrodillarse en la cama, y hunde su rostro en lasflores. Los pétalos delicados lo acarician y besan sus párpados y suslabios.

De pronto presta oído. Del suelo sube el rumor de una risa apenasperceptible, como si llegase del centro de la tierra; una risa leve comoel ala del viento rozando la hierba... ¡pero tan alegre, de tan locaalegría!...

Escucha un instante y espera oírla por segunda vez; pero todo queda ensilencio.

—¡Qué loquilla!—dice alegremente.

Vuelve a caer sobre la almohada, y se duerme con la sonrisa en loslabios.

VII

A la mañana siguiente, Juan busca en el cuarto sus ropas de trabajo. Leaprietan un poco en los hombros. ¡Cristo! ¡cómo ha engrosado!

Ya está alto el sol. Le parece que pone menos luz y calor en cualquierparte que no sea en aquella soledad florida. Es una cosa particular elsol del país natal. Dora todo lo que toca, y brotan canciones de loslabios que acaricia. ¡Qué hermosa es la vida en la casa paterna! ¡Vivala alegría!

—Tengo ahora en casa todo un nido de alegres pájaros;—dice riendoMartín, que va a darle los buenos días. Sigue cantando, muchacho...Estoy acostumbrado desde que vive aquí Gertrudis...

Pero ¿qué vas ahacer con esa blusa blanca?

—¿Crees acaso que voy a estar aquí de brazos cruzados?

—Descansa un día más.

—¡Ni una hora! Mis ropas de holgazán están colgadas ya de un clavo.

Martín ha visto las flores que están a la cabecera del lecho, y diceriendo de mala gana.

—¡Habrase visto! Le he prohibido que haga eso conmigo y te da a ti esamala broma. Por eso estás hoy tan pálido.

—¿Pálido, yo? No lo creo.

—No le digas nada. Yo le prohibiré que haga estas tonterías.

Y bajan los dos juntos.

No se ve a Gertrudis en ninguna parte de la casa.

—Está en el jardín desde las cinco—dice Martín sonriendo concomplacencia.—Todo marcha aquí al vapor desde que ella tiene ladirección de la casa... Es viva como una ardilla, y está en pie desde elalba; y siempre contenta... siempre entonando canciones y soltandogritos de alegría.

Al dirigirse al molino, los dos hermanos ven pasar por arriba de ellos,rozando sus cabezas, un tronco de zanahoria.

Martín se vuelve riendo, y hace con el dedo un ademán de amenaza.

—¿Quién es?—pregunta Juan, recorriendo con la mirada el patio, dondeno se ve alma viviente.

—¿Quién quieres que sea, sino ella?

—¿Y no ves nada que indique dónde está?

—Nada absolutamente... Es un verdadero diablillo, se hace invisiblecuando quiere.

Y, con el rostro radiante, sigue a su hermano al molino.

Pasan las horas. Juan quiere demostrar lo que puede hacer, y trabaja congran energía. Mientras está vigilando en la galería el trituramiento delgrano en la tolva, siente que le tiran de la blusa.

Mira hacia abajo. Gertrudis, de pie en la escalera, con las mejillastostadas por el sol y los ojos brillantes, le hace una seña con el dedo:

—Ven a almorzar.

—Al instante.

Termina su trabajo y se coloca a su lado.

—¡Brrr!—exclama la joven sacudiéndolo;—¡cómo te has vestido!

—¿Y qué?

—Ayer me gustabas más.

Dicho esto, le tiende la mano para darle los buenos días, y bajaapresuradamente la escalera, divirtiéndose en esparcir delante de ellauna lluvia de harina.

Al pasar por delante de la habitación que Martín llama su despacho, surostro toma una expresión misteriosa, y deteniéndose, levanta las dosmanos en el aire, como para conjurar un espíritu.

Al cabo de un instante, pregunta en voz baja:

—Di, ¿qué hay ahí dentro?

—No sé.

—Yo tampoco. ¿No tienes permiso para entrar ahí?

—No.

—¡Alabado sea Dios! Entonces no soy yo sola la tonta...

Cuando tengoque decirle algo, es preciso que llame a la puerta...

Vamos, di laverdad, ¿te parece que eso está bien? Yo no soy una chiquilla paraque... Pero me callo; no hay que hablar mal del marido. Sin embargo, túeres su hermano; intercede por mí junto a él, ruégale que me diga quéhay dentro. ¡Si vieras cuan intrigada estoy!

—¿Te figuras que me lo dirá?

—Entonces tendremos que consolarnos juntos... Ven.

Y, de un salto, transpone los tres peldaños que conducen al umbral de lapuerta.

Durante el almuerzo, adopta de improviso una fisonomía seria, y hablacon importancia de los cuidados que le da el manejo de la casa. Habíaadquirido, es cierto, en su familia, la costumbre de salir de apurossola, porque su pobre madre había muerto hacía muchos años, y antes dela confirmación, había tenido que dirigir la casa de su padre; pero latarea no era muy pesada: su padre no tenía a su servicio más que uncriado para el molino y los trabajos del campo... ¡se extenuaba detrabajo el pobre padre!

Sus ojos se llenan de lágrimas. Confusa, vuelve la cabeza.

Después selevanta vivamente y pregunta:

—¿No tienes ganas?

—No.

Luego continúa.

—Ven conmigo al jardín. Conozco una espesura donde se está muy bienpara hablar.

—Allá, en el extremo de la alameda. Es también mi lugar favorito.

VIII

Penetran juntos en el jardín que el sol inunda con sus rayos ardientes,y respiran más libremente bajo la bóveda de verdor que los envuelve ensu fresca sombra.

Gertrudis se echa negligentemente sobre el banco de césped y coloca bajosu cabeza, a guisa de almohada, sus brazos, bruñidos por el sol.

A través del tupido follaje se deslizan aquí y allá algunos rayos queadornan sus vestidos con manchas de oro, ruedan sobre su cuello y susmejillas, y rozan su frente, poniendo un claro fulgor en su cabelleraobscura y rizada.

Juan se sienta frente de ella y la contempla con una admiración que noprocura disimular.

Está persuadido de que en su vida ha visto tanta gracia. ¡Qué encanto enla actitud de esa joven cuñada medio tendida! Las palabras de su hermanole vuelven a la memoria: «¿Me habría sido posible no amarla?»

—No sé, pero hoy siento ganas de charlar—dice Gertrudis con sonrisaconfiada;—y coloca más cómodamente su cabeza.—¿Y

tú, estás dispuesto aescuchar?

Él hace un signo afirmativo.

—Entonces... el pan no era abundante en casa y los pedazos estabancontados. En cuanto a la manteca para poner en él, inútil es hablar deella. Si yo no hubiese cuidado el huerto, cuyos productos se vendían enla ciudad, nos habría sido imposible vivir. ¿Por qué la gente lleva todasu harina al molino de agua de los Felshammer, sin pensar que en losmolinos de viento los pobres molineros necesitan vivir también? Esto eslo que nos decíamos a menudo; y mirábamos con odio vuestra casa...

Perohe aquí que, de repente, llega Martín. Quiere, dice, vivir en buenasrelaciones con sus vecinos. Se muestra amable y cariñoso con el padre,amable y cariñoso conmigo. Lleva a los muchachos pasteles y azúcarcande, y todos nos enamoramos de él. Y al fin declara al padre que mequiere por mujer... «¡Pero si no tiene nada!—dice mi padre.—«Tampocoquiero yo nada» responde él.

Y figúrate... ¡me toma sin un céntimo dedote!... Ya puedes comprender mi alegría, pues el padre me habíarepetido con frecuencia: «Hoy todos los hombres van detrás del dinero;tú eres pobre, Gertrudis; prepárate para quedar soltera». Y, sinembargo, me he casado antes de los diez y siete años... Por lo demás, yoprofesaba desde hacía mucho profundo afecto a Martín; porque, aunque eraun poco tímido y avaro de sus palabras yo había leído en sus ojos subuen corazón. No puede franquearse tanto como quisiera, y eso es todo.Yo sé cuán bueno es; y a pesar de su talante gruñón, a pesar de lasreprimendas que me echa, no dejaré de amarlo toda mi vida.

Guarda silencio un instante y se pasa la mano por el rostro como paraechar al rayo de sol que le dora las pestañas y hace brillar sus ojoscon colores vivos y tornasolados.

—Mira si es bueno para los míos—continúa con apresuramiento, como sicreyera no poder encontrar bastante afecto para acumularlo sobre lacabeza de Martín.—Quería darles cada año una pensión, no sé de cuánto;pero yo no lo he consentido, porque no podía conciliarme con la idea deque mi padre estuviera reducido a aceptar una limosna en sus últimosdías, aunque se la diese su yerno. Pero me he reservado una cosa:continuar aquí el cultivo del huerto, al que estaba acostumbrada ennuestra casa, y quedarme con lo que produzca.

El empleo de ese dinero es cuenta mía.

Se sonríe mirándolo con aire triste, y continúa:

—Tienen verdadera necesidad de él en casa; porque, ya lo ves, hay treschicos todavía, que alimentar y vestir sin contar que, desde que yopartí, tienen que valerse de una criada.

—¿No tienes hermanas?—pregunta Juan.

Ella menea la cabeza y dice, lanzando de improviso una risotada:

—¡Es escandaloso! Ni siquiera una, de la cual pudieras hacer tu mujer.

El ríe con ella y dice:

—No es una mujer lo que necesito ahora.

—¿Entonces, qué?

—Una hermana.

—Pues bien, ya tienes una—dice ella levantándose de un salto yacercándose a él.

Después, avergonzada sin duda de su vivacidad, se deja caer ruborosasobre el banco de césped.

—¿De veras?—dice con los ojos brillantes.

Ella hace un leve mohín y dice vivamente:

—¿Hay que hacer tanto esfuerzo acaso? La mujer de un hermano es casiuna hermana ya.

Y, midiéndolo de pies a cabeza con una sonrisa, añade:

—Creo que, con un hermano como tú, se podría ir a cualquier parte.

—Cinco pies y diez pulgadas, ex hulano de la guardia... ¡si bastaeso!...

—Y en último término, tú serías también un buen compañero de juegos.

—¿Necesitas uno?

—¡Oh sí!—responde ella con un suspiro;—la vida es aquí tan tranquila,tan seria... No hay nadie con quien pueda uno correr como hacía yo enotro tiempo con mis hermanos. Con frecuencia he estado a punto de tomarpor el cuello a un mozo del molino; pero ¡la dignidad!... ¡elrespeto!...

—Bueno, pues ahora estoy yo—dice él, riendo.

—Por eso fundo en ti grandes esperanzas.

—Entonces, tómame por el cuello.

—Tienes demasiada harina encima.

—¡Vaya una mujer de molinero, que tiene miedo a la harina!—dice Juanen tono burlón.

—Deja—concluye ella,—que ya llegará la hora en que ponga a prueba tushabilidades de jugador.

IX

Mientras los tres descansan en el emparrado, a la hora del crepúsculo,Juan, que con la cabeza oculta entre los pámpanos sueña en silencio comosu hermano, siente de pronto una cosa redonda, que no acierta a definir,chocar contra su frente y caer al suelo. «Quizás sea una cochinilla» sedice; pero el ataque se repite por segunda y tercera vez.

Entonces lanza una mirada recelosa a Gertrudis, que estatua viva de lainocencia, canturrea melancólicamente la tonada: En un fresco valle. Sin embargo, entretanto fabrica a hurtadillas las bolitas de pan que lesirven de proyectiles.

Juan reprime un acceso de risa y coge disimuladamente una rama de viña,de la que penden todavía algunos racimos secos del año anterior. Ella lelanza un nuevo proyectil; y él le dispara, pronto para la respuesta, ungrano a la nariz. Ella se estremece, lo mira un momento todadesconcertada; y, al inclinarse el joven hacia ella, con el rostro másserio del mundo, lanza una ruidosa y alegre carcajada.

—¿Qué pasa?—dice Martín, arrancado violentamente a su somnolencia.

—¡Ha pasado por la prueba!—responde Gertrudis lanzándose a su cuello.

—¿Qué prueba?

—Si te lo digo vas a reñirnos; prefiero callarme.

Martín interroga con una mirada a su hermano.

—¡Oh, nada!—dice éste con tímida sonrisa.—Era una broma...

Nosbombardeábamos.

—Está bien, hijos míos, bombardeaos;—dice Martín, que continúa fumandoen silencio.

Juan está muy avergonzado, y Gertrudis contempla a su nuevo camarada dejuegos con una mirada maliciosa y provocativa.

«Revoltosa». Sí; ese era el nombre que había dado Martín Felshammer a sumujer...

X

Desde aquel día, se repiten las bromas en las horas tranquilas ysilenciosas del crepúsculo, que Martín ama tanto.

En las apacibles alamedas del huerto suenan gorgeos y risas; sobre elcésped pasan como una tromba dos figuras humanas que se persiguen; sebromea, se suelta a los perros para que hagan ruido; se caza a los gatosde la vecindad que se dan las citas amorosas en el molino; se juega alescondite detrás de los montones de heno y de los setos.

Martín los deja en plena libertad, y contempla esas locuras con lamirada benévola e indulgente de un padre. En el fondo, preferiría lacalma de antes; pero son tan felices ellos, en su juventud y suinocencia, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, que seríaun crimen turbar su alegría con observaciones molestas. Después de todoson unos niños.

Además ¿no hay también horas menos ruidosas? Cuando Gertrudis dice:«Juan, ven a cantar», se sientan juiciosamente uno al lado del otro enel emparrado, o cuando se pasean lentamente a la orilla del riachuelo; ycuando Martín ha encendido su pipa y está dispuesto a escucharlos, susvoces resuenan claras y vibrantes en la sombra de la noche.

Bien pronto llegan instantes de solemne encanto. Los pájaros, que van aentregarse al sueño, gorjean en las ramas, una leve brisa sopla en lospámpanos y el sordo murmullo de la presa sirve de acompañamiento...¡Cómo ha cambiado su humor de repente! Estaban alegres al empezar; perolas tonadas que cantan son cada vez más tristes, y el acento de susvoces cada vez más quejumbroso. Hace apenas unos minutos, sus cabezas setocaban; entonces están serios, con las manos juntas y los ojos puestosen el cielo arrebolado. Sus voces suenan admirablemente unidas. Juantiene una voz de tenor clara y suave, que concierta muy bien con lasnotas de contralto, llenas y graves, de Gertrudis, y nunca le falta oídocuando se trata de acompañar de improviso una canción nueva.

Lo extraño es que nunca puedan cantar cuando están solos. Si, mientrasestán cantando, tiene Martín que alejarse, llamado por algún asunto, enseguida sus voces pierden la seguridad y los jóvenes se miransonriendo; uno u otro, por lo regular, deja escapar una nota falsa, y lacanción queda inconclusa.

Cuando Martín está ausente de la casa o se encierra en su despacho, loque sucede una vez o dos por semana, los dos guardan silencio, como decomún acuerdo; ninguno de ellos se atrevería a invitar al otro a cantar.

En cambio, tienen otras ocupaciones más interesantes, a las que sólopueden dedicarse cuando no hay que temer la indiscreción de un tercero.

Mientras estaba en el servicio, Juan se ha hecho un lindo cuaderno demúsica, en el que ha compilado las canciones alegres y sentimentales quemás le gustaban. El género sentimental es el que lo entusiasma. Lasdesesperaciones de amor,

los

cantos

fúnebres,

se

alternan

allí

con

lasconsideraciones poéticas sobre la vanidad de la existencia, y lo coronatodo el estallido de desesperación de Kotzebue, desbordamiento desentimentalismo que ha sido durante medio siglo la más popular de laspoesías alemanas.

Ese cuaderno responde perfectamente al gusto poético de Gertrudis. Encuanto se ve sola con Juan, le murmura en tono de súplica:

—Ve a buscar las canciones.

Entonces se sientan en un rincón retirado, y juntan sus cabezas; durantela lectura sienten con delicia que un estremecimiento de voluptuosidadles recorre el cuerpo.

He aquí, en primer lugar, esa poesía extraña: El conde Orsinski a su amada

En señal de adiós, recibe las quejas de mi corazón,

Transformadas

en

dulce

armonía,

Pero no trates nunca de adivinar lo que estos acentos dicen.

Y esta antigua romanza popular:

Enrique descansaba junto a su reciente esposa,

Rica heredera de las orillas del Rin...

Suena la media-noche, y a través de la cortina,

Pasa de pronto una mano blanca y delicada:

¿A

quién

vio?

A

su

Guillermina,

Que se erguía ante él envuelta en un sudario.

Al llegar a eso, Gertrudis se estremece; y, llena de angustia, con susgrandes ojos azorados, mira fijamente delante de ella, a través de lasombra del crepúsculo... pero su sonrisa pone de manifiesto, al mismotiempo, un delicioso éxtasis.

Pero lo maravilloso en ese cuaderno es una composición titulada: Labella molinera.

—¿Dónde has encontrado esto?—pregunta Gertrudis, impresionada por eltítulo.

—Un camarada, que era músico, tenía estas canciones en un grancuaderno. De allí las copié yo. El que las ha hecho se llamaba Molinerode apellido y creo que ejercía además ese oficio.

—¡Lee, lee, pronto!—exclama Gertrudis.

Pero Juan se niega.

—Es demasiado triste—dice cerrando el libro.—Será otra vez.

Pero Gertrudis le suplica tanto, que tiene que acceder a sus deseos.

—Ven esta tarde conmigo a la presa—dice;—tengo que hacer allá. Nadienos incomodará entonces, y te lo leeré siempre que...

naturalmente...

Y guiña el ojo en dirección al despacho. Gertrudis hace una señal conla cabeza. Se entienden a maravilla.

XI

Después de comer, Martín se retira a su escritorio, seguido por lasmiradas impacientes de Gertrudis, que espera el momento en que va aconocer los secretos de «la bella molinera.»

Atraviesan de bracete la pradera, para ir a la presa. La hierba estáhúmeda de rocío. El cielo, surcado de bandas rojizas. Sobre el fondoluminoso resalta, perfectamente recortada, la figura negra del bosque deabetos, que, triste y silencioso, rodea el llano. A medida que seaproximan, los mugidos del agua llegan cada vez con más fuerza a susoídos... Los rayos del sol poniente se reflejan en los torbellinos delas ondas, y las gotas de espuma que saltan son otras tantas chispas.Del otro lado de la presa, el río tranquilo parece un espejo; losárboles lanzan su sombra y reflejan su imagen en las aguas, demasiadoprofundas para ser transparentes.

Se acercan en silencio a la presa.

En esa época, durante los calores del mes de junio, la presa no da grantrabajo; pero, en los primeros días de la primavera, y en el otoño,durante las grandes avenidas, cuando es preciso alzar las compuertaspara dar paso a las aguas y a los carámbanos, sin que encuentrenobstáculos, hay que poner un poco de atención y hay que apelar a todaslas fuerzas para no verse arrastrado con las piezas de madera por eltorbellino de las aguas.

Juan alza dos esclusas. Eso basta por el momento. Después suelta lapalanca y apoya el codo en el pretil del puente levadizo.

Gertrudis,

quedurante

todo

ese

tiempo

ha

estado

contemplándolo sin decir nada, selanza por sobre la gran viga que atraviesa la corriente de agua de unaorilla a otra, a algunos pasos de ella.

—Vas a sentir vértigo, Gertrudis—dice Juan echando una mirada inquietaa la esclusa, por la que las aguas pasan con rapidez espantosa, sobre elfondo de tablones inclinados, para precipitarse en seguida espumosas enla corriente.

Gertrudis suelta una risotada y dice que muchas veces ha estado sentadaallí horas enteras, mirando las aguas, sin sentir vértigo alguno.Además, ¿no está allí entonces por necesidad? Su mirada, en la que selee una curiosidad impaciente, está fija en el bolsillo de Juan; ycuando éste saca su cuaderno de música, la joven exhala un gransuspiro, encantada ante la idea de los esplendores que presiente, yjunta las manos como una criatura a quien su abuela va a contar unahistoria. Juan comienza.

Las palabras conmovedoras del poeta brotan de sus labios como un canto.

Los viajes son la pasión del molinero...

Gertrudis deja oír una alegre exclamación y marca el ritmo dando con elpie en los montantes de la esclusa.

He oído murmurar un riachuelo...

Gertrudis contiene la respiración, esperando lo que sigue: He visto brillar el techo de un molino...

En su alegría, Gertrudis palmotea y muestra la granja al otro lado.

¿Es eso lo que quiere decir tu murmullo?

En este pasaje, la bella molinera entra en escena y Gertrudis se poneseria.

¡Que no tenga mil brazos para golpear!

Gertrudis hace leves signos de impaciencia.

No interrogo a las flores, no interrogo a los astros...

Una sonrisa de satisfacción vaga por los labios de Gertrudis.

Me placía dibujarla en la corteza de los árboles...

Gertrudis lanza un profundo suspiro y cierra los ojos. Y sigue lalectura, con los sueños del joven molinero ebrio de amor, hasta estegrito de alegría, que domina el canto de los pájaros, el murmullo delarroyo, el ruido de las ruedas.

¡La hermosa molinera es mía!

Gertrudis abre los brazos, una sonrisa de dulce beatitud pasa por surostro, y se mueve su cabeza como diciendo: «¡Dios mío!

¿qué más puedesuceder?»

Entonces la molinera siente de pronto una pasión misteriosa por el colorverde, se oye resonar el coro en la floresta, aparece el fiero cazador.Gertrudis experimenta inquietud.

—¿Qué viene a hacer ese aquí?—murmura dando con el puño en la viga.

El pobre molinero lo comprende en seguida. Su triste canción dice:

Quisiera partir, perderme en la inmensidad del

mundo,

Si todo no estuviera tan verde, tan verde en el bosque y en los campos...

Gertrudis, agitada por el temor y la esperanza, hace en el aire unademán. ¡Eso no es posible! ¡es preciso absolutamente que todo concluyabien!

Y después:

Florecillas

que

me

dio

ella,

Que os pongan a todas en mi tumba.

Los ojos de Gertrudis están húmedos de lágrimas, pero la joven sigueconfiando en la desaparición del cazador y en la conversación de lamolinera. No puede, no debe ser de otro modo. El molinero y el arroyocomienzan su diálogo melancólico; el arroyo quiere consolar al molinero,pero éste no conoce más que una sola quietud, un solo reposo:

¡Ay! querido arroyuelo; tu intención es buena...

Pero ¡ay! ¿sabes tú acaso el mal que el amor hace?

Gertrudis aprueba vivamente con la cabeza. ¿Qué quiere decir eseestúpido arroyuelo?... ¿Qué sabe él de amor ni de penas?...

En seguidaviene la misteriosa barcarola que cantan las ondas.

Sin duda, el jovenmolinero se ha dormido a la orilla del arroyo; un beso va a despertarlo,y, cuando abra los ojos, la molinera se inclinará sobre él para decirle:«¡Perdóname! ¡siempre te he amado!» Pero no... ¿qué significan esasextrañas palabras de cámara de cristal azul? ¿Por qué es preciso queduerma allí hasta que el mar haya absorbido la última gota de losriachuelos? Y

puesto que para cerrarle los ojos la mala muchacha tieneque tirar su pañuelo al agua, eso prueba que el dormido no reposa en laorilla, sino en el fondo.

Gertrudis oculta su rostro entre las manos y estalla en sollozosconvulsivos; y, como Juan quiere continuar la lectura, le dice:

—¡Basta! ¡basta!

—Gertrudis, ¿qué tienes?

Ella le hace la seña de que la deje. Sus lágrimas son cada vez másabundantes y su cuerpo tiembla todo; busca un apoyo y se inclina haciaatrás.

Juan lanza un grito de angustia, y, de un salto, se precipita pararecibirla en sus brazos.

—¡Por el amor de Dios, Gertrudis!—dice con la voz trémula, respirandocon esfuerzo.

Un sudor frío cubre su frente. La joven inclina su cabeza sobre el pechode Juan, le echa los brazos al cuello y llora.

Al día siguiente dice Gertrudis:

—Ayer me porté como una chiquilla, Juan, y creo que, a poco más, caigoal agua.

—Ya habías perdido el equilibrio—dice él.

Y se estremece al recordar el terrible instante.

Una sonrisa sentimental pasa por los labios de Gertrudis.

—Entonces habría concluido para siempre—dice la joven con un profundosuspiro.

Pero, un instante después, se ríe ella misma de su locura.

XII

Pasan los días. Juan, como camarada de juegos, ha sobrepujado todas lasesperanzas de Gertrudis. Los dos son inseparables; y Martín se vereducido al papel de espectador... no puede, con una sonrisa gruñona,hacer más que decir amén a todas sus locuras.

Es un encanto verlos atravesar el patio, persiguiéndose uno al otro,como si tuviesen alas en los talones. Gertrudis corre tan ligera que suspies apenas tocan el suelo. Sin embargo, Juan es más ágil; por mucho quedure la carrera, siempre la alcanza.

Viendo que no hay posibilidad deescapar, la joven se agazapa como un polluelo, asustado; y cuando él,triunfante, la toma en brazos, su cuerpo esbelto se yergue como si, alcontacto de Juan, la sacudiese una conmoción eléctrica.

David, el viejo criado, observa sus juegos con gran atención, por laclaraboya del granero, donde ha establecido su residencia; rasca sucabeza gris, y murmura entre dientes toda clase de cosasincomprensibles.

Gertrudis lo ve un día y se lo muestra a Juan.

—Habrá que hacer una broma a ese viejo cazurro—murmura la joven.

Juan le refiere la mala pasada que jugó a David en otro tiempo, aldescubrir el escondite en que el viejo guardaba la harina que robaba.

—¿Si pudiéramos conseguir hacer hoy lo mismo?—dice Juan riendo.

—Lo buscaremos.

Dicho y hecho, o casi hecho. El domingo siguiente, el molino estáparado; los criados y los molineros han salido. Juan coge el manojo dellaves colgado de la pared y hace una seña a Gertrudis para que le siga.

—¿Adónde vais?—pregunta Martín alzando los ojos del libro.

—Una gallina está poniendo fuera del gallinero;—dice vivamenteGertrudis.—Vamos a buscar el nido.

Y ni siquiera se pone colorada.

Hacen entonces una investigación escrupulosa en los establos, en lagranja, en el granero y en el pajar; pero registran sobre todo elmolino, suben y bajan las escaleras, y revuelven el cuarto de lostrastos viejos.

Escudriñan sin ningún resultado, durante dos horas, por lo menos, y derepente, Gertrudis, que no tiene miedo de meterse en el rincón másrecóndito del granero, anuncia que ha encontrado lo que buscaba. Entrelos haces de leña que se deshacen en polvo, las ruedas de engranajeinservibles y los restos de los diez últimos años, aparecen varios sacosde harina y de avena; al lado se ve un buen número de utensiliospequeños: martillos, tenazas, cepillos, cuchillos de mesa. Con los ojosbrillantes, el rostro lleno de tierra y los cabellos cubiertos detelarañas, Gertrudis sale del escondrijo lanzando gritos de alegría;cuando Juan se ha cerciorado de que no hay error, el consejo de guerrase reúne y delibera.

¿Conviene enterar a Martín del secreto? No; se incomodaría y acabaríapor echarles a perder la broma. Juan tiene una idea.

Vierte el contenidode los sacos en una medida igual, después llena esos sacos de tierra yde arena, y esparce encima una capa de negro de humo, como el que usanlos cocheros para teñir los arneses. Sumerge por un momento losinstrumentos en el tonel de alquitrán; y, cuando ha vuelto a poner todaslas cosas en su orden primitivo, considera terminada su tarea.

Abandonan el molino penetrados de una alegría profunda; se trasladan ala balsa para lavarse la cara y las manos, se ayudan mutuamente alimpiarse las ropas, y entran en la casa esforzándose por adoptar laexpresión más inocente posible. Sin embargo, Martín no tarda en notar ensus labios leves movimientos que les hacen traición; los amenazasonriendo, pero no les dirige la menor pregunta.

Pasan tres días en la más viva impaciencia; después, una mañana, Juan,sin aliento, corre al jardín en busca de Gertrudis, con el semblanteenrojecido a fuerza de contener las ganas de reír. Al instante, ellasuelta la azada y se precipita con él al patio.

Delante de la balsa estáel viejo David furioso y desfigurado, medio blanco, medio transformadoen deshollinador. Tiene el rostro y las manos negras como el carbón, ysobre sus ropas aparecen enormes manchas de alquitrán. En las ventanasdel molino se ven las caras de los molineros que ríen a carcajadas, yMartín se pasea delante de la casa vivamente sobreexcitado.

La escena es en extremo cómica, y Juan y Gertrudis creen que van a morirde risa. David, que sabe muy bien de qué lado debe buscar a susenemigos, les lanza una mirada llena de odio.

Procura limpiarse, pero elterrible negro de humo, mezclado con el alquitrán se pega de tal modo,que parece ser el color natural de su piel. Al fin, Martín, lleno delástima por el pobre diablo, lo hace entrar en el cuarto de los criadosy dice a Gertrudis, que de tanto reír tiene los ojos llenos de lágrimas,que vaya a buscarle un traje viejo de trabajo.

Al mediodía, durante la comida, los jóvenes cuentan a Martín la bromaque tan bien les ha salido. El menea la cabeza desaprobando, y dice quehubiera sido mejor comunicarle el descubrimiento que habían hecho.Después al abandonar la sala, se le oye murmurar palabras como«veintiocho años de servicios» y «bromas de chiquillos».

Gertrudis y Juan cambian una mirada de inteligencia que quiere decir:«¡Qué aguafiestas!»

Durante tres días más, el suceso es para los jóvenes un manantial dealegría, que saborean en secreto.

XIII

El domingo, Martín va al pueblo a cobrar deudas viejas; no volverá antesde la noche. Los molineros se han ido a la taberna.

El molino estádesierto.

—Voy a despedir también a las criadas—dice Gertrudis aJuan.—Estaremos entonces completamente solos y podremos hacer algunacosa.

—¿Qué cosa?

—Ya encontraremos—dice ella riendo; se dirige a la cocina.