El Mar by Jules Michelet - HTML preview

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En circunstancias las menos favorables, la vecindad de los volcanes ylas cálidas corrientes que les son anejas continúan la vida animal enlos sitios más desolados. Bajo la horrible devastación del poloantártico, no lejos del volcán Erebus, James Ross encontró corales vivosá mil brazas bajo el mar helado.

En la primitiva edad del mundo los numerosos volcanes de que estásembrado tenían una acción submarina mucho más poderosa que ahora. Susfisuras, sus valles intermedios, permitieron

al

mucus

marítimoacumularse

por

capas,

electrizarse de las corrientes. Sin duda que allíse asió la gelatina, fijóse, se afirmó, inquietóse y fermentó con todasu vigorosa potencia.

La levadura fué el atractivo de la substancia en provecho propio.Elementos creadores nativamente disueltos en el mar, formaroncombinaciones, matrimonios iba á decir, apareciendo vidas elementalespara evaporarse y morir. Otras, enriquecidas con sus despojos, duraron;seres preparatorios, lentos y pacientes creadores que, desde aquelmomento, comenzaron bajo el agua la obra eterna de fabricación y laprosiguen á nuestra vista.

El mar, que á todos los sustentaba, distribuía á cada cual lo que mejorle convenía. Descomponiéndolo cada uno á su manera, en provecho propio,los unos (pólipos, madréporas, conchas) absorbieron el calizo; otros(los infusorios del trípoli, las colas de caballo rugosas, etc.)concentraron el sílice. Sus despojos, sus construcciones, revistieron lasombría desnudez de las rocas vírgenes, hijas del fuego, que arrancarandel núcleo planetario lanzándolas ardientes y estériles.

Cuarzo, basaltos y pórfidos, guijarros semi-petrificados, todo recibióde esas criaturillas una corteza menos inhumana, elementos suaves yfecundos que extraían de la leche materna (llamo leche al mucus marítimo), que elaboraban y depositaban, haciendo habitable la tierra.En esos medios más favorables pudo realizarse el mejoramiento, laascensión de las especies primitivas.

Estos trabajos debieron practicarse primitivamente en las islasvolcánicas, en el fondo de sus archipiélagos, en esos meandros sinuosos,esos apacibles laberintos donde las olas sólo penetran discretamente;tibias cunas para los recién nacidos.

Mas, la flor escogida florece con plenitud en las profundas hondonadasde los golfos índicos. Aquí, el mar fué un gran artista, pues dió á latierra las adoradas y benditas formas donde se complace en crear elamor. Por medio de sus asiduas caricias, redondeando la playa, dióle loscontornos maternos, la ternura visible del seno de la mujer (iba ádecir), lo que tanto place al niño, abrigo, calor y descanso.

III

El átomo.

Cierto día, un pescador me regaló el fondo de su red, es decir, tresseres casi moribundos, un esquino, una estrella de mar y otra estrella,un lindo ofiuro, que todavía se agitaba y no tardó en perder sus brazosdelicados. Púselos en agua de mar, y los descuidé por espacio de dosdías, ocupado en otras tareas.

Cuando me acordé de ellos, sólo hallétres cadáveres. Aquello estaba desconocido: habíase renovado la escena.

Una película espesa y gelatinosa se había formado á la superficie. Toméun átomo de ella en la punta de una aguja, y el átomo, visto almicroscopio, me ofreció lo siguiente: Un torbellino de animales, cortos y sólidos, rechonchos, ardientes( cólpodos), que se movían de acá para allá, ebrios de vida,arrebatados de haber nacido (permítaseme la expresión), celebrando sunatalicio con una extraña bacanal.

En segunda fila hormigueaban unas culebrillas muy diminutas ó anguilasmicroscópicas que más bien vibraban que nadaban para ir hacia adelante(se las nombra vibradores).

Fatigada de tanto movimiento, la vista, sin embargo, no tardó en notarque en aquella escena no todo se movía. Había vibradores tiesos aún queno vibraban: habíalos entrelazados, agrupados en racimos, en enjambres,que no se habían desprendido y aparentaban aguardar el momento de lalibertad.

Entre aquella fermentación viva de seres inmóviles aún, se arrojaba, rabiaba, talaba, la desordenada traílla de los grandes rechonchos (los cólpodos), que parecía hacer pasto de ellos, regalarse, engordar yvivir allí á sus anchas.

Observaréis que ese espectáculo tenía por teatro la arena de un átomorecogido en la punta de una aguja. ¿Qué de escenas parecidas hubieseofrecido el Océano gelatinoso que con tanta prontitud se formó sobre elfango! El tiempo había sido aprovechado maravillosamente. Los moribundosó muertos, al escapárseles la vida habían creado todo un mundo. Encambio de tres animales perdidos, ahora era dueño de millones de ellos,y éstos ¡tan jóvenes y vivaces, animados de movimientos tan violentos,tan absorbentes, rabiosos por vivir!

Ese mundo infinito, de tal suerte mezclado al nuestro, que por doquieranos rodea y está siempre con nosotros, era casi desconocido hasta hacepoco. Swammerdam y otros, que anteriormente lo habían entrevisto, fuerondetenidos en sus primeros pasos. Mucho más tarde, en 1830, el mágicoEhrenberg lo evocó, lo reveló y clasificó, estudiando la forma de esosinvisibles, su organismo, sus costumbres, y viólos absorber, digerir,navegar, cazar, combatir. Su generación le pareció obscura. ¿Cuáles sonsus amores? ¿Acaso aman? En seres tan elementales ¿hace el gasto laNaturaleza de una generación complicada? ¿O bien nacen espontáneamentecomo tal ó cual moho vegetal? El vulgo dice: «como los hongos.»

Cuestión árida que hace sonreir y menear la cabeza á más de un sabio.¡Se está tan seguro de tener entre manos el misterio del mundo, de haberfijado invariablemente las leyes de la vida! A la Naturaleza tocaobedecer. Cuando, hace cien años, se hizo observar á Reaumur que lahembra del gusano de seda podía producir sin auxilio del macho, lo negó,contestando: «La nada, nada produce.» El hecho, constantemente negado yprobado de continuo, acaba de serlo fijamente y queda admitido, no tansólo para el gusano de seda, sino para la abeja y para cierta mariposa,y aun para otros animales.

En todo tiempo y en cualquiera nación, lo mismo entre las personasilustradas que entre el vulgo de las gentes, se decía: «La muerte da lavida.» Suponíase en particular que la vida de los imperceptibles surgíainmediatamente de los despojos que le lega la muerte. El mismo Harvey,que fué el primero en formular la ley de generación, no se atrevió ádesmentir tan arraigada creencia. Al decir: Todo procede del huevo,añadió: ó de los disueltos elementos de la vida precedente.

Esta es precisamente la teoría que acaba de renacer con tal resplandor,merced á los experimentos de M. Pouchet, quien establece que de losdespojos de infusorios y otros seres se crea la escarcha fecunda, la«membrana prolífica,» de la que nacen, no nuevos seres, sino losgérmenes, los óvulos de donde podrán nacer después.

Estamos en la época de los milagros, es preciso convenir en ello; mas,éste no tiene nada de sorprendente.

En otro tiempo habríanse reído á las barbas del que hubiera pretendidoque animales indóciles á las leyes establecidas, se permitan respirarpor la patita. Los bellos trabajos de Milne Edwards han derramado luzsobre este asunto. Dícese que asimismo Cuvier y Blainville habían notadoque otros seres que carecen de órganos regulares de circulación, lossuplían por medio

de

los

intestinos;

mas,

esos

grandes

naturalistasencontraron tan enorme el caso, que no se atrevieron á divulgarlo. Hoyha pasado al dominio de cosa juzgada por el mismo Milne Edwards, M. deQuatrefages, etc.

Sea cual fuere la opinión que se tenga formada de su nacimiento, locierto es que después de nacidos nuestros átomos ofrecen un mundoinfinito y admirablemente variado. Todas las formas de vida estánrepresentadas en ellos honrosamente. Dado caso que se conozcan entre sí,opinarán que componen una armonía completa á la que muy poco hay queenvidiar.

Y no son especies dispersas, creadas aparte: constituyen visiblemente unreino donde los géneros diversos han organizado una gran división deltrabajo vital. Tienen seres colectivos como nuestros pólipos y nuestroscorales, pegados aún, sufriendo las sujeciones de una vida común; tienentambién pequeños moluscos que ya se visten con lindas conchas; tienenpeces ágiles y bullidores insectos, arrogantes crustáceos, miniatura delos futuros cangrejos, como ellos armados hasta los dientes, aguerridosátomos que se dedican á la caza de los átomos inofensivos.

Todo esto en medio de una riqueza enorme y excesiva que humilla lapobreza del mundo visible. Sin hablar de los rizópodos que con suscapitas han ayudado á la constitución de los Apeninos, sobrealzado lascordilleras; sólo los foraminíferos, esa numerosa tribu de átomosconchíferos, cuenta hasta dos mil especies (Carlos d'Orbigny). Los haycontemporáneos de todas las edades de la tierra, presentándose siempre ádiversas profundidades en las treinta crisis que ha experimentado eluniverso mundo, variando un tanto las formas, pero persistiendo comogénero, y quedando cual testimonios idénticos de la vida del planeta. Alpresente, la fría corriente del polo austral, que la punta de Américadivide entre sus dos grandes playas, envía imparcialmente cuarentaespecies hacia la Plata y otras cuarenta, hacia Chile. Empero, la, granmanufactura que los crea y organiza parece ser el cálido río del mar quese desprende de las Antillas. Las corrientes del Norte los matan,arrastrándolos muertos el gran torrente paterno con dirección áTerranova y á nuestro Océano, cuyo fondo constituyen.

Cuando el ilustre padre de los átomos (es decir, su padrino), Ehrenberg,los bautizó, los patrocinó, introduciéndolos en la ciencia, fué acusadode debilidad hacia ellos, y se dijo que daba demasiada importancia áesos pequeñuelos. Ehrenberg los encontraba complicados, de unaorganización muy elevada, llegando á tal punto su liberalidad hacia losmismos, que les concedió ciento veinte estómagos á cada uno. El mundovisible se sulfuró, y, por una reacción violenta, Dujardin los redujo ála última expresión de sencillez. Según él, esos pretendidos órganossólo lo son en la apariencia. No pudiendo negar, sin embargo, su fuerzade absorción, les concede el don de improvisar á cada momento, estómagosal caso, y del grandor de las partículas que quieren tragarse. Estaopinión no ha logrado cautivar á M. Pouchet, quien se inclina por la deEhrenberg.

Lo incontestable y admirable en ellos es el vigor de sus movimientos.Varios tienen todas las apariencias de una individualidad

precoz,

nopermaneciendo

mucho

tiempo

avasallados á la vida comunista y polípera dose arrastran sus superiores inmediatos, los verdaderos pólipos. Muchosde esos invisibles, de un salto se convierten en individuos, es decir,en seres capaces de ir y correr de acá para allá solos, á su capricho,libres ciudadanos del mundo que sólo depende de ellos en lo tocante á ladirección de sus movimientos.

Cuanto puede imaginarse de locomociones diversas, de modos de andar enel mundo superior, es igualado, sobrepujado de antemano por losinfusorios. El impetuoso torbellino de un astro poderoso, de un sol quearrastra como á sus planetas cuantos seres débiles encuentra en sucarrera, el curso más irregular del cometa cabelludo que atraviesa ó quedispersa mundos vagos á su paso, la graciosa ondulación de la esbeltaculebra que sigue el agua ó nada en tierra, la barca oscilante que sabevirar á tiempo, decaer del rumbo para ir más lejos, en fin, el rastreolento y circunspecto de nuestros tardígrados, que se apoyan, se agarraná cualquier cosa, todos esos diversos aires se observan entre losimperceptibles. Mas ¡con qué maravillosa sencillez de medios! Los hayque no siendo más que un hilo, para avanzar se disparan como untirabuzón elástico; otros se valen de su ondulante cola ó de suspequeñas cejas vibrantes á guisa de remo y gobernalle; las preciosasvorticelas, cual jarrón de flores, se agarran juntas sobre una isla(plantecica ó cangrejito), y luego se aislan descolgando su delicadopedúnculo.

Lo que aún llama más la atención que los órganos de movimiento, es loque podríamos nombrar las expresiones, las actitudes, los signosoriginales del humor y del carácter. Hay seres apáticos, otros muyactivos y fantásticos, otros agitados por la guerra, otros diligentessin causa aparente y poseídos de una vana agitación. En ocasiones, átravés de una masa de gentes tranquilas y pacíficas, un atolondrado,sordo y ciego, lo echa todo á rodar.

¡Prodigiosa comedia! Parece como que están ensayando entre ellos eldrama que representará nuestro mundo, el noble y serio mundo de losgrandes animales visibles.

A la cabeza de los infusorios coloquemos con cierto respeto losmajestuosos gigantes, los dos jefes de orden, el alto tipo delmovimiento y el de la fuerza (lenta, pero temible) armada.

Tomad un poco de musgo de un tejado cualquiera, dejadlo algunos días enagua, y observad después con un microscopio.

Un poderoso animal, elelefante, la ballena de los infusorios, muévese con un vigor y un garbode vida que no siempre tienen semejantes colosos. Respetémoslo. Es elrey de los átomos, el rotífero, así nombrado porque en ambos lados de lacabeza lleva dos ruedas, órganos de locomoción que lo asimilarían albarco de vapor, ó tal vez armas de caza que lo ayudan á apoderarse delos más débiles.

Todos huyen, cejan ante él, y uno solo resiste, no temiendo nada,confiado en sus armas. Es éste un monstruo, empero provisto de sentidossuperiores, el cual tiene dos ojazos de púrpura. Poco movible yverdadero tardígrado, en cambio ve y está armado, pues ostenta en sussólidas patas uñas muy pronunciadas, que le sirven para asirse en casode necesidad y sin duda también para pelear.

¡Poderoso preludio de la Naturaleza que, en esa economía de sustancia yde materia, con nada comienza á crear tan majestuosamente! ¡Sublimeabertura! Estos (¿qué importa su tamaño?) tienen una potencia colosal deabsorción y de movimiento, que estarán muy lejos de poseer los enormesseres clasificados mucho más alto en la serie animal.

La ostra pegada en su roca, la limaza que se arrastra sobre su abdomen,son para el rotífero lo que yo sería al lado de los Alpes, de lascordilleras; seres tan desproporcionados que no pueden medirse con lavista, y apenas por el cálculo y la imaginación.

Sin embargo, ¿qué se han hecho entre esas montañas animales la prestezay el ardor de vida que desplegaba el rotífero? ¡Qué caída la nuestra alascender la escala!... Mis átomos estaban llenos de vida, se movíanvertiginosamente, y esas bestias gigantescas están atacadas deparálisis.

¿Qué sería si el rotífero pudiera concebir al ser colectivo dondedormita un infinito, por ejemplo, la magnífica, la colosal esponjaestrellada que vemos en el Museo de París? Esta, por su magnitud, está áigual nivel del rotífero que el hombre con el globo terráqueo, de nuevemil leguas de ruedo. Y sin embargo, estoy convencidísimo que, lejos deverse humillado por la comparación, el átomo rebosaría de orgulloexclamando: «Soy grande.»

¡Ah!, ¡rotífero!, ¡rotífero! No conviene menospreciar nada.

Conozco muy bien tus ventajas y tu superioridad; mas,

¿sabemos acaso siesa vida de cautiverio que te mueve á risa no es un progreso? Tudescompasada y vertiginosa libertad, ¿es, por ventura, el término de lascosas? Para tomar su punto de partida hacia más elevados destinos, laNaturaleza prefiere experimentar un encanto inmovible, penetrando en elobscuro sepulcro de ese triste comunismo en que cada elemento desempeñaun papel insignificante, y enseña á dominar la inquietud individual, áconcentrar la substancia en beneficio de las vidas superiores.

Dormita allí por algún tiempo, como la Linda de la selva durmiente;empero, sueño ó cautiverio, sortilegio ó lo que fuere, semejante estadono es la muerte. La áspera materia de la esponja vive rellena de sílice:sin moverse, sin respirar, sin órganos de circulación, sin ningúnaparato de los sentidos, vive.

¿Cómo se sabe eso?

La esponja pare dos veces al año; tiene sus peculiares amoríos y con másexuberancia que otros seres. En día dado unas esferillas se desprendende la madre esponja, armadas de débiles nadaderas que las procuranalgunos instantes de animación y de libertad. Una vez fijas,conviértense en esponjitas delicadas, que irán aumentando paulatinamenteen tamaño.

Así, pues, en medio de la carencia aparente de sentidos y de organismo,envuelto todo en misterioso enigma, en el dintel dudoso de la vida, lageneración la revela y nos descubre el preludio del mundo visible cuyaescala vamos á recorrer. Sólo se divisa la nada, y en esa nada yaaparece la maternidad. Lo mismo que entre los dioses de Egipto (Isis yOsiris) que engendran antes de nacer, aquí el Amor nace antes del ser.

IV

Flor de sangre.

En el eje del globo, en medio de las cálidas aguas de la Línea y en sufondo volcánico, el mar superabunda de vida hasta el punto de no poder,á lo que parece, equilibrar sus creaciones; y sobrepujando á la vidavegetal, de buenas á primeras, sus alumbramientos producen la vidaanimada.

Mas, esos animales se atavían con un extraño lujo botánico, con libreasespléndidas de una flora excéntrica y lujuriosa.

Divisáis hasta dondealcanza la vista flores, plantas y arbustos; á lo menos, tales osparecen por sus formas y colores. Y esas plantas se mueven, los arbustosson irritables, las flores tiemblan con naciente sensibilidad, do va áposarse la voluntad.

¡Oscilación encantadora, gracioso equívoco! Al límite de los dos reinosy bajo esas flotantes apariencias tan fantásticas, el espíritu datestimonio de sus primeros albores. Es el alba, la aurora matutina. Consus resplandecientes colores, sus nácares y esmaltes, señala el sueñonocturno y la idea del día que aparece.

¡Idea! ¿Nos atreveremos á pronunciar esta palabra? No: es un sueño,sueño no más, pero que poco á poco se esclarece como los ensueñosmatutinos.

Al norte de Africa, ó más allá del Cabo, el vegetal que reinaba comosoberano en la zona templada ve surgir á su lado rivales animados quetambién vegetan, florecen, le igualan y no tardan en sobrepujarle.

El grande encantamiento comienza, va en aumento siempre y adelantandohacia el Ecuador.

Arbustos extraños, elegantes, las gorgonas, las isis, extienden su ricoabanico; el coral adquiere su color rojo bajo las olas.

Al lado de las brillantes praderas irisadas de todos colores comienzanlas plantas-piedra, las madréporas, cuyas ramas (¿diremos sus manos ysus dedos?) florecen en helados copos rosados, parecidos á los de losmelocotones y manzanos. Por espacio de setecientas leguas antes dellegar al Ecuador y por otras setecientas del lado de allá continúa lamágica ilusión.

Hay seres inciertos, como por ejemplo las coralinas, que los tres reinosse disputan. En sí encierran algo de animal, algo de mineral, yúltimamente acaban de ser clasificadas en la nomenclatura de losvegetales. Tal vez sea el punto real en que la vida obscuramentedespierte del sueño de piedra, sin desprenderse aún de su rudo punto departida, como para advertirnos, á nosotros tan soberbios y que miramosdesde tan alto, la fraternidad ternaria, el derecho que el obscuromineral tiene á subir y animarse, y la aspiración profunda que existe enel seno de la Naturaleza.

«Nuestras praderas, nuestros bosques—dice Darwin,—parecen desiertos yvacíos si se comparan con los del mar.» Y en efecto, á cuantos hanrecorrido los transparentes mares de las Indias, les ha llamado laatención la fantasmagoría que ofrece su fondo, siendo sorprendente enprimer término por el extraño cambio que se opera en las plantas y losanimales en sus insignias naturales, en su apariencia. Las plantasblandas y gelatinosas, con órganos redondos que no parecen ni tallos nihojas, afectando gordura, la dulzura de las curvas animales, diríase quequieren engañar al que las mira y hacerse pasar por seres del reinoanimal, mientras que los animales verdaderos parece como que se ingenianpara ser plantas y asemejarse á los vegetales, pues imitan todos loscaracteres del otro reino. Unos tienen la solidez, la casi eternidad delárbol; otros se descogen y luego se marchitan, como las flores. Así,pues, la anémona marina se abre cual pálida margarita rosada, ó comoáster granate adornado con ojos de azur; mas desde el momento que se hadesprendido un hilito de su corola, ó sea una nueva anémona, veisladisolverse y desaparecer.

Mucho más variable aún el proteo de las aguas, el alción, toma todogénero de formas y de colores, haciendo el papel de planta, de fruta;despliégase en forma de abanico, se convierte en seto lleno dematorrales ó en graciosa cestita. Mas, todo ésto es fugitivo, efímero,de vida tan tímida que desaparece al menor movimiento, y nada queda: enun instante ha vuelto todo al seno de la madre común. Hallaréis lasensitiva en una de esas formas ligeras; la cornularia, al tacto serepliega sobre sí misma, cierra su seno como la flor sensible al fresconocturno.

Cuando os asomáis al borde de los arrecifes, de los bancos de corales,observáis el fondo del tapiz bajo el agua, verde de astreas y detubíporas, fungias amoldadas en bolas de nieve, meandrinas historiadasen su laberintito y cuyos valles y colinas están indicados con loscolores más vivos. Los cariófilos (ó claveles) de terciopelo verdematizado de naranjo al extremo de su ramo calizo, pescan los alimentosmeneando suavemente en el agua sus preciosas estambrillas de oro.

Encima de ese mundo de abajo, como para resguardarlo del sol, ondulandocual sauces y bejucos, ó balanceándose como palmeras, las majestuosasgorgonas de varios pies de alto, constituyen un bosque con los árbolesenanos del isis. De uno á otro árbol, la plumaria enreda su espiral muyparecida á las tijeretas de las viñas y los hace corresponder entre sípor medio de sus finos y ligeros ramajes, matizados de brillantesreflejos.

Este espectáculo encanta, turba la imaginación: es un vértigo y como unsueño. El hada de las aguas añade á esos colores un prisma de tintasfugitivas, una movilidad sorprendente, una inconstancia caprichosa, lavacilación, la duda.

¿He visto bien? No, no es eso... ¿era un ser ó un rellejo?...

Sinembargo, seres son, pues veo un mundo real que se aloja allí y sedivierte. Los moluscos viven confiados, arrastrando su nacarada concha;los cangrejos tampoco desconfían, y corren y cazan. Peces extraños,ventrudos y rechonchos, vestidos de oro y de cien colores distintos,están paseando su pereza. Anélidos color de púrpura y violáceos,serpentean y se agitan al lado de la delicada estrella (el ofiuro), quebajo el influjo de los rayos solares, alarga, encoge, arrolla ydesarrolla sus elegantes brazos.

En medio de esa fantasmagoría y con más gravedad, la madréporaarborescente ostenta sus no tan subidos colores. Su belleza consiste enla forma.

Y la belleza de ese mundo está en el conjunto, en el noble aspecto de laciudad común: el individuo es modesto, mas la república impone. Aquítiene la fortaleza del áloe y el cactus; más allá es la cabeza delciervo, su espléndido atalaje; á mayor distancia la extensión de lasvigorosas ramas de un cedro que, después de tender horizontalmente susbrazos, se dispone á empinarse más y más.

Esas formas, despojadas ahora de millares de flores vivas que lasanimaban, las cubrían, tienen tal vez en su estado severo mayoratractivo para el ánimo. Por lo que á mí toca, me complazco encontemplar los árboles en invierno, cuando sus elegantes ramas desnudasdel lujo abrumador de las hojas, nos dicen lo que son por sí solos,revelando delicadamente su escondida personalidad. Otro tanto sucede conlas madréporas.

En su desnudez presente, convertidas de pinturas enesculturas, más abstraídas, digámoslo así, parece que intentanrevelarnos el secreto de esos pueblecillos cuyo ornamento constituyen.Varias de ellas, diríase que nos hablan por medio de extrañoscaracteres: tienen

enlaces,

roleos

complicados

que

visiblemente

indicanalgo. ¿Hay alguno que pueda interpretarlos? ¿Con qué palabras lostraduciríamos á nuestro idioma?

Presiéntese perfectamente que hoy aún existe una idea allí dentro. Unono puede desprenderse fácilmente de aquel sitio; y por más que seabandone, allí se vuelve. Deletréase, se cree comprender; luego se osescapa ese rayo de luz y os golpeáis la frente.

Los enjambres de abejas, con su fría geometría, no son, ni con mucho,tan significativos. Estas constituyen un producto de la vida; mas,aquello es la misma vida. La piedra no fué simplemente base y abrigo dedicho pueblo, sino un pueblo anterior, la generación primitiva que,suprimida paulatinamente por los jóvenes de encima ha tomado talconsistencia. Luego, todo el pasado movimiento, el tinte de la ciudadprimitiva, están allí visibles y sorprendentes, con una verdadflagrante, cual vivo detalle de Herculanum ó Pompeya. Empero aquí todose ha fabricado sin violencia ni la más pequeña catástrofe, por unprogreso natural; la más serena paz reina en dicho sitio, que tiene unsingular atractivo de dulzura.

El escultor admiraría las formas de un arte maravilloso que en un mismoasunto ha sabido producir infinitas variantes, las cuales bastarían paracambiar y renovar todas nuestras artes de adorno.

Pero otra cosa hay que considerar á más de la forma. Las ricasarborescencias donde se descoge la actividad de esas tribus laboriosas,los ingeniosos laberintos que parecen buscar un hilo, ese profundo juegosimbólico de vida vegetal y de toda vida, es el esfuerzo de una idea, dela libertad cautiva, sus tímidos tanteos hacia la prometida luz,relámpago encantador del alma joven comprometida en la vida común; peroque, suavemente, sin violencia, con gracia, se emancipaba de ella.

Poseo dos de estos arbolillos, de especie análoga, y sin embargodistinta. No hay vegetal que pueda comparárseles.

Tiene el unoinmaculada blancura, como el alabastro sin brillo, y en su amorosariqueza cada rama ostenta capullos, botones, florecitas, y jamás dice:Basta. El otro, no tan blanco pero más tupido, en cada rama encierra unmundo. Ambos son agradabilísimos por su semejanza y desemejanza, suinocencia, su fraternidad. ¡Oh! ¡quién podrá revelarme el misterio delalma infantil y encantadora que fabricó ese juguete de hadas!

Véselacircular aún esa alma libre y cautiva á la vez, mas con cautiverioamoroso, y que sueña con la libertad sin quererla por entero.

Hasta ahora las artes no han sabido apoderarse de esas maravillas quetanto las hubieran auxiliado. La magnífica estatua de la Naturaleza quese eleva á la puerta del Jardín de Plantas, de París, debiera estarrodeada de tales atributos. Aquella estatua había de figurar con elcortejo triunfal que nunca la abandona, era preciso realzar con todossus dones el majestuoso trono do se sienta. Sus primeros seres, lasmadréporas, dichosos de enterrarse en el suelo hubieran suministrado losfundamentos, por medio de sus alabastrinos ramajes, sus meandros y susestrellas. Encima sus ondulosas hermanas, con sus cuerpos y sedososcabellos habrían constituido un blando lecho viviente para abrazarcariñosamente á la divina Madre en medio de sus ensueños de eternoalumbramiento.

La pintura no ha sido más hábil que la escultura en la utilización deeste asunto, puesto que pinta las flores animadas semejantes á lasflores terrestres, cuando sus colores son extraordinariamente distintos.Los grabados al plomo que poseemos dan muy pobre idea de la cosa. Pormás que se diga, sus tintas chabacanas, pálidas, no retratan ni conmucho la suavidad, la dulzura, la emoción de las flores del mar. Si seemplearan los esmaltes, lo cual ensayó Palissy, el asunto saldría rudo yglacial: admirables en la reproducción de los reptiles, de las escamasde pescado, son demasiado lustrosos para imitar esas suaves y tiernascriaturas que hasta de cutis carecen.

Los pulmoncitos exteriores quepresentan los anélidos, los delgados filamentos nebulosos que lanzan alviento ciertos pólipos, los móviles y sencillos cabellos que ondulansobre la medusa son objetos no sólo delicados sino conmovedores.

Ofrecentodos los matices, son finos y vagos, pero cálidos: es como un hálitoperceptible, y nuestros ojos atónitos ven en ellos el color del arcoiris. Para aquellos seres es algo muy serio, su propia sangre, su tenuevida traducida en tintas, en reflejos, en resplandores cambiantes, quese animan ó palidecen, aspiran, espiran... Tened cuidado. No ahoguéis laalmita flotante, muda, y que, á pesar de todo, os revela un mundo,demostrándoos su íntimo misterio en sus palpitantes colores.

Los colores poco sobreviven, pues la mayor parte se disuelven ydesaparecen. Aun las mismas madréporas sólo dejan su base, que diríaseinorgánica, siendo no obstante la vida condensada, solidificada.

Las mujeres, que tienen ese sentido mucho más delicado que nosotros, nose han engañado, presintiendo aunque confusamente que uno de dichosárboles, el coral, era una cosa viva. De ahí la predilección quedemuestran por él. Y aunque la ciencia sostenga primero que sólo es unapiedra, luego un arbusto, el sexo bello ve en el coral algo más.

«Señora, ¿por qué prefiere usted á todas las piedras preciosas ese árbolde un encarnado dudoso?—Caballero, dice á mi cara.

El rubí hacepalidecer; éste, mate y no tan vivo, hace resaltar mejor la blancura.»

Y la señora tiene razón. Los dos objetos son parientes. En el coral, lomismo que en los labios y mejillas de la dama, el hierro da el color(Vogel); encarnado el uno y el otro rosado.

«Pero señora, esas piedras brillantes son de una finuraincomparable.—Ciertamente, mas el coral es suave; tiene la suavidaddel cutis á la par que su color. A los dos minutos de llevarlo, parécememi misma carne, mi propio ser.

»Señora, hay encarnados más bonitos.—Doctor, no me prive usted de éste,pues le quiero. ¿Por qué? Lo ignoro... ¡Oh, sí! hay un motivo paraquererlo (y es éste tan bueno como otro cualquiera); dicho motivo es sunombre oriental y verdadero: llámasele «Flor de sangre.»

V

Los fabricantes de mundos.

Nuestro Museo de Historia Natural, en su harto reducido recinto, es unpalacio de hadas, residiendo allí, al parecer, el genio de lasmetamorfosis de Lamarck y de Geoffroy. En la sombría sala del piso bajo,las silenciosas madréporas fundan el mundo, más vivo por momentos, quese eleva encima de ellas.

Más arriba, habiendo el pueblo de los maresalcanzado su completa energía de organización en los animalessuperiores, prepara las existencias terrestres. En la cúspide están losmamíferos, sobre los cuales la tribu divina de los pájaros despliega susalas y parece que todavía canta.

La muchedumbre no hace caso de los primeros, pasando rápidamente pordelante de esos primogénitos del globo, su habitación es fría, húmeda:los curiosos dirigen sus pasos hacia la luz, hacia el punto do brillantantos objetos. Nácar, alas de mariposa, plumas de aves, esto es lo quela encanta. Yo, que me detengo más tiempo abajo, heme hallado confrecuencia solo en la pequeña y obscura galería.

Me agrada esa cripta de la iglesia grande: allí presiento mejor el almasagrada, el espíritu presente de nuestros maestros, su enorme, susublime esfuerzo, á la par que la audacia inmortal de los viajerossalidos de aquel sitio. Doquiera que estén sus huesos, ellos se ostentanen el Museo reproducidos en valiosos tesoros, tesoros que pagaron con lavida.

El otro día (1.º de octubre) me detuve más de lo regular en aquel sitio,entreteniéndome á leer, no sin trabajo, los rótulos de algunasmadréporas. Una de ellas, colocada junto á la puerta, llevaba el nombrede Lamarck.

Mi sangre toda afluyó al corazón, sintiendo como un impulso de religiosorespeto.

¡Gran nombre y ya viejo! Es lo mismo que si en las tumbas de Saint-Denisse leyera el nombre de Clodoveo. La gloria de sus sucesores, su imperio,sus discusiones, han obscurecido, hecho retroceder á aquél que seadelantó á lo menos de un siglo á su época. Fué Lamarck, ese ciegoHomero del Museo, el que por el instinto del genio creó, organizó, diónombre á lo que todavía estaba envuelto en la obscuridad: la clase delos Invertebrados.

¿Una clase? esto es, un mundo, el abismo de la vida blanda ysemiorganizada á la que aún falta la vértebra, la centralizaciónhuesosa, el sostén esencial de la personalidad.

Interesan tanto más esosseres, cuanto que visiblemente por ellos empieza la vida. ¡Humildestribus, descuidadas hasta entonces!

Reaumur colocó los cocodrilos entrelos insectos; el ilustre conde de Buffon no se dignó siquiera indagarlos nombres de aquel populacho ínfimo, dejándolos fuera del Versallesolímpico que elevó á la Naturaleza. Y tuvieron que aguardar á Lamarckpara ser clasificados esos grandes pueblos obscuros, confusos; esosdesterrados de la ciencia, que, sin embargo, lo llenan todo y todo lohan preparado. Precisamente se había prohibido la entrada á losprimogénitos. Era fácil tarea contar á los admitidos; y si se hubiesetenido que juzgar por el número, dijérase que lo excluido, lo olvidado,dejaba á la calle á la Naturaleza misma.

El genio de las metamorfosis, acababa de ser emancipado por la botánicay por la química. Fué un atrevimiento, pero fecundo en resultados, eldesviar á Lamarck de la botánica, donde había pasado lo mejor de su vidaé imponerle la obligación de ocuparse de los animales. Aquel genioardiente y acostumbrado á obrar milagros para la transformación de lasplantas, lleno de fe en la unidad de la vida, sacó á los animales y alanimal grande (el globo)

del

estado

de

petrificación

en

que

se

hallaban,restableciendo, de forma en forma la circulación del espíritu.Semiciego, á tientas, tocó intrépidamente mil cosas á que los másperspicaces no osaban aún acercarse. Siquiera él obraba instigado por elardor de la ciencia. Geoffroy, Cuvier y Blainville los encontraroncalientes y con vida. «Todo está vivo—decía aquél,—ó lo estuvo. Todoes vida, presente ó pasado.» Grande esfuerzo revolucionario contra lamateria inerte, que conduciría hasta suprimir lo inorgánico. Nadaestaría completamente muerto. Lo que ha vivido puede dormir y conservarla vida latente, una aptitud para revivir. ¿Quién está verdaderamentemuerto? Nadie.

Esta teoría ha dado un empuje extraordinario á las velas con que marchanuestro siglo: atrevida ó no, ella nos ha llevado adonde nuncahubiéramos estado. Nos hemos puesto en demanda, preguntando á todas lascosas, ya de historia ó de historia natural: «¿Quién eres?—Soy lavida.»—La muerte ha ido de vencida bajo la mirada de las ciencias: elespíritu siempre adelanta y hácela retroceder.

Entre esos resucitados, lo primero que veo son mis madréporas. Hastaentonces, la piedra muerta y el calizo grosero tuvieron el interés de lavida. Cuando Lamarck los juntó, explicando

su

constitución

en

el

Museo,acababa

de

sorprendérseles en el misterio de su actividad, ocupados ensus inmensas creaciones, habiéndonos enseñado cómo se fabrica un mundo.Se empezó á sospechar que, si la tierra produce el animal, éste tambiénproduce la tierra, desempeñando ambos á dos la obra de la Creación.

La animalidad existe por doquiera: todo lo llena, todo lo puebla. Susrestos ó huellas se encuentran hasta en minerales, tales como el mármolestatuario y el alabastro, que han pasado por el crisol de los fuegosmás destructores. A cada paso que damos en el conocimiento de lo actual,descubrimos un pasado enorme de vida animal. El día en que fué dado á laóptica divisar el infusorio, viósele fabricar montañas y empedrar elOcéano. El duro sílice del Trípoli, es una masa de animálculos, laesponja un sílice animado. Nuestros calizos son todo animales. Parísestá edificado con infusorios; una parte de Alemania, descansa sobre unmar de coral, hoy día amortajado. Infusorios, corales, testáceos, todoes cal, creta, pues, sin cesar, la extraen del mar.

Mas, los peces quedevoran el coral, lo expelen en forma de creta, restituyendo ésta á lasaguas de donde ha salido el mar. Así el mar de Coral, en su obra dealumbramiento, de agitaciones, de movimientos, en sus construccionesincesantemente aumentadas ó desaparecidas, fabricadas, arruinadas, esuna fábrica inmensa de calizo, que va alternando entre sus dos vidas:vida diligente hoy, vida disponible que obrará mañana.

Forster ha visto, visto perfectamente (lo cual se ha negado sin razón)que esas islas circulares son cráteres de volcanes, levantados por lospólipos. En la hipótesis contraria, no es posible explicar la identidadde forma, constituyendo siempre un anillo de unos cien pasos dediámetro, asaz bajo, azotado exteriormente por las olas, si bien elinterior forma una concha tranquila. Algunas plantas de tres ó cuatrogéneros distintos, constituyen una corona de verdura, de trecho entrecho en la parte de adentro. El agua es de un verde magnífico; elanillo está formado

de

arena

blanca

(residuos

de

corales

disueltos),contrastando con el azul subido del Océano. Bajo las aguas amargas,están trabajando nuestros obreros, según sus especies ó sus caracteres:los más atrevidos en las rompientes, en las apacibles costas la gentetímida.

He aquí un mundo poco variado. Esperad. Los vientos, las corrientes,trabajan para enriquecerle. Bastará una fuerte borrasca para que lasislas inmediatas hagan su fortuna: ésta es una de las más espléndidasfunciones de la tempestad. Cuanto más imponente, furiosa y turbulenta sepresenta arrastrándolo todo, más fecunda es. Pasa una tromba sobre unaisla; el torrente que produce, cargado de limo, de despojos, de plantasmuertas ó vivas, á veces de bosques enteros arrancados de cuajo, plaganegra, cenagosa, traspasa el mar, y empujado luego por las olas aquí yallá, distribuye esos presentes entre las islas cercanas.

Un gran mensajero de vida y de los más transportables es la sólida nuezde coco, la cual no sólo viaja, sino que, arrojada sobre los arrecifes,basta que encuentre un poco de arena blanca para medrar en sitios dondeperecería otra planta cualquiera. El agua salobre no le amedrenta, sesirve de ella como del agua dulce, y crece también. Germina, se hacegrande, conviértese en árbol, en un robusto cocotero. Donde hay un árbolno tarda en haber agua dulce, y despojos, y por lo tanto tierra; estoconvida á otros árboles, y al poco tiempo vese levantar su copa áalgunas palmeras. De los vapores que esos árboles detienen se forma unarroyuelo que, manando del centro de la isla, mantiene en la blancacintura un hoyo que respetan los pólipos, habitantes de las aguasamargas.

Conócese actualmente la rapidez extrema de su trabajo. En el puerto deRío Janeiro, después de cuarenta días de parada, desaparecían ya losbotes bajo los tubulares que de ellos se habían apoderado; un estrechoinmediato á Australia contaba antes veintiséis islotes, y á la fecha hayciento cincuenta bien establecidos, anunciando el Almirantazgo inglésque son en mayor número y que dentro de veinte años en toda su longitudde cuarenta leguas será impracticable.

El arrecife oriental de la Australia tiene trescientas sesenta leguas(ciento veintisiete sin interrupción), y el de la Nueva Caledonía cientocuarenta y cinco leguas. Grupos de islas en el mar Pacífico cuentancuatrocientas leguas de largo por ciento cincuenta de ancho. Sólo lacordillera de las Maldivas tiene cerca de quinientas millas delongitud. Añadid á todo esto los bancos de la Isla de Francia y losbajos del Mar Rojo, que se elevan continuamente.

Timor y sus cercanías ofrecen un mundo completamente animal: allí sólose pisan cosas vivas. Las rocas ofrecen formas tan extrañas y tan ricoscolores, que la vista se encanta, se deslumbra. Contempláis á aquellosseres por espacio de muchas leguas en medio del agua del mar, que notiene profundidad (tal vez un pie), fabricando muy tranquilamente,empero sin cejar en su oficio de creadores.

El primer observador inteligente fué Forster, compañero de Cook, que losvió empeñados en su obra. Cogiólos infraganti en su gran conspiraciónpara levantar piano piano islas á millares, cordilleras de islas, ymás tarde todo un continente.

Y esto ocurría á su vista como en los primeros días de la Creación. Delas profundidades submarinas, el fuego central hace brotar una cúpula,un cono, que entreabriéndose, con su lava, constituye por algún tiempoun cráter circular. Mas, la fuerza volcánica se agota. Ese cráter tibiovese coronado de hielo animado, animal y polípero que, arrojandoconstantemente de sí un mucus, va elevando ese círculo hasta la bajamar, no más arriba, pues más altos estarían en seco; ni tampoco másabajo, porque necesitan luz. Y si no tienen órgano especial de lavisualidad, la luz les penetra. El poderoso sol de los trópicos, queatraviesa de parte á parte su pequeño ser transparente, tiene, alparecer, sobre ellos la atracción de un invencible magnetismo.

Cuandobaja el mar y quedan al aire libre, permanecen abiertos como estaban ybeben la luz.

Dumont d'Urville, que con tanta frecuencia solía visitar sus islotes,dice: «Es un singular suplicio el ver de cerca la tranquilidad que reinaen esa concha interior, y debajo el agua, poco profunda, bancosavanzados donde se pavonean los corales con toda seguridad cuando nosrodea por todas partes la tempestad.» Aquel mundo agradable es unescollo; tocadlo y os estrelláis. El transparente mar os muestra unabismo á pico de cien brazas. No confiéis en el áncora; no hay cable quecon el frotamiento no se use, acabando por romperse. La ansiedad esextrema en las noches interminables en que la marejada austral os empujahacia esas cortantes cuchillas.

Y, sin embargo, los inocentes fabricadores de escollos tienen unarespuesta para las acusaciones que se les dirigen. Dicen:

«Concedednosel tiempo requerido. Esos bordes, dulcificados paulatinamente, haránsehospitalarios: dejadnos obrar. Los bancos, enlazados con los inmediatosbancos, perderán sus terribles remolinos. Estamos fabricando un mundonuevo por si llega el caso de que el vuestro fenezca. Tal vez algún díanos bendeciréis si acontece un cataclismo; si, como afirma no sabemosquién, el mar se derrama de uno al otro polo cada diez mil años. Osdaréis por muy contentos de encontrar estas islas australes que osservirán de punto de refugio.

»Preciso es confesarlo—añaden;—aunque por desgracia se perdiesen enesto sitio algunas embarcaciones, nuestra obra es útil, buena ygrandiosa. Nuestro improvisado mundo podría mostrarse con ciertoorgullo: sin mencionar sus espléndidos colores, que dejan muy atráscuanto existe en la tierra, sin hablar de los círculos graciosos, delas curvas de nos placemos, tantos y tantos problemas obscuros que osdetienen, entre nosotros parecen haber sido resueltos. La distribucióndel trabajo, una encantadora variedad, en medio de una gran regularidad,un orden geométrico que, no obstante, obstenta toda la gracia de unalibertad naciente, ¿encontraríase todo esto entre los hombres?

»Nuestro incesante trabajo para aligerar el agua de sus sales crea lasmagníficas corrientes que constituyen la vida, la salud.

Nosotros somoslos espíritus del mar, y le damos movimiento.

»Verdad es que no se nos muestra ingrato, pues nos sustenta conoportunidad, y con igual exactitud nos acaricia la cálida luz, nosengalana con sus ricos colores. Somos los mimados del Altísimo, susobreros favoritos, que nos ha señalado la tarea de bosquejar sus mundos.Todos los segundones de ese globo que se presentan aquí, tienennecesidad de nosotros. Nuestro amigo el cocotero, ese gigante queinaugura la vida terrestre encima de nuestra isla, sólo prospera mercedal polvo que le prestamos. En el fondo, la vida vegetal es un legado, undon, una limosna de nuestras liberalidades. Rica por nosotros,alimentará la creación superior.

»Mas, ¿para qué sirven los otros animales? Somos un mundo completo,armónico, y que es suficiente. El círculo de la Creación podría cerrarsecon nosotros. Escogiónos Dios para coronar su isla; sobre su antiguovolcán de fuego ha creado un volcán de vida, mejor todavía, eldescogimiento de ese paraíso viviente. Ha obtenido lo que se propuso yahora descansa.»

Todavía no, todavía no. Una creación debe subir por encima de lavuestra, cosa que vosotros no teméis. Y ese rival no es la tempestad,pues la desafiáis; ni el agua dulce, ya que estáis fabricando junto áella; ni tampoco es la tierra que paulatinamente ha ido invadiendo ycubriendo vuestras construcciones. Esta nueva potencia, ¿dónde está? Envosotros mismos. El pólipo no se resigna á quedarse pólipo: existe envuestra república tal ó cual ser inquieto que afirma que la perfecciónde esa vida vegetativa no es vida, soñando otra mejor: irse y navegarsolo, ver lo desconocido, el dilatado mundo, crearse, exponiéndose ánaufragar, algo que va á despuntar en él y permanece obscuro entrevosotros:

El alma.

VI

Hija de los mares.

Los primeros meses del año 1858 deslizáronse para mí en el agradablepueblecillo de Hyères que mira de lejos al mar, á las islas y á lapenínsula que presta abrigo á su costa. A tal distancia, el mar atraemás poderosamente tal vez que si uno estuviese á bordo. Los senderos queá él conducen convidan á recorrerlos, ya se dirija uno al lado de lashuertas por los setos de jazmines y mirtos, ya, subiendo un tanto, seatraviesen los olivares y un bosquecillo sembrado de laurel y de pinos.Sin embargo, los árboles no impiden que de vez en cuando se distinganalgunos rayos del mar. Ha sido llamado este sitio, y no sin razón, CostaBella. Paseábame por él en los mejores días de un invierno muy

suave,soliendo

encontrar

al

paso

una

enferma

interesantísima, joven princesaextranjera venida de quinientas leguas de distancia, para prolongaralgunos días su desfalleciente vida. Aquella corta existencia se habíadeslizado triste y combatida por el infortunio; y apenas vislumbraba lafelicidad, se

iba

extinguiendo

por

momentos.

La

pobre

se

arrastrabaapoyada tiernamente en otro ser que vivía de su vida y no contabasobrevivirla. Si los votos y las oraciones bastasen á prolongar la vida,aquella joven no hubiese muerto; tenía en su apoyo los de cuantos laconocían, particularmente de los pobres.

Empero la primavera llegó y conella el fin de sus días. Cierta mañana de abril en que todo renacía,vimos pasear aún las dos sombras por aquel bosque pálido, como un Elíseode Virgilio.

Llegué al golfo embargado el ánimo con tan tristes pensamientos. Entrelas ásperas rocas, las lagunas que dejaba el mar conservaban ciertosanimalillos demasiado lentos para seguirle. Veíanse asimismo algunasconchas encogidas y macilentas por haber quedado en seco: en medio deellas, sin cáscara, sin abrigo, explayada, yacía la umbrela vivientellamada con harta impropiedad medusa. ¿Por qué haber dado tanhorroroso nombre á un ser tan encantador? Nunca había fijado mi atenciónen aquellos náufragos que con frecuencia se encuentran en la playa. La áque me refiero era pequeña, del tamaño de mi mano, pero bella en extremoy de matices suaves y ligeros; su color blanco ópalo con un tintediáfano lila que formaba una corona. La brisa la había volteado: sucoronilla de cabellos lilas flotaba por encima, y la delicada umbrela(es decir su propio cuerpo), encontrándose debajo, se rozaba con laroca.

Muy magullada la pobre, herida, tenía arrancada parte de su finacabellera, esto es, lo que constituye sus órganos de respiración, deabsorción y aun de procreación. Y aquella masa informe recibía de planolos rayos del sol provenzal, áspero al despertar, y más áspero enaquellos momentos á causa de la aridez del mistral que no cesaba desoplar. Doble suplicio que desgarraba á la transparente criatura.Viviendo en una zona acariciada por el contacto del mar, la desdichadaumbrela no se reviste de una epidermis resistente, como nosotros,animales terrestres; de suerte que recibe los golpes en lo vivo.

Cerca de su enjuta laguna había otras lagunas repletas y que secomunicaban con el mar: la salvación estaba á dos pasos. Mas, para ellaque sólo se mueve con el auxilio de sus ondulantes cabellos, esos dospasos eran una barrera infranqueable.

Expuesta á los rayos de aquel solabrasador, era de creer que no tardaría en quedar disuelta, absorbida,evaporada.

Nada más efímero, más fugitivo que esas hijas de los mares.

Las hay másflúidas, por ejemplo, la tenue faja azur nombrada cinturón de Venus,la cual apenas salida del agua se evapora y desaparece. Un poco másconsistente la medusa, es más dura en el morir.

¿Estaba la mía muerta ó moribunda? Cuéstame mucho trabajo creer en lamuerte; así, pues, sostuve que estaba viva. De todos modos poco costabasacarla de aquel suplicio y echarla á la laguna del lado. Si he de serfranco, diré que experimentaba cierta repugnancia en tocarla. Ladeliciosa criatura con su inocencia visible y el iris de sus suavescolores asemejábase á un copo de nieve tiritante, resbaladizo y que seescurre.

Desechando, pues, toda repugnancia, deslicé la mano por debajoy levanté cuidadosamente el cuerpo inmóvil, del que cayó la cabellera,tomando la posición natural que conserva cuando nada. En esta postura lacoloqué en la charca inmediata, donde se sumergió sin dar el más pequeñoindicio de vida.

Hecho esto, comencé á pasear orillas del mar, mas, transcurridos diezminutos, fuí á ver mi medusa, la cual ondulaba á merced del viento,movíase y volvía á ponerse á flote. Con una gracia peculiar, suscabellos, que la servían de nadaderas, alejábanla suavemente de la roca.Verdad es que no adelantaba mucho en su camino, pero adelantaba, y alpoco rato vila bastante lejos.

Sin duda no hubiera tardado mucho en zozobrar por segunda vez, pues noes posible navegar con medios más débiles y de una manera más peligrosaque lo hacen esos seres. Mucho temen la playa, donde hay tantos objetosduros que las hieren, y en pleno mar á cada momento el viento lasvoltea. En este caso, como sus cabellos-nadaderas permanecen encima,flotan á la ventura, presa de los peces y con gran contento de las avesmarinas que se divierten arrancándolas de su elemento.

Durante toda una estación pasada á orillas del Gironde, veíalas,empujadas fatalmente por el canalizo, ser arrojadas á la costa ácentenares, y secarse allí míseramente. Estas eran grandes, blancas, muylindas al llegar, como arañas de cristal con ricas girándulas, y en lasque los rayos del sol producían tan variados matices que brillaban cualsi fuesen pedrerías. ¡Ay!

¡qué diferencia al cabo de dos días!Afortunadamente que la arena se hundía y las enterraba.

Las pobres, sirven de pasto á todo el mundo, mientras que para sípropias no tienen otro alimento que la vida poco orgánica, vaga aún, losátomos flotantes del mar. Ellas los entorpecen, los eterizan, pordecirlo así, y los chupan sin hacerles sufrir. Carecen de dientes: noestán armadas, ni tienen ninguna defensa. Sólo algunas especies (y notodas, dice Forbes), pueden, cuando se les ataca, secretar un licoralgo picante, como la ortiga. Sensación tan débil, por otro lado, que notuvo reparo Dicquemare en recibirlo en un ojo, sin que le produjesemalos resultados.

He aquí una criatura apenas garantida, que vive al acaso; y eso que essuperior. Tiene sentidos, y á juzgar por sus contracciones, unasusceptibilidad notable de sufrimiento. No se puede, cual acontece conel pólipo, dividirla impunemente: en este caso el pólipo se dobla, masella muere. Gelatinosa como aquél, parece un embrión, pero el embriónsalido demasiado aprisa del seno del mar común, extraído de la basesólida, de la asociación que constituyó la seguridad del pólipo, ylanzado á la ventura.

¿Por qué ha emprendido la marcha? ¡Imprudente! ¿Cómo sin vela, remo nitimón, se aventuró á dejar el puerto? ¿Cuál es su punto de partida?

En 1750 Ellis vió surgir una medusita sobre un pólipo, y en nuestrosdías, varios observadores han visto y por lo tanto la cuestión estájuzgada, que es una forma de pólipo, salida de la asociación. La medusa,hablando llanamente, es un pólipo emancipado.

¿A qué sorprendernos? dice perfectamente el discreto M.

Forbes, que hadedicado tantas vigilias á su estudio. Esto es sólo un indicio de que átal grado el animal sigue aún la ley vegetal.

Del árbol, ser colectivo,sale el individuo, el fruto que se desprende, cuyo fruto formará otroárbol. Un peral es como una especie de pólipo vegetal, en que la pera(individuo libre) puede darnos otro peral.

Lo mismo (prosigue Forbes) que el tallo de una planta que iba á cubrirsede hojas se detiene en su desarrollo, se contrae, conviértese en órganoamoroso, esto es, en flor, el polípero, contrayendo algunos de suspólipos, transformando sus estómagos contraídos, hace la placenta, loshuevos de donde sale su flor movible, la tierna y graciosa medusa.( Ann. of the Nat.

hist., t. 14, 387)

Hubiérase podido adivinarlo al ver su gracia indecisa, esa debilidaddesarmada que nada teme, que se embarca sin instrumentos náuticos,demasiado confiarla en su propia existencia: es el primero y conmovedorrayo de luz del alma nueva, salido, indefenso, de las seguridades de lavida común, probando tener vida propia, obrar y sufrir por sucuenta—blando bosquejo de la Naturaleza libre,—embrión de la libertad.

Ser uno mismo, ser por sí solo un mundito completo, ¡gran tentación paratodos! ¡Seducción universal! ¡Bonita locura que constituye el esfuerzo yel progreso todo del mundo! Mas, en sus primeros ensayos ¡quéinjustificada parece! Diríase que la medusa ha sido creada parazozobrar.

Cargada por encima, mal afirmada por debajo, está construida al revés dela fisalía, su parienta. Esta, sólo mantiene fuera del agua un glóbulo,una vejiga insumergible, dejando arrastrar por el fondo sus prolongadostentáculos, extremadamente largos (veinte ó más pies), que la afirman,barren el mar, entorpeciendo á los peces con sus golpes, de los que hacepresa. Ágil ó indolente, hinchando su globo nacarado y matizado de azuly púrpura, arroja por medio de sus dilatados cabellos de un azursiniestro, cierto veneno sutil que abate cuanto toca.

Aunque menos temibles, tampoco perecen los velelos, los cuales tienen laforma de almadía. Su pequeño organismo es algo sólido; y saben navegar,voltear al viento su vela oblicua. Las porpitas, que parecen una flor,una margarita, tienen en su favor la ligereza, flotando aún después demuertas. Otro tanto sucede con innumerables seres fantásticos y casiaéreos, guirnaldas con campanillas de oro ó guirnaldas de botones derosa (fisóforo, estefanomia, etc.), cinturones azurados de Venus. Todosestos seres andan y sobrenadan invenciblemente, no temiendo más que á latierra; engólfanse bogando en el Grande Océano, y por enmarañado queesté, allí encuentran su salvación. Las porpitas y los velelos tienentan poco temor al Océano que, pudiendo sobrenadar siempre que lesplazca, hacen esfuerzos para hundirse, y cuando se desencadena laborrasca, escóndense en las profundidades del mar.

No acontece lo mismo con la pobre medusa, que ha de resguardarse de laplaya al mismo tiempo que de la tempestad.

Podría hacerse pesada ávoluntad y bajar, mas, le está prohibido el abismo; sólo vive á lasuperficie, en plena luz, rodeada de peligros. Ve, oye, y tiene muydelicado el tacto, demasiado delicado por desdicha suya. No le es dadoguiarse por sí misma: sus más tenues órganos la sobrecargan y confacilidad hácenla perder el equilibrio.

Así, pues, nos dan tentaciones de creer que se arrepiente de un ensayode libertad tan peligroso y que echa de menos el estado inferior, laseguridad de la vida común. El polípero produjo la medusa, y ésta haceel polípero volviendo á la asociación. Mas esa vida vegetativa es tanengorrosa, que á la siguiente generación vuelve á emanciparse y lánzaseotra vez al acaso de su inútil navegación. Extraña alternativa, en laque flota eternamente. Movible, sueña con el reposo; inerte, se desvivepor moverse.

Estas metamorfosis tan originales, que subsecuentemente elevan y rebajanal ser indeciso, haciéndolo alternar entre dos vidas tan distintas, es,con toda verosimilitud, condición de las especies inferiores, de lasmedusas que todavía no han podido penetrar en la carrera irrevocable dela emancipación. Por lo que toca á los demás, fácil sería creer que susdeliciosas variedades marcan progresos interiores de vida, grados dedesarrollo, los juegos, las gracias y las sonrisas de la nueva libertad.Esta, admirable artista, sobre el sencillo tema de disco ó umbrela queflota, cual tenue araña de cristal que relumbra á los rayos del sol, haformado una creación infinita de lindas variantes, un diluvio depequeñas maravillas.

Todas estas preciosidades, unas tras otras, flotando sobre el verdeespejo, adornadas de colores alegres y suaves, con una coqueteríainfantil que sólo ellas poseen, han preocupado á los hombrescientíficos, que para darles un nombre tuvieron que recurrir á lasreinas de la Historia y á las diosas de la Mitología.

Esta es laondulante Berenice cuya rica cabellera al arrastrarse por las ondasconstituye otra onda; aquélla la pequeña Oritia, esposa de Eolo, que, alsoplo de su compañero, pasea su urna blanca y pura, incierta, apenasafirmada por el delicado enredo de sus cabellos, que con frecuenciaenlaza por debajo; más allá, Dionea, la llorona, parece una copa dealabastro que deja desbordar, en hilos cristalinos, espléndidaslágrimas. De esta suerte he visto en Suiza esparcirse cascadas fatigadasy perezosas, que, habiendo dado muchos rodeos, parecían rendidas desueño, de languidez.

En el grandioso cuadro de luminarias que despliega el mar en las nochesborrascosas, la medusa desempeña un papel aparte.

Sumida como tantosotros seres en el fósforo eléctrico de que están penetrados todos, lodevuelve á su modo con una gracia personal.

¡Cuán sombría es la noche en el mar si no lo alumbra ese fósforo! ¡Quévastas y temibles esas tinieblas! En tierra la sombra no es tan obscura;se reconoce uno á la variedad de los objetos que toca ó cuyas formas sepresienten y que aparecen como una señal. Mas, la dilatada nochemarítima, ¡una negrura infinita! ¡Nada, siempre nada!... ¡Mil peligrosposibles, desconocidos!

Se presiente todo esto si se vive en la playa, junto al mar, y ocasionano poca alegría cuando, cargado el aire de electricidad, se descubre álo lejos una tenue cinta de fuego. ¿Qué significa aquello? Lo hemosvisto en nuestra propia casa al contemplar algunos peces muertos, porejemplo los arenques. Empero vivos en grandes masas, y en las enormesestelas viscosas que dejan tras de sí, aún es más luminoso. Ese brillono es de ningún modo privilegio de la muerte. ¿Acaso será efecto delcalor? No, existe en los dos polos, en los mares Antárticos y en los dela Siberia así como en nuestros mares y en todos.

Es la electricidad común que despiden en tiempo borracoso esas aguassemi-vivientes, inocente y pacífico rayo de que son conductoresinocentes todos los seres marinos. Lo aspiran y espiran, restituyéndolocon largueza al morir. El mar lo da y vuelve á tomarlo. A lo largo delas costas y de los estrechos, los estregones y remolinos le hacencircular poderosamente. Cada ser toma una parte, más ó menos grande,según su naturaleza.

Aquí, inmensas superficies de pacíficos infusoriosforman una especie de mar lácteo, de suave y blanca luz, que, animándosepor momentos, se vuelve de un color azufrado encendido; allá, conos deluces van haciendo piruetas sobre sí mismos ó rodando en forma de balasrojas. Prodúcese un gran disco de fuego (pirosoma), que, empezando porel color opalino, vuélvese verde un instante, luego se irrita,trocándose en rojo y naranjado para terminar en azur. Tales metamorfosistienen cierta regularidad que indicaría una función natural, lacontracción y dilatación de un ser que atiza el fuego.

Sin embargo, serpientes inflamadas agítanse en el horizonte en unagrande extensión (en ocasiones veinticinco ó treinta leguas).

Losbíforos y las salpas, seres transparentes que atraviesan el mar y elfósforo, dan ese espectáculo serpentiforme. Sorprendente asociación queorigina tan desenfrenadas danzas, y luego se separa. Una vez separados,sus miembros libres producen otros pequeñuelos asimismo libres, que á suturno engendrarán repúblicas danzantes, las cuales renovarán en el maraquella bacanal de fuego.

Grandes masas más pacíficas pasean sobre las ondas innumerables luces.Los velelos iluminan al llegar la noche sus barquillas; las beroes seostentan triunfantes como llamas; empero ninguna luz tan espléndida comola de nuestras medusas.

¿Es sólo puro efecto físico, como el que haceserpentear las salpas inyectadas de fuego? ¿Es un acto de aspiración,como hacen presumir otros seres? ¿O es únicamente capricho, como entretantas criaturillas que se divierten con las chispas de una vana óinconstante alegría? No, las nobles y deliciosas medusas (tales como laOceánica coronada y la encantadora Dionea), parecen expresar gravesideas. Debajo de ellas sus luminosos cabellos, semejantes á una sombríalámpara de noche, lanzan misteriosos rayos de esmeralda y otros coloresque, relumbrando ó palideciendo, revelan un sentimiento y ciertomisterio inexplicable. Diríase el espíritu del abismo meditando sussecretos; el alma que llega ó la que algún día debe vivir. ¿O

acasodebemos ver en ello el melancólico ensueño de un destino imposible quenunca ha de alcanzar el término apetecido? ¿O el llamamiento á la dichade amor, único consuelo que en este mundo nos queda?

Sabido es que, en la tierra, ese fuego es para nuestras luciolas laseñal, la declaración de la amante que se da á conocer, indica su moraday se traiciona á sí misma. ¿Tiene igual sentido entre las medusas? Seignora. Lo positivo es que vierten juntas su llama y su vida. La saviafecunda y virtud genésica de ellas, están contenidas en esto, y á cadadestello se escapa y disminuye.

Si se desea el cruel entretenimiento de redoblar ese cuento de hadas, nohay más que exponerlas al calor. Entonces se exasperan, centellean y sevuelven tan hermosas, tan hermosas...

que todo concluye. Llama, amor yvida acaban de evaporarse, todo desaparece á un tiempo.

VII

El picapedrero.

Cuando el bueno del doctor Livingstone penetró por entre las míserastribus del Africa que, trabajosamente, se defienden de los traficantesen carne humana y de los leones, como las mujeres le viesen armado detodas las artes protectoras de la Europa, invocándole, no sin justicia,como una providencia amiga, decíanle esta conmovedora frase:«¡Procuradnos el sueño!»

Esta es la súplica que todo ser vivo, cada uno en su lengua, dirige á lamadre Naturaleza. Del primero al último desean y sueñan con laseguridad; y esto no ofrece ningún género de duda al ver los ingeniososesfuerzos que todos hacen por obtenerla.

Dichos esfuerzos han creado lasartes, no habiendo inventado ni una sola el hombre sin apercibirse deque los animales habíanla inventado antes que él, inspirados por elinstinto, tan grande y notable, que poseen de salvación.

Sufren, están atemorizados y quieren vivir. No es dado creer que losseres poco avanzados, embrionarios, sean casi sensibles: muy alcontrario. En todo embrión, lo primero bosquejado es el sistemanervioso, es decir, la capacidad de percepción y de sufrimiento. Eldolor es el aguijón por medio del cual se estimula poco á poco laprevisión, empujando, forzando al ser á ingeniarse. El placer tambiénsirve para el caso, y notáislo ya en los que se supondrían más fríos.Precisamente hase observado en el caracol la sensación que experimenta,después de penosas investigaciones de amor, al encontrarse con el objetoamado.

Macho y hembra, con una gracia conmovedora, ondulando suspescuezos de cisne, se prodigan mutuas caricias. ¿Y quién afirma esto?El severo, el muy verídico Blainville. ( Moll., p.

181).

Mas, ¡ay! ¡cuán ampliamente se prodiga el dolor! ¿Quién no ha visto contristeza los lentos y penosos esfuerzos del molusco sin concha que searrastra sobre el estómago? Chocante, pero fiel imagen del feto que unacruel casualidad hubiese arrancado del vientre de la madre y arrojadopor los suelos indefenso y desnudo. La triste bestiezuela condensa supiel tanto como puede, dulcifica las asperezas y da suavidad al caminoque recorre. No importa. Es preciso que experimente uno tras otro todoslos obstáculos, los choques, las puntas aceradas de los guijarros;convengo en que esté endurecida, resignada, mas, con todo, á sucontacto, se retuerce, se contrae, dando señales de una gransensibilidad.

A pesar de todo, la grande Alma de armonía, que es la unidad del mundo,ama; ama, y por la alternativa de placer y dolor cultiva todos los seresy les obliga á subir.

Empero para subir, para pasar á un grado superior, preciso es que hayanapurado cuantas pruebas, más ó menos penosas, contiene el inferior,todos los estimulantes de inventiva y arte de instinto. Y aun es precisoque hayan exagerado su genio y hayan hallado el exceso que, porcontraste, hace sentir la necesidad de un género opuesto. Así seconstituye el progreso por una como oscilación entre las cualidadescontrarias que, sucesivamente, se desprenden y se encarnan en la vida.

Traduzcamos esas cosas divinas al lenguaje humano, familiar, indigno desu grandeza, mas por el cual serán conocidas: Habiéndose complacido la Naturaleza por mucho tiempo en hacer y deshacerla medusa, en variar hasta lo infinito ese tema gracioso de la libertadnaciente, cierta mañana, golpeándose la frente, se dijo: «He hecho unacabeza. Esto es delicioso, mas olvidé asegurar la vida de la pobrecriatura, y tan sólo podrá subsistir por lo infinito de su número, porel exceso de su fecundidad. Ahora me hace falta un ser más prudente yresguardado. Si es preciso, que sea tímido; empero, sobre todo (loquiero), ¡que viva!»

Desde el momento que aparecieron esos tímidos, se echaron en brazos dela prudencia hasta un límite desconocido; huyeron de la luz del día,encerráronse. Para librarse de los contactos duros, secos, cortantes dela piedra, emplearon el sistema universal, la muda, secretando de sumuda gelatinosa un envoltorio, un tubo que va dilatándose á la par quese dilata su carrera. Mísero expediente que mantiene á esos menores (lostaretos) alejados de la luz y del aire libre, causándoles un dispendioenorme de sustancia. Cada paso que dan les cuesta lo que no es decible,el gasto entero de una casa. Un ser que de tal suerte se arruina paravivir, sólo puede vegetar, y es incapaz de progreso.

No es mucho mejor el recurso de amortajarse un momento, esconderse en laarena durante la baja mar, remontando cuando se presenta el flujo. Es loque practican los solenos. Vida variable, incierta, fugitiva dos vecesal día y de constante inquietud.

Entre seres mucho más inferiores había empezado á despuntar cierta cosa,obscura todavía, y que á la larga debía cambiar la faz del Universo. Lassimples estrellas marinas, en sus cinco rayos tenían ciertosustentáculo, algo como una armazón de piezas articuladas, algunasespinas por afuera, chupaderas que adelantan y retroceden á voluntad. Unanimal asaz modesto, aunque tímido y serio, hase aprovechado, al parecerde tan grosero bosquejo.

Opino que ha hablado de esta suerte á laNaturaleza:

«Nací sin ambición: no pido, pues, los brillantes dones de los señoresmoluscos; no fabricaré ni nácar ni perla; no quiero colores vivos, lujoque atraería sobre mí las miradas de los demás. Menos deseo la gracia devuestras casquivanas medusas, ni el ondulante encanto de sus cabellosinflamados que atraen, las crean enemigos y las ayudan á naufragar. ¡Ohmadre! sólo deseo una cosa, ser... ser uno, y sin apéndices externos ycomprometedores—ser rechoncho, fuerte en mí mismo, redondo, pues es laforma más á propósito para podernos librar de las garras de losdemás,—el ser, en fin, centralizado.

»Apenas poseo el instinto de los viajes. De la plea á la baja mar,bastante hacemos con ir rodando. Pegado estrictamente en mi roca,resolveré allí el problema que vuestro futuro favorito, el hombre, debebuscar en vano, el problema de la seguridad: excluir estrictamente elenemigo, al paso que recibimos al amigo, sobre todo el agua, el aire yla luz. No ignoro que esto me costará no poco trabajo, un esfuerzoconstante; cubierto de espinas movibles, me haré temer. Erizado, solocomo un misántropo, llamaráseme el esquino

¡Cuan superior á los pólipos es ese discreto animal, los cuales pegadosen su propia piedra que forman de pura secreción, sin trabajo real,carecen, no obstante, de seguridad! ¡Y cuán superior parece á sus mismossuperiores, esto es, á tantos y tantos moluscos cuyos sentidos son másvariados, empero carecen de la fija unidad de su bosquejo vertebral, desu perseverante trabajo, y de las ingeniosas herramientas que dichotrabajo ha inventado!

Lo maravilloso es que, siendo á la vez él mismo, la pobre bola rodaderaque se supone una castaña espinosa, es uno y es múltiple; es fijo y esmovible; constando de dos mil cuatrocientas piezas que se desmontan ávoluntad.

Veamos cómo se creó.

Erase un angosto ancón del mar de Bretaña. No tenía allí un blando lechode pólipos y de algas como los esquinos del mar de las Indias, que estándispensados de industria. Encontrábase frente á frente del peligro, delas dificultades, como el Ulises de la Odisea, el cual, arrojado, traídopor el oleaje, prueba de agarrarse á las rocas con sus uñasensangrentadas. Cada flujo y reflujo era para el pequeño Ulises sinónimode una gran borrasca; mas, su fuerza de voluntad, su poderoso deseo lehizo besar de tal suerte la roca, que ese continuado beso creó unaventosa, la cual hizo el vacío y lo unió á la roca misma.

La cosa no paró aquí: de sus espinas que escarbaban y querían agarrarse,se subdividió una, convirtiéndose en triple pinza, verdadera áncora desalvación que secundaría á la ventosa si ésta se aplicaba mal á unasuperficie poco lisa.

Cuando hubo pellizcado, aspirado poderosamente su roca, sintióseafirmado, comprendiendo más y más cada vez, que era ventajosísimo paraél si, de convexa que aquélla era, llegaba á trocarla en cóncava,fabricando á su medida un agujerito, haciéndose un nido, pues lajuventud pasa y nos abandonan las fuerzas. ¡Qué dulzura si algún día eljubilado esquino podía desprenderse un tanto del esfuerzo de aquellaáncora que prosigue día y noche!

Así pues, empezó á cavar: ésta es su existencia. Fabricado de piezassueltas, obra por medio de cinco espinas que, empujando siempre á untiempo, se soldaron y constituyeron un pico admirable para horadar.

Este pico, con cinco dientes del más precioso esmalte, está sostenidopor una armazón delicada, aunque muy sólida, formada de cuarenta piezas,las cuales se deslizan por una especie de vaina, salen, penetran; enfin, su mecanismo es perfecto. Por medio de esa elasticidad evitan loschoques violentos; más aún, repáranse si sobreviene algún accidente.

Ese héroe del trabajo, raras veces esculpe en la piedra común quedesprecia, sino en la roca, en el granito; y cuanto más dura yresistente es la roca, más firme se halla. Por otra parte, ¿quién leapura? El tiempo le sobra, es dueño de los siglos. Si mañana fenece,después de usar su vida y su herramienta, otro ocupa su lugar, yprosigue la obra comenzada. Esos solitarios se comunican muy poco envida, empero existe la fraternidad para ellos por la muerte, y el jovenque sobreviene y encuentra la obra medio acabada, goza de las fatigas desu antecesor bendiciendo su memoria.

No creáis que se trate de golpear y sólo golpear. Su trabajo es un arte.Cuando ha atacado suficientemente el cimiento que une la roca yexcavándola bien, muerde sus asperezas como con unas tenacillas, ydesarraiga el sílex. Obra de mucha paciencia, que implica dilatadashuelgas para que el agua obre también en los sitios descarnados.Entonces, de la primera capa puede pasarse á la segunda, y por medio deprocedimientos lentos y seguros, terminar la tarea.

En esa vida uniforme hay, sin embargo, las mismas crisis que en la delobrero. El mar huye de ciertas playas; en el verano, tal ó cual roca secaldea de un modo insoportable. Es preciso, pues, tener dos casas, unade estío y otra de invierno.

Grande acontecimiento semejante mudanza para ser sin pies y que ostentapúas por doquiera. M. Caillaud halo observado y admirado en talesmomentos. Las débiles y movibles varillas que juegan, se adelantan yretroceden, no son insensibles, aunque garantice hasta cierto punto lasecreción á su derredor de una cantidad de blanda gelatina que, sinduda, constituye un colchón.

Por fin, es preciso; se lanza, se afirmasobre sus púas, como sobre otras tantas muletas, rueda su tonel deDiógenes y, como puede, llega á puerto.

Encerrado allí de nuevo y en su cáscara erizada, en el pequeño nido quecasi siempre encuentra empezado, concéntrase en sí mismo, en su regocijosolitario de seguridad benéfica. Que ronden mil enemigos por afuera, quelas olas truenen ó mujan, todo esto le sirve de recreo. Si tiembla laroca á los embates del mar, sabe perfectamente que nada tiene que temer,que la que causa aquel ruido es su bondadosa nodriza. Encuéntrasemecido, le vence el sueño y dícela: Buenas noches.

VIII

Conchas, nácar, perla.

El esquino ha asentado el límite del genio defensivo. Su coraza, ó si sequiere, su fortaleza de piezas movibles, retráctiles y reparables encaso de accidente, esa fortaleza, aplicada y anclada invenciblemente ála roca, y más aún á la roca socavada que forma como un muro, de suerteque el enemigo no encuentre punto vulnerable para volar la ciudadela, esun sistema completo imposible

de

sobrepujar.

No

hay

concha

que

puedacomparársele, y mucho menos las obras de la humana industria.

Es el esquino la última palabra de los seres circulares y radiantes:él representa su triunfo, su más completo desarrollo.

Pocas variantestiene el círculo; es la forma absoluta. En el globo del esquino, tansencillo á la par que complicado, alcanza una perfección que termina elprimer mundo.

La belleza del mundo que sigue será la armonía de las formas dobles, suequilibrio, la gracia de su oscilación. De los moluscos al hombre, todoser está formado de dos mitades asociadas. En cada animal se encuentra(mejor que la unidad) la unión.