El Mar by Jules Michelet - HTML preview

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En el libro de Maury, el rasgo de ingenio, en mi opinión, es haberdicho: «El agente más aparente de la circulación marítima, el calor, nosería bastante. Hay otro no menos importante ó más que aquél: la sal.»

Esta abunda de tal suerte en el mar, que si toda la que contiene seaglomerara en América, la cubriría por entero formando una montaña de4,500 pies de altura.

La salobridad del mar, sin variar gran cosa, sin embargo, aumenta ódisminuye según las localidades, las corrientes, la proximidad delEcuador ó de los polos. Desalado ó saladísimo, por esta misma causaofrécese el mar pesado ó ligero, más ó menos movible. Esa mezclacontinua, con sus variaciones, hace correr el agua con más ó menosrapidez, es decir, produce corrientes—corrientes horizontales en elseno del mar—y corrientes verticales del mar de las aguas al maraéreo.

El francés M. Lartigue ha puesto en evidencia ingeniosamente varioslunares é inexactitudes que presenta la geografía de Maury. ( Analesmarítimos). Empero el autor americano, precavido en esto, no trata deocultar lo que piensa respecto á lo incompleto de su ciencia, declarandoque en ciertos puntos no le ha sido dado valerse más que de hipótesis.Otras veces parece que titubea, preséntase soñador, inquieto. Su libro,escrito lealmente y de buena fe, deja vislumbrar fácilmente el combateinterior á que se entregan dos espíritus: el literalismo bíblico, quehace del mar una cosa, creada por Dios de una sola vez, una máquina quese mueve al impulso de su mano,—y el sentimiento moderno, la simpatíade la Naturaleza, para quien el mar es un ser animado, una fuerza vitaly casi persona, donde el alma amante del Universo crea de continuo.

Curioso

es

ver

al

autor

del

libro

en

cuestión,

aproximarsepaulatinamente hacia este último punto de vista por una pendienteinvencible. Mientras le es posible, explica los efectos mecánica,físicamente (por el peso, calor, densidad, etc.).

Mas, esto no basta. Enciertos casos añade tal ó cual atracción molecular ó acción magnética.Tampoco es bastante esto.

Entonces recurre francamente á las leyesfisiológicas que gobiernan la vida, dando al mar pulso, arterias yhasta corazón.

¿Esto por mera fórmula de lenguaje, ú obra así poremplear un símil? No por cierto. Tiene (y ahí está el genio del autor),tiene en sí un sentimiento imperioso, invencible de la personalidad delmar.

Este es el secreto de su poder, esto es lo que arrebató á los hombres deciencia. Antes de él, el mar sólo constituía una cosa á los ojos delsinnúmero de marinos que se deslizaban por sus aguas; gracias á Maury,hoy se le considera persona: todos le reconocen por un exaltado yformidable amigo á quien adoran y quisieran domar.

El norteamericano está enamoradísimo del mar. Sin embargo, á cadamomento se contiene y se para, temiendo traspasar el límite que se hapropuesto. Al igual que Swammerdam, Bonnet y tantos otros sabiosilustres de sentimientos religiosos, teme que, explicando demasiado laNaturaleza, se perjudique á Dios.

Timidez no muy razonable. Cuanto másen evidencia se pone la vida, más se demuestra el poder de la grandeAlma, adorable unidad de los seres por la que se engendran y crean.¿Dónde estaría el peligro si se encontraba que el mar, en su aspiraciónconstante á la existencia orgánica, es la forma más enérgica del eternoDeseo que en un principio evoco el globo en que vivirnos y se reproduceconstantemente en él?

Ese mar salado como la sangre, que tiene circulación, pulso y corazón(así llama Maury al Ecuador) donde renueva sus dos sangres; un ser queposee todo esto, ¿es seguro que sea una cosa, un elemento inorgánico?

He aquí un gran reloj, una gran máquina á vapor que imita exactamente elmovimiento de las fuerzas vitales. ¿Es esto un juego de la Naturaleza?¿O bien debemos creer que existe en esas masas una mezcla deanimalidad?

Un hecho enorme, que establece, si bien secundariamente y sólo deperfil, es que lo infinito que se sustenta del mar, los miles demillones de seres que hace y deshace incesantemente, absorben la lechede la vida, la espuma mezclada con sus aguas, quitándoles sus diversassales que los constituyen á ellos y á sus conchas, etc., etc. Por estemedio truecan el agua en desalada y más ligera, si bien movible ycorriente. En los poderosos laboratorios de organización animal, talescomo el del mar de las Indias y el del mar de Coral, esa fuerza, menosvisible en otros sitios, se aparece como es: inmensa.

«Cada uno de esos imperceptibles—dice Maury,—cambia el equilibrio delOcéano; todos le armonizan y son sus compensadores.»—¿Con esto estádicho todo? ¿Acaso no serían esos motores esenciales los que han creadolas grandes corrientes y puesto en movimiento la máquina? ¿Quién sabe siese circulus vital de la animalidad marina no es la rueda motora detodo el circulus físico; si el mar animalizado no da la oscilacióneterna al mar animalizable, por organizar aún, si bien sólo aguarda laocasión de serlo fermentando de vida cercana?

VI

Las tempestades.

«El mar experimenta de vez en cuando conmociones que parecen tener porobjeto asegurar las épocas de sus trabajos.

Tales fenómenos puedenconsiderarse como los espasmos del mar.» (Maury).

El ilustre autor se refiere especialmente á los bruscos movimientos queal parecer proceden de debajo, y que en los mares asiáticos equivalen áverdaderas tempestades. Diversas son las causas que les señala: 1.º Elencuentro violento de dos mareas, de dos corrientes; 2.º La súbitasuperabundancia de aguas pluviales en la superficie; 3.º La ruptura yrápido derretimiento de los hielos, etc. Otros añaden la hipótesis delos movimientos eléctricos, las conmociones volcánicas, que puedensobrevenir en el fondo.

Es, con todo, verosímil que el fondo y la gran masa acuática sean asazpacíficos; de lo contrario, el mar no sería apto para llenar su granfunción de madre y nodriza de los seres. Maury le llama, no recuerdodónde, un gran criadero. Un mundo de seres delicados, más frágiles quelos de la tierra, son mecidos, amamantados con sus aguas. Esto da unaidea muy apacible de su interior, y mueve á creer que no son frecuentesen él las agitaciones violentas.

Por naturaleza el mar suele ser puntual, estando sometido á grandesmovimientos uniformes, periódicos. Las tempestades son pasajerasviolencias que le promueven los vientos, las fuerzas eléctricas óciertas crisis violentas de evaporación. Estos accidentes se verificanen la superficie, no revelando de ningún modo la verdadera, lamisteriosa personalidad del mar.

Juzgar de un temperamento humano por algunos excesos de fiebre, seríauna insensatez. Y con más razón seríalo juzgar el mar por susmovimientos momentáneos, externos, que, al parecer, sólo afectan á capasde algunos centenares de pies.

Donde el mar es profundo, su vida está equilibrada, perfectamentecontrapesada, tranquila y fecunda, enteramente entregada á susreproducciones. No siente los pequeños accidentes que sólo ocurrenarriba. Las grandes legiones de sus hijos que viven (á pesar de cuantose ha dicho) en el fondo de su tranquila noche y no suben más que unavez al año, á lo sumo, hacia la luz y las tempestades, deben adorar á sugran nodriza como la verdadera armonía.

Sea como fuere, esos accidentes interesan en alto grado á la vida delhombre para que no ponga el mayor cuidado en observarlos. No es esto muyfácil, pues no sabe conservar su serenidad de ánimo. Las más seriasdescripciones sólo nos dan rasgos vagos y generales, y muy poco de loque constituye la parte original de cada tempestad, de lo que laindividualiza como resultante imprevisto de mil circunstancias obscuras,imposibles de desembrollar. El observador colocado en sitio seguro y quecontempla desde la playa, ve indudablemente más claro, puesto que nadatiene que temer por su persona. Empero, ¿puede juzgar del conjunto lomismo que aquel que se encuentra en el centro del torbellino y goza portodos lados del sublime panorama?

Los profanos en el arte de navegar debemos á los marinos la atención deescuchar con gran benevolencia los hechos que relatan, como actores yvíctimas que han sido. Me ha disgustado siempre la ligereza escépticacon que los sabios de bufete suelen acoger lo que los marinos nos dicen,por ejemplo, de la altura de las olas. Búrlanse de los navegantes quelas hacen ascender á cien pies. Algunos ingenieros han creído podermedir una tempestad, y de sus cálculos resulta que el agua no se eleva ámás de veinte pies. Un excelente observador nos afirma, muy alcontrario, haber visto sin ningún género de duda, desde la playa y enlugar seguro, montones de olas más altas que las torres de NuestraSeñora de París y hasta que el mismo Montmartre.

Es evidente que se trata de cosas distintas: de ahí la contradicción. Sise refiriesen á lo que forma como el campo de la tempestad, su lechoinferior, si se quiere hablar de las largas filas de olas que ruedanalineadas guardando cierta regularidad en su furor, la opinión de losingenieros no puede ser más exacta.

Con sus crestas redondas y losvalles alternados que presentan una y otra vez, revientan á lo sumo á laaltura de veinte á veinticinco pies. Pero las olas que se entrechocan yno ruedan juntas se elevan mucho más: al topar adquieren una prodigiosafuerza de ascensión, se lanzan, y caen con una pesadez increíble, capazde maltratar, de hundir, de hacer trizas la embarcación. Nada tan pesadocomo el agua de mar. A esas olas en lucha, á esas espantosas montañas deagua se refieren los marinos, fenómenos cuya verdadera grandeza no esdado al hombre calcular.

Cierto día, no tempestuoso, sino un poco conmovido, en el cualpreludiaba el Océano por medio de agrestes alegrías, me encontrabatranquilamente sentado sobre un bello promontorio de unos ochenta pies.Entreteníame en ver el mar, en una línea de un cuarto de legua,asaltando mi roca, redondear la verde melena de su dilatada onda yempujarla como á la carrera. Azotaba con fuerza, haciendo retemblar elpromontorio: tenía el trueno bajo mis plantas. Mas, esa regularidad sedesmintió de repente. Ignoro qué ola del Oeste vino de través á herirtraidoramente mi gran ola que con la mayor regularidad llegaba delMediodía. En medio de ese conflicto, de improviso dejé de ver el sol;mi elevado promontorio fué invadido, no por un vapor erizado de espuma,sino por una enorme ola negra que, cayendo pesadamente sobre mí, meempapó de pies á cabeza. Allí hubiera querido ver á los señoresacadémicos é ingenieros que miden con tanta precisión los combates delOcéano.

Nadie debe, sentado en su bufete, poner en cuarentena con tal ligerezala veracidad de tanto hombre intrépido, encallecido por el trabajo yresignado, que ve con demasiada frecuencia la muerte á su lado paratener la pueril vanidad de exagerar sus peligros. Tampoco hay quecomparar las tranquilas narraciones de los navegantes de profesión quecorren las grandes vías trazadas, con las descripciones, á vecesconmovedoras, de los audaces descubridores que las visitaron por vezprimera, que señalaron, describieron los arrecifes, los escollos,atentos por ver de cerca y estudiar el peligro, al paso que el marinovulgar, el rutinario, trata de evitarlo. Los Cook, los Perron, losd'Urville y otros descubridores, corrieron peligros reales en las aguas,entonces apenas frecuentadas, del mar de Coral, de la Australia, etc.,obligados á afrontar de cerca bancos que cambian incesantemente desitio, corrientes contrariadas que se cruzan y producen horrorosasluchas interiores en los pasos estrechos.

«Sin tempestad, y sólo con el balance, soplando el viento directamentepor la popa, una ola de través produce tan fuerte sacudida, que lacampana del buque toca por sí sola, y si durase el balance con susfalsos movimientos, la embarcación sufriría averías y aun se iría ápique.

«En los ácoros del banco de las Agujas—añade d'Urville,—las olasllegaban á la altura de ochenta y hasta cien pies. Nunca había visto elmar tan enfurecido. Afortunadamente que esas olas sólo esparcían sobrenosotros el líquido de sus crestas, ó si no, la corbeta habría sidotragada... En tan terrible combate quedó inmóvil, no sabiendo á quiénobedecer. Los marineros que permanecían sobre cubierta, á cada momentoquedaban anegados. ¡Espantoso caos que duró cuatro horas y de noche...un siglo, lo bastante para hacer criar al pelo canas!...—

Así son lastempestades australes; tan terribles, que hasta en tierra los naturalesque las presienten se llenan de pavor y se esconden en sus cavernas.»

Por más interesantes y exactas que sean esas descripciones, no me sientocon ánimo para copiarlas. Ni mucho menos me atrevo á imaginar ó arreglarlo que no han visto mis ojos. Sólo referiré sucintamente las tempestadesque he presenciado: siquiera en éstas interpreté, á lo menos así locreo, los distintos caracteres que distinguen el Océano delMediterráneo.

En los seis meses que pasé á dos leguas de Génova, á orillas del mar máspintoresco del Universo y el más abrigado, en Nervi, sólo disfruté deuna pequeña tempestad de corta duración; mas, en tan poco tiempo, rabió con inusitada furia. No pudiendo contemplarla á mis anchas desdela ventana de mi vivienda, la abandoné y por callejuelas tortuosas entrealtos palazzi, aventuréme á dirigirme, no á la playa (ésta no existe),sino á una cornisa, de negras rocas volcánicas que orillan el mar,angosto sendero, el cual en ciertos puntos no tiene tres pies deanchura, y que, unas veces subiendo, bajando otras, desplomándose ámenudo sobre el mar, le domina á la altura de treinta y hasta cuarentay sesenta pies. La vista no podía fijarse á gran distancia.

Continuadostorbellinos

obstruían

la

visión.

Poco

se

vislumbraba, y ese poco teníasus límites y era espantoso. La aspereza, los ángulos frágiles de esacosta de guijarros, sus puntas y sus picos, sus entradas súbitas yabruptas, imponían á la tempestad saltos, botes, esfuerzos increíbles,torturas infernales.

Rechinaba de blanca espuma, pareciendo respondercon una sonrisa

execrable

á

la

ferocidad

de

las

lavas

quedesapiadadamente la rompían. Oíanse ruidos insensatos, absurdos; nada deseguido, sino truenos discordantes, silbidos tan ásperos como los de lasmáquinas de vapor, al extremo de tener uno que taparse los oídos.Aturdido de un espectáculo que entorpecía los sentidos, traté derecobrarme: apoyándome en un muro que se internaba y no hubieraconsentido que la furiosa me arrastrara, comprendí mejor aquellaalgarabía. Aspera y corta era la onda, y la dureza del combate se debíaá lo extraño de aquella costa, tan abruptamente cortada, á sus ánguloscrueles que apuntaban á la tempestad, desgarraban la ola. La cornisa pordebajo, á uno y otro costado, hundíala en sus profundidades atronadoras.

Los ojos quedaban heridos al igual del oído por el contraste diabólicode esa nieve deslumbradora azotando las negrísimas lavas.

En fin, en aquel momento comprendí que más culpa tenía la tierra que elmar en lo terrible del cuadro que acabo de pintar. Lo contrario sucedeen el Océano.

VII

La tempestad del mes de octubre de 1859.

La tempestad que he observado mejor es la que hizo estragos en el Oeste,el 24 y 25 de octubre de 1859, que se renovó con más furor y conimponente grandiosidad el viernes 28 del mismo mes, durando el 29, el 30y el 31, implacable, infatigable, seis días con sus noches, á excepciónde un corto intervalo.

Innumerables fueron las embarcaciones perdidas ennuestras costas occidentales. Antes y después, se experimentaron muygraves perturbaciones barométricas; los alambres del telégrafo quedaronrotos ó inservibles, interrumpidas las comunicaciones. Algunos añoscálidos habían precedido á esa tempestad, y después de ella hubo unagran variedad de tiempo, ya frío ya lluvioso. Y el presente año de 1860,hasta el día en que escribo estas líneas, está entregado á la obstinadaanegada de los vientos Oeste y Sur, que parece quieren traer sobrenosotros todas las lluvias del Atlántico y del grande Océano Austral.

Contemplaba esta tempestad de un sitio grato y apacible, cuya dulzura nodaba el más pequeño indicio de lo que iba á acontecer. Hablo delpuertecito de Saint-Georges, junto á Royan, en la desembocadura delGironde. Allí habían transcurrido cinco meses de mi existencia encompleta calma, sumido en la meditación, interrogando mi corazón, ybuscando responder al asunto que traté en 1859, asunto tan delicado, tangrave. El sitio, el libro, se mezclan agradablemente á mis recuerdos.¿Me habría sido posible escribirlo en otra parte? Lo ignoro. Lo quepuedo afirmar es que el perfume agreste del país, su severa suavidad,los olores de vivificante amargura que constituyen el encanto de susmatorrales, la flora de las landas, la de los méganos, mucho hancontribuido á dar animación al libro en cuestión, prestándole su sabor,que nunca desaparecerá.

Los moradores están en su sitio en medio de aquella naturaleza. No sonvulgares ni groseros. El campesino es grave, de rectas costumbres. Losmarineros son todos pilotos, pequeña tribu protestante librada del furorde las persecuciones religiosas.

Allí existe la honradez primitiva (sondesconocidos todavía en ese país los cerrojos); nada de ostentación.Obsérvase una modestia no acostumbrada entre los hombres de mar, ladiscreción y el tino que no siempre se encuentran en las clases máselevadas de la sociedad. Bien visto y apreciado de todos, tuve, sinembargo, el reposo y tranquilidad requeridos para trabajar á mis anchas.Esto hizo que me interesara más y más por aquellos hombres y suspeligros. Sin hablarles, todos los días les acompañaba con mis votos ensu oficio de héroes. El estado del tiempo me inquietaba, y confrecuencia me preguntaba al contemplar el paso peligroso, si el mar,durante largo tiempo terso y tranquilo, no se trocaría de repente enmontuoso y cruel.

Aquel sitio peligroso nada tiene de triste. Cada mañana desde mi ventanaveía enfrente las blancas lonas, ligeramente tintas por la aurora, de unsinnúmero de barcos mercantes que aguardaban la brisa favorable parapartir. Allí, el Gironde no tiene menos de tres leguas de ancho: tansolemne como los grandes ríos americanos, ostenta, sin embargo, laanimación de Burdeos.

Royan es un pueblecito de recreo adonde acudengentes de toda la Gascuña. Su bahía y la de Saint-Georges disfrutan delespectáculo gratuito que dan los marsuinos al entregarse alegremente ála caza de los bañistas en pleno río, zambulléndose y dando saltos fueradel agua hasta la altura de cinco ó seis pies.

Parece como que sabenperfectamente que en aquel país nadie se libra á la pesca; que en elsitio de combate, donde lo que preocupa al marinero es la dirección ysalvamento de su embarcación, nadie hace caso de lo que puede valer elaceite de un marsuino.

Añadid á esa alegría de las aguas la preciosa é incomparable armonía deambas riberas. Los pingües viñedos del Medoc se ostentan enfrente de lasmieses de la Saintonge, de su variada agricultura. El cielo no tiene labelleza fija, y á veces monótona, del Mediterráneo. El de ese país esmuy variable. Aguas saladas y dulces se elevan de las nubes iríseas,proyectando, sobre el espejo de donde proceden, extraños colores,verde-claro, rosado y violeta. Creaciones fantásticas, que pasan comouna exhalación para ser después más deplorada su pérdida, adornan lapuerta del Océano en forma de monumentos originales, atrevidas arcadas,puentes sublimes y á veces arcos triunfales.

Las dos playas semicirculares de Royan y de Saint-Georges, con su finaarena, constituyen para los pies delicados el más suave paseo, que seprolonga sin cansancio por el sendero de pinos que alegran la duna consu verdor. Los magníficos promontorios que separan esas playas y laslandas del interior, envían, aun á lo lejos, salutíferas emanaciones. Laque domina las dunas es un tanto medical, emanación suave de lassiemprevivas, donde parecen concentrarse todos los rayos solares y elcalor de las arenas. En las landas florecen las plantas amargas, con unencanto penetrante que desentumece el cerebro y revive el corazón. Allíse ostentan el tomillo y el sérpol, la mejorana amorosa, y la salviabendecida de nuestros padres por sus grandes virtudes. La menta que sabeá pimienta y, sobre todo, la clavellina silvestre, exhalan los finosperfumes de las especias de Oriente.

Parecíame que, en medio de aquellas landas, el canto de las aves teníamás armonía que en parte alguna. Nunca he visto una calandria como laque se posó en el mes de julio sobre el promontorio de Vallière. Animadadel espíritu de las flores, subía por el espacio, reflejando sobre suplumaje los rayos del sol poniente bajo el Océano. Su voz que venía detan alto (tal vez se encontraba á mil pies de tierra), á pesar de supotencia conservaba toda su modestia y dulzura. Al nido, al humildesurco, á los pequeñuelos que la contemplaban dirigía visiblemente sucanto agreste y sublime: hubiérase dicho que con su armonía se hacía laintérprete del espléndido sol, de la gloria do se cernía, sin orgullo, yque animaba á sus pequeñuelos diciéndoles: «¡Subid, hijitos míos!»

De todo esto, canto y perfumes, brisa suave y mar dulcificado por elagua del plácido río, fórmase una armonía infinitamente agradable,aunque sin grande ostentación. La luna parecíame luminosa sin despedirgran claridad, las estrellas muy visibles, pero poco brillantes. Unclima agradabilísimo, completamente humanizado, y que sería voluptuoso áno estar saturado de un no sé qué que da lugar á la reflexión, aleja dela mente los ensueños y nos vuelve á la realidad.

¿Cómo es esto? ¡Acaso se debe á las arenas movedizas, á las veleidosasdunas, á los calizos poco firmes y cubiertos de fósiles, que osadvierten la movilidad universal? ¿Es el recuerdo silencioso, pero noborrado, de las persecuciones protestantes?

La causa de aquel interioragreste débese más que á otra cosa á la solemnidad que reviste el país,á los continuados naufragios, á la proximidad de un mar terrible cualninguno.

Un gran misterio se verifica en aquel sitio solemne, un tratado, unenlace, empero enlace mucho más importante que cualquiera himeneo real.Enlace, es verdad, de conveniencia entre esposos poco adecuados. La damade las aguas del Suroeste, doblemente engrosada por el Tarn y elDordogne, empujada por sus violentos hermanos los torrentes de losPirineos, viene á ofrecerse (entiéndase que hablamos de la amable ysoberana Gironde) á su gigantesco esposo el viejo Océano. Empero enningún sitio éste es más áspero, más avinagrado. La triste barrera delodos del Charante, y luego la dilatada faja de arenas que le detienenpor espacio de cincuenta leguas, pónenle malhumorado. Cuando nodesencadena su cólera sobre Bayona y San Juan de Luz, azota la pobreGironde. No se desliza, como el Sena, abrigado por varias costas, sinoque va en línea recta al ilimitado Océano. Las más de las veces éste lerechaza, y entonces retrocede y se desparrama á derecha é izquierda,escondiéndose por los pantanos de la Saintonge y hasta bajo los viñedosdel Medoc, comunicando á sus vinos las cualidades de sobriedad yenfriamiento que constituyen el espíritu de sus aguas.

Ahora, figuraos el atrevimiento del hombre, que llega al punto delanzarse entre los esposos en el fragor de la lucha, para ir, montado enuna frágil barquilla, afrontando los golpes que se prodigan, en busca dela tímida embarcación detenida en la embocadura y no atreviendo áaventurarse. Ahí está el peligro que corre la vida de mis pilotos, vidamodesta, pero tan gloriosa cuando se encuentre un Homero que cante suOdisea.

Compréndese fácilmente que el viejo soberano de los naufragios, elantiguo atesorador de tantos bienes sumergidos, no sabe agradecer nipoco ni mucho á los indiscretos que se presentan á disputarle su presa.Si en ocasiones les deja obrar, suele también con frecuencia, maliciosoy cazurro como es, herirlos, vengarse, más contento de ahogar á unpiloto que de engullirse las embarcaciones.

Con todo, tiempo hacía que no se citaba ningún accidente marítimo. Elmuy cálido verano de 1859 no ofreció otro siniestro en aquellos parajesque una barca destrozada en el mes de junio.

Mas cierta agitacióninexplicable hacía prever alguna desdicha.

Llegaron septiembre yoctubre. La turbamulta de visitantes que sólo pide sonrisas al mar,habíase eclipsado. En cuanto á mí, allí me estaba, clavado á causa de miobra no terminada, á la par que por el singular atractivo que tienenesas estaciones intermedias.

Observábase la veleidad y rareza de vientos que pocas veces se ofrece:ejemplo, una brisa abrasadora del Este, una ráfaga huracanada procedenteconstantemente de la parte serena. En ocasiones, las noches erancalurosas (y más en septiembre que en agosto), sin poder nadie pegar losojos; agitadas, nerviosas; el pulso latía aceleradamente, estabaconmovido sin causa aparente, el temperamento hacíase desigual.

Un día que nos encontrábamos sentados en las pinadas, azotadas por elviento, aunque un tanto abrigadas por la luna, oímos una voz juvenil,extraordinariamente clara y penetrante, de un timbre muy acerado. Noobstante, era la voz de una casi niña, de perfil austero. Acertaba ápasar con su madre y cantaba con toda la fuerza de sus pulmones elrefrán de una antigua canción. Suplicámosla que se sentara y cantasetoda la canción.

Aquel poemita rústico expresaba á maravilla el doble espíritu de lacomarca. La Saintonge es un país agrícola, amante del hogar doméstico.Carece del ánimo aventurero de los vascos.

Pero, á pesar de sus gustossedentarios, se convierte en marítima lanzándose al acaso. ¿Por qué? Conharta claridad lo explica la leyenda.

La preciosa hija de un rey que se entretenía en lavar su ropa, imitandoen esto á la Nausicaa de la Odisea, deja que las aguas del mar leroben su sortija: el hijo de la costa se lanza al agua para recobrarla yse ahoga. Llora la joven y queda convertida en el romero de la playa,tan amargo y doloroso á la vez.

Esa balada de los naufragios, cantada en tan crítico momento y en mediode un bosque gimiendo por la inminencia de la tempestad, me conmovió,encantóme, empero vino á fortificar el presentimiento que me corroía elalma.

Podía estar seguro cada vez que iba á Royan, que la tempestad mesorprendería en el camino, á pesar de que el viaje sólo es de algunashoras. Desencadenábase sobre mí al llegar á los viñedos deSaint-Georges, y á la landa del promontorio que trepaba primero, yaumentaba su fuerza en la gran playa circular de Royan que yo seguía. Apesar de estar en el mes de octubre, la landa conservaba sus perfumesagrestes, que á cada instante me parecían más penetrantes. En laapacible playa, el viento, tibio y dulce, me azotaba el rostro, y con nomenos dulzura á pesar de lo sospechoso de sus caricias, el mar lamía mispies. Ni el uno ni el otro me engañaban, estando bien persuadido de laescena que preparaban.

Como preludio y después de veladas agradables, estallaban á mitad de lanoche espantosos ventarrones. Esto aconteció varias veces, en particularel 26: la noche de ese día empecé á temer que se preparaban grandesdesastres. Nuestros marinos se habían ausentado. En las dilatadasfluctuaciones de la crisis equinoccial se espera un poco; y, si lascosas se prolongan, el deber y el oficio discurren; se hace caso omisode todo, y uno se arriesga, salga lo que salga. Tuve, pues, elpresentimiento de una desgracia, y dije para mí: «Alguien perece.»

Y era la pura verdad.

Una embarcación de práctico, que á pesar de lo embravecido del mar habíasalido para librar del peligro del paso á un buque mercante, perdió unode sus hombres, y aun la embarcación estuvo á punto de zozobrar. Eldesgraciado dejaba tres hijos y su mujer embarazada. Y lo más sensibledel caso era que aquel hombre excelente, alentando en su pecho un amorgeneroso de que se dan muchos ejemplos entre los marinos, había tomadopor compañera á una joven inútil para el trabajo, pues accidentalmenteperdió varias falanges de los dedos. ¡Situación horrible la de estamujer inválida, en cinta y viuda!

Hízose una colecta, y yo llevé á Royan mi pequeño óbolo.

Encontré unpiloto que me habló de aquel suceso con sincero dolor. «Este es nuestrooficio, caballero: cuando el mar ruge con toda su fuerza, entoncesestamos obligados á salir.» El comisario de la marina, en cuyas manosestán los registros de los vivos y de los muertos, y que conoce mejorque nadie la suerte de esas familias, me pareció hallarse también muytriste é inquieto.

Todos veíamos perfectamente que la cosa apenascomenzaba.

Dirigíme á la playa, y en aquel trayecto asaz largo tuve ocasión deobservar, de estudiar en una zona de nubes que, á mi entender, podíaextenderse en todas direcciones cosa de ocho ó diez leguas. A miizquierda vislumbrábase la Saintonge, cuyas orillas seguía, enespectación, triste é insensible; á mi derecha el Medoc, del que meseparaba el río, ofrecía una calma sombría; y detrás de mí, viniendo delOeste, del Océano, se elevaba un mundo de negras nubes; aunque, defrente, una fuerte brisa terrestre de Burdeos parecía querer detenerlas.Esa brisa bajaba por el Gironde, y hubiera podido esperarse que elpoderoso río, merced á tan protectora é impetuosa corriente, haríaretroceder la lúgubre cortina que levantaba el Océano.

En medio de mi incertidumbre miraba hacia atrás y consultaba á Cordouan,el cual parecióme sobre su escollo, de una palidez fantástica. Su torreasemejábase á un espectro que exclamara:

«¡Desdicha!» «¡desdicha!»

Después de calcular mejor la situación, vi perfectamente bien que elviento terrestre no sólo sería vencido, sino que era el auxiliar de suenemigo. Aquel viento soplaba muy bajo sobre el Gironde, hundiendo,derribando todos los obstáculos inferiores, y despejando por debajo lavía los elevados y sombríos nubarrones que procedían del Océano: lesformaba, como un rail deslizador, sobre el cual el camino era mucho másfácil. En poco tiempo, todo terminó por la parte de tierra; cesó labrisa, disolviéndose en tintas grises, reinando sin obstáculo desdeaquel momento los vientos superiores.

Al llegar yo á los viñedos de Vallière, cerca de Saint-Georges, grannúmero de personas estaban en los campos, terminando á toda prisa susfaenas, pues creían no poder trabajar en muchos días. Comenzaban á caerlas primeras gotas, mas, al poco rato, todo el mundo tuvo que recogerseá sus casas.

Había

presenciado

muchas

tempestades,

leído

mil

descripciones de ellas,y por lo tanto no creía tener motivo para asombrarme. Empero nada hacíaprever el efecto que ésta me causó, tanto por su duración como por susostenida violencia y su implacable uniformidad. Cuando hay su más ó sumenos, un momento de reposo ó un crescendo, en fin, alguna variación,el alma y los sentidos encuentran un no sé qué, que calma, que distrae,que responde á la imperiosa necesidad de la variedad.

Mas, en lapresente ocasión, fueron cinco días con sus noches, sin tregua, sinaumentar ni disminuir, siempre la misma furia y sin la menor variedad enlo horrible del cuadro. No hubo truenos, ni combates entre las nubes, niel mar se desgarró. De improviso, una gran tinta cenicienta cerró elhorizonte por todos lados; nos vimos envueltos en aquel fúnebre sudario,sin quedar por eso completamente á obscuras, y descubriendo un maraplomado y blanquizco, aborrecible y desolador por su monotonía furiosa,sin entonar más que una nota. Parecía el alarido de un gran caldero quehierve: no hay poesía terrorífica capaz de parangonarse con aquellaprosa. Continuamente, continuamente el mismo tono: ¡Oh! ¡oh! ¡oh! ó ¡uh! ¡uh! ¡uh!

Como habitábamos en la misma playa, éramos más que espectadores de laescena: constituíamos una parte de ella. En ciertos momentos, llegaba elmar hasta veinte pasos de nuestra habitación, no dando un solo golpe sinque temblara la casa.

Nuestras ventanas tenían que soportar (porfortuna no completamente de frente) el inmenso viento del Suroeste quetraía un torrente, digo mal, un diluvio, el Océano convertido en lluvia.Desde el primer día tuvimos precipitadamente, y no sin gran trabajo, quecerrar las ventanas y encender luz para poder distinguir los objetos enpleno día: en las habitaciones que daban al campo, el estruendo y laconmoción eran tan notables como en las demás. Yo persistí en trabajar,pues tenía curiosidad de saber si aquella fuerza salvaje lograríaoprimir, poner trabas al libre albedrío, y conseguí no obstante mantenermi pensamiento en actividad, dueño de sí mismo. Escribía y me observaba.A la larga, sólo la fatiga y la falta de sueño consiguieron trastornaruna de mis potencias, creo que la más delicada del escritor, el sentidorítmico. Mis frases se deslizaban inarmónicas, siendo ésta la primeracuerda de mi instrumento que se encontró rota.

El gran mugido no tenía otra variante que las voces, extrañas,fantásticas, del viento desencadenado sobre nosotros.

La casa quehabitábamos le estorbaba, siendo para él un blanco que asaltaba de milmaneras. Unas veces, era el golpear brusco del amo que llama á lapuerta; sacudidas como de una mano de hierro que quisiese arrancar elmarco; otras, agudos quejidos por la chimenea, lamentos por no poderpenetrar, amenazas porque no abríamos la puerta, en fin, cóleras,horrorosas tentativas para arrancar el techo. Y sin embargo, esos ruidoseran ahogados por el grande ¡oh! ¡oh! ¡Tal era la inmensidad, elpoder, lo espantoso de esto! El viento nos parecía secundario, si bienlograba hacer penetrar la lluvia. Nuestra casa (iba á decir nuestraembarcación) hacía agua: el granero, traspasado en varios puntos,derramaba el líquido elemento á raudales.

Ocurrió algo más grave: el huracán en su furia, y por un esfuerzodesesperado, logró arrancar el gozne de una de las ventanas, que desdeentonces, aunque cerrada, temblaba, bamboleábase, se agitaba, y hubonecesidad de afirmarla atándola fuertemente por sus hierros al queestaba más sólido.

Para esto fué preciso abrir la ventana: en el momentoque lo hice, aunque abrigado por ella, sentíme como envuelto en untorbellino, medio ensordecido por la horrible fuerza de un ruidoparecido á un cañonazo, á varios cañonazos que sin interrupción hubiesendisparado en mis oídos. Por los resquicios de la ventana observé unacosa que daba la medida de esas fuerzas incalculables, y era que lasolas, cruzándose y rompiéndose unas con otras, con frecuencia no podíancaer: por debajo la ráfaga las levantaba cual ligera pluma,desparramando por el campo aquellas pesadas moles. ¿Qué hubieraacontecido si desapareciendo la ventana, el viento embarcara, en nuestracasa aquellas imponentes olas que sostenía y empujaba con la rigidez deuna tromba, y conducía á través de los campos, terribles y al aire?...

Teníamos la extraña suerte de poder naufragar en tierra firme: nuestracasa, tan cercana al mar, estaba expuesta á ver desaparecer su techo, ótal vez todo un piso. Esto inquietaba no sólo á nosotros, sino á todoslos habitantes del lugar, como nos lo confesaron, aconsejándonos laabandonásemos. Empero nosotros suponíamos que tan larga tormenta tendríafin, y contestábamos siempre: Mañana.

Las noticias que se recibían por la vía terrestre eran desastrosas: sólohablaban de naufragios. El 30 de octubre, un buque procedente de losmares del Sur pereció á nuestra vista, en el paso, ahogándose cuantos lotripulaban (una treintena de hombres). Después de haber evitado lasrocas, los escollos, había llegado frente á una playecita de menudaarena, donde acostumbraban bañarse las mujeres. Pues bien: en aquellaplaya, levantado por el torbellino, indudablemente á grande altura, cayócon horrorosa pesadez y fué aporreado, derrengado, dislocado, quedandoen aquel sitio como un cadáver. ¿Qué se hicieron sus tripulantes? No seencontró la menor traza de ellos, creyéndose que tal vez todos habíansido barridos de sobre cubierta.

Tan trágico suceso daba á suponer que hubiesen ocurrido otros muchosidénticos; de suerte que el pensamiento no soñaba más que desventuras. Yel mar, entretanto, parecía no estar harto todavía. Todos estábamossaciados; él no. Yo veía á nuestros pilotos aventurarse detrás de unamuralla que les cubría por el Suroeste, observar con inquietud, mover lacabeza. Por fortuna para los pobres, ninguna embarcación se atrevió ápenetrar, y por lo tanto no fueron requeridos sus servicios. De locontrario allí estaban, prontos á jugar sus vidas.

Por mi parte también contemplaba insaciablemente aquel mar que mecausaba odio. No encontrándome realmente en peligro, mi fastidio ydesconsuelo eran mayores. ¡Cuan feo era el mar!

¡Qué horrible suaspecto! Nada recordaba en aquel momento los vanos cuadros de lospoetas; únicamente que, por un extraño contraste, cuanto más cundía midesaliento, tanto más animado él se presentaba. Todas aquellas olaselectrizadas por tan furioso movimiento hallábanse grandementeestimuladas y en posesión como de un alma fantástica. En el furorgeneral, cada cual desempeñaba un papel distinto; y en la totaluniformidad (cosa verdadera

aunque

contradictoria),

notábase

undiabólico

hormigueo. ¿Acaso era esto visión de mis ojos y de mi fatigadocerebro, ó la pura verdad? Las olas me hacían el efecto de un espantoso mob, de un horrible populacho; no hombres, sino perros ladrando, demiles y miles de dogos rabiosos, ó más bien, dementes... ¿Qué estoydiciendo? ¿Perros? ¿Dogos? no era esto, no; sino execrables éinnominadas apariciones, bestias sin ojos ni orejas, sin otro órgano quesus espumantes bocazas.

¡Monstruos! ¿Qué queréis? ¿No estáis aún embriagados con los naufragiosde que tenemos noticia á cada momento? ¿Qué más pedís?—«Tu muerte y lamuerte universal, la supresión de la tierra y la vuelta del caos.»

VIII

Los faros.

Impetuosa es la Mancha con su estrecho do se sumerge el flujo del Océanodel Norte; áspero es el mar bretón con los violentos remolinos de suscortaduras basálticas; mas, el golfo de Gascuña, desde Cordouan áBiarritz, es un mar de contradicciones, un enigma de combates. Endirección al Mediodía se vuelve de repente extraordinariamente profundo,un abismo donde el agua se cuela. Un ingenioso naturalista lo compara áun gigantesco embudo que absorbiese bruscamente. La ola, escapándose deallí bajo espantosa presión, se eleva á alturas de que no hay otroejemplo en nuestros mares.

La marejada del Noroeste es el motor de la máquina, y si es un tanto másNorte empuja hacia el fondo del golfo, va á aplastar San Juan de Luz.Más Oeste, hace regolfar el Gironde y encasqueta sus horribles olas alinfortunado Cordouan.

No se conoce bastante á ese respetable personaje, á ese mártir de losmares; y creo que de todos los faros de Europa es el más viejo. Uno solopuede disputarle su antigüedad, la célebre linterna de Génova; mas ladiferencia es grande. Esta, que corona un fuerte, asentadatranquilamente sobre una roca excelente y muy sólida, puede reirse delas tormentas. Cordouan se encuentra sobre un escollo rodeadocontinuamente de agua. En verdad que fué mucha audacia edificar sobre lamisma onda, ¿qué digo?

sobre la violenta onda, en medio del eternocombate de un río y un mar semejantes.

Estos, le prodigan á cada momento ó sendos latigazos ó pesados bofetonesque truenan sobre él como un cañonazo.

Aquello es un eterno asalto. Elmismo Gironde, empujado por las brisas terrestres, por los torrentes delos Pirineos, combate por momentos á ese portero del paso, como si fueraresponsable de los obstáculos que le opone el Océano.

Y, sin embargo, ese faro es la única luz que resplandece en aquel mar:todo el que se desvíe de Cordouan empujado por el viento Norte, correpeligro; también es fácil se aparte de Arcachón. Ese mar es tan terriblecomo tenebroso; de noche, no se divisa una sola señal que guíe alnavegante, ni hay un solo punto de abrigo.

Durante los seis meses que permanecí en aquellas playas, micontemplación ordinaria, mejor diré, mi sociedad habitual, era Cordouan.Perfectamente comprendía que su posición de guardián de los mares, devigilante constante del estrecho, constituían aquella mole en unaespecie de personaje. De pie sobre el vasto horizonte de Poniente, seofrecía á mis ojos bajo cien aspectos distintos. A veces, en una zona degloria triunfaba el sol; en otras ocasiones, pálido y apenas visible,flotaba entre la niebla presagiando desdichas; y al tender su negromanto la noche, cuando aparecía bruscamente su luz roja y lanzaba susmiradas de fuego, parecía un inspector celoso que vigilaba las aguas,penetrado é inquieto de su responsabilidad. No importa lo que en el marsucediese, él siempre era el culpado: alumbrando la tormenta, solíaarrancar alguna víctima de sus brazos, y no obstante él tenía la culpade la furia de los elementos. Así es cómo la ignorancia acostumbra átratar al genio, acusándole de los males que descubre. Me acuso en estesitio de haberle tratado yo mismo con injusticia. Si no se encendía á lahora acostumbrada, si sobrevenía el mal tiempo, le acusaba, lereprendía. «¡Ah! ¡Cordouan! ¡Cordouan! ¿No puedes traernos, blancofantasma, más que huracanes?»

Y, sin embargo, creo que debimos á él, en la tempestad de octubre, lasalvación de nuestros treinta hombres. La embarcación se hizo trizas,mas se salvaron los que la tripulaban.

Gran cosa es ver do se naufraga, irse á pique en plena luz, conconocimiento del sitio, de las circunstancias y de los recursos de quese puede echar mano. «¡Dios todopoderoso! ¡Si es nuestro destinoperecer, que á lo menos perezcamos de día!»

Cuando la embarcación, arrastrada desde alta mar por el furioso oleaje,llegó de noche cerca de las costas, había mil probabilidades contra unade no entrar en Gironde. A la derecha, la luminosa punta de Grave leadvertía que evitase el Medoc; á la izquierda, el pequeño faro deSaint-Palais le mostraba la peligrosa roca de la Grand'Caute del lado dela Saintonge. Entre esos fuegos blancos y fijos, se destacaba sobre elescollo central la claridad rojiza de Cordouan que, cada minuto, indicael paso.

Por un esfuerzo desesperado logró pasar la embarcación, pero fué todo.El viento, las olas, la corriente, la asaltaron en Saint-Palais: labenéfica trinidad de los tres fuegos reflejaba en aquel sitio. Lostreinta vieron do estaban, que iban á encallar en la arena y que tal vezpodrían salvar sus vidas si abandonaban á tiempo el frágil leño. Puestoen práctica su pensamiento, confiáronse á la tormenta, al furor delviento; y, efectivamente, los trató éste como á esas olas que arrastrahacia la tierra sin permitirlas retroceder. Topándose unos con otros,magullados, fueron arrojados no sé dónde, pero es lo cierto que salierondel peligro con vida.

¿Quién es capaz de contar el número de hombres y de barcos que salvanlos faros? Vista la luz en esas horribles noches de confusión en que losmás animosos se turban, no sólo indica el camino, sino que presta valor,impidiendo al ánimo extraviarse.

Es un gran apoyo moral decirse en eltrance supremo: «¡Persiste!

¡un esfuerzo más!... Si el viento y el marson tus contrarios, no estás solo, la Humanidad vela por ti.»

Los antiguos, que seguían las costas y las tenían á la vistaincesantemente, necesitaban más que nosotros alumbrarlas.

Dícese que losetruscos fueron los que empezaron á entretener los fuegos nocturnossobre las piedras sagradas. El faro era un altar, un templo; unacolumna, una torre. Los celtas también fabricaron, existiendo todavíaimportantes dolmens precisamente en los puntos favorables de dondepueden divisarse mejor los fuegos. El Imperio Romano había iluminado,de promontorio en promontorio, todo el Mediterráneo.

El gran terror de los piratas del Norte, la vida temblorosa de lasombría Edad Media, apagan todo eso, cuidándose de auxiliar losdesembarcos. El mar hase convertido en objeto de terror: todo barco esun enemigo, y si se estrella, una presa. El pillaje del náufragoconstituye una de las rentas del señor: es el noble derecho defractura. Conocido es el Conde de León enriquecido por su escollo,«piedra preciosa—decía,—más que cuantas causan la admiración del vulgoen las coronas de los reyes.»

En los tiempos modernos, si bien inocentemente, los pescadores hancausado no pocos naufragios encendiendo hogueras en la playa que seveían desde el mar; y aun los mismos faros han ocasionado algunacatástrofe cuando se han confundido entre sí. Una luz tomada por otrainmediata, á veces dió motivo á terribles equivocaciones.

Después de sus grandes guerras, la Francia tomó la iniciativa del nuevoarte de luces y de su aplicación en beneficio del género humano. Armadacon el rayo de Fresnel (una lámpara de la potencia de cuatro mil y quese distingue á doce leguas de distancia), erigió una cintura de esaspoderosas llamas que entrecruzan sus luces y se penetran unas á otras.Así desaparecieron las tinieblas de la faz de nuestros mares.

Para el marino que se guía por las constelaciones, este invento fué comoun nuevo cielo que se le ofreció, creando á la vez los planetas,estrellas fijas y satélites, y dando á esos astros de invención, losmatices y caracteres diversos de los de arriba.

Asimismo varió el color,la duración, la intensidad de su centelleo. A los unos, dió la luztranquila que basta para las noches serenas; á los otros, una luzmovible giratoria, una mirada de fuego que atraviesa los cuatro ladosdel horizonte: éstos, como los misteriosos animales que alumbran el mar,tienen la viviente palpitación de una llama que relumbra y palidece, quebrota y muere. En las sombrías noches de tormenta, se conmueven, parecentomar parte en las convulsiones del Océano, y, sin sorprenderse,devuelven fuego por fuego á los resplandores celestes.

Es preciso recordar que en aquella época (1826), y hasta 1830, todo elmar estaba en tinieblas. Contados eran los faros en Europa; en Africasólo existía el del Cabo; en Asia había tres: los de Bombay, Calcuta yMadrás, y ni uno solo en el espacio inmenso de la América del Sur. Desdeentonces acá, todas las naciones han seguido imitando á la Francia. Pocoá poco se hace la luz.

Quisiera llevar á cabo con el lector en una sola noche, y sin movernosde este sitio, la circunnavegación de nuestro Océano, entre Dunkerque yBiarritz, y la revista de los grandes faros.

Empero sería esto tarea muylarga.

Calais hace señales hospitalarias á la Inglaterra, á la muchedumbre quepasa por aquel país, con sus cuatro faros de colores diversos, que debenverse desde el mismo Douvres. El magnífico golfo del Sena, entre la Hèvey Barfleur, alumbrado por faros amigos, abre el Havre á la América,recibiéndola directamente en el hogar, en el corazón de la Francia.

El mismo Sena se adelanta hacia el mar para recoger las embarcaciones,iluminando con gran esmero todas las puntas de la Bretaña. En lavanguardia de Brest, en Saint-Mattbieu, en Penmark, en la isla de Sen,se ostentan luces distintas que resplandecen por minutos y aun porsegundos, gritando al navegante: «¡Atención! Observa esa roca... Huye deese escollo... Vira hacia aquí... ¡Perfectamente!... ya estás en elpuerto.»

Notad que todas esas torres levantadas en sitios peligrosos, edificadasá menudo sobre las rompientes y en medio de las tempestades, establecíanal arte el problema de la absoluta solidez. Muchos faros se levantan áalturas inmensas. La tan decantada arquitectura de la Edad Media no seaventuraba á edificar

tan

alto

si

no

daba

al

edificio

apoyos

exteriores,contrafuertes, botareles, y hacia la cima de las torres ya no se fiabade la piedra, sino que recurría al auxilio no muy artístico de losgrapones de hierro que enlazaban entre sí las piedras, como puede versetodavía en la aguja de la catedral de Strasburgo. Nuestros arquitectosdesprecian tales medios. El faro de los Héaux, construido últimamentepor M. Reynaud sobre el peligroso escollo de las Espadas de Tréguier,tiene la sencillez sublime de una gigantesca planta marina. Poco se curade los contrafuertes: hunde en la roca viva sus cimientos tallados alcincel, y sobre una base de sesenta pies de anchura, se yergue sucolumna de veinticuatro pies de diámetro. Sus anchas piedras de granitoestán embutidas la una en la otra; además, en la parte inferior, lashiladas se encuentran unidas por medio de dados (también de granito) quepenetran á la vez en otras piedras superpuestas. Toda la obra está tanbien ajustada que el cimiento fué cosa superflua. De abajo arriba,mordiendo cada piedra á su inmediata, según se ha dicho, el faroconstituye una sola mole, más compacta que la roca sobre que seasienta. La ola no sabe qué lado atacar: azota, rabia, pero resbala.Todo lo que consigue ganar con sus prolongados truenos es que el farooscile y se incline un tanto. Empero no hay que alarmarse por esto; lamisma ondulación presentan las más antiguas y sólidas torres.

Así, pues, en lugar de los tristes bastiones que antiguamente amenazabanal mar, como los que todavía he visto en la costa de Berbería, lacivilización moderna edifica las torres de la paz, de la hospitalidadbenévola. Preciosos y nobles monumentos, á veces sublimes á los ojos delarte y que siempre conmueven el ánimo. Sus luces de colores distintos,donde se representan el oro, la plata de las estrellas, ofrecen elseguro firmamento que una providencia humana ha organizado sobre latierra. Cuando están velados todos los astros, es dado al marinocontemplar éstos y recobrar el perdido ánimo, reconociendo en ellos suestrella, la estrella de la Fraternidad universal.

¡Cuánto agrada sentarse junto á uno de esos faros, bajo esas lucesamigas, verdadero hogar de la vida marítima! El más moderno de entreellos es ya venerable por las preciosas vidas que ha salvado. Su vistaproduce más de un recuerdo; rodéalo la tradición y es objeto de sabrosasleyendas, pero leyendas verdad.

Dos generaciones bastan para que un farotome carta de antigüedad

y

se

convierta

en

sagrada

su

memoria.Frecuentemente dirá la madre á la joven: «Este salvó á tu abuelo, y sinél no hubieras venido al mundo.»

¡Cuántas visitas le hace la intranquila esposa que aguarda la vuelta desu marido! Al anochecer, y también á media noche, la hallaréis allísentada, aguardando y pidiendo que la bienhechora luz que brilla en loalto traiga al ausente, lo conduzca á puerto con seguridad.

Con justicia, los antiguos honraban el altar de los dioses salvadoresdel hombre en sus piedras sagradas. Para el corazón atribulado quetiembla y espera, los tiempos no han variado, y en medio de laobscuridad de la noche, la que llora y ruega ve en el faro el altar y elmismo Dios.

LIBRO SEGUNDO

G É N E S I S D E L M A R

I

Fecundidad.

La velada de San Juan (del 24 al 25 de junio), cinco minutos después dehaber dado la media noche ábrese la gran pesca del arenque en los maresdel Norte. Luces fosforescentes ondulan ó bailan sobre las ondas; «sonlos relámpagos del arenque,» la señal consagrada que parte de todaslas embarcaciones. Acaba de subir un mundo de seres vivientes de lasprofundidades á la superficie, siguiendo el atractivo del calor, deldeseo y de la luz.

La que produce la luna pálida y suave, agrada á lagente tímida, siendo el fanal que al parecer les alienta para su granfestín amoroso. Y van subiendo, subiendo todos juntos, sin que uno solose quede atrás. La sociabilidad es la ley de esa raza; siempre sepresentan en masa. Reunidos viven envueltos en las tenebrosasprofundidades; juntos acuden en la primavera á participar de la alegríauniversal, á ver la luz del día, á gozar y morir. Apretados,comprimidos, jamás se encuentran bastante cerca los unos de los otros,navegando en bancos compactos. «Es lo mismo (decían los flamencos), quesi nuestras dunas comenzaran á bogar.» Entre Escocia, Holanda y Noruegaparece que ha surgido una inmensa isla y que un continente esté pronto áemerger. Destácase un brazo al Este que se mete por el Sund, obstruyendola entrada del Báltico. En ciertos pasos estrechos, el remo no puedeabrirse paso; el mar constituye una masa sólida.

Millones y másmillones, ¿quién sería osado á contar el número de esas legiones? Díceseque en una ocasión, cerca del Havre, halló un pescador en sus redesochocientos mil arenques, y en un puerto de Escocia se pescaron once milbarriles en una sola noche.

Surgen como un elemento ciego y fatal, sin que los desanime ladestrucción. Hombres y peces son sus contrarios; nada les inquieta ybogan sin cesar. Esto no debe sorprendernos, puesto que mientras naveganse aman, y cuanto más mueren, más producen y se multiplican sin detenersu marcha. Las columnas compactas, profundas, en la electricidad común,flotan entregadas únicamente á la grande obra de la procreación. El todova impulsado por las olas y por la ola eléctrica. Escoged entre la masaal acaso y encontraréis los fecundos, otros que lo fueron, y otrosdeseosos de serlo. En medio de ese mundo que desconoce la unión fija, elplacer es una aventura, el amor un viaje. Sobre la ruta que recorrensiembran torrentes de fecundidad.

A dos ó tres brazas de profundidad desaparece el agua bajo la increíbleabundancia del flujo materno do nadan las huevas del arenque. Cuando elsol empieza á extender sus dorados rayos sobre la tierra, es curiosover, hasta donde alcanza la vista, por espacio de muchas leguas, el marblanco del germen de los machos.

Macizas, grasientas y viscosas ondas, donde la vida fermenta en lalevadura de la vida. Por centenares de leguas, en longitud y latitud,parece aquello un volcán de leche, y de leche fecunda que ha hechoerupción y ahogado al mar.

Lleno de vida á la superficie, el mar veríase obstruido si esa increíblepotencia de producción no fuese violentamente combatida por la ásperaliga de todas las destrucciones. Basta reflexionar que cada arenquelleva en sí cuarenta, cincuenta, hasta setenta mil huevas. Si la muerteviolenta no acudía á remediarlo, multiplicándose por término medio cadaarenque en cincuenta mil, y cada uno de éstos en otros tantos, enalgunas generaciones

lograrían

llenar,

solidificar

el

Océano,

óputrificarlo, suprimiendo todas las castas y convirtiendo en desierto alUniverso. La vida reclama aquí imperiosamente la asistencia, elindispensable auxilio de su hermana la muerte.

Ambas se combaten yentregan á una lucha inmensa que es armonía y la salvación del génerohumano.

En la gran cacería universal contra la raza maldita, los ojeadores, losencargados de impedir que la masa se disperse, los que la empujan haciala playa, son los gigantes del mar. Las ballenas y cetáceos no desdeñansemejante presa; persíguenla, se introducen en los bancos; con susbocazas absorben por toneladas el enjambre infinito que sin disminuirpor eso huye en dirección de las costas. Allí se opera otro género dedestrucción mayor todavía. Primero, los pequeños entre los pequeños, lospececillos microscópicos se tragan la freza y huevas del arenque,hartándose de germen, comiéndose el futuro; en cuanto al presenté, esdecir, el arenque acabado de nacer, ha producido la Naturaleza un géneroglotón que, con sus ojos separados, ve y come mejor, género todoestómago, la golosa tribu de los gades (pescadilla, abadejo, etc.). Lapescadilla se llena, se harta de arenques y engorda; otro tanto sucedecon el abadejo. De manera que el peligro de los mares, el exceso defecundidad vuelve á presentarse más terrible aún. ¡El abadejo! Este síque es más fecundo que el arenque: ¡llega á tener nueve millones dehuevas!

Un abadejo de cincuenta libras tiene catorce de huevas,

¡latercera parte de su peso! Añadid que á esos animalitos, de tan temiblematernidad, la época del celo les dura nueve meses en el año. El bacalaollegaría á poner en peligro al Universo. ¡A ellos, pues! Lancemos buquesal mar, equipemos flotas. Sólo Inglaterra envía á su exterminio veinte ótreinta mil marineros. ¿Y cuántos envía la América, y la Francia, y laHolanda, y el mundo entero?

El abadejo por sí solo ha creado colonias,fundado factorías y ciudades. Su preparación es un arte, y ese arteposee una lengua, idioma técnico usitado entre los pescadores debacalao.

Empero, ¿qué puede hacer el hombre? La Naturaleza sabe que nuestrospequeños esfuerzos, nuestras flotas y nuestras pesqueras, nada seríanpara su objeto, que el bacalao vencería al hombre. Así, pues, no se fíade él, sino que llama en su auxilio á fuerzas de muerte mucho másenérgicas. Desde el fondo de los ríos llega al mar uno de los másactivos, de los más resueltos comedores: el esturión. Encaminándose álos ríos para procrear, sale de allí enflaquecido y áspero, y poseído deun apetito inmenso, introdúcese nuevamente en el mar para regalarse.¡Qué dicha para aquel hambriento encontrar el gordo abadejo que se haasimilado las legiones de arenques! Allí se concentra toda la substanciay puede morder á su sabor. Este valiente comedor de bacalao, aunque notan fecundo, tiene sin embargo, un millón quinientas mil huevas. Unesturión de mil cuatrocientas libras, encierra cien libras de germen, ócuatrocientas cincuenta de huevas. El peligro no cesa. Amenazado ha elarenque con su fecundidad terrible; otro tanto sucede con el bacalao, yel esturión amenaza todavía.

Preciso es que la Naturaleza invente un supremo devorador, comedoradmirable y productor pobre, de digestión inmensa y avaro de generación.Monstruo benéfico y terrible que siega esa plaga invencible defecundidad renaciente con un gran esfuerzo de absorción, que se lo tragatodo indistintamente: muertos, vivos, ¿qué digo? cuanto encuentra á supaso. El magnífico comedor de la Naturaleza, comedor privilegiado: eltiburón.

Mas, tan terribles destructores están vencidos de antemano: á pesar desu furia devoradora, producen muy poco. Hase visto que el esturión no estan fecundo como el bacalao, y el tiburón es estéril comparado con losdemás habitantes del líquido elemento.

No se vierte como ellos entorrentes por los mares: vivíparo, elabora en su seno el tiburoncito, suheredero feudal, que nace terrible y armado de punta en blanco.

Puede el mar en sus fecundas tenebrosidades sonreirse de losdestructores que él mismo produce, bien seguro de procrear cada vez más.Su riqueza principal desafía los furores de esos seres tragones, siendoinaccesible á su rapacidad. Me refiero al mundo inmenso de átomosvivientes, de animales microscópicos, verdadero abismo de vida quefermenta en su seno.

Hase dicho que la falta de luz solar excluía la vida, y no obstante, enlo más profundo del mar viven innumerables enjambres de estrellasmarinas. Las olas están pobladas de infusorios y de gusanosmicroscópicos é infinidad de moluscos arrastran sobre ellas sus conchas.Cangrejos bronceados, radiantes anémonas, nevadas porcelanas, doradosciclóstomos, onduladas volutas, todo vive y se mueve. Allí pululan losanimálculos luminosos que, atraídos momentáneamente á la superficie,aparecen formando regueros, serpientes de fuego ó resplandecientesguirnaldas. En su transparente espesor debe estar alumbrado el mar acá yacullá con tales resplandores; las mismas aguas tienen cierto brillo,una semi-luz que se nota sobre los peces, así vivos como muertos.Aquello es su propia luz, su propio fanal, su cielo, su luna y susestrellas.

A todo el mundo es dado observar en las salinas la fecundidad del mar.Las aguas concentradas constituyen depósitos violáceos que no son otracosa que infusorios. Cuentan todos los navegantes que en tal ó cualdilatado viaje no han atravesado más que aguas vivientes. Freycinet viósesenta millones de metros cuadrados cubiertos de un rojo escarlata queno es otra cosa que un animal-planta, tan diminuto, que en un solo metrocuadrado viven cuarenta millones de ellos. En el golfo de Bengala, en1854, el capitán Kingman, navegó por espacio de treinta millas sobre unaenorme capa blanca que daba al mar el aspecto de una llanura cubierta denieve. No se veía una sola nube; el cielo estaba aplomado formandocontraste con la brillantez del mar. Vista de cerca esa agua blanca erauna gelatina, y observada al lente una masa de animálculos que almoverse producían singulares efectos luminosos.

Cuenta Perón, que durante veinte leguas navegó á través de una especiede polvo gris, lo que, visto al microscopio, resultó ser una capa dehuevas de especie desconocida que, sobre un espacio inmenso, cubría y nodejaba ver el agua.

En las desamparadas costas de la Groenlandia, donde el hombre se figuraque va á expirar la Naturaleza, el mar está pobladísimo. Se navega enuna longitud de doscientas millas por quince de latitud, sobre aguasnegruzcas, cuyo color deben á cierta medusa microscópica. En cada piecúbico de aquellas aguas viven más de ciento diez mil de dichosanimalillos.

(Schleiden).

Esas aguas nutritivas están densas de todo género de átomos crasos,apropiados á la muelle naturaleza de los peces, que perezosamente abrenla boca y aspiran, sustentados como un embrión en el seno de la madrecomún. ¿Sabe el pez lo que se traga? Apenas. El alimento microscópico escomo una especie de leche que se le ofrece sin solicitarlo. La granfatalidad del mundo, el hambre, sólo existe en la tierra; en el mar estáevitada, se desconoce. Ningún esfuerzo de movimiento; nadie se cura debuscar la comida. La vida debe flotar como un sueño. ¿En qué emplearásus fuerzas el ser? En nada puede gastarlas, y las reserva para el amor.

La obra real, el trabajo del gran mundo de los mares es: amar ymultiplicarse. El amor llena su noche fecunda; súmese en lasprofundidades, pareciendo mucho más rico todavía entre los infinitamentepequeños. Mas, ¿cuál es, en realidad, el átomo?

Cuando creéis estar enposesión del más pequeño, el indivisible, observáis que también ama ydivide su existencia para producir otro ser. En el grado más bajo de lavida, donde falta todo otro organismo, encontraréis completas las formasgenéricas.

Tal es el mar. Al parecer es la gran hembra del globo, cuyo infatigabledeseo, concepción permanente y alumbramiento son eternos.

II

El mar de leche.

El agua de mar, hasta la más pura, tomada mar adentro y lejos de todamezcla, es ligeramente blanquizca y un poco viscosa. Si se la detieneentre los dedos, hace hebra y resbala con lentitud.

Los análisisquímicos no explican ese carácter: existe en ella una substanciaorgánica que sólo se analiza destruyéndola, quitándole su especialidad,y haciéndola volver violentamente al número de los elementos generales.

Las plantas, los animales marinos, están revestidos de esa substancia,cuya mucosidad, consolidada á su alrededor, produce el efecto degelatina, unas veces inmóvil y otras temblorosa.

Plantas y animalesaparecen á través como bajo una capa diáfana, y nada contribuye tanto álas ilusiones fantásticas que nos produce el mundo de los mares. Susreflejos son singulares y á menudo extrañamente iríseos, por ejemplo,sobre las escamas de los peces y sobre los moluscos, que al parecerreciben por ese medio toda la ostentación de sus nacaradas conchas.

Es lo que más llama la atención del niño que por primera vez ve unpescado. A mí me sucedió esto siendo muy pequeño, aunque recuerdo comoahora la impresión que me produjo.

Aquel ser brillante, resbaladizo, consus plateadas escamas, me causó sorpresa y entusiasmo difíciles deexplicar. Traté de agarrarlo, pero esto fué tan difícil para mí, comoretener el agua en mis manos. Parecióme idéntico al elemento do nadaba,y me imaginé confusamente que no era otra cosa que agua, agua animal,organizada.

Más tarde, ya hombre, no fué menor mi sorpresa al ver en una playacierto animal luminoso. A través de su cuerpo transparente, divisaba losmorrillos y la arena. Incoloro como el cristal, un poco consistente,temblando al tocarlo, aparecióseme como á los antiguos y como al célebreReaumur, que llamaba sencillamente á esos seres agua gelatinificada.

Y la impresión es más fuerte todavía cuando se encuentran en estado deformación primitiva las cintas color blanco amarillento que muellementebosqueja el mar y constituyen las ovas, las laminarias que, trocando sucolor en pardusco, alcanzarán la solidez de las pieles. Mas, cuandotiernas, al estado viscoso, elásticas, tienen á manera de laconsistencia de una ola solidificada, tanto más fuerte cuanto más blandaes.

Lo que se sabe actualmente de la complicada generación y organización delos seres inferiores, vegetales ó animales, nos veda la explicación dadapor los antiguos y por Reaumur. Pero todo esto no nos impide repetir lapregunta que fué el primero en hacer Bory de Saint-Vincent: «¿Qué es el mucus del mar? ¿La viscosidad que presenta el agua en general? ¿No esacaso el elemento universal de la vida?»

Preocupado con tales ideas, encaminéme en busca de un químico ilustre,espíritu positivista y sólido, novador tan prudente como atrevido, y sinpreámbulos establecí ex abrupto mi pregunta: «Caballero, ¿qué es, ávuestro entender, ese elemento viscoso, blanquizco, que ofrece el aguadel mar?»

—La vida.

Luego volviendo á tocar el asunto para corroborar esta frase demasiadosencilla y absoluta, añadió: «Quiero decir una materia semiorganizada yya perfectamente organizable. En ciertas aguas, no es más que unadensidad de infusorios, en otras lo que va á serlo, lo que puedetrocarse en ello. Por otra parte semejante estudio no se ha emprendidoaún, pues á nadie ha preocupado seriamente.» (17 de mayo de 1860).

Al salir de su casa fuí á la de un gran fisiólogo cuyas opiniones en lamateria no son menos valiosas á mis ojos. Le cuestionó sobre lo mismo, ysu respuesta fué larga y bellísima. Hela aquí en extracto: «Tanignorante se está de la constitución del agua como de la sangre. Lo quecon más claridad se entrevé relativamente al mucus del agua del mar,es que, á la vez, es el fin y el principio. ¿Resulta de los innumerablesresiduos de la muerte que los cedería á la vida? Indudablemente que sí,es una ley natural; mas, de hecho, en ese mundo marítimo de rápidaabsorción, la mayor parte de los seres son absorbidos vivos; no searrastran en estado cadavérico como acontece en la tierra, donde son máslentas las destrucciones. El mar es elemento purísimo; la guerra y lamuerte provéenlo y nada dejan en él de repugnante.

»Empero la vida, sin llegar á su disolución suprema, muda sin cesar,trasuda de sí cuanto no la hace falta. Entre nosotros, animalesterrestres, la epidermis pierde incesantemente. Esas mudas, á que esdado llamar la muerte cotidiana y parcial, llenan el mundo de losmares, de una riqueza gelatinosa de que en el acto se aprovecha la vidanaciente, encontrando en suspensión la superabundancia oleosa de esatrasudación común, las partículas todavía animadas, los líquidosvivientes que no han tenido tiempo de perecer. Todo eso no vuelve á caeren estado inorgánico,

sino

que

entra

rápidamente

en

los

nuevosorganismos. De todas las hipótesis, ésta es la más verosímil; si serechaza, nos engolfamos en dificultades inmensas.»

Las opiniones que acaban de exponerse, debidas á los hombres de ideasmás avanzadas y más serios del día, no son inconciliables con las queprofesaba hará cosa de treinta años, Geoffroy Saint-Hilaire, sobre el mucus general, de donde parece que la Naturaleza extrae toda su vida.«Es—dice aquel sabio,—la sustancia animalizable, el primer grado delos cuerpos orgánicos.

No hay seres, animales ó vegetales, que no laabsorban ó la produzcan en la primera época de la vida, por débiles quesean, aumentando su abundancia más bien en razón de su debilidad.»

Esta última frase abre un conocimiento profundo sobre la vida del mar.La mayor parte de sus hijos parecen fetos en estado gelatinoso, queabsorben y producen la materia mucosa, colmando las aguas, dándolas lafecunda dulzura de una matriz infinita, donde sin cesar se presentannuevos recién nacidos, nadando cual en un lago de leche tibia.

Asistamos á la obra divina; tomemos una gota de agua de mar.

Allíveremos cómo comienza la primitiva creación. Dios no opera hoy de unmodo y mañana de otro. Mi gota de agua, no cabe duda, con sustransformaciones me va á contar la historia del Universo. Esperemos, y áobservar.

¿Quién es capaz de prever, de adivinar la historia de esa gota de agua?Planta-animal, animal-planta, ¿cuál debe salir primero?

Dicha gota ¿será el infusorio, la mónade primitiva que agitando yvibrando no tarda en convertirse en vibrador; el que, de escalón enescalón, pólipo, coral ó perla, llegará, tal vez, en el transcurso dediez mil años á la dignidad de insecto?

Lo que surgirá de esa gota ¿es acaso el hilo vegetal, el tenue y sedosoplumión que nadie creería un ser, y no obstante es el primer cabello deuna joven diosa, cabello sensible, amoroso, llamado con tanta propiedad cabello de Venus?

Lo que os estoy contando no pertenece al dominio de la fábula, no: eshistoria natural lisa y pura. Ese cabello de dos clases (vegetal yanimal) en el que se condensa la gota de agua, puede titularse elprimogénito de la vida.

Mirad al fondo de un manantial: primero nada veis, y luego observáisalgunas gotas un poco turbias. Con un buen anteojo, lo turbio seconvierte en una nubécilla, ¿gelatinosa ó coposa? Vista al microscopioel copo se vuelve múltiple, como un grupo de filamentos, de caballitos.Se les considera mil veces más delgados que el más delgado cabellofemenino. He aquí la primera y tímida tentativa de la vida que quisieraorganizarse.

Esas confervas, como se les llama, se encuentranincesantemente en el agua dulce y en la salada cuando está inmóvil,empezando por ellas la doble serie de plantas originarias del mar y delas que adquirieron carta de naturaleza en la tierra cuando éstaemergió.

Fuera del agua críase la numerosísima familia de los hongos, ydentro de las confervas, algas y otras plantas análogas.

Es el elemento primitivo, indispensable, de la vida, encontrándoseledonde parece imposible que pueda medrar. En las sombrías aguas marcialescargadas y sobrecargadas de hierro, en las muy cálidas aguas termales,encontraréis ese ligero mucus y esas criaturillas que se asemejan ágotas apenas desarrolladas, pero que oscilan y se mueven. No importacómo se las clasifique, ni que Candolle las honre con el nombre deanimales, y que Dujardin las relegue al último rango de los vegetales.No tienen más misión que vivir, que empezar por su modesta existencia ladilatada serie de seres que sólo ellos pueden producir.

Esospequeñuelos, vivos ó muertos, les sustentan con su propio ser,administrándoles desde abajo la gelatina de vida que sacanincesantemente del agua materna.

No hay verosimilitud en indicar como muestra de la creación primitivafósiles ó piedras diluvianas de animales ó vegetales complicados:animales (los trilobitos) que ya poseen sentidos superiores, porejemplo, ojos; vegetales gigantescos de poderosa organización. Es muyprobable que seres mucho más sencillos precedieron y prepararonaquéllos, mas su muelle consistencia no ha dejado ningún vestigio. ¿Cómohabrían podido resistir la acción de los tiempos tan débiles seres,cuando las más duras conchas son trituradas ó disueltas? En el mar delSur se han visto peces de acerados dientes ramoneando el coral, lo mismoque un carnero ramonea la hierba. Los blandos esbozos de la vida, lasgelatinas animadas, aunque sólidas apenas, se han fundido millones deveces antes de que la Naturaleza pudiese fabricar su robusto trilobito,su indestructible helecho.

Restituyamos

á

esos

pequeñuelos

(confervas,

algas

microscópicas, seresflotantes entre dos reinos, átomos indecisos que se truecan por momentosde vegetal en animal y de éste en aquél), restituyámosles su derecho deprimogenitura que, según parece, les corresponde.

Sobre ellos, y á su costa, comienza á elevarse la inmensa, lamaravillosa flora de los mares.

Y no me es dado en este punto ocultar la tierna simpatía que por ellasiento. Por tres motivos la bendigo.

Pequeñas ó grandes, esas plantas tienen tres caracteres simpáticos:

Primero su inocencia. Ni una sola produce la muerte. El mar no encierraningún veneno vegetal. En las plantas marinas todo es salud ysalubridad, bendición, de la vida.

Esas inocentes sólo quieren alimentar la animalidad. Algunas (porejemplo las laminarias), son dulces como el azúcar; otras, tienen unamargor saludable (como el precioso ceramio purpúreo y violáceo, llamadomusgo de Córcega). Todas concentran un mucílago nutritivo, especialmentevarios fucos, el ceramio de las salanganas cuyos nidos se comen en laChina, la capilaria, esa providencia, de los pechos cansados. En todoslos casos en que hoy día se prescribe el yodo, antiguamente se daban enInglaterra confituras de fuco.

El tercer carácter que llama la atención en aquella vegetación, es suamor inmenso. Dan ganas de creer que es el género más amoroso que existeal ver sus extrañas metamorfosis de himeneo.

El amor es el esfuerzo dela vida para ser más allá de su ser y poder más que su potencia.Obsérvase esto en las luciolas y otros animalillos que se exaltan hastaproducir llamas, y asimismo en las plantas tales como las conjugadas ylas algas, que en el momento sagrado salen de su vida vegetal usurpandoun rango superior y esforzándose por trocarse en animales.

¿Dónde empezaron tales maravillas? ¿Dónde se verificaron los primerosesbozos de la animalidad? ¿Cuál debió ser el teatro primitivo de laorganización?

Antiguamente, esto dió margen á grandes controversias: empero hoy díanótase cierto acuerdo sobre dicho asunto entre el mundo de los sabioseuropeos.

Podría contestar valiéndome de infinidad de libros aceptados,autorizados, mas, prefiero entresacar la respuesta de una Memoriapremiada recientemente por la Academia de Ciencias de París y por lotanto apoyada en su gran autoridad.

Encuéntranse seres vivientes en las aguas á una temperatura de ochenta ánoventa grados de calor: y cuando el globo enfriado bajó á esatemperatura, entonces se hizo posible la vida. El agua había absorbidoen parte el elemento de muerte, el gas ácido carbónico. Se pudorespirar.

Al principio, los mares se asemejaron á esas porciones del OcéanoPacífico cuya profundidad es escasa y que están sembradas de islotesbajos; estos islotes son antiguos volcanes, cráteres extintos. Losviajeros sólo los distinguen merced á los picos que salen de las aguas yá los trabajos practicados por los pólipos. Empero el fondo entre esosvolcanes debe ser también volcánico, y durante los ensayos de lacreación primitiva sería un receptáculo de vida.

Por largo tiempo la tradición popular consideró á los volcanes como guardadores de los tesoros subterráneos y que de vez en cuandodesparraman el oro escondido en sus entrañas. Falsa poesía con suspuntas de verdad. Las regiones volcánicas encierran en sí los tesorosdel globo, y poderosas virtudes de fecundidad. Ellas fueron las quedotaron á la tierra estéril, pues debió brotar la vida del polvo de suslavas, de sus cenizas siempre calientes.

Conocida es la riqueza de los bordes del Vesubio, de los valles del Etnaen las dilatadas raíces que empuja hacia el mar; conocido es también elparaíso que forma bajo el Himalaya el precioso circo volcánico del vallede Cachemira, y otro tanto sucede á cada paso en las islas del mar delSur.