El Mar by Jules Michelet - HTML preview

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

J. MICHELET

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E L M A R

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACION—Buenos Aires.

INDICE

LIBRO PRIMERO.—OJEADA A LOS MARES

Caps.

I.—El mar desde la playa

II.—Playas, arenales y costas bravas

III.—Continuación.—Playas, arenales y costas bravas

IV.—Círculo de las aguas, círculo de fuego.—Ríos del mar

V.—El pulso del mar

VI.—Las tempestades

VII.—La tempestad del mes de octubre de 1859

VIII.—Los faros

LIBRO SEGUNDO.—GÉNESIS DEL MAR

I.—Fecundidad

II.—El mar de leche

III.—El átomo

IV.—Flor de sangre

V.—Los fabricantes de mundos

VI.—Hija de los mares

VII.—El picapedrero

VIII.—Conchas, nácar, perla

IX.—El ladrón de los mares (pulpo, etc.)

X.—Crustáceos.—La guerra y la intriga

XI.—Los peces

XII.—La ballena

XIII.—Las sirenas

LIBRO TERCERO.—CONQUISTA DEL MAR

I.—El arpón

II.—Descubrimiento de los tres Océanos

III.—La ley de las tempestades

IV.—Los mares polares

V.—Guerra á las razas marinas

VI.—El derecho del mar

LIBRO CUARTO.—RENACIMIENTO POR EL MAR

I.—Origen de los baños de mar

II.—Elección de playa

III.—La habitación

IV.—Primera aspiración del mar

V.—Baños.—La belleza renace

VI.—Renacimiento del alma y de la fraternidad

VII.—«Vita nuova» de las naciones

NOTAS

LIBRO PRIMERO

O J E A D A A L O S M A R E S

I

El mar desde la playa.

Un intrépido marino holandés, vigoroso y frío observador, cuyos días sedeslizan en el inmenso Océano, confiesa con franqueza que la primeraimpresión que se recibe al contemplarlo, es de miedo. Para todo serterrestre es el agua el elemento no respirable, el elemento de laasfixia. Barrera fatal, eterna, que separa irremediablemente ambosmundos. No nos sorprende, pues, que la gran masa de agua denominada mar,desconocida y tenebrosa en su profundo espesor, se haya aparecidosiempre formidable á la humana imaginación.

Los orientales sólo ven en ella la amarga sima, la noche del abismo. Entodos los idiomas antiguos, desde la India hasta la Irlanda, el nombrede mar es sinónimo de «desierto, noche».

¡Qué triste es ver, al caer de la tarde, el sol, alegría del mundo ypadre de todo lo criado, ir desapareciendo, eclipsarse entre las ondas!Es el cotidiano duelo del Universo, particularmente del Oeste. En vanoes que todos los días presenciemos el mismo espectáculo; siempre ejerceen nosotros igual influjo, idéntico efecto melancólico.

Si nos sumimos en el mar á cierta profundidad, no tardamos en vernosprivados de luz: se penetra en un crepúsculo do sólo persiste un color,el rojo siniestro; y aun al poco rato este color desaparece y sobrevienela negra noche. ¡Qué obscuridad tan absoluta, exceptuando tal vezalgunos accidentes de horrorosa fosforescencia!

Aquella

masa,

inmensa

enextensión,

enormemente profunda, que se extiende por la mayor parte delorbe, parece un mundo de tinieblas. He aquí lo que sobresaltó, lo queintimidó á los primeros hombres. Suponían que se acaba la vida dondefalta la luz, y que, á excepción de las primeras capas, todo el espesorinsondable, el fondo (dado caso que tenga fondo el abismo), era unanegra soledad, nada más que árida arena y guijarros, y algunas osamentasy despojos, es decir, el sinnúmero de bienes perdidos de que el avaroelemento se apodera sin devolver ni la más pequeña partícula de ellos,escondiéndolos cuidadosamente en el palacio destinado á guardar lostesoros de los naufragios.

La transparencia del mar ciertamente que no contribuye á infundirnosánimo. No puede compararse, ni con mucho, á la tranquilizadora linfa delos manantiales y de las fuentes. Aquélla es opaca y ruda: sacude confuerza. El que se aventura en ella, siéntese levantado impetuosamente.Cierto que presta auxilio al nadador, empero se señorea de él:encuéntrase éste cual débil niño mecido por poderosa mano que fácilmentepuede reducirlo á la nada.

Una vez desamarrada la barquilla, ¿quién sabe dónde puede llevarla unaráfaga de viento, la irresistible corriente? Así fué cómo nuestrospescadores del Norte, contra su voluntad, descubrieron la América polartrayendo de allí las espantosas visiones de la fúnebre Groenlandia. Cadapaís tiene sus narraciones, sus cuentos sobre el mar. Hornero, las «Mily una noches»,

han

transmitido

buen

número

de

esas

tradicioneshorrorosas, los escollos y las tempestades, las calmas no menospeligrosas en que el navegante muere devorado de sed en medio dellíquido elemento, los comedores de carne humana, los monstruos, elleviatán, el kraken y la gran serpiente de los mares, etc. El nombredado al desierto, «país del miedo», hubiera podido aplicarse al grandesierto marítimo. Los más atrevidos navegantes, fenicios ycartagineses, los árabes conquistadores que intentaron conglobar elUniverso, atraídos por las relaciones de la tierra del oro y de lasHespérides, pasan el Mediterráneo, lánzanse á través del Grande Océano;mas, pronto se detienen: el límite sombrío, cubierto eternamente denubes, que se encuentra antes de llegar al Ecuador, les impone respeto.Suspenden su marcha, diciendo: «Este es el mar Tenebroso.» Y ponen lasproas de sus naves en dirección á su país.

«Sería cometer una impiedad el violar ese santuario.

¡Desdichado deaquel que se vea hostigado por tan sacrílega curiosidad! En laspostreras islas apareció un coloso, un rostro amenazador gritando: «Nopaséis más allá.»

Estos temores, un tanto infantiles, del mundo antiguo, son idénticos álas emociones del novato, de la persona sencilla que, procedente detierra adentro, divisa el mar por vez primera.

Puede decirse que todoser que experimenta esa sorpresa, siente la misma impresión. Losanimales se turban visiblemente á su vista. Hasta durante el reflujo,cuando lánguida y benigna se desliza el agua muellemente por la orilla,el caballo no está sereno: tiembla, y á menudo no quiere vadear eltranquilo elemento. El perro retrocede y ladra, injuriando á su manerala onda que le causa miedo, y nunca se reconcilia con el dudoso elementoque más bien le parece hostil. Cuenta un viajero que los perros delKamtschatka, acostumbrados á dicho espectáculo, se sobrecogen é irritanlo mismo: á manadas, por millares, en el transcurso de la noche, ladraná las mugientes olas y rivalizan en furor con el embravecido Océano delNorte.

La introducción natural, el vestíbulo del Océano para prepararse áconocerlo como es debido, es la melancólica corriente de los ríos delNoroeste, los dilatados arenales del Mediodía ó las landas de laBretaña. Cualquiera que por una de estas tres vías se dirija al mar,quedará muy sorprendido de la región intermedia que lo anuncia. A lolargo de esos ríos divísase una ola infinita de juncos, de salcedas, deplantas diversas, las cuales, por los grados de las aguas que con ellasse mezclan convirtiéndose paulatinamente en salobres, acaban por hacerseplantas marinas. En las landas, preséntase antes del mar otro mar dehierbas duras y de corto tallo, helechos y matorrales.

Una ó dos leguasdistante de él empezaréis á ver árboles raquíticos, pobres, ceñudos, queindican á su modo por medio de posturas, iba á decir con sus gestosoriginales, la proximidad del gran tirano y la opresión de su soplo. Sino estuvieran arraigados á la tierra, indudablemente abandonarían á todaprisa aquel sitio: yacen semicaídos, de espaldas al enemigo común, cualsi se dispusieran á partir, derrotados, desgreñados. Se doblan, seencorvan hasta el suelo, y, no encontrando nada mejor que hacer, fijosen aquel sitio, tuércense al viento de las tempestades.

En otros sitios,el tronco disminuye y extiende indefinidamente sus ramas en sentidohorizontal. En la playa, donde las disueltas conchas levantan un polvomuy fino, el árbol vese invadido, tragado por él. Ciérranse sus poros,le falta aire respirable; siéntese ahogado, empero conserva su forma yqueda árbol de piedra, espectro de árbol, sombra lúgubre sin fuerzaspara desaparecer, cautiva en la muerte misma.

Mucho antes de vislumbrarse el mar, se oye y se adivina el temibleelemento. Primero un rumor lejano, sordo y uniforme.

Poco á poco cesantodos los ruidos dominados por aquél. No tarda en notarse la solemnealternativa, la vuelta invariable de la misma nota, fuerte y profunda,que corre más y más, y brama. Es menos regular que la oscilación delpéndulo que nos señala las horas de nuestra existencia: empero aquí elbalancín no tiene la monotonía de las cosas mecánicas; se siente, créesesentir la vibrante entonación de la vida. En efecto; al subir la marea,cuando la ola se empina sobre la ola, inmensa, eléctrica, júntase altempestuoso mugido de las aguas la estrepitosa algazara de las conchas yde los mil seres diversos que consigo arrastra. Llega el reflujo; unzumbido indica que con las arenas se lleva el mar todo ese mundo defieles tribus, y las recoge en su seno.

¡Cuántos tonos no tiene á más de los descritos! Por poco que estéconmovido, sus ayes y hondos suspiros contrastan con el silencio de lamonótona playa. Parece como que se abstrae para oir las amenazas del queayer le halagaba con acariciadora ola.

¿Qué va á decirle dentro depoco? No quiero preverlo siquiera.

No intento hablar ahora de losespantosos conciertos que tal vez prepara, de sus dúos con las rocas, delos alaridos y sordos truenos que produce en el fondo de las cavernas,ni de la sorprendente gritería en que se juraría oir: ¡Socorro!...

No;escogeremos uno de sus días graves, en que usa de su fuerza sinviolencia.

No debe sorprendernos si el niño y el ignorante vense siempre embargadospor un estupor admirativo y más temerosos que alegres ante esa esfinge.Nosotros mismos, bajo muchos conceptos, la consideramos aún como unenigma.

¿Cuál es su extensión real? Mayor que la de la tierra: he aquí lo que esdado afirmar con más exactitud. Sobre la superficie del globo el agua eslo general, la tierra una excepción. ¿Y su proporción relativa? El aguaconstituye las cuatro quintas partes, esto es lo más probable; otros hanasegurado que las dos terceras ó las tres cuartas partes. Problemadifícil de resolver. La tierra se ensancha y decrece; su acción no cesa:una porción baja, otra sube. Ciertas comarcas polares descubiertas yanotadas por el navegante, han desaparecido al pasar otra vez éste porel mismo sitio. Por otro lado fórmanse y se levantan innumerables islas,bancos inmensos de madréporas y corales, turbando la geografía.

La profundidad de los mares es más desconocida aún que su extensión.Apenas han sido hechos los primeros sondajes, pocos en número éinciertos.

Las insignificantes libertades, dado nuestro atrevimiento, que nostomamos á la superficie del indomable elemento, nuestra audacia encorrer sobre ese profundo desconocido, poco valen y en nada puedenmenguar el legítimo orgullo del mar. En realidad éste permanece oculto,impenetrable á nuestras miradas.

Adivínase y sábese hasta cierto puntoque un mundo prodigioso de vida, de combate y de amor, de produccionesvariadísimas pulula allí; empero apenas hemos penetrado en él, nosapresuramos á abandonar ese extraño elemento; y si nosotros necesitamosdel mar, en cambio el mar no nos necesita á nosotros para nada. Puedepasar muy bien sin el hombre. A la Naturaleza parece no le importa grancosa ese testigo: Dios es el único que se encuentra allí como en sucasa.

El elemento que llamamos flúido, movible, caprichoso, en realidad nocambia: es la regularidad misma. Lo que continuamente cambia es elhombre. Su cuerpo (cuyas cuatro quintas partes son agua, segúnBerzelius) mañana se evaporará.

Esa efímera aparición, en presencia delos grandes poderes inmutables de la Naturaleza, hace muy bien en vivirde ensueños.

Por muy justa que sea la idea que tiene de la inmortalidaddel alma, no por eso se aflige menos el hombre ante el espectáculo deesas muertes frecuentes, de las crisis que á cada momento quiebran lavida. El mar parece hacer gala de ese triunfo. Cada vez que á él nosacercamos, parece decirnos desde el fondo de su inmutabilidad: «Mañanatú dejarás de ser, y yo soy eterno. Tus huesos reposarán bajo la tierra,disolveránse al transcurso de los siglos, y yo existiré aún, majestuoso,indiferente, equilibrada la grande vida que me armoniza á la vida de losmundos lejanos.»

Contraste humillante que se revela con dureza y como irrisoriamente paranosotros, sobre todo en las playas bravías, donde el mar arranca á losderrumbaderos guijarros que vuelve á lanzarles, que vuelve á traer dosveces al día, arrastrándolos con siniestro estrépito cual si fuesencadenas ó metralla. Toda imaginación juvenil ve en esto el símbolo de laguerra, un combate, y empieza por acobardarse. Luego, notando que aquelfuror tiene límites ó se detiene, el niño, tranquilizado ya, detesta másbien que teme la cosa salvaje al parecer enemistada con él. A su vezarroja guijarros al gran enemigo mugiente.

En julio de 1831 me entretuve en observar ese duelo en el puerto delHavre. Un niño que llevaba á mi lado, al verse frente á frente con elmar sintió enardecerse su ánimo juvenil é indignóse de aquel desafío. Elmar devolvió estocada por estocada. Lucha desigual que movía á risa,entre la mano delicada de la frágil criatura y la espantosa fuerza quetampoco se curaba de la debilidad del contrario. Mas, la risadesaparecía de los labios al pensar en lo efímera de la existencia delser amado, y en su impotencia á presencia de la infatigable eternidadque nos arrebata. Tal fué una de mis primeras miradas hacia el mar.Tales mis ensueños empañados por el exacto augurio que me inspiraba esecombate entre el mar que veo cuando quiero, y el niño que para siempreha desaparecido de mi vista.

II

Playas, arenales y costas bravas.

Por doquiera puede verse el Océano; siempre se presentará imponente ytemible. Así se ostenta alrededor de los cabos que miran en todasdirecciones; así, y en ocasiones más terrible, en los sitios vastos,pero circunscriptos, en que el marco de las orillas le molesta y leindigna, donde penetra violentamente acompañado de corrientes rápidasque á menudo chocan contra los escollos. No se percibe el infinito,empero se siente, se oye, se le adivina así, siendo más profunda laimpresión que con ello causa.

Esto me sucedió en Granville, playa tumultuosa de gran oleaje y muchoviento donde termina la Normandía y comienza la Bretaña. La bellezalujuriosa y agradable, á veces vulgar, de la linda campiña normanda,desaparece, y por Granville, por el peligroso Saint-Michel-en-Grève, sepasa de un mundo á otro.

Granville es de raza normanda, pero bretón ensu fisonomía.

Opone fieramente su roca al asalto terrorífico de lasolas, que traen unas veces del Norte los discordantes furores de lascorrientes de la Mancha, y otras vienen del Oeste engrosándose en suvertiginosa carrera de mil leguas, azotando con toda la fuerza acumuladadel Atlántico.

Me era querido aquel pueblecillo original y un poco triste que vive dela grande pesca rodeada de peligros. La familia sabe que obtiene elsustento de las casualidades de esa lotería, de la vida, de la muertedel hombre. Esto presta una seriedad armónica al carácter severo dedicha costa en todas las cosas. Con frecuencia disfruté allí lamelancolía de la noche, ya me paseara por los obscuros arenales, yadesde lo alto de la población que corona la roca me entretuviera viendoesconderse el rey de los astros detrás del horizonte un tanto nebuloso.Su enorme mapamundi, rayado fuertemente y con frecuencia de negro yrojo, se abismaba sin detenerse á producir en el cielo los caprichos,los paisajes de luz con que en otras partes suele alegrar la vista. Enagosto ya había entrado el otoño: no existía el crepúsculo. Apenasdesaparecido el sol, refrescaba la brisa, corrían las olas rápidas,verdes y sombrías. Casi no se veía otra cosa que algunas sombrasfemeninas envueltas en sus capas negras forradas de blanco. Loscarneros retardados en los pobres pastos de la explanada, que se elevaochenta ó cien pies sobre la playa, entristecían el espacio con susbalidos.

La parte alta del pueblo, asaz reducida, tiene la cara que mira al Norteedificada á pico en el borde del abismo, negra, fría, azotadaeternamente por el viento, de frente al Grande Océano.

Allí sólo se venmíseras viviendas. Fuí conducido al hogar de un buen hombre que seganaba el sustento fabricando cuadros de conchas: habiendo subido poruna semiescala hasta un cuartito obscuro, apercibí, encuadrado en laestrecha ventana, aquel panorama trágico, panorama que me sorprendiótanto como en Suiza la vista del ventisquero de Grindelwald tomadaasimismo desde una ventana.

El ventisquero me representó un monstruo enorme de hielos puntiagudosque avanzaban á mi encuentro; ese mar de Granville, un ejército de olasenemigas que concurrían acordes al asalto.

Mi huésped no era viejo, pero sí achacoso, enfermo. A pesar de queestábamos en agosto tenía cerrada la ventana.

Inspeccionando sus obras ycharlando, noté que su cabeza no estaba muy firme: la había desarregladoun asunto de familia. Su hermano pereciera en aquella playa quecontemplábamos los dos, en una aventura cruel. El mar se le presentabasiniestro, le parecía que alimentaba cierta inquina contra él. Duranteel invierno complacíase en flagelar su ventana con copos de nieve óvientos helados, siendo causa de que no pudiese pegar los ojos.

En lasinterminables noches invernales azotaba sin tregua ni descanso la rocado estaba asentada su vivienda; en verano ofrecíale huracanesinconmensurables, relámpagos de un mundo al otro. Mucho peor era duranteel flujo: subía á la altura de sesenta pies, y su furiosa espuma,elevándose más todavía, se estrellaba impertérrita contra su ventana. Yno estaba el buen hombre seguro de que el mar se contentara con eso; suodio podía inducirle á jugarle alguna mala treta. Empero carecía demedios para procurarse un albergue mejor; tal vez veíase clavado allípor una especie de poder magnético, no osando enemistarse del todo conla terrible hada, á la que profesaba cierto respeto. La citaba pocasveces, y cuando lo hacía solía designarla sin nombrarla, así como elislandés en alta mar no se atreve á citar el Orca, temeroso de que leoiga y se presente.

Todavía me parece estar viendo su palidez cuando,fijos los ojos en la arena de la playa, me decía: «Esto me da miedo.»

¿Estaba loco? No; hablaba muy razonablemente. Parecióme un serdistinguido é interesante. Era un hombre nervioso, con una organizacióndelicada, demasiado delicada para recibir tales impresiones.

El mar produce muchos locos. Livingstone trajo del Africa un hombreinteligente, valeroso, que hacía frente á los leones; pero nunca habíavisto el mar. Al embarcarse por primera vez y experimentar la doblesorpresa del temible elemento y de todas las artes desconocidas, sucerebro no pudo resistir tanta emoción.

Empezó á delirar, y á pesar dela vigilancia que con él se tuvo, logró escapar, arrojándose ciegamenteen brazos de las ondas que tanto le aterrorizaban y no obstante leatraían.

Por otro lado, el mar encariña de tal manera á los hombres que por largotiempo se confían á su merced, á los que viven con él familiarizados,que no les es dado abandonarle jamás. He visto en un puertecito algunosviejos pilotos que, demasiado débiles, resignaban sus funciones; emperono lograban resignarse con su nuevo estado, y arrastrando una vidamiserable, acababan por perder el seso.

En lo más alto de Saint-Michel hay una plataforma llamada de los Locos. En mi vida he visto sitio más adecuado para producir la locuraque esa mansión vertiginosa. Figuraos rodeados de una dilatada planiciecomo de blanca ceniza, siempre solitaria, arena equívoca cuya falsasuavidad constituye el lazo más peligroso.

Es y no es la tierra, es y noes el mar, ni tampoco es dulce el agua, aunque por debajo los arroyuelostrabajen el suelo incesantemente. Raras veces, y sólo por cortosinstantes, una embarcación se aventuraría en aquellos sitios. Y si unopasa cuando refluye el agua, corre riesgo de ser tragado: hablo confundamento de causa, pues faltó poco para que me aconteciera unaccidente. Un ligero vehículo en que me encontraba, desapareció en dosminutos, caballo y todo, y yo escapé milagrosamente. Hasta á pie mehundía á cada paso que daba, sintiendo bajo mis plantas un horrorosoembate, cual si el abismo me acariciara, me invitara ó atrajera,agarrándome por debajo. Sin embargo, logré encaramarme en la roca,llegar á la gigantesca abadía, claustro, fortaleza y cárcel, de unasublimidad atroz, digna en verdad del paisaje. No es este lugar ápropósito para la descripción de aquel monumento. Yérguese sobre unagran mole de granito, y se empina y vuelve á empinarse indefinidamente,cual una Babel titánicamente amontonada, roca sobre roca, siglo trassiglo, empero constantemente calabozo sobre calabozo. Abajo, el inpace de los frailes; más arriba, la jaula de hierro levantada por LuisXI; subiendo siempre, la de Luis XIV; á mayor elevación, la cárcelactual. Todo esto envuelto en un torbellino, una brisa, una confusióneterna. Es el sepulcro sin la calma.

¿Tiene culpa el mar de la perfidia de esa playa? No por cierto.

El marllega allí, como por doquiera, bullicioso y robusto, pero lealmente. Laculpa la tiene la tierra, cuya disimulada inmovilidad, parece siempreinocente, mientras filtra por debajo la playa las aguas de losriachuelos, mezcla dulce y blanquizca que no permite consolidar elterreno. El primer culpable es el hombre, por su ignorancia y sunegligencia. En los interminables siglos bárbaros, mientras sueña con laleyenda y funda la gran peregrinación del arcángel vencedor del diablo,éste se apoderó de aquella llanura desamparada. El mar está muy inocentede todo: en vez de hacer daño, trae por el contrario en sus amenazadorasondas un tesoro de sal fecunda, mejor que el limo del Nilo, queenriquece los campos y constituye la encantadora belleza de los antiguospantanos de Dol, convertidos hoy en jardines. Es una madre un pocoexaltada de genio, pero madre al fin. Rica en pescado, amontona sobreCancale, que está enfrente, y sobre otros bancos, millones y másmillones de ostras, y sus conchas desmenuzadas producen la rica vida quese trueca en pastos y frutos, al par que cubre de flores las praderas.

Preciso es penetrarse de la verdadera inteligencia del mar, no dejarsearrastrar por la falsa idea que puede darnos el país inmediato, ni porlas terribles ilusiones que nos produciría la sencilla grandeza de susfenómenos, ni por los furores aparentes que con frecuencia se conviertenen beneficios.

III

Continuación.—Playas, arenales y costas bravas.

Las playas, los arenales y las costas bravas muestran el mar bajo tresaspectos y siempre útilmente. Explican, traducen, ponen en connivenciacon nosotros esa gran potencia, salvaje á primera vista, mas divina enel fondo, y por lo tanto amiga.

La ventaja que tienen las costas bravas es, que al pie de aquelloselevados muros, mejor que en parte alguna, puede apreciarse la marea, larespiración, el pulso (digámoslo así) del mar. Insensible en elMediterráneo, es notable en el Océano. El Océano respira al igual queyo, concuerda con mi movimiento interno, con el de arriba, obligándome ácontar incesantemente con él, á computar los días, las horas, á mirar alcielo. Me recuerda lo que soy y que vivo rodeado de gentes.

Si me asiento sobre una costa rasgada, por ejemplo la de Antifer, veo unespectáculo inmenso. El mar, que hace un momento parecía muerto, acabade espeluzarse. Ha temblado.

Primer indicio del gran movimiento. Lamarea ha rebasado Cherburgo y Barfleur, dado vuelta violentamente á lapunta del faro; sus aguas divididas siguen el Cavaldos, se elevan en elHavre, viniendo hacia mí, en Etretat, Fécamp y Dieppe, para sumirse enel canal, á pesar de las corrientes del Norte. Tócame, pues, ponerme enguardia y observar con atención la hora de su llegada. Su elevación,indiferente casi en los méganos ó colinas de arena que es fácilremontar, impone y llama la atención al pie de las costas rasgadas. Esedilatado muro de treinta leguas no tiene muchas escaleras: sus estrechasaberturas que constituyen nuestros puertezuelos, están bastantedistantes la una de la otra.

Curioso es en extremo observar en baja mar las hiladas sobrepuestasdonde se lee la historia del globo en gigantescos registros, do lossiglos acumulados ofrecen completamente abierto el libro del tiempo.Cada año se traga una página. Es un mundo que se derrumba, que el marmuerde constantemente por debajo, y las lluvias, los hielos, atacan conmás fuerza por arriba.

La onda disuelve la parte caliza, se lleva, trae,arrastra incesantemente el sílex que convierte en guijarrillos redondos.Tan rudo trabajo hace de esa costa, riquísima por el lado que mira á latierra, un verdadero desierto marítimo. Pocas, muy pocas plantas marinasse libran de la trituración eterna del guijarrillo magullado una y otravez. Los moluscos y las conchas la temen, y hasta los peces se mantienenapartados. Gran contraste de una campiña apacible y tan humanizada y unmar en extremo inhospitalario.

Este, sólo se ve desde arriba. Por bajo, la triste necesidad de moversesobre un terreno ruinoso, rodadero, cubierto de guijarros cual balas,hace intransitable la angosta playa, convirtiendo el más corto paseo enun violento ejercicio gimnástico. Preciso es vivir en las alturas dondelas espléndidas quintas, las magníficas arboledas, los fructíferoscampos, los jardines,

se

adelantan

hasta

la

orilla

de

la

gran

muralla,contemplando con satisfacción la majestuosa calle de la Mancha cubiertade barquichuelos y de buques de gran porte, dividida por las dos playasy los dos grandes imperios del orbe.

¡La tierra! ¡el mar! ¿Qué más puede desearse? Ambos tienen aquí suencanto. No obstante, todo aquel que es aficionado al mar por lo quevale en sí, esto es, su amigo, su amante, irá más bien á buscarlo ensitio no tan variado. Para entrar en relaciones continuadas con él, lasgrandes playas arenosas (si la arena no es demasiado blanda) son muchomás cómodas, permitiendo paseos interminables. Allí se sueña despierto;allí puede entregarse el hombre á efusiones misteriosas del corazón.Nunca he tenido motivo de quejarme de esas vastas y libres arenas dondeotros se fastidiaban; no me encuentro solo en aquel sitio. Voy, vengo, ysiempre tengo junto á mí el gran compañero. Si no está muy conmovido, demal humor, me aventuro á interrogarle, y se digna contestarme. ¡Cuántascosas nos hemos comunicado durante los tranquilos meses en que lamuchedumbre se ausenta á las ilimitadas playas de Scheveningen y deOstende, de Royan y de Saint-Georges! Entonces se establece ciertaintimidad merced á las prolongadas conversaciones tenidas á solas.Requiérese cierto tacto para comprender el gran idioma de los mares.

Uno encuentra triste el Océano cuando, desde las torres de Amsterdam, elZuiderzée se aparece terroso y con ondas plomizas: cuando, desde losméganos de Scheveningen, divísanse desplomarse sus aguas, dispuestas ácada momento á salvar el dique. En cuanto á mí, encuentro interesanteeste combate; dicha tierra me atrae, por imponente que sea: es elesfuerzo, la creación, el invento del hombre. Y también me agrada elmar, por los tesoros de la vida fecunda que encierra su seno. Es una delas partes más pobladas del Universo. Llega la noche de San Juan, día enque se abre la pesca, y veis surgir de las profundidades la ascensión deotro mar, el mar de los arenques. La llanura indefinida de las aguas noserá bastante grande para contener aquel diluvio viviente, una de lasrevelaciones más triunfales de la fecundidad sin límites de laNaturaleza. He aquí lo que anticipadamente percibo en ese mar, y en loscuadros do el genio ha señalado su profundo carácter. La sombría Estacada de Ruysdael es el cuadro que siempre ha llamado más miatención de todos los del Louvre.

¿Por qué? En las rojizas tintas deaquellas aguas electrizadas no siento ni por un momento el frío del mardel Norte, sino la fermentación, el oleaje de la vida.

Con todo, si se me preguntara qué costa del Océano produce mayorimpresión, contestaría: la de Bretaña, particularmente junto á losagrestes á la par que sublimes promontorios de granito que terminan elmundo antiguo, en aquella atrevida punta que desafía las tempestades ydomina el Atlántico. En parte alguna he sentido mejor las nobles yelevadas tristezas que constituyen las mejores impresiones del mar. Estorequiere una explicación.

Hay tristeza y tristeza—la del sexo débil, la del fuerte,—la de lasalmas demasiado sensibles que lloran sus propios males, y la de loscorazones desinteresados que siempre están contentos con su suerte ybendicen continuamente á la Naturaleza, empero sienten los males de sussemejantes, y sacan de la tristeza misma fuerzas para obrar ó crear.¡Con qué frecuencia nuestros males necesitan remojar su alma en eseestado que podemos nombrar melancolía heroica!

Al visitar aquel país treinta años ha, no me daba cuenta del granatractivo que para mí tenía. En el fondo, el atractivo es su grandearmonía. Por otro lado, y sin que uno se lo explique, siéntesediscordancia entre el suelo y el habitante. La magnífica raza normanda,en los cantones en que se ha mantenido pura ó donde ha conservado elcolor rojo, el extraño rojo de la Escandinavia, no tiene la menorrelación con la tierra que ocupa por acaso. En la Bretaña, por elcontrario, sobre el suelo geológico más antiguo del globo, sobre elgranito y el sílex, se pasea la raza primitiva, un pueblo también degranito. Raza ruda, nobilísima, con la finura del guijarro. Todo lo queprogresa la Normandía, decae la Bretaña. Imaginativa y dotada detalento, le agrada lo absurdo, lo imposible, las causas perdidas. Emperosi pierde en tantas cosas, le queda una, la más rara, el carácter.

Si uno quiere desviarse un tanto del anglicismo insípido y de lavulgaridad con pretensiones de positivismo, en fin, de las tontasalegrías tan tristes, que vaya á posarse sobre las rocas de la bahía deDouarnenez, en el promontorio de Penmark; ó, si la brisa sopla condemasiada violencia, que se embarque en las islas bajas del Morbihan: elmar arrastra hacia ellas una tibia onda que ni siquiera se siente. LaBretaña, donde es apacible, esto de veras. En sus archipiélagoscreeríais encontraros mecidos por la ola de la muerte; empero donde seostenta con fuerza, es sublime.

En 1831 sentí sus tristezas, las cuales forman parte de la historia demi vida. Entonces no conocía el verdadero carácter del mar. En los mássolitarios ancones, entre sus rocas más agrestes es donde se ostentaverdaderamente risueño, quiero decir, vivo y retozón y lleno de vida.Veis cubiertas sus rocas con una á modo de capa de escabrosidadesgrises; mas aquello son seres animados, todo un mundo asentado allí, quequeda en seco durante el reflujo, se cierra y esconde, volviendo á abrirsus ventanillas cuando el bueno del mar, su alimentador, le trae denuevo el sustento. Allí trabaja también en masa ese apreciable pueblo depequeños picapedreros, los esquinos, observados y tan exactamentedescritos por M. Caillaud. Toda esa muchedumbre juzga exactamente alrevés de nosotros. La bella Normandía les espanta; detesta y tiemblan ála vista de los rudos guijarros de las costas bravas, que lostriturarían con la mayor facilidad. No menos temor les causan losruinosos calizos de la Saintonge, disgustándoles fijarse sobre lo queestá destinado á desmoronarse el día de mañana. Al contrario, les gustasentir bajo sus plantas el inmutable suelo de las rocas bretonas.

Tomemos ejemplo de ellos para no creer en las apariencias, sino sólo enlo verdadero. Las más encantadoras riberas de la Flora seductora sonaquellas en que se aleja la vida marítima. Su riqueza consiste enfósiles: curiosos para el geólogo, instrúyenle por medio de los huesosde los muertos. El áspero granito, muy al contrario, ve bajo sus pies elmar con sus innumerables peces; encima otra vida, la poblacióninteresante, modesta, de los industriosos

moluscos,

pequeños

obreroscuya

laboriosa

existencia constituye el serio encanto, la moralidad delmar.

«Reina silencio profundo. Ese pueblo infinito es mudo, nada me dice. Suvida es del uno para el otro, sin relación con la mía, y para mí vale lamuerte. ¡Soledad! (exclama un corazón femenino). ¡Grande y tristesoledad!... No estoy tranquila...»

Mal hecho. Aquí todos son amigos. Esos pequeños seres no se comunicancon el hombre, pero trabajan para él. Pónense de acuerdo con su sublimepadre, el Océano, que habla por ellos.

Hácense oir por medio de suórgano atronador.

Entre la tierra silenciosa y las mudas tribus del mar, entáblase aquíel diálogo grandilocuente, rudo y grave, simpático, la armónicaconcordancia del grande Yo consigo mismo, ese precioso debate que estodo Amor.

IV

Círculo de las aguas, círculo de fuego. Ríos del mar.

Apenas echó la tierra una mirada sobre sí misma, cuando se comparó yprefirió al cielo. La joven geología luchando contra su hermana mayor laastronomía, reina orgullosa de las ciencias, lanzó un grito titánico.«Nuestras montañas, dijo, no han sido lanzadas á la ventura, como lasestrellas en el firmamento, sino que forman sistemas do se encuentranlos elementos de una ordenación general, no ofreciendo de ello ningúnvestigio las constelaciones

celestes

Frase

tan

atrevida

y

apasionadaescapóse de los labios de un hombre cuya modestia iguala á su saber, M.Elías de Beaumont.

Es indudable que aún no se ha desembrollado el orden (probablemente muygrande) que reina en la confusión aparente de la Vía Láctea; empero laordenación más visible de la superficie del Globo, resultado de lasinsondables revoluciones de su interior, conserva, y conservará para laciencia más ingeniosa, sombras y misterios.

Las formas de la gran montaña emergida de las aguas que con propiedadllamamos tierra, ofrecen varias disposiciones asaz simétricas, sin poderser conducidas aún á lo que parecería un sistema leal. Esas porcionessecas y elevadas aparecen más ó menos visibles, según las descubre elagua. El mar, como límite, traza en realidad la forma de loscontinentes. Toda geografía conviene comenzarla por el mar.

Añadid un hecho culminante, revelado de pocos años acá.

Mientras latierra nos ofrece tales ó cuales rasgos que parecen discordantes(ejemplo, el Nuevo Mundo extendiéndose de Norte á Sur y el antiguo deEste á Oeste), el mar, por el contrario, presenta notable armonía,exacta correspondencia entre ambos hemisferios. En la parte flúida quese ha tenido siempre por tan caprichosa, es donde existe la regularidad.Lo que nuestro globo tiene de más ordenado, de más simétrico, es alparecer lo más libre, el juego de la circulación. La osamenta y lasvértebras del grande animal presentan las singularidades de que aún nopodemos darnos exacta cuenta. Mas, su movimiento vital que produce lascorrientes del mar, que convierte de salada en dulce el agua, notardando en trocarse en vapor para volver al agua salada, ese admirablemecanismo es tan perfecto como el de la circulación sanguínea en losanimales más nobles. Nada hay que se asemeje tanto á la transformacióncontinuada de nuestra sangre, venosa y arterial.

El aspecto del globo es al parecer, mucho más comprensible, si seclasifican las regiones, no por cordilleras, sino por cuencasmarítimas.

El sur de España parécese más á Marruecos que á Navarra; la Provenza ála Argelia más que al Delfinado; la Senegambia á las regiones delAmazonas más que al mar Rojo; y el Amazonas tiene más analogía con lashúmedas regiones del Africa que con sus vecinas del dorso, Chile, elPerú, etc.

La simetría del Atlántico es aún más notable en las corrientessubmarinas, en los vientos y brisas de la superficie. Su acción ayudapoderosamente á crear esas analogías y á formar lo que puede apellidarsela fraternidad de las playas.

El principio de unidad geográfica, el elemento clasificador, serábuscado más cada día en la cuenca marítima, donde las aguas, losvientos, mensajeros fieles, crean la relación, la asimilación de lasopuestas orillas. Pediráse más raramente esa idea de unidad geográfica álas montañas, cuyas dos vertientes, á menudo en contradicción, nosofrecen bajo una misma latitud floras y pueblos completamente distintos;aquí el invariable estío, á dos pasos el eterno invierno, según lassituaciones. Raras veces da la montaña la unidad de la comarca, pero sísuele dar su dualidad, su divorcio y sus discordancias.

Esta opinión no es mía, sino de Bory de Saint-Vincent. Los recientesdescubrimientos de Maury y las leyes que ha establecido la confirman demil maneras.

En el inmenso valle del mar, bajo la doble montaña de ambos continentes,propiamente hablando no existen más que dos cuencas.

«1.º La cuenca del Atlántico.

2.º La gran cuenca del mar Indico y Pacífico.»

No puede darse el nombre de cuenca al círculo indeterminado del enormeOcéano Austral, que ni tiene límite ni playa, que sólo hacia el Norterodea el mar de la India, el mar de Coral y el Pacífico.

El Océano Austral por sí solo, es mayor que todos los mares juntos, puescubre casi la mitad de la superficie del globo. Según toda apariencia,su profundidad corre parejas con su extensión.

Mientras los recientessondeos del Atlántico indican 10 ó 12.000

pies, Ross y Denham hallaronen el Océano Austral 14.000, 27.000 y hasta 46.000 pies. Añadid á todoesto la masa de hielos antárticos, infinitamente más dilatados quenuestros hielos boreales. No se apartará uno mucho de la verdad, si,simplificando, dice: El hemisferio Austral es el mundo de las aguas, yel Boreal el de la tierra.

Todo el que parte de Europa para atravesar el Atlántico, habiendo salidosin contratiempo de nuestros puertos, cerrados con harta frecuencia porel viento Oeste, después de haber franqueado la zona variable denuestros mares inconstantes, no tarda en penetrar en la del buen tiempo,á la eterna serenidad que los vientos de Noroeste, los suaves vientosalisios, dan al mar y la tierra. Todo sonríe: no hay motivo parainquietarse. Mas, al avanzar hacia la Línea, cesa la brisa vivificadoray el aire se vuelve sofocante. Se penetra en la zona de las calmas quedominan bajo el Ecuador y separan inmutablemente los alisios de nuestrohemisferio Boreal de los alisios del hemisferio Sur. El cielo estácubierto de pesadas nubes; á cada momento llueve á mares. El corazón seentristece, nos quejamos; mas, sin ese sombrío cortinaje, ¿podríanresistir nuestras cabezas los ardores solares del Atlántico? Sin eldiluvio de agua que asalta la otra cara del globo, el mar Indico y elmar de Coral, ¿sería posible resistir la fermentación producida por loscráteres de sus encanecidos volcanes? Esa negra masa de nubes, antesterror, barrera de los navegantes, esa noche súbita que se extiendesobre las aguas, es precisamente la salvación, la facilidad protectoraque suaviza nuestro viaje, y nos conduce como por la mano á disfrutardel espléndido sol, del claro cielo del Sur, de la dulzura de losvientos regulares.

Naturalmente el calor de la Línea eleva el agua en vapores, formando esasombría faja.

El observador que desde otro planeta contemplara el nuestro, veríacernerse sobre él un anillo de nubes con corta diferencia comoobservamos nosotros el de Saturno. Y si tratara de indagar su uso,podría contestársele: Es el regulador que, absorbiendo y devolviendo ásu vez, equilibra la evaporación, la precipitación de las aguas,distribuye las lluvias y el rocío, modifica el calor de cada comarca,canjea los vapores de ambos mundos, pide prestado al mundo Austral losmateriales para formar los riachuelos y grandes corrientes de agua denuestro mundo Boreal. Solidaridad maravillosa. La América del Sur consus imponentes selvas, por medio de su respiración condensada en nubes,empapa fraternalmente las flores y los frutos de Europa.

El aire que nosrenueva es el tributo que un centenar de islas del Asia, que la poderosaflora de Java ó de Ceilán exhaló y confió al gran mensajero de las nubesque da vueltas con la tierra y le vierte la vida.

Colocaos (hablo en espíritu) sobre una de las islas volcánicas que entanto número ofrece el mar Pacífico y mirad hacia el Sur.

Detrás de laNueva Holanda veréis el Océano Austral sitiar con una onda circular lasdos puntas extremas del antiguo y nuevo continentes. Nada de tierra enel mundo antártico, ó de islitas, ó de pretendidas tierras polares quetan pronto son indicadas por los descubridores como han desaparecido, nosiendo tal vez más que hielos. Aguas sin fin, siempre aguas.

Del mismo observatorio do os he colocado, en contraste con el círculo delas aguas antárticas podéis ver hacia el Este, hacia el hemisferioArtico, lo que Ritter llama «el círculo de fuego.» Para hablar con máspropiedad, es un anillo suelto, una cadena floja que forman losvolcanes, primeramente en las cordilleras, luego en las alturas delAsia, y por último en esos innumerables grupos de islas basálticas quehormiguean por todo el Océano Oriental.

Los primeros volcanes, los deAmérica, ofrecen en una longitud de mil leguas, una sucesión de sesentafaros gigantescos, cuyas continuadas erupciones dominan la costa abruptay las lejanas aguas. Los otros, desde la Nueva Zelandia hasta el nortede las Filipinas, cuentan ochenta que arden y un gran número apagados.Si fijamos la vista hacia el Norte (desde el Japón hasta Kamtschatka),cincuenta relucientes cráteres alumbran hasta de las islas Aleutianas, ylos sombríos mares Articos (Leopoldo de Buch, Ritter, Humboldt). Total,trescientos volcanes en actividad que dominan circularmente el mundooriental.

En la otra cara del globo, nuestro Océano Atlántico ofrecía análogoaspecto antes de las revoluciones que apagaron la mayor parte de losvolcanes de Europa, aniquilando por otra parte el continente de laAtlántida. Humboldt opina que esa gran ruina, atestiguada con tal fuerzapor la tradición, realmente se verificó.

Por mi parte, atrévome á añadirque la existencia de dicho continente era lógica en la simetría generaldel Universo, para que esa cara del globo fuera armónica á la otra. Allíse levantaban, al lado del volcán de Tenerife, que nos ha quedado, y denuestros apagados volcanes de la Auvernia, el Rhin, Herefort, etc., losque debieron minar la existencia de la Atlántida. Todos juntosconstituían la parte opuesta de los volcanes de las Antillas y demáscráteres americanos.

De esos volcanes encendidos ó extintos, de la India y de las Antillas,del mar de Cuba, del de Java, se desprenden dos enormes ríos de aguacaliente, que corren á calentar el Norte, y podríamos llamar las dosaortas del globo. Ambos están provistos, ó bien de lado ó por debajo, decontracorrientes que, procedentes del Norte, traen el agua fría,compensando la efusión de agua caliente y constituyendo el equilibrio. Alas dos corrientes cálidas, que son saladísimas, administran lascorrientes frías una masa de agua más dulce, que vuelve al Ecuador, algran fogón eléctrico destinado á calentarla, á salarla.

Esos ríos de agua caliente, angostos al principio, como de veinte leguasde ancho, y que por largo espacio conservan su vigor y poderosaidentidad, poco á poco se cortan, entíbianse, empero se dilatan y seensanchan hasta mil leguas. Maury estima que el que parte de lasAntillas é impele el Norte hacia nosotros, traslada y modifica la cuartaparte de las aguas del Atlántico.

Esos grandes rasgos de la vida de los mares, observados recientemente,eran, no obstante, tan visibles como los continentes mismos. Nuestrapoderosa arteria Atlántica y su hermana la arteria Indica bastante sedaban á conocer en el color.

Por ambos lados se vislumbra un torrenteazul, muy azul, que corre sobre las verdes aguas, color de índigo tansombrío, que los japoneses nombran al suyo: río negro.

Vese perfectamente brotar el nuestro, entre Cuba y la Florida: salehirviendo de su caldera, el golfo de Méjico. Corre cálido, salado, muyvisible entre sus dos verdes murallas. Búrlase del Océano; éste loencajona, lo comprime, mas no puede traspasarlo. Ignoro por qué densidadintrínseca, por qué atracción molecular, sus azuladas aguas se mantienenunidas, tan unidas, que antes que confundirse con el agua azul, seacumulan, forman un muro, una bóveda, con su pendiente á derecha éizquierda, y cualquier objeto que allí se eche lo repele y se desliza,pues es más alto que el Océano.

Rápido é impetuoso, primero corre al Norte, siguiendo los EstadosUnidos; mas, al llegar á la punta del gran banco de Terranova, su brazoderecho dirígese al Este y el izquierdo se subordina, cual corrientesubmarina, yendo á consolar el polo y á crear el mar tibio (entiéndaseno helado), que se acaba de descubrir. En cuanto al brazo derecho,desparramado por una inmensa latitud, cuando débil, cansado, llega áEuropa, encuéntrase con la Irlanda y la Inglaterra que vuelven á dividirlas aguas ya separadas en Terranova. Desfalleciente, perdido en el mar,entibia, no obstante, un poco la Noruega, y halla medio todavía dellevar á las costas de la Islandia las maderas de América, sin lascuales moriría esa pobre isla nevada bajo su volcán.

Los dos hermanos, el Indico y el Americano, se asemejan en que, salidosde la Línea, del horno eléctrico del globo, arrastran prodigiosaspotencias de creación, de agitación. Por un lado parecen la matrizprofunda de un mundo de seres vivientes, su suave y apacible cuna; porotra constituyen el centro y vehículo de las tempestades: los vientos,las trombas viajan á la superficie.

Tanta dulzura, tanto furor, ¿acasono es un contrasentido? No: esto prueba únicamente que el furor sóloturba la parte de afuera, las capas externas, poco profundas. De lointerno nada se sabe.

Las más débiles criaturas, los átomos conchíferos,las medusas microscópicas,

seres

flúidos

que

una

nada

disuelve,aprovechándose de la corriente, navegan pacíficamente bajo la tempestad.

Muy pocos llegan hasta nosotros: detiénense en Terranova, donde la fríacorriente del polo los ataca, los aprisiona, los mata.

Terranova no esmás que el osario de esos viajeros heridos por el frío. Los más tenues,aunque muertos, quedan flotando, mas acaban por llover cual nevazón enel fondo del Océano, constituyendo esos bancos de conchas microscópicasque, de Irlanda hasta América, constituyen aquel fondo.

Maury llama á los dos ríos de agua caliente, el Indico y el Americano, las dos vías lácteas del mar.

Semejantes en calor, color y dirección, describiendo precisamente unamisma curva, no tienen, sin embargo, el mismo destino. El Americanocomienza por penetrar en un mar bravío abierto al Norte, el Atlántico,que suelta y manda contra él el flotante ejército de hielos polares,donde gasta su calor. Al contrario, la corriente Indica, circulandoprimeramente por las islas, llega á un mar cerrado y más preservado delNorte, manteniéndose por mucho tiempo el mismo, cálido, eléctrico ycreador, y trazando sobre el globo un enorme reguero de vida.

Su centro es el apogeo de la energía terrestre en tesoros vegetales, enmonstruos, en especias, en peces. De las corrientes secundarias que sedesprenden de él y van al Sur, resulta todavía otro mundo, el del marde Coral. Allí, en un espacio grande como los cuatro continentes—diceMaury,—los pólipos fabrican concienzudamente los millares de islas,bancos y arrecifes que cortan poco á poco ese mar; escollos, hoy día,peligrosos y maldecidos del navegante, pero que remontando, uniéndose ála larga, constituirán un continente, y ¿quién sabe? después de uncataclismo, el refugio del linaje humano.

V

El pulso del mar.

Nuestra tierra no es solitaria, según hace notar Juan Reynaud en elprecioso artículo de la Enciclopedia. La complicadísima curva quedescribe expresa las fuerzas, las influencias diversas que sobre ellaobran, atestiguando sus relaciones y comunicación con el gran pueblo delos cielos.

Sus relaciones jerárquicas son particularmente visibles con su jefe, elsol, y con la luna, que, como su servidora, tiene por esto más poderíosobre ella. Así como las flores de la tierra miran al sol, míralo lamisma tierra que las sostiene, y aspira hacia él. En aquello que tienede más movible, su masa flúida se levanta é indica que siente suatracción. Desbórdase y sube (como puede) y, fija su mirada hacia losastros amigos, dos veces al día hincha su seno, dedicándoles á lo menosun suspiro.

¿Acaso no siente la atracción de los otros globos? ¿Sus mareas sóloestán regidas por la luna y el sol? Todos los sabios así lo decían, estoes lo que creían todos los marinos. Se estaba atenido á losincompletísimos resultados de La Place. De ahí errores terribles que setrocaban en naufragios. Con respecto á los peligrosos escollos deSaint-Malo había una equivocación de dieciocho pies. Sólo en 1839 fuécuando Chazallon, que estuvo á punto de perecer á consecuencia de taleserrores, comenzó á descubrir y calcular las ondulaciones secundarias,pero de gran consideración, que modifican la marea general bajoinfluencias diversas. No cabe duda, que astros menos dominantes que elsol y la luna influyen asimismo en el vaivén de las aguas terrestres.

Empero, ¿bajo qué ley? Chazallon lo dice: «La ondulación de la marea enun puerto sigue la ley de las cuerdas vibrantes

Sentencia grave y degran alcance, que nos da á entender que las relaciones de los astrosentre sí, son las relaciones matemáticas de la música celestial, segúnafirmara la antigüedad.

La tierra, por medio de su gran marea y de las mareas parciales, habla álos planetas sus hermanos. ¿Contestan éstos?

Debemos pensar que sí. Consus elementos flúidos deben asimismo levantarse, sensibles al esfuerzode la tierra. La atracción mutua, la tendencia de cada astro á sacudirsu egoísmo, debe crear á través de los cielos diálogos sublimes. Pordesdicha, los humanos oídos sólo perciben una mínima parte de estecoloquio.

Otro punto debemos considerar. El mar no afloja precisamente en elmomento del paso del astro influyente: no tiene oficiosidad de unaobediencia servil. Necesita tiempo para sentir y seguir la sacudida; espreciso que llame en su auxilio las aguas perezosas, que venza su fuerzade inercia, que atraiga, que arrastre las más lejanas. La rotación dela tierra, tan terriblemente rápida, muda de continuo los puntossometidos á la atracción. Añadid que el ejército de las olas, en sumovimiento simultáneo, tiene que sufrir todas las contrariedades de losobstáculos naturales, islas, cabos, estrechos, direcciones tan variadasde las orillas, y los obstáculos no menos resistentes de los vientos ycorrientes, las rivalidades de los ríos de la tierra, que, bajando delos montes, arrastrados por sus rápidas pendientes, según losderretimientos de nieve y cien accidentes imprevistos, atraviésanse unosá otros y cambian el movimiento regular, iniciando luchas terribles.

ElOcéano se mantiene firme. Las fuerzas de que hacen alarde los ríos máscaudalosos, no bastan á intimidarle. Las aguas que hacia él se empujanno las rechaza: recógelas, las hace rodar cual montañas hasta Ruán yBurdeos, con tal violencia, que diríase intenta lanzarlas al otro ladode las montañas verdaderas.

Tan diversos obstáculos crean á las mareas irregularidades aparentes queembargan y conmueven el ánimo. Nada más sorprendente que lacontradicción de horas que ofrecen en dos puertos muy inmediatos. Unamarea del Havre, por ejemplo, vale por dos de Dieppe (Chazallon, Baude,etc.) ¡Qué gloria para el humano linaje haber sometido al cálculofenómenos tan complejos!

Empero bajo ese movimiento externo, el mar oculta otros internos, los delas corrientes que le atraviesan á tal ó cual profundidad. Sobrepuestasá diferentes alturas, ó vertiéndose lateralmente

en

opuestasdirecciones,

corrientes

cálidas,

contracorrientes frías, ejecutan entresí la circulación del mar, el cambio de las aguas dulces y saladas, la pulsación alternativa que es su resultado. Lo cálido bate de laLínea al polo, lo frío del polo al Ecuador.

¿Hay exactitud en comparar estrictamente esas corrientes, como se hahecho á veces, corrientes asaz distintas y no muy mezcladas, á losvasos, venas y arterias de los animales superiores? Rigurosamentehablando, no. Empero tienen cierta semejanza con la circulación menosdeterminada que los naturalistas han descubierto recientemente enalgunos seres inferiores, moluscos y anélidos. Suplida esa circulación lagunar prepara la vascular, la sangre se desparrama en corrientesantes de formarse canales determinados.

Así es el mar: parécese á un gran animal detenido en ese primer grado deorganización.

¿Quién reveló las corrientes, esas fluctuaciones regulares del abismo alcual jamás descendemos? ¿Quién nos enseñó la geografía de las aguastenebrosas? Los que viven en ellas ó flotan en su superficie, á saber:los animales y los vegetales.

Vamos á ver cómo la ballena, cómo los átomos conchíferos( foraminíferos), cómo las maderas de las selvas americanas,transportadas hasta la Islandia, han concurrido á revelar el río deaguas calientes que de las Antillas se encamina á Europa, y lacontracorriente fría que se le une en Terranova, pasando al lado ó pordebajo, y convirtiendo sus hielos en espesa niebla.

Una nube roja de animálculos, trasladada por un vendaval del Orinoco áFrancia, ha dado la explicación de la gran corriente aérea del Suroesteque refresca nuestra Europa con las lluvias de las cordilleras.

Sin el continuado cambio de las aguas que se efectúa por medio de lascorrientes en las profundidades del mar, en muchos sitios cubriríase desales y de detritus. Sucedería como en el mar Muerto, que, careciendo dedesagüe y de movimiento, ve sus orillas cubiertas de sal y sus plantasincrustadas de cristalizaciones. Sólo con navegar por sus aguas losvientos truécanse en abrasadores, áridos, acarreando el hambre y lamuerte.

Tantas observaciones dispersas sobre las corrientes del aire, de lasaguas, las estaciones, los vientos, las tempestades, quedaban como unatradición en la memoria de los pescadores y los marineros, perdiéndoselas más de las veces, bajando á la tumba con ellos.

La guía del navegante, la meteorología descentralizada, parecía vana, yacabó por ser negada. El ilustre M. Biot pidióla estrecha cuenta de lopoco que hasta entonces había adelantado.

No obstante, en ambas playas,europea y americana, hombres perseverantes fundaban esa negada cienciasobre la base de la observación.

El último y más célebre de todos, el norteamericano Maury, emprendióvalerosamente lo que hubiera hecho retroceder á cualquier Gobierno, elexamen y clasificación de innumerables cuadernos de bitácora, de esosinformes documentos, á menudo truncados, que llevan los capitanes. Talesextractos, redactados, en tablas donde resaltan los hechos concordantes,dieron por resultado algunas reglas y generalidades. Un congreso demarinos, reunido en Bruselas, resolvió que las observaciones, á partirde aquel momento anotadas cuidadosamente, serían centralizadas en unmismo depósito, el Observatorio de Wáshington.

Noble homenaje de la Europa á la joven América, al pacienzudo éingenioso Maury, sabio poeta de los mares que ha resumido sus leyes, yhecho un servicio mayor todavía, pues por el impulso del corazón y elamor á la Naturaleza, al mismo tiempo que por lo positivo de susresultados, logró transportar el Universo. Sus cartas y la primera obraque escribió, cuya tirada fué de ciento cincuenta mil ejemplares, seregalan liberalmente por los Estados Unidos á los marineros de todas lasnaciones del orbe. Muchos hombres eminentes, así en Francia como enHolanda, Jansen, Tricaut, Julien, Margollé, Zurcher y otros, hanseconvertido en intérpretes, en elocuentes misioneros de aquel apóstol delos mares.

¿Por qué la América se nos ha adelantado en este caso? La Américarepresenta el deseo. Es joven y se muere por estar en relaciones con elresto del globo. Sobre su espléndido continente y en medio de tantosEstados, créese, sin embargo, solitaria. Tan alejada de su madre laEuropa, tiene su mirada fija hacia este centro de la civilización, comola tierra hacia el sol, y todo lo que la acerca á esta gran luminariahácela palpitar. Puede juzgarse de ello por la embriaguez, por losconmovedores festejos á que se entregaron en aquella tierra con ocasiónde inaugurarse el telégrafo submarino que enlaza ambas playas,prometiendo el diálogo y la réplica en algunos minutos, de suerte quelos dos mundos no tengan más que un solo pensamiento.

Maury ha demostrado con verdadero genio la armonía del aire y del agua.A tal Océano marítimo tal Océano aéreo. Sus movimientos alternados, eltrueque de sus elementos son enteramente análogos. El distribuye elcalor por el orbe, produce las sequías ó la humedad. Esta la toma de losmares, del infinito del Océano central, sobre todo en los trópicos, enlos grandes hervideros de la caldera universal. Conviértese en seco, alcontrario, cuando pasa por los tostados desiertos, los grandescontinentes,

los

ventisqueros

(verdaderos

polos

intermedios del globo),que le chupan hasta su última gota. El calentamiento del Ecuador y elenfriamiento del polo, alternando la densidad y sutileza de los vapores,le hacen viajar en forma de corrientes y contracorrientes horizontales,que se cambian. Bajo la Línea, el calor que aligera los vapores y loshace subir, crea corrientes de abajo arriba. Antes de distribuirse seciernen sobre ese sombrío receptáculo que (lo hemos dicho) formaalrededor del globo como un anillo de nubes.

He aquí, pues, otras pulsaciones marítimas y aéreas independientementedel pulso de la marea. Este era externo, impreso por otros astros alnuestro; mas el pulso de las corrientes diversas es intrínseco á latierra, constituye su propia vida.