El Manuscrito de Mi Madre Aumentado con los Comentarios, Prólogo y Epílogo by Alphonse de Lamartine - HTML preview

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alma,

y

ésta

residía

en

el

corazónprincipalmente, lugar en donde la Naturaleza ha colocado el genio de lamujer, puesto que las obras de la mujer son todas hijas del amor. Desuerte que únicamente por la simpatía se siente el hombre unido a ellas.Esta superioridad, casi incomprensible e inofensiva, nos subyugadulcemente.

X

Dueño de estos recuerdos íntimos, he pensado muchas veces en si debíaesconderlos en el cajón más profundo de mi secreter o entresacar deellos un pequeño extracto acompañado de algunas observaciones para lafamilia, al objeto de que los restos del alma de semejante madre, no seevaporen por completo sin haber sido, cuando menos, leídos de susnietezuelos.

Este pensamiento ha renacido en mí con mayor fuerza al sentir lasvibraciones clamorosas de la campana que llora sobre su tumba y queparece hacerme cargos por mi silencio, cuando el mismo bronce llora pararecordármelo.

Acumúlanse los años, la tarde de la vida se acerca, el polvo del tiempocomienza a empañar las hojas con el tinte pálido del otoño. Me hallo enuno de estos momentos de recogimiento crepuscular en los que elpensamiento se detiene ante las inquietudes de la vida activaremontándose a su origen, como agua estancada sin viento que la agite ala cual le es imposible encontrar la corriente; es el momento, en fin,de cumplir con mi piadoso deseo examinando esta reliquia venerada.

Solamente la luz del hogar mismo de mi madre alumbrará estas páginas; ysólo quien haya llorado su muerte encontrará este libro interesante. Apesar de los variados espectáculos que representan a la mirada delhombre sensible y reflexivo la historia y la naturaleza, no existe en sufondo un solo punto más interesante de que haya concurrido en una solaalma, dadas las circunstancias, tal conjunto de alegrías, penas yvicisitudes de la vida, habiendo pertenecido esta alma a una mujerignorada entre la oscura y tranquila vida doméstica.

Este drama no pertenece a la escena, se encierra dentro del corazón;pero una lágrima, ya sea producida por la caída de un imperio o por elhundimiento de una cabaña, contiene siempre la misma cantidad de agua yde amargura...

XI

Cuando oímos hablar del alma de una persona, nos gusta conocerexteriormente la envoltura que la encierra. He aquí el retrato de mimadre, tal como está trazado en las primeras páginas de las notasconfidenciales de su vida.

Alicia de Roys, tal fue el nombre de mi madre, hija de M.

Roys, directorgeneral de la hacienda del señor duque de Orleans. Mme. de Roys, suesposa, segunda aya de los hijos del duque, fue favorita de aquellabellísima y virtuosa duquesa de Orleans, que la Revolución respetó apesar de haber destruido su palacio y de haber mandado sus hijos aldestierro y su marido al patíbulo.

M. y Mme. de Roys habitaban en el palacio real durante el invierno y enel de Saint-Cloud los veranos.

En este palacio nació y creció mi madre, pasando su infancia en compañíadel rey Luis-Felipe, niño también. Ambos pasaron la niñez en medio de lafamiliaridad respetuosa que se establece generalmente

entre

los

niños

deuna

misma

edad

aproximadamente, que reciben iguales lecciones yparticipan de las mismas inocentes distracciones.

¡Cuántas veces nuestra madre nos hablaba de la educación de estepríncipe, que una revolución había desterrado de su patria, y que otrarevolución debía levantar sobre su trono! No existe una fuente, unaarboleda, ni un cuadro solamente en los jardines de Saint-Cloud que noconociéramos antes de haberlos visto.

¡Cuántas veces los nombraba alrecordar su infancia! Saint-Cloud había sido para ella su Milly, sucuna, el lugar en el cual todos sus primeros pensamientos e impresioneshabían germinado,

florecido,

crecido

y

vegetado

con

las

exuberantesplantaciones del magnífico parque.

Los personajes que tuvieron más resonancia durante el siglo XVIII,quedaron en su memoria profundamente grabados.

Mme. de Roys, su madre, fue mujer de gran mérito. Sus funciones en elpalacio del primer príncipe de la sangre, atraían a su alrededor muchospersonajes célebres de la época. El mismo Voltaire, durante su triunfaly último viaje a París, hizo una visita de atención a los jóvenespríncipes.

Mi madre, que no contaba a la sazón más que siete u ocho años, asistió ala visita, y aunque muy niña, comprendió por las impresiones que semanifestaban en torno suyo, que estaba viendo un personaje superior a unemperador.

Aquella actitud soberana de Voltaire, sus vestidos, su porte, en fin, ysus palabras, quedaron impresas en su memoria de niña, como quedan losseres antidiluvianos sobre las piedras que forman las montañas.

Dalembert, Laclos, Mme. de Genlis, Buffon, Florián, el historiadoringlés Gibbon, Grimm, Morellet, M. Necker. Los hombres de Estado, losliteratos y los filósofos de su tiempo vivían en la sociedad de Madamede Roys, distinguiéndose entre todos ellos al más inmortal, a JuanJacobo Rousseau.

Aunque mi madre era muy religiosa, conservaba cierta tiernísimaveneración por este grande hombre; sin duda porque veía que a más de sugran genio, atesoraba un generoso corazón.

Y si ella no participaba delas ideas religiosas del gran genio, sentía las bellezas de su alma.

XII

Unía el duque de Orleans a este título el de conde de Beaujolais, y poresta causa tenía el derecho de nombrar cierto número de damas para elcabildo de Salles. Mi madre fue nombrada a los quince o dieciséis años.Conservaba todavía un retrato suyo de aquella época, además del quetodas sus hermanas y mi padre mismo, me han hecho infinidad de veces alrelatarme su vida.

Está representada con el mismo uniforme del colegio. Vese en él a unajoven alta y delgada, de talle flexible, de blanquísimos brazos,cubiertos hasta el codo por mangas ajustadas de un tejido negro. Sobresu pecho ostenta la crucecita de oro del capítulo.

Caen por ambos ladosde su gallarda cabeza, sus flotantes cabellos negros, y sobre éstos unvelo de encaje menos negro aún que los rizos que orlan su cara, de unblanco mate pálido que resplandece mejor entre aquella oscuridad decolores.

A causa del tiempo, han desaparecido un tanto los colores y frescura delos dieciséis años, pero los rasgos son aún tan puros y recientes, quelos colores no se han secado todavía en la paleta.

Se encuentra aprimera vista en su fisonomía, aquella sonrisa interior de la vida,aquella ternura inagotable en la mirada que revela en todo su ser unaextraordinaria bondad: rayos de luz de una razón serena empapada enserenidad, flotando como una caricia eterna en su mirada un tantoprofunda y otro tanto velada por los párpados, como si quisiera evitarque se escapase todo el fuego y todo el amor que se encerraba en sushermosos ojos. Al ver este retrato se comprende muy bien toda la pasiónque semejante mujer debió inspirar a mi padre, y todo el respeto yveneración que debía inspirar después a sus hijos.

A pesar de esto, tampoco mi padre era indigno por ningún concepto deatraerse las simpatías de una mujer amorosa y sensible. No era demasiadojoven: contaba treinta y ocho años.

Pero para un hombre como él, quedebía morir joven todavía de cuerpo y espíritu a los noventa años, contodos sus dientes, todos sus cabellos y en toda la varonil belleza deuna vejez fuerte, treinta y ocho años representaban la flor de laexistencia.

Era de elevada estatura, porte militar, líneas varoniles y caráctersevero. La altivez y la franqueza leíanse en su fisonomía a primeravista. No afectaba ingenuidad y gracia, y eso que poseía en su interiory en alto grado ambas cualidades. A pesar de su temperamento fogoso,parecía indiferente y frío en el exterior, creyendo, sin duda, que unhombre como él debía avergonzarse de manifestar demasiada sensibilidad.Dudo que hubiera otro hombre en el mundo que dudase más de sus virtudesy que envolviese con todo el pudor de una mujer las severas perfeccionesde un héroe. Yo mismo tardé en conocerle muchos años.

Le creía duro y áspero, cuando no era más que justo y rígido.

Eran sus gustos sencillos e inocentes como su alma.

Patriarca y militar: he aquí el hombre.

La caza y el bosque, mientras permanecía en el campo; el resto del año,su regimiento, su caballo, sus armas, la ordenanza escrupulosamenteobservada y ennoblecida por el entusiasmo del soldado: éstas eran todassus ocupaciones. Nada ambicionaba, y mostrábase cumplidamente satisfechocon su grado de capitán de caballería. La estimación de sus camaradasera lo único que, procurando conservarlo con delicadeza suma, encontrabadigno de envidia, y su única ambición.

Consideraba el honor de su regimiento como el suyo propio, y sabía dememoria los nombres de los oficiales y soldados de todos losescuadrones. Sin la menor ambición de fortuna ni de grados, cifraba todosu ideal en ser lo que era: un buen militar, teniendo el honor por almay el servicio del rey por religión.

Pasábase los seis meses del año deguarnición en una ciudad y los otros seis en su pequeña casa de campo,con su esposa y sus hijos. En una palabra, el hombre primitivo un tantomodificado por el militar; he aquí mi padre.

La Revolución, las desgracias, los años y las ideas fueron modificandosu manera de ser y se completaron en su vejez. Yo mismo puedo asegurarpor mi parte haber visto cómo su espléndida y fácil naturaleza sedesenvolvía después de los sesenta años de existencia. Parecíase a lasencinas que vegetan y se rejuvenecen de continuo hasta el día en que elhacha del leñador

rompe

su

tronco.

A

los

ochenta

años

continuabamodificando sus ideas y buscando la perfección de ellas.

XIII

Y constante como era, logró vencer, en unión de mi madre (no sin tenerque superar grandes obstáculos), todas las dificultades de la fortuna ylas preocupaciones de familia que se interpusieron entre ambos.Casáronse en el tiempo en que la Revolución removió todas lasedificaciones humanas y hasta la tierra en que se asentaban.

La Asamblea constituyente había realizado su obra. Sabía por la fuerzade una razón sobrehumana, por decirlo así, los privilegios ypreocupaciones sobre los cuales descansaba el antiguo orden social deFrancia.

Habían los tumultos populares removido ya, como remueven las olas losvientos precursores de los temporales, el palacio de Versalles, elfuerte de la Bastilla y el Municipio de París.

Los primeros temblores que removieron los cimientos creíase que seríanuna ligera tempestad sin consecuencias.

No existía escala para medir la altura a que debía alcanzar eldesbordamiento de las nuevas ideas.

Mi padre no había abandonado el servicio a pesar de su casamiento: él noveía en todo aquello más que la bandera que debía seguir, el rey a quiendefender, algunos meses de lucha contra el desorden y algunas gotas desangre que derramar en el cumplimiento de su deber.

Los primeros relámpagos de una tempestad que debía sumergir un tronosecular y conmover a Europa durante medio siglo a lo menos, se perdieronpara mi madre y para él, entre las primeras alegrías de su amor y lasperspectivas primeras de su felicidad.

Yo recuerdo haber visto cierto día una rama de sauce desgajada deltronco por la tempestad de la noche, flotando a la mañana sobre lasaguas desbordadas del Saone. Un ruiseñor hembra empollaba todavía en sunido flotante, mientras el macho revoloteaba sobre las aguas espumosasque pretendían tragarse aquella dulce mansión de amor.

XIV

Apenas hubieron probado el deseado bienestar, cuando les fue precisointerrumpirlo, separándose ¡quién sabe si para no volverse a ver! Llegóel momento de la emigración. En esta primera época, no fue la emigraciónlo que debía ser más tarde; un refugio contra las persecuciones o contrala muerte. Fue una especie de contagio que existía entre la noblezafrancesa. El ejemplo dado por los nobles cundió y casi todos losregimientos perdieron sus oficiales. Necesitaban grande firmeza decarácter para resistir aquella epidemia que tomó el nombre de honor.

Mi padre tuvo esta firmeza y no emigró.

Solamente cuando se exigió a los oficiales del ejército un juramento querechazaba su conciencia de servidores del rey, presentó su dimisión.Pero el 10 de Agosto se aproximaba, se le sentía venir.

Sabíase de antemano que el fuerte de las Tullerías sería atacado, quelos días del rey correrían peligro; que la Constitución de 1791, pactoprovisional de conciliación lo que debía ser más tarde: un refugiocontra las derribado o elevarse triunfante entre ríos de sangre. Losamigos que aún quedaban a la monarquía y los hombres personalmenteunidos al rey, se contaron y unieron para ir a reformar la guardiaconstitucional de Luis XVI.

Mi padre fue uno de estos hombres de corazón.

Mi madre, que a la sazón me llevaba en su seno, no hizo el menoresfuerzo para detenerle. Aun en medio de sus lágrimas, no comprendióella nunca la vida sin honor, ni vaciló un minuto entre el dolor y eldeber.

Mi padre partió sin esperanza, pero sin vacilar un momento.

Combatió conla guardia constitucional y con los suizos para defender el castillo.Cuando Luis XVI abandonó el palacio, la lucha se convirtió en matanza.Mi padre fue herido de un tiro de fusil. Cuando a pesar de elloprocuraba escaparse, fue detenido frente a los Inválidos al intentaratravesar el río. Conducido a Vaugirard se le encerró en una cueva poralgunas horas. Después fue reclamado y salvado por el jardinero de unpariente suyo, quien, estando de oficial municipal de la Commune, lereconoció casualmente.

Al escapar así de la muerte, volvió al lado de mi madre, encerrándose enla más profunda oscuridad del campo hasta el día que las persecucionesrevolucionarias no permitieron a los partidarios del antiguo régimenotro asilo que la prisión o el patíbulo.

XV

El pueblo fue una noche a arrancar de su hogar a mi abuelo, a pesar desus ochenta y cuatro años, a mi abuela, casi tan anciana como él yenfermiza, a mis dos tíos y tres tías, religiosas que habían sidoarrojadas ya de sus respectivos conventos.

Colocaron a esta respetable familia dentro de un carro escoltado porgendarmes, y la condujeron en medio de un espantoso alboroto y de gritosde muerte hasta Autún. Había en este pueblo una inmensa cárcel destinadaa encerrar todos los sospechosos de la provincia.

Mi padre, por una excepción de la cual ignoro la causa, fue separado delresto de la familia y encerrado en la cárcel de Mâcón. Mi madre, que meamamantaba a la sazón, fue depositada sola en la casa de mi abuelo, bajola salvaguardia de algunos soldados del ejército revolucionario. ¡Y aúncausará asombro el que aquellos en quienes data la vida de estossiniestros días, hayan aportado con su conocimiento cierto sabor detristeza y cierta impresión melancólica al genio francés!

Virgilio,Cicerón, Tíbulo, y el mismo Horacio, que imprimieron semejante carácteral genio romano, ¿no habían nacido por cierto, como nosotros, durantelas espantosas luchas civiles de Roma, entre el barullo de lasproscripciones de Mario, de Syla o de César?

¡Es preciso no olvidar las impresiones de terror o de piedad queagitaron las entrañas de las mujeres romanas, durante el tiempo quellevaron en ellas a aquellos hombres! ¡Es preciso calcular cuan amargadasería por las lágrimas la leche de que mi madre misma me nutría,mientras la familia sufría un prolongado cautiverio del que sólo lamuerte debía librarla, mientras el esposo adorado estaba sobre lasgradas del cadalso y ella permanecía encerrada en su desierta casa,guardada por los feroces soldados que espiaban sus lágrimas considerandosu cariño como un crimen e insultando su dolor!

XVI

Detrás de la casa de mi abuelo, que se extiende entre dos calles,existía una casita baja y sombría que comunicaba con la grande por mediode un corredor oscuro y unos pequeños y reducidos patios húmedos comopozos.

Esta casa servía de alojamiento a los antiguos criados de mi abueloretirados del servicio, y a quienes sostenía la familia con pequeñaspensiones que continuaban percibiendo por algunos servicios queprestaban de cuando en cuando a sus viejos señores; especie de libertosromanos, que muchas familias tenían empeño en conservar.

Cuando la casa solariega fue secuestrada, mi madre se retiró a lapequeña en compañía de una o dos mujeres. Otro poderoso atractivo laseducía.

Precisamente frente a las ventanas de la otra parte de la oscuracallejuela estrecha y silenciosa, se alzaban y alzan todavía loselevados y sombríos muros aspillerados por algunas ventanas de unconvento de monjas Ursulinas. Edificio de aspecto austero y recogidocomo propio del objeto a que se destinaba, como la bella fachada de laiglesia adjunta a uno de sus lados y en su trasera unos patios profundosy un jardín, cercados por negros y espesos muros cuya altura esinfranqueable.

El tribunal revolucionario de Mâcón hizo servir este convento de cárcelprovisional, cuando las cárceles de la ciudad estaban llenas de presos.Dio la casualidad de que mi padre fuera encerrado en estacárcel-convento, cuyo edificio conocía perfectamente en todos susdetalles.

Mme. Lucy, hermana de mi abuelo, había sido abadesa de las Ursulinas deMâcón, y en aquel tiempo iban a visitarla y a jugar en el convento loshijos pequeños de su hermano.

No había pasadizo, jardín, celda ni escalera secreta que fuesedesconocido por ellos. Mi padre, por lo tanto, retenía en su memoria losmás insignificantes detalles de aquel edificio que cuando niño le habíaservido de casa de recreo y ahora de prisión.

Cuando mi padre entró en semejante prisión, se figuró estar en su propiacasa. Por fortuna, también, el carcelero había servido en su mismoescuadrón, y acostumbrado a respetar a su capitán, enterneciose al verlede nuevo. Aquel republicano lloró cuando las puertas de las Ursulinas secerraron para detener al prisionero.

Encontrose mi padre allí con buena y numerosa compañía, puesto que habíaen aquella cárcel más de doscientos sospechosos de la provincia,amontonados en las habitaciones y los corredores del antiguo convento.

Mi padre pidió por todo favor le concedieran para él solo un rincón enel granero. Un tragaluz abierto en lo alto y que daba a la calle, leproporcionó cuando menos la satisfacción de ver a través de las rejas dehierro el tejado de su casa. Fácilmente le fue concedido este favor, yquedó instalado definitivamente bajo las negras tejas del edificio,teniendo por cama dos tablas de madera únicamente.

Durante el día bajaba con sus compañeros de prisión a pasar el tiempojugando, única cosa que les era permitido. Ni aun se les permitíaescribir a sus familias. Este aislamiento no fue para mi padre de largaduración.

La misma idea que había tenido de pedir al carcelero una habitación enlo alto de la casa, para poder desde allí ver el tejado de la suya, lahabía tenido mi madre de subir con frecuencia al desván de su casita ysentarse allí a contemplar a través de su dolor y con los ojoshumedecidos por el llanto, los muros de la prisión que retenía aquelloque tanto amaba en el mundo.

Si las miradas se buscan, acaban por encontrarse a través del universo;fácilmente podían los ojos de mis padres encontrarse, no mediando entreunos y otros más que dos paredes y un callejón estrecho.

Amábanse sus almas, compenetrábanse sus pensamientos y pronto los signossuplieron a las palabras que jamás salieron de sus labios por temor arevelar a los centinelas su sistema de comunicarse. La mayor parte delas horas del día pasábanlas sentados uno enfrente del otro.Concentrábanse sus almas en las pupilas de sus ojos.

Un día se le ocurrió a mi madre escribir algunas líneas de letras muygrandes, diciendo en pocas palabras lo que necesitaba que el presosupiese. Mi padre le contestó por medio de una seña, y desde aquel díaquedaron sus relaciones establecidas: después fueron éstas,ensanchándose más cada día.

Como quiera que mi padre había sido arcabucero de caballería, guardabaen casa una arco con sus flechas correspondientes: recuerdo que en miinfancia jugué muchas veces con ellas.

Tuvo la idea mi madre de servirse de aquel medio para comunicarse con elprisionero. Algunos días se estuvo ejercitando en su habitación tirandoel arco, y cuando ya estuvo bien diestra, ató a la flecha un hilo,disparó hacia el tragaluz del convento, y mi padre, al ver la flecha yel hilo, tiró de éste, y llegó una carta a sus manos. Si por semejantemedio el hilo había llegado, no sería difícil pasar durante la noche,tinta, papel y plumas: así se hizo, y todos los días, al amanecer, mipobre madre recogía las cartas, en las cuales los cautivos expresabansus dolores y sus ternezas, preguntaba, aconsejaba, consolaba, en fin, asu esposa, hablándole de su hijo, de los asuntos de la casa y de sussufrimientos.

Al mediodía, mi madre me hacía subir al desván y me alzaba en sus brazospara que mi desgraciado padre pudiera verme, haciéndome extender mismanecitas hacia las rejas de la prisión, y devorándome después a besos.

XVII

En aquel tiempo, después de haber los hombres de la Convención repartidoa su capricho las provincias de Francia, ejercían sobre ellas un podersanguinario y absoluto, en nombre del orden público.

La vida de las familias dependía casi siempre de una palabra o de unafirma de los representantes del pueblo. En tal estado las cosas, no erade extrañar que mi madre creyera suspendida sobre la cabeza de su esposoel hacha del verdugo. Algunas veces tuvo la idea de arrojarse a los piesde los delegados de la Convención y pedirles la libertad de mi padre.Los consejos de éste la hicieron desistir de sus propósitos por algúntiempo, pero a instancias del resto de la familia, que también sehallaban encerrados en las cárceles de Autún, decidiose al fin, y pudoconseguir de las autoridades de Mâcón un pasaporte para Dijón y Lyón.

¡Cuántos temores, cuántas súplicas, cuántas idas y venidas, cuántosdisgustos le costó el conseguir hablar solamente con uno de aquellosrepresentantes del poder revolucionario!

Muchas veces, este representante, con el cual mi madre había por finconseguido hablar, era un hombre brutal y grosero, que se negaba a oírlos lamentos de una mujer desolada o la despedía con amenazas,culpándola de pretender enternecer a los encargados de administrarjusticia. Otras, sin embargo, era algún hombre sensible y piadoso, perola presencia de sus compañeros no le permitía obrar con arreglo a susideas, y rechazaba con la boca lo que con el corazón otorgaba. Javoques,el representante de mejor carácter entre todos aquellos procónsules, fuequien sirvió a mi madre tan bien como las circunstancias y su deber lepermitieron, y quien la recibió en audiencia escuchando con respeto yatención cuanto le expuso.

El día que la recibió en audiencia, me llevaba a mí en brazos, sin dudapara que la piedad encontrase dos motivos para manifestarse: la de unamujer joven y madre, y la de una inocente criatura.

Javoques, después de haberla hecho tomar asiento y deplorado elsentimiento que le causaba el haber de ejercer sus rigurosas funciones,me tomó en sus brazos y me colocó sobre sus rodillas: mi madre, creyendoque me dejaría caer, hizo un movimiento de temor.

«No temas, ciudadana—le dijo:—también nosotros los republicanostenemos hijos.» Al ver que yo sonreía jugando con su escarapelatricolor, añadió: «A fe mía que tienes un niño bien hermoso para serhijo de un aristócrata. Debes educarlo para la patria y hacer de él unbuen ciudadano.» Después de esto, le dijo algunas palabras que sereferían a mi padre, y le hizo tener alguna esperanza en su libertad.

Acaso a esta entrevista fue debido el que no lo encausaran y lo dejaronolvidado en la cárcel. En aquella época, toda formación de una causa,equivalía a una sentencia de muerte.

De regreso a Mâcón, mi madre volvió a encerrarse en su pequeña casitajunto a las Ursulinas. Cuando la noche estaba oscura y apagados losfaroles de la calle, se deslizaba desde el aposento de mi padre hasta eldesván, una cuerda llena de nudos, por medio de la cual se valía parapasar junto a los seres que idolatraba, algunas horas deliciosas eintranquilas a la vez.

Más de un año transcurrió de esta manera.

El 9 de Termidor abriéronse las prisiones y fue libre mi padre.

Losviejos y enfermizos parientes de mi madre, volvieron también a micasita, y poco después murieron tranquilamente en su propio lecho, queno fue poca suerte. El horroroso temporal había pasado sobre ellos.Ninguno de sus hijos había perecido durante aquel huracánrevolucionario.

XVIII

Muerto mi abuelo, toda su fortuna había de pasar por entero a su hijomayor, según las costumbres de la época; pero las leyes nuevas habíansuprimido los mayorazgos, así como también los votos de pobreza, demanera que las hermanas de mi padre que los habían hecho, quedaban deellos relevadas, y por esta circunstancia debían proceder al reparto debienes.

Eran éstos de alguna importancia, y estaban divididos entre Borgoña y elFranco-Condado.

Si mi padre hubiera reclamado la parte que le correspondía, del mismomodo que lo hicieron sus hermanas, hubiera cambiado su suerte porcompleto, obteniendo algunas de las magníficas posesiones territorialesy que debían repartirse entre la familia.

No fue así; sus escrúpulos le impidieron violar las intenciones de miabuelo, a pesar de ser recientes las leyes revolucionarias que suprimíanlos mayorazgos. Estas leyes las encontraba muy justas, pero a suentender, violaban la autoridad paterna y le parecía faltar a un deberde conciencia pidiendo el cumplimiento de esta ley contra su hermanomayor.

Renunció, pues, a la herencia legal de sus padres, y se hizo pobrepudiendo con una sola palabra hacerse rico.

Fueron repartidos los bienes entre los hermanos y hermanas, y él noquiso nada. Únicamente quedaba como propiedad suya, porque así estabaconsignado en los capítulos matrimoniales, la pequeña propiedad deMilly, que sólo producía de renta unos quinientos pesos anuales.

La revolución había suprimido también los sueldos que sus padres y sushermanos disfrutaban en la casa de Orleans. Los príncipes de estafamilia escribían alguna vez a mi madre desde el destierro donde seencontraban, y mitigaban, sin duda, los dolores, recordando en lascartas los bellos días de su infancia.

XIX

Jamás creyó mi padre que la Revolución le impidiera guardar fidelidad alhonor de su bandera.

Una casita en el campo medio arruinada y quinientos pesos de renta, noeran lo suficiente para sostener con algo de holgura a su esposa y a losmuchos hijos que rodeaban la mesa a la hora de comer.

Ciertamente que tenía la satisfacción de su conciencia, el amor de sumujer y su confianza en Dios, pero esto no era suficiente parasatisfacer las necesidades materiales de la vida.

Educada mi madre entre el fausto de la corte, contentábase conresignación viviendo alegre en aquella casa sin muebles ni adornos delujo, y con aquel jardincito cercado de pedruscos.

Más de una vez oí decir, tanto al uno como al otro, que en aquellasoledad pasaron los días más felices de su vida.

A pesar de la escasez de medios, mi madre despreciaba siempre lariqueza. Recuerdo que una vez me dijo señalando con el dedo nuestroscampos de Milly: «Hijo mío, esto es bien pequeño, pero sabiendo limitarnuestro deseo a lo que poseemos, resulta grande; la felicidad está ennosotros mismos, y ensanchando los límites de nuestros viñedos noconseguiremos la felicidad. No se mide la dicha por la yunta como latierra; se mide sí, con la resignación que Dios ha dado al pobre como alrico.»

XX

Otra vez encuentro el retrato de mi madre a los treinta y ocho años;helo aquí:

Es de noche; las puertas de la casita de campo están cerradas.

Un perroladra de cuando en cuando. La lluvia de otoño azota los vidrios de lasventanas, y el viento produce al chocar con las ramas de los plátanosintermitentes y melancólicos silbidos.

Me encuentro en una habitación grande, pero casi desamueblada. Hay en elfondo de ella una alcoba con una cama de pabellón formado con tela decuadros azules y blancos: al lado de la cama se encuentran sobre dosbancos de madera dos cunas, grande la una, pequeña la otra. Es eldormitorio de mi madre y de mis hermanas. En el fondo de la habitaciónhay una chimenea en la que arden cepas y sarmientos, produciendo un granfuego. Esta chimenea es de piedra blanca y está medio destrozada afuerza de martillazos, al igual que los adornos flordelisados de losarmarios. En la superficie de uno de ellos había grabadas las armas delrey, y por esta razón está vuelto al revés. Las vigas del techo estánennegrecidas por el humo, y sobre al suelo sin alfombras ni tarimas, hayalgunos ladrillos rotos en mil pedazos, en cuyos fragmentos se conocenlas señales de los clavos que llevaban en los zapatos los campesinos,cuando convirtieron

en

sala

de

baile

esta

habitación.

Las

paredes,recubiertas de yeso, dejan ver la descarnada piedra a la manera de unpobre andrajoso que enseña las carnes a través de su vestido hechotrizas.

En uno de los ángulos se halla un viejo clavicordio sobre el que haypapeles de música: es el Adiós del pueblo, composición de Juan JacoboRousseau. En medio de la sala, una mesita de juego cubierta con untapete verde apolillado, y sobre ella dos candelabros de latón. Apoyadoel codo sobre esta mesa, hay un hombre sentado y con un libro en lamano. Sus miembros robustos indican que aún conserva el vigor de lajuventud. Sus ojos son azules y su frente ancha. Cuando se ríe descubreuna brillante y blanca dentadura. Su tocado revela algunos restos deantigua grandeza y cierta rudeza de carácter. Suspendidos de un clavoestán en una de las paredes los arreos militares: el casco, las placasdoradas, el sable, las pistolas de reglamento, como indicando que aquelhombre hizo uso de ellas en algún tiempo, y que ahora está retirado delservicio.

El lector habrá comprendido que este hombre es mi padre.

En un canapé de paja y sentada entre la chimenea y la alcoba, hay unamujer que parece joven a pesar de sus treinta y cinco años cumplidos.Aún conserva su talle la esbeltez de la niña de quince años, y sus ojosnegros, la vivacidad y expresión de tiempos pasados. Al través de supiel blanca como la leche, se distingue el azul de las venas y el rojode la sangre cuando el rubor o la expresión la enciende.

Sus finos cabellos, negros como el azabache, caen sobre los hombros, desuerte que le dan todo el aspecto de una jovencíta.

Nadie diría quetiene más de treinta años. La belleza de esta mujer, pura y perceptibleen sus detalles, es completa en el conjunto exterior por su gracianatural, y en el interior por aquella belleza de alma que pareceiluminar los cuerpos por dentro.

Esta mujer se encuentra medio vuelta de espaldas sobre su asiento, ysostiene en sus brazos a una niña que duerme tranquilamente. A su lado,y sentada también, hay otra niña de algo más edad, cuya cabecita rubiareposa sobre las rodillas de su madre.

Esta mujer es mi madre, y las dos niñas mis hermanas mayores. Las otrasdos, que son las más pequeñas, duermen en las cunas colocadas en laalcoba.

XXI

Esta era mi familia, cuando mi madre dio principio nuevamente a lanarración de su diario, el día 11 de junio de 1801. Tenía, al parecer,desde su infancia, la costumbre de escribir en su libro de notas todoslos acontecimientos que tuvieran íntima relación con su modo de ser.

Esta especie de confidencias íntimas empiezan de esta manera:

«Durante los primeros años de mi juventud, empecé a escribir un diario exacto de cuanto me ocurrió a mí, o en torno mío, con todas aquellasreflexiones que los diversos acontecimientos de mi vida me sugirieren.Después de largo tiempo, perdí esta costumbre, y quemé los apuntes quetenía hechos. Siento haber abandonado aquella idea, pues hoy comprendoque si hubiera persistido en mi trabajo, hubiese sido para mí de granutilidad. Es mi intención empezar de nuevo, con la gracia de Dios, aescribir todos los días (mientras me sea posible), los diferentessucesos que pueden ocurrirme, y sobre las cosas buenas o malas que yohaga; me parece que esto me ayudará a practicar un diario examen deconciencia, que ha de serme provechoso, porque me facilitará elconocimiento de las disposiciones de mi espíritu.

«Yo creo, asimismo que, si mis hijos leen por casualidad este diario,no carecerá para ellos de interés; y además, que les ha de ser útil yprovechoso cuando yo falte, porque quiero hablar de todos y cada uno deellos, así como también de sus diferentes caracteres.

«Tengo cinco hijos actualmente, después de haber perdido uno. Cuatroniñas y un niño llamado Alfonso, que se encuentra en Lyón empezando sueducación clásica. Es un muchacho muy bueno: ¡quiera Dios que sea buencristiano, sabio y dichoso! La niña mayor se llama Cecilia, tiene sieteaños y medio: es de una viveza extraordinaria, pero muy buena. Suhermana, que se llama Eugenia, tiene cinco años y medio: es muysensible y de corazón excelente.

«Cesarina tiene dos años, y Susana nueve meses. Sin la ayuda de Dios,sería para mí bastante difícil la educación de estas cuatro niñas.

«En mi casa tengo, además, una parienta, enferma de cuerpo y espíritu, aquien he de cuidar con la misma solicitud que a mis hijos: por maneraque son seis criaturas las que tengo que atender. ¡Cuánto necesito, Diosmío, de vuestro auxilio!

«Mi esposo y yo vivimos casi siempre en Milly, y pasamos en Saint-Pointalgunas temporadas. Es éste un punto muy agradable por el solitariorecogimiento que se advierte al abrigo de las montañas. ¡Cuántas graciasdebemos dar a la Providencia por los favores que nos concede!

«Mi hermana—Mme. de Vaux,—ha llegado hoy mismo de Lyón. Es unaangelical y virtuosa mujer. Me ha contado muchas cosas de mi Alfonso:dice que sus maestros no cesan de hablar de él mucho y bien. ¡Dios lebendiga como yo le bendigo de todo corazón! Mañana empiezo a darlecciones a mis niñas...

«Después de comer, han venido a decirme que acaba de morir un pobreanciano abandonado en la cabaña del monte donde yo acostumbraba a pasarel rato. Este acontecimiento me ha causado un gran pesar, porque me hereprochado mi negligencia en ir a visitarle durante sus últimosmomentos. Ciertamente que yo lo creía ya curado; pero no hube de fiarmeen su aparente mejoría y debí tener en cuenta lo avanzado de su edad. Miobligación era haberme ocupado con mayor solicitud del pobre anciano.Siento por esta causa un gran remordimiento, pero comprendo que no mepreocupo lo bastante del poco bien que hago, y que me dejo llevar hacialas distracciones; éstas no serán faltas, pero son ligerezas que nodejan hacer buen uso del tiempo que transcurre.

El tiempo es paraaprovecharlo en hacer el bien a nuestros semejantes y a nosotros mismos.

«Mi esposo y yo acabamos de dar un paseo por nuestras viñas en flor:hemos respirado un aire embalsamado de dulces aromas.

Todo nuestroporvenir está cifrado en estos viñedos; nuestros hijos, nuestros criadosy nuestros pobres, también esperan disfrutar de los productos querendirán estos racimos floridos.

¡La Providencia preserve nuestrapobreza de un pedrisco que podría acabar con nuestra esperanza! Duranteel paseo hemos llegado a la choza que hay en la parte alta de las viñas,donde ha muerto esta mañana el pobre viejo.

«Mi esposo no me ha permitido entrar a verle y a rogar a Dios por sualma; sin duda ha querido evitar un disgusto al presenciar el dolorosoespectáculo que hubiéramos visto dentro de aquella humilde vivienda. Yohubiera deseado pedir perdón a su alma por no haber estado junto a sucuerpo moribundo para consolarle con palabras de esperanza y recibir suúltimo suspiro.

«Estaba la puerta de la cabaña abierta, y una cabrita no hacía más quebalar y entrar y salir, como si pidiera socorro para su viejo compañero.He conseguido de mi esposo autorización para que mañana mande a buscarla cabrita, para tenerla en compañía de nuestra vaca de leche y de loscarneros.»

Estas primeras páginas del diario de mi madre dejan ver que, aunqueaquella joven se crió en los palacios del príncipe más rico de Europa,pudo ser trasladada, sin que por esto sufriera la más mínima alteraciónel amor de su marido, de sus hijos y de sus semejantes, al apartadorincón de una campiña distante de París más de cien leguas. Para teneruna idea exacta de la casita de Milly, donde mi madre y nosotros nosencontrábamos relegados en invierno como en verano, puede verse ladescripción hecha en mis Confidencias y la composición poéticatitulada La tierra natal.

XXII

Hace ocho años, decía yo en mis Confidencias: Dejando de seguir el curso del río Saone, si os dirigís por las verdespraderas de Mâcón hacia el pequeño pueblo y cerca de las ruinas de laantigua abadía donde murió Abelardo, el infortunado amante de Eloísa,siguiendo una tortuosa senda, veréis a derecha e izquierda blanquearalgunos pueblecitos entre los verdes pámpanos de las vides. Dominan aestos pueblecitos montañas incultas que se extienden en rápidaspendientes formando como unas praderas blanquecinas. Coronan estasmontañas grandes moles de piedra que surgen de la tierra, y cuyascúspides dentelladas

aseméjanse

a

las

ruinas

de

antiguas

viviendasfeudales. Siguiendo el camino pedregoso que se extiende alrededor de labase de estas rocas, se encuentra a la izquierda y a dos leguas de lapoblación un camino estrecho y bien cuidado, adornado de sauces, quellega hasta un riachuelo cuyas aguas mueven las ruedas de un molino.Cuando la corriente del río aumenta por las lluvias, se atraviesa por unpequeño puente y se sube por una pendiente rápida y escabrosa a unascasitas cubiertas de tejas que se ven agrupadas sobre una pequeñaeminencia. Un campanario de piedra color gris domina este grupo decasas. Este es mi pueblo.

El camino serpentea por entre las casas, de suerte que los pasajeros quelo siguen han de ver necesariamente, y mientras atraviesan el pueblo,todas las casas de que se compone.

Encuéntrase, sin embargo, una puertaalgo más alta y otra más pequeña que las demás: éstas son las del patioen cuyo centro aparece escondida la casita de mi padre.

La casa se esconde, en efecto, y no puede verse ni desde las afueras delpueblo. Está construida en un recodo del valle, y dominada en todasdirecciones por los árboles, por otras edificaciones y por elcampanario. Únicamente trepando por la peligrosa pendiente de unamontaña elevadísima y volviendo los ojos, pudiera verse bajo nuestrospies aquella casita baja y maciza que aparece como una piedra negra enun rincón del jardín. Su forma es cuadrangular y consta de un solo piso,con tres grandes ventanas en cada una de sus fachadas. Ni siquiera estáncubiertas de yeso las paredes, y las piedras han adquirido con lahumedad un color sombrío y secular: parecen los viejos claustros de unaabadía.

Se entra en la casa por una alta puerta de madera, asentada sobre unagrada de cinco peldaños de piedra, de dimensiones colosales, perodescantilladas por el uso, por el tiempo y por los grandes pesos que enel transcurso de los años habrán sostenido.

Al sentarse sobre ellas,murmuran y vacilan sordamente. Crecen en sus intersticios ortigas yparietarias, que sirven de guarida en el verano a los pequeñosrenacuajos.

Penétrase en seguida en espacioso corredor, cuya anchura queda un tantoreducida por unos grandes armarios de nogal que sirven a los campesinospara guardar la ropa, el trigo y la harina.

La cocina se encuentra a laizquierda de este corredor, y su puerta, continuamente abierta, permitever una mesa de encina y en torno de ella algunos bancos. A cualquierhora del día se encuentran sentados en ellos labradores de la casa oforasteros que comen pan y queso, y beben vino alegremente.

Inmediato a la cocina está el comedor, en el que sólo hay una mesa deabeto, algunas sillas, alacenas y cajones; muebles, en fin, propios delas antiguas viviendas solariegas que el arte busca sin cesar, paraconstruir bajo sus modelos el mobiliario moderno.

Al lado del comedorhay un salón con dos ventanas que la una da al patio y la otra aljardín.

Para subir al único piso de la casa, hay que ascender por una escaleraque fue en algún tiempo de madera, y que mi padre la reemplazó por laactual, que es de piedra groseramente labrada.

En el piso se encuentranhasta diez piezas casi sin muebles que dan a unos corredores oscuros. Enel piso y los corredores habitaban entonces mi familia, los criados ylos huéspedes. ¡He aquí la casita que por espacio de tanto tiempo noscobijó bajo su sombría techumbre! ¡He aquí la morada de paz, laJerusalén, como mi madre la llamaba! ¡He aquí el humilde y caliente nidoque por tantos años nos preservó del frío, del hambre, de las lluvias yde las tormentosas tempestades del mundo!... Nido del que la muerte fuearrebatando, primero a mi padre, a mi madre después, y del cual se hanalejado también los hijos, cada uno por su lado, los unos a un sitio,los otros a otro... algunos, a la eternidad.

Aun conservo la paja, el musgo, la lana: restos preciosos de aquel nidohoy vacío y sin las ternezas que algún día le animaron a pesar de lafrialdad que en él se observa, me gusta recogerme en él de cuando encuando; la voz de mis padres, los gritos alegres de mis hermanas, losruidos que producen la alegría y el amor, parece que resuenan bajo lasviejas maderas que sostienen el techo.

XXIII

Por la parte exterior del patio de nuestra casa, alcanza la vista losestablos, los pajares, las leñeras y los corrales que la rodean, y lapuerta que siempre permanece abierta, da a la calle del pueblo, pordonde cruzan los aldeanos llevando las herramientas de labranza sobre elhombro, y algunas veces sobre el otro una cuna con un niño dormido;sigue después la esposa con otra criatura de pecho, y después una cabracon su cabrito, que al pasar por la puerta se detiene un momento parajugar con los perros, y se aleja después dando saltos.

Hay en la otra parte de la calle un horno público para cocer pan, dondese reúnen al calor de aquel fuego que nunca se extingue, los viejos, losmuchachos y las mujeres. Todo esto es lo que se ve desde una de lasventanas del salón. La otra permite extender la vista hacia el Norte,sobre los tejados de algunas casas bajas y las tapias del jardín,contemplando de esta suerte el horizonte de montañas sembrado por lanubes, en el que, de cuando en cuando, se junta algún rayo de sol quealumbra entre aquella sombra las ruinas de un castillo antiguo rodeadode almenas y torreones, cuya severa figura da carácter al paisaje.

Sientre los fantásticos vapores de la bruma, y a la caída de la tarde,dirigimos la mirada sobre este castillo, lo vemos desaparecer entre lassombras. Entonces únicamente queda una montaña negruzca y un barrancoamarillento.

Una ruina sobre el monte o una vela sobre el mar, forman y completan unpaisaje. La tierra es únicamente la escena; la vida, el pensamiento, eldrama están en aquélla que el hombre ha usado o construido. Donde hayvida, allí hay también interés.

Detrás de la casa está el jardín cercado de piedras, desde cuyo fondoempieza la montaña a elevarse. La falda de esta montaña es verde,después árida y desnuda como si en ella no hubiera tierra vegetal. En sucúspide dibujan una especie de dientes enormes dos piedras peladas. Nadahay que anime aquella pedregosa sierra: ni un árbol ni una choza. Acausa de esto, sin duda, el jardín produce un encanto misterioso.Aseméjase a la cuna de un niño que la aldeana haya colocado dentro delsurco mientras trabaja, y al descorrer la cortina del sueño, no puedever otra cosa entre las ondulaciones del surco que un estrecho pedazo decielo.

El jardín no puede compararse al primitivo que Homero describe aldiseñar el cercado de las siete piedras del viejo Laeter. Entrando, a laderecha, aparecen ocho cuadros sembrados de legumbres y cercados porárboles frutales y hierba forrajera; de un cuadro a otro hay un paseosembrado de arena; al extremo de estos paseos, algunos troncos de parraque sustentan un verde artesonado de pámpanos sombreando un banco deroble. En el fondo del jardín hay otro emparrado de vides de Judea quese enredan entre los cerezos; una fuente, un pozo y una cisterna que mipadre mandó abrir a pico en las rocas, para depositar en ella las aguaspluviales. Rodean esta cisterna varios sicomoros y otras plantas deanchas hojas que sombrean aquella parte del jardín.

En otoño estas hojas forman sobre el estanque un tapiz que cubrecompletamente las aguas.

¡He aquí lo que, por espacio de tantos años, fue el goce, la alegría, elconsuelo a las desdichas sufridas por un padre, una madre y ocho hijospequeños!

Este es el edén de mi juventud, donde se albergan mis sentimientos mástiernos, siempre que desean disfrutar de este consuelo que proporcionael recuerdo de esa infancia; algo de esa aurora boreal que sólo sedivisa desde la cuna.

¡Parece que forman parte de mi corazón aquellos árboles, aquellas floresy hasta la tierra del jardín que me parece inmensa!

Extraña cosa es queen un espacio tan reducido puedan reunirse tantos y tan dulcesrecuerdos.

La gradería de madera que conducía allí por la cual nos precipitábamosalegres; las plantas de lechugas que separaban las primeras propiedadesde tierra que nos repartíamos entre todos los hermanos, y que cada unocultivaba por su cuenta; el plátano bajo cuya sombra mi padre se sentabarodeado de sus fieles perros de caza; los árboles bajo cuya frescasombra mi madre rezaba el rosario mientras nosotros corríamos tras lasmariposas; la pared que da frente al Mediodía, junto a la cual tomábamosel sol alineados como árboles de cercado; los dos viejos nogales, lastres lilas, las fresas coloreando por entre las hojas, las peras, lasciruelas, los melocotones glutinosos y brillantes con su goma dorada porel rocío de la mañana; el emparrado, que buscaba yo al mediodía paraleer tranquilamente mis libros, con el recuerdo que dejaron en míaquellas páginas leídas entre continuas impresiones y la memoria de lasconversaciones íntimas tenidas entre este o aquel árbol; el sitio dondeoí, y algunas veces di, mil adioses de despedida al abandonar aquellassoledades; el otro en el que nos encontramos al regreso, o queocurrieron alguna de aquellas escenas tristes propias del dramaconmovedor y tierno de la familia, donde vimos nublarse el rostrodescarnado de nuestro padre y el de nuestra madre que nos perdonabacuando arrodillados a sus pies escondíamos el nuestro entre los plieguesde su ropa; donde mi madre recibió la noticia de la muerte de una hija aquien amaba; y donde alzó los ojos al cielo pidiendo resignación...Estas ternezas, estas felicidades, estas imágenes, estos grupos, y, enfin, estas figuras, existen, andan, viven aún para mí en aquel pequeñocercado, vivificando mis días más felices. Quisiera yo que el universotuviera principio y fin dentro de los muros de aquel pobre pedazo detierra.

Este jardín conserva todavía el mismo aspecto; únicamente los árboles,algo envejecidos, tapizan sus troncos con algunas manchas mohosas; perolos surcos de rosales y claveles extienden sus lozanos pimpollos sobrela arena de las sendas; y cantan los ruiseñores en las noches de estíoentre los emparrados y las enramadas. Los tres abetos plantados por mimadre conservan su follaje y sus brisas melodiosas.

Sale y se pone el sol por entre las mismas nubes, y se disfruta aún dela misma calma interrumpida tan sólo por el sonido de la campana altocar el Angelus o por el ruido cadencioso de los trillos que batenlas mieses en las eras.

Las hierbas parásitas han aumentado; surgen por todos lados zarzas,cardos y malvas azules, agarrándose cruelmente a los rosales, y lahiedra extiende sus brazos por el muro como si quisiera derribarlo; y nose limita a esto su poder, todos los años adquiere más lozanía, y yaempieza a trepar por las ventanas del cuarto de mi madre...

Cuando durante mis paseos por estos lugares me olvido de mí mismo y,ensimismado en profundas cavilaciones, me dejo caer sobre el césped,sólo me arrancan de la soledad las pisadas del viejo podador, nuestroantiguo jardinero, que viene a visitar sus plantas como yo mis tristesrecuerdos y mis fantásticas apariciones.

Cuando me encontraba lejos de mi patria y mi imaginación veía la imagende esta tierra, más poética sin duda cuanto más distante de ella mehallaba, compuse en honor de aquella casita los siguientes versos:

Hay en mi tierra una árida montaña.—Que no produce flores ni frutos, yaparece inclinada, sin duda por el dolor que le causa su estérilsituación.—Los despojos de su suelo ruedan hacia el barranco cuando lascabras saltan por las rocas.—Y las piedras desprendidas forman otromonte que crece gradualmente.—Al abrigo de éste, vive alguna cepa, quebusca en vano un árbol donde enredar sus sarmientos.—En vano también,el arce crece y se arrastra entre los zarzales.—Donde los chicos delpueblo roban a los pájaros las moras negras como el azabache.—Donde lapobre oveja deja su lana enganchada a los espinos.—Donde no se sienteen verano el murmullo de las aguas.—Ni el susurro de las hojas agitadaspor el viento.—Ni el canto del ruiseñor, cuyas melodías de pazconsuelan el alma.—Bajo los rayos de aquel sol cobrizo, sólo lacigarra ensordece con sus chirridos.—Todo es sombrío en aquella selva,que resguarda únicamente la montaña descarnada, en cuyo muro, azotadopor las lluvias y el viento, anotan los años su edad.—Detrás de unacolina hay un campo labrado, cuya tierra seca y sin vida deja ver elarado cuando por ella pasa.—Ni capas de verdura, ni rocío en el bosque,ni fuentes murmurantes.—Tan sólo siete tilos que ha olvidado la rejadel labrador, adornan aquel pedazo de tierra inculta.—A su sombra soñéyo durante mi infancia.—Hay entre las rocas un pozo que guarda lasaguas pluviales, donde el caminante puede saciar su sed.—Sobre elterreno arcilloso de la era, hay en verano abundancia de mieses, dondelos gorriones recogen alimento para

sus

hijuelos.—Aquí,

instrumentos

delabranza

en

desorden.—Allá,

el

aldeano

con

su

pipa

encendida

esperandoque el viento sople para dar principio a la limpia del montón de trigoque, mezclado con paja molida, espera ser aventado.

*

* *

Nada alegra la vista en esta estéril prisión.—Ni los dorados capiteles,ni las altas torres de las grandes ciudades.—Ni la carretera ni el ríobullicioso.—Ni los terrados de las casas abrasados por el sol deMediodía.

*

* *

Sólo se divisan allá lejos en la escabrosa pendiente.—Las rústicastechumbres que albergan a los pobres montañeses.—Y la senda tortuosa yprolongada, que serpentea entre las chozas.—

Donde el viejo mece a sunieto en la cuna hecha de juncos.—En fin, cielo sin color, sol sinsombra, valles sin verdor... ¡Y es allí donde está mi corazón!—Es allídonde está la casita, las sendas, los ribazos donde he tenido los sueñosmás felices.—El aspecto de las montañas, cuando el ganado aterido defrío baja a la llanura.—Los espinos, el viento, la hierba seca, tieneníntimas melodías, que sólo el alma comprende.—En todos estos sitios sehalla mi corazón; a cada paso encuentra amigos; hasta las piedras y losárboles me conocen y pronuncian un nombre.—

¿Qué importa que estenombre, como Thebas o Palmira, no recuerde al viajero la fastuosidad deun imperio?—La sangre humana vertida por causa de lostiranos.—Empequeñece aquella grandeza y convierte los imperios en azotede Dios.—Y sobre los monumentos de los héroes y de los dioses, elpastor pasa silbando sin mirarlos siquiera.

*

* *

¡Oh! lugares deliciosos y solitarios.—¡Cuántos recuerdos encerráis enmi alma!—Entre vosotros está el banco donde mi padre descansaba.—Lahabitación donde resonaron sus varoniles acentos, cuando contaba a loslabriegos sus hazañas guerreras.—

Cuando les preguntaba los surcos quetrazaba el arado en una hora.—Cuando contaba las peripecias queocurrieron a Luis XVI en el cadalso.—Cuando estimulaba a los mozos aseguir la senda del honor y de la virtud.—También está entre vosotrosla plaza donde mi buena madre nos hacía llevar pan, vino y ropas parasocorrer a los pobres del lugar.—Las cabañas, donde, con mano amiga,dulcificaba los dolores de sus convecinos.—Donde recogía el últimosuspiro de los moribundos.—Donde socorría a las viudas y enjugaba elllanto de los niños arrodillados ante el cadáver de su padre, mientrasles decía estas palabras:—«A cambio del oro que os doy, rezad por sualma.»

*

* *

Allí está la higuera al pie de cuyo tronco mecía nuestras cunas.—Lasenda por donde corríamos al oír la campana que nos llamaba a misaprimera.—El banco en el que nos explicaba los misterios de la Pasión ynos definía a Dios, enseñándonoslo en el grano de trigo encerrado en susgérmenes.—En el racimo de uvas chorreando licor.—La vaca transformandoen leche el jugo de las plantas.—En la roca que se abre naturalmentepara dar paso a las aguas.—En la lana de las ovejas robada por laszarzas para que después con ella puedan hacer los pajarillos sunido.—

En el sol que en su marcha regular va repartiendo las estacionesy vivificando los planetas que le rodean.—En todo, en fin, lo que nosrodeaba; hasta en el más insignificante insecto nos enseñaba el poderdel Criador.

*

* *

Viñas, praderas, campos y matorrales.—Sois recuerdo perenne de sombrasy de amor.—Entre vosotras jugaron mis hermanitas lanzando al viento susrubias cabelleras.—Mientras yo encendía hogueras con los espinos y lahierba seca, donde venían a calentarse los hijos de los pastores.

*

* *

El vigoroso sauce que nos prestaba auxilio cuando el huracán sedesencadenaba violento por el valle.—Las rocas, las encinas, el poyoque hay en la puerta del molino.—Todo permanece en pie, todo ocupa supuesto.—Pero, ¡ay de mí... han desaparecido algunos de los que oscontemplaban en algún tiempo!...

*

* *

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