El Mandarín by José María de Eça de Queiroz - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.
index-1_1.jpg

EL MANDARÍN

EÇA DE QUEIROZ

OBRAS DEL MISMO AUTOR

La Reliquia

1 tomos.

La ciudad y la sierra

1 "

El primo Basilio

2 "

Los Maias

3 "

El crimen del padre Amaro

2 "

Epistolario de Fradique Mendes 1 "

Versión castellana

CASA EDITORIAL MAUCCI

Gran medalla de oro en las Exposiciones

de Viena de 1903, Madrid 1907, Budapest 1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910

Calle de Mallorca, 166.—BARCELONA

PROLOGO

IIIIIIIVVVIVIIVIII

Páginas Selectas de Eça de Queiroz

A CLARA....

A MADAME DE JOUARRE

index-2_1.jpg

PROLOGO

AMIGO 1.º (Bebiendo coñac y soda, bajo los árboles de una terraza, aorillas del agua.) Camarada; durante estos calores que embotan la imaginación, descansemosdel áspero estudio de las Realidades humanas.... Partamos hacia loscampos del Ensueño, a vagar por esas azuladas colinas donde se levantala torre abandonada de lo Sobrenatural y frescos musgos cubrenamorosamente las ruinas del Idealismo.... Fantaseemos....

AMIGO 2.º Más sobriamente, camarada, más sobriamente... y como en lassabias y amables Alegorías del Renacimiento, mezclando siempre unamoralidad discreta....

(Comedia inédita)

I

Me llamo Teodoro, y fuí amanuense en el Ministerio de la Gobernación.

En aquel tiempo vivía yo en la travesía de la Concepción, número 106, enla casa de huéspedes de doña Augusta, la espléndida doña Augusta, viudadel comandante Marques. Tenía dos compañeros: Cabritilla, empleado en laadministración del barrio central, tieso, y amarillo como una vela deentierro y el petulante teniente Conceiro, hábil tocador de violafrancesa.

Mi existencia se deslizaba equilibrada y tranquila. Toda la semanasentado ante el pupitre de mi negociado, trazaba en una hermosa letracursiva, sobre el papel de oficio del Estado, estas frases hechas:«Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de comunicar a V.E.... Tengo elhonor de poner en conocimiento de V.I. etc., etc.»

Los domingos descansaba. Instalado entonces en el canapé del comedor, lapipa entre los dientes, admiraba a doña Augusta, que, los días defiesta, solía limpiar con clara de huevo la caspa al teniente Conceiro.Esta hora, sobre todo en verano, era deliciosa. Por las ventanasentreabiertas penetraba el vaho cálido y soñoliento de la solanera,algún lejano repique de las campanas de la Concepción Nueva, y elarrullo de las tórtolas que se enamoran en las barandas.

El monótono susurro de las moscas se balanceaba sobre el viejo tul,antiguo velo nupcial de la señora de Marques, que cubría ahora, en elaparador, los platos de cerezas. Poco a poco, el teniente, envuelto enun paño de afeitar, como un ídolo en su manto, adormecíase, bajo lafricción suave de las cariñosas manos de doña Augusta.... Yo, entonces,enternecido, decía a la amable señora:

—¡Ay, doña Augusta, es usted un ángel!

Ella, siempre me llamaba «el encanijado». Yo sonreía sin escandalizarme.«El encanijado» era efectivamente el nombre que me daban en casa, porser delgado, entrar en todas partes con el pie derecho, asustarme de losratones, tener en la cabecera de mi cama una estampa de Nuestra Señorade los Dolores, que perteneció a mi madre, y andar un tanto corcovado.Sí, era desgraciadamente corcovado, por lo mucho que doblé el espinazo,retrocediendo asustado delante de los señores profesores, o inclinandola frente ante jefes y directores generales. Esta actitud de respeto esconveniente al covachuelista, mantiene la disciplina en un Estado bienorganizado, y me garantizaba el descanso de los domingos y díasfestivos, el uso de alguna ropa blanca y veinticinco duros al mes.

No puedo negar, a pesar de todo, que yo no tuviese ambiciones, como loreconocían sagazmente la viuda de Marques y el pedante de Conceiro. Noagitaba mi pecho el apetito heróico de dirigir, desde lo alto de untrono, vastos rebaños humanos; pero sí me abrasaba el deseo de podercomer en el Hotel Central, con champagne, apretar la mano de mimosasvizcondesas, y, por lo menos, dos veces a la semana, dormir, en unéxtasis mudo, sobre el fresco seno de Venus. ¡Oh, elegantes que osdirigíais vivamente a San Carlos abrigados en costosos paletots,luciendo la blanca corbata de «soirée!» ¡Oh, carruajes llenos de mujeresvestidas a la andaluza, rodando gallardamente hacia los toros, cuántasveces me hicísteis suspirar! Porque la certidumbre de mis veinticincoduros mensuales y mi gesto encogido de encanijado, me excluían parasiempre de aquellas alegrías sociales, y venía entonces a herir mipecho, como flecha que se clava en un tronco y queda mucho tiempovibrando.

Aun así, yo nunca llegué a considerarme un paria. La vida humilde tienesus dulzuras: es grato, en una mañana de sol alegre, con la servilletaal cuello, delante de un bistek con patatas, desdoblar el «Diario de lasNoticias;» durante las tardes de verano, en los bancos gratuitos delpaseo, se gozan suavidades de idilio; y es sabroso, de noche, enMartiño, mientras se toma a sorbos el café, oir a los charlatanesinjuriar a la patria.

Además, nunca fuí excesivamente desgraciado, porque no tengoimaginación; no me consumía rodando en torno de paraísos ficticios,nacidos de mi propia alma deseosa, como las nubes de la evaporación deun lago; no suspiraba mirando las lúcidas estrellas, por un amorespiritual a lo Romero o por una gloria humana a lo Camoens.

Soy muy positivista. Sólo aspiraba a lo racional, a lo tangible, a loque era alcanzado por otros en mi barrio, a lo que es accesible a unbachiller. Y me iba resignando como quien ante una

«table d' hôtel»mastica la corteza de pan seco en espera del rico plato de la «Charlotterusse». Las felicidades habían de llegar; y, para apresarlas, yo hacíatodo lo que me era posible como portugués y como constitucional; se laspedía todas las noches a Nuestra Señora de los Dolores y comprabadécimos de la lotería.

Entretanto procuraba distraerme. Y como las circunvoluciones de micerebro no me habilitaban para componer odas a la manera de tantosotros que, a mi lado, se desquitaban así del tedio que la profesión lesproducía; como mi escaso sueldo, apenas suficiente para pagar la casa yel tabaco, no me permitía ningún vicio, había tomado el hábito discretode comprar en la feria de Sadra libros antiguos desencuadernados, y porla noche, en mi cuarto, me entretenía con esas curiosas lecturas. Eran,siempre, obras de títulos sugestivos: «Galera de la inocencia»,

«Espejomilagroso», «Tristeza de los desheredados....» ¡El tipo venerable, elpapel amarillento, la grave encuadernación frailuna, la cintita verdemarcando la página, todo esto me encantaba!

Después, aquellos relatosingenuos en letra gorda inundaban de paz todo mi sér, produciéndome unasensación comparable a la calma penetrante de una vieja cerca de unmonasterio, en la quebradura de un valle, a la hora del crepúsculo,oyendo correr el agua muy triste....

Una noche, hace años, empecé a leer en uno de esos vetustos infolios, uncapítulo titulado

«Brecha de las almas;» e iba cayendo en una soñolenciagrata, cuando este período singular se destacó del tono neutro yapagado de la página, como el relieve de una medalla de oro nuevobrillando sobre un tapete obscuro: copio textualmente:

«En el fondo de la China existe un Mandarín más rico que todos los reyesde que nos habla la Fábula o la Historia. De él nada conoces, ni elnombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste.

Para que tú heredessus bienes inenarrables, basta con que toques esa campanilla, puesta atu lado, sobre un libro. El exhalará entonces un suspiro, en los lejanosconfines de la Mongolia. Será un cadáver: y tú verás a tus pies más orodel que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y ereshombre mortal, ¿tocarás la campanilla?»

Permanecí asombrado ante la página abierta: aquella interrogación«hombre mortal, ¿tocarás tú la campanilla?» aunque me parecía burlona ypicaresca, me turbaba prodigiosamente. Quise leer más; pero las líneashuían ondulando como sierpes asustadas, y en el vacío que dejaban, deuna lividez de pergamino, volvía a brillar la interpelación extraña:«¿Tocarás tú la campanilla?»

Si el volumen hubiese sido de una moderna edición Michel Levy, decubierta amarilla, yo, que no me hallaba perdido en la floresta de unabalada alemana, y podía ver desde mi cuarto blanquear a la luz del gasel correaje de la patrulla, hubiera cerrado el libro, disipando así lanerviosa alucinación. Mas aquel sombrío infolio parecía exhalar magia;cada letra afectaba la inquietante configuración de esos signos de lavieja Kábala, que encierran un atributo fatídico; las comas tenían elretorcido petulante de rabos de diablillos, entrevistos a la luz blancade la luna; en el punto de interrogación final veía el pavoroso ganchocon que el Tentador caza las almas que adormecieron, sin refugiarse enla inviolable ciudadela de la Oración.

Una influencia sobrenatural se apoderó de mí, arrebatándome fuera de larealidad y del raciocinio; y en mi espíritu se fueron formando dosvisiones: de un lado un Mandarín decrépito, muriendo sin dolor, lejos,en un kiosco chino, al «tilín-tín» de mi campanilla; ¡y de otro todauna montaña de oro brillando a mis pies! Esto era tan claro que hastaveía los ojos oblícuos del viejo empañarse, como cubiertos de una ténuecapa de polvo; y sentía el sonido metálico del dinero rodando a misplantas. Inmóvil, horrorizado, clavaba ardientemente los ojos en lacampanilla, puesta delante de mí, sobre un diccionario francés, lacampanilla prevista, citada en el magnífico infolio.

Fué entonces cuando, del otro lado de la mesa, una voz insinuante ycristalina, me dijo misteriosamente:

—Vamos, Teodoro, amigo mío, sé fuerte, extiende la mano y toca lacampanilla.

La pantalla verde de la vela esparcía una penumbra en derredor. Melevanté temblando. Y vi, pacíficamente sentado a mi lado, un individuocorpulento, todo vestido de luto, con sombrero de copa, las manosenguantadas de negro, apoyadas en el puño de un paraguas. No tenía nadade fantástico. Parecía tan corriente, como si viviese del mísero sueldode un empleo... su originalidad estaba en su rostro, sin barba, delíneas fuertes y duras, la nariz brusca, presentaba la expresión rapazy amenazadora de un pico de águila: el corte firme y acentuado de suslabios daba a su boca una expresión maligna; los ojos, al fijarse,semejaban los encendidos fulgores de un disparo, salido súbitamente deentre las zarzas tenebrosas del entrecejo fruncido; era lívido, mas, porsu piel, corrían a veces radiaciones sanguíneas, como en un viejo mármolfenicio.

De pronto me asaltó la idea de que mi visitante fuese el demonio enpersona, pero luego, mi raciocinio se sublevó resueltamente contra estasuposición. Yo nunca creí en el diablo, como nunca tuve fe en Dios.Jamás lo dije en voz alta ni lo escribí en los periódicos para nodescontentar a los Poderes públicos encargados de mantener el respetohacia tales entidades: mas yo nunca creí que existiesen estos dospersonajes, viejos como la substancia, rivales bonachones, que se pasanla vida haciéndose mútuas y amables perrerías, uno de barbas nevadas ytúnica azul, vestido como el antiguo Zoroastro y habitando las alturasluminosas, en medio de una corte más complicada que la de Luis XIV; y elotro malhumorado y mañoso, ornado de cuernos, viviendo entre lasllamas, imitación ridícula y burguesa del pintoresco Plutón. ¡No, nocreo! Cielo e infierno son concepciones sociales para uso de la plebe, yyo pertenezco a la clase media. Rezo, es verdad, a Nuestra Señora de losDolores, porque, así como pedí una recomendación para licenciarme; asícomo, para obtener mis veinticinco duros, imploré la benevolencia deldiputado; igualmente, para sustraerme de la tisis, de las anginas, de lanavaja del chulo, de la cáscara de naranja escurridiza donde puede unoresbalar y romperse una pierna y de otros accidentes, necesito tener unaprotección sobrehumana. El hombre prudente debe ir haciendo una serie desabias adulaciones desde la Universidad hasta el paraíso. Con uncompadre en el barrio, y una comadre mística en las alturas, el porvenirdel licenciado está seguro.

Por eso, libre de torpes supersticiones, dije familiarmente al individuovestido de negro:

—¿Realmente me aconsejas que toque la campanilla?

El desconocido se levantó un poco el sombrero, descubriendo la frenteestrecha y respondió, palabra por palabra:

—He aquí tu caso, estimable Teodoro: ¡Veinticinco duros mensuales esuna vergüenza social!

Hay en este mundo cosas prodigiosas; vinos deBorgoña, como por ejemplo el «Romanée-Conti»

del 58 y «Chambertín» del61, que cuesta cada botella, de diez a once duros, y el que bebe laprimera copa, no vacila en asesinar a su padre, por beber la segunda....Fabrícanse en París y en Londres carruajes de tan suaves muelles, tansuaves forros y airosas ruedas, que es preferible recorrer en ellos elCampo Grande, a viajar, como los antiguos dioses, por el cielo, sobrelos fofos cojines de las nubes. No haré a tu cultura la ofensa deinformarte que se amueblan hoy las casas con un estilo y un «confort»tan admirables que superan a ese regalo ficticio, llamado en otro tiempoBienaventuranzas. No te hablaré, Teodoro, de otros goces terrenales,como, por ejemplo: el Teatro Real, el baile, el café Inglés.... Sólollamaré tu atención sobre este hecho.... Existen seres que se llamanmujeres. Estos seres, Teodoro, en mi tiempo, en la tercera página de laBiblia, apenas usaban exteriormente una «hoja de parra». Hoy son todauna sinfonía, todo un engañoso y delicado poema de encajes, batistas,sedas, flores, joyas, cachemires, gasas y terciopelos.

Comprende lasatisfacción inenarrable que sentirán los cinco dedos de un cristianorecorriendo y palpando esas maravillas; más también has de percibir, quecon una pieza de cinco céntimos, no se pagan las cuentas de esosserafines.... Ellas poseen cosas mejores: cabellos color de oro o colorde tinieblas, resumiendo así en sus trenzas la apariencia emblemática delas dos grandes tentaciones humanas: el hambre del metal precioso y elconocimiento del absoluto trascendente.

Y aún tienen más: brazosmarmóreos, frescos como rosas salpicadas de rocío; senos sobre loscuales el gran Praxíteles modeló su copa, que es la línea más pura y másideal de la antigüedad.... Los senos, en otra era, en la idea de eseingenuo anciano que los formó, que fabricó el mundo, y de quien unaenemistad secular me veda pronunciar el nombre, eran destinados a lanutrición augusta de la humanidad; hoy, ninguna madre racional losexpone a esa función deterioradora y severa, sirven sólo pararesplandecer entre encajes a la luz de las «soirées» y para otros usossecretos. Las conveniencias me impiden proseguir en esta exposiciónradiante de bellezas, que constituye el Fatal Femenino.... Del resto, yahablaremos más tarde. Todas estas cosas, Teodoro, están más allá de tusveinticinco duros mensuales.... Confiesa, al menos, que estas palabrastienen el venerable sello de la verdad.

Yo murmuré con las fauces abrasadas:

—¡Cierto!

Y su voz prosiguió paciente y suave:

—¿Qué me dices de veinte o veinticinco millones de pesetas? Bien sé quees una bagatela...

más, en fin, constituye un comienzo; son una ligerahabilitación para conquistar la felicidad.

Ahora reflexiona sobre esto:El Mandarín, ese Mandarín del fondo de la China, es un viejo decrépito ygotoso. Como hombre, como funcionario del Celeste imperio, es másinútil a Pekín y a la humanidad, que un pedrisco en la boca de un perrohambriento. Mas la transformación de la substancia existe: te lagarantizo yo, que sé el secreto de las cosas. Porque la tierra es así:recoge aquí un hombre podrido y lo restituye allá, en el conjunto de susformas, como vegetal vigoroso.

Bien puede ser que él, inútil comoMandarín en el Imperio del Sol, vaya a ser útil en otra tierra comoodorante rosa o sabroso repollo. Matar, hijo mío, es casi equilibrar lasnecesidades universales. Eliminar en una parte el exceso para suplir enotra la falta. Penétrate bien en estas sólidas filosofías. Una pobrecosturera de Londres ansía ver florecer en su ventana un tiesto lleno detierra negra; una flor daría consuelo a aquella desheredada; mas en ladisposición de los seres, por desgracia, en ese momento, la substanciaque allá debía ser rosa, es aquí un hombre de Estado.... Viene entoncesel chulo de navaja y hiere al estadista; la puñalada le descarga losintestinos; lo entierran: la materia comienza a desorganizarse, mézclasea la vasta evolución de los átomos, y el superfluo hombre de gobiernova a alegrar, bajo la forma de una flor a una rubia costurera. Elasesino es un filántropo. Déjame resumir, Teodoro; la muerte de eseviejo Mandarín idiota, ¡trae a tu bolsillo algunos millones de pesetas!Puedes desde ese momento dar un puntapié a los Poderes públicos: ¡meditaen lo intenso de este gusto! Y desde luego serás citado en losperiódicos, ¡a qué mayor gloria puede aspirar un sér humano! Y todo esocon sólo agarrar la campanilla y hacer «tilín-tín». Yo no soy unbárbaro: comprendo la repugnancia de un caballejo en asesinar a unsemejante suyo; la sangre ensucia vergonzosamente los puños de lacamisa, y siempre es repulsiva la agonía de un cuerpo humano. Mas eneste caso, ninguno de esos torpes espectáculos.... Es como quien llama aun criado.... Y son veinte o veinticinco millones de pesetas, norecuerdo bien, pero los tengo anotados en mis apuntes. No dudes de mí,Teodoro. Soy un caballero; lo probé, cuando, haciendo la guerra a untirano en la primera insurrección de la justicia, me ví precipitadodesde las alturas. Tu imaginación no lo puede concebir... ¡Una caídaespantosa, mi querido amigo! Grandes disgustos.

Lo que me consuela es que el «Otro» está también muy alicaído, porque,amigo mío, cuando un Jehová tiene contra sí a un Lucifer, quítase esteestorbo enviando contra el rebelde una legión de Arcángeles; mas cuandoel enemigo es el hombre armado de una pluma de pato y un cuaderno depapel blanco, está perdido.... En fin, son veinte millones de pesetas.Vamos, Teodoro, ahí tienes la campanilla, ¡sé un hombre!

Calló el enlutado caballero.

Yo bien sé lo que se debe a sí mismo un cristiano. Si este personaje mehubiese llevado a la cumbre de una montaña en Palestina, en una noche deluna llena, y desde allí, mostrándome ciudades, razas e imperiosadormecidos, me hubiera dicho sombríamente: «Mata al Mandarín, y todo loque ves en valles y colinas será tuyo», yo le habría replicado,siguiendo un ejemplo ilustre, con la mano levantada hacia lasinmensidades consteladas. «¡Mi reino no es de este mundo!»

Conozco bien mis autores. Mas eran veinte millones de pesetas, ofrecidosa la luz de una vela de esperma, en la travesía de la Concepción, por unsujeto de sombrero de copa, apoyado en un paraguas.

Entonces no dudé. Y con mano firme repiqué la campanilla. Fué tal vezuna ilusión; mas parecióme que una campana de boca tan ancha como elcielo, repicaba en la obscuridad, a través del Universo, con un sóntemeroso que ciertamente iría a despertar soles que dormían y planetaspanzudos.

El extraño individuo llevó un dedo al párpado, y limpiando una lágrimaque nublaba su ojo rutilante, exclamó:

—¡Pobre Ti-Chin-Fú!

—¿Murió?

—Estaba en su jardín, sosegadamente, armando, para lanzarlo al aire, unpapagayo de papel, pasatiempo honesto de un Mandarín jubilado, cuando lesorprendió ese «tilín-tín» de la campanilla. Ahora yace a orillas de unarroyo susurrante, vestido de seda amarilla, muerto sobre la hierbaverde, con la panza al aire, y en sus manos frías tiene su papagayo depapel, que parece tan muerto como él. Mañana son los funerales. ¡Que lasabiduría de Confucio, inspirándole, ayude a emigrar su alma!

Y el buen sujeto, levantándose, se quitó respetuosamente el sombrero, ysalió, con el paraguas debajo del brazo.

Entonces, al sentir cerrar la puerta, me pareció despertar de unapesadilla. Salté al corredor.

Una voz jovial hablaba con la señora deMarques; y la cancela de la escalera cerróse sutilmente.

—¿Quién acaba de salir ahora, doña Augusta?—pregunté sudoroso.

—Cabritilla que va a la oficina....

index-8_1.jpg

Volví a mi cuarto: todo reposaba tranquilo, idéntico, real. El infolioestaba aún abierto por la página temerosa. Volví a leerla, y ahora mepareció la prosa anticuada de un moralista cansado; cada palabra sehabía vuelto como un carbón apagado.

Me acosté y soñé que estaba lejos, más allá de Pekín, en las fronterasde Tartaria, en el kiosco de un convento de Lamas, oyendo máximasprudentes y suaves que brotaban como un aroma fino de té, de los labiosde un Buda vivo.

II

Transcurrió un mes.

Yo, en tanto, continué, rutinario y triste poniendo diariamente mihermosa letra cursiva al servicio del Estado, y admirando, los domingos,la pericia con que la espléndida doña Augusta limpiaba la caspa alteniente Conceiro. Era cosa evidente para mí que aquella noche, dormido,leyendo sobre el infolio, había soñado con una «Tentación de la Montaña»bajo formas familiares. Instintivamente, sin embargo, me fui preocupandode la China. Leía los telegramas de los periódicos buscando siempre losque se referían a cosas del Celeste Imperio; mas nada pasaba entonces enla región de las razas amarillas.... La «Agencia Havas» sólotelegrafiaba sobre la Herzegovina, la Bosnia, la Bulgaria y otrascuriosidades bárbaras.

Poco a poco fuí olvidando mi episodio fantasmagórico; y al mismo tiempo,como gradualmente mi espíritu se serenaba, volvían a él las antiguasambiciones que lo habitaron: un nombramiento de Director General, elseno amoroso de Lola, bisteks más tiernos que los de doña Augusta. Mastales regalos me parecían tan inaccesibles, tan fuera de la realidad,como los propios millones del Mandarín. Y por el monótono desierto de lavida, allá fué marchando la lenta caravana de mis melancolías.

Un domingo de Agosto, de mañana, dormitaba en la cama, en mangas decamisa, con el cigarro apagado entre los labios, cuando la puerta seabrió suavemente y entreabriendo los párpados adormilados, ví inclinarsea mi lado una calva respetuosa. Y luego una voz perturbada murmuró:

—¿El señor Teodoro? ¿El señor Teodoro, del Ministerio de laGobernación?

Me levanté lentamente sobre mi cama, y, respondí bostezando:

—¡Soy yo, caballero!

El individuo inclinó el espinazo, como a presencia del Rey Bobo searquean los cortesanos.

Era pequeño y gordo: venerables lentes de ororelucían en su faz bonachona, que parecía la personificación del Orden.

Todo tembloroso, balbuceó azorado:

—¡Traigo noticias para su señoría! Noticias de considerableimportancia. Mi nombre es Silvestre.... Silvestre Juliano y C.a....Un criado servicial de vuestra excelencia.... Llegaron en el correo deSouthampton.... Nosotros somos Corresponsales de Traigand, y C.a deHong-Kong.

El hombre calvo sofocóse; y agitando nerviosamente en su gruesa mano unsobre repleto, con un sello de lacre, negro, prosiguió:

—Vuestra excelencia debe de estar prevenido. Nosotros no loestábamos.... El azoramiento es natural.... Lo que esperamos es que nosconserve su confianza. Vuestra excelencia es en esta tierra una flor devirtud, espejo de bondad. Aquí están los primeros cheques sobre Bheringand Brothers de Londres.... Letras a treinta días sobre Rothschild.

A este nombre, resonante como el mismo oro, salté velozmente del lecho.

—¿Qué es eso, señor?—grité.

Y él, gritando mas, blandiendo el sobre, alzado sobre la punta de lasbotas, exclamó:

—¡Son ciento veinte millones de pesetas sobre Londres, París, Hamburgoy Amsterdán, en letras a su favor! ¡A su favor, excelentísimo señor!¡Por casas de Hong-Kong, de Shang-Hai y de Cantón, de la herencia delMandarín Ti-Chin-Fú!

Sentí temblar el mundo bajo mis pies y cerré un momento los ojos. Mas depronto, comprendí que yo era desde aquel momento como una encarnación delo sobrenatural, recibiendo de ella mi fuerza y sus atributos. No podíaconsiderarme como un hombre, rebajándome con explicaciones humanas. Parano interrumpir la línea hierática de mi indiferencia, me abstuve de ir asollozar de alegría, como me lo pedía el alma, sobre el vasto seno de laviuda de Marques.

De ahora en adelante ostentaría la impasibilidad de un Dios o de unDemonio; me calcé con naturalidad y dije a Silvestre Juliano y C.ºestas palabras:

—Está bien. ¡El Mandarín! Ese Mandarín se portó conmigo como uncaballero. Ya sé de lo que se trata. Es una cuestión de familia. Dejeahí los papeles. Buenos días, Silvestre, Juliano y C.º.

Y se retiró, retrocediendo, con el cuerpo inclinado respetuosamente.

Entonces abrí de par en par la ventana, y, asomando la cabeza, respiréel aire cálido, como un corzo cansado.

Después miré hacia abajo, hacia la calle, donde la burguesía, saliendode misa pululaba entre dos filas de carruajes. Mis ojos se fijaban,inconscientes, ora en las joyas de las mujeres, ora en los brillantesmetales de los arreos. Y de repente la idea de mi grandeza me llenó desatisfacción.

¡Todos aquellos carruajes podrían ser míos! Ninguna de lasmujeres que veía, dejaría de ofrecerme su seno desnudo, a la menorindicación de un caprichoso deseo. Todos aquellos hombres de levita yguantes negros se postrarían delante de mí como ante un Cristo, unMahoma o un Buda, si yo arrojase sobre ellos un puñado de cheques demis ciento veinte millones de pesetas sobre los principales Bancos deEuropa.

Me apoyé en la baranda y reí viendo la agitación efímera de aquellahumanidad subalterna que se consideraba libre y fuerte, mientras alláarriba, en la habitación de un cuarto piso, yo tenía en la mano, en unsobre lacrado, el principio de su flaqueza y de su esclavitud.

Entonces, satisfacciones del Lujo, regalos del Amor, orgullos del Poder,todo, todo lo gocé con la imaginación, en un instante y en un solosorbo. Mas luego una gran saciedad me fué invadiendo el alma, ysintiendo el mundo a mis pies, bostecé como un león harto.

¿De qué me servían por fin tantos millones, sino para traerme, día pordía, la desoladora afirmación de la vileza humana?

¡Y así, al choque de tanto oro iba desapareciendo ante mis ojos, comohumo, la belleza moral del Universo! Se apoderó de mí una inmensatristeza mística. Caí sobre una silla, y con el rostro, entre las manos,lloré copiosamente.

Al poco tiempo la viuda de Marques abrió la puerta, toda vestida de sedanegra.

—¡Le estarán esperando para comer!

Salí de mi amargura para responderle secamente:

—Yo no como.

—¡Más quedará!

En aquel momento estallaban cohetes a lo lejos. Me acordé de que eradomingo, día de toros; de repente una visión brilló, relampagueando,atrayéndome deliciosamente: era la corrida vista desde un palco, despuésde una comida con champagne, ¡y a la noche una orgía como una divina ysuprema iniciación! Corrí a la mesa. Llené mi cartera de letras sobreLondres. Descendí a la calle con el furor de un buitre que hiende elaire en busca de su presa. Pasaba un carruaje vacío.

Le detuve gritando:

—¡A los toros!

—¡Son diez reales, mi amo!

Introduje la mano en la cartera cargada de millones y saqué las monedasque tenía: 75

céntimos....

El cochero fustigó el anca de la yegua y siguió refunfuñando. Yobalbuceé:

—Tengo letras... ¡Aquí están! Tengo letras sobre Londres, sobreHamburgo....

—No sirven....

¡Setenta y cinco céntimos!... Y corrida, cena de lord, andaluzasdesnudas, todo este sueño expiró como una pompa de jabón dentro de mialma.

Odié a la humanidad. Otro carruaje atestado de gente alegre, por poco meatropella.

Cabizbajo, cargado de millones sobre Rothschild, volví a mi cuarto piso.Pedí perdón a doña Augusta, aceptando humildemente la comida que sedignó servirme; y pasé esta primera noche de riqueza, bostezando sobreel lecho solitario, mientras fuera, el alegre Conceiro, el mezquinoteniente con veinte duros de sueldo mensuales, reía con la viola unalegre «fado».

A la mañana siguiente, mientras me afeitaban, reflexioné sobre el origende mi riqueza. Era evidentemente sobrenatural y sospechoso.

Mas como mi racionalismo me impedía atribuir estos tesoros imprevistos ala generosidad de Dios o del Diablo, ficciones puramente escolásticas;como los fragmentos del positivismo que constituían el fondo de mifilosofía, no me permitían la indignación de «las causas primarias, delos orígenes esenciales», pronto me decidí a aceptar el fenómeno y autilizarlo con largueza.

Por lo tanto, corrí atropelladamente al «LondónBrasilian Bank».

Allí arrojé por el enrejado un cheque sobre el «Banco de Inglaterra», demil libras, gritando esta deliciosa palabra:

—¡En oro!

Un cajero me respondió con dulzura:

—Tal vez le fuese más cómodo en billetes....

Respondí sécamente:

—¡En oro!

Llené mis bolsillos; y en la calle tomé un coche. Me sentíextremadamente gordo; tenía en la boca sabor de oro y una sequedad depolvo de oro en la piel de las manos; las paredes de las casas parecíanbrillar como largas láminas de oro, y dentro de mi cerebro rodaba un marde ondas de oro.

Abandonado a la oscilación de los muelles, rebotando como un ordre malseguro, dejaba caer sobre la calle la mirada torva de mis ojos llenos deamargura. En fin, tirando el sombrero sobre la nuca, estirando lapierna, empinando el vientre, bostecé formidablemente.

Mucho tiempo rodé así por la ciudad, bestializado en un goce de Nabab.

Súbitamente, un brusco apetito de gastar, de disipar oro, vino a llenarmi pecho como una ventolina que hincha una vela.

—¡Pára, animal!—grité al cochero.

El coche se paró. Miré a mi alrededor, con los párpados entornados,buscando un objeto caro que comprar: joya de reina o conciencia deestadista; nada ví, y precipitadamente entré entonces en un estanco.

—¡Cigarros! ¡de peseta! ¡de diez reales!

index-12_1.jpg

—¿Cuántos?—preguntó servilmente el estanquero.

—¡Todos!—respondí brutalmente.

A la puerta, una pobre enlutada, con el hijo encogido en el seno, meextendió su mano transparente.

No hallando una sola pieza de cobre entre mis bolsillos cargados de oro,la rechazé con impaciencia, y con el sombrero echado sobre los ojos, memetí entre la turba.

Fué entonces cuando ví, adelantándose, la poderosa figura del DirectorGeneral; inmediatamente me hallé con el dorso curvado y el sombrerocumplimentador en la mano. Era el hábito de dependencia; mis millones nome habían dado aún la verticalidad de la espina dorsal.

En casa desparramé el oro sobre el lecho y me revolqué en él muchotiempo, gruñendo sordamente.

La torre de al lado dió las tres; y el sol descendía llevándose consigomi primer día de opulencia. Entonces, acorazado de libras, ¡corrí adivertirme!

¡Ah, qué día! Comí en un gabinete del Hotel Central, solitario yegoísta, con la mesa atestada de botellas de Burdeos, Borgoña,Champagne, Rhin, licores de todas las comunidades religiosas... ¡como siquisiera saciar de una vez la sed de treinta años! Después,tambaleándome, entré en un lupanar. ¡Qué noche! La alborada clareódetrás de las persianas y me encontré reclinado en un diván, exhausto ysemidesnudo, sintiendo el cuerpo y el alma desvanecerse, disolverse enaquel ambiente tibio donde erraba un olor suave de polvos de arroz, dehembras y de punch.

Cuando volví a la travesía de la Concepción, las ventanas de mi cuartoestaban cerradas, y la vela expiraba con resplandores lívidos, en supalmatoria de latón. Entonces, al llegar junto a la cama, ví una cosahorrible; estirado, a través de la colcha, yacía la figura del Mandarínmuerto, vestido de seda amarilla, con la coleta suelta, y entre lasmanos, como muerto también, tenía un papagayo de papel.

Abrí desesperadamente la ventana. Todo desapareció y sólo hallé sobre milecho, un viejo paletó.

III

Entonces comenzó mi vida de millonario. Dejé apresuradamente la casa dela viuda de Marques, que desde que supo que era rico, me trataba dediferente manera sirviéndome ella misma, con su traje de seda de losdomingos, arroz con leche, y otros platos por el estilo. Compré unpalacio en Loreto; las magnificencias de mi vivienda, son bien conocidaspor los indiscretos fotograbados que publicó «La Ilustración Francesa».Se hizo famoso en toda Europa mi lecho, de un gusto exhuberante ybárbaro, cubierto de placas de oro labrado, y cortinajes de un rarobrocado negro, donde ondean, bordados en perlas, versos eróticos deCátulo; una lámpara suspendida en el interior derrama su claridadláctea y amorosa de una nube de verano.

Mis primeros meses de riqueza los pasé amando, amando con el sinceroapasionamiento de un inexperto. La había visto, como en una página denovela, regando sus claveles en el balcón; se llamaba Cándida, erapequeñita y rubia, habitaba una casita cubierta de enredaderas y merecordaba por la gracia y por lo airoso de su cintura, todo lo que elarte ha creado más fino y frágil: Mimí, Virginia, Julieta.... Todas lasnoches, en éxtasis místico caía a sus pies color de jaspe; y por lamañana, al despedirme, dejaba en su regazo, algunos billetes de cienpesetas. Al principio, ella los rechazaba con rubor, pero después losguardaba en su gaveta, llamándome cariñosamente su ángel tutelar.

Un día en que yo andando sigilosamente sobre la espesa alfombra siria,entré en su tocador, ella estaba escribiendo, muy pensativa, con un dedoen el aire. Al verme, pálida y trémula, escondió el papel que ostentabaen tinta roja su monograma. Yo, en un arranque insensato de celos, selo arrebaté. Era la carta, la carta, que, desde la más remotaantigüedad, la mujer siempre escribe; comenzaba por el indispensable:«idolatrado mío», y era por un alférez de policía.

Arranqué aquel amor de mi pecho como una planta venenosa y desconfiépara siempre de los ángeles rubios que conservan en su mirar azul elreflejo de los cielos que atravesaron.

Desde lo alto de mi oro, arrojé sobre la inocencia, el pudor, y otrasidealizaciones funestas, la diabólica carcajada de Mefistófeles yorganicé fríamente una existencia animal, grandiosa y cínica.

Al medio día, entraba en mi pila de mármol rosa, donde los perfumesderramados daban al agua un tono opaco de leche: después, pajes rubios,de manos suaves, me daban fricciones con el ceremonial de quien celebraun culto; y envuelto en un «robe-de-chambre» de seda índica, atravesabala galería mirando a mis «Fortunys» y a mis «Curots» entre dos filassilenciosas de lacayos, dirigiéndome al comedor, donde, servidos enplatos de Sévres, azul y oro, humeaban los más suculentos manjares. Elresto de la mañana lo pasaba en un «boudoir» en que el mobiliario era deporcelana fina de Dresde, y la profusión de flores hacían de él unverdadero jardín de Armida; allí, reclinado sobre cojines de seda colorperla, saboreaba el «Diario de las Noticias», mientras lindas mujeres,vestidas a la japonesa, refrescaban el aire, agitando abanicos deplumas.

Por la tarde, iba a dar una vuelta a pie hasta el puente de las Almas:era la hora más pesada del día. La turba abyecta se paraba a contemplarlos bostezos del Nabab fastidiado.

A veces sentía la nostalgia de mis tiempos de empleado. Entraba en casa,y encerrado en la biblioteca, donde el pensamiento de la humanidadreposaba olvidado y encuadernado en marroquí, cogía una pluma de pato ypermanecía horas enteras escribiendo sobre papel de oficio del Estadoestas frases hechas de otro tiempo:

«Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de participar a V.E...—Tengo elhonor de poner en conocimiento de V.I.»

Al comenzar la noche, un criado, para anunciar la comida, hacía resonarpor los corredores, en su bocina de plata, a la moda gótica, unaharmonía solemne. Yo, entonces, me levantaba y entraba en el comedormajestuoso y solitario. Una multitud de lacayos, con libreas de sedanegra, servía, en un silencio de sombras que resbalan, las vituallas másraras y los vinos más costosos que joyas. Toda la mesa resplandecía deflores, luces, cristales y reflejos de oro; y, enroscándose entre laspirámides de frutos, mezclado en el humo de los platos, erraba en elaire un tedio inenarrable.

Después, reclinado en el fondo del cupé, iba a las «ventanas verdes»donde alimentaba, en un jardín, digno de un serrallo, entrerefinamientos musulmanes, un vivero de hembras, y envuelto en una túnicade seda fresca y perfumada, me entregaba a los delirios másabominables.... Me traían medio muerto a casa, al primer albor de lamañana, hacía maquinalmente la señal de la cruz, y, a poco, roncabasonoramente, lívido y sudoroso, como un Tiberio exhausto.

Entre tanto, Lisboa se arrodillaba a mis pies. El patio del palacioestaba constantemente invadido por la turba; desde las ventanas de lagalería contemplaba a veces, en mis horas de fastidio, blanquear laspecheras de la aristocracia, negrear las sotanas del clero y relucir elsudor de la plebe. Todos venían a suplicar con frase abyecta, unapequeña participación en mi riqueza.

A veces consentía en recibir aalgún viejo aristócrata: penetraba en la sala tartamudeando adulaciones,rozando casi la alfombra con sus cabellos blancos; e inmediatamente,cruzando sobre el pecho las manos de fuertes venas donde corría sangrede tres siglos, me ofrecía su hija por esposa o para concubina.

Todos mis conciudadanos me brindaban presentes como un ídolo sobre elaltar: unos, odas votivas, otros, mi monograma bordado en pelo; algunos,chinelas o boquillas, y todos, su conciencia. Si mi mirada amortiguadase fijaba casualmente en la calle en alguna mujer, al día siguienterecibía una carta en que ella, esposa o prostituta, me regalaba sudesnudez, su amor, y todas las complacencias de la lascivia.

Los periódicos espoleaban su imaginación para hallar adjetivos dignosde mi grandeza; fuí el

«sublime señor Teodoro»; llegué a ser el «celesteseñor Teodoro»; y la «Gaceta», por no ser menos, llamóme el«extraceleste señor Teodoro». Delante de mí ninguna cabeza permaneciócubierta, usase corona o tiara. Todos los días me ofrecían unaPresidencia del Consejo de Ministros o la Dirección de una Cofradía,ofrecimientos que rechazé siempre con enojo. Poco a poco el rumor de misriquezas pasó las fronteras. «El Fígaro», habló de mí cortesmente; entodos sus números me llenaban de elogios; el grotesco inmortal que firma«Saint-Genest» me dirigió apóstrofes, pidiendo mi ayuda para salvar aFrancia; y fué tanta mi popularidad, que todas las Ilustracionesextranjeras publicaron a un tiempo los detalles más insignificantes demi vida íntima. Recibí de todas las princesas de Europa cartas consellos heráldicos, exponiéndome por medio de fotografías y documentos laforma de sus cuerpos y la antigüedad de sus genealogías.

Dos tonteríasque dije durante aquel año fueron telegrafiadas al universo entero porla Agencia Havas; y fuí considerado mucho más ingenioso que Voltaire,que Rochefort y que ese mismo entendimiento que se llama «Todo elMundo». Cuando mi vientre indigesto se aliviaba con un sonoro estampido,la humanidad lo sabía por conducto de los periódicos. Hice empréstitos alos reyes, subsidié guerras civiles, y fuí aclamado por todas lasrepúblicas latinas que ornan el golfo de México.

Y entre tanto, vivía triste....

Siempre que entraba en casa contemplaba horrorizado la misma visión; yaatravesada en el umbral de la puerta, ya tendida sobre mi lecho de oro,veía una figura extraña, de coleta negra y túnica amarilla, con unpapagayo de papel entre las manos. ¡Era el Mandarín Ti-Chin-Fú!

Yoentraba furioso con el puño levantado, pero todo desaparecía como porencanto.

Entonces caía anonadado, sudoroso, sobre una poltrona y murmuraba en elsilencio del cuarto, en donde las velas que ardían en los bruñidoscandelabros de plata prestaban tonos sangrientos a los rojos damascos:

—¡Es preciso matar a este muerto!

Y todavía no era esta impertinencia de un viejo fantasma panzudo que seacomodaba sobre mis muebles, sobre las colchas de mi lecho, lo que másme exasperaba.

Mi horror supremo consistía en una idea clavada en mi espíritu como unhierro inarrancable:

«yo había asesinado a un viejo».

No fué con una cuerda al cuello, según el uso musulmán, ni con veneno enuna copa de vino de Siracusa a la manera italiana del Renacimiento, nicon ninguno de esos métodos clásicos que en la historia de lasMonarquías han recibido consagraciones augustas, con el puñalcomo Juan II, o con la clava como Carlos IX.

Había eliminado a un sér humano desde lejos con una campanilla. Eraabsurdo, fantástico. Mas no disminuía la trágica negrura del hecho: «Yohabía asesinado a un viejo».

Poco a poco esta certidumbre se fué petrificando en mi alma, y como unacolumna en un descampado dominó toda mi vida interior, de suerte que,por más desviado camino que tomasen mis pensamientos, veían siemprenegrear en el horizonte aquella memoria acusadora; por más alto quelevantasen el vuelo mis imaginaciones, terminaban por herirse las alasen ese monumento de miseria moral. ¡Ah, por más que se considere la viday la muerte como vanas transformaciones de la substancia, es pavoroso elpensamiento que ha de bañarse en sangre caliente! Cuando después decomer, mientras a mi lado humeaba el café y yo languidecía, recostado enel sofá, en una sensación de plenitud y hartura, elevábase dentro de mí,melancólico, como canto que se escapa de una cárcel, un susurro deacusaciones.

—¡Miserable, ese bienestar con que te regalas, no volverá a gozarlo elvenerable Ti-Chin-Fú por tu causa!

En vano yo replicaba a mi conciencia, recordándole la decrepitud delMandarín y su gota incurable. Fecunda en argumentos, gustosa decontroversia, ella me refutaba con furor:

—Aun cuando en su más pequeña actividad, la vida es un bien supremo;¡porque el encanto de ella reside en su principio mismo y no en susmanifestaciones!

Yo me revolvía contra este pedantismo retórico de rígido pedagogo.Alzaba altivamente la frente, gritándole con arrogancia desesperada:

—¡Pues bien! Yo le he matado... ¿Qué quieres? ¡Tu nombre de concienciano me asusta! Eres apenas una perversión de la sensibilidad nerviosa.Puedo eliminarte con un poco de agua de azahar.

Inmediatamente sentía pasar por el alma, con una lentitud de brisa, unrumor humilde de murmuraciones irónicas:

—Bien, entonces, come, duerme, báñate y ama.

Yo así lo hacía. Pero luego, las propias sábanas de Holanda de mi lecho,tomaban ante mis ojos despavoridos los tonos lívidos de una mortaja; elagua perfumada en la que me bañaba se pegaba a mi piel, con la sensaciónespesa de sangre que se coagula; y los pechos desnudos de mis amantes,me llenaban de tristeza, como lápidas de mármol que encierran un cuerpomuerto.

Después me asaltó una amargura mayor.

Comencé a pensar que Ti-Chin-Fú tendría, sin duda, una numerosa familia,nietos y biznietos, que, despojados de sus riquezas, mientras yo mecomía lo suyo en vajilla de Sévres, con una pompa de Sultán perdulario,atravesarían en China todos los infiernos tradicionales de la miseriahumana, los días sin arroz, el cuerpo sin agasajos, la hermosura negada,el suelo cenagoso de la calle por lecho.

Comprendí entonces por qué me perseguía la obesa fantasma del viejoletrado; y de sus labios cubiertos por los largos pelos blancos de subigote, parecióme oir brotar esta acusación desolada:

—Yo no me lamento por mí, que estaba ya medio muerto; lloro por lostristes a quienes arruinaste, y que a estas horas, cuando tú vienes dedormir sobre el fresco seno de tus amantes, gimen de hambre, apiñados,para luchar con el frío, entre el grupo repugnante de leprosos yladrones en la «Puerta de los Mendigos», ¡allá al pie de las terrazasdel Templo del Cielo!

¡Oh, tortura espantosa! ¡Tortura realmente oriental! No podía llevarme ala boca un pedazo de pan sin recordar a los descendientes deTi-Chin-Fú, pidiendo de comer, como pajarillos sin plumas que abren envano el pico y pían en un nido abandonado.

Si me envolvía en mi gabán de pieles me asaltaba de pronto la visión delas desgraciadas señoras, mimadas en otro tiempo por todas lascomodidades del confort chino, hoy, rojas de frío, vestidas de andrajosde viejas sedas, caminando con los pies amoratados por un campo denieve.

El techo de ébano de mi palacio me recordaba la familia delMandarín; durmiendo a orillas de los canales, perseguidos por losperros; y dentro de mi lujoso cupé me estremecía la idea de largascaminatas por caminos encharcados, bajo el duro invierno asiático.

¡Lo que yo sufría! Y en este tiempo la multitud envidiosa poblaba mipalacio, comentando las felicidades inaccesibles que en él debíanhabitar.

En fin, reconociendo que la conciencia se agitaba dentro de mí como unaserpiente irritada, decidí implorar el auxilio de aquel que dicen essuperior a la Conciencia porque dispone de la Gracia.

¡Desgraciadamente yo no creía en él!... Recurrí, pues, a mi antiguadivinidad particular, a mi ídolo predilecto, patrona de toda mi familiaa Nuestra Señora de los Dolores. Y, regiamente pagado, un regimiento decuras y canónigos, por las catedrales de la ciudad y por las capillas delas aldeas, fué pidiendo a Nuestra Señora de los Dolores que volviesesus ojos piadosos hacia mi mal interior.... Mas ningún alivio descendióde esos cielos inclementes a donde desde hace millares de años sedirigen en vano los clamores de la miseria humana.

Entonces, yo mismo me abismé en prácticas piadosas; y Lisboa asistió aeste espectáculo extraordinario: un rico, un Nabab postrándosehumildemente al pie de los altares, balbuceando con las manos juntas,rezos y plegarias, como si viese en la Oración y en el Cielo algo másque una consolación ficticia que inventaron los dueños de todo, paracontentar a los que no tienen nada. Yo pertenezco a la burguesía y séque si ella muestra a la plebe crédula un paraíso distante, de gocesinefables, es para apartar la atención de sus cofres repletos y de laabundancia de sus sementeras.

Después, más inquieto, hice decir millares de misas, rezadas y cantadas,para desagraviar al alma errante de Ti-Chin-Fú. ¡Pueril desvarío de uncerebro peninsular! El viejo Mandarín, en clase de Letrado, de miembrode la Academia de los Ilan-Lin, colaborador probable del gran Tratado deKhou-Truane-Chou, que ya tiene publicados más de setenta y ocho milsetecientos treinta volúmenes, era sin duda alguna sectario de la moralpositivista de Confucio. Nunca había quemado teas perfumadas en honor deBuda; y las ceremonias del sacrificio místico debían parecer a suabominable alma de gramático y de escéptico, simples pantominas de lospayasos en el Teatro de Haug-Tung.

Entonces, prelados astutos, con experiencia católica, me dieron unconsejo admirable: captarme con presentes, flores, brocados y joyas,como si fuese a alcanzar los favores de Aspasia; y a la manera de unventrudo banquero que obtiene las complacencias de una bailarinaregalándola una quinta entre árboles, yo, por una sugestión sacerdotal,tenté conseguir la benevolencia de la Madre de los hombres, levantándoleuna catedral toda de mármol blanco.

La abundancia de flores entre los pilares labrados dábanle perspectivasde paraíso; la multiplicidad de las luces recordaban magnificenciassiderales.... ¡Dispendios vanos! El fino y erudito cardenal Nani vino deRoma a consagrar la iglesia; mas cuando yo aquel día entré a visitar ami divina huésped, lo que vi más allá de las calvas de los celebrantes,no fué la Reina de Gracia, rubia, con su túnica azul, sino al viejoMandarín con sus ojos oblícuos y su papagayo entre las manos. Era a él,a su blanco bigote de tártaro, a su panza color de oca, a quien todo unsacerdocio recamado de oro ofrecía, al roncar del órgano, ¡la eternidadde las Alabanzas!

Entonces, pensando que Lisboa y el medio adormecido en que me movía,eran favorables al desenvolvimiento de estas imaginaciones, partí, viajémodestamente, sin pompa, con un baul y un lacayo.

Visité, en su orden clásico, París, la banal Suiza, Londres y los lagostaciturnos de Escocia; levanté mi tienda delante de las murallasexangélicas de Jerusalén; y desde Alejandría a Tebas recorrí ese largoEgipto monumental y triste como el corredor de un mausoleo.

Conocí el mareo de los buques, la monotonía de las ruinas, lasdesilusiones del «boulevard»; y mi mal interior iba creciendo.

Ahora, ya no era sólo la amargura de haber despojado a una familiavenerable; asaltábame el remordimiento de haber privado a la sociedad deun personaje fundamental, un letrado perito, columna del Orden, apoyo delas instituciones. No se puede arrancar a un Estado una personalidad quevale veinte millones de pesetas sin perturbar su equilibrio. Esta ideaera mi desesperación. Quise saber si verdaderamente la desaparición deTi-Chin-Fú fué funesta a la decrépita China; leí todos los periódicos deHong-Kong y Shang-Hai, velé noches enteras sobre historias de viajes,consulté sabios misioneros; y artículos, hombres, libros, todo mehablaba de la decadencia del Celeste Imperio: ¡provincias arruinadas,ciudades moribundas, plebes hambrientas, pestes y rebeliones, templosen ruinas, leyes sin autoridad, la descomposición de un mundo, como unanave encallada que el mar deshace tabla por tabla!

¡Y yo me creía el causante de las desgracias de la sociedad china! En miespíritu enfermo, Ti-Chin-Fú tomaba entonces el valor desproporcionadode un César, de un Moisés, de uno de esos seres providenciales que sonla fuerza de una raza. Yo le dí muerte, y con él murió la vitalidad desu patria. Su vasto cerebro tal vez hubiese salvado los rasgos genialesde aquella vieja monarquía asiática, y yo inmovilizé su acción creadora.Su fortuna hubiera podido reforzar el Erario, y yo la estaba disipandoentre fiestas y prostitutas... ¡Amigos, conocí el remordimiento inmenso,colosal, de haber arruinado un Imperio!

Para olvidar este complicado tormento, me entregué a la orgía. Meinstalé en un palacio de la avenida de los Campos Elíseos, y fuíterrible. Daba fiestas a lo Trimalción; y, en las horas más ásperas dela furia libertina, cuando entre la música de las charangas, entre elestridor brutal de los cobres, rompían el «can-cán», cuando prostitutasde seno desnudo, cantaban coplas canallescas; cuando mis convidadosbohemios, ateos de cervecería, injuriaban a Dios, con la copa dechampagne levantada, yo, poseído súbitamente como Helio y Abalo, de unfuror de bestialidad, de un odio inmenso contra lo Pensante y loConsciente, me tiraba al suelo a cuatro patas y me ponía a rebuznarimitando al burro.

Después quise descender más; confundirme con la plebe, conocer lastorpezas alcohólicas de la taberna; y muchas veces, vestido de blusa,con la gorra echada hacia atrás, del brazo de «Mes-Bottes oBibi-la-Gaillarde», entre un tropel de borrachos, fuí tambaleándome porlos «boulevares»

exteriores, cantando con voz ronca:

«¡Allons,

enfants

de

la

patrie-e-e!...

Le jour de gloire est arrivé-e-e....»

Una mañana, después de estos excesos, a la hora en que en las tinieblasdel alma del borracho se alza una vaga aurora espiritual, nació, derepente, la idea de partir para la China. Y como soldados adormecidos enel campamento, que al són del clarín se levantan y uno a uno se vanjuntando y formando en columna, otras ideas se fueron reuniendo en miespíritu, alineándose en formidable formación. Marcharía a Pekín;descubriría la familia de Ti-Chin-Fú; casándome con una de las señoras,legitimaría la posesión de mis millones; daría a aquella casa letrada suantigua prosperidad; para calmar el espíritu irritado del Mandaríncelebraría pomposos funerales; iría por las provincias miserablesdistribuyendo arroz y donativos; y una vez obtenido del emperador elbotón de cristal que ostentan los Mandarines, substituiría a lapersonalidad del Ti-Chin-Fú, pudiendo así restituir legalmente a supatria, sino la autoridad de su saber, al menos la fuerza de su oro.

Todo esto, a veces, me parecía un programa indefinido, nebuloso, puerile idealista. Mas el deseo de esta aventura original y épica, acababa porconvencerme, arrastrándome como a las hojas secas los remolinos delviento. Suspiré anhelante por pisar la tierra de China. Después delargos preparativos aligerados a peso de oro, una noche, por fin, partípara Marsella. Había

index-19_1.jpg

alquilado un buque entero: «El Ceilán». Y a lamañana siguiente, por un mar azul-prusia, bajo el vuelo blanco de lasgaviotas, cuando los primeros rayos del sol ruborizaban las torres deNuestra Señora de la Guardia, puse proa hacia Oriente.

IV

«El Ceilán» tuvo un viaje monótono y lleno de calma hasta Shang-Hai.Desde allí subimos por el río Azul hasta Tien-Tsin en un pequeño«steamer» de la Compañía Russal. Yo no iba a visitar la China con esacuriosidad ociosa de turista; todo el paisaje de aquella provincia,semejante al de un vaso de porcelana, de un tono azulado y vaporoso, concolinitas peladas y de tiempo en tiempo un arbusto solitario, no me hizosalir de mi sombría indiferencia.

Cuando el capitán del «steamer», un yanki imprudente, de hocico decerdo, al pasar por Nankin, me propuso ir a recorrer las monumentalesruinas de la vieja ciudad de porcelana, yo rechazé la proposición con unseco movimiento de cabeza, sin levantar los ojos tristes de latranquila corriente del río.

¡Qué pesados e insoportables me parecieron los días de navegación deTien-Tsin a Tung-Chou, en barcos chatos que apestaban como el olor ysuciedad de los remeros; ora a través de las tierras bajas inundadas porel Pei-hó, ora a lo largo de pálidos e infinitos arrozales; cruzandoaquí una lúgubre aldea de loma negra, allá un campo cubierto de floresamarillas, topando a cada momento con cadáveres de mendigos, hinchados yverdosos, que descendían al fondo del agua, bajo un cielo fosco y bajo!

En Tung-Chou quedé sorprendido al ver la escolta de cosacos que mandabaa mi encuentro el viejo general Camilloff, heróico oficial de lascampañas del Asia Central, y entonces embajador de Rusia en Pekín. Mehabían recomendado a él como un sér precioso y raro. El lenguarazintérprete Sa-Tó, que el general había mandado para ponerse a miservicio, me explicó que las cartas del sello imperial anunciando millegada, se habían recibido hacía tiempo por conducto de los correos dela cancillería que atraviesan la Siberia en trineos, desciende sobrelos lomos del camello hasta la Gran Muralla tártara, y entregan allí sumaleta a esos corredores mongólicos, vestidos de cuero escarlata, quenoche y día galopan hacia Pekín.

Camilloff me enviaba un «poney» de la Mandchuria, enjaezado de seda, yuna tarjeta de visita con estas palabras escritas con lápiz bajo sunombre: «¡Salud! ¡El caballo es blando de boca!»

Monté el «poney»; y a un «¡hurra!» de los cosacos, entre la heróicaagitación de las lanzas, partimos a galope por la polvorienta planicie,porque ya la tarde declinaba, y las puertas de Pekín se cierran apenasel último rayo de sol huye de las torres del Templo del Cielo. Alprincipio seguimos un camino, formado por el tránsito de las caravanas,atravesado por enormes losas de mármol arrancadas de la antigua VíaImperial. Después pasamos el puente de Palitas. Corrimos a la orilla decanales de agua negra; comenzaron a aparecer pomares y aldeas anidadasal pie de una pagoda, y de repente, en un recodo del camino, me paréasombrado.

¡Pekín estaba delante de mí! Es una vasta muralla, monumental y bárbara,de un negro obscuro, extendida hasta perderse de vista, y destacándosecon la arquitectura babilónica de sus puertas de techos curvos, sobre elfondo sangriento de la púrpura del sol poniente.

A lo largo, hacia el norte, en medio de una nube rojiza, veíase, comosuspendidas en el aire, las montañas de Mongolia.

Una rica litera me esperaba a la puerta de Ung-Tsen-Men, para conducirmea través de Pekín, hasta la residencia militar de Camilloff. Ahora, lamuralla, vista de cerca, parecía levantarse hasta los cielos con todo elhorror de una construcción bíblica.

En su base se apiñaba una confusión de barracas, feria exótica, dondepululaba una multitud rumorosa, y la luz de las linternas oscilantessalpicaba el crepúsculo de vagas manchas sangrientas. Los toldos blancosparecían al pie del negro muro bandadas de mariposas inmóviles.

Una gran tristeza se apoderó de mi alma. Entré en la litera, y cerrandolas cortinas de seda escarlata bordadas de oro, escoltado por loscosacos, penetré en la vieja Pekín, por su puerta babélica, en medio deuna turba tumultuosa, entre carretas, caballeros mongólicos armados deflechas, bonzos de túnica blanca, marchando uno a uno, y largas filas dedromedarios balanceando cadenciosamente su carga.

Al poco rato la litera se paró. El respetuoso Sa-Tó, descorrió lascortinas y me hallé en un jardín obscuro y silencioso, donde, entresicomoros seculares, kioscos iluminados, brillaban con una luz suave,como colosales linternas perdidas en la selva. Los surtidores y lasfuentes murmuraban en la sombra. Bajo un peristilo formado de maderospintados de rojo, iluminado por hileras de faroles de papeltransparente, me esperaba una membruda figura de bigotes blancos,apoyada en un grueso sable. Era el general Camilloff. Al adelantarmehacia él, lo hacía con el paso inquieto de las gacelas que, asustadas,huyen sin ruido entre los árboles.

El viejo héroe me apretó un momento contra su pecho y me condujo luego,según los usos chinos, al baño de la hospitalidad, una vasta pila deporcelana, donde entre rodajas finas de limón sobrenadaban esponjasblancas despidiendo un fuerte olor a lilas.

Poco después, la luna bañaba deliciosamente los jardines; y yo, muyfresco, de corbata blanca, entraba del brazo de Camilloff en el«boudoir» de la generala. Era alta y rubia, tenía los ojos verdes de lassirenas de Homero; en el descote bajo de su vestido de seda llevabaprendida una rosa blanca; y en los dedos, que yo besé respetuosamente,erraba un perfume fino de sándalo y de té.

Hablamos mucho de Europa, del nihilismo, de Zola, de León XIII, y de ladelgadez de Sarah.

Por la galería abierta penetraba un aire cálido que trascendía aheliotropo. Después la dama se sentó al piano, y con su voz de contraltorompió el silencio melancólico de la ciudad tártara, cantando laspicantes arias de «Madame Javart» y las melodías fatigosas del «Rey deLahore».

Al día siguiente, encerrado con el general en uno de los dos kioscos deljardín, le conté mi lamentable historia y los motivos fabulosos que meimpulsaron a venir a Pekín. El héroe me escuchaba silencioso,retorciéndose sombríamente su espeso bigote de cosaco.

—¿Sabe usted el idioma chino?—me preguntó de repente, clavando en mísus pupilas sagaces.

—Sé dos palabras importantes, mi general: «Mandarín» y «Té».

El héroe se pasó la mano de gruesos tendones sobre la horrible cicatrizque le cruzaba la calva:

—«Mandarín», amigo mío, no es palabra china y nadie la entiende en estepaís. Es el nombre que en el siglo XVI, los navegantes de su patria, desu hermosa patria....

—Cuando nosotros teníamos navegantes...—murmuré suspirando. Miinterlocutor suspiró también, por cortesía, y continuó:

—...Que sus navegantes dieron a los funcionarios chinos. Viene de suverbo, de su lindo verbo....

—Cuando teníamos verbos...—interrumpí yo, por esa costumbreinstintiva en los peninsulares de hablar mal de la patria.

El general entornó un momento sus ojos redondos de viejo astuto yprosiguió paciente y grave:

—De su lindo verbo mandar....» Le queda, por lo tanto, una palabra,«té». Es un vocablo que tiene gran importancia en la vida china, más locreo insuficiente para servir en todas las relaciones sociales. Miquerido huésped pretende casarse con una señora de la familia deTi-Chin-Fú, continuar la gran influencia que ejercía el Mandarín ysubstituir, doméstica y socialmente a ese llorado difunto.... Para todoeso dispone de la palabra «té». Es poco.

No pude negar que era poco. El venerable ruso, frunciendo su nariz depico de milano, me opuso aún otras objeciones que yo veía levantarseante mi deseo como las murallas mismas de Pekín; ninguna señora de lafamilia de Ti-Chin-Fú consentiría en casarse con un extranjero; y seríaimposible, absolutamente imposible, que el emperador, el Hijo del Sol,concediese a un extraño los honores privilegiados de un Mandarín.

—¿Por qué me los negaría?—exclamé.—Yo pertenezco a una distinguidafamilia de la provincia del Miño. Soy licenciado, por lo tanto, en Chinacomo en Coimbra, soy letrado. He pertenecido a una oficina delEstado.... Poseo millones. Tengo la experiencia del estiloadministrativo....

El general se iba inclinando respetuosamente ante la abundancia de misatributos.

—No es—dijo al fin—que el emperador realmente lo rechaze; es que elindividuo que lo propusiese, sería inmediatamente decapitado. La leychina, en este punto, es explícita y severa.

Bajé la cabeza abrumado.

—Mas, general—murmuró,—yo quiero librarme de la presencia odiosa delviejo Ti-Chin-Fú y de su papagayo.... Si yo entregase la mitad de mismillones al tesoro chino, ya que no me es dado personalmente, comoMandarín, aplicarlos a la prosperidad del Estado, tal vez Ti-Chin-Fú secalmase.

El general puso paternalmente su ancha mano sobre mi hombro.

—Error, considerable error, joven. Esos millones nunca llegarían alTesoro imperial. Se quedarían en los bolsillos insondables de las clasesdirectoras; serían disipados en plantar jardines, coleccionarporcelanas, alfombrar salones y vestir de seda a las concubinas: noalimentarían una sola piedra de los caminos públicos.... Irían aenriquecer la orgía asiática. El alma de Ti-Chin-Fú debe conocer bien elImperio, y eso no le satisfaría.

—¿Y si yo emplease parte de la fortuna del viejo en hacerparticularmente, como filántropo, largas distribuciones de arroz alpopulacho hambriento? Es una idea.

—Funesta—dijo el general, frunciendo horriblemente el entrecejo.—Lacorte imperial vería en esto una ambición política, un plan para ganarel favor de la plebe, un peligro para la dinastía....

Mi buen amigosería decapitado.... Es grave....

—¡Maldición!—grité.—¿Entonces para qué he venido a la China?

El diplomático se encogió de hombros; mas luego mostró en una sonrisamaliciosa sus dientes amarillentos de cosaco:

—Haga una cosa. Busque a la familia de Ti-Chin-Fú.

Y añadió:

—Yo indagaré del primer ministro, su excelencia el príncipe Tong, dondepára esa familia tan interesante; después reúnalos usted, y arrójelesuna o dos docenas de millones; organice para el difunto unos funeralesde gran ceremonia con un séquito de una legua de largo, filas de bonzos,todo un mundo de estandartes, palanquines, lanzas, plumas, pendonesencarnados y, por último, legiones de plañideras lanzando gritoslamentables. Si después de todo su conciencia no se adormece y elfantasma insiste....

—¿Entonces?

—Entonces mataos.

—Muchas gracias, mi general.

Una cosa, sin embargo, era evidente y en ello estuvieron de acuerdoCamilloff, el respetuoso Sa-Tó y la generala, que para tratar a lafamilia de Ti-Chin-Fú, formar en el séquito de los funerales y, en unapalabra, introducirme en la vida de Pekín, era preciso, desde luego,vestirme con un traje conforme a las maneras y al ceremonial de losmandarines.

Mi faz amarillenta y mi largo bigote caído, favorecían el plan. Y cuandoa la mañana siguiente, después de haber regateado con los sastres de lacalle Cha-Cona, entré en la sala tapizada de seda escarlata, donde yabrillaba la vajilla del almuerzo sobre la mesa de hule negro, lagenerala retrocedió como si apareciese el propio Tong-Tché, Hijo delCielo.

Yo ostentaba una túnica de brocado azul obscuro abotonada a un lado, conel peto ricamente bordado de dragones y flores de oro, encima de unasobrevesta de seda de un tono azul más claro, corta, amplia y fofa; lascalzas, de satén color de avellana, descubrían ricas babuchas amarillas,pespunteadas de perlas y un poco de la media sembrada de estrellitasobscuras, y a la cintura, en una linda faja recamada llevaba metido unabanico de bambú, de los que ostenta el retrato del filósofo La-o-Tsé, yson fabricados en Lwatón; y por esas misteriosas correlaciones con queel vestido influye en el carácter, yo sentía ya dentro de mí ideas einstintos chinescos; el amor a los ceremoniales meticulosos, el respetoburocrático a las fórmulas, un abyecto terror hacia el emperador, elodio a lo extranjero, el culto por los antepasados, el fanatismo de latradición, el gusto por las cosas azucaradas.

Alma y vientre eran por completo de un Mandarín. Así es que no dije a lagenerala:

«Bon jour, madame», sino que, doblado por la cintura, haciendo girar lospuños cerrados sobre la frente, baja, hice gravemente el «chinchín».

—¡Está usted adorable, precioso!—decía ella con su linda sonrisa,golpeando las manos diminutas y pálidas.

En honor de mi nueva encarnación, habían preparado aquella mañana unalmuerzo chino. ¡Qué gentiles servilletas de papel de seda escarlata conmonstruos fabulosos dibujados en negro! La comida dió comienzo porostras de Ning-Pó. ¡Excelentes! Me sorbí dos docenas con verdaderoregalo oriental. Después sirvieron deliciosas fibras de aletas detiburón, ojos de carnero con picado de ajo, un plato de nenúfares encompota, naranjas de Cantón, y, en fin, el arroz tradicional, el arrozde los abuelos. Todo esto con la ayuda de unas cuantas botellas deexcelente vino de Chao-Chigné. Y, en fin, con qué gozo saboreé mi tazade té imperial, té de la primera cosecha de marzo, cosecha única que escelebrada como un rito santo por las manos puras de las vírgenes.

Entraron dos cantadoras, mientras nosotros fumábamos, y durante largotiempo, entonaron con una modulación gutural viejas cántigas de lostiempos de la dinastía Ming al són de guitarras forradas de piel deserpiente, que dos tártaros, en cuclillas, rasgueaban con una cadenciamelancólica y bárbara. La China tiene encantos raros.

Después, la rubia generala cantó con gracia, la «Femme a barbe»: ycuando el general marchó con su escolta cosaca hacia el Yamen delpríncipe Tong, a informarse de la residencia de la familia Ti-Chin-Fú,yo, repleto y bien dispuesto, salí con Sa-Tó a ver Pekín.

La vivienda de Camilloff quedaba en la ciudad tártara, en los barriosmilitares y nobles. Reina allí una tranquilidad austera. Las callessemejan largos caminos de aldea surcados por las ruedas de los carros; ycasi siempre se camina pegado a los muros, de donde salen ramashorizontales de sicomoros.

A veces, una carreta pasa rápidamente, al trote de un poney mogol, conaltas ruedas claveteadas de clavos dorados; todo en ella oscila: eltoldo, las cortinas de seda, los penachos de plumas de los ángulos; ydentro se entrevé alguna hermosa dama china, cubierta de brocado claro,la cabeza toda llena de flores, haciendo girar en las muñecas dos arosde plata con un aire de tedio ceremonioso: Después alguna aristocráticalitera de mandarín, que koolíes vestidos de azul, con la coleta suelta,llevan al trote, encorvados, hacia los Yamens del Estado; precédeles uncriado que levanta en el aire rollos de seda con inscripciones bordadas,insignias de autoridad; y dentro el personaje gordinflón de enormeslentes redondos, ojea sus papeles o dormita con el labio caído.

A cada momento nos parábamos para admirar las ricas tiendas con sustabletas verdes de letras doradas sobre fondo negro; los parroquianos,en un silencio de iglesia examinan las preciosidades: porcelanas de ladinastía Ming, bronces, esmaltes, marfiles, sedas, armas, los abanicosmaravillosos de Swatón; a veces una fresca joven de ojos oblícuos,vestida de azul, con amapolas de papel en la cabeza, desdobla algún ricobrocado delante de algún grueso chino que la contempla beatíficamentecon los dedos cruzados sobre la panza: al fondo, el mercader, aparatosoe inmóvil, escribe sobre tablillas de sándalo, y un perfume suave queentristece y perturba, brota de todas las cosas.

¡He aquí las murallas que cercan a la ciudad interdicta, morada santadel Emperador! Jóvenes de familias patricias, descienden de la terrazade un templo, donde estuvieron adiestrándose en el manejo de la flecha.Sa-Tó, me dice sus nombres: forman parte de la guardia selecta, que enlas ceremonias da escolta al quitasol de seda amarilla con un dragónbordado que es el emblema sagrado del Emperador.

Todos ellos cumplimentan profundamente a un viejo de barbas venerables,con sobrevesta amarilla, privilegio de los ancianos. Iba hablando solo yllevaba en la mano una vara donde se posaban dos pájaros domesticados.Era un príncipe del Imperio.