El Manco de Lepanto - Episodio de la Vida del Príncipe de los Ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra by Manuel Fernández y González - HTML preview

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EL MANCO

DE LEPANTO

EPISODIO DE LA VIDA

del principe de los ingenios

Miguel De Cervantes-Saavedra

POR

D. M. FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ

ADMINISTRACION

Calle de las Hileras, número 14

MADRID.—1874

Establecimiente Tipográfico de Muñoz y Reig Calle Cuesta de Ramón, núm. 8

ÍNDICE

I.

En que se trata de un percance que le sobrevino a un

barbero deSevilla por meterse a afeitar a oscuras.

II.

En que se trata de una música de enamorado, acabada no

muyamorosamente a tajos y reveses.

III.

De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con

aquel su amorque tan acongojada la tenía.

IV.

En que se sabe quién era el incógnito amante de doña

Guiomar.

V.

En que doña Guiomar comienza a contar su historia a

Miguel deCervantes.

VI.

En que se contiene una carta de Cervantes para doña

Guiomar, y sesabe a lo que Florela se aventuró por servir a su señora.

VII.

En que se suspende la historia para decir algo de Miguel

deCervantes.

VIII.

En que se relata una aventura que le salió al paso a

Cervantes,cuando a las aventuras de sus amores iba.

IX.

De como lo que no podía amparar Cervantes, vino a

ampararlo doñaGuiomar.

X.

De como Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja

más de lo quehabía querido buscar.

XI.

En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia.

XII.

De como se iban cruzando los amores y apercibiéndose a

una rudabatalla los celos.

XIII.

En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien

en no contartan presto su historia a Cervantes, y en no amparar a Margarita.

XIV.

De como hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no

acudir a lavisita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda.

XV.

De como Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita

entre lascabilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la historiade sus amores.

XVI.

En que se ve cuán dura tenía la Inquisición la mano, aun

para susfamiliares, y cuánta fuerza, cuánta virtud y cuánta prudencia doñaGuiomar para encubrir sus amarguras.

XVII. De como Miguel de Cervantes supo lo que le bastó para

meterse enuna aventura de más empeño que la más atrevida en que osó metersecualquiera de los Doce Pares.

XVIII. De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de

morir deamor.

XIX.

De como enloquecido Cervantes por el amor, creyó que

la mano deDios le apartaba de los efectos de su locura.

XX.

De la horrenda tragedia con que se encontró sorprendido

y espantadoMiguel de Cervantes.

XXI.

En que se ve que nada ve la justicia relativamente a

Cervantes, yse sabe que Cervantes se había perdido.

XXII. En que se sabe lo que fue de Cervantes.

XXIII. En que se habla algo de la jornada de Lepanto, y de

cómo fue lamanquedad de Cervantes.

POST SCRIPTUM.

EL MANCO DE LEPANTO

I

En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero deSevilla, por meterse a afeitar a oscuras.

Había en la ilustrísima ciudad de Sevilla, allá por los tiempos en quellegaban a la Torre del Oro, que a la margen del claro y profundoGuadalquivir se levanta, los galeones cargados de oro que venían de lasIndias, y cuando reinaba en España el señor rey don Felipe el Segundo,de clara y pavorosa memoria, en la calle de las Sierpes, y en unarinconada a la que jamás llegaba el sol, como no fuese en verano y almediodía, un tinglado de madera, de dos altos, desvencijado y giboso, alque llamaban casa, y en el cual vivía una valiente persona, cuyoapellido y nombre de pila ignoraba él mismo, que si los tuvo olvidolos,y nadie le conocía ni él respondía más que por el sobrenombre de Viváis-mil-años, cortesanía que empleaba para saludar a todo el mundo.Era de mediana edad, entre los treinta y cinco y los cuarenta, de nomala apariencia, agradable y sonriente el rostro, morena la color,agudas las facciones, sutil la sonrisa, la mirada rebuscona, y nomezquino el cuerpo; vivía de rasurar y rapar, entreteniendo durante eldía sus ocios con el puntear de una vihuela morisca que le dejó supadre, ya harto usada por sus abuelos, y cantando como un ruiseñor lasalegres canciones de la tierra, y las que él mismo componía, para lo quese daba muy buena gracia; comadreaba a las comadres de la vecindad, y,fuera de esto, las vendía untos y bebedizos, y las leía el sino, y lastraía a todas engañadas y pendientes de sus labios; y a tal llegaba lafama de brujo y de hechicero del señor Viváis-mil-años, que más de unavez la Inquisición se había metido en sus asuntos, y había quien seacordaba de haberle visto con coroza y sambenito, luciendo su persona enun auto de fe.

No se sabía si era cristiano, o judío, o moro; pero él escapaba tan bienque mal de sus empeños con la Inquisición y con la justicia, ycontinuaba rasurando y trasquilando, rasgueando y cantando, haciendo desus bebedizos y de su brujería industria, y estimado y querido de lavecindad y allende.

No se le conocía a Viváis-mil-años moza ni parienta de algún género,ni vicio que de reparar fuese; vivía solo, en paz y en gracia de Dios,como él decía, no embargante lo de los hechizos y los untos, que élnegaba; y así iba pasando nuestro hombre sin crecer ni menguar, ysiempre feliz y contento, y con una tal y tan peregrina salud, que élafirmaba que en todos los días de su vida no le había dolido ni una uña.

La justicia le había entrecogido alguna vez de noche rondando por sitiostenebrosos, con un estoque desnudo debajo de la capa, largo de cincopalmos (que él había comprado en sus mocedades por veinte maravedís enel Rastro); y por esto, y por algunos hurtos que le habían achacadomalos testimonios, le habían batanado más de tres veces las espaldas,llevándole en burro y con acompañamiento, para edificación de lasgentes, por lo más concurrido de la ciudad; cosas todas que, decía Viváis-mil-años, caían por encima y no había que echárselas en cara,cuando no habían tenido que ver sino con sus espaldas. Buscábanledueñas, solicitábanle

doncellas

que

habían

necesidad

de

casarse;servíanse de él, como de secretario, mozas a las cuales les estorbabapara escribir lo negro de los ojos, y él era, finalmente, el consuelo delas hermosas, la alegría de los galanes, el consejo de los pícaros, yel sirve para todo. Almorzaba, comía y cenaba por diez maravedís casa desu vecina la tía Zarandaja; descolgaba sus bacías, y quitaba suscelosías a puestas del sol, y al cerrar la noche se salía sin que nadiele sintiese; iba adonde nadie sabía, y volvía a su casa sin que lavecindad pudiese enterarse de la hora de su vuelta.

Por los tiempos en que esta verídica historia comienza, había en lacalle de las Sierpes, no lejos de la tienda del rapista, una casadeshabitada, grande y hermosa, con piedra de armas en el frontispicio,de cuyas armas los entendidos sacaban el apellido Velasco de Llanes, yque hacía luengos años que no se ocupaba, porque se decía de famapública que tenía duende.

Daba su gran jardín, o más bien huerta, a las medianerías de algunascasas, y, por un punto, esta medianería era la tapia de un corralejo quela casa del barbero tenía, y en que vagaban, tristes y con hambre, enuna perpetua umbría, cuatro gallinas, un gallo y un pato, en compañía deun cerdo (con perdón sea dicho) y de un perro flaco que guardaba denoche la casa. No había que dudar de que el señor Viváis-mil-años erabuen cristiano, puesto que, para que el duende de la gran casa vecina nose pasase a la mezquina casa suya, había puesto en el lomo de la tapiade su corralejo, que daba a la huerta de la casa enduendada, un calvariode madera, lo cual no hubiera hecho si hubiera sido judío o moro, yhabía pintado una cruz en cada una de las dos ventanas que al corraldaban, y desde las cuales se veía la huerta.

Una mañana (de primavera y radiante y hermosa), al abrir una de aquellasventanas, el rapista vio que por la huerta de la casa vecina vagaban, noduendes ni trasgos, sino algunas personas de muy noble apariencia, queandaban por allí como reconociendo y tomando trazas. Era una dama comode veinte a veinticuatro años, muy gentil y hermosa, rubia y blanca, debuen continente y estatura, pensativa y grave, y vestida noble yriquísimamente.

Acompañábanla dueña quintañona y rodrigón avellanado, yla hablaban con encarecimiento, y proponíanla, a lo que parecía por lasseñas, composturas y arreglos en la huerta, dos maestros de obras.Seguíanla dos pajes, el uno de los cuales llevaba una rica silla detijera y el otro un cojín de terciopelo con rapacejos de oro debajo delun brazo, y terciada en el otro una rica alfombrilla. Por último, cuatrolacayos bigotudos, con sendos espadones al cinto, la servían.

No había que dudar de que aquella era una gran señora, si no princesa,por lo menos de título, y cuando no, riquísima; y en punto a nobleza,rebosaba de ella y olía que trascendía. No yendo con ella persona quepor la apariencia en calidad se la igualase, había que pensar que eraviuda; que a ser doncella, padre, hermano o tutor la hubieranacompañado.

Alegráronsele los ojos y aun las entrañas a Viváis-mil-años, porque sele ocurrió que la que de tal manera, y con dos que parecían maestros deobras, buscaba trazas y tomaba medidas en la huerta, debía habercomprado la casa, y empezó a echar cuentas con los provechos que tanbuena vecindad podía procurarle; porque pensar que a tal divina beldadno habían de acudir como moscas a la miel los enamorados, era sersimple, y ya el rapista inventaba historias y enredos, que daba porseguros, y en los cuales él andaría como una importantísima persona, locual le produciría buenos escudos, cuando no sendos doblones; por todolo cual, y ansioso de inquirir lo que hubiese, dejó la ventana, se dejóir por las fementidas escaleras, y se lanzó en la calle, yendo a dar consu cuerpo en el bodegón de la tía Zarandaja, que en cuanto le vioacudió a la marmita, llenó una escudilla con uña de vaca y morcilla delustre, y se fue al cabo de mesa, donde, en lo último del figón, sehabía sentado, como lo acostumbraba, el señor Viváis-mil-años.

Preguntole él, oyole atentamente ella; díjole que a lo que ella habíapesquisado, se la alcanzaba que la dama que el rapista había visto en eljardín de la casa del duende, era una riquísima señora indiana, que,con sus criados y algunos toneles llenos de oro, había venido de Méjico,y aposentádose en la posada de la Cabeza del rey don Pedro; y quehabía comprado la casa, ignorando que tenía duende, a su dueño el señormarqués de los Alfarnaches; y que lo que el señor Viváis-mil-años había visto, era que la susodicha hermosa y riquísima viuda indianabuscaba el modo de convertir aquella huerta abandonada e inculta en unparaíso en que solazarse.

Preguntó el rapista a la bodegonera de dónde había sacado todas aquellasnoticias, y díjole ella, que el rodrigón que había visto acompañando ala hermosa indiana, había ido tres días antes al bodegón, y la habíapreguntado quién fuese el amo de la casa deshabitada y si sabía que lacasa se vendiese, a lo que ella había contestado ocultándole lo delduende, lo cual la había valido un buen regalo del señor marqués de losAlfarnaches, a quien había avisado en buen tiempo, y que el señormarqués la había dicho después, que la tal dama se llamaba doña Guiomarde Céspedes y Alvarado, que era viuda, que apaleaba el oro, y que almorir su marido, que había sido un viejo oidor de la chancillería deMéjico, había hecho buenos doblones su hacienda, y se había venido aSevilla, de donde era natural, aunque por haberla llevado su marido aMéjico, todos la creían y la llamaban indiana.

Comiose con muy buen apetito y con mucho placer por estas noticias suescudilla de uña y morcilla el señor Viváis-mil-años, y se restituyó asu casa, sacó la celosía y colgó las bacías a la puerta, y se puso arasguear la guitarra, esperando al primero que tuviese necesidad derasurarse.

Al otro día sobrevinieron albañiles y todo género de artistas, yempezaron a trabajar en la casa, y a las dos semanas no había personaque pudiese reconocerla, según que había sido de compuesta ytrastrocada, y pintada, y rejuvenecida; habíase quitado la antiguapiedra de armas y puéstose en su lugar otra, y el jardín se habíadesbrozado, y poblado de estatuas y fuentes, y de tal manera que sehabía hecho de él, antes selvático, intrincado y desapacible, una verdey hermosa delicia. Carrozas, y mulas, y caballos, habían llenado lascocheras y las caballerizas; y en el zaguán hervían los lacayos conlibrea, y daba gozo el ver las escaleras alfombradas y con macetas atodo lo largo de ellas.

En fin, un domingo, la hermosísima viuda doña Guiomar de Céspedes yAlvarado se vino a la casa, y en cuanto en ella entró, la casa se cerróa piedra y lodo, y de tal manera que no parecía sino que lo que en lacasa se había hecho había sido para encantarla después; la puertaprincipal no se abría sino por la mañana entre dos luces, para quesaliese una silla de manos, en la cual iba sin duda la hermosísima doñaGuiomar, y una hora después, cuando la silla de manos volvía; tanto a laida como a la venida acompañaban la silla de manos la dueña, elrodrigón, los dos pajes, con la silla, el cogín y la alfombra, y loscuatro lacayos bigotudos que Viváis-mil-años había visto, como hemosdicho en otra ocasión, acompañando a la dama en el jardín o huerta de lacasa del duende.

Siguió una mañana Viváis-mil-años a la viuda, y vio que la llevaban ala catedral, y que ella se iba, seguida de los criados, a la capilla deSan Fernando; y que allí los pajes extendían sobre el blanco mármol laalfombra, abrían la silla de tijera, y ponían delante de ella el cojínde terciopelo con rapacejos de oro para que la bella indiana searrodillase. Los criados se quedaban fuera de la capilla; y una vez oídala misa de alba, la dama se levantaba, recogían los pajes cojín, silla yalfombra, se encaminaba la indiana a la puerta del Patio de losNaranjos, tomaba allí su silla de manos, y se volvía a su casa.

Poníase en acecho en la catedral Viváis-mil-años, atisbaba, pero nadapodía sacar en claro tocante a la dama, sino que aun de rodillas eragallarda; que sus manos, que tenían un rico rosario de perlas, eran másnacaradas que ellas, y que oía la misa con una singular devoción: encuanto al rostro, lo tapaba un celoso velo de encaje, y ocultaba sutalle un cumplido manto de raja de Florencia.

Habíala visto en el jardín descubierta la faz Viváis-mil-años; hermosala había admirado, joven la había conocido, pero su imagen se habíaborrado de su memoria: en vano había registrado el jardín desde suventana; la dama no salía a él nunca, o por lo menos de día, y Viváis-mil-años no había podido dar señas que les satisfacieran a losricos galanes que de él se servían para sus amores, y a los que habíahecho relación de la nueva y hermosa dueña de la casa del duende.

Los criados, o eran fieles, o temían y no daban luz, por más que Viváis-mil-años los agasajaba y los convidaba a la taberna; ellos nodecían de su señora sino que era una dama honestísima, que tenía penas yque las lloraba en su soledad: si aquellas eran penas de amor, loscriados no lo decían, o no lo sabían, y Viváis-mil-años vivía como unalma en pena, metiendo las narices por todos los resquicios, y sin olernada que le sirviese para cerciorarse de qué casta de, pájaro era aquelprodigio humano, que siendo rica y joven huía del mundo, y siendohermosa no buscaba el amor.

Pasaron así días, semanas y meses, siempre la misma cosa, sin dejarsever la dama más que de bulto entre dos luces, cuando salía de la sillade manos, en la catedral, y volviendo a sepultarse una hora después enel silencio y en el retiro de su casa, que permanecía cerrada, ni más nimenos que cuando se decía estaba habitada por duendes; al jardín nosalía de día: sólo algunas noches de luna solía verla Viváis-mil-años,vestida de blanco y vagando como un fantasma, yendo al cabo a sentarseen un poyo de piedra junto a la fuente, permaneciendo allí largo tiempoinmóvil, hasta que, al fin, se levantaba, y en paso lento atravesaba eljardín y se metía en la casa: la luz de la luna no había sido bastantepara que Viváis-mil-años hubiese visto su rostro. Desesperábase elmenguado, y decía a los caballeros que le aquejaban con preguntas, queél creía bien que todo aquello no era realidad, sino sueño, y que habíaque pensar que los duendes continuaban en la casa, y que habían tomadola forma de la dama y de la servidumbre que la asistía, no embarganteque la tal dama y parte de sus criados con ella, fuesen a oír misa dealba todos los días, lo cual podía ser muy bien, dado que fuesen lossusodichos duendes cristianas almas del purgatorio.

La comunidad entera de los Terceros, a los que rasuraba desde el prioral último lego Viváis-mil-años, andaba también ocupada y puesta enimaginaciones por los relatos de su rapista; y a tal encarecimientofueron llegando estos relatos, que llegó a los oídos de la Inquisiciónla noticia de que había en Sevilla una casa habitada por gentessospechosas, de las cuales se murmuraban hechizos y encantos; porquehabía muchas cosas extrañas. ¿Qué se habían hecho aquellas ricascarrozas, aquellos hermosos caballos, aquellas poderosas mulas, que lavecindad había visto entrar en la casa del duende? nadie los habíavuelto a ver. ¿Qué comían todas aquellas personas, y todos aquellosanimales? la puerta de la casa no se abría jamás. ¿Y

cómo podía seresto? La Inquisición envió sus alguaciles para que recatadamenteobservaran aquella casa que de tan antiguo tenía fama de maldita, yviesen lo que eran sus nuevos habitantes; y los alguaciles declararon loque ya se sabía, esto es, que la dama iba todas las mañanas a misa dealba a la catedral, y que la oía con recogimiento; que se volvía luego asu casa; que la puerta, y las ventanas, y los miradores permanecíancerrados, y que no se oía dentro ruido alguno; que la casa del duendeparecía encantada, y que sólo por un postigo del jardín salían muytemprano seis negros esclavos, que iban a la plaza de la Encarnación yvolvían con seis grandes cestones llenos de vituallas; que, en fin, lospocos criados que salían de la casa eran serios y pálidos comodesenterrados, y que si bien bebían cuando los convidaban, hablaban pocoy muy pensado, y no se les sacaba ni una sola palabra con referencia asu señora.

El Santo Oficio determinó, pues, saber lo que hubiese en aquello; y unanoche a las doce, en sábado, hora en que las brujas tienden su vuelohacia Barahona, un familiar llamó a las puertas de la casa de la llamadadama fantasma, que se abrieron, obedeciendo humildemente las órdenes dela Inquisición.

Metiose por el zaguán el familiar con su negra cohorte de alguaciles, ydio por cierto lo que de aquella casa endemoniada se había dicho a laInquisición, cuando vio que, en efecto, los criados eran muy pálidos ymuy serios y muy graves, y le vino de ellos un olorcillo como de tumba ycosa del otro mundo; y mucho más cuando, avisada la dueña de la casa, ylevantada de prisa, porque reposaba, y mal recogidos los cabellos de orobajo una toquilla, y vestida de blanco, salió al estrado, donde elfamiliar la esperaba armado de severidad y resuelto a llevarla presa, apoco que viera en ella que le confirmase en las brujerías que a aquellaseñora ociosos maldicientes achacaban; y ver a doña Guiomar y creersecogido por los cabezones el familiar, fue todo en un punto; porque verlay entrarle un tal temblor que si hubiera tenido cascabeles en laspiernas hubiera causado más ruido que un tiro de mulas al trote, fue unpunto mismo; y secósele el paladar, y quedósele la lengua fría, y se leanudó la voz en la garganta; que en todos los días de su vida él nohabía visto una más garrida moza, ni más gentil dama, ni más peregrinahermosura.

En resumen: a él, que por haber estudiado para clérigo, y haber hechovoto de castidad, aunque no había entrado en Orden, le habían parecidotodas las mujeres, menos la Virgen María y la madre que le había parido,artificios del diablo para perder a los hombres, entrole de súbito unatal ansia amorosa y una tal sed de hermosura, que no se conoció a sípropio; y el diablo se le metió en el cuerpo, y pensó que si todas lasbrujas eran como aquella, vendríase a gobernar el mundo por ellas; y envez de hablar recio y seco y altisonante e imperativo a aquelladivinidad, besola rendidamente las manos y se declaró muy su servidor, yaun criado. Y preguntándole ella a qué era ido a su casa tan a deshora ycon tal estrépito de aldabadas, y tal y tan pavoroso acompañamiento dealguaciles, él, oyendo su voz, que era meliflua y clara y sonora,figurósele que se había bajado del cielo a la tierra un ángel, ydisculpose, y disculpó a la Inquisición, diciendo que de puerta se habíaengañado, y que no era allí donde él iba, sino a casa de un ciertorapista que en la vecindad vivía, y que el diablo sin duda, por ampararal susodicho, había hecho que él y sus alguaciles creyesen barbería laque era noble casa de viejo solar; y rogándola encarecidamente leperdonase, besola las manos y pidiola licencia para irse. Concedióseladoña Guiomar, pero con el prosupuesto que cuando prendiese al barberovolviese, que ella le aguardaría, que tenía que decirle.

Con esto, saliose de la casa el familiar con su escuadrón alguacilesco,y fue a dar de rebote casa del barbero, al que encontró oliendo a untode bruja, que así lo declaró un alguacil que entendía mucho en estascosas; y como el rapista había tardado en contestar y en abrir más de lojusto, confirmose más esta sospecha; y examinado que fue en su persona,se le encontró pringoso; con lo que, y con haber hallado en un rincónciertos pucheros y redomas, se le esposó, y no con moza gentil yapetecible, sino con dos esposas de hierro, con cadena de alambrerecocido de las que usaban alguaciles y cuadrilleros y toda la otragente de presa que tenían la Inquisición y el rey para el buen serviciode la república; y con esto y con algunos cintarazos y sopapos que se ledieron como por vía de estimación y caricia, sacáronle mano con mano ycodo con codo, dando con él en uno de los encierros de los sótanos de lacárcel de la Inquisición, y haciéndole, en fin, la barba como merecía,que si él no propalara tanto disparate contra la buena reputación ylimpia vida de doña Guiomar, tal no le aconteciera; de donde se saca,que porque Dios lo quiere, los pícaros se enredan muchas veces en losmismos lazos que tienden a otros para que se pierdan, y en ellos sepierden.

II

En que se trata de una música de enamorado acabada no muyamorosamente a tajos y reveses.

Volviose el familiar desalado a casa de doña Guiomar, y sin más compañíaque un alguacil que le llevaba la linterna, en cuanto hubo dejado conmiedo, frío y hierros al rapista, y bajo cerrojos, y tomado recibo de supersona; y acontecíale al tal Ginés de Sepúlveda, que así se llamabaeste honrado familiar, que no las llevaba todas consigo, y que decíapara sí que él debía ser también preso y juzgado por la Inquisición;porque si bien se miraba, él había pecado, aficionándose a una mujer,por en cuanto a su voto de castidad, y había faltado a su obligación enno prender a quien se le había mandado prendiese; antes bien,disculpádola, y excusádola, y puéstose por su pecado de su parte, sinimportársele otra cosa; y hubiera querido que le naciesen alas parallegar pronto; y en fin, no vivía de miedo de haber ofendido a Dios, yde ansia por que tardaba en ver aquel hermoso sol que, a la media noche,le había deslumbrado.

Iban alguacil delante y familiar detrás, estirando a cual más podían laszancas y alargando los pescuezos, aficionado el uno al agasajo que deseguro le harían en aquella principalísima casa mientras esperase, ydesasosegado y agonizando el otro por volver a ver a doña Guiomar; yesperaba el alguacil que alguna linda doncella, o dueña de no malosbigotes viniese a él, por mandamiento de su señora, para hacerle menosenojosa la espera; que el alguacil no podía creer sino que a cosa deamores volvía el familiar solo a la casa, y sin color de justicia, y quepor esto se había salido de la casa sin prender a nadie; y en cuanto alfamiliar, no pensaba nada, sino que de él tiraban duendes o diablos parallevarle a su perdición; y aunque él no quería, salíasele el alma almezquino, como si su alma hubiese querido llegar súbitamente y juntarsecon aquella otra alma que dentro de aquel hermosísimo cuerpo vivía.

Y yendo así y como disparados familiar y alguacil, y muy cerca ya de lacasa de doña Guiomar, oyeron un rumor de voces que de la cercanarevuelta de una callejuela venía, y como templar de vihuelas; cosas quedaban a entender claramente que se trataba de dar música por algúnenamorado a la señora de su pensamiento; y había por entonces unaordenanza que mandaba que de noche y a deshora no se diesen músicas porlas calles, so pena de dos días de cárcel y diez ducados para obraspías; y como la gente que sonaba junta a poco trecho parecía mucha ydebía ser alegre y maleante, y ellos sólo eran dos, o diríase mejor, unoy medio, porque el familiar aprovechaba poco, éste ordenó al alguaciltorciese el paso por la boca de una callejuela que se veía a mano, yrodease, con lo cual el familiar creyó haber evitado aquella gente nonsancta; pero vio, cuando dada la vuelta se hallaba a poca distancia dela casa de doña Guiomar, que a su puerta había un gran bulto de sombrascomo de hombres, del cual salía confuso rumor de voces recatadas.

Quedáronse tras la esquina familiar y corchete, y a poco oyeron querompían en una muy armoniosa música las vihuelas, y que cuando se acabóel ritornelo, una voz grave y melancólica, enamorada y dulce, cantó elsiguiente:

SONETO

Insensible es al sol el duro hielo

De crudo invierno en el rigor impío; Agua en la primavera, en el estío

En cálido vapor se eleva al cielo.

Siempre insensible al amoroso anhelo

Tuve

el

ingrato

corazón

vacío:

Mi llanto, agora, por el bien ansío, Lava presta será de un Mongibelo.

¿Quién, sino tú, señora, a tal mudanza Forzó a mi pecho helado y enemigo

De todo amor y todo rendimiento,

Que hoy espero sin sombra de esperanza, Vivo muriendo, y hallo mi castigo

En la llama de amor que es mi tormento?

Calló la voz, y luego se oyó un profundísimo suspiro, que las vihuelas,que con el canto habían terminado su música, no pudieron cubrir con susacordadas voces, y hubo algún espacio de tan grande silencio, quehubiérase podido oír el vuelo de un mosquito que por allí en aquel puntohubiera pasado; y aún duraba el encanto de la música, y el familiar nosabía qué pensar de lo que pasaba por su poco antes ánima castísima,cuando con más concierto y dulcedumbre que antes, volvieron las vihuelasal ritornelo. Amor parecía que volaba en los aires y lo llenaba todo;amor decían las vihuelas; de amor, escuchando en sus oscuros miradorespalpitaba, sin saber por quién, y toda en imaginaciones sin sujeto, doñaGuiomar, y amor iba emponzoñando en su dulce veneno el corazón delfamiliar, que veía delante de sus ojos, aunque allí no estaba, lasdoradas hebras de los sedosos cabellos de la viuda, y su frente dealabastro, y sus labios, que a una entreabierta granada se asemejaban, ysus ojos, con los que el claro azul del cielo de la alborada no pudieracompetir; y batallaba el mísero con aquel amor que tan de súbito se lehabía metido en el alma, como si hubiera sido tentación de Satanás, y nofuego celeste, que del infierno venía, y había tomado por bellasventanas por donde asomarse y dejarse ver en la tierra los divinos ojosde la indiana.

Seguían en su ritornelo las vihuelas, limpiábase el pecho para empezarde nuevo, tal vez con algún madrigal competidor del soneto, el encendidoamante, cuando las voces de ¡ténganse a la justicia! que vinieron de loalto de la callejuela, cortaron en un punto el puntear de las vihuelas,y dejaron lugar al chocar de los broqueles, que apresuradamente losmúsicos se arrancaban del cinto, y que tal vez al desenvainar lasespadas daban contra sus gavilanes; y a poco, no era ya dulce música loque en la calle se oía, sino áspero son de espadas, que por los raudalesde chispas que de ellas saltaban, no parecía sino que se habían allíreunido todas las fraguas de Vulcano.

Apercibiose con asombro de sí mismo el familiar, de que él, que anteshabía hecho sin empacho profesión de tímido, y tenido por gala elparecer prudente y bien mirado, no se asustaba de lo que antes lehubiera causado espeluznos; e íbasele la mano al pomo de la espada, quehasta entonces había llevado por adorno, y sentíase más atrevido y másarrojado a todo que Gerineldos, aquel amante de la enamorada sobrina deCarlo-Magno; y pensaba que el del soneto había dicho bien, que talesmudanzas hace el amor, que no son para creídas, según que trastrueca alos que caen debajo de su imperio, y de menguados los cambia en altivos,y de corderos en leones, y de no atreverse a mover un pie sin pedirlelicencia al otro, en atropelladores de todo, sin que haya quebradura queno salten, ni obstáculo, por insuperable que sea, que no venzan; peropuesto que a él nada le iba ni le venía en aquello, y que antes debíaalegrarse de que la ronda le desembarazara la calle y le permitierallegar a la puerta de la hermosísima viuda, que sin duda le esperaba,estúvose quedo y esperando a ver en lo que aquello quedaba, cuyo fin yremate, y de quién fuese al cabo la victoria no se veía muy claro: quela calle veníase abajo a cuchilladas; y no dulces requiebros enamoradosse oían, sino juramentos y maldiciones, y ayes de aquellos a quienesalcanzaba alguna dura punta; y tanto duraba aquello y tan trabado, queclaro aparecía que si los rondadores eran duros de pelar, no eran muchomás blandos los de la ronda, ni había allí que contar con manco niflojo, según que arreciaba, cuanto más duraba, aquella tempestad detajos y reveses.

Pero acertó a acudir por la parte de abajo de la calle otra ronda, que,como venía de refresco, embistió duro, y puestos entre dos potencias losmúsicos, hubieron de ceder el campo; así pues, cubriéndose el rostro conlos embozos, y apretando dientes y puños, embistió cada cual con lo quetenía delante, sonaron algunos tiros de pistolete, arremolináronse losalguaciles de ambas rondas; y los músicos escaparon, dejando sobre lacalle alguna vihuela rota y algún alguacil malherido, que de ellos,cuando se acudió al lugar de la pelea, no se halló ni uno sólo, ni setuvo indicio de quiénes fueran, aunque harto claro dejaron conocer, porlo que hicieron, que todos eran hidalgos, y de los buenos.

Escapádose habían familiar y alguacil del Santo Oficio, cuando losalcaldes y los alguaciles de la justicia ordinaria pusiéronse enpersecución de los que más bien que huían se esquivaban, por excusarseel familiar de preguntas y de respuestas con los otros alcaldes, y elalguacil por seguir a su superior; que lo que el familiar anhelaba eraque la calle quedase libre para entrarse en la casa de la indiana, ycontemplar otra vez al sol resplandeciente de su hermosura; y como ibancorriendo por la callejuela que daba la vuelta a la manzana donde estabala casa de doña Guiomar, vieron que un bulto, que delante de ellos iba,saltaba y se agarraba a las asperezas de una tapia, y se alzaba y seestiraba, y por el caballete de la tapia desaparecía; y no deteniéndosepor esto, siguieron familiar y alguacil su carrera, dieron la vuelta,hallándose al fin del rodeo en la misma calle de las Sierpes donde habíapasado la pendencia, y vieron que en ella no había un alma viviente, nise oía otro ruido que el del vientecillo de la noche, que zumbabadulcemente en las encrucijadas.

Mandó el familiar al alguacil que allí le esperase, y él se fue a lapuerta de la casa de la viuda, y llamó, y abrieron en cuanto dijo cuálera su calidad y oficio y que la señora le esperaba, y entró, se cerróla puerta, y la calle se quedó tan en silencio y tan pacífica, comosolía estarlo a aquellas horas de ordinario.

III

De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor,que tan acongojada la tenía.

Suspensa el alma, la mirada anhelante y fija por descubrir lo queenvolvía en sus sombras la oscura calle; aguzando el oído por coger unapalabra, entre el murmullo de las voces de los que hablaban bajo susmiradores, que le fuese indicio de quiénes eran los que en aquella horala rondaban, la hermosa indiana estúvose con su doncella Florela; yasomándose a la entreabierta vidriera de una ventana de su cámara, en lacual había matado la luz, toda era cuidado y toda congojas; queenamorada estaba, no embargante su viudez, lo que decía con hartaelocuencia que, o no había amado al difunto marido, o que le había amadotanto, que, por la dulce costumbre, sin amor no podía pasarse. Y elcaso era que el nuevo dueño al cual su alma se rendía, había sido tancorto en manifestarla su afición y tan rápidamente había pasado delantede ella, diciéndola, empero, con sus encendidas miradas su deseo, que noparecía hombre enamorado que en ocasión se pone de contemplar a ladeidad que adora, sino alma en pena y cobarde que cree tan menguados susmerecimientos, que esquiva, cuanto puede, ser reparada por miedo delmenosprecio; y justamente por esto doña Guiomar le había estimado; poraquella su timidez, la grandeza de su amor había medido; que no hayafición sin cuidado, ni pasión sin ansia; ni es amor el que con mortalesrecelos no desconfía del logro de la victoria; y esto lo saben bien lasmujeres, y tanto más cuanto por su hermosura son más pretendidas ybuscadas y acechadas; y doña Guiomar, que lo era grandemente, aunque nosaliese de su casa más que entre dos luces, y aun así para ir a laiglesia, sabíalo más que otras.

La esperanza de que el sujeto de su amor, encubierto con el amigo mantode la tenebrosa noche, viniese a decirla sus amantes penas con laregalada cadencia de la encantadora música, despertándola de su inquietosueño, tenía a la hermosa indiana, toda anhelo, toda impaciencia, todaoídos y toda ojos; y cuando oyó la voz doliente, dulce y grave del quecantaba, y los conceptos de la amorosa canción, abriéronsela lasentrañas para recibir en ellas el encendido suspiro que fue de lacanción fin y remate, y confirmación del alma de lo que habían dicho loslabios; y saliósela de la suya otro tan amantísimo y hondo suspiro, quesi el cantor le oyera, no se tuviera por venido a un valle de lágrimas,sino a un encantado paraíso; y no le oyó, porque a punto sonó el¡ténganse a la justicia! de la ronda, tras lo cual vinieron lascuchilladas y tumulto.

Acongojose con esto doña Guiomar, y al suelo viniera traspuesta, si nola sostuviera en sus brazos su fiel doncella Florela; y cuando todo pasóy renació el silencio y tornó la calma; bañados en lágrimas los dulcesojos y la bella color mudada, dijo a Florela con una voz en que seentendía claramente lo que en su alma había de temor y de esperanza:

—¡Ay, amiga Florela, que si esto es amor, a Dios pluguiera que nuncahubiera yo amado en mi vida! ¿y quién había de decirme a mí que a talpunto había de traerme un hombre a quien no más que tres veces he visto,y aun así como sombra que pasa, o mentida imagen de un sueño, que aldespertar se pierde?

A lo cual respondió Florela suspirando:

—Cosa es el amor, señora, que no ha menester más que un punto pararendir a su imperio un alma; y tanto más, cuanto más esta alma estáanegada en tristezas, y huérfana de dulces afectos.

—Calla, Florela,—dijo doña Guiomar enjugando sus lágrimas,—que meparece que alguien viene.

Entreabrió a punto la mampara un paje, asomó la cabeza, y dijo a suseñora que el familiar del Santo Oficio que había estado antes, habíavuelto, y que decía que por la señora era venido; y doña Guiomar mandóle llevasen al estrado, y que le rogasen que allí esperase.

Procuró sosegarse doña Guiomar, aunque esto era más para deseado queconseguido, y dijo a su doncella:

—Mira, Florela, si es posible que los de casa averigüen si ha pasadoalguna desgracia en la riña, y si la hubo, quién o quiénes son los sinventura; que esto bien podrá hacerse con el pretexto de socorrer a losque hubieren menester socorro; y vuelve, mientras yo me aliño un tantopara ir e advertir a ese familiar aquello para lo que le he rogado quevuelva; y no tardes, que la duda de que él haya podido quedar en ellance, me tiene sin vida.

Saliose Florela, y doña Guiomar fue a sentarse a su tocador, ycontemplose al espejo, y hallose, más hermosa que nunca; que el amorhace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima,haciendo de ellos un cielo; y un cielo veía en sus ojos doña Guiomar,porque en el amor que en sus ojos hallaba, la parecía como que veía laimagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la sucedía quecuanto más se contemplaba, más la parecía ver en sus ojos la fugitivasombra de su deseo; y a tal llegó su amorosa ilusión, que creyó que noen sus ojos, sino detrás de ella, sobre las rubias trenzas de suscabellos, aparecía la imagen de su anhelado, mirándola ansioso, copiadopor el espejo, y como si detrás de ella hubiese estado de rodillas.Pareciola asimismo que una mano trémula asía una mano suya que pendíadescuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso.

Volviose estremecida doña Guiomar, y vio que de rodillas estaba junto aella, no una imagen vana, ni una sombra, sino un hombre, con atavío desoldado, que anhelante la miraba, y que parecía que quería hablar y nopodía, aunque harto claro decía lo que sentía el temblor que todo sucuerpo agitaba.

Sobresaltose doña Guiomar, nubláronsela los ojos, apretósela el corazón,y desfalleció toda al ver que quien tenía a sus pies y oprimiéndola unamano, que ella no tenía fuerzas para retirar, contra sus labios, era elmismo por quien ella la dulce muerte del amor sentía; y así los dos, enun silencio más elocuente que el mejor de los discursos, pasose algúntiempo, hasta que recobrándose la hermosa indiana y conociendo que porsu decoro debía manifestar extrañeza y enojo por lo que sucedía,desasió su mano de las de su enamorado, y dijo con la voz entera yenojada:

—¿Qué es esto? ¿quién sois? ¿cómo habéis entrado aquí? ¿qué queréis?

—Hermosa señora,—dijo levantándose aquel hombre,—no mi voluntad, sinolos no sé si para mí crueles o propicios hados, son los que, cuando yopensaba sólo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para quepostrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cualvivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena,alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mipecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbrede redención que me salve.

A lo que doña Guiomar respondió, mirándole no tan ceñuda ya, ceñofingido, que si ella hubiera mostrado lo que sentía en el alma en elsemblante, por bien hallado y dichoso hubiérase dado él:

—Cortés sois, bien nacido parecéisme y bien criado; dejadme que measombre de veros en mi presencia, entrado aquí como un salteador pudieraentrarse, y sin más disculpa que la de la necesidad que habéis tenido desalvaros de ser preso.

—En tal aprieto,—dijo él,—no me hubiera visto si no os viera, siviéndoos no os amara, y por amaros no ansiara deciros mi pena; que yosoy el que, no ha mucho, en unos tan desdichados y pobres versos, comomíos, os decía mis ansias; y si vos, señora de mi alma, esos versoshabéis oído, oído habréis también la riña, que ha sido tal, que cortadala salvación, obligado me he visto a saltar una tapia, que es sin dudala del jardín de vuestra casa; porque adelantando por ese jardín, ydando en un cenador, y en él en unas escaleras, siguiendo por uncorredor, halleme junto a una puerta entreabierta, y os vi, y sin pensaren otra cosa, acerquéme, se me doblaron las rodillas, convidome vuestramano de alabastro, y mis hambrientos labios besarla osaron: si lo que osdigo no fuese para vos disculpa bastante del que habéis creídoatrevimiento mío, volveré a salir de vuestra casa, importándome ya pocode cuanto mal pudiera avenirme, que, por grande que fuese, no seríamayor que la desgracia de haberos enojado.

—No habéis de decir,—replicó la hermosa indiana,—que poniéndoos enpeligro el salir ahora de mi casa, de ella os echo; tanto más, cuandopor venir, aunque sin licencia mía y aun sin yo conoceros, a darmemúsica, en tal cuidado os habéis puesto; y hagamos aquí punto a laconversación, y entraos en ese aposento, que yo voy a ver si por acasoha podido oíros alguno de mis criados, y cuando todos estén recogidos yel peligro que corréis haya pasado, podréis iros.

Y yendo a una puerta, abriola, y haciéndole seña de que pasase, él pasóa un cuarto oscuro, donde doña Guiomar encerrole tan a tiempo, que yalas fuerzas la faltaban para el fingimiento, y aquejábala el deseo detrocar su severidad en dulzura, su enojo en rendimiento, y suindiferencia en amor.

Valídose había además doña Guiomar de la industria de encerrar al aunpara ella desconocido amante suyo, porque, aunque turbada, acordose deque en la sala la esperaba aquel familiar de la Inquisición que pocotiempo hacía la había asustado, metiéndose de rondón y en son de amenazaen su casa, como si hubiera ido a buscar herejes malditos; y porquehabía conocido (siempre las mujeres lo conocen) que de ella el familiarse había prendado, citole para saber por qué causa la Inquisición lahabía buscado, y además para acabar de prendarle y volverle loco, con locual el disgusto o el peligro de una nueva visita de la Inquisición seevitaría.

Fuese, pues, a la sala donde el familiar la esperaba; hallole inmóvilcomo una estatua, teniendo en la una mano el sombrero, puesta la otra enlos gabilanes de su inútil espada, y grave y triste y compungido;alegráronsele los ojos al menguado cuando a él se acercó doña Guiomarsonriendo, y habiéndose ella ido al estrado y sentádose y héchole señade que a su lado se sentase, él lo hizo, quedando encogido y encorvado;y luego ella le habló de esta manera:

—Agradecida os estoy, señor, con toda mi alma, por la benevolencia conque habéis tornado a que yo os diga lo que no puedo menos de deciros, yes, que no sé yo por qué causa la Inquisición, que amo, respeto yvenero, ha venido, no a honrar mi casa, sino a traer a ella el juicioengañado de la vecindad, que, sin duda, ha creído que yo no soy tanbuena y católica cristiana como tengo la ventura de serlo, yobedientísima hija de nuestra Santa Madre Iglesia.

Comídose había con los ojos a doña Guiomar, mientras dijo las anteriorespalabras, el señor Ginés de Sepúlveda, y comiéndosela aún, y atragantadopor el hechizo de tantas y tan no vistas bellezas como en doña Guiomarse atesoraban, dijo con la voz temblorosa y desfallecida y espantado desí mismo:

—Deber es del Santo Oficio de la General Inquisición, contra laherética pravedad, extremar su celo, y tanto más en los calamitosostiempos en que las naciones más poderosas del mundo amparan la herejía,engañados y perdidos sus monarcas por Satanás; que la Alemania y laInglaterra hierven en herejes, y aquí nos vemos obligados a hacer cadaauto de fe que espanta, y sin que este saludable rigor sea bastante parapurgarnos de la maldita simiente; así es que, señora, como esta casa quevos habéis comprado y habitáis tenía duende...

Interrumpiole doña Guiomar, y con muestras de sobresalto le dijo:

—¿Duende decís que tenía esta casa?

—Por ello estuvo muchos años deshabitada,—respondió el señor Ginés deSepúlveda;—y si vos que, por ser forastera, no lo sabíais, no lahubiérades comprado y habitado, sin habitar estaría aún, y seguiríadeshabitada por los siglos de los siglos amen.

Creían entonces en los duendes como se creía en los artículos de fe, ypor creer en ellos doña Guiomar, imaginósela que, tal vez, no el hombreque amaba en carne y hueso era el que se la había aparecido en suretrete, sino una apariencia de él, tomada por algún duende maligno; yespantose y pareciola que detrás de cada tapicería se movía un duendetravieso, y que las figuras de los lienzos que las paredes poblabantomaban extrañas y espantables cataduras, y que de todos los ángulos dela sala surgían trasgos y fantasmas; y como tenía la imaginación muyviva, porque era andaluza, venida de las Indias, asustose de tal modo,que al familiar se asió como si hubiera creído que agarrándose a unaparte de la Inquisición, por exígua y mezquina que fuese, a ella no seatreverían duendes, trasgos, ni espectros.

Aconteciole al señor Ginés de Sepúlveda, cuando las suaves manos de doñaGuiomar asieron las suyas y sus ojos se fijaron espantados en sus ojos,que creyó que de él se apoderaba el diablo; espantose muy mucho más quedoña Guiomar, y aturdiose; y sin saber cómo, no encontrando otra cosa deque ampararse, amparose del mismo peligro que le espantaba; es decir,que se abrazó a doña Guiomar, y de tal manera, que no parecía sinonáufrago que, llevado por las furiosas olas, con una tabla se encuentray a ella se agarra.

¿Quién pudiera decir lo que pasó por ambos cuando en aquel abrazo, tansúbita e inopinadamente sobrevenido, se encontraron enlazados? Pareciolea doña Guiomar el señor Ginés de Sepúlveda, cuando le vio tan cerca, másfeo y pavoroso que todos los duendes y vestiglos habidos y por haber, yrechazole; y él, cuando hubo sentido las corpóreas bellezas de doñaGuiomar, y alentado la ambrosia de su aliento, no defendió ya su almadel demonio, sino que, cayendo en la tentación y olvidándose de susvotos (que como ya se dijo, aunque seglar, de castidad habíapronunciado), y siendo valiente por la primera vez de su vida,volteándole los ojillos grises, y todo contraído y perturbado, dijo:

—¡Amor!... ¡amor!... ¡yo te reconozco y te adoro! ¡Alma mía, que tepierdes, perdóname, porque te fenezco en otra alma, que ya, sin ser yopoderoso a evitarlo, es el alma mía!

—Pero ¿qué es lo que estáis diciendo, hombre,—dijo doña Guiomar,—queme parece que os habéis vuelto loco? ¿De qué alma habláis, que decísque es vuestra alma? Si por ventura el alma que decís es el alma mía,ved que os engañáis, que yo no os la doy, ni mi alma puede irse a vossin que yo lo quiera.

A todo esto, doña Guiomar se había separado a una buena distancia delfamiliar, y parecía como que éste empezaba a volver en sí, y aarrepentirse de haberse dejado ir de aquella manera por los para éldesconocidos espacios del amor.

Doña Guiomar estaba toda encendida e indignada, y le miraba fosca: comoque aún la parecía sentir el apretón de unos brazos que la ceñían, y verdos ojos que, como los de un lobo hambriento, la miraban.

—Perdonadme, señora,—dijo el familiar,—que yo creo que los duendes deesta casa maldita se han metido en mí, y me han obligado a hacer y decircontra mi voluntad lo que he hecho y dicho; pero ya veis que a la razónvuelvo, que respetuoso os hablo, que humillado perdón os pido; y el queesta influencia infernal que me ha dominado no haya persistido, consisteen que yo llevo conmigo un preservativo contra toda hechicería ymaleficio, y esos demonios familiares, que se llaman vulgarmenteduendes, han huido lanzados por la virtud de ese bendito preservativo.

—¿Preservativo tenéis contra diablos familiares?—dijo doña Guiomar.

—Sí, señora,—contestó el señor Ginés de Sepúlveda,—y ese preservativoes la medalla, que con la cruz dominica, que como sabéis es la cruz dela Inquisición, llevo pendiente de este cordón sobre el pecho.

—De suerte, que si yo llevara pendiente de la garganta esa medalla,libre de duendes estaría,—dijo doña Guiomar.

—Y no sólo vos,—respondió Ginés de Sepúlveda,—sino vuestra casa y lasotras casas adonde fuéredes, como todo lugar en que os encontráredes.

—Pues mirad,—dijo doña Guiomar,—si me dais esa milagrosa medalla, osperdono el abrazo que tan sin licencia mía, y tan contra mi voluntad ymi pudor, me habéis dado; que en Dios y en mi ánima, este es el primerabrazo de hombre que he sentido.

—¿Pues qué, no sois vos viuda, señora?—preguntó admirado el familiar.

—Padre fue, que no marido para mí, el buen esposo mío cuya muertelloro,—respondió tristemente doña Guiomar.

Atragantose el familiar cuando, por la propia confesión de los rosadoslabios de doña Guiomar, reconoció en la ya bastantemente preciadapersona que le volvía el seso, un atractivo más, que era el de serdoncella, no embargante lo de viuda, que bien puede ser esto, aunquerara vez suceda y haya de ponerse muy en duda; pero de tal manera lohabía dicho doña Guiomar, y con tal y tan ruboroso embarazo, que habíaque creerlo, y creyolo el señor Ginés de Sepúlveda, y el corazón se levolvió de arriba abajo, y atragantose, y de tal manera, que se estuvobien cinco minutos sin decir palabra, y mirando espantado a la hermosaindiana, ni más ni menos que si en ella hubiera tenido delante esa avefénix de la que todos hablan y ninguno ha visto; porque en doncella mozapuede con no mucha dificultad creerse, pero creer en doncella viuda, eraya cosa recia. Y este espanto del familiar no era por que le pareciesementirosa doña Guiomar, que él la hubiera creído aunque ella le hubieradicho que no había venido al mundo por medio de mujer, sino caída de unaestrella; pero espantábale el ver que su castidad iba más y másdesmoronándose y deshaciéndose, y que el diablillo del amor con más ymás fuerza le abrasaba el alma.

Sabe Dios cuánto tiempo hubiera estado silencioso y como sujeto a unencanto, si ella, repuesta del trabajo que la había costado aquella suextraña confesión, no le hubiera dicho:

—Sólo hay una manera, señor mío, repito, para que yo os perdone vuestroatrevimiento, y es que siendo, según decís, esa medalla que pendiente deese cordón lleváis sobre el pecho, un preservativo contra los demonios,ya sean o no sean familiares, y contra toda casta de espíritus foletosy malditos, me la entreguéis, para que yo pueda quedar esta noche sinmorirme de miedo en mi casa; que mañana será otro día, y ya buscaré yovivienda en que acomodarme, donde no haya habido nunca, ni duende, nitrasgo, ni fantasma, ni alma en pena, ni cosa que en mil leguas al otromundo huela.

—No ya la medalla del Santo Oficio os daría yo, y tenedla, señoramía,—dijo todo amor y todo rendimiento el familiar,—

sino el alma,aunque supiera que os la daba para que me la perdieseis.

—No por Dios,—dijo doña Guiomar, tomando la medalla que el familiar ladaba y poniéndosela al cuello,—que no quiero yo que por mí seáisidólatra y os condenéis; tanto más, cuanto que yo no podríacorresponderos, porque aborrezco el amor, principio y causa de todas lasmalas aventuras que a la mujer la avienen; y porque es ya tarde y elsueño me pesa en los ojos, y porque veo que la Santa Inquisición estáya, en vos, convencida de que yo aliento buena y vieja sangre católica,apostólica, romana, sin que haya en ella la más mínima partícula nolimpia, ruégoos os vayáis, y si quisiereis volver a verme, lugar habráen hora no tan incómoda y más conveniente para mi recato.

Levantose doña Guiomar como manifestando con la acción añadida a lapalabra que el familiar sería muy discreto si se iba cuanto antes, y elpobre hombre, mirando con ansia y todo aturdido a doña Guiomar, besolalas manos y fuese, llegando hasta la puerta de espaldas, por novolverlas a doña Guiomar, no se sabe si por verla algún tiempo más, opor respeto. Inclinose con gran acatamiento cuando hubo llegado a lamampara, y luego esta se abrió y se cerró, desapareciendo el familiar,con lo cual doña Guiomar se volvió presurosa, y sin miedo a los duendes,por la milagrosa medalla que llevaba al cuello, a su retrete, donde,como se ha dicho, y en un cuarto que a él daba, había dejado encerradoal su desconocido amante, que la tenía tan sin vida.

IV

En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar.

Trémula la mano, alborotado el corazón, encendido el bello semblante yturbados los divinos ojos, doña Guiomar abrió la puerta del cuarto, ydijo con la voz tan turbada que apenas si se la oía:

—¡Eh, caballero, salid si os place, yo os lo ruego!

A cuyas palabras sólo respondió el silencio, como si nadie hubierahabido en el cuarto, que ya se ha dicho estaba oscuro como boca de lobo.

Vínosela otra vez a las mientes a la bella viuda, que aquel en quienhabía creído ver a la dichosa persona que la enamoraba, no había sido unhombre, sino un duende, que había tomado aquella apariencia paraburlarla y atormentarla, y que, a causa de llevar ella la milagrosamedalla del Santo Oficio, el duende había huido; pero oyó a punto unocomo resuello recio de persona que duerme, que allá de lo hondo deloscuro cuarto salía, cosa que doña Guiomar sintió más que si en efectosu enamorado se hubiese tornado en humo y desaparecido; porque quien detal y tan sosegada y profunda manera se había dormido, cuando ella lehabía dicho que la esperase, no debía ser muy extremado en amar; queella sabía muy bien, y a causa de él mismo, que el amor desvela, y tantomás cuanto se está más cerca del objeto amado, y en términos de duda yesperanza.

Llamó al dormido, ya con más fuerza y aun con enojo, la hermosa indiana,y a poco se oyó un bostezo, luego pasos, y al fin apareció el incógnito,con los ojos cargados aún de sueño y con todas las muestras de que en lomejor de él se le había interrumpido; y como doña Guiomar cuando lesintió que se acercaba se hubiese ido a un canapé o escaño que allíhabía, y se hubiese sentado, él tomó una silla baja que encontró alpaso, y fue a sentarse junto a doña Guiomar, tocando su falda, y de talmanera que no parecía sino que hacía un siglo eran amantes, y con undesenfado tal, que aunque sin dar en la descortesía, parecía mostrar laconfianza que él tenía en ser amado, si es que ya no lo era, y con todael alma; mirábala él con codicia, aunque sin irreverencia, y ella lecontemplaba asombrada por lo que en él veía, que harto claro se mostrabaen sus ojos; y ni el uno ni el otro decían una palabra, y ella seturbaba más y más, y más y más se la encendía el enojado tal vez, y talvez amoroso semblante, y él lo conocía y tal lo mostraba, que más y másruborosa se mostraba ella, y más y más confusa.

Díjole ella, en fin, que era muy extraña cosa que un hombre que, comoél, de tal manera se había entrado en su casa amparándose de lajusticia, y que decía que por ella se había puesto en tal trabajo, y quela había dado música, y tan amorosos y encendidos versos la habíacantado, viniese a dormirse como si ningún cuidado le inquietase y comohubiera podido dormirse en su casa: a lo que él respondió mirándolaamorosísimamente, que tantas noches había pasado en vela atormentado porsus amores, y tan desesperado y triste, que no había que admirarse deque, cuando al fin lucía para su amor el sol de la esperanza, descansadohubiese en alguna manera de su trabajo.

—¿Y quién os ha dicho,—exclamó ella,—que yo os amo, ni en amarospiense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza mía para elamor, por vos se haya deshecho?

—Dícenmelo,—respondió él,—vuestros divinos ojos, que en vano de mí seapartan para no verme, porque con más afición y más encendidos rayos deamor, ¿qué digo? de gloria, a mirarme tornan; dícemelo vuestro hermososeno, que los amantes latidos de vuestro corazón mueven; dícemelovuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dícemelo,en fin, mi deseo, señora mía, porque si vos no me amaráis, tormentoinsoportable sería para mí la desesperada memoria de vuestra adoradaimagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza.

—Paso, paso, señor mío,—exclamó la enamorada indiana, queriendo envano que no saliese a su boca en una sonrisa de contento su alma, y asus ojos en un volcán;—que si seguís así, creeré que mentís, que nopuede llegarse a un tal rendimiento de amor tan de súbito y por unamujer apenas vista, y por la primera vez de amores requerida; y luego,que yo tengo para mi, aunque puede ser que me engañe, porque yo deamores no entiendo, ni he querido entender nunca, que el amor para sersublimado ha menester de todo punto ser correspondido.

—Mucho pudiera yo decir sobre esto,—repuso él;—pero aquéjame hacerosuna pregunta sobre lo que acabáis de decir, de que no entendéis deamores, ni entender de ellos habéis querido nunca.

—¿Pues no decíais vos en vuestro soneto,—repuso ella,—que vuestraalma había sido hasta ahora hielo para el amor? ¿por qué, pues, osmaravilla que hielo haya sido hasta ahora, y que aún lo sea para elfuego amoroso, el corazón mío?

—Casada fuisteis, señora,—dijo con tristeza el galán,—y para amarguramía, que las venturas concedidas a otro, aunque pasadas y lícitas, y aunsantificadas por el matrimonio, dardos son de celos y ponzoña dedespecho, para el que bien ama y ser quisiera el único en el amor de laque adora.

—En hondos discursos os metéis, y no sé qué os diga, ni qué deje dedeciros,—contestó doña Guiomar, bajando los ojos y poniéndose muy máscolorada que otras veces;—y tanto más, cuanto que no sé a quién hablo.

—De buenos y honrados padres vengo, señora,—respondió él;—hidalgosoy; Alcalá es mi patria; cursé en las aulas de su famosa universidad;tirome la afición a las armas, y muy más el amor a las letras; soldadosoy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesía es sueño quedevora el alma y la finge lo que no existe, y en los espaciosimaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestroesclavo soy.

—¿Miguel de Cervantes Saavedra sois vos?—exclamó con encarecimientodoña Guiomar;—pues por ahí andan en unos papeles impresos los versosque se recitan en casa de Arquijo por todos los buenos ingenios deSevilla, y entre ellos hay los, y no de los peores, que según el papel,han sido compuestos por vos.

—Si yo hubiera podido creer,—dijo Cervantes,—que los pobres versosmíos habían de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseode contentaros hubiera sido inspiración que los hiciese dignos dePindaro; ¿pero qué poesía queréis que haya sin amor, y cuando sólo seescribe para ejercitar el ingenio?

—¿Y sin amor vivíais cuando esos versos compusisteis? pues o no meamáis como decís, o me amáis desde muy poco tiempo, que ha ocho días sevendía el papel nuevo, y versos vuestros había en él.

—Desde que perdí el corazón en el cielo de vuestras perfecciones,señora,—dijo Cervantes,—de tal manera he ansiado, tanto he dudado, tangrande la desdicha de mi amor he creído, que no he tenido alma ni vidamás que para ansiar y temer, y buscaros y entreveros, apareciendo con elalba, tornándoos a vuestra casa a punto que el sol salía, menos que voshermoso; y todo era en mí sobresalto y congoja, y afán y miedo; que antevos no quería mostrarme, por no ver el desdén en vuestros ojos, hastaque no pudiendo más, y desesperado y loco, a daros música vine, y adeciros ese triste soneto, que en su poco valer bien muestra que lasmusas están enojadas conmigo, al verse por vos, a causa del grande amorque os tengo, por mí desdeñadas y olvidadas; bien que si vos, como me lohace creer el deseo, me amáis, ¿qué vale el laurel de Apolo comparadocon la gloria de teneros mía?

Responder quiso doña Guiomar, pero desfalleció la voz en su garganta;sus ojos se posaron, exhalando un dulce fuego, en el venturoso amante;suspiró luego tan hondamente como si el suspiro hubiera salido de lorecóndito de sus entrañas, y dijo:

—Pues que Miguel de Cervantes sois, y antes de conoceros yo habíaconocido en vuestros versos vuestra alma, y estimádola había por ellos,quiero contaros mi historia, y por ella veréis claramente cómo, habiendosido casada y con buen marido, amor no conocí, ni conozco, como no seaamor esto que me tiene hablando con vos y a deshora en mi aposento; quepara ampararos en el aprieto en que os veis, no era menester que yo oshiciese compañía; y amor debe ser este, porque habéis de saber que nosabía yo que hubiese cosa que vencer pudiese la fuerza de mi recato, y aél falto hablando con vos a solas, y a tal hora; y si esto no es amor,no sé lo que ello sea; amor es, ¿quién lo duda, cuando ocultarlo nopuedo, y si os lo niego más os lo afirmo, y vencida y enamorada os loconfieso? Pero si creéis que ese amor mío ha de ser parte para que yo meolvide de mi honra, a la menor señal que en mi desdoro hagáis, morirá miamor para que ocupe su lugar el menosprecio.

A lo cual contestó él con este cuarteta, que se salió sola y sinlicencia suya de su enamorado pensamiento: Amores

que

son

del

alma

hacen

callar

los

sentidos;

que

en

verse

correspondidos

alcanzan su mejor palma.

—Así os quiero, señor mío,—contestó ella,—y por que veáis cuánto envos confío y cuánta es la estimación en que os tengo, para que sepáisbien quién soy, os voy a contar mi historia; eso si no es que os aquejeel sueño, que si tal fuese, mi doncella Florela, que es discreta, osllevarla a un aposento donde pudierais reposar seguro.