El Maestrante by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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El conde, sonriendo ruborizado, hizo signoafirmativo.

—Pues que me dispense, pero tiene un colormuy feo... Verá usted, voy a ponerle otro másbonito.

Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno delos floreros del salón y, después de escoger algúntiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvióadonde estaba el conde y con gran desenvoltura,con cierta afectación aún, propia del quepretende mostrar su dominio, le arrancó el clavelque traía y le puso el nuevo. Sufrió él estasustitución en silencio, inquieto y sorprendido.Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se echóun poco hacia atrás y exclamó con intención:

—¡Ya lo creo que está mejor!

Hubo después algunos instantes de silencioembarazoso. Ella se puso a jugar con el clavel deFernanda, azotándose las rodillas, mientras lanzabafrecuentes miradas al conde, que permanecíaconfuso sin saber qué decir ni dónde ponerlos ojos. Por último, los de uno y otro se encontrarony sonrieron. En los de ella ardió unachispa maliciosa, y con ademán súbito y desdeñosoarrojó el clavel que tenía en la mano debajode las sillas. El conde se puso repentinamenteserio; sus mejillas se colorearon. Enaquel momento entró Manuel Antonio. La conversaciónse entabló alegre, indiferente. El condeguardaba, sin embargo, un resto de turbación.Cuando llegó Fernanda y con visible disgusto,le preguntó por su clavel, se vio en graveaprieto, perdiose en un laberinto de explicaciones.El chico de su jardinero, a quien fue a darun beso, se lo había arrancado, luego en unamaceta que había hallado en el gabinete de sumadre había tomado otro. Pero Amalia, implacable,le puso poco después en un conflicto preguntándoleen voz alta con sonrisa maliciosa:

—¿Quién le ha dado a usted ese clavel tanlindo, Fernanda?

—No, yo no—se apresuró a responder ésta.

Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió envoz alta a la explicación que acababa de dar ensecreto. Aquella pequeña traición los ató connudo más fuerte, estableció entre ellos una relaciónsingular que el conde no se atrevía a definiren su pensamiento, medroso de resbalar enun abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad,quizá con alguna más, a la heredera deEstrada-Rosa, pero no podía hablar a la señorade Quiñones sin sentirse turbado; las miradasque se dirigían eran largas, intencionadas; susapretones de manos vivos, impregnados de cariño.Ambos disimulaban delante de Fernandacomo si fuese ya la esposa ultrajada. ¡Y aún nose habían dicho una palabra de amor! PeroLuis estaba convencido de que faltaba a su novia,de que era un criminal hacia D. Pedro, suamigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentíaallá dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo,reflexionaba algunas veces que por suparte no había dado un solo paso hacia el crimen,que se veía enredado en aquellas extrañasrelaciones, en las cuales existía amor; inteligencia,traición, todo tácito, sin saber cómo habíasido.

Trascurrió más de un mes de esta suerte.Amalia no sólo le hablaba de amor con los ojos,pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutartodos sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente.Anunciaba, por ejemplo, que se iba amarchar: al volver los ojos se encontraba conlos de Amalia que le decían que se quedase, yse quedaba.

Trataba de bailar con Fernanda, yuna mirada severa bastaba para retenerle. Undía anunció que iba a pasar seis u ocho en susposesiones de Onís: Amalia le hizo signo negativocon la cabeza, y desistió de su viaje.¿Por qué? ¿Con qué derecho contrariaba sus determinaciones,se introducía en su vida y la gobernaba?No lo sabía, pero experimentaba sensacióngratísima al obedecerla. Vivía en unainquietud dulce, anhelante, esperando algo hermoso,algo inefable que no quería formularse ensu cerebro. Mientras, ella con su eterna sonrisamisteriosa le observaba tranquilamente, segurade conocer ese algo y de llegar a él cuando le vinieraen apetencia.

Una tarde del mes de Junio se hallaba el condeen la Granja inspeccionando el trabajo de algunosobreros, que tenía ocupados en abrir unaacequia más ancha para el molino. El mozo encargadodel ganado vino a decirle que una señorapreguntaba por él.

—¿Una señora?—exclamó sorprendido.—¿Nola conoces?

El criado le miró estúpidamente, sin contestar.¿Cómo la había de conocer, él, que había pasadola vida detrás del ganado, y sólo iba a Lanciaalgún día de mercado a comprar o vender unavaca? El conde se hizo cargo de esto y preguntóenseguida:

—¿Es bajita?

—No es muy alta, no, señor.

—¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿elandar muy suelto y elegante?

Y antes de que el criado pudiera contestar aestas preguntas, que no había entendido, echó acorrer en dirección a la casa con el corazón palpitante,henchido de emoción por el presentimientode que era ella.

—¿Dónde está?—gritó sin dejar de correr.

—En la corrada, a la puerta del jardín—lecontestó también a gritos.

Llegó a la corrada sin respiración. Antes deabrirla se detuvo un instante, avergonzándosede su presunción. ¿Cómo había llegado a suponer...¿Pero por qué diablo se le había metidoen la cabeza?... Y, sin embargo, no podía desecharla.Era ella, era ella; no le cabía duda alguna.Levantó el pestillo de la gran puerta de maderapintada de verde, y entró. La corrada eragrande. Veíanse arrimados a la pared varios enseresde labranza. Debajo de un tendejón yacíanalgunos carros. En una caseta de madera, toscamentelabrada, estaba amarrado un enorme mastínque quiso romper la cadena dando furiosossaltos por venir a acariciarle. Allá en el otroextremo, cerca de la puerta enrejada que comunicabacon el jardín, la vio, en efecto, con lafrente pegada a las rejas, contemplando las flores.Estaba de espalda. Traía vestido claro derayas blancas y rojas y llevaba en la cabezasombrerito de paja con flores rojas también.

Conla mano izquierda se apoyaba en una sombrillaque hacía juego con el traje y en la derechaapretaba unos guantes de seda, ¡Qué bien impresosle quedaron estos pormenores! Jamás en lavida se le borraron de la memoria.

—¿Usted por aquí?—le preguntó afectandouna serenidad que estaba muy lejos de sentir.—¿Quiénhabía de presumir que fuese usted la señoraque el criado me acaba de anunciar?

—¿De veras no lo ha presumido usted?—preguntóella mirándole fijamente.

—No, no, señora.

Y se puso colorado al decirlo. La dama sonriócon benevolencia.

—Bien, enséñeme usted esas rosas de malmaison de que me ha hablado.

El conde abrió la puerta del jardín y ambospasaron adentro. Era muy grande, y estababastante descuidado. Desde que la condesa habíadejado de venir a la Granja casi en absoluto, loscriados apenas tocaban en él. Luis era más dadoa hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado,a desecar terrenos, que a las flores. Así ytodo, del tiempo en que su madre venía todaslas tardes y le atendía, existían allí muchasplantas de flores, grandes arbustos que con eltiempo y con aquel suelo feraz se iban trasformandoen árboles frondosos.

Mientras recorrían caminos arenosos, de loscuales el césped se iba apoderando por falta delimpieza, la condesa explicaba en voz alta cómohabía llegado hasta allí. Se le había antojado darun paseo hasta Bellavista; pero al pasar por delantede la carreterita que conducía a la Granjase acordó de las dichosas rosas, y dio orden alcochero de que siguiese por ella. No había vistonunca la posesión. Aquella frondosidad, aquelverde tan intenso la entusiasmaban. En su paísla vegetación era más pálida.

—Pero más fragante... como las mujeres—dijoel conde con galantería.

La dama se volvió para dirigirle una sonrisade gracias, y siguió loando la belleza de los rododendros,de las azaleas, de las camelias gigantescasque encontraban al paso.

Luego que vieron los rosales y que el conde lehizo elegir algunos para mandárselos al día siguiente,tornaron por senderos distintos hacia lapuerta de entrada.

—¿Usted está seguro de que yo he venido únicamentea ver estos rosales?—dijo Amalia parándosesúbito y mirándole con fijeza.

Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzóa balbucir lamentablemente:

—Yo no sé... La verdad que esta visita... Mealegraría que los rosales...

Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar.

—Pues, además de los rosales, vengo a vertoda la finca, y particularmente el bosque. Conqueya puede usted ir enseñándomelo—dijo agarrándoseresueltamente a su brazo.

El conde volvió a experimentar nueva y violentaemoción, primero de pena, después, alsentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimogozo. Y, turbado hasta lo profundo de suser, fue mostrándole lo digno de verse que teníala finca, las grandes y hermosas praderas, lascuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosquepor último. Ella le observaba con el rabillodel ojo. A veces se dibujaba en su rostro unalevísima sonrisa burlona. Se enteraba de todocon interés, loaba los trabajos que se habían llevadoa cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y venirsoltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba,despertando en el alma del conde sensacionesdiversas, pero todas vivas y anhelantes. Cuandoobservaba que iba adquiriendo aplomo le disparabarepentinamente alguna maliciosa insinuaciónque de nuevo lo atortolaba, lo dejaba confundidoy ruborizado.

—Vamos, conde, a que cuando usted me viodijo para dentro: «Amalia está enamorada demí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.»

—¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate estáusted diciendo?... ¿Cómo me había de atrever...

Pero la dama, como si no advirtiera su turbaciónni concediera importancia a sus propias palabras,saltaba inmediatamente a otro asunto.Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerleagitado y trémulo. Y en las miradas fugacesque de vez en cuando le lanzaba reflejábase unsentimiento de superioridad, la benévola ironíadel que está jugando a otro una burla que ha determinar en bien. El conde presentía algo gravedebajo de aquella sonrisa enigmática, comprendíaque estaba haciendo un papel desairado, quese estaban riendo de él y hacía esfuerzos heroicospara recobrar su sangre fría, sin conseguirlo.

El bosque admiró y entusiasmó a la dama porencima de todo. Era una masa de robles añososdonde no penetraba jamás un rayo de sol. Elsuelo estaba limpio de abrojos, tapizado de céspedque convidaba a reposar. Ninguna otra fincade recreo de la provincia poseía aquel regalo,procedente quizá de la primitiva selva donde sehabía fundado el monasterio que dio origen aLancia. Quiso descansar un instante debajo deaquella bóveda verde por donde la luz se cerníatrabajosamente. Reinaba una paz, un amablesosiego que impresionaba como el silencio y laluz dormida de una, catedral gótica, pero conemoción más dulce. Apoyó la espalda en un árboly paseó largo rato su mirada asombrada porla espesura. El conde estaba en pie algo más lejos.Ambos permanecieron mudos largo rato. Porfin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos de ladama estaban posados sobre él. Resistió algunosmomentos la atracción magnética de aquella mirada.Cuando al cabo volvió la suya vio que enefecto le contemplaba de hito en hito con expresiónrisueña y audaz que le hizo bajar lavista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él, sorprendido,confuso, algo irritado sintiéndose enridículo, viendo que las carcajadas no cesaban,le preguntó con sonrisa forzada:

—¿De qué se ríe usted, amiga mía?

—De nada, de nada—respondió llevándoseel pañuelo a la boca.—Lléveme usted a ver lacasa.

Y se colgó nuevamente de su brazo.

La casa era un grande y vetusto edificio depiedra amarillenta carcomida por los años, condos torrecillas cuadradas a los lados. Todo enella estaba podrido o deteriorado. En la escalerafaltaban rejas, lo mismo que en los balcones, labóveda de las habitaciones descascarillada, lostabiques resquebrajados, el tillado con agujeros,los cristales, emplomados a la antigua usanza,tan llenos de polvo que apenas consentían el veral través de ellos; las paredes sucias también y deellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscurosque no se conocía lo que el pintor habíaquerido representar; las habitaciones, con pocosy antiquísimos muebles maltratados por el usode las generaciones anteriores. Fueron recorriéndolastodas. A Amalia le placía aquel aspecto deremota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían habitadoaquella casa!

¡Cuánto se habría reído yllorado en aquellas vastísimas estancias! Cadauna tenía su nombre. La una se llamaba el cuartodel cardenal, porque en siglos pasados un cardenalde la familia se alojaba allí cuando veníaa pasar una temporada a la Granja; otra, el salónde los retratos, porque había unos cuantos colgados;otra, la sala nueva, aunque parecía tanto yaún más vieja que las demás. Todo aquello representabala vida íntima de una familia al travésde los siglos.

—Éste es el cuarto de la condesa—dijo Luis alentrar con su amiga en una pieza no muy grande,donde por debajo del polvo y los estragosdel tiempo se advertía mayor lujo en el decorado.

Era una estancia coquetona donde las generacioneshabían ido dejando testimonios más o menosplausibles de su amor a la ornamentación.Un escritorio pompadour, algunas sillas regencia,varios retratos al pastel; en el techo, pintados alóleo, algunos amorcillos nadando en una atmósfera,azul en otro tiempo.

—¿Es el cuarto de su mamá?—preguntóAmalia.

—No—replicó el conde riendo,—mamá dormíaen otro lado. Se llama así desde tiempo inmemorial.Quizá alguna de mis abuelas lo habíaelegido para sí. Aquí es donde yo duermo lasiesta cuando me canso de andar por el campo.

En uno de los ángulos había una soberbiacama de roble tallado y enteramente negro porlos años. Era una de esas camas del siglo XVque vuelven locos a los anticuarios.

Las colgadurasantiquísimas también. Sobre los colchonesestaba extendido un tapiz moderno de damasco.

—Aquí es donde usted se recoge para pensarmás libremente en mí, ¿no es cierto?

El conde quedó aturdido como si le hubiesendado un golpe en la cabeza.

—¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo?

Pero súbito, haciendo un gesto de resolución,exclamó:

—¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquípienso en usted como pienso en todos los sitiosadonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sélo que me pasa; vivo en un estado de constantezozobra, y esto, como usted me decía hace pocosdías, es una señal de amor verdadero. Estoyenamorado de usted como un loco. Comprendoque es una atrocidad, que es un crimen,pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted.

Y el caballero se dejó caer de rodillas, comouno de sus nobles antepasados de la Edad Media,a los pies de la dama.

Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo?¿No se avergonzaba de semejante confesión? ¿Nocomprendía que dirigirle aquellas palabras dentrode su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponerque ella las había de escuchar con paciencia?¡Mentira parecía que el conde de Onís,un caballero tan cumplido, faltase de aquel modoa lo que debía a una dama y a lo que se debía así mismo!

El conde permaneció aterrado y de rodillasbajo tal granizada de denuestos.

Considerabagraves sus palabras; pero el enojo que producíanen la dama era mayor de lo que habíasospechado.

Amalia guardó al fin silencio. Le contemplócon ojos irritadísimos unos instantes.

Mas unasonrisa feliz y burlona comenzó a dilatar surostro expresivo. Se acercó lenta y majestuosamentea él, le puso la mano en el hombro e inclinándosepara acercar la boca a su oído le dijoen voz baja:

—Hace usted bien en no avergonzarse de nadade eso, porque yo, señor conde, le quiero a ustedtanto por lo menos como usted a mí.

Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abrazóa sus rodillas besándolas con frenesí, se desbordóen un mar de palabras apasionadas, incoherentes,llenas de fuego y de verdad, mientrasella, tan breve, tan diminuta, contemplabaaquel coloso rendido, con sus ojos misteriososde valenciana lucientes de amor y pasión.

Con este inmenso trabajo conquistó el condede Onís a la gentil señora de D. Pedro Quiñonesde León.

Los primeros tiempos de sus relaciones fueronagitadísimos para él, llenos de punzantesremordimientos y de goces embriagadores. Amaliaiba de vez en cuando a la Granja. Por la nocheen la tertulia daba cuenta de su visita en vozalta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba decongoja mientras con perfecta sangre fría narrabaella todo lo que se podía narrar, hablaba deljardín, censuraba el abandono en que estaba ylo que se divertía trayendo a cada visita algunasplantas con la intención de dejarlo arrasado, yaque a su dueño no le interesaba. Llevaba su audaciahasta burlarse.

—Por supuesto que a este señor no hay quienle sufra desde que las damas le visitan.

¿No adviertenustedes qué impertinente se ha puesto?Temiendo estoy que el primer día que vaya a laGranja me obligue a hacer antesala.

Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más serio.Fernanda sonreía clavándole una mirada,cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos,altivos, feroces y dejaba escapar de su gargantaun amago de carcajada. ¡Qué esfuerzo prodigiosole costaba al conde aparecer sereno en estos,momentos! Le parecía que tenía un abismoabierto a sus pies. Y cuando se encontraba a solascon Amalia quejábase de su audacia, le rogabacon palabras fervorosas que fuese más precavida,mientras ella, impasible, gozándose ensus temeridades, sonreía desdeñosamente con sufina sonrisa enigmática.

No pudiendo verse sino rara vez en la Granja,Amalia halló medio de hacer más frecuentes lasentrevistas confiándose a Jacoba. En casa deésta se encontraban una o dos veces a la semana.El conde entraba por una puertecita traseraque daba a cierta calleja, a primera horade la tarde, cuando los vecinos estaban comiendo.Esperaba lo menos dos o tres horas. Amaliallegaba por fin con pretexto de dar alguna ordena su favorecida. Pero no bastándole esto, todavíaideó la entrada por la tribuna de la iglesiade San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio;todos sus escrúpulos religiosos se sublevabana la vez; además tenía miedo de que un accidentecasual descubriese aquellos amores yaquella profanación. ¡Qué escándalo! Amaliase reía de sus temores como si las consecuenciasterribles no hubiera de pagarlas ella. Era unamujer que tenía confianza absoluta en su estrella.Como los buenos toreros se juzgan más segurosciñéndose a los cuernos del toro si no pierdenla sangre fría, así ella desafiaba el peligro,iba al encuentro de él confiando en que sabría salirde cualquier atolladero. Y, en efecto, su perfectaserenidad, su increíble audacia la salvaronmás de una vez.

El conde de Onís, el coloso de luengas barbasfue un verdadero juguete en las manos de aquellamujercita temeraria y maligna. Una pasiónloca se apoderó de ambos, sobre todo de ella.Poco a poco se fue acostumbrando a no vivir sinél, a no pasarse un día sin verle a solas. Hacíaesfuerzos increíbles de ingenio y habilidad paraconseguirlo. Y si las circunstancias rodaban detal suerte que fuese imposible en tres o cuatrodías gozar una hora de soledad, su espíritu voluntariosose exaltaba, botaba dentro del cuerpocomo un corcel impaciente, y estaba dispuesta aarrojarse a la mayor imprudencia. Le apretabalas manos, le daba pellizcos en plena tertulia, leabrazaba detrás de las puertas cuando con cualquierpretexto le hacía pasar a otra habitación,y más de una vez y más de dos en las barbasdel mismo maestrante, al volver éste la cabeza,le estampó un beso en los labios. Luis temblaba,empalidecía, siempre en espera de una catástrofe.

Al cabo de pocos meses, sus relaciones conFernanda, que habían ido enfriándose paulatinamente,se rompieron por completo. Fue exigenciaineludible de Amalia.

Desde el principio lovenía preparando con soberano arte, marcándoleel tiempo que había de estar al lado de su novia,las veces que la había de sacar al baile y hasta loque le había de decir. Y como lo tenía previsto,la heredera de Estrada-Rosa, que era orgullosa,no pudiendo soportar la frialdad de su novio,le dejó en libertad y le devolvió su palabra.La pobre chica desahogaba su pena con Amalia,la única que sabía a qué atenerse respecto aaquel rompimiento tan comentado. Mostró éstagran enojo por la conducta del conde y se expresóen términos bastante vivos contra él; tomóparte por la joven, deshaciéndose en elogios deella; no se hartaba de ponderar sus ojos, sutalle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblementealgunos pasos para reconciliarlos. Yen el seno de la confianza, particularmente entrelos amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no secontentaba con decir que Fernanda valía en todossentidos más que su ex-novio, sino que apellidabaa éste con mil epítetos pesados; jayanote,pavo, santurrón, hipócrita, etc.

Y cuando aldía siguiente le veía en casa de Jacoba, decíaleabrazándole muerta de risa:

—¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delantede varios amigos de D. Juan! ¡Tú no sabes!...Saliste de mis labios que ni con pinzasse te podía recoger.

Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientosque sin cesar le mordían, en un estadode perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba deser feliz! Pero todo era flores comparado con loque le esperaba. Cinco meses después de comenzadassus relaciones, un día le anuncióAmalia que creía hallarse en cinta. Se lo dijocon la sonrisa en los labios, como si le noticiaseque le había tocado la lotería. Luis sintió unvértigo de terror, quedó pálido, la vista se le turbócomo si fuese a caer.

—¡Dios mío, qué desgracia!—exclamó llevándoselas manos al rostro.

—¿Desgracia?—preguntó ella con asombro.—¿Porqué? Yo estoy muy contenta.

Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos,le explicó riendo que era feliz con esperar unaprenda de sus amores; que no tuviese miedoalguno porque ella sabría arreglarse para quenada se descubriera. Y, en efecto, tal maña sedio para apretarse que nadie pudo presumirque aquella mujer tuviese una criatura en susentrañas. ¡Qué sustos, qué congojas las del condemientras duró el embarazo! Si alguien la mirabacon insistencia, ya estaba temblando; si enel curso de la conversación un tertulio hacíaalusión a algún parto disimulado, se ponía pálido,pensando que podía ser una indirecta. Entodos los rostros creía ver sonrisas y miradassignificativas; en las palabras más inocentes,profundas y aviesas insinuaciones.

Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamentecon una alegría constante que aterraba yadmiraba al mismo tiempo al conde. El tiempocorría: llegaron los siete meses; los ocho. Pormucho que lo disimulase, el conde observabaque la cintura de su querida se ensanchaba.Cuando, lleno de congoja, comunicó con ellaesta observación, se echó a reír:

—Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes.¿Quién va a sospechar porque esté un poquitomás abultada? Muchas veces le gusta a una llevarflojo el corsé.

Cuando llegó el momento crítico mostró unabravura que rayaba en heroísmo. Luis queríaconfiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué?Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiartal secreto a otra persona era peligroso. Leacometieron los primeros síntomas al amanecer,hallándose en la cama; pero hasta las ochono mandó llamar a Jacoba, que con el pretextode hacer unos colchones dormía desde hacía algunosdías en casa. Se encerraron en el gabinete,donde ya tenían preparadas las ropas necesarias,y sin un grito, sin un movimiento descompasado,sin la más leve queja, salió aquella valientemujer de su cuidado. Jacoba sacó la criaturacon el lío de la ropa, después de haber mandadofuera con adecuados pretextos a los criados.

El conde lloró de gozo y admiración al sabereste feliz desenlace. Luego, cuando recibió porJacoba la orden de llevar la niña al portal deQuiñones, volvió a sentirse acongojado. El plande su amante le llenaba de estupor; pero comoestaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que lemandaba. El resultado coronó la audacia de ladama; fue tal como ella había previsto.

Y ahora, al contemplar a la criatura segurapara siempre, no sólo se fortalecía su amor y sedepuraba, sino que sentían el gozo de la victoria,del que después de haber corrido fuertestemporales llega por fin a puerto de salvación.

En voz muy baja, con las manos enlazadas,inclinando de vez en cuando la cabeza para rozarcon los labios la frente de la niña, hablaronlargo rato, mejor dicho, soñaron despiertos,queriendo penetrar en los abismos insondablesdel tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosacriatura? ¿Cómo se la educaría? Amaliadecía que conseguiría educarla como hija suya,hacerla una verdadera señorita; estaba segurade que D. Pedro no se opondría a ello. Y comoquiera que no tenía hijos, nada más natural quehabiéndola tomado cariño la dejase a su muertealgún legado importante. El conde hizo un gestode desdén. La niña no necesitaba de la haciendade D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.

—Pero tú puedes casarte y tener hijos—dijola dama mirándole maliciosamente.

Él la tapó la boca.

—¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oíreso siquiera. Estoy definitivamente unido a tí.

Ella le besó con efusión.

—Sellados, ¿verdad?

—Sellados—repuso él con firmeza.

—¿Pero no te haces cargo de que si le dejastus bienes en testamento, enseguida nacería lasospecha de que era hija tuya?

Esta dificultad le abatió por unos instantes.Ambos se ocuparon en arbitrar algún medio paraeludirla. El conde quería dejarlos en fideicomisoa alguna persona de confianza. Pero esto ofrecíatambién sus inconvenientes. Mejor sería ircolocando dinero a su nombre en algún banco, yal llegar a la mayor edad, fingir una herencia,inventar algún padre llovido del cielo...

—En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo ami cuidado—concluyó diciendo ella.

Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiandode su imaginación inagotable, de su voluntad ysu audacia.

Cuando se cansaron de hablar de lo porvenirvolvieron los ojos al presente. Era necesariobautizar la niña. Habían resuelto que fuese aldía siguiente.

—Ya hemos convenido en que la madrinafuese yo y el padrino tú.

—¿Cómo? ¿yo?—exclamó asustado.—Pero,mujer, ¿no comprendes que eso puede engendrarsospechas?

La dama se obstinó. Que sí, que había de serpadrino. Si sospechaban, buen provecho. A ellale tenía sin cuidado. Pero viéndole realmenteafligido cambió de idea.

—No te apures, hombre, no te apures—dijodándole un tironcito a la barba.—Ha sido unabroma. ¡Buena cara ibas a poner cuando latuvieses en la pila! No te faltaría más que gritar:¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí todos a ver alpadre de esta criatura!

El padrino sería Quiñones, y en su representaciónD. Enrique Valero. La madrina ella, representadapor María Josefa. El conde se mostrómuy satisfecho. Todo aquello era hábil y prudentey adecuado para asegurar la suerte de suhija. Pero cuando se manifestaba más contento,un rumor que vino del pasillo le hizo saltaren la butaca, ponerse lívido.

—¿Qué tienes, hombre?

—¡Ese ruido!...

—Es Jacoba...

Pero viéndole dudoso, con los ojos espantadosaún, se levantó, teniendo la niña en los brazos,abrió la puerta y cambió algunas palabrascon Jacoba que, en efecto, estaba allí. Despuésde entregarle la criatura y cerrar, volvió de nuevoa sentarse.

—¿Cómo eres tan cobarde, di?

—No es cobardía—repuso él ruborizado.—Esque estoy siempre sobresaltado... No sé lo queme pasa... La conciencia quizá...

—¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienesel cuerpo tan grande se te pasea el alma dentrode él.

Y acto continuo, observando la expresión deenojo y tristeza que se reflejaba en su semblante,tornó a abrazarle con trasportes de entusiasmo.

—No, no eres cobarde; pero inocente sí...Por eso te quiero, te quiero más que a mi vida.¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya...Tú eres mi único amor. Yo no soy casada...

Y con caricias de gata mimosa le paseaba susmanos finas y pálidas por el rostro, estampabaen él menudos, infinitos besos, le anudaba losbrazos al cuello, se lo mordía con leves y fugacesmordiscos de ratón. Y al mismo tiempo,ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluirde sus labios un chorro constante de palabritasmelosas que le adormecían y embriagaban. Elfuego, que se adivinaba al través de sus grandesojos misteriosos y traidores, brotaba ahora convivas llamaradas. Era el goce de la sensualidadel que se desprendía de su ser; pero era tambiénel deleite maligno del capricho cumplido, de lavenganza y la traición.

El conde de Onís se sentía cada día más subyugado.Las caricias de su amada eran abrasadoras;pero los ojos guardaban siempre, en lomás hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada.Sentía amor y miedo al mismo tiempo. Algunavez su espíritu supersticioso llegaba a imaginarsi un demonio tentador habría venido a alojaren el cuerpecito endeble de aquella valenciana.

Después de anunciar tres o cuatro veces quese marchaba, sin llevarlo a cabo por impedírseloella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se levantóde la butaca. La despedida fue larga comosiempre. Amalia no le soltaba hasta que le veíaebrio, intoxicado por la violencia de sus caricias.Jacoba le esperaba en el corredor.

Despuésde conducirle por éste y otros varios hastala estancia donde se hallaba la escalerita excusadaque iba a la biblioteca, le hizo seña de queaguardase y bajó sola para cerciorarse de que nohabía nadie en los pasillos. Tornó a subir paraavisarle; el conde descendió, apagando cuantopodía el ruido de sus botas. A la puerta del pasadizola medianera le dejó, después de abrirlela puerta. Bajose otra vez hasta tocar con lasmanos en el suelo para no ser advertido de lagente que pasase por la calle, y en esta formaatravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió lapuerta y entró. La oscuridad le cegó. En cuantodio algunos pasos sintió un golpe en la espalday oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo:

—¡Muere, infame!

Se heló en sus venas la sangre y dio un saltohacia atrás. Entre las sombras espesas pudo distinguirun bulto más negro aún. Veloz como unrayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquiladobajo su enorme cuerpo si no sintiera unacarcajada reprimida y al mismo tiempo la vozde Amalia.

—¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!

La sorpresa le dejó mudo unos instantes.

—¿Pero por dónde has venido?—dijo al cabo.

—Pues por la escalera principal. Me he echadoeste capuchón negro encima y he bajado corriendo.

Y viéndole frío y disgustado por aquella bromade mal gusto, se empinó sobre la punta delos pies, colgose rápidamente a su cuello y, despuésde apretar los labios larga y apasionadamentecontra los suyos, le dijo con acento zalamero:

—Ya sabía que no eras cobarde... pero queríacomprobarlo.

V

Las bromas de Paco Gómez.

Ahora bien, Granate no acababa de persuadirsea que Paco Gómez procediesede buena fe. Su carácter jocoso, losterribles bromazos que se le atribuían perjudicábanleen el ánimo del indiano. No bastaba queadoptase continente grave y mantuviese conél pláticas largas acerca de la alza o baja de lasacciones del Banco, ni que le loase la casa porencima de todas las fábricas modernas y le dieseútiles consejos en el juego del chapó. De todosmodos el gracioso de Lancia observaba allá, enel fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí,una nube de recelo que no podía disipar.

En esteaprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se lehabía metido en la cabeza una broma chistosa,y antes de renunciar a ella consentiría en cualquieralianza.

—Desengáñate, Santos—decía el marica, deacuerdo con Paco, paseando cierta tarde porel Bombé con Granate,—tú, como te has pasadomás de la mitad de la vida detrás de unmostrador, no entiendes nada de estos lances. Note diré que Fernanda esté chalada por tí, peroque anda en camino de ello lo digo y lo sostengoaquí y en todas partes.

Hace

ya

tiempo

quelo

vengo

notando.

Las

mujeres

son

caprichosas,incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañanala apetecen y están dispuestas a hacer cualquierdisparate por lograrla. Fernanda comenzórechazándote...

—¡Entodavía! ¡entodavía!—manifestó sordamenteel indiano.

—Pura apariencia. Es una chica muy orgullosay que no dará jamás su brazo a torcer. Peropor lo mismo que tiene mucho orgullo no se casarámás que con el conde de Onís o contigo, losdos únicos partidos que hay en Lancia para ella;el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luises un hombre muy raro; yo lo creo incapaz decasarse.

Ella está convencida ya de esto mismo.No le queda más que tú, y tú serás al cabo el quese coma la breva... Además, por más que otracosa digan, a las mujeres les gustan los hombrescomo tú, robustos... porque tú eres un roble,chico—añadió volviendo hacia él la cabeza conadmiración.

Granate dejó escapar un mugido corroborante.El marica le pasó las manos por el torso, comoprofundo conocedor de las formas masculinas.

—¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!

—Con estos hombros que aquí ves—dijo elindiano con orgullo—se han ganado muchos milesde pesos.

—¿Cómo? ¿Cargando sacos?

—¡Sacos!—exclamó Granate sonriendo condesprecio.—Eso es pa la canalla. ¡Cajas deazúcar como vagones!

El Bombé estaba desierto en aquella hora.Era un paseo amplio en forma de salón, reciénconstruido en lo alto del famoso bosque de SanFrancisco, desde donde se señoreaba todo. Estebosque de robles corpulentos, añosos, retorcidos,algunos de los cuales pertenecían a la selva primitivadonde se fundó el monasterio que dio origena Lancia, servía de sitio de recreo y esparcimientoa la población, hasta cuyas primeras casas llegaba.Permaneció siempre en lamentable abandono;pero la última corporación municipal habíallevado a cabo en él magnas reformas que le habíanvalido los aplausos de los espíritus innovadores:un paseo, algunos jardinillos alrededor yuna calle enarenada entre los árboles, que le poníaen fácil comunicación con la ciudad.

Los díasde labor no paseaban por él más que algunosclérigos con sus largos manteos negros y enormesombrero de teja, llevando algún seglar enmedio,dos o tres pandillas de indianos disputandoen voz alta sobre el precio de los cambios o elvalor de los solares de la calle de Mauregato, reciénabierta, y tal cual valetudinario, que veníaa primera hora a tomar el sol, y se retiraba tosiendoen cuanto sentía la humedad de la tarde.¿Y las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabíanperfectamente lo que se debían a sí mismasy estaban dotadas de un sentimiento harto delicadode las leyes del buen tono para exhibirseen días que no fuesen feriados. Y aun en éstosno lo hacían sino tomando las debidas precauciones.Ninguna dama de Lancia cometía la bajezade presentarse en el Bombé los domingosmientras no estuviesen paseando en él algunasotras de su categoría. Pero esto era de una dificultadinsuperable, dada la unanimidad de pareceres.De aquí que, aderezadas ya desde las tresde la tarde, con el sombrero y los guantes puestos,aguardasen al pie de los balcones, espiándoselas unas a las otras por detrás de los visillos.«Ya pasan las de Zamora.» «Ahora vienenlas de Mateo.» Sólo entonces se aventurabana lanzarse a la calle y subir poco a poco ycon la debida majestad hasta el paseo, dondehacía ya dos horas la banda municipal ejecutabadiversas fantasías sobre motivos de Ernani o Nabuco para recreo de las niñeras y algunos apreciablesalbañiles. Ni se crea, sin embargo, quela sociedad distinguida de Lancia entraba así degolpe y porrazo en el arenoso salón. Nada deeso.

Antes de poner el pie en él subían a otro paseítosuplementario que había poco más arriba.Desde allí exploraban el terreno, observaban«si alguna se había atrevido.» Por fin, cuandolas sombras comenzaban a espesarse ya en lascopas de los añosos robles, a la hora en que laniebla descendía de las montañas apercibida afijarse en las narices, en la garganta y en losbronquios del honrado vecindario, todas las bellezasindígenas acudían casi en tropel al espaciosopaseo. ¡Qué importaba un catarro, unreuma, ni siquiera una pulmonía, ante la deshonrade presentarse las primeras en el Bombé!¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentosodel poder que en los pechos elevados ejerce elrespeto de sí mismo!

Esta exquisita conciencia de los deberes, quela naturaleza ha escrito con caracteres indeleblesen los corazones dignos, se revelaba aún demodo más claro y conmovedor con ocasión delos bailes de confianza que el Casino de Lanciadaba cada quince días durante el invierno. Fáciles de comprender que las dignísimas señoritasque con tal admirable constancia luchaban undía y otro para no entrar en el paseo mientrasestuviese solitario, no irían a cometer la vilezade presentarse «primero que las otras» enel salón del Casino. Mas como aquí no habíapaseo suplementario desde donde espiarse, ni erafácil por la noche estar de espera en los balcones,aquellas ingeniosísimas damas, tan dignascomo ingeniosas, hallaron un medio de dejarsiempre a salvo su honra. Poco después de sonarlas diez, hora en que daba comienzo el baile,enviaban hacia allá de descubierta, como caballeríaligera, a sus papas o hermanos. Entrabanhaciéndose los distraídos, se sentaban un momentoen las butacas, gastaban cuatro bromascon los pollos que allí aguardaban correctos, impacientes,con la luenga levita cerrada, abrochándoselos guantes los unos a los otros, y alpoco rato se retiraban disimuladamente para ira noticiar a sus familias que aún no había llegadonadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientesde la levita cerrada aguardaron vanamentetoda la noche la llegada de sus hermosasparejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta,que había tocado sin éxito alguno dos o tresbailables, se desmoralizaba; los músicos charlabanen voz alta o paseaban por el salón y hastafumaban; los hujieres y mozos bostezaban,tirándose unos a otros indirectas referentes a lasdulzuras del lecho. Por fin el presidente daba laorden de apagar, y los pollos

se

retiraban

a

susdomicilios

respectivos

tan

mustios

como

correctos.¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicasjóvenes que, apesar de sus vivos deseosde ir al baile, preferían permanecer en casa aquebrantar los principios fundamentales en quedescansa la dicha y el sosiego de la sociedad!

—Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismote dirán que yo—profirió Manuel Antonio poniéndosela ebúrnea mano sobre las cejas a guisade pantalla.

En efecto, allá a lo lejos se columbraba lafigura de Paco como una percha coronada porun pepino. Todos los sombreros le entraban hastalas orejas a causa de la inverosímil pequeñezde la cabeza y su disposición excepcional. A sulado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotesblancos y arrogante figura militar, aunqueya sabemos que era el hombre más civil quehubiese producido Lancia desde hacía algunossiglos.

Granate dejó escapar algunos gruñidos destinadosa probar el profundo desprecio que aquellosdos personajes le inspiraban, el uno por supoca formalidad, y el otro por no tener ni unmal cupón del tres por ciento.

—Vamos, queridos, hacedme el favor de convencera este babieca de que es un buen partidopara cualquier muchacha, porque no quierecreerlo.

—¡Aprieta, pues si D. Santos no es partidocon cinco o seis millones de reales, no sé yoquién lo será!—exclamó Mateo relamiéndosecomo padre de cuatro niñas casaderas que noacababan de casarse.

—¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!—dijoel indiano echándole una miradatorva.

—¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro...Yo hablo por lo que dice la gente...

—Tengo quinientos mil pesos sin quitar un lápiz.

Los tres amigos cambiaron una mirada significativa.Manuel Antonio, no pudiendo contenerla risa, le abrazó exclamando:

—¡Bien, Santos, bien! Eso del lápiz me enternece.

Granate era el hombre de los disparates lingüísticos.No tenía conocimiento de la formaverdadera de una gran parte de las palabras; lasmodificaba de modo que resultaba muy cómico.Sin duda dependía de falta de oído, dado quehacía ya algunos años que había regresado deAmérica y trataba con personas cultas. Sus bárbarosatentados contra el idioma eran proverbialesen Lancia.

—Pues nada, este infeliz se figura—prosiguióel marica, sin hacer caso de la mirada recelosaque le dirigió—que porque Fernanda Estrada-Rosagasta algunos remilgos no le gustan laspeluconas como a todo hijo de vecino... ¡Tonto,tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegabapalmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Sies hija de D. Juan Estrada-Rosa, el mayor judíoque hay en la provincia!

—Hombre, Fernanda ya es otra cosa—manifestóel Jubilado, que no estaba en el ajo—Esuna chica muy rica y no necesita casarse por eldinero.

Pero los otros dos cayeron como fieras sobreél. Cuando se tiene dinero se quiere más. La ambiciónes insaciable. Fernanda era muy orgullosay no pasaría por que ninguna otra chica enLancia pudiese ostentar tanto lujo como ella. SiD. Santos elegía esposa en la población, lepodría hacer competencia desastrosa: era unamosca que no se quitaría jamás de la nariz. Elúnico rival temible para D. Santos era el condede Onís; pero éste ya estaba descartado. Su carácterexcéntrico, su misticismo y las extrañasmanías en que daba con frecuencia, habían concluidopor aburrir a la muchacha...

Con estos argumentos y un formidable pisotónde inteligencia que Paco le dio, el Jubilado entróen razón y se puso de parte de ellos. Los tres seesforzaron en convencer al indiano de que niaquélla ni ninguna otra joven podría resistir muchotiempo si él se decidía a estrechar el bloqueo.Paco aludía además de un modo vago ymisterioso a cierto dato que él poseía, el cualdemostraba hasta la evidencia que los desdenesde la chica eran pura comedia, alardes de vanidadpara hacerse valer. Pero era un secreto; nopodía revelarlo sin faltar a la amistad y consideraciónque debía a la persona que se lo habíacomunicado.

Sin embargo, Granate no acababa de rendirse.Como un mastín a quien rodean los chicos y tratande congraciársele haciéndole caricias, echábalesmiradas recelosas y dejaba escapar de vezen cuando gruñidos dubitativos. Manuel Antonioagotó el repertorio de sus argumentos sutiles yfemeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditaso pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hastalo infinito. Paco le dejaba decir y hacer echándolede través miradas socarronas, convencidode que Granate acogía siempre con desconfianzasus palabras. Pero a última hora intervino paradar el golpe definitivo. Después de hacerse rogarmucho por sus dos auxiliares, y de suplicarencarecidamente y por los clavos de Cristo queaquello permaneciese en secreto, sacó al fin delbolsillo una carta. Era de Fernanda a una amigade Nieva.

Explicó primero de qué modo casualhabía venido a su poder, y después leyó en vozbaja y con aparato de misterio el siguiente párrafo:«Lo que me dices de Luis no tiene fundamento.No he vuelto ni volveré a reanudarmis relaciones con él por razones muy largas deexplicar, algunas de las cuales ya conoces. Lode D. Santos, aunque por ahora no hay nada,lleva mejor camino. Es viejo para mí, pero meparece muy formal y cariñoso. Nada tendría departicular que al fin cayera con él.»

Granate atendió con extremada fijeza, abriendode modo descomunal sus ojazos.

CuandoPaco terminó la lectura dijo con voz profunda,como si hablara consigo mismo:

—Esa carta es ipócrifa.

Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posiblepor contener la risa. Manuel Antonio aprovechóla ocasión para darle un abrazo más.

—¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñalela carta, Paco... ¿Tú conoces la letra de Fernanda?...¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbaltambién, porque Emilita recibe a cada momentocartas de ella... Tú eres demasiado modesto,Santos. Yo no te diré que seas un real mozo,pero tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...

—¡Ya lo creo que lo tiene!—exclamó Paco.—Bienpuede usted fiarse de Manuel Antonio, quees voto en la materia.

—Cualquiera puede distinguir, querido—profirióéste, picándose repentinamente.—

Teniendoojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo quees feo y lo que es mediano.

Y no quiso emplear más saliva en secundarlos planes de Paco. Dejaron, pues, a Granate enpaz, y el marica cambió de conversación.

—Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.

Éste levantó la cabeza y vio venir haciaellos paseando ocho o diez militares. Eran oficialesdel batallón de Pontevedra, que, a su despecho,había llegado recientemente de guarnicióna la ciudad. Mateo rechinó un poco los dientesy bufó repetidas veces para indicar todo loodioso que le era la fuerza armada. Después exclamócon irónico retintín:

—¡Cómo me encantan los guerreros en tiempode paz!

—Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal.Los militares no dejan de ser útiles.

—¡Útiles!—exclamó el Jubilado encrespándose.—¿Quéutilidad traen, vamos a ver?

¿En quéson útiles?

—Hombre, mantienen la paz.

—La guerra es lo que mantienen. Para librarnosde los ladrones basta la guardia civil. Ellosson los que fomentan el malestar y la ruina dela nación. En cuanto ven las escalas paradas sesublevan en uno u otro sentido, que eso es paraellos lo de menos, y

¡vengan empleos y crucespensionadas!... Yo sostengo que mientras existansoldados no habrá tranquilidad en España.

—Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjeranos atacase?

El Jubilado dejó escapar una risita irónicay sacudió algunas veces la cabeza antes de contestar.

—Pero ven acá, infeliz, la única nación quepuede atacarnos por tierra es Francia, y si Franciase decidiese a hacerlo, ¿de qué nos serviríantodos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?

—Además, los soldados son un bien para lapoblación por lo que consumen. Los comerciosganan, las casas de huéspedes lo mismo...

Manuel Antonio defendía a la milicia sólo poroír a Mateo y ponerle fuera de sí.

Ahora se observabaun dejo de ironía en sus palabras ymayor deseo de exacerbarle.

—¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabullado!¿Y de dónde viene ese dinero que consumen,majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de todoslos que pagamos algo al Estado en una uotra forma!... El resultado final es que ellosconsumen sin producir, que son un mal ejemploen las poblaciones, porque la ociosidad en queviven corrompe a los que ya son un poco propensosa la vagancia... ¿Sabes tú cuál es elgasto del ejército? Pues entre los ministerios deGuerra y Marina consumen más de la mitad delpresupuesto. ¡Es decir que la administración, lajusticia, la religión, los gastos que ocasionannuestras relaciones con los demás países, lasobras públicas y el fomento de todos los interesesmateriales no cuestan tanto al contribuyentecomo esos caballeritos del pantalón encarnado!...Que las demás naciones de Europa tienenun ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas.Las demás se pueden permitir ese lujo porquetienen dinero. Pero nosotros somos unos pobretes;no tenemos más que fachada... Además,en otros países hay complicaciones internacionales,de las cuales por fortuna estamos libres.La Francia no nos atacará por miedo a la intervenciónde las potencias; pero si nos atacase,lo mismo nos conquistaría con ejército quesin él...

El Jubilado se repetía, manoteaba para darnueva fuerza a sus argumentos, echaba fuego porlos ojos. Manuel Antonio le dejaba irritarse convisible satisfacción. En aquel momento pasócerca el grupo de los oficiales, que dieron lasbuenas tardes cortésmente. Todos contestaronmenos D. Cristóbal, que se hizo el distraído.

—Yo creo que está usted muy exagerado, donCristóbal. ¿Qué tiene usted que decir del capitánNúñez, que acaba de pasar ahora? ¿Noes todo un buen mozo y una persona atenta yfina?

—Con un azadón en la mano estaría muchomejor y sería más útil a su país—

murmuró sordamenteel Jubilado.

—Pues no tiene usted más que ponérselo encuanto sea su yerno, porque, según cuentan, esnovio de su hija Emilia—dijo el marica recalcandolas palabras con extremado gozo.

Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedóanonadado. Apenas pudo mascullar trabajosamente:

—¡Quién hace caso de esas boberías!

Y no volvió a chistar. Aquella noticia le habíallegado a lo profundo del corazón, le poníaen la situación más difícil en que estuvo jamáshombre alguno. Los demás no dejaron de notareste silencio, y se hacían guiños y se dirigíansonrisas por detrás de su espalda.

Pero Paco también estaba preocupado. Cuandose le metía en la cabeza, en aquella cabezacomo un puño, mal amasada, un bromazo comoel que tenía proyectado, andaba inquieto, afanoso,lo mismo que el poeta o el pintor que tienenuna obra entre manos.

Después de variosdías de machacar por él logró al fin, casi, casi,decidir al indiano. Se trataba nada menos de queéste fuese a pedir con toda ceremonia a D. JuanEstrada-Rosa la mano de su hija Fernanda. SegúnPaco y los que le secundaban, era el mediomás directo y más adecuado de conseguirla.Todo lo demás, andarse por las ramas. El díaen que D. Juan viese que le entraban diez millonespor la casa andaría de cabeza por convencera su hija. Y ella misma no les haría asco.¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, conquién mejor podía casar que con un hombre tanrico, tan formal, tan sano y tan ilustrado? Esteúltimo epíteto, proferido por Paco con gravecontinente, estuvo a punto de echar a perder elasunto, porque no faltó quien sofocase a duraspenas la carcajada. Granate quiso advertirlo,miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiadoy reacio algunos días.

Llegó un momento, sin embargo, en que el indianocreyó en sus palabras. Fue después de haberleoído en el Casino desde una habitacióncontigua atacar duramente al conde de Onís.Aquel día se decidió a darle crédito y convinocon él la manera de llevar a cabo la petición quele aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería nodecir nada previamente a la chica. Así como losbuenos generales, para asegurar la victoria, suelencaer de improviso y con sigilo sobre el ejércitoenemigo, lo más hábil en este caso era entrarinopinadamente en la casa, llamar a donJuan a una conferencia reservada y abordar defrente el negocio. Por el banquero no había cuidado:se pondría como unas pascuas. La chicarecibiría gran sorpresa, pero esto mismo laaturdiría y la pondría más blanda. Las cosasgraves de la vida se deciden generalmente poruna corazonada. El que no se arriesga no pasala mar. En resumen, que Granate se entregó adiscreción y comenzaron los preparativos parala gran solemnidad. Lo primero que se trató fuela hora. Quedó resuelto que fuese a las doce deldía. El traje fue objeto de animadas pláticas.Paco opinaba que, para presentarse bajo un aspectomás imponente, convendría vestirse algúnuniforme, por ejemplo, el de jefe honorario

deadministración civil. No era difícil conseguirel nombramiento sacrificando un puñado de oro;pero esto dilataría más de un mes la realizaciónde la empresa. Se desechó el uniforme y se convinoen que vistiese frac negro y llevase colgadala medalla de concejal. Fijose por último eldía: resultó un lunes.

Desde mucho antes el traidor había deslizadoen la conversación, hablando con D.

Juan Estrada-Rosa,la especie de que Granate se jactabade ser deseado y requerido por él para yerno.D. Juan, que era también rico y tenía su cachode orgullo, y sobre todo adoraba a su hija ycreía que el día menos pensado vendría un duquede Madrid a pedírsela, se irritó grandemente,le llamó rústico, podenco, y juró que, antes dever a su hija casada con semejante cafre, preferiríaque se quedase soltera.

—Pues tenga cuidado, D. Juan—dijo Pacosonriendo maliciosamente,—porque el día menospensado se presenta en casa a pedirle la manode Fernanda.

—No lo hará tal—respondió el banquero.—Demasiadosabe que le echaría por la escaleraabajo.

Con estos antecedentes el terrible humoristade Lancia marchaba sobre terreno seguro. Fuerade los tres o cuatro amigos que le ayudarona persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de laintriga; pero el domingo por la tarde, vísperadel acontecimiento, lo mismo Manuel Antonioque él, lo fueron pregonando por todos los gruposy citándose para el día siguiente en el caféde Marañón. En provincia, donde son escasos losmedios de divertirse, se toma muy por lo serioesta clase de bromas, se preparan con fruición,se paladean de antemano. La de Paco fue acogidacon vivo entusiasmo por la juventud laciense.La víctima no era un pobre diablo, cómo solíaacontecer, sino un ricachón. Esto le prestabadoble atractivo. En el fondo de todos los corazoneshay siempre unos granitos de odio parael que tiene mucho dinero. Corrió por el paseola voz, y al día siguiente se presentaron en elcafé de Marañón más de cincuenta mancebos.

Pero no se dieron a luz en tanto que no pasóGranate. El café estaba situado en un piso principal(por aquel tiempo no se usaban los bajospara este destino) de la calle de Altavilla, casienfrente de la casa de D. Juan Estrada-Rosa.Ésta era grande y suntuosa, aunque no tantocomo la que recientemente había construido donSantos. La del café, vieja y de ruin apariencia.El local que ocupaban los parroquianos, una saladonde estaba la mesa del billar y dos gabinetesa los lados con algunas mesillas de madera parael consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuánlejos aún los tiempos de que se estableciese enuno de los bajos de aquella misma calle el magníficocafé Británico, con mesas de mármol, espejoscolosales y columnas doradas como losmás elegantes de Madrid!

Espiando por detrás de los visillos aquellaflorida juventud, ávida de los goces estéticos,vio pasar a Granate correctamente vestido, balanceandosu torso colosal sobre unas piernasque no lo merecían. Le vieron entrar en casa deEstrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del picaporte.Nada más. Inmediatamente se abrieronde par en par los balcones del café y se llenaron.Los que no tenían sitio se encaramaron ensillas detrás de sus compañeros. Todos los ojosse clavaron en el portal de enfrente.

Esperaroncerca de un cuarto de hora.

Al cabo la fisonomía violácea de Granate aparecióde nuevo. Daba miedo. Aquella cara parecíaya un terciopelo como si estuviese ahorcado.Las orejas tenían el color de la sangre. A suaparición estalló una salva de toses y estornudosy gritos y aullidos. El indiano

alzó

la

cabezay

paseó

su

mirada

atónita

por

aquella

muchedumbredescompuesta que le sonreía, sin comprenderla razón. Tardó poco, sin embargo, endarse cuenta de que era víctima de un bromazo.Sus ojos se clavaron entonces feroces en el concurso,y exclamó con un desprecio que nada teníade fingido:

¡Méndigos!

Y se alejó como un jabalí perseguido por lajauría entre silbidos y carcajadas, volviendo devez en cuando la cabeza para escupirles el mismoesdrújulo injurioso.

VI

Las señoritas de Meré.

En efecto, Emilita Mateo había logradohacerse amar de un capitán del batallónde Pontevedra.

Le

había

costadomuchos

días

de

incesante

jugueteo,

un

númeroincalculable de miradas provocativas, de carcajadassin motivo, de caprichos infantiles, degestos mimosos y enfados pasajeros. Había desplegado,en suma, todas sus baterías, mostrándosea la vez cándida y maliciosa, dulce y arisca,reservada y charlatana, grave y retozonacomo una loquilla, como niña ligera e insustancial,pero adorable. Al fin Núñez, el capitánNúñez, no pudo resistir a tal graciosa mezclade inocencia y malicia, y se replegóprimeramente, y no tardó luego en rendirse. Eraun hombre de cara larga, bigote y perilla, flaco, serio,bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, muy exactoen el cumplimiento de sus deberes y aficionado a darlargos paseos. Esta clase de hombres silenciosos y disciplinadosson los más sensibles a los encantos de laalegría y la vivacidad. Emilita le hizo suyo llamándolecazurro y dándole pellizcos por «pícaro y burlón»; ¡aél, a quien había que sacar las palabras con tirabuzóny en su vida había gastado la más sencilla chanza!

Con este memorable suceso, la familia Mateo andababastante dislocada. Jovita, Micaela y Socorro, hermanaslegítimas de la afortunada doncella, sentíansecelosas y lisonjeadas a la vez. Entendían que la preferenciade un oficial de infantería tan bizarro constituíaun honor que irradiaba sobre toda la familiay las colocaba en situación ventajosa frente a sus amigaso conocidas. Pero al mismo tiempo considerabanque, siendo Emilita la última en edad, no le correspondíatener novio y mucho menos casarse sino despuésde sus hermanas. Eran prematuros en ella losnoviazgos, no contando más que veinticuatro años deedad. En cuanto a la idea de que pudiera contraer matrimoniouna criatura tan tierna y tan informal, lamisma sonrisa de sorpresa y desdén contraía los labiosde las tres hermanas mayores. Así que, por másque se desbarataban en elogios del capitán delante delas amigas, haciendo resaltar sus prendas físicas,prestándole un corazón grande y heroico, certificandode su riqueza como si se la administrasen y hablandovagamente de ciertas influencias que le pondrían mástarde o más temprano en la bocamanga los entorchadosde general, lo cierto es que no le perdonaban nile perdonaron jamás su delito cronológico.

Por otra parte, don Cristóbal, padre de aquel ángeltravieso y juguetón, quedó repentinamente en posicióntan falsa que quiso volverse loco. Luchaba suamor de padre ruda batalla con el odio a la milicia.Avergonzábale el consentir que una hija suya dieseoídos a un militar después de haberlos llamado él tantasveces haraganes, sanguijuelas, y haber clamadotanto por la reducción del contingente. ¿Con qué carase presentaría a sus amigos de allí en adelante? Pasódías bien terribles. El aborrecimiento al ejército y ala marina se hallaba tan profundamente arraigado ensu corazón, que no podía extinguirse de pronto. Sinembargo, le era forzoso confesar que la conducta nobilísimadel capitán Núñez lo había mermado poderosamente.El anhelo de casar a sus hijas gozaba tantavida en el fondo de su ser como el desprecio de lafuerza armada. ¡Cuánto le pesaba de haber vociferadotanto contra ésta! En su tribulación llegaba a deplorarque Núñez perteneciese al arma de infantería. Sifuese siquiera marino, disminuiría la gravedad delconflicto. Recordaba que en sus diatribas contra elejercito hacia la salvedad de que era necesario conservaralgunos barcos para proteger las colonias. Lomismo podía decirse si perteneciese a la Guardia civil.En cuanto a las demás fuerzas de tierra, no cabía disculpani había medio de salir del aprieto.

En tan terribles circunstancias optó por encerrarseen casa. Cuando alguna vez salía, andabareceloso y huido. Los amores de su hija se fueronhaciendo más formales y cada vez más públicos.Temía las bromas. El miedo le hizo claudicar,adoptando un proceder doble y falso, indigno porcompleto de su carácter y antecedentes. Es decirque, mientras públicamente seguía afectandodesprecio hacia las fuerzas de tierra, cuandohablaba con el novio de su hija o entre militares,lo hacía con agasajo, les preguntaba coninterés por su carrera, lo mismo que si prestasenservicios en cualquier oficina civil del Estado.Nadie sospecharía al oírle enterarse tanminuciosamente del escalafón, de las reservas yreemplazos, etc., que aquel hombre les tenía juradoodio eterno. Pero el Jubilado llegó con eltiempo a una distinción que nunca se había atrevidoa proponer. Como militares no transigíacon ellos, los consideraba una verdadera plagasocial... Ahora, «como hombres,» bien podían serdignos de estimación, según sus cualidades.

Los amores de Emilita habían nacido y crecidocomo otros muchos en casa de las de Meré.Eran éstas dos señoritas que pasaban de losochenta y no llegaban a los cien años. De todosmodos, a la entrada del siglo XIX eran ya maduras.No tenían en Lancia familia alguna. Ningunode los vivos recordaba a su padre, que habíamuerto cuando todavía eran mocitas. Estuvoempleado en el ramo de Hacienda. Es de suponer,dada su remota antigüedad, que sería percibidorde alcabalas o de otros pechos ya extinguidos.Del siglo XVIII, al cual pertenecían, teníanaquellas interesantes señoritas en primerlugar el traje. Jamás pudieron entrar por las modasdel presente. Una saya de cúbica negra muyescurrida con plomos por debajo para que se escurrieratodavía más, talle muy alto, mangaapretada con bullones, zapatito de tabinete descotadoy un tocado inverosímil de puro extravagante:así se presentaban en todas partes. Lamantilla que usaban no era de velo, sino desarga con franja de terciopelo, como las usanahora solamente las artesanas. Llevaban bastónpara apoyarse. Conservaban además la cortesíaexquisita, la ligereza de carácter, la pasión porla sociedad y una alegría inagotable, maravillosaa sus años. Lo que no habían traído consigoal siglo presente era

la

libertad

de

costumbresy

la

malicia

que,

al

decir

de

los

historiadores,caracterizaba la sociedad del pasado.Imposible imaginar unas criaturas más sencillas.Como si no hubiesen atravesado por lavida, todo les sorprendía, en todo creían menosen el mal. Así que, con frecuencia, eran víctimasde las bromas de sus amigos y tertulianos, sinque por eso dejase ninguno de profesarles entrañableafecto.

Desde tiempo inmemorial teníancostumbre de recibir en su casa por la noche ala juventud de Lancia, particularmente a los muchachosque se placían en asistir por la grandísimalibertad que allí disfrutaban. Por acuerdotácito todos ellos las tuteaban. Y

era en verdadperegrino el oír a los chicuelos de diez y ochoaños hablar con tal familiaridad a unas viejecitasque pudieran ser sus bisabuelas. Carmelitapara aquí, Nuncita para allá, porque la más ancianase llamaba D.ª Carmen y la más jovenD.ª

Anunciación.

Tres o cuatro generaciones habían pasadopor aquella salita de la calle del Carpio, modestay aseada, con el pavimento de madera encerada,sillas de paja, sofá de damasco encarnado,cómoda de caoba atestada de chirimbolos, espejocon marco de carey y diversos cuadritos alpastel representando la historia de Romeo y Julieta.La tertulia de las de Meré era la más antiguade Lancia. Contra lo que acaece generalmente,estas mujeres que no pudieron hallar maridotenían la manía de casar a todo el mundo.El número de matrimonios que salieron acordadosde aquella salita es incalculable. En cuantoadvertían que un muchacho se acercaba a cualquiermuchacha más que a las otras, ya estabannuestras señoritas preparando los hilos paraunirlos con lazo indisoluble; ya no consentíanque nadie se sentase en la silla que estaba allado de Fulanita para que cuando Menganito viniesela hallase aparejada y no tuviese más quesentarse. Y vengan a Fulanita elogios desmesuradosde Menganito, y vayan a Menganito relacionesminuciosas de los primores que Fulanitaejecuta con la aguja y lo económica y hacendosaque es y lo piadosa y lo limpia. Y escápensemás adelante a casa de la mamá de Fulanita paracelebrar conferencias largas, íntimas, trascendentales,y procuren enseguida tropezarse con elpapá de Menganito y desplieguen todas sus dotesdiplomáticas para explorarle el corazón. Y porpremio de estos sudores recibían, al cabo, uncartuchito de dulces el día de la boda.

Pero todas las madres de niñas casaderas lasadoraban, no se hartaban de bendecirlas y adularlas.Saludábanlas de media legua, y al salirde la iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazopara que se apoyaran. En cambio, las que teníanalgún hijo varón en edad de casarse solíanmirarlas con recelo y antipatía, las llamaban porlo bajo chochas y entremetidas. No hay necesidadde indicar, por lo tanto, que su pasión casamenterales costó no pocos disgustos. Cuandoalgún lechuguino sentía brotar en su pecho lallama del amor, lo primero que hacía era mostrárselaa las de Meré.

—Carmelita, estoy enamorado.

—¿De quién, corazón, de quién?—preguntabala anciana con vivo interés.

—De Rosario Calvo.

—¡Ajá! Buen gusto ha tenido el picarón. Nohay chica más guapa ni mejor educada.

Habéisnacido el uno para el otro.

Y por un rato el zagalillo tenía el placer deescuchar el panegírico de su adorada.

—Espero que me protegerás.

—Todo lo que tú quieras, mi alma.

Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que nohabía puesto los pies en su vida en casa de lasde Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua.¿Cómo se habían arreglado aquéllas paraatraérsela? No es fácil averiguarlo, pero tantasveces habían llevado a término ya empresasanálogas, que de seguro poseían una receta simpley segura.

Encariñábanse con sus amigos como si fuesenpróximos deudos todos. Contábanse de ellasrasgos de abnegación que las honraba extremadamente.Durante la furiosa reacción delaño 1823, uno de sus tertulios, teniente de caballería,se refugió, después de cierta intentonaabortada, en su casa. Las señoritas le recibierony le ocultaron algunos días, y al cabolograron que se evadiese disfrazado con el trajede un criado.