El Maestrante by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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—¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?...—dijo conmal disimulada turbación.

También Amalia se turbó. Sus pálidas mejillasse colorearon.

—Hemos estado murmurando de tí. ¡Quétraje te hemos cortado, chico!

—Aquí Manuel Antonio—profirió Amalia—decíaque era usted el perro del hortelano.

—No; tú eras quien lo decías.

Otra de las particularidades de aquél era eltutear a todo el mundo, grandes y chicos, señorasy caballeros.

—¡Yo!—exclamó la dama.

—¿Y por qué soy el perro del hortelano?...Sepamos.

—Pues decía Amalia que ni querías comertela carne ni permitir que la coma D.

Santos.

—¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero?—dijola señora, medio irritada, medio risueña,dándole un pellizco.

—¿Qué se habla de D. Santos?—preguntó uncaballero muy corto y muy ancho, de faz mofletuday violácea, acercándose al grupo.

El conde y Amalia no supieron qué responder.

—Se decía que D. Santos tenía pensado llevarnosun día a su posesión de la Castañeda ydarnos un banquete—manifestó Manuel Antoniocon desparpajo.

—No; no era eso—repuso el hombre rechonchocon forzada sonrisa.

—Sí tal. Amalia sostenía que no eras capazde llevarnos a pasar un día a la Castañeda.

—¡Pero, hombre, tú te has empeñado en ponermehoy colorada!—dijo aquélla.

—Porque soy un buen amigo. Como te veopálida estos días... Bien puedes creerlo, Santos,yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidezque la mayoría del pueblo... No conocéis bien aD. Santos, les digo muchas veces a los que sostienenque a tí te duele gastar el dinero. SiD. Santos no gasta, no obsequia a sus amigos,no es por avaricia, sino por indolencia, porqueno se le presenta ocasión. El hombre es tímidode suyo y no es capaz de proponer banquetes nigiras; pero que otro le apunte la idea, y veréiscon qué gusto la acepta...

—Gracias, gracias, Manuel Antonio—murmuroD. Santos con la risa del conejo.

Se le conocía el gran temor y molestia quele embargaban. Como muchos de los indianos,apesar de ser inmensamente rico, tenía famade avariento, y no injustificada.

Había llegadopocos años hacía de Cuba, donde cargandoprimero cajas de azúcar y luego vendiéndolasse enriqueció. Vino hecho un beduino, sinnoticia alguna de lo que pasaba en el mundo,sin saber saludar, ni proferir correctamente unadocena de palabras, ni andar siquiera como losdemás hombres. Los treinta años que permaneciódetrás de un mostrador le habían entumecidolas piernas. Marchaba tambaleándose comoun beodo. El color subido de sus mejillas eratan característico, que en Lancia, donde pocaspersonas se escapaban sin apodo, lo designaronal poco tiempo de llegar con el de Granate. Enmediode su miseria le gustaba dar en rostro conlas riquezas que poseía. Edificó una casa suntuosísima;trajo mármol de Carrara, decoradoresde Barcelona, muebles de París, etc. Y,sin embargo, apesar de las sumas cuantiosasque en ella gastó, al saldar la cuenta del clavero¡se empeñaba en que descontase del peso el papely las cuerdas en que venían envueltas laspuntas de París!

Cuidadosamente había idoguardando en un rincón tales despojos con eseobjeto. Así que terminó la casa, ocupó el pisoprincipal y alquiló los otros dos. Y empezó sumartirio, un martirio lento y terrible. Las criadasy los niños del segundo y tercero fueron sussayones. Si sentía fregar los suelos del segundo,poníase de mal humor: la arena desgastaba elentarimado. Si veía rayado el estuco de la escalerapor la mano bárbara de algún chiquillo, sele encendía la cólera y murmuraba palabras siniestrasy amenazas de muerte. Si escuchabacerrarse una puerta con violencia, aquel golperepercutía dolorosamente en su corazón: las bisagrasse desencajaban, todos los pestillos seechaban a perder. En fin, con tal sobresalto vivía,que le acometió una pasión de ánimo y comenzóa decaer visiblemente. Un su amigo tanmiserable como él, pero más vividor, le aconsejóque dejase la casa y se trasladase a otra. Asílo hizo, tornando a la posada que le había albergadomientras construyó el palacio.

Pero faltaba a D. Santos el complementoobligado de todos los que se enriquecen cargandocajas de azúcar en América: le faltaba contraermatrimonio con una mujer de categoría,joven o vieja, fea o bonita. Ninguno de sus colegasaceptó jamás por esposa a una menestrala.Granate no podía ser menos que ellos. Al contrario,teniendo más dinero que ninguno, lo naturales que les aventajase en anhelos poderosos.Y fue a poner sus ojos redondos y encarnizadosen la joven más linda, más rica y más encopetadade la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nadamenos. El suceso causó admiración y risa en elvecindario. Por muy alta idea que en Lanciatuviesen del poder del dinero, nadie imaginabaque fuese poderoso a realizar semejante empresa.¡Casar a la joya de la provincia con este osocolorado! A la niña le produjo pasmo e indignación.Luego lo tomó a broma. Luego volvió aindignarse. Después tornó a reírse. Por fin se fueacostumbrando a que Granate la festejase yhasta encontró cierta satisfacción de amor propioen recibir sus agasajos y en darle toda clasede desprecios.

Pero él no cejaba. Con la tenacidaddel abejorro que se empeña en salir por uncristal y se estrella cien veces contra el obstáculo,las calabazas, los desdenes y hasta las burlasno le hacían retroceder más que momentáneamente.Al día siguiente volvía como si tal cosaa romperse la cabeza contra el desprecio de laorgullosa heredera.

Pensaba sinceramente queel verdadero obstáculo para el logro de sus afanesestaba en el conde de Onís. Confesábase queFernanda sentía algún interés por él, o mejordicho por su título, y se propuso ir a Madrid ycomprar a peso de oro otro para ponerse a la alturade su rival. Luego le dijeron que el Papalos daba más baratos y cambió de proyecto.Mientras tanto se vengaba odiando de muerte algallardo conde, y burlándose, cuando la ocasiónse presentaba, de su vetusto y deteriorado caserón.El conde poseía una gran riqueza en tierras,pero sus rentas no podían compararse a lasdel opulento Granate.

—Y si no, ya veréis el día que se case, ¡quécambio en la población!—prosiguió Manuel Antonio.—Tendremosbanquetes a diario y bailesy giras campestres...

—¡Pero si a Fernanda no le gustan los bailes!—exclamóEmilita Mateo, que bailaba conPaco Gómez y daba la espalda al grupo.

—Yo no he hablado para nada de Fernanda,niña—repuso el marica en tono severo.

—Pensé que, tratándose de matrimonio y deD. Santos, eso se sobrentendía.

—Pues no sobrentiendas más y aplícate a bailarcon Paco, porque, según mis cálculos, durarácinco minutos.

Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo,alto hasta tropezar en el dintel de las puertas,con una cabecita menuda como una patata, elrostro tan macilento que parecía, en efecto, caminarpor el mundo con permiso del enterrador.Y con estas propiedades corporales el espíritumás humorístico de la población.

—¡Ole mi niña!—exclamó poniéndose en jarrasfrente al marica.—Lo único por lo que sientomorirme es por no ver más estos seres preciosos,encantadores.

Al mismo tiempo le cogió con dos dedos labarba.

Ya sabemos que Manuel Antonio no podía sufrirtales juegos de manos delante de gente.

—Vamos, pajalarga, quieto—exclamó poniéndoseserio y rechazándole.

—¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡sieso salta a la vista!... ¡Miren ustedes qué boca!¡miren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren quénacimiento de pelo!

Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero ManuelAntonio lo rechazó con ímpetu dándole un fuerteempujón.

—¡Caramba, qué severo está hoy Manuel Antonio!—dijoel conde de Onís.

—No importa—repuso Paco Gómez dejandoescapar un suspiro.—Manos blancas no ofenden.

En aquel momento le tocaba hacer una figuradel rigodón y se alejó con Emilita.

María Josefa, que bailaba más lejos, se acercóun instante con su pareja, que era un tenientedel batallón de Pontevedra.

—¡Vamos, D. Santos, no sea usted cruel!¿Por qué no va usted a hacer compañía a Fernanda,que está allí sola?

En efecto, la amiguita de la rica heredera habíahallado pareja para el baile.

Fernanda sesentó y permanecía seria y pensativa.

—Sí, sí; debes ir, Santos—manifestó ManuelAntonio.—Repara que la chica ha dejado unasilla vacía a su lado... No puede insinuarse demodo más claro.

Al decir esto hizo un guiño al conde. Ésteconfirmó tales palabras.

—Yo creo que es hasta un deber de cortesía...

Granate le echó una mirada torva y preguntósordamente:

—Pues entonces, ¿por qué no va usted a sentarsea su lado?

—Por la sencilla razón de que ya no tenemosnada que hablar... Pero usted es otra cosa.

—Entendido, señor conde... No soy un niño—murmurócon mal humor.

—Aunque no lo sea usted por la edad—dijoAmalia interviniendo oportunamente para evitarrozamientos,—lo es por la franqueza y espontaneidadde sus sentimientos, por la frescurade corazón que otros con menos años no tienen.Los niños aman con más sencillez y vehemenciaque los hombres.

—Pero los hombres hacen otra cosa más heroica...¡Se casan!—dijo Paco Gómez, que yaestaba de nuevo en su sitio con la pareja.

—Hay ocasiones en que tampoco se casan—manifestóManuel Antonio haciendo una imperceptiblemueca por donde Paco pudiese colegirque estaba pensando en María Josefa.

—Bueno—replicó aquél dándose por enterado.—Perohay que convenir en que algunas vecesse necesita para ello un heroísmo superior ala naturaleza humana.

La solterona, que las cogía por el aire, leclavó una mirada rencorosa y maligna.

—¡La naturaleza humana!—exclamó con displicencia.—Lanaturaleza humana presenta algunasveces formas tan estrambóticas que hastael heroísmo sería ridículo en ellas.

Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzóa palpar su rostro con ademanes cómicos, fingiendouna muda resignación que hizo sonreíra los presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosaconversación, exclamó:

—¡Miren, miren cómo D. Santos se aprovechade nuestra distracción!

En efecto, el indiano se había levantado ensilencio de la silla y, sorteando las parejas debaile, fue solapadamente a sentarse al lado deFernanda. Ésta le dirigió una mirada fría yapenas se dignó responder a su saludo ceremoniosoy ridículo. La faz rubicunda de Granateresplandecía, no obstante, como la de un diosseguro de su omnipotencia. Con las manazasanchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, elcuerpo doblado hacia adelante y la cabeza levantadahasta donde le permitía la grosura delcerviguillo, sonreía beatamente enseñando unafila de dientes grandes y amarillos.

Propúsose,como siempre, ser espiritual, y dijo:

—¿Ha visto usted qué ventrisca corre?

La joven guardó silencio.

—Ahora no importa nada—prosiguió—porqueya están todos los frutos recogidos; pero sihubiera caído antes, no nos deja ni una castañani un grano de maíz; ¡je, je!

Granate sintiose feliz al emitir esta idea, a juzgarpor la expresión de placer que brillaba ensus ojos.

—Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo tengo,¡je, je!... Al contrario, siento un calor... Seráporque los ojos de usted son dos calofer... caroli...

Otra vez todavía acometió la palabra caloríferossin lograr dar cima a la empresa.

Para disimularsu impotencia fingió un golpe de tos. Surostro violáceo adquirió cierta semejanza interesantecon el de un ahorcado.

La hermosa, que tenía los ojos clavados en elvacío, volvió la cabeza hacia su adorador, le miróunos instantes con expresión vaga, distraída,como si no le viese.

Levantose de pronto y sealejó sin decir palabra para sentarse enfrente.El indiano quedó con la misma sonrisa estereotipadaen el rostro; la mueca petrificada de unsátiro. Pero al volver la vista al grupo que acababade dejar, viendo una porción de ojos risueñosfijos en él, se puso repentinamente serio ymohíno.

—¡Qué partido tiene este Granate entre laschicas bonitas!—exclamó Paco Gómez.—Ya selo decía yo el otro día. «Usted no necesitabapara nada ir a América habiendo mujeres ricasen el mundo. Usted tiene la fortuna en la fisonomía.»

—Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentartea su lado. Ya verás cómo no se levanta entonces—dijoManuel Antonio.

—Sí, sí, debe usted ir, Luis—apoyó María Josefa.—Vamosa ver una cosa curiosa, a decidirsi está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Amalia,que debe ir?

—Sí, me parece que debe usted sentarse a sulado—dijo la dama. Su voz salió apagada ytemblorosa.

—¿Cree usted?—preguntó el conde, mirándolacon fijeza.

—Sí; vaya usted—replicó la dama con perfectaserenidad ya, huyendo su mirada.

—Pues usted me permitirá que la desobedezca.No quiero exponerme a un desaire.

—¡Qué importan los desaires a un enamorado!...Porque usted, por más que diga, está enamoradode Fernanda... Se le conoce a la legua.

—A la legua será, porque, lo que es de cercani pizca—manifestó Manuel Antonio.

Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómezconfirmaron con su risa la especie.

Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimulababien; pero como, por más esfuerzos quese hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquiciopor donde sale la luz, ella había adivinadohacía ya mucho tiempo que el conde, en loprofundo de su corazón, guardaba recuerdo muygrato de Fernanda.

—Atiendan ustedes: hace algunos días se leocurrió a Moro decir que tenía dos dientes postizos.No pueden ustedes figurarse cómo se pusoeste hombre... Por poco le pega...

—No tanto, no tanto—manifestó el condesonriendo avergonzado.—Me expresé con ciertaviveza porque me enfadan siempre las injusticias.

—¡Oh! Las exaltaciones en estos casos sonsospechosas. Cuando no se siente interés por unapersona se la defiende con menos calor... ¡Caramba!¡Nunca le vi tan irritado!

Ya puede deciresa niña que tiene un campeón valiente dispuestoa romper lanzas por ella.

La dama apuró la broma. No se hartaba deapretar al conde, como si quisiera dejarle convictode su amor por Fernanda. Apesar de lasonrisa benévola que animaba su rostro, habíaciertas extrañas inflexiones en la voz que nadiemás que una sola persona podía apreciar enaquel momento.

Pero el rigodón había terminado, y el grupose aumentó considerablemente con varias parejasque fueron allegándose. Fuéronse algunos,vinieron otros; al cabo, la señora de la casa sehalló rodeada de gente nueva. Bailose otro vals yotro rigodón. Las doce sonaron al fin en el granreloj de la catedral. Y como los jóvenes se empeñabanen no desbandarse, apesar de la costumbretradicional de la casa, Manín, por ordende D.

Pedro, apareció en la puerta del salón,abrazado al lío de los abrigos de las señoras.Ésta era la señal de despedida que el señor deQuiñones daba a sus tertulios.

No era muy cortés,pero nadie se enfadaba. Al contrario, se recibíasiempre con algazara, como una bromagraciosa.

Después que todos fueron a estrechar la mano,del maestrante, formose un grupo enmedio delsalón. Amalia, en el centro de él, despedía a susamigas besándolas cariñosamente. Estaba páliday sus ojos inciertos despedían miradas febriles.Al estrechar la mano del conde volvió la cabezahacia otro lado, fingiendo distracción; se laestrechó con fuerza tres o cuatro veces para infundirleánimo. Bien lo necesitaba el pobre caballero.Estaba tan demudado y tembloroso queAmalia pensó que iba a caer desmayado.

En apretado haz salieron los tertulios a lospasillos y bajaron la gran escalera de piedra suciay húmeda. Un criado les abrió la puerta dela calle.

—¡Ay! ¿Quién habrá dejado aquí este canasto?—dijoEmilita Mateo, que tropezó la primeracon el estorbo.

—¿Un canasto?—preguntaron varias damasacercándose a él.

—Algún pobre que andará por ahí dormido—manifestóel criado, que aún no había cerrado lapuerta.

—No se ve a nadie—dijo Manuel Antonio, querápidamente había registrado el portal.

La curiosidad excitó muy pronto a una de lasdamas a levantar el paño que tapaba el canastillo.Inmediatamente dejó escapar el grito consabido,el que soltó ya hace tantos siglos la hijade Faraón al ver flotando por el río el célebrecanastillo de Moisés.

—¡Un niño!

Momento de estupefacción y de curiosidad enlos tertulios. Todos se abalanzan, todos quierencontemplar al mismo tiempo al expósito. Porquenadie duda un momento que aquel niño sehallaba allí expuesto intencionalmente. Paco Gómezlevantó el canasto, lo destapó por completoy fue exhibiendo a sus amigos el infante dormido.

Estalló una tempestad de exclamaciones.

—¡Angelito!—¿Quién habrá sido la infame?...—¡Pobrecitode mi alma!—¡Qué corazones dehiena, Dios mío!—¡Miren qué hermoso es!—¿Habrámucho tiempo que lo han expuesto?—Estaráaterida la criatura.—Paco, déjeme ustedtocarlo.

El canasto fue rodando de mano en mano. Lasdamas, interesadísimas, palpitantes de emoción,depositaban tiernos besos en las mejillas del reciénnacido, de tal modo que al instante consiguierondespertarlo.

De aquel montoncito de carne rosada salió undébil gemido que hizo vibrar de lástima a todoslos corazones. Algunas señoras vertieron lágrimas.

—Subámoslo, por lo pronto, para que se calienteun poco.

—¡Sí, sí, subámoslo!

Y otra vez el resonante grupo se lanzó al patioy a la escalera de la mansión de los Quiñonesllevando en triunfo el canastillo misterioso.

Amalia estaba enmedio del salón inmóvil ypálida cuando se abrieron de nuevo las puertas.D. Pedro había sido trasladado ya a su alcobapor Manín y otro criado. Aquella nueva y repentinairrupción pareció sorprender mucho a laseñora de la casa.

—¿Qué ocurre? ¿qué es esto?—exclamó convoz alterada.

—¡Un niño! ¡un niño!—gritaron varios a untiempo.

—Acabamos de encontrarlo en el portal—manifestóManuel Antonio, que ya se había apoderadodel canasto, presentándolo.

—¿Quién lo ha dejado ahí?

—No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted,por Dios, qué hermoso, es Amalia!

La señora le contempló un instante con marcadafrialdad y dijo:

—Acaso alguna pobre lo habrá dejado pararecogerlo enseguida.

—No, no; hemos registrado el portal. La calleestá desierta...

La criatura a todo esto empezaba a chillar,agitando con incierto movimiento sus puñoscrispados, que parecían dos botones de rosa. Lacompasión de las señoras volvió a romper en exclamacionesapasionadas. Todas querían besarloy calentarlo contra su seno. Por fin, MaríaJosefa logró apoderarse de él, lo sacó del canastoy envolviéndolo con el paño con que veníacubierto, lo acarició tiernamente. Un papel sehabía desprendido de las ropas de la criatura alsacarla y había caído al suelo. Manuel Antoniolo recogió.

—¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre delcordero.

El papel decía en gruesos caracteres, trazadosal parecer por tosca mano: «La madre desdichadade esta niña la encomienda a la caridadde los señores de Quiñones. No está bautizada.»

—¡Es una niña!—exclamaron algunas señorasa un tiempo.

Y en el acento con que dejaron escapar estaspalabras no era difícil de advertir cierto desencanto.Se habían acostumbrado a la idea de quefuese varón.

—¿Qué misterio será éste?—preguntó ManuelAntonio, mientras una sonrisa maliciosa de curiosidadvagaba por su rostro.

—¿Misterio? Ninguno—manifestó con ciertadisplicencia Amalia.—Lo que se ve claramentees una pobre que quiere que le mantengan a suhija.

—Sin embargo, hay aquí un no sé qué de extraño.Yo apostaría a que son personas pudienteslos padres de esta niña—replicó el marica.

—¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!—exclamóla dama con una risita nerviosa.—Laspersonas pudientes no dejan a sus hijosenvueltos en estos andrajos.

En efecto, la niña venía cubierta por unostrapos miserables y una manta raída y sucia.

—Despacio, Amalia, despacio—apuntó Saletacon su voz clara, tranquila.—Yo he recogidoen el portal de mi casa, hace ya muchos años,hallándome en Madrid, un niño que venía envueltoen muy toscos pañales. Al cabo de algúntiempo averiguamos que era hijo de una elevadísimapersona que no puedo nombrar.

Todos los ojos se volvieron con sorpresa haciael magistrado gallego.

—Una elevadísima persona; eso es—prosiguiódespués de una pausa, con el mismo sosiegoimpertinente.—Bien fácil era, por cierto, adivinarlofijando un poco la atención en los rasgosde su fisonomía, enteramente borbónicos.

El estupor de los circunstantes fue profundo.Se miraron unos a otros con una leve sonrisaburlona que, como de costumbre, Saleta parecióno advertir.

—¡Atiza!—exclamó Valero.—¡Abra uzté elparagua, D. Zanto!

—El niño se murió a los dos meses—prosiguióimperturbable Saleta.—Por cierto que cuandolo llevamos al cementerio se unió a la comitivaun coche que nadie supo a quién pertenecía.Yo lo conocí porque lo había visto en lasCaballerizas reales, pero me callé.

—¡Ya ezcampa!—murmuró Valero.

—Bien, Saleta, ya nos contará usted de díaeso. Por la noche tales cosas espeluznan—manifestóel marica de Sierra guiñando el ojo alos otros.—Lo que hay que pensar ahora, Amalia,es lo que se va a hacer con esta niña.

La dama se encogió de hombros con indiferencia.

—Phs... no sé... La dejaremos esta nocheaquí. Mañana le buscaremos una nodriza quequiera tenerla en su casa... porque en ésta, a laverdad, es un trastorno.

—Si usted no quiere tenerla en casa, yo meencargo con mucho gusto de ella, Amalia—dijoMaría Josefa, que estaba un poco apartada paseandoa la niña y arrullándola para hacerlacallar.

—No he dicho que no quería—manifestó conviveza la dama.—Recogeré esa niña, porquetengo más obligación que nadie, ya que me laconfían... Pero, como usted comprende, parahacerlo necesito contar con mi marido.

Los tertulios aprobaron estas palabras con unmurmullo.

Justamente se presentaba Manín preguntandode parte de D. Pedro qué significaba aquel ruido.Se le explicó. El señor de Quiñones se hizotrasladar de nuevo en su sillón con ruedas a lasala; vio a la niña y se interesó extremadamentepor ella.

Inmediatamente declaró que no saldríade su casa, ordenando a un criado que alamanecer fuese en busca de nodriza.

Por lo pronto se trajo a la criatura leche y téen un frasco con pezón de goma; se la abrigócon más y mejor ropa. Los tertulios presenciaroncon cariñoso interés estas operaciones. Lasseñoras lanzaban gritos de entusiasmo; se lesarrasaban los ojos de lágrimas al ver el ansiacon que la mamosa niña chupaba el pezón delfrasco. Así que se hartó, despidiéronse todos denuevo, no sin depositar antes cada uno un besoen las mejillas de la pobrecita expósita.

El conde de Onís no había desplegado los labiosen todo este tiempo. Se hallaba retraído entercera o cuarta fila, siguiendo con ojos desusto los cuidados que a la criatura se prodigaban.Y trató de irse con disimulo sin nueva despedida;pero Amalia le detuvo con alarde deaudacia que le dejó petrificado.

—¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar unbeso a mi pupila?

—¡Yo!... Sí, señora... no faltaba más.

Y pálido y trémulo, se aproximó y puso suslabios en la frente de la criatura, mientras ladama le contemplaba con sonrisa provocativa ytriunfal.

III

La cita.

Esta fue la tercera noche en que elconde de Onís apenas pudo cerrar losojos. Nada más natural que en lasdos anteriores estuviese agitado, calenturiento;pero ahora, ¿por qué? Todo se había resueltocomo apetecía. La empresa se había llevado acabo con felicidad. No le restaba más que dormirtranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, noera así. Apesar de su figura robusta y gallarda,poseía el conde un sistema nervioso excesivamenteimpresionable. La más ligera emociónturbaba su espíritu, le inquietaba hasta un gradoindecible. Tal exquisita sensibilidad le veníapor herencia y también por educación. Su padre,el coronel Campo, había sido un hombreconcentrado, sensible, de una susceptibilidadtan delicada que le hizo mártir en losúltimos años de su vida.

Todo el mundo recordabaen Lancia el interesante y conmovedorepisodio que cerró aquella vida caballeresca.

El coronel mandaba las fuerzas de defensa deuna plaza en el Perú cuando la insurrección delas colonias americanas. La plaza fue tomadapor los insurrectos de un modo insidioso y porsorpresa. Un malvado denunció al coronel anteel gobierno de Madrid como culpable de traición,aseverando que se hallaba en connivenciay sobornado por el enemigo. Con harta precipitación,sin examen imparcial de los hechos ysin tener presente la brillante hoja de serviciosdel conde de Onís, el rey le privó de su empleoen el ejército y de todas las cruces y condecoracionesque poseía.

Bajo el peso de aquella horribleinjusticia, el pundonoroso militar quedó anonadado.Sus compañeros le arrancaron la pistolaen el momento de atentar a su vida. Acompañadode su fiel asistente y de un primo se trasladódesde Madrid, adonde había venido a defenderse,a Lancia, donde le esperaba su esposa y suhijo de corta edad. La vida de familia fue unsedante para la terrible llaga abierta en el corazóndel soldado. Pero aquel bravo, que tantasveces había desafiado la muerte, no tuvo valorpara soportar las miradas y la curiosidad de susconvecinos. En vez de rebelarse contra la injusticiaque se le había hecho, en vez de tratar deconvencer a sus paisanos de su inocencia, lo queno le hubiera costado gran trabajo, porque todosestimaban su carácter y conocían su valor,lleno de vergüenza, como si realmente fuese criminal,huyó las miradas de la gente, se retrajoa su casa, y solo paseaba por la huerta que detrásde ella se extendía, cercada de alta y deterioradatapia.

El palacio de los condes de Onís merece especialmención en esta historia. Era un edificioantiquísimo, el más antiguo de la ciudad enunión de algunos restos de la primitiva basílicaque aún quedaban en pie. No se habíasalvado otra cosa del horroroso incendio queen el siglo XIV había destruido la población.Su aspecto más era de fortaleza que de mansión.Pocas y estrechas ventanas cortadas porcolumnas de piedra, distribuidas caprichosamentepor la fachada; una pared lisa de piedra,ennegrecida por los años; algunos agujeroscuadrados cerca del techo, a guisa de aspilleras;una gran puerta de medio punto reforzada congrandes clavos de acero. Por dentro era inmensay tenía más alegría. El patio ancho, más anchoque la calle. Por la parte trasera la luz del mediodíabañaba sus ventanas. Los árboles de lahuerta metían las ramas por ellas, sirviendo defresca cortina para templar sus rayos. El conjuntode aquel vetusto caserón ofrecía misterioy encanto singulares para los lacienses dotadosde imaginación, en especial para los niños, únicosseres que conservan, en nuestra edad prosaica,la fantasía despierta. Su fachada, si es quetal nombre puede darse a aquella lisa pared conpequeños huecos tirados a granel, daba a la callede la Misericordia, una de las más céntricas dela ciudad. Una de las ventanas, quizá la másancha, enfilaba la calle de Cerrajerías, y por ellase veía la catedral a lo lejos.

Aquí se encerró o se sepultó el ex-coronelCampo, sin que bastasen los ruegos de su esposay de los pocos parientes que frecuentaban sutrato para hacerle desistir de tal resolución. Suociosidad fue de provecho para la casa. Hizoarreglar la huerta, puso algunos miradores en laparte trasera, amuebló varias habitaciones, enlosóel patio, etc.

El oscuro caserón, sin perdersu aspecto vetusto y misterioso, se trasformópor dentro en agradable morada. Pero el deshonoradomilitar se consumía, se secaba dentrode ella como un árbol sin luz y sin agua.Una melancolía profunda minaba su organismo,le arrugaba la piel, blanqueaba sus cabellos, debilitabasus piernas y ponía trémulas sus manos.A los cincuenta y ocho años de edad representabatener setenta. Dentro de la casa no se le sentía.Paseaba por los corredores como un fantasma.Trascurrían los días sin que nadie le oyeseel metal de la voz. Pero no se mostraba adustocon nadie. Una sonrisa dulce y triste vagabaconstantemente por sus labios. No buscaba lascaricias de su hijo, pero cuando le tropezaba casualmentepor los pasillos le cogía la cabeza, sela besaba amorosamente, murmuraba algunaspalabras tiernas en su oído y repentina y precipitadamentese alejaba, algunas veces conlágrimas en los ojos. Pensaba que era unagran desgracia para aquel pequeñuelo, rubioy hermoso como un querubín, el haber nacidohijo de un padre deshonrado. El infeliz lepedía perdón, con la mirada, de haberle engendrado.

Hacia el año 1829, cuatro después de haberllegado de América, el coronel era un verdaderoespectro. Dormía bien, comía bien, no le dolíanada; pero aquella vida se escapaba en efluviosinvisibles y constantes, en lenta y pavorosa consunción.Su esposa hizo venir un médico, luegootro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesariosalir, distraerse, cultivar el trato de la gente.Precisamente las únicas medicinas que el condeestaba resuelto a no tomar. Poco a poco fue permaneciendomás horas en la cama; se levantabatarde; se acostaba temprano. Perdió el gustopara trabajar en la huerta. No salía de las cuatroparedes de la casa. Dentro de ella dejó de ocuparseen las cosas que antes le entretenían; hacerestuches, cuidar la pajarera y otras obras manuales.Las pocas horas que permanecía fuerade la cama pasábalas, bien sentado en una butaca,ya paseando por los corredores en silencio.Al cabo dejó de levantarse.

Todo esto lo recordabaLuis perfectamente. Entraba en su cuarto, leveía tendido mirando al techo con extraña yterrible tristeza pintada en el rostro. Al entrarsu hijo volvía la cabeza, sonreía, le llamaba porseñas y, después de darle un beso, le empujabapara que se fuese.

Un día el niño percibió mucho ir y venir porcasa; los criados corrían azorados, cambiabanentre sí palabras rápidas; los pocos parientes yamigos que visitaban la casa estaban todos allíy tenían unas caras largas, largas, que le aterrorizaban.Acercándose al gabinete de su padre, vioque levantaban un altar. Preguntó sencillamentelo que aquello significaba, y una criada, llevándolea un rincón, le dijo que no se asustase, quesu papá había deseado confesarse y recibir laComunión, y que su Divina Majestad vendríapronto a visitarle. Esta recomendación de noasustarse, hecha repetidas veces, produjo elefecto contrario. Comprendió que algo gravepasaba. En efecto, el conde de Onís se moría,se iba por la posta, según decían sus deudos. Elmédico ordenó que le dispusiesen.

A las seis de la tarde, cuando ya había oscurecido,las puertas del palacio de Onís se abrieronpara recibir al sacerdote portador de la SagradaHostia, que venía en el carruaje de lacasa. Los criados y parientes esperaban en elportal con hachas encendidas. Una larga fila depersonas de todas clases venía detrás, tambiénalumbrando. Muchas de ellas acudían por verdaderadevoción y por la estima que les inspirabael enfermo. Las más, sólo por satisfacer la curiosidadde verle después

de

tanto

tiempo,

aprovechandoaquellas

críticas

y

solemnes

circunstancias.Penetró hasta la habitación del moribundotodo el que quiso. A nadie se puso obstáculo.Pero no pudieron todos cumplir su gusto,porque no cabían. Llenose enseguida el gabinetedel conde de una muchedumbre abigarrada,personas decentes, menestrales, niños, todos empinándosepara contemplar al prócer caído en ladesgracia, y que ahora iba a caer en el oscuroseno de la muerte, en el eterno olvido. El deánde la catedral, su amigo y confesor, avanzó conla Hostia levantada. Los presentes se hincaronde rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En aquelmomento el enfermo, a quien habían incorporadodijo en voz alta, dirigiéndose a los circunstantesarrodillados:

—Juro por el Dios Sacramentado, que va aentrar en mi cuerpo, que no he sido traidor a mipatria, y que en la guerra de América me heportado siempre como un militar honrado yleal.

Su voz, que parecía salir de un cadáver, resonóclara y estridente en la cámara. Hubo unmurmullo reprimido entre la gente. El deán, conlágrimas en los ojos, respondió:

—¡Bienaventurados los que padecen hambrey sed de la justicia!

Y le puso la sagrada partícula en la boca.

La noticia voló por la ciudad. Aquel extrañoy terrible juramento, que se repetían unos aotros, causó impresión profunda en el público.Los parientes y amigos del conde peroraban conexaltación en todos los grupos. A uno de aquéllosse le ocurrió dirigir una exposición al rey,firmada por todos los vecinos, pidiendo que serevisase de nuevo el proceso del coronel. Peroya se le había adelantado el deán, hombre fogosoy elocuente, que logró que el obispo y elcabildo le diesen su representación para ir aMadrid a gestionar la rehabilitación de su amigode la infancia. Éste había mejorado un poco:por lo menos, la enfermedad se había estacionado.La consunción seguiría, pero al exterior nose notaba. No se le dijo nada de lo que se tramaba.El deán tuvo tiempo a ir a Madrid, lograruna audiencia del rey, hablarle al almapintándole con elocuencia el solemne juramentoque había escuchado, recabar de S. M. un realdespacho reintegrando al conde en todos sus honores,cruces y condecoraciones, y volverse aLancia loco de ansiedad. ¡Qué alegría cuandosupo que su amigo no había expirado! Desde lagalera acelerada en que hizo el viaje corrió alpalacio de Onís y con las debidas precaucionespara no impresionarle demasiado le comunicóla fausta nueva.

El coronel quedó algunos momentos ensimismadocon la cara metida entre las manos.

—¿Qué hora es?—preguntó al cabo.

—Las doce acaban de dar.

—¡A ver, pronto, mi uniforme!—exclamó conextraña energía incorporándose sin ayuda denadie.

—¡Rayo de Dios! ¡Enseguida, mi uniforme!—volvióa proferir con más violencia, viendoque nadie se movía.

La condesa fue al armario y lo trajo al fin. Sehizo vestir rápidamente, se puso sobre el pechola banda de Carlos III y todas las cruces que habíaganado. Eran tantas que, no cabiendo en elcostado izquierdo, tenían que ir algunas al derecho.En esta forma se hizo conducir a la ventanaque enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí secolocó en pie.

No tardaron en salir los fieles demisa de doce, la más concurrida de las que secelebraban los domingos. Todos pudieron contemplarya desde lejos aquella figura extraña,aquel cadáver vestido de gran uniforme. Y conun sentimiento de asombro, de respeto y de compasión,todos desfilaron en silencio por debajode la ventana, sin poder separar los ojos de ella.Durante tres domingos consecutivos el coroneltuvo fuerzas para levantarse y colocarse en elmismo sitio. Allí permanecía media hora inmóvilostentando sus insignias con los ojos extáticosen el vacío, sin ver ni oír a la muchedumbreque se agrupaba delante del palacio y se lo mostrabanunos a otros poseídos de grave y dolorosaemoción. Al cuarto quiso hacer lo mismo, seincorporó con violencia para que le vistieran,pero volvió a caer al instante sobre las almohadaspara no levantarse más. Por la noche entregóel alma a Dios aquel bravo y pundonorososoldado.

¡Pobre padre! El conde no podía recordaraquella escena, que había quedado profundamentegrabada en su cerebro, sin que las lágrimasse le agolparan a los ojos.

De él había heredadola exquisita delicadeza en el sentir, unasusceptibilidad que llegaba a ser enfermiza, nola serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebrantableque realzaban el alma del coronel Campo.El actual conde tenía un temperamento excesivamentesensible y tierno, un fondo de honradezy de vergüenza que era el patrimonio moralde los Campo. Mas estas cualidades se contrarrestabanpor un carácter débil, fantástico,sombrío, el cual le venía, sin duda, de la familiade su madre.

D.ª María Gayoso, condesa viuda de Onís,hija del barón de los Oscos, era un ser original,tan excepcionalmente original que rayaba en loinverosímil. En toda su familia, desde tres ocuatro generaciones hasta ella por lo menos, habíaapuntado algo estrambótico que en algunosde sus miembros tocaba en las lindes de la locuray en otros entraba de lleno dentro. Su abuelohabía sido un empedernido ateo partidario deVoltaire y la Enciclopedia que a última hora sehabía entregado a la embriaguez, y según la consejadel pueblo fue arrastrado un día por los demoniosal infierno. En realidad murió de combustiónespontánea, lo que pudo dar pábulo a semejantefábula.

Su padre fue un mentecato aquien su madre, mujer de rara energía, tuvo siempreesclavizado hasta la degradación. De sustíos, uno paró en el manicomio, otro fue notabilísimomatemático, pero tan excéntrico quesus rarezas se guardaban en Lancia como manantialde anécdotas chistosas; otro se metió en laaldea, se casó con una labradora y se mató a fuerzade aguardiente. No tenía más que un hermano,el actual barón de los Oscos. También eraun ser original y excéntrico. Al comenzar laguerra civil se pasó al bando del Pretendientee ingresó en su ejército, pero a condición deservir como soldado raso. Toda la campañahizo de esta suerte. No fue posible, por másempeño que en ello pusieron los magnates querodeaban a D. Carlos y el mismo rey, obligarlea aceptar el despacho de oficial. Fue heridovarias veces y una de ellas de tan mala manera,en la cara, que le quedó una profunda cicatriz.Como su rostro era ya de lo más desgraciadoque pudiera verse, aquel surco sinuosoy colorado acabó de prestarle una aparienciamonstruosa y hasta temible.

Era más joven que su hermana María. No llegabaaún a los cincuenta años. Vivía célibe ysolo en la casa solariega que los Oscos teníanen la calle del Pozo, nada magnífica por cierto.Iba rara vez por casa de su hermana, no por antipatía,sino por lo retraído y áspero de su genio.Salía poco de casa, sobre todo de día. Teníacontadísimos amigos. El más íntimo de todos,el único puede decirse que gozaba desu intimidad, un fraile exclaustrado, que antesde ordenarse había servido en las filas delejército como oficial. Fray Diego era su perpetuocamarada. El barón, por su carácter sombrío,por sus excentricidades, y sobre todopor lo espantable de su rostro, inspiraba generaltemor en la población. Los niños sentíanen su presencia un terror pánico. Los padresy las niñeras, para reducirlos a la obediencia,les amenazaban con él:—¡Se lo voy a deciral barón!—¡Que viene el barón!—Hoy he vistoal barón y me preguntó si eras obediente, etc.Y el barón, por su gesto, constantemente desabrido,por lo bronco y recio de la voz y por labrusquedad con que acostumbraba a hablarles,era para las inocentes criaturas un verdaderoogro. Iba constantemente armado de unpar de pistolas; el estoque de su bastón era unverdadero sable. Se decía que había disparadosobre un criado sólo porque le había abierto unacarta, y que en varias ocasiones había cogido alos niños que se atrevían a hacerle muecas enla calle, los metía en la cuadra, los desnudaba ylos azotaba cruelmente con las correas del frenode su caballo. Verdaderos o inventados estoscuentos, contribuían a acreditarle entre el elementoinfantil de Lancia como un monstruo deferocidad del cual había que huir, si el temblorde las piernas lo consentía.

Una de las cosas que más coadyuvaban a infundirel terror en los pequeños y cierto respeto,no exento de miedo, en los grandes, era el caballoque el barón poseía; un caballo de ojo ardientey feroz y de genio tan furioso que nadieosaba montarle más que él y su amigo FrayDiego, que había servido en caballería. Para sacarloa beber lo llevaban siempre del diestro, yaun así el indómito bruto iba tirando saltos ycoces, poniendo en conmoción a los transeúntes.Cuando el barón lo montaba, y dando corcovosy alzándose de brazos salía de casa, lacalle se estremecía, los vecinos se asomaban alas ventanas, los niños se refugiaban en las faldasde sus madres, todos contemplaban atónitosaquel centauro temeroso. Realmente el barón delos Oscos en tal momento, con su rostro desfigurado,los ojos encarnizados, los grandes bigotesempalmados con las patillas, cerdosos y erizados,y el formidable torso pegado al caballo, erauna figura que infundía espanto. Había que remontarsecon la fantasía a la irrupción de losbárbaros para hallar algo semejante. Ni Alarico,ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto másfeo y siniestro ni producir más grima. Júzguesedel efecto que causaría entre los vecinos tímidoscuando una temporada le dio por salir a caballopasada la medianoche y recorrer las calles dela ciudad acompañado de un criado, caballeroasimismo en otro corcel.

La condesa de Onís era dentro de su sexo untipo tan estrafalario, por lo menos, como su hermano.Bajita, rechoncha, cara redonda y pálidacon ojos negros y muertos, el cabello pegado alas sienes con goma de membrillo, vestida constantementecon el hábito morado del Nazareno.Vivía recluida en su palacio como unamonja en el convento. Vivía entregada en absolutoa la devoción, pero a una devoción caprichosa,fantástica, en nada parecida a la quepractican las almas verdaderamente místicas.Toda su vida había dado señales de un humorexcéntrico, mas desde la muerte del conde sehabía pronunciado tanto que bien podían tomarsesus excentricidades como manías, y no de lasmás leves. Cuando joven había mostrado unanaturaleza tan púdica que rayaba por su exageraciónen lo ridículo. Sus amigas la embromabanno pocas veces afectando cierta libertad enel hablar. Tan castísimos eran los oídos de ladoncella de los Oscos, que los de una miss inglesaparecerían los de un sargento a su lado. No podíasufrir que la ropa interior de su hermano fuese enunión con la suya cuando la lavandera la llevabao la traía. Si aquél le entregaba unos pantalonespara que le cosiera un botón, cumplido elencargo corría a su cuarto y se lavaba bien lasmanos, y aun dicen que se echaba en ellas algunasgotas de agua bendita. Apretábase el senohasta hacerse daño; subía el cuello de los vestidoscontra las prescripciones de la moda; no se mudabala camisa sino a oscuras, y cuando no teníalos guantes puestos jamás daba la mano a unhombre. La historia de su casamiento fue verdaderamentecuriosa, llena de incidentes cómicosque se repitieron durante mucho tiempo porla ciudad. Sobre todo lo que acaeció en la primeranoche de novios, verdadero o inventado,era muy gracioso y digno de figurar en una novelade Paul de Kok.

Durante el matrimonio esta virtud de la castidadtemplose un poco. Casi parece excusadodecirlo. Mas luego que quedó viuda volvió aexacerbarse de modo notable.

Sobre todo, enlos últimos años adquirió aspecto de locura.Cuando se rezaba el rosario, que era dos vecesal día, mandaba previamente una criada al gallineropara apartar, mientras durase, al gallo delas gallinas; luego la ordenaba separar las cucharasde los tenedores y los corchetes machosde las hembras. Por último, la hacía situarse enuna ventana de la fachada lateral de la casa paraimpedir que ninguno orinara en el rincón dondelos transeúntes solían hacerlo. Un día vino elcochero a decirle que una de las yeguas estabaen el celo. Tanto se indignó que, después de haberreñido ásperamente por la osadía de notificarletal asquerosidad, mandó inmediatamentevenderla. Una vez que sorprendió al mozo decuadra dando un beso a la cocinera se puso enfermadel disgusto. Ambos salieron inmediatamentede la casa.

Le gustaba, no obstante, tener tertulia a primerahora de la noche, pero de clérigos solamente.Acostumbraba a sentarse en una butaca, delantede la cual, con intención o sin ella, probablementecon intención, colocaba dos sillas de suerte queparecía estar detrás de una valla. Poco despuésde entrar los presbíteros y animarse la conversación,la condesa se dormía profundamente, yasí estaba hasta las nueve en que las sotanas sedespedían, por supuesto sin darle la mano. Comola casa tenía capilla, salía poquísimas veces, yesas en coche. Guardaba todo el oro, que llegaba asus manos, en los parajes más ocultos del desváno de la huerta. Algunas veces por esta avaricia,o más propiamente por esta manía de urraca, lacasa se vio en verdaderos aprietos: consintió enque su hijo pidiera a préstamo algunas cantidadesantes que desenterrar las peluconas. Eraademás golosa, muy golosa, capaz de comerseuna fuente de confites sin asomos de indigestión.Pero no habían de ser fabricados por las monjas:por extraña contradicción con sus piadosas inclinaciones,odiaba todo lo que olía a convento.

Pues por esta mujer estrambótica, bien podemosdecir loca, fue educado el actual conde deOnís. Su carácter se resintió muchísimo. Paracontrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aqueltemperamento débil y vacilante y el humor fantásticoy sombrío de que daba en ocasiones tristesmuestras, se hubiera necesitado una educaciónviril al aire libre, un maestro inteligente yenérgico que supiera despertar en su organismoel brío y la resolución de los Campo. Sucedió locontrario desgraciadamente. La condesa se empeñóen que no siguiese carrera que le apartasede Lancia. Estudió, pues, en la universidad delpueblo la carrera de jurisprudencia, que es lacapa con que los jóvenes ricos tapan su propósitode holgar toda la vida. Mientras duró, y muchotiempo después de terminada, la condesa le tuvosujeto a su autoridad de un modo que resultabaridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permiso,no fumaba en su presencia, se recogía al oscurecer,rezaba el rosario, confesábase cuandoella lo ordenaba.

Mientras su cuerpo se desarrollabaprodigiosamente, se trasformaba en unmancebo bizarro y atlético, su espíritu continuabatan infantil y sumiso como si nunca pasarade diez años. En esta vida retraída y afeminadaagravose la nativa timidez de su carácter, su sensibilidaddelicada se hizo enfermiza, su geniosombrío y receloso. Y lo más lamentable eraque, sin ser una lumbrera, estaba dotado de clarainteligencia y poseía una penetración frecuenteen los hombres reservados y tímidos. Carecíade ilustración y de experiencia; pero sabíamantener discretamente una conversación yno se le escapaban los defectos del prójimo.Como casi todos los seres débiles, gozaba a vecesmalignamente a costa de ellos. Es la venganzaque la gente sin carácter toma de quienes lo poseendemasiado vigoroso y espontáneo. No obstante,estas ráfagas de ironía y malignidad noeran en él frecuentes. Aparecía más bien comoun joven prudente, reservado, melancólico, detrato cortés y caballeroso, de corazón sensible,lleno de cariño y de respeto hacia su madre.

Después que concluyó la carrera tuvo sus anhelosy aun proyectos de salir de Lancia, de ir ala corte, de viajar durante algún tiempo. Bastó,sin embargo, la negativa de la condesa para contenerley hacerle desistir. Prosiguió, pues, suvida de holganza, mayor aún desde que no teníasiquiera la obligación de mirar de vez en cuandolos libros de jurisprudencia.

Sólo la entretenía dedicándose a temporadasal cultivo de ciertos oficios manuales, y con lalectura de las obras románticas entonces muy enboga. Se hizo hábil ebanista, no tanto comosu padre; luego le dio por la relojería. Últimamentetomó afición a una finca de labor y recreoque poseía en las inmediaciones de la poblacióny comenzó a mejorarla notablemente. Denominábasela Granja: distaba poco más de dos kilómetrosde Lancia: tenía una casa grande y viejay destartalada: a espaldas de ella un hermosobosque de robles y delante grandes y feraces praderas.Comenzó a ir todas las tardes después decomer; crió ganado vacuno y también algunoscaballos, plantó árboles, abrió canales y levantócercas. En la casa apenas tocó. En esta nuevaafición ganó su cuerpo, que se hizo más duro ymás ágil, y también su carácter. La melancolía,que tanto le atormentaba, se fue templando, serenosesu espíritu, fue adquiriendo más firmezaen el trato de la gente y más seguridad de símismo, y ciertos accesos de humor negro, derabia y desesperación que sin causa alguna leacometían de raro en raro y le hacían aparecerante los criados como un epiléptico, desaparecieronpor completo. De esta suerte llegó hastalos veintiocho años, en que comenzó a frecuentarla casa de Quiñones, y su vida experimentóprofunda trasformación.

Eran las nueve de la mañana cuando el criadole despertó de un sueño agitado, incompleto, paraentregarle una carta. La dejó caer con afectadaindiferencia sobre la mesa de noche; mas luegoque el criado se fue apresurose a cogerla y laabrió con visible agitación. Aunque hacía yacerca de dos años que duraban sus relaciones conAmalia, nunca abría carta de ésta sin que letemblasen las manos. Verdad que se escribíanpoquísimas veces. Pero más que la rareza de lascartas contribuía sin duda a turbarle el profundoamor que en su naturaleza sensible y tímidahabía arraigado.

«Esta tarde a las tres. Por la tribuna,» decíala carta únicamente. Su turbación no se disipópor completo. Las citas como aquélla eran extremadamentepeligrosas; le causaban, enmediode su felicidad, una impresión de miedo que nopodía vencer. Había rogado a Amalia que las suprimiese;pero no le hizo caso alguno. Y él seconsideraba absolutamente incapaz de oponersea su voluntad. Pasó la mañana nervioso, alterado.Para calmarse dio un paseo a caballo; llegóhasta la Granja; pero volvió al cabo con la mismaintranquilidad que había salido.

Cuando llegó la hora señalada salió de casa ytomó la calle de Cerrajerías. Era la hora en queapenas se ve un transeúnte. Los vecinos de Lanciacomen generalmente a las dos. A las tresestán, pues, de sobremesa o reposando. Al finalde Cerrajerías, en la esquina de la calle de SantaLucía, está la iglesia de San Rafael, que tienesu entrada principal por aquélla. El condepenetró en el templo, después de tomar agua bendita,como el que va a hacer sus oraciones. Estabaenteramente solitario, o al menos así le parecióa la primera ojeada. A los pocos minutos,acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibiódos o tres bultos diseminados por él y postradosen oración.

Arrodillose él también en elfondo oscuro, cerca de la puertecita de la escaleraque conducía a la tribuna de los Quiñones, yfingió orar unos momentos. Aquello le repugnabaprofundamente. Era un creyente sincero,y la piadosa y severa educación que había tenidole hacía horrorizarse de tal sacrilegio. Se lehabía pegado el fanatismo de su madre: tenía unmiedo espantoso al infierno. También Amaliaera creyente y aun pasaba en la población porpiadosa; pertenecía a varias cofradías; era protectorade algunos asilos; hacía frecuentes regalosa las imágenes y se la veía acompañada declérigos. Pero miraba aquella profanación con lamayor indiferencia. La religión era para ellacosa muy respetable, pero más respetables aúnsu voluntad y sus placeres.

Al cabo de unos minutos el conde se levantócautelosamente y tiró de la puertecita, que unamano previsora había ya abierto de antemano.Tornó a llegarla y subió por la estrechísima escalerade caracol. La pequeña tribuna de lacasa Quiñones estaba aún más oscura que laiglesia. Buscó a tientas la puerta del pasadizo yla empujó; mas como tenía cierre de cristales ypodían verle desde la calle, se echó a gatas paraatravesarlo.

En la puerta que comunicaba con lacasa estaba Jacoba esperándole. Era ésta unamujer de más de cincuenta años, obesa, con unvientre colosal, que se movía con trabajo, la respiraciónanhelante, embotada por la grasa y hablandosiempre en voz de falsete. La suma discreción,la encarnación verdadera del sigilo.Nunca habían tenido otro confidente; nadie enel mundo más que ella estaba enterada de susamores, y en el curso de ellos les había servidoprodigiosamente; fue su centinela, su salvadoren muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre.No era sirviente de la casa, sino protegida de laseñora. Dedicábase a correr los géneros de lastiendas, a traerlos a las casas, ganando por ellopequeñísima comisión. Esto no le bastaba paravivir aunque era ella sola y una sobrina. Peroen varias casas le hacían encargos de distintaíndole y la ayudaban de mil maneras. Sobretodo en la señora de Quiñones había encontradouna protectora decidida. Cuando llegó aser su confidente puede decirse que halló unaverdadera mina. Amalia pagaba con larguezasus servicios que, en realidad, bien merecían recompensaextraordinaria.

La medianera se llevó el dedo a los labios recomendandosilencio al conde, así que éste franqueóla puerta. Recomendación bien excusadapor cierto, porque hasta la respiración iba conteniendopor no hacer ruido. Luego, adelantándoseun poco para explorar el terreno, le hizoseña para qué la siguiese. Atravesaron un corredor,pasaron por delante de la escalera principalsin ascender por ella de miedo a encontrarsecon algún criado, y fueron a buscar a la bibliotecauna escalerita excusada que allí había parasubir al segundo. El conde avanzaba de puntillascon el corazón palpipante.

Aunque ya habíapenetrado otras veces en casa de Quiñones deaquella manera, le parecía siempre el colmo dela temeridad y maldecía en su interior del atrevimientoy despreocupación de su amante. Llegaronal fin al gabinete de la señora. La puertase abrió sin que se viese a nadie. Jacoba empujósuavemente al conde, quedando ella fuera. Lamano de Amalia, que se presentó de improviso,volvió a cerrar, y súbito, con arrebatado ademán,echó los brazos al cuello de su querido y le besócon apasionada ternura. Él, cohibido, agitadoaún por la ascensión y trémulo, permaneció quieto,sin corresponder a tales manifestaciones decariño. La dama le dio un golpecito maternalcon la palma de la mano en la mejilla.

—Serénate, poltrón, que nadie te come aquí.

Luis hizo un esfuerzo por sonreír y sedejó caer en una marquesita forrada de rasoazul.

El gabinete de Amalia contrastaba por su lujocoquetón con el abandono que reinaba en el restode la casa. Las paredes cubiertas de tapicessoberbios, los mejores de la colección que lafamilia poseía; los muebles flamantes, estiloLuis XV, traídos de Madrid con la magníficacama de ébano incrustada de marfil que se veíaen la alcoba, en los primeros meses del matrimonio,cuando D. Pedro se esforzaba inútilmenteen ganar el corazón de su joven esposa. Respirábaseallí una atmósfera perfumada, sensual,que denunciaba los gustos refinados que la damaforastera había traído allá de otras tierras a lasevera mansión de los Quiñones.

Sentose sobre las rodillas del conde, y tirándolede la barba, exclamó conteniendo a duraspenas los gritos, con una alegría reprimida quele brillaba en los ojos, que estallaba por todoslos poros:

—¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido?¿Lo ves como se han salvado todos esos obstáculosque se te amontonaban en la cabeza y note dejaban ver claro? No ha sido necesario másque un poco de audacia y que Dios nos ayudase.

—¡Dios!—murmuró estremeciéndose el conde.

Ella sintió que había hecho mal en apelar a ladivinidad, y se apresuró a decir con desenfado:

—Quise decir la suerte... Vamos, no empiecesa ponerte cargante y tristón... Éste es unmomento de felicidad para nosotros... Lo estoytocando y me parece mentira... Mi hija, la hijade mis amores, viviendo conmigo, pudiendo verlay besarla a todas horas...

¡Qué hermosa es!...No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana;pero hoy me he saciado bien... Se parecea tí... sobre todo esta parte de aquí arriba, delentrecejo.

Jacoba dice que la boca es mía... Nome pesa—añadió sonriendo con coquetería.—

Otracosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad?

—Para mí todo es igualmente hermoso.

—¡Vamos!—exclamó la dama echándose haciaatrás y clavándole una mirada de burla cariñosa.—Alfin has recobrado el uso de la palabra...Pues bien—añadió en tono serio,—tú nosabes las vueltas que hemos tenido que dar estamañana para buscarle nodriza. Me han traídotres. Ninguna me ha gustado. Al fin la cuartase quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a chuparel ángel mío! Me costaba trabajo no saltar dealegría...

¡como me cuesta ahora!... Pero seamosgraves... seamos graves y cargantes comoel señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te hasarreglado para traerla? Cuéntame. ¡Qué caratenías ayer noche al abrir la puerta del salón!

—La cosa no era para menos. A las nueve fuia buscarla a casa de Jacoba. Ya te lo habrá dichoella. Me pasé allí cerca de dos horas. Ycomo si el diablo quisiera mortificarnos, la criaturachillaba sin cesar...

—Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego?

—¡Qué noche! Los chubascos se repetían sincesar. Las calles estaban perdidas, sobre todopor aquellos barrios extraviados. Me remanguélos pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómoiba a entrar manchado de barro en tu salón?Quise sostener el canastillo en un brazo y llevarel paraguas abierto en la otra mano. Fueimposible. A los pocos pasos me volví y le dejéel paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielosanto! ¡Qué angustia! El viento me bajaba acada instante el embozo de la capa, la lluvia meazotaba la cara y me entraba por el cuello. Teníamiedo que me mojase la niña. Además ibatemiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en aquelmomento! El viento soplaba a veces tan recioque me impedía dar un paso. Bien puedes creermeque estuve tentado a dar la vuelta y dejarlopara otro día.

—Lo creo sin que me lo jures. Demasiado séque te ahogas en un plato de agua.

Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención.Amalia soltó a reír y, abrazándoley besándole con efusión, exclamó:

—No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que note compadezco? El trance ha sido bien duro. Tehas portado como un héroe.

El conde, bajo el peso de aquellos elogios, seruborizó. La conciencia le gritaba que no losmerecía. Se acordó de la terrible prueba por queacababa de pasar Amalia, y dijo:

—¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer!¿Cómo te encuentras? Ha sido una imprudenciabajar tan pronto la escalera.

—¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy unaroca.

—Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendosdolores sin exhalar ni una queja!

—¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?—dijoponiéndole una mano en la boca.—

¿Has paridoalguna vez?

—Luego cuatro días solamente en la cama—prosiguióel joven separando dulcemente aquellamano y besándola al mismo tiempo,—y alquinto bajar al salón.

—Pues ya estás viendo que no me ha pasadonada. ¡Oh, si no llego a bajar ayer, de fijo Quiñonesme manda al médico! Ya desde el segundodía estaba empeñado en que subiese... Pero¿no sabes? Está enamorado, loco por la chiquilla.Toda la mañana ha tenido a la nodriza en sucuarto. ¡Y se le ocurren unas cosas tan peregrinas!Dice que esta niña nos la envía Dios paraconsolarnos de no tener familia...

El conde volvió a ponerse serio, taciturno,mientras en los labios de la dama se dibujabauna sonrisa de cruel ironía.

—A todo esto no has preguntado por ella, padredesnaturalizado—dijo metiendo sus dedosfinos y blancos por la gran barba rizosa y bermejade su amante.—Porque eres su padre, sí,su padre. ¿A que no lo niegas?—añadió acercandocon mimo su rostro al de él y poniéndole loslabios en el oído.—Voy a traértela.

—Pero ¿va a venir el ama?—preguntó él conterror.

—No, hombre, no—replicó riendo.—Vendráella solita. Verás qué bien camina ya.

El conde abrió los ojos con una expresión estúpidaque la hizo reír aún más. Se puso en piey abriendo la puerta cuchicheó un instante conJacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabode pocos minutos la obesa medianera abrió otravez la puerta cautelosamente y les entregó laniña dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansaren su regazo. Ambos la contemplaronlargo rato en silencio con éxtasis, pendientes dellevísimo soplo que hinchaba y deshinchabaaquel tierno cuerpecito. Fue un instante feliz.El conde, olvidado de sus temores, se calmó:una sonrisa de vivo placer se esparció por sufisonomía dulce y melancólica. Trascurrían losminutos, y ni uno ni otro rompían aquel silenciodichoso ni se distraían un punto de la atenciónintensa en que sus espíritus se confundían.Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacitode carne rosada se reflejaba igualmente ensus ojos y ataba con hilos invisibles sus almasy sus vidas.

—¡Qué hermosa es! Se parece a tí—murmuróel conde con tan blando acento que apenas sillegó a los oídos de su amante.

—Aún más a tí—respondió ésta en la mismavoz apagada.

Luego, por un movimiento simultáneo, ambosvolvieron la cabeza y se miraron larga, intensamente,con amor.

—Te adoro, Amalia—dijo él.

—Te quiero, Luis—respondió ella. Sus manosse buscaron y se apretaron tiernamente: sus cabezasse inclinaron para cambiar un beso casto.

IV

Historia de aquellos amores.

Casto, sí. Quizá el primero en sus yalargos amores. Todo lo que de tiernoy poético se desprendía de ellos, comoun perfume, vino de pronto a embriagarlos, ahacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento,que pesaba sin cesar en el alma delicadadel conde, la agitación insana que a ambosatormentaba, el ardor, la violencia, la amarguraqué iba oculta en el fondo de sus deliquios amorososcomo el gusano en el cáliz de la rosa. Noquedó más que el amor puro, el amor satisfecho,el amor consagrado por la santa y misteriosafuerza de renovación que habita en el seno de lanaturaleza.

¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas vecesse habían repetido esta frase de los adúlteros!Si se hubieran conocido antes, probablemente sehubieran separado sin sentir

el

más

insignificantemovimiento

de

atracción.

El

amor

se

alimentaprincipalmente de dificultades, le placen los terrenosmovedizos batidos por la borrasca. El deellos no pudo hallar tierra más adecuada ni circunstanciasmás favorables para su germinación.

Como se sospechaba en Lancia, el matrimoniode Amalia con D. Pedro fue impuesto aaquélla por su familia, que agonizaba de hambre.D. Antonio Sanchiz, padre de la dama, eraun mayorazgo valenciano que había consumidocon el juego y las mujeres las tres cuartas partesde su hacienda. La cuarta que restaba se encargóde consumirla por los mismos medios suhijo primogénito, que había heredado idénticosgustos. Amalia era la última de los cinco hermanos,cuatro hembras y un varón. Su hermanaprimera, a quien habían tocado aún algunos rayosdébiles del esplendor de la casa, logró casarventajosamente con el hijo de un banquero rico.Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio nisu hijo Antoñito pudieron ver el color de lasmonedas de su yerno y cuñado respectivamente.Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos,pero sin dinero. Amalia floreció enmediode la total ruina de su casa. Ni su figuragraciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieronpara llamar la atención de los hombres.El conocido desastre de la casa y la deplorablereputación de su padre y hermano pusieron entorno de ella una valla que ninguno se atrevía asaltar.

Bien lo echó de ver enseguida y rehuyóenamorarse de los que, por pasatiempo o galantería,la festejaban. No era tipo acabado de belleza;faltábale gallardía en la figura, amplitud deformas, color en las mejillas. Mas apesar de sucuerpecito menudo y no del todo bien conformado,y de la palidez constante de su rostro,poseía especial atractivo, que cuantos la veían,y aún más los que la trataban, se complacíanen afirmar. Provenía éste principalmente desus grandes ojos negros expresivos: el alma seasomaba a ellos reflejando las más leves y fugacesemociones; ora ardían con fuego maliciosorevelando la pasión recóndita, insaciable, ora seaquietaban extáticos, límpidos,

en

arrobo

místico;ahora

brillaban

alegres

y

bulliciosos,

enseguidamelancólicos, tan pronto secos como húmedos,tan pronto tiernos como iracundos. Provenía tambiénde su movilidad, de la agudeza de su ingenioy del metal de su voz simpático e insinuante.Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.

No se sabe si por orgullo o porque realmentesu temperamento ardiente y borrascoso le solicitasea ello, mostrose desdeñosa con los jóvenesricos que galantemente la requebraban sin decidirsea pedir su mano, y entregó el corazón aun muchacho humilde, a un escribientillo del gobiernopolítico con cuatro mil reales de sueldo,hijo de un maestro de escuela. La sangre azulde los Sanchiz brincó de cólera en las venas deD. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas yhasta en las del banquero, su cuñado, que nola tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución.Pero como no le faltaban ánimos y estabadotada además de un espíritu ingenioso ytravieso, fértil en toda clase de diabluras, es locierto que se burló de ellos largo tiempo, quede nada valieron los ruegos, las amenazas, ni latemporada que la tuvieron recluida en un convento.Si el escribiente no llega a morirse deuna tisis que le concluyó en pocos meses, es casiseguro que la muy noble y necesitada casa delos Sanchiz sufriera el baldón de emparentar conel hijo de un maestro de escuela.

Después de esta aventura, Amalia quedó bastantedesprestigiada en la población.

Pero ellabien sabía que, aunque hubiera mantenido incólumesu prestigio, sería lo mismo. Los hombresno se casan por el prestigio, sino por el dinero.No se le ocurrió, pues, sentir remordimientospor lo pasado. Vivió triste y resignada dos añosmás, mostrándose indiferente a los placeres propiosde su edad, sin hacer nada para granjearsela voluntad de los jóvenes y ganar un marido.Cuando ya iba cerca de los veinticuatro abriles,y podía darse por perdida la esperanza de matrimonio,fue cuando a D. Pedro Quiñones, sutío tercero o cuarto, se le ocurrió acordarse deella. Resistió el casarse con aquel señor, que sólohabía visto de niña dos o tres veces, viudo hacíapoco tiempo, y cuyas extravagancias conocíapor oírselas narrar entre carcajadas a su padrey hermano, ¡los mismos que ahora la apretabanpara que le aceptase por marido!

No fue muytenaz, sin embargo, en su resistencia. Estabatan desengañada, vivía enmedio de un aburrimientotan plomizo, de una indiferencia tan soñolienta,que así que vio a su padre colérico,después de haberla suplicado con vivas instancias,se dejó arrancar el sí. Decían todos queaquel matrimonio era la salvación de la familia.No se metió a averiguar si era verdad o purailusión. Después de casada supo que todo lo quesu padre pudo sacar de D. Pedro fue una exiguapensión, con la cual a duras penas podía comer.

El noble vástago de los Quiñones de León seenamoró perdidamente de aquella estatua de hielo.En el viaje que hicieron desde Valencia aLancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspectay tan cortés al mismo tiempo, queD. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos.En Lancia, ya sabemos por la voz pública,digna de creerse en este caso, lo que pasó.

La negativa persistente, los desprecios infinitoscon que le regaló por mucho tiempo, lejos deenfriarle, encendieron más su pasión. Era Quiñones,como ya sabemos, hombre fogoso, terco,de voluntad indomable. Los obstáculos le irritaban,llegaban a enloquecerle. Quiso vencer elcorazón de su esposa y no perdonó medio paraello: la colmó de atenciones, mimó sus gustosmás insignificantes, viviendo por varios mesesen perpetua congoja, en una verdadera fiebre deesperanzas, tan pronto vivas como muertas.Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la astuciade su amigo el canónigo. Aquel aconsejadoviaje por las montañas, lleno de sustos y peripecias,le conquistó, si no el amor de su esposa,por lo menos sus favores.

En los dos primeros años de matrimonio Amaliahizo una vida retraída, sin salir apenas delchurrigueresco palacio de la calle de SantaLucía. Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndoseen hacerlo más insoportable, agitadapor una cólera sorda que amenazaba estallara cada instante: en la apariencia tranquila,aceptando gustosa su papel, tratando con superioridadcortés a los que se la acercaban.

Eldesgraciado accidente sobrevenido a su esposodistrajo un poco su hastío e infundió en sucorazón momentáneo sentimiento de piedad.Durante algún tiempo se creyó llamada a desempeñarcerca de él los oficios de hermana dela caridad, a cuidarle con afectado cariño parahacerle menos insoportable aquel terrible castigo.No tardó mucho en fatigarse. Poco a pocose fue aficionando a la tertulia que por lasnoches se formaba en torno de su esposo, comenzóa interesarse en las conversaciones de políticalocal y a intervenir en ella más o menosdirectamente. D. Pedro era el arbitro de la provinciamientras se hallaba en el poder el partidomoderado. Ahora, que estaba debajo, conservabano obstante muy alto prestigio y no poca influencia,en el temor de que no tardaría en ponerseencima. Para aumentar este prestigio y estainfluencia y dar mayor realce a la riqueza ypoderío de la casa, Amalia, que halló aquí mediode distraerse, abrió sus salones a la sociedadlaciense, que hasta entonces había tenidosiempre alejada; algunas visitas de cumplido ynada más. Dio conciertos, menudeó las reunionesde confianza, y de vez en cuando, en ciertassolemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta.Con esto recobró su perdida energía, aquellagraciosa y simpática movilidad que la caracterizaba;volvió la sonrisa a sus ojos, la frase agudaa sus labios. Nadie supo jamás honrar con másamabilidad y más gracia a sus tertulianos. Fuemodelo de gentileza y cortesanía. Se hizo adorarde la juventud, a quien proporcionó gratísimorecurso para matar las interminables nochesdel invierno.

Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellosornamentos de sus conciertos y saraos. Enpos de ella vino el conde de Onís, su novio. Elconde era visita de la casa de Quiñones, perosólo iba de tarde en tarde, con motivo de algúncumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo,Quiñones alimentaba por él profunda simpatía.Bastaba que perteneciese a la nobleza paraque el linajudo hidalgo le juzgara superior en todosconceptos a los demás seres de la población.Amalia, que apenas le conocía, comenzó a observarlecon viva curiosidad. Tanto se le habíahablado de él, del cariño y respeto que profesabaa su madre, de su humor melancólico, de sushabilidades, de su piedad exagerada, que deseabatratarle con intimidad; quería penetrar en elalma de aquel mancebo tan apuesto y tan inocente.No tardó en convencerse de que el amoraún no había prendido en ella. Observando conatención sus relaciones con Fernanda, percibióen ellas un dejo de frialdad que no venía ciertamentede la rica heredera.

Conoció que el condese engañaba a sí mismo haciendo esfuerzos porquedar enamorado, y aún más por aparecerlo.Tomaba sus amores como una obligación honrosaque le exigían sus años y posición. El jovenmás principal de Lancia debía amar a laniña más rica y más bella. Por otra parte, parecíacomo si quisiera demostrar a la poblaciónque no era un extravagante o un maniaco, comoalguna vez había oído insinuar. Por eso se leveía cumpliendo estrictamente los deberes delperfecto galán, paseando un par de horas por lamañana en la calle de Altavilla, donde vivía sunovia, acompañándola los domingos en el paseo,sentándose a su lado en la tertulia de las señoritasde Meré o en la de Quiñones, y bailando conella todos los rigodones en los saraos del Casino.Pero al mismo tiempo Amalia echaba de ver quesus pláticas eran frías, que el conde estaba taciturnoy distraído muchas veces, mientras ella,con visible interés, hacía el gasto de la conversacióny procuraba mantenerla viva.

Aquellos amores le fueron interesando cadavez más: buscó las confidencias de ella y tambiénlas de él. Al poco tiempo su alma ardiente,sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis,tímida, infantil, llena de piedad y ternura. Másmaestra en el arte de hacerse amar que laniña de Estrada-Rosa, logró pronto inspiraral conde confianza y afecto; le envolvió en unamalla espesa de confidencias, no sólo referentesa sus amores, sino de toda la vida. Le confesótan bien como el más hábil jesuita.

Luis,seducido por tanto interés, le fue abriendo supecho dándole cuenta primero de sus costumbres,luego de los actos de su vida pasada, por últimode sus sentimientos más recónditos, de aquellosque sólo se confiesan a un hermano. A Amaliano le sorprendían en la apariencia tales originalesy morbosas psicologías; las aceptaba comocosas naturales, daba su opinión acerca de ellasy se autorizaba cariñosamente el aconsejarle,reprenderle a veces, guiarle en ciertos asuntosde la vida, cuyo complicado mecanismo ignorabael conde por Completo. Alentado por este juegohabilísimo, se iba confiando cada vez más, seentregaba por completo, feliz con desembarazarsede tanto pensamiento ridículo, con confesaraquella extraña y dolorosa timidez que leatormentaba.

Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernandahaciéndose confidente y protectora decididade sus amores. Si mantenía ratos larguísimosde conversación particular y animadacon el conde, no menos largos y animadoslos gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamenteaquella protección, que se traducíaen ocasiones buscadas por la dama para que losnovios pudieran verse y hablarse, para reconciliarloscuando estaban reñidos, etc., etc. Massin que la inocente niña lo sospechase, sin que elmismo conde se diese cuenta de ello, la dama valencianaiba ganando a paso de carga el corazónde éste. Si en juventud, en hermosura y gallardíaera, sin disputa, inferior a la rica heredera, laaventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro,en el atractivo de su conversación y en lafinura de su inteligencia.

De confidencia en confidencia,Luis llegó a mostrarle cuál era el verdaderoestado de su corazón respecto a Fernanda.La astuta señora supo sacar partido de tales confesionespara hacerle ver que lo que sentía erasólo admiración de aficionado a las obras bellasde la naturaleza, un deseo vanidoso de hacerseamar por la joven más linda y más rica de laciudad, necesidad de distraer el aburrimiento,cualquier cosa, en suma, menos el verdaderoamor. Éste se alimenta de tristezas negras, dealegrías inefables, de insomnios, de zozobras,de una agitación dulce y amarga a la vez queconstantemente llevamos dentro del pecho. Luisse convenció pronto. Pero ella encontraba sufrialdad injustificada, no comprendía cómo unhombre de tan buen gusto no había logrado enamorarseperdidamente, le reñía, le embromaba,subiendo hasta las nubes las cualidades de lagentil heredera.

Mientras esto decía con los labios, sus ojospregonaban otra cosa. Aquellas pupilas negrasllenas de fuego e inteligencia se clavaban en élcon expresión unas veces lánguida, otras maliciosa,concluyendo por fascinarle. Al mismotiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrataaprovechaban cualquier coyuntura pararozar las suyas; al despedirse le apretaban contenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinabanambos para contemplar cualquier objeto y suscabezas se tocaban, Amalia no separaba la suya,dejaba que el conde aspirase la fragancia de ellalargo rato cual si tratase de envenenarle. Sepreocupaba de sus trajes y le imponía sus gustos.No debía ponerse levita; el frac azul le sentabaadmirablemente. ¿Por qué gastaba guantesoscuros? Le prohibió, riendo, que se los pusieramás. Para las corbatas confesaba que tenía muchogusto, pero le sentaban mejor las de lazoque las chalinas.

¿Por qué no se encargaba aMadrid los sombreros? Los que llegaban a Lanciaeran todos rancios y ridículos. Y el condeobedecía gustoso sus insinuaciones, se iba dejandodominar por el ascendiente de aquellamujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad.

Una noche en que llegó a casa de Quiñonescuando aún no había nadie, le dijo la dama bruscamente:

—¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en elojal, Fernanda?