El Maestrante by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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EL

MAESTRANTE

NOVELA

POR

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

MADRID

TIPOGRAFIA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ

IMPRESOR DE LA REAL CASA

Libertad, 16 duplicado.

1893

ÍNDICE

I—La casa del maestrante

II—El hallazgo

III—La cita

IV—Historia de aquellos amores

V—Las bromas de Paco Gómez

VI—Las señoritas de Meré

VII—El aumento del contingente

VIII—El vino de Fernanda

IX—La mascarada

X—Cinco años después

XI—La cólera de Amalia

XII—La justicia del barón

XIII—El martirio

XIV—La capitulación

XV—Josefina duerme

I

La casa del maestrante.

A las diez de la noche eran, en toda ocasión,contadísimas las personas quetransitaban por las calles de la nobleciudad de Lancia. En las entrañas mismas delinvierno, como ahora, y soplando un viento delnoroeste recio y empapado de lluvia, con dificultadse tropezaba alma viviente. No quiere estodecir que todos se hubiesen entregado al sueño.Lancia, como capital de provincia, aunque node las más importantes, es población donde yaen 185... se había aprendido a trasnochar. Perola gente se metía desde primera hora en algunastertulias y sólo salía de ellas a las once para cenary acostarse. A esta hora, pues, solían tropezarsealgunos grupos resonantes que caminabana toda prisa resguardados por los paraguas;las señoras rebujadas en sendos capuchonesde lana, alzando las enaguas con la manoque les quedaba libre; los caballeros envueltosen sus pañosas o montecristos, los pantalonesenérgicamente arremangados, rompiendo el silenciode la noche con el áspero traqueteo de lasalmadreñas. Porque en aquella época eran muypocos todavía los que desdeñaban este calzadopatriótico y confortable. Tal cual pollastre quepor haber estado en Valladolid estudiando medicinase creía por encima de estas ruindades y algunaque otra damisela melindrosa que afectabael no saber andar con ellas.

De coches no había que hablar, pues sólo existíantres en la población, el de Quiñones, el dela condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Esteúltimo era el único que no alcanzaba el mediosiglo de antigüedad. Cuando cualquiera de lastres carrozas salía a la calle, rodeábala un enjambrede chiquillos y seguíanla buen trecho en testimoniode incondicional entusiasmo. Los vecinosen lo interior de sus moradas distinguían, porel estrépito de las ruedas y el chasquido de lasherraduras, a cuál de los magnates mencionadospertenecía. Eran, en suma, tres instituciones venerandasque los hijos de la ciudad sabían amar yrespetar. Contra la lluvia que cae sobre ella másde las tres cuartas partes del año no se conocíanentonces otros preservativos naturales que el paraguasy las almadreñas. Poco después vinieronlos chanclos de goma y recientemente tambiénse introdujeron los impermeables con capuchón,que trasforman en ciertos momentos a Lanciaen vasta comunidad de frailes cartujos.

El viento soplaba más recio en la travesía deSanta Bárbara que en ningún otro paraje de lapoblación. Esta vía, abierta entre el palacio delobispo y las tapias de un patinejo de la catedral,donde viene a caer la cadena del pararrayos, pasaa su terminación por debajo de un arco y formalóbrego recodo en que el huracán se encalleja yclama y se lamenta en noches tan infernales comola presente.

Un hombre embozado hasta los ojos atravesóvelozmente la plazoleta que hay delante de lamorada de los obispos y entró en este recodo.La fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetrandoentre el embozo de la capa y el sombrero,le privó de la vista. Resistió unos instantesa pie firme la violencia de la ráfaga, y en vezde soltar alguna interjección enérgica, que nuncafuera más al caso, dejó escapar un suspiro deangustia.

—¡Ay, Jesús mío, qué noche!

Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegósus ímpetus siguió su camino. Pasó por debajodel arco que comunica el palacio con la catedraly entró en la parte más desahogada y esclarecidade la travesía. Un reverbero de aceiteengastado en la esquina servía para iluminarlatoda. El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundadopor la gran mariposa de hoja de lata, paraenviar alguna claridad a los confines de su jurisdicción.Pero, más allá de diez varas en radio,nada hacía sospechar su presencia.

Sin embargo,a nuestro embozado debió parecerle una lámparaEdison de diez mil bujías, a juzgar por el cuidadocon que se subió aún más el embozo y laprisa con que abandonó la acera para caminarceñido a la tapia del patio en que las sombras seespesaban. Salió en esta guisa a la calle de SantaLucía, echó una rápida mirada a un lado y aotro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. Lacalle de Santa Lucía, con ser de las más céntricas,es también de las más solitarias. Está cerradaa su terminación por la base de la torre dela basílica, esbelta y elegante como pocas en España,y sólo sirve de camino ordinariamente alos canónigos que van al coro y a las devotas quesalen a misa de madrugada.

En esta calle, corta, recta, mal empedrada yde viejo caserío, se alzaba el palacio de Quiñonesde León. Era una gran fábrica oscura de fachadachurrigueresca, con balcones salientes dehierro. Tenía dos pisos, y sobre el balcón centraldel primero un enorme escudo labrado toscamentey defendido por dos jayanes en alto relievetan toscos como sus cuarteles.

Una de las fachadas laterales caía sobre pequeñojardín húmedo, descuidado y triste ycerrado por una tapia de regular elevación; laotra sobre una callejuela aún más húmeda y suciaabierta entre la casa y la pared negra y descascarilladade la iglesia de San Rafael. Parapasar del palacio a la iglesia, donde los Quiñonesposeían tribuna reservada, existía un puenteo corredor cerrado, más pequeño, pero semejanteal que los obispos tienen sobre la travesía deSanta Bárbara. Por la viva claridad que dejabapasar la rendija de un balcón entreabierto advertíaseque los dueños de la casa no estaban aúnentregados al descanso. Y si la claridad no loacusara, acusábanlo más claramente los sonesamortiguados de un piano que dentro se dejabanoír cuando los latidos furiosos del huracán loconsentían.

Nuestro embozado siguió, con paso rápido yocultándose en la sombra cuanto podía, hasta lapuerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a echaruna mirada recelosa a entrambos lados de la calle,y entró resueltamente en el portal. Era amplio,con pavimento de guijarro como la calle,las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo,tristemente iluminado por una lámpara deaceite colgada en el centro. El embozado loatravesó velozmente, y sin tirar del cordón dela campana pegó el oído a la puerta, y así estuvoinmóvil algunos instantes en escucha. Cercioradode que nadie bajaba, tornó a la puerta de lacalle y enfiló otra mirada por ella. Al fin resolviosea abrir el embozo y sacó de debajo de lacapa un bulto que depositó en el suelo con manotemblorosa, cerca de la puerta. Era un canastillo.Estaba cubierto con una manta de mujer, locual impedía observar lo que en él se guardaba,aunque bien se presumía.

Desde Moisés, los canastillosmisteriosos parecen destinados a guardarinfantes. El rebozado, ya desarrebozado,tiró tres veces del cordón de la campana, y alinstante, desde arriba, abrieron por medio deotra cuerda. Las tres campanadas indicaba quequien entraba en la aristocrática mansión de losQuiñones era un noble, un par de los señores.Tiempo hacía que se estableciera esta costumbre,sin saber cómo. Un menestral, un criado, uninferior, por cualquier concepto, no llamaba sinocon una campanada; las visitas llamaban condos; y la media docena o poco más de personasque el linajudo señor de Quiñones considerabasus iguales en Lancia, lo hacían con tres, poracuerdo tácito o expreso, que eso nunca se averiguó.Murmurábase en la ciudad de tal diferencia:los que nunca habían pisado los salones dela casa, embromaban a los que a diario los visitaban:respondían éstos negando la especie; peroaunque secretamente humillados, respetaban lafeudal costumbre: nadie era osado a dar las trescampanadas del segundo estamento. Sólo PacoGómez se aventuró una vez a hacerlo por bromao fanfarronada; pero al llegar al salón se le recibiócon sorpresa y frialdad tan despreciativas,que no le quedaron ganas de repetirlo.

El hombre del canastillo se apresuró a entrary cerrar la puerta; atravesó el pórtico y subiópor la gran escalera de piedra, en cuyos peldañosgastados por el uso se rezumaba constantementealguna humedad. Al llegar al piso principal uncriado se acercó a recogerle la capa y el sombrero.Y sin aguardar más, como si alguien lepersiguiera, lanzose con presurosa planta a lapuerta del salón y la abrió. La viva luz de lasarañas y candelabros le ofuscó un instante. Eraun hombre alto, corpulento, de treinta a treintay dos años de edad, la fisonomía dulce y las faccionescorrectas: gastaba el pelo cortado a puntade tijera y la barba luenga, rubia y sedosa. Enaquel momento su rostro estaba pálido y revelabaprofunda inquietud.

En cuanto alzó los ojos, que la excesiva claridadle obligara a cerrar, enderezó la mirada ala señora de la casa, sentada en una butaca. Clavóella a su vez en él otra intensa y ansiosa.Fue un choque que dio instantáneo reposo a susfisonomías, como dos fuerzas iguales que se neutralizan.El caballero se detuvo a la puerta esperandoque cruzasen cinco o seis parejas quevenían girando al compás de un vals, y sus labiosdescoloridos se plegaron con sonrisa tandulce como triste.

—¡Qué tarde! No pensábamos que usted vinieraya—exclamó la señora alargándole sumano fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatroveces con intensa emoción al chocar con lade él.

Era una mujer de veintiocho a treinta años,menuda de cuerpo, el rostro pálido y expresivo,los ojos y el cabello muy negros, boca pequeñay nariz ligeramente aguileña.

—¿Cómo se encuentra usted, Amalia?—dijoel caballero, sin responder a la exclamación,ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que a supesar se le traslucía en lo tembloroso de la voz.

—Estoy mejor... Muchas gracias.

—¿No le hará a usted daño este ruido?

—No... Me aburría mucho en la cama... Además,no quería privar a las chicas del único recreoque hoy por hoy tienen en Lancia.

—Muchas gracias, Amalia—exclamó una jovencitaque venía bailando y oyó las últimas palabrasde la dama.

Ésta le dirigió una sonrisa bondadosa.

Otra pareja que venía detrás chocó con el caballero,que continuaba en pie.

—¡Usted siempre estorbando, Luis!

—A nadie más que a usted, María Josefa—respondióel joven, riendo con afectación paradisimular el embarazo que aún sentía.

—¿Está usted seguro de que a mí sola?—preguntóella alzando al mismo tiempo su miradamaliciosa hacia el caballero que la estrechabaen sus brazos.

María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cuarentaaños, y sus quince habían sido casi tan feos,pese al refrán, como sus cuarenta. Como no poseíatampoco bastante hacienda para restablecerel equilibrio, ningún valiente había llegado a redimirladel purgatorio de la soltería. Hasta hacíapoco tiempo todavía halagaba la esperanzade que, ya que no un pollo, por lo menos se arrojasea pedir su mano alguno de los indianos solterosque iban llegando a establecerse en Lancia.Fundábala en la tendencia que éstos mostrabana contraer matrimonio con las hijas delas familias distinguidas de la población, aunqueno llevasen dote. Pertenecía ella por la líneapaterna a una de las más ilustres; como queera pariente del señor de Quiñones, en cuya casanos hallamos.

Pero su padre había muerto, y vivíacon su madre, mujer de baja estofa, cocineraantes de subir al tálamo nupcial de su amo.Sea por esto o, lo que es más probable, por labien declarada y proverbial fealdad de su figura,tampoco los indianos picaron la carnada del anzuelo.Y eso que, con motivo o sin él, solía descotarsemás de la cuenta para hacer ostensiblelo que, según voz pública, tenía de menos maloen su cuerpo. El rostro era repulsivo, de faccionesincorrectas, hinchado por la erisipela y desfiguradoamenudo por algunas llamaradas rojizasque le subían a las narices. De sus ilusionesfemeninas no le quedaba ya más que una, la debailar: era una verdadera pasión: padecía horriblementecada vez que los descuidados pollosde Lancia la dejaban comiendo pavo. Pero sevengaba tan lindamente de ellos y ellas, poseíauna lengua tan acerada, que la mayor parte delos jóvenes le sacrificaban por lo menos un baileen todos los saraos: cuando se descuidaban,las mismas muchachas se lo recordaban, temiendolas iras de la feroz solterona. Bailaba, pues,tanto como la más linda damisela de Lancia,por razón opuesta, esto es, por el saludable terrorque había logrado inspirar. Ella lo sabía,y aunque humillada en el fondo del alma, no dejabade aprovecharse, optando por el que considerabamenor de los males. Poseía espíritu sagazy malicioso; veía muy bien el ridículo de lasacciones, narraba con gracia y estaba dotadaademás de un don particular para herir a cadapersona, cuando se le antojaba, en lo másvivo.

—¿Ha llegado ya el conde?—dijo una voz ásperaque salía del gabinete contiguo y se sobrepusoal tecleo del piano y a las pisadas de losbailarines.

—Sí: aquí estoy, D. Pedro... Voy allá.

El conde dio un paso hacia el gabinete, sinapartar la vista de la pálida señora. Ésta le clavóotra mirada intensa donde se leía una interrogación.Él cerró los ojos afirmando, y pasó a lainmediata estancia. Lo mismo ésta que el salónestaban amueblados sin lujo. Los próceres deLancia desdeñaban esos refinamientos del decorado,hoy tan usuales. No por avaricia, sino porentender con razón que su prestigio estribaba,más que en la riqueza o suntuosidad de las moradas,en el sello de respetable antigüedad queposeían, rechazaban en ellas cualquiera innovación,lo mismo interna que externa. Los mueblesenvejecían, se deslustraban; las alfombras y cortinasse iban rayendo. Los dueños aparentabanno fijarse en ello. Sobre todo, D.

Pedro Quiñonesmostraba una negligencia en este punto querayaba en jactancia. Ni los ruegos de su señora,ni las indirectas que algún osado, como PacoGómez, solía autorizarse bromeando, le decidíanjamás a llamar a los pintores y tapiceros. Se adivinababien que en esta resolución influía el desdéncon que miraba el lujo desplegado por algunosindianos en el mobiliario de sus casas.

El salón, en lo que toca a las dimensiones,era soberbio, amplio, elevadísimo de techo; ocupabatodos los balcones de la calle de Santa Lucía,exceptuando el del gabinete. La sillería antigua,pero no imitando formas de siglos remotos,como ahora se usa: estaba construida en elpasado al gusto de la época, y forrada de terciopeloverde ya gastado. La alfombra descubría eltejido por varios sitios. De las paredes colgabanalgunos tapices magníficos. Éste era el lujo dela casa. D. Pedro Quiñones poseía una colecciónde gran valor. Solía exhibirlos una vez al año,colgándolos de los balcones el día del Corpuspara el paso de la procesión. Decíase que uninglés le había ofrecido por ellos un millón depesetas. Poseía asimismo algunos cuadros antiguosde mérito, tan oscurecidos por el tiempoque, si una mano hábil no venía pronto a restaurarlos,concluirían por desaparecer. Lo úniconuevo que en el salón había era el piano, compradohacía tres años, poco después de casarseen segundas nupcias D.

Pedro.

El gabinete, también de gran tamaño, con unbalcón a la calle de Santa Lucía y dos al jardín,estaba peor decorado aún. Grandes cortinonesde damasco, dos armarios de roble sin espejo, unsofá forrado de seda, algunos sillones de vaqueta,una mesa redonda en el centro y algunas sillascorrespondientes al sofá; todo bien manoseado ymarchito. En torno de la mesa central, y alumbradospor enorme quinqué de aceite con pantallaverde, estaban tres caballeros jugando altresillo. El dueño de la casa era uno de ellos.Tendría de cuarenta y seis a cuarenta y ochoaños de edad; hacía tres que estaba enteramenteimposibilitado para moverse, de resultas de unataque apoplético que le paralizó las dos piernas.Era corpulento, rostro moreno y facciones bienacentuadas, enérgicas; el cabello y la barba, blanqueandoya por muchos puntos, fuertes, abundantes,encrespados; los ojos negros y hundidosde mirar imponente. En su fisonomía había unaexpresión de orgullo y fiereza que ni aun la sonrisaamistosa con que acogió al conde de Oníspudo extinguir por completo. Estaba reclinadomás que sentado en una butaca construida adredepara facilitarle el movimiento del troncoy los brazos, y arrimada a la mesa de lado a finde que le fuese posible jugar y tener las piernasextendidas. Aunque en la chimenea ardían algunostroncos de leña, se abrigaba con una talmade color gris cerrada al cuello con broche de oro.Bordada sobre ella, del lado del corazón, habíauna gran cruz roja de la orden de Calatrava. Elseñor de Quiñones prescindía pocas veces deesta talma, que le daba aspecto un poco fantásticoy teatral.

Siempre había sido extravagante en el vestir.Su orgullo le impulsaba a buscar el modo de distinguirsedel vulgo. En varias ocasiones se le viode levita cerrada, sombrero de copa y almadreñas:gastaba larga melena, como un caballero delsiglo diez y siete; vestía amenudo traje de terciopeloo pana con botas de montar; usaba botinescuando ya nadie se acordaba de ellos, y grandescuellos de camisa vueltos sobre el chaleco, imitandola antigua valona. Nunca se vio hombremás preciado de su nobleza ni con más afán deresucitar el prestigio y los privilegios de queaquélla gozaba en siglos pasados. El públicomurmuraba de sus extravagancias y muchos sereían de ellas, porque Lancia es una poblacióndonde abundan los espíritus humorísticos; pero,como siempre acontece, este orgullo desmedidoy feroz había concluido por imponerse. Los quecon más gracia se burlaban de las rarezas de donPedro eran los que con mayor sumisión y rendimientole quitaban el sombrero así que le veíande media legua.

Había vivido en la corte algún tiempo durantesus años juveniles, pero no echó raíces enella. Fue gentilhombre con ejercicio y disfrutóde las ventajas y preeminencias que su caudal ynacimiento le concedían; pero no bastaban a saciaraquel corazón henchido de arrogancia. Laextraña amalgama de la aristocracia de la sangrecon la del dinero le hería y le irritaba. El respetoque se concedía a los hombres políticos yque él mismo se veía obligado a tributar por razónde su cargo le encendía de ira. ¡Un hijo dela nada, un pelagatos pasar por delante de élcon la cabeza erguida, dirigiéndole una miradaindiferente o desdeñosa! ¡A él, descendiente directode los condes soberanos de Castilla! Porno sufrirlo y por el amor que profesaba a Lanciarenunció al empleo y vino a habitar de nuevoel churrigueresco palacio en que nos hallamos.La soberbia, o por ventura su carácter excéntrico,le hicieron cometer, en este período desu vida de mayorazgo solterón, mil extravaganciasy ridiculeces que asombraron y fueron el regocijode la ciudad mientras no llegó a acostumbrarse.D.

Pedro no salía jamás a la callesin ir acompañado de un su criado o mayordomo,hombre zafio, que vestía el traje del labriego delpaís, esto es, calzón corto con medias de lana,chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero calañés.Y no sólo salía con Manín (por este nombreera universalmente conocido), sino que lellevaba al teatro. Era de ver los dos en un palcoprincipal; él, rígido, correcto, paseando su miradadistraída por la sala; el criado, con las palmasde las manos apoyadas en la barandilla y labarba sobre las manos con la atónita mirada clavadaen el escenario, soltando bárbaras, ruidosascarcajadas, rascándose el cogote o bostezandoa gritos enmedio del silencio. Entraba con élen los cafés y hasta le llevaba a los bailes. Manínllegó a ser en poco tiempo una institución.D. Pedro, que apenas se dignaba hablar con laspersonas más acaudaladas de Lancia, sosteníaplática tirada con él y admitía que le contradijeseen la forma ruda y grosera de que era capazúnicamente.

—Manín, hombre, repara que estás molestandoa esas señoras—le decía a lo mejor hallándoseambos en cualquier tienda.

—Bueno, bueno; pues si quieren estar a gusto,que traigan de casa un jergón y se acuesten—respondíael bárbaro en voz alta.

D. Pedro se mordía los labios para no soltarel trapo, porque le hacían extremada gracia talesgroserías y brutalidades.

Si entraba en un café, Manín se atracaba decuarterones de vino tinto mientras él solía bebercon parquedad una copita de moscatel. Perosiempre pedía una botella y la pagaba, aunquela dejase casi llena. Mostrando por esta prodigalidadcierta extrañeza un boticario de la poblacióncon quien alguna vez se dignaba hablar, lerespondió con fría arrogancia:

—Pago una botella, porque me parece indecorosoque D. Pedro Quiñones de León pida unacopa como cualquier c...tintas de las oficinas delgobierno político.

Causaba asombro también en la ciudad el queal saludar a los clérigos en la calle les besase lamano, imitando la costumbre de los nobles enotros siglos. Este respeto no era más que un mediode distinguirse y acreditar su alta jerarquía,como todo lo demás.

Porque al capellán que teníaa su servicio, aunque le besaba la mano enpúblico, le trataba como a un doméstico en privado.Le guardaba muchas menos consideracionesque a Manín. Pero lo que verdaderamentedejó estupefacta a la población y se prestó a sinnúmero de comentarios y chufletas fue lo queD. Pedro hizo, poco después de llegar de Madrid,en cierta solemnidad religiosa. Se presentó en laiglesia con uniforme blanco cuajado de cordonesy entorchados, que debía de ser el de maestrantede Ronda. Al llegar el momento de la consagraciónen la misa, avanzó con paso solemnehasta el medio del templo, que se hallaba librede gente, desenvainó la espada y comenzó a esgrimirlasucesivamente contra los cuatro puntoscardinales, dando furiosas estocadas y mandoblesal aire. Las mujeres se asustaron, loschiquillos corrieron, la mayor parte de loshombres pensó que era un acceso de locura.Sólo los más avisados o eruditos entendieron quese trataba de una ceremonia simbólica y queaquellos mandobles al aire significaban que donPedro estaba resuelto, como caballero profesoque era de una orden militar, a batirse con todoslos enemigos de la fe, en cualquier paraje delmundo. El único periodiquito que se publicabaentonces en Lancia todos los domingos (hoyexisten once, seis diarios y cinco semanales) lededicó una gacetilla en que, con no poca gracia,se burlaba de él. Sin embargo, tales burlas públicaso privadas, como ya se ha indicado, noconseguían amenguar el prestigio de que el ilustreprócer gozaba en la ciudad. Quien se considerade buena fe superior a los seres que le rodean,tiene mucho adelantado para que éstos sele humillen. Además, D.

Pedro, apesar de susridiculeces, era hombre culto, aficionado a laliteratura y con pujos de poeta. De vez en cuando,y con ocasión de cualquier fausta nueva parala patria o familia real, escribía algunas décimaso tercetos en estilo clásico, un poco gongorino.Aunque algunas personas trataron de persuadirlea que los publicase, nunca esto se pudo acabarcon él. Profesaba tan sincero desprecio a todolo que reflejase el movimiento democrático denuestra era y muy especialmente a los periódicos,que prefería tenerlos manuscritos, conocidossolamente de un número reducido de amigos.Pasaba igualmente por hombre valeroso.En Madrid había tenido algunos duelos y en Lanciadejó de efectuarse uno entre él y cierto jefepolítico que los progresistas mandaron a estaprovincia, por la intercesión del obispo y cabildocatedral.

Al llegar a los cuarenta años, poco más o menos,casó con una señora aristócrata también,que habitaba en Sarrió. Murió su esposa al año,a consecuencia del parto. Tres años despuéscontrajo de nuevo matrimonio con Amalia, damavalenciana algo emparentada con él. Apenas seconocían. D. Pedro la había visto en Valenciacuando ella contaba catorce años. El matrimonioque se realizó diez años después pactose pormedio de cartas, previo el cambio de retratos.Se daba por seguro que la voluntad de la noviahabía sido forzada, y aun se decía que durantealgunos meses se había negado a compartir eltálamo con su marido. Todavía más. Se contabaen Lancia con gran lujo de pormenores elviaje que por consejo de un canónigo hizo donPedro con su esposa para inspirarla confianza yacortar, entre las peripecias del camino y la descomodidadde las posadas, la distancia moral ymaterial que los separaba.

Cumplidas las profecíasdel astuto capitular y realizados todos losfines del matrimonio, el cielo no quiso sin embargobendecirlo. Poco tiempo después D.

Pedroexperimentó el terrible ataque apopléticoque le paralizó de medio cuerpo abajo, y desdeentonces no hubo términos hábiles para la bendición,aunque la Providencia estuviese animadade los mejores deseos.

—Nos hace falta un cuarto—dijo apretandocon efusión la mano del conde.

—Sí, sí, a ver si cambia la suerte... Moro nosestá llevando el dinero bravamente—

dijo un viejecitode cara redonda, fresca, rasurada, el peloblanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marcadoacento gallego. Se llamaba Saleta y era magistradode la audiencia y tertulio asiduo de lacasa de Quiñones.

—¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo ganodoscientos tantos. Faltan trescientos para desquitarmede lo que he perdido ayer—manifestóel aludido, que era un joven de fisonomía abiertay simpática.

—¿Y por qué no han llamado ustedes a Manín?—preguntóel conde dirigiendo una miradarisueña al célebre mayordomo, que, con su calzóncorto, zapatos claveteados y chaqueta de bayetaverde, dormitaba en una butaca.

Las miradas de los tres se volvieron hacia él.

—Porque Manín es un bruto que no sabe jugarmás que a la brisca—dijo D. Pedro riendo.

—Y al tute—manifestó el gañán, desperezándosegroseramente, abriendo una boca de acuarta.

—Bueno, y al tute.

—Y al monte.

—Bien, hombre, y al monte también.

Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él.

Pero al cabo de un momento volvió a decir:

—Y al parar.

—¿Al parar también?—preguntó en tono deburla el conde de Onís.

—Sí, señor, y a las siete y media.

—¡Vaya! ¡vaya!—exclamó aquél distraídamente,abriendo el abanico de cartas y examinándoloatentamente.

Y siguieron jugando con empeño, absortos ysilenciosos. El mayordomo les interrumpió denuevo, diciendo:

—Y al julepe.

—¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majadero—exclamóásperamente D. Pedro.

—¡Manjadero! ¡manjadero!—masculló el aldeanocon mal humor.—Otros hay tan manjaderos;pero como tienen dinero no hay quien selo llame.

Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldasen el sillón, estiró las patas y cerró los ojospara roncar.

Los jugadores levantaron la vista hacia donPedro con sorpresa e inquietud. Este la clavócolérica en su mayordomo; pero, al verle enaquella tan sosegada postura, cambió repentinamente,y alzando los hombros y convirtiendo denuevo los ojos a las cartas, exclamó con sonrisa,alegre:

—¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo!

—¡Alto, Sr. Quiñones, alto!—dijo Saleta.—Lossuevos han acampado solamente en Galicia.Ustedes no son más que cántabros... Precisamenteyo debo saber bien eso...

—¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!—manifestó uncaballero no tan viejo, si bien pasaría de los cincuenta,que entraba a la sazón. D. Enrique Valero,magistrado de la Audiencia también, hombrede agradable porte, de rostro fino y expresivo,aunque extremadamente marchito por lavida alegre que había llevado. Como lo denunciabasu acento, de lo más cerrado y ceceosoque puede oírse, era andaluz y de la provinciade Málaga.

—No lo sé todo, amigo Valero—repuso concalma Saleta;—pero conozco perfectamente lahistoria de mi país y las particularidades referentesa mi familia.

—¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo delo zuevo, compañero?

—Porque mi familia desciende de uno de loscaudillos más principales que penetraron en laprovincia de Pontevedra cuando la irrupción,según consta de varios documentos que se conservanen el archivo de mi casa.

Los jugadores cambiaron una risueña miradade inteligencia con Valero.

—¡Ajá!—exclamó éste entre alegre e irritado.—Ahorarezulta que el amigo Zaleta ez unzuevo como una catedral.—¡Quién lo había depenzá, tan rebajuelo y tan chiquitín!

—Sí, señor—prosiguió el otro, como si nohubiera oído, hablando con lentitud y firmeza.—Elcaudillo que dio origen a nuestra familiase llamaba Rechila. Era hombre al parecerferoz y sanguinario. Gran conquistador; extendiósus dominios muchísimo, y hasta me pareceque llegó en sus correrías hasta Extremadura.Un día, siendo yo niño, se encontró su coronaenterrada entre los cimientos de la antiguacapilla de nuestra casa...

—¡Pero, hombre! ¡pero, hombre!—exclamóValero mirándole fijamente con una cómica indignaciónque hizo soltar la carcajada a losdemás.

Saleta prosiguió imperturbable describiendoel hallazgo, la forma, el peso, cada uno de losadornos; no se le olvidó un pormenor.

Y Valero mientras tanto no apartaba de él lamirada, sacudiendo la cabeza con creciente irritación.

Todas las noches pasaba lo mismo. El descaradomentir de su colega provocaba en el magistradoandaluz una indignación a veces fingida,otras real, que siempre alegraba a la compañía.Era tan insólito que un gallego se atreviese abravear de exagerado y embustero delante de unandaluz, que éste, herido en su amor propio y enlos fueros de su país, llegaba en ocasiones a enfadarse,dudando si Saleta era un tonto o por talestenía a los que le escuchaban. En realidad elmagistrado de Pontevedra mentía con tan pocagracia y al mismo tiempo con tal firmeza, queera cosa de pensar si sería un pícaro redomadoque se gozaba en impacientar a sus amigos.

—¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo hallegao a Eztremadura?—preguntó al fin Valeroen tono decidido.

—Sí, señor.

—Pue me parece, compare, que eztá uztéequivocao, porque eze zeñó Renchila...

—Rechila.

—Bueno, eze Rechila ha ido máz allá, ha corríohazta la provincia de Málaga; pero allí lezalío al encuentro una partía de vándalos de lacual era jefe uno de miz azcendiente, que ze llamabazi mal no recuerdo... ezpere un poco...ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte Matalaoza,que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotócompletamente, le hizo prizionero y le tuvo tirandode una noria hazta que ze murió. Todavíaze conzervan en lo zótano de caza algunopeazo de la maquinita.

D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís habíansuspendido el juego y reían sin rebozo alguno.

—No puede ser. Rechila no ha pasado de Mérida,que ha conquistado después de un cortoasedio—manifestó Saleta sin turbarse poco nimucho.

—Dispenze uzté, amigo; en el archivo de micaza hay documentoz que acreditan que el zeñóRenchila ha entrao una mijita por la provinciae Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo,por la línea de madre, ni pa Dioz quizo deharleseguí ma adelante.

—Permítame usted, amigo Valero; me pareceque está usted en un error. Ese Rechila debe deser otro. Entre los suevos ha habido varios Rechilas...

—No zeñó, no... El Rechila que ha derrotaomi abuelo era el antepazao de uzté...

Eztoy zeguro...De la provincia de Pontevedra... Ze leconocía enzeguidita por el acento.

Y afectaba gran seriedad al proferir estas frases.La alegría de los jugadores era cada vez mayor.Saleta, acostumbrado a las burlas de sucolega, no se amoscaba ni perdía un punto de suirritante flema. La desvergüenza de este hombrepara mentir y sostener luego sus mentiras erainaudita.

Cuando vio la inutilidad de seguir disputando,atendió nuevamente al juego. Los demás hicieronlo mismo, aunque de vez en cuando se les escapabapor la nariz el flujo de la risa.

Jaime Moro seguía ganando. Y se mostrabaalegre y charlatán, comentando cada una de lasjugadas con prolijidad. Era un guapo joven debarba negra recortada, facciones correctas, ojosrasgados sin expresión y tez suave y sonrosada.Su padre, administrador diocesano que había sidoen aquella provincia, se murió el año anterior, dejándoleuna regular hacienda, setenta u ochentamil duros, según los bien enterados.

Este capitalen Lancia le hacía un verdadero potentado. Nohay para qué decir que fue el blanco de todos lostiros de las niñas casaderas, su ideal, su sueñodorado. Moro parecía poco inclinado al sexo femenino.Amaba infinitamente más a Mercurioque a Venus. Su afición al juego, a toda clasede juegos, era tan desmedida que bien podía decirseque su vida entera estaba consagrada aella, que había nacido para jugar. Vivía solo, conama de llaves, criado y cocinera. Levantábasede diez a once de la mañana, y después de acicalarsese iba a la confitería de D.ª Romana,donde hallaba sabrosa compañía que le enterabade todos los cuentos que corrían por la población.Así que echaba a un lado esta tarea metíaseen la trastienda oscura, grasienta, pringosa,con un olor a hojaldre que derribaba, ysentándose a una mesa que correspondía en untodo al decorado del recinto, se ponía a jugar lacopa de Jerez y los pasteles al dominó con suíntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de losmuchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetasde renta que residían en Lancia. A las dos a comer.A las tres al Círculo Mercantil a comenzarcon tres de los indianos, que formaban el núcleode aquella sociedad de recreo, el clásico chapó,que se prolongaba ordinariamente hasta las cinco.Y vamos corriendo a casa del muy ilustre señordeán de la catedral basílica, donde nos esperaeste señor en compañía del maestrescuela y delcura de San Rafael para ventilar el tresillo cotidiano.Cuando el chapó se prolongaba algo más delo acostumbrado, solía venir un monaguillo alCírculo para avisarle de que sus compañeros estabanreunidos. Y entonces Moro se apresuraba adar los tres o cuatro tacazos definitivos, y entreuno y otro se hacía poner el abrigo por el mozopara no perder tiempo, y pagando o cobrando conmano nerviosa el saldo de su cuenta, corría desaladocon la lengua fuera hasta casa del deán. Eltresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa acenar. A las nueve, escapado a la de D. PedroQuiñones, a empalmarlo.

Otras noches a la deD. Juan Estrada-Rosa a lo mismo. A las doce alCasino, donde se reunían unos cuantos trasnochadoresy jugaban al monte o la lotería un rato.Por último, a las dos o las tres de la madrugadaJaime Moro caía en su lecho rendido de tan laboriosísimajornada, para comenzar al día siguienteotra enteramente igual.

Ni se piense que era un joven codicioso. Nadade eso. Su liberalidad era conocida y loada portoda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansiadel dinero, sino una decidida y desinteresadavocación que se había sobrepuesto en él a todaslas demás aficiones.

Era el suyo un temperamentoexcesivamente activo, sin inteligencia nivoluntad para darle un fin serio y útil. En suscortos momentos de ocio aparecía como hombresosegado, indiferente, linfático; pero así que teníalas cartas en la mano, o el taco, o las fichasdel dominó, adquiría su figura brío inusitado,el rostro se le mudaba, las manos se estremecíancomo potros refrenados, los ojos expresaban laenergía recóndita de su alma. Inspiraba generalessimpatías en la población y las cercanías.

Nohabía hombre más dulce, más inofensivo en sutrato. Jamás se le oyó hablar mal de nadie. Losque ven siempre la parte negra de las cosas deeste mundo y el lado flaco de los caracteres, quevan siendo cada vez más, por desgracia, sosteníanque si no murmuraba era porque no sabía,que era tan bueno porque no podía ser otra cosa.¡Como si no hubiera necios perversos! Un defectotenía Moro, hijo de su misma afición. Seconsideraba insuperable en todos los juegos aque se dedicaba. No se le podía negar gran maestríaen ellos; pero de aquí a no tener rival haymucha distancia, y Moro la salvaba. De estoprocedían los prolijos, eternos comentarios conque sazonaba cada jugada, y que ya habían llegadoa ser proverbiales en Lancia. Daba un tacazoen el billar. Las bolas no rodaban como sehabía propuesto. Se llevaba la mano a la cabezacon desesperación.

—¡Un poquito menos de bola, y la mía hubieraentrado por los palos!... Pero me veía obligadoa tomar mucha bola, para que el mingobajase; porque si no baja el mingo, ¿sabe usted?él me hace villa y se mete en casa... ¡Y a mí nome conviene eso!

Si los circunstantes asentían, aunque perdiesetodas las mesas no le importaba nada.

Salvadasu honra profesional, el dinero era lo de menos.Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo.No cesaba de hablar. Pues otro tanto pasaba enel tresillo; pero, al revés de lo que suele acaeceren este juego, se abstenía de reprender a suscompañeros y de mostrarse enojado. Hablaba,sí, y mucho; pero siempre para aclarar o glosarcualquier jugada, repitiendo infinitamente losconceptos en tono elocuente y persuasivo, quehacía sonreír a los mirones. «Si no me hubierafallado el rey... Si hubiera tenido un triunfitomás... No me atreví a dar la bola porque mefiguré que D.

Pedro... ¿Por qué este tres de copasno había de ser de oros?... Con dos estuchessiempre ha tirado una vuelta este cura.» Era uncompañero ruidoso, pero muy fino y muy desinteresado.

—Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar?—le dijo Valero,metiendo la cabeza por entre los jugadoresy examinándole las cartas.

—¿Cree usted que se puede?—preguntó Morovacilante.

—A mí me parece que zí.

—Hay poco de esto y demasiado de esto otro—repuso,señalando discretamente con el dedolos naipes.

—Zin embargo, zin embargo... yo creo...

—Bueno, bueno, jugaremos—replicó Morocon su finura acostumbrada.

Aquel juego se perdió. Moro dirigió una miradaa sus compañeros y alzó los hombros conresignación. En cuanto Valero se apartó un poco,apresurose a decir por lo bajo:

—No quise contrariar a D. Enrique; peroaquel juego no se podía ganar.

Vindicada con estas palabras su fama, quedótan alegre como si les hubiera dado una bola.

El conde de Onís, que en un principio se habíamostrado jaranero, fue quedando poco a pocopensativo y amurriado. Jugaba sin atención alguna;de tal modo que sus compañeros le llamaronal orden más de una vez.

—Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy?Le veo muy preocupado—dijo al fin D. Pedro.

—En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triztón—corroboróValero.

Viéndose interpelado de este modo brusco, seturbó como si temiera que el casco de su cerebrofuese trasparente y leyesen dentro.

—No tiene nada de particular... Me sientobastante molesto de las muelas—

respondió, apelandoa un inocentísimo recurso.

—Mala enfermedá e, compañero—dijo Valero.

Y todos le compadecieron y se informaron coninterés de las particularidades de la dolencia.

El conde se veía apurado y contestaba vagamentea las preguntas.

—Pues contra ese mal, señor conde—apuntóSaleta,—no hay mejor medicina que el hierro.Verá usted... Yo he padecido muchísimo de lasmuelas siendo estudiante. No me atrevía a sacarninguna; pero la patrona que tenía en Santiagome convenció de que, atando un bramantea la muela y sujetándolo por el otro cabo al techo,poco a poco iba saliendo sin dolor. Me sentéen una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muelaestaba bien amarrada, la huéspeda tira de lasilla y me deja colgando. ¡Claro, no tenía másremedio que saltar!...

Valero comenzó a sacudir la cabeza de unmodo desesperado. Los demás le miran y sonríen.Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo,y continúa con la palabra firme y sosegada y elacento gallego que le caracterizaban:

—Después perdí enteramente el miedo. En laCoruña me sacó un dentista cinco seguidas.Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor,y como no había dentista, el promotor me sacótres con unas tenacillas de rizar el pelo su señora.De resultas de eso me atacó una inflamaciónterrible en la boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid,y Ludovisi, el dentista de la reina, me quemólas encías con un hierro candente y me sacósiete buenas...

—Van quince—murmuró Valero.

—Y me quedé perfectamente, hasta que hacecuatro años, en un pueblecillo de la provincia deBurgos, estando de temporada en casa de unamigo, me volvió el dolor,

¡qué dolor! No habíani médico, ni cirujano, ni nada. Pero llegó casualmentepor allí un charlatán que sacaba lasmuelas montado a caballo. Me vi tan apurado,que no tuve más remedio que apelar a él; mesacó dos con el rabo de una cuchara.

—¡Compañero, qué rozario!—exclamó Valeroen el colmo de la indignación.—¿Le quea a uztétodavía algún novenario en la boca?

Con la algazara que se armó despertose Manín,desperezose bárbaramente, abrió una bocazade media vara, dejando escapar un aullidoformidable, que impresionó al auditorio. Luegovolvió el ciclópeo torso de medio lado y se dispusoa empalmar el sueño.

—¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas,eh, Manín?—preguntó el maestrante, que nopodía estar un cuarto de hora sin comunicarsecon su mayordomo.

—¡Quiá!—exclamó el gañán sin abrir los ojossiquiera.

—¡Es una roca!—manifestó el caballero converdadero entusiasmo.

Pero Manín se incorporó un poco en labutaca y dijo restregándose los ojos con lospuños:

—Nunca tuve más que un dolor en la paletilla.Me dio cargando un carro de hierba y meduró más de un mes. No probaba bocado. Parecíaque tenía allá dentro una gafura que me ibaroyendo el cuajo. Se me quebraban las costillas,se me hundían los costados, me tiraba a las paredes,daba corcovos y regañaba los dientes comoun basilisco. Estaba tan amarillo como la pajasegada. Un día me dijo el señor cura:—

Manín,tú careces del pecho.—¡Yo carecer del pecho,señor cura! ¡No me conoce usted bien! Apalpeaquí por su vida; más recia tengo la entrañade lo que usted piensa.—Pues no hay más remedió,Manín, tienes que llamar al mélico.—Queno, señor cura, que no quiero yerbatos ni cataplasmas.—Quesí, Manín, si no lo llamas tú lollamo yo.—En fin, después de mucho gravitar,aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino donRafael, el mélico de las minas. Me mandó quitarhasta la camisa y me tumbó de espaldas sobrela masera. Enseguida comienza a darmeunos golpecicos en el pecho con los nudillos,como quien llama a la puerta. Pega aquí, pegaallá, y ascucha que ascucharás con la oreja arrimadaa la carne. ¡Na! Yo decía:—¡Gravita,gravita, probiquín! ¡Busca el puzcalabre! Másde media hora llamando con los nudillos y ascuchando.Hasta que al fin se cansó de no oír naque le emportase...—¡Ay, amigo del alma!—medijo santiguándose,—tienes un pecho ¡líquido!¡líquido! que en mi vida he visto otro igual...—Esoya lo sabía yo, D. Rafael...

Al llegar aquí se detuvo repentinamente, ypaseando una torva mirada por el auditorio,masculló sin que le oyesen:

—¿De qué se reirán estos burros?

Y dejando caer de nuevo la cabeza pobladade greñas sobre la butaca, cerró los ojos con soberanodesprecio.

Los tertulios del maestrante volvieron su atenciónal juego, sin dejar de reír. Pero el condequedó muy pronto pensativo y distraído otra vez.Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego desus nervios, levantose de la silla.

—Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto.Este dolor me molesta mucho y necesito moverme.

II

El hallazgo.

Cuando el conde puso de nuevo el pieen la sala, justamente se disponíanlos pollos a bailar un rigodón. Unade las chicas del Jubilado estaba ya delantedel piano. D.

Cristóbal Mateo, a quien apodabande este modo en el pueblo, era un antiguoempleado que había servido muchos añosen Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya algunos,con treinta mil reales. Tenía porte militar,una figura realmente marcial con sus bigotazosblancos, ojos saltones, cejas espesas y velludasmanos. Sin embargo, en todos los dominiosespañoles no existía hombre más civil.Había hecho su carrera en las oficinas de Hacienda,y toda la vida había profesado ideas contrariasal predominio de la milicia. Sostuvo siempreque las sanguijuelas del Estado no eran ellos,los empleados, sino el ejército y la marina. Parademostrarlo aducía datos, exhibía notas sacadasdel presupuesto, se perdía en divagaciones burocráticas.Decía que el presupuesto de guerra«era la sangría suelta por donde se escapaban lasfuerzas vivas de la nación,» frasecilla que habíaleído en el Boletín de Contribuciones Indirectas, yque había hecho suya con extremada fruición.Llamaba vagos a los soldados y profesaba rencorinextinguible a los galones y charreteras.Cuando el ayuntamiento de Lancia trató de pediral Gobierno que enviase un regimiento paraguarnecer la ciudad, se opuso, como concejal,tenaz y enérgicamente a ello. ¿A qué traer unacaterva de zánganos? En cambio de los beneficiosque la estancia del regimiento podría reportar,¡eran tantos los daños! El mercado se encarecería:los jefes y oficiales gustaban de tratarsebien y llevarse a casa los alimentos máscaros (¡para el trabajo que les costaba ganarlo!).Luego eran todos jugadores y su mal ejemplocontagiaría a los jóvenes de la población, quefuera de la época de ferias, se abstenían de losjuegos prohibidos. Como estaban siempre ociosos(D. Cristóbal creía firmemente que un militarno tiene absolutamente nada que hacer), porfuerza habían de pensar en picardías y ruindades.En resumen, que el regimiento sería causade perturbación en el pueblo y un elemento corruptor.Prevaleció su deseo, aunque no porserlo de él, sino porque al ministro de la Guerrano le plugó mandar soldados a Lancia, considerandoquizá la condición mansa de sus habitantes.

Con los treinta mil reales de pensión viviríadesahogadamente en un pueblo barato comoaquél, si no fuese porque sus hijas estaban dotadasde cierta fantasía poética que las impulsabaa preferir los sombreros de Madrid a losque hacía Rita, la sombrerera de la calle de SanJoaquín, y los guantes de ocho botones a los decuatro. Tal privilegiado temperamento era causade frecuentes crisis en el hogar del Jubilado,con su cortejo de lágrimas, violentos portazos,repentina desgana de comer, etc. En estos terriblesconflictos, hay que confesar que D. Cristóbalno siempre se mantenía a la altura deenergía y coraje que denotaban sus bigotes ysus cejas enmarañadas. Verdad que siemprequedaba solo en la pelea. Ni por casualidad sedio el caso de que alguna de sus hijas le apoyase.Tratándose de asuntos ajenos a la direcciónrentística de la casa, muchas veces se partíanlas opiniones; algunas hijas se ponían departe de papá contra sus hermanas. Mas encuanto asomaba el problema económico, constantementese veía al Jubilado de un lado y a lascuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como caudilloexperimentado, apelaba en estas refriegas a milardides para derrotar a sus contrarios, o paracapitular en buenas condiciones. Un día amanecíanlas chicas inspiradas, y pedían botinasde tafilete semejantes a las que habían visto atal o cual muchacha de la ciudad, generalmentea Fernanda Estrada-Rosa. D. Cristóbal se replegabainmediatamente en sí mismo. Se replegabay meditaba. Por la noche, a la hora de cenar,deslizaba en la conversación la noticia deque había estado en La Innovadora (zapatería delujo). Le habían dicho que las botas de tafiletedaban muy mal resultado en Lancia, a causa dela humedad. Por otra parte, D. Nicanor (médicode la ciudad), que por casualidad estaba allí,había manifestado que el tafilete era funesto enclimas tan fríos y lluviosos, y que por lospies se pillaban muchísimas veces los catarrosque más tarde degeneraban en tisis galopantes,etc. Antes, mucho antes de que Mateoterminase su diatriba contra el tafilete, se ladestripaban sus cuatro pimpollos con risas irónicasy pesadísimas palabras que dejaban confundidoy triste al pobre viejo. En otras ocasiones,la imaginación acalorada de las niñas exigíaque vinieran de Madrid unos abrigos muylindos, de los cuales les había dado noticiaAmalia: D.

Cristóbal resistía algún tiempo losasaltos, pero viéndose muy apretado, capitulabaal fin. Su mente, fecunda en trazas, como la deUlises, le sugería una magnífica para ahorrarsela mitad del dinero por lo menos. Se fue a Amaliay le rogó que le diese su abrigo por dos otres días, a fin de que una de las modistas delpueblo le hiciese otros cuatro iguales. Exigiole,por supuesto, absoluto secreto, y la señorade Quiñones supo guardarlo. Pero ¡ay! no loguardaron los fementidos abrigos, que al llegarmuy empaquetaditos de la silla de posta, y alofrecerse a las miradas ansiosas y zahoríes desus cuatro dueños, lo pregonaron muy alto, porlo pobre de la ornamentación y lo chapucero delcosido.

—Estos abrigos no están hechos en Madrid—dijoresueltamente Micaela, que era la más nerviosade las cuatro.

—¡Hija, no desbarres, por Dios! Pues ¿dóndehabían de estar?—exclama D.

Cristóbal conafectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo enlas mejillas.

—No sé; pero desde luego se puede asegurarque no los han hecho en Madrid.

Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltasentre sus ebúrneos dedos a los abrigos, los estudian,los analizan con atento cuidado quepone en suspensión y espanto a su progenitor.Se dirigen miradas significativas, sonríen condesprecio, se hablan al oído.

Mientras tanto, losferoces bigotes del jubilado de Ultramar se erizan,se estremecen con leve temblor que se comunicaa sus labios y de ahí al resto del organismo.

Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltanlas prendas con descuido escarnecedor sobre lassillas de la sala y corren a encerrarse en el gabinetede Jovita. Cerca de media hora estuvierondeliberando secretamente. D. Cristóbalaguardaba inquieto y ojeroso, paseando con agitaciónpor el corredor como un procesado queespera el veredicto del jurado.

Ábrese finalmente la puerta, y el criminal escrutacon ansia el semblante de los jueces. Éstosguardan actitud reservada, y por sus labiosdescoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dosde ellas se ponen inmediatamente la mantilla ylos guantes y se lanzan a la calle. Al cabo de unrato tornan al hogar trémulas, con la faz descompuestay los ojos centellantes. La pluma seresiste a narrar la cruel escena que se produjoen la dulce morada

del

Jubilado.

¡Cuánto

gritorabioso!

¡cuánto

sarcasmo!

¡cuánta

carcajadahistérica! ¡qué manoteo! ¡qué crujir de sillas!¡qué exclamaciones tan lamentables! Y enmediode aquel espantoso desorden, de aquel fragor,capaz de infundir pavura en el corazón mássereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnicería,desgarrados, convertidos en miserables jirones,arrastrándose con ignominia por el sueloen pago de su delito.

Fuera de estos sacudimientos periódicos conque la sabia naturaleza vigorizaba los nerviosun poco enervados ya del Jubilado, la existenciade éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le faltabantampoco muchos y esmerados cuidados.Sus hijas se ocupaban a porfía en ponerle todo lonecesario a punto y en su sitio: la ropa acepillada;las camisas y los calzoncillos oliendo a frescura;las corbatas, hechas de vestidos viejos, tanflamantes como si saliesen de la guantería; laszapatillas en cuanto entraba en casa; el aguapara lavarse los pies, los sábados; el cigarro alacostarse; el vaso de agua con limón a la madrugada,etc., etc. Todo marchaba con la regularidaddulce y mecánica que tanto placer causaa los viejos. Verdad que entre cuatro bien podíanhacerlo sin molestarse mucho, sobre todoteniendo presente que las niñas no siempre estabaninspiradas. Sólo a la vista de un sombrerocaprichoso, o al recibir la noticia de la llegadade una compañía dramática, o al anunciarse queel Casino daría una reunión de confianza, ardíasúbito en sus corazones el fuego sagrado de lainspiración, despertábanse sus poderosas facultadespoéticas, y en arrebatado vuelo salían decasa y se lanzaban a la de la modista, a laguantería, a la perfumería, dejando en todos losparajes señales de su agitación y alguna partedel peculio profecticio. No aliándose bien losarrebatos de la fantasía con la prosa de los pormenoresde la existencia, éstos sufrían algunaalteración. D. Cristóbal en aquellos periodos decrisis echaba menos, con pesadumbre, algunosretoques. Mas al poco tiempo sosegaban losespasmos de las pitonisas y las cosas volvían asu ser y la vida seguía el mismo curso ordenadoy tranquilo. El nombre de aquéllas, por orden deedades, era el siguiente: Jovita, Micaela, Socorroy Emilita. Eran las cuatro, en apariencia,seres insignificantes, ni hermosas ni feas, nigraciosas ni desgraciadas, ni muy jóvenes niviejas, ni tristes ni risueñas. Nada había enellas que fijase la atención. No obstante, en elseno del hogar el carácter de cada cual se pronunciabay adquiría relieve. Jovita era sentimentaly reservada; Micaela tenía el genio violento;Socorro era la más pava, y Emilita lamás pizpireta.

Las dos intensas preocupaciones que llenabanla vida espiritual de D. Cristóbal Mateo eran lareducción del contingente del ejército y el casara sus cuatro hijas, o por lo menos a dos. Loprimero llevaba buen camino: de algún tiempoatrás venían los políticos más conspicuos inclinándosea esa opinión. En cuanto a lo segundo,nos duele confesar que no tenía verosimilitud deninguna clase. Ni por sacrificar otras comodidadesa los trapos, ni por exhibirse sin medidaal balcón y en los paseos, ni por asistir a lossaraos de Quiñones con una constancia dignade ser premiada, pudieron lograr hasta la horapresente los dones preciados de Himeneo. Cuandoalgún imprudente tocaba este asunto en visita,todas ellas decían que mientras viviese supadre les costaría mucha pena el casarse; queles parecía cruel abandonar a un pobre ancianoque tanto las quería y tanto se sacrificaba porellas, etc... Aquí venía un elogio caluroso delas dotes espirituales de D. Cristóbal. Pero éstese encargaba inocentemente de desmentirlas,mostrando tales ganas de verse abandonado, undeseo tan vivo de experimentar aquella crueldad,que ya era proverbial en Lancia. Como sino bastasen ellas solas a ponerse en ridículo,el pobre Mateo las ayudaba eficazmente, metiéndoselaspor los ojos a todos los jóvenes casaderosde la ciudad.

Las ponderaciones que el buen padre hacía delcarácter, de la habilidad, de la economía y buengobierno de sus hijas no tenían fin. Así que llegabaun forastero a Lancia, D. Cristóbal no sosegabahasta trabar conocimiento con él, y actocontinuo le invitaba a tomar café en su casa y lellevaba al teatro a su palco y a merendar al campoy le acompañaba a ver las reliquias de la catedraly la torre y el gabinete de historia natural;todas las curiosidades, en fin, que encerrabala población. El público asistía sonriente,con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya sehabía repetido porción de veces sin resultado.La única que logró tener novio durante tres ocuatro años fue Jovita. Por eso fue también laque se despeñó de más alto. El galán era unestudiante forastero que la festejó mientras seguíalos últimos cursos de la carrera.

Terminadaésta, partió a su pueblo y, olvidándosede sus promesas de matrimonio, lo contrajo conuna paleta rica. Las demás no habían alcanzadoeste grado excelso de la jerarquía amorosa.Inclinaciones vagas, devaneos de quince días,algún oseo por la calle; nada entre dos platos.Poco a poco se iba apoderando de ellas el fríodesengaño.

Aunque no hubiesen perdido la esperanza,estaban fatigadas. Aquel pensamientofijo, único, que las embargaba hacía ya tantotiempo, iba convirtiéndose en un clavo dolorosoen la frente. Pero D. Cristóbal ni se rendía ni sele pasaba por la imaginación el capitular. Creíasiempre a pie juntillas en el marido de sus hijas,y lo anunciaba con la misma seguridad que losprofetas del Antiguo Testamento la venida delMesías.

—En cuanto se casen mis hijas, en vez de pasarel verano en Sarrió, donde se guardan lasmismas etiquetas que en Lancia, me iré a Rodilleroa respirar aire fresco y a pescar robalizas.—Atiende,Micaela, no seas tan viva, mujer...Comprende que a tu marido no le han de gustaresas genialidades; querrá que le contestes conrazones...

—Mi marido se contentará con lo que le den—respondíala nerviosa niña haciendo un graciosomohín de desdén.

—¿Y si se enfada?—preguntaba en tono maliciosoEmilita.

—Tendrá dos trabajos: uno el de enfadarse yotro el de desenfadarse.

—¿Y si te anda con el bulto?

—¡Se guardará muy bien! ¡Sería capaz de envenenarlo!

—¡Jesús, qué horror!—exclamaban riendo lastres nereidas.

Aquel marido hipotético, aquel ser abstractosalía a cada momento en la conversación con lamisma realidad que si fuera de carne y hueso yestuviera en la habitación contigua.

La que comenzaba ahora a teclear en el pianoera Emilita, las más musical de las cuatro hermanas.Las otras tres estaban ya en pie, cogidasa la manga de la levita de otros tantos jóvenes;como si dijéramos, en la brecha.

El conde tropezó a los pocos pasos con FernandaEstrada-Rosa que venía de bracero conuna amiga. Por lo visto no había querido bailar.Era la joven que hacía más viso en la ciudad porsu belleza y elegancia y por su dote. Hija únicade D. Juan Estrada-Rosa, el más rico banqueroy negociante de la provincia. Alta, metida encarnes, morena oscura, facciones correctas yenérgicas, ojos grandes, negrísimos, de mirardesdeñoso, imponente; gallarda figura realzadapor un atavío lujoso y elegante que era el asombroy la envidia de las niñas de la población. Noparecía indígena, sino dama trasportada de lossalones aristocráticos de la corte.

—¡Qué elegantísima Fernanda!—exclamó elconde en voz baja, inclinándose con afectación.

La bella apenas se dignó sonreír, extendiendoun poco el labio inferior con leve mueca dedesdén.

—¿Cómo te va, Luis?—dijo alargándole lamano con marcada displicencia.

—No tan bien como a tí... pero, en fin, voypasando.

—¿Nada más que pasando?... Lo siento. A míme va perfectísimamente; no te has equivocado—repusoen el mismo tono displicente, sin mirarlea la cara.

—¿Cómo no, siendo en todas partes donde tepresentas la estrella Sirio?

—Dispensa, chico, no entiendo de astronomía.

—Sirio es la estrella más brillante del cielo.Eso lo sabe todo el mundo.

—Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy unapaleta!

—No es cierto; pero está muy bien la modestia,unida a la hermosura y al talento.

—No; si ya sé de sobra que no tengo talento.No te mortifiques en decírmelo.

—Hija, te acabo de manifestar lo contrario...

En el tono displicente de Fernanda iba entrandoun poco de acritud. En el del conde,pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz deironía.

—Vamos, entonces te he entendido al revés.

—Algo de eso ha habido siempre.

—¡Caramba, qué galante!—exclamó la jovenempalideciendo.

—Siempre que has pensado que pudiera decirtealgo desagradable—se apresuró a rectificarel conde, advertido por el cambio de fisonomíade la idea que cruzaba por su mente.

—Muchas gracias. Estimo tus palabras comose merecen.

—Harías mal en no estimarlas sinceras...Además, no necesito yo decirte lo mucho quevales. Eso lo sabe todo el mundo.

—Gracias, gracias. ¿Te has cansado dejugar?

—Me duelen un poco las muelas.

—Sácatelas.

—¿Todas?

—Las que te duelan, hijo. ¡Ave María!

—¡Con qué indiferencia lo dices! ¿A ti no teimportaría nada, por supuesto?

—Yo siento siempre los males del prójimo.

—¡El prójimo! ¡Qué horror! No tenía noticiade haber llegado ya a la categoría de prójimo.

—Qué quieres, chico; los honores vienencuando menos se piensa.

Apesar de lo impertinente y hasta agresivodel tono, Fernanda no se movía del sitio, teniendosiempre cogida del brazo a la amiguita,que no desplegaba los labios.

Fijándose un poco,se podría observar que la rica heredera estabamuy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en elsuelo, apretaba en su mano con vivas contraccionesel pañuelo y sus labios temblaban demodo casi imperceptible. Alrededor de los hermososojos árabes se marcaba un círculo máspálido que de costumbre. Aquel pugilato la interesaba.

El conde de Onís había sido de sus novios elque más tiempo había durado. Al aparecer Fernandaen sociedad, y aun antes, cuando erauna zagalita que iba con la criada al colegio,produjo su figura, su elegancia y sobre todo laamenaza de los seis millones que iban a caer,andando el tiempo, en su regazo, una verdaderaexplosión de entusiasmo. No hubo joven más omenos gallardo o acaudalado que por iniciativapropia o por las insinuaciones de su familia nose resolviese a pasearle la calle, a esperarla a lasalida del colegio, a mandarle cartitas y a decirlerequiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva yde otras poblaciones de la provincia acudierontambién, con pretexto de las ferias, algunos golosos.La niña, ufana con tanto acatamiento,embriagada por el incienso, no se daba punto dereposo tomando y soltando novios. Era raro elgalán que duraba más de un par de meses en sugracia. En realidad ninguno estaba en posiciónde merecerla. En Lancia y en el resto de la provinciano había quien tuviera hacienda proporcionadaa su dote. Si alguno existía, no estabapor su edad habilitado para casarse con tantierno pimpollo. Sería algún indiano averiadopor los ardores tropicales, o mayorazgo rústicoy solitario de los que vivían en sus casas solariegas.Sin necesidad de que su padre se lo advirtiese,la niña comprendía admirablemente queninguno le convenía; pero gozaba coqueteandocon todos, haciéndose adorar de la juventud laciense.Entre ésta existía, sin embargo, un mancebohacia el cual ninguna doncella de la ciudadhabía osado levantar los ojos hasta entonces conanhelos matrimoniales. Era el conde de Onís. Porsu alta jerarquía, más respetada en provinciadonde se tributa a la nobleza un culto que delataal villano y al siervo bajo la levita del burgués,por su cuantiosa renta, por el apartamiento desu vida y hasta por el misterio y silencio de supalacio antiquísimo, parecía habitar en atmósferamás elevada, al abrigo de las flechas detodas las beldades indígenas.

Pues por ello precisamente nació en el pechode Fernanda un deseo, primero vago, despuésvivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy humanoy sobre todo muy femenino: no necesitaexplicación. En el fondo de su alma, la hija deEstrada-Rosa sentíase inferior al conde de Onís.Sin embargo, tanta era la lisonja que había escuchadoen poco tiempo, tan refulgente el brilloque esparcía sobre su vida el dinero del papá,que bien podía aspirar a hacerle su marido. Sino lo pensaba así, al menos figuraba pensarlohablando del conde, por detrás, con cierta displicenciay con afectada familiaridad por delante.En Lancia, como en todas las capitales pequeñas,los muchachos y muchachas solían tutearse.El conocerse desde niños y haber acaso jugadoen el paseo juntos lo autorizaba. El condede Onís jamás había cruzado la palabra con Fernanda,aunque la tropezase a cada momento enla calle. Sin embargo, cuando se encontraron porprimera vez en la tertulia de las de Meré, la hermosale soltó un tu redondo y suprimió el título.Luis aquí, Luis allá: parecía que iba a comerleel nombre. A éste le sorprendió un poco la confianza,sin desagradarle. A nadie le duele oírsetutear por una linda damisela. Apesar de la naturalezaconcentrada y tímida del conde y de suescasa afición a las mujeres, Fernanda se diomaña para hacerle pronto su novio o al menospara hacerle pasar por tal a los ojos del público.El cual halló tal noviazgo perfectamente justificado.En Lancia no había otro marido para Fernandani otra mujer para el conde. La distanciaque los separaba era retrospectiva; estaba en losantepasados. La población creía que, en graciade la belleza, el dinero y la brillante educaciónde la joven, el conde de Onís se hallaba en elcaso de olvidar los doscientos gañanes que la habíanprecedido.

Cerca de un año duraron las relaciones. Losnovios se veían en la tertulia de las señoritasde Meré. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de susíntimos, se hallaba muy complacido. Varias vecesse había insinuado con el conde para que entraseen la casa; pero éste no le había comprendidoo había fingido no comprenderle. Fernandase lo propuso con claridad un día. Él se evadiócomo pudo del compromiso. ¿Era timidez?

¿Eraorgullo? La misma Fernanda no se daba cuentade ello. Pero esta reserva contribuía a encendersu afección y anhelo. De pronto, cuando menosse pensaba, cuando ya el público comenzaba apreguntarse por qué se retrasaba la boda, cortáronseaquellas relaciones. Se cortaron sin escándalo,de un modo diplomático y sigiloso, tanto,que hacía ya más de un mes que no existíancuando todavía la población no estaba enteraday los amigos les seguían embromando. El hechoprodujo fuerte sensación; se comentó en todaslas tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudoaveriguar qué había habido, ni aun a cuál de losdos correspondió la iniciativa de esta ruptura.Si se preguntaba al conde, afirmaba rotundamenteque Fernanda le había dejado; mas poníademasiado empeño en esta afirmación para queno empezara a dudarse de su sinceridad. La herederade Estrada-Rosa, sin manifestar nada enconcreto, corroboró las palabras de su noviocon el tono desabrido que usó hablando de él,lo mismo que al dirigirle la palabra. Porque siguierontratándose, si no con tanta frecuencia,con bastante: ambos acudían a la tertulia dondese conocieron. Además, Fernanda, poco tiempodespués, comenzó a asistir a los saraos de losdomingos en casa de Quiñones.

Pero nunca másreanudaron sus rotas relaciones. Los asistentessuspendían la respiración y ponían toda su almaen los ojos siempre que, como ahora, los antiguosnovios se tropezaban y departían un rato.¿Volverán a las andadas? ¿Habrá, por fin, boda?El desengaño venía inmediatamente al observarla indiferencia con que se apartaban.

Cuando iba a contestar a las últimas palabrasde la orgullosa heredera, los ojos del conde, derramandouna mirada distraída por el salón, tropezaroncon otros que se le clavaron lucientes ycelosos. Alargó la mano a su amiga y con sonrisaforzada dijo:

—¡Qué mal me estás tratando, Fernanda!Como siempre, por supuesto... Yo, sin embargo,ya sabes... el mismo devoto idólatra. Hastaahora.

—Siento que esa devoción no me cause fríoni calor—replicó ella sin dar un paso para apartarse.

El conde lo dio alzando los hombros con resignacióny diciendo:

—¡Más lo siento yo!

Sorteando las parejas de baile, que ya habíancomenzado el rigodón, llegó de nuevo adondeestaba el ama de la casa. Al lado de ésta se hallabaen aquel instante el famoso Manuel Antonio,uno de los personajes más dignos de menciónen la época que estamos historiando. Se leconocía tanto por el apodo el marica de Sierra como por su nombre.

Esto basta para que sepamos en cierto modoa qué atenernos respecto a sus propiedades moralesy físicas. Manuel Antonio no era joven.Frisaría en los cincuenta años, disimulados conesfuerzo heroico por toda la batería de afeites conocidosentonces en Lancia, que no eran muchosni muy refinados. Una peluca bastante rudimentaria,algunos dientes postizos mal montados, unpoco de negro en las cejas y de carmín en loslabios, mucho patchoulí y un traje de fantasíaapropiado para realzar los residuos de su belleza.Ésta había sido espléndida; una rara perfecciónde rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto,facciones correctas, diminutas, cabellos rubios,finos, cayendo en graciosos bucles, mejillas sonrosadasy voz atiplada. De este conjunto primorosoquedaba tan sólo una sombra por donde pudieraadivinarse. La enhiesta espalda se habíaabovedado; los hermosos bucles se habían desvanecidocomo un sueño feliz; algunas arrugas indecorosassurcaban aquella tersa frente, y la filade perlas, que ostentaba su boca, se había transformadoen carrera de huesos amarillos, desvencijados,que el tiempo había quintado y el dentistatorpemente sustituido. Por último, aquelpequeño bigote sedoso había engrosado notablemente,se hizo blanco, cerdoso, indómito; nobastaban el tinte y el cosmético a mantenerlopresentable. ¡Qué dolor para el hermoso hermafroditade Lancia y también para los amigosque le habían conocido en el esplendor de sugracia!

El espíritu permanecía tan juvenil como a losdiez y ocho años. Era el mismo ser apasionadoy tierno, dulce unas veces, iracundo y terribleotras, marchando al soplo de sus caprichos, viviendoen lánguida ociosidad. Gozaba tanto lasdelicias del baño, que lo repetía tres y más veces,hasta que el agua quedase cristalina comoal salir de la fuente; amaba las flores, los pájaros;no tenía más placer que consultar con elcristal del espejo los adornos que le sentaríanmejor. Los trajes, por atracción irresistible,siendo masculinos, se acercaban cuanto era posiblea la forma femenina. En el invierno gastabatalmita corta con broche de oro, y unsombrero tirolés de alas reviradas, que le sentabaextremadamente bien. En el verano gustabade vestirse trajes de franela blanca bienceñidos, que denunciasen las graciosas curvasde sus formas. Las corbatas eran casi siemprede gasa, los zapatos descotados, el cuello decamisa a la marinera. Por debajo del puño se leveía un brazalete. Aunque no fuese más que unsencillo aro de oro, este pormenor era lo quemás llamaba la atención de sus conciudadanos.En cuanto se hablaba de Manuel Antonio salíael dichoso brazalete a relucir; como si no hubiesenada en su interesante figura más digno deexcitar la curiosidad.

Pero si los años no habían logrado modificaren el fondo aquel ser amable y creado para elamor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto,más reservado. Ya no mostraba sus preferenciascon la ingenuidad de otros tiempos, ni dabasuelta a los súbitos arranques de su corazón inflamablesino después de poner a prueba la lealtaddel objeto de su ternura. ¡Había padecidotantos desengaños en la vida! Sobre todo, al hacerseviejo, no sólo experimentó la frialdad desus antiguos amigos, de aquellos que le habíandado pruebas inequívocas de cariño, sino, loque es aún más triste, encontrose, sin pensarlo,sirviendo de blanco a las chufletas e invectivasde los mozalbetes de la nueva generación. Fueel hazmerreír de estos procaces jóvenes.

Comono habían sido testigos de sus triunfos ni conocieronsu radiante belleza, estaban lejos de profesarleel respeto que, apesar de todo, guardabahacia él la antigua generación. No perdonabanmedio de embromarlo, de vejarlo bárbaramente.En cuanto se paraba en la calle de Altavilla oentraba en el café de Marañón, ya estaba rodeadode una partida de guasones. ¡Cristo, las frasesque allí se oían! Y como villanos que eran, amenudo del juego de palabras pasaban al demanos. Esto era lo que en modo alguno podíasufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que quisieran.Tenía bastante correa, y además un ingeniovivo y sutil que recogía admirablementeel ridículo y sabía dar en rostro con él a suscontrarios. La mayor parte de las veces los queiban a «tomarle el pelo» salían muy bien trasquilados.Los años, la práctica, le habían adiestradode tal modo en el pugilato de frases incisivasque realmente era temible. Tenía la intenciónde un miura. Pero así que aquellos desvergonzadospasaban de las palabras a lasobras tocándole la cara o pellizcándole, ya estabadescompuesto, perdía enteramente los estribosy no decía cosa intencionada ni siquierarazonable. Superfluo es añadir que, conociéndoleel flaco, todas las bromas terminaban en estaforma.

Por lo demás, fuera de aquella maligna intenciónpara herir en lo vivo a las personas, enlo cual podía competir y aun creemos que aventajabaa María Josefa, era un ser útil y servicial.Su malignidad, al cabo de todo, era resultadode la que a él se le mostraba. Sus habilidadesmuchas y varias. Trabajaba el punto decrochet que daba gloria. Las colchas que él hacíano tenían rival en Lancia. Arreglaba un altary vestía las imágenes mejor que ningún sacristán.Tapizaba muebles, hacía flores primorosasde cera, empapelaba habitaciones, bordabacon pelo, pintaba platos. Y cuando alguna desus muchas amigas necesitaba peinarse artísticamentepara asistir a cualquier baile, ManuelAntonio se prestaba galantemente a arreglarlelos cabellos, y lo hacía con la misma destreza ygusto que el mejor peluquero de Madrid. ¿Puesy cuando cualquiera de sus amigos se ponía enfermo?Entonces era de ver el interés, la constanciay la suma diligencia de nuestro viejoNarciso. Se constituía inmediatamente a la cabeceradel lecho, tomaba cuenta de las medicinas,arreglábale la cama, poníale los vejigatorioso las ayudas lo mismo que el más diestropracticante. Luego, si la enfermedad por desgraciapresentaba mal carácter, sabía insinuar comonadie la idea de confesión; de tal modo que elenfermo, en vez de asustarse, la aceptaba comola cosa más natural y corriente. Y en cuanto leveía convencido, empezaba a tomar disposicionespara recibir a Su Divina Majestad: la damamás avezada a recibir gente principal en sus salonesno le sacaría ventaja. El altarcito con elpaño almidonado atestado de chirimbolos relucientes,la escalera adornada con macetas, elsuelo alfombrado de hojas de rosas, los criadosy deudos esperando a la puerta con hachas encendidasy enguantados. No se le olvidaba unpormenor. En estos momentos críticos el maricade Sierra se crecía, adoptaba el continentede un general al frente de sus tropas. Todos leobedecían y secundaban acatándole por jefe.Pues si el enfermo se moría, no hay para quédecir que su dictadura se hacía aún más omnipotente.Principiando por amortajar el cadávery concluyendo por sacar del juzgado la partidade defunción, nada quedaba en las fúnebres ceremoniasque él no mangonease.

Y como quiera que las más veces había enfermosque cuidar, o imágenes que vestir, o amigasque peinar o flores que contrahacer, ManuelAntonio pasaba la vida bastante atareado. Enesto y en ir de casa en casa tomando y soltandonoticias se le deslizaban los días y los años. Habitabacon dos hermanas más viejas que él,las cuales le cuidaban y mimaban como a unniño. Para estas buenas señoras no existía eltiempo.

Ni veían las arrugas, ni la peluca, ni losdientes postizos de su hermano. Manuel Antonioera siempre un pollito, un petimetre. Sus trajes,sus baños, las horas que empleaba en el tocadoles hacían sonreír con benevolencia. Mientrasellas se quejaban amargamente de los estragosque los años iban causando en su figura y su salud,pensaban que su hermano había detenido elcurso de las horas, había hallado un elixir paramantenerse eternamente joven.

Manuel Antonio era metódico en sus visitas.Había unas cuantas casas a las cuales asistíadiariamente y siempre a la misma hora. A casade D. Juan Estrada-Rosa iba a las tres, a lahora del café; con la condesa de Onís tomabachocolate todas las tardes; por la noche era tertulioasiduo de la señora de Quiñones. Habíaotras familias que visitaba también con muchafrecuencia. A casa de María Josefa Hevia y delas de Mateo solía ir por la mañana, sin detenersemucho, dando una vuelta para enterarlesde lo que se decía o inspeccionar sus labores.Alguna noche iba también a casa de las señoritasde Meré.

—¡Aquí tenemos al conde!—exclamó con supeculiar entonación afeminada.—¡Ay, qué condecitotan guasón!

—¿Pues?—preguntó éste acercándose.

—Pregúntaselo a Amalia.

La sonrisa que plegaba los labios del noble sedesvaneció repentinamente.