El Intruso by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicolás, fuéen busca de su primo. El poderoso Sánchez Morueta vivía en su hotel deLas Arenas, evitándose así el molesto asedio que parásitos y protegidosle hacían sufrir en Bilbao. Además, habituado á las costumbres inglesas,gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus múltiplesnegocios le hacían venir casi todos los días al escritorio que tenía enla villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las mañanas, á todo correrde sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metiéndose en elescritorio como si huyera. Aun así, tenía que separar muchas veces consus fuertes puños á los que le esperaban en la puerta, para proponerlenegocios disparatados ó pedirle dinero. Una vez en su despacho, eradifícil abordarle al través de los escribientes y criados que guardabanla escalera. A la salida, Sánchez Morueta sólo osaba poner el pie en lacalle cuando tenía su carruaje cerca y podía escapar, ante la miradaatónita de los solicitantes que esperaban horas y más horas. Losdespechados, la

turba

pedigüeña

que

en

vano

le

asediaba

y

bloqueaba,llamábanle «El solitario de Las Arenas», «El ogro de la Sendeja», queera donde tenía su escritorio, y hasta afirmaban, faltando á la verdad,que su carruaje sólo tenía un asiento, para evitarse de este modo todacompañía. Transcurrían meses enteros sin que penetrasen en su despachootras personas que algún corredor de confianza ó los principalesempleados del escritorio, que recibían sus órdenes. Con los otroscapitalistas de la población—muchos de ellos compañeros de la juventud,que habían marchado juntos con él en la primera etapa por el camino dela fortuna—se comunicaba telefónicamente tuteándose, pero en estiloconciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.

Aresti siguió su marcha á lo largo del muelle, mirando los remolinos delagua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento paraexaminar dos barcos de cabotaje, dos cachemerines de la costa, con lostítulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida porextraños cargamentos, en los que se confundían los fardos de bacalao conmesas y sillerías embaladas. Ofrecían igual aspecto que los carromatosde los ordinarios de los pueblos, cargados de los más diversos objetos.En uno de los buques, la tripulación se agrupaba á proa en torno delhornillo donde hervía el caldero del rancho. Los barcos estaban tanhundidos á causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, veía elfondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de él,tostados, enjutos, habituados á la lucha mortal con el mar cántabro, lehacían recordar á su padre, entrevisto en los primeros años de su vida ydel que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.

El doctor, separándose del muelle, pasó á la acera de la Sendeja. Elescritorio de su primo estaba en un caserón antiguo y señorial, todo depiedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y ungran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primeroy segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda sufortuna á la Iglesia, se negaba á vender el edificio á Sánchez Morueta,dándose la satisfacción de tener por inquilino á uno de los primerosricos de Bilbao.

Aresti no osó subir directamente al despacho de su primo, temiendo laresistencia de algún portero nuevo, y las idas y venidas y consultas delos empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefirióentrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de lacasa, bajo la dirección de un antiguo amigo de la familia, el capitánMatías Iriondo. Aquella oficina era lo único accesible del edificio,donde se podía entrar á la buena de Dios, sin miedo á esperar ni áporteros inflexibles.

—¿Está el Capi?...—preguntó Aresti á los escribientes que trabajabantras un atajadizo de cristales.

—¡Pasa, Planeta, pasa!—gritó alguien tras una puerta del fondo delcorredor.

Y Aresti entró, al mismo tiempo que el capitán, el Capi como lellamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia él con losbrazos abiertos.

—Te he conocido con sólo oírte, Luisillo—dijo Iriondo con su vozbronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad yobligado á hacerse oír entre los mugidos del viento y de las olas.—¡Ay, Planeta!... Te encuentro algo aviejado.

Y había que oír la expresión cariñosa que daba el marino al mote de Planeta aplicado al doctor. Para él, en su habla bilbaína, los hombresse dividían en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas deutilidad y no tenían mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven denada, á los que llamaba arlotes. Y luego venían los planetas, gentesimpática y buena, pero sin seriedad ni sentido práctico; los calaveras;los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistasque hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecianel dinero llegando á la vejez sin salir de pobres. ¿Y qué mayor planeta que aquel médico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao,prefería vivir entre los brutos de las minas?

—¡Ah, Planeta!—decía sin soltar á Luis de entre sus brazos.—Lomenos hace medio año que no te veo. Y siempre tan loco, ¿verdad? Siemprecoleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho.¡Apuesto cualquier cosa á que aún no has reunido mil duros!...

Y reía, con lástima cariñosa, de su querido Planeta, al queconsideraba en eterna infancia, como un niño revoltoso que había quedejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cariño.

Capi, pues tú tampoco estás muy joven que digamos. Te probaba más elmar.

—Tienes razón—dijo Iriondo con melancolía.—¡Si al menos pudiese irtodos los días al monte con la escopeta, á cazar chimbos!... Pero hayque despachar cinco ó seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarseel mundo y todos trabajamos como negros... Además, nos hacemos viejos,Luisillo. Tú olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto,cuando tú aún jugabas en Olaveaga en la huerta de tu tío.

Aresti admiraba el vigor del capitán. Estaba en los cincuenta años. Erabajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia áensancharse, como si fuera á cuadrársele el cuerpo.

Su cara se habíarecocido, como él decía, en casi todos los puntos de la líneaecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de subarba, en la que sólo apuntaban algunas canas. Tenía las córneas de losojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre mirabande frente, brillaban con una expresión de bondad. Conocía todas laspicardías del mundo: había pasado en su juventud por todos losdesórdenes de las gentes de mar, que después de meses enteros deaislamiento y privación sobre las olas, bajan á tierra como lobos. Habíabrindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentacionesdiabólicas de los negros; se había rozado con hembras de todos loscolores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, después deuna vida de aventuras, notábase en él la honrada simplicidad de esosmarinos, ascetas de los

horizontes

inmensos

que,

al

abordar

los

puertoscosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegará contaminarse con ellas, sacudiéndolas apenas vuelven al desierto delocéano.

El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchasveces había contado el Capi de sobremesa en casa de Sánchez Morueta,con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin pararatención en el entrecejo de la señora que temía á cada instanteextralimitaciones en el relato. No había mar en el globo en el cual nohubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desdeel cachemerin al trasatlántico. De joven había hecho el cabotaje entreel archipiélago de Luzón y las Molucas. El sultán de allá era granamigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogieseentre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. ¿Para qué? Con untabaco de Manila podía llevárselas él a todas sin permiso de sultanillo.Había trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco deCalifornia; montañas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes aAustralia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hacía memoria, consonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, conciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo quelos aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra,gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde lascostas de África con la bodega abarrotada de negros.

Al hablar, sentíala nostalgia del azul negruzco e intenso del Océano, del verde luminosoy diáfano del mar de las Antillas, de la larga ondulación del Pacífico ylas aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterráneo leinspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandría y Nápoles,verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. «Desde Gibraltar aSuez—decía—, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban enel mar, y ahora esperan en los puertos.»

Su amistad con Sánchez Morueta, que databa de la infancia, le habíaproporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerososbarcos de la casa; y además, no cargaba un buque extranjero minerales desu principal que no lo despachase él, acumulando así una pequeñafortuna que le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación. Erabilbaíno á la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salirel domingo con la escopeta al hombro á cazar chimbos en los montes,pajarillos de varias clases, que habían proporcionado un mote á loshijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardesque no tenía trabajo, á algún chacolín del camino de Begoña á saborearel bacalao á la vizcaína, rociándolo con el vinillo agrio del país. Susamigos chacolineros pasaban por el despacho para noticiarlemisteriosamente cuándo se abría pipa nueva.

—Capitán, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche á un chacolín dedos años.

Y el capitán abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre,parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una mesa vieja,algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de buquesen las paredes. Parecía imposible que allí se hablase de negocios queimportaban millones. Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos,regalo de Sánchez Morueta, era el único objeto notable y el que másestimaba el capitán, pues, por sus hábitos de hombre de mar, siempre seestaba preocupando del tiempo.

—Tenía muchas ganas de verte—dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitioante la mesa.—¡Las veces que he pensado en ir á pasar un día en lasminas! Allí hay caza ahora, ¿verdad? Sólo que la gente acomodada pareceque no se dedica á otra cosa.

¡Ay, Planeta! Y cómo va á alegrarse Pepecuando te vea. Yo hace cuatro días que no le he hablado. Ya sabes sugenio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba porese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con él, cuantomenos se habla, mejor. Su debilidad eres tú... tú y Fernandito, eseingenierete tan simpático que tiene en los altos hornos. ¡Las veces quePepe te recuerda! Un día, hablando de tí y de tus planetadas, le oídecir. «Ese chico, ese chico debía estar á mi lado».

—Oye Capi; ¿y cómo anda mi prima, la santa doña Cristina?

¿ha metidoya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?

El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos pasó una sombra deinquietud. No podía disimular su turbación.

—No sé... la veo poco. Debe estar como siempre...

Y añadió con repentina resolución:

—Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo á misbarcos, y fuera de ellos nada me importa.

Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de laesposa de Sánchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo quehelaba las palabras y cohibía el pensamiento. Aresti se levantó parasubir al despacho de su primo.

—Por la escalera no—dijo el capitán.—Sube por ahí: es la escalerillainterior y llegarás más pronto. Hasta luego: yo también soy de lacuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevará en su carruaje.... Siestás falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hastalas dos no comeremos.

El doctor subió por una escalerilla de madera con cubierta de cristales,que á través de un patio interior ponía en comunicación el entresuelocon el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas conmayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesasy taquillas de madera rojiza, así como los lomos de cobre de los grandeslibros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corríanpor las cornisas de una á otra pieza, y sobre las chimeneas funcionabanrelojes eléctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fábricasde la casa, adornaban las paredes.

Aresti, después de una corta espera, fué introducido en aquel despacho,del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, dondeSánchez Morueta fabricaba raudales de oro con sólo concentrar supensamiento.

—¿Cómo estás, Luis?...

Lo primero que vió el doctor fué una mano tendida hacia él, una manofirme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de héroeprehistórico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo á uncuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casile sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conocía la villa entera,virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban haciaabajo una luz fría.

Una hermosa barba patriarcal que le tapaba lassolapas del traje parecía suavizar los salientes enérgicos de lospómulos y las fuertes articulaciones de su mandíbula robusta yprominente como la de los animales de presa. Tenía cana la barba, grisel pelo y, sin embargo, parecía envolverle un nimbo de juventud, defuerza serena, de energía reposada y tenaz, que se comunicaba á cuantosle rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con lanaturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin más auxilioque las energías del músculo y del pensamiento, y acababan porposesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con laporra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia á losblasones de armas de la provincia, decía hablando de él: «Mi primo se haescapado del escudo de Vizcaya».

Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamientoy la acción en continuo uso.

Conservó un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujándolacon sólo un ligero movimiento, y pasada esta efusión extraordinaria enél, volvióse hacia su secretario, que permanecía de pie junto á la mesamanejando papeles y hojas telegráficas.

—Siéntate, Luis—dijo como si le diese una orden—acabo en seguida.

Y le volvió la espalda, olvidándolo, mientras el secretario sonreíaservilmente al primo de su principal y le saludaba con variasreverencias. Aresti conocía de muchos años á aquel hombrecillo que habíacomenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianzade Sánchez Morueta. El capitán le llamaba «el perro de doña Cristina»por la protección que le dispensaba la señora y la adhesión absoluta conque él le correspondía. Aresti despreciábale por las sonrisas con quesaludaba su parentesco con el amo.

Mientras el millonario leía los papeles, cambiando de vez en cuandoalguna palabra con su secretario, el médico, hundido en un sillón,dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufrían una decepción al entrarallí, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotenteSánchez Morueta. La habitación era sencilla: dos grandes balcones sobrela Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papelimitación de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritoriocon una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellosse hubiera de dormir. En un rincón, una caja de hierro; en otro unaantigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdoarqueológico del país, y en las paredes, modelos en relieve de losprincipales vapores de la casa y una enorme fotografía del « Goizekoizarra» ( Estrella de la mañana), el yate de tres mástiles y doblechimenea, que permanecía amarrado todo el año en la bahía de Axpe, comosi Sánchez Morueta hubiese perdido su afición á los viajes. Sobre lachimenea se alineaban en escala de tamaños, fragmentos pulidos de rielesy piezas de fundición, muestras flamantes del acero fabricado en losaltos hornos de la casa. Un pequeño estante contenía libros ingleses,anuarios comerciales, catálogos de navegación, memorias sobre minería ymetalurgia. El único libro que estaba entre los papeles de la mesa detrabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el Yacht Register de más reciente publicación, como si el millonarioencadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento álos potentados de la tierra que más dichosos que él, podían vagar porlos mares. El despacho tenía el mismo aspecto de sobriedad y robustez desu dueño. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillosólido y discreto que sólo se encuentra en las cámaras de los grandesbuques. Aresti resumía la impresión en pocas palabras; «Allí todo olía áinglés.... Hasta el traje del amo».

Al concentrar la atención en su primo, volvía á admirar sus manos;aquellas manos únicas, que parecían dotadas de vida y pensamientoaparte; que iban instintivamente, entre el montón de papeles, en línearecta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran comoanimales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerzapropia para vivir por sí solas. Aresti las admiraba con cierto respetosupersticioso.

Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder seentregarían vencidos, anonadados. Nada podía resistir á aquellashermosas garras de bestia luchadora é inteligente. El movimiento de lasangre en sus venas de grueso relieve, parecía el latido de unpensamiento oculto.

Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con sólo un movimiento todoslos papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grandehombre indicaron al secretario con fría mirada que podía retirarse á lahabitación inmediata donde tenía su despacho: una pieza con grandesestantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros demineral bajo campanas de vidrio.

—Don José, un momento,—dijo el hombrecillo;—me permito recordar áusted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor doctor.

Y como Sánchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclinóhacia él, murmurando algunas palabras.

El millonario dudó algunos momentos mirando á su primo.

—Es un favor que te pide Cristina—dijo con alguna vacilación.—Alsaber que venías hoy, me encargó que subieses un momento á Begoña paraver á don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita.

Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, seapresuró á añadir.

—Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis días y que hay quetener contentas á las señoras. Mi mujer y mi hija se alegrarán mucho. Esuna visita corta: el pobre, según parece, está desahuciado de todos.¿Qué te cuesta darlas gusto?...

En su mirada y su acento había tal tono de súplica, que Aresti aceptómudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso á supoderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el

«hijo favorito dela fortuna», como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar.

—Goicochea te acompañará—dijo señalando á su secretario.—Toma abajomi carruaje, y, mientras vuelves, terminaré mi tarea. Hasta luego, Luis.

Y cogiendo una pluma, comenzó á escribir, como si una repentinapreocupación le hiciese olvidar por completo á su pariente.

Aresti, llevando al lado á Goicochea en el mullido carruaje delmillonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional, admirandosus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niñez.Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertementeteñidas. El carruaje comenzó á ascender penosamente por la áspera cuestade Begoña.

Terminaba

el

desfile

de

casas.

Ensanchábase

el

horizonte,extendiéndose entre las montañas los campos verdes, y los robledales detono bronceado, interrumpidos á trechos por las blancas manchas de lascaserías. El sol asomaba por primera vez en la mañana al través de undesgarrón de las nubes, y el humo que se extendía sobre la villa tomabauna transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde delcamino levantábanse casas aisladas, ostentando en su puerta eltradicional branque, el ramo verde que indica la buena bebida delpaís. Eran los famosos chacolines con sus rótulos: «Se vendenvoladores», para que el estruendo fuese completo en días de romería.

Goicochea, que no era hombre silencioso y creía faltar al respeto alprimo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugarescon cierto entusiasmo.

—Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque recuerdo mi juventud...los famosos días del sitio. Usted sería muy niño entonces, y ya no seacordará.

Animado por la mirada interrogante del doctor, siguió hablando:

—¿Ve usted dónde hemos dejado la cárcel? Pues poco más ó menos ahíestaba la línea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilábamos de cerca,viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente loscentinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecíanlumbre... para matarse si era preciso al amanecer.

—Usted sería de los auxiliares, como mi primo Pepe,—dijo Aresti;—delos que defendían la villa.

Goicochea dió un respingo en su asiento, pero en seguida recobró suaspecto plácido y contestó con humilde sonrisa:

—¡Quia, no señor! Yo estaba con los otros: era sargento en un terciovizcaíno y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis:calaveradas. Entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían llegadolos ocho hijos que ahora me devoran.

Y como si tuviera interés en que el doctor conociese exactamente suscreencias, siguió hablando:

—Por supuesto, que ahora me río de aquellas locuras. ¡Y

pensar que enSomorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora yano soy carlista, y como yo, la mayoría de los que entonces expusimos lapelleja.

—¿Pues qué son ustedes?...

—¿Qué hemos de ser, don Luis? ¿No lo sabe usted?...

Nacionalistas;bizkaitarras; partidarios de que el Señorío de Vizcaya vuelva á ser loque fué, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha. ¿Quiéneshan traído á este país la mala peste de la libertad y todas susimpiedades? La gente del otro lado del Ebro, los maketos: y don Carlosno es más que un maketo, tan liberal como los que hoy reinan, y ademástiene los escándalos de su vida impropia de un católico.... Lo que yodigo, don Luis. Quédese la Maketania con su gente sin religión y sinvirtud y deje libre á la honrada y noble Bizkaya.... con B alta

¿eh? conB alta, y con K, pues la gente de España para robarnos en todo, hastamete mano en nuestro nombre escribiéndolo de distinta manera.

Y con el índice trazaba en el espacio grandes bes para que constaseuna vez más su protesta ortográfica.

El carruaje rodaba por los altos de Begoña. Dormía el camino en medio deuna paz monacal. A un lado y á otro alzábanse grandes edificios dereciente construcción. Eran conventos ocupados por frailes de órdenesantiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las señorasricas de la villa había levantado aquellos palacios. Allí iba á pararuna parte no pequeña de las ganancias de las minas. La limosnacuantiosa, y los

legados

testamentarios

cubrían

de

conventos

ó

iglesiasaquella parte del monte Artagán. El silencio monacal, que parecíaextenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida queexhalaba abajo la población, dominada á aquella hora por la fiebre delos negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en lastorrecillas de ladrillo rojo, llamando á gentes invisibles: seentreabría un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil,blanca y almidonada y un rincón de huerto frondoso. Aresti, influenciadopor este ambiente, pensaba en los místicos retiros de la Flandescatólica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y susbeguinas cubiertas por tocas nítidas, de movibles alas, como mariposasde nieve.

Goicochea seguía hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de donTomás, el cura que iban á visitar; «un santo varón» que en otros tiemposconfesaba á la de Sánchez Morueta y que pronto moriría como un justo sila Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje paró ante la iglesiade la imagen famosa, atravesando la Plaza de la República; la Repúblicade Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales.

Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa del cura para ver áéste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante la proximidadde la muerte. Al reconocer al doctor, con el que había disputado más deuna vez en casa de Sánchez Morueta, el viejo mostró en sus gestos ciertaesperanza. ¡A ver si podía salvarlo con aquella ciencia que habíaensalzado tantas veces al discutir con él! No podía dormir, no podíaacostarse; se ahogaba. Aresti conoció á primera vista la gravedad de sudolencia. Tenía enfermo el corazón, el órgano rebelde á todo reparo. Pormás que intentó animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con suastucia aguzada por el miedo, adivinó la ineficacia del remedio, entreaquellos planes de curación que Aresti le proponía por decir algo.

—¡Lo mismo que los otros!—gimió.—¡Ay Virgen de Begoña!... ¡Virgen deBegoñaaa!

El acento desesperado con que llamaba á la Virgen, revelaba el egoísmode la vida, agarrándose á la última esperanza, implorando un milagro,con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todaslas leyes de la existencia.

Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea miró al templo y se descubriócomo si le pesara volver á la villa sin saludar á la imagen.

—Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don Luis? Nos queda tiempode sobra. ¿Usted, indudablemente, no habrá visto á la Virgen desde quele coronaron como Señora de Vizcaya? Pues está muy bonita. Entremos y yopediré un poco por el desgraciado don Tomás.

Aresti se dejó conducir. No había estado allí desde que era niño, y leinteresaba ver las grandes reformas que la devoción de los ricos deabajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durantelas guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del paíshostiles á la nacionalidad española y á sus progresos.

Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todaslas iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía el vecindario,amparado de la lluvia, para tratar los asuntos públicos después de lamisa. Por algo, la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título deanteiglesias, en época de fueros.

Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia elaltar mayor, dejándose caer de rodillas ante la Virgen con devocióncompungida, Aresti paseó por el templo, examinándolo. Losreclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente suatención. Eran piezas de esa ebanistería parisién del barrio de SanSulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios paralas señoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compañerosde oficio adornan un dormitorio ó un budoir. El gusto artístico deljesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un góticosobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastraspendían, como banderas de victoria, los estandartes de las diversasperegrinaciones, y cubrían las paredes lápidas conmemorativas envascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación dela Virgen.

Al médico le interesaban más los votos que se extendían por la pared, ála altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cándida y grosera,representando olas alborotadas, barcos próximos á zozobrar con los palosrotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el cascodesmantelado, un rayo semejante á una lombriz roja. Provocaban la risacomo obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellosel recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eranvotos de la

gente

de

mar,

muestras

de

agradecimiento

de

tripulacionesvizcaínas, por haberlas salvado la imagen de Begoña de espantosastempestades. Los cuadros más antiguos y borrosos representabanbergantines y fragatas con las velas rotas, encabritándose sobre lasolas, flotando entre estas algún mástil roto: los más modernos eranvapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubiertabarrida por el agua. Y

Aresti pensaba en la pobreza humana que resurgesiempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza; en la fe quesiente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.

Goicochea había cesado de rezar y, acercándose al doctor, hablábale aloído con la satisfacción del que muestra las bellezas de su propia casa.

—Mírela usted—decía señalando á la imagen.—¡Qué hermosa es! ¡Y québien le sienta la corona!...

Aresti miraba la imagen, el «fetiche bizkaitarra», como decía él en suscenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea,como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen milagros. Lacabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona, inflada como unglobo; hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto detoda clase de

piedras

preciosas.

Los

diamantes,

perlas

y

esmeraldasarrojadas á manos llenas por la devoción, como si el brillo pudieseaumentar la hermosura de la imagen, esparcíanse también sobre elpequeñuelo que la Virgen mostraba entre sus manos.

—Cuántas

joyas

¿eh?—murmuraba

con

entusiasmo

Goicochea.—Esto sólo seve en este país. Aquí hay religión y riqueza.

El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebaño de lasminas, calculando en cuánto habría contribuido su miseria á aquellosregalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de unos pocos,sobre un madero tallado.

—¡Si usted hubiese visto el acto de la coronación!—continuó la voz deGoicochea con sordina.—Aún me estremezco de entusiasmo recordándolo.Fué cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince días deperegrinación de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pasó por aquí:peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir,peregrinación de obreros; las anteiglesias en masa con sus párrocos alfrente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes, yde padres jesuítas: pero sermones buenos de veras, en vascuence:diciendo lo que significaba la coronación de la Virgen como Señora deVizcaya.

Fíjese usted bien.... ¡Señora! Vizcaya sólo ha tenidoSeñores.

Hasta Dios es para nosotros Jaungoicoa ó sea «Señor dearriba.»

Eso de reyes y reinas es cosa de los maketos. Desde el día dela coronación de la Señora, que moralmente hemos arreglado nuestrascuentas con los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre.La cosa fué conmovedora: como organizada por los principales delpartido.... Pero vámonos, que aquí molestamos hablando.

Goicochea salió del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dosaldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.

En el porche de la iglesia continuó dando expansión á su entusiasmo.

—¿Y ha visto usted cuántos milagros? ¿No le enternece eso?...

—Sí—dijo Aresti con gravedad.—A mí me conmueve la piedad de loshombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo á laVirgen, por haber estado próximos á naufragar y no haber naufragado.Gran cosa es la fe. Lo mismo que á ellos, les ocurre casi todos los díasá marineros ingleses, suecos ó americanos que son protestantes ó no sonnada, y se salvan á pesar de no tener una Virgen de Begoña á quienrecomendarse. Además, vaya usted á saber los vizcaínos que se habránahogado después de implorar á la Virgen. Esos no han podido venir aquí ácontarlo.

El secretario hizo un movimiento de extrañeza, mirando escandalizado almédico.

—Don Luis—dijo con acento dulzón.—No empiece usted á soltar de lassuyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa dela Virgen, y que ésta le castigará.

—No; yo no me burlo de la fe—dijo Aresti.—El hombre es naturalmentecobarde ante el dolor, ante un peligro que supera á sus fuerzas; bastaque se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Meacuerdo de mister Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas,un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión deburlarse de la idolatría de los católicos y de su culto á las imágenes.Un día, un peón despedido por él del trabajo, le dió una puñalada demuerte. Cuando se convenció de que no podíamos salvarle, rompió enlloros y aclamaciones á la Virgen, lo mismo que don Tomás. Se agarró ála misma fe de las mujeres más ignorantes del pueblo. Llamaba á laVirgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la calle.

—¿Y llegó á salvarse?—dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de unmilagro.

—No; murió á las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado ánadie.

Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de laconversación.

—¡Qué hermosa vista!—dijo señalando la parte de la villa que sealcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañasde las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.—Esto esel más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí!¡Cuánta riqueza!...

Luego, añadió en tono confidencial.

—Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que esimposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otrositio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los altos hornos,de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos abandonado, quienmás quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios no senecesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lotocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes?

Aquí no haymás que Vizcaya y su Señora santísima. Pregunte usted si quierenvolver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo loshe conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, yahora van camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minasque en su juventud

cogieron

el

fusil.

Necuacuam,

ninguno

sueñaremotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubieraexistido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado lascosas á mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemosel buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nosimporta es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que está por encimade la Patria y del Rey.

Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarseante su gesto.

—A ver: siga usted, señor Goicochea,—dijo el doctor.—Me interesa eso,pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor de sernacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) seemancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus guiris, sus ches de pantalones rojos, prontos á disparar el fusilcomo en otros tiempos.

Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con quehabía oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados españoles,llamados ches en Bilbao, por ser valencianos muchos de los quecomponían la guarnición durante el sitio.

—Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buenadirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros impondremos á Españalas sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos aislaremoscomo ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por elSagrado Corazón de Jesús.

Allí están los que dirigen y son gente que loentiende: allí se prepara el porvenir.

Y señalaba en dirección á la ría, como si al través de las inmediatasalturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario,para él, de la sabiduría humana.

—Pues hay para rato, señor Goicochea—dijo el médico saliendo delporche en busca del carruaje.

—No diré que no, don Luis. Nuestra redención es algo difícil por lacontinua inmigración de gentes que traen con ellas las malas costumbresde España. Lo peorcito de cada casa, que viene aquí á trabajar y á hacerfortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.Cada vez son más: en Bilbao, hay que buscar casi con candil losapellidos vascongados. Todos son Martínez ó García, y se habla menos elvascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos hatraído la prosperidad. Pero todo se andará. Yo pienso lo que GarcíaMoreno, aquel gobernante del Ecuador, que, según cuentan los padres deDeusto, fué el estadista más grande del siglo. ¿Sabe usted lo que dijoal recibir la puñalada que lo mató?

«Dios no muere nunca».... Pues esodigo yo. Dios no muere y no morirá Vizcaya que, por el amor que sientehacia su santísima madre, es su hija predilecta.

Ya no dijo más en todo el camino. Al fin, pareció amoscarse por lamirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con queacogía sus palabras. Reconocía en él un digno primo de Sánchez Morueta;pues el secretario, á pesar de su servilismo exterior, sentía ciertarepugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes deimpiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oíruna misa. Él conocía los hondos disgustos que esta conductaproporcionaba á la buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de lainfluencia que ejercía su hija sobre el padre, podía conseguir que éstelas acompañase alguna vez á la iglesia. ¡Que hombres los dos!

¡Imposibleparecía que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...

A las dos de la tarde se vió Aresti de nuevo en el coche, camino de LasArenas con su primo y el capitán Iriondo.

Goicochea, invitado también ála comida de familia, había salido antes en el tranvía.

—Tú no descansas—decía el médico á su primo,—¡todos los días LasArenas á Bilbao!

—Todos los días. Cuando edifiqué el hotel, creí que me quedaría mesesenteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por lasmañanas voy de un lado á otro, sin saber qué hacer y acabo por mandarque enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas enel jardín, oyendo á Pepita que toca el piano.

—¡La vida de familia!... ¡Tú eres feliz—exclamó el médico.

Su primo le miró con ojos interrogantes, como si encontrase en suspalabras cierta ironía.

—Sí: la vida de familia—dijo.—Es la que más me gusta.

Lástima que eneste Bilbao no pueda uno gozarla á sus anchas, libre de influenciasextrañas. Tú bien lo sabes, Luis.

Y calló, mientras el médico quedaba también silencioso y cabizbajo, comosumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruajelos hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se albergaba laaristocracia de la villa; después las verjas y escalinatas de laUniversidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ríasus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti veíaahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que habíaadmirado por la mañana en el tren.

Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron sumutismo, animándose con repentina alegría. Aquella era su patria: allíhabían nacido los tres.

Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hacía preguntas á suscompañeros, recordándoles los incidentes de la juventud.

Aún veía, como si lo tuviera ante sus ojos, al señor Juan Sánchez, elpadre de Sánchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciadorobscuro de la presente prosperidad, el que de un tirón los despegó átodos del bajo fondo social en que habían nacido.

No era del país: habíallegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose enOlaveaga como gabarrero, y casándose con una joven del pueblo, que teníavarios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas yflores á Bilbao.

Fué una vida de trabajo: la mujer á la huerta y él á laría, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus aguaduchos óavenidas que la convertían en torrente y sus revueltas y bajos quehacían zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra ylas gabarras subían hasta la villa los cargamentos de bacalao y demaderas, necesitando, para esta conducción, de hombres expertos. Ir deBilbao á Portugalete era entonces un viaje que sólo osaban emprender losatrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban carrozas. Lagóndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la únicaembarcación que surcaba la ría con frecuencia. Los gabarreros,intermediarios

obligados

de

todo

comercio,

prosperaban rápidamente, yOlaveaga era el pueblo más rico del Nervión. El señor Juan servía á lascasas más importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jamáshabía averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajosde la ría ó en la vuelta de la Salve; conocía las aguas palmo á palmo, ysiempre que había que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, lellamaban á él. Así fué reuniendo una fortuna para su hijo único, queandando el tiempo había de ser el famoso Sánchez Morueta. En aquellaépoca, el futuro millonario iba todas las mañanas al instituto deBilbao, á estudiar Náutica, pues su padre le quería marino, pero de losde altura, para navegar y comerciar en grande, á través de todos losmares, como él lo hacía en la ría. El honrado gabarrero, satisfecho desu suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión,seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariñoentre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti,hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia dehortelanos, se habían unido con hombres de mar; pero la casada con elgabarrero, tuvo más suerte que su hermana menor, que se enamoró deChomín Aresti, un mocetón de la matrícula de Bermeo, que navegaba por elCantábrico como patrón de balandros de cabotaje, siempre expuesto áperecer en un día de galerna. A los ocho años de casados, ocurrió lacatástrofe.

Chomín se ahogó en un naufragio, y la viuda, llevando enbrazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se mirabacon asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos losrincones de la casa de su hermana.

—No te apures, mujer—decía el señor Juan.—Otras están peor que tú,que tienes á tu hermana y me tienes á mí. No morirás de hambre, ya quesegún parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aquí estoy yo,que rabio, porque la mía sólo me ha dado un chico.

Y así era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dándolehijos, conforme prosperaba la casa. Sentíase cohibido al no poder llevaren sus brazos á aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan altocomo él y mucho más serio. Por esto agarró con un entusiasmo paternal ásu sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron á todas horas en lagabarra ó por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano,acariciándolo como si fuese un nuevo hijo.

Aresti no conoció otro padre que el señor Juan, y Sánchez Morueta fuépara él un hermano. El mocetón grave, de carácter áspero, tuvo para elpequeño dulzuras y atenciones que sorprendían á la familia.

Cuando el gabarrero iba á Bilbao, llevábase á Luis, dejándolo en lasbanquetas de los escritorios mientras ajustaba con los señores la cuentade sus viajes. Por las noches lo dormía sobre sus rodillas, cantándolelos viejos zortzicos de los barqueros del Nervión ó relatándole patrañasque el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduríahistórica. Gustábale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lohabían fundado unos pescadores á orillas de la ría, entre las repúblicasde Begoña y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo quénombre dar á su aglomeración de chozas. Un día, por divertirse,arrojaron al Nervión un botijo vacío. Bil, bil, bil cantaba el agua alpenetrar en él y cuando casi lleno se fué á fondo, lanza un sonoro bao. Los pescadores gritaron «Bilbao será su nombre». Y el gabarreromiraba al pequeño y á las dos mujeres que le escuchaban atónitas,admirando su sabiduría del pasado.

El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que habíaterminado su carrera en compañía de Matías Iriondo, hijo de un vecino,se embarcó en un vapor que hacía viajes á Inglaterra. Al poco tiempo, nosatisfecho de la vida del mar ó deseoso de mayor medro, se quedó enLondres, entrando como empleado en una casa vizcaína.

Su madre murió de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre unsurco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niñez, y que sumarido no podía hacerla abandonar. Había querido, al irse del mundo,morir abrazada á aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba almercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El señor Juan se sintió másunido á su cuñada y su sobrino. El hijo escribía de tarde en tarde: laría ofrecía cada vez menos alicientes para él.

Comenzaba á despertar la explotación de las minas y se hablaba delimpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los vaporesllegasen hasta el mismo paseo del Arenal. ¡Adiós las gabarras! Ydescuidando un negocio cuya muerte veía próxima, tranquilo ante elporvenir, pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en elpueblo, no tuvo otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar susprogresos.

—¡Diablo de rapaz!—decía hablando de él con los viejos camaradas de laría.—¡De dónde habrá sacado tanto talento!

¡Nadie hubiera dicho que deaquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así!...

Y el gabarrero temblaba de emoción, saltándole las lágrimas, cuando lehablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tenía á losseñores del Instituto. Llegó el momento de que Aresti, á los catorceaños, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad. A ver ¿quéquería ser? ¡con franqueza! Allí estaba el tío Juan con la bolsa abiertapara costearle la carrera que más le gustase... aunque quisiera ser SumoPontífice. Marino no: ya había bastante con uno en la familia. ¿Médico?¿quería ser médico? Algo más grande y de mayor brillo había soñado elgabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin

¡vaya porla medicina! Y como puesto á hacer las cosas había que hacerlas bien, leenviaría á estudiar á Madrid. No reparaba en gasto más ó menos. Para esohabía trabajado él, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que,con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le habíanconocido descalzo y despechugado, remando en la ría, entregarían lasvidas á su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza y llamándolo átodas horas «señor doctor».

Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran transformación de lafamilia, el tirón loco de la suerte que sacó de la obscuridad á SánchezMorueta. Su primo se presentó inesperadamente en Olaveaga. Venía á laconquista de la Fortuna; sabía dónde estaba oculta y llegaba antes quelos demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero.El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgiaabaratando la fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo yningunos como los de las minas de Bilbao. Iba á comenzar en aquellasmontañas un período de explotación loca, de rápidas fortunas: el queprimero se apoderase del mineral sería rico como un príncipe. Dinero...necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas loentendió; pero tenía fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad,aquel pensamiento siempre reconcentrado y en función: y le entregó susahorros, vendió las gabarras y hasta la casa nueva que había construidoimitando á las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.

Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez Morueta, aquellatransformación de cuento mágico, atropellándose los negocios fabulosos,las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo paraenriquecer á aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leveestremecimiento en su rostro impasible. Se apoderó rápidamente de lamontaña. Allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente elllamado campanil, que era el más rico, allí ponía sus manos devencedor, diciendo: «Esto es mío». Compraba minas para venderlas al messiguiente á los ingleses que llegaban detrás de él. Tenía en el abra losvapores á docenas, cargándolos de aquellos terrones rojos que eran comooro. Bilbao hablaba de Sánchez Morueta con admiración: sonaba su nombreá todas horas. Mientras los demás dormían, él había visto claro; cuandola gente comenzaba á despertar, ya era él millonario. Tras sus espaldasde luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas ytardíos buscadores de la fortuna.

«Tu primo está loco—escribía el señor Juan á su sobrino.—

Esto es unescándalo; los millones entran en casa como una inundación. Ahora hablade construir una flota de barcos propia para que transporten el mineralá Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión,que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra ¡quésé yo cuántas locuras más! Créeme, Luisillo; esto es demasiado: no puededurar».

Y hablaba con asombro de su nueva existencia. Él y la madre de Luisvivían con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con unbatallón de empleados, sirvientes y parásitos.

Una vida de abundancia yde movimiento que hacía pensar melancólicamente á los dos viejos en sushuertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de losmontes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol. Además,el poderoso príncipe de la industria se había casado para hacerdignamente los honores á la fortuna que llegaba. Su mujer era una señorita de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto ytemor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales queSánchez Morueta había tenido en Londres. Su familia de hidalgos vivíaestrechamente de las flacas rentas de algunas caserías: nobleza agrícolaque hacía remontar sus blasones á los tiempos casi fabulosos de Vizcaya,á Jaun Zuria el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosafortuna del hijo del gabarrero, había accedido á emparentar con él.Sánchez Morueta, casi al día siguiente de la boda, había continuado suvida de agitación, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer,de una belleza rubia, áspera y dura, fruncía el entrecejo ante los dosancianos que vejetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unoscriados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre lasiglesias y las visitas á las principales familias de Bilbao. Lasatisfacción de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidiade las amigas con su riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba enel matrimonio.

Después, cuando Aresti estaba próximo á terminar su carrera, ocurrió lamuerte del señor Juan. El viejo se fué del mundo asustado de la fortunade su hijo, creyéndole loco, presagiando un desquite terrible de la malasuerte, repitiendo tenazmente que

«aquello no podía durar». Alpresentarse Luis en Bilbao vió á su primo en plena gloria, con sugravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible á las desgracias comoá los triunfos. Sus párpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia conque le apretó sobre su pecho, fueron las únicas muestras de emoción porla muerte de su padre.

—Luis—dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,—sigue tucarrera: después irás al extranjero. Estudia... no vaciles ante losgastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tupadre.

Y Aresti vivió tres años en París, hizo la vida de estudiante en elBarrio Latino, fué interno en los hospitales, al lado de los máscélebres cirujanos, y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao antesque él regresase. Cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en suprestigio lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad depariente de Sánchez Morueta.

Su primo había realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altoshornos de fundición junto á la ría, casi todo el mineral de Vizcayamonopolizado por él, y el dinero acudiendo á sus manos, embriagándolocon la borrachera de la fortuna.

La madre de Aresti había muerto mientras él estaba en París: habíalanguidecido, como su cuñado, en aquel ambiente de grandeza que laasustaba. El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y seinstaló en su casa. Cristina, que había tenido una hija y por loscuidados de la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor. Laacompañaba tardes enteras hablándola de París, la famosa ciudad delpecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solohabía entrevisto en un rápido viaje de bodas. De toda la familia delmarido, Aresti era el único que lograba despertar en ella ciertasimpatía.

Además, Sánchez Morueta siempre estaba ausente; sólo le veíapor la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, supensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretenía, seenteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la dabaconsejos acerca de vestidos y joyas, recordando in mente sus tratoscon ciertas amigas de París, encargaba para ella periódicos de modas, yhalagaba su vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida deBilbao.

Cristina sólo torcía el gesto y parecía enfadarse con el doctor cuando áéste se le escapaba alguna afirmación impía, ó cuando, sin darse cuentade ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los predicadoresque el entusiasmo de todas ellas ponía en boga. Eran resabios, segúnCristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa pocoen Dios. ¿No podía estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesuítas,sin separarse por eso de la religión? Debía sentar la cabeza, y paraesto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con latenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones,se dedicó á proponer á Luis todas las jóvenes casaderas que conocía,enumerando sus méritos entre las risas y protestas del doctor.

Un día, le habló con gran decisión. Ninguna le convenía como la pequeñade Lizamendi. La mamá era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana,emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas,aunque mejor se habían visto en otros tiempos; el padre había gastadomucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas lasfamilias decentes del país. Y Cristina daba á entender en su gesto ladiferencia inabordable que aún existía para ella, entre la aristocraciaantigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada é hijade la fortuna, á la cual se había dignado descender.

Aresti se vió asediado por su parienta. La pequeña de Lizamendi no leparecía mal. La mamá aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y eldoctor encontraba á las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en elsalón de su casa. Al fin acabó por ceder á los reiterados consejos de suprima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada tranquila deSánchez Morueta. Si había de casarse, no era mala proporción la deLizamendi. Él había soñado algunas veces con la tranquila existencia defamilia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de laprofesión, encontrando, al volver á casa una boca sonriente que lebesase, unos brazos que vinieran á sorprenderle con repentina caricia,mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien veía él queAntonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como lamayoría de las niñas de su clase, con una instrucción de monja, sin máshorizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias á laiglesia. Pero él despertaría aquella alma; él la formaría á su imagen ysemejanza.

¡Infeliz doctor!...

Al recordar este período de su pasado, Aresti sonreía amargamente,burlándose de su optimismo. ¡Cambiar él á su mujer! ¡Transformarla!....Él era quien había estado próximo á anularse, á desaparecer aplastado enel engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas muertas. Secasaron, y Aresti se trasladó á la casa de su mujer. La madre no queríasepararse de la hija; además, la familia, como ella decía, necesitaba unhombre para mayor respeto. El joven médico creyó de buena fe que estabaenamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbaína, la acompañaba átodas partes, hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, porfundirse moralmente con aquella muñeca que se le había entregado, y queuna vez cumplidos los deberes conyugales, quería seguir su vida devisitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y laotra hermana eran un perpetuo obstáculo, tras el cual se ocultaba laesposa. Lentamente se veía Aresti empujado á un mundo nuevo que no erade su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familiadisponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta distinción.Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padrejesuíta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban áLuis, con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servirgratuitamente á los elegidos del Señor. El médico racionalista se veíaconvertido por su familia en un trotaconventos, curando á gentes queinsultaban su ciencia después de aprovecharla y no perdían ocasión dedarle las gracias echándole en cara su falta de religiosidad.

¿Dóndeestaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? ¿Dóndeaquella mujer enamorada y entusiasta que le había de ayudar con sudulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?...

Aresti, á los dos años de casado, adquirió la convicción de que suesposa no le amaba. Es más: le sirvió de consuelo la certidumbre de queella no podía amar á nadie. La iglesia, la confesión con el padre demoda, un buen vestido para dar envidia á las amigas y el visiteo entremujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado á losnegocios y á traer dinero á casa; estas eran todas las aspiraciones desu vida.

Además, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de sumujer extrañas influencias que venían de fuera. En su casa, á solas conAntonieta, presentía la existencia de invisibles fantasmas que leespiaban, que tomaban nota de sus acciones, que á cada arranque depasión parecían interponerse entre su mujer y él.

—¿Por qué estás siempre leyendo?—preguntaba á veces la joven.—¡Ay,esos libros! ¡Con qué gusto los quemaría!

Con frecuencia, echábale en cara su falta de religiosidad; le oía consonrisa de lástima, hablar de sus entusiasmos científicos, pensando enlos fragmentos de sermón que había escuchado contra aquella cienciamalvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le heríanmenos en sus ilusiones.

¡Estaba solo! Más solo que cuando vivía enParís, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, seacentuaba entre él y su nueva familia. Era en su casa como los esclavosde Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias ó lasartes, pero que en presencia de los señores recobraban su humildecondición, y seguían siendo esclavos.

Al intentar una débil protesta, se aterraba apreciando la separaciónmoral que existía entre él y su mujer.

—Nosotras somos así—decía con altivez.—Cada uno es como se haeducado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.

La madre y la hermana iban más lejos.

—Nosotras somos las de Lizamendi—le decían con arrogancia.—¿Y quiéneres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ría.

Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico unabismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á eterna separaciónde lo que él consideraba su familia.

¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer, besaba á una estatuafría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las preocupacionesreligiosas,

llegaban

hasta

su

dormitorio.

«Déjame, Luis—decía suesposa—mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacerexamen de conciencia».

Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendíahasta la vida conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no erasuya, que disponía de ella menos que á medias, compartiéndola en unaespecie de adulterio moral con directores de conciencia que apenasconocía. A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezasque asustaban al doctor. «Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda laSanta Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... ¡Ay, Luis!¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y fueses á laIglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia notabaen su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vezestarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiabasus acciones.

Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y lacuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silenciohostil de su mujer.

—¿Pero quién eres tú?—le dijeron un día.—Un pobretón que, aunqueganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambreen casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No sirves paraotra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces defilósofos contra Dios y la religión.

¡Si al menos supieras ganar dinerocomo tu primo Sánchez Morueta!...

Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre aquella gente? Por mástiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignadasumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia.

Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara de médico á lasminas, y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna,salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no!Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargashumillaciones; ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujerdentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos.Además, dejaba á sus espaldas á las tres señoras de Lizamendi, que, parajustificar la fuga del doctor, hablaban á todos de la grosería de sucarácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías.

Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta, casi rompió todarelación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido. ¡Dejar asíá la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devocióncomo todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que SánchezMorueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase supropósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposase contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antiguaamistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao,sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.

Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para habitar su hotel de LasArenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le interesaba su sobrinaPepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero enestas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés enapariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así comoavanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmosreligiosos. La maternidad y los años, la hacían retirarse de laostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en lastertulias, con sus trajes y sus joyas.

Ahora la llamaban irónicamente«la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de lasasociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas,en cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta.

Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en suprimo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel tampoco eradichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su casa,para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de suhogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque eldinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto dehumillaciones; porque con un puñado de su riqueza, esparcida sinregatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estabaobligado á hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amarguradel aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegríamomentánea que experimentaba al ver á su primo, el único que lograbaablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.

El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de vapores queesperaban turno para la carga; de buques sin flete que dormían en lasaguas muertas. Era el hospital de los barcos, según palabras de Iriondo.En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos deBilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada pararesguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras. Elmillonario lanzó al pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme ygallardo, una mirada en la que vió Aresti la nostalgia de la vida delmar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miseriasy preocupaciones terrestres.

Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizontecon su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altoshornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de fundición, susnumerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo losextensos cobertizos notábase el hormigueo de varios miles de obreros.Llegaban arrollados por el viento los estrépitos de la industria, elmartilleo poderoso, los resoplidos de las máquinas, el mugido de losconvertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres suchorro de chispas y escorias.

Aresti admiraba esta grandeza industrial. ¡Todo era obra de su primo!

—¡Qué hermoso!—exclamó dando con el codo al millonario y mostrándolesus fundiciones.—¡Y pensar que de pequeño has correteado entre loschicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. ¿Hay alguien másfeliz que tú?...

Sánchez Morueta miró un instante á su primo, con inquietud, como sitemiera que se burlase. Después añadió con voz lenta:

—Sí, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. Amí me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve....Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.

III

Fué una «comida íntima» la que dió Sánchez Morueta por ser sus días. Noestaban en el comedor otras señoras que la esposa del millonario y suhija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitánIriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingenierodirector de los altos hornos, ó parientes de la familia como el doctorAresti y Fermín Urquiola.

Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano dela señora, aunque Sánchez Morueta no mostraba por él gran simpatía. Eraun antiguo discípulo de Deusto, que, después de abandonar laUniversidad, seguía á las órdenes de los Padres de la Compañía lo mismoque cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamabaá sí misma distinguida, admirábale por su fuerza muscular y elentusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Erael organizador y el hombre de acción de todas las asociaciones piadosas.Su ideal consistía en tener á los liberalitos en un puño y no dejarque las gentes de la Maketania se apoderasen del país.

Pasaba en Bilbaopor ser uno de los jóvenes más elegantes, pero cuando llegaban luchaselectorales, se le veía con la boina sobre los ojos, empuñando un enormegarrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. Larizosa y poblada barba, la nariz aguileña y pesada y sus ojos negros debohemio, dábanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque lashacía recordar la cara adorada de su ídolo.

—¡Se le parece al señor!...—murmuraban.—Tiene toda la cara de donCarlos.

Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la másleve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por exceso deentusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoríos delfugitivo rey de las montañas. Su familia, arruinada por la guerra,apenas si le había dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola seayudaba buscando la protección de las familias más linajudas de Bilbao,que veían en él un acabado ejemplar de la juventud sana educada enDeusto.

Alborotaba en las luchas políticas, llevando á ellas la mismaviolencia de su partido cuando se batía en los montes. Por las nochesmezclábase en los escándalos de ciertas casas del barrio de SanFrancisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelicesmercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyendasobre su nacimiento que le convertía casi en un príncipe. Los amigostenían fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegían, sonriendobenévolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida:ya le casarían ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos.

Sánchez Morueta le veía en su casa con disgusto, pero no osabamanifestarlo claramente por consideración á doña Cristina, que parecíaorgullosa de su sobrino.

—Este animal viene indudablemente por Pepita—decía Aresti, á quieninteresaba Urquiola como un ejemplar raro de egoísmo y brutalidad.

Y se fijaba en su sobrina, la cual, á pesar de las insinuaciones de lamadre, mostraba más inclinación por Sanabre, el ingeniero de los altoshornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecíanintimidarla. Gustaba la joven de saber por él todo cuanto pudieramolestar á sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas queproyectaban los padres de la Compañía para entretener y conservar bajosu dominio á una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estostemas, la joven se alejaba de él y permanecía silenciosa, comoabroquelada por la instintiva repulsión que parecía inspirarle el famosodiscípulo de Deusto.

Aresti veía en su sobrina la niña rica de las familias de su tierra;educada primero por las monjas y dirigida después por el confesor hastaen los hechos más pequeños de su existencia; con la voluntad adormecida,y considerando como un pecado, el más leve intento de iniciativapropia.

El doctor reconocía que no era gran cosa como mujer: la alegría de lajuventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez demuchacha sana en la que todos los encantos femeniles están aúnrecogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la formadefinitiva. A través de su belleza en agraz, adivinábase el esqueletofuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para susbrazos delicados, había mucho de Sánchez Morueta. Era la primeraevolución de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y elbienestar, guardando aún los signos de su origen.

Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia reciéncreada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirloy siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir laenvidia ajena. La hija de Sánchez Morueta era tan admirada como supadre, cuando iba á Bilbao á oír misa en la iglesia de los jesuítas óasistía por las tardes á las conferencias de las Hijas de María. Losjóvenes salidos de Deusto hablaban con fruición de ella y de losmillones del padre.

«¡Qué magnífico bocado!» Y cada uno acariciaba laposibilidad de que le tocase la lotería del matrimonio, en un país dondecasi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negociosvulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo dealgún padre jesuíta.

La comida deslizábase placenteramente. Todos sentían la dulzura delbienestar, la satisfacción de la vida, en aquel comedor, al que daban,el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresión desuntuosidad discreta y señorial. Las grandes piezas del servicio lucíansu brillo mate de plata vieja y sólida, trabajada á martillo. Por lasvidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento,las verdes copas de los árboles del jardín. La mesa era servida porcriadas jóvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas yrojas como melocotones,

daban

una

impresión

de

perfume

primaveralsemejante al de las flores que adornaban la mesa.

Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hacía mucho tiempo que no lahabía visto tan amable. Ni la más leve alusión á las de Lizamendi; niuna frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradecía la visita quepor la mañana había hecho á Begoña. El doctor, examinándola, encontrabaen ella algo de monacal, á pesar de que en honor al día se habíacubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero había en élcierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cualrecordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ellalos estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado dela grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.

—Esta se entrega—pensaba Aresti.—Huele á incienso como las otras.

El médico atraía las miradas y las preguntas de todos los convidados.Era un original que despertaba interés, viviendo como un solitario en lamontaña, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba concierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos á Aresticomo si fuese un viajero de vuelta de una exploración por paísessalvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas sepresentaban ante muchos de ellos como un país lejano, que servía paraenriquecer á los potentados de la villa, pero al cual sólo se asomabanalguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras detrabajo

rudo

y

aquellas

chabolas,

donde

dormían

amontonados loshombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubiascon tocino, sentían la voluptuosidad del egoísmo. El comedor les parecíamás hermoso, y sonreían al desfile de manjares, á las angulas delpaís, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, á los platosextranjeros que nunca faltaban en la cocina de Sánchez Morueta y á lafila de copas de diversas formas y colores que cada uno tenía delante, yen las cuales iban cayendo los vinos más diversos, desde el Tokay y el Chablis del principio de la comida, hasta el Cordón Rouge y el Pomery, que servirían al final.