El Intruso by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

EL INTRUSO

—NOVELA—

22.000

F. Sempere y C.ª, Editores

CALLE DEL PINTOR SOROLLA, 30 Y 32

VALENCIA

1904

Capítulos:I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X

I

Comenzaba á clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndoseempujado en un hombro. Lo primero que vió fué el rostro de manzana seca,verdoso y arrugado de Kataliñ, su ama de llaves, y los dos cuernos delpañuelo que llevaba la vieja arrollado á las sienes.

—Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella.

El juesque vaya.

Comenzó á vestirse el doctor, después de largos desperezos y una rebuscalenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordándose delos estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitoriode hombre solo.

Dos médicos tenía á sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aqueldía estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdamesdesde la noche anterior, para curar á varios mineros heridos por unaexplosión de dinamita.

Kataliñ le ayudó á ponerse el recio gabán, y abrió la puerta de la callemientras el doctor se calaba la boina y requería su cachaba, gruesocayado con contera de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas álas minas.

—Oye, Kataliñ—dijo al trasponer la puerta.—¿Sabes quién es el muerto?

El Maestrico disen. El que enseñaba por la noche el abesedario á lospinches y era novio de esa que llaman La Charanga. ¡Cómo estáGallarta, Señor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasía.

—Lo de siempre—murmuró el médico.—El crimen pasional.

A estosbárbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.

Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llamó desde la puerta.

—Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San José y que leesperan en Bilbao. No haga á su primo una de las suyas.

Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquelprimo que le había invitado á comer por ser sus días. En todo eldistrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con unaadmiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza ypoderío, le temían como á una fuerza omnipotente.

El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose defrío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las crestas de losmontes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hastadescansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones delTriano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó loslentes y siguió adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignadadel médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de suszapatos de monte se pegaban al barro; la cachaba iba marcando con sulanza un agujero á cada paso.

La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos contratistas delas minas, lo más distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que ibancamino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguoscamaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, sepegaban al médico acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba enellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en elextranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivirentre ellos, en la sociedad primitiva y casi bárbara del distritominero.

Esto les halagaba como si fuese una declaración de superioridaden pro de los mineros de las Encartaciones sobre los chimbos deBilbao. Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosaporque era primo hermano de Sánchez Morueta y éste no ocultaba su grancariño al médico...

¡Sánchez Morueta! ¡Cómo quién dice nada! Hacía muchos años que no habíaestado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurrían los meses sinque viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los másíntimos del famoso personaje.

Pero ya se podía preguntar por él, lomismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie semostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veíanminas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planosinclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras:de él, todo de él. Y de él también, los altos hornos que ardían día ynoche junto al Nervión, fabricando el acero, y gran parte de los vaporesatracados á los muelles de la ría cargando mineral ó descargando hulla,y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todoslos mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y unsinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, quefuncionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no sedejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer áun hombre rico de la noche á la mañana con sólo desearlo. Hasta losseñores de Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para queprestase ayuda al Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctorAresti, amado por Sánchez Morueta con un afecto doble de padre y dehermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de lalluvia de oro que parecía caer de su mirada y que hacía que los hombresse agolpasen en torno de él, con la furia brutal de la codicia,obligándolo á aislarse, á permanecer invisible, para no perecer bajo elformidable empujón de los adoradores!... La única merced que el médicohabía solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en lacuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecíanfaltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su famade práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habíandado en la villa sus arriesgadas operaciones, fué á aislarse en lasminas, cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita deGallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.

Los contratistas, los capataces, los químicos, toda la gente queformaba la clase sedentaria de las minas, admiraba á Aresti, poniendo ensu adoración algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio álas riquezas materiales.

—Le gusta vivir con nosotros—decían con orgullo.—Mejor prefiere unamerienda con gente de boina que un banquete en el palacio que SánchezMorueta tiene en Las Arenas... ¡Ser primo de Don José y pasarse mesessin verlo!... ¡Pero qué famoso es el doctor!

El mísero rebaño de los mineros, albergado en los barracones y cantinas,tenía una fe ciega en su ciencia, le miraba como á un brujo capaz de losmayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano.Pasaban por los caminos de la montaña un sinnúmero de lisiados, que, alconservar la vida después de horribles catástrofes, proclamaban lamaestría del cirujano.

—¡Que venga Don Luis!—gemía el minero herido por la explosión de unbarreno, ó el pinche casi enterrado por un desprendimiento de lacantera.

Y al ver con la mirada vidriosa de la agonía los lentes del doctor, susojos irónicos bajo unas cejas mefistofélicas y la barba en punta llenade canas precoces, los infelices sentíanse animados por repentinaconfianza; no percibían la llegada de la muerte, esperando hasta elúltimo momento el milagro que había de salvarles.

Los otros médicos del distrito eran recibidos por los enfermos contriste resignación. ¡Don Luis: sólo el doctor Aresti! Y las señoras deGallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que seaburrían en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo,sentían enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, sólo porel gusto de hablar con el doctor, que á más de su ciencia llevaba con élalgo de la grandeza de Sánchez Morueta y de las altas clases de Bilbaohasta las cuales soñaban con llegar algún día. Los maridos nonecesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en losasuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, lebuscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagruélicas.Le llevaban con ellos á las pruebas de bueyes y las apuestas debarrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos dela provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.

La noche anterior, Aresti se había acostado tarde. Ya que había de comeren Bilbao invitado por Don José (que así era conocido por antonomasiael poderoso Sánchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igualnombre, no querían dejar de obsequiar al doctor. Y hasta más de medianoche duró la cena en el fondín principal del pueblo: un banquete deplatos populares y substanciosos,

tales

como

los

soñaban

aquellos

ricosimprovisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en todaclase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfilede viandas vulgares rociadas desde la primera á la última con champagnede las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes eldistintivo de la riqueza; lo único que habían podido copiar de lasclases elevadas. Lo querían del más caro para que constase bien suopulencia y lo gastaban á cajas, abriendo á golpes las botellas, riendocomo niños cuando el líquido se derramaba por el suelo, mojándose unos áotros con la espuma, bebiéndolo en tanques y llenando á veces laspalanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que álos postres nunca dejaba de producir hilaridad.

Aresti sonreía recordando la fiesta de la noche anterior, lasextravagancias infantiles de aquellos rústicos, enriquecidos rápidamenteé imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada ylaboriosa que llevaban en el monte.

Sin detenerse en su marcha, el doctor contempló largo rato una colinaroja que se alzaba á un lado del camino. Aquella tumefacción del paisajeera obra del hombre. La montaña se había formado espuerta sobreespuerta. A su sombra habían nacido Gallarta y la riqueza del distrito.Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoña, la explotación másfamosa de las Encartaciones: toda de mineral campanil y del más rico.Allí habían comenzado su fortuna Sánchez Morueta y otros potentados deBilbao. Sólo quedaba como recuerdo la montaña de escoria. El dineroestaba en la villa, y en las entrañas de la tierra los siervos anónimosque habían dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.

Aresti vió un grupo de gente á un lado del camino. Pasaban corriendojunto á él chiquillos y mujeres. A veces se detenían para llamar á losque estaban en los desmontes inmediatos.

—¡Ené! ¡Han matado al Maestrico! ¡Vamos á verlo!

Y seguían corriendo hacia el gentío, en el cual se destacaban los negrosuniformes y las boinas con chapa de una pareja de miñones. Algunosmuchachuelos, pinches de las minas, llegaban atraídos por el suceso,llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos.Familiarizados con el explosivo, metíanse entre los grupos empujandopara abrirse paso y ver al muerto.

En medio del camino estaban inmóviles varias carretas con sus bueyes deraza vasca, pequeños, de patas finas, con una piel de carnero entre loscuernos adornando el yugo.

Al llegar el doctor se abrió el compacto grupo, dejando ver un hombretendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangreformaban una máscara sobre su rostro. Aresti no tuvo más que inclinarsepara convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.

El juez municipal, un contratista de los que habían cenado con Aresti,le habló del suceso, lamentando el madrugón que le había proporcionado.El pobre Maestrico debía haber muerto casi instantáneamente. Tenía ungolpe en el corazón, una de aquellas puñaladas que sólo se veían en lasminas donde vive tanta gente salida del presidio. Además, le habíanherido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Debían ser dos losque le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volvía de Bilbao. Parael juez, el suceso no ofrecía dudas. De allí iría á prender á losculpables sin miedo á equivocarse.

Recordaba á Aresti, en pocas palabras, la historia del muerto; unandaluz, de carácter triste y pocas palabras que había rodado por elmundo buscándose la vida en América en cien oficios, y trabajando entodas las minas de España. Por las noches, cuando volvía del trabajo,daba lecciones á los pinches. Vivía á pupilo en casa de los padres de la Charanga, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta á lachavalería de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciadode presidio, un rebelde que iba de una á otra cantera despedido siemprepor su insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atenciónpor su faja de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con unarsenal de armas oculto. El Maestrico se había enamorado de laCharanga con la pasión reconcentrada y silenciosa de un hombre decuarenta años. Los padres le querían, alabando sus costumbres sobrias,su actividad para ganarse la vida; y la muchacha, en su diferencia debestia alegre, decía que sí á todo, continuando sus relaciones con elmatoncillo. Iban á casarse en aquella misma semana. El Maestrico habíamarchado el día anterior á Bilbao para comprar algunos regalos á lanovia y, al regreso, el amante y su padre le habían esperado en elcamino.

Aresti oyó unos gemidos á su espalda. Entre el gentío, un minero viejose llevaba las manos á los ojos.

—Antón... pobre Maestrico. ¡Matar á un hombre así! ¡Tan bueno!...¡tan trabajador!

Era el padre de la Charanga, que lloraba ante el cadáver de su pupilo.

El médico se fijó en el abultado abdomen del muerto, é hizo que un miñóndesliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de mujer con la suelablanca y el charol deslumbrante; el calzado con que sueñan las muchachasde las minas como una elegancia suprema. El pobre Maestrico había idoá la villa para comprar este regalo á su novia.

Se abrió el grupo con cierto rumor de curiosidad, como á la llegada deun personaje esperado. Era la Charanga, con las manos en las fuertescaderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado,mostrando al sonreír sus dientes agudos de loba impúdica.

—¿Pero es verdad que han matao á ese?...

Y fijaba su mirada en el médico, con la misma expresión de lúbricagenerosidad con que muchas veces le había invitado á seguirla cuando leencontraba en el campo. Después contempló el cadáver fríamente, sinemoción, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompió á reír.

—¡Rediós! ¡Pus ya podía yo anoche esperar mis botas!...

Fué todo lo que se le ocurrió ante el cadáver del que iba á ser sumarido. Y rompiendo á codazos por entre los hombres que se conmovían alcontacto de sus caderas, salió del grupo, alejándose con soberbiaindiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor á ella iba á ir ápresidio.

—¡La bestia!—dijo el médico al juez, siguiéndola con la mirada.—Lahermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machosse maten por poseerla... Esto sólo se ve aquí.

Y Aresti sonreía con la satisfacción del naturalista que contempla ensu gabinete un animal extraordinario.

Llegaban de Gallarta nuevos grupos atraídos por la noticia delasesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miñones enbusca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadáver,llevándolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctoremprendió el regreso y, cerca ya de Gallarta, notó que un muchacho deunos catorce años, un pinche de los que trabajaban en las minas, leseguía, marchando tan pronto á su lado como delante, siempre volviendola cara hacia él, mirándole con unos ojos desmesuradamente abiertos,suplicantes y vidriosos como si fuesen á saltarles las lágrimas.

—¿Qué se ofrece caballero?—dijo Aresti con su voz alegre que parecíaesparcir la confianza entre los desgraciados.

—Señor dotor—gimió el muchacho.—Mi padre... mi pobre padre.

Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, seahogaron las palabras en su garganta y rompió á llorar.

Aresti se fijó en él. No era del país: debía ser maketo, de los quellegaban en cuadrillas de Castilla ó de León, empujados por el hambre,atraídos por los jornales de las minas. Un pantalón azul, con piezassuperpuestas en las posaderas y las rodillas, oscilaba sobre suszapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra oprimía unacamisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y lamaraña de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo deuna boina vieja. Olía á juventud descuidada, á ropas mantenidas sobre lacarne meses enteros. Aresti conocía este perfume de las minas; el hedorde los cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con lamisma envoltura.

—Tu padre... ya te entiendo—dijo bondadosamente.—¿Y qué le ocurre átu padre? Vamos á ver.

El pinche se explicó trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga,en una casa de peones, muy enfermo; se moría. Al amanecer había queridolevantarse para ir al trabajo como los demás compañeros, pero le ardíala piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la cantera.Él, que era su hijo, se había quedado para cuidarle. ¿Pero cómo,señor?... Estaba muy malo, mucho. ¡Para que él se hubiera decidido áperder el jornal del día!...

Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal varias veces, dándolecon su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostraciónde la gravedad del enfermo.

Aresti creyó consolarle, prometiendo que enviaría al médico que estabaen Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompió á llorarde nuevo.

—Señor dotor... Usted, sólo usted... Se lo pido por lo que quiera másen el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe más que todosjuntos. La gente dice que usted hace milagros...

Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó repetidas veces sinsaber qué decir, como si estas muestras de veneración fuesen todo sulenguaje y con él quisiera convencer al médico.

—Basta, muchacho—dijo Aresti riendo.—No sigas. Iré á Labarga para queno me beses más con tu cara sucia... Buena se va á poner Kataliñ cuandosepa que subo al monte.

El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habló con menosdificultad contestando á sus preguntas. Eran de tierra de Zamora yhabían venido á las minas su padre y él con seis paisanos más. Hacíatres años que realizaban este viaje á la entrada del invierno. Ellostenían allá su poquito de tierra.

Cultivaban hierba y centeno; lasmujeres se encargaban de los campos durante el frío y los hombresemprendían la peregrinación á Bilbao en busca de los jornales fabulosos,de once reales ó tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en elpaís. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha yplantar la del año próximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida eradura, morían algunos; pero se podía volver á casa con buenos ahorros.

—Yo, señor dotor, gano siete reales: mi padre once ú doce.

Damos unreal por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí todo va porlas nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineraldestroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra yno se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos ácasa á los diez meses con cuarenta ó cincuenta duros.

—Pues vais á ser ricos cualquier día—dijo Aresti.

—¡Quia! ¡no señor!—contestó el muchacho cándidamente.—

Ricos nunca loseremos. ¡Aun si ese dinero fuese para nosotros!...

—¿Es que lo regalais?...

—Se lo llevan los mandones. Con él pagamos la contribución.

Aresti caminó un buen rato en silencio, admirando una vez más lasencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo, habituadaá las privaciones, sin la más leve vegetación de ideas de protesta en sucerebro estéril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida decampamento, encorvados ante la piedra roja, arañándola de sol á sol conun desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentación,acelerando día por día la ruina de su organismo; y este sacrificioobscuro y penoso, era para sostener un derecho de propiedad ridículosobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre ypedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el Estado.

Al entrar en Gallarta, el médico pasó apresuradamente ante su casa,temiendo que les viera Catalina y le apostrofase por su subida almonte.

—Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y aún he de tomar el trenpara Bilbao.

Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuestaempinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustándoseá todas sus tortuosidades. Eran míseros edificios construidos conmineral en la época que éste no era tan buscado; gruesos paredonesagujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse ylos pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandesaleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embatesdel viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban losestablecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte.

Algunasventanas con vidrios empañados servían de escaparates, exhibiendozapatos ó quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa,enviados á las minas donde todo se compra sin protesta malo y caro. Acausa del desnivel entre la empinada calle y las casas, unas tiendastenían varios peldaños ante su puerta, como si fuesen torres; otras eranprofundas como cuevas, con una escalera interior para bajar á ellas. Losestablecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. Lacalle, con sus tiendas estrechas y lóbregas y sus casas de poca altura,hacía recordar la tortuosa vía de una población árabe.

Algunas carretaspermanecían detenidas á las puertas de las tabernas, moviendo losbueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentrogritaban los conductores ante los vasos de vino.

Aresti tenía buenas piernas, acostumbrado como estaba á aquel paísmontuoso, y apoyándose en la cachaba seguía sin dificultad al pincheque casi corría por el camino, con dirección á Labarga, uno de losbarrios extremos de Gallarta, situado en plena explotación minera. Asícomo ascendían por el áspero camino, era más fuerte el viento y seensanchaba el paisaje.

Agrandábanse los montes y se velaban los vallesbajo la bruma de la mañana. Por la parte del mar, el Serantes, queguarda la desembocadura de la ría de Bilbao, recortaba sobre el cieloplomizo su mole coronada por un castillete abandonado. A sus piesextendía el mar su ancha faja obscura, cortada á trechos por otrosmontes más bajos, metiéndose en triángulos, tierra adentro, en forma deensenadas y rías.

Hacía algún tiempo que el doctor no había subido á pie la cuesta deLabarga y encontraba cierta novedad al espectáculo.

Sin dejar de andar,iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos alpie de Serantes, era San Pedro Abanto; más allá, al lado de una ría,alzábase la montaña de Somorrostro. Dos nombres famosos que conocía todaEspaña después de la guerra civil. Como una resurrección de aquellalucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturasinmediatas al camino, tembló la tierra con sorda trepidación yestallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras porel aire. Eran los barrenos de las minas, que se disparaban á una horafija, por la mañana y por la tarde, avisando los vigilantes con suscornetas para que se alejase la gente. Más allá de las minas inmediatassonaron nuevas detonaciones, y luego otras más lejanas, estremeciéndosetoda la cuenca minera con un incesante cañoneo como si tronasen bateríasocultas en todos los repliegues y cúspides de los montes.

Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de lasEncartaciones, cuando el ejército liberal intentaba levantar el sitio deBilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria dela guerra y la destrucción, habían popularizado los nombres de doshumildes aldeas de Vizcaya. Él no había presenciado los combates; perocomo si los hubiera visto, después de escuchar su relato tantas veces álos viejos del país y á muchos de los contratistas que eran entoncesaldeanos hambrientos y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar alcura de su anteiglesia, habían tomado las armas en defensa del Señor ylos Fueros. En una casita blanca, que se alzaba entre los robledales delllano, habían matado de un certero cañonazo á los dos mejores generalesdel carlismo. Después, el médico miraba el monte de Somorrostro con susásperas pendientes, aislado, lúgubre como una pirámide. Aún seencontraban osamentas al cavar en las faldas. Allí había sido la grancarnicería: los batallones del gobierno, la infantería de marina, con labravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro,pugnaban por subir á lo más alto para vencer al enemigo, y éste losfusilaba impunemente desde sus atrincheramientos preparados con fríaanticipación, y pareciéndole poco mortífero el fusil, apelaba áprocedimientos de la guerra primitiva y salvaje. Soltaban desde lasalturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de lasminas, y estos carros de la muerte descendían saltando de peñasco enpeñasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba á cada choque, ácada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre losceltíberos bárbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedaslocas rompían las masas de pantalones rojos ó azules que en vanointentaban avanzar; aplastaban los hombres bajo su férreo volteo, hacíancrujir los huesos, deshilachaban los músculos, y, manchadas de sangre,seguían rodando hasta encallarse en el llano, ahitas de destrucción.

—¡Imbéciles! ¡imbéciles—repetía mentalmente el doctor.

Y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellosmontes y en otros de más allá; en todos los que dormían eternamente enlas entrañas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por unasimple cuestión de personas, hábilmente explotada en nombre delsentimiento religioso y de la repulsión que siente el vascongado portoda autoridad que le exija obediencia desde el otro lado del Ebro.

Contrastando con estos recuerdos de una época de violencias, rodeaban aldoctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, elmovimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra.Los tranvías aéreos para la conducción del mineral apoyaban sus cablessobre los robustos postes y deslizándose por ellos, pasaba el rosario detanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeñaderos,descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando losdescargaderos de Ortuella, la vía férrea del Triano, que es elrespiradero de las minas.

En el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corrían sobre losrieles lijeramente tendidos, las vagonetas de mineral, tiradas unas porcaballos, empujadas otras por hombres. Veíanse grandes plataformas demadera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehículosamarrados á una cadena sin fin. La vía automática de una compañíaextranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, queparecían seres animados. Los vehículos rodaban en dos filas, en opuestasdirecciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo sucamino en línea recta, encontrando un puente sobre cada abismo yatravesando las alturas por túneles pendientes que los devoraban.

El paisaje aparecía trastornado por la mano del hombre. El mineroviolaba á la Naturaleza, volcándola, desordenando sus ropajes. Todohabía cambiado de lugar. Las cumbres habían sido echadas abajo por lapiqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estabanconvertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecían desgarradas:lo que en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con elpavoroso corte del despeñadero. Habíase cambiado el curso de las aguas;las antiguas fuentes admiradas por los ancianos escapábanse ahora conrezumamiento fangoso por las angostas galerías que perforaban laspendientes. Muchos montes despojados de la envoltura roja, que era sucarne, mostraban el armazón calcáreo, la triste osamenta. Los prados deotras épocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todohabía desaparecido, como si soplara sobre aquellas montañas un viento defuego. Sólo quedaba el pedrusco férreo, el terrón rojo, la tierracodiciada por el hombre, que parecía haber ardido con internacombustión. A trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante.Crecía la hierba allí donde se amontonaban las vagonetas volcadas, lasplataformas

carcomidas,

delatando

una

explotación

abandonada. En estosrincones pacían algunos rebaños de ovejas panzudas, de largas lanas,dando con sus esquilas una nota de calma pastoril á aquel paisajedesolado que parecía recién surgido de una catástrofe geológica.

El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno deesos cráteres apagados, en los que muestra el planeta la intensidad desus convulsiones. Parecía imposible que aquella profundidad fuese obradel hombre en tan pocos años.

Abajo, las cuadrillas de mineros, atacandoel muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos.Los caballos parecían por su tamaño escapados de una caja de juguetes.

Aresti, ante este desgarrón de la corteza terrestre que mostraba al airesus entrañas, recordaba las formas y colores de las piezas anatómicasreproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban comohuesos; las fajas de mena rojiza tenían el tono sanguinolento de losmúsculos, y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgosode los intestinos.

A un extremo de la gigantesca excavación la montaña se había venidoabajo, formando una cascada inmóvil de ondas de tierra y enormespedruscos. El médico recordaba la catástrofe ocurrida cuatro años antes.La cantera se había derrumbado, cogiendo en su caída á una cuadrilla deobreros que trabajaba en su base.

Unos habían perecido aplastadosinstantáneamente: otros habían quedado enterrados en vida, en unsocavón, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. Lagente acudía para pegar sus oídos con horror á los peñascosdesmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, losgemidos de los infelices que perecían lentamente en la obscuridad de lasentrañas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los días.

Centenaresde obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolverla inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de trabajo, sólohabían avanzado algunos metros y ya no se oía nada: de la tierra nosalía ningún lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varioscadáveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cráneoaplastado; un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservandoaún en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera delsocavón en el instante del desprendimiento. Los otros que estaban en lacueva se pudrían tras el gigantesco tapón de mineral que los habíaaislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocían. Habíanllegado á las minas poco antes y los capataces sólo anotaban sus apodos.Tal vez en algún rincón de España los esperarían aún, creyendo quecuanto más larga fuese la ausencia mayores serían los ahorros.

Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salían gemidos delderrumbamiento. Durante unos meses viéronse en el camino de Labargaformas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En lascasas temblaban los muchachos y las jóvenes, oyendo hablar de las pobresalmas en pena de la mina.

Pero cierta mañana apareció tendido en elcamino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazofracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron á salir fantasmas, ninadie sintió deseos de adornar la catástrofe con grotescas apariciones.

El recuerdo de los enterrados fué borrándose en la memoria de todos. Lasdesgracias, en aquella explotación cruel que gastaba las vidas de muchosmiles de hombres, superponíanse unas á otras con frecuencia, ocultando ydesvaneciendo las anteriores.

Un día, las vagonetas, al chocar unas conotras, aplastaban á un obrero: otro día saltaban de los rieles al bajarpor el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo,que no recelaba la muerte traidora que llegaba á sus espaldas: losbarrenos estallaban inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesenespigas; llovían pedruscos en mitad de la faena, matandoinstantáneamente; y por si esto no era bastante, había que contar conlos navajazos á la salida de la taberna, con las riñas en la cantera,con las disputas en los días de cobro, con la feroz acometividad deaquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cualvivían confundidos los que al salir de los penales de Santoña,Valladolid ó Burgos no encontraban otro camino abierto que el de lasminas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos, y á nadie sepreguntaba quién era y de dónde venía...

La Muerte rondaba en torno del mísero populacho, como un lobo alrededordel rebaño, siempre vigilante, con las uñas afuera y los dientes agudos.Zarpazo aquí, dentellada allá, la gran enemiga se mostraba infatigable.Siempre había en el hospital más de una docena de camas ocupadas porcarne enferma que pedía entre gemidos el auxilio de don Luis. Era unperpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciegafatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en lamisma montaña, llegando apenas á la opulenta Bilbao. El mineral marchabaría abajo sin que nadie pensase en lo que había costado su arranque delsuelo.

Aresti salió de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle únicade Labarga, dos filas de míseras casuchas puestas sobre los peñascos quebordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecían palacios,comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas,conocidas en el país con el nombre de chabolas, con tabiques de maderadelgada y techumbre de planchas corroídas. Las puertas estaban en dospiezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera,y la superior, al abrirse, era la única ventana que daba á la casa luz yaire. Las incesantes lluvias habían podrido aquellas habitaciones,reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras como si toda ellafuese á convertirse en gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobrecuerdas los guiñapos de color indefinible puestos á secar. Algunasgallinas flacas y espeluznadas corrían por el camino. Los niñospermanecían sentados ante las puertas, graves é inmóviles, como sifuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillería de los pueblos delllano.

Al ver al doctor, salían las mujeres á las puertas de sus tugurios,sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendode pronto el miedo á enfermedades que tenían olvidadas.

—¡Chicas, es don Luis!—se gritaban unas á otras.—¡Señor doctor, aquí!¡Míreme usted este chico!... ¡Entre á ver á mi madre!

Pero Aresti conocía de larga fecha estos recibimientos; el furor queacometía á todos por estar enfermos apenas le veían, sin ocurrírselesbajar al hospital más que en casos de extrema gravedad. Y seguíaadelante sonriendo á unas, contestando á otras alegremente, precedidopor el pinche zamorano que volvía la cara como si temiese verlesecuestrado por el grupo de comadres.

Un hombre de larga barba ensortijada y canosa, fumaba sentado ante unacasucha que era la peor del barrio. Tenía los ojos casi ocultos bajo lascejas y un gesto de desdén contraía á cada momento su cara negruzca. Alver al médico no se llevó la mano á la boina ni abandonó su inmovilidadde fakir, como si estuviera abstraído en la contemplación de la miseriaque le rodeaba.

—¡Salud, amigo Barbas!—dijo el médico alegremente, deteniéndose anteél.—¿Qué hay compañero?

—Mucho y malo, don Luis.

—Y esa revolución ¿cuándo la hacemos?...

El Barbas miró un instante á Aresti con ojos ceñudos, como si fuese áinsultarle: después escupió la nicotina de sus labios con un gestodesdeñoso.

—Búrlese, don Luis. Usted está acostumbrado á oír quejarse de dolor lomismo al rico que al pobre, á ver que todos mueren igual; por eso toma árisa las cosas de los hombres. Al fin no somos más que animales. Haceusted bien. Ríase... pero el trueno gordo se acerca. Algún díaencontrarán su merecido todos los ladrones... ¡todos! incluso su primoSánchez Morueta.

—¡Compañero! ¿y yo?—dijo el doctor.—¿Qué vas á hacer de mí?

—Usted es un guasón que se ríe de la vida... pero entre burlas y verashace bien á los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de losnuestros.

—Gracias, compañero Barbas.

Y dando á entender al solitario con un gesto que volvería para hablarcon él, subió los peldaños de una casucha en cuya puerta le esperabaimpaciente el pinche.

Era la casa de peones, el miserable albergue de las montañas mineras,donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado á visitaraquellos tugurios que olían á rancho agrio, á humo y á «perro mojado».En la entrada de la casa estaba el fogón con algo de loza vieja alineadaen dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso,como si las tablas trasudasen de una pieza á otra la suciedad y la mugrede los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo porlos pañuelos que llevaba arrollados al busto y los innumerableszagalejos de su faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con lasmanos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirándose con ojos bizcoslos cuernos del pañuelo rojo arrollado á la cabeza. Unos gatos flacos yespeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo dela olla: unos animales lúgubres, de mirada feroz, tigres empequeñecidosque parecían alimentarse con el hambre que sobraba á sus amos.

La vieja rompió en lamentaciones al conocer á don Luis. El pobre peónestaba muy malito: ¡á ver si lo sacaba adelante!...

Ella le había tomadoley después de tenerlo varios años en su casa. Y al lamentarse, habíatal expresión de frío egoísmo en sus ojos, que el doctor la atajóbrutalmente:

—Sobre todo, lo que usted más siente, tía Gertrudis, es perder un realdiario si muere.

—¡Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay más casas de peones.Mi probe viejo está casi baldao del reuma y gana menos que un pincheescogiendo mineral en los lavaderos. ¡Y

muchas gracias que lo aguantan,y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!... ¡AySeñor, después de trabajar toda la vida! El médico levantó unacortinilla de percal rojo y desteñido que ocultaba un tugurio sin luz,ocupado por la cama de los viejos. Levantó otra, y vió un cuartucho nomucho más grande,

obstruido

completamente

por

un

camastro

enorme,formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En él dormía todala banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sinseparación alguna, sin más aire que el que entraba por la puerta y lasgrietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maíz cubrían eltablado: cuatro mantas cosidas unas á otras formaban la cubierta comúnde los ocho, y junto á la pared yacían destripadas y mustias algunasalmohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de lascabezas.

Aresti pensó con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio.Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloquesarrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, dearrastrarlas hasta el depósito de mena y volverlas á su primitivo sitio.Después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalaoó tocino, dormían en aquel tabuco, sin quitarse más que las botas ó,cuando más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor ómojadas por la lluvia. El aire, estancado bajo un techo que podíatocarse con las manos, hacíase irrespirable á las pocas horas,espesándose

con

el

vaho

de

tantos

cuerpos,

impregnándose del olor desuciedad. Los parásitos anidados en los pliegues del camastro, en lasjunturas de la madera, en los agujeros del techo, salían de caza con laexcitación del calor, ensañándose al amparo de la obscuridad en loscuerpos inánimes que duermen con el sueño embrutecedor de la fatiga. Enlas noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte á parte lacasucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerposvestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y lossudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedadfraterniza.

El médico consideraba que aquellos ocho hombres que dormían en comúneran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y lasaventuras de su peregrinación anual: y su pensamiento iba hacia otrascasas de peones, tan míseras como aquella, donde los hombres acostadosen la misma cama no se habían visto nunca; donde el infeliz muchacho,recién llegado de su tierra, dormía en contacto con un individuo, conotro que también acababa de llegar á la mina, tal vez recién salido delpresidio ó fugitivo por algún crimen. Los cuerpos extraños se juntabanbajo la misma pegajosa cubierta, la carne se rozaba con otra carnesudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Y

estapromiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jóvenes, de inocentesjayanes recién venidos de su tierra y veteranos de la vida errante,conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de unaforzada abstinencia de la carne, en un país donde por las condicionesdel trabajo, los hombres son mucho más numerosos que las mujeres, y lacontinua afluencia de presidiarios licenciados traía consigo todas lascriminales aberraciones de la virilidad aislada.

Aresti vió al enfermo en el fondo del camastro, junto á la pared,respirando jadeante. Estaba acostumbrado á visitar los tabucos de losmineros: nada le extrañaba, y con agilidad de muchacho saltó encima deltablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendió una cerillay entonces vió en el tabique de la cabecera que en otros tiempos habíasido blanco, un crucifijo y varias

estampas

de

colores,

representandogenerales

contemporáneos, con el ros calado y el pecho cubierto debandas y cruces, héroes de la guerra que se habían cubierto de gloriaentregando territorios al enemigo ó fusilando en masa á indígenasindefensos.

El médico no pudo contener su risa.

—¿Por qué estarán aquí estos tíos?...

Las estampas habrían sido pegadas como adorno, sin fijarse en lospersonajes; ó tal vez serían recuerdos de algún antiguo soldado, cándidoy entusiasta, que creería haber servido á las órdenes de caudillosinmortales.

El enfermo tenía los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente.

Su pielardía. Estaba vestido, conservando las mismas ropas, mojadas por lalluvia de la noche anterior.

—Una pulmonía de padre y señor mío—dijo el doctor arrojando la cerillay saliendo del camastro otra vez de rodillas.

Afuera, junto al fogón, escribió una receta en una hoja de su cartera,encargando al pobre pinche, que después de la visita parecía mástranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.

Cuando Aresti salió de la barraca, después de hacer variasrecomendaciones á la vieja, vió que le aguardaba en medio del camino uncontratista de los más amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre elchaleco brillábale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainasfabricadas con la tela impermeable que servía de forro á las cajas dedinamita.

—Hola, Milord—dijo el médico.—¿Qué, hoy no hay oficios divinos enla capilla de Baracaldo?

—No, don Luis—dijo el contratista con cierta unción en suspalabras.—Demasiado sabe usted que en nuestra religión este día no esde fiesta.

—¿Y Milady, siempre tan hermosa y elegante?

—Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos más que unos pobrespatanes con un poquito de protección.

Después de esto, el llamado Milord rogó al médico, que ya que estabaen Labarga, se llegase á la cantina de Tocino, el capataz de suconfianza, que llevaba varios días inmóvil en la cama por el reuma.Aresti se resistía alegando su viaje á Bilbao.

—Un momento nada más, don Luis: entrar y salir. Yo también tengo prisapor llegarme á la mina. ¡El pobre Tocino me hace tanta falta cuando noestá allí!...

El doctor se dejó conducir algunos minutos más allá de Labarga, hastauna altura donde estaba establecida la tienda de Tocino. Por el caminobromeaba con el contratista sobre su religión. El Milord había sidocapataz de las minas de una compañía inglesa, logrando interesar alingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo yno dejar descanso á los peones de sol á sol. La protección del jefe loelevó á contratista, colocándole en el camino de la riqueza, y, nosabiendo cómo mostrar su gratitud al inglés, había abrazado elprotestantismo. La despreocupación religiosa era general en las minas:sólo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, ypara ligarse más íntimamente con sus protectores, la tuvo durante seisaños en un colegio de Inglaterra, volviendo de allá la muchacha con unexterior púdico y unas costumbres de confort que regocijaban á todaGallarta. Los domingos, Milord y Milady bajaban á Baracaldo,vestidos con trajes que encargaban á Londres, para confundirse con lasfamilias de los ingenieros y los mecánicos ingleses empleados en lasminas ó en las fundiciones de la ría, que llenaban la única capillaevangélica del país. Aresti, que había cogido cierto miedo á los flirts con Milady, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola yque conocía ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventanadurante la noche, ensalzaba irónicamente al padre lo mucho que surobusto retoño había ganado después de la cepilladura en el extranjero.

—¡La educación inglesa!—decía Milord abriendo mucho la boca paramarcar su admiración.—¡Una gran cosa! Hay que ver lo que sabe lachica... Es verdad que acostumbrada á tantas finuras, se aburre aquíentre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, miambición, y es casarla con algún señor de la compañía.

—Hará usted bien—dijo el médico con zumbona gravedad, recordando lasligerezas de la niña al verse libre en las minas, después de laspudibundeces del colegio.—Esos señores son aquí los únicos que puedencargar con ella.

Llegaron á la cantina de Tocino, una casa aislada, de mampostería, conun gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista todala tierra de las Encartaciones y además el abra de Bilbao, la ría,Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del Nervión,parecían formar una sola urbe. En último término, entre montañas, seadivinaba la villa heroica é industriosa: el humo de las fundiciones yfábricas se confundía con el cielo plomizo. A la entrada de la ría, elalto puente de Vizcaya marcábase como un arco triunfal de negro encaje.

La cantina ocupaba el piso bajo, amontonándose en ella los más diversosobjetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios cristales, otrospendientes del techo... Allí estaban almacenados todos los víveres, porcuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de lascanteras. Aresti conocía aquella alimentación; alubias y patatas con unpoco de tocino. El arroz, sólo era buscado cuando la patata resultabacara.

Además, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americanoentre grandes manojos de cebollas y ajos.

El pan se amontonaba detrás del mostrador, al amparo de los dueños, comosi éstos temiesen los hurtos de los parroquianos ó una súbita acometidade los hambrientos que pululaban afuera.

Un tonel de sardinas doradaspor la ranciedad, esparcía acre hedor. De las viguetas del techo pendíanbaterías de cocina, y en las estanterías se alineaban piezas de tela,botes de conservas, ferretería, alpargatas, objetos de vidrio, pero todotan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles queobjetos, parecían sacados de una excavación después de un entierro desiglos.

Tras el mostrador estaba la mujer de Tocino con su hijo, unadolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, peroAresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban álos parroquianos despreciándolos, y en su aspecto miserable, algo que lehacía recordar á los judíos.

La gente del contorno les odiaba. Al menorintento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el panpor un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenían un aspectode miseria y sordidez más triste que el de la gente de fuera. El doctorrecordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, á los que habíaasistido por curiosidad; los apóstrofes á los explotadores de lascantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondeanchupándoles la sangre; y se decía con gravedad:

—No; pues á éstos les luce poco la tal alimentación.

A la entrada de la cantina existía una especie de jaula de madera con unventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueño de latienda, envuelto en mantas, quejándose á cada momento, pero sin dejar derepasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos,que le servían para su complicada contabilidad.

El Milord manifestó su extrañeza viéndole allí. ¡Él, que le traía nadamenos que al doctor Aresti creyéndolo en peligro de muerte!... Mientrasel médico le examinaba con la indiferencia del que está habituado ácasos más graves, Tocino prorrumpía en lamentaciones, haciéndole corosu mujer. Estaba enfermo más de lo que creían: no podía moverse: losdolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y había que repasarlas cuentas, ya que estaba cerca el día de la paga.

—Vaya, Tocino—dijo Aresti;—lo que tienes es poca cosa,desaparecerá con el cambio de tiempo. ¡Quejarse así un hombrachón queparece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho queengordas con lo que robas.

—¡Pero qué cosas tiene este don Luis!—exclamó el Milord mirando á latendera, que enseñaba sus dientes amarillos para sonreír lo mismo que elprotector de su marido.

—¡Robar!—mugió Tocino.—¡Robar! ¡Siempre está usted con lo mismo!Tanto oye usted á los trabajadores, en su manía de mimarlos cuando selos llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aquí ánadie se roba. Aquí lo único que se hace es defender lo que es de uno.

Y Tocino se indignaba, olvidando los dolores. Él vendía sus artículosal fiado ¿estamos?... se exponía á perderlos, ¿y qué cosa más naturalque no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el día delpago en las minas?... Había que conocer á los obreros: cada uno de unpaís; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo alfiado, y el día de cobranza, si les era posible hacían lo que ellosllaman la curva; cobraban y se iban á la taberna, rehuyendo el pasarpor la tienda de comestibles. A bien que esto no les valía con Tocino y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. Él lespagaba allí mismo su trabajo y allí mismo les descontaba lo que llevabancomido. Aun así había sus quiebras, pues los que sólo trabajaban unasemana, desaparecían después de haber tomado al fiado más de lo queimportaban sus jornales.

Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas seguíarecriminándolo.

Tocino, tú eres un ladrón que vendes á los obreros los artículosaveriados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar más caros que enla villa.

—Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges—gritóel capataz enrojeciendo de indignación con el recuerdo de lo que decíanlos obreros en sus reuniones.

Tocino, tú abusas de la miseria. Los pobres peones no tienenlibertad para comprar el pan que comen. Al que no viene á tu tienda lequitas el trabajo en la cantera.

—Los amigos son para ayudarse unos á otros. ¿Qué tiene de particularque yo sólo dé trabajo á los que se surten de mi establecimiento?

—Tú robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja,descontándole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda ámantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como sehace en todas partes, sino por meses, para que así tenga que vivir ácrédito y se vea obligado á comer lo que queréis darle y al precio quemejor os parece.

—Vaya; ahora me toca á mí—dijo riendo el Milord.—Pero este don Luises peor que los predicadores de blusa que vienen á echar soflamas en elfrontón de Gallarta. Suerte que no le da á usted por hablar en público.

Milord: á todos vosotros no os parece bastante el enriquecerosrápidamente con el hierro y aun arañáis algunos céntimos en el jornal yel estómago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de loscapataces. Vais á medias. De día explotáis los brazos y de noche losestómagos. Hacéis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa depeones forasteros que vienen á rabiar y á ahorrar durante algunos meses,pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan más enel país y ya veréis la que se arma cuando esta gente, viviendo siempreaquí, acabe por conoceros.

El doctor cortó la conversación recordando su viaje á Bilbao, y salió dela cantina después de hacer varias recomendaciones para la curación de Tocino. La mujer y el hijo sonreían servilmente, pero con unaexpresión hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza deldoctor.

El contratista siguió adelante, hacia su mina, y Aresti descendió áLabarga pensando en la miseria del rebaño humano esparcido por lamontaña. Varias veces había intentado rebelarse, y los resultados de suprotesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en más de una ocasión,con sangre, no le habían hecho mejorar gran cosa. Únicamente el respetoá la vida humana era mayor que en los primeros años de explotación.Aresti recordaba su llegada á las minas, cuando se vivía en ellas casicon las armas en la mano, como en Alaska ó en los primitivos placeres de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con elvergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo á los trabajadoresrebeldes; ya no existía la tarifa de la carne humana, cotizándose lasdesgracias

«veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas».

Seasociaban los trabajadores establecidos en el país, creaban núcleos

deresistencia,

inspiraban

cierto

temor

á

los

explotadores, logrando conesto que sus penalidades fuesen menos duras: pero aún faltaba lacohesión entre ellos, á causa del vaivén de la población minera, deaquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar elinvierno y el hambre en las míseras comarcas del interior y se retirabaal llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huían á sutierra así que se iniciaba una huelga y aparecía en las minas la guardiacivil.

Habían venido á ganar dinero y evitaban los conflictos pasandopor toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leonesesmiraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compañerosestablecidos en el país, pensando con el duro egoísmo de la gente rural,que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellosal fin habían de volver á sus tierras. Los labriegos convertidos enmineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, queimposibilitaba la ascensión de los que vivían en el país.

La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas degalerías subterráneas, con sus peligros que exigen cierta maestría, elpersonal no era fácil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Peroen las pródigas Encartaciones el hierro forma montañas enteras: laexplotación es á cielo abierto; sólo se necesita hacer saltar la piedra,recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y elbracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandasá sustituir sin esfuerzo alguno á todo el que abandonaba su puestoprotestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigración,cortándose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara lapoblación obrera de las Encartaciones, era difícil que el trabajoconquistase todos sus derechos.

Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobló el paso alentrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no oír losllamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.

—Don Luis, un momento...

Era el Barbas, que había abandonado su inmovilidad de fakir paradetener al doctor.

—¿Qué hay, compañero?

—Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aquí, de loque hacen esos ladrones.

Y le mostraba con gesto trágico su casucha. Como Aresti no parecíacomprenderse, el Barbas le mostró la parte superior de su barracafalta de techumbre.

—Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricosde Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odiany me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cómo echarme. Hace unasemana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en lacalle, pero el Barbas firme en su puesto con la compañera. La pobrevieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si semenea de ahí. Me han de tener á la vista siempre. Hay para rato sipiensan librarse de mí... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor.Quieren quitarme el suelo así como me han robado el techo. Piensanexcavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre susestacas, para ver si así me voy... ¡Pues no me iré!

El Barbas, en susitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Nitrabajo, ni me voy... Espero, ¿sabe usted?, espero que llegue la gorda;espero el día en que toda la montaña baje al llano y yo pueda quitarlesel techo y el piso á todos los chalets que se han hecho esospintureros, esos piojos resucitados que la echan de señores á costa delos pobres.

Y el Barbas acompañó un buen trecho al doctor, mugiendo susmaldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos másinmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidadesmaléficas que hacían sentir la fuerza de su poder en la montaña, sinmostrarse más que por la mediación de administradores y capataces, siexplotaban la mina directamente, ó de contratistas si creían másventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.

Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vió venir hacia él unhombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casiparecía una mulilla. Por la cabalgadura conoció Aresti desde muy lejos ádon Facundo, el cura párroco de Gallarta. Hacía diez años que había sidotrasladado al distrito minero desde un pueblecillo de Álava, y afirmabaque la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. «Paz, muchapaz; para todos hay vida en el mundo.» Y en santa paz vivía, siendo granamigo de Aresti, y tomando á broma las doctrinas revolucionarias que eldoctor, por aburrimiento, exponía á los ricos de Gallarta después de susfamosas cenas. Cierta vez que el médico, cansado de la monotonía de suexistencia, se divirtió en propagar el budhismo entre los rudoscontratistas y hasta intentó algunas ceremonias del culto indostánico, áestilo de las que había presenciado en el museo Guimet de París, el curano manifestó indignación, «Bah; cosas de don Luis; chifladuras de lossabios: ya se cansará.» Para él, la religión verdadera no decrecía niexperimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos,casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.

A misa sólo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siemprevacía, pero el país era muy religioso y la prueba estaba en que él notenía libre un momento, y continuamente veían todos trotar su burrablanca por los caminos y atajos de la montaña. Aquel curato valía másque algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa deDios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el parientemarchase á la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en suataúd por el vozarrón del cura. Había días en que acompañaba cincoentierros en los lugares más lejanos de la parroquia; asunto de leguas.Pero él no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadurainfatigable, y montado en ella acudía á todas partes.

Delante, marchabael ataúd en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que dabanalaridos y se mesaban el pelo con desesperación de gitanas, y detrás donFacundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido á piepor el sacristán, al que llamaba su «corneta de órdenes», siemprecantando, pues los parientes ponían reparos á la hora de pagar sicantaba poco, repitiendo automáticamente los versículos del oficio dedifuntos, al mismo tiempo que se daba el compás esgrimiendo sobre sucabeza la vara de fresno con que arreaba á la cabalgadura.

Un alto en la marcha era lo único que le hacía perder la calma.

—Aprisa, hijos míos—decía á los conductores del cadáver—

que hoy aúnme quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.

Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea deacompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche deluna clarísima, al retirarse á casa después de una cena con loscontratistas, en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre querasgaba como un lamento la calma de la noche, y vió pasar á un hombre,vacilante sobre sus piernas, que parecía ebrio, llevando á cuestas áotro, envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba ácada paso. Después, una especie de centauro agrandado por el misterio dela noche, que movía algo negro como una espada, sin cesar de mugir: Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt...

—Buenas noches, don Luis—dijo el cura al reconocer al doctor.—Coneste van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo hedejado para lo último... ¡Después dirá usted que la Iglesia no trabaja!

Y en el silencio de la noche, volvió á reanudar su lúgubre cantinela, ála luz de la luna, camino del cementerio.

Lo único que le indignaba era que le hablasen de la extensión de laparroquia y lo difícil de servirla un hombre solo. ¡No, carape!: éltenía fuerzas para servir á Dios hasta que reventase; sobre todo,tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificaciónparroquial tomaba el camino de Vitoria para ver á los señores delobispado después de dar un tiento doloroso á los ahorros y cuando al finhabían acabado por colocar á sus órdenes á dos vicarios, dedicó á éstosá las faenas menudas del templo, reservándose él los entierros.

Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían tentado su codicia.Él también tenía sus contratas; también pactaba arranque de mineral conlos señores de Bilbao é iba sobre la burra de los entierros á echar unvistazo al trabajo de los peones.

Pero á pesar de que sus negociosmarchaban bien y á la hora del champagne, en las cenas de loscontratistas, le hacía confesar el médico que llevaba reunidos más decuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera épocade las minas, cuando él y don Luis eran recién llegados y cada cualvivía á su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase.

Aborrecíalos tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los recientes mediosde conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastradopor bueyes hasta la ría, y había guardas en los caminos para ordenar elpaso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Sólo enGallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagabamás caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fué cuando elcura inauguró su iglesia y al buscar un santo patrón eligió á SanAntonio. Aún reía el doctor recordando la candidez con que explicaba elcura esta preferencia.

—No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las bestias y aquí enGallarta hay tanto buey....

Al reconocer don Facundo al médico, refrenó el paso de su cabalgadura.

—A la mina, ¿eh?—preguntó Aresti.

—Sí señor: acabo de largar mi misita y ahora un rato á ver lo que hacenaquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lohumano. Hay que trabajar, don Luis.

—¿Pero hoy no es día de fiesta?...

—¡Ah, grandísimo zumbón! Ya adivino lo que quiere decirme con susonrisa. Sí, día de fiesta es, según nuestra Madre la Iglesia, y debenguardarla los que son ricos. Pero mire usted, cómo los pobres trabajanen todas las canteras. Yo no voy á privar de un jornal á mis peones,después de tantos días de lluvia, en los que no han podido hacer nada.Además, tengo mis contratos con el dueño de la mina... Vaya, adiós: ledejo para que se burle de mí á sus anchas.

Iba ya á arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.

—¿Dicen que han matado al Maestrico?... Vaya un caso. Era un buenmuchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... ¡A la tarde entierro!¡Arre burra!

Y se alejó con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que habíacaído trabajo.

Cuando el doctor fué á entrar en su casa todavía se vió detenido por unhombre que le esperaba sentado junto á la puerta. La vieja Catalina lellamaba furiosa desde adentro.

—¡Qué está frío el desayuno!... ¡Qué no cogerá usted el tren!

Ya le hedicho á ese condenao que su primo le espera y no está usted paracanciones...

Pero Aresti no la hizo caso y se dejó abordar por aquel hombre,diciéndose mentalmente: «¡Qué magnífico animal!»

Tembló por su mano,cuando se la agarró el gigantón con una de sus garras de dedos callososy gruesos. Bajo la blusa se delataba á cada movimiento una musculaturade atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hacíarecordar á Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, quehabía admirado en su niñez.

—Vengo á lo del otro día—dijo con alguna torpeza, pero mirando almédico en los ojos como dispuesto á pelear, si era preciso defendiendosus pretensiones.

—¿A lo del otro día?... Pues hijo, no me acuerdo. ¡Me buscan tantos!...

Pero de pronto, el doctor pareció recordar, y una sonrisa maliciosaanimó su rostro.

—¡Ah, sí! Ya me acuerdo: vienes á lo del practicante. Tú eres el maridode esa... Bien ¿y qué?

—Quiero que usted arregle eso, don Luis—continuó el gigantón conenergía;—ó lo arregla usted que es tan bueno ó doy el gran escándalo.Ya le dije cómo los pillé en mi casa el domingo pasado: tengo testigos.Los llevaré al juzgado, y si él no se pone en razón y hace lo que lecorresponde, irá á un presidio y ella á la galera.

—Sí, hombre, sí—dijo Aresti.—Recuerdo tu asunto. Me gusta verte mástranquilo que el otro día. ¿Pero qué voy a hacer yo?

—Arreglarlo, señor dotor: que ese sinvergüenza sufra castigo.

¿Va á serél de mejor pasta que otros? Al juzgado iré con él.

—Pero pides demasiado, hijo mío. Ya recuerdo lo que exijes.

Veinteduros: ¡pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso enel hospital!... ¡Si es más pobre que tú!...

—Bueno—dijo el gigantón con aspecto indeciso, rascándose la cabeza pordebajo de la boina.—Pus que sean quince... ó que sean doce, ya queusted se empeña. Pero de ahí no bajo nada. No me conformo con menos dedoce ó daré el escándalo. En usted confío, dotor. Ya le quisiera yo vercon una perra como la mía: sabría lo que es bueno. ¿Qué he de hacer? ¿Irá presidio y que se mueran de hambre mis pequeños? ¡Que paguen, quepaguen, ya que quieren hacer el guapo!

Y se alejó, después de recomendar varias veces al médico, con tonosuplicante, que no olvidase su asunto.

Aresti, mientras despachaba el desayuno y vestía sus ropas de fiesta,colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraña psicologíade una gran parte de las gentes de las minas.

De jóvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillooculto en la faja, dispuestos á disputarse la hembra á puñaladas.Asesinaban al rival como al infeliz Maestrico; y después, de casados,satisfecho el primer ímpetu de su apetito exacerbado por la escasez demujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas;olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar más que en eldinero, como si los envenenase el viento de fortunas rápidas ymilagrosos encumbramientos que parecía soplar sobre las minas.

Seexterminaban por una cuestión de jornales ó de comestibles, y alencontrarse frente á frente con el adulterio, torcían el gesto como anteuna contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de sudesgracia cierto provecho.

II

Más de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara áBilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en laestación de El Desierto, experimentó ante el magnífico panorama de laría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo abandonabansus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asuntoimportante los llamaba á la villa.

El tren dejó atrás los torreones gemelos de los altos hornos defundición—«los castillos feudales de Sánchez Morueta»

según decía eldoctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,—ydespués de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando losdescargaderos de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancandode la montaña, llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre elnivel de los campos. Los de las compañías extranjeras eran verdes, conlos taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos,y las pequeñas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes comojuguetes. Los de las explotaciones del país eran de un rojo antipático,de escombros de mineral, desmoronándose con las lluvias sus pendientes,revelando el espíritu de sus dueños, incapaces de realzar con el másleve adorno los instrumentos de explotación. En la ría, junto á lasgrúas que funcionaban incesantemente, dormían los vapores, con el cascoinvisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y losmástiles. Subían de sus entrañas los grandes tanques de hierro cargadosde hulla inglesa y, deslizándose por los rails aéreos, iban á volcar elnegro mineral en las enormes montañas de las fábricas. Corrían por lasvías de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegaral punto más avanzado inclinábanse como si quisieran arrojarse al agua,soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dosriberas de la ría estaban en continua función, vomitando y absorviendo;entregando el mineral de sus montañas y apoderándose del carbónextranjero.

Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popasde los buques; los nombres más exóticos é impronunciables lucían en suscostados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguían losveleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.

Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ríacon sus barcos y fábricas: por la ventanilla opuesta, admirábase la pazde los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos,removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrás y laspiernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movían elbaboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvían de nuevoá rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujereslavaban sus guiñapos casi tendidas al borde de arroyos de líquido rojo,como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores deBilbao: los lavados del mineral enrojecían hasta la corriente delNervión. La industria, al enriquecer al país, corrompía las aguas purasy cristalinas de la época pastoril. El doctor recordaba la miseria delos peones de las minas, que les hacía huir de las fuentes de lamontaña, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestión.Preferían el líquido rojo é impuro de los lavaderos porque, ensuciandosu estómago, hacía menos frecuente el hambre.

Avanzaba él tren hacia Bilbao, deteniéndose en las estaciones de laorilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongabansu caserío hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ría pasabanpequeños remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros decabotaje de las matrículas de la costa, navegando lentamente por miedo álas revueltas; vapores que rompían las aguas con imperceptiblemovimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima delbosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de lamoderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultarpúdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fábricas, negros,de espesos vellones, como rebaños de la noche; blancos, ligeramentedorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiración de unhogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escoriasminerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetíase por todo elpaisaje, como una nota característica del panorama bilbaíno, avanzandopor las quebraduras de la montaña donde están las vías férreas delmineral, resbalando por las dos orillas de la ría tras las chimeneas delos trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de losremolcadores y de las máquinas giratorias de sus grúas.

Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primeravez.

—Bilbao es grande—se decía con cierto orgullo.—Hay que confesar queesta gente ha hecho mucho, ¡Lástima que valga tan poco cuando la sacande sus negocios!...

Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, alaire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba denuevo. Quedaba atrás, confundiéndose con otras montañas, el famoso picode Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica NocheBuena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda doradadel liberalismo, que aún vivía en todas las memorias agrandado por lasfantásticas proporciones que da la tradición. Después aparecía entre losmontes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental queirritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo,señor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontonestriangulares, y á sus espaldas un parque grandioso, extendiendo suarboleda montaña arriba, hasta la cumbre coronada por una granjavaquería. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habíanlevantado los jesuítas una imagen de San José, con un arco de focoseléctricos.

Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminosorecordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba laorden poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, noqueriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. Eldoctor hallaba natural que fuese San José el escogido para estaglorificación; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris dela impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores paraformar la sociedad del porvenir.

Adivinábase la proximidad de la villa. A un lado surgían entre loscampos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casasque eran como las avanzadas de una población desbordada y en continuoavance. Al otro se cubrían las orillas de la ría de almacenes, tingladosy grúas, elevándose el carbón en montañas, sin dejar un espacio demuelle libre. Las embarcaciones tocábanse unas á otras amarradas á lasenormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja húmeda yfangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Veíase elincesante ir y venir de las cargueras, míseras mujeres de ropas suciasy cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por lostablones que servían de puente entre los buques y el muelle. Unasllevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbón; otras descargaban losfardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobreque había de ser consumido en el interior de la península.

Detúvose el tren después de atravesar un túnel, y el doctor, subiendouna larga escalera, se vió en el sitio más céntrico de la villa, juntoal puente del Arenal, donde parecía condensarse todo el movimiento de lapoblación. En aquel pedazo de ribera, robando á las aguas parte de sucurso y hasta aprovechándose del subsuelo, la iniciativa industrialhabía escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la dePortugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbaonueva, el ensanche, el antiguo territorio de la República de Abando, consus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de sietepisos, y sus plazas de geométrica rigidez. Al otro lado del puente, laBilbao tradicional; la Bilbao de los chimbos, de los hijos del paísque habían conocido la llegada de gentes del interior, atraídas por laprosperidad de las minas, y que formaban ahora más de la mitad delvecindario. Allí estaban las famosas Siete Calles, núcleo de la antiguavilla, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas ymorigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, erguía sus torresde un gótico ridículo la iglesia de los jesuítas, con su residenciaanexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geométrica, loshoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidosfabulosamente por las minas de la noche á la mañana.

Aresti pasó el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvías ylas carretas, y entró en el Arenal. A un lado, el teatro Arriagareflejaba en las aguas del Nervión su arquitectura pretenciosa cargadade cariátides y estatuas; al otro, extendía el paseo sus filas deplátanos, por entre cuyas copas asomaban los mástiles y chimeneas de losbuques atracados á la orilla. Piaban los pájaros, saltando sobre laarena de las avenidas, pero sus gritos perdíanse entre el bramido de laslocomotoras, el silbido de los tranvías y el mugido de algún vapor queentraba lentamente ría arriba.

Aresti dió un vistazo á la acera llamada el boulevard, ocupada siemprepor los curiosos estacionados ante los cafés. Frente al Suizo, secolocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentándose de ladecadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban á gritos losdiarios recién llegados de Madrid.

Pasaban solas las mujeres por elcentro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla caída sobrelos ojos y la falda agarrada y bien ceñida, de modo que al andar semarcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y,bien proporcionadas. Aresti fijábase en la separación del hombre y lamujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por susitio. El hombre á los negocios y la mujer sola á la iglesia ó á hacervisitas, como única diversión.

Pasó una pareja cogida del brazo.

—Serán forasteros—se dijo el doctor.—Tal vez algún empleado de losque envía el gobierno. Maketos, como dicen mis paisanos.