El Idilio de un Enfermo by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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—Pues quéjese usted al juez.

—Antes de quejarme al juez, he de arreglar a esa grandísima...

—Ya se librará usted de hacerlo.

—Lo veremos.

Y el aldeano se alejó lentamente, murmurando amenazas salpicadas degroseras interjecciones. Cuando ya estaba a alguna distancia, se volvióy dijo en tono más alto:

—Si esa desvergonzada no estuviese haciendo porquerías con losseñoritos, las vacas no saltarían del prado.

Andrés se enfureció al oír esto, y recogiendo velozmente la escopeta delsuelo, hizo ademán de apuntarle. En las aldeas, las armas de fuegoinspiran un terror supersticioso. El aldeano, al ver el cañón frente así, se asustó mucho y comenzó a gritar, extendiendo las manos haciaAndrés:

—¡No tire usted, señorito! ¡no tire usted, señorito!

El joven bajó el arma y le dejó marcharse.

Cuando se volvió hacia Rosa, la encontró riendo por el terror delpaisano. Sin embargo, no tardó en ponerse seria y en decirle gravemente:

—Ya lo acaba usted de oír, D. Andrés. Lo que ha dicho el tío Fernandono crea usted que sea cosa de él solamente. En el pueblo lo habráoído... Me está usted causando mucho daño...

Hágame el favor demarcharse...

Andrés trató de persuadirla a que despreciase el dicho del aldeano,inspirado sin duda por la cólera; pero fue en vano. Ella sabía mejor loque pasaba en el pueblo; no quería verse en lenguas de la gente. Eljoven se vio obligado a despedirse.

X

Algunos días después de este suceso, a la hora de salir Andrés de casapor la tarde, su tío le retuvo, diciéndole con solemnidad inusitada:

—Andrés, necesito hablar contigo.

El joven dejó otra vez el sombrero encima de la mesa, y mirando consorpresa al cura se sentó.

—No, no, mejor es que salgamos de paseo; el asunto es delicado, y poresos andurriales podremos hablar a nuestras anchas.

—Como usted quiera.

Cogió el párroco su bonete, echose el balandrán sobre la sotana conpeligro inminente de asarse vivo, y sacando de un rincón de la sala eltremendo cayado en que solía apoyarse, fue a avisar a la señora Rita deque salía.

—¿Adónde?—preguntó ésta, malhumorada.

—Voy de paseo un rato con Andrés.

—De paseo... de paseo... ¡dichoso paseo!... Y yo aquí espera que teespera, a que le dé gana de tomar el chocolate.

—No te apures, mujer... Procuraré venir a tiempo.

—No, por mí puede quedarse por allá... Haré el chocolate a la seis, ylo dejaré quemarse al rescoldo...

El cura de Riofrío quedó anonadado. La perspectiva de un chocolate contela por encima y requemado le aterró.

—No hagas tal, mujer, no hagas tal... Vendré a tiempo.

—Ya le digo que a mí no me importa, que se quede por allí si gusta...

—Pero, mujer, no te sulfures por tan poco... Has de ser razonable.

—Yo soy como Dios me crió... y usted también... Pero no he de estarhecha una esclava todo el santo día al pie del fogón, sin poderdisponer de un minuto...

—Bueno... bueno... bueno: entonces me quedaré en casa... no hay nadaperdido, mujer.

—No, señor, no; váyase con el sobrino de paseo, que aquí queda laesclava tostándose la piel, hasta que al señor se le antoje sacarla delfuego.

—Vamos, mujer, no te incomodes... me quedaré...

—¡Si no me incomodo! ¡Incomodarme yo!... ¡Anda, anda, pues buena soypara incomodarme!... Váyase, váyase cuanto antes con el sobrino...

El párroco, viendo que la tormenta arreciaba y que no había esperanza deconjurarla de ningún modo, después de vacilar algunos instantes, girósobre los talones y salió de la cocina con el semblante encendido.Andrés le esperaba a la puerta de casa.

Cuando estuvieron a algunospasos de ella, el cura dijo con terrible entonación «que las mujereseran todas unas bestias.»

Andrés no se atrevió a preguntar el motivo quetenía para pronunciar este dictamen tan desfavorable al bello sexo,aunque lo sospechaba. Algunos pasos más lejos, dijo «que era mejortratar con las vacas que con ellas.» El mismo silencio por parte deAndrés. Por último, el cura declaró «que había hecho muy bien unfilósofo, no sabía cuál, en llamar a la mujer ánima imperfecta,porque, en efecto, ninguna tenía las facultades cabales.» Ya que se hubodesahogado un poco de esta suerte, quedó más tranquilo. Y el paseocontinuó sin nuevas interrupciones.

Estaba la tarde serena. El sol molestaba todavía bastante, por lo cual,después de bajar al pueblo, eligieron el camino sombrío que conducía ala montaña por una cañada paralela a la del Molino. Marchaban pareados,a no ser cuando el camino era demasiado estrecho, que iban uno en pos deotro. Andrés, que abrigaba vehementes sospechas, muy próximas a lacerteza, de lo que su tío quería decirle, trataba, por cuantos medioshallaba, de divertirle de su propósito. Preguntábale a cada paso a quiénpertenecían las fincas que dejaban a los lados; se enteraba menudamentede la riqueza de cada vecino, de la forma del cultivo, de lasvicisitudes agrícolas de los años anteriores. El cura respondía de buengrado a la granizada de preguntas que el sobrino le disparaba: hastaparecía complacido de mostrar sus conocimientos en el cultivo y valor delas tierras. Cuando la conversación aflojaba, Andrés hacía supremosesfuerzos para reanimarla.

Mas llegó un momento en que fue preciso hacer alto. La montaña estabadelante, y el camino comenzaba a ser harto pendiente y agrio para unpaseo higiénico. D. Fermín propuso descansar en un bosquecillo de roblesque señoreaba el camino: subieron a él y se sentaron. «Ya estoy cogido;preparémonos,»

pensó Andrés. El cura se limpió el sudor del rostro y delcuello con un desmesurado pañuelo de yerbas, se sonó después conhorrísono trompeteo, dijo tres o cuatro frases insignificantes apropósito del calor y la humedad, y por último, encarándose con susobrino y clavándole sus ojos grandes, redondos y saltones como los delos cíclopes, y tan fogosos, le dijo pausadamente, dejando caer laspalabras graves y solemnes como las campanadas de un reloj de torre:

—Tengo entendido, Andrés, que visitas con harta frecuencia la casa deTomás el molinero; que te pasas allí las horas muertas...

Me han dichoademás que el motivo de estas visitas es una de las muchachas, la másjoven, a quien al parecer haces cocos... Esto me disgusta, Andrés; muchome disgusta. Tú no has venido aquí a hacer cocos a las muchachas, meentiende usted, sino a robustecerte... Yo no te digo que hagas vida defraile; cada edad pide lo suyo. Los jóvenes deben divertirse y gozar yhasta hacer diabluras... perooo (aquí una pausa) pero con su cuenta yrazón...

En esta aldea no tienes, me entiende usted, muchachas quepuedan emparejar contigo... Yo no quisiera por nada en el mundo quepasases entre mis feligreses plaza de calavera, ni mucho menos que temetieses en algún belén que acarrease disgustos a todos... El ponerte acortejar a una pobre aldeana podrá parecer mal a muchos... Acaso algunocreerá que llevas intención perversa... En fin, que no está bien. Lamuchacha con quien hablas es una criatura inocente, me entiende usted, ycándida como una paloma... Yo la estimo a ella y a toda la familia... Lahe confesado desde chiquita... Sentiría que con tu labia de madrileñoturbases el alma de esa pobre niña...

—¡Pero, tío, si no hay nada de eso que usted piensa!... Son chismes delugar... Entro en casa de Tomás como en otras muchas del pueblo... Esverdad que bromeo algunas veces con Ángela y Rosa, pero sin dirigirme enparticular a ninguna...

—Bien, bien... celebraré que así sea... A mí no me consta; me lo handicho... Pero, de todos modos, te aconsejo que obres con prudencia yprocures, me entiende usted, no dar motivo a que la gente murmure...Habla con todas las muchachas y bromea cuanto

quieras,

pero

no

teparticularices...

¡Nada

de

particularizarse!...

Siguió D. Fermín dándole consejos otro ratico. El joven los escuchópacientemente, puesto que una vez que otra le interrumpía para deshaceralgún error o disculpar su proceder.

Cuando el tema ya no dio más desí, se levantaron, cambió la conversación, y paso tras paso llegaronhasta la rectoral. El cura subió a tomar el chocolate y Andrés se volvióal pueblo, por no querer meterse tan temprano en casa.

No dejaron de hacer mella en el joven las palabras de su tío.

Allá en elfondo ya hacía algún tiempo que pensaba lo mismo y se dirigía idénticasrecriminaciones. Los devaneos que traía con Rosa, por más que no fuesenguiados de una intención malévola, de sobra comprendía que no podíanacarrear a la chica más que disgustos. Cuando menos la colocaban en mallugar a los ojos de los vecinos, la estorbaban para hallar otro noviomás adecuado y conforme a su clase. Los mozos en las aldeas se alejan,con razón, de las muchachas festejadas de los señoritos.

Por otra parte, sentíase cada vez más aprisionado en las redes de aquelcapricho, que podía muy bien transformarse en pasión verdadera.

Las gracias corporales de Rosa le habían dado golpe desde que la vio;mas ahora, la viveza de su genio, su natural tímido y bondadoso conapariencias de desenfadado y huraño, la frescura de su misma ignorancia,le iban cautivando en demasía. Cuanto más tiempo pasase, más dificultosole sería romper el encanto.

«Nada, nada, es necesario cortar esto de unavez. Ya me encuentro bastante fuerte: dentro de algunos días tomo elcamino de Madrid,» se dijo mientras bajaba con lento paso, la cabezabaja, los ojos en el suelo, hacia el lugar. Pero al poco trecho se hizootra reflexión, que vino a modificar la primera algún tanto. «En Madridaún debe de hacer mucho calor: mejor será que aguarde hasta entrado elotoño; mientras tanto, haré lo que mi tío me ha dicho; frecuentaré menosla casa, y procuraré distraerme de otro modo. Por de pronto, hoy no voyallá.»

Caminó con esta resolución en la mente un espacio de cien varaslo menos. Parecía irrevocable. A las cien varas, no obstante, se dijo,levantando la cabeza: «Y al cabo, ¿qué importa que vaya o deje de irunos cuantos días más? De todos modos, poco después de marcharme, nadiese acordará de tales tonterías, y Rosa seguirá siendo la misma paratodos. Lo que interesa es tener fuerza de voluntad para no enamorarserealmente... Y la tendré.»

Bien pertrechado de esta fuerza de voluntad, que procuraba administrarsea grandes dosis por medio de oportunas reflexiones, caminó con pasorápido la vuelta del Molino, cruzando el pueblo y entrando en la cañada.Después de marchar algún trecho por ella, vio a lo lejos, no muyapartada de la casa de Tomás, a una mujer que iba en la misma direccióncon una herrada sobre la cabeza. Por la figura y el modo de andar, másque por el traje, pues las aldeanas se visten generalmente de la mismamanera, imaginó que era Rosa. Aceleró el paso y, acercándose más, pudocerciorarse de que no se había equivocado. Entonces corrió sobre lapunta de los pies, para no hacer ruido, hasta colocarse detrás de ella,y la sujetó suavemente por los hombros.

—¡Vamos, vamos, poca broma, D. Andrés!—exclamó ella riendo.

Aquél persistió en sujetarla.

—¡Que voy a tirar la herrada, déjeme usted!

No obedeció.

—¡Que la dejo caer sobre usted!

En los movimientos que hizo para desasirse, la herrada se tambaleó ysoltó buena parte de agua, que vino a dar sobre el rostro y cuello de lajoven. Al sentir la frialdad, dejó escapar un grito.

—¡Pobrecilla! ¿Te has mojado? Perdóname—dijo Andrés realmentecompadecido.

Y sin poder resistir la tentación, sujetola un instante por los brazos yla dio un fuerte beso en la mejilla húmeda y brillante.

—¡Eso es peor!... Vamos, déjeme usted... ¡Cómo se conoce que traigo laherrada!... Déjeme usted llevarla a casa, y veremos si después haceburla de mí.

—¿Prometes volver?

—Tengo que ir a la fuente por el jarro de agua para la cena.

—¿Y ésta que traes?

—Es del río.

—Bien; entonces, ¿para qué he de entrar en casa? Te aguardo; venpronto.

Sentose el cortesano sobre una de las paredillas del camino a esperar.No tardó mucho en aparecer de nuevo Rosa con un jarrito de barro negroen la mano. Y, sin acordarse del desafío, se emparejaron, enderezando elpaso hacia la fuente.

Por el camino le fue contando Andrés cómo su tío le había impedido venirprimero, aunque sin dar cuenta de la conversación que con él habíatenido. Rosa le explicó lo que había hecho en el día. Por la mañanahabía ido con Rafael a un castañar en busca de hoja para lecho delganado; después había estado en el molino limpiando centeno; así quecomió tuvo que ir a la Formiga, lugar bastante alto de la mismaparroquia, por un celemín de maíz para molerlo.

—¡Qué lástima que yo no lo hubiese sabido!

—¿Para qué?

—Para acompañarte.

—No me gustan los acompañamientos... y más por esos sitios... ¿No veusted que todo el mundo me conoce, y se reirían al verme con unseñorito?

Andrés dijo que al primero que se riese le rompería la cabeza.

Rosasostuvo que no había motivo, que cada cual podía reírse cuando bien leantojara.

La fuente estaba un poco apartada del camino, en una hondonada sombreadade arbustos y zarzas. Bajábase a ella por un sendero empinado yresbaladizo. Mientras el jarro se atracaba de agua lentamente con elhilito que caía de la canal, los jóvenes se sentaron en un banco toscode piedras, y continuaron su charla, entreverada de risa. Andréssostenía con formalidad que iban aumentando mucho sus fuerzas con elejercicio, que levantaba ya una porción de libras más a pulso. Rosa seburlaba de este aumento: cada cual tenía las fuerzas que Dios le habíadado: no quería creer en la eficacia de la gimnasia, que el joventrataba de explicarle con calor. Quiso que ella le apretase la mano, aver quién resistía más. El orgullo le impidió chillar, aunque buenasganas se le pasaron de hacerlo. En cambio, ella no aguantó el apretónsin decir «¡basta!», lo cual llenó de regocijo al joven, a quien hacíasufrir la superioridad muscular de una mujer, por más que fuese aldeana.

Al tiempo de recoger el jarro, jugaron con el agua. Ella le salpicó lacara para vengarse de lo que antes le había hecho. Él arrojó desde lejosuna piedra al charco, y consiguió mojarla bastante. Entonces ella corrióa él velozmente, y le paseó repetidas veces las manos mojadas por elrostro. Andrés luchó débilmente por desasirse. El contacto de aquellasmanos, un poco deformadas por el trabajo, morenitas y regordetas, lecausó exquisito deleite. Cansado de jugar, se sentó y atrajo suavementehacia sí a la joven por la punta de los dedos. Rosa tenía arremangada lacamisa y lucía unos brazos redondos y tersos que, si no eran modeloacabado de perfección escultórica, no dejaban por eso de ser bellos.Andrés sacó el pañuelo, los secó esmeradamente, y después deacariciarlos algún tiempo con la vista, se resolvió a besarlos. Laaldeana le dejó hacer, sonriente y sorprendida de que un señorito sehumillase a posar los labios en sus rudos brazos de labradora.

—Vamos—dijo al fin,—voy a recoger el jarro, que ya está oscureciendo.

Subieron de nuevo por el senderito al camino real, y tornaron aemparejarse. Andrés le propuso que fuesen de bracero, como los señoresen la ciudad, y viéndola suspensa, sin saber en qué consistía, se loexplicó prácticamente. La zagala lo encontró muy gracioso. Se dejóconducir de este modo, soltando a cada instante frescas carcajadas, yhaciéndole mil preguntas acerca de las costumbres cortesanas.

El camino estaba solitario. Mas al doblar uno de sus recodos, tropezaronde frente con un hombre, vestido de modo singular en aquel país, conlevita negra de alpaca, pantalón y chaleco blancos y sombrero dejipijapa. Era D. Jaime, el tío de Rosa.

Ésta, al divisarlo, se apartóbruscamente de Andrés, con señales de grande turbación. D. Jaime, quetuvo tiempo para verlos perfectamente, los saludó con voz melosa y dejoamericano.

—Buenas tardes, señores... ¿Vienen de dar un paseíto, verdad?

Estábien... la tarde convida.

—No, señor; no venimos de paseo—dijo Andrés.—Encontré a Rosa en lafuente, y la venía acompañando hasta su casa.

—Está bien, señor, está bien. Las jóvenes andan mal solas a estas horaspor los caminos... Vengo de tu casa, Rosita: estuve un momenticocharlando con Ángela y con Rafael...

Rosa se contentó con sonreír, toda ruborizada aún.

—Vaya, no les quiero interrumpir... Sigan, sigan adelante...

Hasta otroratico.

Y D. Jaime se alejó en dirección al pueblo, mientras su sobrina y Andréssiguieron hacia casa. Después de este encuentro, cesó por completo laalegría de aquélla: quedó pensativa, inquieta.

Fueron vanos todos losesfuerzos de Andrés por hacerla reír.

Hasta se le figuró que estaba unpoco trémula.

—Vamos, chica, no te apures tanto porque tu tío nos haya visto debracero... Después de todo, aunque se lo dijese a tu padre, no es ningúndelito.

Rosa negaba estar apurada, pero su silencio obstinado y la prisa porllegar a casa decían bien claro lo contrario. Al llegar a casa, sedespidieron. Andrés la instó de nuevo para que desechase todo temor.Ella repitió lo mismo: que no tenía ningún miedo, pero que era ya casinoche y de seguro la esperaban para cenar. Y después de prometer Andrésvolver al día siguiente, se separaron, dándose un largo y afectuosoapretón de manos.

Era la hora del crepúsculo, tan suave y melancólica en el campo. Lasmontañas que cerraban el valle perdían su relieve, ofreciéndose a lavista como informes y monstruosos bultos. El pedazo de cielo que dejabanver reflejaba débilmente la luz moribunda del sol, puesto ya hacíabastante tiempo, y rompiendo a duras penas esta cárdena luz, comenzabana brillar algunos tímidos luceros. Extinguíanse los rumores que lasfaenas agrícolas despiertan en semejante hora. Ya no chillaban loscarros de regreso de las tierras: ya no se oían los gritos de lospaisanos azuzando al ganado al meterlo en el establo: ya no sonaban lasesquilas de las vacas, ni mugían alegremente los becerros al sentircerca a sus madres. Sólo las notas prolongadas, tristes, del canto de unaldeano se dejaban oír suavemente, apagadas por la distancia. El rumorcreciente, avasallador, de los insectos se había apoderado de laatmósfera enardecida. El grito suave, límpido, aflautado, del saporompía una que otra vez la monotonía de este rumor confuso y mareante.

Andrés caminaba hacia la rectoral, lentamente, con el sombrero en lamano para mejor refrescarse, gozando una vez más la poesía encerrada enaquel estrecho valle, el amable sosiego que reinaba en la campiña, laexquisita dulzura de aquella hora plácida y serena. Al principio, cuandotornaba de la casa de Rosa, sentía algún miedo y caminaba con máspresteza; mas ahora con la salud le había entrado también confianza ensí mismo; creíase bastante fuerte para tumbar a cualquiera de ungarrotazo, y de vez en cuando, para cerciorarse de ello, hacía furiososmolinetes con su bastón de acebo. En los intermedios marchabatranquilamente, dejando vagar su mirada por los contornos indecisos delos montes y los árboles, y el pensamiento correr libremente por losrecuerdos placenteros del día o de otros anteriores. No pocas veces letiene arrancado a este dulcísimo embeleso el repique lento, argentino,melancólico, de las campanas de la iglesia, doblando a la oración. Susecos vibrantes y armoniosos despertaban un instante la campiña dormida yse perdían después como blando suspiro en los senos oscuros de loscastañares y en las quebraduras de las rocas.

Iba, pues, el joven cortesano emboscado en sus meditaciones, cuandodelante de él, de uno de los lados del camino, se alzó una sombra que alinstante tomó la forma humana. Y de esta forma salió poco después unavoz que dijo prosaicamente:

—Buenas noches.

El joven había echado un paso atrás y apretado con fuerza su bastón. Alescuchar el saludo se tranquilizó de un modo y se inmutó de otro; porqueal momento logró reconocer el que tan inopinadamente le cortaba elpaso; el cual no era otro que el americano D. Jaime, a quien habíasaludado no muchos minutos antes cerca de la casa de Rosa.

D. Jaime se apresuró a explicar el encuentro.

—Me había sentado un momentico a descansar... La tarde está tan grataque no apetece meterse en casa, ¿verdad, señor?

Andrés, que había vuelto en sí perfectamente, puso en duda estaexplicación en el fuero interno; pero se limitó a contestar:

—Sí que está muy hermosa... la noche, no la tarde. Pero a mí me esperami tío para cenar, y no puedo disfrutar de ella...

Conque hasta lavista, don Jaime.

—Aguárdese un instante, señor, que caminaremos juntos... Yo también mevoy hacia la posada, porque al fin la cena es lo primero, ¿verdad?

Andrés contestó no muy satisfecho:

—¡Claro!

Y se emparejaron, marchando por el sombrío y desigual camino de lacañada en dirección al pueblo.

—Usted, señor, estará encantado de este país, ¿verdad?

—Mucho.

—¡Tan pintoresco, tan verde, tan frondoso!... Y luego con estos airestan saludables que aquí se respiran... Usted se ha puesto muy bueno,señor... parece otro.

—He mejorado bastante; es cierto.

—No hay como la buena vida y no acordarse de los negocios...

Lostrabajos de cabeza concluyen con la persona... A mí me han hecho muchodaño también.

«¿Qué trabajos de cabeza habrá tenido este mercachifle estólido?» dijoAndrés para sí, y en voz alta:

—Tiene usted razón, los trabajos intelectuales debilitan: en cambio elejercicio corporal y la vida del campo obran milagros.

—Así es, señor, así es. Pero a los jóvenes les cuesta trabajo llevaresta vida sencilla. A mí, que ya soy viejo, no me importa...

Pero ustedno sé cómo puede vivir sin sus teatros y sus cafés y sus círculos depersonas instruidas con quien poder hablar de ciencias... y saber lo quepasa en la política.

—¡Oh, perfectamente! Crea usted que lo paso a maravilla.

—Eso consiste en que sabe buscarse distracciones agradables, aunque seaentre estas breñas...

Andrés se puso en guardia observando el tonillo zalamero de estaspalabras y la risita falsa que las acompañó.

—Nada de eso. Mis distracciones son idénticas a las de usted y a las detodo el mundo.

—Vamos, señor, no diga eso por Dios. Ya sabemos que trae a todas laschicas del lugar revueltas con sus palabritas de miel. En particular misobrinita Rosa no puede ocultar que está chaladita la pobre.

«Este tío me quiere tirar de la lengua; ya comprendo por qué meesperaba,» pensó Andrés.

—¡Bah! el bromear y reírse con las chicas, lo hago yo y lo hace usted ylo hacen todos. Es una distracción que en ninguna parte deja de haber.

—Mucho que sí, señor, mucho que sí; pero las bromitas de un joven tanbien parecido, tan elegante y chistoso como usted suelen traer otroresultado que las nuestras.

—Mil gracias, D. Jaime, es favor. Yo pienso que cuando las bromas soninocentes, ni las de unos ni las de otros producen resultado alguno.

—Eso lo dice, pero no lo piensa. Ningún mozo del pueblo ni de loscontornos ha conseguido amansar a mi sobrinita Rosa más que usted... Erauna cabra montés, y usted la ha puesto blanda y amorosa como unagatita...

—¡Qué tontería! Ni yo hablo con Rosa de otro modo que con las demásjóvenes del pueblo, ni ella se habrá fijado en mí más que en cualquierotro hombre.

—La verdad es que ha tenido muy buen gusto, señor... Rosa es unpimpollito muy fresco y muy apetitoso—dijo don Jaime, como si nohubiese oído las palabras de Andrés.

—En efecto, es una muchacha muy linda y graciosa... pero yo nunca la hehablado más que como un buen amigo... lo mismo que a su hermanaÁngela...

—¡Qué raticos tan agradables habrá pasado cerca de ella después que laha puesto mansita!

—¿Pero no le digo a usted, hombre de Dios, que no tengo con Rosa másrelaciones que las de pura amistad?—dijo Andrés bastante picado.

—No se incomode, señor, no se incomode... Ustedes los jóvenes de lacorte son aficionados a divertirse cuando se les presenta ocasión. Nadatiene de particular que juegue y se divierta un poquito con Rosita...

—Yo no me divierto ni juego con Rosa: la trato como a una niña muydecente, hija de una familia a quien estimo... Para jugar y divertirmeen el sentido que usted parece indicar, busco otra clase de mujeres.

—¡Vamos, señor—replicó el indiano con acento insinuante y meloso,—queya se le escapará de vez en cuando un abracico... y algo más!

—Señor D. Jaime, me está usted ofendiendo. Repito a usted que no se meha pasado por la imaginación nada semejante a eso... Y me sorprende queusted haga a su sobrina también la ofensa de creer que puedasufrirlo...

—Es una broma, señor, no se ofenda... Como no teníamos de qué platicar,se me ocurrieron estas niñerías por pasar el rato. Ya sé yo que usted esincapaz... y que Rosita, aunque un poco viva de genio, está bien educadapor su padre...

—Me alegro de que usted no piense tales disparates... y si los piensa,peor para usted que se equivoca.

El indiano pidió perdón de nuevo. Andrés disertó otro poco contra lachismografía del pueblo; y en estos dimes y diretes dieron sobre él, conlo cual nuestro joven cortó repentinamente y muy a su placer laconversación.

—Vaya, D. Jaime, yo sigo a la rectoral; hasta la vista.

—Vaya con Dios, señor; páselo bien.

Subió el joven madrileño malhumorado y cabizbajo el repechito que lequedaba hasta la casa de su tío, y mientras se iba acercando lentamentea ella, no dejaba de preguntarse con alguna inquietud: «—¿Por qué habráquerido sonsacarme ese bergante?»

XI

La idea que Andrés había formado, por rumores y conjeturas más que porexperiencia, del meloso D. Jaime, era la adecuada.

El entendimientoescaso, la conciencia turbia, los apetitos despiertos, la condiciónmansa y peligrosa como la del agua detenida. Su padre le había embarcadoa los catorce años entre otros cuantos millares de ovejas humanas que lametrópoli enviaba anualmente a las colonias ultramarinas. A loscincuenta había vuelto, sin instrucción, sin creencias religiosas y sinsalud, pero con treinta o cuarenta mil duros, ganados en el fondo deuna bodega vendiendo arroz y tasajo para los negros. La vida de bestiaenjaulada que observó por espacio de treinta y seis años no era apropósito para desenvolver los gérmenes de inteligencia y bondad que laprovidencia de Dios no niega a ninguna criatura humana. Suspensamientos, sus sentimientos y los actos todos de su voluntad eranvulgares y sórdidos. En cambio, el encierro enardeció y sobresaltó sutemperamento y lo inclinó a los goces sensuales, buscando en ellos lacompensación de los que la libertad, la instrucción y el trato socialofrecen. Bien se declaraban las torpes aficiones en el mirar opaco desus ojos, hundidos y extraviados, y en la palidez cadavérica de lasmejillas, a la cual también contribuía la dolencia crónica que leaquejaba hacía algunos años.

Al llegar en el verano anterior a su pueblo natal habíase alojado encasa de su hermano Tomás, quien pensó que se le entraba con él lafortuna por la puerta. Pronto vino en cuenta de su error. El indiano,aunque tuviese dinero, ni lo mostraba.

Largos seis meses lo tuvo dehuésped en casa, haciendo por obsequiarle no pocos sacrificios, sinobtener más recompensa que algunos livianos regalos a las chicas y aRafael. Cuando le pidió dinero para comprar más ganado y pagar algunospicos que debía, D. Jaime puso muy mala cara, pero se lo otorgó enpréstamo al diez por ciento: le hacía gracia especial, porque la mayorparte lo tenía colocado al doce. Desde entonces, el indiano estuvo encasa de su hermano como en ascuas: temía a cada instante nuevas demandasy temía además que le faltase el rédito de lo que le había prestado. Sino fuese porque las gracias de Rosa obraban ya sobre su ser vivo yardoroso influjo, se hubiera ido inmediatamente. Este influjo, de índolegrosera, fue el que le retuvo y fue también el que le obligó más tarde asepararse. Veamos cómo.

No el carácter alegre y desenvuelto de su sobrina, ni la gracia singularque imprimía a sus palabras y actitudes, ni la rara altivez quecustodiaba su inocencia, fueron las que cautivaron a D.

Jaime. De estasuerte, su pasión, aunque senil, hallaría disculpa.

Lo único que vio yapreció en Rosa fue la forma, o por aproximarnos más a la verdad, lacarne. No era apto para sentir ni aun comprender otras pasiones mássubidas. Pareciole, así que la vio, un bocado apetitoso. Al cabo dealgunos días de vivir cerca y contemplarla largamente en todas lasposturas, concibió por ella una torpe y desenfrenada afición. Guardosede mostrarla, porque detrás de sus vicios, y aun sobreponiéndose aellos, estaba el hombre práctico, el aldeano egoísta y receloso.

Temíaque, conocida su flaqueza, la familia se aprovechase para saquearle.Además, no quería verse comprometido. A imitación de otros muchospaisanos que habían llegado con dinero de Cuba antes que él, aspiraba aennoblecer su sangre y adquirir mayor prestigio uniéndose a algunaseñorita pobre de la villa, abandonada por esto y por vieja de losjóvenes. Pero aunque no la mostrase, la procuraba alguna salida. En sucalidad de tío carnal, estaba autorizado para usar con la muchachaciertas familiaridades que no les serían permitidas a otros hombres D.Jaime usaba y abusaba. Como vivía bajo el mismo techo y estaba encontinuo contacto con ella para todos los menesteres de la vida, seaprovechaba lindamente de sus facultades muy más de lo que haría otrotío menos sucio. «Rosita, tráeme esto.—Rosita, ve por lo otro.—Rosita,sube sobre este banco y alcánzame aquellos zapatos.—Rosita, átame estacinta.—Rosita, pégame el botón de la camisa.» Y cuando iba y cuandovenía y cuando subía y cuando bajaba, las manos amarillentas y velludasde D.

Jaime la pellizcaban, la sobaban, la mimaban y la estrujaban.

Rosa, aunque avergonzada algunas veces, cuando las caricias subían depunto, y mostrando también cierta vaga inquietud que ella misma no seexplicaba, las acogía con agradecimiento, creyéndose simplemente lapreferida de su tío, o la que más había simpatizado con él. No observabala infeliz que no se las prodigaba tan frecuentes y vivas a la vista delos demás como al hallarse solos. Y a medida que el tiempo se deslizaba,el requemado indiano se iba derritiendo más y más en halagos,entreteniendo su vergonzosa sensualidad.

Pero llegó un instante en que la hoguera creció de tal modo que fuepreciso alimentarla arrojándola combustible o apagarla de pronto, sopena de abrasarse vivo en ella. Y optó por lo primero. No había quepensar en matrimonio: esto lo juzgaba solemne dislate, no solamente porlas ventajas que otra unión podía reportarle, sino porque se echaba parasiempre sobre los hombros la carga de toda la familia. Y sin considerarque era la hija de su hermano, una pobre niña ignorante que le respetabaen calidad de tío y de caballero, pensó en otra cosa. Y no sólo pensó,sino que puso en vías de obra su pensamiento. Comenzó por preparar elterreno. Al efecto fue desnaturalizando poco a poco la índole de suscaricias paternales; mas la joven, advertida por la voz salvadora delpudor, sin pensar nada malo de su tío, las evitó instintivamente, noacercándose a él cuando podía pasar sin hacerlo y escapándosele de lasmanos cuando era forzoso colocarse a su alcance. D. Jaime entoncesvarió de táctica: ya que no podía seducirla con los halagos, intentócorromperla con las palabras. Principió con los cuentos verdes, que Rosaescuchaba sin comprender la mayor parte de las veces, bien que élentonces cuidaba de explicárselos. Siguió más tarde con los dichosgroseros y de doble sentido, y concluyó por las frases obscenas vertidasen todos los instantes del día en los oídos de la niña. Tampoco logró elresultado propuesto. Rosa, al oír aquel cúmulo de asquerosidades, pensóque su tío se había vuelto loco o que tenía algún diablo metido en elcuerpo, como había oído muchas veces referir en los ejemplos de lasnovenas, y huía de él cuidadosamente, y andaba por la casa sobresaltada,inquieta, aterrada, aunque sin atreverse a contar lo que sucedía a supadre ni a Ángela. El americano, desesperado, y desesperando deconseguir nada por estos medios, se arrojó entonces a una intentonacriminal.

Largo tiempo anduvo acechando el momento oportuno y buscando ocasión deencontrarse a solas con Rosa y en circunstancias en que pudiera llevar acabo su propósito con alguna esperanza de buen éxito. Al fin creyóhallarla. La hora mejor era la de misa, los domingos, cuando a la chicale tocase quedar guardando la casa, porque la aldea entonces estabasolitaria y la mayor parte de las casas cerradas. En la de Tomás, porhallarse un poco apartada, siempre quedaba alguno teniendo cuidado deella, un domingo uno y otro domingo otro.

D. Jaime esperó el turno deRosa con impaciencia y disimulando sus intenciones. Cuando las campanastocaron a misa se fue a la iglesia con la demás familia. Aquel día, envez de subir hasta la sacristía, como siempre, se quedó a la puerta, yal poco rato de ponerse el cura en el altar, se alejó sin ruido de laiglesia y tomó precipitadamente el camino del Molino.

Cuando llegó, Rosa estaba al lado del fuego arreglando la comida. Al vera su tío delante, le dio un vuelco el corazón, se puso pálida, como a lavista de un grave peligro. Mediaron pocas palabras. Don Jaime se quejóde un fuerte dolor de estómago y Rosa se dispuso a hacerle una taza deté. Pero antes de que hubiese terminado, el americano la abrazó deimproviso. Ella, que presentía este ataque repentino, no dio un grito nipronunció siquiera una palabra; pero lo rechazó con fuerza y decisión.Hubo una lucha sorda y rabiosa que duró bastante. La chica se defendíagallardamente y consiguió por tres o cuatro veces zafarse de las manosdel viejo; pero éste la perseguía por los rincones de la cocina y volvíaa sujetarla. Al principio, ella le guardaba aún cierto respeto yprocuraba desasirse sin hacerle daño. Poco a poco, vista la tenacidadbrutal de su tío, se fue encolerizando, subiósele la sangre toda a lacara, y al verse nuevamente a punto de ser cogida, alzó la mano, y conella cerrada le dio en plena faz un tremendo golpe, que le hizo caerhacia atrás, sangrando por la nariz. Al caer se lastimó también en lacabeza con uno de los cortes del escaño. Rosa abrió azorada la puerta ysalió corriendo, sin saber adónde.

Cuando volvió, al cabo de una hora de vagar por los caminos, halló a lafamilia ocupada en prodigar cuidados al descalabrado indiano: Tomásaplicándole paños de vino y romero; Ángela haciendo tila para quitarleel susto. Contra lo que esperaba, nadie se dio por enterado de loacaecido, ni le dijeron una palabra sospechosa. D. Jaime había arregladoya el asunto, contando que se había caído por alcanzar un jarro de lechede lo alto de la alacena, mientras Rosa se había ido a ver una vecina.Al cabo de algunos días, y después de curarse la herida de la cabeza,determinó dejar la casa de su hermano y trasladarse al pueblo, donde eltabernero se acomodó a mantenerle, lo mismo que a su otro huésped, elexcusador de la parroquia, por un módico estipendio. Varias razonestenía para cambiar de domicilio. La primera y más importante era eltemor de que Rosa descubriese su atentado, pues desde aquel día ni ledirigió la palabra ni siquiera le miraba, lo cual podía llamar laatención de su padre, y por ahí venir en conocimiento de lo sucedido.Otro temor era, como ya hemos dicho, el de perder el dinero prestado oel de verse obligado a abrir la bolsa de nuevo.

Tomás lo sintió mucho, pues comprendió al fin que poco o nada podíaesperar ya de su hermano. En cambio Rosa tuvo una verdadera alegría. Elindiano continuó visitándolos de vez en cuando, siempre para lloraralguna pérdida o quiebra de su caudal, con el objeto de que no se lespasase por la imaginación demandarle auxilios pecuniarios. La pasiónhacia Rosa, aunque mezclada ahora de rencor, no mermaba; antes parecíacrecer con el alejamiento y el recuerdo del vigoroso mojicón recibido.Particularmente, cuando Andrés llegó en el mes de Abril a Riofrío ycomenzó a requebrar a su sobrina, se encendió de modo notable con elcombustible de los celos. No se le ocultaba al mísero que Rosa ledespreciaba más a medida que iba gustando el trato del jovencitomadrileño. Con esto la figura de la chica fue creciendo en surecalentado cerebro, y la que antes le parecía una caprichosa rapazuelabuena tan sólo para un fugaz devaneo, al verla ahora festejada yperseguida por un joven distinguido de la corte, adquirió grandesproporciones a sus ojos y la juzgó ¡oh poder de la vanidad! digna deser amada por lo fino. En esta disposición de ánimo, fácil serácomprender cuánto le atormentaría el buen éxito que, al decir de lagente y a lo que él

observaba,

obtenía

Andrés

en

sus

amores.

Aparentandoabsoluta indiferencia, no dejaba de espiar sus progresos, inquiriendoaquí y allá cuando la propia observación no bastaba. Ni perdía uno solode los pormenores que denotaban la aparición del amor en el pecho de ladoncella, padeciendo en cada uno de ellos mil torturas y desviviéndose,no obstante, por averiguarlos.

Al cabo empezó a rondarle un pensamiento que podía concluir de una vezcon sus penas, sacarle triunfante y llevarle de pronto a la dicha: el decasarse con Rosa. Era muy duro, sin embargo, renunciar a sus ambicionesseñoriales y quedar ligado para siempre a una zafia aldeana y a unafamilia que había de pesar eternamente sobre sus espaldas. Así que, tanpronto como le acudió a la mente, se apresuró a rechazarlo. Pero laendiablada idea volvió de nuevo a presentársele con más alegres colores.Tornó a rechazarla por medio de un sin número de juiciosas reflexiones.A los pocos días volvió a colársele en el magín más risueña ydeslumbradora que antes. Trabose entonces una verdadera batalla en elánimo de nuestro indiano, de cuyas resultas andaba inquieto, silenciosoy desvelado, sin ganas de comer, vagando por los caminos hasta bienentrada la noche. No se cansaba de pesar los inconvenientes de la unióncon su sobrina, que no eran pocos ni leves. Pero como al mismo tiempo lapasión le espoleaba y los celos tanto le roían, a veces aquéllos leparecían nada, y decidía en un punto su matrimonio. En una misma hora secasaba y se descasaba varias veces.

En tan congojoso estado de indecisión se hallaba el americano cuandosucedió lo que hemos visto en el capítulo anterior: el encuentro con losamartelados jóvenes y la conversación con Andrés, a quien quisosonsacar. Aquella noche le picaron los celos crudelísimamente y eldemonio de la voluptuosidad le presentó a su sobrina más hermosa yapetecible que nunca. Tanto que, dando al traste con todas susambiciones y temores, se resolvió a salir de aquel miserable estadohaciéndola suya.

Tomada esta resolución, descansó como si le quitasen ungran peso de encima, y logró dormir tranquilamente.

Al otro día, aunque no era domingo, se afeitó como si lo fuese, se pusootro pantalón, metió en los dedos todas sus sortijas, y después de tomarel chocolate en compañía del excusador y de ofrecerle un cigarro puro,generosidad que sorprendió mucho al clérigo, fue a su cuarto a arreglarun poco el cabello, y al instante salió de casa y tomó el camino delMolino con los ojuelos chispeando, seco el gaznate y los labiostrémulos. Nunca salvó la distancia que mediaba entre el pueblo y la casade su hermano tan rápidamente. Cuando llegó, Tomás estaba partiendo leñadelante de la puerta.

—¿De dónde diablos vienes tan temprano?—le preguntó levantando lacabeza con sorpresa.

—Oye, Tomás, necesito hablar contigo de un asunto importante... Vámonosarriba.

El molinero se inmutó visiblemente al escuchar estas palabras.

Pensó quesu hermano le iba a reclamar de golpe el préstamo.

—Vamos—contestó en voz baja, dejando caer el hacha de las manos.

Y ambos entraron en la casa y subieron, uno en pos de otro, la escaleraahumada que conducía a la sala. D. Jaime se sentó: Tomás quedó en pie.

—Pues, Tomás—comenzó aquél echándose hacia atrás en la silla y jugandocon la cadena del reloj, gorda como una maroma,—voy a decirte una cosacon toda reserva... Siempre he tenido confianza en ti, y ya sabes que tehe dado bastantes pruebas de aprecio... Las circunstancias hacen queuno...

vamos... uno no haga las cosas cuando quiere hacerlas, sinocuando puede... ya lo sabes... Sabes también que te aprecio,

¿no esverdad?

Tomás, con la faz despavorida y los ojos en el suelo, hizo señal deafirmación.

—Ya sabes que te he dado bastantes pruebas de apreciarte, y de apreciara tu familia... Creo que tú me aprecias lo mismo que yo a ti, y lafamilia lo mismo... Pues, Tomás, tengo que decirte una cosa... A mí meparece que no estoy bien solo... Un hombre no está bien solo, ¿no teparece?

Señal afirmativa de Tomás, que empezaba a dudar y confundirse.

—Yo soy, como tú sabes, muy cariñoso... No lo puedo remediar... Cuandoaprecio a una persona, soy capaz de darle la sangre del brazo,¿estamos?... Pues con la familia siempre he sido muy franco..., ya losabes... Lo que yo tuve, siempre ha sido tuyo... Te he tratado siemprecomo lo que eres... porque a mí nunca me ha dolido gastar uno, dos otres, estando la familia por medio... Pues, Tomás, yo me voy haciendo yaviejo... Tengo dos años más que tú... ¿No te parece que debo casarme?

Tomás estaba ya menos asustado, pero al oír estas palabras recibió unfuerte desengaño: siempre había pensado heredar a su hermano. Procuró,sin embargo, no dejarlo traslucir, y contestó vagamente, siempre con lavista fija en el suelo:

—Sí... sí... si te parece...

—Estoy decidido... A mí me encanta la familia... Después de trabajartantos años lejos de su pueblo, necesita uno descanso...

No se puedevivir tranquilamente sino casado... rodeado de la familia... cuidando desus intereses... Yo los tengo muy descuidados, bien lo sabes... A mí meroba cualquiera, y es porque no tengo ningún apego al dinero... ¿Paraqué lo he de tener? Si fuese casado, ya sería otra cosa..., miraría máspor él y cuidaría de no soltarlo como lo suelto... Tomás, tú bien sabesque puedo casarme con una señorita... Aunque no soy un jovencito, aninguna de la villa le diría envido que no me dijese quiero...

Hoy,entre las muchachas, oros son triunfos... Pero yo soy muy considerado...A mí me tira mucho la familia... y eso de que mañana, u otro día, si elmarqués os echa de la casería, tengan tus hijas que ir a servir a unamo, me duele mucho... Puedes creerlo.

Hubo una pausa larga, durante la cual Tomás ardía en curiosidad de saberen qué pararía aquello, aunque lo disimulaba perfectamente. Elamericano siguió:

—Tú tienes unas hijas trabajadoras y hacendosas... muy bien educadas...Sería lástima que se viesen obligadas a servir las pobrecillas, o que secasaran con un paisano sin recursos que las matase de hambre... En eltiempo que aquí estuve me he encariñado mucho con ellas... Y,francamente... vamos... entre una... que al fin y al cabo es misobrina... y otra cualquiera, prefiero que sea una de ellas la que melleve...

Los ojos de Tomás brillaron de alegría; pero con el dominio que ejercenlos paisanos sobre sus emociones, comenzó a santiguarse con ciertasorpresa burlona.

—¡Mal año para tí, demonio!... ¡mal año para tí!... ¡Nunca pensara!...¿Qué diablo de mosca te ha picado?

—Pues me ha picado tu hija Rosa.

—¡Ya me lo olía yo! Es el mismo diablo esa chica... Más artera que ellano la hay en toda la ría... ¡Mira tú que para atrapar a un pez tan largocomo tú, que ha corrido las siete partidas, ya se habrá dado maña laindina!

Tomás halagaba de este modo la vanidad de su hermano, quien reíabeatíficamente, a pesar de saber a qué atenerse en cuanto a sus dotes deseductor.

—En fin, Jaime—siguió el aldeano encogiéndose de hombros,—si me lahabía de llevar otro bribón, más vale que seas tú.

D. Jaime rió también la gracia: estaba para reírlo todo.

—Ella es lista como una anguila y saltarina como una cabra...

perotiene el corazón igual que una manteca fresca... Es muy noble... muynoble... y al mismo tiempo muy amorosa...

Teniendo cuidado de sujetarlaun poco por la pierna será como una cordera... Después, nada melindrosapara comer... lo mismo se pasa con carne que con unas pocas de judías...En habiendo pan en la masera, ya está satisfecha... No te malgastará uncuarto, Jaime...

Esto llegó al corazón del indiano, que expresó su contento con unsilbido especial, dándose al mismo tiempo fuertes palmadas en lasrodillas.

—Voy a llamarla para darle la noticia... No andará muy lejos la muypícara... De seguro que ya sabe lo que estamos hablando... ¡Las coge alvuelo!

El aldeano se asomó a la caja de la escalera y gritó:

—Ángela, di a Rosa que venga en seguida... Está en la huerta escogiendoavellana...

La fisonomía del indiano se nubló al pensar que iba a encontrarse frentea la joven. Por primera vez se le ocurrió que podía ser desairado. Notardó en presentarse Rosa.

—¿Qué me quería, padre?

—Saluda a tu tío, mujer... no te hagas la disimulada—profirió Tomás entono de zumba, que rebosaba de alegría.

La joven quedó inmóvil y sorprendida.

—¡Vamos, picarona—dijo el padre sacudiéndola rudamente por elhombro,—que buen pájaro has atrapado!

-¡Yo!

—¡Sí, tú!... Ahí tienes a tu tío, que ya se entregó como un borrego...¿Qué mil diablos le has dado a comer para sujetarle así por las orejas?

Y viendo que la chica le miraba cada vez con más sorpresa:

—¡Abre los ojos, tunanta... abre los ojos!... Acaba de decirme quequiere ser tu marido.

Rosa frunció repentinamente el entrecejo, y después de un instante devacilación, en que temblaron sus labios, como para decir muchas cosas ala vez, dejó escapar estas palabras secamente:

—Falta que yo quiera ser su mujer.

Tomás soltó una carcajada estrepitosa. Acostumbrado a la salidasoriginales de su hija, pensó que ésta era una de ellas y la encontró muychistosa.

—No se ría, padre, no se ría, que lo digo como hay Dios en los cielos;que no quiero.

El aldeano cortó repentinamente el hilo de su risa y se quedó extáticomirándola.

—Vaya, vaya, chica... ¡qué me estás ahí cantando!

—Que no quiero.

—¿Que no quieres casarte con tu tío?—dijo clavándola una mirada aguda.

—No, señor, no quiero—dijo Rosa con firmeza.

Padre e hija se miraron un instante a los ojos. Tomás se pusoextremadamente pálido. Un relámpago siniestro cruzó por su fisonomía.Después avanzó lentamente y, sacudiéndola por el brazo, le preguntó conira mal reprimida:

—¿Por qué no quieres, di, por qué no quieres?

Rosa, atemorizada, bajó la cabeza; pero aún dijo con firmeza:

—Porque no me gusta para marido.

Apenas había pronunciado la última palabra, cuando su padre cayó sobreella como una fiera; la volcó en tierra y se puso a darle coces conincreíble ferocidad. Parecía golpear sobre una vaca.

—¡Ah, maldita! ¿Conque no te gusta?... ¿Y esto, di, te gusta?... ¿eh,te gusta?... ¿eh, te gusta?... ¡Toma, toma, recondenada, maldita sea tuestampa!

No se sabe cómo la hubiera dejado a no mediar D. Jaime y no subir Ángelade la cocina. Entre ambos le apartaron. Desde lejos, sujeto por losbrazos, le preguntaba con rabiosa sorna:

—¿Conque no quieres, eh?

Rosa, hecha un ovillo en el suelo, sangrando por el rostro, contestabacon el valor pasivo y salvaje de las aldeanas avezadas a los golpes:

—No, no quiero; ¡no quiero!

—¡Ya querrás, remaldita!... ¡yo te haré querer!... ¿Estás orgullosaporque te canta al oído el sobrino del señor cura, verdad?... ¿No sabespara qué te quiere a ti el sobrino del señor cura, verdad? Yo te loenseñaré, grandísima yegua... yo te lo enseñaré.

D. Jaime, viéndole algo más sosegado, fue a coger el sombrero que teníasobre una silla, y se dispuso a irse. Tomás, mirándole con inquietud, ledijo:

—Pierde cuidado, Jaime... A ésta ya la curaré yo de su enfermedad...¡Mira, tengo allí las medicinas!

Y apuntaba a un rincón de la sala, donde estaban arrimados unos cuantosgarrotes.

D. Jaime, sin responder palabra, bajó la escalera y salió de casa contraza de ir muy desabrido.

XII

Aquella tarde, reparando Andrés en una herida reciente que Rosa tenía enla mejilla, le preguntó con interés:

—¿Qué es eso, Rosita?

—Que me he lastimado con una rama al coger manzanas.

—¿Por qué te subes a los pomares?... Un día vas a matarte.

—Porque me gustan las manzanas verdes—repuso encogiéndose de hombros.

A los tres días se le presentó con una nueva herida en la frente.

—Pero, chica, ¿te has lastimado otra vez?

—Sí.

—¿Cómo ha sido eso?

—Pues estaba mi padre partiendo leña, saltó una astilla y me dio en lafrente.

—¡Qué atrocidad! ¡A riesgo de saltarte un ojo!... Ten cuidado, chica,con tus ojos, que me gustan mucho.

Rosa sonrió tristemente.

Por último, otro día la halló con un brazo en cabestrillo sobre unpañuelo anudado a la garganta. Aquella vez se había caído viniendo de lafuente con una herrada en la cabeza. Andrés quedó

preocupado.

Noacertaba

a

explicarse

tantas

coincidencias; pero como no tenía datoalguno que pudiese suministrarle explicación más verosímil, pronto sedisiparon sus cavilaciones. Rosa estaba risueña y jovial, tan viva delengua y de ademanes como siempre. Tomás, cuando le veía, que eran pocasveces, le acogía con el mismo tono entre respetuoso y zumbón que tan malle sabía en el fondo.

Al cabo supo lo que pasaba, de un modo casual. Se hallaba cierta tarde,contra su costumbre, leyendo en el corredor de casa, resguardado de losrayos del sol por la parra, cuyos sarmientos pendían del alero, formandofresca y tupida cortina. La luz se quebraba entre sus pámpanos, losdoraba, los hacía transparentes, y llegaba hasta él suave y dormida.Aunque abstraído en la lectura, percibió claramente los pasos del ama,que entraba en la sala y daba vueltas poniendo en orden los muebles. Elcura, que había ido a la iglesia, llegó poco después, y entró en la casasin ver a su sobrino, y subió a la sala quejándose del calor.

Entabloseun diálogo, y al instante comprendió que ignoraban su presencia en elcorredor.

—¿No le han dicho nada de lo que pasa en el Molino, señorcura?—preguntaba D.ª Rita con su voz nasal, quejumbrosa.

—¿Qué me habían de decir, mujer?... ¿Que Andrés bromea un poco más dela cuenta con Rosa?... Ya estoy cansado de saberlo... Por cierto quehace algunos días le he hablado de ello, aconsejándole que dejase esastonterías...

—¡Buen caso hace él de sus consejos!... Vamos, veo que usted no estáenterado... ¿No sabe que D. Jaime quiere casarse ahora con ella?

—¿Qué dices, mujer?...

—Lo que oye. Hace ya más de ocho días que la pidió a su hermano, que,por supuesto, ¡abrió un ojo!... Pero la chica, pásmese usted, se niega acasarse con su tío, y todos dicen que tiene la culpa el sobrino delcura, que la ha levantado de cascos...

El padre, con esto, dicen que lapega cada pie de paliza que la pone como una breva. Pero ella se empeñaen que no, y que no, y no hay quien la saque de ahí...

—¡Me dejas tonto!... No sabía una palabra de todo eso...

—¡Claro! usted nunca quiere saber nada de lo que perjudica a susobrino.

—¿Y qué barajas tiene que ver mi sobrino con que D. Jaime quieracasarse con Rosa, y con que ésta no le quiera a él?

—Porque si su sobrinito no anduviese haciéndole la rosca, la chica sedaría con un canto en los pechos por atrapar a su tío...

Pero ya se ve,a usted no hay que tocarle el sobrinito, porque en seguida se pone hechouna víbora... Pues sépalo usted, que todo el mundo lo dice, que ha sidoy es un calavera perdido... y que si vino tan malo a este pueblo, no hasido por enfermedad que Dios le haya dado, sino por los excesos de comery beber, y de otras cosas...

—Vamos, Rita, déjame en paz y no digas simplezas...

Demasiado sé lo quees mi sobrino.

—¡No, si yo no digo nada! ¡Ya me libraría yo de decirle nada!... ¡Puesbueno es usted para que le diga nada malo de su familia!... Y eso quebien poco se han acordado de usted siempre, y con bastante despego lehan tratado... No parece más que tenían a mengua alternar con usted...

—¡Vaya, la canción de siempre!... O te callas, o me voy...

—Váyase, váyase... Yo no puedo menos de decir la verdad, porque si no,reviento... Y la verdad es que, cuanto mejor es uno en este mundo, peorle pagan. Desvívase usted por dar gusto en todo a una persona, portenerle las cosas a punto, por cuidarla cuando está enferma... Tuésteseusted la cara al lado del fuego todo el día... Métase en el río hastamedia pierna para lavar la ropa, y coja un reumatismo... Pase las nochesen claro, cuidando de la lejía... Y mañana u otro día, si falta esapersona, irá una, si a mano viene, a pedir una limosna... mientras lafamilia, que en la vida se ha acordado del santo de su nombre, sedivertirá y triunfará en grande con el dinero que le quede...

Se oyó el ruido de la silla del cura al levantarse con violencia.

—No; no se vaya... yo me iré... ¡si yo soy el último mono! ¡si ya séque quien priva aquí es el sobrinito!... Pero algún día le abrirá Dioslos ojos... Al fin se ha de saber quiénes son los que sirvendesinteresadamente, y quiénes los que vienen solamente a pescar unaherencia.

Doña Rita salió de la sala disparando este último y envenenado flechazo,y dio un fuerte golpe a la puerta para hacerlo aún más profundo. El curase quedó solo, desahogando su enojo con un sin fin de ¡porras! y¡barajas! proferidas en el tono más cavernoso que halló en lasconcavidades de sus registros vocales.

Fácil es de presumir, conociendo el temperamento vivo y exaltado deAndrés, la triste impresión que esta plática, escuchada por fuerza, lecausaría. De las dos noticias desagradables que por ella averiguó, laszurras que su padre daba a Rosa y la hostilidad de D.ª Rita, la que másle disgustó, como era natural, fue la primera. En cuanto a la segunda,tenía demasiado orgullo para no despreciar el odio de una sirvienteenvidiosa, por más que no lo sospechase.

Pero su situación en aquel instante era crítica. No podía entrar en lasala sin dar a conocer a su tío que había oído la conversación: esto leavergonzaba y avergonzaría aún más al cura. Por otra parte, éste podíasalir de un momento a otro al corredor y encontrarse con él, lo cual erapeor. ¿Qué hacer? No vio medio más adecuado de salir del apuro que,montar cautelosamente sobre la baranda y descender al suelo por laparra, agarrándose con pies y manos, como había hecho otras veces paraprobar el progreso de sus fuerzas y agilidad.

Una vez en la calle, corrió a casa de Rosa. Al verse junto a la puerta,vaciló un instante por el temor de hallarse con el molinero, a quien nohubiera podido ocultar en aquella sazón la cólera de que estaba poseído.Por fortuna había salido: sólo Rosa se hallaba en la cocina.

—Oyes... ¿conque tu padre te pega de palos para que te cases con tutío?—le preguntó con voz alterada, sin darle siquiera las buenastardes.

La chica quedó sorprendida al verle tan agitado y descompuesto.

—¿Es verdad que te mata a golpes, di?—profirió de nuevo, viendo que nole contestaba.

—Algunos me da... ¿Pero por qué se apura tanto D. Andrés?

—Porque es una infamia que te pegue por ese gaznápiro asqueroso...

Aquí, se desató en improperios contra D. Jaime. Dijo que le iba a romperla cabeza: que él era quien inducía a su hermano para que la maltratara;que buena boda iba a hacer si se casaba con aquel avaro que la mataríade hambre: que más le valía casarse con un aldeano y cuidar cabras en elmonte, etc., etc.; un montón de razones proferidas con extraordinariaviolencia.

Contra Tomás no se atrevió a revolverse por no herir lossentimientos de Rosa, aunque buenas ganas se le pasaron de hacerlo.

Ésta le escuchaba con el asombro pintado en los ojos. Allá, a lo último,soltó la carcajada.

—¿Qué mala yerba pisó hoy D. Andrés, que tan furioso viene?

—Ninguna; lo que hay es que me irrita que te hagan daño... ¡y más porese tío viejo!

—Pues no se apure tanto... A mí no se me hacen novedad los golpes...Además, es mi padre y puede pegarme cuanto quiera.

Andrés calló un instante; después apuntó tímidamente:

—Tanto te puede maltratar, que al fin no tengas más remedio que hacerlo que él te manda.

—¿Casarme con mi tío? ¡Eso sí que no!... ¡Que pegue, que pegue lo quequiera, ya verá lo que saca en limpio!

Al joven se le ensanchó el corazón al observar el tono resuelto de estaspalabras y dirigió a la aldeana una mirada cariñosa.

Desde aquel día no puso más los pies en su casa por no tropezar conTomás, cuya enemistad ya no ignoraba; pero la vio todas las tardes en elmolino. Pasaba tres o cuatro horas y a veces más cerca de ella en aquelrincón, donde únicamente les turbaba de vez en cuando la visita de algúnpaisano que traía a moler su fuelle de maíz. El molino estaba adosado ala peña, medio oculto entre el follaje. Tan sólo se vislumbraba el colorrojo del techo.

Las paredes, vencidas, resquebrajadas en muchas partes,vestidas todas de musgo, se confundían con el césped y los árboles.

Laacequia que le daba movimiento caía partida en tres, de ocho a diez piesde altura, por unas canales de madera toscamente labradas, negras por lahumedad y apuntando a las aspas, que al girar levantaban remolinos deespuma y tapaban casi por entero las aberturas en medio punto por dondeel agua penetraba.

Dentro todo era tosco también como fuera. Una solaestancia rectangular con piso de madera, manchado de harina, lleno deagujeros y rendijas, por las cuales se veía a las ruedas revolverfuriosamente con sus brazos de roble el haz del agua. A un lado, ymetidas en sendos cajones bruñidos por el uso, estaban las tres piedrasmoledoras que daban vueltas triturando el maíz o el centeno y arrojandopor intervalos iguales un copo de harina en el cajón.

Andrés pasaba dulcemente las horas en aquel recinto. Sentado sobre unamedida al lado de Rosa se placía refiriéndole cuentos y aventurasmaravillosas entresacadas de las muchas novelas que había leído. Ellaescuchaba atenta y ansiosa, interesándose por los personajes lo mismoque si los tuviera a la vista, sonriendo cuando eran felices yderramando alguna lágrima cuando les soplaba demasiado la desgracia.Andrés era implacable al narrar las penalidades de sus héroes.Describíalas con todos los pormenores de que era capaz y no se cansabanunca de amontonar sobre ellos desdichas. Quizá le estimulase el gustode ver a Rosa enternecida.

Cuando se cansaba de estar sentado, solía levantarse y trajinar por elmolino arreglando lo que le parecía estar desarreglado, estudiando

conatención

su

rudimentario

mecanismo,

entreteniéndose en pararlo y enecharlo a andar de nuevo. Rosa solía alzar la cabeza y gritarle:

—No enrede, D. Andrés... ¡Madre mía, qué revoltoso es!

El joven volvía a su sitio.

—Bien, pues ahora cuéntame tú un cuento, si deseas que me esté quieto.

—Ya le he contado todos los que sé.

—Rebusca en la memoria.

—¿Quiere que le cuente el cuento de La buena pipa?

—No; ése no—contestaba riendo.

—¿Entonces quiere que le cuente el de aquel pastor que tenía la piernahinchada, tan pronto se le hinchaba como se le deshinchaba?

—Tampoco.

—Pues no sé otro... Aguárdese un poquito... voy a contarle el de Lapeña encantada... Vamos, no se acerque tanto a mí, que no puedo coser.

«Una vez era un rey y tenía tres hijas muy hermosas, muy hermosas, muyhermosas. La primera se llamaba Clara, la segunda Ana, la tercera María.Este rey se fue a la guerra, y dejó el reino encargado a un hermano queera muy malo, muy malo, muy malo...»

Andrés parecía escuchar atentamente, pegado a las faldas de la zagala.Lo que hacía en realidad era contemplar con deleite sus labios, quesemejaban hechos de carne de cereza, sus mejillas, que tenían el lustrede la manzana, sus ojos negros, donde brillaba el sol de la primavera.Sentía, al cabo de un rato, el mismo adormecimiento suave y feliz que leembargaba, cuando niño, escuchando los cuentos que le refería lacosturera de su casa. Ahora se mezclaba con una embriaguez voluptuosa,que suspendía su pensamiento, le columpiaba en los espacios y ledisponía a las efusiones tiernas, a los goces inefables, a los sueños decolor de rosa. El monótono rumor de la acequia y el traqueteo suave yconstante del piso trabajaban también por arrobarle. Rosa concluía sucuento. Él despertaba con pena y, embelesado aún, preguntaba:

—¿No sabes otro?

No, Rosa no sabía otro, o no quería contarlo: gustaba más de oír lossuyos, llenos de enredo y movimiento.

Como la alegría de la joven era constante, y ninguna sombra alteraba laserenidad de su rostro ni la paz de aquellos largos y sabrososcoloquios, Andrés había llegado casi a olvidar, en su egoísmo, la tristesituación en que se hallaba la pobre niña dentro de casa. Una vez, sinembargo, vino con señales en la cara de los malos tratos de su padre. Lafisonomía de Andrés se nubló repentinamente, y con voz conmovida lepreguntó:

—¿Te sigue pegando tu padre?

La chica se encogió de hombros y sonrió de modo expresivo.

Él bajó la cabeza y se mantuvo callado unos minutos. De pronto rompió ahablar con violencia.

—Pero ¿no hay un tiro que mate al pillo de tu tío?... ¡Ese bribón creeque te va a entrar el amor con los palos!... Estoy viéndole azuzar a tupadre... «Pégale, pégale, que ya cederá»... Si no fuese por ti, ya lehubiera roto el bautismo... y aun si le tropiezo, no sé si podrécontenerme.

—¡Madre mía, cómo se apura D. Andrés!—exclamó riendo laaldeana.—Cualquiera pensaría, al verle tan enfadado, que me quería deveras.

Andrés sonrió también enternecido.

—¡Vaya si te quiero, Rosita!—contestó acariciándole la mejilla.

Pero aquellas palabras le hicieron considerar más tarde, cuando seretiró a su casa, que estaba causando mucho mal a Rosa: se echójustamente la culpa de lo que la pasaba: convino consigo mismo en que sucomportamiento dejaba mucho que desear en la ocasión presente: consideróque sería más noble apartarse de ella pronto, antes que sintiese unverdadero y fuerte interés por él; y, por último, falló que a los quincedías justos, a contar del de la fecha, se despediría de aquellas altasmontañas, verdes praderas y río cristalino, para la villa y corte deMadrid.

Mientras llegaba la hora de partir seguiría visitando a Rosa,haciendo lo posible por ser cauto en las palabras y reprimir los ímpetusde su corazón.

Mas al día siguiente de tomada esta resolución, sobrevino unacontecimiento que la modificó bastante. Se hallaba por la tarde, comode costumbre, en el molino sentado al par de Rosa en grata y amorosaplática, cuando repentinamente se apareció por allí Tomás. Como nunca sele había ocurrido ir a aquella hora desde que Andrés frecuentaba elsitio, Rosa se inmutó muchísimo y el mismo joven se sintió también nopoco turbado, aunque procuró disimularlo, acogiendo con sonrisa amistosaal molinero.

—Hola, D. Andrés, ¿también viene usted al molino a comerme la harina,como los ratones?—dijo el paisano riendo campechanamente.

—¿No ve usted qué gordo me voy poniendo con ella?—repuso Andrésaceptando la broma.

—Pues tenga cuidado, que he echado por los rincones bolitas defósforos.

—Soy un ratón muy fino y los huelo de lejos.

—¡Ya! Usted es un ratón madrileño, más tuno que los ratones de laaldea, ¿verdad?

Y al decir esto, sin cesar de reír con malicia burda, entró en elmolino, dejó en el suelo un gran cesto que traía sobre los hombros, y sepuso a trastear por la estancia. Sacó maíz de un fuelle, lo midió, lovertió en el cesto, anduvo con el mecanismo de las ruedas y ejecutóotras maniobras. Mientras tanto, Andrés y él seguían tiroteándose comodos grandes amigos. Rosa, que conocía bien a su padre, guardaba silencioobstinado, aplicándose a coser.

Al cabo de un rato Tomás la llamó.

—Rosa.

—¿Qué quería?

—Ven acá.

La chica se levantó y fue hacia su padre. Éste se plantó frente a ella,mirándola severamente.

—Oyes, ¿por qué no has puesto a moler el maíz del tío Ángel, como temandé?

—Porque vino Telva, la de la Cuesta, con un celemín, diciendo que notenían qué comer en casa hoy... Tanto me rogó que se lo eché... Estanoche se puede moler el del tío Ángel.

—¿Y a ti quién te mete a hacer favores a Telva sin permiso mío?

—Como otras veces lo hice y no me dijo nada, yo pensé...

—¡Pensaste! ¡pensaste!... Pues para que no pienses otra vez, toma...

Y sin más aviso, le descargó un tremendo bofetón. Tan tremendo, que lachica cayó al suelo como privada de sentido.

Al ver aquel acto de barbarie Andrés, se puso en pie vivamente. Lasangre le subió al rostro y no pudo menos de exclamar:

—¡Qué brutalidad!... ¿Por qué le pega usted de ese modo tan bárbaro?

—Porque quiero enseñarla a obedecer.

—Ahora no había motivo.

—¡Ta, ta, ta!... ¿Y a usted quién le mete en esto, D. Andrés?...

Soy supadre y hago lo que quiero.

—¡Vergüenza debía darle ensañarse así con una pobre chica!

—Pues si no le gusta, D. Andrés, tómelo en dos veces. En mi casa mandoyo. Váyase a la suya si no quiere verlo.

—Ahora mismo—dijo; y echándole una mirada iracunda y despreciativa,salió furioso del molino.

No otra cosa se había propuesto el astuto aldeano. Quedaron las cosas amedida de su deseo. Andrés no fue más al molino por las tardes ni menosvisitó la casa. Con esto parecían desatadas aquellas relaciones quejuzgaba, no sin razón, como un obstáculo para el logro de sus fines.

Pero como es la contrariedad en los amores cebo apetitoso y señuelo elmás eficaz, el amor de Rosa hacia Andrés vago hasta entonces, lleno devacilaciones y dudas, tomó cuerpo de pronto y se transformó en verdaderapasión. El del joven subió también algunos palmos. Y como naturalconsecuencia de esto, aunque no se hablaron con la libertad de antes, nopor eso dejaron de verse y hablarse con frecuencia, ora en la fuente,ora en los prados, ora en algún camino donde se tropezaban adrede.

Andrés espiaba con afán las salidas de Rosa, se emboscaba detrás de losárboles, y en cuanto la veía sola, ¡allá voy! corría a emparejarse conella. Y estas entrevistas al aire libre, que el temor de ser observadoshacía breves y melancólicas, eran, sin embargo, para ambos más gratastodavía que las tardes serenas del molino. Nunca se cruzaron entre ellospalabras tan cariñosas ni miradas tan suaves y tiernas como entonces.Rosa, que acogía siempre los requiebros del joven cortesano con risa ydesconfianza, poco a poco se fue haciendo más grave y sosegada; se poníaencendida al verle; le miraba fijamente mientras él tenía los ojos enotra parte, y cuando llegaba el momento de separarse, en la inflexióntemblorosa y enternecida de la voz se adivinaba la emoción que embargabasu alma.

XIII

Transcurrieron algunos días. El enojo de D. Jaime por el desairerecibido fue creciendo. En su interior no daba toda la culpa a Rosa;hacia partícipe a su hermano por haber tolerado el galanteo de Andrésuna porción de meses con señales de no disgustarle. Después, pensaba queTomás no había hecho lo bastante por complacerle, no había obrado consuficiente energía para rendir a Rosa a recibirle por esposo. Porque sibien era verdad que la castigaba, y a veces cruelmente, estos castigosquedaban desvirtuados por el efecto de consentirla pasar tardes enterascon su amante en el molino; y aunque últimamente habían cesado estasvisitas, todavía no usaba con ella de la debida vigilancia, porque entodas partes y a todas horas se veían y se hablaban, de lo cual eratestigo el pueblo. Él mismo los sorprendió más de una vez en lasencrucijadas de los caminos o a la orilla del río, y se había vuelto porno tropezar con ellos.

De todo esto formaba el indiano un capítulo de agravios contra suhermano. Empezó a mirarle de mal ojo, y a bullir en su cabeza la idea deque aquél, so capa de protegerle, tenía la mira puesta en el señorito deMadrid, trabajaba astutamente por encenderle con la contrariedad yhacerle caer en una trampa de donde saliese comprometido y obligado porlas leyes divinas y humanas a casarse con su hija.

Con esto dejó de ir al Molino, se mostró seco con Tomás cuando lehablaba; por último, un día le negó el saludo. Al mismo tiempo no seocultó para decir en confianza por el pueblo lo que en el Molinoocurría: las entrevistas de Andrés con su sobrina, de las cuales sacabapartido para calificar a aquel de disoluto y a su hermano de necio; lapresunción de la chica desde que un señorito la requebraba; la fingidaoposición del padre, etc., todo adobado con la baba del odio y eldespecho.

No pararon aquí las cosas. Resolvió vengarse de las supuestasingratitudes y ofensas de su hermano. El mejor medio era reclamarle alpunto los catorce mil reales que le debía y sacarle a subasta públicalos bienes, en el caso seguro de que no pudiese devolverlos. Esta ideale produjo vivo deleite. Mas, después de meditar un poco sobre ella,comprendió que había de causar malísimo efecto en el pueblo, porque alcabo era su familia. Arrojarse él en persona a perseguirla judicialmentey arruinarla iba a parecer un acto de crueldad inusitado, y le haríadesmerecer en el concepto de los vecinos.

Entonces imaginó una gran bellaquería. Fue cierta tarde a ver a D. Félixel escribano, y pretextando que necesitaba fondos con urgencia pararemitir a América, le propuso el traspaso de la deuda, mediante unrazonable descuento. Aceptó D. Félix el negocio, porque era bueno: Tomásposeía bastante ganado, y además una finquita adquirida tiempo atrás dela subasta de los mansos de la parroquia, que bien valía ella sola loscatorce mil reales.

No se pasaron veinticuatro horas sin que el escribano le requirieseverbalmente al pago. Tomás quedó sorprendido y aterrado. Nunca habíapensado que su hermano pudiera hacerle tal ruindad. Desde luego contestóque no disponía de ese dinero, y pidió prórroga. D. Félix, con reparos ypalabras ambiguas, llegó a prometérsela, o tal creyó el desgraciado almenos. Mas, a los dos días, se vio citado de conciliación ante el juezmunicipal.

Se le presentó el recibo, reconoció la firma y volvió adeclarar que por el momento no le era posible pagar aquella deuda; quepagaría

los

réditos

vencidos

y

firmaría

nueva

obligación,comprometiéndose a saldarla en el término de seis meses. Don Félix noadmitió este arreglo, quedó disuelto el acto, y a instancia suya fueexpedido por el juzgado de primera instancia de Lada despacho deejecución contra el molinero, por valor de los catorce mil reales.

Y una mañana, cuando la familia se disponía a comer, entró por la puertael escribano (D. Félix, no, que era parte; otro) acompañado de dosalguaciles, para ejecutar el embargo. Detrás de ellos, algunos curiososque les habían visto cruzar por el pueblo, los cuales se mantuvieron untrecho separados de la casa esperando ver en lo que paraba aquello.

Tomás los recibió extrañamente inmutado, como si le viniesen a notificarsu sentencia de muerte.

—¡No hay que apurarse, hombre, no hay que apurarse!—le dijo elescribano con semblante risueño.—Las cosas hay que tomarlas comovienen; cachaza y mucho pecho.

Después le preguntaron dónde tenía el ganado. Parte estaba en los pradosy parte en el establo. Era necesario juntarlo todo. El infeliz se vioobligado a acompañarles hasta el prado, para traer al establo lo que lefaltaba. Iba más muerto que vivo, pálido, silencioso; se le habíaconcluido la vena jocosa de que tanto abusaba. A la vuelta no pudoresistir; se metió en la huerta de casa y se arrojó de bruces debajo deun árbol, mesándose los cabellos sin articular palabra.

Sacaron el ganado del establo y lo juntaron todo delante de casa. Ángelay Rosa, en el corredor, sollozaban fuertemente.

Rafael daba vueltas entorno de los alguaciles, agitado y tembloroso, con la faz demudada yreventando por llorar.

Cuando aquéllos sacaron las cuerdas que traíanenrolladas y se dispusieron a amarrar las vacas, estalló en gemidoslastimeros.

—¡Agapito... Agapito... por Dios, no me las lleve!...

¡Agapito!...¡señor escribano!... por Dios no me las lleve... por su madre... no melas lleve... ¡por Dios no me las lleve! Y deshecho en llanto, corría deuno a otro lado con las manos plegadas pidiéndoles misericordia.

Los alguaciles ataban en silencio, con la cabeza baja, sin atreverse amirarle. El escribano, con la misma cara de risa, le dijo:

—Eh, tonto, no grites: ya te las volveremos.

Cuando terminaron y se prepararon a marchar, los alaridos del chicofueron terribles. Los curiosos allí congregados trataban de consolarleen vano. Según pasaban por delante de sus ojos las vacas, llamábalas agritos por sus nombres.

¡Parda!... ¡Garbosa!... ¡Salia!... ¡No me llevéis la Salia!...Agapito, por tu madre... ¡no me lleves la Salia!

Pero cuando vio marchar una hermosa novilla, que era su favorita, nopudo contenerse. Corrió a ella y se agarró con todas sus fuerzas a loscuernos.