El Idilio de un Enfermo by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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razón—repuso

Andrés

sonriendo

irónicamente,—ese día... sanseacabó.

—Justamente... sanseacabó.

Bajaron con todo sosiego al valle por un camino estrecho, trazado enzig-zag. La casa rectoral era la primera del pueblo, alejada buen trechode las otras. Delante de ella se detuvieron.

Era de un solo piso,vetusta; gran corredor de madera ya carcomida, cubierto casi todo él poruna vigorosa parra, que lo aprisionaba por debajo con sus mil brazossecos y le servía de hermosa guirnalda por arriba; el vasto alero deltejado poblado de nidos de golondrinas; la puerta de la calle negra porel uso y partida al medio como las de toda aquella comarca; porentrambos lados huerta, cuyos árboles frutales aventajaban con mucho laaltura de la pared.

—¡Hola, señor cura!... ¡Doña Rita, doña Rita!... ¡Vamos, despáchenseustedes, carambita, que traigo forasteros!—

principió a gritar Celesto,aplicando al propio tiempo rudos golpes a la parte inferior de lapuerta, que era la que estaba cerrada.

Casi al mismo tiempo aparecían en el corredor y en la puertarespectivamente el cura de Riofrío y su ama.

—¿Quién es?—preguntaron el cura desde arriba y el ama desde abajo.

—¡Casi nadie!... Su sobrino en persona, señor cura—contestó Celesto.

—¡Cáscaras! Me alegro... No pensé yo que sería tan puntual.

Allá voy,allá voy ahora mismo...

Pero ya se había adelantado la señora Rita, con su faz mórbida y páliday la figura de perro sentado, a recibir al viajero con entusiasmo querayaba en frenesí.

—¡Virgen del Amor Hermoso! ¡El señorito Andrés! ¡Qué escuálido viene elpobrecito! ¡Si parte el corazón!

Y al proferir tales palabras, como Andrés no se había apeado, le besabauna de las manos con efusión. A nuestro viajero le sorprendióagradablemente que su mal estado de salud partiese el corazón de unapersona que nunca le había visto. Echó pie a tierra, se despidióafectuosamente de Celesto, y abrazado de su tío y escoltado por el ama,subió la tortuosa escalera de la rectoral.

V

El cura de Riofrío frisaba en los sesenta años. Era un hombre pequeño ygrueso, de cuello corto, rostro mofletudo y rojo, o por mejor decir,morado; los ojos claros y redondos, como trazados a compás; ágil en susmovimientos, a pesar de la obesidad, y fuerte como un atleta. Laexpresión ordinaria de su fisonomía, dura, casi feroz; mas cuando teníaque expresar algo, aunque fuese lo más insignificante, v. gr., cuandopreguntaba la hora o el tiempo que hacía, hinchaba de tal suerte sunariz borbónica, abría los ojos desmesuradamente y los clavaba con talfuerza en el interlocutor, que éste necesitaba mucha presencia de ánimoy sangre fría para no echarse a temblar.

Andrés se sintió profundamente intimidado cuando su tío le propuso quese quitase las botas y se pusiese las zapatillas.

—Me parece que no hay zapatillas en la maleta... Vienen en el baúl quetrae un carretero—dijo, con el aspecto encogido y el acento del queconfiesa un delito.

—¡Cómo! ¿No traes zapatillas?

—No, señor—se atrevió a responder con voz débil.

—Bien; entonces te pondrás unas mías.

El cura entró un momento en la alcoba oscura de la sala, y salióempuñando un par de zapatillas como lanchas, que dejó caer con estrépitoa los pies de su sobrino.

—Ahora quítate esa gabardina.

—¿Qué gabardina?

—La que traes puesta, hombre... no vale nada... parece de papel... Teestás muriendo de frío.

Andrés comprendió que se refería al jaquette.

—No, señor, no tengo frío.

—Sí lo tienes; ponte ese chaquetón forrado; ya verás qué pronto entrasen calor.

En el chaquetón que le presentaba su tío cabían cómodamente, a más deél, otros dos sobrinos. Pero Andrés estaba tan asustado, que se lo metiósin replicar.

—Ahora hace falta que te abrigues esa cabeza, hombre, ¡esa cabeza!...El sombrero lastima la frente... Espera un poco; tengo yo un gorro quete vendrá de perilla.

Era un gorro de terciopelo negro, alto y vueludo, que le tapó lasorejas. Cuando se miró en el espejillo que colgaba sobre la cómoda,hacía una figura tan lúgubre y extraña, tan semejante a la de unamortajado, que sintió miedo.

—Siéntate ahora en ese sillón.

—No estoy cansado.

—Siéntate, digo, y responde a lo que voy a preguntarte. ¿Me contestaráscon toda franqueza?

—Sí, señor.

—¿Cómo te encuentras del estómago?

—Así, así.

—Eso no es decir nada... Tú me has prometido franqueza...

—Me encuentro medianamente.

El cura, que paseaba por la sala con las manos atrás, se detuvo delantede su sobrino, y clavando en él una mirada de increíble ferocidad, ledijo con acento enérgico:

—¡Pues es necesario curarse!

Andrés no respondió.

—¡Pues es necesario curarse!—repitió en voz más alta y sin dejar deatravesarle con la mirada.

—Procuraré—dijo Andrés entre dientes.

—¿Cómo?

—Procuraré.

—Procurarás... está bien; está perfectamente—dijo el curadulcificándose un poco y continuando sus paseos.—Lo primero que debemoshacer para curarnos es cuidar del abrigo, sobre todo del abrigo delestómago. Traerás faja, ¿no es cierto?

—No, señor.

—¡Cómo! ¿No traes faja?—exclamó quedando inmóvil, petrificado.

—No, señor; no me ha hecho falta.

—Mañana te pondrás una mía de franela. A mí me da cinco vueltas. A tisupongo que te dará alguna más.

—¡Me dará quince!—pensó con desesperación Andrés, que sudaba yacopiosamente dentro de la zamarra.

El cura siguió paseando y desenvolviendo su sistema terapéutico, fundadocasi exclusivamente en el algodón y la lana.

Andrés le examinaba entanto con viva curiosidad no exenta de miedo, imaginando que había hechomuy mal en venir a caer en las garras de aquel salvaje.

Concluida la exposición del sistema, el cura se informó de muchas cosas,que no sabía, tocantes a la familia. Treinta años hacía que desempeñabaaquel curato, sin traspasar sus términos más que cuatro o cinco vecespara ir a la capital del obispado.

Había sido muy camarada del padre deAndrés; le había querido en el alma; pero desde su matrimonio no lehabía vuelto a ver.

En cierta ocasión habían reñido por cuestión deintereses: se habían cruzado entre ellos algunas cartas muy agrias, queAndrés había encontrado entre los papeles del ministro. Éste le decía enuna que «para llegar a la posición que él ocupaba en la magistratura,algún discurso y algunas partes intelectuales se necesitaban.» El curarespondía que «para alcanzar el estado sacerdotal también se requeríancualidades de inteligencia.» El ministro replicaba furioso: «Cuando a tite han ordenado, hombre de Dios, ¿no habrían podido ordenar igualmenteal jumento que te llevó a Valladolid?» Estas y otras groserías se habíanolvidado, al parecer, por ambas partes. El magistrado, cuando hablabadel cura a su hijo, le decía: «Más claro que mi primo Fermín, el agua.»El cura, cuando se refería al magistrado, llevaba siempre el dedo a lafrente con respeto, para indicar dónde estaba el fuerte de su primo.Aunque algo sabía de lo que había pasado después de la muerte de aquél,no estaba al corriente de los varios sucesos ni de las reyertas que elmuchacho había tenido con su curador por motivo de intereses. Andrés, unpoco más tranquilo ya, empezó a referírselas por menudo. Al llegar alpunto del rompimiento se le inflamó el rostro de tal manera al cura, queAndrés temió una congestión.

—¡Pobre muchacho!... ¿Y qué es de esa buena pieza?

—¿Quién, mi tío?... Pues paseándose muy tranquilo y comiéndose latercera parte de mi fortuna, que le he cedido por no llevar a un hermanode mi madre a los tribunales.

—¡Majadero!—gritó el cura abalanzándose a él con los ojosterriblemente inyectados; pero dulcificándose súbito, añadió:—Tú notienes la culpa... eres Heredia al fin y al cabo, como tu padre, comoyo, como mi hermano Pedro... ¡Unos tarambanas todos!...

La conversación se había prolongado. La señora Rita entró a encender unvelón de aceite, pues la estancia ya estaba casi en tinieblas; despuésextendió el mantel para la cena sobre una mesa de castaño, negra ypulida por los años de uso. Al poco rato vino con una cazuela humeante,que depositó sobre la mesa, diciendo:

—La cena en la mesa.

—¡Santa palabra!—exclamó el cura levantándose.

Al sentarse frente a él, Andrés observó que la luz del velón hería delleno cierto cuadro que colgaba de la pared, representando un militar acaballo.

—¿Qué general es ése, tío?—preguntó, dando por supuesto que era ungeneral.

—D. Ramón Cabrera—dijo el cura ahuecando la voz.—¿No le conoces porsu mirada de águila?—Y extendiendo en seguida la mano derecha sobre lacazuela, a guisa de bendición, masculló algunas palabras en latín, queAndrés no pudo entender.

—¡A cenar, muchacho!

—Cabrera fue un gran general—dijo Andrés para adular a su tío.

—¡Quién lo duda, chico, quién lo duda!—exclamó éste dejando caer lacuchara sobre el plato.—Sólo algún liberal botarate puede llamarletodavía cabecilla... ¡Anda, anda con el cabecilla!... Si le hubieranvisto en la batalla de Muniesa con el anteojo en la mano, me entiendeusted, echando líneas y paralelas... Aquí, escondida detrás de esterepecho, la caballería para cargar cuando haga falta... En laretaguardia los batallones navarros... En la vanguardia loscastellanos... «Capitán Tal, despliegue usted su compañía en guerrilla ymoleste usted al enemigo por el flanco derecho... Coronel Cual, protejausted con un batallón al capitán Tal para el caso de retirada...Comandante Tal,

ataque

usted

con

cuatro

compañías

aquella

posición...Coronel Cual, proteja usted con un batallón al comandante Tal en el casode retirada... Brigadier Tal, marche usted con los regimientos Tal yCual por el flanco izquierdo a coger la retaguardia del enemigo...Brigadier Cual, prepárese usted a atacar de frente en el momento que yolo ordene.»

El cura de Riofrío, al poner estas órdenes en boca de Cabrera, imitabala voz y los ademanes imperiosos de un general en jefe; señalaba con eldedo los diversos rincones de la sala, cual si realmente estuviesenescondidos en ellos batallones, regimientos y brigadas.

—Y mientras tanto—continuó,—¿qué hacía el general Nogueras? Figúrate,muchacho, que le habían hecho creer que Cabrera no era más que uncabecilla de mala muerte, un estudiante, un teólogo que no sabía palabradel arte de la guerra.

Así que, tomando el anteojo, me entiende usted(el cura hacía ademán de aplicárselo al ojo derecho), dijo a susayudantes:

«Muchachos: el seminarista se atreve a presentarnos batallacon los desharrapados que le siguen; es necesario darle una lección muydura para que en su vida vuelva a ponerse delante de un generalespañol.» En seguida, me entiende usted, da sus órdenes y dispone elataque. Suena el toque de fuego, ¡pin! ¡pan! ¡pun!

de aquí, ¡pin! ¡pan!¡pun! de allá... ¡pom! ¡pom! suena la artillería de los liberales. La delos carlistas, callada esperando la ocasión... Los liberales parece quellevan ganada la batalla, y avanzan... En esto el general Nogueras, queseguía contemplando con su anteojo el combate, mientras charlaba y reíacon sus ayudantes, se pone serio de pronto... «¡Rayos y truenos! ¿Qué eslo que veo?... ¡La vanguardia del ejército envuelta! ¿De dónde mil rayosha salido esa tropa? ¿Qué caballería es aquélla?... A ver, uno deustedes, a enterarse de por qué retroceden los batallones decazadores... Que cargue la caballería... ¿Dónde está?... ¡Si tienecortado el paso!... ¡Los planes de este seminarista ni yo los entiendo,ni el diablo que lo lleve tampoco!»... En esto llega un ayudantegritando: «Mi general, escape V. E. a uña de caballo, porque estamosenvueltos y vamos a caer en las manos de Cabrera.» El general Nogueras,acto continuo, pone espuela al caballo, diciendo: «¡Qué cabecilla ni québarajas!... ¡Éste es un general consumado, que da quince y raya a todoslos generales de la reina!»

El cura, al terminar su descripción, tenía el rostro tan inflamado quedaba miedo. Algunas gotas de sudor le salpicaban la frente. Se le habíacaído la servilleta, que estaba prendida por una punta al alzacuello.

—Habrán cogido ustedes muchos prisioneros—dijo Andrés.

—¿Cómo nosotros?—repuso el tío con acento irritado.—Yo no he sidonunca militar... ¡ni ganas!

Después comió con tranquilidad la sopa, y durante la cena siguió laconversación estratégica. Al finalizar, rezó en voz alta un PadreNuestro en acción de gracias, acompañado del sobrino, y ambos se fuerona la cama, poco después que las gallinas.

VI

Poco después que cantara el gallo por vez primera, se personó el cura deRiofrío en el cuarto de su sobrino, voceando ya como si fuesen las docedel día. Abrió la ventana con estrépito, y los rayos fríos, perohermosos, del sol matinal dieron en el rostro de nuestro joven, que losacogió con una mueca nada estética.

—Vamos, gran dormilón, arriba: ¡arriba, hombre, arriba! Si te dejase,serias capaz de estarte en la cama hasta las siete de la mañana.

Andrés oyó entre sueños el absurdo de su tío y arrugó las narices conespanto.

—Vamos, muchacho, vamos—siguió el cura sacudiéndole,—

que ya son muycerca de las seis.

—¡Ah, las seis!... ¡las seis!—dijo el sobrino restregándose los ojos.

—Sí, hombre, sí, las seis... ¿A qué hora te levantabas en Madrid? Estoyseguro de que no bajaría de las ocho o las nueve.

—Por ahí...—respondió Andrés, cada vez más aterrado.

—¡Es claro!—prorrumpió el cura chocando con fuerza las manos.—¡Yluego queréis no estar enfermos, y no tener ese color de cirio que tútienes! ¡Cocidos en la cama, me entiende usted, toda la mañana como sifueseis a empollar huevos!...

Vamos, vamos, levántate que hoy esdomingo, y es necesario mudarse la ropa.

—Me la he mudado ayer—contestó Andrés, pensando ganar algunos minutos.

—¿Cómo ayer?—replicó el cura lleno de estupor.—Si ayer fue sábado,muchacho...

—Y eso ¡qué importa!

—Pero en Madrid, chico, ¿no os mudáis la camisa los domingos?

—En Madrid se muda la gente la camisa cuando está sucia.

—¡Bah, bah, bah! No me vengas con monadas; en Madrid los domingos sondomingos como aquí, y en toda tierra de garbanzos, y los domingos sehicieron para descansar y ponerse camisa limpia los cristianos... Conquearriba, que me voy a afeitar... A las ocho la misa...

Ya que se hubo vestido nuestro joven, con no poco trabajo y dolor de sualma, se asomó a la ventana. En vez de tropezar su vista con losbalcones de la casa de enfrente, pudo derramarla a su buen talante porel magnífico paisaje que había contemplado el día anterior. La rectoralestaba más alta que el pueblo, dominándolo perfectamente, y lo mismo alvalle. Éste se presentaba con la púdica frescura de la mañana, saliendodel negro manto que la noche le había tendido.

Todavía no se ha levantado la neblina que por las tardes desciende sobreel río. Las praderas que lo guarnecen están matizadas de blanco por laescarcha. Las cimas de las altas montañas se ofrecen a lo lejos teñidasde fuerte color de naranja.

Los bosques de castaños esparcidos por lasfaldas de las colinas guardan aún todas las sombras, todos los misteriosde la noche.

Debajo de estos bosques duerme segura la aldea, cuyas casasblancas déjanse ver apenas entre el follaje. En los ángulos y rinconesdel valle la escarcha es tan fuerte que parece un manto de nieve. Elcielo está diáfano, de un azul pálido, tirando a verde en el Levante,oscuro hacia el Poniente. Algunas nubecillas leves y blancas, como coposde vellón, flotan, no obstante, por la atmósfera; los rayos del sol lastiñen a veces de color de rosa; resbalan lentamente por el cristal delfirmamento; en ocasiones descansan breves momentos sobre la cima de lospeñascos más altos, como si viniesen adrede a proteger los secretosamores de los genios de la montaña. Por todos lados es necesariolevantar mucho la vista para ver el cielo.

—Estoy metido en una jaula—pensó Andrés,—en una jaula deliciosa. Sinembargo, hace tiempo que no he respirado tan bien: parece que se meensancha el pecho y me entra con el aire nueva vida.

Después se rió de sus ilusiones, achacándolas a las ideas tan favorablesal campo que le había inculcado el doctor Ibarra. Así que hubo tomado eldesayuno, en compañía de su tío, se echó fuera de casa, para comenzar aponer por obra lo que le habían recetado.

Delante de la rectoral estaba el camino, que hacia la derecha y bajandoconducía al pueblo, y por la izquierda y subiendo guiaba a Lada; elmismo que él había traído. Detrás había una huertecita en declive conhortaliza y frutales: después de la huerta un bosque, también endeclive, perteneciente a los mansos de la parroquia y denominado laMata. No era una mata en la acepción verdadera de la palabra, sino unbosquecillo formado de árboles de distintas clases, plantados por elantecesor del actual párroco, y que no contarían de existencia más decuarenta años. Debido a lo cual, los que crecen lentamente, como elroble, el nogal, el haya, etc., no tenían aún la corpulencia que habíande alcanzar con el tiempo; en cambio, otros se presentaban en laplenitud de su desarrollo. Veíanse soberbios plátanos de espléndidoramaje con sus anchas hojas erizadas de picos; magníficos olmos deoscura copa tallada en punta como las agujas de las catedrales, yformada de espesísimas y menudas hojas; grandes y robustos castaños deaspecto patriarcal, exuberantes de salud y frescura; al lado de éstosostentaban los abedules sus blancos y delicados troncos. Había tambiénacacias silvestres sosteniendo con endebles pilares una inmensa bóvedade hojas; numerosos fresnos de elegante figura, representando en su copabien cortada la pulcritud clásica; espineras silvestres, tejos, álamos,moreras y otras varias clases de árboles, todos fraternizando en elpedazo de tierra parroquial que las aficiones selváticas del curaanterior les había asignado.

Andrés sintió un deseo irresistible de ensotarse en aquella espesura. Apesar del vago terror a lo desconocido que un bosque inspira siempre,sobre todo cuando no se han visto más que los del Retiro de Madrid, ydel miedo razonable a los bichos que allí suelen tener guarida, penetróen él resueltamente.

Nunca había visto vegetación tan poderosa, entregada por entero a simisma, libre para engrandecerse y ostentar caprichos extraños ymonstruosos. El buen cura había arrojado un puñado de gérmenes en aquelpañuelo de tierra. La naturaleza había respondido al llamamiento con unasacudida formidable de sus fuerzas interiores, levantando sobre laalfombra de césped un inmenso templo de cúpulas movibles, una catedralde verdura cuyos fustes de todos colores y tamaños se alineaban en serieindefinida hasta perderse de vista. Y de sus bóvedas altas y tupidas,rasgadas a veces por singular capricho para que se viese el cielo,bajaba más grata frescura, un silencio más religioso que de las naves depiedra de nuestras iglesias góticas. La luz, entrando con esfuerzo altravés de aquella múltiple celosía, caía sobre el césped discreta,misteriosa, llena de exquisita dulzura, convidando a las emocionesprofundas y suaves.

Experimentó una turbación deliciosa al poner la planta en aquel recinto.El olor acre y penetrante de la selva, cargado de emanacionesbalsámicas, producto del sudor de los árboles y la tierra, le embriagódulcemente. La infinita diversidad de luces y sombras que bailaban sincesar, el contraste de los varios matices del verde, desde el negroprofundo hasta el dorado, le ofuscaron.

Se sentó, mejor dicho, se dejócaer sobre el césped, y acometido a la vez por la admiración, el temor,el bienestar y la sorpresa, giró la vista en torno, contemplando eltemplo sublime de la naturaleza. No osaba mover un dedo siquiera por noturbar la majestad silenciosa y la paz de sus naves. Olvidose en unpunto de toda su vida, de sus placeres como de sus dolores: creyó nacerde nuevo en otras regiones más altas, más puras, más felices. Aquellosárboles, llenos de vigor, henchidos de salud y de fuerza, le seducían:su inmovilidad augusta, el recogimiento de sus copas, le causaban unasensación melancólica: la fortaleza de sus enormes brazos, que seextendían por el espacio firmes y poderosos, repletos de savia, leinfundían respeto y envidia. El bosque todo se ofrecía con vidadesordenada y exuberante, con el brío y la soberbia de la juventud:ningún árbol carcomido, ninguna planta marchita; todo viril, todo sano,todo fuerte. Jamás la flaca naturaleza de nuestro joven se sintió tanhumillada. Junto a aquellos atletas crasos y pletóricos que ostentabansu musculatura sosteniendo sin esfuerzo la enorme masa de sus copas,sintiose tan pobre, tan pequeño, que se asombraba de vivir.

Mas esta humillación, lejos de causarle pena, parecía regenerarle. Unaalegría extraña penetraba en su corazón y se esparcía por todo su ser,inundándole de tal suerte que le causaba congojas. Era una alegría quele apretaba la garganta y le refrescaba la sangre. Nunca experimentarasensación de placer tan puro ni un sentimiento tan profundo de labelleza. Por primera vez ¡él, que había escrito tantos millares deversos! vio cara a cara la poesía; el corazón se lo dijo claramente.Era la poesía genuina, esplendorosa y diáfana, sin estrofas niconsonantes, ni mucho menos ripios, que nace de la comunicación de unalma sensible con la naturaleza. Era la poesía que en aquel momentoexpresaba un mirlo, que vino a posarse cerca, con sus notas puras ycristalinas. El bosque se estremeció de dicha al escuchar aquel gritoaflautado, aquel canto tierno y melodioso que recogía la frescura, lasarmonías, los misteriosos hechizos del bosque, para dirigirlos alHacedor como un himno matinal de gracias. Andrés también sufrió unasacudida. La emoción, que le había ido embargando poco a poco, sedesbordó en lágrimas por sus ojos. Lo que sentía era tan nuevo, tandulce, que llegaba a hacerle daño. El llanto le refrescó.

VII

Sonaron por tercera vez las campanas de la iglesia, respondiendo con unconcierto bullicioso e ininteligible al canto claro y sosegado delmirlo. Andrés se levantó para oír misa.

Estaba la iglesia no muy lejosde la rectoral. Cuando llegó a ella, aún no habían terminado el rosario,que en las aldeas precede los domingos al sacrificio incruento. Pero alrosario asisten solamente las mujeres y los devotos: los espírituslúcidos, los temperamentos volterianos de la aldea se quedan en elpórtico fumando y charlando en alta voz.

En ocasiones, las voces son tan altas, que el cura se ve en la precisiónde salir a imponerles silencio. Con tal motivo, les pronuncia siempre undiscurso, en que los llama, entre otras cosas, escribas; pero losfeligreses recalcitrantes no se dan por ofendidos, y reciben laspedradas del pastor bajando la cabeza con sonrisilla irónica.

Nuestro joven entró en la iglesia, que era reducida y pobre, y despuésde hacer una genuflexión ante el altar mayor, siguió hasta la sacristía,cuartito más pobre aún que la iglesia, con una ventanilla redonda pordonde entraban los rayos del sol. Un arca con tiradores a modo demostrador ocupaba entera la parte inferior del lienzo más grande depared; un crucifijo horriblemente ensangrentado pendía sobre el arca. Loprimero con que tropezó fue con Celesto que, de rodillas a la puerta,rezaba el rosario. Esparcidos por el recinto, unos sentados, otros dehinojos, estaban: el maestro de escuela, que era un joven rubioafeminado, con traje de labrador en día de fiesta; el escribano dellugar, que trabajaba toda la semana en Lada y venía los sábados por latarde a pasar el domingo con su familia; rostro enjuto, nariz aguileña,aspecto de raposo; cierto caballero llamado D. Jaime, hijo del pueblo,que había llegado recientemente de América: color de aceituna, ojospequeños y hundidos, enfermo del hígado, de cuarenta y cinco a cincuentaaños de edad; el sacristán y otras dos o tres personas, que por suaspecto representaban la transición entre el labrador y el caballero.

—Buenos días, señores.

—Santos y buenos los tenga usted.

El rosario terminó en seguida. D. Fermín entró en la sacristía tanaltanero y furibundo como el conquistador que pone el pie en una ciudadcapitulada; entró diciendo con increíble arrogancia y crueldad:

—Esta noche ha helado como en Diciembre; me parece que no vamos a tenerfruta este año.

Los circunstantes asintieron; no les quedaba otro recurso. Sin embargo,el escribano se atrevió a apuntar humildemente que no se perdería másque la fruta temprana; la que viene tarde aún podía lograrse.

—¿Cree usted?—dijo el cura clavándole sus ojos preñados de amenazas.

—Sí, señor—repuso el escribano con gran presencia de ánimo.

Contra lo que pudiera presumirse, don Fermín no cayó como un rayo sobreél. Sacó un inmenso pañuelo de yerbas para sonarse y replicó:

—No sé qué le diga a usted, D. Félix; ahora está toda la savia arriba yapenas ha caído flor...

—¡Eso qué importa!... Los perales tienen la corteza dura, y loscastaños y los nogales lo mismo—dijo el escribano con creciente osadía.

La misma aterradora mirada por parte del cura.

—Me alegraré, D. Félix, me alegraré; mis perales de Marco han echado uncarro de flor este año... No quisiera, por algo de bueno, que se meperdiera la cosecha... ¿Y usted, D. Félix, cómo tiene su pomarada?

El cura, mientras hablaba, se había despojado del bonete y empezaba ameterse el alba de lienzo ayudado por el maestro y el sacristán. D.Félix hizo una descripción detallada del estado de su finca: algunospomares habían cargado mucho; otros, en cambio, no tenían una solamanzana.—Algo raro está pasando con la sidra—terminó diciendo mientrasarreglaba un pliegue del alba, que el maestro y el sacristán habíandejado mal.—Antes los pomares producían un año y descansaban al otro.Ahora se contentan con dar un puñado de manzanas todos los años.

Merear, Domine, portare manipulum fletus et doloris

murmuró elcura, poniéndose el manípulo en el brazo izquierdo.—Vamos, D. Félix, noofenda usted a Dios con esas quejas. Un hombre, señores (volviéndose alos circunstantes), que ha recogido el año pasado treinta y sietepipas...

—¿Y eso qué tiene que ver? Yo he recogido treinta y siete pipas desidra y tengo quince días de bueyes de pomarada; y D.

Pedro de Marín notiene más de nueve, y hace dos años metió en el lagar muy cerca decincuenta pipas.

Redde mihi, Domine stolam inmortalitatis quam perdidi, etc.—murmuróel cura poniéndose la estola.—Pero dígame a cómo le han pagado a ustedlas pipas y a cómo se las han pagado a don Pedro.

—¡Hum, hum!—gruñó el escribano, cogido en el garlito.

—¡Eh!... ¿qué tal? Que se lo diga a ustedes, señores, que se lodiga—exclamó el cura con aire triunfal; y sin querer aguardar laréplica que el escribano estaba meditando, se metió con un solomovimiento la casulla por la cabeza, tomó el bonete, hizo una profundareverencia al Cristo ensangrentado, y salió de la sacristía dirigiéndoseal altar mayor.

Gran rumor en la iglesia a la aparición del sacerdote: las mujeres searrodillan, la mayor parte de los hombres también. En la sacristía seopera un movimiento de concentración hacia la puerta.

Don

Fermín,

dentrodel

presbiterio,

inclinado

profundamente, comienza a recitar con vozhueca y oscura las preces de la misa; un niño que tiene al lado lecontesta. El maestro, el escribano y Celesto abren un enorme misal deletras coloradas, lo colocan sobre el arca de la vestimenta, y con vozdestemplada principian a cantar. Imposible que se diera algo másinarmónico y endiablado. Andrés, después de haberlos contemplado un ratocon espanto, se refugió en la puerta y desde allí comenzó a explorar losrincones de la iglesia. Estaba enteramente ocupada por la gente de laaldea, todos labradores; las mujeres delante, vestidas la mayor parte detela de estameña negra, pañuelos de color a la garganta y la cabezacubierta con mantilla de franela; los hombres detrás, con chaqueta debayeta verde o amarilla, calzón corto de pana, medias blancas de lanasujetas por ligas de color. Todos asistían con profunda devoción yrecogimiento a la misa.

El joven cortesano, no muy fervoroso, paseó una y otra vez su miradadistraída por el concurso, ahora fijándose en una mujer que pellizcaba asu hijo para que se estuviese atento, después en un anciano que rezabacon los brazos en cruz, más tarde en unos niños que se entretenían enmeter la cabeza por el enrejado del altar. Había algunos rostrosbastante agradables entre las mujeres, frescos y sonrosados, los cuales,por más que aparentasen mucha atención y recogimiento, no dejaban devolverse a menudo, y con visible curiosidad, hacia el forastero pálidoque se apoyaba en el quicio de la puerta de la sacristía.

Había,particularmente, uno moreno, gracioso, de nariz levemente aguileña, bocachiquita y fresca, ojos no muy grandes tampoco, pero negros y vivos,frente estrecha y adornada con rizos de pelo negro, que consiguióllamarle la atención.—¡Vaya una chica salada!—pensó, devorándola almismo tiempo con los ojos. A la joven aldeana también debió deextrañarle Andrés, porque le miró larga y fijamente un buen espacio, sinimportarle nada de la insistente curiosidad de éste. Después que le huboexaminado a su sabor, hizo una levísima mueca con los labios y entornóde nuevo los ojos al altar. El forastero, con la percepción clara y finadel hombre culto, adivinó por esta mueca que no había gustado. El rostrotrigueño no volvió a inclinarse hacia su lado en todo el tiempo queduró la misa. En cambio, Andrés, por una especie de atracción magnética,apenas pudo quitarle ojo. Al mudar el misal para leer el Evangelio, lajoven se levantó, tomó un hacha de cera que tenía delante, colocadasobre unos palitroques, y fue a encenderla en uno de los dos cirios queardían al pie de la verja del altar. Entonces nuestro héroe pudocontemplar una figura más alta que baja, esbelta y airosa, un pechosubido y pronunciado que, digámoslo en menoscabo de su pureza, no fue loque menos impresión le causó desde el principio.

Al llegar al Ofertorio, el cura se dispuso a predicar a sus feligreses.Algunos de éstos, los más próximos a la puerta, se salieron; las mujeresse sentaron; en la sacristía, el escribano también se sentó en un banco,sacó el bote de plata con tabaco y se puso a liar un cigarro: notardaron en acompañarle algunos otros. Andrés, el maestro y D. Jaimepermanecieron en la puerta.

—«Tengo que deciros una cosa—comenzó el cura en el tono más cavernosoque pudo adoptar.—Tengo que deciros que sois unos verdaderos fariseos,porque aparentáis cumplir con los preceptos de Nuestro Señor Jesucristoy de Nuestra Santa Madre la Iglesia, y hacéis, me entiende usted, befade ellos en secreto.

Venís a misa, rezáis el rosario, asistís a lasprocesiones; pero es porque no os cuesta ningún trabajo. En cambio, si amano viene, no os importa trabajar en día festivo, faltando a uno de losprimeros mandamientos de la ley de Dios, que dice

«santificar lasfiestas...» Lo que hacen mis feligreses en tiempo de yerba, como ahora,es un verdadero escándalo, y está dando que decir, me entiende usted, atodas las personas piadosas del concejo. Con la mayor frescura levantanla yerba los domingos, la cargan y marchan con su carro chillando por elmedio del pueblo, como si Dios no los mirase, como si no clavasen con supecado una espina más en la cabeza de nuestro Redentor. Esto no estábien, no está bien, y espero que os corrijáis, si no queréis ser lossepulcros blanqueados de que nos habla el Evangelio, llenos depodredumbre, me entiende usted, y de inmundicia por dentro, y limpiospor fuera... eso es...

»Pero alguno me dirá: ¿De modo que, bajo ningún pretexto, se puedetrabajar los domingos?... Yo le contestaré: Distingo... Si Juan, Pedro oDiego, pongo por caso, tienen la yerba tendida en la heredad y temen quese les pierda de no meterla cuanto antes en la tinada, bien porque eldía amenaza nublado y amanece a llover, o bien, me entiende usted,porque ya esté seca de algunos días o por cualquier otra causa; siaprovechan la mañana del domingo para meterla, y efectivamente la meten,procurando no dar escándalo... no pecan... Pero si Juan, Pedro o Diegose ponen a revolver la yerba o a meterla un domingo por estar másdesocupados el lunes, o porque, me entiende usted, quieren concluircuanto más antes esta labor para comenzar otra, o por decir que latienen en la tinada antes que los demás vecinos, o por cualquier otracausa que no sea legítima... entonces pecan mortalmente.

»Por consiguiente, ya lo sabéis... No se puede trabajar los díasfestivos sin causa; que lo oigan bien esos que están a la puerta...¡sin causa legítima!... Los que trabajen pecan mortalmente y estáncondenados, si no se limpian en el sagrado tribunal de la Penitencia, alas penas eternas del infierno.

»Por consiguiente, ya lo sabéis... El tercer mandamiento de la ley deDios es «santificar las fiestas.» Todos estamos obligados, me entiendeusted, a guardar los días de precepto, no sólo para bien de nuestraalma, sino por el ejemplo que con nuestra buena conducta damos a losotros. Los que falten a este sagrado precepto sin necesidad, cometen ungrave pecado. Dios ha descansado el séptimo día cuando hizo el Universo,y quiere que nosotros descansemos también...

»Por consiguiente, ya lo sabéis...»

Todavía siguió el cura buen rato arrastrando con esfuerzo el carro de lapalabra, repitiendo los mismos conceptos, a veces con las mismaspalabras, buscando en los nudillos de los dedos, que frotaba suavemente,nuevas ideas y argumentos. La voz era profunda,

particularmente

alterminar

los

períodos:

al

principiarlos, más gangosa que profunda.

Los rostros de los feligreses expresaban aburrimiento resignado. Lasmujeres, sentadas en el suelo, miraban cara a cara al cura con ojosdistraídos. Los hombres de la puerta bostezaban, abriendo la boca hastadescoyuntarse las mandíbulas. Andrés, el maestro y D. Jaime, fatigadosde escuchar, se replegaron también hacia el banco donde estaba elescribano. Se empeñó una conversación animada acerca de lo que podíarecaudarse entre los vecinos para la fiesta parroquial, que no estabamuy lejos. El escribano, D. Jaime y otro de los que allí se hallabansostenían la causa de los vecinos y se oponían a que se les gravase,alegando que la fábrica aún tenía algunos fondos: el maestro y Celestodefendían la del cura.

Al fin terminó éste su plática, y prosiguió la misa. Todos volvieron asus primitivos puestos. Los cantantes apenas tuvieron ya que decir enadelante más que amén y et cum spiritu tuo, respondiendo al cura.Cuando éste, después de cantar solemnemente el ite misa est, echó labendición al pueblo, los circunstantes se volvieron unos a otros,diciendo un «buenos días» amical y apresurándose a recoger lossombreros. Algunos se marcharon; otros, entre ellos Andrés, esperaron alcura, que entró en la sacristía mascullando latines, los ojos bajos ylas manos juntas. Después que se despojó de la casulla, saludó conexpansión a sus amigos.

Cuando nuestro joven salió de la iglesia, las campanas repicabanalegremente. El sol bañaba ya enteramente el valle.

Mozos y mozasformaban pintorescos grupos dentro y fuera del pórtico, que empezaban amoverse en dirección al pueblo. En uno de ellos atisbó a la morenita quele había llamado la atención.

—Oiga usted, Celesto, ¿quién es aquella chica morena que está a laizquierda del hombre de la boina?

—¿Cuál, la del pañuelo azul?

—No, la del pañuelo negro y corales en la garganta... la que ahora sedespide, mire usted.

—¡Ah, sí!... la hija de Tomás el molinero... No piense usted en ella,D. Andrés... (bajando la voz y en tono confidencial). Yo le daré aconocer otras mucho más amables en cuanto usted se mejore un poco... Ésaes una yegua.

VIII

Al mes de hallarse en las Brañas, Andrés había mejorado notablemente.Sin otras medicinas que el andar constantemente al aire libre, montar aveces el caballejo de su tío, salir otras con Celesto a cazar (enrealidad a espantar pájaros), jugar a los bolos, acostarse y levantarsetemprano, acudió el apetito y desapareció la extremada debilidad que leinquietaba. El color siempre pálido, pero se iba tostando un poco.Bajaba a menudo al pueblo, compuesto de unas cuantas docenas de casas,blancas unas, pardas otras, todas pequeñas y de un solo piso,diseminadas sin orden por el espacio de tierra llana que el río dejabaen su margen derecha. Las grandes huertas, que algunas de ellas teníandetrás o a los lados, ensanchaban bastante el perímetro de la aldea. Enel centro, o hacia el centro, estaba lo que pudiera llamarse plaza, osea un pedazo de tierra cercado a trozos por casas, a trozos porárboles, surcado por la acequia de un molino, que se salvaba por mediode un pontón de madera. Tal pedazo de tierra sin cultivar servía dedesahogo al pueblo. En el medio había una columna de madera, carcomidapor la intemperie, a cuyo extremo se hallaba sujeta una campana que sehacía sonar con cadena. Servía para convocar a los vecinos en caso denecesidad, y también la utilizaba el cura para rezar el Angelus cuandolas horas del mediodía o el oscurecer le sorprendían entre susfeligreses. Los que anduviesen cerca se agrupaban en torno, la cabezadescubierta, los ojos bajos: el cura, de pie en la escalerilla queservía de pedestal, dominándolos a todos, rezaba en alta voz, dando conlentitud tres campanadas antes de cada Ave María. En una cierta mañanaen que Andrés bajó al pueblo, halló gran número de hombres reunidos alpie de la columna. Se introdujo en el grupo para saber de lo que setrataba. Un vecino sostenía con calor (con el calor relativo que empleanlos paisanos hasta en los negocios más importantes de la vida) que eltoro del concejo no servía, que era demasiado corpulento y que habíacausado graves daños a sus vacas y a las de otros. Los perjudicadosapoyaron los argumentos del preopinante, y después de breve discusión,en que sólo sostuvo la causa del toro el vecino encargado de mantenerlo(por haberse encariñado con él, según se aseguraba por lo bajo),decretose, de acuerdo general, que fuese vendido en el primer mercado, yse comprase otro de menor tamaño.

Solía por las tardes ir a dormir la siesta a la Mata, debajo de una granacacia, y se placía extremadamente en escuchar horas enteras los gorjeosde los pájaros, los rumores de los árboles, el canto de los insectos.Tendido boca arriba en el césped, contemplaba sin pestañear elfirmamento, sumergiendo la mirada en sus profundos senos azules,pensando algunas veces descubrir detrás de ellos algún inefablemisterio. Aquella posición le mareaba al cabo. Entonces solía ver elcielo como inmenso mar de cuyas aguas salían formando bosques de algaslas copas de los árboles: los pájaros eran las naves que lo surcaban.Cuando el viento azotaba las hojas y removía la tenue gasa azul que lasenvolvía, corría gozo extraño por todo su cuerpo, acometíanle locosdeseos de volar por aquellas diáfanas regiones, imaginábase en medio deellas solo, perdido, árbitro de surcar la inmensidad en todasdirecciones, sentíase envuelto y acariciado por las olas sutiles deléter; la vista entonces se le ofuscaba; el vértigo se apoderaba de sucabeza. Quedaba algunos instantes con los ojos abiertos sin ver, con elpensamiento despierto sin pensar. Era, no obstante, un mareo tandelicioso, un bienestar tan grande, que hubiera querido que duraseeternamente.

En la aldea comenzaban a tratarle con familiaridad: le llamaban D.Andrés el sobrino del señor cura, y le instaban para que entrase en lascasas, y le agasajaban mucho cuando le tenían dentro. Se había corridola voz de que era rico y que «escribía en los papeles.» No habíanecesidad de más para que el pueblo entero le respetase y se interesasepor su salud. Ningún vecino había que, al tropezarle por los caminos, nole preguntase si tenía más ganas de comer. El apetito de Andrés fue poruna temporada la cuestión palpitante en Riofrío.

Cuando se hubo repuesto un poco, Celesto se atrevió a proponerle unasalida nocturna a caza de aventuras galantes por los caseríoscomarcanos: el cura no se enteraría de nada: tampoco D.ª Rita: despuésque todos se hubiesen retirado, él colocaría una escalera de mano debajode la ventana, y por ella bajaría y subiría sin que alma alguna loadvirtiese. Pero no aceptó la proposición. Se encontraba en uno de esosperíodos de la vida en que las mujeres interesan poco, en que lofemenino no basta a llenar el alma embargada por otra clase desentimientos.

De un lado, la admiración y las sorpresas que diariamentele proporcionaba

aquella

rica

naturaleza;

de

otro,

la

necesidadimprescindible de restaurar su organismo, de renovarse, de asegurar suvida expirante.

Sin embargo, en este sosiego físico y espiritual que disfrutaba todavíasu temperamento, excesivamente impresionable, se alarmaba alguna vez.Eran leves y periódicas sacudidas que, por fortuna, duraban poco. Losdomingos, cuando iba a misa, solía contemplar a aquella muchacha morenadel primer día arrodillada en el mismo sitio y ejecutando a la lecturadel Evangelio la misma operación de levantarse y encender su hacha.Desde la puerta de la sacristía se la veía admirablemente.

Y como nohubiese por allí cerca otro objeto más interesante en que fijarse (salvola misa), la verdad es que Andrés se fijaba en ella más de la cuenta.Esto se iba murmurando, por lo menos, en un grupo de mujeres ciertodomingo al salir de la iglesia. Mas no se crea que a nuestro joven se ledaba un ardite de la morenita.

La prueba de ello es que en toda lasemana volvía a acordarse de su figura ni del santo de su nombre. Creíaestar a demasiada altura en achaques de amor para ir a enamorarse en undos por tres de una muchacha morena que enciende un hacha de cera enmisa. Pero lo que es mirarla, no hay más remedio que confesarlo, lamiraba con profunda y escrupulosa atención. Y

¡quién sabe! si no hubierasido por aquella malhadada mueca de desagrado que hizo la chica elprimer día, no hubiera sido imposible que nuestro héroe procuraseponerse al habla con ella.

Pero era tan susceptible como impresionable;tenía aquella mueca siempre delante de los ojos como barrerainsuperable. Por otra parte, después que salía de la iglesia, ya nohallaba ocasión de verla en toda la semana. Según le habían dicho, nohabitaba en el mismo pueblo, sino algo más lejos; cosa de un tiro debala hacia la montaña. No había, pues, modo de verla sino haciéndole unavisita. Andrés no pensaba en ello.

Cierto suceso, puramente casual, vino, sin embargo, a modificar un tantosus planes y sentimientos en este punto.

Celebrábase en los términosdel concejo, pero a distancia respetable, la romería de Nuestra Señorade la Peña, en el corazón mismo de la sierra. Aunque para llegar alsantuario la ascensión fuese penosa, era siempre de las más concurridas.En las aldeas acaece a menudo que no son las más próximas y asequibleslas romerías animadas; quizá por el deseo que nos arrastra a todos avencer dificultades, aunque sea para divertirnos. Celesto vino aproponerle el sábado por la tarde la excursión a ella; se la pintó contan hermosos colores que, aun a riesgo de fatigarse, consintió en ir,con tal que la vuelta no fuese de noche.

—Vendremos antes de ponerse el sol, D. Andrés... y le aseguro quevendremos bien acompañados.

Esto dijo el seminarista guiñando un ojo. Y, en efecto, al día siguientede madrugada, cuando aún no se veía del todo claro, llamó a grandesgolpes a la puerta de la rectoral. Despertaron a Andrés de su profundosueño, y después de mucho sacudirle, consiguieron ponerle en pie y quese aderezase.

El viaje, aunque largo y difícil, no dejó de ser alegre. El tiempoestaba sereno; el sol todavía no molestaba gran cosa.

Celeste iba armadode gaita. Andrés llevaba las provisiones.

Cuando pasaban por delante dealgún caserío, se detenían a instancia del seminarista; descolgaba éstela gaita de los hombros y comenzaba a soplar con furia. El toque dealborada, risueño y bullicioso, estremecía de júbilo la silenciosaaldea; las gallinas batían las alas despertándose, ladraban los perros,los puercos gruñían en su pocilga, las vacas sacudían la cadena que lassujetaba en el establo, dentro de las casas oíase rumor de pasos yconversaciones. No tardaba en abrirse algún ventanillo y aparecer por élun rostro fresco y sonrosado que al ver a Celesto sonreía mostrando unosdientes admirables.

—¿Eres tú, capellán?

—Soy yo, Josefina.

—¿Qué vientos te traen por aquí?... ¡Ah! sí, la romería de la Peña; yano me acordaba.

—¿Te vienes con nosotros?

—No; iré hacia la tarde.

—Vente ahora, y te llevaremos en brazos.

—Soy muy pesada.

—¡Aunque fueses de plomo!

—¿De veras? Ya sé que no te falta voluntad; pero esta última vez hasvenido muy flojo del seminario.

—Ven a probarlo.

—No tengo gana.

—¿Lo ve usted, D. Andrés? Me tiene miedo. Adiós, Josefina, hasta latarde. ¡Cuidado que faltes!

—¡Ya! Porque sin mí no hay romería.

—¡Mucho que sí! Adiós, resalada.

Tornaba Celesto a inflar los carrillos, y tornaba la gaita a exhalar susnotas penetrantes alegrando la campiña. Cuando salía de la aldea, seechaba otra vez el instrumento a la espalda.

De caserío en caserío fueron subiendo hasta el paraje donde se celebrabala romería. Era una pradera en declive, cerca ya de la cima de una delas más altas montañas. Formaba pequeña hondonada verde entre dosescuetos picachos blancos: la capilla de la Virgen en el centrocompletamente aislada. No había por allí ningún otro edificio. Desde lasprimeras horas de la mañana acudió la gente de los contornos y muchatambién de sitios lejanos. Al mediodía estaba la romería en todo suesplendor. La muchedumbre se derramaba por los alrededores de la capillaen pintoresca y agradable confusión. Los vivos colores de los pañuelos ydelantales resaltaban prodigiosamente sobre el terciopelo negro de losdengues y faldas de estameña, lo mismo que las chaquetas verdes yamarillas de los hombres lucían sobre los calzones negros de pana. Elconstante movimiento de aquella multitud abigarrada producía una especiede titilación que deslumbraba. Todo era ruido y algazara. Aquí en ungrupo bailaban al son de la gaita y el tambor unas cuantas parejas: alláen otro hacían lo mismo otras al toque destemplado de una zanfonia. Lasmesas de confites, más duros que el pedernal, y las cestas de frutaestaban rodeadas de mujeres y niños: los puestos de vino y sidra,atestados de hombres.

Andrés había tropezado a primera hora con Rosa; pero ésta pasó tanseria a su lado, que no le entraron deseos de requebrarla.

Celesto lellevó de un lado a otro, haciéndole beber contra su voluntad algunossorbos de sidra en los corros de los hombres (los que el seminarista sepropinaba eran tragos horrendos) y tomar avellanas de mano de las mozasque le iba presentando.

Las tales mozas, amigas de Celesto, eranexcesivamente amables, enseñaban mucho los dientes al reír y bromeabancon harta desenvoltura. De uno en otro grupo iban rodando, parándose asaludar a éste y al otro paisano, casi todos ebrios ya, que lesentretenían larguísimo rato con charla impertinente y grosera. Andrés seaburría soberanamente. Por el contrario, Celesto parecía cada vez másalegre, y seguía con marcado interés todas las conversaciones, pornecias y disparatadas que fuesen.

A la tarde dieron con su cuerpo cerca de un grupo de muchachas quebailaban la giraldilla un poco apartadas del grueso de la genteDetuviéronse a contemplarlas. Rosa estaba entre ellas, moviéndose conmás ligereza y garbo que ninguna, luciendo su talle flexible, queaprisionaba un pañuelo de Manila, regalo de su señor tío el americano D.Jaime, y adornada la cabeza con otro colorado de seda, por debajo delcual asomaban los rizos de su negro cabello. Un collar de gruesoscorales le ceñía la garganta, y pendientes largos de perlas colgaban desus orejas. Tenía la hija del molinero de Riofrío figura arrogante yesbelta, y en sus movimientos había gracia inexplicable. Su rostrotrigueño y sonrosado ofrecía ordinariamente expresión dura y hastadesdeñosa; pero era tan vivo, tan fresco, tan salado, que causaba en loshombres impresión placentera y picante al mismo tiempo.

En pie, a cierta distancia del corro, Andrés la contempló sin pestañearbuen rato, siguiendo con atención sus movimientos.

Celesto se habíacolado dentro de la giraldilla, y estaba causando entre las mozas mucharisa y algazara con sus dicharachos y muecas: las abrazaba, les pasabala mano por el rostro cuando bien le venía, les pegaba fuertesempujones, sin que ninguna se diese por ofendida.

—Vamos, D. Andrés, véngase a menear un poco las piernas, que estaschicas lo desean.

Las mozas, avergonzadas, protestaron. Andrés sonrió, sin atreverse aaceptar. Al fin, atraído por el deseo irresistible de aproximarse a Rosay por la necesidad de sacudir el aburrimiento, se introdujo también enel corro.

La primera a quien sacó a bailar fue a Rosa. Creía con esto rendirle unhomenaje; trataba de captarse su simpatía. Mas, contra lo que esperaba,la joven aldeana, al verle frente a ella en actitud de invitarla albaile, le volvió rápidamente la espalda y se puso a bailar con lacompañera que tenía al lado. Andrés quedó un instante suspenso ycorrido. Luego, fingiendo indiferencia, sacó a otra muchacha y siguióbailando. Pero el desaire, siquiera fuese el de una zafia aldeana, leroía el alma. Por más que aparentase alegría, y brincase y cantase comoun estudiante crapuloso, lo cierto es que tenia los nervios excitados yprestos a dispararse. Después de bromear largo rato, sin dignarse mirara su linda enemiga, pero con el pensamiento fijo en ella, atraído por eldesaire pasado como por un imán, y buscando el desquite como el jugadorque ha perdido, se puso de improviso otra vez frente a ella y la invitóde nuevo. El mismo resultado. Rosa dio la vuelta y se puso a bailar conotra amiga. Entonces los nervios de Andrés no pudieron sufrir más.Soltose bruscamente de la rueda, y murmurando algunas palabrascoléricas, se alejó del corro.

Celesto le siguió inmediatamente, muyapurado.

—¿No se lo decía yo a usted, D. Andrés?—le dijo cuando le huboalcanzado.—¿Por qué no ha querido usted hacer caso de mí? ¡Al fin le hadado la coz!

En tanto, las mozas rodeaban a Rosa y le afeaban su conducta.

A cuantasadvertencias le hacían contestaba con acento irritado y un gesto altivode reina salvaje:

—Yo soy una aldeana. No quiero bailar con los señores.

Tal resultado obtuvo el primer paso de Andrés para acercarse a sumorenita de la iglesia. Cuando al meterse en la cama aquella nocherecordaba el lance, se le encendía la sangre y disparaba injuriasmentales contra la rústica chicuela. Por la mañana, al vestirse, todavíalas seguía disparando, porque todavía seguía recordando el desaire. Almediodía lo mismo. Allá en el pensamiento, y aun entre dientes, laapellidaba tonta, soez, presumida y hasta fea. Pero, contra su voluntady sus esfuerzos para distraerse, no podía apartarla de la imaginación.

Después del mediodía, en vez de irse a dormir la siesta a la Mata, comotenía por costumbre, se bajó pian, pianito, al pueblo, sin objetodeterminado. Estaba casi desierto. La gente se había marchado altrabajo: la mayoría de las casas cerradas. El sol de Junio alumbraba yquemaba en la plaza a unos cuantos niños medio desnudos que jugabanarrastrándose por el suelo. Andrés la atravesó lentamente, como quienmarcha a la ventura, y fue a salir por el extremo opuesto de la aldea.Allí se abría una cañada que iba a la montaña, por donde bajaba unarroyo tributario del río de las Brañas.

La cañada era frondosa y amena, y tenía el atractivo de lo desconocidopara nuestro joven, quien, al dar los primeros pasos en ella, de ningúnmodo se hubiera confesado que le impulsaba otro móvil que el puro amor alos paisajes. Si se lo hubiera confesado, seguro que hubiese dado lavuelta.

Para mejor recrearse, no quiso seguir el camino que ceñía la ladera:prefirió caminar por el álveo mismo del arroyo, que en el verano estabacasi enjuto. Formaban sobre él los avellanos que salían de las fincaslindantes una espesísima bóveda, tan baja que a veces no permitía elpaso de un hombre sin doblarse: en ocasiones llegaba hasta interponersecomo una barrera, como una muralla de verdura: entonces nuestro joven seveía obligado a buscar un agujero por donde colarse, sosteniendo con lasmanos el ramaje mientras pasaba. A un lado y a otro veía, por entre lashojas, la alfombra verde de las praderas que el sol matizaba de oro. Enel cauce del arroyo no penetraban sus rayos. Era un túnel fresco yoscuro; tan fresco que, a pesar de lo elevado de la temperatura, sentíade vez en cuando leves escalofríos. Si las ramas de los avellanos no lepermitían caminar derecho, la naturaleza del suelo tampoco le dejabaafirmar el pie con desembarazo. El lecho del arroyo era pedregoso ydesigual.

Además, aunque no trajese mucha agua, todavía era la bastantepara formar menudos charcos, que se veía obligado a salvar saltando depiedra en piedra. Éstas alguna vez falseaban y se mojaba la punta de lasbotas. Entonces soltaba alguna violenta interjección y se detenía atomar aliento; porque el tránsito, aunque no vivo, era fatigoso. Paseabala vista en torno, y en todas partes tropezaba a corta distancia con unatupida cortina verde. Estaba como perdido, anegado en un mar de verdura.La monotonía del color empezaba a marearle. Sólo el hilo de agua quecorría por el suelo despedía hermosa vislumbre de plata, que alegraba laoscura galería.

A punto estaba ya de suspender la excursión por ella, pues le ibaenfriando y fatigando un poco, y saltar a los prados y luego al camino,cuando acertó a oír detrás del follaje rumor de voces. El corazón le dioun salto; él sabría por qué; y sin vacilar, apoyó los pies en laparedilla de guijarros, cubierta de musgo, que separaba el prado delarroyo, apartó las ramas, se agarró fuertemente a una más gruesa que lasotras, y dando un brinco, cayó sobre el césped mullido de una muyhermosa pradera.

El paisano, que encorvándose liaba un hacecillo de varas, levantó lacabeza sorprendido. La muchacha, que algo más lejos, sentada en elsuelo, miraba pastar a unas vacas, también se volvió instantáneamente.

—¡Diablo

de

señorito!—exclamó

el

paisano

tranquilizándoseinmediatamente.—Me ha asustado... Salta como un contrabandista.

La muchacha le miró fijamente sin despegar los labios.

—Dispensen ustedes—dijo Andrés un poco acortado.—Venía siguiendo elcauce del arroyo, y no sabía ya dónde estaba... Oí voces y salté...

—¿Y qué caza venía usted siguiendo, señorito?—preguntó el paisano conacento socarrón.

—No traigo carabina... ya lo ve usted... Venía tan sólo por conocerestos lugares, que todavía no he visto.

—Y también por ver a esta reitana, ¿verdad?—dijo el aldeano soltandouna grosera carcajada.

La reitana se puso encendida como una cereza. Andrés también se ruborizóy no supo qué contestar.

—Vaya, estoy viendo—continuó el paisano—que voy a tener que armargarduñas alrededor de casa para los señoritos que me quieren comer lasuvas.

—¡Padre!—exclamó la muchacha sofocada.

Andrés sonreía estúpidamente.

—¿Que no se las quieren comer?—repuso el paisano.—¡Anda, anda! ¡Puessi tú no las guardases bien, ya darían buena cuenta de ellas! ¿verdad,D. Andrés?

—Tiene usted unas hijas muy guapas—dijo éste, ya sereno.

—Pero la que más le gusta a usted es Rosa.

—¡Padre!—volvió a exclamar la chica con voz angustiada.

—Verdad que sí... Pero como yo no le gusto a ella, no tendrá ustednecesidad de poner garduñas.

—¡Quiá!—exclamó el aldeano, soltando otra vez la carcajada.—No creausted eso, D. Andrés... Las muchachas están rabiando porque alguno lesdiga algo, y si es un señorito, mejor que mejor... Mire usted, yo tengodos hijas; pues no sé cuál de ellas tiene más ganas de salir de casa...Yo les digo: ¿cuándo diablos me atrapáis un señorón rico que os mantengapara que me dejéis en paz?... Pero nada... se pasa el tiempo... van almercado los jueves, van a las romerías, y nada... no acaban de dejarmesolo a mis anchas.

—Pues yo me atrevo a desembarazarle de una—dijo Andrés adoptando elmismo tono zumbón del paisano.—De las dos no me comprometo.

—No me lo jure, que lo creo... Pero en estos asuntos me gusta mucho queintervenga también el cura... Y ustedes no lo pueden ver más que aldemonio, ¿verdad, señorito, verdad?

Y el paisano no cesaba de reír con socarronería.

—Según—repuso Andrés, otra vez acortado.—Algunas veces también nosgusta...

—Cuando tropiezan una moza guapa y rica. ¡Ya!... Aquí viene ustedequivocado... Ni lo uno ni lo otro... Aquí no podemos ofrecerle más quemiseria y compañía... Vaya—concluyó, echándose a la espalda el haz queacababa de liar,—hasta luego, que me voy... Rosa, a ver si te das artepara atrapar a este señorito... Quede con Dios, D. Andrés...

Y se alejó riendo, con paso perezoso, hacia la casa, que estaba situadaen la parte superior de la finca, al borde del camino.

Andrés le estuvo mirando hasta que desapareció, por no atreverse aconvertir los ojos hacia Rosa. Mas al fin tuvo que hacerlo. Entonces vioque lloraba, ocultando el rostro con las manos. Acercose a ella y sesentó silenciosamente a su lado.

—¿Por qué llora usted, Rosa?... ¿Tengo yo la culpa?

—No, señor—contestó en tono colérico.

—¿Entonces?

—¡Este padre, que no tiene más gusto que avergonzarme!

IX

Desde aquel día Andrés acudió a casa de Rosa. Iba de ordinario por lastardes, después de comer, y se volvía a la rectoral al toque de oración.A veces también por la mañana le guiaban a ella el deseo y los pies. Lacasa era como la de todos los paisanos, aun los mejor acomodados, pobrey fea: en el piso bajo estaba la cocina, con pavimento de piedra yescaño de madera ahumada: arriba había una salita con dos cuartos: enuno dormían Rosa y Ángela; en el otro, su padre; abajo, en un cuartucho,Rafael y el criado. Estaba aislada, cerca del camino, y tenía delanteuna corralada; por detrás, miraba a la finca donde Andrés habíapenetrado de improviso, y tenía puerta para el servicio de ella.Llamaban a aquel sitio el Molino, por más que no estuviese allí, sino unpoco más lejos. Tomás y su familia no eran conocidos más que por «losdel Molino:» Tomás el molinero, Rosa del molino, Rafael el del molinero,etc. En el pueblo, «ir al Molino,» lo mismo significaba ir efectivamentea tal sitio que a la casa de Tomás. Las tierras que éste cultivaba, elmolino, la casa misma que habitaba, no le pertenecían: todo lo llevabaen arriendo, como su padre y su abuelo. Su hermano Jaime, al llegar,haría cosa de un año, de la isla de Cuba, quiso comprar la casería; masaunque daba por ella lo que no valía realmente, su propietario, unmarqués residente en Madrid, no se la quiso vender. Tomás vivía conbastante desahogo, dada su condición, pero sin economizar un ochavo, y aveces un tantico apurado.

Su hija Ángela era una muchachota fresca y robusta, de diez y ocho años,uno más que Rosa, que tenía poco de particular, lo mismo en lo físicoque en lo moral. Rafael, un chicuelo de catorce, de pocas carnes y muchamalicia. A Rosa ya la conocemos. Poco más de dos años hacía que estoschicos habían quedado huérfanos de madre, muerta, según decían en laaldea,

«de punta de costado y pulmonía.» Desde entonces, Ángela y Rosaquedaron al frente del manejo interior de la casa, lo cual no lesexcusaba de asistir al trabajo en tiempo de labores, para ayudar a supadre, a Rafael y al criado.

Andrés, con buen acuerdo para sus planes, trató de captarse la amistadde estas personas, y lo consiguió al cabo de pocos días.

Escuchabariendo las chanzonetas pesadas y groseras de Tomás; bromeaba con Ángela,dejando deslizar siempre que podía alguna lisonja, que en el campo, comoen la ciudad, producen admirables efectos; contaba anécdotas picantes aRafael, y le proveía de tabaco; hablaba del tiempo y las labores alcriado, una especie de animal tardo y perezoso como el buey y con latesta casi tan dura. En cuanto a Rosa, su conducta era distinta:adoptaba la reserva diplomática y fría de que hacen uso los hombresrefinados para vencer a los seres inocentes, y que suele ser de felizresultado.

Todos le trataban con familiaridad, y hasta parecían haberse olvidadodel motivo que le había traído a la casa: tanto cuidado ponía enmostrarse llano y amable. Las tardes lluviosas las pasaba sentado en elescaño de la cocina charlando con la familia, interesándose por lasintrigas de la aldea, tan complicadas o más que las de la corte, y dandosu parecer acerca de ellas con toda seriedad. D. Félix había prestado14.000 reales a Juan el tabernero. Todos se mostraban sorprendidos deesta liberalidad, porque Juan no tenía un palmo de tierra donde caersemuerto. El tío Tomás, sin embargo, meneando el fuego con un tizón, decíasentenciosamente: «El hombre que engañe a D. Félix no ha nacido todavía:de alguna parte saldrá ese dinero, aunque sea de las tiras del pellejodel pobre Juan.» Algunas veces se vertían consideraciones filosóficassobre el mundo y la sociedad: el problema de los intereses materialesera el único digno de atención. El tío Tomás parecía más escéptico ypesimista que Schopenhauer: el pobre siempre debajo, el rico siempreencima; para el pobre los palos, para el rico los gustos: lo único quedebía procurarse en este mundo era el hacerse rico.

Burlábase zafiamentede los curas; contaba acerca de ellos mil chascarrillos obscenos: noobstante, como todos los aldeanos, era supersticioso, por más que loocultaba. Su donaire burdo y soez hería a veces en lo vivo de lasridiculeces humanas: tenía un temperamento observador cargado demalicia: bajo su exterior calmoso y frío se adivinaba un espíritu sagazy travieso que había carecido de medios para desenvolverse. A Andrés nole era nada simpático; pero tenía sus razones para sufrirle y aun parabailarle el agua.

Cuando estaba bueno el tiempo, solía ir directamente a las fincas dondetrabajaban, sin pasar por casa. Allí se sentaba sobre el césped, a lasombra de un árbol, dándoles conversación cuando el trabajo era en losprados, o bien sobre una cesta con la sombrilla abierta, si en losmaizales. A veces ponía empeño en ayudarles, tomando el azadón, la palao la guadaña que le prestaba por algunos momentos el criado o Rafael:acometía con ardor la tarea bajo la mirada burlona de Tomás y sus hijos,que hacían alto para contemplarle: golpeaba con todas sus fuerzas y sincompás alguno la tierra, sudaba, se inflamaba y al poco rato soltaba elinstrumento, rendido y jadeante, pálido de fatiga.

Hombres y mujeresreían al verle en aquel estado y le aseguraban, bromeando, que no servíapara aldeano. Él sostenía que esta fatiga le venía bien; y así era, enefecto; cada vez se encontraba con más fuerza y apetito.

Su reserva y disimulo con Rosa produjeron al fin el resultado propuesto.Aquella fierecilla, cuando vio que no la hacían caso, empezó adomesticarse. Ya no huía cuando él llegaba, ni ponía la cara seria, nise fingía distraída cuando hablaba. Pasado algún tiempo, concluyó poracogerle con la sonrisa benévola y respetuosa que los demás, y dirigirlela palabra, aunque pocas veces. Hasta se le figuró a Andrés que laspreferencias calculadas que otorgaba a Ángela no le hacían mucha gracia.Observando siempre con el rabillo del ojo, advirtió que, cuando seacercaba a aquélla y le hablaba en tono confidencial, Rosa se alejabacon cualquier pretexto. Una vez que llegó hallándose ésta sola en lacocina, al cabo de un instante le dijo en tono indiferente, pero dondese adivinaba algo que a nuestro joven le agradó mucho:

«Ángela estáarriba.»

Entonces comprendió que era preciso variar de táctica. No le pesó nada,en verdad: al contrario, se imponía extremada molestia para representarsu papel de displicente. O Rosa se iba haciendo cada día más graciosa, oa él le iba haciendo cada día más gracia. No podía ver su figura, aunquefuese de espaldas, sin sentir extraordinario deleite; no podía escucharsu voz sonora y cristalina sin conmoverse. Si Rosa hubiera tenidoalgunas nociones de coquetería, no la hubiera engañado aquel señoritocon su cara seria y sus modales diplomáticos: muy pronto advertiría quele temblaban las manos cuando iba a entregarle algún objeto, y se leescapaban de los ojos miradas relampagueantes y codiciosas. La pobre noentendía jota del

«arte amatorio,» ni era capaz de ver el doble fondo delas acciones humanas. Tenía diez y siete años; el alma, como si nohubiese cumplido los catorce. La ignorancia, la falta de trato y la vidaconstante de trabajo habían cubierto los gérmenes de delicadezaartística, de admirable penetración que en toda mujer existen, y leshabían impedido brotar. Poseía, sin embargo, una cierta altivez quepodía confundirse con la rusticidad, un orgullo salvaje que a vecescoloca Dios en las almas inocentes como ángel custodio; arma que elpudor tiene cuando la naturaleza no le ha otorgado el don de laperspicacia. La aspereza de su carácter le había valido la opinión denecia y mal criada, pero la había salvado de un gravísimo peligro; yesto era lo que nadie sabía en la aldea.

Ya que nuestro joven la encontró mejor dispuesta, comenzó a dirigirle amenudo la palabra, tuteándola, por supuesto, como hacen los señores dela ciudad con las chicas campesinas, inventando algunas bromas parahacerla reír, y procurando por todos los medios imaginables captarse susimpatía, aunque dejando aparecer lo contrario. Nada de requiebros, nimucho menos frases amorosas: comprendía que era espantar la caza, que lafruta estaba muy verde, y que era mejor tener paciencia y sacudir elárbol cuando sazonase. La embromaba con algún mozo que no le parecieserival temible, improvisaba contra ella de vez en cuando algunasredondillas burlescas, que dejaban sorprendidos y extasiados a todos,muy particularmente a Rafael, que no se hartaba de reír y repetirlas, ycontemplar con admiración a Andrés, como si el hacer versos fuese cosade milagro, y la engañaba siempre que podía contándole alguna estupendapatraña, en medio de la algazara general. En cambio, Rosa, que poseíasingular aptitud para remedar los gestos y ademanes de cuantas personasveía, una vez que entró en confianza, se puso a imitar los de Andrés contal gracia y perfección, que pudiera competir con el mejor cómico deMadrid.

Se

atusaba

el

bigote

y

abría

los

ojos

desmesuradamente lo mismoque él cuando estaba distraído; hacía ademán de meterse las manos en losbolsillos, y se encogía de hombros para remedarle cuando iba paseando;contrahacía su risa, su modo de andar y sentarse, la forma de llevarseel cigarro a la boca. Cuando esto no bastaba para hacerle callar, seburlaba de su extremada delgadez; ponía un palito derecho sobre elescaño y lo tiraba de un soplo, parodiando la poca consistencia deljoven; al salir, le abría el ventanillo superior de la puerta,invitándole a pasar por él. Ángela, a veces, la reprendía por su faltade respeto.

De broma en broma llegaron a venir a las manos, esto es, a retozaralegremente

donde

quiera

que

se

encontraban,

generalmente en los prados.Claro es que Andrés en este juego llevaba la peor parte. Si trataba desujetar a Rosa por las muñecas, ésta de una sacudida se zafaba,dejándole tambaleando; cuando quería pellizcarla, ella a su vez le teníatan bien sujeto, que le era imposible moverse. No hallaba modo decausarla la menor molestia. En cambio ella, cuando se lo proponía,jugaba con él como el gato con un ratoncillo, le hacía dar vueltas paramarearle, levantábale en peso, sentábale siempre que quería y obligábalea ponerse de rodillas pidiendo perdón; todo esto con gran risa yregocijo de los presentes, que animaban a Andrés y le ayudaban de vez encuando. Rafael se perecía por ver a D.

Andrés jugando con su hermana.Ésta mostraba también hallarse en sus glorias retozando; gozaba encorrer y brincar como una cervatilla, y en desplegar su prodigiosaagilidad; la rica sangre que corría por sus venas ansiaba el movimiento,y así que lo conseguía, salpicaba de vivo carmín las rosas frescas desus mejillas. En cuanto se ponía a jugar se embriagaba: más que paravencer a su contrario, atacaba y se movía con vertiginosa rapidez por elplacer que esto le proporcionaba. En ocasiones, Andrés se estaba quieto,dejándose atormentar por ella sin compasión por contemplar a su saboraquel hermoso modelo de mujer, mórbido, exuberante y vigoroso como unaVenus del Septentrión,

ágil

y

nervioso

como

las

hijas

del

Mediodía.Aquella naturaleza virginal como la de un niño, espléndida como una rosade Alejandría, tan pródiga de lo que a él hacía falta, le fascinaba y leatraía. Era la salud y la belleza confundidas. La primera impresión deagrado que había sentido al verla se dilató con el tiempo, fueseinfiltrando, por decirlo así, en su carne lentamente, y concluyó porsojuzgar su temperamento. El contacto frecuente de los juegos y bromashabía contribuido a sobresaltarlo. No apreciaba como debía su almacandorosa, ni su innato y vivo sentimiento del pudor, ni su imaginaciónpintoresca; pero, en cambio, ningún cuerpo mortal fue admirado y deseadocon tanta intensidad como el de Rosa, a las pocas semanas derelacionarse con el joven cortesano.

Nada de esto sospechaba ella, porque Andrés tenía buen cuidado deocultarlo bajo exterior indiferente y jocoso. Para Rosa no era más queun señorito llano y amable que gustaba de jugar con ella y embromarla.Hasta entonces había tenido muy mala idea de los señores. Una vez quehabía ido a Lada, varios jóvenes que salían de un café le dijeronalgunas frases obscenas: otra vez, unos señores que habían venido decaza a Riofrío, hallándola sola en un camino, le dijeron tambiénpalabrotas groseras, y uno de ellos se propasó a vías de hecho. Además,en su vida existía cierto acontecimiento, del que hablaremos másadelante, que le daba razón para odiarlos y temerlos. «¡Los señores!Unos puercos todos, sin vergüenza y sin religión,» decía a sus amigas.Andrés, con su proceder comedido, le obligó a rectificar un tanto estaopinión.

Pero aunque se mostrase más delicado que los otros, hay que confesarlo,era de la misma pasta. No había formado plan para seducirla, peroaspiraba a hacerse amar de ella, incitado a la vez de su belleza, quesentía y apreciaba vivamente, ya lo sabemos, y de los obstáculos que sucarácter arisco y desdeñoso le oponía.

Alguna vez, retozando, laadmiración y el deseo que rebosaban del alma habían salido a los ojos;se detenía, quedaba inerte; la contemplaba con mirada húmeda yanhelante, y estaba a punto de flaquear y rendirse a pedirlehumildemente un beso de su fresca boca; mas al instante, el temor muyfundado de asustarla y perder su confianza le obligaba a seguirrepresentando el papel de joven aturdido y bromista. Adivinaba que Rosa,colocadas las cosas en el terreno serio, no se dejaría tocar la punta delos dedos.

En una ocasión, sin embargo, no pudo resistir más y se entregó. Fue enlas postrimerías de Julio... Estaba Rosa apacentando el ganado de casa,cinco o seis vacas y dos o tres becerros, en un prado de las cercanías.Andrés, que la husmeaba, apareció por allí con la carabina colgada delhombro (la caza era el pretexto que adoptaba para vagar por loscontornos siempre que le convenía). Rosa, sentada sobre el césped,miraba con ojos extáticos cómo pastaban las vacas.

—¿A que sé en qué estás pensando, Rosa?

—¡Jesús, qué diablo de hombre, me ha asustado!—exclamó la chicavolviendo la cabeza.

—Dejémonos de sustos... ¿A que sé en qué estabas pensando?

—¿En qué?

—Pensabas en Jacinto, el de la tía Colasa.

—Lo mismo que en usted.

—¡Eso quisiera yo!... Pues mira, me lo he encontrado ayer y le hesacado del cuerpo que te quería. Aconsejele que te lo dijese cuanto másantes y, sobre todo, que hablase a tu padre... Ha quedado en ello.

Rosa, al observar el tono serio en que hablaba, le miró sorprendida.Después, viendo señales de burla en su rostro, hizo una mueca desdeñosay guardó silencio. A nuestro joven le pareció tan linda en aquelmomento, sin saber por qué, que, después de contemplarla extasiado unrato y sentir cierto cosquilleo tentador por el cuerpo, se arrojó adecir en tono de burla, pero con voz temblorosa:

—Tú no quieres a nadie más que a mí, ¿verdad, Rosa?

—¡Ya lo creo!... Lo mismo que usted a mí.

—¿De veras?

—¡Vaya!

El tono de la joven era irónico. Andrés lo advertía con disgusto, porquedeseaba tomase sus palabras en serio.

—Yo te quiero mucho, Rosa; más de lo que tú piensas...

—Y ¿para qué me quiere usted?—preguntó volviendo hacia él su rostro ymirándole fijamente.

Andrés quedó un instante suspenso.

—Te quiero... yo no sé por qué te quiero... No lo puedo remediar.

—¡Ya, ya! ¡Buen truchimán va usted saliendo!... ¡Qué condenada vaca,siempre empeñada en meterse por el prado del tío Fernando!... ¡Garbosa,eh! ¡Garbosa, fuera! ¡Garbosa, aquí!

Viendo que la vaca no obedecía, se levantó y fue a ella corriendo, y laobligó a separarse de la linde. Cuando tornaba, Andrés, que había vueltoun poco en su acuerdo, se levantó y, saliéndola al encuentro y tomándolapor las manos, le dijo en broma:

—¿Conque no me quieres, eh?... Pues ahora vas a quererme a la fuerza.

Y se trabó con ella a brazo partido, queriendo besarla. Rosa sedefendió bizarramente, aunque la risa le impedía a veces desplegar todassus fuerzas. Un buen rato lucharon y retozaron como dos cachorros por elcampo. Andrés, no pudiendo de ningún modo acercar los labios al rostrode la zagala, por primera vez perdió el respeto que la tenía y trató dehacer uso brutal de las manos. Rosa se formalizó de repente y le rechazócon violencia. Pero él, sin hacer caso de esta vigorosa advertencia, seobstinó en el primer intento. Ella entonces, encolerizada, le arrojó alsuelo, y echándole las manos al cuello y apretándoselo más de la cuenta,le preguntó severamente:

—¿Volverá usted a hacerlo? ¿volverá usted?

Andrés dijo que no, y pudo levantarse. Pero estaba tan irritado, que fuea buscar en silencio el sombrero que se le había caído, recogió tambiénla carabina y se marchó sin despedirse.

Ni al día siguiente ni en otros tres pareció por el molino.

Sudesabrimiento en parte era verdadero, en parte fingido.

Conveníalesaber si Rosa sentía por él algún interés o simpatía, y ningún mediomejor para averiguarlo. Ocho días determinó pasar sin visitarla; pero alquinto ya no pudo contener su impaciencia: así que comió, lanzose alcampo con la escopeta al hombro, resuelto a ver a Rosa. Por disimular nofue directamente al sitio donde aquellos días solía estar apacentando elganado. Tomó el camino del monte y ascendió por él buen rato. Cuandojuzgó el momento oportuno, comenzó a descender lentamente hacia el pradoconsabido, que estaba en la falda de la montaña. No tardó en columbrarlodesde lo alto. Era un campo de figura irregular, más verde que loscontiguos por tener riego, todo él circuido por dos filas de avellanos,cuyas ramas, saliendo de la tierra en apretado haz, tomaban la forma deenormes ramilletes. La figura de Rosa sentada en medio y la de las vacasque, diseminadas, mordían tranquilamente la yerba, resaltaban comopuntos negros sobre el verde claro del césped. Buen trecho antes dellegar disparó un tiro, como si en efecto anduviese de caza, mas en vezde preparar con esto el encuentro y hacerlo más casual, lo echó aperder. Rosa, advertida de su presencia, fuese corriendo a ocultar entrelos avellanos de las lindes. Cuando bajó hasta tocar en ellas y echó unamirada al prado, no vio más que a las vacas.

Su dignidad no le permitíaponerse a buscar a Rosa. Así que, después de descansar breve rato con lacarabina apoyada en la sebe, afectando distracción y fatiga, tuvo mal desu grado que alejarse, sin conseguir lo que se había propuesto, el pasotardo, el ánimo caído.

Ya se hallaba a regular distancia, y cerca de perder de vista elventuroso prado, cuando la voz de Rosa rompió el silencio de la campiña,entonando una de las melodías largas y melancólicas del país. Detuvo elpaso, y sonrió maliciosamente. Después, poquito a poco, deshizo elcamino andado y se acercó de nuevo a la sebe. Pero en vano se estuvoallí plantado otro buen rato, apoyándose en la carabina, en actitudmeditabunda. Rosa no tuvo a bien presentarse. Otra vez se vio precisadoa marcharse, ahora más descontento y cabizbajo.

Al llegar al sitio de antes, Rosa volvió a cantar. Entonces el jovencortesano entendió, con deleite, que se trataba de un juego: lacoquetería no podía adoptar forma más inocente y sencilla. Y

sin vacilartornó a paso vivo, saltó al prado y comenzó a registrarloescrupulosamente.

—Rosa... Rosa... ¿Te escondes de mí, pícara?... Ya parecerás, a no serque te hayas metido en un agujero, como los grillos.

Al cabo la halló agazapada al lado de un avellano. Al verse descubierta,hizo una graciosa mueca de enfado.

—¡Déjeme usted, D. Andrés... déjeme usted!

Y corrió de nuevo a ocultarse en otro sitio. Andrés la siguió.

—Eso no vale... ya estás descubierta.

Tornó a hallarla en la misma posición que antes, metida dentro delcanastillo de ramas de otro avellano. La mueca que entonces hizo fue másexpresiva, ejecutando visibles esfuerzos para enfadarse.

—¡Vamos, D. Andrés, déjeme usted!... ¡déjeme usted!

Y viendo que el joven se acercaba a cogerla:

—¡Déjeme usted, caramba!... ¡Qué pesadez!... ¡No quiero bromas conusted!

—¿Y por qué no quieres bromas conmigo, Rosa?—repuso él, avanzando enactitud humilde.

—Porque no... Márchese usted.

—¿Me despides?

—Sí.

—Esa es una falta de cortesía.

—¡Bien... mejor!...

—Y tú, que eres una chica amable y bien educada, no serás capaz decometerla; estoy seguro de ello.

—¡Qué pez me ha salido usted!—dijo ella clavándole una mirada entrerespetuosa y burlona.

—No sé por qué dices eso—repuso él con fatuidad.

—Vamos, déjeme en paz y váyase a cazar.

Y al decir esto, fuese a sentar un poco más lejos. Andrés la siguió, yse sentó silenciosamente a su lado. Los dos se miraron un rato, pugnandopara no reír.

—Las manos quietas, ¿eh?—preguntó ella.

Andrés contestó afirmativamente con la cabeza.

—¡Vaya, vaya con D. Andrés! ¡Tan bueno y encogido como parecía! ¡Puesno va sacando poco los pies de las alforjas!

—Querrás decir las manos.

—Eso es, las manos... ¡cierto!—repuso soltando a reír.

—Pues bien, las volveré a meter si tú me lo mandas. Yo no puedo hacernada que te disguste... Te quiero demasiado para ello...

—Poco se conoce.

—¿Pues?

—Cuando se quiere a las personas, se las viene a ver...

—No ha sido por falta de voluntad... Estos días he tenido muchísimo quehacer—dijo él, relamiéndose interiormente por el triunfo que empezaba avislumbrar.

—No crea usted que a mí se me importaba nada... Solamente que mi padreme decía: «¿Cómo no viene D. Andrés ahora?» y todos los de casa lomismo. ¡Como si yo tuviese obligación de saber porqué viene usted o dejade venir!

—Pues bien sencillo es saber por qué vengo...

No se dio por entendida, y siguió mirando fijamente al suelo.

Después deesperar en vano la pregunta, Andrés dijo en voz más baja, donde setraslucía la fuerza del capricho:

—Si vengo es por ti, exclusivamente por ti.

La pastora soltó una carcajada de burla para disimular la emociónplacentera que estas palabras le causaron. El rubor subió a susmejillas.

—Y cuando no viene usted, ¿por qué es?

—También por ti.

—¿Sabe usted que tiene gracia eso? Cuando viene es por mí, y cuando noviene también...

Andrés le explicó, riendo, esta contradicción. El día pasado habíacreído que, lejos de serle simpático, ella le odiaba: por eso se habíaestado tanto tiempo sin venir a visitarla: no le gustaba relacionarsesino con las personas que le querían. Después se puso a recordar lascircunstancias con que la había conocido, las misas que había oído sinatención por mirarla...

—Sí, sí, ya me acuerdo... Yo decía: ¿Pero qué mirará ese señorito?

—Y del desaire que me hiciste en la romería, ¿te acuerdas, pícara?

—¡Vaya si me acuerdo! ¡Me dio una rabia cuando usted vino a sacarme!

—¿Por qué?

—Por las demás, que me llamarían tonta viendo que un señorito meprefería.

—La verdad es que entonces no me tenías muy buena voluntad, ¿eh, Rosa?

—Verdad que no.

—¿Y ahora?

—Ahora... ahora... ahora... ¿qué sé yo? ¡Qué preguntas tiene usted, D.Andrés!

La zagala hizo un gesto de impaciencia. No estaba en su naturaleza,arisca y desdeñosa, el confesar sus sentimientos. Por algo sus hermanos,cuando reñían con ella, la apellidaban

«cardo» y «puerco-espín.» Andrés,que la iba entendiendo, no insistió, y mudando de conversación, procuróhacerla reír recordando las simplezas del criado o algún dicho maliciosode Rafael. La charla entonces se animó. Rosa contaba con gracia milpequeños episodios de la vida de la aldea, describiendo con pintoresca,ya que no correcta, expresión los tipos y las actitudes.

Andrés, lamayor parte del tiempo, no atendía al argumento del discurso porcontemplar más a su placer el juego expresivo y gracioso de sufisonomía, sus ojos brillantes, su boca virginal, los movimientos vivos,resueltos, de su cuerpo, mórbido y exuberante de vida.

Pero esta charla interminable de una parte y esta contemplación extáticade la otra, cesaron súbitamente. Detrás de ellos, una voz irritada dehombre profirió terribles blasfemias, que les hizo volver la cabeza conespanto. En pie, cerca de ellos, con una hoz en las manos, vieron a unpaisano viejo, la faz demudada, los ojos inyectados en sangre por lacólera, el cual, encarándose con Rosa, vociferó más que dijo:

—Oye, grandísima pendona, ¿no te he dicho ya que si la vaca volvía asaltar a la tierra te iba a cortar las orejas?... ¿Sabes que me estándando intenciones de hacerlo para que aprendas de una vez a tener máscuidado, mala cabra?

Andrés, repuesto de la sorpresa, se puso en pie vivamente, y con palabray actitud enérgicas se dirigió al aldeano:

—Lo primero que usted va a hacer es hablar como se debe, ¿lo oye usted?

El paisano quedó sorprendido a su vez de este exabrupto, se puso máspálido y, mirándole con extraña fijeza, balbució humildemente:

—Yo... hablo... como debo.

—No habla usted tal.

—Yo no me meto con usted... no se meta usted conmigo... La vaca me estácausando todos los días perjuicios...