El Idilio de un Enfermo by Armando Palacio Valdés - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.
index-1_1.png

OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

TOMO I

EL IDILIO DE UN ENFERMO

MADRID

Librería de Victoriano Suárez.

PRECIADOS, NÚMERO 48.

1894

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

MADRID.—Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dup.º

CAPÍTULOS: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII,

XIII, XIV, XV, XVI, XVII

DEDICATORIA

A mi hijo.

Con grata sorpresa pude averiguar que algunas de las obras que helanzado a la publicidad estaban agotadas y otras a punto de estarlo. Fuepasión incontrastable de mi ánimo, no esperanza de lucro o de gloria, laque me arrastró a novelar en esta edad tan poco feliz para las musas.Desde que, recién salido de las aulas, entregué mis primeras cuartillasa la imprenta, vi claramente que no era ésa la vía para lograr loshalagos de la vanidad ni los regalos del cuerpo.

Nuestra nación se halla desde hace algunos años con disposiciónindiferente, más bien hostil, hacia todas las manifestaciones delespíritu. La pasión de lo útil, un sensualismo omnipotente,

invade

ala

sociedad

española,

y

muy

singularmente a esa clase media que en laprimera mitad del siglo tantas y tan gallardas muestras dio de su amor alo justo y a lo bello. La juventud, de quien suelen partir los impulsosgenerosos, los anhelos espirituales, no se ocupa actualmente sino enabrirse paso a codazos para llegar al poder, a la influencia, a lacomodidad. Mi padre me decía que, en su tiempo, viendo un joven errarsolitario con un libro entre las manos, se podía apostar a que estelibro era de versos. El tuyo te dice que actualmente hay seguridad deque el libro es la ley municipal o un compendio de Derechoadministrativo.

¿Caminamos

por

este

sendero

a

la

civilización

y

alengrandecimiento de la patria, o vamos derechos a la barbarie y aldesprecio de las naciones cultas? Tú o tus hijos lo sabréis.

Yo moriréantes de que se averigüe.

De todos modos, a nadie se le oculta que las letras cuentan con pocosapasionados en España. La prensa periódica, en vez de difundirlas yalentarlas, contribuye no poco con su desvío a la tristeza y languidezen que vegetan. Es más; la facilidad que el primer advenedizo logra (acondición de solicitarlo) para ver sus producciones, malas o buenas,ensalzadas hasta las nubes, demuestra mejor aún el desdén con que semiran.

Pero como no existe en este mundo tan relativo nada absolutamente buenoo malo, pienso que hay en tal desvío algún motivo para regocijarse.Cuando las letras se hallan en auge y agitan y apasionan al público yengendran disputas y encienden la cólera de los críticos, me parecepunto menos que imposible que el escritor se sustraiga a la influencianociva de tanto ruido.

El anhelo del aplauso y las ventajas materialesque consigo arrastra por una parte, y por otra el temor a las censurasde los críticos, le turban, le excitan, le impiden, en suma, escribircon aquella serenidad sin la cual se hace imposible la producción de unaobra de arte duradera. Ya no consulta libremente el oráculo de lanaturaleza, sino las aficiones de un público tornadizo o el gusto dealgún crítico irascible, pedante y ramplón.

Por fortuna, de tales plagas, que abundan en Francia y en otrasnaciones, nos vemos libres los escritores españoles. Aquí, ni el interéscon que el público acoge nuestras obras puede seducirnos, ni el látigode la crítica debe inspirarnos cuidado alguno. Disfrutamos de envidiablelibertad. El literato español sabe de antemano que, escriba en una formao en otra, sea osado o comedido, páguese del arte y la medida, o escribacuantos desatinos le acudan a la mente, sea realista, o romántico, oclásico, el resultado ha de ser poco más o menos él mismo.

Y si alguna rara vez el público y la prensa tejen coronas, no sonciertamente para los que cultivan su arte con amor y respeto, sino paraquienes le ofrecen manjares picantes y llamativos. El vulgo no agradeceque se le deleite suavemente, que se le haga pensar y sentir. Paraotorgar su aplauso es preciso que el escritor le deslumbre o por elnúmero de obras, o por su desmesurada magnitud, o por el relumbrón delos efectos, o con descripciones aparatosas y prolijos análisis decaracteres, tan prolijos como falsos, o con un lenguaje arcaico ypedantesco. El vulgo desprecia lo sincero, lo natural, lo armónico. Paraobtener su admiración

precisa

ser

un

poco

charlatán

y

cursi.

Escritoresconozco de indisputable mérito, tanto en España como fuera de ella, aquienes si se les quitase los granitos de charlatanería con que sazonansus obras, dejarían en el mismo punto de ser populares.

Pero sobre todas las cosas de este mundo, el hombre adocenado odia lamedida. Nada le enfurece tanto como ver una obra proporcionada yarmónica. Al que la produce dipútale desde luego por artista apocado yenclenque. Componer obras monstruosas, emitir ideas estupendas, no decirjamás algo que no sea completamente nuevo, inaudito, aunque sea undesatino: tal es el secreto para sujetarle. Un día se entusiasmará concualquier escritor francés que identifique las pasiones humanas a losciegos impulsos de las bestias, que describa nuestros amores con lalibertad brutal y repulsiva que si se tratase de los de un toro y unavaca: al siguiente caerá de hinojos ante un místico ruso que tenga apecado el amor conyugal y niegue a los tribunales el derecho a juzgar alos delincuentes. En una u otra forma adorará eternamente la locura o lacharlatanería.

Los que como yo aborrecen lo excesivo no alcanzarán jamás sus favores.¿Qué importa? Aunque me agrada el aplauso público, mi espíritu no vivede él. La gloria se encuentra entre las cosas que Séneca considera preferibles, no entre las necesarias.

Puedo vivir feliz sin laadmiración del vulgo y los elogios de la prensa; tanto más cuanto quede casi todos los países civilizados del globo recibo testimonios desimpatía que me alientan y me calman.

Y, sin embargo, te lo confieso ingenuamente, hijo mío, aunque renunciosin dolor a los homenajes de los revisteros y a sus adjetivosarrulladores, no puedo menos de sentir tristeza pensando que jamás seréel héroe de una de esas ovaciones nocturnas con que la muchedumbreobsequia a sus favoritos. No soy hipócrita; me alegraría de llegarsiquiera una noche en la vida a mi casa como un cónsul, precedido delictores con las fasces en alto o rodeado de cirios encendidos, comoNuestro Señor Sacramentado cuando se digna visitar a los enfermos.

Me consuelo imaginando que los dioses me han concedido el gusto de lasartes y alguna escasa habilidad en una de ellas para embellecer y hacerfelices los días de mi vida, no para dejarlos correr en medio de lasmiserables inquietudes que engendra el amor propio. Me consueloasimismo con la idea de que también en materia de triunfos el exceso sepaga cruelmente. La medida no es sólo la esencia del arte, sino que loes también del mundo entero, como afirmaba Pitágoras. Tanto vivopersuadido de ello, que juzgo locura, como Horacio, hasta el exceso enla virtud.

Insani sapiens nomen ferat, æquus iniqui Ultra quam satis est virtutem si petat ipsam.

Siempre he tenido la intuición de esta gran verdad, que nutrió al pueblomás grande que ha pisado la tierra y produjo el arte más asombroso. Encasi todas mis obras se hallará como tendencia más o menos ostensible.Desgraciadamente, como la reflexión y el estudio no la habíanconfirmado, me aparté de ella en diversas ocasiones. Falsos conceptosunas veces, otras estímulos de vanidad literaria, me arrastraron ahacerlo.

Me arrepiento, en primer término, de haber principiado a novelardemasiado pronto. En la edad juvenil se puede ser excelente poetalírico, pero no cultivar con acierto un género tan objetivo como lanovela realista. Sólo en la edad madura es dado al artista emanciparsede los lazos con que su sensibilidad le ata al mundo fenomenal yadquirir la calma, la perfecta serenidad necesaria para concebir ypenetrar en el carácter de sus semejantes.

Asimismo deploro el empleo de ciertos efectos de relumbrón que hallarásen algunas de mis obras. Cuando salieron de mi pluma ten por seguro queno atendía al consejo de las musas, sino al gusto depravado de un vulgofrívolo y necio.

Me pesa, finalmente, de haber escrito más de lo que debiera.

Lafecundidad tal como el vulgo de los críticos la entiende es, en miopinión, un vicio, no cualidad digna de aplauso. Para que las obras dearte se acerquen a la perfección y nazcan viables, es menester que senutran antes largo tiempo en el cerebro y se trabajen con sosiego. No seme oculta que hay espíritus privilegiados a quienes basta poco tiempopara engendrar y producir frutos delicados; pero juzgo que ni aun aestos mismos les perjudicará un saludable retraso. Recuérdese el ejemplode Goethe, que concibió a los veinte años la idea de Fausto y no terminósu inmortal poema hasta los ochenta. Actualmente, oprimidos unas vecescon el afán de lucro, otras con la pasión de la gloria, los queescribimos para el público vivimos en una fiebre devoradora deproducción. El público exige a cada instante novedades: es menesterservírselas, aunque vayan hilvanadas. Si no aparece cada poco tiempo unlibro nuevo en los escaparates de los libreros, pensamos con terror quese nos va a olvidar, sin prever que ése es el medio más seguro paraello; porque ese público cuya atención anhelamos cautivar a toda costaes un Saturno que devora nuestros pobres libros sin digerirlos: es igualque le den a mascar carne de dioses o piedras berroqueñas.

No, compañeros, no: tratemos de producir obras sazonadas, sacando denuestro ingenio todo el partido posible. Quien haya producido una solaobra en su vida, si es bella, jamás será olvidado. No nos fatiguemos endilatar nuestra popularidad agradando a la muchedumbre, sino en obtenerla aprobación de los pocos hombres de gusto que existen en cadageneración.

Éstos son los que al cabo imponen su criterio. Si así nofuese, si el renombre del escritor dependiese de la turbamulta, ni el Quijote, ni la Iliada, ni la Divina Comedia, ni ninguna de lasobras maestras del ingenio humano, serían estimadas en lo que merecen.

La fecundidad del escritor no debe medirse por el número de sus obras,sino por el tiempo que éstas duran en la memoria de los hombres.Escritor fecundo es aquel que a través de las edades hace sentir suinfluencia, fecundiza con su obra el pensamiento de la posteridad,vive con todas las generaciones, las acompaña, las instruye, les hacegozar y sentir. En este supuesto, Cervantes con un solo libro es másfecundo que Lope de Vega con sus millares de comedias.

Lejos, pues, de enorgullecerme por el número de obras que llevoescritas, me avergüenzo pensando en los grandes escritores que traslarga y laboriosa vida no han producido otro tanto. Es un vicio de laépoca al cual tampoco he podido sustraerme.

Nadie recorrerá las muchas páginas que seguirán a ésta con igualpaciencia que tú, hijo mío. En ellas leerás la historia íntima de mipensamiento. Sobre ellas he exprimido la sangre de mi corazón. A ti telas dedico, no a ningún prócer que las ponga bajo su amparo, no a ningúncrítico que las defienda y las alabe.

Alguna vez, leyéndolas, laslágrimas se agolparán a tus ojos.

¡Llora, sí! Harta razón tendrás paraello. Por debajo de la ficción verás palpitar la tremenda realidad,adivinarás los tormentos de tu padre y tu propia desdicha. Lo que paralos demás es fábula más o menos divertida, para ti será triste y solemneconfesión.

Poco vale desde el punto de vista del arte, pero he gozadoescribiéndola. No hay medio más eficaz de suavizar nuestros dolores, deaplacar nuestra cólera y arrojar el veneno de las pasiones que verlasreflejadas en el espejo de una obra de arte.

Ninguna otra recompensa espero. Estoy plenamente satisfecho. Pero si alrecorrer el mundo, cuando llegues a la edad viril, escuchando tu nombre,algunos ojos brillan con simpatía, algunas manos se extienden hacia ti,será quizá que alguien recuerde todavía los cantos de tu padre.Estréchalas, hijo mío: recibe esta simpatía como una herencia sagrada.Corta es, pero ha sido ganada con alegría y sin mancilla.

Il a tout, il a l'art de plaire,

Mais il n'a rien s'il ne digère.

VOLTAIRE.

I

Abriose la puerta y entró en la sala un joven flaco, que saludó a loscircunstantes inclinando la cabeza. Las dos señoras, sentadas en eldiván de damasco amarillo, y el caballero de luenga barba, situado alpie del balcón, le examinaron un momento sin curiosidad, contestando conotra levísima cabezada.

El joven fue a sentarse cerca del velador quehabía en el centro, y se puso a mirar las estampas de un librolujosamente encuadernado.

Reinaba silencio completo en la estancia esclarecida a mediassolamente. La luz del sol penetraba bastante amortiguada al través delas persianas y cortinas. Detrás de la puerta del gabinete vecinopercibíase un rumor semejante al cuchicheo de los confesonarios.

El caballero de la barba se obstinaba en mirar a la calle por lasrendijas de la persiana, dándose golpecitos de impaciencia en el muslocon el sombrero de copa. Las señoras, sin despegar los labios y consemblante de duelo, paseaban la mirada repetidas veces por todos losrincones de la sala, cual si tratasen de inventariar la multitud deobjetos dorados que la adornaban con lujo de relumbrón.

Al cabo de buen rato de espera, se entreabrió la puerta del gabinete yescucháronse las frases de cortesía de dos personas que se despiden. Laseñora que se marchaba cruzó la sala con una hermosa niña de la mano yse fue dando las buenas tardes. El doctor Ibarra asomó la cabeza calva yvenerable, diciendo en tono imperativo:

—El primero de ustedes, señores.

Adelantose con prontitud el caballero impaciente. Y volvió a reinar elmismo silencio.

El joven flaco siguió hojeando el libro de estampas, que era un tratadode indumentaria, sin hacerse cargo del minucioso examen a que le estabansometiendo las dos señoras del diván. Era casi imberbe, dado que eltenue bozo que sombreaba su labio superior no merecía en conciencia elnombre de bigote. A pesar de esto, se comprendía que no era yaadolescente. Los lineamientos de su rostro estaban definitivamentetrazados y ofrecían un conjunto agradable, donde se leían claramente lossignos de prolongado padecer. Alrededor de los ojos negros y brillantesadvertíase un círculo morado que les comunicaba gran tristeza; en lospómulos, bastante acentuados, tenía dos rosetas de mal agüero, para elque haya visto desaparecer deudos y amigos en la flor de la vida.

En tanto que el barbado caballero se estuvo dentro con el doctor,nuestro joven continuó repasando los preciosos cromos del libro con susdedos tan finos, tan delicados, que parecían hacecillos de huesosprontos a quebrarse. ¿Pero con tales manos puede un hombre trabajar? ¿Sepuede defender? Eran las preguntas que a cualquiera le ocurriríanmirándolas. Las señoras del diván contempláronlas con lástima y sehicieron una leve señal con los ojos, que quería decir: ¡pobre joven!Después se hicieron otra señal, que significaba: ¡qué pantalones tanbonitos lleva, y qué bien calzado está! Indudablemente aquel muchacholes fue simpático. La vieja se irritó en su interior contra las mujeresinfames, como hay muchas en Madrid, que se apoderan de los chicos y lesbeben la sangre, al igual de las antiguas brujas. La joven pensóvagamente en salvarle la vida a fuerza de amor y cuidados.

—El primero de ustedes, señores—dijo nuevamente el doctor Ibarra,despidiendo al caballero, que salió grave y erguido como un senadorromano.

Las dos señoras avanzaron lentamente hacia el gabinete. Antes deencerrarse, la niña dirigió una mirada de inteligencia al joven flaco,tratando sin duda de decirle: «No soy yo la que vengo a consultar; esmi madre. Gracias a Dios, yo estoy buena y sana para lo que usted gustemandar.» Los labios del joven se plegaron con sonrisa imperceptible ysiguió examinando el pintoresco manto de un caballero de la Orden deAlcántara que le había dado golpe, al parecer. No obstante, de vez encuando volvía los ojos con zozobra hacia la puerta del gabinete.

Tratabainútilmente de reprimir la impaciencia. Aquellas señoras tardaban muchomás de lo que había contado. Dejó el libro, se levantó, y como no habíanadie en la sala, se puso a dar vivos paseos sin perder de vista elpestillo, cuyo movimiento esperaba.

Al cabo de media hora sonó por finla malhadada cerradura; pero aún en la puerta se estuvieron las señoraslargo rato despidiéndose. Cuando terminaron, la niña le miró: «No tengola culpa de que usted haya esperado tanto: ha sido mamá ¡que es tanpesada!» El joven contestó con otra mirada indiferente y fría y entró enel gabinete. La niña salió de la sala con un nuevo desengaño en elcorazón.

Era el célebre doctor Ibarra un anciano fresco y sonrosado, pequeñito,con ojos vivos y escrutadores, todo vestido de negro.

El gabinete dondedaba sus consultas distaba mucho de estar decorado con el lujo cursi yempalagoso de la sala. Se adivinaba que el doctor, al amueblarla, siguióel modelo de todas las salas de espera, al paso que en el gabinete habíaintervenido más directamente con sus gustos y carácter un tantoestrafalarios, resultando una decoración severa y modesta, no exenta deoriginalidad. La mesa en el centro, las paredes cubiertas de libros, yel suelo también, dejando sólo algunos senderos para llegar al sofá y ala mesa. Por uno de ellos condujo el doctor, de la mano, a nuestrojoven, hasta sentarlo cómodamente, quedándose él en pie y con las manosen los bolsillos. Después de permanecer inmóvil algunos instantesexaminando con atención el rostro desencajado de su cliente, dijoponiéndole una mano en el hombro:

—¿Es la primera vez que viene usted a esta consulta?

—Sí, señor.

—Bien; diga usted.

El joven bajó la vista ante la mirada penetrante del médico, y profiriócon palabra rápida, donde bajo aparente frialdad se traslucía laemoción:

—Vengo a saber la verdad definitiva sobre mi estado. Estoy enfermo delpecho. El médico que me ha reconocido dice que me encuentro en segundogrado de tisis pulmonar, y por si la ciencia tiene aún algún remediopara mi mal, me dirijo a usted, que está reputado como el primer médicoque hoy tenemos.

—Muchas gracias, querido—contestó el doctor, dirigiéndole una largamirada de compasión.—Le reconoceré a usted y le diré mi opinión confranqueza, pues que así lo desea... Pero antes de que

procedamos

alreconocimiento,

necesito

saber

los

antecedentes de su enfermedad...Vamos a ver... ¿Cuánto tiempo hace que está usted enfermo?

—En realidad, puedo decir que lo he estado siempre. Apenas recuerdohaber gozado un día de completa salud. Siempre he tenido una naturalezamuy enclenque, y he padecido casi constantemente... unas veces de uno yotras veces de otro...

generalmente del estómago.

—¿Malas digestiones?

—Sí, señor; siempre han sido muy difíciles.

—¿Con dolores?

—No los he tenido hasta hace poco. Durante la niñez he padecido mucho.A los catorce o quince años empecé a sentirme mejor, a comer con másapetito y me puse hasta gordo, dado, por supuesto, mi temperamento; peroal llegar a los veinte, no sé si por el mucho estudiar o el desarreglode las comidas, o la falta de ejercicio, o todo esto reunido, volvierona exacerbarse mis enfermedades, y puedo decir que, durante una largatemporada, mi vida ha sido un martirio. Después mejoré cambiando devida; pero he vuelto a recaer hace ya algún tiempo.

—¿A qué ocupaciones se dedica usted?

El joven vaciló un instante y repuso:

—Soy escritor.

—Mala profesión es para una naturaleza como la suya.

Lascircunstancias con que ustedes trabajan generalmente... a las altashoras de la noche, hostigados por la premura del tiempo... la falta deejercicio... y el trabajo intelectual, que ya de por sí esdebilitante... ¿Y dice usted que de algún tiempo a esta parte se harecrudecido la enfermedad del estómago?

—El estómago, no tanto: lo peor es la gran debilidad que siento en todomi organismo desde hace tres o cuatro meses. Una carencia absoluta defuerzas. En cuanto subo cuatro escaleras, me fatigo. No puedo levantarel peso más insignificante...

—¿Ha tenido usted algún síncope, o siente usted mareos de cabeza?

—Mareos, sí, señor; pero nunca he llegado a perder el sentido.

Sinembargo, en estos últimos tiempos he temido muchas veces caerme en lacalle.

—¿Tose usted?

—Hace un mes que tengo una tosecilla seca, y el lunes he esputado unpoco de sangre. Me alarmé bastante y fui a consultar con un médico queconocía...

—¿La sangre vino en forma de vómito o mezclada con saliva?

—Nada más que un poquito entre la saliva.

—Antes, ¿no había usted consultado?

—Sí, señor, muchas veces; pero como se trataba de una enfermedadcrónica, me iba arreglando con los antiguos remedios: el bicarbonato, lamagnesia, la cuasia...

—Bien; deme usted la mano.

El doctor Ibarra estuvo largo rato examinando el pulso del joven.Después, observó con atención sus ojos, bajando para ello el párpado.Quedose algunos momentos pensativo.

—Desearía reconocerle el pecho.

—Cuando usted guste. ¿Es necesario que me desnude?

—Sería mejor. Aquí no hace frío.

El joven empezó a despojarse velozmente. Parecía tranquilo a primeravista. No obstante, quien le observase con cuidado, notaría que habíacrecido un poco la palidez de su rostro, y que tenía las manos trémulas.Cuando estuvo desnudo de medio cuerpo arriba, interrogó con la miradaal médico. Éste consideró el miserable torso que tenía delante, conprofunda lástima. Las costillas pudieran contarse a respetabledistancia: el cuello salía de sus estrechos hombros largo y delgado, yadornado con prominente nuez. Hízole seña de que se tendiese en el sofáy fue a sacar de un armario el estetoscopio. Después se coloco derodillas al lado del sofá, y comenzó el reconocimiento. El doctor seentretuvo largo rato a palpar y repalpar el pecho, apoyando los dedos ydando sobre ellos repetidos golpecitos. En el lado derecho algo le llamóla atención, porque acudía allí con más frecuencia. Nada turbaba elsilencio del gabinete. El joven observaba de reojo la fisonomíaimpasible del doctor. Una mosca se puso a zumbar tristemente en torno deellos. Pero aún más triste zumbaba el pensamiento por el cerebro denuestro enfermo, quien sentía escapársele la vida cuando se hallaba enlos umbrales. Todos los instantes de dicha que había gozado acudieron entropel a su imaginación: la vida se le presentó engalanada y risueña,como una mujer hermosa que le esperase: hasta sus dolores y quebrantosle parecieron amables en aquel momento en que le iban a notificar quedejaría de sentirlos para siempre. No obstante, si sus ideas y recuerdosle pusieron triste, no consiguieron enternecerle. Había en su alma talfondo de entereza y orgullo, que consideraba indigno asustarse con laperspectiva de la muerte.

El doctor tomó el instrumento, se lo puso sobre el pecho y aplicó eloído.

—Tosa usted... así... no tan fuerte... Ahora respire usted con fuerza yacompasadamente.

Hubo un largo silencio.

—Vuélvase usted un poquito... así... Tosa usted otra vez...

Basta...Respire usted con fuerza...

Nuevo silencio, durante el cual el enfermo comenzó a acariciar una ideahorrible.

—Ahora hable usted.

—¿De qué quiere usted que hable?

—Recite versos, ya que es usted literato.

—Bueno, recitaré los que más me convienen en este momento—repuso eljoven sonriendo con amargura. Y empezó a decir en voz alta la admirablepoesía de Andrés Chenier, titulada Le Jeune malade.

Cuando hubo recitado algunos versos, el médico le interrumpió:

—Basta... Siga usted respirando tranquilamente.

Tornó a reinar el silencio. Un larguísimo rato se estuvo el médico conel oído atento a lo que en las profundidades del pecho de nuestro jovenacaecía, explorando los más leves movimientos, los ruidos másimperceptibles, como el ladrón que fuese de noche a penetrar en unacasa. A veces creía sentir los pasos de la muerte, como el soldado losde su enemigo, y la frente del anciano se arrugaba, pero volvía aserenarse al momento, adquiriendo expresión indiferente. Su atención eracada vez más profunda. En tanto, el paciente tenía fijos en el techo losojos, donde empezaban a dibujarse las señales de una sombría decisión.Las cejas se fruncían: las negras pupilas despedían miradas cada vez másduras y tristes.

El doctor levantó al fin la cabeza, y preguntó fríamente:

—¿Qué médico le ha dicho a usted que estaba en segundo grado de tisis?

—Ninguno—repuso el enfermo con la misma frialdad.

El anciano se puso en pie vivamente, y le miró lleno de estupor. Despuésse santiguó exclamando:

—¡Jesús qué atrocidad!—Y sonriendo con benevolencia:—Ha hecho usteduna locura, joven. ¿Que hubiese usted ganado con que le dijera que semoría?

—Saberlo de un modo indudable.

—Muchas gracias; ¿y después?

—Después... después... después yo no sé lo que hubiera pasado.

—Sí, lo sabe usted... pero más vale que no lo diga.

Afortunadamente, leha salido bien la treta; porque no necesito decirle que no tiene ustedningún pulmón lesionado: sólo hay un leve desorden en las funciones. Loque usted tiene, salta a la vista de cualquiera, porque lo lleva escritoen el rostro: es la enfermedad del siglo XIX, y en particular de lasgrandes poblaciones. Está usted anémico. La dispepsia inveterada quepadece no acusa tampoco ninguna lesión en el estómago, y esperfectamente curable. No tiene usted, por consiguiente, nada que temer, por ahora. Recalco estas palabras para que usted comprenda que urgeponerse en cura, porque a la larga, esta enfermedad engendra la queusted creía ya tener... Y ahora se ofrece para mí una grave dificultad.Yo puedo recetarle algunos medicamentos que le aliviarían, pero sólomomentáneamente.

Mientras subsistan sus causas, la enfermedad no securará radicalmente, y le hará a usted padecer cruelmente toda la vida,y al cabo concluirá con ella demasiado pronto... Hábleme usted confranqueza... Nosotros, los médicos, somos los confesores de los hombresque no creen en la confesión... ¿Es usted casado, o soltero?

—Soltero.

—Pero usted tiene una mujer que le ama demasiado...

—Acaso...—repuso el joven sonriendo y ruborizándose levemente.

—¿Tendría usted fuerzas para alejarse de ella por una temporada?

La frente del enfermo se arrugó, y sus ojos adquirieron expresión fija ydura.

—No deseo otra cosa.

—Perfectamente... ¿Y pudiera usted también dejar sus negocios y pasaruna larga temporada en el campo, sin hacer absolutamente nada?

—Creo que sí.

—Entonces nos hemos salvado. No importa que sea un sitio u otro dondeusted vaya, en el Norte o en el Mediodía; lo indispensable es que usteddescanse y respire aire más puro, que corra usted entre los árboles unasveces y otras al sol, que coma usted alimentos suaves y nutritivos, quese levante usted temprano y no se retire tarde, que trueque, en fin, lavida artificial y antihigiénica que lleva, por otra natural y sencilla,y que dé a ese pobre cuerpo lo que está reclamando a gritos.

El anciano médico se alargó todavía bastante dándole consejos sobre suproceder en lo futuro. El joven le escuchó religiosamente,concediéndole la razón en su interior. Cuando hubo terminado, se levantóy quiso pagarle. El médico no lo consintió: sentía mucha simpatía hacialos jóvenes escritores, y en el caso presente comprendíase que lasimpatía era aún más viva. Llevole de la mano hasta la puerta de laestancia, y al despedirse le pronunció otro corto discurso, dándoleafectuosas palmaditas en el hombro:

—No ser loco, no ser loco, joven. Tenga firme por la vida, que usted nosabe lo que pasará cuando la suelte... Y sobre todo, más vale pájaro enmano... Los hombres que tienen, como usted, valor e inteligencia, debenreservarse para las empresas grandes y útiles. Cúrese usted, robustezcausted su cuerpo, y verá cómo después no siente tanto desprecio por laexistencia... Adiós, joven... No deje usted de escribirme pronto desdesu retiro, para que le envíe una receta. Por ahora no quiero darlemedicamentos.

Necesito saber la influencia del cambio de vida y de climasobre su organismo... ¿Se llama usted D. Andrés Heredia, no esverdad?... Perfectamente: no me olvidaré... Adiós, Sr.

Heredia; no dejeusted de irse cuanto antes de Madrid.

Al pasear la mirada por la sala, el médico tropezó con un cliente que,sentado en un diván, tosía apretando las sienes con las manos. Bajandola voz, añadió al oído del joven:

—Ese pobre se curará en otro campo distinto del que usted va avisitar... Adiós, querido, adiós.

II

Andrés Heredia perdió en la niñez a su padre, magistrado del TribunalSupremo, que había tenido la flaqueza de casarse, ya viejo, con unasobrinita de diez y ocho años. Su tardío matrimonio y algunos quebrantosde fortuna, que por la baja repentina de los fondos públicos habíaexperimentado, dieron con él en la sepultura. El fruto de esta unióndesacertada fue un niño menudo y enteco, que se crió trabajosamente afuerza de mimos y cuidados.

A la muerte de su padre heredó 40.000 reales de renta que, unidos a laviudedad de su madre, les consintió vivir con bienestar en la corte. Lajoven viuda no quiso contraer nuevo matrimonio, aunque no le faltaronbuenas coyunturas para ello.

Cifró los anhelos y las esperanzas todas desu vida en aquel niño, que necesitaba de su maternal solicitud para noperecer al golpe de las muchas dolencias que padeció en la infancia:para ella era un goce intenso y continuo irlas venciendo y verle salvo ycada vez más robusto. El chico, al mismo tiempo, iba descubriendo unnatural sensible y despejado: adoraba a su madre y la enorgullecía consus triunfos en el colegio: todos los meses diploma de honor: en todoslos exámenes sobresaliente o notablemente aprovechado. Más tarde, cuandoalcanzó los diez y seis años, le trajo un periódico donde aparecían unosversos firmados por él. Lisonjeada en su vanidad de madre, la pobremujer rompió a llorar. Desde entonces la carrera de Andrés quedó fijada:fue poeta. No hubo revista literaria ni periodiquillo de provincias queno se viese comprometido a insertar alguna de sus lacrimosascomposiciones, ni certamen poético o juegos florales donde no ganase unaescribanía de plata, algún libro lujosamente encuadernado, y tal vez queotra hasta la misma flor natural reservada a los poetastros máspreclaros. El género en que más sobresalía eran las leyendas. Con unacruz de piedra, un par de jinetes rebujados en sendas capas, un camarínbien amueblado, una dama de rara belleza, un castillo con ventanasojivales y una noche de luna llena, tenía lo bastante nuestro mancebopara armar un belén de seis mil diablos muy interesante, capaz de ponerla carne de gallina a cualquiera.

Cuando tuvo bastante número decomposiciones, publicó (a ruego de algunos amigos) un tomo; y despuésotro; y después otro. Le costaban un caudal; pero lo daba por bienempleado, porque los periódicos donde tenía amigos comenzaban a llamarle«el inspirado poeta, nuestro particular amigo D. Andrés Heredia.» Pordesgracia, su madre se murió antes de verle en el pináculo de la gloria:murió rápidamente de una tisis pulmonar.

Andrés, que sólo contabaveinte años a la sazón, tuvo por curador de sus bienes a un hermano dela difunta; pero no quiso vivir con él, y se trasladó con algunos de susbártulos a la fonda.

Aquí da comienzo para el joven Heredia una era muy diversa del resto desu vida anterior. Pasó repentinamente de la atmósfera tibia de su casaal fresco de la calle, de la existencia dulce y tranquila que el amorosocuidado de su madre le hacía observar, a la desarreglada y trashumantede las fondas. El exceso de libertad le hizo daño. Su naturaleza habíacambiado bastante desde los diez y seis años. El método riguroso, laconducta ordenada, habían conseguido darle una robustez relativa; desuerte que, al trasladarse a la fonda, se hallaba bastante fuerte paradisfrutar de la vida. Por otra parte, su curador le pasaba una muybastante cantidad para sostenerse con desahogo. De todas estas ventajascomenzó a usar largamente nuestro joven, presentándose en el mundo conel brío y la petulancia de los pocos años. Pisó los teatros a menudo, ylos cafés, y los salones, y hasta los lugares menos santos; contrajoamistades y deudas; despeñose en aventuras amorosas que no son el amor.Todo le sonrió en un principio. Mas no se pasó mucho tiempo sin que lanaturaleza diese el grito de alarma.

De nuevo se presentó la antiguadolencia del estómago, más áspera que nunca, por la falta de método enlas comidas y el desdén de los remedios oportunos. Y el constantepadecer que le envenenaba todos los placeres, comenzó a influir de modonotable en su carácter: se tornó hipocondríaco, pesimista, irascible.Llegó un instante en que se vio precisado a retirarse del comerciosocial, para no tener a cada instante alguna reyerta. Se hizosusceptible, desconfiado; una palabra le desconcertaba, una mirada lehería; no transcurrían ocho días sin que riñese con algún amigo porcualquier bagatela. Uno de ellos, médico, después de cierta escenaviolenta, le dijo que no discutiría más con él mientras no se pusiese encura. Esto le hizo volver en sí: comprendió que estaba efectivamenteenfermo, huyó con particular cuidado toda ocasión de disputa, y comenzóa jaroparse con los remedios que usualmente se dan contra la bilis.

Nole fue mal con ellos: el estómago se le entonó, comió con más apetito, yal cabo pudo volver a la vida ordinaria, aunque resentido y quebrantado.

En esta época había dado paz temporalmente a las musas, y descendió aescribir en prosa, no vil, sino poética y ensortijada como ninguna.Entró de revistero en un periódico, y con ocasión de los saraos,banquetes, funciones de teatro, corridas de toros y toda laya de fiestaspúblicas y privadas, comenzó a soltar de la pluma un millón de lindasfrasecillas ingeniosas y acicaladas, que no había otra cosa que alabarentre las damas. Y como natural consecuencia de la boga de susartículos, también su persona alcanzó inusitado favor en los salones. Sele juzgó fino, gentil, elegante: las mamás le bloquearon con sonrisas ylisonjas.

Pero no estaba por los amores lícitos: gustaba de morder en lamanzana prohibida, y es fama que en poco tiempo le dio muchos y fuertesbocados. Por cierto que uno de ellos le costó un lance de honor, delcual salió levemente herido; pero esto le hizo ganar prestigio entre elsexo femenino. Últimamente, tuvo la mala ventura de ligarse a una mujerno joven, ni bella, ni rica, pero tan hábil y experta, de tal infernalatractivo, que en poco tiempo logró atarle de pies y manos, tenerlerendido y sumiso a sus pies como un esclavo. Era la esposa de un altoempleado a quien las aventuras de su señora no parecían dar frío nicalor.

Cesaron las de Andrés al tropezar con tal mujer: dejó la vidaalegre y bulliciosa, y hasta el trato de sus amigos íntimos; no pensódesde entonces más que en servir y festejar a su ídolo.

Y de esta suertetranscurrieron más de dos años, perdiendo en aquellos amores necios susfuerzas físicas e intelectuales; porque había abandonado el estudio, yhasta la pluma ya no le servía más que para trazar algunas insulsascomposiciones en honor de su dama.

Al llegar a la mayor edad entró en la libre disposición de sus bienes,que halló no poco mermados, gracias al buen aire que supo darles suseñor tío mientras los manejó. Con este motivo hubo disputas y fuertesdesabrimientos entre ambos, y aun amagos de litigio: al fin se zanjó elasunto por la intervención de algunos amigos oficiosos, no sin perderAndrés en la transacción buena parte de su hacienda. Estos disgustos ytodos los demás se compensaban por los dulces momentos que susvergonzosos amores le hacían pasar. Mas al fin, también fueron perdiendomucho en su atractivo: la esposa del empleado se empeñaba en abusar desu poder y en exigir mayores sacrificios, al mismo tiempo que el amor seiba gastando en el pecho del evaporado joven. Esto produjo tirantezentre ellos, algunas reyertas y no pocas desazones. Andrés concluyó pordesear un rompimiento; pero se dejaba arrastrar de la costumbre, sinfuerzas para tomar una resolución violenta, como sucede casi siempre enlas relaciones añejas.

Presentose al cabo lo que era inevitable. Su salud, siempre arrastrada ytemblona, se resintió de modo alarmante. Ya no eran solamente ladelgadez singular, la fatiga y la inapetencia los fenómenos que seadvertían en su organismo. En los últimos tiempos comenzó a sentiragudos dolores de estómago a ciertas horas del día, que le dejabanextremadamente abatido y triste.

Cuando en la calle le acometían,apretaba fuertemente la parte dolorida con el puño del bastón, y asícaminaba con el rostro pálido y angustiado, sin oír ni ver nada de loque a su alrededor pasaba. Por fortuna, duraron poco tiempo: el bismutoque le recetó el amigo con quien solía consultarse consiguió aliviarlosnotablemente.

Pero a los pocos días, un esputo de sangre, que arrojó al toser, leasustó. ¿Estaría tísico? Semejante idea le llenó de espanto.

Nunca habíapensado en la muerte, sino como elemento artístico que utilizaba parasus poemas románticos, sacándola a relucir, demasiadamente por cierto,en apoyo de la sinceridad de sus ansias amorosas, y como medio deconseguir un bálsamo para sus penas. Mas ahora, la muerte se lepresentaba de modo mucho menos simpático, lívida, descarnada, hedionda,empuñando en sus huesosas manos la guadaña fatal apercibida a segarle elcuello; era la muerte sin consonantes ni ripios, totalmente desnuda degalas retóricas. En su presencia sintió impresión muy distinta a la quele había inspirado el poema Amor y muerte, que pocos meses antes habíapublicado cierta revista literaria titulada Los Ecos del Manzanares:sintió frío y miedo y apego sin condición a la vida, de la cual tantasveces había maldecido en verso. Pasó dos días en extraordinariaagitación, encerrado en su cuarto, sin ver a su amiga ni otro serviviente más que a la doméstica que le servía sus cortas refacciones,sin resolverse a consultar con algún médico de experiencia por el temorde adquirir la fatal certidumbre de su desgracia.

La agitación, no obstante, cedió y se transformó, como sucedegeneralmente, en abatimiento y tristeza. Y poco a poco, de esteabatimiento, del que muy contados humanos escaparían en idéntico caso,brotó como planta vigorosa la resignación, o más bien una indiferenciaestoica y varonil nacida de la vergüenza de haber sentido miedo. Sucorazón alzose bravamente ante el fantasma terrible de la tisis, y dijo:«No se muere más que una vez... Días antes o días después... ¡Bah!

¡Quéimporta!» Y por un supremo esfuerzo de la voluntad quedó sereno,completamente

sereno,

observando

su

propia

tranquilidad con nobleorgullo. Sólo un pensamiento logró enternecerle dulcemente: «Mi madremurió tísica; allá voy a juntarme con ella.» Y derramó algunas lágrimasque le refrescaron el alma. Después arregló in mente todas sus cosas,trazando una minuta ideal de su testamento, se lavó, se vistió conpulcritud y salió de casa en busca de la del doctor Ibarra, uno de losmás celebrados médicos de Madrid, resuelto a saber la verdad de suestado y el tiempo que aún le quedaba de vida. Algo siniestro,espantoso, flotaba por encima de su resignación, sin que él mismo seatreviese a definirlo.

¡Cuán distintas fueron sus impresiones al salir de aquella casa!

Habíaentrado pocos momentos antes indiferente, frío, con el espíritudesmayado y el paso vacilante. Al salir, le palpitaba el corazónfuertemente, los ojos le relucían, las mejillas se coloreaban, los piesbailaban sobre la escalera con redoble firme y alegre. Es que el doctorIbarra, el médico más afamado de la corte, un sabio respetado en todaEuropa, un semidiós de la ciencia, le acababa de prometer la vida.

¡La vida! Al poner el pie en la calle, la encontró hermosa y amable comonunca. El sol resbalaba por el diáfano cristal del firmamento con dulcesosiego, y sus rayos caían sobre la ciudad como suave y divinabendición. Discurría la gente por las aceras en animado movimiento;brillaban los cristales de los escaparates y los de los balcones;cruzaban los carruajes hacia el paseo estremeciendo el pavimento, ydespidiendo de sus ruedas vivos y gratos reflejos; un piano mecánicoalzaba sus sones en medio de la calle tocando el brindis de Lucrecia;una vendedora de violetas cruzaba con el cestillo en la mano, dejandotras si el ambiente perfumado; escuchábanse las risas de los niños quejugaban en el balcón de un entresuelo; veíase la linda cabecita rubia deuna joven que desde otro balcón mucho más alto exploraba la calle,evitando los rayos del sol con la pantalla de su mano nacarada... Todoera grato y placentero; todo palpitaba, todo cantaba, todo resplandecía.El cielo enviaba una dulce sonrisa protectora a la tierra. La tierracontestaba con frescas carcajadas de júbilo.

El alma de Andrés también reía. Quedó inmóvil un instante a la puertadel bendito doctor, deslumbrado, el corazón henchido de emociones,bebiendo y aspirando la luz que le inundaba, gozando como dicha infinitael vaivén y los rumores de la calle.

Y del fondo de su espíritu cavilosoy triste salió un grito que dominó todas las emociones, todas las ideasy deseos. ¡Vivir!

Vivir, vivir de cualquier modo que fuese; vivir sin placeres, porque elvivir es el mayor de todos. Era el grito de ¡socorro! de un ser enpeligro, el ruego acongojado de un cuerpo dolorido; el mandatoimperioso de la naturaleza viva que lucha con la muerte desde elcomienzo del mundo. ¿Cómo algunos minutos antes desdeñaba a tal punto lavida, cuando ahora renunciaría de buen grado a todos los goces de latierra por poseerla? No acertaba a comprenderlo.

Mientras caminaba hacia su casa, bañándose en la dicha de vivir, ibapensando en el modo más adecuado de cumplir los preceptos del doctorIbarra y satisfacer el deseo vehemente, irresistible, de su atribuladanaturaleza. Se acordó de que tenía un tío en una de las provincias delNorte, párroco de cierta aldea pintoresca y sana, al decir de los que lahabían visitado, y decidió escribirle inmediatamente.

Escribiole, en efecto, arregló el cobro de sus intereses con el agenteencargado de ellos, hizo su equipaje y al día siguiente se embarcó en eltren del Norte, sin ver a su amante, ni dar parte a nadie de su marcharepentina, como quien escapa de violenta y temerosa persecución.

Ni la justicia ni enemigo mortal alguno le perseguían. El único que leacechaba los pasos, esperando impaciente el momento oportuno deacometerle, era aquel fantasma pálido y hediondo que se le habíaaparecido al arrojar algunas gotas de sangre por la boca.

III

Cuando el joven Heredia se acercó al despacho del ferrocarril minero queenlaza el puerto de Sarrió con la villa de Lada, solicitando un billetede primera, el expendedor le clavó una mirada honda y escrutadora, y leexaminó detenidamente de la cabeza a los pies, preguntándose concuriosidad:—¿Quién será este joven? Me parece que no le he visto hastaahora. ¿Algún nuevo ingeniero que hayan traído los Iturraldes? Está bienflaquito el pobre.

En la vasta sala de espera, negra por el polvo de carbón, no habíanadie. El expendedor pudo examinar largo rato aún al viajero. Al cabode un cuarto de hora de pasear por aquel inmenso y sucio camaranchón,apareció un mozo con el rostro embadurnado también de carbón, empuñandouna campana de bronce que hizo sonar con fuerza; y encarándose al propiotiempo con nuestro joven, gritó reciamente:

—¡Viajeros al tren!

—Oye, Perico—gritó el expendedor desde la taquilla.—

¿Quién te hamandado dar la señal?

—Es la hora—repuso el mozo, malhumorado.

—Y ¿quién te ha dicho a ti que era la hora?

—El reloj.

—Pues aquí no hay más reloj que yo; ¿lo entiendes, mastuerzo?—dijo elexpendedor con voz colérica, sacando cuanto pudo el airado rostro por laventanilla.—¡Vaya, vaya!

¡Pues no faltaba más que estuviésemos aquísujetos a la voluntad de los señores mozos!—Usted dispense,caballero—prosiguió volviendo los ojos a Andrés;—pero este mozo esmás animal que el andar a pie... Hoy no podemos salir a la hora enpunto, porque va el señor gerente con el ingeniero a reconocer unasminas... De todos modos, no será cosa lo que nos retrasemos...

Andrés levantó la mano, como diciendo:—¡Por mí no se molesten ustedes!

Y siguió paseando por la sala con la misma calma.

—¿Quiere usted facturar el baúl?

—¡Ah! Sí, señor; se me olvidaba.

Facturado el baúl, creyó que podía salir a dar algunas vueltas fuera dela estación.

—No se aleje usted mucho, caballero: el señor gerente no tardará enllegar: suele ser puntual.

En efecto, el gerente y el ingeniero tardaron poco en aparecer,conversaron unos instantes con el expendedor y se metieron en un cochereservado, algo menos sucio que el que a Andrés le tocó en suerte. Elhombre de la taquilla, después de apretar la mano repetidas veces algerente y al ingeniero y de hacer un sinnúmero de saludos con su gorragaloneada, se dirigió en voz alta al maquinista:

—Ya puedes arrancar, Manuel.

Silbó la locomotora, prolongada, triste, agudamente; lanzó despuéssordos bufidos de angustia, cual si le costase esfuerzos supremosremover el cortejo de vagones que le seguían; por último, empezó acaminar suave y majestuosamente; después con más celeridad, aunque nomucha.

El valle en que estaban asentados el pueblo y la estación de Navaliego,intermedia entre la villa marítima y la carbonífera, y adonde habíallegado nuestro joven desde la capital con sólo hora y media dediligencia, era amplio y dilatado: la vista se derramaba por él sintopar obstáculo en algunas leguas: el terreno solamente hacía levesondulaciones. En el país donde nos hallamos, el más quebrado y montuosode la Península, el valle de Navaliego constituye una feliz o desdichadaexcepción, según el gusto de quien lo mire. Es más árido que el resto dela provincia; hay poco arbolado. No obstante, sembrados aquí y allá, seofrecen muchos y blancos caseríos que resaltan sobre el verde pálidodel campo y rompen alegremente la monotonía del paisaje.

El tren o trenecillo donde Andrés iba empaquetado lo atravesó todo loprontamente que le fue posible, y se detuvo a la falda de una montaña,delante de otra estación. Allí se subió al mismo coche un matrimonioobeso que saludó cortésmente a nuestro viajero. Un hombre, calzado dealmadreñas, gorro de paño negro y bufanda, que se paseaba por delante dela estación y dictaba órdenes en calidad de jefe, hizo señal con lamano, y el tren tornó a silbar y a bufar y a partir.

El valle se había ido cerrando poco a poco. Los montes que loestrechaban estaban vestidos de árboles, dejando entre su falda y la víaférrea hermosas praderas de un verde esmeralda. Andrés contemplaba conjúbilo aquel exuberante follaje, que en la vida había visto,comparándolo con la empolvada pradera de San Isidro. Es indecible eldesprecio que en tal instante le inspiraba el recinto de la famosaromería, donde no existe más verde que el de las botellas.

Un hombre apareció por la parte exterior del coche, preguntándole:

—¿Adónde va usted?

—A Lada.

—Bueno, entonces ya me dará usted el billete; no hay prisa...

¡Sr. D.Ramón!... ¡Señá Micaela!... (dirigiéndose con efusión al matrimonioobeso). ¡Ustedes por acá! Hace ya lo menos dos meses que no vienen a veral chico: ya sé, ya sé que Gaspara ha parido un niño muy robusto...¿Vienen ustedes a ver al nieto, verdad?... D.ª Micaela cada día másgorda.

—Pues no es por lo que dejo de pasar, hijito.

—¡Qué ha de pasar usted, señora! ¡Con esas espaldas y esas!...

¡Vamos,hombre, si da ganas de reír!

—Que sí, que sí, hijito; que lo estoy pasando muy mal desde el día deSan Bartolomé; que lo diga Ramón si no...

—Es verdad, es verdad—bramó sordamente el elefante del marido.—Loestá pasando muy mal... A mí me parece que es histérico...

Andrés dejó de escuchar la conversación y se mudó a la otra ventanillapara seguir contemplando el paisaje. Al poco rato, el revisor se alejó yvolvió a reinar silencio en el coche.

El valle se había cerrado aún más. Las faldas de los montes avanzabancasi hasta el borde de la vía, dejando poquísimo espacio de campo. Atrechos, sólo quedaba la anchura suficiente para el paso del riachueloque corría por la cañada. Los árboles extendían de cerca, y porentrambos lados, sus ramas, cual si tratasen de atajar la marcha deltren.

Parose éste repentinamente, cuando menos se esperaba, en medio de lamayor apretura de la garganta, donde no había rastro de estación ni otrafábrica de menor calidad que hiciese sus veces.

Andrés, después de asomar la cabeza por las ventanillas y mirar yremirar en vano, se atrevió a preguntar a sus compañeros:

—¿Qué significa esta detención?

—Nada, que se apeará aquí el gerente.

—¡Ah!

Marido y mujer cambiaron entonces una mirada menos vaga y mortecina quelas que ordinariamente despedían sus ojos revestidos de carne. Un mismopensamiento cruzó por sus acuosas masas encefálicas.

—Si el maquinista quisiera parar antes de llegar a Piedrasblancas—dijola mujer—nos ahorrábamos deshacer el camino.

—Es verdad—dijo el marido.

—Díselo a Felipe.

—No sé si cederá.

—¿Qué se pierde con pedírselo? El no ya lo tienes en casa.

El marido asomó su faz redonda por la ventana, y espió largo rato losmovimientos del revisor. Al fin se resolvió a hacer seña de que seacercase. Vino el revisor, escuchó la proposición de la faz redonda y lahalló un poco grave. Era comprometido para el maquinista y para él; yales habían reprendido severamente por actos semejantes; el servicio seinterrumpía; los viajeros se quejaban; se perdían algunos minutos...

La mujer escanció un vaso de vino, y se llegó con él a reforzar losargumentos de su consorte. Negocio terminado. El tren pararía medialegua antes de Piedrasblancas, ¡pero cuidado con bajarse en seguida!¡Mucho cuidado!

—Pierda usted cuidado.

En efecto, al poco rato el tren detuvo un instante su marcha; sólo eltiempo necesario para que marido y mujer dijesen a Andrés:—Buenastardes, caballero, feliz viaje—y se bajasen con la premura que lesconsentía la pesadumbre de sus cuerpos.

Tornó a quedarse el joven solo. No tardó en abrirse nuevamente el valle,ofreciéndose a los ojos del viajero con amena perspectiva. Era másfértil y frondoso que el de Navaliego, pero menos extenso: un río derespetable caudal corría por el medio: las colinas, que por todas parteslo circundaban, de mediana elevación y cubiertas de árboles. Allá, a lolejos, los ojos del joven columbraron un grupo de chimeneas altas ydelgadas como los mástiles de un buque y adornadas de blancos y negros yflotantes penachos de humo. En torno suyo, una población cuya magnitudno pudo medir entonces. Era la metalúrgica y carbonífera villa de Lada.

Mucho humo, mucho trajín industrial, mucho estrépito, muchas pilas decarbón, muchos rostros ahumados.

Al apearse del tren vaciló un momento acerca de lo que había de hacer.

Decidiose a interrogar al primer mozo que le salió al paso.

IV

Oiga usted: ¿me podría informar si hay en la villa algún alquilador decaballos?

—Sí, señor; hay dos.

—¿Quiere usted guiarme a casa de uno de ellos?

Pero en aquel momento un joven alto, de nariz abultada y bermeja,vestido decentemente con pantalón y chaqueta negros, bufanda al cuello,negra también, y ancho sombrero de paño, también negro, los abocó,preguntando al viajero:

—¿Sería usted, por casualidad, el sobrino del señor cura de Riofrío?

—Servidor.

—Pues vengo de parte de su señor tío para que, si gusta de ir conmigo alas Brañas, lo haga con toda satisfacción. Tengo en la cuadra doscaballerías...

El enviado del cura mantenía suspendido el sombrero sobre la cabeza, sinquitárselo por entero ni acabar de encajárselo.

—¡Ah! ¿Viene usted de parte de mi tío? ¡Cuánto me alegro!...

Peropóngase, por Dios, el sombrero... No esperaba yo esa atención... Puescuando usted guste... Lo peor es el baúl... no sé cómo lo hemos dellevar...

—Que se lo traiga un mozo hasta la posada, y de allí podrá marchar enun carro... El carretero es de satisfacción.

—Perfectamente... Vamos allá.

Ambos se emparejaron, entrando en la industriosa villa como dos antiguosconocidos.

—Vaya, vaya... pues la verdad, no esperaba yo que mi tío me enviasecaballo... No le decía categóricamente el día en que había de llegar.

—Tampoco me lo dio él como seguro. Yo tenía asuntejos que arreglaraquí, en Lada, y pensando venir hoy, se lo dije...

Entonces medijo:—Hombre, Celesto, mañana puede ser que venga un sobrino mío en eltren de la tarde: ¿quieres llevar mi caballo por si acaso?...—Oromolido que fuera, señor cura...

¡Vaya, que no faltaba más!

—Pero lo raro es que usted me haya conocido tan pronto.

Celesto hizo una mueca horrorosa con su nariz multicolora.

Porque estiempo de manifestar que la nariz del mensajero no era bermeja, como aprimera vista le había parecido a Andrés, sino que, dominando este colornotablemente, todavía dejaba que otros matices, tirando a amarillo,verde y morado, se ofreciesen con más o menos franqueza entre los muchosaltibajos y quebraduras que la surcaban. En verdad que era digna deexamen aquella nariz. Un geólogo hubiese encontrado en ella ejemplaresde todos los terrenos volcánicos.

—¡Ca, no señor, no es raro! El señor cura tuvo cuidado dedecirme:—Mira, mi sobrino viene muy delicadito, casi hético elpobrecito; de modo que no te será difícil conocerlo...

Yefectivamente...

No dijo más porque comprendió que no debía decirlo. Andrés se pusotriste repentinamente, y caminaron en silencio hasta llegar a la posada,que estaba a la salida de la villa. Fueron a la cuadra, enjaezó Celestelos caballos, sacáronlos fuera. ¡En marcha, en marcha!... No; todavíano. Celesto no se siente bien del estómago, y se hace servir una copa deginebra, que bebe de un trago, como quien vierte el contenido en otravasija. Andrés quedó pasmado de tal limpieza y facilidad. Ahora sí; enmarcha:

¡Arre, caballo!

Los rucios emprendieron por la carretera un trote cochinero.

Lasvísceras todas del joven cortesano protestaron enseguida de aquelnefando traqueteo, y a cosa de un kilómetro clamaron de tal suerte, quese vio obligado a tirar de las riendas del caballo.

—¿Sabe usted, amigo, que el trote de este jamelgo es un poco duro? Siusted tuviese la bondad de ir más despacio...

—Sí, señor; con mucho gusto. Pues no le oí nunca quejarse al señorcura de su caballo. Antes dice que es una alhaja...

—Como yo no estoy acostumbrado a esta clase de montura...

—Eso será... Aunque vayamos con calma, hemos de llegar al oscurecer acasa.

Y ambos se emparejaron y se pusieron a caminar al paso, unas veces vivo,otras muerto, de sus cabalgaduras.

Conforme se alejaban de la villa industrial, el paisaje iba siendo másameno. La carretera bordaba las márgenes de un río de aguas cristalinas,y era llana y guarnecida de árboles. El polvo y el humo de carbón depiedra que invadían la villa y sus contornos,

ensuciándolos

yentristeciéndolos,

iban

desapareciendo del paisaje. La vegetación seostentaba limpia y briosa: sólo de vez en cuando, en tal o cual raroparaje, se veía el agujero de una mina, y delante algunos escombros quemanchaban de negro el hermoso verde del campo.

—¿Y de qué padece usted, señor de Heredia, del pecho?

—No, señor; más bien del estómago.

—¿No tiene usted ganas de comer?

—Pocas.

—¡Hombre, le compadezco de veras! Debe de ser fuerte cosa eso desentarse delante de un plato de jamón con tomate y no poder meterle eldiente. No he padecido nunca de ese mal... Bien es verdad que tampocousted padecería si se hubiera pasado cinco años en el seminario comiendojudías con sal, y arroz averiado: saldría usted de allí comiéndose lascorreas de los zapatos, como este cura...

—¿Es usted cura?

—No, señor; es un decir: estudio para ello.

—¡Ya me parecía!

—No tengo tomadas más que las órdenes menores... Verá usted: cuandoentré en el seminario fue con la intención de seguir la carrera lata;pero se murió mi padre hace cosa de seis meses, y no he aprobado más queun año de teología. La pobre de mi madre no puede sostenerme tantotiempo en el seminario ni en posada tampoco: es necesario abreviar lacarrera y ordenarse cuanto antes... Si no puedo ser teólogo, seré curade misa y olla...

¿Y qué importa?... De todos modos, la curapería andaperdida;

¿verdad, D. Andrés?

—No me parece tan mala carrera.

—Se asegura el garbanceo y nada más. Ya sabe usted que hasta se estánvendiendo los mansos de las parroquias...

—¿Y cómo está usted ahora aquí, en la aldea?

—Desde el fallecimiento de mi padre (que en gloria esté) vivo en casa:los negocios no han quedado muy bien, y costará todavía algún tiempo elarreglarlos. A pesar de todo cuento, Dios mediante, cantar misa de aquía dos años... Ea, bajémonos un poco a estirar las piernas y a tomar un piscolabis... ¿No quiere usted echar un cuarterón o una copita, D.Andrés?

Se hallaban delante de una casucha solitaria, sobre cuya puertatremolaba una banderita blanca y encarnada, dando testimonio de que allíse rendía culto a Baco.

—No tomo nada, pero bajaré a acompañarle a usted. Me está lastimandoel diablo de la silla.

—No perderá usted el tiempo—dijo Celesto acercándose a tenerle elestribo y bajando cuanto pudo la voz.—Va usted a ver una de las mejoresmozas del partido, más derecha que un pino, bien armada y bienplantada... Se chupará usted los dedos...

Las muecas que el seminarista hizo al proferir tales palabras no sonpara descritas. Sus ojos acuosos brillaron como diamantes brasileños yla volcánica nariz se estremeció de júbilo.

—Vamos, Amalia, sandunguera, échame una copa de bala rasa y a esteseñor lo que guste. ¡Así pudieras echarte tú en la copa, salerosa, ybeberte yo con toda satisfacción, mas que reventase después como unagranada!

—¿Tan mal estómago te haría, capellán?

—No lo sé, cielo estrellado; lo único que puedo decirte es que mealborotarías mucho los nervios.

—Pues tila, querido, tila. ¿Qué quiere usted tomar, caballero?(dirigiéndose a Andrés).

—Un vaso de agua.

Mientras Amalia lavaba el vaso en un barreño colocado al extremo delmostrador, Andrés la examinó a su talante.

Los datos de Celesto le parecieron exactos. Era una moza de arrogantefigura y buenos ojos, de brazos rollizos y amoratados; gorda y coloradaen demasía. Cuando abría la boca para reír, enseñaba unos dientesblancos y sanos, aunque nada menudos.

—Échame otra, cara de rosa, que cuando te veo se me seca el gaznate...Vamos, D. Andrés, ¿no se la llevaría para casa de buena gana?

—¿Y para qué me había de querer este señor en su casa?—

preguntó riendomaliciosamente la joven.

—Para darte confites, princesa;—¿no es verdad, D. Andrés?

—¡Vaya!

—No me gustan los dulces.

—¿Y si yo te los diera, lucero?—preguntó el seminarista con vozalmibarada, entrando en el recinto cerrado por el mostrador yacercándose con paso de gato a la moza.

—¡Bah!... entonces me los comería con mucho gusto—replicó ella en tonoirónico.

—¿De veras, cielo?—preguntó Celesto cogiéndola al mismo tiempo por labarba y clavándole sus ojos claros de besugo, encendidos por una chispaamorosa.

Andrés consideró que debía salir a ver cómo andaban los caballos. No sehabían movido del sitio; tranquilos, cabizbajos, abstraídos. Los examinódetenidamente, revisó sus cascos a ver cómo estaban de herraduras,arregló los aparejos, mientras escuchaba dentro de la taberna un alegrey continuado retozar, salpicado de frases tiernas, carcajadas y no pocosgolpes. Allá, después de bastante rato, salió Celesto con las mejillaspálidas de fatiga y las narices más requemadas que antes.

—Vamos, en marcha... Hay que apretar el paso... ¡Qué moza, D. Andrés!¿verdad?... Pues tiene una hermana que va a ser mejor que ellatodavía... ¡Qué chiquilla más espetada y más rica!—tan bien formaditapor delante como si tuviera veinte años, y no tiene más de catorce...¡Arre caballo! ¿No repara usted, D. Andrés, cómo agradecen los caballosque el jinete eche unas copitas? Es cosa sabida; para hacer andar uncaballo remolón, no hay como verterse entre pecho y espalda un jarritode ginebra... Pues ahí donde usted la ve, D. Andrés, la Amalita no tienenada de arisca.

—Ya, ya veo que sabe usted buscarle los pliegues.

Celesto rió de satisfacción hasta saltársele las lágrimas.

—¡Bah! Ya se los han buscado antes que yo otros muchos. Me divierto unpoco con ella cuando voy y vengo... pero no pasa de ahí... Por supuesto,D. Andrés, que esto no dura más que hasta que tome las órdenes mayores,porque no quiero ser un mal sacerdote...

—Hará usted muy bien; de otro modo, más vale que siga usted distintacarrera.

—Nada, nada, estoy resuelto a ello: el mismo día que me ordene sanseacabó... fuera vino, fuera mujeres, y vida nueva como Diosmanda...

Siguió moviendo la lengua el seminarista con creciente brío mientrasduraba la operación que en la cabeza le hacían las copitas de ginebra.Cuando se cansaba de hablar, entonaba alguna canción picaresca conribetes de obscena, que hacía reír no poco al joven cortesano. Laalegría es contagiosa, como la tristeza. La de Celesto consiguiópegársele y llegó pronto a hacerle el dúo, poniendo en inusitadoejercicio las fuerzas de sus desmayados pulmones.

No por eso dejaban de caminar a paso vivo por la amena carretera, queceñía como una cinta blanca las faldas de las colinas.

El valle se iba cerrando. Por detrás de las colinas frondosas asomabanya sus crestas algunas montañas anunciando que los viajeros no tardaríanen penetrar en otra región más fragosa, en el corazón mismo de lasierra. En efecto, la carretera terminó bruscamente cerca de una fuerteapretura de los montes, donde se asentaba un caserío de pocaimportancia. Desde allí siguieron por un camino tan pronto ancho comoestrecho, que faldeaba la montaña a semejanza de la carretera, y estabasombrado a largos trechos por los avellanos de las fincas lindantes. Elpaisaje era cada vez más agreste. El valle se había trasformado encañada, por donde un río bullicioso y cristalino corría entre angostasaunque muy deleitosas praderas. A trechos la cañada se amplificaba, comosi desease merecer tal nombre; otras veces se cerraba hasta más no podertrocándose en verdadera garganta, donde había poco más espacio que elque ocupaban el camino y el río.

Éste, a medida que caminaban hacia su nacimiento, iba perdiendo encaudal, aunque ganando mucho en amenidad y frescura: más vivo, másdiáfano y sonoro. Los grandes guijarros de color amarillo que formabansu lecho dejábanse ver con toda limpieza, y hasta en los pozos máshondos, labrados al borde de alguna peña, exploraban los ojos todos lossecretos del fondo...

Las montañas a veces se levantaban sobre él apico, y eran blancas y coronadas de vistosa crestería, entre cuyosagujeros se mostraba el azul del cielo. El musgo formaba en ellasgrandes machones de un verde oscuro, que resaltaban gallardamente sobrela blancura de la caliza. Muchedumbre de arbustos, y en ocasionesárboles, metían las raíces dentro de sus grietas y aparecían comocolgados en retorcidas y fantásticas posiciones sobre el río.

La voz del seminarista, entonando sin cesar sus groseras anacreónticas,resonaba formidablemente entre las peñas.

Andrés callaba ya como un mudo. Se hallaba sobrecogido de respeto yemoción ante aquella vigorosa naturaleza, que no había visto más que enlos paisajes al óleo o a la aguada.

—¿Estamos muy lejos de Riofrío, amigo?

—No, señor; ya hemos entrado en el concejo de las Brañas.

Riofrío, quees la capital, está en el centro mismo. En cuanto salgamos de estaapretura y subamos un repechito corto, lo veremos. A usted no legustarán estos peñascotes, ¿verdad?

acostumbrado a vivir en lasciudades...

—Al contrario, me encantan: esto es hermosísimo.

El seminarista volvió su rostro inflamado por la ginebra, temiendo queAndrés bromease; pero viéndole muy serio, hizo una leve mueca desorpresa, y arreando al caballo con la vara de avellano que empuñaba,tornó a coger el hilo de su canción favorita.

«La mujer que es gorda y tierna

Y

tiene

buena

pierna...

Y

al

cura

hace

pecar,

Mereciera ser condesa, marquesa, duquesa Y el cura cardenal.»

Y no dio paz al cántico hasta que divisó a una muchacha que llegaba conun cesto sobre la cabeza.

—Hola, Telva, cuerpo bueno: ¿adónde te vas a estas horas,chiquirritilla? Supongo que no será a Lada...

Al mismo tiempo le cerraba el camino con el caballo y le aplicabagolpecitos en las mejillas con la vara.

—Pues a Lada me voy.

—¿Y si te comen los lobos?

—Poco se perdería.

—Se perdía una moza como un sol.

—¡Sí, del mediodía! Déjame pasar, Celesto.

—En seguidita; pero antes vas a decirme adónde vas.

—A Lada, ¿no lo sabes?

—Eso no es verdad: tú te vas a Marín a llevar fruta a tu tía, y decamino a ver a tu primo.

—¡Buena gana tengo yo de ver a primos ni a tíos! Vamos, déjame paso,que llevo prisa.

Andrés había seguido caminando, en la sospecha de que la conversacióniba a ser larga y no muy divertida (para él al menos).

Subió el repechito de que había hablado Celesto, avanzó algo más, y aldar vuelta a un recodo del camino, ofreciose de improviso a su vista unespectáculo que le dejó suspenso. A sus pies, allá en el fondo, secolumbraba un vallecito ameno y virginal, surcado por un riachuelocristalino que hacía eses, dejando a entrambos lados praderas de unverde deslumbrador.

Cerraban este valle algunas colinas pobladas deárboles de tono más oscuro. Por detrás de las colinas, en segundotérmino, alzaban su frente altísimas montañas de piedra blanca; másallá de éstas alzábanse otras aún más altas; después otras más altastodavía, y así sucesivamente una serie indefinida de peñascos,apoyándose los unos sobre los otros, cual si se empinasen para echar unaojeada a aquel rinconcito fresco y deleitoso.

La tarde fenecía y comenzaba el crepúsculo. Andrés quedó en éxtasis anteaquel semicírculo inmenso de montañas, que parecían los escaños vacíosde un congreso de dioses. En los más altos tocaban casi las nubes rojasque acompañaban al sol en su descenso. Desde las colinas a los más bajosmediaba cortísima distancia, aunque la vista suele engañar en talescasos.

Manchando de blanco el verde oscuro de las colinas, aparecíansembrados, o mejor, colgados sobre el valle algunos caseríos. En lo máshondo se percibía uno mayor que los otros, descansando entre el follajede una vegetación soberbia.—Aquél debe de ser Riofrío—se dijo Andrésponiéndose la mano por encima de los ojos, a guisa de pantalla, paraexaminarle con más comodidad. Mas la gentil aldea se resistía a lainspección, ocultándose a medias detrás de los árboles, que le servíanen toda su extensión de poético baluarte. No podía darse nada más bello.El río, iluminado por los rayos oblicuos del sol, era un cinturón deplata bruñida que lo aprisionaba. Nuestro viajero experimentó la dulcesorpresa del que tropieza con un tesoro.

Recordó los valles vírgenes delas novelas por entregas, y convino en que nunca se había imaginado cosatan linda y recatada. Dichoso, pensó, el que haya nacido en esteapartado retiro y nunca lo perdió de vista. Al mismo tiempo vino a sumente un tropel de tristes reflexiones, inspiradas en parte por sulastimoso estado, en parte también por la amargura de los escritoresrománticos, de los cuales estaba saturado.

Mas cuando se hallaba por entero embebido en ellas, he aquí que uncaballo, enjaezado y sin jinete, llega y cruza velozmente.

Reconoció alpunto el jamelgo de Celesto.—¡Canario! ¿Qué habrá sucedido? ¡Si lohabrá matado!—Y a toda prisa dio la vuelta y bajó hacia el sitio dondelo dejara. Celesto se encontraba en situación apuradísima. Encogido,doblado, hecho un ovillo, yacía al pie de una de las paredillas delcamino, mientras Telva se erguía un poco más arriba, en actitud airada,los ojos centelleantes, las mejillas pálidas, arrojándole sin piedadtodos los pedruscos que hallaba a mano. Y la lengua la movía con igualceleridad que las manos.

—¡Desvergonzado! ¡Puerco! ¡Eso te enseñan en el seminario, gran tuno!¡Malos diablos te lleven a ti y a todos los capellanes!

¡Ven acá, venotra vez y verás cómo te arranco esas narizotas podridas!

Andrés se interpuso y logró que la moza no arrojase más guijarros sobreel desdichado seminarista, que estaba a punto de pasarlo muy mal si unode ellos le acertaba; mas los denuestos continuaron a más y mejor,mientras se iba aplacando lentamente la cólera.

—¡El demonio del capellanzote!... ¡Si pensará que está tratando conalguna pendanga!... ¡Sucio! ¡sucio! ¡suciote!... Ya se lo diré a tumadre, que cree que tiene un santo en casa...

¡Anda, anda con el santo!¡No, las misas que tú digas que me las claven aquí!

De esta suerte prosiguió vociferando y alejándose poco a poco, mientrasAndrés levantaba del suelo a la víctima y la sacudía con la mano elpolvo. Celesto se tocó por todas partes, a ver si tenía algún paraje delcuerpo magullado, y dijo exhalando un suspiro:

—¡Qué gran yegua!

—Yo pensé que le había tirado a usted el caballo, porque pasó delantecon gran rapidez...

—Sí, como huele cerca la cuadra no ha querido esperar. Monte usted, D.Andrés.

—¿Y usted?

—Yo voy perfectamente a pie.

Así se hizo. Celesto estaba un poco avergonzado.

—Por supuesto, D. Andrés, que todos estos líos concluirán el día quetome las órdenes mayores—dijo después de caminar un rato en silencio.

—Tiene

usted