El Filibusterismo by Dr. José Rizal - HTML preview

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Leyendas

Ich weiss nicht was soll es bedeuten

Dass ich so traurig bin!

Cuando el P. Florentino saludó á la pequeñasociedad ya no reinaba el mal humor de las pasadas discusiones.Quizás influyeran en los ánimos las alegres casas delpueblo de Pasig, las copitas de Jerez que habían tomado paraprepararse ó acaso la perspectiva de un buen almuerzo; sea unacosa ú otra el caso es que reían y bromeaban incluso elfranciscano flaco, aunque sin hacer mucho ruido: sus risasparecían muecas de moribundo.

—¡Malos tiempos, malos tiempos! decía riendo elP. Sibyla.

—¡Vamos, no diga usted eso, Vice-Rector! contestaba elcanónigo Irene empujando la silla en que aquel se sentaba; enHong Kong hacen ustedes negocio redondo y construyen cada fincaque... ¡vaya!

—¡Tate, tate! contestaba; ustedes no ven nuestrosgastos, y los inquilinos de nuestras haciendas empiezan ádiscutir...

—¡Ea, basta de quejas, puñales, porquesi no mepondré á llorar! gritó alegremente el P.

Camorra.Nosotros no nos quejamos y no tenemos ni haciendas, ni bancos. ¡Ysepan que mis indios empiezan á regatear los derechos y me andancon tarifas! Miren que citarme á mí tarifas ahora, y nadamenos que del arzobispo don Basilio Sancho, ¡puñales! comosi de entonces acá no hubiesen subido los precios de losartículos. ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué un bautizoha de ser menos que una gallina? Pero yo me hago el sueco, cobro lo quepuedo y no me quejo nunca. Nosotros no somos codiciosos,¿verdá usted, P. Salví?

En aquel momento apareció por la escotilla la cabeza deSimoun.

—Pero ¿dónde se ha metido usted? le gritódon Custodio [19]que se había olvidado ya por completo deldisgusto; ¡se perdió usted lo más bonito delviaje!

—¡Psh! contestó Simoun acabando de subir; hevisto ya tantos ríos y tantos paisajes que solo meinteresan los que recuerdan leyendas...

—Pues leyendas, algunas tiene el Pasig, contestó elCapitan que no le gustaba que le despreciasen el río por donde navegaba yganaba su vida; tiene usted la de Malapad-na-bató, rocasagrada antes de la llegada de los españoles como habitacion delos espíritus; despues, destruida la supersticion y profanada laroca, convirtiose en nido de tulisanes desde cuya cima apresabanfacilmente á las pobres bankas que tenían á la vezque luchar contra la corriente y contra los hombres. Más tarde,en nuestros tiempos, apesar del hombre que ha puesto en ella la mano,menciona tal ó cual historia de banka volcada y si yo aldoblarla no anduviese con mis seis sentidos, me estrellaríacontra sus costados. Tiene usted otra leyenda, la de la cueva dedoña Jerónima que el P. Florentino se lo podráá usted contar...

—¡Todo el mundo la sabe! observó el P. Sibyladesdeñoso.

Pero ni Simoun, ni Ben Zayb, ni el P. Irene, ni el P. Camorra lasabían y pidieron el cuento unos por guasa y otros por verdaderacuriosidad. El clérigo, adoptando el mismo tono guason con quealgunos se lo pedían, como un aya cuenta un cuento á losniños dijo:

—Pues érase un estudiante que había dado palabrade casamiento á una joven de su país, y de la que alparecer no se volvió á acordar. Ella, fiel, le estuvoesperando años y años; pasó su juventud, se hizojamona y un día tuvo noticia de que su antiguo novio eraarzobispo de Manila.

Difrazóse de hombre, se vino por el Cabo yse presentó á su Ilustrísima reclamándolela promesa.

Lo que pedía era imposible y el arzobispomandó entonces construir la cueva que ustedes habránvisto tapiada y adornada á su entrada por encajes deenredaderas. Allí vivió y murió y allífué enterrada y cuenta la tradicion que doñaJerónima era tan gruesa que para entrar tenía queperfilarse. Su fama de encantada le vino de su costumbre de arrojar alríola vajilla de plata de que se servía en los opíparosbanquetes á que acudían muchos señores. Una redestaba tendida debajo del agua y recibía las piezas queasí se lavaban. [20]No hace aun veinte años elríopasaba casi besando la entrada misma de la cueva, pero poco ápoco se va retirando de ella como se va olvidando su memoria entre losindios.

—¡Bonita leyenda! dijo Ben Zayb, voy á escribirun artículo. ¡Es sentimental!

Doña Victorina pensaba habitar otra cueva é ibaá decirlo cuando Simoun le quitó la palabra:

—Pero ¿qué opina usted de ello, P.Salví? preguntó al franciscano que estaba absortoen alguna meditacion; ¿no le parece á usted que suIlustrísima, en vez de darle una cueva, debía haberlapuesto en un beaterio, en santa Clara por ejemplo?

Movimiento de asombro en P. Sibyla quien vió al P.Salví estremecerse y mirar de reojo hácia Simoun.

—Porque no es nada galante, continuó Simoun con lamayor naturalidad, dar una peña por morada á la queburlamos en sus esperanzas; no es nada religioso esponerla asíá las tentaciones, en una cueva, á orillas de unrío; huele algo á ninfas y ádriadas. Habría sido más galante, más piadoso,más romántico más en conformidad con los usos deeste país encerrarla en santa Clara como una nueva Heloisa, paravisitarla y confortarla de cuando en cuando. ¿Qué diceusted?

—Yo no puedo ni debo juzgar la conducta de los arzobispos,contestó el franciscano de mala gana.

—Pero usted que es el gobernador eclesiástico, el queestá en lugar de nuestro arzobispo,

¿quéharía usted si tal caso le aconteciese?

El P. Salví se encogió de hombros, yañadió con calma:

—No vale la pena pensar en lo que no puede suceder... Pero puesto que sehabla de leyendas, no se olviden ustedes de la más bella por serla más verdadera, la del milagro de S. Nicolas, las ruinas decuyo templo habrán ustedes visto. Se la voy á contar alseñor Simoun que no debe saberla. Parece que antes, elríocomo el lago, estaban infestados de caimanes, tan enormes y voraces queatacaban á las bankas y las hacían zozobrar de uncoletazo. Cuentan nuestras crónicas que un día, un chinoinfiel que hasta entonces no había querido convertirse, pasabapor delante de la iglesia, cuando de repente el demonio se lepresentó en forma de caiman, le volcó la banka paradevorarle y llevarle al infierno. Inspirado por Dios, el chinoinvocó en el momento á S.

Nicolás y al instante elcaiman [21]se convirtió en piedra. Los antiguosrefieren que en su tiempo se podía reconocer muy bien almonstruo en los trozos de roca que de él quedaron; por mípuedo asegurar que todavía distinguí claramente la cabezay á juzgar por ella el monstruo debió haber sidoenorme.

—¡Maravillosa, maravillosa leyenda! exclamó BenZayb, y se presta para un artículo. La descripcion del monstruo,el terror del chino, las aguas del río, los cañaverales... Y sepresta para un estudio de religiones comparadas. Porque mire usted, unchino infiel invocar en medio del mayor peligro precisamente áun santo que solo debía conocer de oidas y en quien nocreía... Aquí no reza el refran de másvale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Yo si me encontraseen la China y me viese en semejante apuro, primero invocaba al santomás desconocido del calendario que á Confucio óá Budha. Si esto es superioridad manifiesta del catoliscismoó inconsistencia ilógica é inconsecuente de loscerebros de raza amarilla, el estudio profundo de laantropología lo podrá solamente dilucidar.

Y Ben Zayb había adoptado el tono de un catedrático ycon el índice trazaba círculos en el aireadmirándose de su imaginacion que sabía sacar de lascosas más insignificantes tantas alusiones y consecuencias. Ycomo viera á Simoun preocupado y creyese que meditaba sobre loque acababa de decir, le preguntó en qué estabapensando.

—En dos cosas muy importantes, respondió Simoun, dospreguntas que puede usted añadir á su artículo.Primera ¿qué habrá sido del diablo al verse derepente encerrado dentro de una piedra?

¿se escapó?¿se quedó allí? ¿quedóse aplastado?y segunda, ¿si los animales petrificados que he visto yo envarios museos de Europa no habrán sido víctimas de algunsanto antidiluviano?

El tono con que hablaba el joyero era tan serio, y apoyaba su frentecontra la punta del dedo índice como en señal de grancavilacion, que el P. Camorra contestó muy serio:

—¡Quién sabe, quién sabe!

—Y pues que de leyendas se trata, y entramos ahora en el lago,repuso el P. Sibyla, el Capitan debe conocer muchas...

En aquel momento el vapor entraba en la barra y el panorama que seestendía ante sus ojos era verdaderamente magnífico.Todos se sintieron impresionados. Delante se estendía el[22]hermoso lago rodeado de verdes orillas ymontañas azules como un espejo colosal con marco de esmeraldas y afiros para mirarse en su luna el cielo la derecha seestend a la orilla baja, formando senos con graciosas curvas, yallá á lo lejos, medio borrado, el gancho del ug ay: delante y en el fondo se levanta el Makiling magestuoso,imponente, coronado de ligeras nubes: y á la izquierda la islade Talim, el Susong-dalaga, con las mórbidas ondulaciones que lehan valido su nombre.

Una brisa fresca rizaba dulcemente la estensa superficie.

—A propósito, Capitan, dijo Ben Zaybvolviéndose; ¿sabe usted en qué parte del lagofué muerto un tal Guevara, Navarra, ó Ibarra?

Todos miraron al Capitan menos Simoun que volvió la cabezaá otra parte como para buscar algo en la orilla.

—¡Ay sí! dijo doña Victorina,¿dónde, Capitan? ¿habrá dejado huellas enel agua?

El buen señor guiñó varias veces, prueba de queestaba muy contrariado, pero, viendo la súplica en los ojos detodos, se adelantó algunos pasos á proa yescudriñó la orilla.

—Miren ustedes allá, dijo en voz apenas perceptibledespues de asegurarse de que no había personas estrañas;segun el cabo que organizó la persecucion, Ibarra, al versecercado, se arrojó de la banka allí cerca del Kinabutásan y, nadando y nadando entre dos aguas,atravesó toda esa distancia de más de dos millas,saludado por las balas cada vez que sacaba la cabeza para respirar.Más allá fué donde perdieron su traza y un pocomás lejos, cerca de la orilla, descubrieron algo como color desangre... Y¡precisamente! hoy hace trece años, día pordía, que esto ha sucedido.

—¿De manera que su cadáver?... preguntóBen Zayb.

—Se vino á reunir con el de su padre, contestóel P. Sibyla; ¿no era tambien otro filibustero, P.Salví?

—Esos sí que son entierros baratos, P. Camorra,¿éh? dijo Ben Zayb.

—Siempre he dicho yo que son filibusteros los que no paganentierros pomposos, contestó el aludido riendo con la mayoralegría.

—Pero ¿qué le pasa á usted, señorSimoun? preguntó Ben Zayb viendo al joyero, inmóvil ymeditabundo. ¿Está usted mareado, ¡usted, viajero!y en una gota de agua como esta? [23]

—Es que le diré á usted, contestó elCapitan que había concluido por profesar cariño átodos aquellos sitios; no llame usted á esto gota de agua: esmás grande que cualquier lago de Suiza y que todos los deEspaña juntos; marinos viejos he visto yo que se marearonaquí.

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IV

Cabesang Tales

Los que han leido la primera parte de esta historia, seacordarán tal vez de un viejo leñador que vivíaallá en el fondo de un bosque.

Tandang Selo vive todavía y aunque sus cabellos se han vueltotodos canos, conserva no obstante su buena salud. Ya no va ácazar ni á cortar árboles; como ha mejorado de fortunasolo se dedica á hacer escobas.

Su hijo Tales (abreviacion de Telesforo) primero habíatrabajado como aparcero en los terrenos de un capitalista, pero,más tarde, dueño ya de dos karabaos y de algunoscentenares de pesos, quiso trabajar por su cuenta ayudado de su padre,su mujer y sus tres hijos.

Talaron pues y limpiaron unos espesos bosques que se encontraban enlos confines del pueblo y que creían no pertenecíaná nadie. Durante los trabajos de roturacion y saneamiento, todala familia, uno tras otro, enfermó de calenturas, sucumbiendo demarasmo la madre y la hija mayor, la Lucía, en la flor de laedad. Aquello que era consecuencia natural del suelo removido, fecundoen organismos varios, lo atribuyeron á la venganza delespíritu del bosque, y se resignaron y prosiguieron sus trabajoscreyéndole ya aplacado. Cuando iban á recoger los frutosde la primera cosecha, una corporacion religiosa que teníaterrenos en el pueblo vecino, reclamó la propiedad de aquelloscampos, alegando que se encontraban dentro de sus linderos, y paraprobarlo trató de plantar en el mismo momento sus jalones. Eladministrador de los religiosos, sin embargo, le dejaba por humanidadel usufructo [24]de los campos siempre que le pagase anualmente unapequeña cantidad, una bicoca veinte ó treinta pesos.

Tales, pacífico como el que más, enemigo de pleitoscomo muchos, y sumiso á los frailes como pocos, por no romper un palyok contra un kawalì como éldecía, (para él los frailes eran vasijas de hierro, yél, de barro) tuvo la debilidad de ceder á semejantepretension, pensando en que no sabía el castellano y notenía con que para pagar abogados. Por lo demás Tandang Selo ledecía:

—¡Paciencia! más has de gastar en un añopleiteando que si pagas en diez lo que exigen los Padres blancos.¡Hmh! Acaso te lo paguen ellos en misas. Haz como si esos treintapesos los hubieses perdido en el juego, ó se hubiesen caido enel agua tragándolos el caiman.

La cosecha fué buena, se vendió bien, y Talespensó en construirse una casa de tabla en el barrio de Sagpangdel pueblo de Tianì, vecino de San Diego.

Pasó otro año, vino otra cosecha buena y poréste y aquel motivo, los frailes le subieron el cánoná cincuenta pesos que Talespagó para no reñir y porque contaba vender bien suazúcar.

—¡Paciencia! Haz cuenta como si el caiman hubiesecrecido, decía consolándole el viejo Selo.

Aquel año pudieron al fin realizar su ensueño: viviren poblado, en su casa de tabla, en el barrio de Sagpang y el padre yel abuelo pensaron en dar alguna educacion á los dos hermanos,sobre todo á la niña, á Juliana óJulî como la llamaban, que prometía ser agraciada ybonita. Un muchacho amigo de la casa, Basilio, estudiaba ya entonces enManila y aquel joven era de tan humilde cuna como ellos.

Pero este sueño parecía destinado á norealizarse.

El primer cuidado que tuvo la sociedad al ver á la familiaprosperar poco á poco, fué nombrar cabeza de barangay almiembro que en ella más trabajaba; Tanò, el hijo mayorsolo contaba catorce años. Se llamó pues Cabesang Tales, tuvo que mandarse hacer chaqueta, comprarse un sombrero defieltro y prepararse á hacer gastos. Para no reñir con elcura ni con el gobierno abonaba de su bolsillo las bajas del padron,pagaba por los idos y los muertos, perdía muchas horas en lascobranzas y en los viajes á la cabecera. [25]

—¡Paciencia! Haz cuenta como si los parientes del caimanhubiesen acudido, decía Tandang Selo sonriendoplácidamente.

—¡El año que viene te vestirás de colaé irás á Manila para estudiar como lasseñoritas del pueblo! decía Cabesang Tales á suhija siempre que la oía hablar de los progresos de Basilio.

Pero el año que viene no venía y en su lugarhabía otro aumento de cánon; Cabesang Tales seponía serio y se rascaba la cabeza. El puchero de barrocedía su arroz al caldero.

Cuando el cánon ascendió á doscientos pesos,Cabesang Tales no se contentó con rascarse la cabeza nisuspirar: protestó y murmuró. El fraile administradordíjole entonces que si no los podía pagar, otro seencargaría de beneficiar aquellos terrenos. Muchos que lacodiciaban se ofrecían.

Cabesang Tales creyó que el fraile se chanceaba pero elfraile hablaba en serio y señalaba á uno de sus criadospara tomar posesion del terreno. El pobre hombre palideció, susoidos le zumbaron, una nube roja se interpuso delante de sus ojos¡y en ella vió á su mujer y á su hija,pálidas, demacradas, agonizando, víctimas de fiebresintermitentes! Y luego veía el bosque espeso, convertido encampo, veía arroyos de sudor regando los surcos, se veíaallí, á sí mismo,pobre Tales, arando en medio del sol, destrozándose lospiés contra las piedras y raices, mientras aquel lego se paseabaen su coche y aquel que lo iba á heredar, seguía como un esclavodetrás de su señor. ¡Ah no! ¡mil veces no!que se hundan antes aquellos campos en las profundidades de la tierra yque se sepulten ellos todos. ¿Quién era aquel estrangeropara tener derecho sobre sus tierras? ¿Había traido alvenir de su país un puñado solo de aquel polvo?¿se había doblado uno solo de sus dedos para arrancar unasola de las raices que los surcaban?

Exasperado ante las amenazas del fraile que pretendía hacerprevalecer su autoridad á toda costa delante de los otrosinquilinos, Cabesang Tales se rebeló, se negó ápagar un solo cuarto y teniendo siempre delante la nube roja, dijo quesolo cedería sus campos al que primero los regase con la sangrede sus venas.

El viejo Selo, al ver el rostro de su hijo, no se atrevióá mencionar su caiman pero intentó calmarlehablándole de [26]vasijas de barro y recordándole que enlos pleitos el que gana se queda sin camisa.

—¡En polvo nos hemos de convertir, padre, y sin camisahemos nacido! contestó.

Y se negó resueltamente á pagar ni á ceder unpalmo siquiera de sus tierras, si antes no probaban los frailes lalegitimidad de sus pretensiones con la exhibicion de un documentocualquiera. Y

como los frailes no lo tenían, hubo pleito, yCabesang Tales lo aceptó creyendo que, si no todos, algunos almenos amaban la justicia y respetaban las leyes.

—Sirvo y he estado sirviendo muchos años al rey con midinero y mis fatigas, decía á los que le desalentaban; yole pido ahora que me haga justicia y tiene que hacérmela.

Y arrastrado por una fatalidad y cual si jugase en el pleito todo suporvenir y el de sus hijos, fué gastando sus economias en pagarabogados, escribanos y procuradores, sin contar con los oficiales yescribientes que explotaban su ignorancia y su situacion. Iba yvenía á la cabecera, pasaba días sin comer y ynoches sin dormir, y su conversacion era toda escritos, presentaciones,apelaciones, etc. Vióse entonces una luchacomo jamás se ha visto bajo el cielo de Filipinas: la de unpobre indio, ignorante y sin amigos, fiado en su derecho y en la bondadde su causa, combatiendo contra una poderosísima corporacionante la cual la justicia doblaba el cuello, los jueces dejaban caer labalanza y rendían la espada. Combatía tenazmente como lahormiga que muerde sabiendo que va á ser aplastada, como lamosca que ve el espacio al través de un cristal. ¡Ah! lavasija de barro desafiando á los calderos y rompiéndoseen mil pedazos tenía algo de imponente: tenía lo sublimede la desesperacion. Los días que le dejaban libres los viajes,los empleaba en recorrer sus campos armado de una escopeta, diciendoque los tulisanes merodeaban y necesitaba defenderse para no caer ensus manos y perder el pleito. Y como si tratase de afinar supuntería, tiraba sobre las aves y las frutas, tiraba sobre lasmariposas con tanto tino que el lego administrador ya no seatrevió á ir á Sapgang sin acompañamientode guardias civiles, y el paniaguado que divisó de lejos laimponente estatura de Cabesang Tales recorriendo sus campos como uncentinela sobre las murallas, renunció lleno de miedo áarrebatarle su propiedad. [27]

Pero los jueces de paz y los de la cabecera no se atrevíaná darle la razon, temiendo la cesantía, escarmetados enla cabeza de uno que fué inmediatamente depuesto. Y no eranmalos por cierto aquellos jueces, eran hombres concienzudos, morales,buenos ciudadanos, excelentes padres de familia, buenos hijos... y sabían considerar lasituacion del pobre Tales mejor de lo que el mismo Tales podía.Muchos de ellos conocían los fundamentos científicosé históricos de la propiedad, sabían que losfrailes por sus estatutos no podían tener propiedades, perotambien sabían que venir de muy lejos, atravesar los mares conun destino ganado á duras penas, correr ádesempeñarlo con la mejor intencion y perderlo porque áun indio se le antoje que la justicia se ha de hacer en la tierra comoen el cielo, ¡vamos, que tambien es ocurrencia! Ellostenían sus familias y con más necesidades seguramente quela familia de aquel indio: el uno tenía una madre que pensionary ¿qué cosa hay más sagrada que alimentar áuna madre? el otro tenía hermanas todas casaderas, el demás allá numerosos hijos pequeñitos que esperan elpan como pajaritos en el nido y se morirían de seguro eldía en que su destino le faltase; y el que menos, el que menostenía allá lejos, muy lejos, una mujer que si no recibela pension mensual puede verse en apuros... Y todos aquellos jueces,hombres de conciencia los más y de la más sana moralidadcreían hacer todo lo que podían aconsejando latransaccion, que Cabesang Tales pagase el cánon exigido. PeroTales como todas las conciencias sencillas, una vez que veía lojusto, á ello iba derecho. Pedía pruebas, documentos,papeles, títulos, y los frailes no tenían ninguno y solose fundaban en las complacencias pasadas.

Pero Cabesang Tales replicaba:

—Si yo todos los días doy limosna á un pobre porevitar que me moleste ¿quién me obligará ámí despues que le siga dando si abusa de mi bondad?

Y de allí nadie le podía sacar y no habíaamenazas capaces de intimidarle. En vano el Gobernador M——hizo un viaje expresamente para hablarle y meterle miedo; élá todo respondía:

—Podeis hacer lo que querais, señor Gobernador, yo soyun ignorante y no tengo fuerzas. Pero he cultivado esos campos, mimujer y mi hija han muerto ayudándome á limpiarlos y nolos he de ceder sino á aquel que pueda hacer por ellosmás de [28]lo que he hecho yo. ¡Que los riegue primerocon su sangre y que entierre en ellos á su esposa y á suhija!

Resultas de esta terquedad los honrados jueces daban la razoná los frailes y todos se le reían diciendo que con larazon no se ganan los pleitos. Pero apelaba, cargaba su escopeta yrecorría pausadamente los linderos. Eneste intervalo su vida parecía un delirio. Su hijoTanò, un mozo alto como su padre y bueno como su hermana,cayó quinto; él le dejó partir en vez de comprarleun sustituto.

—Tengo que pagar abogados, decía á su hija quelloraba; si gano el pleito ya sabré hacerle volver y si lopierdo no tengo necesidad de hijos.

El hijo partió y nada más se supo sino que le raparonel pelo y que dormía debajo de una carreta.

Seis meses despuesse dijo que le habían visto embarcado para las Carolinas; otroscreyeron haberle visto con el uniforme de la Guardia civil.

—¡Guardia civil Tanò! ¡Susmariosep!exclamaban unos y otros juntando las manos; ¡Tanò tanbueno y tan honrado! ¡Requimiternam!

El abuelo estuvo muchos días sin dirigir la palabra al padre,Julî cayó enferma, pero Cabesang Tales no derramóuna sola lágrima; durante dos días no salió decasa como si temiese las miradas de reproche de todo el barrio;temía que le llamasen verdugo de su hijo. Al tercer día,sin embargo, volvió á salir con su escopeta.

Atribuyéronle propósitos asesinos y hubobienintencionado que susurró haberle oido amenazar con enterraral lego en los surcos de sus campos; el fraile entonces le cobróverdadero miedo. A consecuencia de esto, bajó un decreto delCapitan General prohibiendo á todos el uso de las armas de fuego ymandándolas recoger. Cabesang Tales tuvo que entregar suescopeta, pero armado de un largo bolo prosiguió sus rondas.

—¿Qué vas á hacer con ese bolo si lostulisanes tienen armas de fuego? le decía el viejo Selo.

—Necesito vigilar mis sembrados, respondía; cadacaña de azucar que allí crece es un hueso de miesposa.

Le recogieron el bolo por encontrarlo demasiado largo. El entoncescogió la vieja hacha de su padre y con ella al hombroproseguía sus tétricos paseos.

Cada vez que salía de casa, Tandang Selo y Julîtemblaban [29]por su vida. Esta se levantaba de su telar, se ibaá la ventana, oraba, hacía promesas á los santos,rezaba novenas. El abuelo no sabía á veces cómoterminar el aro de una escoba y hablaba de volver al bosque. La vida enaquella casa se hacía imposible.

Al fin sucedió lo que temían. Como los terrenosestaban muy lejos de poblado, Cabesang Tales apesar de su hachacayó en manos de los tulisanes, que tenían revolvers yfusiles. Los tulisanes le dijeron que, pues que tenía dineropara dar á los jueces y á los abogados, debe tenerlotambien para los abandonados y perseguidos. Por lo cual le exigieronquinientos pesos de rescate por medio de un campesino asegurando que sialgo le pasaba al mensajero, el prisionero lo pagaría con suvida. Daban dos días de tregua.

La noticia sumió á la pobre familia en el mayor terrory más aun cuando se supo que la Guardia civil iba á saliren persecucion de los bandidos. Si llegaba á haber un encuentro,el primer sacrificado sería el prisionero, eso lo sabíantodos. El viejo se quedó sin movimiento y la hija, páliday aterrada, intentó varias veces hablar y no pudo. Pero unpensamiento más terrible, una idea más cruel lessacó de su estupor. El campesino enviado de los tulisanes dijoque probablemente la banda tendría que alejarse, y si tardanmucho en entregarle el rescate, pasarían los dos días yCabesang Tales sería degollado.

Esto volvió locos á aquellos dos séres, ambosdébiles, ambos impotentes. Tandang Selo se levantaba, sesentaba, bajaba las escaleras, subía, no sabía ádónde ir, á dónde acudir. Julî acudíaá sus imágenes, contaba y recontaba el dinero, y losdoscientos pesos no se aumentaban, no querían multiplicarse; depronto se vestía, reunía todas sus alhajas, pedíaconsejos al abuelo, iría á ver al gobernadorcillo, aljuez, al escribiente, al teniente de la Guardia civil. El viejoá todo decía sí, y cuando ella decía no, nodecía tambien. Al fin vinieron algunas vecinas entre parientes yamigas, unas más pobres que otras, á cual mássencillas y aspaventeras. La más lista de todas era HermanaBalî, una gran panguinguera que había estado en Manilapara hacer ejercicios en el beaterio de la Compañía.

Julî vendería todas sus alhajas menos un relicario debrillantes y esmeraldas que le había regalado Basilio. Aquelrelicario tenía su historia: lo había dado una monja, lahija [30]de Capitan Tiago, á un lazarino; Basilio,habiéndole asistido á éste en su enfermedad, lorecibió como un regalo. Ella no podía venderlo sinavisárselo antes.

Se vendieron corriendo las peinetas, los aretes y el rosario deJulî á la vecina más rica, y se añadieroncincuenta pesos; faltaban aun doscientos cincuenta. Seempeñaría el relicario, pero Julî sacudió lacabeza. Una vecina propuso vender la casa y Tandang Selo aprobóla idea muy contento con volver al bosque á cortar otra vezleña como en los antiguos tiempos, pero Hma.

Balîobservó que aquello no podía ser por no estar eldueño presente.

—La mujer del juez me vendió una vez su tapis por unpeso, y el marido dijo que aquella venta no servía porque notenía su consentimiento. ¡Abá! me sacó eltapis y ella no me ha devuelto el peso hasta ahora, pero yo no la pagoen el panguingui, cuando gana, ¡abá! Así le hepodido cobrar doce cuartos, y por ella solamente voy á jugar. Yono puedo sufrir que no me paguen una deuda,

¡abá!

Una vecina iba á preguntarle á Hma. Balî porqué entonces no le pagaba un piquillo, pero la listapanguinguera lo olió, y añadió inmediatamente:

—¿Sabes, Julî, lo que se puede hacer? pedirprestado doscientos cincuenta pesos sobre la casa, pagaderos cuando elpleito se gane.

Esta fué la mejor opinion y decidieron ponerla enpráctica aquel mismo día. Hma. Balî seprestó á acompañarla y ambas recorrieron las casasde los ricos de Tianì, pero nadie aceptaba la condicion; elpleito decían estaba perdido y favorecer á un enemigo defrailes era esponerse á sus venganzas. Al fin una vieja devotase compadeció de su suerte prestó la cantidad ácondicion de que Julî se quedase con ella á servir hastatanto que no se pagase la deuda. Por lo demás Julî notenía mucho que hacer; coser, rezar, acompañarla ámisa, y ayunar de cuando en cuando por ella. La joven aceptó conlágrimas en los ojos, recibió el dinero prometiendoentrar al día siguiente, día de la Pascua, á suservicio.

Cuando el abuelo supo aquella especie de venta púsoseá llorar como un chiquillo. ¿Cómo?

aquella nietasuya que él no dejaba ir al sol para que su cutis no se quemase,Julî la de los dedos finos y talones de color de rosa,¿cómo? aquella joven, [31]la más hermosa del barrioy quizás del pueblo, delante de cuyas ventanas muchos vanamentehan pasado la noche tocando y cantando,

¿cómo? suúnica nieta, su única hija, la únicaalegría de sus cansados ojos, aquella que élsoñaba vestida de cola, hablando el español ydándose aire con un abanico pintado como las hijas de los ricos,¿aquella entrar á servir de criada para que lariñan y la reprendan, para echar á perder sus dedos, paraque duerma en cualquiera parte y se levante de cualquiera manera?

Y el abuelo lloraba, hablaba de ahorcarse y dejarse morir dehambre.

—Si tú te vas, decía, vuelvo al bosque y nopongo los piés en el pueblo.

Julî le calmaba diciendo que era menester que su padrevolviese, que ganarían el pleito y pronto la podríanrescatar de la servidumbre.

La noche fué triste: ninguno de los dos pudo probar un bocadoy el viejo se obstinó en no acostarse pasando toda la nochesentado en un rincon, silencioso, sin decir una palabra, sin moversesiquiera. Julî por su parte quiso dormir, pero por mucho tiempono pudo pegar los ojos.

Algo más tranquila ya sobre la suerte supadre, ella pensaba en sí misma y lloraba y lloraba ahogando sussollozos para que el viejo no los oyese. Al día siguientesería una criada, y era precisamente cuando Basilio tenía llegarde Manila á traerla regalitos... En adelante tenía que renunciará aquel amor; Basilio que pronto será médico nodebe casarse con una pobre... Y ella le veía en su imaginaciondirigirse á la iglesia en compañía de lamás hermosa y rica muchacha del pueblo, bien vestidos, felices ysonriendo ambos, y mientras que ella, Julî, seguíadetrás de su ama, llevando novenas, buyos y la escupidera. Yaquí la joven sentía un inmenso nudo en la garganta, unapresion en el corazon y pedía á la Virgen la dejase antesmorir.

—Pero, al menos, decía su conciencia, élsabrá que he preferido empeñarme á empeñarel relicario que él me ha regalado.

Este pensamiento la consolaba en algo y se hacía vanasilusiones. ¿Quién sabe? puede suceder un milagro:encontrarse ella doscientos cincuenta pesos debajo de la imágen de laVirgen; había leido tantos milagros parecidos. El solpodía [32]no salir y no venir el mañana y ganarseentretanto el pleito. Podía volver su padre, Basiliopresentarse; ella encontraría un talego de oro en la huerta, lostulisanes le enviarían el talego, el cura, el P. Camorra quesiempre la embromaba, podía venir con los tulisanes... sus ideas fueroncada vez más confusas y más desordenadas hasta que porfin rendida por la fatiga y el dolor se durmió soñando ensu infancia en el fondo del bosque: ella se bañaba en eltorrente en compañía de sus dos hermanos, habíapececillos de todos colores que se dejaban coger como bobos y ella seimpacientaba porque no encontraba gusto en coger unos pececillos tantontos: Basilio estaba debajo del agua, pero Basilio sin saber ella elporqué, tenía la cara de su hermano Tanò. Su nuevaama les observaba desde la arilla.

[Índice]

V

La Nochebuena de un cochero

Basilio llegó á San Diego en el momento en que laprocesion de la Nochebuena recorría las calles. Se habíaretrasado en su camino perdiendo muchas horas porque el cochero quehabía olvidado su cédula, fué detenido por laGuardia Civil, sacudido con algunos culatazos y llevado despues alcuartel delante del comandante.

Ahora la carromata se detenía otra vez para dejar pasar laprocesion, y el cochero apaleado se descubría reverentemente yrezaba un padrenuestro ante la primera imágen en andasque venía y que parecía ser un gran santo. Representabaun anciano de larguísima barba, sentado al borde de una fosa,debajo de un arbol lleno de toda clase de pájaros disecados. Un kalán con una olla, un almirez y un kalíkut para triturar el buyo eran sus únicos muebles como para indicarque el viejo vivía al borde mismo del sepulcro y allícocinaba. Aquel era Matusalem en la iconografía religiosa deFilipinas: su colega y quizás contemporáneo se llama enEuropa Noël y era más risueño y másalegre.

—En tiempo de los santos, pensaba el cochero, de seguro que nohabía Guardias civiles, porque con los culatazos no se puedevivir mucho. [33]

Despues del gran anciano, venían los tres Reyes Magos encaballitos que se encabritaban, particularmente el del rey negroMelchor que parecía iba á atropellar á los de suscompañeros.

—No, no debía haber guardias civiles, concluíael cochero envidiando en su interior tan felices tiempos; porquesi no esenegro que se permite tales juegos al lado de esos dos españoles(Gaspar y Baltasar) ya habría ido á la carcel.

Y como observase que el negro llevaba corona y era rey como losotros dos españoles, pensó naturalmente en el rey de losindios y suspiró.

—¿Sabeis, señor, preguntó respetuosamenteá Basilio, si el pié derecho está suelto ya?

Basilio se hizo repetir la pregunta:

—¿Pié derecho de quién?

—¡Del rey! contestó el cochero en voz baja, conmucho misterio.

—¿Qué rey?

—Nuestro rey, el rey de los indios...

Basilio se sonrió y se encogió de hombros.

El cochero volvió á suspirar. Los indios de los camposconservan una leyenda de que su rey, aprisionado y encadenado en lacueva de San Mateo, vendrá un día á libertarles dela opresion.

Cada cien años rompe una de sus cadenas, y y yatiene las manos y el pié izquierdo libres; solo le queda elderecho. Este rey causa los terremotos y temblores cuando forcejeaó se agita, es tan fuerte que, para darle la mano, se le alargaun hueso, que á su contacto se pulveriza. Sin poderse explicarel por qué, los indios le llaman el rey Bernardo, acaso porconfundirle con Bernardo del Carpio.

—Cuando se suelte del pié derecho, murmuró elcochero ahogando un suspiro, le daré mis caballos, mepondré á su servicio y me dejaré matar... El noslibrará de los civiles.

Y con mirada melancólica seguíaá los tres reyes que se alejaban.

Los muchachos venían despues en dos filas, tristes,serios como obligados por la fuerza.

Alumbraban unos con huepes,otros con cirios y otros con faroles de papel en astas de caña,rezando á voz en grito el rosario como siriñesen con alguien. Despues venía S. José enmodestas andas, con su fisonomía [34]resignada y triste y subaston con flores de azucenas, en medio de dos guardias civiles como sile llevasen preso: ahora comprendía el cochero la espresion dela fisonomía del santo. Y sea porque la vista de los guardias leturbase ó no tuviera en gran respeto al santo que iba ensemejante compañía, no rezó ni siquiera un requiem æternam.

Detras de S. Josévenían las niñas alumbrando, cubiertas la cabeza con elpañuelo anudado debajo del menton, rezando igualmente el rosarioaunque con menos ira que los muchachos. En medio se veíanalgunos arrastrando conejitos de papel de Japon, iluminados con unacandelita roja, levantada la colita hecha de papel recortado. Loschicos acudían á la procesion conaquellos juguetes para alegrar el nacimiento del Mesías. Y losanimalitos, gordos y redondos como un huevo, parecían tancontentos que á lo mejor daban un brinco, perdían elequilibrio, se caían y se quemaban; el dueñoacudía á apagar tanto ardor, soplaba, soplaba,estinguía las llamas á fuerza de golpes y viéndolodestrozado se ponía á lo mejor á llorar. Elcochero observaba con cierta tristeza que la raza de los animalitos depapel desaparecía cada año como si tambien les atacase lapeste como á los animales vivos. El, Sinong el apaleado, seacordaba de sus dos magníficos caballos que para preservarlosdel contagio había hecho bendecir segun los consejos del curagastándose diez pesos:—ni el gobierno ni los curashabían encontrado mejor remedio contra la epizootia—y contodo se le murieron. Sin embargo se consolaba porque, desde lasrociadas de agua bendita, los latines del Padre y las ceremonias, loscaballos echaron unos humos, se dieron tal importancia que no sedejaban enganchar y él, como buen cristiano, no seatrevía á castigarlos por haberle dicho un Hermanotercero que estaban benditados.

Cerraba la procesion la Virgen, vestida de Divina Pastora con unsombrero de frondeuse de anchas alas y largas plumas, paraindicar el viaje á Jerusalem. Y á fin de que se explicaseel nacimiento, el cura había mandado que abultasen algomás el talle y le pusiesen trapos y algodon debajo de lasfaldas, de modo que nadie pudiera poner en duda el estado en que seencontraba.

Era una bellísima imágen, triste igualmentede espresion como todas las imágenes que hacen los filipinos,con un aire algo avergonzado, de como la había puesto el P. [35]Cura tal vez. Delante venían algunoscantores, detrás algunos músicos y los correspondientesguardias civiles. El cura, como era de esperar despues de lo quehabía hecho, no venía: aquel año estaba muydisgustado por haber tenido que servirse de toda su diplomacia ygramática parda á fin de convencer á los vecinosá que pagasen treinta pesos cada misa de aguinaldo en vez de losveinte que solía costar.

—Os estais volviendo filibusteros, había dicho.

Muy preocupado debía de estar el cochero con las cosas quehabía visto en la procesion porque cuando éstaacabó de pasar y Basilio le mandó prosiguiera su camino,no se apercibió de que el farol de la carromata se habíaapagado. Basilio por su parte tampoco lo notó, ocupado en mirarhácia las casas, iluminadas por dentro y por fuera confarolillos de papel de formas caprichosas y colores varios, porestrellas rodeadas de un aro con largas colas, que agitadas por el aireproducían dulce murmullo, y peces de cola y cabeza movibles consu vaso de aceite por dentro, suspendidos de los aleros de las ventanascon un aire tan deliciosamente de fiesta alegre y familiar. Basilioobservaba tambien que las iluminaciones decaían, que lasestrellas se eclipsaban y aquel año tenían menosperendengues y colgajos que el anterior, y éste menos que elotro aun...

Apenas había música en las calles, losalegres ruidos de la cocina no se dejaban oir en todas las casas y eljoven lo atribuyó á que hacía tiempo todo iba mal,el azúcar no se vendía bien, la cosecha del arroz sehabía perdido, se había muerto más de la mitad delos animales y las contribuciones subían y aumentaban sinsaberse cómo ni por qué, mientras que menudeaban losatropellos de la Guardia Civil que mataba las alegrías en lospueblos.

En esto precisamente estaba pensando cuando un ¡alto! energico resonó en el aire. Pasaban delante del cuartel y uno delos guardias había visto el farol apagado de la carromata yaquello no podía seguir así. Empezóá llover una granizada de insultos sobre el pobre cochero que envano se escusaba con la duracion de las procesiones, y como ibaá ser detenido por contravencion á bandos y puestodespues en los periódicos, el pacífico y prudente Basiliobajó de la carromata y continuó su camino cargando con sumaleta.

Aquel era San Diego, su pueblo, donde no tenía un solopariente... [36]

La única casa que le pareció alegre era la de CapitanBasilio. Pollos y gallinas piaban cantos de muerte conacompañamiento de golpes secos y menuditos como de quien picacarne sobre un tajo, y del chirrido de la manteca que hierve en lasarten. En casa había festin y llegaba hasta la calle tal cualráfaga de aire impregnada de vapores suculentos, tufillo deguisados y confituras.

En el entresuelo, Basilio vió á Sinang, tan bajitacomo cuando la conocieron nuestros lectores aunque algo másgruesa y más redonda desde que se ha casado. Y con gran sorpresasuya divisó allá en el fondo, charlando con Cpn. Basilio,el cura y el alférez de la Guardia civil, nada menos que aljoyero Simoun siempre con sus anteojos azules y su airedesembarazado.

—Entendido, señor Simoun, decía Cpn. Basilio;iremos á Tianì á ver sus alhajas.

—Yo tambien iría, decía el alférez,porque necesito una cadena de reloj, pero tengo tantas ocupaciones...Si Capitan Basilio quisiera encargarse...

Capitan Basilio se encargaba con mucho gusto y como queríatener propicio al militar para que no le moleste en las personas de sustrabajadores, no quería aceptar la cantidad que elalférez se esforzaba en sacar de su bolsillo.

—¡Es mi regalo de Pascuas!

—¡No lo permito, Capitan, no lo permito!

—¡Bueno, bueno! ¡Ya arreglaremos cuentas despues!decía Capitan Basilio con un gesto elegante.

Tambien el cura quería un par de pendientes de señoray encargaba al Capitan se los comprase.

—Los quiero de mabuti. ¡Ya arreglaremoscuentas!

—No tenga usted cuidado, Padre Cura, decía el buenhombre que tambien quería estar en paz con la iglesia.

Un informe malo del cura podía causarle mucho perjuicio yhacerle gastar el doble: aquellos pendientes eran regalos forzados.Simoun entretanto ponderaba sus alhajas.

—¡Este hombre es atroz! pensó el estudiante; entodas partes hace negocios... Y si hemos de creer á alguno,compra de ciertos señores en la mitad de su precio las alhajasque él mismo ha vendido para que sean regalados... ¡Todoshacen negocio en este país menos nosotros! [37]

Y se dirigió á su casa ó sea á la deCpn. Tiago, habitada por un hombre de confianza. Este que letenía mucho respeto desde el día en que le vió haceroperaciones quirúrgicas con la misma tranquilidad como si setratase de gallinas, le esperaba para darle noticias. Dos de lostrabajadores estaban presos, uno iba á ser deportado... sehabían muerto varios karabaws.

—¡Lo de siempre, cosas viejas! replicaba mal humoradoBasilio; ¡siempre me recibís con las mismas quejas!

El joven, sin ser tirano, como á menudo era reñido porCpn. Tiago, le gustaba á su vez reñir á los queestaban bajo su direccion. El viejo buscó una noticia nueva.

—¡Se nos ha muerto un aparcero, el viejo que cuida delbosque y el cura no le ha querido enterrar como pobre, alegando que elamo es rico!

—¿Y de qué ha muerto?

—¡De vejez!

—¡Vaya, morirse de vejez! ¡Si al menos hubiesesido de alguna enfermedad!

Basilio en su afan de hacer autopsias queríaenfermedades.

—¿No teneis nada nuevo que contarme? Me quitais lasganas de comer contándome las mismas cosas.¿Sabeís algo de Sagpang?

El viejo contó entonces el secuestro de Cabesang Tales.Basilio se quedó pensativo y no dijo nada. Se le habíaido por completo el apetito.

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VI

Basilio

Cuando las campanas empezaban á repicar para la misa de lamedia noche y los que preferían un buen sueño átodas las fiestas y ceremonias se despertaban refunfuñandocontra el ruido y la animacion, Basilio bajó cautelosamente dela casa, dió dos ó tres vueltas por algunas calles y,convencido de que nadie le seguía ni le observaba, tomópor senderos poco frecuentados el camino que conducía al antiguobosque de los [38]Ibarras, adquirido por Cpn. Tiago cuando,confiscados los bienes de estos, se vendieron.

Como aquel año la Navidad correspondía á lunamenguante, reinaba allí oscuridad completa. El repiquehabía cesado y solo los tañidos resonaban en medio delsilencio de la noche, al través del murmullo de las ramasagitadas por la brisa y el acompasado clamor de las ondas del vecinolago, como poderosa respiracion de la naturaleza sumida en grandiososueño.

Impresionado por el lugar y el momento caminaba cabizbajo el jovencomo si tratase de ver en la oscuridad. De cuando en cuando levantabala cabeza para buscar las estrellas al través de los claros quedejaban entre sí las copas de los árboles, yproseguía su camino apartando los arbustos y rasgando las lianasque le entorpecían la marcha. A veces desandaba lo andado, supié se enredaba en una mata, tropezaba contra una raiz saliente,un tronco caido. Al cabo de una media hora llegó á unpequeño arroyo en cuya opuesta orilla se levantaba una especiede colina, masa negra é informe que adquiría en laoscuridad proporciones de montaña. Basilio pasó el arroyosaltando sobre piedras que se destacaban negras sobre el fondobrillante del agua, subió la colina y se encaminóá un pequeño recinto encerrado por viejos y mediodesmoronados muros.

Dirigióse al arbol de balití que selevantaba en el centro, enorme, misterioso, venerable, formado deraices que subían y bajaban como otros tantostroncos entrelazados confusamente.

Detúvose ante un monton de piedras, se descubrió ypareció orar. Allí estaba sepultada su madre, y suprimera visita cada vez que iba al pueblo era para aquella tumbaignorada, desconocida.

Teniendo que visitar á la familia deCabesang Tales al día siguiente, aprovechaba la noche paracumplir con aquel deber.

Sentóse sobre una piedra y pareció reflexionar. Se lepresentaba su pasado como una larga cinta negra, rosada en su comienzo,sombría despues, con manchas de sangre, despues negra, negra,gris y clara, más clara cada vez. La estremidad no lapodía ver, oculta por una nube que dejabatrasparentar luces y auroras...

Hacía trece años día por día, hora por hora casique se había muerto allí su madre en medio de la mayormiseria, en una [39]espléndida noche en que la luna brillaba ylos cristianos en todo el mundo se entregaban al regocijo. Herido ycojeando había llegado allí siguiéndola; ella,loca y llena de terror, huía de su hijo como una sombra.Allí murió; vino un desconocido que le mandóformase una pira, él obedeció maquinalmente y cuandovolvió, se encontró con otro desconocido junto al cadaverdel primero. ¡Qué mañana y qué noche fueronaquellas! El desconocido le ayudó á levantar la piradonde quemaron el cadaver del hombre, cavó la fosa en queenterraron á su madre y despues de darle algunas monedas lemandó abandonase el lugar. Era la primera vez que veíaá aquel hombre: alto, los ojos rojos, los labios pálidos,la nariz afilada...

Huérfano por completo, sin padres ni hermanos,abandonó el pueblo cuyas autoridades tanto miedo leinfundían y se fué á Manila para servir en casa dealgun rico y estudiar á la vez como hacen muchos. Su viajefué una odisea de insomnios y sobresaltos en los que el hambreentraba por poca cosa. Alimentábase de frutas en los bosquesdonde se solía internar cuando de lejos descubría eluniforme de la Guardia Civil, uniforme que le recordaba el orígen detodas sus desdichas. Una vez en Manila, andrajoso y enfermo, fuéde puerta en puerta ofreciendo sus servicios. ¡Un muchachitoprovinciano que no sabía una palabra de español y porencima enfermizo! ¡Desalentado, hambriento y tristerecorría las calles llamando la atencion su miserable traje!¡Cuántas veces no estuvo tentado de arrojarse á lospiés de los caballos que pasaban como relámpagos,arrastrando coches relucientes de plata y barniz, para acabar de unavez con sus miserias! Por fortuna vió á Cpn. Tiago pasaracompañado de la tía Isabel; él los conocíadesde San Diego y en su alegría creyó haber visto enellos casi á unos compoblanos. Siguió al coche, loperdió de vista, preguntó por su casa y como eraprecisamente el día en que María Clara acababa de entraren el convento y Cpn. Tiago estaba muy abatido, fué admitido encalidad de criado, sin sueldo por supuesto, permitiéndole encambio estudiar, cuando quisiera, en S. Juan de Letran.

Sucio, mal vestido y por todo calzado un par de zuecos, al cabo dealgunos meses de estar en Manila, ingresó en el primeraño de latin. Sus compañeros, al ver su traje, procurabanalejarse,

[40]y su catedrático, un guapo dominico, nuncale dirigió una pregunta y, cada vez que le veía,fruncía las cejas. Las únicas palabras que en los ochomeses de clase se cruzaron entre ambos, eran el nombre propio leido enla lista y el adsum diario con que el alumno contestaba.¡Con qué amargura salía cada vez de la clase y,adivinando el móvil de la conducta que con el se seguía,qué lágrimas no se asomaban á sus ojos ycuántas quejas estallaban y morían dentro de su corazon!¡Cómo había llorado y sollozado sobre la tumba desu madre contándole sus ocultos dolores, humillaciones yagravios, cuando al acercarse la Navidad, Cpn. Tiago le habíallevado consigo á San Diego! Y sin embargo se aprendía dememoria la leccion sin dejar una coma, ¡aunque sin comprendermucho de ella! Mas al fin llegó á resignarse viendo queentre los trescientos ó cuatrocientos de su clase solo unoscuarenta merecían le honra de ser preguntadosporque llamaron la atencion del catedrático ya sea por el tipo,por alguna truhanería, por simpatía ú otra causacualquiera. Muchos por lo demás se felicitaban porque así seevitaban el trabajo de discurrir y comprender.

—Se va á los colegios, no para saber ni estudiar, sinopara ganar el curso y si se puede saber el libro de memoria¿qué más se les podía exigir? se ganaba elaño.

Basilio pasó los exámenes respondiendo á laúnica pregunta que le dirigieron, como una máquina, sinpararse ni respirar, y gano con gran risa de los examinadores la notade aprobado.

Sus nueve compañeros—se examinaban de diez endiez para ser más pronto despachados,—no tuvieron la mismasuerte y fueron condenados á repetir el año deembrutecimiento.

Al segundo, habiendo ganado una enorme suma el gallo que cuidaba,recibió buena propina de Cpn. Tiago y la invirtióinmediatamente en la compra de unos zapatos y de un sombrero defieltro. Con esto y con las ropas que le daba su amo y que élarreglaba á su talla, su aspecto fué haciéndosemás decente, más no pasó de allí. En unaclase tan numerosa se necesita de mucho para llamar la atencion delprofesor, y el alumno que desde el primer año no se haga notarpor una cualidad saliente ó no se capte las simpatías delos profesores, dificilmente se hará conocer en el resto de susdías de estudiante. Sin embargocontinuó, pues la constancia era su principal caracter. [41]

Su suerte pareció cambiarse un poco cuando pasó altercer año. Tocóle por profesor un dominico muycampechano, amigo de bromas y de hacer reir á los alumnos,bastante comodon porque casi siempre hacía explicar la leccioná sus favoritos: verdad es tambien que se contentaba concualquier cosa. Basilio por esta época ya gastaba botinas ycamisas casi siempre limpias y bien planchadas. Como su profesor leobservase que se reía poco de los chistes y viese en sus ojos,tristes y grandes, algo como una eterna pregunta, teníale porimbécil y un día quiso ponerle en evidenciapreguntándole la leccion. Basilio la recitó de caboá rabo, sin tropezar en una f; motejóle el profesor depapagayo, contó un cuento que hizo reir de buena gana átoda la clase, y para aumentar más la hilaridad y justificarlegitimidad del apodo, hizóle algunas preguntas guiñandoá sus favoritos comodiciéndoles:

—«Vais á ver como nos vamos ádivertir.»

Basilio entonces ya sabía el castellano, y supo contestar conel intento manifiesto de no hacer reir á nadie. Aquellodisgustó á todos, el disparate que se esperaba no vino,nadie pudo reir y el buen fraile jamás le perdonó elhaber defraudado las esperanzas de toda la clase y desmentido susprofecías. Pero ¿quién se iba á esperar quealgo discreto pudiese salir de una cabeza tan mal peinada en queterminaba un indio tan mal calzado, clasificado hace poco entre lasaves trepadoras? Y así como en otros centros de enseñanzadonde hay verdaderos deseos de que los muchachos aprendan, talesdescubrimientos suelen alegrar á los profesores, asítambien en un colegio dirigido por hombres convencidos en su mayorparte de que el saber es un mal, al menos para los alumnos, el caso deBasilio tuvo mal efecto y nunca más se le preguntó entodo el resto del año. ¿Para qué si nohacía reir á nadie?

Bastante desanimado y con ganas de dejar los estudios pasó alcuarto año de latin. ¿Para qué aprender, porqué no dormir como los otros y confiarlo todo al azar?

Uno de los dos profesores era muy popular, querido de todos; pasabapor sabio, gran poeta y tener ideas muy avanzadas. Un día queacompañaba á los colegiales á paseo, tuvo un piquecon algunos cadetes, del que resultó primero una escaramuza ydespues un reto. El profesor que se acordaría tal vez de subrillante juventud, levantó una cruzada y prometió buenas[42]notas á todos los que en el paseo deldomingo siguiente tomasen parte en la batalla. Animada fué lasemana: hubo encuentros parciales en que se cruzaron el baston y elsable y en uno de ellos se distinguió Basilio.

Llevado en triunfo por los estudiantes y presentado al profesor,fué desde entonces conocido, llegando á ser su favorito.Parte por esto y parte por su aplicacion, aquel año sellevó sobresalientes con medallas inclusive. En vista de esto,Cpn. Tiago que, desde que su hija se hizo monja, manifestaba ciertaaversion á los frailes, en un momento de buen humorindújole á que se trasladase al Ateneo Municipal cuyafama estaba entonces en todo su auge.

Un mundo nuevo se abrió á sus ojos, un sistema deenseñanza que él no se sospechaba en aquel colegio.Aparte de nimiedades y ciertas cosas pueriles, le llenaba de admiracionel método allí seguido y de gratitud el afan de losprofesores. Sus ojos se llenaban á veces de lágrimaspensando en los cuatro años anteriores en que por falta demedios no había podido estudiar en aquel centro.

Tuvo que haceresfuerzos inauditos para ponerse al nivel de los que habíanprincipiado bien y pudo decirse que en aquel solo añoaprendió los cinco de la segunda enseñanza. Hizo elbachillerato con gran contento de sus profesores que en losexámenes se mostraron orgullosos de él ante los juecesdominicos, allí enviados para inspeccionarles. Uno de estos,como para apagar un poco tanto entusiasmo, preguntó alexaminando dónde había cursado los primeros añosde latin.

—En San Juan de Letran, Padre, contestó Basilio.

—¡Ya! en latin no está mal, observóentonces medio sonriendo el dominico.

Por aficion y por caracter escogió la Medicina; Cpn. Tiagoprefería el Derecho para tener un abogado de balde, pero nobasta saber y conocer á fondo las leyes para tener clientela enFilipinas; es menester ganar los pleitos y para esto se necesitanamistades, influencia en ciertas esferas, mucha gramática parda.Cpn. Tiago se plegó al fin acordándose de que losestudiantes de Medicina andaban con los cadáveres ávueltas; hacía tiempo que buscaba un veneno en que templar lanavaja de sus gallos y el mejor que sabía era la sangre de unchino, muerto de enfermedad sifilítica. [43]

Con igual aprovechamiento, mayor si cabe, cursó el joven losaños de la facultad y ya desde el tercero empezó ácurar con mucha suerte, cosa que no solo le preparaba un brillanteporvenir sino que tambien le producía bastante para vestirsehasta con cierta elegancia y hacer algunas economías.

Este año era el último de su carrera y dentro de dosmeses será médico, se retirará á su pueblo,se casará con Juliana para vivir felices. El éxito de sulicenciatura no solo era seguro, sino que lo esperaba brillante como lacorona de su vida escolar. Estaba designado para el discurso de accionde gracias en el acto de la investidura, y ya se veía en mediodel Paraninfo delante de todo el claustro, objeto de las miradas yatencion del público. Todas aquellas cabezas, eminencias de laciencia manilense, medio hundidas en sus mucetas de colores, todas lasmujeres que allí acudían por curiosidad y que añosantes le miraban, si no con desden, con indiferencia, todos aquellosseñores cuyos coches, cuando muchacho le iban áatropellar en medio del barro como si se tratase de un perro, entoncesle escucharían atentos, y él les iba á decir algoque no era trivial, algo que no ha resonado nunca en aquel recinto, seiba á olvidar de sí para acordarse de los pobresestudiantes del porvenir, y haría la entrada en la sociedad conaquel discurso...

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VII

Simoun

En estas cosas pensaba Basilio al visitar la tumba de su madre.Disponíase á volver al pueblo, cuando creyó veruna claridad proyectada en medio de los árboles y oir unacrepitacion de ramas, ruido de pisadas, roce de hojas... La luz seextinguió pero el ruido se hizo cada vez más distinto, ypronto vió una sombra aparecer en medio del recinto, marchandodirectamente hácia donde él estaba.

Basilio de por sí no era supersticioso y menos despues dehaber descuartizado tantos cadáveres y asistido á tantosmoribundos; pero las antiguas leyendas sobre aquel fúnebreparage, la hora, la oscuridad, el silbido melancólico del vientoy [44]ciertos cuentos oidos en su niñezinfluyeron algo en su ánimo y sintió que su corazonlatía con violencia.

La sombra se detuvo al otro lado del balitì y el jovenla podía ver al través de una hendidura que dejaban entresí dos raices que habían adquirido con el tiempo lasproporciones de dos troncos.

Produjo debajo de su traje unalámpara de poderoso lente refractor, que depositó sobreel suelo alumbrando unas botas de montar: el resto quedaba oculto en laoscuridad. La sombra pareció registrar sus bolsillos, despues seencorvó para adaptar la hoja de una azada al estremo de ungrueso baston: Basilio creyó distinguir con gran sorpresa suyaalgo de los contornos del joyero Simoun. Era el mismo en efecto.

El joyero cavaba la tierra, y de cuando en cuando la lámparale iluminaba el rostro: no tenía los anteojos azules que tantole desfiguraban. Basilio se entremeció. Aquel era el mismodesconocido que trece años antes había cavado allíla fosa de su madre, sólo que ahora había envejecido, suscabellos se habían vuelto blancos y usaba bigote y barba, perola mirada era la misma, la misma expresion amarga, la misma nube en lafrente, los mismos brazos musculosos, algo más secos ahora, lamisma energía iracunda. Las impresiones pasadas renacieron enél: creyó sentir el calor de la hoguera, el hambre, eldesaliento de entonces, el olor de la tierra removida...

Sudescubrimiento le tenía aterrado. De modo que el joyero Simounque pasaba por indio inglés, portugués, americano,mulato, el Cardenal Moreno, la Eminencia Negra, el espíritu malodel Capitan General como le llamaban muchos, no era otro que elmisterioso desconocido cuya aparicion y desaparicion coincidíancon la muerte del heredero de aquellos terrenos. Pero de los dosdesconocidos que se le presentaron, del muerto y del vivo¿quién era el Ibarra?

Esta pregunta que él se había dirigido varias vecessiempre que se hablaba de la muerte de Ibarra, acudía de nuevoá su mente ante aquel hombre enigma que allíveía.