El Filibusterismo by Dr. José Rizal - HTML preview

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J. Rizal

El Filibusterismo

(Continuacion del Noli me tángere)

Novela Filipina.

Facilmente se puede suponer que un filibustero ha hechizado ensecreto á la liga de los fraileros y retrógrados paraque, siguiendo inconscientes sus inspiraciones, favorezcan y fomentenaquella política que solo ambiciona un fin: estender las ideasdel filibusterismo por todo el país y convencer al últimofilipino de que no existe otra salvacion fuera de la separacion de laMadre-Patria.

Ferdinand BLUMENTRITT.

GENT,

Boekdrukkerij F. MEYER-VAN LOO, Vlaanderenstraat, 66.

1891.

[Índice]

A la memoria

de los Presbíteros, don Mariano GOMEZ (85años),

don José BURGOS (30 años)

y don Jacinto ZAMORA (35 años).

EJECUTADOS EN ELPATÍBULO DE BAGUMBAYAN,

el 28 de Febrero de 1872.

La Religion, al negarse á degradaros, ha puesto en duda elcrímen que se os ha imputado; el Gobierno, al rodear vuestracausa de misterio y sombras, hace creer en algun error, cometido enmomentos fatales, y Filipinas entera, al venerar vuestra memoria yllamaros mártires, no reconoce de ninguna manera vuestraculpabilidad.

En tanto, pues, no se demuestre claramente vuestra participacionen la algarada caviteña, hayais sido ó no patriotas,hayais ó no abrigado sentimientos por la justicia, sentimientospor la libertad, tengo derecho á dedicaros mi trabajo comoá víctimas del mal que trato de combatir. Y

mientrasesperamos que España os rehabilite un día y no se hagasolidaria de vuestra muerte, sirvan estas páginas comotardía corona de hojas secas sobre vuestras ignoradas tumbas, ytodo aquel que sin pruebas evidentes ataque vuestra memoria, ¡queen vuestra sangre se manche las manos!

J. RIZAL.

[1]

[Índice]

I

Sobre-cubierta

Sic itur ad astra.

En una mañana de Diciembre, el vapor TABO subía trabajosamente el tortuoso cursodel Pasig conduciendo numerosos pasageros hácia la provincia dela Laguna. Era el vapor de forma pesada, casi redonda como el tabù de donde deriva su nombre, bastante sucio apesar desus pretensiones de blanco, magestuoso y grave á fuerza de andarcon calma. Con todo, le tenían cierto cariño en lacomarca, quizás por su nombre tagalo ó por llevar elcaracter peculiar de las cosas del pais, algo así como untriunfo sobre el progreso, un vapor que no era vapor del todo, unorganismo inmutable, imperfecto pero indiscutible, que, cuandomás quería echárselas de progresista, secontentaba soberbiamente con darse una capa de pintura.

Y ¡si el dichoso vapor era genuinamente filipino! ¡Conun poquito de buena voluntad hasta se le podía tomar por la navedel Estado, construida bajo la inspeccion de Reverendas éIlustrísimas personas!

Bañada por el sol de la mañana que hacía vibrarlas ondas del río y cantar el aire en las flexiblescañas que se levantan en ambas orillas, allá va su blancasilueta agitando negro penacho de humo ¡la nave del Estado,dicen, humea mucho tambien!... El silbato chilla á cada momento, roncoé imponente como un tirano que quiere gobernar á gritos,de tal modo que dentro nadie se entiende. Amenaza á cuantoencuentra; ora parece que va á triturar los salambaw,escuálidos aparatos de pesca que en sus movimientos semejanesqueletos de gigantes saludando á una antidiluviana tortuga;ora corre derecho ya contra los cañaverales, ya contra losanfibios comederos ó kárihan, que, entre gumamelasy otras flores, parecen indecisas bañistas que ya con lospiés en el agua no se resuelven aun á zambullirse;á veces, siguiendo cierto camino señalado en elríopor troncos de caña, anda el vapor [2]muy satisfecho, mas, derepente un choque sacude á los viajeros y les hace perder elequilibrio: ha dado contra un bajo de cieno que nadie sospechaba...

Y, si el parecido con la nave del Estado no es completo aun,véase la disposicion de los pasajeros. Bajo-cubierta asomanrostros morenos y cabezas negras, tipos de indios, chinos y mestizos,apiñados entre mercancías y baúles, mientras queallá arriba, sobre-cubierta y bajo un toldo que les protege delsol, estan sentados en cómodos sillones algunos pasajerosvestidos á la europea, frailes y empleados, fumándosesendos puros, contemplando el paisaje, sin apercibirse al parecer delos esfuerzos del capitan y marineros para salvar las dificultades delrío.

El capitan era un señor de aspecto bondadoso, bastanteentrado en años, antiguo marino que en su juventud y en navesmás veleras se había engolfado en más vastos maresy ahora en su vejez tenía que desplegar mayor atencion, cuidadoy vigilancia para orillar pequeños peligros... Y eran las mismasdificultades de todos los días, los mismos bajos de cieno, lamisma mole del vapor atascada en las mismas curvas, como una gordaseñora entre apiñada muchedumbre, y por eso á cadamomento tenía el buen señor que parar, retroceder, irá media máquina enviando, ora á babor ora áestribor, á los cinco marineros armados de largos tikines para acentuar la vuelta que el timon ha indicado. ¡Era como unveterano que, despues de guiar hombres en azarosas campañas,fuese en su vejez ayo de muchacho caprichoso, desobediente ytumbon!

Y doña Victorina, la única señora que se sientaen el grupo europeo, podrá decir si el Tabo era tumbondesobediente y caprichoso, doña Victorina que como siempreestá nerviosa, lanza invectivas contra los cascos, bankas,balsas de coco, indios que navegan, ¡y aun contra las lavanderasy bañistas que la molestan con su alegría y algazara!Sí, el Tabo iría muy bien si no hubiese indios enel río, ¡indios en el país,sí! si no hubiese ningun indio en el mundo, sin fijarse en quelos timoneles eran indios, indios los marineros, indios losmaquinistas, indios las noventa y nueve partes de los pasajerosé india ella misma tambien, si le raspan el blanquete y ladesnudan de su presumida bata. Aquella mañana, doñaVictorina estaba más inaguantable que nunca porque los pasageros[3]del grupo hacían poco caso de ella, y no lefaltaba razon porque consideren ustedes: encontrarse allí tresfrailes convencidos de que todo el mundo andaría al reves eldía en que ellos anduviesen al derecho; un infatigable D.Custodio que duerme tranquilo, satisfecho de sus proyectos; un fecundoescritor como Ben Zayb (anagrama de Ibañez) que creeque en Manila se piensa porque él, Ben Zayb, piensa; uncanónigo como el P. Irene que da lustre al clero con su fazrubicunda bien afeitada donde se levanta una hermosa narizjudía, y su sotana de seda de garboso corte y menudos botones; yun riquísimo joyero tal como Simoun que pasa por ser elconsultor y el inspirador de todos las actos de S. E. el CapitanGeneral, consideren ustedes que encontrarse estas columnas sine quibus non del país, allí agrupaditas enagradable charla y no simpatizar con una filipina renegada, que setiñe los cabellos de rubio, ¡vamos! que hay para hacerperder la paciencia á una Joba, nombre que doña Victorinase aplica siempre que las há con alguno.

Y el mal humor de la señora se aumentaba cada vez quegritando el Capitan ¡baborp! ¡estriborp!

sacabanrápidamente los marineros sus largos tikines, loshincaban ya en una ya en otra orilla, impidiendo, con el esfuerzo desus piernas y sus hombros, á que el vapor diese en aquella partecon su casco. Vista así la nave del Estado, diríase quede tortuga se convertía en cangrejo cada vez que un peligro seacercaba.

—Pero, capitan, ¿por qué sus estúpidostimoneles se van por ese lado? preguntaba muy indignada laseñora.

—Porque allí es muy bajo, señora, contestaba elcapitan con mucha pausa y guiñando lentamente el ojo.

El capitan había contraido esta pequeña costumbre comopara decir á sus palabras que salgan:

¡despacio, muydespacio!

—¡Media máquina, vaya, media máquina!protesta desdeñosamente doña Victorina; ¿porqué no entera?

—Porque navegaríamos sobre esos arrozales,señora, contesta imperturbable el capitan sacando los labiospara señalar las sementeras y haciendo dos guiñosacompasados.

Esta doña Victorina era muy conocida en el pais por susestravagancias y caprichos. Frecuentaba mucho la sociedad y se latoleraba siempre que se presentaba con su sobrina, la Paulita Gomez,bellísima y riquísima muchacha, huérfana de[4]padre y madre, y de quien doña Victorina erauna especie de tutora. En edad bastante avanzada se había casadocon un infeliz llamado don Tiburcio de Espadaña, y en losmomentos en que la vemos, lleva ya quince años de matrimonio, decabellos postizos y traje semi-europeo. Porque toda su aspiracionfué europeizarse, y desde el infausto día de sucasamiento, gracias á tentativas criminales; ha conseguido pocoá poco trasformarse de tal suerte que á la hora presenteQuatrefages y Virchow juntos no sabrían clasificarla entre lasrazas conocidas. Al cabo de tantos años de matrimonio, su esposoque la había sufrido con resignacion de fakirsometiéndose á todas sus imposiciones, tuvo un aciagodía el fatal cuarto de hora, y le administró una soberbiapaliza con su muleta de cojo. La sorpresa de la señora Joba antesemejante inconsecuencia de caracter hizo que por de pronto no seapercibiese de los efectos inmediatos y sólo, cuando se repusodel susto y su marido se hubo escapado, se apercibió del dolorguardando cama por algunos días con gran alegría de laPaulita que era muy amiga de reir y burlarse de su tía. Encuanto al marido, espantado de su impiedad que le sonaba áhorrendo parricidio, perseguido por las furias matrimoniales (los dosperritos y el loro de la casa) diose á huir con toda lavelocidad que su cojera le permitía, subió en el primercoche que encontró, pasó á la primera banka quevió en un río, y, Ulises filipino, vaga de pueblo enpueblo, de provincia en provincia, de isla en isla seguido y perseguidopor su Calipso con quevedos, que aburre á cuantos tienen ladesgracia de viajar con ella. Ha tenido noticia de que él seencontraba en la provincia de la Laguna, escondido en un pueblo, yallá va ella á seducirle con suscabellos teñidos.

Los combarcanos habían tomado el partido de defenderse,sosteniendo entre sí animada conversacion, discutiendo sobrecualquier asunto. En aquel momento por las vueltas y revueltas delrío, hablábase de su rectificacion y naturalmente de lostrabajos de las Obras del Puerto.

BenZayb, el escritor que tenía cara de fraile, disputaba conun joven religioso que á su vez tenía cara de artillero.Ambos gritaban, gesticulaban, levantaban los brazos, abría las manos,pateaban, hablaban de niveles, de corrales de pesca, del río deS. Mateo, de cascos, de indios, etc., etc. con gran contento de losotros que les escuchaban y manifiesto disgusto [5]de unfranciscano de edad, extraordinariamente flaco y macilento, y de unguapo dominico que dejaba... dejaba vagar por sus labios una sonrisaburlona.

El franciscano flaco que comprendía la sonrisa del dominicoquiso cortar la disputa interviniendo. Debían respetarle sinduda porque con una señal de la mano cortó la palabraá ambos en el momento en que el fraile-artillero hablaba deexperiencia y el escritor-fraile de hombres de ciencia.

—Los hombres de ciencia, Ben Zayb, ¿sabe usted lo que queson? dijo el franciscano con voz cavernosa sin moverse casi en suasiento y gesticulando apenas con las descarnadas manos.

Allítiene usted en la provincia el puente del Capricho, construidopor un hermano nuestro, y que no se terminó porque loshombres de ciencia, fundándose en sus teorías, lotacharon de poco sólido y seguro, y ¡mire usted!¡está el puente que resiste á todas lasinundaciones y terremotos!

—¡Eso, puñales, eso precisamente, eso iba yoá decir,! exclamó el fraile-artillero pegandopuñetazos en los brazos de su silla de caña; ¡eso,el puente del Capricho y los hombres de ciencia; eso iba yo ádecir, P. Salví, puñales!

BenZayb se quedó callado, medio sonriendo, bien sea porrespeto ó porque realmente no supiese qué replicar, y sinembargo, ¡él era la única cabeza pensante enFilipinas!—El P. Irene aprobaba con la cabeza frotando su larganariz.

El P. Salví, aquel religioso flaco y descarnado, comosatisfecho de tanta sumision continuó en medio del silencio.

—Pero esto no quiere decir que usted no tenga tanta razon comoel P. Camorra (que así se llamaba el fraile-artillero); el malestá en la laguna...

—¡Es que no hay ninguna laguna decente en estepaís!intercaló doña Victorina, verdaderamente indignada ydisponiéndose á dar otro asalto para entrar en laplaza.

Los sitiados se miraron con terror y, con la prontitud de ungeneral, el joyero Simoun acudió:

—El remedio es muy sencillo, dijo con un acento raro, mezclade inglés y americano del Sur; y yo verdaderamente no sécómo no se le ha ocurrido á nadie.

Todos se volvieron prestándole la mayor atencion, incluso eldominico. El joyero era un hombre seco, alto, nervudo, muy moreno quevestía á la inglesa y usaba un casco de tinsin. [6]Llamaban en él la atencion los cabelloslargos, enteramente blancos que contrastaban con la barba negra, rala,denotando un orígen mestizo. Para evitar la luz del sol usabaconstantemente enormes anteojos azules de rejilla, que ocultaban porcompleto sus ojos y parte de sus mejillas, dándole un aspecto deciego ó enfermo de la vista. Se mantenía de piécon las piernas separadas como para guardar el equilibrio, las manosmetidas en los bolsillos de su chaqueta.

—El remedio es muy sencillo, repitió, ¡y nocostaría un cuarto!

La atencion se redobló. Se decía en loscírculos de Manila que aquel hombre dirigía al General ytodos veían ya el remedio en vías de ejecucion. El mismodon Custodio se volvió.

—Trazar un canal recto desde la entrada del ríoá su salida, pasando por Manila, esto es, hacer un nuevorío canalizado y cerrar el antiguo Pasig. ¡Se economizaterreno, se acortan las comunicaciones, se impide la formacion debancos!

El proyecto dejó atontados á casi todos, acostumbradosá tratamientos paliativos.

—¡Es un plan yankee! observó Ben Zayb quequería agradar á Simoun.—El joyero habíaestado mucho tiempo en la América del Norte.

Todos encontraban grandioso el proyecto y así lo manifestabanen sus movimientos de cabeza.

Solo don Custodio, el liberal donCustodio, por su posicion independiente y sus altos cargos,creyó deber atacar un proyecto que no venía deél—¡aquello era una usurpacion!—ytosió, se pasó las manos por los bigotes y con su vozimportante y como si se encontrase en plena sesion del Ayuntamiento,dijo:

—Dispénseme el señor Simoun, mi respetableamigo, si le digo que no soy de su opinion; costaríamuchísimo dinero y quizás tuviésemos que destruirpoblaciones.

—¡Pues se destruyen! contestó fríamenteSimoun.

—¿Y el dinero para pagar á lostrabajadores...?

—No se pagan. Con los presos y los presidiarios...

—¡Ca! ¡no hay bastante, señor Simoun!

—Pues si no hay bastante, que todos los pueblos, que losviejos, los jóvenes, los niños trabajen, en vez de losquince días obligatorios, tres, cuatro, cincomeses para el Estado, ¡con [7]la obligacion ademas de llevar cadauno su comida y sus instrumentos!

Don Custodio, espantado, volvió la cara para ver si cercahabía algun indio que les pudiese oir.

Afortunadamente los queallí se encontraban eran campesinos, y los dos timonelesparecían muy ocupados con las curvas del río.

—Pero, señor Simoun...

—Desengáñese usted, don Custodio,continuó Simoun secamente; sólo de esa manera se ejecutangrandes obras con pocos medios. Así se llevaron á cabo lasPirámides, el lago Mœris y el Coliseo en Roma. Provinciasenteras venían del desierto cargando con sus cebollas paraalimentarse; viejos, jóvenes y niños trabajabanacarreando piedras, labrándolas y cargándolas sobre sushombros, bajo la direccion del látigo oficial; y despues,volvían á sus pueblos los que sobrevivían,ó perecían en las arenas del desierto. Luegovenían otras provincias, y luego otras, sucediéndose enla tarea durante años; el trabajo se concluía y ahoranosotros los admiramos, viajamos, vamos al Egipto y á Roma,enzalzamos á los Faraones, á la familia Antonina...Desengáñese V.; los muertos muertos se quedan ysólo al fuerte le da la razon la posteridad.

—Pero, señor Simoun, semejantes medidas pueden provocardisturbios, observó don Custodio, inquieto por el giro quetomaba el asunto.

—¡Disturbios, ja ja! ¿Se rebeló acaso elpueblo egipcio alguna vez, se rebelaron los prisioneros judíos contrael piadoso Tito? ¡Hombre, le creía á V. másenterado en historia!

¡Está visto que aquel Simoun ó era muy presumidoó no tenía formas! Decir al mismo don Custodio en su caraque no sabía historia, ¡es para sacarle ácualquiera de sus casillas! Y así fué, don Custodio seolvidó y replicó:

—¡Es que no está usted entre egipcios nijudíos!

—Y este país se ha sublevado más de una vez,añadió el dominico con cierta timidez; en los tiempos enque se les obligaba á acarrear grandes árboles parala construccion de navíos, si no fuera por los religiosos...

—Aquellos tiempos están lejos, contestó Simounriéndose más secamente aun de lo que acostumbraba; estasislas no volverán á sublevarse por más trabajosé impuestos que tengan... ¿No me ponderaba usted P.Salví,—añadió dirigiéndose alfranciscano [8]delgado,—la casa y el hospital de LosBaños donde ahora se encuentra su Excelencia?

El P. Salví hizo un movimiento con la cabeza y miróextrañando la pregunta.

—¿Pues no me había dicho usted que ambosedificios se levantaron obligando á los pueblos á trabajaren ellos bajo el látigo de un lego? ¡Probablemente elPuente del Capricho se construyó de la misma manera! Y diganustedes, ¿se sublevaron estos pueblos?

—Es que... se sublevaron antes, observó eldominico; y ¡ab actu ad posse valet illatio! .

—¡Nada, nada, nada! continuó Simoundisponiéndose á bajar á la cámara por laescotilla; lo dicho, dicho. Y usted P. Sibyla, no diga ni latines nitonterías. ¿Para que estarán ustedes los frailes,si el pueblo se puede sublevar?

Y sin hacer caso de las protestas ni de las réplicas, Simounbajó por la pequeña escalera que conduce al interiorrepitiendo con desprecio: ¡Vaya, vaya!

El P. Sibyla estaba pálido; era la primera vez que áél, Vice Rector de la Universidad, se le atribuíantonterías; don Custodio estaba verde: en ninguna junta en que sehabía encontrado había visto adversario semejante.Aquello era demasiado.

—¡Un mulato americano! exclamórefunfuñando.

—¡Indio inglés! observó en voz baja BenZayb.

—Americano, se lo digo á usted ¿si losabré yo? contestó de mal humor don Custodio; S. E. me loha contado; es un joyero que él conoció en la Habana yque segun sospecho le ha proporcionado el destino prestándoledinero. Por eso, para pagarle le ha hecho venir á que haga delas suyas, aumente su fortuna vendiendo brillantes... falsos, ¡quien sabe!Y es tan ingrato que despues de sacar los cuartos á los indiostodavía quiere que... ¡Pf!

Y terminó la frase con un gesto muy significativo de lamano.

Ninguno se atrevía á hacer coro á aquellasdiatribas; don Custodio podía indisponerse con S. E.

siquería, pero ni Ben Zayb, ni el P. Irene, ni el P. Salví,ni el ofendido P. Sibyla tenían confianza en la discrecion delos demás.

—Es que ese señor, como es americano, se cree sindudaque estamos tratando con los Pieles Rojas... ¡Hablar de esos[9]asuntos en un vapor! ¡Obligar, forzar ála gente!... Y es ése el que aconsejó la espedicioná Carolinas, la campaña deMindanaw que nos va á arruinar infamemente... Y es élquien se ha ofrecido á intervenir en la construccion delcrucero, y digo yo

¿qué entiende un joyero, por ricoé ilustrado que fuese, de construcciones navales?

Todo esto se lo decía en voz gutural don Custodio á suvecino Ben Zayb gesticulando, encogiéndose de hombros,consultando de tiempo en tiempo con la mirada á los demás quehacían movimientos ambiguos de cabeza.El canónigo Irene se permitía una sonrisa bastanteequívoca que medio ocultaba con la mano al acariciar sunariz.

—Le digo á usted, Ben Zayb, continuaba don Custodiosacudiéndole al escritor del brazo; todo el mal aquíestá en que no se consulta á las personas que tienenlarga residencia. Un proyecto con grandes palabras y sobre todo con ungran presupuesto, con un presupuesto en cantidades redondas, alucina yse acepta en seguida... ¡poresto!

Don Custodio frotaba la yema del dedo pulgar contra las delíndice y del medio.

—Algo de eso hay, algo de eso, creyó deber contestarBen Zayb que, en su calidad de periodista, tenía que estarenterado de todo.

—Mire usted, antes que las obras del Puerto, he presentado youn proyecto, original, sencillo, útil, económico yfactible para limpiar la barra de la Laguna ¡y no se ha aceptadoporque no daba de esto!

Y repitió el mismo gesto de los dedos, se encojió dehombros, miró á todos como diciéndoles:¿Ustedes han visto semejante desgracia?

—Y ¿se puede saber en quéconsistía?—Y...—¡Hola! exclamaron unos y otrosacercándose y aprestándose á escuchar. Losproyectos de don Custodio eran famosos como los específicos delos curanderos.

Don Custodio estuvo á punto de no decirles en queconsistía, resentido por no haber encontrado partidarios cuandosus diatribas contra Simoun. «Cuando no hay peligro quereis quehable, ¿eh?

¿y cuando lo hay os callais?» ibaá decir, pero era perder una buena ocasion, y el proyecto, yaque no se podía realizar, al menos que se conozca y se admire. [10]

Despues de dos ó tres bocanadas de humo, de toser y deescupir por una comisura, preguntó á Ben Zaybdándole una palmada sobre el muslo:

—¿Usted ha visto patos?

—Me parece... los hemos cazado en el lago, respondióBen Zayb estrañado.

—No, no hablo de patos silvestres, hablo de losdomésticos, de los que se crían en Pateros y en Pasig. Y¿sabe usted de qué se alimentan?

Ben Zayb, la única cabeza pensante, no lo sabía:él no se dedicaba á aquella industria.

—¡De caracolitos, hombre, de caracolitos!contestó el P. Camorra; no se necesita ser indio para saberlo,¡basta tener ojos!

—¡Justamente, de caracolitos! repetía donCustodio gesticulando con el dedo índice; y ¿usted sabe dedónde se sacan?

La cabeza pensante tampoco lo sabía.

—Pues si tuviera usted mis años de pais, sabríaque los pescan en la barra misma donde abundan mezclados con laarena.

—¿Y su proyecto?

—Pues á eso voy. Obligaba yo á todos los pueblosdel contorno, cercanos á la barra, á criar patos yverá V. como ellos, por sí solos, la profundizan pescandocaracoles...Ni más ni menos, ni menos ni más.

Y don Custodio abría ambos brazos y contemplaba gozosoel estupor de sus oyentes: á ninguno se le había occuridotan peregrina idea.

—¿Me permite usted que escriba un artículoacerca de eso? preguntó Ben Zayb; en este país se piensatan poco...

—Pero, don Custodio, dijo doña Victorina haciendodengues y monadas; si todos se dedican á criar patos vaná abundar los huevos balot. ¡Uy, qué asco!¡Que se ciegue antes la barra! [11]

[Índice]

II

Bajo-cubierta

Allá abajo pasaban otras escenas.

Sentados en bancos y en pequeños taburetes de madera, entremaletas, cajones, cestos y tampipis, á dos pasos de lamáquina, al calor de las calderas, entre vaho humano y olorpestilente de aceite, se veía la inmensa mayoría de lospasageros.

Unos contemplan silenciosos los variados paisajes de la orilla,otros juegan á las cartas ó conversan en medio delestruendo de las palas, ruido de la máquina, silbidos de vaporque se escapa, mugidos de agua removida, pitadas de la bocina. En unrincon, hacinados como cadáveres, dormían ótrataban de dormir algunos chinos traficantes, mareados,pálidos, babeando por los entreabiertos labios, y bañadosen el espeso sudor que se escapa de todos sus poros.

Solamente algunosjóvenes, estudiantes en su mayor parte, fáciles dereconocer por su traje blanquísimo y su porte aliñado, seatrevían á circular de popa á proa, saltando porencima de cestos y cajas, alegres con la perspectiva de laspróximas vacaciones. Tan pronto discutían los movimientos de lamáquina tratando de recordar nociones olvidadas deFísica, como rondaban al rededor de la joven colegiala, de labuyera de labios rojos y collar de sampagas, susurrándoles aloido palabras que las hacían sonreir ó cubrirse la caracon el pintado abanico.

Dos, sin embargo, en vez de ocuparse en aquellas galanteríaspasageras, discutían en la proa con un señor de edad,pero aun arrogante y bien derecho. Ambos debían ser muyconocidos y considerados á juzgar por ciertas deferencias queles mostraban los demás. En efecto, el de más edad, elque va vestido todo de negro era el estudiante de Medicina Basilio,conocido por sus buenas curas y maravillosos tratamientos. El otro, elmás grande y más robusto con ser mucho más joven,era Isagani, uno de los poetas ó cuando menos versistas que [12]salieron aquel año del Ateneo, caracteroriginal, de ordinario poco comunicativo, y bastante taciturno. Elseñor que hablaba con ellos era el rico Capitan Basilio quevenía de hacer compras en Manila.

—Capitan Tiago va muy regular, sí señor,decía el estudiante moviendo la cabeza; no se somete áningun tratamiento... Aconsejado por alguno me envía áS. Diego so pretesto de visitar la casa, pero es para que le deje fumarel opio con entera libertad.

El estudiante cuando decía alguno, daba áentender el P. Irene, gran amigo y gran consejero de Capitan Tiago ensus últimos días.

—El opio es una de las plagas de los tiempos modernos, repusoel Capitan con un desprecio é indignacion de senador romano; losantiguos lo conocieron, mas nunca abusaron de él.

Mientrasduró la aficion á los estudios clásicos(obsérvenlo bien, jóvenes) el opio solo fuémedicina, y sino, díganme quiénes lo fuman más.¡Los chinos, los chinos que no saben una palabra de latin!¡Ah si Capitan Tiago se hubiese dedicado á Ciceron!...

Y el disgusto más clásico se pintó en su carade epicúreo bien afeitado. Isagani le contemplaba con atencion:aquel señor padecía la nostalgia de laantigüedad.

—Pero, volviendo á esa Academia de Castellano,continuó Capitan Basilio; les aseguro á ustedes que no lahan de realizar...

—Sí señor, de un día á otroesperamos el permiso, contesta Isagani; el P. Irene, que ustedhabrá visto arriba, y á quien regalamos una pareja decastaños, nos lo ha prometido. Va á verse con elGeneral.

—¡No importa! ¡el P. Sibyla se opone!

—¡Que se oponga! Por eso viene para... en Los Baños, ante el General.

Y el estudiante Basilio hacía una mímica con sus dospuños haciéndolos chocar uno contra el otro.

—¡Entendido! observó riendo Capitan Basilio. Peroaunque ustedes consigan el permiso, ¿de dóndesacarán fondos...?

—Los tenemos, señor; cada estudiante contribuye con unreal.

—Pero ¿y los profesores? [13]

—Los tenemos; la mitad filipinos y la mitad peninsulares.

—Y ¿la casa?

—Makaraig, el rico Makaraig cede una de las suyas.

Capitan Basilio tuvo que darse por vencido: aquellos jóvenestenían todo dispuesto.

—Por lo demás, dijo encogiéndose de hombros, noes mala del todo, no es mala la idea, y ya que no se puede poseer ellatin, que al menos se posea el castellano. Ahí tiene usted,tocayo, una prueba de cómo vamos para atrás. En nuestrotiempo aprendíamos latin porque nuestros libros estaban enlatin; ahora ustedes lo aprenden un poco pero no tienen libros enlatin, en cambio sus libros estan en castellano y no se enseñaeste idioma: ¡ætas parentum pejor avis tulit nosnequiores! como decía Horacio.

Y dicho esto se alejó magestuosamente como un emperadorromano. Los dos jóvenes se sonrieron.

—Esos hombres del pasado, observó Isagani, para todoencuentran dificultades; se les propone una cosa y en vez de ver lasventajas solo se fijan en los inconvenientes. Quieren que todo vengaliso y redondo como una bola de billar.

—Con tu tío está á su gusto,observó Basilio; hablan de sus antiguos tiempos... Oye, ápropósito

¿qué dice tu tío de Paulita?

Isagani se ruborizó.

—Me echó un sermon sobre la eleccion de esposa... Lecontesté que en Manila no había otra como ella, hermosa,bien educada, huérfana...

—Riquísima, elegante, graciosa, sin más defectosque una tía ridícula, añadió Basilioriendo.

Isagani se rió á su vez.

—A propósito de la tía, ¿sabes que me haencargado busque á su marido?

—¿Doña Victorina? ¿Y tú se lohabrás prometido para que te conserve la novia?

—¡Naturalmente! pero es el caso que el marido se escondeprecisamente... ¡en casa de mi tío!

Ambos se echaron á reir.

—Y hé aquí, continuó Isagani, el porqué mi tío que es un hombre muy concienzudo, no haquerido entrar en la cámara, temeroso de que doñaVictorina le pregunte por don [14]Tiburcio.

¡Figúrate!Doña Victorina, cuando supo que yo era pasagero de proa, memiró con cierto desprecio...

En aquel instante bajaba Simoun y al ver á los dosjóvenes,

—¡Adios, don Basilio!, dijo saludando en tono protector,¿se va de vacaciones? ¿El señor es paisano deusted?

Basilio presentó á Isagani y dijo que no erancompoblanos, pero que sus pueblos no distaban mucho. Isaganivivía á orillas del mar en la contra costa.

Simoun examinaba á Isagani con tanta atencion, que molestadoéste se volvió y le miró cara á cara con uncierto aire provocador.

—Y ¿qué tal es la provincia? preguntóSimoun volviéndose á Basilio.

—¿Cómo, no la conoce usted?

—¿Cómo diablos la he de conocer si no he puestojamás los piés en ella? Me han dicho que es muy pobre yno compra alhajas.

—No compramos alhajas porque no las nececitamos,contestó secamente Isagani, picado en su orgullo deprovinciano.

Una sonrisa se dibujó en los pálidos labios deSimoun.

—No se ofenda usted joven, repuso, yo no tenía ningunamala intencion pero como me habían asegurado que casi todos loscuratos estaban en manos de clérigos indios, yo me dije: losfrailes se mueren por un curato y los franciscanos se contentan con losmás pobres, de modo que cuando unos y otros los ceden álos clérigos, es que allí no se conocerájamás el perfil del rey. ¡Vaya señores,vénganse ustedes á tomar conmigo cerveza y brindaremospor la prosperidad de su provincia!

Los jóvenes dieron las gracias y se escusaron diciendo que notomaban cerveza.

—Hacen ustedes mal, repuso Simoun visiblemente contrariado; lacerveza, es una cosa buena, y he oido decir esta mañana al P.Camorra que la falta de energía que se nota en este paísse debe á la mucha agua que beben sus habitantes.

Isagani que casi era tan alto como el joyero, ¡seirguió!

—Pues dígale usted al P. Camorra, se apresuróá decir Basilio tocando con el codo disimuladamiente áIsagani, dígale usted que si él bebiese agua en vez devino ó de cerveza, acaso ganásemos todos y no diese muchoque hablar...

—Y dígale, añadió Isagani, sin hacer casode los codazos de [15]su amigo, que el agua es muy dulce y se dejabeber, pero ahoga al vino y á la cerveza y mata al fuego; quecalentada es vapor, que irritada es océano ¡y que una vezdestruyó á la humanidad é hizo temblar al mundo ensus cimientos!

Simoun levantó la cabeza y aunque su mirada no sepodía leer oculta por sus gafas azules, en el resto de susemblante se podía ver que estaba sorprendido.

—¡Bonita réplica! dijo; pero témome que seguasee y me pregunte cuándo se convertirá el agua envapor y cuándo en océano. ¡El P. Camorra es algoincrédulo y muy zumbon!

—Cuando el fuego lo caliente, cuando los pequeñosríos que ahora se encuentran diseminados en sus abruptascuencas, empujados por la fatalidad se reunan en el abismo que loshombres van cavando, contestó Isagani.

—No, señor Simoun, añadió Basilio tomandoun tono de broma. Repítale usted más bien estos versosdel mismo amigo Isagani:

Agua somos, decís, vosotros fuego;

Como lo querais, ¡sea!

¡Vivamos en sosiego

Y el incendio jamás luchar nos vea!

Sino que unidos por la ciencia sabia

De las calderas en el seno ardiente,

Sin cóleras, sin rabia,

¡Formemos el vapor, quinto elemento,

Progreso, vida, luz y movimiento!

—¡Utopía, utopía! contestósecamente Simoun; la máquina está por encontrarse... enel entretanto tomo mi cerveza.

Y sin despedirse dejó á los dos amigos.

—Pero ¿qué tienes tú hoy que estásbatallador? preguntó Basilio.

—Nada, no lo sé, pero ese hombre me da horror, miedocasi.

—Te estaba tocando con el codo; ¿no sabes que áese le llaman el cardenal Moreno?

—¿Cardenal Moreno?

—O Eminencia Negra, como quieras.

—¡No te entiendo!

—Richelieu tenía un consultor capuchino á quienllamaban Eminencia Gris; pues éste lo es del General... [16]

—¿De veras?

—Como que lo he oido de alguno... que siempre habla deél mal detrás, y le adula cuando le tiene delante.

—¿Visita tambien á Capitan Tiago?

—Desde el primer día de su llegada, y por cierto que un cierto le considera como rival... en la herencia... Y creoque va á verse con el General para la cuestion de laenseñanza del castellano.

En aquel momento un criado vino para decir á Isagani que sutíole llamaba.

En uno de los bancos de popa y confundido con los demáspasageros se sentaba un clérigo contemplando el paisaje que sedesplegaba sucesivamente á su vista. Sus vecinos lehacían sitio, les hombres, cuando pasaban cerca, sedescubrían y los jugadores no osaban poner su mesa cerca dedonde él estaba. Aquel sacerdote hablaba poco, no fumaba niadoptaba maneras arrogantes, no desdeñaba mezclarse con losdemás hombres y devolvía el saludo con finura y graciacomo si se sintiese muy honrado y muy reconocido. Era ya de bastanteedad, los cabellos casi todos canos, pero su salud parecía aunrobusta y, aunque sentado, tenía el tronco erguido y la cabezarecta, pero sin orgullo ni arrogancia. Diferenciábase del vulgode clérigos indios, pocos por demás, que por aquellaépoca servían como coadjutores ó administrabanalgunos curatos provisionalmente, en cierto aplomo y gravedad comoquien tiene conciencia de la dignidad de su persona y de lo sagrado desu cargo. Un ligero examen de su exterior, si no ya sus cabellosblancos, manifestaba al instante que pertenecía á otraépoca, á otra generacion, cuando los mejoresjóvenes no temían exponer su dignidad haciéndosesacerdotes, cuando los clérigos miraban de igual á igualá los frailes cualesquiera, y cuando la clase, aun no denigraday envilecida, pedía hombres libres y no esclavos, inteligenciassuperiores y no voluntades sometidas. En su rostro triste y serio seleía la tranquilidad del alma fortalecida por el estudio y lameditacion y acaso puesta á prueba por íntimossufrimientos morales. Aquel clérigo era el P. Florentino, eltío de Isagani y su historia se reduce á muy poco.

Hijo de una riquísima y bien relacionada familia de Manila,de gallardo continente y felices disposiciones para brillar en[17]el mundo, jamás había sentidovocacion sacerdotal; pero, su madre, por ciertas promesas óvotos, le obligó á entrar en el seminario despues de nopocas luchas y violentas discusiones. Ella tenía grandesamistades con el arzobispo, era de una voluntad de hierro, éinexorable como toda mujer devota que cree interpretar la voluntad deDios. En vano se opuso el joven Florentino, en vano suplicó, envano se escusó con sus amores y provocóescándalos; sacerdote tenía que ser y á losveinticinco años sacerdote fué: el arzobispo leconfirió las órdenes, la primera misa se celebrócon mucha pompa, hubo tres días de festin y la madremurió contenta y satisfecha dejándole toda sufortuna.

Pero en aquella lucha recibió Florentino una herida de la quejamás se curó: semanas antes de su primera misa, la mujerque más había amado se casó con un cualquiera, dedesesperacion; aquel golpe fué el más rudo que sintierajamás; perdió su energía moral, la vida lefué pesada é insoportable. Si no la virtud y el respetoá su estado, aquel amor desgraciado le salvó de losabismos en que caen los curas regulares y seglares en Filipinas.Dedicóse á sus feligreses por deber, y por aficion,á las ciencias naturales.

Cuando acontecieron los sucesos del setenta y dos, temió elP. Florentino que su curato por los grandes beneficios querendía llamase la atencion sobre él, y pacíficoantes que todo solicitó su retiro, viviendo desde entonces comoparticular en los terrenos de su familia, situados á orillas delPacífico. Allí adoptó á un sobrino,á Isagani, segun los maliciosos hijo suyo con su antigua noviacuando enviudó, hijo natural de una prima suya en Manila segunlos más serios y enterados.

El Capitan del vapor había visto al clérigo éinstádole á que entrára en la cámara ysubiese sobre-cubierta. Para decidirle había añadido:

—Si usted no va, los frailes creerán que no quierereunirse con ellos.

El P. Florentino no tuvo más remedio que aceptar ymandó llamar á su sobrino para enterarle de lo quesucedía y recomendarle no se acercase á la cámaramientras estuviese allí.

—Si te ve el Capitan, te va á invitar yabusaríamos de su bondad.

—¡Cosas de mi tío! pensaba Isagani; todo es para que notenga motivos de hablar con doña Victorina. [18]

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III