El Enemigo by Jacinto Octavio Picón - HTML preview

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peligroso. ¿Cómo había él deimaginar que Paz estuviese al alcance de su deseo, ni quién se atreveríaa despertar en ella recelo de aquel desdichado?

Mas fue Dios servido—como decían los místicos—que comenzase a sucedercon las palabras lo mismo que con las miradas. Hablaron unas cuantasveces de cosas indiferentes, y él, aun conteniéndose, por temor aparecer atrevido, siempre halló ocasión de mostrar cortesía, ingenio ygracia. Sus maneras carecían de atildamiento rebuscado y enfadoso, y susfrases estaban exentas de esa vulgaridad que hace el lenguaje de unhombre igual al de los demás: en lo que hablaba había siempre algooriginal; su tristeza parecía sincera, su gracia tenía un dejo amargo.Paz no podía analizar en qué estribaba ello, pero le gustaba hablar conPepe, quien siempre la llamaba señorita, expresándose mucho mejor que lamayor parte de los caballeretes que por haberla visto una noche en unbaile la llamaban por su nombre de pila.

El arreglo de la librería tocaba a su término: unas cuantas mañanas más,y todo quedaría en orden. Pudo haberse concluido antes, pero loestorbaron dos causas: la primera, que don Luis, cayendo en la cuenta deque podía escribir al distrito por mano ajena, ni más ni menos que unministro, empleó a Pepe como amanuense; y la segunda, que lasconversaciones de éste con Paz fueron adquiriendo mayor desarrollo yduración cada día.

Oyéndole, se olvidaba ella de que era sólo algo másque un criado: hablándola perdía él la noción de la distancia que lesseparaba. Algunos de estos diálogos tomaron giro extraño.

—Hoy no le quitaré a Vd. tiempo. ¡Estoy más aburrida!... Voy detiendas, a escoger un regalo para una amiga que se casa, y no sé quécomprar. Tiene diez y ocho años: fue compañera mía de colegio.

—Esa edad tiene precisamente mi hermana.

—No sabía que tuviera Vd. hermanos.

—Además, tengo otro hermano mayor, que es cura. Pero de fijo no me veréyo en el apuro de comprar a Leocadia regalo de boda.

—¿Por qué?

—Las muchachas de la condición de mi hermana no hallan fácilmente quienlas ame.

—Pues ¿de qué condición es su hermana de Vd.?

—La vida de mi padre nos ha colocado en una situación muy modesta,señorita, pero superior a la de los infelices que necesitan ganar unjornal. Pertenecemos a esas últimas capas de la clase media que tocan decerca la pobreza, y las mujeres de esta clase son muy difíciles decasar.

—No se me alcanza la razón.

—Es muy sencilla. No pueden casarse con un obrero, porque lo estorba ladiferencia de vida y de gustos, y es raro que lleguen a enamorar a unrico. En cuanto a los hombres de posición análoga a la suya... a esosles está vedado el matrimonio.

—¡Qué ideas tan raras!

—No; es frialdad para considerar las cosas. ¿Qué hogar puede crear, niqué existencia ofrecer a su novia un hombre que gana, por ejemplo, loque yo? Desengáñese Vd., señorita, el matrimonio no está al alcance detodas las fortunas.

—¡Cuando digo que piensa Vd. cosas muy raras! ¿De modo que una muchachapobre no puede enamorar a un hombre rico, y viceversa?

—Lo primero no es tan difícil; pero el viceversa es punto menos queimposible.

—Explíquese Vd.

—Los encantos de la mujer no necesitan la ayuda del dinero.

Lascualidades morales y la belleza lo pueden todo. La misión del hombre esmás difícil: primero, tiene que saber agradar, luego debe disponer demedios para sostener una familia.

—¿Y si esos medios los lleva la mujer? ¿O es que Vd. no cree que debacasarse el pobre con mujer rica? Pues lo estamos viendo a cada paso.

—Hay algo de eso. El amor y el oro hacen juntos grandes cosas; pero¡que pocas veces se unen! Además, créame Vd., señorita, siempre resultasospechoso el hombre pobre que enamora a una rica. Las beldadesadineradas son para nosotros como los brillantes para las modistillas,que cuando los lucen nadie los imagina honradamente ganados.

—Es decir, que hablando clarito, y sin dulcificar las cosas, ennosotras la fortuna puede ser un obstáculo a la felicidad.

—Ha acertado Vd. mi modo de pensar. Nunca debe el hombre pedir amor ala que puede enriquecerle. ¿Cómo creerá ella en su sinceridad? ¿Cómoadquirirá la certeza de que es ella, ella misma, el objeto de laadoración? A una divinidad que nada concede, le es dado creer en lasinceridad de los que la rezan; pero un dios que pagara con oro lasoraciones, ¿cómo estaría cierto del amor que le ofrecieran?

—¡Qué sutilezas y qué modo de entender las cosas! Entonces, según Vd.,la mujer rica no puede hallar sino marido rico. Pues no es así. Todoslos días se casan ricas con pobres.

—No: ocurre que señoritas más o menos acaudaladas se unen a pillos bienvestidos, elegantes, instruidos y hasta bien educados; pero no habrá Vd.visto nunca que una señorita rica se case con un hombre digno yverdaderamente pobre.

—Según... Con un pobre, pobre, vamos, que no tenga donde caerse muerto,no.

—Es natural. El oro inspira a la mujer desconfianza de la buena fe delhombre. ¿Quién es capaz de descubrir la verdad en corazón ajeno? Por esono debe nunca exponerse nadie a que le culpen de ambicioso cuando sólopretende ser amado.

—Tristes verdades, si lo son, para las ricas.

Quizá nada tuvieran de extraordinario las frases de Pepe, pero ella nohabía oído nunca hablar así.

Otro día compró Paz para su gabinete un espejo antiguo con marco detalla, una verdadera obra de arte. Hojas de vid, tallos de yedra,flores, acantos, cintas y volutas encerraban la luna de ancho bisel: fuepreciso restaurarlo, y cuando acabada la obra lo entregaron, mandódejarlo en el despacho para que lo viese su padre, y allí lo vio tambiénPepe al descargarlo los mozos. Ella, con esa alegría infantil de quienostenta una adquisición nueva, le dijo:

—Mire Vd. mi compra. En todo Madrid no hay otro igual. Y

barato. Cincomil reales.

Pepe, al examinar el espejo, hizo un gesto involuntario.

—¡Qué! ¿Es feo? Luis XV, barroco puro... ¿O le parece a Vd.

caro?

—No; es precioso.

—Entonces... ¡Vamos, hombre, hable Vd.! ¿Vale menos de lo que me hacostado?

—Señorita, y ¿con qué título puedo yo permitirme comentar sus actos niaquilatar sus gustos?

—No se trata de eso. ¿Es que le parece a usted mucho dinero?

Cuando yotengo confianza con Vd., debía Vd. tenerla conmigo.

—El marco es hermoso y vale lo que cuesta.

—No es Vd. sincero.

—¿Por qué, señorita?

—Se lo conozco a Vd. en la cara; sea usted franco, hombre, sea Vd.franco. Le ha parecido a Vd. un despilfarro, ¿verdad?

—¿Y con qué derecho podría yo pensar así?

—Vaya, pues deseo que me lo diga Vd.; le doy a Vd. carta blanca paraque hable, vaya, que quiero que hable Vd.

Era un capricho de niña mimada: curiosidad de saber por qué causa lo quea ella le parecía natural producía mala impresión en el prójimo.

—Lo que me ha dicho mi pensamiento—repuso Pepe tímidamente—es que eldinero no tiene igual valor para todos.

—¡Qué modo tan delicado tiene Vd. de decir las cosas!; pero cinco milreales no son para nadie más que doscientos cincuenta duros.

—Que representan para una familia pobre doscientos cincuenta días devida.

—En eso tiene Vd. razón. No se debían comprar ciertas cosas mientrashay quien se muere de hambre... pero así está el mundo.

Sí, ya lo veo:una locura como esta representa el bienestar de muchos.

—Y a veces, la vida de algunos.

—De modo—siguió Paz—que Vd. es de esos que dicen que todo debíarepartirse entre todos.

—No, señorita. Hay males que no tienen remedio. Habría también querepartir el entendimiento y la virtud, y eso es imposible. Yo no hehecho sino pensar que, si a veces la fortuna escoge bien aquellos aquienes favorece, otras, en fuerza de ser ciega, raya en cruel.

—Perdóneme Vd. Conozco que he cometido una torpeza. Pero no toda laculpa es mía.

—¿Por qué, señorita?

—No he debido enseñar a Vd. ese trasto. Por lo que otras veces he oído,su situación, de Vd., dicho sea sin ofenderle, pues en ello no hayinjuria, no es nada lisonjera. He hecho mal, he sido indiscreta,¿verdad?

—Señorita, ¡no se ensañe Vd. conmigo! mis palabras no encerraban lamenor censura.

—No, si la mitad de la culpa es de Vd.

—No entiendo.

—La cosa es clara. Usted ha hecho por su ingenio y con su conversaciónque yo le trate como a un amigo, y me he tomado la libertad de enseñar aVd. lo que no debía.

—¿Quiere Vd. decir que ha enseñado joyas a un mendigo?

—No, Pepe; eso me lastima.

Paz se dolió de aquella respuesta, y desviando de él la mirada, guardósilencio; mas su actitud y la expresión de su semblante no indicaronenojo, sino amargura. Parecía que quien la había hablado de tal modotenía autoridad para hacerlo. Pepe dijo sorprendido:

—Perdóneme Vd.; pero el error no es mío. Ha tomado Vd.

como grito de lapobreza escarnecida, acaso de una envidia inconsciente lo que ha sidouna observación sencillísima. ¿Cómo ha podido Vd. creer que yo meatreviera a tanto? ¿Qué soy para Vd., señorita? Sólo dirigiéndome lapalabra me honra Vd.

¿Había de pagarla con descortesía o ligereza?

—No se hable más del caso. Lo que quiero, es saber que no le heofendido a Vd.—Y le tendió amistosamente la mano.

Ambos quedaron perplejos, y desde entonces fueron más reservados unopara con otro. Paz se reconvino mentalmente, pareciéndole que hiriendo aPepe en el pudor de la pobreza había cometido una acción muy fea. Pepeno acertó a definir lo que sentía.

Sus vidas comenzaban a unirse como en el lecho del río suelen juntarse,arrastrados por la corriente, el grano de arena y la partícula de oro.

VI

Cuando Pepe terminó el trabajo para que fue llamado, dejó de ir a casade don Luis: algo parecido al miedo le alejaba de allí.

La última mañanaque estuvo, se marchó aprovechando un momento en que no podíanobservarle. Preguntáronle sus padres si le habían pagado, yrepuso:—«No estaba don Luis; ya le veré en el Senado.» Lo cierto eraque, como en casa del señor de Ágreda quien satisfacía todo gasto eraPaz, a Pepe le repugnó la idea de que fuese ella quien le pusiera en lamano el puñado de duros ofrecido por su padre. Por primera vez sentíabrotar en el fondo del alma la soberbia: un mal impulso era precursordel más noble sentimiento; que así a veces, en el espíritu del hombre,como en la vida de la Naturaleza, precede la sombra al esplendor deldía.

Trascurrida una semana sin que Pepe volviese a la casa, Paz se acusó deello, ya preocupada con aquella desaparición, y pensó en el pobremuchacho cual si fuese un amigo ofendido: se acordó también de que nole había pagado, pero no se le ocurría modo discreto de enviarle eldinero. ¿Por un criado? No acertaba a explicarse la causa, mas por nadadel mundo se hubiera valido de tal medio. ¿Escribirle? Al imaginarlo, nofue temor de herirle lo que cruzó por su imaginación, sino algo comomiedo vago, pudor mortificado por sí mismo.

Al fin no hizo nada, ni aun se atrevió a hablar a su padre; pero no dejóde pensar en ello, y hubo día en que, al cruzar por el cuarto de loslibros, experimentó hastío y tristeza.

Poco a poco la luz se hizo en su alma. Sus oídos, hechos a la lisonja,no escucharon nunca frases que la turbaran; nada la hicieron sentiraquellos hombres que podían desearla como joya colocada al alcance desus manos, y ahora ella ponía espontáneo y terco empeño en recordar losdichos más sencillos, las más insignificantes galanterías de un pobrete,a quien aterraba un gasto de cinco mil reales. Aquello le parecía unasveces romántico hasta la ridiculez, otros ratos sentía ganas de llorar.

Una mañana de la primavera de 1872—ocho o nueve meses antes de aquellacena en que los padres de Pepe hablaron de la próxima llegada deTirso—estaban en San Pascual, de Recoletos, tocando a misa de once. Elsol iluminaba el césped de los jardinillos, abrillantado por la humedady oscurecido a trechos por las sombras de las acacias, cuyo aromaembalsamaba el aire.

Sobre el azul intenso del cielo destacaban lascopas verdinegras de algunos pinos; el ramaje, entre morado y carminoso,de los árboles del amor, fingía detalles de fondo japonés, y de losrecuadros encharcados se alzaba el olor penetrante de la tierra mojada.Los niños jugaban en el suelo, esmaltando la arena amarillenta con sustrajecitos de colores claros, o se caían llorando en las socavas de losárboles, mientras las niñeras reían en coro desvergüenzas de algúnlacayo. En los bancos, y cada cual con su periódico en la mano, habíaalgunos señores viejos, tipos de militares retirados, de ancianosachacosos que, sacudiendo el entumecimiento del invierno, salían enbusca de un rayo de sol tibio. En el aguaducho, cargado de vasos,descollaban el fanal de los azucarillos y la botija con espita, trascuya gruesa panza se ocultaban el tarro de las guindas y la bandeja delos bollos, en tanto que la aguadora, dando conversación a un guarda,fregaba en el lebrillo las cucharillas de latón. Por el centro del paseocirculaban rápidamente algunos carruajes de caballos briosos y,siguiendo la línea de las sillas de hierro, se veían parados unoscuantos simones con el jamelgo caído el cuello y el cochero tumbado enel pescante deletreando El Cencerro. Al otro lado, los tranvíascorrían sobre los railes, obstruidos por carros y camiones, que susconductores apartaban de la vía renegando al oír el pito de losmayorales, y por la larga acera de piedra, en silencio, paso a paso dearriba a abajo, se aburría autoritariamente la pareja de guardias deorden público, entonces llamados amarillos, sin otro consuelo queechar miradas subversivas a las criadas de buen ver. De las callesvecinas iban llegando recién peinadas y coquetas las señoritas deseosasde que el novio se hiciera el encontradizo, las niñas ávidas de jugar ylas mamás cargadas de devocionarios sujetos con gomas encarnadas. Unascaminaban de prisa con la ligereza de la impaciencia, otras cansadas conla gordura de los años; luciendo, según su gusto, primores de elegancia,arreglos de taller casero, rarezas del capricho, exageraciones de lamoda, algunas calculada sencillez y todas empeño de agradar. A la mismapuerta del templo parábase de cuando en cuando una berlina blasonada, ylentamente se apeaba de ella una dama; cuanto más poderosa menosengalanada, mostrando en los ojos la soñolencia que deja el trasnochar,y en el rostro marchito las huellas ardorosas de la atmósfera de lasfiestas. A pasitos rápidos y cortos, inclinado el cuerpo hacia latierra, con la cabeza baja y la conciencia temerosa del retraso, veníanpegadas a las fachadas de las casas las viejecillas de zapatos de cabray mantón negro, y adelantándose a ellas iban las muchachas devotas que,como ignorando el poder de la juventud, piden incesantemente al cielodichas que puede darles el mundo. La campana seguía llamándolas con sutañer monótono, y todas entraban como manada al redil: feas, bonitas,ricas, miserables, virtuosas, perdidas, santas, pecadoras, madres,cortesanas, vestales del hogar o sacerdotisas del amor, todas,codeándose, juntas, desaparecían sorbidas por la puerta de la iglesia,levantando al entrar un cortinón más pesado que una losa y dejandoentrever rápidamente una atmósfera cargada, sucia, humosa y salpicadapor el resplandor amarillo de las velas.

Durante toda la mañana se estaba renovando aquel público, femenino en sumayoría, y la puerta seguía tragando mujeres para arrojarlas luego a lacalle pasados veinte o treinta minutos, al cabo de los cuales se lasveía salir abriendo sombrillas o desplegando abanicos, porque la luz delsol las ofendía, acostumbrada ya su retina a la oscuridad de la sagradacueva.

También entraban algunos hombres; pero el mayor número de ellospermanecía en los jardinillos formando corros, comentando noticias deldía acabadas de leer en los periódicos que los vendedores voceaban entorno suyo con los últimos partes del Norte. Hacia la calle de Alcaláse oía el cascabeleo de los ómnibus que iban al apartado de los toros, yandando despacito por el paseo, inundado de sol, venía el borriquillocon sus serones llenos de macetas, escuchándose gritar de rato en ratoal mocetón que lo guiaba: el tieestóo de claaveles doobles... Quien seacercase a los corros podía oír fragmentos de conversaciones y notar,tal vez, que algunos de los que hasta allí acompañaron a su mujer o suhija defendían las ideas del siglo con palabras impregnadas de impiedadmoderna.

—Las partidas van en aumento.

—Dicen que el Rey se marcha al ejército del Norte.

—Si esto no se sostiene, vamos derechos a Don Carlos.

—Pues crea Vd. que el fanatismo religioso nos envilece ante la Europaculta.

—Yo a quienes tengo miedo es a los republicanos. Vamos derechos a unnoventa y tres espantoso.

—Todas las malas pasiones se han abierto camino.

—¡Hasta que se forme una liga de los que tienen que perder!

—¡Cada día un meeting! Estoy de manifestaciones pacíficas hasta porcima de los pelos.

—¡Calle Vd., hombre, por Dios! Eso no es compatible con el gobierno.¡En tiempo de don Ramón y don Leopoldo no había mitins! Esto se va.

—Pues yo creo que el Rey gana simpatías.

—¿Qué ha de ganar, hombre? ¡Si es extranjero!

—Está Vd. en un error, señor mío: eso no significa nada. La historiademuestra que Carlos I y Felipe V eran también extranjeros.

De un grupo de señoras salían voces atipladas y chillonas: trataban detrapos, modas, chismes y criados.

—Chica, no sabe una qué ponerse: este es del año pasado.

—Pues te sienta muy bien. Mira, mira, allí va la de Rodete. La otratarde fue de las que estuvieron en la Castellana con mantilla blanca ypeineta para hacer rabiar a los Reyes.

—¡Qué porquería! A mí la Reina me da lástima.

—Hija, ¿qué quieres? ¡como la de Rodete fue azafata de doña Isabel!Pues yo he oído que los alfonsinos se mueven mucho:—

Y la que estodecía miraba de reojo a un caballero que, sentado en una butaca dehierro, seguía con la vista al grupo de las damas.

Dos pollitas apartadas de sus mamás sostenían, haciendo dengues ymohínes, un diálogo muy vivo.

—¿No entráis?

—No: el padre Enrique dice la misa muy despacio. Además, quiero dartiempo a que llegue ese. Mamá le deja ya entrar en casa. Está el pobremuchacho que bebe los vientos.

—¿Y el tuyo?

—Este Junio acaba.

—Hija, lo mismo decías hace un año. ¡La carrera que tenga ese!...

—Pues a mí me gusta. ¡Está más cariñoso!

—Chica, con esos trajes de rayas parecen zebras.

—Adiós, que se va mamá con las de Zangolotino!

—Abur, remononísima.

Los sietemesinos, echando humo por la boca y luciendo americanas delverano anterior, parodiaban a don Juan Tenorio.

—Te digo que esa señora no es tal señora, y me han dicho que torea.

—Vamos, chico, ¡que te calles! Yo la he seguido dos tardes, y nisiquiera me ha mirado.

—Pues me consta que va a citas.

—¡Sí! Las ganas.

—Ya salen... adiós.

La campana sonaba con más fuerza; los mendigos de la puerta del temploentristecían la voz cuanto les era posible; las amas de cría comenzabana desfilar como burras de leche; las señoras entraban o salían de laiglesia, lanzándose miradas envidiosas; el calor arreciaba, y el paseose iba quedando poco menos que desierto, oyéndose por la acera de piedrael firme taconear de las muchachas que pasaban, medio ocultas por lasanchas sombrillas de colores chillones, mientras las madres llamaban alos niños, que corrían como perrillos jugando a las mulas o se deteníana mirar las estampas que veían al paso en mano de los vendedores deperiódicos. Lentamente se fue marchando todo el mundo, y la campana cesóde tocar: sólo quedaron allí el estanquero, sentado junto a su cajón, lamujer del aguaducho volcando sobre un plato muy cóncavo el puchero delcocido que acababa de traerla un chico, y la pareja de amarillos que,paseo arriba, paseo abajo, llegaba desde la Cibeles hasta la Casa de laMoneda.

Al mismo tiempo que el sacristán, con su manojo de llaves y su sotanamanchada de cera, salió a cerrar la puerta del templo, salieron tambiéndos señoras: una, modestamente vestida de negro, canoso el pelo, rugosoel rostro, con aspecto de dueña modernizada, mitones de encaje y zapatosde rusel; la segunda, elegantísimamente puesta y en extremo sencilla,sin adornos ni joyas. Eran Paz y su aya.

—No ha venido el coche—dijo aquélla—Vamos a sentarnos un rato, que yano tardará.—Y se puso a hacer dibujos en la arena con el palo de lasombrilla.

La vieja miraba al aire, como quien piensa en las musarañas.

La fuerzadel sol iba en aumento; las sombras de las acacias dibujaban yaenérgicamente en el suelo contornos muy negros, y por los jardinillos nopasaba sino algún transeúnte aguijoneado por la esperanza del almuerzo,o algún señor viejo arrastrando penosamente los pies sobre la arena. Laaguadora estaba saboreando su frugal comida, y el estanquero dormitabaechado de bruces sobre la piedra de probar la moneda. De repente llegóel coche de Paz y se detuvo junto al paseo ancho.

—Vámonos—dijo ésta viendo tirarse al lacayo del pescante.

Al poner Paz el pie en el estribo se volvió de pronto para fijarse en eltraje de una señora que pasaba, y notó que, a pocos pasos de ella, ibaun hombre; Pepe. La niña vaciló un instante: su primer impulso fuellamarle, pero sintió en el rostro una oleada de calor y, avergonzada desu propia idea, tomó asiento junto a la vieja. Entonces la vio Pepe y sequitó el sombrero: ella le saludó con una inclinación de cabeza, dando asu mirada cierta expresión de afectuosa confianza, y después, duranteunos segundos, se quedó inclinada hacia la ventanilla: Pepe permanecióinmóvil. Al arrancar los caballos tornó Paz a mirarle, y entonces, sindarse cuenta de ello, sus ojos se clavaron con tristeza en el muchacho,dejando luego caer los párpados lentamente, como si en aquella miradapretendiera enviarle una expresión de simpatía y una queja. Pepe, que nose había movido aún, quedó suspenso, confuso, con la admiración queproduce una impresión nunca sentida. No fue presuntuosidad de vanidosola que se le entró al alma, ni vanagloria súbita de aventuras absurdas,sino una sorpresa grandísima. ¿De qué nacían aquellas muestras deagrado, comedidas, pero clarísimas?

El instante de vacilación al subiral coche, y luego la mirada dulce y triste, ¿qué querían decir? Aquellaexpresión afectuosa impregnada de modestia, pero ostensible, ¿a quéobedecía?

Quizá no fuese todo sino un poco de esa simpatía que, a modode limosna, dispensa el poderoso al miserable. El pesimismo, compañeroeterno de la desgracia, le dijo que acertaba. ¿Qué otra cosa podía ser?Pero luego la imaginación venció a la cordura y el desvarío delpensamiento se sobrepuso a la mentida frialdad de que Pepe quiso haceralarde ante sí propio. Su ánimo fue pasando rápidamente del mayordesaliento a la más caprichosa esperanza, y por fin, tras muchasalternativas de animación y desfallecimiento, temiendo que lo novelescodegenerase en ridículo, decidió no volver a poner nunca los pies en casadel señor de Ágreda, ni a pasar jamás por Recoletos a las horas de misa.

Efectivamente... al otro domingo fue a Recoletos con el intento de verla sin que ella lo notase y, al divisar el coche, entró en laiglesia, quedándose en sombra, junto al mamparón de ingreso. Un momentodespués entraron Paz y el aya, confundidas en un grupo con otrasmujeres: dejolas pasar, y cuando se arrodillaron, avanzó hasta colocarseen lugar propicio para poder mirarla a su sabor, sin ser visto.

La iglesia estaba envuelta en una semisombra gris y sucia: la luz quecaía de las altas ventanas de la cupulilla, ocultas por gruesas cortinasazules, no bastaba a esclarecer el ambiente. De rato en rato sonabancampanillazos, y otras veces el chocar de los cuartos dentro del cepilloque un monago presentaba a los fieles pidiendo, para el cultooo de estasanta iglesiaaa. Pepe sentía una zozobra inexplicable: cada dos minutosformaba resolución de irse; pero sus pies no se movían... De cuando encuando el remover de las sillas producía un estrépito entrecortado yseco, tras el cual sólo se oía un ruido bajo y sordo, semejante al queproducen las culebras arrastrándose entre hojarasca seca. Todo el mundorezaba... El humo de los cirios y ese olor humano y acre de genteaglomerada en espacio cerrado, viciaban la atmósfera. Delante, y a laderecha del altar mayor, había otro portátil que sustentaba una Virgende túnica blanca y manto azul, figurando salir de una gruta hecha, comopeñasco de nacimiento, con corcho y cartón piedra. Este era el punto másluminoso del templo. Media docena de velas altas y delgadas, de pábilomuy fino, porque fuese mayor su duración, alumbraban a la santa imagen,que era de rostro aniñado y yesoso, excepto en los pómulos, donde teníafuertes rosetas carminosas.

Las manos, en que el artista se había esmerado, eran excesivamentepequeñas, y a lo largo del cuerpo caían los pliegues de la túnica,tallada en pliegues rectos, pero duros, mal imitados de las esculturaspaganas. Pepe miraba alternativamente a Paz y a la Virgen. ¡Quédiferencia! La verdadera divinidad era aquélla. En sus ojos resplandecíatoda la vida que faltaba en los de la imagen. ¡Qué hermosa era la obrade Dios! ¡Qué risible la labrada por el hombre!

Paz oía misa con recogimiento, volviendo tranquilamente las hojas deldevocionario, que a veces dejaba sobre la falda, pero sin alardes deunción religiosa: su rostro no se entristecía con compunción exagerada,ni tenía ese lento parpadear que es a los ojos lo que el estertor a larespiración.

La misa pasó en un soplo; el cura volvió hacia la sacristía, haciendopausadas genuflexiones ante los altares, y cuando Pepe quiso salir hallóobstruida la puerta por un grupo de gente que se le había adelantado,obligándole a detenerse. Ellas dos se dirigieron también a la salida. Lavieja no le vio; iba pugnando porque no la estrujaran, sin preocuparsede otra cosa; pero Paz le sorprendió en el momento de levantar el sebosocortinón de la puerta. Él, en cuanto puso el pie en la calle, se alejóalgo, siguiendo la línea de la acera; ellas salieron en seguida, y lamuchacha miró a derecha e izquierda, hasta que, al tropezar su vista conPepe, le saludó turbada en el instante de subir al coche.

Después, Pepecreyó notar que se levantaba la ventanilla trasera, y luego, igual quela vez pasada, vio a Paz sacar la cabeza para volver a decirle adiós conla mano.

El muchacho se fue a su casa como loco. Al ir a tirar del cordón de lacampanilla, tuvo que detenerse un momento y hacer propósito de que suspadres no le conocieran en el rostro que le ocurría algo extraordinario.Leocadia le dijo al verle entrar:

—¡Chico, vaya un capricho! ¿Te has puesto la mejor ropa que tienes parasalir tan temprano?

VII

En los corrillos del Senado se susurró por centésima vez que don LuisMaría de Ágreda terciaría en la discusión de cierto proyecto de ley. Elpobre señor lo deseaba con toda su alma, pero no se atrevía.

Todo el valor lo malgastaba en casa, unos ratos dando vueltas por eldespacho como fiera enjaulada, y otros apoyado de codos en el respaldode una butaca, que su imaginación convertía en tribuna. ¡Entonces sí quese le venían a los labios períodos redondos, argumentos irrebatibles,frases enérgicas, preguntas de las que no tienen respuesta, todo génerode arranques oratorios, hasta que, agotadas las ideas y sin saberenlazar las palabras, tenía que callarse! Tal era la disposición de suánimo cuando una tarde entró en la biblioteca del Senado, huyendo de unnoticiero que quería saber si era cierto que tuviese intención dehablar.

Pepe, al verle entrar, se fue derecho a él, afectando mostrarseservicial, pero en realidad con propósito decidido de buscar manera defrecuentar su casa. El pretexto ya lo tenía pensado, y no era malo.

—¡Pero, hombre—le dijo cariñosamente don Luis—es Vd.

famoso! CumplióVd. bien conmigo, me arregló Vd. la biblioteca, y ¡abur! no ha vueltoVd. a parecer; de modo que quien está en falta soy yo.

—No hablemos de eso, señor de Ágreda, ya tendré yo el gusto de ir asaludarle y a recibir sus órdenes.

Después comenzó a poner en práctica un plan que días atrás se le habíaocurrido, diciéndole:

—¿Conque va Vd. a consumir un turno con motivo de ese proyecto deFomento? ¿Desea Vd. que le busque antecedentes?

Ya es público queintervendrá Vd. en el debate.

—Gracias, gracias; aún no estoy decidido.

Aquel hombre, discreto y cuerdo en todos los actos de su vida íntima,sintió una turbación indefinible. Era, como don Quijote, razonable,sensato para todo, menos para aquella maldita manía oratoria que hacíaen su cerebro oficio de libros de caballería, llenándole el magín deextravagancias y ambiciones.

—¿Conque se dice que hablaré?

—Sí, señor. Se da por seguro. Y, a propósito, voy a permitirme decir aVd. que acerca de la materia del debate hay aquí datos importantes. Entiempos anteriores a la Revolución, se trató de eso. Si Vd. no quieremolestarse, o sus ocupaciones se lo impiden, podría yo tomar algunasnotas y dárselas.

Al señor de Ágreda un sudor se le iba y otro se le venía: aquello eracomo si en las calles se esperase ya su discurso. Las palabras de Pepetenían algo de aura popular y mucho de tentación. Le faltó energía paraconfesar la verdad y contestar:

«No señor, no hablo, ni soy capaz dehablar, ni me pasará la voz de la garganta.» Lejos de esto, repusodébilmente, como luchando consigo mismo:

—Bueno, bueno; pues si en los Diarios de Sesiones hay algo de eso, yame lo indicará Vd., aunque yo tengo un arsenal de apuntes... La cuestiónes antigua... Ya, hacia el año cincuenta y siete...

Salió de allí verdaderamente aterrado, sin querer pararse con nadie,temeroso de que le preguntaran: «¿Habla Vd.?» Se marchó a pie sinesperar el coche, y por las calles se dijo a sí propio el más elocuentediscurso que han oído Cámaras en el mundo. Pepe, al verle partir no pudoreprimir el gozo:

—¡Ya lo creo que volveré a verla!

Durante varios días se dedicó a rebuscar antecedentes relativos a aquelproyecto de reformas en Fomento, y en unas cuantas cuartillas anotó todolo pertinente al caso: disposiciones análogas, decretos contrarios,intentos parecidos, opiniones de hombres políticos, contradicciones deunos, disidencias de otros, y ordenándolo formó un conjunto heterogéneo,especie de historia

de

la

cuestión

tratada,

lista

de

elogios,

censuras,inconvenientes y ventajas de lo proyectado, que parecía fruto de unalaboriosidad constante, signo de larga atención y gran conocimiento dela materia; lo que se llama un trabajo concienzudo. No faltaba sinoestudiarlo primero y aprovecharlo luego, decidiéndose a defender lasdisposiciones hechas en unas u otras épocas. Después, todo era cuestiónde atrevimiento y desparpajo para hilvanar cuatro párrafos sobre labuena fe o la malicia del gobierno, según el punto de vista que setomara.

Al quinto día de haber estado don Luis en la biblioteca del Senado, leesperó Pepe en un pasillo.

—¡Señor de Ágreda!

—¡Ah! caramba, ¡ya no me acordaba! (Esta era la más desenfadada mentiraque salió de sus labios.)

—He reunido infinidad de datos que pueden ser a Vd. de gran utilidad.

—Poco hay que yo no conozca; pero en fin, lo agradezco mucho... ¿TieneVd. ahí los apuntes?

Pepe llevaba las cuartillas en el bolsillo, mas no le convenía dárselasallí.

—No, señor, no las he traído. ¿Qué necesidad tiene nadie de enterarse?Además, para ahorrar a Vd. trabajo material, que es lo único que yopuedo hacer, bueno será que, con los papeles en la mano, le indique elorigen de ciertas cosas, para que Vd. no se mortifique.—Dicho esto,esperó impaciente la respuesta.

—Vaya, vaya... Pues mañana por la mañana, a la hora que solía Vd. irantes, le espero en casa. Tiene Vd. razón, no hace falta que se sepa...

Por su gusto, le hubiese citado para aquella noche, o se le hubierallevado en seguida a un café, a cualquier parte. Cuando, de allí a poco,entró en el salón de sesiones, no podía coordinar las ideas. Lo quehabía hecho Pepe le indicaba que las gentes contaban con un discursosuyo. No era ilusión; no estaba representando un papel de comedia, sinodentro de la realidad.

Se sentó en su escaño habitual, y sin oír nada delo que sus compañeros discutieron aquella tarde, se preguntó con elpensamiento más de cien veces:—«¿Qué habrá hecho ese muchacho?»

A la hora de comer dijo a su hija:

—Creo que me van a comprometer para que hable. Por supuesto, que no mecogerán desprevenido. Mañana puede que venga a traerme unos datos que hetomado en la biblioteca aquel muchacho que arregló los libros.

Paz le oyó entre turbada y contenta, pero su alegría fue mayor que suinquietud.

A la hora fijada estaba allí Pepe, con su línea de conducta trazada deantemano, como general que, tras madurar un plan de batalla, se decide arealizarlo. Le era preciso extremar la astucia puesta en juego parafrecuentar la casa hasta obtener dos cosas: primera, ver a Paz yestudiar en su rostro la impresión que produjera su presencia; ysegunda, si la muchacha no mostraba enojo, procurar por todos los mediosimaginables que le quedara franca la entrada. Harto sabía que a títulode amigo, como visita, de igual a igual, nunca le admitirían; pero ¿quéle importaba si conseguía ver a Paz y salir de dudas? Don Luis lerecibió en el despacho. Sobre una de las butacas se veían un periódicode modas y un cestito de labor.—«Esto es de ella»—imaginó Pepe, y este ella que subrayó con el pensamiento, le pareció ambiciosamenteridículo.

—Vamos a ver—dijo don Luis entrando—ante todo, agradezco muy de verassu atención; pero dudo que hayamos encontrado algo nuevo. ¡He estudiadotanto el asunto!

—Aquí tiene Vd.—contestó Pepe entregándole las cuartillas.

—Siéntese Vd. un momento.

El senador comenzó a leer para sí, y su fisonomía fue tomando unaexpresión indefinible: pugnaba por disimular la emoción y no podía.Debió sentir que los ojos se le animaban y, para disfrazar aquel signode agrado, frunció el entrecejo, aunque murmurando: «sí, sí, aquí veoalgo nuevo.» Luego prosiguió devorando renglones; pero cada instante leera más imposible sofocar el gozo y, temiendo que se lo conocieran en lacara, dejó de leer.

—Basta, tengo bastante; lo agradezco muchísimo; aprovecharé algo, siseñor; ¡vaya si aprovecharé!

Pepe casi no le oía. ¿Se perdería su astucia? ¿No aparecería Paz porallí?

—Quisiera que observase Vd.—dijo, por alargar la entrevista—que heprocurado reunir todo lo que se habló al iniciarse hace años elproyecto: aquí está lo que propuso González Brabo... esto es de BravoMurillo, estas notas de Calvo Asensio...

Don Luis tuvo que suspender la lectura: cada cuartilla se le antojaba unbillete de entrada a la inmortalidad. ¡Vaya si hablaría! Del hombreestimado sólo por consecuente, iba a surgir el orador.

Oyose en esto ruido de pasos, y se asomó Paz a la puerta del despacho, atiempo que su padre repetía:

—Gracias, muchas gracias.

—No sé de qué se trata—dijo ella entonces a Pepe;—pero yo también selas doy a Vd.

Don Luis cogió de nuevo los papeles, que parecían tener imán para susmanos y, entre tanto, los muchachos se miraron en silencio. Pepearrostró con franqueza la mirada de Paz. ¡Cuánto hubiera dado en aquelinstante por poder decirla con los ojos todo el tropel de ideasvanidosas, de ambiciones absurdas que habían anidado en su pensamiento,sin callarla nada, miedo, esperanza ni pobreza! Paz tuvo que disimularsu alegría, por no aparecer desapudorada; mas no hizo mohín de disgustoni frunció siquiera el lindo entrecejo. Para ninguno de ambos era yasecreto la atracción que habían ejercido uno sobre otro.

—Sí, señor; de esto se puede sacar partido—murmuraba don Luis.

Pepe, que se resistía a marcharse sin dar cima a sus propósitos, tratóde prolongar la visita y, mirando hacia el cuarto de los libros, repuso:

—Quisiera concluir de arreglar aquí algo que olvidé días pasados.

—Haga Vd. lo que guste.

Pepe pasó a la pieza contigua, y don Luis, sin poderse contener, hojeóde nuevo las cuartillas. Paz dejó trascurrir unos minutos, y en seguidaentró también a la estancia inmediata.

Pepe, sin vacilar, se acercó aella y, en voz baja, con acento de sinceridad, la dijo:

—Señorita, esta vez no me ha traído la casualidad, sino la astucia;pero, si mi presencia la enoja, no volveré jamás a verla a Vd. Nonecesita Vd. decir una sola palabra: me bastará su silencio... No nosvolveremos a ver nunca.

Paz no desplegó los labios y, sin embargo, a los ojos de Pepe se asomótoda la dicha de su alma. La señorita, la muchacha rica, escuchóaquello sin el menor movimiento de enfado, presa de una turbacióndeliciosa: él, entonces, la ofreció la mano y ella la estrechórápidamente entre las suyas, sintiendo al mismo tiempo que se laenrojecía el rostro. Ninguna frase de todos los idiomas de la tierrahubiera podido ser tan elocuente como aquel sonrojo.

En seguida salieronal despacho, sin hablarse. Cuando él se marchó, Paz corrió hacia sucuarto, se acercó a un balcón y, levantando un poco el visillo, le viodesaparecer tras los troncos de los árboles del paseo.

La partícula de oro se había adherido al grano de arena: la corriente dela vida debía arrastrarlos juntos desde aquel día.

Don Luis permaneció en el despacho contemplando las cuartillas: «¡Siesto es un discurso!—murmuraba.—¡Si no hay más que añadir alprincipio: Señores, y al final: He dicho! ¡Ah!

sí, y algo derelleno; unos párrafos... mi consecuencia, la lealtad al gobierno, lalibertad, el amor a las instituciones!»

Era cosa resuelta; los taquígrafos tendrían que trabajar por causasuya.

VIII

Por fin habló don Luis. Al cabo de muchos años de silenciosa vidaparlamentaria, el Diario de Sesiones imprimió su nombre, no sólo en eltipo común empleado para las votaciones, sino también en letrasnegrillas que saltaban a la vista, diciendo: EL

SEÑOR ÁGREDA: Pido lapalabra. Cuando leyó su nombre en los extractos de los periódicos,todavía sintió escalofríos de miedo.

Al comenzar su discurso el salónestaba casi lleno, por la novedad de escuchar a un senador que dejaba deser monosílabo: luego muchos oyentes se salieron a los pasillos; mascomo la peroración fue corta, aún quedó número bastante para que nohiciera mal papel. En el banco azul permanecieron dos ministros. Pepe leescuchó desde el fondo de una tribuna: los datos, apuntes y citas de suscuartillas salieron íntegros de los labios de don Luis, quien únicamentepuso al principio un parrafito de su cosecha para pedir benevolencia,imitado de los doscientos

mil

análogos

que

había

oído

hasta

entonces,añadiendo también alguna que otra frase para enaltecer la importanciade lo que iba diciendo. Cuando se le olvidaba algo de lo mucho queconfió a la memoria, echaba mano de las cuartillas que traía copiadas desu puño y letra. Hacia la conclusión quiso extenderse en consideracionesoriginales; pero se le atravesaron en la garganta y terminó declarandoque no proseguía por no molestar más la atención de la Cámara. Un buenorador hubiera podido fundar un verdadero triunfo sobre los materialesreunidos por Pepe: don Luis quedó bien y nada más. Al acabar sonaronalgunos aplausos en los bancos de la mayoría, y todo el mundo dijo quehabía estado discreto y que aquello representaba gran conocimiento delasunto. Un ministro felicitó al orador y esto le compensó el disgustoque le dieron los periódicos de oposición limitándose a decir que elseñor Ágreda había consumido un turno en pro. En cambio, a la hora decomer fueron a verle muchos amigos y después estuvo con su hija en elconcierto del Retiro, dando vueltas y más vueltas, como torero que porla tarde ha metido el brazo con fortuna en una buena estocada.

Al retirarse a casa le decía Paz:

—Di, papaíto, ¿te han servido los papeles que te trajo aquel muchachodel Senado?

—Algo, algo: el chico no es tonto... tiene buena voluntad y parecelisto.

—Sí, ¿eh?

Paz no sabía cómo sugerir a su padre la idea de que utilizara de algúnmodo los servicios de Pepe, pues comprendía que don Luis no necesitabasecretario ni escribiente. En realidad, su malicia llegaba tarde; lavanidad satisfecha se había adelantado al amor impaciente. El orador ibaya pensando en abordar otro asunto antes de la clausura de las Cortes.Además, la fortuna favoreció a los enamorados, porque los electores dedon Luis, acostumbrados a su largo mutismo, le dispararon una nube detelegramas de felicitación, tras del telégrafo usaron del correo y, comofue preciso contestar a tanta enhorabuena, el senador determinó empleara Pepe como escribiente.

Una mañana llegó éste no hallándose don Luis en casa, y pasó a la piezade los libros, inmediata al despacho: poco después apareció Paz,disimulando su turbación y haciéndose la distraída.

Hasta entonces sólohabían cambiado unas cuantas frases, pero sin tener una conversaciónformal: por lo tanto, la primera vez que hablasen a sus anchas, laentrevista tendría importancia, dada la grata complicidad establecidaentre ambos. Paz, después de saludarle, no se atrevió a desplegar loslabios: carecía de experiencia en tales achaques; pero su instintofemenino le decía que no era ella quien debía hablar primero, yapoyándose en el marco del balcón dejó pasar unos instantes. Pepe selevantó de su asiento, y acercándose a ella, a distancia que acusabamayor respeto que impaciencia, la dijo:

—Señorita, mi primer deber es suplicarla que me perdone.

Confieso queme ha cegado la vanidad. No espero una indulgencia que no merezco. Loque he hecho está mal, lo sé, y, sin embargo, no he podido contenerme.¿A qué mentir, si Vd.

debe comprender lo que pasa en mi alma?

Ella quiso hablar y Pepe hizo ademán de que le dejase proseguir.

—Antes de que Vd. me diga una sola palabra, quiero yo ser enteramentefranco con usted. Mi posición, mi vida, mi pobreza, y quién sabe si mieducación también, me separan de Vd. He cometido la imprudencia de dejarasomar a los ojos lo que sentí al conocer a Vd... Luego creí ver que Vd.no mostraba enojo, porque quizá el desprecio le parecería demasiadocruel, y así ha llegado esta situación, en que no hay más que unculpable: mi vanidad. Debo reparar mi error a fuerza de franqueza.

Este lenguaje dio alas al carácter vivo de Paz.

—Sí, tiene Vd. razón; comprendo que hago mal; no he debido venir hoy aeste cuarto; pero es que yo soy tan leal como usted.

Usted quiere quecrea en su sinceridad; yo también tengo derecho a exigir que no me tacheVd. de coqueta ni piense Vd.

que soy capaz de divertirme en humillarle.

—Reflexione Vd. lo que dice, señorita. Es Vd. demasiado buena parapagar con burla y desprecio el sentimiento que ha despertado en mí; perono se inspire Vd. en la lástima que de mí sienta, sino en los impulsosde su propio corazón; no olvide Vd.

que seguir escuchándome ahora escontraer... Lo que con otro hombre sería un juego, conmigo sería unescarnio.

Ella, desasosegada, sonrió, mirándole como quien da a entender que acasono esperaba oír tanto, y le atajó la frase.

—¡Jesús, Dios mío! ¡Cuánto pide Vd! ¡Antes tan humilde, y ahora tanexigente!

—¿Exigente?

—Sí; apuesto a que iba Vd. a decir contraer compromiso.

Él calló: Paz, haciéndose la distraída, se alejó dos o tres pasos y,mirando de nuevo a Pepe, continuó:

—Debía bastarle a Vd. ver que no estoy enfadada...

—Luego, ¿aun sabiendo Vd. lo que pasa en mi corazón permite Vd. que yosiga viniendo a esta casa?

—¿No volverá Vd. a hablarme de su pobreza? No sé en qué consiste; perocuando usted dice algo que puede humillarle, parece que yo soy lahumillada.—Y quiso marcharse.

—No, señorita; oígame Vd. un momento. ¡Si Vd. supiera comprender lo quees para mí su indulgencia!

Sin dejarle acabar, se dirigió a la puerta del despacho, y en voz muybaja, con un mohín encantador, volvió a repetirle:

—Exigente, exigente.

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