El Enemigo by Jacinto Octavio Picón - HTML preview

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—¿Quiere Vd. que le acostemos entre ese y yo?—preguntó Millán alenfermo.—Van a dar las doce; en vilo le llevaremos a Vd. a la cama.

Como antes hicieron doña Manuela y Leocadia, Pepe y Millán fueronempujando la butaca desde el comedor al gabinete en cuya alcoba dormíadon José; Leocadia se quedó doblando el mantel y las servilletas. Unmomento después, don José se despedía desde dentro diciendo a Millán,que había vuelto a salir al comedor:

—Si hay noticias, ven mañana, ¿eh? y tráeme algún periódico, que es laúnica distracción que tengo.

—Descuide Vd., no faltaré. Adiós, doña Manuela; que pasen ustedesbuenas noches, y de hoy en un año. Adiós, Leo. ¿Quién hace el favor debajar a abrirme?

La muchacha, que dormitaba en la cocina, acompañó a Millán.

Cuando subióde abrirle la puerta de la calle, estaban los dos hermanos sentados enel comedor junto a doña Manuela.

—Esperemos a que papá se duerma—decía Leocadia—no sea que nos oiga.

Dejaron pasar un rato; Leocadia destrenzó mientras tanto el escaso peloa su madre, recogiéndoselo con un par de horquillas, y luego hizo lomismo con sus largos rizos castaños. Pepe encendió un pitillo y examinóla lámpara, como quien ha de utilizarla hasta tarde, para que luego nofaltara petróleo.

—Mucho escribes, hermano.

—Yo, cuando quiero a alguien, no soy como tú, que apenas haces caso deMillán. Pues mira: sus intenciones no pueden ser más claras. Esta nochehe dicho yo eso de que bajabas pronto a abrirme cuando imaginabas que élvenía; pero, en fin, allá tú. A mí me parece que no estás muy expresivacon él.

—¡Tiene gracia! ¿Quieres que me le coma con la vista? ¡Ni que fuera unaestampa!

—No vayas a pensar que quiero meterte el novio por los ojos.

Lo que tedigo es que, aunque vivieras cien años, no encontrarías uno mejor.

—¿Es príncipe?

—Sí; como tú princesa.

—Pues hijo, tú bien haces el amor a una señorita de coche.

En esto se asomó al gabinete doña Manuela.

—Hijos, ya está medio dormido: vamos a hablar pronto cuatro palabras,que estoy rendida y quiero también acostarme.

—Pues mira, mamá, lo que hay que hablar es poco; pero no queda másmedio que decidir algo. La botica se lleva un dineral; es necesariogastar menos en todo lo demás. Yo voy a hacer un trabajo para don Luis,que de fijo me pagará bien; pero con lo que esto produzca no hay quecontar hasta el mes que viene.

—Bueno; lo primero es despedir a la chica: aunque no son más quetreinta reales, algo es algo. Mañana llevará ésta a empeñar la colcha deFilipinas y los candeleritos de plata.

—Lo que debíamos hacer es suprimir parte del gasto diario—

dijoLeo.—Que no traigan carne más que para papá, y con decirle que coma ensu cuarto para moverse menos, luego nosotros nos venimos al comedor, yasí no se entera.

—Yo, con tres cajetillas a la semana tengo bastante. Además, don Luisme da algunos puros y los guardaré para picarlos. ¿Os han dicho algo dela tienda?

—Si—repuso Leocadia—por cada docena de pañuelos pagan, según eldibujo, de veinticuatro a treinta y seis reales, y tengo yo que poner loque haga falta.

—En resumen—dijo Pepe haciendo números con un lápiz al margen de LaCorrespondencia, y murmurando entre dientes las cifras delcálculo—tenemos veintisiete duros de la paga de papá, con diez y ochode mi sueldo, son cuarenta y cinco, y unos ocho o diez que le den a éstapor los bordados... de cincuenta y tres a cincuenta y cuatro duros almes: quitando los veinte, lo menos, que hay que dar a la lonja por losplazos, y el pico que falta del sastre, quedarán unos treinta y cuatroduros... pongamos a duro diario para el gasto de la casa... la botica esla que nos pierde.

—Pues hijo, de algún lado hay que sacarlo; ni un cuarto se malgasta...¿Qué haríamos?

—Ahora, acostarnos; cada cual a su cama. Dejadme a mí: creo que donLuis nos ha de sacar de apuros. Al menos yo he de hacerle un favorque... en fin, ¿quién sabe? Adiós mamá; y tú, fea, cara de mona, hastamañana.—Y dando un beso a cada una, las echó suavemente del comedor.Cogió luego la candileja que había en la cocina, fue con ella a sucuarto, volvió trayendo sobre un cartapacio grande tintero, plumas,papeles, sobres y tres o cuatro libros, y colocándose lo mejor que pudo,se sentó ante la camilla.

Hasta cerca de la madrugada estuvo tomando apuntes de varios libros,escribiendo en las cuartillas párrafos muy cortitos, como extractos,cifras seguidas de referencias y citas. Aquello parecía trabajopreparado para que lo aprovechara otro. Cuando en el reloj cercanosonaron las tres, el pobre muchacho tenía ya la cabeza pesada, la vistainsegura, y su hermoso busto, inclinado aún hacia la mesa, aparecíaenvuelto en una nube de humo que habían dejado en la atmósfera delcuarto los pitillos consumidos, cuya ceniza, movida por la respiración,revoloteaba sobre las hojas de los libros. Todavía continuó llenandocuartillas un rato, hasta que, yertos los pies y ardorosa la frente,recogió los papeles y los guardó en uno de los volúmenes. En seguidasacó un plieguecillo para una carta, y quedándose un instante comoensimismado, pensó: «La escribiré, por si no nos vemos mañana.» Luego,al buscar los sobres, como hubiese entre ellos uno mayor y más pesado,lo abrió, sacando de él dos o tres cartas y un retrato de mujer, el dela señorita de coche que mentó Leocadia, y contemplándolo un momento,murmuró: «¡Qué bonita es!» En seguida, sin que ningún ruido ledistrajese, entregado con alma y vida a sus ideas, tomó el plieguecilloy comenzó a escribir:

«Adorada Paz:...»

II

Pepe y Millán se conocieron en 1862, cuando a los catorce o quince añoscursaban en el Instituto del Noviciado primero de latín.

Eran ambos entonces de escaso desarrollo físico, pero inteligentes,guapos, listos sin exceso de picardía, y avisados sin sobra de malicia.En su organismo endeble de madrileños criados en casas pobres,prevalecía su entendimiento de niños educados junto a personas mayoresque, sin velar nada, hablan de todo libremente. Pepe era delgado, alto,larguirucho, con el pelo rubio, rizoso y arremolinado, que dicen serindicación de genio vivo. El mirar penetrante de sus ojos parecía, alfijarse en las cosas, querer arrancarlas la enseñanza que de ellasbrota; nunca se le cansaba la boca de preguntas, ni los oídos derespuestas: en cambio, la impaciencia que demostraba para interrogar sele trocaba en calma para oír. Desde pequeño, una incredulidad instintivale hizo regocijarse menos que otros chicos con los cuentos de brujas, ysiendo mayorcito, siempre tuvo en los labios el ¿cómo? y el ¿porqué? A semejanza de los niños que rompen los juguetes para ver lo quetienen dentro, él, obedeciendo quizá a una predisposición poco vulgar,pretendía que se le diese explicación de todo; así que, para negarle loque pedía, era preciso, al menos, simular un razonamiento, convencerle,con lo cual quedaba tranquilo y obediente. Su precocidad no era la queconsiste en el temprano desarrollo de algunas facultades, sino en ciertaserenidad de juicio que, dominando sobre las impresiones, le impulsaba arechazar lo que su entendimiento no alcanzaba. Había que explicárselotodo, y la señal de que lo comprendía era una docilidad encantadora.Jamás consiguió una criada divertirle con gigantes de los que tragancarne cruda, hazañas

de

ladrones

ni

aventuras

maravillosas

de

princesasencantadas; pero si escuchaba a sus padres sucesos reales, casosvívidos, algo en que hubiera verdad, entonces, con los ojitos muyabiertos, como perrillo a quien enseñan golosina, se estaba quieto,esperando que la relación terminara, para hacer luego preguntas y máspreguntas acerca de lo que no podía entender. Con una sonrisa muyburlona rechazaba lo que repugnaba a sus ideas aniñadas, y a veces, lasfrases que se le ocurrían, si no por el propósito, tenían por laentonación algo de sátira.

Millán era más inocentón, más chico; había menos dificultad paraengañarle, y era también de mayor robustez y dado a juegos másarriscados. La savia de la vida, que el primero tenía como reconcentradaen el cerebro, había tomado en el segundo forma de energía física. Unoera de la estirpe de los que piensan, otro de la raza de los queobedecen. Viéndoles jugar juntos, resultaba Pepe voluntarioso, porqueMillán parecía plegarse a sus caprichos; pero, a poco que se lesobservase, era fácil notar que la pasividad de éste no era sino elreconocimiento implícito e instintivo de la superioridad de aquél.Además, Millán tenía buenísima índole y, como complaciéndose en ello,dejaba ver que, si en cosas de fuerza estaba la ventaja de su parte, entodo lo restante era de Pepe la primacía. En hacer espadas de palo,cortar tablas, correr al marro, saltar al paso, trepar por rejas yencaramarse a tapias, no hallaba Millán competidor: para lograr premios,disculpar travesuras y evitar regaños, tenía Pepe especial ingenio.Sabía esperar para pedir a tiempo, dejar pasar los primeros instantes deun enfado, no irritar el disgusto con respuestas y evocar, en ocasiónpropicia, el recuerdo de lo ofrecido.

Los comienzos de su amistad fueron una especie de pacto contra el latíny contra aquel modo de enseñar la lengua del Lacio que hacíaaborrecibles a Virgilio y a Cicerón. Formaron una sociedad de socorrosmutuos para apuntarse la lección, ahorrarse trabajo al traducir,buscando juntos los significados en el diccionario y responder, al pasarlista, uno por otro: hasta llegaron a reunir en común la colección desellos de franqueo que por entonces hacía todo chiquillo madrileño. Alprincipio sólo se veían en el aula o en el claustro del Instituto, quetiene entrada por la calle de los Reyes; luego se encontraron en elcamino al venir de sus casas, y lo anduvieron juntos, esperándoserecíprocamente en la plaza de Santo Domingo, donde llegaban casi a lamisma hora. Millán vivía en la plazuela del Biombo; Pepe en la calle deBotoneras: aquél venía por la Costanilla de los Ángeles; éste por lacalle de las Veneras, y después seguían juntos hasta el Noviciado,haciendo escala en cuantos escaparates hubiera algo que les llamara laatención. Las mañanas de invierno compraban buñuelos, las tardes deverano chufas, y en todo tiempo alfeñique, mojama, garrofa o caramelosde a ochavo; pero su verdadera delicia consistía en repartirse unacajetilla de pitillos, sin que jamás llegasen a reñir sobre quiéngastaba un cuarto más o menos. Durante el primer curso conservaron elaspecto algo encogido de chicos criados entre faldas y limpios delenguaje, no hechos a la libertad de andar solos por la calle; mas alpoco tiempo fueron abriendo oídos a la malicia y teniendo la lenguapronta para la desvergüenza:

entróseles

la

picardía

al

pensamiento

comociencia infusa, aprendieron a decir palabrotas, pegóseles algo de eseimpudor que se recoge al paso, y aumentaron su vocabulario con frasessoeces y giros achulados, cuyo sentido acaso no entendían, repitiendotales cosas por imaginar que hablando gordo harían viso de hombresbragados. No por esto se malearon, y aquellas obscenidades y ternos queempleaban entre sí, pero que ante nadie repetían, fueron como un cienoque, si les ensució la boca, no les llegó a manchar el alma.

Una mañana que faltó a su clase un catedrático, se marcharon con otroschicos a jugar a la Era del Mico, y esta escapatoria fue para ellos unarevelación. De entonces en adelante, cuando calculaban que podíanpreguntarles la lección, iban a clase; pero los más de los días, luegode pasada lista, se escurrían, o pinchándose las encías y manchándose elpañuelo, fingían echar sangre por las narices para que les dejaransalir, renegando de la declinación y el hipérbaton latino como de lasmayores infamias que inventaron hombres. De esta época data en lahistoria de su vida la larga serie de correrías que hicieron por Madrid,evitando siempre ir por calles céntricas donde pudieran hallarse demanos a boca con quien diera en sus casas noticia del encuentro.

Asíllegaron a conocer palmo a palmo cuantos paseos, carreteras y cuestasrodean a la Corte, yéndose a pies que queréis por esas rondas, comohidalgos de leyenda que marchan a ver tierras, y por entonces debió sercuando en casa de Millán el padre de éste, y en la de Pepe su madre,notaron que los chicos rompían zapatos como si lo hicieran a porfía. Elfamoso Marco Polo en lo antiguo, y Livingstone o Stanley en estostiempos, fueron junto a ellos exploradores de poco más o menos. ¿Quémayor expedición que ir desde el Noviciado a la Puerta de Hierrohaciendo escala en el Puente Verde para llamar ¡todas!

¡todas! a laslavanderas del río? ¿Pues y el viaje a Moratalaz o Amaniel para verhacer el ejercicio a la tropa? ¿Y el ir a extasiarse ante los puestos deSan Isidro, en vísperas de romería, o marcharse en invierno a ver si sehabía helado el Canal del Lozoya? Lo que nunca se les ocurrió fue tomarpartido en pedrea de las Peñuelas, ver ajusticiado en el Campo deGuardias ni tratar con los barquilleros que, al juego de la cinta,robaban dinero a los provincianos en la Montaña del Príncipe Pío.

Encambio, les divertía mucho ver en Palacio la parada o estarse en SantaCruz oyendo a los charlatanes perorar desde el pescante de un simónvendiendo grasa de león para quitar manchas o diciendo que teníanpolvos para matar los insetos solitarios del estómago, que es elintestino donde se mete la comida. ¿Y el caudal de conocimientos queadquirieron? Por algún tiempo se aficionaron a la mecánica, y todos losdías iban a ver desde un desmonte poner placas giratorias en lascercanías de la estación del Norte; otra temporada se dieron a laconstrucción, entreteniéndose en ver levantar piedras en edificiosnuevos; después mostraron afición a la industria, contemplando en losbalcones de la calle del Peñón las tripas de las mondonguerías, y hastahicieron observaciones de carácter fabril en la Ronda de Toledo con lastiras de fósforos de cartón puestos a secar al sol. No quedó rincónmadrileño que no vieran, desde el Campo de Guardias hasta la Pradera delCanal, y desde la Fuente de la Teja hasta las Ventas del Espíritu Santo,ni encrucijada por donde no pasaran, siendo uno de sus placeresfavoritos examinar los lugares del Madrid antiguo descritos en novelasde capa y espada a cuarto la entrega, en las cuales aprendieron aretazos y malamente episodios que les hacían mirar ciertos sitios con unrespeto entre ridículo y poético, dando como seguro que Felipe IIpresenció el asesinato de Escobedo desde un portal de la calle de laAlmudena, y comentando, como si hubieran asistido a ellas, la muerte deVillamediana junto a San Ginés o aquella aventura en que Quevedo desafióa un hidalgo que había pegado un bofetón a una señora. ¡Qué diferenciahabía entre el entusiasmo con que iban adquiriendo aquella dislocadaerudición de lances madrileños y el desprecio con que miraban lasbiografías latinas de Cornelio Nepote y los Trozos escogidos, que aellos les parecían la pura esencia de lo inaguantable! A clase deGeografía y de Historia de España les gustaba ir; pero en las de Latín yReligión no les echaban la vista encima sino en días de lluvia, cuandono sabían dónde llevar el cuerpo. En Abril y Mayo apretaban, y aprimeros de Junio volvían a casa examinados, ovantes, con buena nota ycon el susto fuera del cuerpo. De esta suerte, paseando mucho yestudiando algo, pero asimilándose su inteligencia fácilmente lo queaprendían, llegaron a ser un término medio entre el estudiante sorbedorde textos, que suele al fin no servir para nada, y el pigre holgazán,que degenera en pillastre.

Hacia 1868 se graduaron de bachiller, siendo ya dos mocitos que echabanrequiebros a las modistas, y poco después sus familias determinarondarles carrera. Ambos padres decidieron que estudiaran leyes. En donJosé, que era un español a la antigua y para quien no había profesiónseria sino refrendada por un título académico, influyó mucho el recuerdode la respetabilidad que a sus ojos tuvieron los oidores y magistradosde chancillerías y audiencias mientras él andaba de provincia enprovincia como humilde empleado. No se le ocultó que había de costarlemuchos sacrificios, pero cedió a la tentación de ver a su hijo hechopersonaje de toga con vuelillos.

Para él la abogacía era lo de menos: aldecir abogado, no concebía al chico defendiendo pleitos sinoadministrando justicia. Millán siguió el ejemplo de Pepe, porqueestimaba bueno cuanto éste hacía.

La vida de verdaderos estudiantes les duró poco. Ambos tuvieron queabandonar la carrera apenas empezada. El infortunio se cebó en sushogares de modo parecido, y aquella amistad de niños, fundada en juegosy paseos, fue lazo que vino a estrechar la desgracia.

El padre de Millán tenía en los barrios bajos una modesta imprentadonde, por hacer favor a un amigo, tiró varios números de ciertoperiódico clandestino. Una noche le sorprendió la policía, y cerrandola imprenta se llevó al dueño al Saladero, donde permaneció, gastándoselos ahorros en un cuarto de pago, hasta que el 29 de Setiembre lasturbas le sacaron poco menos que en triunfo con otros presos políticos.Lo que no pudo devolverle la justicia popular, enérgica pero tardía, fueel dinero prodigado a carceleros y guardianes para que no le molestaran,y al escribano para que activara la causa, ni tampoco la parroquiaperdida con la clausura de la imprenta. Cuando el pobre hombre salió dela cárcel, consumida su fortuna, tuvo que resignarse a ser oficial decajista. A sus años el golpe era demasiado duro, y una afección crónicaque tenía en los ojos se le agravó tanto, que le fue imposible continuartrabajando.

Millán no dudó un instante respecto a la determinación quedebía seguir:«—Padre—dijo—como me he criado en la imprenta, conozcoel oficio y todo lo que en él se hace. Búsqueme Vd.

trabajo, que con mijornal habrá para los dos, al menos para Vd., que yo necesito poco.» Loslibros de Derecho, apenas manejados, cedieron el puesto a las cuartillasde original: Millán entró

de

corrector

de

pruebas

en

uno

de

los

primerosestablecimientos tipográficos de Madrid, cuyo principal al poco tiempole encomendó gran parte de la dirección de la imprenta: soñó con serletrado y quedó reducido a la condición de obrero, en lo más noble quepuede producir la inteligencia humana, pero obrero al fin, sujeto a unjornal que merma con la fiebre de un día y acaso falta en la ocasión enque es más necesario. Cuando tomó aquella resolución, dijo a Pepe,dándole cuenta de su situación:—«¡Cómo ha de ser! Vamos a seguir rumbodistinto: tú llegarás donde te lleve la suerte; en cuanto a mí... soyhombre al agua.» Pepe demostró a su amigo que la desgracia no era fuerzabastante a quebrantar la ley que le tenía.

A veces iba por la tarde ahacerle compañía a la imprenta; al anochecer solía buscarle para pasearjuntos, y si le encontraba en la calle, cuanto más derrotado y pobre deropa le veía, mayor afecto le mostraba, cuidando de no darle ni aunaquellas bromas que, si antes le parecían lícitas, ahora se le antojabanofensivas.

Dentro de aquel año les igualó la desgracia. La exigua cantidad de rentadel Estado, en que don José tenía invertidas sus economías, quedó, conlos préstamos que sobre ella tomó y por el retraso de los pagos,reducida casi a la nada; la jubilación sufrió considerable descuento,las modestas alhajas de doña Manuela presto aprendieron el camino del Monte, y hasta las ropas hubo que empeñar. En la casa de la calle deBotoneras penetró al fin la escasez, con su cortejo de tristezas, comoantes había penetrado en la pobre imprenta de los barrios bajos; pero siMillán sabía un oficio, Pepe carecía de conocimiento alguno que pudieraserle útil contra el infortunio. Entonces se pensó en buscar para él unacolocación o destino. Las cartas que escribió don José, las visitas quehizo hasta que se lo impidió su dolencia, las antesalas que cruzó, noson para contadas. Por fin, un antiguo amigo suyo metió al chico, conun empleo de 5.000 reales, en la Biblioteca del Senado. Pepe, comofuncionario público, iba a ganar casi la mitad de lo que daban a Millánpor regentar la imprenta.

Si cuando chicos no les maleó el exceso de libertad, de grandes no lesdoblegó la desgracia; ni tampoco intentaron, por salir de apuros, vadearmalamente aquella torcida corriente de su vida que comenzaba aencresparse. Juntos nadaron a pecho abierto contra ella; y sin pensarque podían por malas artes vivir a lo perdido, o abandonar a susfamilias, comenzaron a trabajar, Millán en la imprenta que leconfiaron, y Pepe en su humilde empleo de la Biblioteca del Senado. Comoéste tenía más horas libres que aquél, y se iba muchos ratos a hacerlecompañía, Millán le rogaba con frecuencia que le ayudase, de donde seoriginó que, durante una larga temporada en que hubo prisas en laimprenta, Pepe se pasó noches enteras corrigiendo pruebas; lo cual suamigo le enseñó con pocas advertencias, y él perfeccionó en algunassemanas. Una alteración de personal que hubo por entonces en laimprenta, inspiró a Millán la idea de que aquel favor, que su amigofrecuentemente le hacía, sólo para ganar tiempo y anticipar la hora desalir juntos, podía redundar para Pepe en una ganancia, no grande, perosí oportuna, dada la situación de su casa, donde la necesidad se ibaentrando a banderas desplegadas desde que comenzó a agravársele a donJosé la enfermedad de las piernas. Ello fue que, al cabo de tres meses,estando un domingo de paseo, y solos, Millán le dijo:

—Tengo que proponerte una cosa. Creo que te conviene, pero no he podidoresolver nada sin contar contigo.

—Habla, chico.

—Desde hace más de tres meses que arreció el trabajo, vienes casitodas las noches a buscarme, y para una vez que consigo acabar tempranoy podemos ir un rato al café o a dar vueltas charlando por las calles,lo general es que tengas que quedarte allí conmigo corrigiendogaleradas. Al principio no sabías lo que te pescabas, lo que túcorregías tenía yo que volver a mirarlo.

Hoy, la verdad, lo que para uncajista cualquiera ofrecía ciertas dificultades, lo has aprendido tú enseguida y bien. Por otra parte, me parece una primada que a lo mejor tepases allí horas enteras sin sacar nada en limpio... En fin, chico, ayerse ha marchado uno de los correctores, el que iba de noche...

¿quieresla plaza? Si se lo digo al amo, te la da. Tú le convendrías a él conpedirle dos reales menos que otro cualquiera, y a tí, como son pocashoras, de noche, y yo te taparé cuando faltes... vamos, que puedes ganareso... si no te repugna...

Díselo a tu padre.

—Y ¿por qué me ha de repugnar? ¿Qué tengo que decírselo a mi padre?Acepto desde ahora... y te lo agradezco de veras.

Puedes creerme: ya vescómo estamos en casa.

—Siempre serán diez y ocho o veinte reales más al día.

No era posible aumentar la amistad que les unía; pero este rasgocontribuyó mucho a afianzarla y, además, hizo que fuera su trato másfrecuente, por la índole del trabajo que les ocupaba.

Así, los que demuchachos comenzaron juntos a corretear por las calles y pisar las aulasdel Instituto; los que juntos pensaron seguir una carrera de lasreservadas a gente, si no poderosa, al menos acomodada, juntos también,forzados a renunciar a ella, emprendieron la pendiente áspera, y a vecessin fin, que suben en la vida los que se mantienen por sus manos.Menudearon con esto las idas de Millán a casa de Pepe, y aquél, quecuando chico no paró ojos en la hermana de su amigo, fue luegoencariñándose con ella hasta que, insensiblemente, como a veces quiereel amor que sean estas cosas, se fijó en lo bonita que era, considerólas pocas exigencias que había de tener mujer tan hecha a batallar conla necesidad, y pensó que le convenía para propia. Como esta idea fueresultado de mucho mirar a Leocadia, hablar con ella y observarla,buscando ocasiones en que estudiarla el genio, lo notaron los padres yel mismo Pepe; de suerte que casi antes de que Millán demostrara su amorcon atenciones y cuidados, ya ellos lo habían sorprendido sin enojo ensus impaciencias y miradas. Leocadia empezó a recibir las pruebas delafecto de Millán con el agrado natural que tiene la mujer para acogerlas primeras palabras dulces que escucha; contenta, satisfecha, casiagradecida, mas sin que el querer produjera en ella impresión tan hondacomo la que estaba haciendo en Millán.

Éste, si no se sentía aúnverdaderamente enamorado, estaba en camino: a ella, más que el noviomismo, le gustaba la sensación moral, nunca experimentada, de saber quehabía un hombre que gozaba mirándola. Sus corazones no estaban, sinembargo, verdaderamente unidos. A veces, cuando sentados todos, denoche, en torno de la camilla, leían periódicos o jugaban al tute pordistraer a don José, Millán, espiando a Leocadia con el rabillo del ojo,creía descubrir en su fisonomía de madrileña vivaracha un gestoindefinible, un nublarse repentino de las pupilas, una ligera sombra detristeza, en medio de la risa, que delataban incompletamente cierto afánde aspiraciones vagas o impulsos latentes de ambición mal entendida.Doña Manuela y don José dieron a los chicos por novios apenas huboindicio para ello: Pepe, más listo, adivinó que Millán quería a suhermana, pero que ella no estaba tan enamorada como él.

III

En su primera época de estudiante, casi niño, no fue Pepe de esosmuchachos que se sientan lo más cerca posible del maestro, aprendiendode memoria, como loros, cuanto se les manda, antes por obediencia yaplicación irreflexiva que por verdadero amor a estudios que aún noentienden; pero tenía inteligencia sobrada para comprender que había dellegar un día en que de todas aquellas asignaturas y materias, quejuntas querían meterle por fuerza de golpe en la cabeza, tendría quefijarse en alguna, decidirse y estudiarla, confiando a la perseveranciaen el trabajo su porvenir y el amparo de los suyos. Durante esos años,en que el hombre ignora la realidad de sus tendencias y la índole deaquello a que debe dedicarse, él, entre dudas y vacilaciones, pugnabapor determinar lo que sería, como si a todos permitiera la fortunamarcar el rumbo de su vida. Por fin, la afición a la historia y elinterés que, apenas comenzó a hombrear, mostró para seguir enconversaciones o lecturas la marcha de los sucesos políticos—tanagitados en aquel tiempo—le hicieron inclinarse a la abogacía, carreraen que la antigüedad de los pueblos, la política, el derecho y lasletras, aparecían a sus ojos formando, no un camino más o menos ancho,sino un conjunto de senderos que podían llevarle a suertes prósperas yvarias. Su existencia tenía un fin doble, y así lo comprendía él: serobrero de su propia fortuna y sostén de sus padres. Pero estas ideas nodespertaban en su ánimo temor de lucha ni necesidad de abnegación.Llegar a ser algo, le parecía cosa natural. ¿No llegaban otros?Propósito de desinterés en aras de su familia, nunca lo hizo supensamiento. Se dijo sencilla y espontáneamente que era necesario en sucasa, que allí quien debía trabajar era él, sin imaginar jamás que susmás penosos esfuerzos por lograrlo pudieran llamarse abnegación osacrificio, ni siquiera deber: lo haría porque sí, porque era el hermanomayor, el único hombre de la casa. En sus cálculos no entraba Tirso paranada. Si no,

¿quién lo haría?

El cambio que la desgracia ocasionó en la vida material de Pepe, fue enun principio apenas sensible: al pronto, todo se redujo a que los pocoslibros de texto que había comprado anduviesen rodando de la mesa delcomedor a la de su cuarto, hasta que él los guardó por no verlos.Aparentemente, con ocultar aquellos libros se borró en la familia laidea de que Pepe había tenido que renunciar a la carrera: doña Manuela,que era buena, pero poco avisada, sintió cierta amargura; la resoluciónde su hijo la entristeció, por ser señal inequívoca de grandesprivaciones:—«El pobre ha tenido que dejar los estudios»—decía, sinpoder profundizar todo lo que en esta frase iba envuelto. A Leocadia lemortificó el suceso más que a su madre, pero de otro modo. Mientras Pepese limitó a trocar la clase por el destino del Senado, decía:—«A mihermano le han empleado»—y en el tono con que lo pronunciaba descubríaalgo de amor propio satisfecho. El verdadero disgusto lo tuvo cuando, aconsecuencia de la proposición de Millán, entró Pepe de corrector en laimprenta: aquello de que su hermano ganara un jornal la impresionóamargamente, en parte por lo que significaba tal determinación, y másaún por vanidad herida. Su gran temor era que Pepe llegara a ponerseblusa para trabajar, como si en este detalle fuese envuelta toda laruina de la casa.

Transigía con la pobreza, con la miseria, con todo;pero a lo vergonzante, no enterando al prójimo de humillaciones que nole importaban. La mayor pesadumbre fue para don José. Los tres años deDerecho que cursó Pepe, le habían acostumbrado a pensar en su educacióncomo en un esfuerzo costosísimo, mas para él lleno de encantos. Elhumilde empleado que pasó la vida a salto de mata, de oficina enoficina, de centro en centro, sin apoyo ni valimiento, había logradoadquirir tales hábitos de orden y economía, que iba a serle posible darcarrera a este hijo, y dársela a su gusto, no como se la dieron al otro.El pobre viejo no alcanzaba por qué medio sería ello; pero con los ojosde la imaginación veía al chico ya vestida la toga de vuelillos blancos,con el birrete puesto, la placa en el pecho y sentado en un sillón dealto respaldo, escuchando informes de abogados que, al dirigirse a él,hablarían con profundísimo respeto... y, de repente, vinieron eldescuento, las pérdidas, los atrasos, la jubilación, reduciéndose elfuturo juez a empleadillo colocado por el favor de un amigo, y a mercedde quien tuviese influjo para quitarle cualquier día la plaza enprovecho de otro. La resolución adoptada por Pepe de ir a trabajar conMillán, hirió dolorosamente el ánimo de don José: pero hubiera sidodifícil precisar qué impresión le hizo más mella, si el dolor de ver asu hijo llevado a tal extremo, o el orgullo de considerarle tan fuerteante la adversidad. Las lágrimas de ternura se secaron pronto en susojos: el engreimiento no se le borró del alma.

El más duro para resistir a la desgracia, fue quien más perdía con ella:el mismo Pepe, que, así como no dio importancia al sacrificio, no seentregó tampoco a esa resignación callada y triste, cuyo silencio sofocael dolor sin mitigarlo. Su carácter varió algo, sin que él se dieracuenta, mas no llegó a sufrir una verdadera trasformación. Las fibras desu corazón eran tales, que no podían bastardearse al ser azotadas por ladesgracia, como no hubieran cambiado tampoco acariciadas por la fortuna.Aquella incredulidad burlona con que siempre acogió cuanto no podíaaclarar razonándolo, se acentuó y se hizo más amarga; su gracia parazaherir cobró acritud, sus chistes tomaron tono de quejas dichas enbroma; pero la propensión cómica quedó dominando siempre en sus labios,pronta a ridiculizar cuanto sus ideas y aficiones le señalaban digno devituperio. Los reveses no le arrancaron el entusiasmo por lo que amaba,ni exacerbaron su escepticismo; pero, al convencerse de que lascondiciones de la vida habían variado por completo para él, adquirió unaserenidad que, contrastando con los pocos años, daba a sus frases undejo amargo y melancólico. Aun las sátiras más enérgicas parecían brotartristemente de su boca.

Pasadas las primeras semanas de aquella existencia nueva, dividida entrela biblioteca del Senado, donde su trabajo consistía en dar libros aquien raza vez se los pedía, y las tareas de la imprenta, donde bajo lainspección de Millán iba siendo cada día más útil, comenzó aexperimentar cierto reposo que él comprendía no ser definitivo, pero quele halagaba por verlo reflejado en la casa. Su vida de empleadillo yjornalero le producía un puñado de duros, con los cuales había para ir ala compra y casi con igual frecuencia a la botica. De la abogacía no sevolvió a hablar: lo de seguir carrera fue un sueño, y, sin embargo, elhaber tenido que renunciar a ella era la pesadumbre de toda la familia.Cada cual la sentía a su manera: doña Manuela no decía sino:—«¡Hijomío, cuánto trabaja!» El padre no se recataba para confesar a voces aundelante de gentes:—

«Estará en la imprenta.» Leocadia, sin disimular larepugnancia a lo que en su hermano había de obrero, hablaba del destino o el empleo, y cuando le veía volver a casa, instintivamentele miraba a las manos, temiendo que trajera en ellas alguna señal suciade su honrosa labor. No lo podía evitar: tenía esa vanidad madrileña quepretende cubrir con perifollos de seda la falta de ropa blanca, y queprefiere el adorno de la sala al cuidado de la alcoba.

Pepe participó también, en cierto modo, de ese sentimiento que tiende aocultar al prójimo la propia miseria. Hubo una persona a quien no tuvoel valor de confesar que trabajaba en la imprenta de Millán, y esapersona fue su novia, la señorita de coche, como la llamaba Leocadia.Pepe había dicho claramente a Paz la situación de su familia; que supadre era un antiguo y modesto funcionario de Hacienda; que él tuvo queabandonar la carrera por falta de recursos para seguirla, ateniéndose aun empleo concedido casi por caridad; pero no pasó adelante: nada dijode la imprenta, del apoyo de Millán, de las galeradas, ni de sus tareasde jornalero. En un principio no fue completamente franco por aquellamisma pícara vanidad de Leocadia, y después por falta de valor: aunconociendo a Paz como llegó a conocerla, tuvo miedo a decirla:—«Elhombre a quien amas, tú, la señorita rica, mimada por la fortuna, va porlas noches a ganarse un jornal que cobra los sábados como los herrerosy los albañiles.»

Imaginó que la perdería: era a sus ojos enteramenteabsurdo que Paz, después de saber esto, siguiera enamorada de él. Lavida moderna le ofrecía a cada paso ejemplos de hijas de familiaspoderosas a quienes por un capricho amoroso había que casar con un malperiodista, con un abogadillo, con un cualquiera, aún de lo más pobre dela clase media; pero, ¿quién vio jamás en estos tiempos que una señoritahecha a pisar alfombras y ceñirse el talle con sedas, entregara la manoa un jornalero? Pepe calló, sin temor a que ella supiera toda la verdad,pero sin valor para decirla con sus propios labios. Al oírla exclamarcon frecuencia entre apasionada y mimosa:

«¡Pepe mío, cuánto te quiero!»le acometían impulsos de revelarla aquello que él ocultaba como unainfamia; pero luego, contemplándola vestida con todos los primores dellujo, retiraba las manos o se las examinaba al descuido, temeroso, comosu hermana, de hallar impresa en ellas la sucia mancha del trabajo.

IV

Don Luis María de Ágreda, senador electivo, gracias al patrimonio einfluencia que tenía en su pueblo, era uno de los antiguos progresistasobstinados en sobrevivir a su partido; de aquellos que ponían sobre todola Soberanía Nacional, y para quienes la España contemporánea no produjosino cuatro hombres

de

gran

valer:

Mendizábal,

por

la

desamortización;Espartero, por haber vencido al carlismo; Olózaga, por haber habladoantes que nadie de los obstáculos tradicionales; y Prim, por seguirsus huellas.

La fortuna de don Luis, con ser respetable, no era sino resto de lomucho que gastó su padre en conspirar contra Sartorius y Narváez; perolo que mejor heredó fue un grande amor al partido progresista, muchaantipatía a la demagogia, que se le antojaba cosa pagada con el oro dela reacción, y una repulsión invencible a moderados y carlistas. Lostrabajos de don Luis en juntas y comisiones del partido; los artículos,proyectos y dictámenes que escribió, serían incalculables, e infinitaslas veces que proyectó terciar en los debates; pero jamás tuvo ánimopara romper a hablar en público ni para enviar dos cuartillas a unperiódico. No era tonto y lo parecía, porque sin tener realmenteinfluencia entre los suyos, imaginaba que su consecuencia y lealtaddebían darle mayor importancia de la que gozaba, resultando algovanidoso.

Como la palabra obedecía mal a su pensamiento, huía losdiálogos largos y las conversaciones en corro, limitándose a hacersignos de afirmación o negación con la cabeza, y cuando más, a decirfrases concisas, que tomaban en sus labios tono de sentenciaspretenciosas. Muchos le consideraban como hombre formal, pero de cortosalcances, y algunos le trataban de burro serio. Aquéllos andaban máscerca de lo cierto; porque sin ser don Luis una inteligenciaprivilegiada, era honrado y de carácter firme, aunque algo agriado, porimaginar que debía brillar y bullir más en su partido.

Lo que constituía su verdadero título de gloria, para quien llegase asaberlo, era la educación que dio a su hija. A los treinta y dos añosenviudó y se propuso que Paz, cuando él faltara, estuviese encondiciones de vivir por sí, sin ajeno auxilio, que supiera manejar sufortuna y aprendiese a conocer su corazón, para no dejarla expuesta arapacidades tutorescas ni a errores de su inexperiencia. Muchas veces ladijo:—«Has de saber cuánto tienes, duro por duro; y has de pensarsiempre en lo que vayas a hacer, para que ni el prójimo te robe ni tú teengañes.»

Paz estuvo una temporada de tres años en un colegio dirigido por monjas,lo cual no era muy del agrado de su padre; pero ¿qué hacer, si no habíaen Madrid otro linaje de casas de educación?

Allí aprendió a escribircon bonita letra, a hablar bastante bien en francés y rudimentosincompletos de muchas cosas: de coser poco, de bordar algo y de rezarmucho. Sin salir del colegio sabía también cuanto ocurría en Madrid,hasta interioridades de familias que a nadie importaban; pero, por lovisto, para las madres no había secretos; así que, los domingos desalida, don Luis se maravillaba escuchando a su hija cosas que él no oíani a los murmuradores del Casino. Esto, y un tantico de vanidad que sefue despertando en el alma de Paz, indujeron a su padre a sacarla delcolegio-convento; mas aunque quiso hacerlo con gran tiento ycircunspección, tuvo por fin que ser enérgico, porque las santas mujereshabían procurado atraerse la voluntad de la niña.

¿Les indujo a ello labondad de Paz? ¿Ambicionaron la conquista de su preciosa voz para lacapilla? ¿Prendáronse quizá del entusiasmo con que era de las primerasen gastar sus ahorros de colegiala rica comprando, ya la sabanilla delCristo, ya la toca de la Virgen, ya el encaje para el paño del altar?Ello fue que un día de fiesta, no pudiendo don Luis ir a buscarla, enviócon el carruaje a una parienta, quien a la hora del almuerzo volviósola, refiriendo que la buena madre había dicho que mademoiselle Pazno salía. Don Luis, pensando que su hija estaba mala, fue inmediatamentea verla y, a disgusto de la superiora, hubo que traer la niña apresencia del padre, quien pasó un rato muy malo observando que su Paz,sin estar castigada, ni enferma, se allanaba de buen grado a permanecerallí, en vez de irse a pasar el día con él. Por fin consiguió que suhija le siguiese, y aquella noche no la permitió volver al colegio.«Aquí no hay más madres que yo»—dijo don Luis—y desde entonces seconsagró al cuidado y educación de su hija, sin perder por eso sudesmedida afición a la cosa pública. Las cartas de la superiora y lasembajadas del capellán, hicieron en vano esfuerzos por recobrar la ovejadescarriada, mas no lograron que tornase al redil. De allí en adelante,don Luis toleró que Paz, de tarde en tarde, gastara algo en sabanillas,mantos y encajes, pero no la dejó volver a poner los pies en elconvento. La mansedumbre, que es gran virtud, evitó que las monjas seofendieran: no salió de sus labios palabra de reproche, nada intentaronpara exacerbar la devoción naciente, quizá la vocación frustrada de Paz;pero tampoco se olvidaron de recordarla en días determinados yfestividades solemnes que en un extremo de Madrid había una santa casaque se honraba con haberla tenido por discípula y a la cual debía enviarde cuando en cuando alguna limosna para obras de caridad, algún ramo deflores para aquel altar, en cuyas gradas se arrodilló tantas veces.

Como Paz era buena, el tesoro de cariño que halló en su casa la hizoolvidarse pronto del colegio, y aquella afición mongil se apagó como conla mano. La libertad de acción, el sano orgullo de mandar en su casacomo dueña y, sobre todo, el habilidoso amor de padre, ahogaron a tiempoel piadoso secuestro que pudo haber sobrevenido. Bastaron unas cuantassemanas de esta vida, y el colegio, antes impregnado de cierta poesíaplácida, quedó reducido en la imaginación de Paz a un conjunto derecuerdos fríos e incoloros. Al cabo de un año don Luis, escogiendo concautela las casas donde la llevaba, comenzó a presentarla en la tituladabuena sociedad, con lo cual sus galas y tocados la preocuparon mucho másque antes la ropa de las santas imágenes: el gabinete lleno de primoresy el lecho mullido le fueron más gratos que el frío dormitorio y laestrecha cama de colegiala; las flores que se ponía en el pelo cortadaspor su mano en el jardincito de la casa, destronaron a los ramilletes detrapo de los altares; y para colmo de impiedad, la primer sinfonía deMozart que oyó tocar sonó en sus oídos más grata que las letanías,salves y motetes.

La serie de impresiones que Paz experimentó pisando salones de casasextrañas, no fue, sin embargo, tan agradable como la que sintió entrandoa reinar en su propio hogar. A poco de vivir con su padre, la enteróéste de sus negocios, explicándola en qué consistía su fortuna,ayudándose de ella para el manejo de intereses, con lo cual Paz llegó apersuadirse de que don Luis era un hombre honrado, y el origen de cuantotenía decente y limpio.

En cambio, comenzó a ver que ni todas las casasni todos los hombres eran como su casa y su padre. Aunque incompleto yvelado por la educación y la hipocresía, el mal llegó claro a sus ojos,causándola una sensación parecida a la que sufriría quien, hecho sólo arespirar aire puro, entrara de pronto en una atmósfera viciada. Elinstinto suplió a la picardía, el ingenio a la malicia: no pudo laimaginación desentrañar las causas de las cosas, pero vio los efectos yfue bastante para que se le entrase al alma un miedo sano.

En su espíritu hubo dos impulsos simultáneos: el despertar a lainquietud moral de la vida y la desconfianza de hacer a nadie partícipede sus emociones. Con su padre tenía toda la sinceridad posible; masesos misteriosos deseos, esas dudas ingenuas que la mujer reserva paradichas en voz baja al elegido de su corazón, no salieron de sus labios.Las frases galantes y las lisonjas la infundían una previsióndesasosegada, un terror vago que la impedía mostrarse complacida: erasemejante a un pájaro que tuviese miedo a la red. Cuando algún hombrehalagaba su oído con ternezas o la pedía esperanzas, ella,involuntariamente, se acordaba de tantas infelices mal casadas y parejasdesavenidas, de los hogares que parecían fondas, donde marido y mujeracusaban indiferencia, desvío, cuando no repugnancia. El amor propio nola dejó renegar de su hermosura; pero su instinto la señaló un peligroen su riqueza. Ser querida por sí, le pareció fácil: saber cuál amorsería sincero, lo juzgó imposible. Hubiera querido disimular elbienestar de su casa, y a veces sentía impulsos de extravaganteshumoradas, ansia de ocultar su facilidad de logro, a semejanza de esospríncipes que viajan de riguroso incógnito para agradecer la simpatíaque inspiren y oír el lenguaje de la franqueza. «El mejor traje—solíadecir—es el que más disimula lo que cuesta.»

Una tarde vio Pepe entrar en la biblioteca del Senado un caballero comode cincuenta años, alto, canoso, con el rostro enteramente afeitado y deaspecto excesivamente limpio, que dirigiéndose al principal encargado,le dijo:

—Vengo a pedir a Vd. un favor. ¿Podrá Vd. recomendarme uno de estosmuchachos que tiene Vd. aquí, a sus órdenes, para que venga unas cuantasmañanas a mi casa y me ayude a poner en orden mi librería? Me han hecholos estantes nuevos, y hay que trasladar los libros de sitio. Un chicojuicioso, ¿eh?

—¿Oye Vd. esto?—preguntó el jefe a Pepe, y dirigiéndose al caballero,añadió.—Nadie más a propósito: su formalidad y su ilustración leservirán a Vd. mucho. Casi es abogado...

El que hizo la petición miró a Pepe, y con la autoridad que le daban susaños, le habló así:

—Vamos a ver, joven. A un muchacho, aunque no lo necesite, nunca leviene mal un puñadillo de duros. ¿Ha oído Vd. lo que hemos hablado?¿Quiere Vd. venir a mi casa unas cuantas mañanas?

—Sí señor, y haré lo posible por complacerle.

—Bueno, pues cuento con Vd. ¿Cuándo empezaremos?

porque yo lo tengoallí todo revuelto.

—Cuando Vd. quiera.

—Mañana mismo. Le espero por la mañana a las once.

Cuando se hubo marchado, Pepe dio las gracias al bibliotecario y lepreguntó quién era aquel señor.

—Es don Luis María de Ágreda, senador, muy buena persona.

De estos queno hablan nunca, y progresista a la antigua, pero muy rico. No hace másque asistir a las votaciones, aunque está diciendo siempre que va ahablar... y nunca habla.

Después le dio las señas de la casa de don Luis y se separaron.

V

Acudiendo a la cita del señor de Ágreda, a las diez y media de la mañanasiguiente entraba Pepe en el hôtel que aquél habitaba, situado alfinal de la Castellana. Atravesó el jardín, pequeño y bien cuidado,subió las escalerillas, llenas de macetas, que parecían estarcustodiando dos magníficos perros de bronce, y entró en el despacho, queformaba parte de la planta baja.

El piso era de maderas ensambladas, las colgaduras magníficas, cómodo ylujoso el mueblaje; todo acusaba mucho dinero. La mesa indicaba orden,gran pulcritud y poca labor: cuanto había sobre ella estaba biencolocado; pero sin que se notase en nada la confusión, propia deltrabajo continuo. Los libros eran pocos, ricamente encuadernados, y sinseñales de manejo frecuente: no debían ser aquellos los que era precisoordenar. En dos testeros de pared cubierta de un papel muy oscurorameado de oro, había dos retratos de mujer. En uno, el traje y elpeinado a la moda de 1850, pero, sobre todo, la pintura, lamida comorebuscando finezas, delataban la mano de uno de aquellos artistas queconservaron reminiscencias del estilo elegante de don Vicente López, sinhaber adquirido el vigor de los buenos pintores contemporáneos nuestros.La dama estaba peinada con el pelo hecho dos grandes ondas, muyalisadas, y tenía las facciones parecidísimas a la retratada en el otrolienzo; pero resultaba la belleza de la primera más completa y armónica.A pesar de esta diferencia, se parecían tanto, que era fácil adivinar suparentesco. Debían ser madre e hija, a juzgar por la edad querepresentaba cada una y por la diferencia de los trajes. El retrato dela más joven era una doble maravilla, por el modelo y la factura. Untrozo de impalpable gasa la cubría los hombros, a modo de gola antigua;tenía el rostro casi en sombra, los ojos ceñidos de un livor oscuro,ligeramente inclinada hacia adelante la cabeza y puesta entre el pelouna pluma de color de rosa, ingrávida, suelta, que parecía pronta amoverse al más ligero soplo.

Los dos balcones del despacho daban al jardín y, a través de loslistones de las persianas caídas, se veía una pequeña estufa con plantasde flores costosas, destinadas a morir en los búcaros

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de un gabinete oprendidas en el pecho de una mujer bonita.

Completaban el adorno de losmuros unos cuantos grabados ingleses, un retrato de Olózaga, enlitografía, con dedicatoria autógrafa, y un título de coronel honorariode la Milicia Nacional del 54, encerrado en rica moldura y expedido afavor del padre de Paz.

De pronto entró don Luis.

—Me gusta la puntualidad. Venga usted conmigo, y verá Vd.

si hay aquípara rato.

Penetraron en una habitación contigua, enteramente llena de libros,donde tres estantes de roble nuevos y vacíos ocupaban otras tantasparedes, mostrando sus enormes huecos de madera limpia, recién labrada eimpregnada del olor al barniz. En el centro había una gran mesa, tambiénllena de libros, y además libros por todas partes: en el suelo, encimade las sillas y amontonados en los rincones, todos revueltos como encasa donde anduvieran de mudanza.

Aquel día no ocurrió más sino que don Luis dio algunas instrucciones aPepe y éste comenzó a poner en orden los volúmenes, marchándoseenseguida con el tiempo preciso para almorzar antes de ir al Senado. Alsalir de la casa, tranquila la imaginación, sólo se hacía una pregunta:«¿Qué gente será ésta?»

Tres mañanas llevaba Pepe de buscar tomos para juntar los de distintasobras, colocando éstas luego lo mejor posible, cuando al cuarto día,estando en el despacho despidiéndose de don Luis, oyó de pronto abrircautelosamente una puerta a su espalda y una voz de mujer preguntó:

—¿Puedo entrar?

Era la señorita del retrato, la de la pluma color de rosa.

Llevabapuesto un traje casero muy sencillo, blanco, corto, huérfano de adornosy cuyas mangas descubrían los brazos: mostraba el cuello desahogado ylibre; el pelo húmedo hacia las sienes, y la tez algo encendida, comoazotada por el frescor del agua. La figura se destacó por claro sobre elcortinaje oscuro, semejando personaje de dibujo fantástico. Sorpendidaal ver que don Luis no estaba solo, se detuvo un instante sin soltar eltirador de la puerta, dudando si adelantar o volverse.

—¿Estorbo?

—No, hija, entra.

Pepe, que se disponía a marcharse, la saludo; contestole ella, ycogiendo de sobre la mesa un periódico, se puso a leer. La escena fuerápida, casi muda: el aparecer ella y el despedirse él, ocurrió en unmomento. «¡Qué bonita es!»—se decía luego Pepe al echar a andar, yafuera de la verja del jardinillo de la casa.

Durante las mañanas sucesivas, don Luis entró en varias ocasiones a vercómo llevaba el muchacho su trabajo, que cundía poco, porque el rato quepasaba allí era corto. Los armarios se iban llenando, sin embargo, y donLuis observó que, al mismo tiempo de guardar los libros, Pepe tomabanota de ellos en unas tarjetas grandes, para formar un índice. Esto legustó: el chico debía ser listo. Paz entró también alguna vez a buscar asu padre, y llegó a cambiar con Pepe frases triviales. Un día hablarondel tiempo, otro de un reciente y criminal atentado contra los Reyes.

Ellenguaje de ella era el propio de una señorita bien educada que no sedesdeña de conversar con aquellos a quienes la fortuna no espropicia: elde Pepe era respetuoso, casi tímido, de hombre no hecho a pisar casastan bien puestas ni a tratar con señoras de aspecto tan aristocrático.

Un día Paz, ya vestida para salir con su padre, estaba esperándole en eldespacho, mientras Pepe, con la puerta de comunicación abierta,escribía en el cuarto de los libros papeletas para el índice. Paz leíaun periódico, en pie junto a un balcón;

Pepe,

aprovechando

la

ocasión,la

miraba

disimuladamente, entre plumada y plumada. La muchacha erapreciosa. Su talle sin artificio que la oprimiera exageradamente, teníaal cambiar de postura movimientos que acusaban formas esbeltas de curvasadmirables. El pelo, casi negro, recogido y alisado con extremadamodestia, avaloraba la blancura mate y dorada de la tez, vivificada porvenas finísimas y azuladas. Las facciones muy graciosas y menudas, sinmezquindad, formaban una fisonomía móvil y animada, como la de aquellosserafines de Goya, inspirados en los rostros picarescos de las hijas delpueblo. Los ojos, de un azul oscuro y limpio, traían a la memoria elcielo de las noches serenas de Granada, y los labios, que a vecesesmaltaba de blanco mordiéndoselos ligeramente con un movimientoinvoluntario, parecían una flor de matiz encendido. La boca, roja comoherida reciente, y el azul límpido de los ojos, inspiraban ideasdistintas, siendo la severidad de su mirada, guarda puesta en defensa dela dulzura de los labios.

No sintiendo Paz ningún ruido en el cuarto donde estaba Pepe, nisiquiera chocar de libros contra tablas, ni el resbalar de la plumasobre el papel, dirigió la vista hacia el muchacho y le sorprendiómirándola; él bajó la cabeza y prosiguió escribiendo, disgustado,temeroso de que aquello la pareciese mal, y Paz se desvió un poco delsitio donde leía, pero naturalmente, sin ademán de enojo. Al cabo de unrato, al colocar Pepe unos libros en su sitio, volvió a mirarla sin queella entonces pudiera verle.

En cambio él la contempló a su gusto; masde pronto se oyó la voz de don Luis que llamaba a su hija, y al soltarésta el periódico, por muy presto que quiso Pepe apartar los ojos, lesorprendió Paz por vez segunda en flagrante delito de admiración, apesar de lo cual, al verle marchar poco después, no mostró enfado engesto ni en palabras, despidiéndose de él afablemente.

Pocos días después ocurrió casi lo mismo. Pepe, sólo por disfrutar deaquél regalo de la vista, que la fortuna le ofrecía, miró varias veces aPaz, y ella lo notó, sin dar señal de desagrado, antes al contrario,sintiendo cierta tranquila complacencia con aquel homenaje mudo que larendía un hombre imposibilitado por su posición para adularla conesperanza de lograr favores. Ella le miró también alguna vez ahurtadillas, advirtiendo que el muchacho, no sólo no tenía mala figura,sino que era lo que se llama un hombre guapo. Su fisonomía acusabainteligencia, sus ojos lealtad; es decir, reunía los dos rasgosprincipales de la hermosura masculina. Entonces se despertó en Paz algode coquetería, no le parecieron mal aquellas miradas, y agradecida alculto que empezaba a recibir, permaneció en el sitio donde estaba. Endías sucesivos entró varias veces al cuarto de los libros sin necesidad,sólo por saborear aquel placer desconocido de aceptar un tributo quehalagaba su vanidad de niña bonita. Pero esta coquetería se le entró alalma, sin que ella lo advirtiera, del mismo modo que Pepe se daba elgusto de contemplarla sin segunda intención. Paz decía algunas vecespara sus adentros: «¡Pobre muchacho!» Pepe pensaba: «¡Parezco tonto!»Ninguno advertía que aquel juego era

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