El Deseo by Hermann Sudermann - HTML preview

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—Pero... ya está muerta—observó el señor Hellinger.

—Sí, ya está muerta—replicó su esposa juntando las manos.—

Yo no diré:alabado sea Dios, porque eso sería pecado; pero ya que el buen Dios loha decidido así, quiero por lo menos aprovechar y tratar de reparar lalocura de Roberto. Mientras estabas en El Águila Negra, bebiendo tuvino tinto, me puse nuevamente en campaña, trabajé, tomé nuevasinformaciones; ya no tiene más que elegir. Tiene a Gertrudis Lenzmann,con una dote de ocho mil pesos al contado, y otro tanto a la muerte desu padre; tiene a la chica Versen, todavía muy joven, es cierto, puesacaba de ser confirmada, pero esa tendrá aún más. Y

todavía me quedanotras tres o cuatro. ¿Pero qué crees que contesta a mis proposiciones?«Madre, dice, si vuelves a acometerme con eso, conseguirás no volver averme.» ¿Hase visto jamás? No faltaría más que una cosa: que, después deMarta, tomara todavía a su hermana, y entonces a su vieja y bondadosamadre no le quedaría más que morir. A propósito,

¿dónde se ha metidohoy la señorita? Son cerca de las nueve, y no se ha presentado todavía.Puede ser que en la casa de mi señor hermano, que tenía costumbrespolacas, cultivaran el hábito de quedarse en la cama hasta lasdoce—¡pero en una casa bien manejada como la mía, no habría que pensaren eso, Adalberto!

Yo sabré poner orden.

—No comprendo, mi querida Enriqueta, por qué me diriges los reprochesque son para tu sobrina.

—¡Si consintieras en no volver a tomarla bajo tu protección, Adalberto!Pero, naturalmente, ya yo no tengo derecho de decir nada: se medesobedece y traiciona en mi propia casa. Por otra parte, dentro de pocovoy a poner fin a todo esto. Hace un año entero que la tengo a mi lado,y ya comienza a ser perfectamente inútil.

—¿Pero acaso no trabaja de la mañana a la noche en cuidar la casa deRoberto? ¿Se pasa un solo día sin que vaya a la granja?

¡No seas taninjusta con ella, Enriqueta!

Ella le lanzó una mirada de compasión:

—Si no fueras tan niño, como lo has sido siempre, Adalberto, se podríaconversar contigo. Eso mismo es lo que comienza a parecerme peligroso¿ves? ¿Crees, entonces, que ella no tiene sus motivos para ir apavonearse todos los días en la granja y darse tonos de ama delante deél y de los sirvientes? ¡Oh! ¡Es muy lista, mi sobrina Olga! ¡Ya habráhecho todo lo que depende de ella para acostumbrarlo a la idea de que aella—sólo a ella—le toca de derecho el lugar de la muerta! Si no eseso ¿qué tendría que ir a hacer todos los días a la granja?

—Creo que el hijo de Marta justifica suficientemente su conducta.

—¡Naturalmente! ¡Naturalmente! ¡Cuántas cosas te hacen creer concuentos de nodriza! Ella sabe bien por qué lo hace y por qué ama a esepobre niño hasta comérselo a caricias: ¡conoce el camino que lleva alcorazón del padre!

—Pero tal vez no lo quiere—insinuó el viejo Hellinger.

Ella soltó la risa.

—¡Mi querido Adalberto! Cuando un hombre posee una propiedad a laspuertas de la ciudad, una muchacha pobre lo quiere siempre, y, si yo nopongo fin a todos estos manejos mostrándole la puerta, podría muy biensuceder que un día Roberto la tomara por la mano y nos dijera: «Ahora,papá y mamá, tengan ustedes la bondad de darnos su bendición.»

Pero,antes que ver una cosa semejante, Adalberto...

En el mismo instante, un gran ruido de pasos resonó en el vestíbulo; ycasi en seguida golpearon con fuerza a la puerta.

—¡Toma!—dijo la señora Hellinger.—He ahí uno que hace tanto estruendocomo un alguacil. ¡Todavía no estamos en ese estado, sin embargo!

Y con mucha suavidad, y mucha tranquilidad, dijo:

«¡Adelante!»

El viejo médico penetró en la habitación. Tenía el sombrero echado haciaatrás, la bufanda le colgaba de los hombros, y su pecho jadeaba comodespués de una carrera desenfrenada. Se olvidó de dar los buenos días yno hizo más que lanzar en torno suyo una mirada hosca e investigadora.

—¡En nombre del Cielo, doctor!—le gritó el señor Hellingerprecipitándose a su encuentro.—¡Nos embistes como un toro!

La señora Hellinger, al contrario, asumió su aspecto áspero y refunfuñóalgo como: «modales de fumadero.»

Cuando el doctor vio la tranquila mesa del desayuno y a sus amigos que,con la cara de todos los días, lo miraban con estupor, se dejó caer enuna silla con un suspiro de alivio. ¡Así, pues, la terrible cosa no sehabía realizado! Pero, un instante después, la ansiedad volvió aapoderarse de él.

—¿Dónde está Olga?—tartamudeó alzando los ojos hacia la puerta, comosi fuera a verla entrar en ese instante.

—¿Olga?—dijo la señora Hellinger encogiéndose de hombros.—¡Qué sé yo!Sin duda va a venir de un momento a otro; ¿es por algo urgente?

—¡Alabado sea Dios!—exclamó el doctor juntando las manos.—¡De modoque ya ha bajado!

—No, eso no—dijo la señora Hellinger.—La señora Duquesa se ha dignadodormir hoy un poco más.

—¡Dios del Cielo!—exclamó de nuevo él.—¡Y nadie ha ido a verla!¿Nadie sabe nada de ella?

—Doctor ¿qué te pasa?—gritó el viejo Hellinger que comenzaba ainquietarse.

Sin duda, el doctor se acordó en ese momento de la súplica que terminabala carta de despedida de Olga; comprendió que, de ese modo, su deseo derespetar la voluntad de la joven iba necesariamente a quedar sin efecto,e hizo un último y lastimoso esfuerzo para guardar el secreto.

—¿Qué me pasa?—balbució con una sonrisa dolorosa.—¡Pues nada! ¿Quéhabía de tener? ¡Mil millones!...

Y, en seguida, abandonando todo fingimiento gritó:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Has permitido la espantosa desgracia! ¡La hasdejado de tu mano!

Y poco le faltó para dejar correr sus lágrimas; pero, reuniendo toda laenergía que quedaba en su cuerpo gastado, se enderezó recto como una I:

—Venid al cuarto de Olga—dijo,—y no os asustéis, cualquiera que seael estado en que la encontréis.

El viejo Hellinger palideció y su mujer se puso a gritar y sollozar: seaferraba al brazo del doctor y quería saber lo que había sucedido, peroéste no decía una palabra más.

Así subieron los tres la escalera que conducía al cuarto de Olga,mientras que en el vestíbulo los sirvientes se reunían y loscontemplaban curiosamente con los ojos muy abiertos.

Delante de la puerta de la habitación de Olga, la señora Hellinger tuvoun ataque de desesperación.

—Toque usted, doctor—dijo con un sollozo.—Yo no puedo.

El anciano tocó.

Nadie contestó.

Tocó una vez más y puso el oído en el agujero de la cerradura.

Siempre el mismo silencio.

Entonces la señora Hellinger se puso a gritar:

—Olga, querida hija mía, abre; somos nosotros, tu tío, tu tía, y tuviejo tío el doctor. Puedes abrir sin temor, querida mía.

El doctor dio vuelta al botón; la puerta estaba cerrada. Quiso mirar porel agujero de la cerradura; estaba tapado.

—¡Manda buscar al cerrajero, Adalberto!—dijo.

—¡No!—gritó la señora Hellinger, mandando de repente al diablo toda supena.—Yo no lo sufriré; no ha de suceder así: la vergüenza seríademasiado grande; yo no podría sobrevivirle.

¡Qué vergüenza! ¡quévergüenza!

El doctor le lanzó una mirada en que se leían el asco y el desprecio.Pero ella no le hizo caso.

—Tú eres fuerte, Hellinger—dijo.—Apóyate contra la puerta, quizáconsigas romper la cerradura.

El señor Hellinger era un coloso. Apoyó uno de sus robustos hombros enla tabla cuyas junturas, al primer esfuerzo, comenzaron a crujir.

—Despacio—le dijo su mujer.—Los sirvientes están en el vestíbulo.

—¡Idos a hacer algo en la cocina, montón de perezosos!—

gritó en laescalera su voz regañona.

Abajo se oyeron golpes de puertas. Un segundo empujón, y una de lastablas se partió por en medio; por la rendija, un rayo de luz se filtróen la semiobscuridad del corredor.

—Déjeme mirar por allí—dijo el doctor, el cual, esperando lo peor,había recuperado su serenidad y su sangre fría.

Hellinger arrancó algunas astillas de madera, de manera que, por laabertura, se pudiera ver todo el cuarto.

Frente a la puerta, a pocos pasos de la ventana, estaba la cama.

Lasobrecama arrojada a los pies formaba un montón blanco detrás del cualbrillaba la línea rubia de las trenzas de Olga; también se alcanzaba aver una parte de la frente, que resaltaba tan blanca como la sábana. Lospies estaban descubiertos; parecían haberse estirado en convulsionescontra la madera de la cama y después haber vuelto a caer sin fuerza.

A la cabecera, la ropa estaba cuidadosamente doblada en una silla; lasenaguas y las medias puestas las unas sobre las otras muy en orden, ysobre la pequeña alfombra del lado de la cama las zapatillas dispuestasde manera de poder deslizar en ellas los pies al levantarse.

Sobre el mármol de la mesa de noche, medio apoyado contra la lámpara,reposaba un libro, todavía abierto, como si se le hubiera dejado allíen el momento de apagar la luz. Sobre todo aquello parecía cernerse esapaz serena e indefinible que revela el alma pura de una niña. La queallí moraba se había dormido la víspera con una plegaria paradespertarse en la mañana con una sonrisa.

Cuando el doctor hubo hecho su examen en silencio, se apartó de laabertura.

—Pasa tu brazo por allí, Adalberto—dijo,—y procura alcanzar lacerradura. Ella la ha cerrado por dentro.

Pero la señora Hellinger, apretándose contra la puerta, suplicó agrandes gritos a «su querido tesoro» que se despertara y abriera ellamisma. Al fin, se consiguió apartarla y abrir la puerta.

Los tres se acercaron a la cama.

El rostro blanco como un mármol parecía mirarlos con sus ojos vidriosos,medio cerrados, en los labios una sonrisa extática.

La encantadora cabeza, de líneas firmes y nobles, se inclinaba un pocosobre el hombro izquierdo, y su abundante cabellera suelta sedesparramaba en brillantes rizos sobre el fresco pecho que la camisa denoche, desgarrada, dejaba en descubierto. El botón de nácar, al cual seadhería un jirón de tela y que se había quedado en el ojal, era lo únicoque indicaba que, antes de dormirse, la joven había debido ser presa deuna violenta agitación.

—Duermes, tesoro mío, dime que duermes,—dijo la señora Hellingersollozando.—Dime que no has hecho semejante afrenta a tu tía, a tuquerida tía que te ha criado y cuidado como a su propia hija.

Y, al mismo tiempo que hablaba, se apoderó de la mano lívida que colgabay trató de levantarla.

Su marido, más sensible, se había ocultado el rostro entre las manos ylloraba.

El doctor no se dejó llevar por la emoción. Había sacado de su bolsillosu estuche, y, rechazando a la señora Hellinger con un ademán apenascortés, se inclinó sobre el pecho que, con un movimiento brusco, habíadescubierto por completo.

Cuando se enderezó su rostro estaba mortalmente pálido.

—¡Una última tentativa!—dijo.

E hizo una rápida incisión horizontal en el brazo, en el sitio en queuna arteria se dibujaba en línea azulada en la blancura nívea de lacarne. Los bordes de la herida se apartaron sin llenarse de sangre; sóloal cabo de unos segundos, dos o tres gotas negras rezumaron lentamente.

Entonces el anciano arrojó lejos de sí el luciente bisturí, y con lasmanos juntas, luchando con las lágrimas, se puso a rezar un PaterNoster.

III

El mismo día, a eso de las doce, a través de los terrenos pantanosos quese extienden en varias millas al norte de Gromowo, un ligero carruaje deun caballo se dirigía hacia la pequeña ciudad.

Tan tupidas y pesadas que parecía que se las pudiera tocar con lasmanos, las nubes se extendían sobre la llanura. De trecho en trecho sealzaba en el aire cargado de vapor un nudoso tronco de sauce,completamente saturado de humedad, cubierto de gotitas brillantes,colgadas en largas filas de las desnudas ramas.

Las ruedas se hundían profundamente, en el barro del camino, que corríaentre las marchitas hierbas del lodazal, y el agua saltaba a cadainstante hasta la caja del coche. El que lo conducía poco se preocupabadel paisaje que lo rodeaba: sumido en sus pensamientos, permanecíasumido en su rincón, y sólo se enderezaba a ratos, cuando las riendasamenazaban escaparse de sus manos indolentes. Entonces se diseñaba laestructura poderosa de sus miembros, su pecho levantado se ensanchabacomo si fuera a hacer estallar la gruesa capa gris que lo encerrabadentro de sus pliegues.

Su estatura recordaba la del viejo Hellinger, quizá en mayor proporción,y el rostro también presentaba una semejanza que no podía engañar; perolas facciones, que en el padre habían conservado, hasta bajo loscabellos blancos, una amable dulzura, se habían acentuado en él enpliegues duros y graves que indicaban, al mismo tiempo que la altivez,un humor sombrío y siempre inquieto. Una barba rizada y desaliñadaenvolvía las mejillas bronceadas con sus vellos rudos y enredados, yadquiría en las extremidades de la boca un matiz más claro y caía sobreel pecho en dos puntas de un rubio apagado.

Era Roberto Hellinger, el propietario de la granja de Gromowo, elprometido de Olga.

De la felicidad que le había llegado la víspera, su frente no dejabaadivinar gran cosa. Sus ojos grises, medio velados, miraban fijamente alo lejos, y una arruga de inquietud le juntaba sin cesar las cejas. Eraque sabía que tendría todavía mucho que hacer antes de poder llevarse asu novia a su casa; largas horas de luchas penosas lo esperaban, y lavictoria misma no le llevaría más que inquietudes y tormentos. Volvía aver con el pensamiento los tiempos difíciles que había atravesado, y queapenas alumbraron algunos rayos de sol.

Hacía seis años ya que su padre le dejó solemnemente, en su condición dehijo mayor, la granja, la antigua propiedad familiar, para retirarse ala pequeña ciudad y llevar en ella una vida apacible y cómoda. Desde esedía comenzó su vida de miseria, pues desde entonces llevaba un yugo tanpesado, que sus mismos hombros de gigante amenazaban romperse bajo lacarga: todo lo que conseguía ganar con sus manos encallecidas, todo loque ahorraba en sus gastos personales, desaparecía absorbido por lasreclamaciones de los suyos. Y no podía quejarse; todo sucedía conformeal derecho más estricto, pues la herencia fue exactamente distribuidahasta el último centavo entre él y sus seis hermanos y hermanas—sinhablar de la reserva que habían estipulado para ellos los padres.

Cada teja de su techo y cada terrón de sus campos estaba empeñado; sobrecada espiga que maduraba estaban fijos los ojos desconfiados de sumadre, que vigilaba severamente para que los réditos no se atrasaran unminuto.

¿Acaso no estaba en su derecho? ¿Podía él exigir que lo quisiera conmayor cariño que a sus otros hijos? Sus hermanos tenían que seguir unacarrera, sus hermanas se habían casado, gracias a la dote; todos y todasfijaban en él miradas ansiosas y ávidas como en el autor y el sostén desu dicha.

¡Los réditos! Tal era la palabra aterradora que en lo sucesivo resonabaa toda hora, amenazante, en sus oídos, y por la noche le hacíadespertarse sobresaltado y llenaba sus sueños de visiones espantosas.

¡Los réditos! ¡Cuántas veces, por causa de ellos, se había golpeado lafrente con los puños cerrados! ¡Cuántas veces había corrido,obsesionado, atontado, a través de los campos fangosos, para escaparsede esa tropa de demonios chispeantes; cuántas veces, en un acceso deloco furor, rompió con el puño algún utensilio, arado o vara de coche,como si cualquier arma le hubiera parecido buena para combatirlos! Peroellos no le dejaban reposo; lejos de eso, le seguían con más tenacidad ymás de cerca, le chupaban más y más ávidamente, hasta la médula, todo elvigor de su juventud.

¿Y de qué le servía dominarlos, si alguna vez lo conseguía? A esa hidrale brotaban sin cesar nuevas cabezas. De trimestre en trimestre

sealzaba,

más

temible,

hinchándose

más

desmesuradamente ante sus ojosllenos de angustia, y dispuesta a precipitarse sobre él, a aplastarlocon el peso de su mole gigantesca.

Así se había arrastrado su vida de plazo en plazo, como la de uncondenado, desde el día solemne que fue alegremente celebrado y rociadocon vino y con champaña en El Águila Negra.

¡Si siquiera su madre se hubiera mostrado indulgente! Pero no leperdonaba uno solo de los espárragos que se habían reservado en laprimavera, ni tampoco el carruaje para sus paseos, en la época de lacosecha, cuando los caballos tienen tanto que hacer en los campos.

«Quien no quiere escuchar debe padecer,» era su máxima predilecta, y élnada escuchaba ¡oh! absolutamente nada. Con una palabrita, con un simple«sí,» habría podido poner término a todos sus tormentos, habría podidovivir hasta el fin de sus días en la abundancia y en la alegría; y queno quisiera pronunciarlo, por una obstinación estúpida e inconcebible,que todas sus diligencias para casarlo quedaran infructuosas, era lo quesu madre no podía perdonarle.

Dos años transcurrieron así. Entonces sintió que, si continuaba esaexistencia, iba forzosamente, tarde o temprano, a sucumbir del todo. Lavacilación, el temor, lo enervaban más y más: resolvió, pues, buscar unfin, y exigir del destino la parte de felicidad razonable que le habíanprometido la mirada leal de dos ojos azules y el silencio de dos labiospálidos.

Y llegó el día en que llevó como esposa bajo su techo a la amada de sujuventud, que hacía poco se había quedado huérfana y sin hogar.

Era un sombrío y triste día de noviembre; las nubes grises corrían en elcielo como siniestros pájaros. Temblorosa y muy pálida con su vestidonegro, la delicada y enfermiza criatura se suspendía de su brazo y seestremecía bajo las miradas con que la examinaban los extraños, en lascuales se mezclaban la compasión y el desdén.

Su suegra la había acogido con reproches e imprecaciones, y transcurriócasi un año antes que entre ellas se establecieran relaciones algotolerables.

Marta se había mostrado valerosa y activa, y había, no obstante su malasalud, trabajado de la mañana a la noche para poner en orden todo lo queun amo, largo tiempo soltero, había dejado ir a la deriva.

Y cuando, después de tres años de vida común, llena de paz y deconsuelo, el Cielo prometió bendecir su unión, ella no cesó, aunque suestado exigía los mayores cuidados, de ir y venir, arreglándolo ydirigiéndolo todo, en la cocina, en la bodega y en la casa. Casi parecíaque hubiera querido ganar así para su marido la dote que no había podidollevarle.

En tales circunstancias—dos días después del nacimiento del niño,—Olgahabía llegado de improviso a Gromowo. Roberto no la había visto desde eldía de su casamiento; y casi se asustó de su aspecto al verla dirigirsehacia él tan altiva, dura e impenetrable, tan maravillosamente se habíadesarrollado su hermosura.

¡Y esa mujer era la que ahora iba a ser suya! ¡Qué mundo desufrimientos,

sin

embargo;

cuántos

días

de

sorda

desesperación, ycuántas noches de horripilantes fantasmas habían transcurrido entreaquel día y el presente!

Roberto se estremecía; no quería pensar más en ello; ahora todo parecíaarreglado. La imagen transfigurada de Marta le sonreía apaciblementedesde arriba y lo bendecía, y, como una flor brotada de su tumba, ladicha parecía abrirse de nuevo para él.

Las torres de la pequeña ciudad se acercaban progresivamente; sedestacaban cada vez más detrás de los bosques de alisos. Un cuarto dehora después, el carruaje rodaba en la calle mal pavimentada.

Apenas Roberto hubo pasado la puerta de la ciudad, notó que a su paso lagente lo trataba de manera enteramente singular. Los unos lo evitaban,los otros levantaban su gorra con ademán torpe, y tan pronto comopodían, decentemente, se alejaban de él. Por el contrario, en todas lascasas por delante de las cuales pasaba, las ventanas se cubrían derostros que lo observaban gravemente y que, al ser saludados por él,desaparecían tímidamente detrás de las cortinas.

Movió la cabeza pensativamente; sin embargo, como su espíritu estabaocupado con la lucha a la cual se preparaba, no hizo gran caso deaquello y ya no miró ni a derecha ni a izquierda.

En la esquina de la plaza del mercado—en el sitio donde estaba antes lacasilla de impuestos—se hallaba la vieja ama de llaves del doctor:tenía las manos ocultas bajo su delantal azul y una cara de entierro.

Cuando el coche se acercó, ella le hizo seña de que se detuviera.

—¡Vamos, señora Liebetreu!—dijo él alegremente.—¡Al fin me encuentrocon alguien que no huye al verme!

La anciana alzó los ojos al cielo para no verse obligada a mirarlo.

—¡Ah, mi joven señor!—dijo, se le llamaba siempre el joven señor, paradistinguirlo de su padre, aunque hacía tiempo que había cumplido lostreinta.—El señor doctor ruega a usted que entre en su casa: querríahablar primero con usted, pues tiene algo que decirle.

—¿Es muy urgente lo que tiene que decirme?

La vieja se asustó; creyó que a ella iba a incumbirle el cuidado dedarle la penosa noticia.

—¡Ah! ¡Qué sé yo!—exclamó.—No me ha dicho más que eso.

—Bueno, salude usted afectuosamente a mi tío, y dígale que tengo quehablar primero con mis padres—él sabe de qué se trata—y queinmediatamente después iré a verlo.

La anciana murmuró algo, pero las palabras se ahogaron en su garganta.

El carruaje continuó su camino hacia la casa del viejo Hellinger,situada bajo la sombra de viejos y soberbios tilos, como bajo un dosel.Los vidrios de las ventanas le dirigían miradas amistosas; las lustrosastejas del techo brillaban; se sentía, como siempre, que ese techoabrigaba el reposo de una vejez rodeada de amplias comodidades. Ató sucaballo en la verja del jardín y subió con paso pesado y ruidoso lapequeña escalinata, a lo largo de la cual, en grandes tiestos, losásteres medio muertos bajaban lamentablemente la cabeza.

La campanilla hizo oír su ruidoso repique en toda la casa, pero nadie sepresentó a recibirlo. Arrojó su capa empapada por la lluvia sobre uno delos grandes cofres de roble en que estaban sepultados los tesoros de laropa maternal. Después entró en la sala, estaba desierta.

—Los viejos son muy capaces de estar durmiendo lasiesta—

murmuró;—creo que hoy será prudente dejarlos dormir.

Se dejó caer en el rincón de un sofá y miró a la puerta, pues esperaba,en sus adentros, que Olga hubiera visto su coche a la entrada, y bajarapara tenderle la mano.

No tardó en impacientarse. ¿Y si Olga había ido a la granja?

Pero no;ella sabía que él debía venir para hablar con sus padres.

Por fin se decidió: «Voy a ir a llamar a su puerta,» y se levantó.

Contuvo una sonrisa al estirar sus robustos miembros. Cuando, desde lavíspera por la tarde, había aspirado sin tregua a encontrase con ella,se sentía invadido, en el momento de volver a verla, por una especie deaprensión singular. Esa timidez, esa confusión que en otros tiempos seapoderaban siempre de él en su presencia, volvían a dominarlo. ¿Eraposible que hubiera tenido la víspera a esa mujer en sus brazos? ¿Y sise había arrepentido, si fuera a devolverle su palabra?

Pero en ese instante, toda su audacia se despertó. Abrió los brazos entoda su extensión, y, sonriendo a ese reflejo de felicidad con que loinundaba el recuerdo de las recientes horas, exclamó:

—¡Que haga la prueba! ¡Con estas mis manos la alzo y me la llevo acasa! ¡Puesto que Marta ha dicho «sí,» yo querría ver que alguien seopusiera!

Y de puntillas, para no despertar a sus padres, subió la escalera que nopor eso dejaba de gemir bajo su peso.

Delante de la puerta del cuarto de Olga, se detuvo estupefacto: veía laraya de luz que penetraba en el corredor por la rotura de la madera.

Tocó la puerta sin obtener respuesta: no obstante, entró.

*

* *

Un segundo después, la casa se conmovía hasta sus cimientos, como si eltecho se desplomara.

Los dos ancianos que se habían retirado a su dormitorio para recuperarlas fuerzas después de las horas dolorosas de la mañana, se levantaronespantados.

Llamaron a los sirvientes; pero éstos habían volado a hacer que laciudad no quedara por más tiempo privada de las últimas noticias deltriste acontecimiento.

—Sube tú—dijo a su marido la mujer, tan resuelta de ordinario.

Y, estremeciéndose, extendió la mano hacia el frasco de gotas deHoffman, que estaba siempre a su alcance. Era la primera vez en su vidaque tenía miedo.

Cuando el viejo Hellinger penetró en la habitación de arriba, elespectáculo con que se encontró le heló la sangre en las venas.

El cuerpo de su hijo yacía en el suelo, cuan largo era. Debía, en sucaída, haberse agarrado de los montantes de la parihuela sobre la cualhabían puesto a la muerta y arrastrado todo consigo, pues, sobre él,entre tablas rotas, el cadáver estaba extendido, en su larga camisa, consu rostro helado sobre el de Roberto, y los desnudos brazos sobre lafrente de éste.

En ese momento, Roberto recuperó el sentido y se enderezó.

La cabeza dela muerta se deslizó y golpeó el suelo...

—¡Roberto, hijo mío!—gritó el anciano precipitándose hacia él.

Este, con los ojos muy abiertos, paseaba en su derredor una miradavidriosa; parecía no haber vuelto en sí todavía. De repente descubrióuno de los brazos de Olga que, en el momento en que el cuerpo resbalabahacia un lado, se había atravesado sobre su pecho. Su mirada recorrióaquel brazo hasta el hombro, hasta el cuello, hasta el blanco rostro quesonreía fijamente.

Sostenido por los dos brazos de su padre, se levantó. Vacilaba sobre suspiernas, como un toro que ha recibido un hachazo.

—¡Por Dios, hijo mío, vuelve en ti!—exclamó el anciano tomándolo porlos hombros.—La desgracia se ha consumado.

Somos hombres, tenemos queresignarnos.

Roberto le lanzó una mirada tímida, desesperada, como un niño. Luego seinclinó hacia el cadáver, lo levantó y lo puso en la cama rechazandocon el pie la parihuela destrozada. En seguida se sentó junto a ella, ala cabecera, y maquinalmente enrollaba en su dedo índice un mechón de lasuelta cabellera.

El viejo comenzó a temer por la razón de su hijo.

—Roberto—dijo acercándose a él.—Tranquilízate, sal de aquí, conquedarte no le devolverás la vida.

El joven prorrumpió en una risa tan estridente y tan siniestra, que supadre se estremeció hasta la médula de los huesos.

Su estupor acababa de disiparse de improviso; saltó con los ojosbrillantes, e hinchadas las venas de las sienes.

—¿Dónde está mi madre?—gritó avanzando hacia el anciano.

Este trató de calmarlo.

—¡Por piedad, tén un poco de paciencia! Todo te lo contaremos.

La señora Hellinger, quien, desde hacía ya un momento, escuchaba en laescalera, introdujo en ese momento la cabeza por la puerta. Pasando pordelante de su padre, Roberto se precipitó hacia ella con violencia, comosi fuera a empuñarla por el cuello.

Pero tenía todavía suficiente razónpara comprender lo monstruoso de su conducta. Dejó caer sus brazos,inertes; se sentía sofocado, como si la cólera, que trataba de contener,fuera a ahogarlo.

—Madre—dijo,—es necesario que me rindas cuentas; quiero unarespuesta... ¿Por qué ha muerto Olga?

La anciana se le acercó con expresión de tierna compasión, e hizo unmovimiento como para arrojarse a su cuello llorando; pero, con un ademánrudo, él la apartó.

—Dejemos eso, madre—dijo.—¡Devuélvemela!...

—Pero, Roberto—gimió ella,—¿es así cómo un hijo trata a su madre?¡Adalberto, dile tú cuáles son las consideraciones que un hijo debe a sumadre!

Roberto se apoderó de las manos de su padre.

—No te mezcles en esto, padre—dijo...—La cuenta que hoy tengo quearreglar con mi madre, sólo a nosotros dos concierne.

Madre, te lopregunto una vez más: ¿por qué ha muerto Olga?

Se había apoyado contra la pared y miraba a su madre fijamente con losojos inyectados de sangre.

Mientras tanto, la señora Hellinger se había echado a llorar.

—¿Acaso lo sé?—dijo sollozando.—¿Acaso puede saberlo alguien? Lahemos encontrado en su cama, nada más. La infeliz criatura ha traído lavergüenza a nuestra casa, en señal de agradecimiento...

—No la ultrajes, madre—dijo él con un gruñido feroz.—¡Muy bien sabesque era mi novia!

Ella lanzó un grito de sorpresa, y su marido hizo un ademán deextrañeza.

—¿Cómo, madre! ¿No lo sabías?—gritó Roberto golpeándose la frente conambos puños.—¿Ella nada te dijo? ¿No fue a buscarte anoche paracontarte lo que había pasado entre nosotros durante el día?

—¡Nada me dijo!—gimió ella.—Apenas si me dirigió una sílaba, y seencerró en su cuarto...

—Madre—dijo él acercándose hasta tocarla,—cuando te hube confesadotodo, ¿no te dirigiste a su conciencia? ¿No le predicaste que, si meamaba verdaderamente, debía renunciar a mí, porque hacía mi desgracia, ysabe Dios cuántas otras cosas?

Madre ¿no has hecho eso?

—¡Mi propio hijo no me cree! ¡Mi propio hijo me acusa defalsedad!—gimió la vieja.—¡He ahí el agradecimiento que obtengo hoy demis hijos!

Él le tomó la mano.

—Madre—dijo,—mucho me has hecho sufrir en todos estos últimos años.Los peores dolores, los más amargos que he tenido que padecer, te losdebo a ti.

—¡Dios de misericordia!—exclamó ella con voz aguda.—¡He ahí elagradecimiento! ¡He ahí el agradecimiento!

—Pero todo el mal que nos has hecho, a Marta y a mí, te lo perdonaré,madre,—continuó Roberto,—sí ¡y aun más! Te pediré perdón de rodillaspor haber alimentado a veces malos pensamientos contra ti, pero esnecesario que me otorgues una cosa: es preciso que me jures aquí, sobreeste cadáver, que nada sabías, que en todo me has dicho la verdad.

Y la acercó al cadáver que parecía contemplarlo con su sonrisa debeatitud, como una novia que sonríe a su novio.

—¿Acaso es necesario semejante juramento entre nosotros?—

dijo ella entono dolorido dirigiéndole, con sus hinchados ojos, una mirada amarga yfuriosa.

Pero le dejó hacer. Roberto puso la mano derecha de su madre sobre lafrente de la muerta; ella la acarició diciendo entre sus sollozos:

—¡Lo juro, mi querida! ¡Bien lo sabes tú, tú, que yo ignoraba todo yque jamás te he exigido nada malo!

Entonces exhaló un suspiro de alivio, como si descubriera de improvisolo ventajoso que era para ella y para su familia ese lúgubreacontecimiento. En la tierna caricia con que rozó el rostro de la muertahabía un agradecimiento sincero.

En el mismo instante el viejo médico entró precipitadamente en lahabitación. Había querido ir al encuentro de Roberto para prepararlo ala espantosa noticia, y veía con terror que llegaba demasiado tarde.

El viejo Hellinger se adelantó vivamente a recibirlo y le cuchicheó enel oído:

—¡Lléveselo usted, está como un loco! Aquí nada podremos obtener de él.

Roberto se había quedado inmóvil, abrazado a las columnas de la cama; supecho jadeaba; su rostro parecía petrificado por un dolor sombrío, sinlágrimas.

El doctor frotó su ruda barba gris contra el hombro del joven y gruñócon ese tono de consuelo áspero que, mejor que cualquier otro, llega alcorazón de los hombres enérgicos:

—Ven, hijo mío. No hagas locuras; ¡no turbes su reposo!

Roberto se estremeció e inclinó dos o tres veces la cabeza.

Y, de repente, como vencido por el dolor, cayó de rodillas delante de lacama gritando:

—¿Por qué has muerto?

IV

¿Por qué había muerto Olga?

Tal era la cuestión que, en lo sucesivo, preocupó exclusivamente a todala ciudad. En la calle, en las mesas de los cafés, en los bancos de lascervecerías, no se hablaba de otra cosa. Todos se lanzaban en las másextravagantes conjeturas, aventuraban las hipótesis más osadas, pero nopor eso estaba nadie más adelantado.

Unos hablaban de amor desgraciado, otros de amor demasiado feliz, yotros pretendían absolutamente haber dicho siempre, desde mucho antes,que Olga concluiría mal, seguramente.

Ya en vida, su actitud altiva, sombría y taciturna, había sido un enigmapara aquellos buenos burgueses, y su muerte se les presentaba como unenigma aún más difícil. Era imperdonable.

Entretanto, descubrieron que el doctor había sido el primero en recibirla noticia del suicidio, y el único a quien ella hubiera confiado suproyecto.

La gente se apiñaba en torno suyo, le sitiaba su casa, pero él seobstinaba en guardar silencio. Con una aspereza, de que él sólo eracapaz, mostraba la puerta a los preguntones importunos.

El mismo díahabía echado al fuego la carta de Olga, pues temía que la justiciaviniera a pedírsela. Por otra parte, la causa de la muerte era tanevidente, que se había podido renunciar a hacer la autopsia. Como era deprever, la muerta no había logrado hacer desaparecer completamente lashuellas de su suicidio: en el vaso encontrado en su mesa de noche,quedaban adheridas al vidrio, gotas de un líquido cuyo sabor indicabaclaramente, aun a los profanos, que se trataba de una solución demorfina. El descubrimiento fue completo cuando encontraron en el jardín,en el suelo, entre unos matorrales de oxiacanto, los fragmentos de unfrasco, en cuyo cuello una parte del veneno disuelto había dejado

unreguero

blanco,

de

cambiantes

reflejos.

Manifiestamente, había sidoarrojado por la ventana, y tenía aún el rótulo que indicaba, con lafecha de la receta, la manera de tomar la poción.

En estas condiciones, habría sido pura locura de parte del viejo médico,aun cuando a ello se hubiera atrevido, querer ocultar la intención delsuicidio, pues toda suposición de un simple abuso de narcótico quedabadescartada.

No por eso dejaba de abrumarse con reproches por no haber podido cumplirel último deseo de la muerta, y se juraba a sí mismo guardar másfielmente que nunca el secreto sobre los motivos de esa resolucióndesesperada.

¡Si siquiera hubiera podido saberlo él mismo! Pero los días pasaban ytodavía no había podido entrar en posesión del legado que le había hechoOlga.

La señora Hellinger desconfiaba de él, le decía en su cara que siemprehabía maquinado intrigas con la muerta, y a sus espaldas agregaba que,si no hubiera prescripto soluciones de morfina de una violenciainconsiderada, la pobre Olga habría vivido en paz mucho tiempo todavía.Poco faltaba para que echara sobre el viejo amigo de la casa laresponsabilidad de la muerte de su sobrina.

En todo caso, no permitía que se quedara solo, ni siquiera por unsegundo, en el cuarto de la muerta. Tenía la puerta cuidadosamentecerrada: no toleraría—decía ella para explicar su conducta,—que losobjetos dejados por Olga, considerados por ella como reliquias sagradas,fueran profanados por manos y miradas extrañas.

Y así crecía de hora en hora el peligro de que ese cuaderno en que Olgahabía escrito su confesión, cayese en manos de su tía.

¡Que se le antojara escudriñar entre los volúmenes que guarnecían elestante, y sucedía la desgracia!

A esa zozobra, que llevaba todos los días al anciano a casa de losHellinger, se agregaba la inquietud creciente que le inspiraba Robertoquien, desde ese día de espanto, había caído en un abatimiento profundoy desesperante.

Parecía haber perdido por completo el uso de la palabra, no soportaba anadie a su lado y evitaba aún a su viejo amigo; huraño y mudo, vagabadías enteros por los campos; permanecía noches enteras sentado junto ala cuna de su hijo, mirándolo fijamente con sus ojos enrojecidos yquemados por el llanto.

Esto es por lo menos lo que contaban los criados, quienes, en tresocasiones, lo habían encontrado por la mañana en esa actitud.

V

En torno del ataúd de Olga los cirios habían concluido de arder. Losinvitados, que hacía largo rato se mantenían en religioso silencioalrededor del catafalco, comenzaban a agitarse y a preocuparse de lacena.

La señora Hellinger, que recibía los pésames y ensalzaba con granrefuerzo de lágrimas y de pañuelo las virtudes de la difunta, se revelóde improviso, en medio de su dolor, ama de casa previsora y de primerorden. Los invitados respiraron con alivio cuando las puertas delcomedor se abrieron y, de una mesa resplandeciente, asados, compotas yensaladas de arenques, les enviaron sus sabrosos perfumes.

El viejo Hellinger, después de haber alabado al Señor, bebió con algunosamigos privilegiados el vino superior que reservara para la solemnidadde la noche. Pero no estaban de acuerdo sobre si una inocente partida deBoston lastimaría el dolor general, y resolvieron enviar una diputacióna la dueña de casa para pedirle su autorización.

Había tanta vida y movimiento en casa de los Hellinger, que parecía quese celebrara allí una boda.

El doctor, que no llegó sino muy tarde a la alegre reunión, buscó portodas partes a Roberto con mirada ansiosa, sin descubrirlo.

Entonces dirigiose en particular a uno de los invitados, le preguntó silo había visto. Sí; había venido, había lanzado en su derredor miradasextrañas y feroces, luego se había esquivado en silencio cuando se letendía la mano. Minutos más tarde, se notó su desaparición.

El doctor fue al vestíbulo y buscó, entre los abrigos de los convidados,el de Roberto: todavía estaba allí.

Con la familiaridad de un viejo pariente, se puso en busca suya en lashabitaciones de atrás, vacías y silenciosas, pues los criados estabanocupados en servir.

Encontró al joven en un pequeño y obscuro cuarto, donde estabanamontonados los muebles que había sido necesario sacar de las otrashabitaciones, sentado en un cofre de madera volcado, meditando, con lacabeza entre las manos.

—Roberto, amigo mío, ¿qué haces ahí?—le gritó.

—Ustedes siempre tan alegres por allá, ¿verdad?

El doctor le puso las manos sobre los hombros:

—Me inquietas, amigo mío. Hace tres días que no nos diriges lapalabra... si continúas así, vas a perder la razón.

—¿Qué quieres?—replicó Roberto con un suspiro que se escapó de supecho como un grito.—Estoy tranquilo, completamente tranquilo.

Volvió a dejar caer entre las manos su enmarañada cabeza y pareciósumergirse de nuevo en su meditación.

El anciano se sentó a su lado y se puso a prodigarle buenas palabras.

Nada olvidó de lo que se acostumbra a decir en casos semejantes,agregándole, de su parte, más de una enérgica palabra de consuelo.

Roberto permanecía inmóvil; apenas con un signo manifestaba queescachaba. Sin embargo, como el anciano no acababa, le interrumpiódiciéndole:

—Deja eso, tío; esos son consuelos buenos para los chiquillos.

A laúnica pregunta, de la cual depende para mí la muerte o la vida, nopuedes, tú tampoco, darme una respuesta.

—¿Qué pregunta?

—Tío querido, ve, estoy tranquilo en este momento, extraordinariamentetranquilo, no tengo indicio de fiebre ni de locura, ¡y me creerás si tedigo que no sé cómo podré sobrevivir a esta noche!

—¡En nombre del Cielo! ¿Qué quieres hacer?

El joven sacudió los hombros.

—Lo ignoro—dijo;—lo que el momento me sugiera. Lo único que me apena,es ese pobre pequeñuelo que tendrá que crecer sin padre; quizá lo lleveconmigo, no sé. No sé más que una cosa y es que no puedo continuarviviendo así.

El anciano, temblando de ansiedad, lo llenó de reproches. Eso era unacobardía sólo digna de un miserable, de un espíritu debilitado.

—Tendrías razón, tío, si fuera su muerte la que me hiciera dudar de míy de mi dicha. Pero ¡Dios del Cielo!—lanzó una carcajada penetrante yamarga,—hace tiempo que renuncié a toda pretensión a la felicidad. Porlo que me atañe, sobrellevaré tranquilamente el dolor de su pérdida;conozco eso, sí; ya he puesto a una en la tumba, y continuaréamontonando y economizando dinero, como ya lo he hecho durante tantotiempo, y eso en medio de los más profundos pesares; porque losintereses, ¿sabes? no se preocupan de lo que tiene uno dentro de lacabeza, ni de si la tristeza y la desesperación le adormecen a uno lamano; hay que pagarlos. Pero no es eso, tío, lo que me trastorna elalma, pues la tengo bien trastornada, puedes creérmelo; ante mis ojosbrotan chispas sin interrupción; los calofríos me estremecen todo elcuerpo y la sangre me bulle en las venas, como fuego. Y al mismo tiempoestoy muy tranquilo; veo con claridad y precisión las cosas. Sólo hayuna que no puedo descubrir; que se alza noche y día ante mis ojos comoun espectro, como una sombra espantosa, y cuando quiero asirla se meescapa, y esa cosa es: «¿Por qué ha muerto Olga?»

El anciano se estremeció. Recordaba la carta y la promesa que la muertahabía exigido de él.

Roberto continuó:

—Una voz me grita sin cesar en los oídos: «¡Tuya es la culpa!» ¿Cómo?No lo sé, pues por muy profundamente que escudriñe en mi alma, noencuentro que le haya hecho ningún mal, y sin embargo no puedo hacercallar la voz. Yo me digo:

«Es una idea fija.» «Te forjas tormentos,eres un loco, un criminal, un criminal para contigo mismo y para tuhijo.» ¡Pero de nada me sirve todo eso, tío querido! No puedo hacerlacallar.

Y, en fin, ¿acaso no tiene razón? ¿Acaso, sin mí, Olga noestaría todavía viva? Si lo que pasó la noche anterior no hubiera...

Se detuvo estremeciéndose y se ocultó el rostro entre las manos. Unsollozo sin lágrimas sacudió todo su robusto cuerpo.

En seguida dijo:

—Tío, quisiera—no puedo pensar en ello, me hace perder la razón,—meparece... que es necesario que con mis manos destruya todo lo que merodea, que lo haga pedazos todo.

—Sin embargo, es necesario que reunas tus ideas, amigo mío—dijo eldoctor,—y que me cuentes todo, punto por punto; sólo de ese modopodremos aclarar este enigma.

El silencio reinó en la habitación obscura. El anciano temblaba de piesa cabeza; veía la silueta de aquel cuerpo vigoroso destacarse negrasobre el fondo claro de la ventana; veía los movimientos del pecho quesubía y bajaba alternativamente, que silbaba y gemía como un volcán;sentía el hálito ardiente de la respiración de Roberto en su rostro.

—Reúne tus ideas, amigo mío—repuso suavemente.

El joven luchaba por tomar una determinación. Al fin, volviendo aencontrar su energía, se enderezó y dijo:

—«Pues bien, tío, vas a saberlo todo... Desde el día en que Olgarechazó mi pedido tan altiva y fríamente, no me había vuelto a encontrarcon ella. Sin duda continuaba yendo como antes a la granja, paraocuparse del niño y de la casa, ya entonces sabía que lo hacía por amora Marta y no por mí, pero había como un acuerdo tácito entre nosotrospara evitarnos. Ella elegía las horas en que sabía que yo estaba afuera,en los campos o en los establos, y yo no volvía a casa antes de haberlavisto desaparecer detrás del portón.

»El martes tuve imperiosamente que salir para ir a los campos.

Medialegua más allá de la ciudad, a causa del mal estado del camino, el ejese rompe. Como no había llevado cochero y no alcanzaba a ver almaviviente, monto en el caballo con arneses y todo, y vuelvo a casa enbusca de ayuda. En el patio, el mayordomo me dice que hacía rato que laseñorita se había marchado. Comenzaba ya a caer la noche.

—»Muy bien, no hay ningún peligro, pienso, y entro en la casa.

»En el momento en que abro la puerta de la sala, distingo en elcrepúsculo una sombra que se desliza precipitadamente hacia afuera.

—»¿Quién puede ser?—me digo.

»Y la sigo.

»En el cuarto del niño, ¿a quién encuentro? A ella, muy ocupada encorrer el cerrojo de la puerta del corredor, que, como sabes, estásiempre cerrada para evitar la corriente de aire.

Espantado,

quieroretirarme;

imposible;

me

siento

completamente paralizado. Al verme, ellase detiene, y, como sobrecogida de vergüenza, se oculta el rostro entrelas manos.

»Entonces, tío, me siento atraído, voy a precipitarme hacia ella; perome contengo a tiempo al pensar en quién es ella y quién soy yo.

»Veo que sus manos tiemblan.

—»No tienes por qué enojarte, Olga—le digo balbuciendo,—

no he queridocausarte un desagrado. Si estoy aquí es por casualidad; en lo sucesivotomaré mis medidas para que no vuelvas a encontrarme.

»Entonces deja caer sus manos y me dirige una mirada tal, que me sientoestremecer. Marta nunca me miró así—pienso.—

Quiero hablar, pero noencuentro las palabras, tan turbado y sobrecogido estoy. Su elevadaestatura se alza delante de la puerta, como si allí quisiera buscar unamparo contra mí. Yo oía su respiración oprimida. Por fin reúno todo mivalor.

—»Olga—digo,—ha sido presunción de mi parte el atreverme a tendertela mano: sé muy bien que no soy digno de ti, te suplico desde el fondodel corazón, olvídalo, yo nunca te lo recordaré.

»Y en ese instante, tío—¿cómo pintarte lo que pasó?—déjame uninstante... ¡el recuerdo!... Pero ¿para qué? seré fuerte, querido tío,voy a dominarme.

»En ese instante, ella se precipita hacia mí, me rodea con sus brazos yme cubre el rostro de besos; después, de improviso, cae con un suspiro,y allí se queda desplomada a mis pies, como herida por un rayo. Y yo,como en un sueño, la miro fijamente.

—»No es posible—me grita una voz,—es una locura; ¡tú apenas teatrevías a alzar los ojos hacia ella como hacia una divinidad, y ella esquien ahora se arroja al cuello de un hombre que no la merece!

»Tenía miedo de tocarla; sin embargo, fue necesario que la levantara, ycuando la tuve en mis brazos, se puso a sollozar amargamente, como sihubiera querido llorar hasta morir.

—»Olga, ¿por qué lloras?—le digo.—Todo queda arreglado ahora.

«Pero he ahí que yo también, gran tonto, me pongo a llorar como un niño.

—»Perdóname, Roberto—dice su voz en mi oído.—Mucho te he hechosufrir, pero nunca más lo haré, nunca más.

—»¿Y ahora me amarás?—pregunto, pues todavía no puedo creerlo.

—»¡Oh, Roberto! ¡Roberto! ¡Te amo! ¡Oh, sí! ¡Te amo más que a todo enel mundo!—y oculta su rostro en mi hombro.

»Sí, tío, pero escucha lo que sigue. Al ver aquella cabeza con susrubios rizos descansar, llena de abandono, sobre mi hombro, una preguntase me presenta: ¿es ésta la misma Olga que, hace ocho días, se volvíatan pálida y tan altiva, mientras que, humilde y tímido, tú implorabassu consentimiento?

»Y le digo entonces:

—»Olga, ¿cómo has podido torturarme así? ¿Acaso he cambiado en tan pocotiempo?

»La veo ponerse más blanca que el yeso que cubre la pared y su vozmurmura en mi oído:

—»¡Nada me preguntes, en nombre del Cielo, nada me preguntes!

»Y una angustia nace en mí; quizás la perderé mañana como la heconquistado hoy.

—»Olga—le digo,—si eres tan inconstante en tus resoluciones, quién meresponderá de que...

»Me interrumpo, pues la expresión de su rostro me impone silencio. Ellase desprende de mis brazos y se deja caer en una silla.

—»Puesto que quieres saber—me dice, fijando los ojos en el suelo, comosumida en una meditación sombría,—me ha faltado el valor, he dudado detu amor y creído que me harías sentir que no te llevaba más que mipobreza.

»Pero su mentira, como una llamarada, le enrojece la frente.

—»¡Olga!—exclamo.—¿Has podido pensar eso de mí? ¿No te acuerdas?...

»Y lo que le recordé fue cierta noche, en casa de su padre, cuando fui apedir la mano de Marta y en que estuve a punto de retirarme tristementecon una negativa, pues Marta quería sacrificarse y sacrificar su dicha,para que yo pudiera elegir a otra. Y entonces, ella, Olga, en medio dela noche, había ido a buscarme y me había abierto los ojos, a mí, pobreinsensato y ciego, diciéndome palabras, palabras llenas de desprecio porel dinero y que habían sonado en mis oídos como el canto de triunfo delamor. Se las repetí textualmente, pues cada una de ellas se habíagrabado en mi alma, inolvidable: «Así, pues, en otros tiempos te sentíasllena de valor, de grandeza de alma cuando hablabas por Marta, y ahoraque se trata de ti...»

»Y al gritarle esto la miraba de frente, tío. Ella se esforzaba ensonreír, y sonreía constantemente; pero esa sonrisa se heló en suslabios y de repente la vi desplomarse como una mole, sin sentido.

»Mucho trabajo me costó hacerla volver en sí, pues no quería llamar anadie en mi ayuda. Un buen cuarto de hora permaneció tendida en elsuelo, más o menos como está ahora, luego abrió los ojos y me examinópor largo rato en silencio con una expresión tan dolorosa, tan cansada ydesesperada, que la angustia y la inquietud me invadieron. Después juntólas manos y me dijo en voz baja y suplicante:

—»Dame tiempo, Roberto; he presumido demasiado de mis fuerzas; esnecesario que me acostumbre a esta idea.

»Pero me sentía tan embargado por mi reciente dicha, por una alegría tanloca, que creía poder obligarla por fuerza a ser ella también dichosa.

—»¡Si nos amamos, Olga—le grito,—y si nuestra querida muerta apruebaeste amor, yo quisiera ver si alguien podría censurarlo! Alégrate, pues,querida niña, recupera tu valor.

»Pero ella no tenía alegría ni valor. Y sólo ahora, ahora que estámuerta, comprendo claramente hasta qué punto se sentía miserable yquebrantada, allí tendida sobre los cojines, ella que ordinariamente semostraba para sí y para los demás tan altiva y estricta. Era como sialgún prodigioso dolor hubiera roto en ella el resorte íntimo de lavida. Hoy veo todo eso claramente; entonces nada veía, nada quería ver.Y continuaba animándola con todas las palabras consoladoras que podíaencontrar. Ella me escuchaba sin decir palabra—a veces me aprobaba conun movimiento de la cabeza—y una sonrisa que expresaba tristeza ycansancio indecibles, vagaba por sus labios. Todo eso lo atribuía yo ala emoción violenta del momento y a los pesares de los últimos años;debían presentarse en su alma con una intensidad tanto más grande,cuanto que sentía apuntar para ella una nueva felicidad que iba aborrarlos para siempre.

—»Y nuestra primera visita, Olga—le digo,—será al cementerio. Cuandohayamos orado sobre la tumba de Marta, la resistencia de mi madre o lamalevolencia del mundo entero, no tendrán ya por qué inquietarnos.

»Ella dejó caer las manos que cubrían su rostro, y, mirándome con ojosdilatados por el espanto, me dijo con voz apenas perceptible:

—»¿Al cementerio... conmigo?

—»Sí, contigo—repliqué,—y en seguida, si lo quieres.

»Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, y, con voz singularmentealterada, replicó:

—»Tén paciencia hasta mañana, mañana haré lo que quieras.

—»Sí, mi niña muy amada—le digo entonces,—y de aquí a mañana desechatus ideas negras y piensa en que ella no nos guarda rencor. Nosotros nola olvidaremos, ciertamente. ¿Y el común dolor que nos causa su pérdida,no debe unirnos más estrechamente para toda la vida? Su imagen no nosabandonará,

¿y no crees que ella bendeciría nuestra unión desde el fondode su corazón, si de lo alto del Cielo pudiera vernos? ¿No nos ha legadoal niño para que juntos velemos por él y que nunca lo confiemos a genteextraña?

»Entonces se dejó caer de rodillas delante de la cuna en que la débilcriatura dormía con el sueño de los bienaventurados y apoyó la frentesobre su cabecita.

»Así permaneció por largo rato sin que yo intentara perturbarla.

»Cuando se levantó, su rostro había vuelto a tomar esa serenidadimpasible que siempre le habíamos conocido hasta entonces. Me tendió lamano diciéndome:

—»Vete, amigo mío, déjame sola.

»Y me alejé, pues quería complacerla en todo; ni siquiera la tomé en misbrazos.

»Un cuarto de hora después, la vi cruzar el patio. Yo la acechaba desdemi ventana, pero ella no volvió la cabeza.

»Al día siguiente por la mañana... tú sabes, querido tío, cómo laencontré; y en aquel instante se descargó sobre mí un rayo.

Podréencanecer y envejecer, ese momento me ha quitado para siempre todaalegría; helará para siempre toda sonrisa en mis labios. Pero por lomenos podría vivir todavía; podría arrastrar todavía esta miserableexistencia para que el niño no se viera privado de la mezquina parte defelicidad a que tiene derecho; pero para eso sería necesario que yosupiera una cosa, que me viera libre de un espantoso tormento; de locontrario, es imposible. Con la mejor voluntad del mundo, es imposible;si no fuera así, me consumiría vivo. Es necesario que alguien venga,aunque sea de ultratumba, a decirme por qué ha muerto Olga.»

*

* *

Nuevamente el silencio reinó en la habitación obscura; no se oía más quela respiración de los dos hombres y la fuga precipitada de una rata quehabía acompañado el relato de Roberto con el ruido monótono de susdientes.

El anciano sostenía una violenta lucha consigo mismo. ¿Debía acasorevelar el secreto de la vida de Olga como había ya vendido el de sumuerte? ¿Pero no se trataba de una buena acción en este caso? ¿No setrataba de libertar a aquel a quien ella había amado sobre todo de lastorturas en que se agitaba, ya fueran producidas por una loca idea o poruna secreta conciencia de su responsabilidad? Un milagro, un favordivino, según parecía, permitían a la boca cerrada para siempre abrirseuna vez más para devolver el reposo al muy amado.

El doctor exhaló un profundo suspiro: había tomado su resolución.

—¿Y si ella lo hubiera pensado, Roberto—dijo,—si hubiera pensado encontestarte desde el fondo de su tumba?

Roberto lanzó un grito y lo asió por la muñeca.

—¿Qué quieres decir con eso, tío?

—Si no te hubieras soterrado en tu dolor como un topo en su cueva, sino hubieras huido ante todo rostro humano, sabrías desde hace tiempo loque hasta los gorriones se cuentan en los techos: que en la mañana de sumuerte, yo recibí una carta de ella...

—Tú, tío, de ella...

—¡Oh, amigo mío! Me estás rompiendo los huesos.

Escúchame primerotranquilamente.

Y le contó lo que contenía la carta.

Roberto había dado un salto y se mesaba los cabellos. Sus ojos, fijos enel anciano, resplandecían en la obscuridad.

—Ese cuaderno, dámelo; ¿dónde está?

El doctor le explicó el peligro que corría el secreto de Olga y lainquietud que esto le causaba a él mismo.

—¡Espérate, voy a ir a buscarlo!—exclamó Roberto dirigiéndose hacia lapuerta.

El anciano lo detuvo.

—Tu madre tiene la llave; cuida de que nada sospeche.

La puerta está rota a medias; acabaré de romperla...

—Te oirán de abajo...

—¡Están demasiado divertidos!—replicó Roberto con risa aguda.—Ven,vamos juntos.

Y por una puerta de atrás, a lo largo del corredor obscuro y de laescalera que crujía, los dos se deslizaron como dos ladrones que sehubieran introducido en la casa aprovechándose de la ceremonia.

Consiguieron abrir la puerta más fácilmente de lo que esperaban; lacerradura, ya floja, cedió como si se abriera sola.

Ambos se detuvieron en el umbral, sobrecogidos de emoción, cuando elcuarto obscuro, iluminado solamente por el fulgor dudoso de lasestrellas, se abrió ante sus ojos. Toda huella de la muerta habíadesaparecido; sólo la cama vacía, cuyos montantes se dibujaban negrossobre la pared gris, hacía ver que la que lo ocupaba había elegido otrolecho. Un ligero perfume emanado de su ropa, un olor fino de jabón,flotaba aún en la habitación. Las mismas toallas de las cuales se habíaservido, todavía colgadas de la pared, formaban, al lado de la estufa deloza, una mancha blanca de fantástica apariencia.

Roberto, incapaz de tenerse en pie, se dejó caer en una silla y, agrandes bocanadas, ávidamente, como si sollozara, aspiró el perfume quellenaba el aire. Se habría dicho que así quería absorber los últimosefluvios de su amada.

Un fulgor breve, brillante, vaciló de improviso a través del cuarto,bailando por las paredes, vagando en reflejos amarillentos sobre elescritorio, e hizo brotar de la obscuridad, como un espectro agazapado,la mesa de tocador cubierta de blanco.

El doctor había encendido un fósforo y buscaba la pequeña lámpara depantalla verde que iluminó las noches sin sueño de Olga. Todavía estabaen la mesa, en el mismo lugar en que Olga la apagó para sumirse en lanoche eterna. El recipiente de vidrio estaba todavía lleno de petróleo;su dueño se había dado prisa para entregarse al descanso.

Con precaución, levantó el tubo para encender la mecha; la llama,atenuada por la pantalla, iluminó con un resplandor apacible y suave elespacio silencioso.

Entonces se acercó al estante sobre el cual se alineaban los volúmenesde lomos lucientes y dorados. Su mano buscó a tientas durante un momentopor la pared y sacó algo azul en forma de rollo.