El Deseo by Hermann Sudermann - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

H. SUDERMANN

———

E L D E S E O

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.—Buenos Aires.

Capítulos:I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII,

XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXII, XXIII, XXIV,

XXV

Este libro, cuyo argumento es puro, como una corriente de aguacristalina, será, sin duda, apreciado en todo su valor por los lectoresde la Biblioteca de LA NACIÓN.

Sudermann, como todos los escritores de las razas del Norte, eshondamente intenso bajo la aparente sencillez de los temas quedesarrolla, que encierran curiosos y emocionantes casos de morbosidadesmorales.

En El Deseo, una de las mejores obras del novelista germano, la tramagira, principalmente, alrededor de tres personajes, y, en esencia,dentro del alma de una muchacha, de origen humilde, extraordinariamentedotada por la Naturaleza, mental y físicamente, pero a quien profundosdesequilibrios nerviosos, le forman una vida de tortura, mezcla depasión, de cariño, de iracundias

y

de

bondades,

predominando

siempre

unasensibilidad casi enfermiza, casi mística, para los impulsos y actosnobles.

Y, sugerido, provocado, proseguido por esa alma intranquila y sufriente,brota, crece y estalla el drama, lleno de dolor y de piedad.

EL D ESEO

I

Un vivo fuego llameaba en el dormitorio del anciano médico.

Estaba él todavía en el lecho, y embargado por el sentimiento debienestar del hombre que ve terminada la labor de su existencia. Cuandose ha estado, durante medio siglo, sentado doce horas por día en uncabriolé de médico de campo, sacudido y zangoloteado por los guijarros ylos mogotes de tierra, bien se le pueden pegar a uno las sábanas algunavez, sobre todo cuando ha dejado su tarea a salvo en manos de otro másjoven.

Alargó y estiró sus miembros cascados y volvió a hundir en las almohadassu rostro gastado y amarillento, salpicado de ásperos vellos blancos,cual un viejo granito por el musgo de Islandia.

Pero la costumbre, esaama imperiosa que, durante tantos años, fuera indispensable o no, lohabía sacado de su cama antes del amanecer, no le permitió descansar niaun entonces.

Suspiró, bostezó, se avergonzó de su pereza y tomó la campanilla puestaa su cabecera, en la mesa de noche.

Su ama de llaves, vieja ruina, tan canosa y destruida como él, aparecióen el umbral.

—¿Qué hora es, señora Liebetreu?—le gritó.

Al venerable reloj de la Floresta Negra que estaba colgado cerca de lacama del doctor, y cuyo despertador estridente había interrumpido más deuna vez de un modo desagradable sus sueños de la mañana, no se le habíadado cuerda desde el día en que el joven médico adjunto había llegado aGromowo, «para que yo sepa bien—se complacía en decir el doctor—que enlo sucesivo mi vida está en reposo.»

—Las ocho menos cuarto, señor doctor—respondió la anciana, ocupándoseen arreglar la tapa de la estufa.

—¡Vaya!

¡vaya!—exclamó

él,

enderezándose.—¡Qué

perezoso me he vuelto!Y... ¿han llegado cartas?

—Sí, varias por correo y una que trajo personalmente el joven señorHellinger hace dos horas.

—¡Pero, si hace dos horas, era todavía de noche!

—Sí; me dijo que tenía que ir hasta la granja y que no podía esperarmás. Ya anoche, cuando el señor doctor estaba en El Águila Negra,vino y se quedó esperando casi dos horas.

—¿Y por qué no me mandó usted llamar?—gritó el doctor con el tonogruñón de un anciano bonachón pero bilioso.

—¿Acaso no nos lo prohibió él?—replicó la ama de llaves, exactamenteen el mismo tono, sin que esto pareciera indicar ninguna arrogancia desu parte: era más bien el eco del carácter del anciano.—Estuvo sentadoen el gabinete de trabajo hasta las diez (o mejor dicho no se sentó) ibade un lado a otro como una fiera, se reía, hablaba solo; yo desconocía anuestro tranquilo y apacible joven; entonces le llevé cerveza, seisbotellas; se las bebió todas, y tuve que beber con él... En fin, teníaalgo de trastornado.

—¡Eh! ¡eh!—murmuró el anciano riéndose por lo bajo.—Me parece queallí hay algo de Olga. Al fin, ella se habrá... ¿Y son para hoy esascartas?—exclamó de repente, como si estuviera lleno de furor, auncuando su rostro permanecía sonriente.

Y cuando la ama de llaves, refunfuñando, hubo satisfecho su deseo, sinvacilar tomó de entre las cartas la que no llevaba estampilla, y noconcedió siquiera una mirada a las demás.

Una alegre emoción hacía temblar sus manos, mientras desdoblaba elpapel, y con su viejo rostro encanecido, radiante de gozo, leyó:

«Querido viejo tío:

»Debes ser el primero en saberlo... Si siquiera te tuviera a mi lado, sipudiera estrechar tus viejas y leales manos y decirte, mis ojos en lostuyos, todo lo que siento en el corazón... Todavía no lo creo, la cabezame da vueltas cuando pienso en ello. Tío querido, en los peores días deprueba me ayudaste y protegiste.

Tú solo tendiste los brazos a Martacuando todos—y hasta mis mismos padres—le volvían la espalda, llenosde frialdad y de desconfianza. ¡No pudiste conservármela, tío querido!Dios la llamó a sí, y cuando, cerca del cuerpo de mi mujer, mi razónamenazaba extraviarse, tú me tomaste la cabeza entre tus brazos y mehablaste como habría podido hacerlo un sacerdote.

»Y triunfaste. No creo que yo pueda volverle a tomar gusto a la vida,que pueda volver a ser lo que era antes de que las preocupacionesmateriales y mi pasión por Marta hubieran entorpecido y vaciado mi pobrecabeza. La misma Marta, mi misma querida mujer, en los tres años queduró nuestra apacible dicha, no pudo obtener este resultado. Pero lavida parece querer darme ahora todo lo que todavía puede tener para míde alegría y de tranquilidad.

»Tú sabes, tío, cómo, en medio de mi dolor, me dejé llevar por un afectosin cesar creciente por la hermana de mi querida muerta, mi prima Olga.Todo te lo confesé, busqué consuelo cerca de ti cuando me atormentaba,cuando me reprochaba mi infidelidad para aquella cuyo luto aún llevaba.Y me dijiste entonces:

—»¿Si la muerta pudiera buscar una segunda madre para su hijo, elegiríaa otra que a esa hermana, que era, después de ti, lo que ella másquería en el mundo?

»Me quedé espantado hasta el fondo del alma, pues jamás me habríaatrevido a alzar los ojos hacia ella. Pero tú no cesaste de exhortarme,tanto, que por fin, hace ocho días, armándome de todo mi valor, le pedíque compartiera mi suerte. Ella se negó, tú lo sabes.

»Se puso pálida como una muerta; en seguida me tendió la mano y me dijo,resistiéndose:

—»Renuncia a esa idea, Roberto; yo no puedo ser tu mujer.

»Y yo, al retirarme, muy avergonzado, me decía: ¡esto no es más que loque mereces, presuntuoso!

»Y he aquí que hoy, querido tío... no puedo escribirlo... Mi mano sedetiene. ¡Es tal la felicidad y tan inesperada, que casi me abruma!¡Mañana, tío, mañana te lo contaré todo!

»Por la mañana tengo que ir a la granja. Volveré como a las doce, einmediatamente haré la penosa diligencia ante mis padres. Mi madre nadasospecha todavía: he aquí sus proyectos trastornados una vez más, por locual Olga tendrá mucho que sufrir. Hasta temo que concluya pordespedirla de la casa. ¡Con tal de que yo la tenga bajo mi techo antes!

»Son las tres de la mañana: basta por hoy.

»Tu muy agradecido y muy feliz, Roberto Hellinger

El viejo médico enjugó una lágrima que rodaba por su mejilla.

«¡El buenmuchacho!»—murmuró.—«¡Cómo remolinean los sentimientos en su cerebroacalorado, y qué franqueza en todo esto, qué rectitud en la menorpalabra! Verdaderamente, es muy digno de ti, mi buena y noble niña: esel único a quien yo te daría con placer. Y ahora voy a ver si tú tambiéntienes confianza en el viejo tío. Voy a cerciorarme de elloinmediatamente.»

Y riéndose y gruñendo escondió la cabeza entre las almohadas. Luego, derepente, gritó con voz que resonó en toda la casa como un trueno:

—¡Mil millones!... ¿Dónde está mi pantalón?

Se lo llevaron, y cinco minutos después, el anciano se hallaba ya listo,delante de su espejo; sólo le faltaba su peluca de un gris amarillento.

—Mi sombrero... mi abrigo... mi bastón...—gritó en el corredor.

—¡Pero el café, Dios mío, el café!—gritó la vieja desde la cocina, másfuerte aún, si esto era posible.

—¡Bueno, pero pronto entonces!—replicó él, siempre en el mismotono.—Es preciso que esté aquí antes de que yo haya concluido de leermis cartas.

Y, refunfuñando de impaciencia, tomó el montón de cartas que se habíaquedado hasta entonces en la mesa de noche sin que él le hiciera caso.Eran ofertas de vino, el anuncio de un nacimiento en casa de Cohn,—¡unpobre ciego con un hijo recién nacido!—

y de repente se estremeció,mientras una sonrisa aparecía de nuevo en su rostro.

—¡Diantre!

No

me

esperaba

esto—murmuró

con

satisfacción.—Ella tampocoha podido dormirse sin hacer al viejo tío el confidente de su dicha. Esoestá bien, hijos míos; os lo tendremos en cuenta.

Y con la misma alegre prisa con que había abierto la carta de RobertoHellinger, rompió el nuevo sobre.

Pero apenas había comenzado a leer, cuando con un grito ahogadoretrocedió dos pasos, tambaleándose, como un hombre que recibe un golpepor sorpresa. Su rostro gris se volvió de una palidez gredosa, sus ojossalieron de sus órbitas, y sus viejos y secos dedos apretaron comogarras el papel que temblaba.

Cuando la ama de llaves entró con el café, encontró a su amo sentadocomo una mole inerte en un ángulo del sofá, con la frente cubierta degruesas gotas de sudor y mirando fijamente con sus ojos apagados elpapel que sus manos estrujaban todavía con un apretón casi convulsivo.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Señor doctor!—exclamó la anciana dejando caercon estrépito la bandeja sobre la mesa.

Estas exclamaciones le hicieron volver en sí. Se hizo dar agua, de lacual bebió ávidamente dos grandes tragos, se humedeció la frente y lassienes con el resto, e hizo señas a la ama de llaves para que sealejara.

Y entonces, después de haber echado el cerrojo a la puerta, recogió lacarta y se puso a leer con voz ahogada y temblorosa:

«Mi querido amigo, mi segundo padre:

»Cuando lea usted estas líneas, habré cesado de vivir. He reunido yconservado cuidadosamente las pociones de morfina que usted me dio,cuando después de la muerte de Marta, perdí el sueño; habrá losuficiente, así lo espero, para asegurarme el descanso.

»Usted que me protegió como un segundo padre, será el único en saber porqué he tomado esta extrema resolución. En las largas noches de invierno,cuando la tempestad sacudía mi ventana y yo no podía dormir, he escritoen todos sus detalles lo que me atormenta desde hace largo tiempo, loque no me dejará un instante de reposo hasta que me haya dormido parasiempre.

En mi estante de libros encontrará usted, escondido detrás delos volúmenes de Heine, un cuaderno azul. Guárdeselo usted, sin que losdemás lo noten; y cuando lo haya usted leído todo, vaya usted a mi tumbay rece un Padre Nuestro.

»Cuide usted de que me entierren al lado de Marta. Mucho la he querido.Ella es quien me arrastra detrás de sí.

»Usted lo comprenderá todo cuando haya leído mi historia: quizá hastasabe usted de mi secreto más de lo que yo sospecho.

Alguna vez, en eldelirio de la enfermedad, debo haber revelado feas cosas. ¿Por qué sino, habría usted alejado de mi lecho a todos mis parientes?

»¿Se horrorizó usted de lo que dejaba escapar mi miserable boca? ¿Mecompadece usted? ¿Me desprecia usted? Pero no, seguramente, usted no medesprecia; si así fuera, ¿me habría usted podido demostrar tanto afecto?Por otra parte, lea usted mi cuaderno, allí está todo.

»Al principio no le estaba destinado a usted. Yo quería enviarlo,después de muchos años, cuando a nuestra vez hubiéramos sido viejos, alhombre a quien pertenece mi alma, para que supiera por qué lo habíarechazado.

»Las cosas han cambiado de rumbo: hoy, en un momento de olvido, me dejécaer en sus brazos. He visto, demasiado tarde, que ya no había manera deescapármele. Pero antes que ser suya, prefiero darme la muerte.

»Y todavía tengo que dirigir a usted una súplica. Es la súplica de unamoribunda y, si está en poder de usted, accederá usted a ella.

»Oculte usted al mundo entero—y ante todo a aquel a quien amo—que mehe dado la muerte. ¡Ojalá crea que lo que me ha matado es la alegría!Destruiré todo lo que pudiera revelar un suicidio: los únicos signosaparentes serán los de una muerte de aneurisma o de congestión.

»Se lo suplico a usted desde el fondo del corazón; otórgueme ustedtodavía esta satisfacción suprema. Muero sin pesar y no tengo miedo.Hace tanto tiempo que no duermo bien, que necesito reposo.— OlgaBremer. »

El anciano experimentaba un sentimiento de angustia absoluta.

Sebamboleaba, apretaba los puños y se golpeaba la frente; en seguidavolvió a caer sobre una silla.

—Es una locura, una completa locura—gimió enjugándose las gotas desudor que cubrían su frente.—Hija mía, ¿qué es lo que ha pasado por ti?¿Qué te ha obscurecido así la razón? ¡Mi pobre, pobre y querida niña!

Luego se levantó de un salto y buscó con sus manos temblorosas susombrero y su abrigo.

¡Socorrer! ¡socorrer! ¡arrancar su víctima a la muerte! He ahí elpensamiento que, por el momento, le llenaba el espíritu. Un instantetuvo la idea de que quizá la joven no había puesto seriamente suproyecto en ejecución; pero la desechó inmediatamente. Había aprendido aconocerla demasiado en otras circunstancias para poder creerla capaz deuna falta de valor, de un desfallecimiento de la voluntad.

Pero quizá la dosis que había tomado era demasiado débil, quizá eltiempo—hacía más de un año que Marta había muerto de parto, y en esaépoca era cuando él había dado a Olga la poción calmante—quizá eltiempo había atenuado la fuerza del veneno. Sí, sí, así era; era precisoque así fuera. Mal conservada, la morfina puede descomponerse y volverseinofensiva.

¡Adelante, pues, para salvarla, si no es demasiado tarde! El doctor dabavueltas en su cuarto, buscando algo, sin saber qué.

Luego tomó de nuevola carta.

—¿Y qué es lo que me pides? Hija, hija mía, ¿te figuras que sea cosatan fácil violar un juramento, renunciar, como se arrojaría un cascarónvacío, a los deberes a los cuales uno ha permanecido fiel durante mediosiglo? Niña, no sospechas lo que pides a un hombre de honor.

En seguida, acercando mucho el papel a sus ojos, volvió a leer una vezmás este pasaje: «Es la súplica de una moribunda... se lo suplico austed desde el fondo del corazón; otórgueme usted todavía estasatisfacción suprema.»

Por sus ajadas mejillas rodaban gruesas lágrimas.

—Es imposible, hija mía, es imposible, por bien que sepas suplicar. Yaun cuando lo quisiera, me traicionaría yo mismo. No soy ya más que unapobre y vieja ruina, y no soy dueño de mis nervios. Lo notarían a laprimera ojeada. Mas, para que no hayas... suplicado... en vano... a tutío... quiero... por lo menos...

ensayar. Por ti y por Roberto, esnecesario ante todo salvarte.

¡Día de Dios! Viejo, sé hombre todavía porlo menos una vez en tu vida. ¡Es preciso que la salves, es preciso, espreciso, es preciso!

Y tan ligero como sus piernas cascadas podían llevarlo, seprecipitó—empujando a su paso a la ama de llaves que escuchaba en lapuerta—y echó a andar por la escarcha helada y punzante de la mañana deinvierno.

II

La pareja de los viejos Hellinger, sentados a la mesa para el desayuno,presentaba la imagen de la tranquilidad y de la serenidad más perfectas.Del tubo del aparato de cobre para hacer café, cuyo vientre, bruñido ylustroso, reflejaba el fulgor rojo del fuego, se elevaba un ligero vaporazulado que volvía a bajar hacia la mesa, en nubecillas, empañaba elazucarero de plata y coronaba con un rocío las tazas de café.

El señor Hellinger llevaba toda la barba, bien cuidada y blanca como lanieve; sus facciones regulares y todavía jóvenes, sus mejillassonrosadas, respiraban la bondad y el gozo de vivir.

Cómodamenteextendido en su sillón azul floreado, con la bata recogida sobre lasrodillas, parecía esperar con una resignación apacible lo que eldestino, bajo la forma de su mujer, le reservaba para ese día.

Esta acababa de echar un poco de café en el filtro, y se limpiabaminuciosamente los dedos con su delantal de tela blanca adamascada,adornado, a la rusa, con anchas tiras de bordadura roja. Su cofia alba,cuyas cintas estaban sólidamente atadas bajo su carnosa barba, seinclinaba un poco sobre la oreja izquierda, y su rudo y áspero rostro deviejo dragón, de facciones ligeramente hinchadas como se ve en lasmujeres de edad que beben de buen grado un trago de coñac en la copa desus maridos, brillaba lleno de energía y de decisión en su marco deencajes. Se veía en su aspecto que estaba acostumbrada a dominar, adoblegarlo todo, y aun la sonrisa de perpetua amargura que vagaba por suancha boca, demostraba hasta qué punto acostumbraba a perseguir, sindejarse detener, la realización de sus planes.

Y, para no permanecer inactiva hasta que el café hubiera pasado, tomó eltejido de gruesa lana que en su condición de

«Presidenta de laAsociación de las mujeres» y de «Directora de la comisión de lospobres,» no se permitía jamás abandonar, y con una rapidez inaudita hizodeslizar las agujas brillantes en sus manos huesosas y habituadas altrabajo.

—Adalberto, ¿no tienes noticias de Roberto?—preguntó con voz ruda ymetálica, que debía penetrar hasta en los menores rincones de la casa.

La pregunta pareció desagradar al anciano, quien movió la cabeza como sihubiera querido rechazarla lejos; ella turbaba su quietud matinal.

—Un hijo muy afectuoso, hay que confesarlo—continuó ella, y su amargasonrisa se acentuó aún más.—Hace ocho días que no se ha dejado ver niha dado señales de vida. ¡Si habitara en la luna, no vendría con másrareza!

El señor Hellinger refunfuñó algo en su barba y se preparó a tomar sularga pipa.

—Parece que todavía hay algo que no va bien,—continuó ella.—En estosúltimos tiempos, sobre todo, se ha vuelto tan raro: suele dar vueltas enmi derredor sin decirme una palabra amable. Me imagino que debe tenerencima algún pago que no puede hacer.

—¡Pobre muchacho!—dijo el anciano, e hizo chasquear su lengua, sinduda para desechar ese pensamiento desagradable.

—¡Sí, pobre muchacho!—repuso ella en tono burlón.—

¿Todavía locompadeces, quizá? ¿Eres capaz de haberle dado otra vez algo ahurtadillas?

Él, en señal de protesta, levantó sus manos blancas y bien cuidadas,pero no tuvo sin embargo el valor de mirarla de frente.

—Adalberto—dijo ella en tono amenazador,—no quiero que eso vuelva asuceder. Lo que le das a él nos lo quitas a nosotros y nuestros demáshijos. ¡Si todavía fuera digno de ello! Pero

«quien no quiere escuchardebe padecer.» Si por arrogancia y por obstinación corre a su pérdida...

—Permite,

Enriqueta...—insinuó

el

señor

Hellinger

tímidamente.

—Yo nada permito, querido Adalberto—replicó ella.—¡Quien no quiereescuchar, digo, debe padecer! Si, en su negra ingratitud, no quiereseguir los consejos de su madre, tan llena de ternura que se inquietasólo por él, que pasa las noches cavilando y atormentándose...

Y se frotó los ojos con su delantal, como si hubieran estado llenos delágrimas.

—¡Pero Enriqueta!—volvió a decir él.

—¡Adalberto, no me contradigas! Ya sabes que te paso todas tus locuras;te permito quedarte en El Águila Negra todo el tiempo que quieres; tedejo beber de ese mal vino tinto que cuesta tan caro, todo lo que puedessoportar; te preparo la cena cuando vuelves tarde a casa; y, apropósito, bien podrías evitar el volcar tres sillas como lo hicisteayer. En resumen, me parece que tienes muy poca consideración por tuvieja y fiel esposa; pero ¿qué era lo que quería decir? Sí, en cuanto amis planes, me harás el servicio de no mezclarte en ellos, por que nolos comprendes. ¿Tienes siquiera una idea de todo lo que he hecho ya porese bribón de Roberto? Correr y viajar de un lado a otro, hacer visitas,escribir cartas, y sabe Dios cuántas otras cosas. Lo presenté a cinco oseis jóvenes extremadamente ricas, se las traje en una bandeja, de modoque no tenía más que extender la mano.

¿Pero qué hizo? Supongo quetodavía te acuerdas del ataque que tuve cuando, hace cuatro años, nostrajo a Marta, ¡a esa pobre y enfermiza criatura! Todos mis achaquesvienen de allí.

—¡Pero, Enriqueta!

—Mi querido Adalberto, te ruego que no me vuelvas a cantar tu antífona:«Marta era mi carne y mi sangre;» ya lo sabemos.

Pero, si queríamostrárseme como una sobrina afectuosa y agradecida, ¿por qué no letrajo la dote necesaria? ¡Porque nada tenía, naturalmente, nada! Mihermano murió indigente como una rata de iglesia. ¿Es esto decente en unmiembro de mi familia? Pero, en fin, que hiciera de sus bienes lo que sele antojara, poco me importa; sólo que no tenía necesidad de echarnos asu hija en los brazos.