El Cuarto Poder by Armando Palacio Valdés - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

—Buenas noches—repuso él mirándola extático, con cierta especie deembelesamiento que no pasó inadvertido para la niña.

Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetería la hizo volver desdela puerta y preguntar a Cecilia:

—¿Dónde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas porno hallarlo...

Y al mismo tiempo mostró su lindo pie.

—Pues allá está, en el cajón de la mesa de noche.

—¡Si supierais qué sueño tengo!—dijo avanzando más y colocando unamano sobre la cabeza de su hermana.—¿Sabéis con qué se quitaesto?—añadió sonriendo.

Gonzalo la examinaba con atención. Era realmente una criatura perfecta.Cuanto más de cerca se la observase, más se admiraban las singularespartes de que estaba, dotada. La epidermis era suave y brillante como elraso, de un color rosa desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labiosrojos un tanto grandes que descubrían al abrirse dos filas de dientesmenudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su únicaimperfección consistía en la estatura. Si tuviera la de su madre nadiese atrevería a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.

Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas enredondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posicionescaprichosas, afectadas, dirigía preguntas impertinentes a su hermana,reía sin motivo, la cubría de besos y la sobaba sin consideración.

—Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy!—exclamaba aquélla con sufranca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.

—Vaya, vaya, a la cama—decía doña Paula.

—Voy.

Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hacíacosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al oído:

—¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que levas a aturdir.—Adiós, adiós, señores—concluyó por decir en vozalta...—Y dejar algo para mañana, ¿eh?

—¡Qué tonta!—exclamó Cecilia ruborizándose.

Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:

—¡Qué pelo tan hermoso!

Ventura lo oyó, y dijo sacudiéndolo:

—Es postizo.

Todos se echaron a reir.

—¿No lo cree usted?—preguntó con seriedad y acercándose.—Tire usted.Verá cómo se le queda en la mano.

El joven no se atrevió, y continuó sonriendo.

—Tire usted, tire usted—insistió ella volviendo la espalda ymetiéndole el pelo por la cara.

Gonzalo llevó la mano a él, pero no hizo más que acariciarlo.

—¿Qué, no se le ha quedado? Es que está muy bien sujeto.

Y salió corriendo de la estancia.

Un rato todavía duró el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos dela vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo quedebían hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma queapenas era poderosa a ocultar. Le había cogido una mano y se la apretabay acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba alos labios y se la besaba con fuerza. Doña Paula la miraba conenternecimiento y sonreía gozándose en la felicidad que inundaba elcorazón de su hija.

El reloj del comedor vibró, dando las doce y media. Gonzalo levantóseapresuradamente.

—¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá don Rosendo?

—Nunca se acuesta antes de esta hora—repuso Cecilia.

—Sí; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar laspuertas—replicó doña Paula.

Cecilia calló. Gonzalo les dió la mano con efusión, prometiendo volveral día siguiente. Después pasó al despacho del señor de Belinchón paradespedirse.

La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincón sobre el mismotema, recibiendo la primera un sinnúmero de abrazos y besosapretadísimos.

—Esto no es para mí—decía con cierta expresión entre alegre ymelancólica.

—Sí, mamá, sí—replicaba la joven abrazándola con más fuerza.

IV

cómo los particulares de sarrió se congregaban en un recinto nombrado el«saloncillo», y lo que allí se platicaba.

Don Melchor de las Cuevas se levantó de la mesa, encendió un cigarro, ydijo, ofreciendo otro a su sobrino:

—Vámonos a tomar café.

Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jamás hasta entonces sehabía autorizado el fumar delante de su tío; pero éste le retuvo elbrazo.

—Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.

El joven sacó un fósforo y se puso a dar chupetones al cigarro conemoción.

Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calledisfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezaspoderosas después de una comida abundante.

Parecían dos cedros gigantes,majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio queellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a laspuertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiración.

—¿Quién es el señorito que va con don Melchor?

—Mujer, ¿no le conoces? El sobrino; el señorito Gonzalo, que llegó ayeren la Bella-Paula.

—¡Vaya un real mozo!

—Como su padre don Marcos, que en paz descanse.

—Y como su abuelo don Benito—añadió una vieja.—¡Qué familia tan nobley campechana!

En las bocacalles por donde se descubría un cacho de mar, el señor delas Cuevas solía detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.

—Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.

—¿Las ves?—dijo con expresión de triunfo al cabo de un instante.

—¿Qué?

—Las lanchas, hombre, las lanchas. ¡Cómo lo han olido!

—No veo nada,—repuso Gonzalo sacándose los ojos por columbrarlas en elhorizonte.

—Sigues como antes. No ves más que la sopa en el plato—

manifestó eltío sonriendo con lástima.

El café de la Marina hervía ya de gente. El rumor de las conversacionesy disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de dominócontra el mármol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estabasituado en una plazoleta que formaba la Rúa Nueva al desembocar en elmuelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reuníanse en él la mayorparte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarrió de paso, y casitodos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con más losvecinos que sentían de un modo o de otro inclinaciones marítimas. Alatravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. DonMelchor era el hombre más popular, el más querido y respetado queentraba en aquel café. Fué necesario acercarse a saludar a unos y aotros, y presentarles a Gonzalo.

Aquellos lobos se extasiaron mirándole;le apretaban la mano hasta descoyuntársela, y le ofrecían con todas lasveras de su corazón una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusabahablando de subir a tomar café arriba, la tristeza más honda se pintabaen sus rostros curtidos.

Don Melchor tenía, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo.Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que teníacomunicación con el café por medio de una escalerilla de hierro. Porella subieron al cabo tío y sobrino. Ya estaban reunidos los notablesdel pueblo, sentados en un diván corrido, con sendas mesillas japonesasdelante, donde cada cual tomaba su café. Por una de las puertas, quegeneralmente estaba abierta, se veía la sala de billar donde jugabansiempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.

Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto demercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeresque vendían al raso legumbres y leche. Y

Gonzalo recordó que en ciertaocasión que subió a buscar a su tío antes de irse a Inglaterra, seestaba debatiendo el mismo asunto.

Los temas variaban poco en aquellaasamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena enmedio del trabajo cotidiano. Los únicos acontecimientos que sacudían devez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barcoimportante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, elempedrado de algunas calles, la avería de algún cargamento, el alijo deun contrabando, la limpieza del muelle.

Las mujeres y los muchachos estaban más socorridos de asuntos parasaciar el humano afán de novedades: la llegada de un forastero guapo yelegante (gran sensación entre las niñas casaderas), que Fulanitoacompañó a Margarita en el paseo por primera vez (¿por lo visto es cosahecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslomó a su mujerde una paliza (¡bien empleado la está por haberse casado con eseburro!...). El traje que Fulanita sacó el día de Nuestra Señora (dicenque vino de Madrid... ¡Qué Madrid, mujer, si yo misma se lo he vistocortar a Martina!). El baile de confianza que se dará el jueves en elLiceo. (No toca baile ese día.—Pagan el gasto los pollos a escote.) Losgraves varones que se reunían en el Saloncillo desdeñaban estos temas,aunque de vez en cuando, por excepción, picaban en ellos.

A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcaldedon Roque, ya Gonzalo les había saludado la noche anterior. Pero estabanallí además Gabino Maza, don Feliciano Gómez, el ingeniero francés M.Delaunay, Alvaro Peña, Marín, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco oseis señores, que se levantaron para abrazarle.

Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho mención, era un hombre quepasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillasrasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, losademanes tímidos. Era el propietario territorial más rico de lapoblación y el representante genuino de la aristocracia por venir de unaantigua familia de terratenientes y no haber en la villa personatitulada que mejor la representase.

No daba, sin embargo, importancia aeste privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinosalternaba sin atender a su condición social, extremadamente servicial,siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntadni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminenciasdel nacimiento, en cambio era celosísimo de sus derechos de propiedad.Jamás se había conocido ni se conocerá un propietario más propietarioque don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las delderecho antiguo, las universidades, el ejército, la marina, laconstitución política y hasta la religión, no tenían razón de ser a susojos sino como elementos

que

de

un

modo

directo

o

indirecto

afianzabanaquellos derechos. La máquina asombrosa del Universo estaba formada parasustentar sus títulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos,caserío situado a media legua de la villa, y al directo que poseía sobreel de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Estaconciencia clarísima de su derecho engendraba, no obstante, por excesode claridad, algunos conflictos. Venía un colono y le decía:—Señor;Joaquín el martinetero, ha cortado ayer las cañas del nogal que colgabansobre su huerta.—¡Pero el nogal era mío!—exclamaba don Pedroenrojecido súbito por la cólera y sorpresa.—Sí, señor... pero comocolgaban sobre su huerta...—¿Cómo se ha atrevido ese pillo a tocar enuna cosa que es mía, mía?

Inmediatamente entablaba un interdicto, ycomo es natural, lo perdía. De estos interdictos había perdido yaalgunas docenas en su vida, sin escarmentar jamás.

Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarrió, a quien hemostenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en elteatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no sedistinguía por la pureza de la dicción; antes era ésta tan atropellada yconfusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. Nosabemos si era en la boca o en la garganta o en la región de las fosasnasales, donde el señor de la Riva tenía a bien machacar y atormentarlas palabras; lo cierto es que salían casi siempre transformadas ensonidos

obscuros,

huecos,

caóticos,

completamente

ininteligibles.Particularmente después de comer, se hacía imposible conversar con él. Yesto, no por otra razón, según decían, sino porque don Roque solíaencargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, quenadie dejaría de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefesuperior civil de la villa salía todas las tardes de su casa solo, en laapariencia, en realidad gratamente acompañado. Su enorme faz rasuradaquería echar la sangre por los poros, concentrándose con preferencia enel lomo gigantesco de su nariz borbónica. Los ojos, con ramos de sangretambién, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de lospárpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle,expresando un grado envidiable de bienestar físico. El paso grave,lento, vacilante, acusaba de igual modo una armonía perfecta entre susfacultades psíquicas y corporales. No le faltaba a don Roque paraalcanzar la bienaventuranza más que tropezar con un alguacil, obarrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, delmunicipio. Desde lejos lo columbraba, y sus párpados se levantabanrepentinamente, y las ventanas de la nariz se le abrían al olor de lapresa. Si ésta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, otrataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno.

—¡Juan, Juaan, Juaaaan!

La víctima acudía bajando la cabeza.

—¿Has llevado el oficio a don Lorenzo?

—Sí, señor.

—¿Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente delcementerio?

—Sí, señor.

—¿Has llevado las cédulas al pedáneo de San Martín?

—Sí, señor.

—¿Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tienedelante de su casa?

En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestabanegativamente.

Entonces, la voz de sochantre del alcalde se dejaba oir en toda lacalle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y surostro apoplético llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo quedecía, si no eran los ajos con que salpicaba el discurso, y aun éstoslos ahuecaba de tal modo, que sólo la jota se percibía con claridad. Lareprensión nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempoindispensable para desalojar la inmensa cantidad de ajos que se lehabían acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. Así como haypersonas que por la mañana se meten los dedos en la boca para provocarla bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo paraquedar a gusto. No se le había oído jamás otra interjección, pero, encambio, de ésta poseía tal abundancia, que no le bastaba poner una acada palabra; a veces ponía dos o tres.

Los tenderos salían a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sinsorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espectáculo.

—Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos—le decía uno a otroen voz alta.

—Mira qué caso le hace Juan.

En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, sellevaba el dedo pulgar a la boca y hacía la seña de empinar.

Don Roque prefería encontrar a un barrendero o picapedrero en elejercicio de sus funciones. Se acercaba a él cautelosamente por detrás,y le hincaba sus dedazos en el cuello.

—¡...ajo! so tuno, ¿qué modo de barrer es ése? ¿Te parece

¡...ajo! queyo te pago para que me dejes la mitad de la porquería entre las piedras?¡...ajo! ¿Es esto gratitud? ¡...ajo! ¿Es esto vergüenza? ¡...ajo!

A veces él mismo en el entusiasmo del discurso empuñaba la escoba y seponía a dar al barrendero una lección de su oficio.

Los tenderos, lospocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna señora que seasomaba al balcón con el ruido, soltaban a reir alegremente. Elbarrendero mismo, a pesar de su crítica situación, no podía reprimir unasonrisa viendo a aquel energúmeno con la levita remangada dando furiososy desconcertados limpiones al suelo.

—¡Así se barre!... ¡...ajo! (Golpe terrible de escoba.) ¡Así sebarre!... ¡...ajo! (Otro golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo!

(Otrogolpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo!

Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame,le entregaba la escoba y recogía el bastón con borlas.

Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que leembargaba, emprendía de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en unafelicísima disposición de cuerpo y espíritu.

Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco años de edad, oficial dela Armada, retirado antes de tiempo porque su carácter díscolo no podíasufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos pequeñosy vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamentoexcesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de uncolor negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre yviolentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando seenfadaba, que era casi siempre que se ponía a hablar, chillona y aguda,de un falsete tan estridente que rompía los oídos. Disfrutaba de unapequeña renta y de un pequeñísimo retiro, con los cuales podía vivir yalimentar a su familia en Sarrió con el respeto de un caballeroacomodado. En la capital de la provincia le sería ya imposible.Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, unacantidad de pasión y de violencia verdaderamente asombrosas; ganososiempre de llevar la contraria a cuanto se decía aunque fuese más claroque la luz del mediodía; de un pesimismo feroz y antipático para juzgara los hombres, a tal punto que no se dió el caso jamás de que creyesepuros los móviles de una acción humana, por noble y honrada queapareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura.

Este hombre, sinembargo, no concitaba los odios del vecindario contra sí, como podíasuponerse. En las aldeas y villas, por el trato íntimo, largo yconstante de las personas, se penetra más en el alma de cada uno que enlas grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en éstas, simpáticosa muchos hombres fríos, egoístas y hasta perversos. Los modalescorteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan enseguida opinión de «persona agradable y decente». En provincia no valenada de esto. Al contrario, se desconfía de la amabilidad excesiva y,sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre lospliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atención con queun disecador va palpando y poniendo a la vista con el bisturí todas lasfibras de la máquina corporal. Por donde son generalmente aborrecidosalgunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros,violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es eltalento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jamás enprovincia, quizá por ser el vicio predominante en todas las relacionessociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temorcomo los «toros claros». Hay casi siempre en ellos un espíritujusticiero, que aunque exagerado y adulterado por la pasión, no acabade hacerles antipáticos. Además, como la violencia y la exaltación soncausa constante de sufrimiento, de malestar físico y moral, se juzga conrazón que los hombres de tal temperamento llevan en sí mismos el castigode sus demasías.

Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que tenían deél agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llamándole«envidioso» y «mala lengua». Los que no, se reían de sus exageraciones yle abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco.

Otro de los personajes allí congregados era don Feliciano Gómez.Comerciante en géneros ultramarinos al por menor, poseedor al mismotiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hacían elcomercio de cabotaje por la costa cantábrica, aventurándose una que otravez los de más porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, lacabeza desnuda de cabellos en forma de pirámide, patillas que lellegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombredivertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y vivía con treshermanas de más edad, a quienes había hecho verdaderas señoras a fuerzade trabajo y economía. El pago que ellas le daban según pública voz, eratenerle dominado y sujeto como un niño, reprenderle agriamente lasfaltas más ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los mediosimaginables. No obstante, a él nunca se le oyó una queja de ellas.

El ingeniero belga, M. Delaunay, había llegado a Sarrió años atrás, conel objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compañía inglesa.La explotación no dió resultado. La compañía le retiró su comisión y elsueldo. Pero Delaunay, que poseía genio emprendedor y algún dinero, semetió sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero montóuna fábrica de papel; después otra de puntas de París; más tarde intentóformar un criadero de ostras; después fábrica de quesos y de hielo.

Porúltimo quiso aprovechar unas grandes marismas que había cerca deSarrió. Todas estas empresas habían fracasado, sin saber nadie por qué.Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso.

Conocía cada industriaque iba a ejercitar como el más competente maestro; encargaba losaparatos a Inglaterra, los montaba y los hacía funcionar felizmente,obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus caídas a la faltade vías de comunicación.

La

última

de

sus

grandes

empresas,

abortadaantes de nacer, le desacreditó más que ninguna otra. En una de susexcursiones por los alrededores de la villa, había visto próximos a unapequeña ría ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo podíanreducirse a cultivo. Túvolo en cuenta; levantó el plano. Pocos mesesdespués, cuando se vió forzado a cerrar la fábrica de hielo y despedir alos obreros, acordóse de las marismas y habló de ellas a don RosendoBelinchón, a don Feliciano Gómez y a dos indianos más para que leayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas,y concertóse la excursión. Una mañana montados en sendos caballosemprendieron secretamente la marcha hacia la ría de Orleo, distantecuatro leguas de Sarrió. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos ysubieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. ¡Cuálsería la vergüenza y confusión de Delaunay al ver los terrenos queintentaba robar al mar, cubiertos de maíz, verdes y florecientes queeran una bendición de Dios!

En efecto, hacía más de seis años queestaban cultivados. Su equivocación nació de haberlos visto en diciembrecuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el sucesoprodujo en ella la risa que debe suponerse.

Quedó al cabo arruinado. Vióse obligado a vivir miserablemente. Pero,lejos de apagarse en su espíritu el furor de las empresas, encendióse enla pobreza con más ímpetu. De tal modo que no dejó un solo capitalistaen Sarrió a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unasveces era un tranvía a la capital, otras un puerto de refugio o unosmuelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos porcierto, por él seducidos, pagaron con algunos miles de duros suinocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso,enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria.Imposible despreciarle sin cometer una injusticia.

El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Peña, joven de treinta años,moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo Víctor Manuel, secaracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesiástico ya todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin seraficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, poseía unabiblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contrala religión y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro periódicosconocidos por sus opiniones anti-clericales, y se decía que desde hacíaalgunos años venía ocupándose en acumular datos para un libro quepensaba publicar con el título de La religión al alcance de todas lasfortunas, del cual varios vecinos conocían ya algunos fragmentos. Eraalegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siemprejugaba papel principalísimo algún cura o monja. No pronunciaba bien laserres.

Don Jaime Marín, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con lacontribución equivalían a unas seis mil pesetas, sería un gran calavera,un licencioso, un monstruo de corrupción si no tuviese por mujer a doñaBrígida. Esta eminente señora había conseguido con una saludable energíaque su marido no arruinase a la familia y los echase a todos porpuertas. Antes que desbaratase su hacienda logró que se le privasejudicialmente de la administración de los bienes y se le encomendase aella. No es fácil representarse la firmeza con que doña Brígida empuñólas riendas de la casa. Ningún patricio romano tuvo jamás una idea másperfecta del sui juris, de los sagrados derechos que «la ciudad» habíadepositado en sus manos. Desde que esto acaeció, don Jaime, a pesar desus cincuenta y pico de años, pasó a ser en sus manos una verdadera cosa como previene la Instituta. En su condición de alieni juris hubo de sufrir la acción directa y constante de su dueño y señor, ysujetarse en un todo a su omnímoda voluntad. ¡Adiós cenas opíparas conmariscos y vino de Rueda en el café de la Marina! ¡Adiós caza de laliebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! ¡Adiós nochesseductoras de tresillo! ¡Tardes de paz y de dicha en el lagar deSebastián de la Puente, adiós! La inflexible señora depositaba en susmanos cada domingo tres pesetas; ni más ni menos. Era todo el caudal deque disponía durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ellasubvencionaba, comprando los cigarros por sí misma. Cuando necesitaba unsombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisabaal sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se leimpedía ir a la barbería, por temor de que se gastase los dos reales.Venía el barbero a afeitarle los sábados.

Por cierto que, con poca oninguna consideración, el rapador de barbas llegaba algunas veces a lasnueve de la mañana, cuando don Jaime estaba durmiendo.

—¿Qué hago?—preguntaba a doña Brígida.

—Aféitele usted—contestaba la severísima señora.

El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la carade jabón y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime sedespertase más que a medias.

Echaba otro sueño, y al despertarse deveras solía decir a la criada que le servía el chocolate:

—Hoy es sábado; que llamen, al barbero.

—¡Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!—contestaba su dulceconsorte desde el gabinete.—¿No ves que estás afeitado ya?

—¡Pues es verdad!—decía el buen señor palpándose la cara.

En un principio solía pedir a sus amigos o conocidos del café algúndinero para jugar al tresillo, y bebía al fiado en el café; pero al pocotiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el dueño delestablecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos.

Faltó poco paraque doña Brígida le echase a rodar por las escaleras cierto día que lellevó una cuenta de ciento veinte reales.

Don Jaime quedó, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar altresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradecían. Losgananciosos solían pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a lasdamas con don Lorenzo, y como éste se negaba rotundamente a seguir lapartida sin interés, preciso era que Marín arbitrase alguno que no fuesemetal precioso.

Discurrió exponer uno de los dos cigarros puros que sumujer le daba por la mañana. Cuando lo perdía, aquella tarde se quedabasin fumar. A veces buscando el desquite, perdía dos y tres que ibaentregando uno a uno a su adversario en los días sucesivos. Entonces sededicaba, como sus amigos decían, «a la gramática», esto es, a pediraquí y allí un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar.¡Pobre Marín!

Lo que doña Brígida no pudo jamás, fué hacerle acostarse a una horaregular. Tantos años de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de lamañana, habían formado un hábito imposible de vencer. Como reteniéndoleen casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, ypasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio detrasnochar por sí solo es de los más baratos que se conocen, laingeniosa señora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permanecíaen el café de la Marina con los últimos parroquianos. Después que éstosse retiraban, todavía se quedaba mientras los mozos colocaban en susitio la vajilla y el dueño apuntaba las últimas partidas.

Cuandomaterialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compañía alsereno de la Rúa Nueva, muy su amigo.

Charlando con él mataba las horasque aun faltaban para el amanecer.

Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germán y donJusto, eran indianos, esto es, gente a quien sus padres habían enviadoa América de niños a ganarse la vida y habían vuelto entre loscincuenta y sesenta años con un capital que variaba de treinta a cienmil duros. Había de éstos más de cincuenta en Sarrió. El duro trabajo yla sujeción en que habían vivido muchos años, les hacía tener de lafelicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dichaconsiste en gozar un placer nuevo cada día, agitarse, viajar, gozar conel cuerpo y el espíritu de la hermosa variedad de cosas que laNaturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba única y exclusivamente enno trabajar, pasar un día y otro redimidos de la dura ley impuesta porDios a Adán después del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmenteen este goce singular. La mayor parte de ellos tenían su capital enpapel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestiaalguna. Levantábanse temprano por el hábito de madrugar, y andaban todala mañana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ochomirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Despuésde comer se iban al entresuelo del café de la Marina o al de la Amistad,y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar.

«¡Anda, bolita de hueso, anda, entra en cabaña!—Déjela, déjela, donPancho, que va herida.—Sal, niña, sal de la manigüita.—¡Ah, ah, québien mete uté, don Lorenso!—No se ponga bravo, don Pancho!»

El juego siempre iba salpicado de estas frases que olían a plátano ycocotero. Cuando los días eran largos, veíaseles allá a la tarde por lascercanías de la villa paseando también en pandilla o sentados sobre elcésped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales.

«¿Se acuerda uté, don Agapito, se acuerda uté de aqueya mulatica perraque le venía a dar plasé a la tienda?—¡Y qué bien que cantaba lasguarachas, la sinvergüensa!—Disen que uté alguna vese la sobaba, donAgapito, la sobaba duro.—¿Y cómo no, don Pancho, si a lo mejó se me ibaal baile de la gente de coló con el negro de mi compare donJusto?—¡Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba albaile era uté. ¡Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando elchiquita abajo, chiquita abajo!»

No había que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni elteatro, ni otro recreo público. Los jóvenes indígenas si queríandivertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus papás. Ya sabían queera inútil solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba.Por la espalda, y aun de frente, les llamaban roñosos, aldeanos, burroscargados de dinero. Pero los indianos tenían la piel muy dura ydespreciaban tales desahogos. El que les tenía un odio declarado (¿aquién no lo tenía?) era Gabino Maza.—«¿Para qué sirven esos cincuentavagos tirados todo el día por la calle, abriendo la boca y estirándosecomo los perros?

¡Si destinaran siquiera su dinero a alguna industriaútil a la población!»

Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo,el único que se mantenía en pie en medio del corro gesticulando era estemismo Gabino Maza. No podía permanecer dos minutos sentado. La continuaexaltación de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir asus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse almedio del salón y gritar y manotear hasta que se le concluía el alientoy los fuerzas. Se hablaba de la compañía del teatro que había anunciadosu marcha por haber experimentado pérdidas en el primer abono de treintafunciones. Maza trataba de convencerles de que no había habidosemejantes pérdidas, que todo era una superchería.

—¡No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un céntimo¡miente!... ( Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo. )—¿Cómo estás,Gonzalo? Ya sé que has llegado ayer.

Vienes bueno: me alegro... ¡Repitoque miente! ¿A que no se atreven a decírmelo a mí?

—Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, según los datosque me presentó el barítono—apuntó don Mateo.

Maza rechina los dientes. La indignación no le permite hablar.

Al finrompe.

—¿Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya ( conafectado desdén), a fuerza de tratar con cómicos se le ha olvidado eloficio, como al herrero de marras.

—Oye tú, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo único que digo, esque así resulta de los datos que me presentó el barítono.

Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del salón,arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, yagitándolo vocifera frenético:

—¡Pero, señor! ¡pero, señor! ¡no parece más que aquí nos hemos caído deun nido!... ¿Quieren ustedes decirme qué han hecho de veinte mil y picode reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habrá entradoen la taquilla?

—Los sueldos son muy crecidos—apuntó el ayudante del puerto.

—¡No seas borrico, por la Virgen Santísima, Alvaro! ¡No seasborrico!... Te diré en seguida los sueldos ( contando por los dedos).El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro,son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el barítono,cuatro...

—El barítono, cinco—apuntó Peña.

—El barítono, cuatro—insistió furibundo Maza.

—A mí me consta que son cinco.

—El barítono, cuatro—rugió de nuevo Maza.

Alvaro Peña se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo dellevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contiendafuriosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman partetodos o casi todos los socios de aquella ilustre reunión de notables.Nada más semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasabandelante de los muros de Ilion. El mismo fragor y cólera. La mismasencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa ybárbara en los dictados.

«¡Habrá hombre más pollino!—¡Calla, calla, cabeza dealcornoque!—¡Habló el buey, y dijo mú!—Te digo que faltas a la verdad,y si lo quieres más claro, te digo que mientes.—

¡Jesús, quégansada!—Parece usted una mala mujer.»

Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo.Como todos los que tomaban parte tenían un modo directo, enteramenteprimitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al delos héroes de Homero, la argumentación establecida al comienzo de ladisputa, seguía invariablemente hasta el fin. Había hombre que pasabauna hora repitiendo sin cesar: «¡No hay derecho a meterse en la vidaprivada de nadie!» o bien: «Eso sucederá en Alemania,

¡pero como estamosen España!»... Alguno era, todavía más breve, y gritaba siempre que ledejaban un hueco:—«¡Chiflos de gaita! ¿sabéis? ¡chiflos de gaita!»hasta que caía exánime en el diván.

Pero lo que perdían en amplitud los argumentos ganábanlo en intensidad.Cada vez eran expresados con mayor y contundente energía, y con másdescompasadas voces. De tal modo, que raro era el día que no saliese deallí alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Peña y don Feliciano; losmás débiles de laringe, no los más voceadores. Que el Ayuntamiento habíamandado podar los árboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo.Que el dependiente de la casa González Hijos se había escapado concatorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a darcertificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Peña tuvo unvómito de sangre a consecuencia de esta disputa.

Ningún desabrimiento quedaba jamás después de ellas, ni había memoria deque hubiesen originado cuestión personal alguna. ¿Cómo podía haberlacuando todos habían convenido tácitamente en aceptar sin enojarse losgraciosos epítetos de que hemos hecho mención? El carácter local de lostemas, era perfecto.

La

política

tenía

en

Sarrió

muy

pocos

cultivadores.Sólo cuando los periódicos noticiaban algún suceso de mucho bulto, sepreocupaban momentáneamente con ella sus habitantes. Hacía cerca deveinte años que la representación del distrito en el Congreso estabaencomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual sólo una vez ensu vida había estado en Sarrió a tomar leche de burra. Nadie pensaba endisputarle la elección. Generalmente se hacía reuniéndose lospresidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas elnúmero de votos que se les antojaba. La razón de esto, era que Sarriósiempre había sido una villa comercial donde cada uno podía ganarse lasubsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayoría de losjóvenes, después de haber, pasado dos o tres años en algún colegio deInglaterra o Bélgica, se empleaban en los escritorios de sus padres yeran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, seguían alguna carreramilitar o civil de sueldo fijo, y sólo venían de tarde en tarde a pasarunos días con su familia.

Sarrió, hay que confesarlo de una vez, era una población dormida paratodas las grandes manifestaciones del espíritu, para todas las luchasregeneradoras de la sociedad contemporánea.

Nadie estudiaba los altosproblemas de la política. Las terribles batallas que los diversos bandoslibran en otras partes para conseguir la victoria y el poder noapasionaban en modo alguno los ánimos. En una palabra, en Sarrió el añode gracia de 1860 no existía la vida pública. Se comía, se dormía, setrabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribución; pero todode un modo absolutamente privado.

Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencidala digestión, don Mateo les anunció, relamiéndose de gusto, que le teníasin cuidado la marcha de la compañía. Dentro de pocos días preparaba unasorpresa a los sarrienses. Después de muchos trabajos, se consiguió quedesembuchara. Estaba en tratos con el célebre Marabini, frenólogo,prestidigitador. Acaso el martes... sí, el martes o el miércoles podríanadmirar sus habilidades en el teatro. Traía además cuadros disolventes yun lobo domesticado.

Gonzalo se había ido a la sala de billar y veía jugar el chapó a mediadocena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hacían sonar como unrepique de campanas todos los dijes de oro que pendían de sus enormescadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo máspoderoso, la tentación suprema que presentaban a sus hijos los artesanosde Sarrió para decidirles a ir a Cuba.—«¡Tonto, quién te verá venirdentro de pocos años con levita de paño fino, gran camisola planchada,bota de charol y mucha cadena de relós, como don Pancho!» A este últimoenvite casi ningún muchacho resistía.—«¿Que me dé siete vueltas alcuello, padre?—Sí, hombre, sí, y con una porción de lapiceros de oro yguardapelos colgando.» Y allá se iban de cabeza los pobres chicos en la Bella-Paula, en la Carmen, en la Villa de Sarrió o en otrobarcucho de vela cualquiera, a perecer del vómito negro o del hambre,más negra aún, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis querepresentaban los ojos de la terrible Loreley.

Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no estáavezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extrañas ygraciosas; servían de regocijo a los jóvenes del pueblo, cuya antipatíaa los americanos se manifestaba siempre por la burla. Quién, como donBenito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corrían;quién, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torcía y seretorcía como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinasea un sitio u otro; quién, por fin, como don Pancho, que era pequeño ygordo, casi cuadrado, se subía de un brinco al diván después de haberempujado la bola, para mejor ver los estragos que había hecho en lospalos. De vez en cuando se oía el grito de impaciencia de alguno deellos dirigiéndose al chico:—

«¡Apunte, niño, no se distraiga!»

Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano Gómez, que comenzó amarearle con su charla bondadosa e insubstancial, dándole a cadainstante palmaditas afectuosas en el muslo como tenía por costumbre.

—¿Cuándo es el gran día, Gonzalín? ¿Pronto, eh? ¡Vaya, que tengo yaganas de verte con tu señora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, miqueridín, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas ( así llamaba a susancianas hermanas siempre) no me dejan vivir desde ayer: «¿Cuándo secasa Gonzalín? no dejes de preguntárselo.» ¡Como te han visto nacer laspobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento ytranquilo. Tú me dirás: y siendo así, ¿por qué no se ha casado usted,don Feliciano? Oyes, mi queridín, ¿por qué me había de casar si vivofeliz soltero? ¿Qué me hace falta a mí? Tengo en casa a las nenas que mecuidan a qué quieres boca, que me adoran...

(¡Pobre hombre! otra cosamuy distinta se decía en el pueblo.) Y

para otras cosas... nunca faltaDios; ¿verdad, mi queridín?...

Además, mientras uno es mozo se padecemucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aquí dentro un fuego queno le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los años y cesa el caloramante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces,

¡en grande, miqueridín!... Mira, si me dijesen ahora: «Feliciano,

¿quieres volverte alos veinte años?» ¡Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad delhombre, los cincuenta años. No lo dudes, Gonzalín. Ahora es cuando sesabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. ¿Hay ninguna Fulana quevalga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... ¿Y unalangosta con sidra sacada por el espichón? ¿No se te hace la boca agua,hijo del alma?... Tú ahora casarte y besitos y «mi vida»

para aquí y«alma mía» para allá, ¿verdad?... Bien, bien, descuida que todo seandará. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buenafamilia... Don Rosendo está rico... Vas bien, vas bien, mi queridín...Pero oye, ¿por qué no te casas con la pequeña, con Venturita, que es másguapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que lasegunda es más linda; un botón de rosa. ¡Qué ojos tan pícaros! ¡quépelo!

¡qué dentadura! ¡qué garbo! En fin, si estás comprometido con laotra no digo nada... ¡Pero lo que es como guapa!... Y la familia, lamisma...

Estas palabras hicieron una impresión extraña en Gonzalo. El pensamientoasí expresado era la fórmula brutal, pero exacta y precisa de su vagoimaginar, de cierto desasosiego que le había quedado desde la nocheanterior. Efectivamente, ¡qué ojos tan hermosos, tan cándidos ymaliciosos a la vez! ¡Qué cutis de alabastro! ¡Qué labios, qué dientes,qué dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba aún más delgadaque cuando se había ido y más desgarbada. ¿Cómo le había gustado aquellachica? Gonzalo se confesó con sencillez que gustar... lo que se llamagustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le habíagustado. ¿Entonces por qué?... ¡Vaya usted a saber lo que son estascuestiones! Era un niño, no hablaba con señoritas. La amabilidad deaquélla le impresionó...

Luego cierta vanidad de tener novia... Despuésla distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se habíacombinado para ligarle a aquella muchacha... ¡Pero si él hubiera vistoantes a Venturita!... Más valía no pensar en ello. El asunto estaba yademasiado adelantado para volverse atrás.

Contra su costumbre, quedóse un buen cuarto de hora pensativo mirandorodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se había ido. Al finsu robusto temperamento sanguíneo se sobrepuso a aquellas nerviosidadesinsanas que pretendían turbarle. Alzóse del asiento. Los rasgos de sufisonomía, contraídos momentáneamente, se dilataron, y se esparció, porella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogióde hombros con un supremo desdén.

Con aquel gesto parecía decir:—«Mecaso con la más fea de las chicas de Belinchón... bueno, ¿y qué? Detodos modos, sea con una o con otra, ¡aunque no me case con ninguna! yohe de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. Lallevo dentro de mí, en este humor de ángel que Dios me dió, en el dineroque mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza detoro...»

Cuando entró de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados halló asus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino elde la tienda de quincalla:—«¿No saben ustedes lo que pasa,señores?»—Todos se levantan y le cercan. El comerciante hablavisiblemente conmovido.—Esta noche han robado y asesinado a donLaureano.—¿Qué don Laureano, el de la quinta?—Sí, el de las Aceñas...Dicen que a las dos y media, poco más o menos, entraron nueve hombresenmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a laseñora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que lehicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen señorno tenía más que doce mil reales, y ellos empeñados en que había gatoescondido... Le amarraron por aquí, salva sea la parte, y tira que tirapara hacerle cantar...

Un estremecimiento de horror agitó a los notables de Sarrió.

Quedáronsepálidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantosotormento. La quinta de las Aceñas estaba a una legua de la villa, en lasoledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veíanseya asaltados en sus casas de la Rúa Nueva o de Caborana y asesinadoscrudelísimamente. ¡Sobre todo aquellos tirones! ¡Santo Cristo, quéatrocidad!

Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios envoz baja. Los ladrones no serían de muy lejos.

Sin embargo, no serecordaba que en Sarrió ni en sus alrededores hubiera pasado jamás unacosa semejante. Marín afirmó que hacía ya días que veía algunos hombressospechosos de noche.

Esta noticia produjo en los circunstantes unsaludable terror que no llegó a manifestarse. Todos se propusieron nosalir de casa por

la

noche,

sin

comunicarse,

no

obstante,

tan

acertadaresolución. El alcalde manifestó que, en su opinión, los ladrones debíande haber venido de Castilla.—¿De Castilla?—Sí, señor, de Castilla...Oí contar a mi padre (que en gloria esté), que el año de cinco sepresentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego,rodearon el pueblo y robaron a don José María Herrero sesenta mil durosque tenía escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar.

En cualquiera otra ocasión, los tertulios habrían observado que el quehubiera acaecido tal suceso en Sariego el año de cinco, no implicabanecesariamente que sucediese lo mismo en las Aceñas el año de sesenta.Pero ahora nadie se atrevió a contradecir la aventurada proposición. Ysiguieron cementando en voz baja el suceso, y parecían estar todos deacuerdo en las opiniones más extravagantes y contradictorias. Mas comono se había dado jamás el caso de que Gabino Maza asintiese por más dediez minutos a lo que en su presencia se hablase, tomó pretexto de unasencillísima indicación, hecha por don Feliciano Gómez, con la perfectanaturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de estedistinguido comerciante, para caer sobre él de un modo tan violento comoinjustificado.

—¡Ya me extrañaba que no soltases alguna coz! ¿Para qué quieres que seregistren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrarallí muy apiladito el dinero de don Laureano.

—Si no se halla el dinero, se hallará algún indicio...

—¿De qué, cabeza de chorlito, de qué?

Armóse la disputa consabida. Se chilló, se alborotó lo indecible. Alfin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oíanperfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntesestaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.

V

¡¡¡ladrones!!!

Y desde entonces los notables de Sarrió, no pusieron el pie en la callede noche, como discretamente se lo habían propuesto. La tertulia delSaloncillo de última hora, la de la tienda de Graells, la de la Moranamisma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos enla villa no daban ni podían dar cumplimiento a los numerosos pedidos decerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todaslas casas les hacían. Los ladrones de las Aceñas no habían sido habidos.Todos preveían, con más o menos fundamento, que andaban rondando lapoblación para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio.

No obstante, como el hombre se habitúa a todo, hasta a la enfermedad,hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarrió, al cabo dealgunos días se habituaron al peligro.

Comenzaron a salir de sus casas,cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primeroque se aventuró fué Marín.

Siendo inútiles todos los esfuerzos que doñaBrígida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arrojó de casasin conmiseración. Don Jaime pidió permiso para sacar debajo de la talmaazul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa quehabía en el desván. La magnánima señora se lo otorgó a condición dellevarlo descargado. Salió después Alvaro Peña.

Como autoridad militarhasta cierto punto y hombre que gozaba fama de enérgico, estaba obligadoa mostrar valor en aquellas críticas circunstancias: llevaba dospistolas de arzón en los bolsillos, y bastón de estoque. El alcalde donRoque, que desde tiempo inmemorial venía asistiendo a la tienda de laMorana en compañía de don Segis el capellán de las monjas Agustinas ydon Benigno el coadjutor de la parroquia, y se bebía en el transcurso dela noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, según lascircunstancias, no pudo sufrir el hogar doméstico más de tres días ysalió también a la calle. Le acompañaba el octogenario alguacil Marconescon tercerola y sable. El iba armado de revólver y estoque.

Después, y sucesivamente, fueron saliendo y diseminándose por lastertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda,Delaunay, don Mateo, y todos los demás. Los indianos tardaron mástiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y elSaloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales.Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armasy pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empuñarlas con un valorimpávido, digno de la sangre cántabra que casi todos llevaban en lasvenas. Allí el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual conel moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cilíndrico dehierro con el espadín pavonado que guardan los nuevos bastones, elcachorro tosco de bronce con el revólver nielado. Y esta mismadiversidad de armas mortíferas contribuía poderosamente a mantener entodos los pechos el espíritu bélico tan necesario en aquella ocasión.

Se habían tomado algunas medidas acertadísimas; de gran utilidad. Hastalas doce de la noche los serenos tenían orden de no apagar ningún farol.A aquéllos se les había provisto de nuevos pitos infinitamente mássonoros que los antiguos.

Además tenían prevención para vigilar acualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre losvecinos se había convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desdelas diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos laenorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejarla acera. Con tal motivo, encontrándose una noche en la calle de SanFlorencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gómez, ambos embozados ensus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquierevento, don Feliciano le gritó a don Pedro desde lejos:

—¡Eh, amigo, al arroyo!

—Phs, phs; sepárese usted—contesta don Pedro.

—Quien debe apartarse es usted—replica el comerciante.—

¡Al arroyo, alarroyo!

—Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso—

responde elseñor Miranda.

Ninguno de los dos se movía de su sitio. Habíanse desembozado ymostraban ya la punta aguzada de sus floretes.

—Tenga usted la bondad...

—Haga usted el obsequio...

¿Quién sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarrió, si alcabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones así detenidosen su camino, no se hubiesen reconocido?

—¿Sería usted tal vez don Feliciano?...

—¿Sería usted don Pedro?

—¡Don Feliciano!

—¡Don Pedro!

Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusión.

—¡Qué suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, donFeliciano!—exclamó el señor Miranda mostrando su ancho estoque dehierro con puño de hueso.

—¡Pues la de usted no ha sido pequeña, don Pedro!—contesta elcomerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo.

Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones.La tienda era una confitería, aunque no lo pareciese; la únicaconfitería que había entonces en Sarrió. Hoy, si no me engaño, cuenta yacon tres. Y digo que no lo parecía, porque se vendían cirios deiglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estosobjetos poco a poco habían ido llenando todo su ámbito, pasando decomercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos queeran los vecinos de aquella villa. Y éste es uno de los rasgoscaracterísticos que reclamo para ella. En España es muy general que loshabitantes de las villas y ciudades pequeñas sean dados con pasión a losconfites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan lasgrandes capitales, la sensualidad se escapa por ahí.

Acaso se arguya que en Sarrió las monjas Agustinas también fabricabandulces; pero debemos advertir que esta fabricación estaba limitadaexclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque,alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especialísimoparecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay quedudarlo; en Sarrió había pocos golosos. Después de todo, esta virtudrara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblacionesmarítimas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical.Porque según la observación que puede hacerse viajando por los pueblosde lo interior de España, allí se comen más dulces donde el culto y lasprácticas de la religión absorben más parte de la vida, y la mayorenergía del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarioscantados, cofradías y canónigos. Lo cual demuestra que debe de existircierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confitería.

Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armariosde pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entramboslados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonablecantidad de caramelos, rosquillas bañadas, suspiros, magdalenas,almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famosísimas tabletas cuyo renombre habrá alcanzado seguramente los oídos denuestros lectores. Todo de la más remota antigüedad. Las tabletas, cuyamágica composición nunca hemos podido averiguar, tenían un atractivoirresistible, basado, ¡caso extraño! en su extraordinaria dureza. A laedad en que se comían las tabletas de la Morana lo importante no era quelos dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasenmucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzosoimpregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vezhincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevollegaba a constituir un verdadero problema. Permítaseme dedicar undelicado recuerdo de simpatía y reconocimiento a estas tabletas quedesde los cuatro hasta los ocho años van unidas a los momentos másdichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quizá deba el autor deeste libro la flor de optimismo, que, al decir de los críticos,resplandece en sus obras.

La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya había muerto, era unamujer de cuarenta años, pálida, con parches de gutapercha en las sienespara los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Crisóstomo, que aldecir de don Segis, el capellán, no era de los Crisóstomos. Sin embargo,cuando administraba alguna paliza a su mujer, solía mostrar ciertaerudición poco común.

—«Yo que amaba a esta mujer—exclamaba con enternecimiento, arrimandoel garrote a la pared.—¡Yo que amaba a esta mujer como esposa y no comosierva, según manda el apóstol San Pablo!... ¿Tú has leído al apóstolSan Pablo?...

¡Qué habías de leer tú, gran vaca!...»

El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo único bueno en esteestablecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, donSegis, don Benigno, don Juan el Salado y el señor Anselmo el ebanista,se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vinoblanco, fuerte, superior, que se subía a la cabeza con facilidadasombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once ydoce, salían dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sindar jamás el menor escándalo. Solían salir los cinco cogidos del brazo,apoyándose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huertadel convento de las Agustinas, orinaban. Después proseguían su caminosin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto,que nunca les abandonaba por completo, les sugería esta prudenteconducta. Comprendían que si hablaban poco o mucho, podían enredarse enalguna disputa. De ahí las voces y el escándalo consiguiente... Nada,nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltabanmurmurando con torpe lengua «buenas noches». El último era don Roque porvivir más lejos que ninguno.

De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborachaban aquellosvenerables ancianos todas las noches del año. Dos de ellos, don Juan elSalado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya lasconsecuencias de aquella vida. El Salado tenía una nariz que daba miedoverla: el día menos pensado se le caía sobre el libro de actas. DonSegis había padecido un ataque apoplético, de resultas del cualarrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seisarrobas.

Verdad que el insaciable capellán no se contentaba con loscuarterones de vino de la confitería. Por cada uno que se tragaba erapreciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual vertíacuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Sieran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebrapasaba delicadamente a su estómago en pequeños sorbos después que sehabía metido en la cama. «¿Pero don Segis, cómo se bebe usted tantaginebra de una vez?—No tengo más remedio—contestaba en un tonoresignado y humilde que partía el corazón.—¿Si no bebiese una copa porcada cuarterón, qué sería de mí, hijo del alma?... ¡Pasaría la nochecomo un caballo!»

Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes ymovidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesabanya poquísimas cosas en el mundo. Los asuntos más graves de la villa,los que promovían tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejordecir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que losGonzález habían despedido al capitán de la Carmen y nombrado en sulugar un andaluz.

—Cuando los González lo han hecho—afirmaba uno lenta ysordamente,—sus razones tendrían.

—Es verdad—contestaba otro al cabo de un rato, llevándose el vaso alos labios.

—Ripalda parecía un buen sujeto—afirmaba un tercero, después de cincominutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.

—Sí lo parecía—replicaba otro gravemente.

Transcurrían diez minutos de meditación. Los tertulios daban algunoscariñosos besos al vaso, que parecía de topacio. Don Roque rompe elsilencio: