El Cocinero de Su Majestad-Memorias del Tiempo de Felipe III by Manuel Fernández y González - HTML preview

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—¡Ah! ¡Dios mío! ¿si será? ¡pero no! ¡no puede ser! ¡si estabapreso! ¿Quién va?—

añadió con interés la condesa.

—¡Ah!—dijo el hombre—; yo soy, Diógenes trasegado, queanda en busca de un hombre y no le hallo.

—Y yo soy una dama andante, que busca á una mujer yno la encuentra.

Acercábanse entretanto los dos interlocutores.

—Pero hallo una mujer—dijo el de la linterna—, lo queno es poco, y me doy por bien hallado.

—Y yo—dijo la condesa con afecto—encuentro un hombre,y me doy por satisfecha.

—¡Ah! ¡doña Catalina!

—¡Ah! ¡don Francisco!

A este punto, don Francisco y doña Catalina estaban ámuy poca distancia el uno del otro, y se enviaban mutuamenteal rostro la luz de la bujía y de la linterna.

Era don Francisco un hombre como de treinta años, demenos que mediana estatura, y más desaliñadamente vestidoque lo que convenía á un caballero del hábito de Santiago,cuya cruz roja mostraba sobre el ferreruelo. Tenía la actitudvaliente del hombre que nada teme y se atreve á todo; mostrabalos cabellos un tanto más largos que como se llevabanen aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida;la ceja negra y poblada, y al través del vidrio verdoso deunas anchas antiparras montadas en asta negra, dejaba verdos grandes ojos negros, de mirada fija, chispeante, burlonay

grave

á

un

tiempo,

inteligente,

altiva,

picaresca,

desvergonzada,escudriñadora: mirada que se reía, mirada quesuspiraba, mirada pandæmonium, si se nos permite estafrase, á cuyo contacto se encogía el alma de quien era miradopor ella, temorosa de ser adivinada ó de ser lastimada;aquellos dos ojos estaban divididos por una nariz aguileñade no escaso volumen, y bajo aquella nariz y un pobladobigote, y sobre una no menos poblada pera, sonreía unaboca en que parecía estereotipada una sonrisa burlona, perocon la burla de un sarcasmo doloroso.

Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas,gran filósofo, gran teólogo, gran humanista, gran poeta, granpolítico, gran conspirador, caballero del hábito de Santiago,señor de la torre de Juan Abad, epigrama viviente, desvergüenzaambulante, gran bufón de su siglo, que acogía concarcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba ála cara.

Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos condeleite, perdonándole su cinismo, su escepticismo, su desvergüenza;ese grande ingenio á quien amamos, por lo quenos entretiene y por lo que nos enseña; ese hombre, á quienacaso ennoblecemos, ó á quien no comprendemos tal vez; esacolosal figura, colocada la mitad en luz y la mitad en sombra.

—¿Vos por aquí, don Francisco?—dijo la condesa sindisimular su alegría, alegría semejante á la de quien de unamanera inesperada tiene un buen encuentro.

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—¡Ah, doña Catalina!—¡Ah, don

Francisco!

—San Marcos llora; allá le dejo entregado á su viudez, yá los canónigos escandalizados de que Lerma se haya atrevidoá tanto: allá se quedan llorando, porque ya no tienenquien les haga llorar... de risa, y yo me vengo aturdido á lacorte, porque ya no tengo al lado, en un consorcio infame,á quien me hacía reir de... rabia.

—¡Siempre tan desesperado!—dijo con acento conmovidola joven.

—¡Y siempre vos tan buena!—dijo Quevedo, á cuyos ojosasomó una lágrima-; ¡tan buena!... ¡tan hermosa y tan desgraciada!—perocambiando repentinamente de tono, dijo:—¿conqueel rey que os casó mal, os ha desmaridado bien?

—¡Cómo! ¿sabéis?...

—Sé que por meterse en oficios de dueña, y por el pecadode torpe, anda por esas tierras desterrado el conde deLemos, mi señor.

—¡Pero vos lo sabéis todo!¡acabáis de llegar!...

—Súpelo en San Marcos, y fué un día grande para mí; elúnico de grandeza que conozco al rey Felipe III; como quedesterraba de la corte á vuestro marido, y á mí me permitíavenir á enterrarme en ella, ó mejor dicho, á enojarme.

—¡A enojaros!

—Sí por cierto, á enojarme en vuestros ojos.

—¡Ah, don Francisco!, el amor debía tener un decálogo.

—¡Torpe soy!

—¿Vos torpe?

—¡Si no os entiendo!, á no ser que el decálogo del amorempezase de esta manera: el primero, amar á la condesa deLemos sobre todas las cosas.

—Bien decís que sois torpe; el decálogo del amor debíadecir: el segundo no galantear en vano.

—Porque sé que en vanísimo enamoro, digo que viniendoá la corte, me entierro.

Pero del mal el menos; viniendo vossola, no temo que nadie pise mi alma en su sepultura.

—Acabaréis por enfadarme, don Francisco—dijo conseriedad la condesa.

—¿Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? ¿nublaroscuando yo amanezco?

—¿Es decir, que os alegráis de mi abandono?

—¡Alégrome de vuestra resurrección!

—Es que yo no me he muerto.

—Os enterraron en el matrimonio, poniéndoos por mortajaal conde de Lemos.

¿Cómo queréis que no me alegre,cuando os desamortajan y os desentierran? ¿Cómo queréisque no exclame?

Conde que te has condenado,

porque pecar no has sabido:

bien casado, mal marido,

¡guárdete Dios, desterrado!

—¡Sois terrible!—exclamó riendo la condesa.

—Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitarversos en San Marcos, que aún me duran las ansias;donde piso, dejo sátiras; de donde escupo, saltan romances;donde llega mi aliento, se clavan letrillas. Pero prometo, áfe de Quevedo, no volver á hablaros sino en lisa prosacastellana.

—¿Sin jugar del vocablo?

—Lo otorgo.

—¿Ni del concepto?

—No me atrevo á jurarlo, porque me tenéis tan presa elalma y os teme tanto, que no sabe por dónde escaparse.

—Siempre que no me habléis de amor... ya sabéisdonde vivo.

—Me aprovecharé de vuestra buena oferta, y me contentarécon adoraros en éxtasis.

—Es que yo no quiero veros idólatra. Pero dejando estaconversación, que os lo aseguro, me disgusta, ¿á dóndeíbais por aquí?

—Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, yvoy á buscarle á casa del duque de Lerma, vuestro padre,donde según dicen le habré hallado.

—¿Vais á casa de mi padre?

—No, por cierto, voy á buscar al cocinero de su majestad.

—¿Qué, se encuentra en casa de mi padre?

—Allí está prestado.

—¿Queréis hacerme un favor, don Francisco?

—¿No sabéis que podéis mandarme?

—Pues bien: os mando que llevéis esta carta á donde esesobrescrito dice.

—«Al duque de Lerma, en propia mano»—dijo Quevedo.

Y se quedó profundamente pensativo.

—¡Sé que sois enemigo de mi padre, que os pido un gransacrificio! Pero...

—¿Me lo pagaréis?...

—Os lo... agradeceré en el alma.

—¡Iré!—dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolución.

—¿Y no queréis saber el contenido de esta carta?

—Me importa poco.

—Podrá suceder...

—Me importa menos.

—Adiós—dijo precipitadamente la condesa.

—¿Por qué?...

—Suenan pasos, y se ven luces—dijo la de Lemos—. Sinos encontraran aquí juntos...

Quevedo apagó la luz de la condesa de un soplo, y luegosopló su linterna.

—¿Qué hacéis?—dijo la condesa, que se sintió asida porla cintura y levantada en alto.

—Desvanecerme con vos á fin de que no nos vean.

—Soltad, ó grito.

—Pueden conoceros por la voz.

—¡Traen luces y nos verán!

—Allí hay unas escaleras.

Y luego se oyó el ruido de las pisadas de Quevedo haciaun costado de la galería.

Luego no se oyó nada, sino los pasos de algunos soldadosque iban á hacer el relevo de los centinelas.

Uno de ellos llevaba una linterna.

—¿Qué es esto?—dijo el sargento tropezando en un objeto—uncandelero de plata con una bujía.

—Y una linterna de hierro.

—Las acaban de apagar.

—Cuando entramos había aquí una dama y un caballero.

—Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. Enpalacio y en la inquisición, chitón.

Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamentela galería.

Poco después se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo.

—Buscad mi candelero—dijo con la voz conmovida la deLemos.

—Y mi linterna—contestó con un acento singular Quevedo.

—Ved que ésta es mi mano—dijo la condesa.

—No creía que estuviéseis tan cerca de mí.

—¡Ah! ya he dado con él.

—Ya he dado con ella.

—¡Adiós, don Francisco! mañana me encontraréis todo eldía en mi casa.

—¡Adiós, doña Catalina! mañana iré á veros... si no meencierran.

—¡Adiós!

—¡Adiós!

—¡Oh, Dios mío!—murmuró la condesa alejándose entrelas tinieblas—, creo que no me pesa de haberle encontrado.¿Amaré yo á Quevedo?

Entre tanto, Quevedo, adelantando en dirección opuesta,murmuraba:

—Capítulo VI. De cómo no hay virtud estando obscuro.

Poco después extinguióse de una parte el crujir de la faldade la condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadasde Quevedo.

CAPÍTULO IV

ENREDO SOBRE MARAÑA

Quevedo salió del alcázar, se puso en demanda de la casadel duque de Lerma y se entró desenfadadamente en un destartaladozaguán, cuya puerta estaba abierta de par en par.

Aquel zaguán, hijo genuino del siglo XVI, á pesar de suirregularidad, de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamentepintadas de rojo y blanco imitando fábrica, no dejabade ser suntuoso y característico, como representante dela época de transición llamada del Renacimiento.

Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en susvanos, sostenido sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete,así como una escalera de mármol con rica balaustradadel género gótico florido, parecían demandar otras paredesy otro pavimento, menos pobres, menos rudos; unenorme farol colgado del centro del techo, otro farol más pequeñopendiente de un pescante de hierro y que compartíasu luz entre un nicho en que había un Ecce-homo de madera,de no mala ejecución, y un enorme escudo de armas talladoy pintado en madera; seis hachas de cera, sujetas áambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farolpendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eranlas luces que iluminaban el zaguán, y dejaban ver las gentesque en él había.

Eran éstas dos lacayos aristocráticamente vestidos conuna especie de dalmática ó balandrán negro, con bandasdiagonales amarillas, color y emblema de la casa Sandoval;un hombre vestido de camino, rebozado en una capilla parda,que estaba sentado en un largo poyo de piedra que corríaá lo largo de la pared en que se notaban la imagen y elescudo de armas, y una especie de matón que echado deespaldas contra una de las pilastras de la puerta, dejaba verbajo el ala de su sombrero gacho, un semblante nada simpático,y nada á propósito para inspirar confianza.

Los dos lacayos ó porteros se paseaban á la ancho delzaguán, apareados, hablando de una manera tendida, y riendocon una insolencia lacayuna; el joven embozado delpoyo, miraba de una manera hosca á los porteros, y el matónde la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilanteen el de la capilla parda, locutario del poyo.

Al entrar en el zaguán, Quevedo, que cuando iba á ciertoslugares, especialmente para entrar en ellos no desatendíaninguna circunstancia, y todo lo abrazaba de una miradarápida, oculta, hasta cierto punto, por el verdoso vidriode sus antiparras, se detuvo de repente junto al hombreque estaba en la puerta, le dió frente y le dijo encarándosele:

—¿Cómo tu aquí?

Afirmóse sobre sus plantas aquel hombre, y clavó susojos en Quevedo.

—¡Ah! ¡es vuesa merced!

—Yo te daba ahorcado.

—Y yo á vuesa merced desterrado.

—Pues encuéntrome en mi tierra.

—Y yo sobre mis canillas.

—¡Gran milagro!

—Sirvo á buen amo.

—¿A su excelencia?...

—Decís bien: porque sirvo á don Rodrigo Calderón...

—¡Criado del duque de Lerma!¿conque eres?...

—Medio lacayo...

—Medio requiem...

—Decís bien.

—¿Quién agoniza por aquí?

Lanzó el matón una rápida mirada de soslayo al hombreque estaba en el poyo.

—¡Ah!—dijo Quevedo siguiendo también de soslayo aquellamirada—. ¿Y quién es él?

—¡Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, tambiéndebo mucho á don Rodrigo y...

Sonó Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matóncambió de tono.

—¿Pero qué importa á vuesa merced?... ¿no ha perdidovuesa merced la afición á saberlo todo?

—Ven acá, Francisco; ven acá, á lo obscuro, hijo, que enninguna parte se dice mejor un secreto que donde no hayluz, ni nunca toma mejor dinero quien, como tú, gastas

vergüenza,que

á

obscuras.

Ven

acá,

te

digo,

y

si

quieres

embuchar,desembucha.

Siguió aquel hombre á Quevedo un tanto fuera de la puerta,y cuando de nadie pudieron ser vistos ni oídos, dijoQuevedo:

—El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, esmucha cosa mía.

—¡Ah!¿es cosa vuestra... ese mancebo?... ¿pero cómo leha conocido vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos?

—Ver claro cuando está obscuro, y desembozar tapados,son dos cosas necesarias á todo buen hidalgo cortesano; ymás en estos tiempos en que es tan fácil á medio rodeo darcon la torre de Segovia; ¡hermano Juara, vomita!

—No me atrevo: don Rodrigo...

—Ni acuña mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejorhierro que el que yo llevo.

—¡Pero don Francisco!

—O al son de mi bolsa cantas, ó si te empeñas en callar,hablan de ti mañana en la villa. Conque hijo, ¿qué quieredon Rodrigo con mi pariente?

—¿Vuestro pariente es ese mozo?

—Archinieto de una archiabuela mía, que era tan noblepersona que más arriba que el suyo no hay linaje que se conozca.

—¿Me promete vuesa merced guardarme el secreto, donFrancisco?

—Por mi hábito te prometo que nadie ha de saber el malconocimiento que tengo contigo. Desembucha, que ya estarde y hace frío, y no es justo que me hagas ayudarte tantoá ganar un doblón de á cuatro; y el tal doblón es de los buenosdel emperador, que anduvieron escondidos por no tratarcon herejes.

Y Quevedo sonó otra vez su bolsillo.

—El cuento es muy corto. Figuráos que yo, por orden dedon Rodrigo, estoy desde el obscurecer acechando á los quesalen del alcázar por la puerta de las Meninas.

—Palaciega historia tenemos.

—Figuráos que poco después baja una dama por las escalerillasde las Meninas, y se mete en una litera.

—¿Dama y tapada?

—Sí, señor.

¿Estás seguro que no era dueña?

—Andaba erguida y transcendía á hermosa.

—Buen olor tiene tu cuento. ¿Y quién era ella?

—No lo sé; don Rodrigo me había dicho solamente: si salede palacio una dama ancha de hombros, alta de pecho, gentily garrida, manto á los ojos, y halda hasta el suelo, sigueá esa dama.

—He aquí unas señas capaces de volver el seso á OrlandoFurioso. ¿Seguiste á la dama?

—Iba á hacerlo cuando llegó don Rodrigo.—¿Ha salido?me preguntó.—Sí, señor.—¿En litera?—Sí, señor.—¿Por dóndeva?—Por aquella calleja se ha metido.—

Don Rodrigotira adelante y yo detrás de él; henos aquí metidos en unaaventura.

Llovía...

—Aventura completa.

—Estaba obscuro.

—Mejor aventura.

—Paró la litera, y salió la dama.

—¿Entróse dónde?

—Siguió adelante.

—¡Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue.Cantas que encanta.

—Pero de repente, al volver una esquina, hétenos á la tapadaasida de un embozado.

—¿Lluvia y tinieblas? ¿tapada y embozado?... busconaadobada y pollo que miente gallo.

—Más alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara,lance tenemos; estocadas barrunto. Espada de gavilanestraigo y daga de ganchos. No se trata de que me ayudes...¡para un hombre otro hombre!

—¡Aventura con milagro!

—¿Qué milagro hay hasta ahora?

—Que don Rodrigo Calderón no vea más que un hombre,cuando tiene delante un enemigo.

—Don Rodrigo es valiente...

—Pero más valido. Y en cuanto á valor no niego que esmucho el valimiento del tal, como que de todo se vale paravalerse: ¡válame Dios con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y tenpresente de no mentir. ¿Qué hubo al cabo?

—Hubo que don Rodrigo me dijo—: No conozco á quienla acompaña; persona debe ser cuando tan tirado platican ytan despacio caminan. Podrá suceder que cuando llegueel caso ese hombre me venza. Anda y busca una ronda,Juara.

—¿Y hubo lance?

—Lance hubo.

—¿Hubo sangre?

—Hubo un desarme...

—¿Quién mandó?

—El embozado del portal.

—¡Ah! Pues no sabía yo que tenía tan buen pariente.

—Llegué con la ronda, pero tarde: seguí á ese embozadode orden de don Rodrigo, metióse aquí, pretendió pasar delas escaleras, sin conseguirlo, y hace una hora que él estáallí sentado, y que yo le estoy dando centinela.

—Por el cuento—dijo Quevedo, sacando una moneda delbolsillo—; porque pierdas la memoria—y sacó del bolsillootra moneda.

—¿La memoria de qué?—dijo Juara.

—De que me has visto en tu vida.

Y sin decir más, rebozóse y se entró gentilmente por elzaguán.

Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le mirófijamente.

—Mucho os tapáis—le dijo.

—Hace frío—contestó el otro con mal talante.

—Quien por damas se enzaguana—dijo don Francisco—,ó es tonto ó merece serlo.

—Yo os conozco, ¡vive Dios!—dijo el de la capilla poniéndosede pie y dejando caer el embozo.

—¡Mi buen Juan!—exclamó con alegría Quevedo.

—¡Mi buen Quevedo!—exclamó con no menos alegríaJuan Montiño, que él era.

-Diez años me dais de vida; ¡apretad! ¡apretad recio!

—¡Que me place! ¡siempre el mismo!

—No tal; contempladme espectro.

—¡Vos espectro!

—Quedé pobre.

—¡Pobre vos!

—Y... vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hayun mundo de por medio.

En prisiones me han tenido, y hoyá la corte me vuelvo á ser pelota de tontos y pasadizo deenredos.

—Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al mástopo cuando queréis, sois el mismísimo Quevedo de hacetres años; cinco minutos lo menos hemos estado hablandoen romance.

—¡Ah! sí, tenéis razón; sudo para hablar en prosa, ni másni menos que le acontece á Montalván cuando quiere hablaren verso, ó como al duque de Lerma cuando no encuentracosa á qué echar el guante.

—¡Por la Virgen! ¡ved que estamos en casa del duque, yque nos escuchan sus criados!

—¡Pues mejor!

—¿Mejor? no entiendo.

—Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo,llegan verdades sopladas, y ganan ciento por ciento. Perovolviendo á nosotros, ¡mal hayan, amén, los versos! se meescapan como el flato. ¡Juro á Dios!...

—¡Guardad, Quevedo!

—Decís bien; no está en mi mano; es ya enfermedad deperro; comezón, archimanía. ¿Qué buscáis aquí?

—Pretendo...

—¿Lo véis? vos tenéis la culpa.

—¿Yo la culpa?

—Sí por cierto; me buscáis el asonante.

—¡Sois terrible!

—Soy... Quevedo. ¿Habéis acompañado á una dama?

—Sí; ¿quién os lo ha dicho?

—Los enredos son mi sombra; en viniendo yo á la corte,se vienen á mi los tales á bandadas, y lo que es peor, enrédanme,me sofocan, me traen de acá para allá, me sudan yme trasudan, y ni con reliquias de santo que lleve encima,dejan de acometerme. Pero volviendo á vuestra aventura,«Erase una tapada...

—Tapada era.

—...alta y garrida...

—¡Sí!

—...ancha de hombros, alta de seno, manto á los ojos, yhalda hasta el suelo.»

—¿Conocéisla?

—No, ¿y vos?

—Tampoco.

—¿Pero no habéis reñido por ella?

—Sí.

—¿No habéis vencido?

—Sí.

—¿Y dónde la habéis dejado?

—Se fué sola.

—¿Y no venís aquí por ella?

—¡Ah! ¡no!

—¿Y no habéis vislumbrado quién ella sea?

—La tengo por principal.

—Dios os libre de un portento embozado, de un luceroentre nubes, de una mano entre rendijas, de un envido debuscona, y sobre todo, de un quiero. Desconfiad de carta dedueña como de pastel de hostería, y sobre todo, recibidmepor maestro.

¿Dónde vivís?

—No lo sé aún; ¿y vos?

—Yo... vivo aquí.

—¿Acabáis de llegar?

—Ya os lo dije; torno á esta tierra, de un destierro.

—Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fuí á buscar ámi tío á palacio; llovieron sobre mí aventuras y desventuras,porque esos porteros, á quienes Dios confunda, no han queridoavisar de mi llegada á mi tío.

—¿Y quién es ese vuestro tío?

—El cocinero de su majestad.

—¡Francisco Martínez Montiño! pues me alegro, ¡hombresois!

—¡Cómo!

—¡Ahí es nada! ¡con tío en palacio, cocinero de su majestady enredador, avaro y celoso! ¡cuando os digo que habéishecho suerte! ya veréis; ahora, si os importa ver vuestro tío,seguid á mi lado, ni más ni menos que si no os hubiesennegado la entrada; alta la cabeza, fruncido el ceño, y por nodar, que el dar daña, no les deis ni las buenas noches.

Y Quevedo tiró hacia las escaleras, desde en medio delportal donde había estado hablando con Juan Montiño.

Al ver acercarse á un caballero del hábito de Santiago, áquien habían oído hablar mal de su señor, porque Quevedohabía levantado la voz para llamar ladrón al duque, losporteros le tuvieron, sin duda, por tan amigo de Lerma, quele dejaron franco el paso inclinándose, y sin duda tambiénporque el caballero de Santiago se mostraba amigo del dela capilla parda, no se les ocurrió ni una palabra que decirle.

Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente lasescaleras:

—Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho;mas para salir de algunas, sólo sirve cruz de acero.

—¿Qué decís?—le preguntó Juan Montiño.

—Digo que al entrar aquí, no somos hombres.

—¿Pues qué somos?

—Ratones.

—¿Supongo que mi tío no será el gato?

—No, porque vuestro tío es comadreja.

—¿Dónde vais, caballero?—dijo á Quevedo un criado deescalera arriba.

Quevedo no contestó, y siguió andando.

—¿No oís? ¿dónde vais?—repitió el sirviente.

—¿No lo veis? voy adelante—contestó sin volver siquierala cabeza Quevedo.

—Perdonad—dijo el lacayo, que alcanzó á ver en aquelmomento la cruz de Santiago en el ferreruelo de don Francisco.

Entraron en una magnífica antecámara estrellada de lucesy llena de lacayos.

El lujo de aquella antecámara en la casa de un ministro,era escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael,de Pantoja, del Giotto; tapicerías flamencas; lámparas admirables;puertas de las maderas más preciosas, incrustadasde metales; estatuas antiguas; un tesoro, en fin, invertido enobjetos artísticos.

Una antecámara alhajada de tal modo, era un deslumbranteprólogo que hacía presentir verdaderas maravillas en lashabitaciones principales.

—¡He aquí, he aquí el sumidero de España!—murmuró entresu embozo Quevedo—

; ¡ah don ladrón ministro! ¡ah sanguijuelarabiosa! ¡Tántalo de oro! ¡chupador eterno!

¡paraqué se han hecho los dogales!

Y adelantó.

—Oíd—dijo Quevedo á uno que atravesaba la antecámara,llevando una fuente vacía.

—¿Qué me mandáis, señor?—contestó deteniéndose ellacayo.

—Llevad á este hidalgo á donde está su tío.

—Perdonad, señor; pero ¿quién es el tío de este hidalgo?

—El cocinero del rey.

—Seguidme—dijo el joven á Quevedo, estrechándolela mano.

—Nos veremos—contestó Quevedo.

—¿Dónde?

—Adiós.

—¿Pero dónde?

—Nos veremos.

Y volviendo la espalda al sobrino de su tío, se embozó ensu ferreruelo, y se fué derecho á un maestresala que cruzabapor la antecámara.

Al ver el maestresala que se le venía encima una figuranegra y embozada, donde todos estaban descubiertos, dió unpaso atrás.

—No soy dueña—dijo Quevedo.

—¿Qué queréis?—dijo el maestresala con acento destemplado.

—Decid á su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesade Gandía.

Dió otro paso atrás el maestresala.

—Mirad—dijo Quevedo ganando aquel paso.

Y mostró al maestresala el sobrescrito de la carta que lehabía dado la de Lemos.

—Acabáramos—dijo el maestresala—; con haber dichoque teníais que entregar á su excelencia en propia mano...

—Esta carta viene sola.

Miró con una creciente extrañeza el maestresala al bultoque tenía delante, y se entró por una puerta inmediata.

Poco después volvió y dijo á Quevedo:

—Podéis seguirme.

—Sí puedo—dijo don Francisco; y tiró adelante, siguiendoal maestresala, que después de haber atravesado algunashabitaciones más suntuosas y mejor alhajadas que lasde palacio, abrió con un llavín una mampara, y dijo áQuevedo:

—Pasad y esperad; mi señor me manda rogaros le perdonéissi tardare.

Y el maestresala cerró la mampara.

—¡Perdonar! veré si perdono—dijo Quevedo adelantando,meditabundo, en la habitación donde le habían dejado encerrado—;¡esperar! sí... tal vez... espero...

espero... he entradocon buena suerte en Madrid... y vamos... sí... yo nocreía... me ha puesto de buen humor esta pobre condesa, yhe encontrado á ese noble joven por quien únicamente vengoá Madrid. ¡Casualidades! una mujer que puede servirme,un joven á quien tengo el deber de servir, y una carta queno sé lo que contiene, pero que veré leer; y ver leer, cuandose sabe ver, es lo mismo que leer ó mejor... ¡pues bien, mejor!y la tapada que ha acompañado ese valiente Juan... ylas estocadas de ese caballero con don Rodrigo Calderón...¡enredo! ¡enredo! ¡y del enredo dos cabos cogidos! esta mismaespera me ayuda; esperemos, pero esperemos pensando.

Y Quevedo se embozó perfectamente en su ferreruelo, sesentó en un sillón, apoyó las manos en sus brazos, reclinó lacabeza en su respaldo y extendió las piernas, después de locual quedó inmóvil y en silencio.

CAPÍTULO V

¡SIN DINERO Y SIN CAMISAS!

El lacayo que guiaba á Juan Montiño le llevó por un corredorá una gran habitación donde, sobre mesas cubiertasde manteles, se veían platos de vianda.

En aquella habitación se veían además lacayos que ibany venían, entre los cuales, como un rey entre sus vasallos, seveía un hombrecillo vestido de negro con un traje nuevo depaño fino de Segovia, observándose que en las mangas ajustadasde su ropilla faltaban los puños blancos.

Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, losentregaba á los lacayos, decíales la manera que habían detener para llevarlos y servirlos, y no paraba un momento,yendo de una mesa á la otra con una actividad febril, conentusiasmo, casi con orgullo, como un general que manda ásus soldados en un día de batalla.

Aproximándose más á este hombre se notaba: primero,que tenía cincuenta y más años; segundo, que tenía los cabellosmitad canos, mitad rubio panocha; tercero, que sufisonomía marcaba á un tiempo el recelo, la avaricia y laastucia; cuarto, que á pesar de todo esto, había en aquelsemblante esa expresión indudable que revela al hombre debien; quinto, que era rígido, minucioso é intransigible conlas faltas de sus dependientes en el desempeño de su oficio;sexto y último, que emanaba de él cierta conciencia depotestad, de valimiento, de fuerza, que le daba todo el aspectode un personaje sui generis.

Por lo demás, este hombre tenía la cabeza pequeña, elcuerpo enjuto y apenas de cuatro pies de altura; el semblanteblanco, mate y surcado por arrugas poco profundas, peronumerosas; la frente cuadrada, las cejas casi rectas, los ojospequeños, grises y sumamente móviles; la nariz afilada; laboca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, elpelo de la barba, cano, lo que podía notarse en su bigote ysu perilla, porque el resto estaba cuidadosamente afeitado.

A este hombre llegó el lacayo conductor del joven, que habíaquedado á poca distancia, y le dijo:

—¡Señor Francisco Montiño!...

—¡En, dejadme en paz!, no os toca á vos—dijo el señorFrancisco tomando una fuente de plata con un capón asadoy dándole á otro lacayo.

—Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino...

—¡Mi sobrino!...—dijo el cocinero del rey—; yo no tengosobrinos; llevad bien esa ánade, Cristóbal.

—¿Sois vos el señor Francisco Martínez Montiño?—dijoJuan Montiño adelantando.

—Sí, por cierto, que así me nombro—contestó el cocinerodel rey dando á otro lacayo otro plato, y sin volverse ámirar á quien le hablaba.

—Pues entonces—repuso el joven—sois mi tío carnal,hermano de mi padre Jerónimo Martínez Montiño.

—¿Eh? ¿qué decís?—repuso el señor Francisco volviéndoseya á mirar á quien le hablaba.

Y apenas le vió su fisonomía tomó una expresión profundamentereservada.

—¡Diablo!—murmuró de una manera ininteligible—¡y esverdad! ¡y cómo se parece á!... perdonad un momento... ¡eh!¡Gonzalvillo! ¡hijo, que vertéis la salsa de la alcaparra! ¡animales!para esto se necesitan manos mejores que vuestrasmanos gallegas. ¿Conque qué decíais?—añadió volviéndoseal joven.

—Digo, que acabo de llegar—dijo Juan Montiño con ciertatiesura, excitado por el carácter repulsivo de su tío.

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—¿Pero de dónde acabáis de llegar?...

—De Navalcarnero.

—¡Ah! ¿y quién os envía?

El cocinero de Su Majestad.

—Pudiera suceder muy bien que hubiera venido sólo porconocer al hermano menor de mi difunto padre; pero no hevenido por eso; vengo porque me envía mi tío Pedro MartínezMontiño, el arcipreste.

—¡Ah! ¡os envía mi hermano el arcipreste! perdonad, perdonadotra vez; estos pajes... ¡eh! ¡dejad ahí esas fuentes; sonde la tercera vianda, venid para acá! pero señor, ¿qué hacenesos veedores? ahora tocan las empanadas de liebre, losplatillos á la tudesca y las truchas fritas.

Juan Montiño empezaba á perder la paciencia; su tío interrumpíaá cada paso su diálogo con él para acudir á cualquiernimiedad; se le iba, se le escapaba de entre las manos,y no le prestaba la mayor atención; pero si Juan Montiñohubiera podido penetrar en el pensamiento de su tío, hubieravisto que desde el momento en que había reparado en susemblante, el cocinero del rey había necesitado de todo suaplomo, de toda su experiencia cortesana para disimular suturbación.

Consistía esto en que tenía delante de sí un sobrino áquien no conocía, y del cual en toda su vida sólo había tenidodos noticias dadas de una manera tal que bastaba parameter en confusiones á otro menos receloso que el cocinerodel rey.

Veinticuatro años antes, cuando el señor FranciscoMontiño sólo era oficial de la cocina de la infanta de Portugaldoña Juana, es decir, cuando se encontraba al principiode su carrera, había recibido de su hermano Jerónimo lalacónica carta siguiente:

«Hoy día del evangelista San Marcos, ha dado á luz mimujer un hijo: te lo aviso para que sepas que tienes un criadoá quien mandar.»

Francisco Montiño se quedó como quien ve visiones: sabíaque su cuñada Genoveva era una cincuentona que jamás habíatenido hijos y que había perdido, hacia mucho tiempo, laesperanza de tenerlos; la noticia de aquel alumbramiento inverosímil,había venido de repente sin que le hubiese precedidoen tiempo oportuno la noticia del embarazo; por otraparte, la carta en que Jerónimo Montiño se confesaba padre,no podía ser más seca ni más descarnada.

Francisco Montiño leyó tres veces la carta cada vez másreflexivo, se encogió al fin de hombros, y dijo, guardandocuidadosamente la carta:

—¿Qué habrá aquí encerrado?

Era necesario contestar, y Francisco Montiño, en su contestación,se templó al tono de la carta de su hermano:

«He recibido la noticia—le decía—de que tu mujer ha dadoá luz una criatura, y me alegro de ello cuanto tú puedasalegrarte.»

Después, en ninguna de las cartas que se cruzaban periódicamenteentre los dos hermanos, volvió á nombrarse al talvástago, ni en las potsdatas que solía poner á las cartas deJerónimo, Pedro, que entonces era simplemente beneficiado.

Pasaron así veintidós años: pero al cabo de ellos, FranciscoMontiño, que ya había llegado á la cúspide de su carrerasiendo, hacia tiempo, cocinero de Felipe III, recibió unacarta de su hermano Jerónimo concebida en estos términos:

«Estoy muy enfermo; el médico dice que me muero. Si estosucede, podrá suceder que Juan Montiño, mi hijo, vaya á lacorte. Algún día podrá convenirte el que hayas servido á esemuchacho.»

—¿Qué habrá aquí encerrado?—dijo Francisco Montiñodespués de haber leído tres veces esta carta, como la otrafechada hacía veintidós años en el día de San Marcos.

Jerónimo murió al fin; habían pasado dos años sin que elseñor Francisco recibiese noticias de su sobrino, cuando susobrino se le presentó de repente como llovido del cielo yportador de una carta de su hermano el arcipreste; aquellacarta podía ser la resolución del misterio, y como este misteriose había agravado para Montiño desde el momento enque había creído encontrar en el semblante del joven ciertosrasgos de semejanza con una alta persona á quien conocíademasiado, sintió una comezón aguda por apoderarse deaquella carta; pero siempre cauto y prudente disimuló aquellacomezón, afectó la mayor indiferencia hacia su sobrino, ysólo volvió á anudar el interrumpido diálogo con el joven,después de haber dado á los pajes dos docenas de platos yseis docenas de órdenes y advertencias.

—Venid, venid acá, sobrino—dijo ya con menos tiesura,llevándole á un aposentillo situado cerca de la repostería, enel que se encerraron. He servido ya la segunda vianda, yhasta que sea necesario servir la tercera pasará un buen espacio.No extrañéis el que yo os haya prestado poca atención;con señores como el duque de Lerma, que gozan delfavor de su majestad, hasta el punto de que su majestad sequede un día sin cocinero, porque su cocinero les sirva, todadiligencia es poca. Me alegro mucho de conoceros. Sois ungentil mozo, aunque no os parecéis ni á vuestro padre ni ávuestra madre; mi hermano era así poco más ó menos comoyo, lo que no impedía que fuese un valiente soldado del rey,y mi cuñada, vuestra madre, fué en sus mocedades un tantocuanto oronda y frescota, pero era fea y morena que no habíamás que pedir; vos sois muy gentil hombre, blanco y rubio,como si dijéramos, la honra de la familia, porque ya me estáisviendo y ya sabéis lo que fué vuestro padre y lo que esvuestro tío Pedro.

—¡Ah!—dijo el joven, á quien desarmó completamente lainsidiosa charla de su tío Francisco—; vuestro pobre hermano,señor, acaso estará en estos momentos en la presenciade Dios.

Púsose notablemente pálido el señor Francisco, lo quedemostraba que amaba á su hermano.

—¡Cómo!—dijo—. ¿Pues tan enfermo se halla?

—Tan enfermo, que esta mañana, después de haber hechotestamento, me llamó y me dijo:—Juan, es necesario que tevayas á Madrid en busca de tu tío Francisco, yo me muero;es necesario que antes de que yo muera reciba mi hermanoesta carta, que he escrito con mucho trabajo esta noche.—Ysacó de debajo de la almohada esta carta cerrada y selladaque me entregó.

El joven sacó del bolsillo interior de su ropilla una gruesacarta cuadrada, en la que fijó una mirada ansiosa, pero rápida,imperceptible, el cocinero del rey.

—A vos está dirigida esta carta por mi tío moribundo—dijoel joven con voz conmovida—, y á vos la entrego. Mibuen tío Pedro, á pesar del deplorable estado en que se encontraba,me encomendó tanto que era necesario que recibieraiscuanto antes esta carta, que ensillé á Cascabel,creyendo que podría tirar todavía de una jornada, y á duraspenas he podido llegar al obscurecer. ¡El pobre jaco estátan viejo!

—¿Y cuándo salísteis de Navalcarnero, sobrino?

—Antes del amanecer.

—¡Diez horas para cinco leguas!

—Todo lo que había en casa muere; sólo quedamos vosy yo.

—¡Bah! ¡bah!—dijo Montiño guardando en los bolsillosde sus gregüescos la carta de su hermano—, no nos aflijamosantes de tiempo; vuestro tío Pedro ha estado dos vecesá la muerte, y una de ellas oleado y con el rostro cubierto.

—Pero á la tercera va la vencida—dijo el joven.

—A la tercera...

Al pronunciar Francisco Montiño estas palabras, tenía elpensamiento en la carta de su hermano.

—¿Quién sabe? ¿quién sabe?—añadió Montiño—; ya esviejo, como que nació diez años antes que yo, y he cumplidoya los cincuenta y cinco. Pero ¿qué le hemos de hacer?¿Y vos?... ¿qué sois vos?... soldado, ¿eh?

—No, señor; soy licenciado...

—¡Licenciado!... ¡no entiendo!... ¿de qué licencias habláis?...

—He estudiado teología y derecho en la Universidad deAlcalá.

—¡Ah!

—Muchas veces heme dicho: tengo un tío en palacio...bien pudiera mi tío procurarme un oficio de alcalde ó corregidor.

Fruncióse un tanto el gesto del cocinero del rey.

—Pero no he querido incomodaros—añadió el joven.

—Habéis pensado prudentemente, sobrino, porque mehubiera incomodado mucho no haber podido serviros.

—Sea como Dios quiera—dijo Juan Montiño.

La conversación había entrado en un terreno sumamenteescabroso para el cocinero mayor.

—Sobrino—le dijo—, me es forzoso dejaros; ya es tiempode servir la tercera vianda. ¿Dónde tenéis vuestra posada, áfin de que yo pueda veros?

—En ninguna parte, señor.

—¡Cómo! ¿pues dónde habéis dejado vuestro caballo?

—En las caballerizas de su majestad.

—¡Diablo!

—Y contaba también con vivir en palacio, puesto que vosvivís en él.

—¡En mi cuarto!-exclamó todo hosco el señor Francisco—;¡con una hija de diez y seis años, y una esposa deveinte, y vos joven!... ¡exponerme á las murmuraciones!

nopuede ser; buscad una posada.

—Es el caso, que no he traído dinero.

-¿Pero cómo os ha enviado así mi hermano? ¡vamos! lasgentes de los pueblos se creen que Madrid es las Indias.

—Vuestro pobre hermano, señor, aunque nada os hayadicho, vive en la miseria, atenido á la limosna de tal cualmisa, y á lo poco que yo gano enseñando latín. Pero en laenfermedad de mi tío se han ido nuestros últimos maravedises;ni aun maleta he podido traer... porque... toda mi haciendala llevo encima.

—¡Diablo! ¡Diablo! pero vos os volveréis al pueblo.

—¿Y qué he de hacer allí después de muerto mi tío, porquien únicamente permanecía en el pueblo?

—De modo, que...

—Aquí me estaré.

—¡Y os venís así á la corte, sin dinero... y aun sin camisas!

—Tío, enseñando latín se gana muy poco.

—Pero ese caballo... vendiéndolo...

—¡ Cascabel! En primer lugar, que yo quiero mucho á Cascabel,porque desde su juventud, que es ya remota, ha servidobuena y lealmente á mi padre; en segundo, que no habríanadie que diese un ducado por Cascabel, porque ni elpellejo aprovecha.

—¡Diablo! ¡diablo! ¡diablo!—murmuró Francisco Montiño—;pues bien, esperadme aquí, y después... después veremoscómo podemos salir de este compromiso en que mehabéis metido vos y mi hermano Pedro.

Y diciendo esto escapó, dejando solo al joven.

A los veinticuatro años se piensa poco en las necesidadesmateriales ni en el porvenir: el porvenir es de la juventud;á los veinticuatro anos sólo se tiene corazón; Juan Montiñoestaba profundamente preocupado con el doble recuerdo dela dama de palacio y de la tapada, que le había metido enun lance de armas, que se le había escapado, y que se habíadejado dos prendas, una voluntariamente, otra, comoquien dice, robada.

Juan no había tenido ocasión de ver aquellas prendas,que pesaban en su bolsillo, y que representaban para éltodo un mundo de esperanzas; pero cuando se encontrósólo, arrastró la silla en que estaba sentado, se volvió deespaldas á la puerta para cubrir con su cuerpo las alhajasde la vista de alguno que pudiese entrar de repente, y sacóaquellas joyas.

Por el momento le deslumbró el brillo del brazalete; estabacuajado de diamantes; su valor debía subir á muchosmiles de reales; Juan Montiño se aterró.

—¡Oh! ¿qué es esto, señor? ¿qué es esto?—dijo—; ¿quédama es esa que tan ricas, tan magníficas joyas usa? ¿ydónde iba esa dama tan engalanada? ¡oh, Dios mío! ¡y quépensará de mi esa dama! ¡si al echar de menos esta prendame tomase por un ladrón!...

La frente del joven se cubrió de sudor frió y se sintió malo.

—Pero si estos diamantes fueran falsos... puede ser muybien... si no lo fueran esa dama debía ser... veamos; examinemosbien esta alhaja.

Y Juan Montiño miró de nuevo y de una manera ansiosael brazalete.

Entonces la sangre se heló en sus venas, pasando instantáneamentedel frío á la fiebre, como si su sangre se hubieraconvertido en la lava de un volcán. Sintió un zumbido sordoen sus oídos, y delante de sus ojos una nube turbia que losempañaba.

Había visto en el centro del brazalete una placade oro, y sobre ella, esmaltadas y entrelazadas, las armasreales de España y las imperiales de Austria.

Aquella prenda era efectivamente de gran valor; pertenecía,á no dudarlo, á las alhajas de la corona.

Al reparar en aquellos dos blasones, una sospecha tremendaasaltó la imaginación de Juan Montiño:

—¿Sería la tapada que se amparó de mí la reina?

Juan Montiño había oído hablar muchas veces á Quevedo,tres años antes, en ocasión en que andaba huído en Navalcarnero,por cierta muerte que había causado en riña,muchas y picantes aventuras acontecidas en la corte: sabíaque la corrupción de las costumbres había llegado en ella alúltimo límite, que las damas más principales solían versemuchas veces, á consecuencia de sus galanteos y de susintrigas, en situaciones extraordinariamente extrañas y comprometidas;¡pero la reina!... la lengua de Quevedo, quenada respetaba, había respetado siempre á las damas de lafamilia real; acaso el gran mordedor, el gran satírico, habíaguardado silencio por consideración, por afecto, por ungalante respeto, acerca de la reina y de las infantas...

pero...

Estos peros habían hecho una devanadera de la cabezade Juan Montiño.

No podía tener duda de que aquel brazalete era unaprenda real, que había quedado por un acaso en su mano,al desasir de ella violentamente su brazo la tapada; ¿porqué la tapada llevaba aquel brazalete si no era la reina? y siera la reina, ¿por qué le había dejado voluntariamente otraprenda, la sortija?

El joven examinó la sortija.

Era de oro con una esmeralda, y muy bella, pero no podíani remotamente compararse su valor con el del brazalete.No importaba; la reina podía llevar por capricho aquellasortija: la mano de la dama tapada, estaba cuajada de ellas;Juan Montiño lo recordaba; había visto un momento aquellahermosa mano arreglando el manto, á la última luz delcrepúsculo. ¿Había elegido con intención la dama, entretodas sus sortijas, para dejarle una señal, la que tenía unaesmeralda como en representación de una esperanza?

Juan Montiño se volvía loco.

Sumido se hallaba en una confusión de pensamientos ácual más descabellados, cuando una voz que resonó á susespaldas le hizo guardar apresuradamente el brazalete y lasortija.

—¡Señor Juan Montiño!—había dicho aquella voz.

Volvióse el joven, y vió un paje que traía ropa de mesa,terciada en un brazo, en la una mano algunos platos, y enla otra dos botellas asidas por el cuello.

—¿Sois vos, señor, el sobrino del señor Francisco Montiño?—dijoel paje.

—Ciertamente, yo soy.

—Pues bien, á vos vengo.

—¿Y á qué venís?

—A serviros de cenar.

—¡Ah!

—Sí, por cierto; el señor Francisco Montiño me ha dicho:Gonzalvillo, hijo, ve á aquel aposento, y lleva, á un hidalgoque encontrarás en él, y que es mi sobrino, una empanadade olla podrida, un capón de leche, un besugo fresco cocido,un pastel hojaldrado, frutas, confituras y dos botellas delbueno, de Pinto. Sírvele bien, y si quisiere otras cosas, téngalas;como si se tratara de mí mismo.

Y el paje salió y entró repetidas veces, y acabó de cubrirla mesa en silencio y con sumo respeto, quedando atrás dospasos é inmóvil después de llenar la copa, como si se hubieratratado del mismo duque de Lerma, su señor.

Es de advertir que la vajilla era de plata cincelada.

—¿Qué habrá encontrado mi tío Francisco en la carta demi tío Pedro que así se ablanda de repente, y así me trata?—dijoel joven, que había comprendido lo bastante el carácterde su tío para extrañar aquel brillante exabrupto—;por darme de comer, mi tío me hubiera enviado un potecualquiera, en un plato de Alcorcón; ¡pero esta vajilla!

¡estasvelas de cera perfumada!... ¡estos candeleros de plata!...Vamos, mi tío tiene sin duda sus razones para adularme, yme adula á costa del duque de Lerma. ¿En qué vendrá áparar tanto misterio?

Y el joven siguió comiendo y bebiendo gentilmente, porqueá los veinticuatro años los cuidados no quitan el apetito.

CAPÍTULO VI

POR QUÉ EL TÍO DABA DE COMER DE AQUELLA MANERAAL SOBRINO

Ansioso de conocer el contenido de la voluminosa cartade su hermano, apenas se separó de su sobrino, FranciscoMontiño, cuando contra su costumbre, su vocación y su conciencia,dejó encargado el servicio de la tercera vianda, delos postres y de los licores y vinos generosos á uno de susoficiales de la cocina del rey, que le había acompañado, yse encerró en un aposentillo semejante á aquel en que habíadejado esperando á su sobrino.

Una vez allí, solo y seguro de toda sorpresa y de toda impertinencia,sacó de su bolsillo una caja de tafilete, de ellaunas antiparras montadas en plata, se las acomodó en lasnarices, acercó á sí las dos bujías, sacó la carta, rompió sunema, desdobló los tres grandes pliegos de que la cartaconstaba y los extendió delante de sí.

—Mucho ha escrito mi hermano en una sola noche, paratan enfermo como dice mi sobrino que se halla—murmurólimpiándose cuidadosamente las narices—; leamos ahora—añadiódespués de haber doblado y guardado su enorme pañueloblanco.

He aquí la carta, á cuya cabeza había una cruz, y debajolas tres iniciales de Jesús, María y José.

«Navalcarnero, á 30 de Noviembre del año del Señorde 1610.»

—¡Ah!—dijo Montiño—; ahora comprendo; estamos á 15de Diciembre; esta carta ha empezado á escribirse hacequince días, y lo que sin duda hizo anoche mi pobre hermano,fué concluirla; veamos, veamos.

«Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturasmalignas; hace algún tiempo que tomaron muy malaspecto, pero no he querido decírtelo; hoy tengo ya la certidumbrede que estas calenturas acabarán conmigo en unplazo brevísimo, y por una parte, una solemne promesa quehice á nuestro hermano Jerónimo cuando murió, y mi concienciapor otra, me obligan á traspasar á ti un gran secretode familia.

»El joven que lleva el nombre de Juan Montiño, no eshijo de nuestro hermano Jerónimo.»

—¡Ah!—exclamó interrumpiendo su lectura el cocineromayor—; bien dije yo cuando dije, que había algo encerradotras la secatura y la brevedad con que mi hermano meanunció el nacimiento de ese hijo que no es su hijo. Veamos,veamos, porque yo no sé cómo mi hermano Jerónimo, siendoquien era, pudo cargar con hijos de otro.

Y volvió á la lectura.

«No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarteque tampoco lo es de nuestra cuñada Genoveva, porquete consta que si como era virtuosa y honrada, hubierasido hermosa, habría sido un prodigio.»

—¡Pero señor!—dijo Montiño deteniéndose de nuevo—¿dequién es hijo este muchacho?

Y siguió leyendo:

«Figúrate, Francisco, que eres sacerdote, y que cuandolees esta carta, estás escuchando en confesión á un moribundo;porque yo voy á traspasar á ti, y con autorizaciónsuya, la confesión que me hizo nuestro hermano Jerónimohace veinticuatro años.»

Tomó cierta gravedad, después de la lectura del anteriorperíodo, el semblante del cocinero del rey; que el hombre,aun estando solo, toma el color que le dan los sucesos y lascircunstancias.

«Hace diez años, me dijo Jerónimo arrodillado delante demí, por una disputa impertinente maté al capitán de la compañíade que era alférez. No sé si las leyes de Dios me disculparánde aquel homicidio, pero las del honor me absuelven.Sin embargo, las pragmáticas me condenaban á muertey huí. Antes de seis meses, volvía á llevar en otro tercio,como alférez, la bandera del rey.

«Consistió esto en que cierto señor poderosísimo habíainterpuesto para con el rey sus buenos oficios, para con lafamilia del muerto, sus doblones, y en que, perdonado por laviuda y por los hijos, é indultado por su majestad, volvía algoce de mi empleo, como si nada hubiera acontecido.

»El mismo poderoso señor, que ya había hecho tanto pormi, cuidó de mis adelantos, y en muy poco tiempo llegué áteniente, á capitán después. Una bala me había dejado cojoé inútil, y me vine al pueblo, ya con los inválidos, y segurode que cuando yo faltase quedaría viudedad á mi buenaGenoveva.

»Yo no podía olvidar, ni dejar de ser agradecido, á quientantos beneficios me había hecho.

»Pero ha llegado el momento en que se me pida, si biende la mejor manera del mundo, el precio de esos beneficios.

»El magnate á quien tanto debo, ha tenido una aventuraamorosa con una dama muy principal; esta dama es casada,su marido está ausente y ella se encuentra encinta. Ha venidoocultamente al pueblo, y mi favorecedor me ha buscadotambién de una manera oculta. Por amor á lo que naciera,quiere que no sea un hombre ó una mujer que tenga queavergonzarse de su origen, y me ha suplicado que puestoque Genoveva y yo no tenemos hijos, hagamos un fingimientode embarazo de Genoveva, y demos nuestro nombrelegítimo al hijo de esa dama.

»Después de esta confesión, Jerónimo me pidió consejocomo hermano mayor y como sacerdote.

»Yo, teniendo en cuenta que cuanto Jerónimo era, hastasu vida, lo debía á aquel personaje, cuyo nombre, decía, nopoder revelarme; viendo que no se le pedía aquel sacrificio,por dinero; que no era posible, atendida la edad de Genoveva,que pudiera tener hijos á quienes perjudicase acaso elpostizo; siendo además una grandísima obra de caridad elmejorar la suerte de la criatura que naciera, le aconsejé, esmás, le reduje á que se prestase á aquel engaño, con el cualá nadie perjudicaba ni ofendía; antes bien, hacía un beneficioinmenso á un desventurado.

»En efecto, cuatro meses después se trasladó de noche,muy tarde y muy recatadamente, á casa de nuestro hermano,en una litera, una dama tapada, acompañada de un caballerocuidadosamente encubierto, y algunas horas después,á obscuras, asistida por una partera, que creía asistirá Genoveva, dió á luz aquella dama á nuestro pobre Juan.

»A pesar del peligro inminente en que ponía su vida, ladama salió de la misma manera misteriosa de casa de Jerónimoy desapareció.

»Al tercer día yo mismo bauticé á Juan como hijo legítimode nuestro hermano, y aunque todos en el pueblo extrañabanque Genoveva á sus años hubiese dado á luz un hijo,tuviéronlo á milagro, pero no desconfiaron.

»Pasaron algunos años; Juan crecía hermoso y robusto.

»A los diez años ya sabía gramática, que yo le había enseñado;trasladaba al romance á Horacio y á Virgilio, y ademásmostraba gran afición á las armas.

»Queríale Jerónimo como si hubiese sido realmente suhijo; Genoveva al morir nos encargó con las lágrimas en losojos que no le desamparásemos, y yo fenecía de placercuando mi rapazuelo corregía, á los padres graves que solíanpasar por el pueblo, el latín corrupto que vomitaban contanto exceso cuanta era su ignorancia.»

—De modo que—dijo interrumpiendo de nuevo su lecturaMontiño—, tenemos en nuestro sobrino pegadizo todo unsabio; pues mejor: al duque de Lerma le gustan los mozosde provecho. ¿Quién sabe?

Y después de meditar un momento sobre esta preguntaque se había hecho el cocinero del rey, tornó á la lectura:

«El mismo día en que Juan cumplía los doce años, paródelante de la puerta de nuestra casa un dómine vestido denegro, montado en una mula y acompañado de un mozo.Preguntó por nuestro hermano, y cuando le hubo visto ledijo: que era un eclesiástico que se dedicaba á ser ayo dejóvenes, que un caballero á quien no conocía le había dichoque nuestro hermano le había encargado de buscar una personadocta y de buenas costumbres, que acompañase á unhijo suyo, cuidase de él y le asistiese mientras hacía sus estudiosen la Universidad de Alcalá, para cuyo efecto le mandabacon una carta de recomendación. Guardó silencionuestro hermano mientras duró el mensaje, y tomando lacarta vió que el verdadero padre de Juan, aunque con unsentido doble, por el cual aunque se hubiera perdido aquellacarta no se hubiera perdido el secreto, le suplicaba enviaseá Alcalá á hacer los estudios que más le agradasen á Juan,bajo la vigilancia del bachiller Gil Ponce, hombre de virtudy conciencia, en quien podía confiarse enteramente. Añadíala carta que no había que pensar en los gastos, y concluíasuplicando encarecidamente á Jerónimo no se negase á aquellademanda. A aquella carta acompañaba una maleta, ydentro de la maleta se encontraron ropas para Juan y doscientosducados en oro.

»Nuestro hermano no tenía derecho alguno á oponerse,pero sintió grandemente que su pobreza no le permitiesesufragar los gastos de los estudios de Juan; á los tres díasabrazó llorando á nuestro rapazuelo, que partió acompañadode su ayo y llevando en el bolsillo algunos ducados de quenos desprendimos sin dolor Jerónimo y yo, aunque no nosquedaban otros tantos.

»En cuanto á los doscientos que contenía la maleta, seentregaron íntegros al señor Gil Ponce.

»Juan volvió por vacaciones.

»Por lo que había aprendido, comprendía que los maestrosde Alcalá eran dignos por su ciencia de la famosa Universidadcomplutense. En cuanto al estado de educación yde buenas costumbres en que Juan volvía, comprendí tambiénque se había tenido un gran acierto en elegir para ayode un joven al señor Gil Ponce.

»Este permaneció con nosotros durante las vacaciones, yse volvió con Juan cuando llegó el tiempo de abrirse de nuevolas aulas.

»Todos los años Jerónimo recibía una maleta llena deropa y doscientos ducados.

Cuando Juan cumplió los diezy ocho años, acompañaron á la maleta y al dinero una espaday una daga magníficas, aunque muy sencillas, como conveníaal hijo de un hidalgo pobre.

»Juan cursó en Alcalá letras humanas, teología, derechocivil y canónico; á los diez y ocho años era bachiller, á losveintiuno licenciado; montaba á caballo como si á caballohubiera nacido, y en cuanto á esgrimir los hierros, vencíaá su padre; y aun á mí mismo, que ya sabes que metouna estocada por el ojo de una aguja, me hacía sudar yandar listo. Yo le enseñé todo lo que sabía en esgrima, queno es poco, y estoy seguro de que no hay dos en la corteque le metan un tajo ó que le alcancen con una estocada.»

—¡Ah! ¡ah!—murmuró Montiño—; también le gustan á suexcelencia los mozos diestros y valientes.

Y siguió leyendo:

«Hace tres años que Juan volvió definitivamente, terminadossus estudios. Ya hacía dos que, por muerte del señorGil Ponce, iba solo á Alcalá. Sin embargo, en esos dosaños no se pervirtió, á pesar de andar entre estudiantes. Nibebe, ni juega, ni riñe; sólo tiene una afición, y ésta es muynatural á sus años: es enamorado y audaz con las mujeres.»

Dió un salto sobre su sillón al leer esto Montiño.

—¡Ah! ¡ah! bueno es saberlo—exclamó.

Y siguió la carta adelante:

«Pero ni las mujeres le engañan, ni él procura engañar ála que por inocente pudiera ser engañada.»

—¡Hum!—interrumpió el cocinero, sin dejar de leer.

«Es un mozo completo, lo que se debe en gran manera ásu padre, porque nosotros, por nuestra pobreza, no hubiéramospodido darle los estudios que se le han dado, el títuloque posee y que podrá servirle de mucho.

»Pero la conducta de su padre es hasta cierto punto extraña:sólo ha atendido á la subsistencia de su hijo mientrasha sido estudiante; pero después le ha abandonado á simismo y á nuestra pobreza.

»La circunstancia que hay también extraña es que, siendolo natural que para ir á Alcalá desde Navalcarnero se pasepor Madrid, siempre, por expresa prohibición de su padre,ha pasado junto á Madrid, dejándole á alguna distancia á laizquierda, cuando ha ido á Alcalá.

»El pobre ha vivido ayudando al escaso sueldo de su padre,y á lo poco que yo gano como sacerdote, dando leccionesde latín, algunas fuera del pueblo, costándole todos losdías un viaje.

»Hace dos años, antes de morir, me dijo nuestro hermano—:No te he dicho todo lo que sé respecto á Juan; Diosno quiere que yo viva hasta que cumpla los veinticincoaños: para entonces le espera una gran fortuna.»

—¡Una gran fortuna cuando cumpla los veinticinco años,y nació el día de San Marcos del año de...! veamos: le quedanpocos meses para cumplirlos; ¡ah! ¡ah!

¡diablo! ¡unagran fortuna! no hay como ser hijo secreto de gran señor.¿Y qué fortuna será ésta? ¡oidor en Indias! ¿quién sabe? ¡secretariodel rey! ó lo que es mejor, secretario del secretariode Estado. ¡Ah! ¡diablo! será necesario estar bien con el muchacho;¡eh! ¡eh! veamos, veamos.

«Esta gran fortuna, continuó nuestro hermano Jerónimo,está encerrada en un cofre que está guardado en aquel armarioque no se ha abierto hace veinticuatro años—

.¿Pero qué contiene ese cofre?—pregunté á Jerónimo—. Nolo sé, contestó; sólo sé que pesa mucho, y que cuando mele entregaron vi meter en él, como si se hubiesen olvidado,algunos papeles: aquellos papeles parecían como escrituras.»

Abrió enormemente los ojos Montiño y le pareció que lasletras que de allí en adelante contenía la carta eran de oro.

«Delante de mí el escribano Gabriel Pérez selló el cofre,y pegó sobre él, de modo que para abrirle es necesario romperle,un testimonio en que constaba que yo había recibidoaquel cofre cerrado el día de San Marcos de 1586.

»Yo firmé un recibo en que me obligaba á entregar aquelcofre cerrado, tal cual le había recibido, á la persona cuyonombre constase en el recibo, ó á Juan, con facultades deabrirlo, si al devolverme el recibo se expresaba en él estacircunstancia; yo transmito á ti ese cofre, por una cláusula demi testamento que te obliga á cumplir lo que yo no puedopor mí muerte.

»Después me reveló el nombre del padre de Juan, nombreilustre, nombre de uno de los españoles más grandes y másnobles que han honrado á nuestra patria, nombre que no meatrevo á escribir, porque aunque Juan me inspira mucha confianza,una carta puede perderse.

»Es necesario, pues, que te pongas inmediatamente encamino. Deja en la corte á Juan, porque al pobre muchachole sería muy doloroso verme morir. No te digas que tú vienes,para que no se empeñe en acompañarte.

»Ven, porque es necesario que ese ilustre nombre que haguardado Jerónimo durante veintidós años como un depósitosagrado, que he guardado yo después de la muertede nuestro hermano, pase á ti después de mi muerte.

»Ven, porque sólo á ti diré yo ese nombre, y eso muy bajopor temor de que lo escuchen las paredes: si cuando vengashe muerto, ese nombre bajará conmigo á la tumba.

»Como podrá suceder que llegues tarde, porque mi mal seagrava extraordinariamente de momento en momento, permítemeque respecto á Juan te dé algunos consejos quepodrán aprovecharte.

»No seas miserable ni áspero con Juan: te digo esto, porquete conozco; has amado á tus hermanos, pero has amadomás al dinero; tus hermanos han sufrido resignadamente supobreza, porque tus hermanos sabían bien que si te pedíansocorros se los hubieras enviado, pero causándote una dolorosaherida cada doblón de que te hubieras desprendido;tus hermanos no han querido hacerte sufrir; perdona á unode ellos, moribundo, el que te diga estas palabras y no veasen ellas una queja; sí únicamente justificar el consejo quevoy á darte: sé generoso con Juan; sé franco: él es sumamenteagradecido y leal, y tal persona puede llegar á ser,que si tú te haces amar de él, sea para ti su amor un tesoro;tienes además, hermano, un excelente corazón, pero eresreceloso, desconfías de todo... y luego... tu avaricia... Juanes muy generoso y muy delicado. No desconfíes de él, porqueesto le resentiría, y te lo repito, el cariño de Juan, dentrode muy poco tiempo, puede valerte mucho.

»Allá te le envío pobre de ropa y de bolsillo, pero muyhermoso, muy valiente, muy noble, casi sabio.

»¡Ah! te advierto, para lo que te pueda convenir, que hacetres años vino aquí huyendo de ciertas malas aventuras, eldocto y regocijado don Francisco de Quevedo.

Conoció áJuan, y se hicieron los más grandes amigos del mundo. DonFrancisco es un hombre que vale mucho, y que podrá servirde mucho á Juan. Y cuando Quevedo, que es un hombre queestrecha muy pocas manos de buena fe, distingue y ama y nomuerde con su sangrienta burla á nuestro hijo, mucho debeéste de valer.

»Allá te lo envío: sale de aquí sin un maravedí y sin unacamisa. Cuando llegue á esa, llegará hambriento, cansado,mojado: préstale mesa á que sentarse, ropa con que mudarse,lecho en que descansar; no le niegues nada de esto,Francisco; recuerda que tu hermano y yo le hemos amadocomo si fuera un hijo de nuestra sangre, y que yo, que nuncate he pedido nada, te lo suplico desde el borde de misepultura.

»Sobre todo ven al instante, porque me siento morir.—Tuhermano que desea verte un solo momento y expirar entus brazos,

PEDRO MARTÍNEZ MONTIÑO.»

Enjugóse el cocinero del rey dos lágrimas enormes que lehabía arrancado el final de la carta de su hermano, la guardócuidadosamente en un bolsillo y se puso á pasear por lapequeña estancia, profundamente pensativo.

—Sí, sí, es preciso—dijo al fin—; me le ha endosado; prescindiendode que llegue á ser ó no ser, yo no puedo... vamos,de ningún modo; un mozo hermoso, y esto es verdad,que ha sido estudiante, que le gustan desordenadamente lasmujeres, y que puede dar un chirlo al lucero del alba... no,no... es imposible que yo tenga á este mancebo en mi casa...mi mujer, mi hija... gracias á que las tengo seguras guardándolasy cerrando mi puerta á piedra y lodo; y luego noteniéndole en mi casa, échese vuesa merced el cargo de pagarleun día y otro la posada durante quince meses; no, señor;será preciso que el duque de Lerma le dé un oficio... esverdad que cualquier oficio, por pequeño que sea el que medé el duque, podría valerme algo, y en estos tiempos... perodel mal el menos. ¡Ah! me olvidaba de que ha salido sin almorzarde Navalcarnero. ¡Hola! ¡eh!—dijo abriendo la puertay entrando en la repostería—

Gonzalvillo, hijo, ven acá.

Acercóse un paje.