El Cocinero de Su Majestad-Memorias del Tiempo de Felipe III by Manuel Fernández y González - HTML preview

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—¿Y no tendréis compasión de mí...?

—Escuchadme y servidme.

—Os serviré.

—Desde aquí voy á seguir sola.

—¡Sola!

—Sí. Allí, junto aquella puerta, hay un hombre parado. Esnecesario que ese hombre no pueda seguirme.

—No os seguirá.

—Evitad matarle, si podéis. Con que le entretengáis unbreve espacio estaré en salvo.

—¿Pero nada me decís? ¿Ninguna señal vuestra me dais?

—¡Ah! ¿queréis una señal? Tomad.

—¿Y qué es esto...?

—Tomadlo.

—¡Una joya!

—No, una señal. Y oíd: seguid guardando un profundosecreto acerca de vuestras dos aventuras conmigo. Vos nohabéis estado en la portería de damas, vos no habéis oídonada. Sobre todo no sospechéis, no os atreváis á adivinarque quien ha pronunciado aquellas graves palabras, hasido...

—¡La reina!

—Sí—dijo la tapada inclinándose al oído del joven y convoz ardiente y entrecortada—: era la infeliz Margarita deAustria. Ya veis si confío en vos.

Deteniendo á ese hombreque me sigue, servís á su majestad. Sed caballero y leal,y tened por seguro que aunque no volváis á verme vuestrafortuna ha de dar envidia á muchos.

—¡Oh! ¡esperad! ¡esperad, señora!

—¿No os he dejado una prenda?

—Pero...

—No puedo detenerme más. Adiós; impedid que esehombre me siga. Adiós.

Y la tapada tiró una calleja adelante.

El bulto que estaba parado á alguna distancia, adelantó ábuen paso.

—¡Eh! ¡atrás! ¡no se pasa!—dijo nuestro forastero, echandoal aire la daga y la espada.

El que venía hizo un movimiento igual, y sin decir unapalabra, embistió al joven.

—Os aconsejo que os vayáis—dijo éste, acudiendo alreparo de los golpes que le tiraba el embozado—, porque sino os vais, os va á suceder algo desagradable. ¡Hola!

¿se meos venís con estocadas? ¡perfectamente! pero es el caso queyo no quiero mataros, amigo mío.

Echó fuera dos ó tres estocadas bajas, y aprovechandoun descuido del contrario, le dió un cintarazo encima delsombrero.

—Eso ha podido ser un tajo que se os hubiese entradohasta los dientes—dijo el joven pronunciando esta nota conuna calma admirable.

El otro redobló su ataque.

—Es el caso que yo no quiero mataros—dijo el sobrinode su tío—; no por cierto: sería bautizar mi entrada en Madridcon sangre. ¡Ah! ¿os empeñáis? pues... allá voy, camarada...

Y se cerró en estocadas estrechas, obligando al contrarioá repararse con cuidado.

—¡Ah! ¡ah!—murmuró el joven—; en la corte no sabenmás que echar plantas; paréceme que ya le tengo para eldesarme de mi tío el arcipreste. ¡Veamos! ¡Pobre hombre!¡Bah! ¡estáis preso! ¡Sois mío!

El forastero había cogido á su contrario en el momentoen que tenía puesta su daga sobre la espada, cerca de suempuñadura; había metido una estocada baja y diagonalpor el ángulo estrecho formado por la daga y por la espadadel incógnito y había hecho una especie de trenza con lostres hierros, sujetándolos contra el muslo izquierdo de sucontrario.

Era un desarme completo; el enemigo no podía valersede sus armas; entre tanto, al forastero le quedaba francala daga para herir, pero no hirió.

—Idos—dijo al otro—; puedo mataros, pero no quieroasustar á mi buena suerte tiñéndola de sangre la primeranoche que entro en Madrid; envainad vuestros hierros yvolvéos por donde habéis venido.

Y diciendo esto sacó su espada del desarme, se retiró dospasos del otro, que había quedado inmóvil, y luego se embozóy tiró la calle adelante por donde había desaparecido latapada.

El vencido quedó solo, inmóvil; un momento después dehaberse alejado su generoso vencedor, relumbraron lucesen una calleja y adelantó un hombre, á quien seguían otroscuatro.

Aquellos hombres eran alguaciles y traían linternas.

CAPÍTULO II

INTERIORIDADES REALES

Doña Juana de Velasco, duquesa viuda de Gandía, era camareramayor de la reina.

La viudez ú otras causas que no son de este lugar, habíanempalidecido su rostro y poblado, aunque ligeramente, decanas sus cabellos.

Pero, á pesar de esto, el rostro de doña Juana era bastantebello, dulcemente melancólico, y sobre todo expresaba deuna manera marcada la conciencia que la buena señora teníade su nobleza, que, según los doctores del blasón, se remontabanada menos que á los tiempos de la dominaciónromana.

Satisfecha con su cuna, con la posición que ocupaba enla corte y con sus rentas, que la bastaban y aun la sobrabanpara destinar parte de ellas á la caridad, doña Juana deVelasco, ó sea la duquesa de Gandía, era feliz, salvo algunosimportunos recuerdos de su juventud.

No se crea por esto que la camarera mayor de la reinagozaba de una manera pasiva de su buena posición, ni quede tiempo en tiempo no la molestase algún grave disgusto.

Si la duquesa de Gandía no hubiese funcionado como unarueda, más ó menos importante, en la máquina de intrigasobscuras que estaba continuamente trabajando alrededor deFelipe III, no hubiera sido camarera mayor de la reina.

La duquesa de Gandía era acérrima partidaria de donFrancisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma, marquésde Denia y secretario de Estado y del despacho.

Tenía para ello muy buenas razones, porque sólo apoyándoseen buenas razones, podía ser amiga del duque la virtuosaduquesa.

Dotada de cierta penetración, de cierta perspicacia, comprendíala duquesa que Felipe III, si bien era rey por un derecholegítimo, que nadie podía disputarle, era un rey queno era rey más que en el nombre.

Sabía perfectamente la duquesa, sin que la quedase lamenor duda, que Felipe III era miope de inteligencia; quesólo había heredado de su abuelo Carlos V ciertos rasgosdegradados de la fisonomía; que el cetro se convertía en susmanos en rosario; que era débil é irresoluto, accesible ácualquiera audacia, á cualquiera ambición que quisiera volverleen su provecho, y lo menos á propósito, en fin, pararegir con gloria los dilatadísimos dominios que había heredadode su padre.

La duquesa para decirlo de una vez, estaba plenamenteconvencida de que el rey necesitaba andadores.

La duquesa estaba también completamente convencidade que el duque de Lerma venía á ser los andadores de FelipeIII.

El carácter tétrico del rey; su indolencia; su repugnancia,mal encubierta, á la gestión de los negocios públicos; sufalta de instrucción y de ingenio, hacían de él un rey vulgarísimo,en el cual ningún ministro podía apoyarse confiadamente,puesto que cualquiera intriga mal urdida bastabapara dar al traste con el favorito y para establecer esa sucesiónruinosa de gobernantes egoístas é interesados que,desprovistos de todo pensamiento noble y fecundo, alentadossólo por una ambición repugnante, dan el miserable espectáculode una lucha mezquina, que acaba por empequeñecer,por degradar á la nación que sufre con paciencia estavergonzosa guerra palaciega.

El duque de Lerma, que después de una larga vida de cortesano,que le había hecho práctico en la intriga, llegó á serárbitro de los destinos de España como ministro universalal advenimiento al trono de Felipe III, se había visto obligado,desde el principio de su privanza, á rodear al rey dehechuras suyas, á intervenir hasta en las interioridades domésticasde la familia real, y, lo que era más fatigoso y difícil,á contrabalancear la influencia de Margarita de Austriaque, menos nula que el rey, quería ser reina.

Esto era muy natural; pero por más que lo fuese no conveníaal duque de Lerma, que quería gobernar sin obstáculosde ningún género.

La duquesa de Gandía, pues, con muy buena intención, ycreyendo servir á Dios y al rey, era el centinela de vistapuesto por el duque junto á la reina.

Servía la duquesa á Lerma tan de buena voluntad, con tanbuena intención, ya lo hemos dicho, como que creía quetodo lo que faltaba á Felipe III para ser un mediano rey, sobrabaá Lerma para ser un buen ministro.

Militaban además en el ánimo de la duquesa en pro delfavorito, razones particulares de agradecimiento.

La duquesa era madre.

Lerma favorecía abiertamente á su hijo, el joven duque deGandía, confiriéndole encargos altamente honoríficos.

Por rico y por noble que sea un hombre, hay ciertos cargosque enaltecen su posición, que aumentan su brillo.

La duquesa de Gandía estaba con justa causa agradecidaal duque de Lerma.

Y como los bien nacidos no excusan nunca obligaciones ásu agradecimiento, la duquesa servía á Lerma por conviccióny por deber.

Pero era el caso que Lerma tenía más vanidad que perspicacia,y solía suceder que construyese sus más soberbiosedificios sobre arena.

Así es que con frecuencia se equivocaba en la elecciónde sus instrumentos, tomando lastimosamente la adulaciónpor afecto y el servilismo por solicitud.

El duque de Lerma se había creado sus enemigos en susmismos instrumentos, y debía conservar el poder hasta elmomento en que, robustecidos por él sus adversarios, se encontrasenbastante fuertes para derrocarle.

Respecto á la duquesa de Gandía, la equivocación de Lermahabía sido de distinto género: ella le servía de buena fe,pero la duquesa no servía para el objeto á que la había destinadoel duque.

Porque la reina era más perspicaz, y sin ser un prodigio,porque en los tiempos de Felipe III, los prodigios personificadoshabían dejado completamente de manifestarse en España;sin ser un prodigio la reina, tenía un claro talento, ymaravillosamente desarrollada esa cualidad que se llamaastucia femenil.

Desde el principio comprendió Margarita de Austria quesu camarera mayor era un instrumento de Lerma, y no lerompió porque prefería un enemigo de quien podía burlarse,á arrostrar el peligro de que, más precavido el duque, ó másatinado en una segunda elección, la pusiese al lado una influenciamás temible.

La reina, pues, procuró neutralizar el poder de Lerma respectoal insuficiente espía que la había puesto al lado, colmandode favores y distinciones á la duquesa y demostrándolaun cariño de amiga, más que de soberana.

La duquesa tragó el anzuelo, y no vió de la reina más quelo que la reina quiso que viese.

Lerma no logró, pues, nunca saber á lo que debía atenerseá ciencia cierta respecto á la reina.

La duquesa creía verlo todo, y halagada de una parte porlos favores del favorito, y de otra por el cariño traidor de lareina, vivía tranquila y feliz, salvo algunos disgustos inherentesá su posición, inevitables.

Como mujer de Estado, tenía satisfecha su vanidad, creyéndoseuno de los primeros y más importantes resortes delgobierno.

Como mujer particular, había pasado de la edad de laspasiones, gozaba del respeto y de la consideración de todoel mundo, y pasaba la parte de vida que la dejaban libre losdelicados deberes de su alto cargo, rezando, leyendo vidasde santos ó durmiendo.

De lo expuesto se deduce que la duquesa de Gandía vivíasoñando.

Y como la vida es sueño, vivía.

Para algo hemos presentado á nuestros lectores esta señora.

Ella va á servirnos de medio para empezar á conocer deuna manera gráfica, por decirlo así, á uno de los más importantespersonajes de nuestro drama.

Aquella misma noche en que acontecieron al sobrino desu tío las extraordinarias aventuras que dejamos relatadasen el capítulo anterior, y cabalmente en los momentos en queel joven sostenía su extraño diálogo con la dama encubierta,doña Juana de Velasco estaba sentada en un ancho sillón forradode terciopelo, al lado de una mesa, leyendo á la luz delos dobles mecheros de un enorme velón de plata, un no menosenorme libro á dos columnas, mal impreso y cuyo papelera fuertemente moreno.

Aquel libro tenía por título: Miedos y tentaciones de SanAntonio Abad.

La habitación en que la duquesa se encontraba era unaextensa cámara del alcázar, cuyas paredes estaban cubiertasde damasco rojo, y adornadas con enormes cuadros delTiziano, de Rafael y de Pantoja de la Cruz.

El techo, obscuro, de pino, tallado profundamente, segúnel gusto del Renacimiento, estaba, á causa de su altura, casiperdido en la sombra, que no alcanzaba á disipar la insuficienteluz del velón; acontecía lo mismo respecto á las paredesque, veladas por una penumbra opaca, hacían aparecerde una manera extraña y descompuesta las figuras de loscuadros; y el fuego brillante de un brasero colocado á ciertadistancia, en la sombra, contribuía á dar cierto aspecto fantásticoy siniestro á aquella silenciosa cámara, en la cual nose veía de una manera determinada más que el plano de lamesa en que estaba el velón, parte de la pared, en que proyectabauna sombra fuerte la pantalla, y medio cuerpo dela duquesa, con su toca blanca y su vestido negro, leyendoen silencio y con una atención gravísima.

No se oía ruido alguno, á excepción del zumbar del viento,y el chasquido de una ventana que el viento cerraba de tiempoen tiempo, produciendo un golpe seco y desagradable.

La duquesa seguía engolfada en su lectura.

De repente se estremeció y palideció.

Había llegado á un pasaje en que el demonio estaba retratadotan de mano maestra, que la duquesa tuvo miedo, ycerró el libro santiguándose.

Un segundo estremecimiento más profundo, más persistente,se dejó notar en doña Juana, que exhaló un grito y sepuso de pie aterrada.

No podía ser el libro lo que había causado este nuevoterror.

En efecto, había sido distinta la causa.

La duquesa había visto abrirse una de las paredes de lacámara, y salir por la abertura una sombra negra.

Su sobresalto, pues, era muy natural.

Pero sobre los hombros de la figura negra, había unacabeza blanca con sus correspondientes cabellos rubios.

Era, pues, un hombre lo que la duquesa había tomado poruna aparición del otro mundo.

—¡Chists! ¡no gritéis, mi buena doña Juana!—dijo aquelhombre poniéndose un dedo sobre los labios—; ¿no veis quevengo solo y de una manera misteriosa?

—En efecto, señor, y me habéis dado un buen susto—dijola duquesa.

—Vos no sabíais que en las habitaciones de la reinahabía puertas ocultas, ¿eh? pues ni yo tampoco.

—Pero vuestra majestad... si saben...

—Os diré: nadie puede saber nada, porque he venido emparedado.

—Dejad, dejad que vuelva de mi susto, señor; ¿conquees decir que si no hubiera sido vuestra majestad...?

—Eso digo yo: en nuestro alcázar tenemos entradas y salidasque no conocemos; de modo que si algún miserablecomo Ravaillac conoce estos pasadizos, estamos expuestosá morir de la muerte del rey de Francia.

—En España no hay regicidas, señor: además, vuestramajestad es un rey justo y bueno y no tiene enemigos.

—Dicen que Enrique IV era un buen rey.

—Pero hereje...

—¡Ah! por la misericordia de Dios, somos buenos hijos deRoma. Sin embargo, ¡si supiérais, doña Juana, de qué manerahe sabido que se puede venir de mi cámara á la de la reinasin que nadie lo sepa!

—¿Pues cómo? ¿no conoce vuestra majestad á quien selo ha revelado?

—Cerrad las puertas, doña Juana, cerradlas, que no quieroque nadie nos vea, y venid á sentaros después conmigojunto al brasero. Hace frío, sí, sí por cierto, mucho frío. Tenemosque hablar largamente.

Mientras que la duquesa de Gandía cierra las puertas,toda admirada y toda cuidadosa, examinemos al rey, que sehabía sentado junto al brasero y removía el fuego aspirandosu calor con un placer marcado.

Felipe III sólo tenía entonces treinta y tres años, pero supalidez enfermiza y la casi demacración de su semblante lehacían parecer de más edad; su frente era estrecha, sus ojosazules no tenían brillo, ni el conjunto de sus facciones energía;el sello de la raza austriaca, ennoblecido por el emperadorDon Carlos, estaba como borrado, como enlanguidecido,como degradado en Felipe III; aquella fisonomía no expresabani inteligencia, ni audacia, sino cuando más la tenacidadde un ser débil y caprichoso; el labio inferior, grueso,saliente, signo característico de su familia, no expresaba yaen él el orgullo y la firmeza: había quedado, sí, pero un tantocolgante, expresando de una manera marcada la debilidady la cobardía del alma; aquel labio en Carlos V había representadola majestad altiva y orgullosa: en Felipe II, el despotismosoberbio; en Felipe III, nada de esto representaba: niel dominador, ni el déspota se había vulgarizado, se habíadegradado; no era un rasgo, sino un defecto.

Añádase á esto un cuerpo delgado y pequeño, caracterizadocon el aspecto fatigoso de un cansancio habitual, yeste cuerpo embutido dentro de un traje de terciopelo negro;añádase un cordón de seda del que cuelga sobre el pechoel toisón de oro; un pequeño puñal de corte, pendiente deun cinturón tachonado de pequeños clavos de plata, y alotro lado un largo rosario negro sujeto al mismo cinturón, yse tendrá una idea de Felipe III, tal cual se presentó á laduquesa de Gandía.

—¿Habéis cerrado ya, doña Juana?—dijo el rey, despuésque hubo removido á su placer el brasero y colocádose enla posición más cómoda que pudo.

—Sí, señor.

—¿Es decir, que no puede escucharnos nadie?

—Nadie, señor.

—Sentáos.

Sentóse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y ácorta distancia del rey.

—Acercáos, acercáos, doña Juana; hace frío... y sobretodo, tenemos que hablar largamente y á corta distancia, áfin de que podamos hablar muy bajo: vengo á buscaroscomo un amigo; como un amigo que se confiesa necesitadode vos, no como rey.

—Vuestra majestad puede mandarme siempre.

—No tanto, no tanto, doña Juana; ya sé yo que servíscon el alma y la vida...

—A vuestra majestad.

—Ciertamente; sirviendo á Lerma, me servís, porque elduque es mi más leal vasallo.

—Lo podéis afirmar, señor... el duque de Lerma...

—El duque de Lerma me sirve bien; pero aquí, entre losdos, doña Juana, me tiraniza un tanto; á pretexto de que lareina es enemiga suya, me tiene casi divorciado; y la reina...está ofendida conmigo... ya lo sabéis.

La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la sucedíaera un verdadero compromiso, porque, al fin, el rey erael rey.

La rígida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo á lacual raras veces se encontraba el rey libre de una numerosaservidumbre, había impedido hasta entonces que Felipe IIIla abordase con libertad, en su cualidad de cancerbera dela reina; pero aquella desconocida comunicación secreta, lahabía entregado sin armas y, lo que era peor, desprevenida,á una entrevista particular con el rey.

La duquesa se calló, no encontrando por el pronto otracontestación mejor que el silencio.

Alentado con este silencio, el rey añadió:

—Vos misma conocéis la razón con que me quejo. Lermaes demasiado receloso, demasiado, y no sé qué motivopueda tener para desconfiar de la reina, para impedirme milibre trato con ella.

—Nunca, que yo sepa, se ha cerrado á vuestra majestadla puerta de la cámara de su majestad, ni yo, como camareramayor, lo hubiera permitido.

—Sí; pero yo creo que las paredes de la cámara de lareina oyen.

—Podrá suceder—respondió la duquesa con intención—,si las paredes de la cámara de su majestad tienen pasadizoscomo ese.

Y la duquesa señaló la puerta secreta que había quedadoabierta.

Sea como fuere—dijo el rey—, cuando Lerma sabe queyo voy á ver á la reina, sabe todo lo que la reina y yohablamos.

—Protesto á vuestra majestad que ninguna parte tengo...

—No, no digo yo eso, ni lo pienso, doña Juana; perocuando la expulsión de los moriscos... la reina creía que eledicto era demasiado riguroso... pretendía que los reinos deGranada y Valencia iban á quedar despoblados... me indicóotros medios...

estábamos solos la reina y yo... al díasiguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio yme hizo comprender con buenas palabras que lo sabíatodo... es más: extremó los rigores, sin duda saludables, dela ejecución del edicto, y yo tuve después con la reina unserio disgusto; ahora, con la expedición de Inglaterra, la reinapretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz... Lerma haenviado allá á don Juan de Aguilar y la reina se ha negadoá recibirme de todo punto.

Detúvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesano contestó.

—¿Pero no se os ocurre nada que decirme, doña Juana?—dijoel rey, en el cual se iba haciendo cada vez más visiblela impaciencia—; estáis como asustada...

—En efecto, señor, vuestra majestad acaba de decirlo:estoy asustada, y suplico á vuestra majestad que... señor...perdonadme, pero no se me ocurre nada...

—Pues ello es necesario que se os ocurra, señora mía—insistióel rey con un tanto de aspereza—; preciso... yo nocontaba con encontrar á nadie, porque el papel que me handejado decía...

—¡Ah! ¡el papel que han dejado á vuestra majestad...!

—¡Qué! ¿no os he contado...?

—Vuestra majestad me ha dicho...

—Que no sabía nada acerca de estos pasadizos, y eso esmuy cierto. Pero... os exijo el más profundo secreto—exclamóinterrumpiéndose y con una gravedad, verdaderamenteregia, el rey.

—¡Señor! ¡señor! ¡mi lealtad!

—¡Sí! ¡sí! ya sé que la lealtad á sus reyes, es una virtudmuy antigua en la noble familia de los Velascos. Y hace frío...

La duquesa removió de nuevo el brasero.

—Del mismo modo os exijo secreto, un secreto absoluto,acerca de lo que está sucediendo.

—¿Pero qué está sucediendo, señor?

—Sucede que yo estoy hablando mano á mano y á solascon vos.

—Lo que me honra mucho.

—Pues bien; que nadie sepa, doña Juana, que habéis sidohonrada de este modo...

vos no me habéis visto.

—Crea vuestra majestad, señor...

—Sí, sí, creo que después de lo que os he dicho, seréisdiscreta. Pero estamos pasando lastimosamente el tiempo.

Y el rey fijó una mirada vaga en la puerta que correspondíaá la recámara de la reina.

Aquella mirada hizo sudar á la duquesa.

—Sabed—dijo el rey, acercándose más á doña Juana yen voz sumamente baja—

que mi confesor ha estado encerradogran parte de la tarde conmigo.

Detúvose el rey, y la duquesa sólo contestó abriendo mucholos ojos, porque no sabía á dónde iba el rey á parar.

—Fray Luis de Aliaga, me habló de muchas cosas gravesque no vienen á cuento...

pero tened presente que mi buenconfesor estaba solo conmigo.

Interrumpióse el rey, y la duquesa, por toda contestación,volvió á abrir desmesuradamente los ojos.

—Estaba solo conmigo y encerrado—continuó el rey—,¿entendéis bien, duquesa?

solo conmigo y encerrado...

—Sí, sí, señor, entiendo á vuestra majestad.

—Pues bien—dijo el rey soslayándose en el sillón y buscandoen uno de los bolsillos de sus calzas—, cuando elpadre Aliaga salió, me encontré sobre mi mesa esta cartacerrada, puesta á la vista y que, como veis, dice en su sobrescrito:«A su majestad el rey de España».

La duquesa miró el sobrescrito y continuó callando.

—Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que porcierto no es muy larga, pero que, á pesar de su brevedad,es grave, gravísima: sí; ciertamente, muy grave.

Fijó el rey su mirada en la duquesa, que persistió en susilencio.

—Acercad la luz, doña Juana—dijo el rey.

Levantóse la duquesa, tomó el velón y continuó de piejunto á Felipe III, alumbrándole.

—Oíd, pues: oíd, y ved á cuánto os obliga mi confianza.

—Vuestra majestad no puede obligar más, á quien estátan obligada, señor.

—No importa, oíd.

Y el rey se puso á leer:

«Sacra católica majestad: Los traidores que os rodean...»

Dejó el rey de leer, levantó los ojos y miró á la duquesa,que estaba verdaderamente asustada.

—¡Los traidores que me rodean!—dijo el rey—¿qué decísá esto?

—Digo, señor, que no lo entiendo—contestó la duquesa.

—Ni yo tampoco—repuso el rey—; yo creo que estoy rodeadode vasallos leales.

—Alguna miserable intriga...

—Oíd: «los traidores que os rodean, os tienen separado desu majestad la reina...»

Interrumpióse de nuevo el rey.

—En esto de tenerme separado de la reina, tienen mucharazón, y no tenéis en ello poca parte, doña Juana.

—¡Jesús, señor!—exclamó la duquesa, que á cada momentoestaba más inquieta.

—Como que sois muy grande amiga de Lerma.

—Yo... señor...—contestó con precipitación la camareramayor—cuando se trata del servicio de mis reyes...

—Seguid oyendo... «os tienen separado de la reina: es necesarioque este estado de cosas concluya...»

Dejó el rey de leer.

—Y yo también lo creo así—dijo—; en cuanto á lo de nover libremente á mi esposa... en esta parte piensa como yoel autor incógnito; pero prosigamos.

Y el rey inclinó de nuevo la vista sobre la carta:

—«...es necesario que este estado concluya, pero ni loconseguirá vuestra majestad de Lerma, ni tendrá bastantevalor... ¡para hacerse respetar!»

—Eso es una insolencia, señor—dijo la duquesa—: quienescribe esto á su rey, no puede ser más que un traidor.

—Eso dije yo... pero más abajo hay algo en que este traidorme sirve mejor que me sirven mis más leales vasallos,inclusa vos, doña Juana.

—¡Señor!—exclamó toda turbada la duquesa.

—Vais á juzgar—dijo el rey continuando la lectura—:«pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de lacamarera mayor...»

—¡Oh, Dios mío!—exclamó la duquesa—: perdóneme vuestramajestad si le interrumpo, pero... me parece que el queha escrito esta carta me cuenta entre el número de los traidores.

—¿Quién dice eso? y aunque lo dijesen, ¿creéis que yome dejaría llevar de carteles misteriosos? Si he dado importanciaá éste es porque dice algunas verdades, y, sobretodo, porque ha producido un hecho.

—¡Un hecho!

—Ciertamente: que yo conozca estos pasadizos. Pero continuemos,que se pasa el tiempo y esta cámara es tan fría...

Inclinóse un tanto la duquesa, y sin dejar de alumbrar alrey, removió de nuevo el brasero.

El rey leyó:

—«...pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma nide la camarera mayor, esto es, hablar con su majestad lareina en su misma cámara, sin temor de ser escuchados pornadie, va á procurároslo quien, no sirviéndoos por interésalguno, sino por su lealtad, os oculta su nombre. Buscad debajode las almohadas de vuestro lecho: encontraréis un llavínde punta cuadrada; id luego al armario donde tenéisvuestros libros de devoción, y junto á la pared, por la parteque mira á vuestro lecho, encontraréis un agujero cuadradotambién; meted en él el llavín, dad vuelta, y el armario seabrirá, dejándoos franco un pasadizo; seguidle en línea recta:á su fin encontraréis una puerta que abriréis con el mismollavín, y os encontraréis en las habitaciones de... vuestraesposa.»

El rey dobló la carta lentamente, se soslayó de nuevo, y laguardó en su bolsillo.

—¿Qué decís á esto, doña Juana?—la preguntó el rey.

La duquesa se había quedado con el velón en posición dealumbrar al rey y hecha una estatua.

—Dejad, dejad el velón, y venid á sentaros frente á mi.Dios me perdone, pero juraría que estábais temblando.

—¡Ah, señor!—dijo la duquesa, que había dejado el velón,volviendo y juntando las manos—; ¡cuando pienso que untraidor puede llegar hasta aquí impunemente!

—Hasta ahora sólo ha entrado el rey; pero sentáos, sentáosy escuchadme bien: exceptuando lo mal que os trata á Lermay á vos, yo no sabría con qué pagar á quien me ha procuradolos medios de llegar hasta aquí... de poder entenderme buenamentecon vos: yo hubiera preferido que esa puerta hubiesedado inmediatamente al dormitorio de la reina.

—¡Cómo, señor! ¿pesa á vuestra majestad haberme encontrado?

—No me pesaría si no fuéseis tan amiga de Lerma, ó siLerma no creyera que la reina le quiere mal, aunque en esecaso, para nada necesitaba yo de pasadizos.

—Pero, señor, para mí, vuestra majestad, después de Dios,es lo primero.

—Sí, sí, lo creo... pero... estoy seguro de que... me opondréisdificultades.

—¡Dificultades! ¡á qué!

—Mirad, doña Juana, yo amo á la reina.

—Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosay por discreta.

—La amo más de lo que podéis creer, y vos y Lerma meseparáis de ella.

—¡Yo, señor!...

—Siempre que he pretendido atraeros á mi bando, á mipacífico bando, os habéis disculpado con las obligacionesde vuestro cargo, con que necesitábais llenar las fórmulas,con que la etiqueta no permite al rey ver á su consorte, comootro cualquier hombre... y yo quiero verla con la libertadque cualquiera de mis vasallos ve á su mujer... ¿lo entendéis?

—Sí; sí, señor, pero...

—Os prometo que nadie lo sabrá: que ese pasadizo permanecerádesconocido para todo el mundo; que aunque lareina quiera hablarme de asuntos de Estado...

—¿Vuestra majestad me manda, señor, que le anuncie ásu majestad la reina?—dijo la duquesa levantándose.

—No, no es eso... no me habéis entendido, doña Juana; yono os mando, os suplico...

—Señor—dijo la duquesa inclinándose profundamente.

—Sí, sí, os suplico; quiero que reservada, que secretamente,me procuréis la felicidad que tiene el último de misvasallos: la de poder amar sin obstáculo á su familia; mirad,hablaremos muy bajo la reina y yo... no os comprometeremos...

—Vuestra majestad no puede comprometer á nadie, porquevuestra majestad en sus reinos es el único señor, el únicoárbitro á quien todos sus vasallos tienen obligación deobedecer y de respetar.

—Pero si no se trata de obediencias, ni de respeto, ni deque toméis ese tono tan grave; lo veo: estáis entregada encuerpo y alma á Lerma, le teméis; le teméis más que á mí;¿será cierto lo que dicen acerca de que don Francisco deSandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, pornuestra gracia, es más rey que el rey en los reinos deEspaña?

Estremecióse doña Juana, porque Felipe III se había levantadode su indolencia y de su nulidad habituales, en uno desus rasgos en que, como en lúcidos intervalos, dejaba adivinarla raza de donde provenía.

Tanto se turbó la duquesa, de tal modo tartamudeó, queFelipe III se vió obligado á apearse de su pasajera majestad.

—Os suplico, bella duquesa—la dijo asiéndola una manoy besándosela, como hubiera podido hacerlo un caballeroparticular—que seáis mi amiga.

—¿Vuestra majestad desea ver á la reina?—dijo toda azoradadoña Juana.

—Deseo más.

—¿Y qué más desea vuestra majestad?

—Deseo... que... que esto se quede entre nosotros.

—Yo jamás faltaré á lo que debo á mi lealtad, señor.

—Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros,id y decid á mi esposa...

á la reina... que yo...

—Voy á anunciar á su majestad, la venida de vuestramajestad.

El rey se quedó removiendo el brasero y murmurando:

—Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bienhaya el que me ha mostrado el camino; pero ¿quién será?¿Elpadre Aliaga?¡Bah! el padre Aliaga no se anda conmigo conmisterios... ¿quién será?¿Quién será?

Abrióse la puerta por donde había entrado poco antes laduquesa, y el rey se calló.

Adelantó doña Juana, pero pálida y convulsa.

—¿Qué tenéis, duquesa?—dijo el rey, que no pudo menosde notar la turbación de la camarera mayor.

—Tengo... señor... que vuestra majestad va á creer que noquiero obedecerle.

—¡Cómo!

—Me es imposible anunciar á vuestra majestad.

—¡Imposible!

—Sí; sí, señor, imposible de todo punto.

—Pero y ¿por qué?...

—Porque... porque su majestad no está sola.

—¿Que no está sola la reina? ¡Otra desgracia!... ¿Peroquién está con la reina?

—Está... esa doña Clara Soldevilla; esa menina á quientanto quiere, á quien tanto favorece, de la cual apenas sesepara la reina mi señora... esa mujer á quien no ha sido posiblearrancar del lado de su majestad.

—¡Doña Clara Soldevilla!—dijo el rey palideciendo más delo que estaba—; ¿será necesario...?

—Sí; sí, señor; será necesario expulsarla á todo trance depalacio... es... perdone vuestra majestad... una intriganta...una enemiga á muerte del duque de Lerma, de ese grandehombre, del mejor vasallo de vuestra majestad.

—Pero en resumen... ¿el estar la reina con esa mujer impide...?¿No es éste un refugio vuestro, doña Juana?

—Juro á vuestra majestad por mi honor y por el honor demis hijos, que me es imposible, imposible de todo puntoanunciar á vuestra majestad... á no ser que vuestra majestadquiera que lo sepa doña Clara...

—¡Ciertamente que soy muy desgraciado!...

—Juro á vuestra majestad, que en el momento en que lareina mi señora quede sola... yo misma... por ese pasadizo,iré á avisar á vuestra majestad...

—¡Cuando haya vuelto Lerma...! ¡Cuando...! no, no, doñaJuana, yo volveré; yo volveré... esta noche á la media noche...esperadme... y yo, yo, Felipe de Austria, no el rey, os loagradecerá.

Y Felipe III, como quien escapa, se dirigió á la puerta secreta,desapareció por ella y cerró.

La duquesa viuda de Gandía volvió á quedarse sola.

Durante algunos segundos permaneció de pie, inmóvil,anonadada, trémula.

—¡Pero Dios mío! ¿Qué es esto?—exclamó con la voztemblorosa—. ¿Dónde está la reina? ¿Dónde está su majestad?

Y saliendo de su inacción, se precipitó de nuevo en larecámara de la reina.

Ni en ésta, ni en el dormitorio, ni el oratorio había nadie.

La reina, á juzgar por las apariencias, no estaba en el alcázar;al menos no estaba en las únicas habitaciones dondepodía estar, porque suponer que la reina hubiese salido porlas puertas de servicio, era un absurdo; ¿pero no podía habersalido la reina por algún pasadizo semejante á aquel pordonde había aparecido el rey?

—La reina estaba sola: me despidió á pretexto de sus devocionesy se encerró en el oratorio—dijo la duquesa—;nadie ha entrado, y la reina... su majestad... no parece;

¡oh!¿qué es esto, Dios mío?

Encontrábase entonces la camarera mayor en el dormitoriode la reina, buscando con una bujía que había tomadodel oratorio, por todas partes; su vista estaba maquinalmentefija en el voluminoso lecho, y una idea siniestra, una tradiciónobscura, que reposaba como otras tantas en el senodel alcázar, vino á herir su imaginación.

—Aquí, en esta misma cámara—murmuró con miedo—,murió la reina doña Isabel de Valois.

La duquesa se detuvo.

—Dicen—continuó—que la envenenó, por celos de suhijo, el rey Felipe II.

La camarera mayor, que hemos dicho era supersticiosa,empezó á encontrarse mal, á tener miedo en el dormitorio.

—¿Servirían estos pasadizos—dijo—para que el rey observaseá su esposa?

Detúvose de nuevo la duquesa.

—Dicen que de tiempo en tiempo suceden en esta cámaracosas extraordinarias...

que el alma de la reina doña Isabel...

En aquel momento la puerta que conducía al oratorio dela reina, dió un violento portazo. Sobresaltada, sobrecogidala duquesa, dejó caer la palmatoria que tenía en la mano yse quedó á obscuras.

Entonces sintió junto á sí los pasos de alguien que andabapor el dormitorio; sintió que aquellos pasos se acercabaná ella; sobrecogióla un pavor mortal; ni tuvo voz para gritar,ni para moverse; pero á pesar de aquel terror, oyó clara ydistintamente una voz alterada, de entonación fingida, quedijo muy cerca de ella:

—Si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa,guardad vos un profundo secreto acerca de lo quehabéis visto y oído esta noche.

La voz calló, los pasos se alejaron, rechinó la puerta, yluego todo volvió al silencio anterior.

Instantáneamente la duquesa se lanzó fuera del dormitorioy de la recámara de la reina, entró en la cámara dondepoco antes había estado hablando con el rey y corrió á unacampanilla y la agitó con violencia.

Entró una de las doncellas de la servidumbre.

—No, vos no—dijo alentando apenas la duquesa—; decidá la señora condesa de Lemos que entre.

Poco después entró una joven como de veinticuatro años,hermosa, viva, morena, ricamente vestida, y sobremaneraesbelta y gentil.

A la primera mirada comprendió que sucedía algo terribleá la duquesa.

—¿Qué es esto, señora?—la dijo—; estáis pálida, mortal,tembláis... ¿qué os ha sucedido?

—Una pesadilla... amiga mía: me había dormido al amordel brasero, y... hacedme la merced de mandar que me traiganagua y vinagre... pero no os vayáis... no... será una manía—añadiósonriendo penosamente—, pero no quiero estarsola.

La joven condesa de Lemos fué á pedir el agua, murmurandopara sí mientras llegaba á la puerta de la cámara:

—¡Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! ¡quiénserá el duende de esta pesadilla!

Al poco tiempo y después de haber bebido un enormevaso de agua con vinagre, después de haber logrado congrandes esfuerzos obtener una serenidad aparente, la duquesadijo á la joven dama de honor:

—¡Ya se ve! ¡es tan tétrica esta cámara! luego, esas ventanasque golpean... el ruido de la lluvia... y además... antesde dormirme leía Los miedos y tentaciones de San AntonioAbad.

—¡De tentaciones os ocupábais!—dijo la de Lemos—; puesmirad, señora, la noche está de tentaciones.

—¿Vos también leíais?

—No, señora, pensaba.

—¿Y pensando teníais... tentaciones?...

—Y muy fuertes, señora.

—¿Pero de qué? ¿qué diablo os tentaba?

—El diablo de la venganza.

—¡Oiga!—exclamó la duquesa afectando una risa ligera,como para demostrar que había pasado enteramente su terror—:¿conque queréis vengaros?

—Me han ofendido.

-¿Quién?

—Mucha gente...

—Pero explicáos, si es que... podemos saber el motivo devuestra venganza.

—¡Ay, Dios mío! sí, señora.

—Y ¿quién os ha ofendido?

—Primero el conde de Lemos.

—¡Vuestro esposo!

—Mi esposo... y me ha ofendido gravemente.

—¿Pero y en qué?

—En dar motivo para que le destierren de esta corte; ¡yqué motivo!, un motivo por el cual se ha puesto á nivel deese rufián, de ese mal nacido, de ese Gil Blas de Santillana.

—¡Ah, ah!

—Descender hasta...

—Pero eso debe ser una calumnia.

—No, señora; el conde de Lemos ha cedido á una tentación,y cediendo á ella me ha ofendido á mí... como que hayquien dice...

—¡Calumnias!

—Hay quien dice que hubiera sido capaz de llevarme dela mano y de noche, á obscuras, al cuarto del príncipe donFelipe, solo por heredar á mi padre en el favor del rey, comoha sido capaz de llevar al príncipe don Felipe á los brazosde una aventurera.

El padre de la condesa de Lemos era el duque de Lerma.

—¿Pero quién se atreve á decir eso?

—Quien se atreve á todo; quien, arrastrándose delante detodo el que puede darle algo, practica los más bajos oficios;quien no se detiene ni ante lo más alto, ni ante lo másgrande; quien se atreve hasta á su majestad la reina, nocontándome á mí, que soy su dama de honor, y simplementecondesa de Lemos. En una palabra: don Rodrigo Calderón,á quien tan torpemente concede mi padre toda su confianza.

—¿Pero estáis loca, doña Catalina? Estáis loca; ¿quécólera y qué malas tentaciones son esas?

—Acabo de recibir esta carta.

La joven sacó de su seno un pequeño billete. La duquesase estremeció involuntariamente, porque recordó la cartadel rey.

—Leed, leed, doña Juana, porque yo no me atrevo á leeresa carta dos veces.

La duquesa tomó la carta, se acercó á la luz, buscó susantiparras, se las caló y leyó lo siguiente:

«Ayer fuí á vuestra casa y estábais enferma; yo sé quegozáis de muy buena salud: ayer tarde pasé por debajo devuestros miradores, y al verme, os metísteis dentro con unademán de desprecio; anoche hicísteis arrojar agua suciasobre los que tañían los instrumentos de la música que osdaba; esta mañana no contestásteis á mi saludo en la porteríade damas y me volvísteis la espalda delante de todo elmundo; todo porque no he podido ser indiferente á vuestrahermosura y os amo infinitamente más que un esposo que osha ofendido, degradándose. Me habéis declarado la guerray yo la acepto. Empiezo á bloquearos, procurando que elconde de Lemos no vuelva en mucho tiempo á la corte.Tras esto irán otras cosas. Vos lo queréis. Sea. Por lodemás, contad siempre, señora, con el amor de quien únicamenteha sabido apreciaros.»

La duquesa, después de leer esta carta, se quedó muda desorpresa.

—Esta carta—dijo al fin—merece...

—Merece una estocada—dijo la joven.

—No por cierto: esta carta merece una paliza.

—¿Pero de quién me valgo yo? ¿á quién confío yo...?

—Mostrad esa carta á vuestro padre.

—Mi padre necesita á ese infame: además, ésta no es laletra de don Rodrigo; se disculpará, dirá que se le calumnia.

—¡Esperad!

—¿Que espere?... ¡bah!, no señor; yo he de vengarme, yhe aquí mis tentaciones.

—Pero ¿qué tentaciones han sido esas?

—Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad.

—¡Cómo!

—Decirle sin rodeos que estoy enamorada del príncipe.

—¡Doña Catalina!

—Que valgo infinitamente más que otra cualquiera paraquerida de su alteza.

—¿Y seríais capaz?...

—¿De vengarme?... ya lo creo.

—¿De vengaros deshonrándoos?

—Un esposo como el mío, que se confunde con la plebe,merece que se le iguale con la generalidad de los maridos.

—Vos meditaréis.

—Ya lo creo... y porque medito me vengaré del rey,que no ha sabido tener personas dignas al lado de su hijo,mortificándole; del príncipe, enamorándole y burlándole...

—¡Ah! burlándole... es decir...

—¡Pues qué! ¿había yo de sacrificarme hasta el punto dedeshonrarme ante mis propios ojos?... no... que el mundome crea deshonrada, me importa poco: ya lo estoy bastantesólo con estar casada con el conde de Lemos; un maridoque de tal modo calumnia, solo merece el desprecio.

—¡Cómo se conoce, doña Catalina, que sólo tenéis veinticuatroaños y que no habéis sufrido contrariedades!

—¡Ah, sí!—dijo suspirando la condesa.

—¿Pero supongo que no cederéis á la tentación?

—Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y dedonde vengo, para no echarlo todo á rodar: ¡escribirme ámí esta carta!

Y la condesa estrujó entre sus pequeñas manos la cartaque la había devuelto la camarera mayor.

—¡Y si este hombre estuviese enamorado de mí, sería disculpable!pero lo hace por venganza.

—¡Por venganza!

—Contra mi marido, porque al procurar un entretenimientoal príncipe, no ha tenido á mano otra cosa que la queridade don Rodrigo Calderón.

—Tal vez os ame... y aunque esto no es disculpa...

—Don Rodrigo no me ama... porque...

—¿Por qué?

—Porque no se ama más que á una mujer, y don Rodrigoestá enamorado de...

—¿De quién?—exclamó la duquesa, cuya curiosidad estabasobreexcitada.

La de Lemos se acercó á la camarera mayor hasta casitocar con los labios sus oídos, y la dijo en voz muy baja:

—Don Rodrigo está enamorado de su majestad.

—¡Explicáos, explicáos bien, doña Catalina!

—Ya sé, ya sé que un ambicioso puede estar enamoradode un rey, mirando en su favor el logro de su ambición; perono he querido jugar del vocablo; no: don Rodrigo está enamoradode su majestad... la reina.

—¡Ved lo que decís!... ¡ved lo que decís, doña Carolina!—exclamóla camarera mayor anonadada por aquella imprudenterevelación, y creyendo encontrar en la misma unacausa hipotética de la desaparición de la reina de sus habitaciones.

—A nadie lo diría más que á vos, señora—dijo con unaprofunda seriedad la joven ni os lo diría á vos, si hastacierto punto no tuviese pruebas.

—¡Pruebas!

—Oíd: hace dos años, cuando estuvimos en Balsaín, solíayo bajar de noche, sola, á los jardines.

—¡Sola!

—En el palacio hacía demasiado calor. Acontecía además,para obligarme á bajar al jardín, que... en las tapias habíauna reja.

—¡Ah!

—Una reja bastante alta, para que pueda confesar sintemor que por aquella reja hablaba con un caballero, másdiscreto por cierto, más agudo, y más valiente y honradoque el conde de Lemos.

—Sin embargo, creo que hace dos años ya estábais casada.

—¿Y qué importa? yo no amaba á aquel caballero, niaquel caballero me amaba á mí.

—Os creo, pero no comprendo...

—Pero comprenderéis que cuando os confieso esto, os loconfesaría todo.

—¿Pero cómo podías bajar á los jardines?

—Por un pasadizo que empezaba en la recámara de lareina, y terminaba en una escalera que iba á dar en los jardines.

—¡Ah! ¡también hay pasadizos en el palacio de Balsaín!

—Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce.

—¡Ah! ¡sí! ¡es verdad!

—Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en larecámara de la reina, cuando su majestad se había acostado;abría silenciosamente la puerta de aquel pasadizo y me iba...á la reja.

—Hacíais mal, muy mal.

—No se trata de si hacía mal ó bien, sino de que sepáisde qué modo he podido tener pruebas... de los amores ó almenos de la intimidad de don Rodrigo Calderón con la reina.

—¡Amores ó intimidad!...—murmuró la duquesa—¡Diosmío! ¿pero estáis segura?

—¿Que sí lo estoy? Una noche, cuando yo me volvía dehablar con mi amigo secreto, al pasar por detrás de unosárboles oí dos voces que hablaban, la de un hombre y la deuna mujer.

—Y eran...

—Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqué cuantopude de puntillas, conocí... que la mujer era la reina, que elhombre era don Rodrigo Calderón.

—¡Y hablaban de amores!

—Al principio... es decir, cuando yo llegué, no; conspiraban.

—¡Que conspiraban!

—Contra mi padre.

—¡Ah!—exclamó la duquesa.

—Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, yque don Rodrigo tenía un bello jubón de brocado; el trajede la reina me extrañó, porque recordé que cuando entramosá desnudarla tenía un vestido negro.

—Pero... ¿cómo... á propósito de qué conspiran... la reinay don Rodrigo contra el duque Lerma?

—La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; yque no se hacía más que lo que mi padre quería; que lasrentas reales se iban empeñando más de día en día; que lareina estaba humillada; que nuestras armas sufrían continuosreveses; que, en fin, era necesario hacer caer á mi padrede la privanza del rey, para lo cual debían unir sus esfuerzosla reina y don Rodrigo.

—¡Ah! ¡ah! por el amor... ¿hablaron de amor?...

—Don Rodrigo pidió una recompensa por sus sacrificiosá la reina.

—Y la reina...

—La reina le dijo: ¡esperad!

—¡Pero una esperanza!...

—Mi buena amiga: cuando una mujer pronuncia la palabra¡esperad! como la pronunció la reina, es lo mismo quesi dijese: hoy no, mañana.

—Sin embargo, la reina, por odio al duque de Lerma, hapodido bajar hasta decir á un hombre que pudiese servirlacontra el duque: ¡esperad! ¡pero bajar más abajo!

—La reina tiene corazón.

—Es casada.

—Está ofendida.

—El rey la ama.

—El rey ama á cualquiera antes que á su mujer.

—Tengo pruebas del amor del rey hacia la reina; pruebasrecientes.

—Lo que inspira la reina al rey no es amor, sino temor, yprocura engañarla sin conseguirlo. El rey quiere á todotrance que le dejen rezar y cazar en paz, y la lucha entre lareina y mi padre le desespera.

Quedóse profundamente pensativa la duquesa.

—Os repito—dijo recayendo de nuevo en su porfía—queno tengo la más pequeña duda de que la reina inspira á sumajestad un profundo amor.

—Ya os he dicho y os lo repito: no se ama á un tiempo ádos personas.

—¿Y el rey?...

—El rey ama á una mujer que... preciso es confesarlo, porhermosa, por discreta, por honrada, merece el amor de unemperador. ¡Pero vos estáis ciega, doña Juana! ¿no habéiscomprendido que el rey está enamorado hasta la locura dedoña Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y corte,y que vale tanto más, cuanto más desdeña los amores delrey?

—¡Pero si doña Clara es la favorita de la reina! ¿Queréisque la reina esté ciega también?

—La reina sabe que si el rey ama á doña Clara, doñaClara jamás concederá ni una sombra de favor al rey, y lareina, con el desvío de doña Clara á su majestad, se vengadel desamor con que siempre su majestad la ha mirado.

—Vamos: no, no puede ser; vos os equivocáis... tenéisla imaginación demasiado viva, doña Catalina.

—Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre.

A esta brusca salida de asunto, ó como diría un músico,de tono, la duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.

—¡Qué decís!-exclamó.

—Mi padre, con la manía de rodearse de gentes que leayuden, se fía demasiado de las apariencias y comete... perdonadme,doña Juana, porque yo sé que sois muy amiga ymuy antigua amiga de mi padre, pero su excelencia cometetorpezas imperdonables.

—¡Dudáis también de la penetración, de la sabiduría y dela experiencia de vuestro padre! Yo creo que si seguimoshablando mucho tiempo acabaréis por confesar que dudáisde Dios.

—Creo en Dios y en mi padre.

—Se conoce—dijo la duquesa no pudiendo ya disimularsu impaciencia—que os galanteaba con una audacia infinita,antes de que os casárais, don Francisco de Quevedo.

Coloreáronse fugitivamente las mejillas de la joven.

—¿Y en qué se conoce eso?

—En que os habéis hecho... muy sentenciosa.

—Achaques son del tiempo; hoy todo el mundo sentencia,hasta el bufón del rey; ¡y qué sentencias dice á veces elbueno del tío Manolillo! El otro día decía muy gravementehablando con el cocinero mayor del rey: «Hoy en España secome lo que no se debe guisar»; y como el buen Montiño nole entendiese, replicó sin detenerse un punto: «por ejemplo,allá va un maestresala que lleva respetuosamente sobre laspalmas de las manos un platillo de cuernos de venado parala mesa de su majestad. »[A]

[A] El autor se ve obligado, para que sus lectores comprendan que los cuernosde venado pueden comerse, á transcribir la siguiente manera con que dice setienen de condimentar: Francisco Martínez Montiño, en la décimosexta impresiónde su Arte de Cocina, á la pág. 163, dice así: Platillo de las puntas de loscuernos de venado. Los cuernos del venado ó gamo, cuando están cubiertos depelo, tienen las puntas muy tiernas. Estas se han de cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos en agua caliente, y quedarán muyblancos y hanse de aderezar con la tripa del venado, salvo que no se han de tostar,sino cocerlos con un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y écheseleun poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una hora; yno se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar género de verdura. Es muy buenplatillo; sólo el nombre tiene malo.

Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos á los que en realidadsólo eran cuernos en leche; como si dijéramos, cuernos inferi por nacer óno acabados de nacer.

A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudocontener un marcado movimiento de disgusto; reprimióse,sin embargo, y dijo procurando dar á su voz un acento conveniente:

—Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo osha llegado al alma, porque estáis terrible, amiga mía; nadaperdonáis, ni aun á vuestro padre, y voy convenciéndome deque por vengaros de ese hombre, seréis capaz de todo.

—¿Pues no? ¿Os parece que una dama puede sufrir, sindesesperarse, insultos tan groseros?

—Confieso que tenéis razón y que en vuestro lugar...

—Vos en mi lugar, ¿qué haríais?

—Pediría consejo.

—Pues cabalmente yo no he hecho más que pedíroslo.

—¡Ah! yo creía que sólo me habéis dado á conocer vuestrastentaciones.

—Pues de ese modo os he pedido que me aconsejéis.

Meditó de nuevo profundamente la duquesa.

—Pues bien—dijo después de algunos segundos—, voy áhacer más que aconsejaros: voy á vengaros.

—¿A vengarme, señora?

—Voy á hacer que por lo menos destierren de la corte ádon Rodrigo Calderón, y que levanten su destierro al condede Lemos.

—Procurad lo primero y aun más si podéis—dijo con vivacidadla condesa—; pero en cuanto al conde de Lemos,dejadle por allá: me encuentro muy bien sin él.

—Sea como queráis; y á propósito de ello, voy á escribirahora mismo á vuestro padre.

—¡Ah, señora! no sabré negaros nada si me desagraviáis.

—Permitidme un momento, amiga mía; concluyo al instante.

La camarera mayor se acercó á la mesa, se sentó delantede ella, abrió un cajón, sacó papel, se caló las antiparras yse puso á escribir, lenta, muy lentamente.

La lentitud de la duquesa consistía, no en que la fuese difícilescribir, sino en que pensaba más que escribía.

Ni un sólo momento durante la conversación con la condesade Lemos, había olvidado la posición difícil en que seencontraba, esto es: su posición de camarera mayor de unareina que se había perdido en su recámara, mientras ellahacía su servicio en la cámara.

La conversación con la condesa de Lemos había agravado,á su juicio, aquella situación; había descubierto grandescosas; esto es: que la reina alentaba á don Rodrigo Calderón,confidente y secretario íntimo del duque de Lerma, áquien lo debía todo, y que don Rodrigo, alentado por la reina,hacía una completa traición al duque.

Entonces sospechaba si sería don Rodrigo el que habíaprocurado al rey el conocimiento de aquellos pasadizos, y sisería también él quien, en medio de las tinieblas, la habíaamenazado con publicar sus secretos, si no guardaba unprofundo silencio acerca de los singulares sucesos de aquellanoche.

La duquesa, desde el momento, había comprendido la necesidadde avisar al duque de la aparición inesperada delrey y de la no menos extraña desaparición de la reina; perocuando hubo oído las terribles revelaciones de la condesade Lemos, vió que era de todo punto imprescindible avisará Lerma sin perder un segundo.

El duque tenía en su casa un convite de Estado, y era deesperar que aquella noche no viniese á palacio; la camareramayor estaba retenida por las obligaciones de su cargo en elalcázar hasta la hora de recogerse la reina, que era bastanteavanzada; urgía avisar al duque, pero la dificultad estaba enprocurarse un intermediario de confianza.

Porque es de advertir que tan enmarañada estaba la intrigaalrededor de Felipe III, que no había de quién valerse conconfianza para confiarle una carta para el duque de Lerma.

La duquesa vió con alegría que la de Lemos, la hija queridadel duque de Lerma, interesada gravemente en queaquella carta llegase sin tropiezo á su padre, era el intermediarioque necesitaba.

Una vez tomada esta resolución por la duquesa, su manocorrió con más rapidez sobre el papel: llenó las cuatro carasde la carta, que era de gran tamaño, con una letra gorda ydesigual, en renglones corcovados; cerró la carta, la selló ypuso sobre su nema:

«A su excelencia el señor duque de Lerma, de la duquesaviuda de Gandía.—En mano propia.»

—Tomad, doña Catalina—dijo la camarera mayor—; seránecesario que os encarguéis vos misma de llevar esta cartaá vuestro padre.

—¡Yo... misma...!—contestó con altivez la de Lemos.

—Menos arriesgado es esto que lo que queríais hacer porvengaros de don Rodrigo.

—Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme paranada en estos negocios directamente...

—Pero hay un medio. Ponéos un manto, tomad una litera,id por el postigo de la casa del duque, que da á sus habitaciones.

—Peor aún: ¿qué dirá quien me abra ese postigo, al vermeentrar en casa de mi padre de una manera tan misteriosa?

—El que os reciba, nada os dirá... no se meterá en si vaisencubierta ó no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo:cuando le abran, que será al instante, entregad al criado quese os presentará, esa carta para que lea su sobre. El criadoos devolverá la carta, y os llevará al despacho de vuestropadre, que al punto irá á encontraros.

—Pero habré de darme á conocer á mi padre, me preguntará...

—De ningún modo; si vos no queréis descubriros, vuestropadre no os pedirá que os descubráis, y podéis haceros desconocerde él y salir sin hablar una palabra, tan encubiertacomo habéis entrado. Pero en cambio, vos, á quien únicamenteinteresa este negocio, estaréis segura de que la cartaha ido á dar en las manos de vuestro padre.

—¡Iré!—dijo con resolución la de Lemos, después de unmomento de silencio.

—Pues si habéis de ir, que sea al punto.

—Sí, sí; os agradezco en el alma lo que por mí hacéis, yvoy á mandar que pongan una litera.

—Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera,no puedan conoceros.

—¡Oh, por supuesto! Adiós, doña Juana; adiós, y hastadespués.

—Id con Dios, doña Catalina. Y... oíd: hacedme la mercedde decir á doña Beatriz de Zúñiga que entre.

—No quiere quedarse sola—murmuró la joven saliendo—;¿qué misterio será éste?

Y llegando en la antecámara á una hermosa joven que,acompañada de otras tres reía y charlaba, la dijo:

—Doña Beatriz, la señora camarera mayor, os llama.

La joven compuso su semblante dándole cierto aire degravedad, y entró en la cámara de la reina, al mismo tiempoque la condesa abría la puerta de la antecámara y desembocabapor la portería de damas.

CAPÍTULO III

EN QUE SE DEMUESTRA LO PERJUDICIALES QUE SON LOS LUGARES OBSCUROS EN LOS

PALACIOS REALES

La condesa de Lemos atravesó en paso lento, recibiendolos respetuosos saludos de ujieres y maestresalas, algunasgalerías y habitaciones.

Lo lento del paso de la condesa, consistía en que iba abismadaen profundas cavilaciones.

—Me he visto obligada—pensaba—á inventar lo de losjardines de Balsaín, y á calumniar á la reina para procurarmeuna venganza segura contra el miserable don Rodrigo.La buena de doña Juana de Velasco, vale de oro todo lo quepesa; en hablándola de mi padre, no sabe ser suya: es mucholo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirvela duquesa á su excelencia, y ha tragado el anzuelo... hasta elcabo... ¡lindezas dirá esta carta! El pensamiento ha sido diabólico...pero yo necesitaba vengarme... á conspirador, conspiradory medio, y salgan allá por donde puedan. ¡Ah! ¡Ah!estoy orgullosa de mí misma, y creo que si yo me dedicara ála intriga, sería... todo lo que quisiera ser.

Y la condesa, respondiendo á su pensamiento, satisfechade su diablura, soltó una alegre carcajada.

Por fortuna, nadie había en la galería por donde atravesaba.

—Ahora—dijo para sí la condesa, continuando en sumarcha y en su pensamiento—

es necesario que esta cartallegue á manos de mi padre, sin que la lleve yo... ¡bah!

renuncioá mi venganza á trueque de que mi padre y señor pudierareconocerme; preferiría irme á él con la cara descubierta,y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre,que deja estar en su destierro á su sobrino, mi señor esposo,por no disgustar á su servicialísimo don Rodrigo, seríacapaz de desairar á su hija y de no creerla, porque su muyquerido don Rodrigo no se disgustase. Ahora, haciéndolesospechar que don Rodrigo le engaña, que le hace traición,su excelencia, que es tan receloso, que en todas partes vepeligros, perderá de seguro á su muy amado confidente.¿Quién os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo?¡Bien empleado os estará todo lo que os suceda, y envano os devaneréis los sesos para saber de dónde ha venidoel golpe!

La joven sonrió satisfecha de su pensamiento.

—Doña Clara Soldevilla estará en la sala de las Meninas;acaso ella, que es valiente, que por nada se detiene, queaborrece de muerte á don Rodrigo Calderón, llevará conplacer esta carta á mi padre, en cuanto sepa que esta cartapuede hacer daño á don Rodrigo. Es necesario inventar otrahistoria para engañar á doña Clara, aunque es necesario quesea más ingeniosa que la que he contado á la camarera mayor,porque doña Clara tiene mucho ingenio. Y bien—dijodándose un golpe en la frente—: ya tengo la historia. Utilicemosel ruidoso asunto de los amores del príncipe don Felipecon la querida de don Rodrigo; eso es, adelante.

La condesa entró en una cámara solitaria y llamó.

Presentósela inmediatamente una venerable dueña.

—¿Qué me manda vuecencia?—dijo aquella ruina con tocas.

—Decid á doña Clara Soldevilla que venga.

—Doña Clara no está en el cuarto de las Meninas, señora—dijola dueña.

—¿No está acaso de servicio?

—No, señora; está en su cuarto enferma.

—¡Ah! ¿está enferma?—exclamó la condesa con un despecho,que la dueña tomó por interés.

—Afortunadamente, señora, la indisposición de doña Claraes un ligero resfriado.

—Me alegro mucho: me habíais dado un susto. ¿Y dóndetiene su cuarto doña Clara?

—Vive sola con una dueña y una doncella, más allá dela galería de los Infantes; si vuecencia quiere que la guíe...

—No; no me es urgente ver á doña Clara; la veré mañana.¿Conque decís que vive...

—En la crujía obscura que está más allá de la galería delos Infantes, en el número 10. Además, la puerta está pintadade verde.

—Muy bien, gracias; retiráos.

—La dueña hizo una cumplidísima reverencia, y se retiró,casi sin volver la espalda á la condesa, que, en el momento enque se vió sola, tomó una bujía de sobre una mesa, y abriendouna puerta de servicio, se encontró en un estrecho corredor,pasado el cual, entró en una ancha galería, medioalumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, áexcepción de un centinela tudesco, que se paseaba gravementeen la galería y que, al ver á la condesa, se detuvo yal pasar ella por delante de él, dió un golpe con el cuentode la alabarda en el suelo, á cuyo saludo contestó la jovencon una ligera inclinación de cabeza.

La condesa se perdió por una pequeña puerta al fondo.

La galería que acababa de atravesar era la de los Infantes;el lugar en que había entrado, era una galería densamentelóbrega, en la cual resonaban los pasos de la condesade una manera sonora.

La de Lemos iba ceñida á la pared del lado izquierdo,con la bujía levantada, mirando los números pintados sobrelas puertas, y ya había recorrido un gran espacio sin encontrarel número 10, ni la puerta verde, cuando oyó al fondode la galería ruido de pasos lentos y marcados, como losde un hombre que anda pesadamente y con dificultad.

Miró la de Lemos al lugar de donde provenía el ruido, ysólo vió la área luminosa de la linterna.

El que la llevaba estaba envuelto en la sombra.

La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera queridoque nadie la viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta.

El de la linterna se detuvo también.

—¿Quién va?—dijo con un acento breve, descuidado y ligeramentesarcástico; esto es: con un acento que parecíaestar acostumbrado de tal modo á expresar el sarcasmo,que le dejaba notar hasta en la frase más indiferente.