El Cocinero de Su Majestad-Memorias del Tiempo de Felipe III by Manuel Fernández y González - HTML preview

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EL COCINERO

DE

S U M A J E S TA D

(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)

POR

D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ

EDICIÓN ILUSTRADA CON GRABADOS

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MADRID

LIBRERÍA DE F. FE

PUERTA DEL SOL, 15

1907

ES PROPIEDAD.

Imp. de A. Marzo, San Hermenegildo, 32 dupdo.—Teléfono 1.977.

[La ortografía del original no fue corregida ni actualizada. (Nota del transcriptor.]

INDICE

TOMO PRIMERO

I De lo que aconteció á un sobrino por no encontrar á tiempo ásu tío

II Interioridades reales

III En que se demuestra lo perjudiciales que son los lugaresobscuros en los palacios reales

IV Enredo sobre maraña

V ¡Sin dinero y sin camisas!

VI Por qué el tío daba de comer de aquella manera al sobrino

VII Los negocios del cocinero del rey.—De cómo la condesa deLemos había acertado hasta cierto

punto al calumniar ála reina

VIII De cómo al señor Francisco le pareció su sobrino un gigante

IX Lo que hablaron Lerma y Quevedo

X De cómo don Francisco de Quevedo encontró en una nuevaaventura, el hilo de un enredo

endiablado

XI En que se sabe quién era la dama misteriosa

XII Lo que hablaron la reina y su menina favorita

XIII El rey y la reina

XIV Del encuentro que tuvo en el alcázar don Francisco de Quevedo,y de lo que averiguó por este

encuentro acerca de lascosas de palacio, con otros particulares

XV De lo que vieron y oyeron desde su acechadero Quevedo y elbufón del rey

XVI El confesor del rey

XVII En que empieza el segundo acto de nuestro drama

XVIII De cómo entre unos y otros no dejaron parar en toda la mañanaal cocinero de su majestad

XIX El tío Manolillo

XX De cómo el tío Manolillo hizo que doña Clara Soldevillapensase mucho y acabase por tener

celos

XXI En que continúan los trabajos del cocinero mayor

XXII De cómo en tiempo de Felipe III se conspiraba hasta en losconventos de monjas

XXIII En la hostería del Ciervo Azul, y luego en la calle

XXIV De lo que quiso hacer el cocinero de su majestad, de lo queno hizo y de lo que hizo al fin

XXV De cómo los sucesos se iban enredando hasta el punto deaturdir al inquisidor general

XXVI De lo que oyó el tío Manolillo sin que pudiera evitarlo elconfesor del rey

XXVII En que se ve que el cocinero mayor no había acabado aúnsu faena en aquel día

XXVIII De los conocimientos que hizo Juan Montiño, acompañandoá la Dorotea

XXIX De cómo Juan Montiño, con mucho susto de la Dorotea, sedió á conocer entre los cómicos

XXX De cómo hizo sus pruebas de valiente por ante la gentebrava, Juan Montiño

XXXI De cómo engañó á Dorotea para llevarla á palacio el tío Manolillo

XXXII Continúan los antecedentes

XXXIII El suplicio de Tántalo

TOMO SEGUNDO

XXXIV En que se explicará algo de lo obscuro del capítulo anterior, y se verá cómo doña Clara

encontró un pretexto para favorecer el amor de Juan Montiño, á pesar de todos los pesares

XXXV De cómo Quevedo, sin decir nada al rey, le hizo creer que le había dicho mucho

XXXVI De cómo el padre Aliaga puso de nuevo su corazón y la virtud á prueba

XXXVII De cómo el diablo iba enredando cada vez más los sucesos

XXXVIII De lo que vió y de lo que no vió el tío Manolillo siguiendo á los que seguían al cocinero mayor

XXXIX De cómo Quevedo conoció prácticamente la verdad del refrán: el que espera desespera

XL De cómo el noble bastardo se creyó presa de un sueño

XLI De cómo Quevedo se quedó á su vez sin entender al rey

XLII De cómo don Juan Téllez Girón se encontró más vivo que nunca cuando más pensaba en morir

XLIII Continúan los trabajos del cocinero mayor

XLIV Lo que se puede hacer en dos horas con mucho dinero

XLV En que el autor presenta, porque no ha podido presentarle antes, un nuevo personaje

XLVI De cómo la Providencia empezaba á castigar á los bribones

XLVII De lo perjudicial que puede ser la etiqueta de palacio en algunas ocasiones

XLVIII De cómo muchas veces los hombres no reparan en el crimen aunque sus vestigios sean

patentes

XLIX De cómo la duquesa de Gandía tuvo un susto mucho mayor del que le habían dado Los miedos

de San Antón

L De cómo don Francisco de Quevedo quiso dar punto á uno de sus asuntos

LI En que encontramos de nuevo al héroe de nuestro cuento

LII De cómo empezó á ser otro el cocinero mayor

LIII En que se deja ver en claro el bufón del rey

LIV Cómo saben mentir las mujeres

LV Quevedo visto por uno de sus lados

LVI En que el autor retrocede para contar lo que no ha contado antes

LVII Amor de madre

LVIII Las audiencias particulares del duque de Lerma

LIX De cómo Dorotea era más para con el duque, que el duque para con el rey

LX Lo que hace por su amor una mujer

LXI De cómo le salió á Quevedo al revés de lo que pensaba

LXII De cómo el duque de Lerma se encontró más desorientado que nunca

LXIII De cómo el duque de Lerma vió al bufón de su majestad extenderse, crear, tocar las nubes, etc.

LXIV De cómo Quevedo buscó en vano la causa de su prisión, y de cómo cuando se lo dijeron se

creyó más preso que nunca

LXV De cómo el tío Manolillo no había dado su obra por concluida

LXVI El padre y el hijo

LXVII De cómo el licenciado Sarmiento hizo bueno una vez más el proverbio que dice: no es tan

fiero el león como la pintan,y de cómo todas las pulgas se van al perro flaco,

LXVIII De cómo se agravó la demencia del cocinero mayor, y acabó por creerse asesino del sargento

mayor

LXIX En que continúan las desventuras del cocinero mayor, y se ve que la fatalidad le había tomado

por su instrumento

LXX En que se ennegrece gravemente al carácter del tío Manolillo

LXXI De cómo Quevedo dejó de ser preso por la justicia para ser preso por el amor

LXXII De cómo el duque de Lerma encontró á tiempo un amigo

LXXIII En que el duque de Lerma continúa representando su papel de esclavo

LXXIV Lo que hizo Dorotea por don Juan

LXXV El sol tras la tormenta

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LXXVI De cómo el cocinero mayor conoció con despecho que no se habían acabado para él las

angustias

LXXVII En que se ennegrece á su vez el carácter de Dorotea

LXXVIII En que se siguen relatando los estupendos acontecimientos de esta verídica historia

LXXIX Del medio extraño de que se valió Quevedo para soltarse de la prisión en que la había puesto

el amor de la condesa de Lemos

LXXX De cómo el interés ajeno influyó en la situación de Quevedo

LXXXI De cómo Quevedo se asusta más de saber que don Juan está en libertad, que si hubiera sabido

que estaba preso

LXXXII En que el tío Manolillo sigue sirviendo de una negra manera á Dorotea

LXXXIII En que se ve que el bufón y Dorotea habían acabado de perder el juicio

LXXXIV En lo que vinieron á parar los amores de Dorotea y de don Juan

LXXXV El autor declara que ha concluído, y ata algunos cabos para que no queden sueltos

CAPÍTULO PRIMERO

DE LO QUE ACONTECIÓ Á UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR Á TIEMPO Á SU TÍO

punto que el sol transponíaen una nublada y lluviosatarde de invierno,atravesaba la famosa puenteSegoviana, en direcciónal ya próximo Madrid, uncuartago enorme que llevabasobre su afilado lomouna silla de monstruosasdimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo bulto sólose veían un sombrero gacho de color gris, calado hasta lascejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dosrobustas piernas cubiertas por unas botas de gamuza de sucolor, además del extremo de una larga espada, que asomabaal costado izquierdo bajo la plegadura de la capa.

El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas caídas, y eljinete encorvado el cuerpo, como replegado en sí mismo, yla ancha ala del sombrero doblegada y empapada por lalluvia que venía de través impulsada por un fuerte vientoNorte.

Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadiehabía en el puente que pudiera reparar en la extraña catadurade su caballo, ni en su paso lento y trabajoso, ni en suacompasado cojear de la mano derecha: la lluvia y el fríohabían alejado los vagos y los pillastres, concurrentes asiduosen otras ocasiones á los juegos de bolos y á las palestrillasde la Tela; las lavanderas habían abandonado el río,que, dejando de ser por un momento el humilde y llorosoManzanares de ordinario, arrastraba con estruendo las turbiasolas de su crecida, y en razón á la soledad, estabancerradas las puertas de las tabernillas y figones situadosá la entrada y á la salida del puente.

Nuestro jinete, pues, atravesaba á salvo, protegido por eltemporal, una de las entradas más concurridas de la corteen otras ocasiones, y decimos á salvo, porque el aspecto desu caballo hubiera arrancado más de una y más de tres desvergonzadaspullas á la gente non sancta, concurrente cotidianade aquellos lugares.

Era el tal bicho (no podemos resistir á la tentación de describirle),una especie de colosal armazón de huesos que sedejaban apreciar y contar bajo una piel raída en partes,encallecida en otras, de color indefinible entre negro y gris,desprovista de cola y de crines, peladas las orejas, torcidaslas patas, largo y estrecho el cuerpo, y larguísimo y áridoel cuello, á cuyo extremo se balanceaba una cabeza afiladade figura de martillo, y en la que se descubría á tiro deballesta la expresión dolorosa de la vejez resignada alinfortunio.

Representaos seis cañas viejas casi de igual longitud,componiendo un pescuezo, un cuerpo y cuatro patas, ytendréis una idea muy aproximada de nuestro bucéfalo queallá en sus tiempos, veinte años antes, debió ser un excelentebicho, atendidas su

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descomunal alzada y otras cualidadesfisiológicas que á duras penas podían deducirse por loque quedaba á aquella ruina viviente, á aquella especie deespectro, á aquella víctima de la tiranía humana que asíexplota la existencia y los elementos productores de losseres á quienes domina.

Desesperábase el jinete con la lenta marcha...

Desesperábase el jinete con la lenta marcha de su cabalgadura,con su cojear y con su abatimiento, y de vez encuando pronunciaba una palabra impaciente, y arrimaba uninhumano espolazo al jaco, que, al sentir la punta, se paraba,se estremecía, lanzaba como protesta un gemido lastimero,y luego, como sacando fuerzas de flaqueza, emprendíauna especie de trotecillo, verdadero atrevimiento de lavejez, que duraba algunos pasos, viniendo á parar en lamarcha lenta y difícil de antes, y en el acompasado y marcadísimocojeo.

No sabemos á quién debía tenerse más lástima: si al caballoque llevaba aquel jinete ó al jinete que era llevado portal caballo.

El aspecto que presentaba entonces Madrid desde elpuente de Segovia, poco más ó menos, semejante al quepresenta hoy, no era lo más á propósito para dar una ideade la extensión y de la importancia de la corte de las Españas;veíanse únicamente dos colinas orladas por unos viejosmuros, con algunas torres chatas, y sobre estas torres yestos muros, á la derecha el convento y las Vistillas de SanFrancisco; á la izquierda el alcázar y el cubo de la Almudena,y entre estas dos colinas el arrabal y la calle y puertade Segovia, viéndose además hacia la izquierda y debajodel alcázar el portillo y la puerta de la Vega.

Añádase á esta vista pobre y árida, lo escabroso y desigualdel espacio comprendido entre el puente de Segoviay los muros; los muladares, las zanjas y las hondonadas deaquel terreno formado por escombros; la luz triste que sedesplomaba de un celaje de color de plomo sobre todoaquello, y se tendrá una idea de la impresión triste y desfavorableque debió causar la vista de Madrid en el viajero,que á todas luces iba por primera vez á la corte, en vista dela irresolución de que dió marcadas muestras acerca de ladirección que debía seguir para entrar en la villa, cuando yafuera del puente, se encontró cerca de los muros.

Fijóse, al fin, decididamente su vista en el alcázar y luegoen la puerta de la Vega, revolvió su caballo hacia la izquierda,y acometió la ardua empresa de salvar las escabrosidadesy la pendiente de la agria cuesta.

Al fin, aquí tropiezo, allá me paro, acullá vacilo, el ancianojaco logró pasar la puerta de la Vega; enderezóse un tanto,animado, sin duda, por el olor de las cercanas caballerizasreales, y acaso por resultado de ese amor propio de quecontinuamente dan claras muestras de no estar desprovistoslos animales, disimuló cuanto pudo su cojera, y siguió sosteniendoun laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantandopor la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hastaun arco que daba entrada á las caballerizas del rey, y donde,mal de su grado, hubo de detenerse el forastero, á la vozde un centinela tudesco que le atajó el paso.

—Y dígame ucé, señor soldado—dijo con impaciencia eljinete—, ¿por qué no puedo seguir adelante?

—Ser estas las capayerisas de su majestad—contestó elcentinela.

—Y dígame ucé, ¿no puedo ir por otra parte al alcázar?

—Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar boraquí ese cabayo.

—¿Me impedirán de igual modo que este caballo pasepor las otras entradas del alcázar?

—Mi non saperr eso.

Y el centinela se puso á pasear á lo largo del arco.

—¡Y á dónde diablos voy yo!—dijo hablando consigomismo el jinete—: mi tío vive en el alcázar, necesito verleal momento... y ¿dónde dejo á este pobre viejo?

Indudablemente,lo que sobrará en Madrid serán mesones; ¿pero quiénse atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el pobre Cascabel, sería cosa de no concluir á las ánimas y luego sindinero: ¡eh! ¡señor soldado! ¡señor soldado!

Volvióse flemáticamente el tudesco mientras el jineteechaba pie á tierra.

—¿Queréis hacerme la merced de cuidar de que nadiequite este caballo de esta reja á donde voy á atarle mientrasyo vuelvo?

—Mi non entender de eso—contestó el soldado—, volviendoá su paseo.

—Como no sea que le roben para hacer botones de loshuesos—dijo una voz chillona á espaldas del jinete, no séquién quiera exponerse á ir á galeras por semejante cosa...ni la piel aprovecha: ¿le traéis para las yeguas del rey,amigo?

Volvióse el forastero con cólera al sitio donde habían sidopronunciadas estas palabras con una marcada insolencia, yvió ante sí un hombrecillo, con la librea de palafrenerodel rey.

—Si lo que tenéis de desvergonzado, lo tuviérais de cuerpo,bergante—dijo todo hosco el forastero echando pie átierra—, me alegraría mucho.

—¿Y por qué os alegraríais, amigo?

—¿Por qué? Porque habría donde sentaros la mano.

—Paréceme que servís vos tanto para zurrarme á mí comovuestro caballo para correr liebres—dijo el palafrenero conese descaro peculiar de la canalla palaciega.

—Si mi caballo no sirve para correr liebres, sírvolo yopara haceros dar una carrera en pelo—contestó el incógnito,que aún permanecía embozado—, y sin decir una palabramás se fué para el palafrenero con tal talante, que ésteretrocedió asustado hacia una puerta inmediata, á tiempoque salían de ella dos hombres al parecer principales, contrauno de los que tropezó violentamente el que huía.

El tropezado empujó vigorosamente al palafrenero, quefué á dar en medio del arroyo, y apenas se rehizo se quitó elsombrero y se quedó temblando é inmóvil, entre los caballerosque salían y el forastero.

Miró el caballero tropezado alternativamente al palafrenero,al incógnito y á su caballo; comprendió por lo amenazadorde la actitud del jinete que se trataba de alguna pendenciacortada, ó por mejor decir, suspendida por su aparición,y dijo con acento severo y lleno de autoridad:

—¿Que significa esto?

—Señor, este mal hombre quería pegarme porque me hereído de su caballo—

contestó el palafrenero.

—Yo no extraño que se rían de este animal—dijo el embozado—;lo que extraño es que se atrevan á insultarme, á mí,que ni soy manco ni viejo.

—En cuanto á lo de viejo, no puedo hablar porque no seos ve el rostro—dijo el al parecer caballero—; en cuanto ási sois ó no manco, paréceme que si tenéis buenas las manos,tenéis manca la cortesía.

—¡Eh! ¿qué decís?

—Digo, que para tener de tal modo calado el sombrero ysubido el embozo cuando yo os hablo, debéis ser muchapersona.

—De hidalgo á hidalgo, sólo al rey cedo.

—Os habla el conde de Olivares, caballerizo mayor delrey—dijo el otro caballero que hasta entonces no había hablado.

—¡Ah! Perdone vuecencia, señor—dijo el incógnito desembozándosey descubriéndose—, es la primera vez quevengo á la corte.

Al descubrirse el jinete dejó ver que era un joven comode veinticuatro años, blanco, rubio, buen mozo y de fisonomíafranca y noble, á que daban realce dos hermosos y expresivosojos negros.

—¡Ah! ¿Acabáis de venir?—dijo el conde de Olivares prevenidoen favor del joven—. ¿Y á qué diablos os venís áentrar con ese caballo por las caballerizas del alcázar? Ensus tiempos debe de haber sido mucho...

—Cosas ha hecho este caballo y en peligros se ha vistoque honrarían á cualquiera, y si porque es viejo lo desprecianlos demás, yo, que le aprecio porque le apreciaba mipadre...

—¿Y quién es vuestro padre?

—Mi padre era...

—Bien; pero su nombre...

—Jerónimo Martínez Montiño, capitán de los ejércitos de sumajestad.

—Yo conozco ese apellido y creo que le estoy oyendonombrar todos los días; ¿no recordáis vos, Uceda?

—¡Bah! Ese apellido es el del cocinero mayor de su majestad.

—El cocinero de su majestad es mi tío.

—¡Ah! Pues entonces sois de la casa—dijo el conde—;cubríos, mozo, cubríos, que corre un mal Norte, y seguidhacia el alcázar; y tú, bergante—añadió dirigiéndose al palafrenero—,toma el caballo, llévale á las caballerizas y cuídalecomo si fuera un bicho de punta; y debe de haberlosido. ¡Diablo, lo que son los años!

Y el conde de Olivares y el duque de Uceda se alejaronhacia los Consejos, mientras el joven pasaba el arco en direcciónal alcázar, murmurando:

—¡El conde de Olivares y el duque de Uceda! Parécemede buen agüero este encuentro... Ello dirá... Lo que únicamenteme inquieta es el haber dejado á Cascabel entregadoá aquel bergante... Pero mi tío arreglará esto y lo otro. Vamosen busca de mi tío.

El joven atravesó la plaza de Armas y se encaminó en derechuraal pórtico del alcázar sin detenerse un punto á mirarle,á pesar de que pertenecía al gusto del renacimiento yera harto bello y rico para no llamar la atención á un forastero;pero fuese que nuestro joven no se admirase por nada,fuese que le preocupase algún grave pensamiento, fuese, enfin, que comprendiese que es más fácil hacerse paso cuandose camina de una manera desembarazada, altiva y como porterreno propio, la verdad del caso fué que se entró por laspuertas del alcázar como si en su casa entrara, alta la frente,la mano en la cadera y haciendo resonar sus espuelas deuna manera marcial sobre el mármol del pavimento.

Ni él miró á nadie ni nadie le miró; atravesó un vestíbulosostenido por arcadas, siguió una galería adelante y se encontróen el patio.

Al ver ante sí la multitud de puertas que abrían paso áotras tantas comunicaciones del alcázar, hubo forzosamentede detenerse y de buscar entre los que entraban y salían áalguno de la servidumbre interior que le guiase hasta las regionesde la cocina, y al fin se dirigió á un enorme lacayoque le deparó su buena suerte.

—¿Por dónde voy bien á la cocina, amigo?—preguntónuestro joven.

Miróle de alto abajo el lacayo, extrañando, sin duda, quepor tal dependencia le preguntase un mancebo, buen mozo,que transcendía á la legua á hidalgo y á valiente, y que llevabacon suma gracia su traje de camino.

—No os dejarán llegar á la cocina de su majestad—contestóel lacayo después de un momento de importuna observación—sino decís á quién buscáis.

—Busco—dijo el joven—al cocinero mayor.

—¡Ah! Pues si buscáis al señor Francisco Montiño, osaconsejo que le esperéis mañana, á las ocho, en la puerta delas Meninas; todos los días va á esa hora á oír misa á SantoDomingo el Real.

Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes,se marchaba.

—Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: ¿por quérazón he de esperar á mañana y esperar fuera del alcázar?

—Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alcázar,no recibe en él á persona viviente.

—¡Cómo!

—No recibe en su casa por dos muy buenas razones.

—¿Y cuáles son esas buenas razones?

—La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hijacumplió los catorce años nadie entra en su cuarto; y desdeque se casó en segundas nupcias ha clavado las ventanasque dan á las galerías.

—¡Bah! Pero recibirá en la cocina.

—Menos que en su casa. Allí no recibiría ni al mismo rey.

—No importa. Yo sé que me recibirá.

—Mucha persona debéis ser para él.

—Soy su sobrino.

Cambió de aspecto el lacayo al oír esta revelación; dejósu aspecto altanero y un si es no es insolente; pintóse en susemblante una expresión servicial y cambió de tono; lo quedemostraba que el cocinero mayor tenía en palacio una graninfluencia, que se le respetaba, y que este respeto se transmitíaá las personas enlazadas con él por cualquier concepto.

—¡Ah! ¿Conque vuesa merced es sobrino del señor FranciscoMontiño?—dijo acompañando sus palabras con unasonrisa suntuosa—; eso es distinto, vamos, y llevaré á vuesamerced hasta donde sin tropezar y en derechura pueda encaminarseá la cocina.

Y, volviendo atrás, se entró por una puertecilla situada enun ángulo, subió por una escalera de caracol y salió á unalarga galería.

El joven siguió tras él y así atravesaron algunas puertas, entodas las cuales había centinelas; pero muy pronto empezaroná recorrer enormes salones desamueblados en la parteíntima, por decirlo así, del alcázar.

Subieron otras escaleras, y en lo alto de ellas se detuvo ellacayo.

—Desde aquí—dijo—nadie atajará á vuesa merced, porquesólo las gentes de la casa andan por esta parte; sigavuesa merced adelante hasta el cabo de la crujía, y el olorle guiará.

Y después de un respetuoso saludo, dejó solo al sobrinode su tío.

En efecto, cuando el joven estuvo al fin de la crujía le dióen las narices un olor indefinible, suculento, emanación decien guisos, aroma especial que sólo analiza un cocinero;guiado por aquel rastro, el joven siguió adelante, y muypronto atravesó una gran puerta y se encontró en la cocinade su majestad.

Llenaba aquel espacio, pulcramente blanqueado, unaatmósfera que alimentaba; aspirábase allí una temperaturasofocante; cantaban, chirriaban, chillaban en coro una multitudde ollas y cacerolas; veíanse en medio de una niebla sui generis una multitud de hombres y de muchachos, oficialeslos unos, pinches los otros, galopines los más y pícarosde cocina; aquel era un taller en forma, en que se iba, se venía,se picaba, se espumaba, se soplaba, se veían acá y allálimpios utensilios, brillaba el fuego y, últimamente, en unalarga percha se veían capas de todos colores y espadas ydagas de todas dimensiones.

Por el momento nadie reparó en el joven; pero él se encargóde que reparasen en él dirigiéndose á un oficial quetraía asida por las dos manos una descomunal cuajadera.

—¿Queréis decirme—le preguntó—dónde está el cocineromayor?

Dejó el oficial la cuajadera sobre una mesa y se volvió aljoven, limpiándose las manos en su mandil.

—¡Ta, ta! ¡El cocinero mayor!—dijo con acento zumbón—.Si por ventura venís á buscar trabajo, echadle un memorial.

—No busco trabajo, le busco á él.

—No está.

—Ya sé que no recibe en la cocina; pero si está, decidleque le busca su sobrino, que acaba de llegar de su pueblo yque le trae una carta de su hermano el arcipreste.

Operóse en la actitud, en el semblante y en las palabrasdel oficial la misma transformación que se había operado enel lacayo, pero de una manera tan marcada, que el joven nopudo menos de comprender que si su tío era una influenciapoderosa en el alcázar, en la cocina era una omnipotencia.

—¿Conque vuesa merced es sobrino del señor FranciscoMontiño?-dijo el oficial completamente transformado—.¡Qué diablo! Su merced no está.

Habían rodeado á la sazón al joven una turba de galopinesque le miraban con las manos á las espaldas, ojos quese reían y bocas que rebosaban malicia.

Como que se trataba de un profano.

—¿Y dónde encontraré á mi tío?.. Me urge... me urge detodo punto—dijo el joven con acento impaciente.

—Yo diré á vuesa merced dónde está su tío—dijo un galopín—:el señor Francisco Montiño está prestado.

—¡Cómo prestado!—dijo el oficial.

—Prestado al señor duque de Lerma—dijo otro pinche.

—Como que está malo de un atracón de setas el cocinerodel duque.

—Y el duque tiene convidados.

—Por último, ¿mi tío no volverá probablemente?—dijo eljoven.

—No volverá, caballero—dijo otro de los oficiales—, porqueme han encargado que sirva la cena de su majestad.

—¿Y dónde vive el duque de Lerma?

—¡Toma!—exclamó un pinche como escandalizado—. Ensu casa; es menester venir de las Indias para no saber dóndevive el duque.

—Calle de San Pedro, caballero—dijo el oficial encargadoaccidentalmente de la cocina—; cualquier mozo de cuerdaá quien vuesa merced pregunte le dará razón.

Tomó el joven las señas que le dieron, las fijó en la memoria,como que tanto le importaban, y despidiéndose deaquella turba, salió y tomó la crujía adelante; pero fué elcaso que, como el alcázar era un laberinto para él desconocido,en vez de volver por el mismo camino de antes,tomó la dirección opuesta, bajó unas escaleras, y se encontróen habitaciones amuebladas, entapizadas, alfombradas éiluminadas, porque ya era casi de noche, y en las que habíaalgunos lacayos.

Pero marchaba el joven de una manera tan decidida, absortoen sus pensamientos y sin reparar en nada, que, sinduda porque por aquella parte habían quedado atrás las entradasdifíciles, y no circulaban más que los que estabanautorizados para ello, nadie le preguntó, ni le puso obstáculos,ni le dijo una palabra.

Y así continuó hasta un estrecho pasadizo, medio alumbradopor un farol clavado en la pared, y enteramente desierto,donde hubo de sacarle de su distracción una voz demujer, grave, sonora, que hablaba sin duda con otra detrásde una mampara próxima, y que le dejó oír involuntariamentelas siguientes palabras:

—Me va en ello más que piensas... es preciso; preciso detodo punto... ¡oh, Dios mío!

Nuestro joven hizo entonces lo que en igual situación hubierahecho el más hidalgo: comprendió que una casualidadle había llevado á un lugar donde dos mujeres se creían solas,que las graves palabras que había oído pertenecían sinduda á un secreto que él no debía sorprender, y se hizo atrásdirigiéndose á la puerta inmediata; pero aquella puerta estabacerrada.

Dirigióse á la ventura á otra, pero al llegar á ella se abrióy salió una dama.

El joven dió un paso atrás, y se quitó el sombrero. Ladama que salía dió un ligero grito de sorpresa, y quedó inmóvil.

—¿Qué hace este hombre aquí?—dijo con la voz notablementealterada.

—Perdonad, señora, pero...

—¿Pero qué?—exclamó con impaciencia la dama.

—Soy forastero: He venido al alcázar á ver á mi tío, y alsalir me he perdido.

—¿Y quién es vuestro tío?

—El cocinero mayor del rey.

—¡Ah!¿sois sobrino del cocinero mayor?—repuso la dama,cuya voz estaba alterada por una conmoción profunda—;comprendo: venís de las cocinas.

—Así es, señora—contestó el joven—, que contrariado yconfuso por su torpeza, tenía la vista fija en el suelo.

—Habéis bajado por las escaleras por donde se sirve lavianda á su majestad; habéis cruzado la galería de los Infantes,y os habéis metido en la portería de damas... ¡y esosmaestresalas!... ¡estarán durmiendo!

—Yo siento, señora... yo quisiera...

—¿Cuánto tiempo hace que estáis en esta galería?

—Hace un momento, señora; como que al abrir esta puerta,buscaba una salida.

—¿Y no habéis oído hablar á nadie?

—No, señora.

Y entonces el joven alzó los ojos, miró á la dama y sepuso pálido.

Lo que había causado la palidez del joven, era la hermosurade la dama y la expresión de sus grandes ojos, fijosen él, de una manera particular.

—La casualidad que os ha traído aquí—dijo la dama—, ospudiera costar cara.

—Sucédame lo que quiera, me pasará indudablementemenos de ello que de haberos disgustado.

—Venid—dijo la dama—, cuya voz tenía todavía el acentoirritado, trémulo, conmovido.

Y en paso rápido, fuerte, enérgico, tiró la crujía adelante,llegó á una puerta, abrió su pestillo con un llavín dorado, lapasó y repitió con impaciencia:

—¡Seguid! ¡Seguid!

Se encontró el joven en otra galería menos alumbrada;por último, la dama tomó por una escalera obscura.

El joven la siguió á tientas; nada veía: sólo percibía el ardientehálito de la dama, el crujir de su traje de seda, la fuertehuella de su paso.

Al fin de la escalera sintió abrir una puerta, y la voz de ladama que le dijo:

—Salid: id con Dios.

Fué tal el acento de la dama al despedirle, que el jovenno se atrevió á contestar: salió, sintió que cerraban la puerta,y se encontró en un ámbito tenebroso, del cual no podíaapreciar otra cosa sino que estaba embaldosado de mármol,por el ruido que producían sobre el pavimento sus pisadas.

Con las manos delante, á tientas, siguió á lo largo de unapared; torció, revolvió, anduvo perdido un gran espacio, yal fin, guiado por el resplandor de una luz que se veía trasuna puerta, se dirigió á ella, se encontró en una galería bajay luego en el patio.

Acontecióle entonces lo que nos acontece cuando despertamosde una molesta pesadilla: su corazón se espació y aspirócon placer el aire frío que, zumbando en las cornisas,penetraba en remolino hasta el fondo del patio.

Pero la impresión de toda pesadilla, continúa aun despuésde despertar; el joven guardaba una fuerte impresión de suaventura, pero indeterminada, vaga, como un sueño; aquellaimpresión partía de la dama que había visto un momento;recordaba, con no sabemos qué agitación, que era una mujertan hermosa como no había visto otra; pero no recordabalos rasgos de su semblante, ni el color de sus ojos, ni el desus cabellos, ni su apostura, ni su traje; habíale acontecidolo que al que mira de frente al sol, que solo ve luz, una luzque le deslumbra, que sigue lastimando sus ojos después dehaberlos cegado; estaba seguro de no conocerla si por acasola veía otra vez, y esto le desesperaba; no se daba razóndel sentimiento que aquella impresión le hacía experimentar;no pensó en que podía estar enamorado, como al recibir unaestocada nadie por el momento se cree herido de muerte.

El amor es hijo de la imaginación; la imaginación del jovenno había tenido tiempo ni aun para formar el embriónde ese fantasma ardiente á quien damos la forma de la mujerque ha hablado fuertemente á nuestros sentidos; estabaaturdido y nada más.

Así es que, profundamente preocupado, se dirigió por uninstinto á una salida, y por efecto de su preocupación, ni viódos hombres embozados, que estaban parados en la puertade las Meninas, ni oyó este breve diálogo, que pronunciaronal pasar el joven junto á ellos:

—¿Ha salido?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace algunos minutos.

—¿En litera?

—En litera.

El joven pasó y maquinalmente tomó por la embocadurade una calle inmediata.

La noche cerraba á más andar: el temporal seguía; la lluvialenta, sorda, pesada, espesa, producía un arroyo en elcentro de la calle, y las gentes, rebujadas en sus capas ó ensus mantos, pasaban de prisa.

Era esa hora melancólica del crepúsculo vespertino, anticipadapor el estado de la atmósfera, y por la niebla queempezaba á tenderse sobre la tierra. En aquel tiempo lascalles de Madrid no estaban alumbradas, ni empedradas, niabundaban las tiendas, y las pocas que existían, se cerrabanal obscurecer; andaba poca gente por las calles, porque entoncesMadrid, teniendo una periferia casi tan extensa comoahora, tenía mucha menos población; las casas, construídasen su mayor parte á la malicia, como se decía entonces, ópara que lo entiendan nuestros lectores, con un solo piso,para librarse de la carga de aposento con que estaban gravadaslas que se elevaban más, eran bajas, de pobre aspecto,y muchas de ellas de madera; las calles eran irregulares,tortuosas, estrechas, con entrantes y salientes, y singularmentepor la parte contigua al alcázar, por donde marchabanuestro joven, eran un verdadero laberinto, habiendo trozosen que no se veía una sola puerta, á causa de formarlos lastapias de los huertos de los cuatro ó cinco conventos quehabía en aquel barrio.

En uno de estos callejones escuetos y solitarios se detuvode repente nuestro joven, que había llegado hasta allí maquinalmente,para orientarse del lugar en que se encontraba.

El frío y la lluvia le habían vuelto al mundo real; miró entorno suyo en busca de una persona á quien preguntar, y seencontró solo; pero de repente, sin que antes hubiese sentidopisadas, sintió que se asían á su capa, y oyó una voz demujer que le decía con precipitación:

—¡Dadme vuestro brazo, y seguid adelante, seguid!

Volvióse el joven, y vió junto á él una mujer de buena estatura,de buen talante, de buen olor, completamente envueltaen un manto negro.

—¡Seguid, seguid adelante!—dijo la dama con doble impaciencia—;y no hagáis extrañeza ninguna, que me importa.Yo os explicaré... ¡pero seguid!

Y la tapada levantó por sí misma la halda de la capa deljoven, y se asió á su brazo y tiró de él.

—¡Yo os digo que sigáis adelante!—exclamó la incógnitacon irritación—; ¡ó es que sois tan poco hidalgo, que noqueréis favorecer á una dama!

No permitiendo la sorpresa contestar al joven, se limitó ádejarse conducir por la tapada.

—Pero, ¡yo os arrastro! ¡yo os llevo!—dijo ésta con acentoen que brotaba un tanto de irritación—; ¡y lo notará quiennos vea! ¿Cómo llevaríais á vuestra amante, caballero?

—¡Ah! ¡según!—dijo el joven—... si íbamos huyendo de unmarido, de un padre, ó un hermano...

—No, no tanto como eso: marchemos naturalmente, comodos enamorados á quienes importan poco el frío, la lluvia yel viento.

—Sea como vos queráis—dijo el joven—; y paréceme quesi yo os conociera, sería muy posible, casi seguro, mi enamoramiento.

—¿De dónde sois, caballero?—dijo la tapada, marchandoni más ni menos que si no hubiera llovido, y se hubiese encontradojunto al hombre de su elección.

—Soy... pero dispensad, señora; ni comprendo lo queme sucede, ni puedo adivinar el objeto de vuestra pregunta.

—Os pregunto que de dónde sois, porque me parecéis untanto cortesano: me estáis enamorando á la ventura sin soltarprenda.

—Pues os engañáis, señora; no soy cortesano sino desdeesta tarde.

—¡Cómo! ¿no habéis venido hasta ahora á la corte?

—No; y sin embargo, aunque no llega á una hora eltiempo que hace que estoy en ella, me han sucedido talesaventuras...

—¿Aventuras y en una hora?

—Sí por cierto: he reñido con un palafrenero del rey; heconocido á dos grandes señores; me he perdido en elalcázar...

—¡Ah! ¡os habéis perdido... en el alcázar...! ¿y qué aventuraos ha sucedido al perderos?

—¡Perderme!—exclamó el joven, y suspiró porque seacordó de la hermosura de la dama de la galería.

—En palacio es el perderse muy fácil—dijo la dama—, yos aconsejo que si alguna vez entráis en él, os andéis conpies de plomo; ¿y no os ha acontecido más aventura despuésde haberos... perdido en el alcázar?

—Sí, sí por cierto: ¿no os parece una muy singular aventuraesta en que me encuentro con vos, á quien no conozco,que se me os habéis venido sin saber de dónde y que...?

—¿Y qué...?

—Podéis acabar de perderme.

—¡Yo!

—Sí, vos: debéis ser muy hermosa, señora, y muy principal,y hallaros metida en un gran empeño.

—Explicadme...

—Os siento apoyada en mi brazo, y ¡Dios me perdone!,pero quien tiene tan hermoso brazo, debe tenerlo todohermoso.

—En la tierra de donde venís, ¿se acostumbra á abusarde las mujeres, caballero?

—¡Ah!, perdonad: yo no creía...

—Vos lo habéis dicho: soy una dama principal: más de loque podéis creer, y, como habéis supuesto, me encuentro enun gran conflicto.

—Vuestra voz, aunque quisistéis disimularlo, era un tantotrémula cuando me hablásteis: vuestro brazo, al asirse al mío,temblaba.

—Acortad el paso y bajad más la voz—dijo la dama—;nos siguen.

—Y vos, cuando os siguen, ¿os detenéis?

—Cuando sé que quien me sigue tiene dudas de si soyyo ó no soy, procuro no desvanecerlas huyendo: quienhuye teme.

—¿Y vos no teméis?

—Sí por cierto, y porque temo mucho, procuro que quienme sigue dude; dude hasta tal punto, que siga su caminocreyendo que pierde el tiempo en seguirme.

—¿No es vuestro esposo quien os sigue?

—Yo no soy casada.

—¿Ni vuestro padre?

—Está sirviendo al rey fuera de España.

—¿Ni vuestro hermano?

—No le tengo.

—¿Ni vuestro amante?

—Nunca le he tenido.

—¡Ah!

—¿Qué os sucede?

—Quisiera saber quién os sigue.

—No volváis la cara, que sin que la volváis os sobraráacaso tiempo de saberlo.

—Pero si no es asunto vuestro...

—¿Sabéis que sois muy curioso, caballero?

—¡Ah!, perdonad: me callaré.

—No, hablad; hablad.

—Pero si mis palabras os ofenden...

—Habladme de lo que queráis.

—¡Ah! ¿de lo que yo quiera? Yo quisiera conoceros.

—¿Y para qué?

—Os repito que debéis ser muy hermosa.

—Mirad no os engañe vuestro deseo.

—Descubrid el rostro.

—Mostraros el rostro ahora sería comprometer acaso unsecreto que no es mío.

—¡Cómo!

—Si pudiérais dar señas de la mujer á quien vais acompañando...

—Soy noble y honrado.

—No os conozco.

—Y sin embargo, os habéis amparado de mí.

—A la ventura, á la desesperada.

—¿Y no os inspira confianza la manera respetuosa conque os trato?

—Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habéisdicho quiénes eran los dos grandes señores que habéisconocido.

—¿Y por qué no? Eran el conde de Olivares y el duquede Uceda.

—¿Y cómo? ¿por qué habéis conocido á esos caballeros?

—Terciaron en mi disputa con el palafrenero.

—¡Ah!, y decidme: ¿de dónde salían?

—De las caballerizas del rey.

—¡Ah!, ¡es extraño!—dijo la dama—; ¡juntos y en públicoOlivares y Uceda!

Y la dama guardó silencio por algunos segundos.

Seguían andando lentamente; por fortuna la lluvia noarreciaba; y los anchos y bajos aleros de las casas los protegían.

El forastero iba fuertemente impresionado. La tapadaapoyaba con indolencia su brazo, un brazo mórbido ymagnífico, á juzgar por el tacto; su andar era reposado,grave, indolente; el movimiento de su cabeza lleno de gracia,de atractivo; su voz sonora, dulce, extremadamente simpática,y se exhalaba de ella una leve atmósfera perfumada.Además, una preciosa mano cuajada de anillos y extremadamenteblanca y mórbida, sujetaba su manto cerrado sobresu rostro, sin dejar abierto más que un candil, una especiede pliegue demasiado saliente, para que pudiera vérsela niun ojo.

La noche empezaba á cerrar densamente obscura.

El joven empezaba á aturdirse con lo que le acontecía.

—¿Y qué aventura os sobrevino en el alcázar cuando osperdísteis?

—Os lo repito: mi aventura en el alcázar ha sido perderme.

—Pero esa es una palabra que puede entenderse demuchos modos.

—¡Ah, señora...! ¡tengo una sospecha...!

—¿Qué?—dijo con cuidado mal encubierto la dama.

—Que acaso vos seáis la causa de que yo me hayaperdido.

—¡Yo! ¡y no me conocéis!

—Esa es mi desesperación: que no os conozco, y osrecuerdo.

—¿Sabéis que ya es obra el entenderos? Si no me conocéis,¿como podéis recordarme?

—Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, unmomento nada más, y os he visto tan hermosa que mehabéis cegado...

—¿Que me habéis visto? ¿Y dónde?

—Cuando os asísteis á mí, teníais abierto el manto.

—¡Oh! ¡no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, ¿dequé color son mis ojos?

—Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, señora,y cuando he vuelto á abrir los ojos me he encontrado áobscuras.

—Nos siguen más de cerca—dijo la dama—, y muchoserá de que quien nos sigue, á pesar de todo, no me conozca.

—La noche está obscura, señora; hace tiempo que vamospor calles desiertas: al que estorba se le mata.

—¡Ah!—exclamó la dama y estrechó el brazo del joven.

—Decidme: detened á ese hombre, y no da un paso más.

—¿Y mataríais por mí á quien no conocéis? ¿á un hombreque ningún mal os ha hecho?

—Sí.

—¿Y si no fuera yo quien creéis?

—¿Quién otra pudiera ser?

—La dama de palacio.

—Es que yo no he visto en palacio ninguna dama.

—¿La habéis prometido callar?

—Os juro que á ninguna dama he visto.

—Decidme... pero rodeemos por esta calle: ¿á qué habéisvenido á Madrid?

—A buscar á mi tío, que es el cocinero mayor del rey.

—¡Ah! ¿y al arrimo de vuestro tío, venís á pretender algúnoficio á la corte?

—Yo, señora, no pretendo nada.

—¿Sois rico?

—Soy pobre. Pero para servir bajo las banderas del reycomo soldado, no son necesarios empeños.

—¿De modo que...?

—Vengo á traer á mi tío el cocinero una carta de mi tíoel arcipreste.

—¡Ah! ¿y de dónde venís...!

—De Navalcarnero.

—¿Y nunca habéis salido de esa villa?

—Sí, por cierto, señora. He cursado en la Universidad deAlcalá.

—¡Ah! ¡ya decía yo!

—¿Y qué decíais vos?

—Que no érais novicio. ¡Estudiante! ¡ya!

—Y estudiante de teología.

—¿Y ordenado?

—No por cierto. Me gusta más el coselete que la sotana, yluego el amor... ¡poder amar sin ofender á Dios ni al mundo!

—No sabéis hablar más que de amor.

—Pues mirad; hasta ahora no he amado.

—¿Amáis á la dama del juramento?

—Os juro, señora...

—Si yo fuese la dama de la galería...

—¡Ah!

—Si yo fuese la que de tan mal talante os echó por unaescalera excusada...

—¿Vos me libertáis de mi promesa?

—Y porque habéis cumplido bien, espero que me contestéisen verdad: ¿es cierto que os he causado tal impresión,que no recordáis mi semblante?

—Os lo juro por mi honra.

—Pues bien; olvidad de todo punto vuestro amor queempieza; es tiempo aún: cuidad que no me volveréis á ver,cuidad que es un sueño lo que os sucede, y seguid callandocomo callábais.

—¡Oh! ¡sí! ¡callaré! pero amaré... os amaré... aunque no osconozca... ¡os amaré siempre!... ¡sin esperanza...!

—Olvidemos locuras y hablemos de lo que importa, porquevamos á separarnos.

Parémonos en esta esquina. Respondedme,si es verdad que he causado en vos la impresiónque decís. ¿Oísteis hablar á alguien en la galería?

—Sí.

—¿Qué oísteis...?

—Estas ó semejantes palabras: «me va en ello la vida óla honra...» ello era gravísimo. ¿Y queréis que sea francocon vos? He creído que quien pronunciaba aquellas palabrasera...

La tapada puso su pequeña mano sobre la boca del joven,y éste, aprovechando la ocasión, la retuvo, la besó; la damadió un ligero grito, y desasió con fuerza su brazo de lamano del joven; en ésta quedó un brazalete, que el jovenguardó rápidamente, y aprovechando el haberse descompuestoel manto de la dama, la miró:

—¡Ah!—exclamó con desesperación.

—Está la noche muy obscura—dijo la dama cubriéndosede nuevo.