El Abate Constantín by Ludovic Halévy - HTML preview

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—Sí, eso es.

—¿Es no poder cansarse de oír y ver a esta persona? ¿Es cesar de vivircuando ella no está presente, para revivir en el acto que reaparece?

—¡Oh, oh, es un gran amor ese!

—¡Pues bien, ese es el amor con que yo sueño!

—¿Y es ese el amor que no llega?

—Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona queyo prefiero a todos y a todas... ¿Sabéis quién es?

—No, no lo sé... pero lo imagino...

—Sí, sois vos, mi querida, y quizá sois vos, mi mala hermana, quien mehace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todomi corazón.

Lo ocupáis todo entero, no hay lugar para nadie más.¡Preferir a alguien! ¡amar a alguien más que a vos!... jamás loconseguiré.

—¡Oh, sí!...

—¡Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero más no. Que no cuentecon eso el señor que espero y no llega.

—No temáis nada, mi Betty; habrá lugar en vuestro corazón para todosaquellos a quienes debáis amar, para vuestro marido, para vuestroshijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muychiquito el corazón, y es muy grande al mismo tiempo.

Bettina besó con cariño a su hermana; luego quedose con la cabezaapoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie.

—Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvieraisapuro de veros libre de mí, ¿sabéis lo que haría? Pondría en unacanastilla el nombre de dos de estos señores, y tiraría a la suerte. Haydos que, a decir verdad, no me serían absolutamente desagradables.

—¿Cuáles son?

—Adivinad...

—El Príncipe Romanelli...

—¡Y va uno! ¿El otro?...

—M. de Montessan...

—¡Y van dos! Eso es; sí, esos dos serían aceptables, pero nada, nadamás que aceptables, y eso no basta.

Por eso Bettina esperaba con impaciencia el día de la partida y lainstalación en Longueval. Sentíase fatigada de tantos placeres, detantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellinoparisiense la había tomado desde su llegada, para no soltarla más. Niuna hora de alto ni descanso. Sentía la necesidad de entregarse a símisma, a solas durante algunos días, por lo menos, de consultarse,interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo,pertenecerse, en fin, tener un momento suyo.

Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a mediodía, al subiral tren que debía conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagóncon su hermana, exclamó:

—¡Ah, cuán contenta estoy! Respiremos un poco. ¡Sola con vos durantediez días, qué suerte! pues los Norton y los Turner no vendrán hasta el25, ¿no es así?

—Sí, el 25.

—Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y losbosques. ¡Diez días de libertad! ¡Y durante estos días no se presentaráningún pretendiente, ni uno solo! ¡Dios mío! todos estos pretendientes¿de qué estarán enamorados? ¿de mí o de mi dinero? Este es el misterio,el misterio impenetrable.

La máquina silbó, el tren se movió lentamente. Una idea extravagantecruzó por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclamó,acompañando sus palabras con un pequeño saludo con la mano:

—¡Adiós, mis pretendientes, adiós!

Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risanerviosa.

—¡Ah, Zuzie, Zuzie!

—¿Qué hay?

—Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me haoído!...

¡Y se ha quedado asombrado!...

—¡Sois tan poco razonable!

—Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no porconsiderarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, encompleta libertad.

—¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremosdos personas a comer con nosotras.

—¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dospersonas.

Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobretodo, al joven oficial...

—¡Cómo! ¿sobre todo?

—Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvignynos contó de él, el otro día, tan noble la acción del artillero cuandoera niño, tan noble, tan noble, que yo buscaré esta noche la ocasión dedecirle lo que pienso, y la encontraré!

Luego Bettina cambió bruscamente el curso de la conversación.

—¿Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys?

—Sí; ayer antes de comer...

—¡Oh! ¿me dejaréis manejarlos hasta el castillo? ¡me alegraré tanto depoder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio delcastillo sin detenerme en la puerta!... decid... ¿querréis, verdad?

—Sí, sí, convenido, conduciréis los poneys.

—¡Ah, que buena sois, mi Zuzie!

Edward era el picador. Había llegado hacía tres días al castillo para lainstalación de las caballerizas y la organización del servicio. Dignosesalir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatroponeys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estación connumeroso acompañamiento.

Puede decirse que todo Souvigny estaba allí. Elpaso de los poneys a través de la gran calle de la aldea había causadoefecto; todos los habitantes se habían precipitado fuera de sus casaspreguntándose con avidez:

—¿Qué es eso; qué es eso?

Algunas personas pensaban:

—Un circo ambulante, quizá...

Pero de todos lados exclamaban:

—¿Habéis visto qué bien iban? El carruaje y las guarniciones brillabancomo si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cadalado de la cabeza.

La muchedumbre se había aglomerado en el patio de la estación, y allísupieron que tendrían el honor de asistir a la llegada de lascastellanas de Longueval.

Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muylindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje.

Aquellas

buenas

gentes

esperaban

ver

aparecer

dos

princesas

mágicasvestidas de seda y brocato, cubiertas de rubíes y brillantes.

Peroabrieron tamaños ojos al ver a Bettina dar lentamente la vueltaalrededor de los cuatro poneys, acariciándolos uno después de otro,suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia losdetalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo,hacer algún efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados.

Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largosguantes de piel de Suecia, reemplazándolos por gruesos guantes degamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se deslizó sobre elpescante en el asiento de Edwards, recibiendo de éste las riendas y ellátigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados,tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sentóal lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazabanencabritarse.

—Cuidado, señorita—dijo Edwards;—los poneys están muy briosos hoy.

—Ya los conozco—respondió Bettina;—no temáis.

Miss Percival tenía la mano firme y suave a la vez, y muy segura.Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligándolos a estarsequietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble ylarga ondulación de su látigo, los hizo arrancar de un solo golpe, conincomparable destreza, y salió magistralmente del patio de la estación,en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiración.

El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny.Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente,pero en cuanto vio ante sí dos kilómetros de camino llano, sin subida nibajada, dejó los poneys ponerse progresivamente a gran trote... yllevaban un trote infernal.

—¡Oh! cuán feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estoscaminos. ¿Queréis manejar, Zuzie? ¡Es tan lindo cuando se les puededejar andar! ¡Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas.

—No, conservadlas, prefiero ver que os divertís.

—¡Oh! sí, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos,cuando hay espacio para correr! En París, aun por la mañana, yo no meatrevía; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aquí...¡nadie!... ¡nadie!...

¡nadie!...

En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y lalibertad, lanzaba triunfante sus tres: «¡Nadie, nadie, nadie!» aparecióun caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje.

Era Pablo de Lavardens, que desde hacía una hora esperaba allí paratener el gusto de ver pasar a las americanas.

—Os engañáis—dijo Zuzie a Bettina,—ahí viene alguien.

—Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirán mi mano.

—No tiene nada de paisano, mirad.

Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las doshermanas un saludo de la más alta corrección, y que de lejos descubríaal parisiense.

Los poneys corrían tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de unrelámpago. Bettina exclamó:

—¿Quién es ese señor que acaba de saludarnos?

—Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco.

—¿Lo conocéis?

—Y apostaría a que lo he visto este invierno en casa.

—¡Dios mío! ¿será uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezarotra vez.

V

Ese mismo día, a las siete y media, Juan fue a buscar al cura alpresbiterio, y los dos tomaron el camino del castillo.

Hacía un mes que un verdadero ejército de obreros se había apoderado deLongueval; las fondas y tabernas del lugar, ganaban una fortuna.Inmensos carros de mudanza vinieron de París cargados de muebles ytapices. Cuarenta y ocho horas antes de la llegada de madama Scott, laseñorita Marbeau, directora de correos, y la señora Lormier, laalcaldesa, se habían deslizado en el castillo, y sus descripcionesenloquecían a todo el pueblo. Los muebles antiguos habían desaparecido;paseábanse ellas en medio de un verdadero cúmulo de maravillas.

¡Y lascaballerizas, y las cocheras! Un tren especial trajo de París, bajo lainmediata vigilancia de Edwards, unos diez carruajes, ¡y qué carruajes!una veintena de caballos, ¡y qué caballos!

El abate Constantín creía saber lo que era lujo. Comía una vez por añoen casa de su obispo, monseñor Faubert, prelado amable y rico, querecibía con bastante largueza. Hasta entonces el cura creía que no podíahaber en el mundo nada más suntuoso que el palacio episcopal deSouvigny, que los castillos de Lavardens y Longueval... Y ahoracomenzaba a comprender, según lo que oía contar de los nuevosesplendores de Longueval, que el lujo de las grandes casas de hoy, debíasobrepasar extremadamente al lujo serio y severo de las viejas casas deantes.

Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque queconducía al castillo:

—Mira, Juan—dijo el cura,—¡qué cambio! Toda esta parte del parqueestaba abandonada, y hoy todo está enarenado, rastrillado. Ya no mesentiré aquí en mis dominios como antes. ¡Va a ser demasiado lindo! Noencontraré mi viejo sillón de terciopelo marrón, donde tantas veces medormía después de comer. Y

si me duermo esta noche, ¿qué será de mí?Fíjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercarás atocarme en el hombre por detrás. ¿Me lo prometes?

—Sí, padrino, os lo prometo.

Juan sólo prestaba mediana atención al discurso del cura. Sentía unaimpaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival;pero esta impaciencia iba acompañada de viva inquietud. ¿Las encontraríaen el gran salón de Longueval, como las vio en el pequeño comedor delpresbiterio?

Quizá, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas yfamiliares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y quedesde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quizáencontraría dos lindas muñecas de salón, elegantes, frías y correctas ensus maneras. ¿Se borraría su primera impresión, desaparecería? O por elcontrario ¿se haría más suave y más profunda en su corazón?

Subieron las seis gradas del pórtico y fueron recibidos en el vestíbulopor dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestíbulo queantes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes depiedra, hallábase ahora cubierto de admirables tapices que representabanescenas mitológicas. El cura miró apenas estos tapices; pero lo bastantepara notar que las diosas que se paseaban a través del boscaje llevabantrajes de una simplicidad demasiado antigua.

Uno de los criados abrió de par en par la puerta del gran salón.

Allí era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a laderecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el sillónmarrón. ¡Ya no había sillón marrón! Los viejos muebles del imperio, queconstituían el fondo del arreglo del salón, habían sido reemplazados porunos maravillosos muebles de tapicería de fines del siglo pasado, y unamultitud de pequeños sillones y banquillos de todas formas y colores, sehallaban esparcidos aquí y allá con una apariencia de desorden que erael colmo del arte.

Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levantó a recibirlos:

—Cuán amables sois—dijo,—señor cura, en haber venido, y vos también,señor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, misúnicos amigos en este país.

Juan respiró. Era la misma mujer.

—¿Queréis permitirme que os presente a mis hijos?... Harry y Bella,venid.

Harry era un precioso muchacho de seis años y Bella una linda niñita decinco; ambos tenían los grandes ojos negros de la madre y sus doradoscabellos.

Después que el cura besó a los dos niños, Harry, que miraba conadmiración el uniforme de Juan, preguntó:

—¿Y al militar debemos besarle también, mamá?

—Si queréis—respondió ella,—y si él consiente.

Un minuto después los dos niños estaban instalados en las rodillas deJuan y lo abrumaban a preguntas.

—¿Sois oficial?

—Sí, soy oficial.

—¿De qué?

—De artillería.

—¿Los artilleros, son los que manejan el cañón? ¡Oh, cómo me gustaríaoír tirar un cañonazo y estar muy cerca de allí!

¿Nos llevaréis un día cuando tiren cañonazos, no es verdad?

Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan,mientras respondía a las preguntas de los niños, no dejaba de mirarla.Llevaba un traje de muselina blanca, pero ésta desaparecía bajo unaverdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abiertaen cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramode rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en loscabellos con un alfiler de brillantes y nada más.

Madama Scott notó, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado porsus dos hijos.

—¡Oh, señor, os pido mil perdones! Harry, Bella...

—Dejadlos, señora, os lo ruego.

—¡Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermanano ha bajado aún. ¡Ah! ya viene.

Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y elmismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable,risueña, franca.

—Servidora de usted, señor cura. ¿Me habéis perdonado mi horribleindiscreción del otro día?

Luego, volviéndose hacia Juan y tendiéndole la mano:

—¿Cómo estáis, señor... señor... ¡bueno!... ya no me acuerdo de vuestronombre, y,

sin

embargo, me

parece

que somos

amigos

antiguos...¿señor?...

—Juan Reynaud.

—Juan Reynaud... eso es. ¡Buenas tardes, señor Reynaud! Pero lealmenteos prevengo que cuando en realidad seamos antiguos amigos, os llamaréseñor Juan. Es un nombre muy lindo Juan.

Anunciaron la comida. El aya vino a buscar a los niños; madama Scotttomó el brazo del cura; Bettina el de Juan... Hasta el momento de laaparición de Bettina, Juan se había dicho: «¡La más linda es madamaScott!» Cuando vio la pequeña mano de Bettina deslizarse bajo su brazo,y cuando ella volvió su delicioso rostro hacia él, pensó: «¡La más lindaes miss Percival!» Mas pronto volvió a caer en su indecisión cuando sehalló sentado entre las dos hermanas.

Si miraba hacia la derecha, de eselado sentíase amenazado de enamorarse... y si miraba a la izquierda, elpeligro cambiaba en el acto pasando a la izquierda.

La conversación comenzó fácil, animada, franca. Las dos hermanas estabancontentas. Ya habían dado un paseo a pie por el parque. Y al díasiguiente pensaban hacer un gran paseo a caballo por el bosque. ¡Montara caballo era su pasión, su locura! Y era la pasión de Juan también,tanto, que al cabo de un cuarto de hora le rogaban que fuera de lapartida para el día siguiente, y él aceptaba con alegría. Nadie conocíamejor que él los alrededores: era su tierra. Se consideraba felizpudiendo hacerle los honores y mostrarles una multitud de parajespreciosos, que sin él nunca habrían descubierto.

—¿Todos los días montáis a caballo?—preguntó Bettina.

—Todos los días, y generalmente dos veces. Por la mañana para elservicio y en la tarde por paseo.

—¿Muy temprano por la mañana?

—A las cinco y media.

—¿A las cinco y media todas las mañanas?

—Sí, excepto el domingo.

—¿Entonces os levantáis?...

—A las cuatro y media.

—¿Y es de día?

—¡Oh! en este tiempo sí.

—Levantarse así, a las cuatro y media, ¡es admirable! Nosotrosterminamos nuestra jornada muchas veces a la hora en que vos lacomenzáis. ¿Y os gusta vuestra carrera?

—Mucho, señorita. ¡Es tan lindo tener su existencia recta ante sí, consus deberes bien claros y bien definidos!

—Sin embargo—observó madama Scott,—¡no ser dueño de sí, tener siempreque obedecer!...

—Eso tal vez es lo que más me agrada. No hay nada más fácil queobedecer, y, además, aprender a obedecer es aprender a mandar.

—¡Oh, cuán cierto debe ser lo que decís!

—Sí, sin duda, pero lo que no os dice es que él es el oficial másdistinguido de su regimiento, y que...

—¡Padrino, por Dios!

El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en elpanegírico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo:

—Es inútil, señor cura; no digáis nada... todo lo que podríais decir,lo sabemos. Hemos cometido la indiscreción de tomar informes sobre elseñor...

¡oh! casi dije el señor Juan... sobre el señor Reynaud. ¡Y noslos han dado admirables!

—Tendría curiosidad de saber...—dijo Juan.

—Nada, nada; no sabréis nada. No quiero haceros ruborizar, y os veríaisobligado a ruborizaros.

Luego, volviéndose hacia el cura, agregó:

—Y sobre vos también, señor cura, hemos pedido datos. Parece que soisun santo...

—¡Oh! eso sí que es bien cierto—exclamó Juan.

Esta vez fue el cura quien interrumpió la elocuencia de Juan. La comidaiba a concluir, comida que para el cura había pasado en medio deterribles emociones. Muchas veces le habían presentado construccionessabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa,pues temía ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos degelatina, las pirámides de trufas, las fortalezas de crema, losbaluartes de pastelería, las rocas de helados. El abate Constantín, sinembargo, comió con buen apetito, y no retrocedió ante dos o tres copasde champagne. No odiaba la buena mesa. La perfección no pertenece a estemundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuántas buenasgentes irían al infierno.

El café lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oía elsonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. Elparque no conservaba ya más que líneas ondulantes e indecisas. La lunaaparecía lentamente sobre las copas de los grandes árboles.

Bettina tomó de sobre la mesa una caja de cigarros.

—¿Fumáis?—preguntó a Juan.

—Sí, señorita.

—Tomad, entonces, señor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... perono, escuchad primero.

Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros:

—Ahora está obscuro, podréis ruborizaros sin ser visto. Voy a deciroslo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fuevuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en París, para el pago delcastillo, y nos contó lo que habíais hecho después de muerto vuestropadre, cuando erais aún muy niño, por aquella pobre madre, y por lapobre joven. Mucho nos conmovió vuestra acción a mi hermana y a mí.

—Sí, señor—continuó madama Scott,—y por esto hemos tenido tanto gustoen recibiros hoy. No a todos habríamos dispensado la misma acogida, oslo aseguro. Ahora bien, podéis ya tomar vuestro cigarro; mi hermanaespera desde hace rato.

Juan no halló una palabra para responder. Bettina estaba allí, plantadaante él, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos contoda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muyvivo que puede traducirse por estas palabras:

—Me parece que estoy mirando a un buen muchacho.

—Ahora sentémonos aquí—dijo madama Scott,—ante esta preciosa noche...tomad vuestro café... fumad.

—Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo,después del inmenso bullicio de París, ¡es adorable! Quedémonos ahí, sindecir nada.

Miremos el cielo, la luna y las estrellas.

Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeño programa. Zuzie yBettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de lavíspera, tomándole cariño ya a esa comarca que acababa de recibirlas ylas conservaría por algún tiempo.

Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival lehabían causado una profunda emoción; su corazón no recobraba aún sumarcha regular.

Pero de todos, el más feliz era el abate Constantín. Había gozado condelicia el pequeño incidente que puso la modestia de Juan a tan rudacomo grata prueba. ¡El abate quería tanto a su ahijado! El más tierno delos padres no amó nunca tanto al más querido de sus hijos. Cuando elanciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se decía:

—El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo.

El abate se perdió en una meditación muy agradable; se encontraba comoen su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundían y embrollabanpoco a poco. La meditación volviose pesadez, y la pesadez somnolencia;pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmió; sedurmió profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas dechampagne, tenían, en parte la culpa de esta catástrofe.

Juan no había notado nada. Olvidó la promesa hecha a su padrino ¿Y porqué la olvidó? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurrióponer los pies sobre los taburetes del jardín, colocados ante losgrandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaronperezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaronun poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatropiececitos, cuyas líneas se destacaban claras y distintas bajo doslindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna.

Juan mirabaaquellos pies y se preguntaba:

—¿Cuáles son los más pequeños?

Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijoa media voz:

—¡Señor Juan, señor Juan!

—¿Señorita?

—Mirad al señor cura, se ha dormido.

—¡Oh, Dios mío! yo tengo la culpa.

—¡Cómo! ¿vos tenéis la culpa?—preguntó madama Scott, en voz bajatambién.

—Sí... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; merecomendó mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa demadama de Longueval, después de comer, dormitaba un poco. Vosotras lehabéis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre.

—Y ha hecho muy bien—dijo Bettina.—No hagamos ruido, no ledespertemos.

—Sois demasiado buena, señorita; pero la noche está muy fresca.

—¡Ah! es verdad, podría resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado.

—Creo, señorita, que mejor sería procurar despertarlo discretamentepara que no comprenda que lo habéis visto dormir.

—Dejadme hacer—dijo Bettina.—Zuzie, cantemos algo, juntas, a mediavoz primero, luego la elevaremos poco a poco... Cantemos.

—Bueno; pero ¿qué cantamos?

—Cantemos: Something childish... La letra es de circunstancia.

Las dos hermanas comenzaron a cantar:

If

I

had

but

two

little

wings

And were a little feathery bird, etc.

Sus voces suaves y penetrantes tenían en aquel profundo silencio unaexquisita sonoridad. El abate no oía nada, ni se movía. Encantado coneste pequeño concierto, Juan se decía:

—¡Con tal que mi padrino no se despierte pronto!

Las voces seguían más claras y más altas:

But

in

my

sleep

to

you

I

fly:

I am always with you in my sleep! etc.

Y el abate continuaba inmóvil.

—¡Cómo duerme!... es un crimen despertarlo.

—¡Es preciso!... ¡Más alto, Zuzie, más alto!

Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces: Sleep

stays

not,

though

a

monarch

bids;

So I love to wake ere break of day; etc.

El cura despertó sobresaltado. Después de un corto momento de inquietud,respiró... nadie, evidentemente nadie, había notado que él dormía.Enderezose, estirose prudente y lentamente... ¡Se había salvado!...

Un cuarto de hora más tarde, las dos hermanas acompañaban al cura y aJuan hasta la pequeña puerta del parque, que daba a la aldea, a uncentenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuandoBettina dijo a Juan, de repente:

—¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros.

Estamañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado,de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar.

—Es Pablo de Lavardens, un amigo mío. Ya ha tenido el honor de serospresentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambición es que os lovuelvan a presentar.

—¡Pues bien! traedlo uno de estos días—dijo madama Scott.

—Después del 15—exclamó Bettina.—¡Antes no, antes no! Nadie hastaentonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, señor Juan... perovos, es extraordinario, no sé cómo sucede esto; pero vos no sois nadiepara nosotras... El cumplimiento no está muy bien hecho; mas fijaos bieny veréis que es un cumplimiento; tengo la intención de ser excesivamenteamable con vos al hablar así.

—Y lo sois, señorita.

—Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien.Hasta la vista, señor Juan, hasta mañana.

Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino delcastillo.

—Y ahora, Zuzie, reñidme bien fuerte... Lo espero... Y lo hemerecido...

—Reñiros, ¿por qué?

—Diréis, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad aese joven.

—No, no os diré eso... Ese joven, desde el primer día, me hizo la mejorimpresión, y me inspira una confianza absoluta.

—Y a mí también.

—Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos aconquistar su amistad.

—De todo corazón, por mi parte, tanto más, Zuzie, cuanto que he vistoya muchos jóvenes desde que vivimos en Francia... ¡oh, sí,muchísimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero,en cuyos ojos no he leído con claridad esta frase: «¡Señor, Dios, cuáncontento estaría yo si pudiera casarme con los millones de estapersonita!» Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos losdemás, y no en los de él. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches,Zuzie, hasta mañana.

Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos.

Bettina permaneció largo tiempo de codos en el balcón.

—Me parece—se decía,—que voy a tomar cariño a esta aldea.

VI

Al día siguiente, por la mañana, a la vuelta del ejercicio, Pablo deLavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempopara bajar del caballo, y cuando estuvieron solos:

—Cuenta—le dijo,—pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por lamañana.

La menor manejaba cuatro poneys negros, ¡con un desenfado! Lassaludé...

¿Has hablado de mí? ¿Me conocieron? ¿Cuándo me llevas aLongueval? ¡Pero responde, pues, respóndeme!

—¡Responder, responder! ¿A qué pregunta, primero?

—A la última.

—¿Cuándo te llevo a Longueval?

—Sí.

—Dentro de diez días. No quieren ver a nadie, por el momento.

—¿Entonces, no volverás a Longueval antes de diez días?

—¡Oh! iré hoy a las cuatro. ¡Pero yo no soy nadie! ¡Juan Reynaud, elahijado del cura! Por eso he penetrado con tanta facilidad en laconfianza de estas dos preciosas mujeres; me presenté bajo el patronatoy con la garantía de la iglesia.

Y a más descubrieron que yo podíaprestar pequeños servicios; conozco muy bien los caminos, y van autilizarme como guía. En fin, yo no soy nadie, mientras que tú, CondePablo de Lavardens, tú eres alguien. Así, no temas nada, llegará tuturno con los bailes y las fiestas cuando sea preciso brillar, cuandose necesite bailar. Tú resplandecerás entonces con todo tu fulgor, y yovolveré muy humildemente a mi obscuridad.

—Búrlate de mí cuanto quieras. Por eso no es menos cierto que duranteestos diez días tomarás una ventaja... ¡una gran ventaja sobre mí!

—¿Cómo una ventaja?

—Vamos, Juan, acaso quieres hacerme creer que no estás todavíaenamorado de una de estas dos mujeres. ¿Es posible? ¡tanta belleza,tanto lujo! ¡Oh... el lujo quizá más que la belleza! El lujo en esegrado me aturde, me trastorna. Los cuatro poneys negros con sus cucardasde rosas blancas me han hecho soñar esta noche. Y la joven... Bettina...¿no es así?

—Sí, Bettina.

—¿Bettina?... ¿Condesa Bettina de Lavardens? ¿No te parece muy bonito?Y

qué marido tan perfecto tendría en mí. ¡Ser el marido de una mujerlocamente rica, esa es mi ambición! ¡No es tan fácil como se supone! Espreciso saber ser rico, y yo tendré esa ciencia. Ya he hecho la prueba;he comido ya bastante dinero ¡y si mamá no me hubiera detenido!... peroestoy pronto para volver a empezar. ¡Ah, cuán feliz sería conmigo! Leharía pasar una existencia de princesa encantada... En su lujo vería elgusto, el arte y la ciencia de su marido.

Pasaría mi vida en componerla,engalanarla, emperifollarla y pasearla triunfante a través del mundo.Estudiaría su belleza para ponerla bien en el cuadro que leconviniera!... «Si él no estuviera ahí, se diría ella, yo sería menoslinda.» No sólo sabría amarla, sino también divertirla. ¡Tendría amor yplaceres en cambio de su dinero!... Vamos, Juan, un buen movimiento,llévame hoy a casa de madama Scott.

—No puedo, te lo aseguro.

—¡Bueno! dentro de diez días solamente, pero te advierto que entoncesme instalo en Longueval para no salir más de allí. En primer lugar, conesto daré gusto a mamá, que aunque todavía está un poco fastidiada conlas americanas, y dice que buscará medio de no encontrarlas nunca, ¡yola conozco bien a mamá!

Y sé que la noche que le diga al volver: Mamá,he ganado el corazón de una preciosa persona, cuyo mayor defecto esposeer un capital de unos veinte millones y una renta de dos o tresmillones... Se exagera siempre que se habla de centenares de millones:para mí yo sabré las verdaderas cifras, y eso me basta... Esa noche,mamá se quedará encantada, porque en resumidas cuentas,

¿qué desea ellapara mí? Lo que todas las buenas madres desean para sus hijos, sobretodo cuando sus hijos han hecho locuras... un rico casamiento o unabuena amistad. En Longueval encuentro las dos combinaciones, yaprovecharé una u otra. Dentro de diez días me harás el gusto deprevenirme, de hacerme saber cuál de las dos me abandonas: madama Scotto miss Percival.

—¡Estás loco! No pienso ni pensaré nunca...

—Oye, Juan, tú eres la prudencia y la razón encarnadas, en eso estoyconforme; pero por más que digas y hagas... Escucha, y acuérdate deesto, Juan; de esa casa saldrás enamorado.

—No lo creo—respondió Juan, riendo.

—Y yo estoy seguro de lo que digo... ¡Hasta la vista! Te dejo en tusasuntos.

Aquella mañana Juan hablaba sinceramente: había dormido muy bien lanoche anterior. Su segunda entrevista con las dos hermanas disipó, comopor encanto, la ligera turbación que agitó su alma en el primerencuentro.

Preparábase a volver a verlas con mucho placer, pero con todatranquilidad.

Había demasiado dinero en aquella casa, para que pudieracaber el amor de un pobre diablo como él.

La amistad era otra cosa. De todo corazón deseaba, y con todas susfuerzas iba a procurar conquistar la estimación y tranquilo afecto delas dos mujeres.

Trataría de no ver demasiado la belleza de Zuzie yBettina; trataría de no perderse, como lo hizo la víspera, en lacontemplación de los cuatro piececitos colocados sobre los dos taburetesdel jardín. Le dijeron con toda franqueza y cordialidad: «Seréis nuestroamigo.» ¡Era lo que él deseaba! ¡Ser su amigo! Y

lo sería.

Durante los diez días siguientes todo conspiró para el éxito de estaempresa.

Zuzie, Bettina, el abate y Juan vivieron con la misma vida, enla más estrecha y confiada intimidad. Las dos hermanas hacían por lamañana largos paseos en carruaje con el cura, y por la tarde grandesexcursiones con Juan, a caballo.

Juan no analizaba sus sentimientos; no se preguntaba si iba a inclinarsea la derecha o a la izquierda. Sentía por ambas la misma abnegación,idéntico afecto, y era completamente feliz, estaba completamentetranquilo. Luego no estaba enamorado, pues el amor y la tranquilidadrara vez hacen buenas migas en un mismo corazón.

No obstante, Juan veía con cierta inquietud y tristeza acercarse el díaque traería a Longueval a los Turner, los Norton y toda la coloniaamericana. Ese día llegó muy pronto.

El viernes 24 de junio, a las cuatro de la tarde, cuando Juan vino alcastillo, Bettina lo recibió muy triste.

—¡Qué contratiempo! mi hermana está indispuesta, un poco de jaqueca, noes nada; mañana estará bien; pero hoy no me atrevo a salir sola con vos.Allá, en América, me animaría; pero aquí no, ¿no es verdad?

—Seguramente—respondió Juan.

—Me veo obligada a despediros, y lo siento mucho.

—Yo también siento irme y perder esta última tarde que creía poderpasar con vos. ¡Pero ya que es preciso!... mañana volveré a saber devuestra hermana.

—Ella misma os recibirá. Os repito que no es nada lo que tiene. Pero noos escapéis tan pronto, os ruego; concededme siquiera un cuarto de horade conversación.

Tengo

que

hablaros.

Sentaos

ahí

y

escuchadme.

Teníamosintención, mi hermana y yo, de bloquearos esta noche después de comer,en un rincón del salón, y entonces mi hermana tomaría la palabra paradeciros lo que voy a tratar de expresaros a nombre de las dos. Peroestoy algo conmovida... No os riáis, que es muy serio. Queríamosagradeceros las dos, porque desde nuestra llegada os habéis mostrado tanamable, tan bueno, tan cariñoso, tan...

—¡Por Dios! señorita, yo soy quien debe agradecer...

—¡Oh! no me interrumpáis... vais a enredarme, y no sabré salir delpaso.

Además, sostengo que nosotras debemos agradeceros a vos; puesllegamos aquí como dos extranjeras, y en el acto tuvimos el placer deencontrar amigos, sí, amigos. Vos nos habéis llevado de la mano a casade nuestros inquilinos, de nuestros guardabosques; en tanto que vuestropadrino nos llevaba a casa de sus pobres. Y por todas partes os queríantanto, que en seguida, con confianza comenzaron a querernos un poco porvuestra recomendación... ¿Sabéis que os adoran en toda la comarca?

—Aquí he nacido. Todas estas buenas gentes me conocen desde miinfancia, y me agradecen los servicios que mi padre y mi abuelo lesprestaron. Además, soy de su raza, de la raza de los paisanos. Mibisabuelo era agricultor en Bargecout, una aldea a dos leguas de aquí.

—¡Oh, oh! ¡parecéis estar orgulloso de ello!

—Ni orgulloso ni humillado.

—Dispensad, pero habéis tenido un pequeño movimiento de orgullo.

Puesbien, yo os responderé que mi bisabuelo también era agricultor enBretaña, y se trasladó al Canadá a fines del siglo pasado, cuando elCanadá era aún francés... Y ¿queréis mucho la aldea en que habéisnacido?

—Mucho, y pronto me veré obligado a abandonarla.

—¿Por qué?

—Si obtengo un ascenso, me enviarán a otro regimiento, y me pasaré deguarnición en guarnición... pero cuando sea un viejo comandante o unviejo coronel retirado del servicio, vendré a vivir y morir aquí, en lacasita de mi padre.

—¿Siempre solo?

—¿Por qué solo? Espero que no.

—¿Tendréis intención de casaros?

—Seguramente sí.

—¿Y buscáis con quién casaros?

—No. Puede uno pensar en casarse, pero no debe buscar con quiéncasarse.

—Sin embargo, hay gente que busca... sí, os lo aseguro; sin ir máslejos, a vos os han buscado para casaros.

—¿Cómo sabéis?

—¡Ah! ¡Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama un buenpartido, y lo repito han querido casaros.

—¿Quién os lo ha dicho?

—El señor cura.

—Mi padrino ha hecho mal—dijo Juan, con cierta vivacidad.

—No, no; no ha hecho mal. Si hay algún culpable soy yo, y culpable porcaridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubrí que vuestro padrinonunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por lamañana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con él, para darle gusto,le hablo de vos, y él me cuenta vuestra historia. Estáis bien defortuna, estáis muy bien. Recibís del Gobierno doscientos trece francosy algunos céntimos al mes. ¿No es así?

—Sí—dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura.

—Tenéis ocho mil francos de renta.

—Más o menos, no completos.

—Agregad a esto vuestra casa, que valdrá unos treinta mil francos. Enfin, tenéis una excelente posición, y ya han pedido vuestra mano.

—¿Pedido mi mano?... ¡No, no!

—¡Sí, sí, dos veces! y vos habéis rehusado dos buenos casamientos, odos lindas dotes, si lo preferís. ¡Para tanta gente es la misma cosa!Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. ¡Segúnparece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme¿por qué? ¡Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo!

—Se trataba de dos preciosas jóvenes...

—Convenido, eso se dice siempre.

—Pero a las que apenas conocía. Me obligaron, pues yo me resistía, meobligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado.

—¿Y entonces?

—Entonces... no sé cómo explicároslo, no experimenté ningún sentimientode emoción, inquietud, turbación.

—En fin—dijo resueltamente Bettina,—ni la menor sombra de amor...

—No, ni la más mínima. Y volví con toda calma a mi cuartujo de soltero;pues pienso que vale más no casarse, que casarse sin amar. Esa es miopinión.

—Y también la mía.

Ella lo miraba; él la miraba. Y de pronto, con gran sorpresa de ambos,no encontraron nada que decirse, absolutamente nada.

Felizmente en ese instante, Harry y Bella se precipitaron al salón dandograndes gritos de alegría.

—¡Señor Juan, señor Juan! ¡estáis ahí, señor Juan, venid a ver nuestrosponeys!

—¡Ah!—dijo Bettina, con voz algo incierta.—Eduardo acaba de llegar deParís, trayendo para los niños unos poneys microscópicos. Vamos averlos,

¿queréis?

Y salieron a ver los poneys, que, en efecto, eran dignos de figurar enlas caballerizas del rey de Liliput.

VII

Han transcurrido tres semanas. Juan debe partir al día siguiente con suregimiento para las escuelas de artillería; va a vivir como verdaderosoldado durante veinte días; diez días de camino para ir y volver, ydiez bajo la tienda del campamento de Cercottes, en el bosque deOrleans. El regimiento volverá a Souvigny el 10 de agosto.

Juan no está ya tranquilo; Juan ya no es feliz. Con impaciencia ve venirel momento de la partida, y al mismo tiempo con terror... Conimpaciencia, porque sufre un verdadero martirio, al que quiere escaparcuanto antes. Con terror, porque durante estos veinte días que pasarásin verla, sin hablarla, sin ella, en fin, ¿qué será de él? ¡Ella esBettina y él la adora!

¿Desde cuándo? ¡Desde el primer día, desde aquel encuentro en el mes demayo, en el jardín del cura! Esa es la verdad. Pero Juan lucha y serebela contra esta verdad. Cree que sólo ama a Bettina desde el día enque conversaban los dos alegre y amistosamente en el saloncito azul.Ella se hallaba sentada en el diván, cerca de la ventana, y mientrascharlaba, se entretenía en reparar el desorden de la toilette de unaprincesa japonesa, muñeca de Bella, que yacía sobre un sillón, y Bettinala levantó maquinalmente.

¿Por qué se le ocurrió a Bettina hablarle de las dos jóvenes con quienespudo haberse casado? La pregunta no lo turbó nada, y respondió que nosintió entonces ninguna inclinación al matrimonio, porque susentrevistas con las dos jóvenes no le causaron ninguna emoción, ningunaagitación. Y sonreía al hablar así; pero algunos momentos después, ya nosonreía. Pues repentinamente aprendió a conocer esas turbaciones, esasagitaciones, y no se hizo la menor ilusión sobre la profundidad de suherida; conoció que le había atacado en pleno corazón.

Sin embargo, no desesperó. Aquel día, al partir, se decía: «Sí, esgrave, muy grave; pero curaré.» Y buscaba una excusa a su locura, queatribuía a las circunstancias. Durante diez días, aquella deliciosajoven había estado demasiado con él, ¡demasiado con él solo! ¿Cómoresistir a semejante tentación? Habíase embriagado con su encanto, sugracia y su belleza. Mas al siguiente día llegarían veinte personas alcastillo a poner término a tan peligrosa intimidad. El tendría valor, sealejaría; perdiéndose entre la multitud, vería a Bettina con menosfrecuencia y de más lejos... ¡No volver a verla, no podía ni pensarlo!Quería seguir siendo amigo de Bettina, ya que sólo podría ser su amigo.Pues había otro pensamiento que no cabía siquiera en el espíritu deJuan; ese pensamiento no sólo le parecía extravagante, sino monstruoso.No había hombre más caballero que Juan en el mundo, y el dinero deBettina le causaba horror, verdaderamente horror.

Desde el 25 de junio un mundo de gente invadió Longueval. Madama Nortonllegó con su hijo Daniel Norton, y madama Turner con su hijo FelipeTurner, y ambos jóvenes formaban parte de la famosa cofradía de lostreinta y cuatro. Eran amigos antiguos, a quienes Bettina trató comotales, declarándoles con toda franqueza que perdían completamente sutiempo; mas ellos no desalentaban, y formaban el centro de una pequeñacorte muy obsequiosa y muy asidua que giraba en torno de Bettina.

Pablo de Lavardens hizo su entrada en la escena, captándose rápidamentela amistad de todo el mundo. Había recibido la brillante y complicadaeducación de un joven destinado a los placeres; mientras no se trataramás que de divertirse: caballos, croquet, lawn-tennis, polo, baile,charadas y comedias, estaba siempre pronto a todo, sobresalía en todo.Su superioridad estalló, y se impuso, llegando a ser con elconsentimiento general, el organizador y director de las fiestas deLongueval.

Bettina no se engañó ni un segundo. Juan le presentó a Pablo deLavardens, y éste acababa apenas el pequeño cumplimiento de estilo,cuando ya Bettina inclinándose hacia Zuzie, le decía al oído:

—¡El trigésimo quinto!

Sin embargo, prestó buena acogida a Pablo; tan buena, que éste, durantealgunos días, tuvo la debilidad de equivocarse, pensando que sus graciaspersonales le valían tan amable y cordial recepción: mas estaba en ungrave error. Había sido presentado por Juan, era amigo de Juan, y a losojos de Bettina en esto estribaba todo su mérito.

El castillo de madama Scott tenía la puerta franca; las invitaciones nose recibían para una noche, sino para todas las noches, y Pablo, conentusiasmo, se encaminaba allí todas las noches. Su sueño se realizaba.¡Hallaba a París en Longueval!

Pero Pablo no era tonto ni fatuo. Era, sin duda, objeto, de parte demiss Percival, de atenciones y favores especiales; gustábale a ellahablar larga, muy largamente a solas con él... mas ¿cuál era el eterno,el inagotable tema de estas conversaciones? ¿Juan, aún Juan, y siempreJuan?

Pablo era ligero, disipado, frívolo, pero volvíase serio apenas setrataba de Juan; sabía apreciarlo, sabía amarlo. Nada le era tan grato,ni tan fácil como decir de su amigo todo el bien que pensaba. Y comoveía que Bettina se complacía en escucharlo, daba libre curso a suelocuencia.

Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficiode su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante más de un cuartode hora con Bettina. Terminada la conversación fuese a buscar a Juan alotro extremo del salón, diciéndole:

—Me dejaste el campo libre... y me lancé intrépidamente sobre missPercival.

—¡Y bien! no creo que estés descontento del resultado de la empresa;sois los mejores amigos del mundo.

—Sí, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otrapersona más amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mérito dereconocerlo; acá, para entre nosotros, te diré que me hace representarun papel ingrato y ridículo, un papel que no es para mi edad. Cuento laedad de los enamorados, mas no la de los confidentes.

—¿De los confidentes?

—Sí, querido mío, de los confidentes; ¡tal es mi empleo en esta casa!Tú nos mirabas hace un momento... ¡Oh! tengo buena vista... Tú nosmirabas. Pues bien ¿sabes de qué hablábamos? ¡De ti, querido, de ti, ynada más que de ti! Y

todas las noches es la misma cosa. Preguntas queno tienen fin. «¿Os habéis educado juntos? ¿Tomásteis lecciones los doscon el abate Constantín? ¿Dentro de poco será capitán? ¿Y después?comandante. ¿Y después? coronel et cætera... et cætera...» ¡Ah,Juan, amigo mío, Juan, si tú quisieras realizar un lindo sueño!...

Juan se fastidió, casi se enojó. Pablo quedó asombrado ante este accesode brusca irritación.

—¿Qué tienes? Me parece que no he dicho nada...

—Dispensa. He hecho mal; pero también ¿por qué se te ocurre una ideatan absurda?

—¡Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propiacuenta, esta idea absurda.

—¡Ah! tú...

—¡Cómo, ah! ¿yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener tú... Tú valesmás que yo...

—¡Pablo, por favor!...

El disgusto de Juan era evidente.

—No hablemos más de esto... no hablemos más... En suma, lo que yoquería decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muygracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jamásme tomará a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott,pero sin gran confianza...

Mira, Juan, yo me divertiré mucho en estacasa; pero no sacaré ningún provecho de aquí.

Pablo se dirigió hacia madama Scott: mas desde el día siguiente tuvo lasorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con todaregularidad en el círculo particular de madama Scott, que, como Bettina,tenía su pequeña corte. Lo que Juan buscaba allí era una protección, unabrigo, un asilo.

El día de aquella tremenda conversación sobre los matrimonios sin amor,Bettina también sintió por la primera vez despertarse de pronto en ellaesa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en elcorazón de todas las jóvenes. La sensación fue la misma, en el mismomomento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, seechó bruscamente atrás. Ella, por el contrario, se dejó arrastrar, entodo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emoción yenternecimiento.

Ella esperaba el amor... ¡si fuera el amor! El hombre que debía ser supensamiento, su vida, su alma... si fuera él, este Juan. ¿Por qué no?

Loconocía más que a todos aquellos que desde hacía un año giraban en tornode su fortuna, y de todo lo que de él sabía, nada era como paradesalentar la confianza y el amor de una joven. ¡Lejos de eso!

En fin, los dos hacían bien, los dos estaban en el deber y la verdad:ella dejándose arrastrar; él, resistiendo; ella, sin pensar en unmomento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; él, retrocediendoante aquella montaña de millones como lo habría hecho ante un crimen;ella, pensando que no tenía derecho para discutir con el amor; élpensando que no tenía derecho para discutir con el honor.

Por esto, a medida que Bettina se hacía más cariñosa, y se abandonabacon más franqueza al primer llamado del amor, Juan, de día en día,estaba más taciturno y agitado. No sólo tenía miedo de amar él, sinotambién de ser amado.

Debió haberse quedado en su casa, no venir... Lo ensayó, mas no pudo...La tentación era demasiado fuerte, y lo arrastraba. Llegaba, y ellavenía en el acto hacia él con las manos tendidas, la sonrisa en loslabios y el corazón en los ojos.

Todo en ella decía: «¡Procuremosamarnos, y si podemos, amémonos!»

El miedo lo embargaba. Apenas se atrevía a tocar aquellas dos manos queiban al encuentro de las suyas. Trataba de evitar aquella mirada quecariñosa y risueña, inquieta y curiosa, buscaba la suya. Temblaba antela necesidad de hablar a Bettina, ante la necesidad de oírla, y entoncesse refugiaba junto a madama Scott, y ésta recibía sus palabrasindecisas, conmovidas, turbadas, que no se dirigían a ella, y que, sinembargo, ella tomaba para sí.

Zuzie no podía dejar de engañarse. Bettina no le había dicho nada, no lehabía manifestado aún los sentimientos vagos y confusos que la agitaban.Guardaba y acariciaba el secreto de su amor naciente, como un avaroguarda y acaricia las primeras monedas de su tesoro... El día en queviera claro en su corazón, el día en que estuviera segura de amarlo,¡ah! ¡entonces le hablaría a Zuzie, y sería feliz contándoselo todo!...

Madama Scott acabó por atribuirse el honor de la melancolía de Juan, quede día en día tomaba un carácter más marcado. Estaba halagada, puesnunca disgusta a una mujer el creerse amada, halagada, pero triste almismo tiempo.

Tenía grande estimación y afecto por Juan, y la afligía elpensar que ella era la causa de su sufrimiento y desgracia.

Por otra parte, Zuzie tenía el sentimiento de su inocencia. Con losdemás, algunas veces era coqueta, muy coqueta. Atormentarlos un poco noera un gran crimen. Los otros no tenían nada que hacer, no servían paranada, y esto los ocupaba, mientras la divertía a ella; les hacía matarel tiempo a ellos y a ella también... Pero Zuzie no se reprochabaninguna coquetería con Juan; pues se daba cuenta de su mérito ysuperioridad sobre los demás; comprendía que era hombre capaz de sufrirseriamente, y madama Scott no quería esto. Ya dos o tres veces estuvo apunto de hablarle, con mucha dulzura y afectuosamente, peroreflexionó... Juan iba a partir por unos veinte días; a su vuelta, siaun fuese necesario, le haría un pequeño discurso moral, y le hablaríatan bien, que el amor no volvería a meterse tontamente a través de suamistad.

Juan partía al día siguiente... Bettina le rogó con insistencia vinieraa pasar el último día en Longueval, a comer con ellas. Pero Juan senegó, alegando sus ocupaciones la víspera de la partida. Llegó a lanoche, como a las diez y media.

Había venido a pie, y más de una vez enel camino, pensó volver sobre sus pasos.

—Si tuviera valor—se decía,—no la volvería a ver. Partiré mañana y novolveré a Longueval mientras ella esté ahí. Mi resolución está tomada,bien tomada.

Pero continuó su camino; quería verla... por última vez.

Apenas entró al salón, Bettina corrió a recibirlo:

—¡Al fin llegasteis!... ¡Qué tarde!

—He estado muy ocupado.

—¿Y partís mañana?

—Sí, mañana.

—¿Temprano?

—A las cinco de la mañana.

—¿Saldréis por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea?

—Sí, por ese camino pasaremos.

—¿Por qué tan temprano? Yo habría ido a veros pasar y deciros adiósdesde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, queestaba ardiente, hasta que éste se desprendió dolorosamente, haciendo unesfuerzo, y dijo:

—Tengo que ir a saludar a vuestra hermana.

—¡Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid asentaros un momento aquí conmigo.

El se vio obligado a sentarse a su lado.

—Nosotras también partiremos.

—¿Vosotras?

—Sí, hoy recibimos un telegrama de mi cuñado que nos causó muchaalegría.

No lo esperábamos hasta dentro de un mes, y estará aquí dentrode doce días; se embarca pasado mañana en New-York en el Labrador... Ynosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aquí pasado mañana,llevando a los niños, a quienes sentará muy bien pasar unos diez días aorillas del mar... ¡Cuánto se alegrará mi cuñado al conoceros!... Alconoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todaslas cartas. Segura estoy de que simpatizaréis mutuamente. El esexcelente... ¿Cuánto tiempo tardaréis en volver?

—Veinte días.

—¿Veinte días... en un campamento?

—Sí, señorita, en el campamento Cercottes.

—En medio de los bosques de Orleans. Esta mañana me hice explicar todoesto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a micuñado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, iríatodas las mañanas a hacer una visita a vuestro padrino... y él me daríanoticias vuestras. ¿Queréis escribir a mi hermana, dentro de diez días,una cartita de cuatro líneas, que no os quitará mucho tiempo, diciéndolecómo estáis y que no nos olvidáis?

—¡Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, devuestra bondad... ¡nunca, señorita, jamás!

Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emoción, y se levantó.

—Os repito, señorita, que debo ir a saludar a vuestra hermana... me havisto...

y debe estar asombrada...

Atravesó el salón, mientras Bettina lo seguía con la vista. MadamaNorton acababa de instalarse en el piano para hacer bailar un poco a losjóvenes. Pablo de Lavardens se acercó a miss Percival.

—¿Queréis hacerme el honor, señorita?

—¡Ah! Creo haber prometido este vals al señor Juan.

—En fin, ¿si no es con él... será conmigo?

—Convenido.

Bettina se dirigió hacia Juan que se había sentado cerca de madamaScott.

—Acabo de echar una gran mentira. El señor de Lavardens vino ainvitarme para este vals, y le respondí que os lo había prometido... Sí,¿no es verdad, queréis?

¡Estrecharla en sus brazos, respirar el perfume de sus cabellos!... Juanestaba desesperado... No se atrevió a aceptar.

—Siento, señorita; mas no puedo... no me encuentro bien esta noche.