El Abate Constantín by Ludovic Halévy - HTML preview

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—Buen día, mi buena Paulina, ¿cómo te va?

—Muy bien, ocupándome de tu comida. ¿Quieres saber lo que hay? Sopa depapas, una pata de carnero y crema.

—¡Admirable! Adoro todo eso y me muero de hambre.

—Y ensalada, se me olvidaba ensalada que tú me ayudarás a preparar.Comerán a las seis y media en punto, porque esta noche, a las siete ymedia, comienza el mes de María.

—¿Dónde está mi padrino?

—En el jardín. Está muy triste el señor cura, a causa de la venta de...

—Sí, ya sé, ya sé...

—Al verte se alegrará un poco. ¡Se pone tan contento cuando tú vienes!Cuidado... mira que Loulou se va a comer los rosales... ¡Qué calor tieneLoulou!

—Di toda la vuelta al bosque tan aprisa...

Juan tomó a Loulou que se dirigía a los rosales, la desensilló, la ató yle alcanzó un gran montón de pasto seco. Después entró a la casa,quitose el sable y cambió el quepis por un viejo sombrero de paja decinco sueldos, y se fue a buscar al cura al jardín.

En efecto, el pobre abate estaba muy triste. No había pegado los ojos entoda la noche, él, que generalmente dormía con tanta facilidad como unniño. Su alma estaba desgarrada. ¡Longueval en manos de una extranjera,de una hereje, de una aventurera! Juan repetía lo que Pablo había dichola víspera:

—Tendréis dinero, mucho dinero para vuestros pobres.

—¡Dinero, dinero!... Sí, mis pobres no perderán nada, quizá ganarán...Pero ese dinero tendré que ir a pedirlo, y en el salón, en vez de mivieja amiga encontraré a esa americana de cabellos rojos, ¡parece quetiene los cabellos rojos! Iré seguramente por mis pobres, iré... y ellame dará dinero, pero no me dará nada más que dinero. La Marquesa dabaalgo más, daba parte de su vida, parte de su corazón, juntos íbamostodas las semanas a visitar a los pobres y enfermos. Ella conocía todoslos sufrimientos y todas las miserias de la aldea. Y

cuando yo estabaclavado por la gota en mi sillón, ella hacía las visitas sola, tan bieno mejor que yo.

Paulina vino a interrumpir esta conversación apareciendo con una inmensaensaladera de loza, sobre la cual campeaban, violentas y chillonas,grandes flores rojas.

—Aquí vengo a buscar la ensalada. Juan, ¿quieres lechuga o achicoria?

—Achicoria—respondió Juan alegremente.—Hace mucho tiempo que no comoachicoria.

—Pues bien, esta noche comerás... Toma, tenme la ensaladera...

Paulina comenzó a cortar la achicoria, y Juan se inclinaba para recibirlas hojas en la gran ensaladera. El cura los miraba hacer.

En ese momento se oyó un ruido de cascabeles. Se acercaba un carruajeque sonaba demasiado.

El jardincito del abate Constantín, sólo estaba separado del camino poruna verja muy baja, en medio de la cual había una pequeña puerta.

Los tres miraron y vieron venir un carruaje de alquiler de formaprimitiva, tirado por dos grandes caballos blancos, manejados por uncochero de blusa.

Junto al cochero iba un criado con librea de la mássevera y perfecta corrección.

En el carruaje iban dos jóvenes quellevaban trajes iguales de viaje, muy elegantes, pero muy sencillos.

Cuando el carruaje se encontró ante la verja del jardín, el cocherodetuvo los caballos y dirigiéndose al cura, dijo:

—Señor cura, estas señoras os buscan.—Luego, volviéndose a susclientas:—

Ahí tenéis al señor cura de Longueval.

El abate Constantín se aproximó y abrió la pequeña puerta. Las viajerasdescendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el jovenoficial que se encontraba allí algo confuso con su sombrero de paja enla mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando deachicoria.

Las dos mujeres entraron al jardín, y la mayor (representaba veinticincoaños), dirigiéndose al abate, le dijo con acento extranjero, algoextraño y muy original:

—Me veo obligada, señor cura, a presentarme a mí misma... Madama Scott,la que compró ayer el castillo, y la granja, y todo lo demás. ¿No osmolesto,

señor,

y

podréis

acordarme

durante

cinco

minutos

vuestraatención?—Luego, designando a su compañera de viaje:—Miss BettinaPercival, mi hermana: lo habríais adivinado, creo. Nos parecemos mucho,¿no es verdad? ¡Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestrascarteras, y las necesitaremos.

—Voy a buscarlas.

Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo:

—Permitidme, señorita, que os las traiga.

—Siento, señor, molestaros... El sirviente os las entregará. Están enel asiento de adelante.

Miss Percival tenía el mismo acento de su hermana, los mismos grandesojos negros, risueños y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sinorubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz delsol. Saludó a Juan con una graciosa sonrisa, y éste, después de entregara Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras.

Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantín introducíaen el presbiterio a la nueva castellana de Longueval.

III

En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma piezadel piso bajo, servía de salón y comedor con puerta de comunicación parala cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles más precisos: dosviejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda,sobre la cual Paulina había puesto ya los asientos del abate y de Juan.

Madama Scott y miss Percival iban y venían, examinando con infantilcuriosidad la instalación del cura.

—El jardín, la casa, todo es precioso aquí—decía madama Scott.

Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantín lasseguía sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentinainvasión americana.

La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras conaire inquieto y sombrío.

—¡Estas son—pensaba,—las herejes, las excomulgadas!

Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando laensalada.

—¡Os felicito, señorita—le dijo Bettina,—por el perfecto orden quereina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; ¿no era así el presbiterio quedeseabais?

—Y el cura también—respondió madama Scott.—¡Ah! sí, señor cura,¿queréis dejarme decíroslo? ¡Si supierais cuán feliz me considero porhaberos encontrado tal cual sois! Esta mañana en el tren, ¿qué os decía,Bettina? ¿y hace un momento en el carruaje?

—Mi hermana me decía, señor cura, que deseaba, sobre todo, encontrarun cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellosblancos, y aire bondadoso y tranquilo.

—Y vos reunís todas esas condiciones, señor cura. No podíamos haberencontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar.

Lasparisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentándolas de unamanera conveniente y complicada, pero yo no sé... y hablando francés mecostaría mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamentecomo se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, señorcura, y espero que vos también quedaréis satisfecho de vuestras nuevasparroquianas.

—¡Mis parroquianas!—exclamó el cura, recobrando al fin la palabra, elmovimiento, la vida, todas estas cosas que desde hacía algunos minutoslo habían

abandonado

completamente.—Mis

parroquianas!

Perdón,

señora,señorita... ¡Estoy tan conmovido! ¿Seríais... sois, acaso, católicas?

—¡Sí, señor, somos católicas!

—¡Católicas, católicas!—repitió el cura.

—¡Católicas, católicas!—exclamó la vieja Paulina, apareciendoradiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de lacocina.

Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haberproducido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro,apareció Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lorecibieron con la misma palabra.

—¡Católicas, católicas!

—¡Ah! comprendo al fin—dijo madama Scott riendo;—¡nuestro nombre ynuestra patria os hicieron creer que éramos protestantes! No lo somos,nuestra madre era del Canadá, de origen francés y católica; por eso mihermana y yo hablamos francés, con acento extranjero y ciertos modismosamericanos, pero en fin, decimos, más o menos lo que deseamos decir. Mimarido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos soncatólicos. Por esto hemos querido desde el primer día venir a saludaros,señor abate.

—Por eso y por otra cosa—continuó Bettina,—mas para la otra cosanecesitamos nuestras carteras.

—Aquí las tenéis, señorita—respondió Juan.

—Esta es la mía.

—Y esta otra la mía.

Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madamaScott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, peroestaba aún tan conmovido, que la presentación no fue hecha en todaregla. El cura no olvidó más que una cosa; pero algo muy esencial en unapresentación: el apellido de Juan.

—Es Juan—dijo,—mi ahijado, subteniente del regimiento de artilleríade guarnición en Souvigny; es de la casa.

Juan hizo dos grandes cortesías, las americanas dos pequeñas, ycomenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de milfrancos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel deserpiente con anillos de oro.

—Os traía esto para vuestros pobres, señor cura—dijo madama Scott.

—Y yo esto otro—agregó Bettina.

Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierdadel anciano cura, y éste mirando alternativamente sus dos manos,pensaba:

—¿Qué serán estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aquídentro...

Sí, pero ¿cuánto, cuánto?

Sesenta y dos años contaba el abate Constantín, y mucho dinero habíapasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, esverdad; pero este dinero lo recibía por pequeñas cantidades y lasospecha de una ofrenda semejante no le cabía en la cabeza. ¡Dos milfrancos! Jamás tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera.

No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer;balbuceaba:

—Os doy muchísimas gracias, señora; sois demasiado buena, señorita.

En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir.

—Mi padrino, estas señoras acaban de daros dos mil francos.

Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó:

—¡Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!

Paulina hizo bruscamente una nueva aparición.

—¡Dos mil francos, dos mil francos!

—Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, ytened mucho cuidado con él...

Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera,boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dospaquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantosdolores disminuidos.

—No es eso todo, señor cura—dijo madama Scott,—os daré quinientosfrancos todos los meses.

—Y yo haré como mi hermana.

—¡Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca.

—Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella esmás rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho...¡mientras que yo!

¡ah, yo! ¡todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo!Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo,decid, señor cura, ¿para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener lamano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vostambién vais a darme algo.

Y dirigiéndose a Paulina agregó:

—¿Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, señorita?No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.

—Y yo—dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vasode agua,—yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Señor cura, voya decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y...¿No podríais invitarnos a comer?

—¡Bettina!—dijo madama Scott.

—Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ¿No es verdad que queréis, señorcura?

Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo quele pasaba. ¡Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ¡Letraían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y queríancomer con él; ¡ah!

¡esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensarque tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema aesas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosasextraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba:

—¡A comer... a comer! ¿queríais quedaros a comer aquí?

Juan intervino una vez más.

—Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros;pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; noesperéis, pues, un festín, señoras. En fin, seréis indulgentes.

—Sí, sí—respondió Bettina,—muy indulgentes.

Luego, dirigiéndose a su hermana:

—Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco...

sabéisque

acostumbro

a

ser

un

poco...

Quedémonos,

¿queréis?

Descansaremospasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible,en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ¡y con un calor!

¡Nossirvieron un almuerzo tan espantoso esta mañana en el hotel! y debíamosvolver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar enseguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya nodecís que no. ¡Ah! ¡cuán buena sois, mi Zuzie!

Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo:

—Si supierais, señor cura, cuán buena es.

—¡Bettina, Bettina!

—Vamos, Paulina—dijo Juan,—pronto, dos asientos más; yo te ayudaré.

—Y yo también—exclamó Bettina,—yo también quiero ayudaros. ¡Oh!

¡estome divertirá tanto! Pero, señor cura, permitidme hacer de cuenta queestoy en casa.

Con prontitud se quitó su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisitaperfección, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso.

Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiadarapidez; pues fue la señal de un precioso desorden. Toda una avalanchade cabellos se escapó y esparció en torrentes, en largas cascadas sobrelos hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por dondepenetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de llenosobre su cabellera de oro, ponía en un cuadro delicioso la espléndidabelleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llamó en su ayuda asu hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas enorden.

Cuando quedó así reparada la catástrofe nadie pudo impedir a Bettina quese precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores.

—Pero, señor—le decía a Juan,—yo sé muy bien poner la mesa.Preguntadle a mi hermana... ¿Decid, Zuzie, cuando yo era chica enNew-York, no ponía bien la mesa?

—Sí, muy bien—respondió madama Scott.

Y ella también, rogando al cura excusara la indiscreción de Bettina,quitose el sombrero y el abrigo; y Juan gozó una vez más del muyagradable espectáculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Peroel desorden, y Juan lo sintió, no tuvo segunda edición.

Algunos minutos después, madama Scott, miss Percival, el cura y eloficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego,con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro,gracias, sobre todo, al buen humor y alegría algo audaz de Bettina, laconversación tomaba el giro de la más franca y cordial familiaridad.

—Vais a ver, señor cura—dijo Bettina,—vais a ver cómo no he mentido,si no me moría realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nuncame he sentado a la mesa con tanto gusto. ¡Esta comida terminará tambiénla jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser dueñas delcastillo, la granja, los bosques...

—Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria comoimprevista.

¡No nos lo imaginábamos!

—Ni lo soñábamos, Zuzie... Sabéis, señor cura, que ayer fue elcumpleaños de mi hermana... Pero primero, perdonad, señor... señor Juan,¿no es así?

—Sí, señorita, así es.

—¡Pues bien, señor Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa,os lo ruego!

El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero,sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamentecon sus deberes de dueño de casa; por eso Juan tomaba la dirección de lamodesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de lapreciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dosgrandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento.

Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacíatres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y eljoven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dosse sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas.

—Os decía, señor cura—continuó Bettina,—que ayer fue el santo de mihermana, su cumpleaños. Mi cuñado partió forzosamente para América haráunos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: «No estaré aquí paravuestro día, mas recibiréis noticias mías.»

Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de micuñado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta acaballo por el bosque...

y a propósito de caballo...

Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas deJuan, cubiertas de polvo.

—Pero, señor, ¿usáis espuelas?

—Sí, señorita.

—¿Estáis en la caballería?

—Estoy en la artillería, señorita, y la artillería es la caballería.

—¿Y vuestro regimiento está de guarnición?...

—Muy cerca de aquí.

—¿Entonces saldréis a caballo con nosotras?

—Convenido. ¿Veamos ahora en qué estaba?

—No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos señores cosas queno pueden interesarles.

—¡Oh! dispensad, señora—dijo el cura.—En toda la comarca no se tratapor el momento más que de la venta de este castillo, y la narración dela señorita nos interesa mucho.

—Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al señor cura. Continúo, pues.Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momentoque nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, doslíneas solamente: «He hecho comprar para vos, hoy el castillo deLongueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea delNorte.» Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...

—No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos.

Primerosentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero.

Nosgusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente,sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, ydesde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sindecírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día demi santo. Era una delicada atención de su parte.

—Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo unogrande de alegría.

—Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramosdueñas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de uncastillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto habíacostado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...

—En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nosarrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimosdescubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía deferrocarriles, y esta mañana, por el tren de las diez, desembarcamos enSouvigny.

—Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, losjardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadasde lo que hemos visto. No obstante, señor cura, hay algo que me intriga.Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo elcamino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a laspersonas que me han acompañado hoy en mi paseo, pues mi ignoranciahabría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi maridose olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con laadquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no medisgustaría saber... Decid, señor cura, si lo sabéis, decidme elprecio.

—Un

precio

enorme—respondió

el

cura,—pues

se

agitaban

muchasesperanzas y ambiciones en torno de Longueval.

—¡Un precio enorme! me asustáis... ¿Cuánto, exactamente?

—¡Tres millones!

—¡Nada más!—exclamó madama Scott;—¿el castillo, las granjas, elbosque, todo por tres millones?

—Pero es tirado—dijo Bettina.—Sólo el precioso río que pasea por elparque, vale los tres millones.

—¿Y decíais, señor cura, que muchas personas nos disputaban las tierrasy el castillo?

—Sí, señora.

—¿Y ante esas personas, después de la venta, se pronunció mi nombre?

—Sí, señora.

—¿Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara demí?... sí... sí... Vuestro silencio me responde; hablaron de mí. Puesbien, señor cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, porfavor, me repitáis lo que dijeron de mí.

—Pero, señora—respondió el pobre cura, que estaba sobreascuas,—hablaron de vuestra inmensa fortuna...

—Sí, debieron hablar de eso; sin duda, dirían que era muy rica, de pocotiempo a esta parte... una parvenue, ¿no es así? Está bien, pero no estodo, debieron decir otras cosas.

—No, no he oído nada...

—¡Oh! señor cura, estáis cometiendo, por culpa mía, una mentiracaritativa, como vos diríais... y os hago desgraciado, pues debéis serla sinceridad en persona. Mas si os atormento así, es porque tengogrande interés en saber lo que se ha dicho, lo que...

—¡Por Dios! señora—interrumpió Juan,—tenéis razón, han dicho otracosa, y mi padrino no sabe cómo repetírosla; pero ya que lo exigís,dijeron que erais una de las más elegantes, de las más brillantes y delas más...

—¿Y de las más lindas mujeres de París? Con alguna indulgencia hanpodido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo más...

—¡Ah! ¿sí?

—Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicaciónbien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buenaestrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un díalo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi personahistorias absurdas y falsas, ¿no tendré razón de pensar que me ayudaréisa desmentirlas?

—Sí, señora—respondió Juan con extrema vivacidad,—hacéis bien enpensarlo.

—Pues a vos me dirijo, señor. Sois soldado, debéis tener valor;prometedme ser valiente; ¿me lo prometéis?

—¿Qué entendéis, señora, por ser valiente?

—Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.

—Está bien; lo prometo...

—¿Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que osdirija?

—Responderé.

—¿Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?

—Sí, señora, me lo han dicho.

—¿Y que había sido amazona de un circo ambulante?

—Me lo han dicho, señora.

—¡Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. ¡Pues bien! notad primero, queen todo eso no habría nada deshonroso... Pero si no es cierto, ¿no tengoderecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, osla referiré en pocas palabras, y si os la cuento así desde el primerdía, es para que tengáis la bondad de repetirla a todos los que oshablen de mí... Pasaré una parte de mi vida en esta aldea, y deseo quesepan de dónde vengo y quién soy. Principio, pues. Pobre, sí, lo hesido, y muy pobre; hará de esto ocho años... Acababa de morir mi padre,siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho años y Bettinanueve; quedábamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un granpleito. Las últimas palabras de mi padre fueron estas: «Zuzie, no hagasninguna transacción en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendréismillones, hijas mías, ¡millones!» y nos besó a las dos, a Bettina y amí... Lo acometió el delirio, y murió repitiendo: «¡Millones!» Al díasiguiente, se presentó un procurador, ofreciéndome pagar todas lasdeudas y darme además diez mil dollars, si yo le transfería mis derechosal pleito. Se trataba de la posesión de una gran extensión de tierras enel Colorado. Rehusé. Entonces fue cuando, durante algunos meses,estuvimos muy pobres.

—Y entonces era cuando yo ponía la mesa—dijo Bettina.

—Pasaba mi vida en casa de los Solicitors de New-York. Pero nadiequería hacerse cargo de mis intereses. En todas partes recibía la mismarespuesta:

«Vuestra causa es muy dudosa, tenéis adversarios ricos ytemibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo elpleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mildollars, aceptad, vended el pleito.»

Pero yo conservaba siempre en el oído las últimas palabras de mi padre,y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un díafui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M.William Scott, que no me recibió solo; junto a su escritorio estabasentado un joven: «¡Podéis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!»Miro al joven, él me mira y nos reconocemos... «¡Zuzie!—¡Richard!» ynos tendemos la mano. El tenía veintitrés años y yo dieciocho, y muchasveces, cuando niños, habíamos jugado juntos, siendo entonces muy buenosamigos. Después, siete u ocho años antes de esto, él fue a terminar sueducación en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar,preguntándome qué deseaba, y se lo dije. Me escuchó y respondió:«Necesitaríais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestará esasuma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado;¡sería una locura! Si sois desgraciada, si necesitáis algúnsocorro...—No es eso lo que pide miss Percival, padre mío, dijo conviveza Richard.—Bien lo sé, pero lo que pretende es imposible...» Y selevantó para acompañarme... Entonces tuve un acceso de debilidad, elprimero desde que era huérfana; hasta ese día había sido fuerte, perosentía agotado mi valor. Sufrí un ataque de nervios y de lágrimas.

Merepuse, al fin, y partí. Una hora después, Richard Scott estaba en micasa.

«Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros,prometédmelo.»

Yo le prometí. «Pues bien, con la sola condición de quemi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposición la suma quenecesitáis.—¡Pero vos no conocéis el pleito, y es preciso que sepáis loque es, lo que vale!—No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo.¿Qué mérito tendría mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar midinero? Además, os habéis comprometido a aceptar, y no podéis rehusar.»Se me ofrecía con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acepté. Tresmeses después ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sinapelación posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecían cincomillones. Fui a consultar a Richard. «Rehusad, y esperad; si os ofrecenesa suma, es porque los terrenos valen el doble.—Pero es preciso que osdevuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.—¡Oh! por eso no,más tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crédito nocorre ningún peligro.—Pero quisiera pagaros ahora mismo; ¡odio lasdeudas!... Existe un medio, quizá, sin vender los terrenos... Richard,¿queréis ser mi marido?» Sí, señor cura—dijo madama Scott, riendo,—fuiyo quien salí al encuentro de mi marido: yo quien le pidió su mano; estolo podéis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, meveía obligada a hacerlo así, pues nunca, ¡oh! estoy tan segura, nuncahabría hablado él primero. Yo era demasiado rica, y como él me amaba amí y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia demi casamiento.

En cuanto a la historia de mi fortuna, os la diré en pocas palabras.Existían realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues sedescubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos losaños una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermanay yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya loveis, señor cura... porque nosotras también hemos conocido díascrueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro pequeñocomedor de un quinto piso en New-York, nos encontraréis siempre prontasa socorrer a los que están, como estuvimos nosotras, en presencia de lasdificultades y los dolores de la vida... Y ahora, señor Juan, ¿queréisperdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que pareceexcelente?

Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, ésta continuó:

—No lo he dicho todo aún. Es preciso que sepáis de dónde nacen estashistorias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en París, haceun año, creímos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para lospobres.

¿Quién habló de ésto? No fuimos nosotras, seguramente; pero lahistoria salió en un diario con la cifra, y en el acto dos jóvenesreporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado aM. Scott, pues querían escribir sobre nosotros una crónica en susdiarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese día lo fue bastante,despidiendo bruscamente a esos señores sin decirles nada.

Entonces, nosabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo.

Elprimero contó que yo había mendigado en las calles de New-York, y elsegundo, al día siguiente, para publicar algo que causara más sensación,me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia.Tenéis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en Américano lo son menos.

Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura señas desesperadas; queéste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendotodo su valor, dijo al fin:

—Señor cura, son las siete y cuarto.

—¡Las siete y cuarto! ¡Oh! señoras, dispensadme, pero esta tarde tengoque rezar el oficio del mes de María.

—¿El mes de María va a principiar en seguida?

—Sí, en seguida.

—¿Y a qué hora exacta parte el tren de París?

—A las nueve y media—respondió Juan,—y emplearéis quince a veinteminutos, para llegar a la estación, en carruaje.

—Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.

—Vamos—respondió madama Scott,—pero antes de separarnos, señor cura,tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras,la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, señor... loscuatro solos, como hoy. ¡Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto eninvitaros.

—Y nosotros más en aceptar, señora—respondió Juan.

—Os escribiré anunciándoos el día. Vendré lo más pronto posible, paraque estrenemos juntos el castillo.

Entretanto, Paulina, en un rincón de la pieza hablaba con muchaanimación y misterio con miss Percival. Su conversación terminó conestas palabras:

—¿Vos estaréis allí?—decía Bettina.

—Sí, estaré.

—¿Y me diréis en qué momento?

—Os lo diré, pero cuidado... ahí viene el señor cura, y es preciso queni sospeche...

Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron queatravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa.Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente,caminaban por la avenida.

En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muysencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distinguía de lasdemás tumbas.

Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver estainscripción grabada sobre la piedra:

Aquí yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizadosde Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla deVillersexel. Rogad por él.

Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo:

—¡Era su padre!

Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabezainclinada,

permanecieron

allí

durante

algunos

instantes

pensativas,conmovidas, recogidas. Luego, volviéndose las dos al mismo tiempo, conel mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron sumarcha hacia la iglesia. El padre de Juan había obtenido su primeraplegaria en Longueval.

El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola.

Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrás, alas dueñas de Longueval. Paulina tomó la delantera y esperó a Bettina ala sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escaleraestrecha y empinada, e instalarla ante el armonium.

Precedido de los monaguillos, el viejo cura salió de la sacristía, y enel instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar:

—Ahora es el momento, señorita—dijo Paulina, cuyo corazón latía deimpaciencia.—¡Pobre viejo, qué contento se va a poner!

Cuando oyó el canto del órgano que se elevaba suavemente, como unmurmullo esparciéndose por toda la iglesia, el abate Constantín sesintió tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron delágrimas. No recordaba haber llorado desde el día que Juan le dijo quequería repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los quecayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas.

Para hacer brotar lágrimas aún de los ojos del anciano sacerdote, fuepreciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutaruna rêverie de Chopín, en la iglesia de Longueval.

Al día siguiente, a las cinco y media de la mañana, tocaban botasilla enel patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de subatería. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento estáninstruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones enconjunto, y casi todos los días se ejecutan en el polígono maniobras debaterías organizadas.

Juan tenía mucha afición por su carrera y acostumbraba a vigilarcuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo yapostura de sus hombres; pero esa mañana prestó poca atención a lospequeños detalles del servicio.

Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y esteproblema era de aquellos cuya solución no se aprende en la escuelapolitécnica. Juan no encontraba respuesta categórica a esta pregunta:

—¿Cuál de las dos es más linda?

En el polígono, durante la primera parte de la maniobra, cada bateríatrabajaba por su cuenta, bajo las órdenes del capitán, que muchas vecescede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la direcciónde las seis piezas. Aquel día precisamente, desde el principio de lamaniobra, se le confió el mando a Juan: mas con gran sorpresa delcapitán, que tenía a su teniente por un oficial muy instruido, muy capazy muy hábil, las cosas salieron todas al revés. Juan indicó dos o tresmovimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; laspiezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitántuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una pequeña reprimenda terminadapor estas palabras:

—No lo comprendo. ¿Qué tenéis hoy? Es la primera vez que esto ossucede.

También era la primera vez que Juan, en el polígono de Souvigny, veíaotra cosa que cañones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas depolvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan veía,no la segunda batería montada del 9.º de artillería, sino la imagendistinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en elmomento en que recibía el merecido sermón de su capitán, Juan se decía:

—¡La más linda es madama Scott!

La maniobra se divide todas las mañanas en dos partes, con intervalo dediez minutos, durante los cuales los oficiales se reúnen a conversar.Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la víspera. Supensamiento lo atraía con obstinación hacia el presbiterio deLongueval... Sí, la más linda de las dos era madama Scott. Miss Percivalera una criatura. Volvía a ver a madama Scott en la mesa del cura; oíaaquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y laarmonía algo extraña de su voz particular y penetrante encantaba aún suoído. Volvía a encontrarse en la iglesia, y ella estaba allí, ante él,inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dospequeñas manos. Luego principiaba a sonar el órgano, y allá en lasombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina siluetade Bettina.

¡Una niña, no era más que una niña! Las trompetas llamaron y comenzó denuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tenía el mando ni laresponsabilidad.

Las

cuatro

baterías

ejecutaban

evoluciones

de

conjunto.Veíase girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres,caballos, cañones, ora desplegada en una sola línea de batalla, orareunida en un grupo compacto, todo se detenía al mismo tiempo, de unsolo golpe, sobre toda la extensión del polígono. Los conductoressaltaban de sus caballos, corrían a la pieza, la desprendían del trendelantero que se alejaba al trote, y la disponían a hacer fuego consorprendente rapidez. Luego volvían los tiros, los conductoresenganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzabaa gran trote a través de los campos de maniobras.

Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en elpensamiento de Juan. Aparecíasele risueña y ruborosa, en medio de lasolas de oro de sus cabellos sueltos. Señor Juan... ella lo habíallamado señor Juan... y nunca su nombre le pareció tan lindo. ¡Y losúltimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!...Miss Percival había estrechado más que madama Scott, un poco más,seguramente. Habíase quitado los guantes para tocar el órgano, y Juansentía aún el contacto de aquella pequeña mano desnuda que vino aposarse fresca y suave en su gran manaza de artillero.

—Me engañaba hace un momentose decía Juan,—la más linda es missPercival.

La maniobra había terminado. Las baterías se colocaron una detrás deotra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y eldesfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de unhuracán de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pasó ante el coronel, lasdos imágenes de las dos hermanas, se reunían, se confundían tan bien ensus recuerdos, que entraban y desaparecían, por decirlo así, una en laotra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se hacíaimposible, gracias a esta singular confusión de los dos términos decomparación.

Madama Scott y miss Percival permanecieron así inseparables en elpensamiento de Juan hasta el día en que le fue dado el placer devolverlas a ver. La impresión de este brusco encuentro no se borró;persistió muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitadoe inquieto.

—¿Habré cometido—pensaba,—el desatino de enamorarme locamente aprimera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeresa la vez.

Esta reflexión lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachón deveinticuatro años. Nunca el amor había penetrado plena, franca yabiertamente en su corazón. Sólo conocía el amor por las novelas ¡yhabía leído tan pocas! No era, sin embargo, un ángel; encontraba bonitasy graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitían que lesdijera frases amables, las decía con gusto, pero en cuanto a tomar poramor fantasías pasajeras, que no dejaban en su corazón la más leve osuperficial agitación, nunca lo había pensado.

Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo eidealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasionesque vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento deencontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad delindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrirla América cuando no hacía más que volverla a encontrar.

Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo,una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos,de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahídedujo que esos placeres no se hicieron para él.

Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, loslargos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adorabasu aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban deotros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror;mas todos los años, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen gradocon las aldeanas de la comarca.

Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, enmedio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de suelegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciososobjetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como decostumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo.

Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación.Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, enun medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmentefavorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostrarondesde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nuncaestá demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, ytodavía lo estaba.

En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la mañana, en elpatio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campaña.La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormidomucho, pero el pobre cura no había dormido nada.

Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó yrecontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozandocomo un avaro en hacerlos sonar. ¡Suyo, todo aquello era suyo! es decir,de los pobres.

—No os apuréis tanto, señor cura—decía Paulina;—sed económico; creoque distribuyendo hoy unos cien francos...

—No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como ésteen mi vida, pero lo habré tenido. ¿Sabéis cuánto daré hoy, Paulina?

—¿Cuánto, señor cura?

—¡Mil francos!

—¡Mil francos!

Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América,¿y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello.

Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro asu paso.

Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los quela ocultaban, yendo cada limosna acompañada del mismo pequeño discurso.

—Esto proviene de los nuevos dueños de Longueval: dos americanas,madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellasesta noche.

Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, através de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba,andaba, andaba...

Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Portodos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellosluises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manoshabituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras,verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hastaa aquellos que no pedían nada.

Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo enSebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa,y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:

—Tomad, ahí tenéis veinte francos.

—¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mipensión.

¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año!

—Pues bien—respondió el cura,—será para cigarros, pero escuchad bien:esto viene de América...

Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval.

Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mesanterior para Túnez.

—Y bien, ¿cómo está vuestro hijo?

—Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no sequeja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo hehecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.

—Le enviaréis treinta... Tomad...

—¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos!

—Sí, os los doy...

—¿Para mi hijo?

—Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dóndeviene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.

El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott ymiss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero conla alegría en el corazón.

—¡Lo he dado todo!—exclamó, apenas divisó a Paulina,—¡todo, todo!

Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar,el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.

La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja.Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dospreciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuálde los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontrabadeliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno.Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.

A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de laOpera.

Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre elsegundo cuadro del segundo acto de Aida, el acto del baile y de lamarcha.

Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallabansentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo debaile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados seentretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a losdos una impresión muy viva.

—¡Ah, ah!—dijo Puymartin,—ahí está el pequeño lingote de oro.

Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.

—Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro—continuóMartillet.—

Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joveny ya tan mujer.

—Sí, está preciosa, y alegre también, mira...

—¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y lamina de plata que continúan explotando!

—Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy alcorriente de las cosas de América.

—¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli!

—¡Cómo! ¿Romanelli?

—Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.

—Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli...¡Ah, al fin principia el baile!

Cesaron de hablar. El baile de Aida no dura más que cinco minutos yellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que lesimportaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe estaparticularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loroscuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan unadmirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando.

Las trompetas heroicas de Aida arrojaron su último sonido en honor deRamadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de laspalmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión dela escena.

Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones delbaile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco deenfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma:¿Qué hacer? ¿qué decidir? ¿deberé casarme con ese joven que estáenfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de unmomento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: «¡Estábien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.» ¡Y así lo haría!¡Princesa,

yo

sería

Princesa,

Princesa

Romanelli!

¡Princesa

Bettina!¡Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: «La señoraPrincesa está servida. ¿La señora Princesa montará a caballo hoy?...»¿Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes quedesde hace un año en París corren tras mi fortuna, este PríncipeRomanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos díasme decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ¿pero acaso lo amo? No, nolo creo... ¡y me gustaría tanto amar!... ¡Oh, sí, me gustaría tanto!...

A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza deBettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante elescritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba,tomando notas, la historia de las campañas de Turena. Al día siguientedebía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudenciapreparaba su lección.

Pero de repente, en medio de sus notas: Nördlingen, 1645; las Dunes,1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan nodibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo supluma. ¿Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena,aquella buena mujercita? ¿Y cuál de las dos era?... ¿Madama Scott o missPercival? ¿Cómo saberlo?... ¡Se parecían tanto! Y Juan, penosa,trabajosamente, volvía a la historia de las campañas de Turena.

En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante sucamita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias delCielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de suvida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera amiss Percival un marido, según su corazón.

IV

Antes, París pertenecía a los parisienses, y este antes no está muylejos de nosotros, treinta o cuarenta años apenas. Los franceses, enesta época, eran dueños de París, como los ingleses lo son de Londres,los españoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esostiempos. Los otros países tienen aún fronteras, pero la Francia ya nolas tiene. París se ha convertido en una inmensa torre de Babel, unaciudad internacional y universal. Los extranjeros no sólo vienen avisitar París, sino también a vivir en él.

Tenemos ahora en París una colonia rusa, una colonia española, unacolonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cadauna sus iglesias, sus banqueros, sus médicos, sus diarios, sus pastores,sus pobres y sus dentistas.

Los extranjeros han conquistado ya sobrenosotros la mayor parte de los Campos Elíseos y del bulevar Malesherbes;ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por lainvasión, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar coloniasparisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en losbarrios que antes no eran absolutamente París, y que aun hoy no lo sondel todo.

Entre estas colonias extranjeras, la más numerosa, la más rica, la másbrillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americanose siente bastante rico; el francés, jamás tiene bastante. El americanose detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuentaya la renta, pues sabe gastarla; el francés no sabe más que ahorrar.

El francés sólo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente ycautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarán muy caro ala Francia, pero al mismo tiempo darán ocasión a muy ventajosos empleos.El presupuesto de nuestro país es un grande empréstito, perpetuamenteabierto. El francés dice:

—¡Atesoremos, atesoremos! Una de estas mañanas estallará una revoluciónque hará caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, yentonces compraré. Puesto que las revoluciones son inevitables,procuremos al menos sacar algún provecho de ellas.

Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quizáes mayor el número de las personas enriquecidas por las revoluciones.

Los americanos sufren fuertemente la atracción de París. No existe en elmundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fácil gastar el dinero.Por razones de raza y origen, esta atracción se ejercía sobre madamaScott y miss Percival de una manera extraordinaria.

La más francesa de nuestras colonias, es el Canadá, que ya no nospertenece.

El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda ydulcemente en el corazón de los emigrados de Quebec y Montreal. ZuziePercival recibió de su madre una educación muy francesa, y ella educó asu hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro país. Las doshermanas se sentían enteramente francesas, más aún, parisienses.

Apenas les cayó encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo seapoderó de las dos: venir a vivir en París. Pidieron la Francia como sepide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia.

—Si yo no estoy aquí—decía,—y vengo sólo dos o tres meses del año aAmérica, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirán.

—¡Qué

importa!—respondía

Zuzie,—somos

ricos,

demasiado

ricos...Partamos, os ruego. ¡Estaremos tan contentas, seremos tan felices allá!

M. Scott se dejó convencer, y Zuzie, en los primeros días de enero de1880, escribió la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desdehacía algunos años habitaba París:

«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abrily volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos lospreparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblementeindiscreta, acepto.

»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y noperder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y delos caballerizos.

Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio dela estación, mi carruaje, mi cochero y mis caballos, y que ese díanos acompañaseis a comer en mi casa.

Alquilad o comprad una casa,tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas.

Confío enteramenteen vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego apedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.

»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva suscamareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, yademás dos boys, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montanperfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casila misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales.

»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás,se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, conmanchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor parasepararnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos!Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señoramanejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquíse hace.

»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras,verdaderas locuras, es todo lo que os pido.»

El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de laquiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenidobuen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanasantes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda reciénamueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificenciademasiado violenta.

Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año,con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primeraño. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar eldesmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante.

Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desdeel primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podríafundarse ni funcionar una gran casa.

Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonaruna antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues teníasentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algúnburgués, o a extranjeros.

—Nunca habría dejado a la señora Baronesa—dijo a madama Norton,—si lacasa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesatiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que prontoserán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se veobligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí.

Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas,no asustaron a madama Norton, que sabía se trataba de un hombre deverdadero mérito; mas él, antes de decidirse, pidió permiso paratelegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuerafavorable, aceptó.

El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, queacababa de retirarse del servicio después de hecha su fortuna. Sinembargo, consintió en organizar las caballerizas de madama Scott, con laexpresa condición de tener entera libertad para la adquisición decaballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms ypalafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, deque no harían ningún trato con el carruajero ni el talabartero sin suintervención, y que sólo subiría al pescante por la mañana, en trajeparticular, para dar lecciones a las señoras o los niños, si fueranecesario.

El maestro tomó posesión de sus hornillas y el picador de suscaballerizas. Lo demás era únicamente cuestión de dinero, y madamaNorton aprovechó sus plenos poderes, conformándose con las instruccionesrecibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigiospara que la instalación de los Scott, fuese completa y absolutamenteirreprochable.

Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren delHavre a las cuatro y media, en la estación Saint-Lazare, y encontraron amadama Norton, que les dijo:

—Ahí tenéis vuestra calesa en el patio, y detrás de la calesa está ellandó para los niños, y más allá un ómnibus para los criados, todos convuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados porvuestros caballos. Vivís en el número 24 de la calle de Murillo, y aquítenéis el menú de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dosmeses, y acepté, tomándome la libertad de traeros unas quince personasmás. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados.

Perotranquilizaos, a todos los conocéis, son nuestros amigos comunes... ydesde esta noche podremos juzgar de los méritos de vuestro cocinero.

Madama Norton entregó a madama Scott una linda tarjeta con filete deoro, que decía: Menu du dîner du 15 Avril 1880, y más abajo: Consomméà la parisienne, truîtes saumonées à la russe, etcétera.

El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje ala belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeño pinche dequince años que se encontraba allí, vestido de blanco, con su canasta demimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott,molestado por tanto carruaje, salía con dificultad del patio de laestación. El pinche se paró de golpe en la acera, abrió tamaños ojos,miró a las dos hermanas con aire de asombro y les lanzó valientemente alrostro esta simple palabra:

—¡Cáspita!

Cuando madama de Récamier vio venir las canas y las arrugas, decía a unade sus amigas:

—¡Ah! querida mía, ya no me hago ninguna ilusión; desde el día en quelos pequeños deshollinadores no se volvían en la calle para mirarme,comprendí que todo había concluido.

La opinión de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de losdeshollinadores... Todo no había concluido aún para Zuzie y Bettina, porel contrario, todo empezaba.

Cinco minutos después, el carruaje de madama Scott subía por el bulevarHaussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; Paríscontaba dos parisienses más.

El éxito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, comoun rayo. Las bellezas de París no están clasificadas y catalogadas comolas bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en losperiódicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografías en laspapelerías!... Sin embargo, existe un pequeño estado mayor de unaveintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y labelleza parisienses, cuyas mujeres, después de diez o doce años deservicio, pasan al cuadro de reserva, ni más ni menos que los viejosgenerales.

Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeño estado mayor.Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedió entre lasocho de la mañana y las doce de la noche, al día siguiente de su llegadaa París.

Imaginaos una especie de ronda mágica en tres actos y cuyo éxito fueracreciendo de cuadro en cuadro:

1.º Paseo a caballo por la mañana, a las diez, en el Bosque, con dosmaravillosos grooms traídos de América; 2.º Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias; 3.º Aparición en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madamaNorton.

Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas comomerecían, por las treinta o cuarenta personas que constituyen unaespecie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo París, ycuyas sentencias son sin apelación. Estas treinta o cuarenta personastienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar deliciosa a una mujerevidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese día parezca deliciosa.

La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la mañanaadmiraron su gracia, elegancia y distinción; a mediodía declararon quetenían el andar preciso y majestuoso de las jóvenes diosas, y por lanoche, lanzaron un grito unánime sobre la ideal perfección de sushombros. La partida había sido ganada. Desde entonces, todo París tuvopara las dos hermanas los ojos del pequeño pinche de la calle Amsterdam;todo París repitió su: ¡Cáspita! bien entendido, con las variantes ymodificaciones impuestas por los usos de la sociedad.

Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda.

Losvisitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaronen masa a casa de Scott, que recibió trescientas personas en su primermiércoles.

Su círculo aumentó rápidamente; de todo había en suclientela: americanos, españoles, italianos, húngaros, rusos y hastaparisienses.

Cuando contó su historia al abate Constantín, madama Scott no se lo dijotodo... nunca se cuenta todo. Ella sabía que era preciosa, le gustabaque la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra,era coqueta. Sin eso, ¿habría sido parisiense? M. Scott tenía en sumujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba pocoen sociedad. Era un galantuomo que se sentía vagamente molestado porhaber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tantodinero. Tenía vocación por los negocios, se complacía en consagrarse porcompleto a la administración de las dos enormes fortunas que tenía entremanos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los años a su mujer y asu cuñada:

—Sois más ricas que el año pasado...

No sólo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses quehabía dejado en América, sino que en Francia también se lanzó en grandesnegocios, que llevó a cabo en París como en New-York con el mayor éxito.Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo.

Hiciéronle la corte a madama Scott, hiciéronsela enormemente... se lahicieron en francés, en inglés, en italiano, en español; pues conocíalos cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjerassobre las parisienses, que generalmente no conocen más que la lenguamaterna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales.

Madama Scott no tomó un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvoa la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse dela más mínima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable,alegre, risueña... Claro era que se divertía en el juego, y no tomaba nipor un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, poramor al arte. M. Scott jamás manifestó la menor inquietud, y teníaperfecta razón para estar tranquilo... Más aún, gozaba con los triunfosde su mujer; era feliz al verla contenta. ¡La amaba tanto!... un pocomás que ella a él, quizá.

En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantástica, ¡unaronda infernal! ¡Semejante fortuna! ¡Y semejante belleza! Miss Percivalllegó a París el 15 de abril, y no habían transcurrido quince días,cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primeraño, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en esteprimer año, habría podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatroveces... ¡Y qué variedad de pretendientes!

Pidieron

su

mano

para

un

joven

desterrado

que,

mediante

ciertaseventualidades, podía ser llamado a subir sobre un trono, pequeño, esverdad, pero que, sin embargo, era un trono.

Pidieron su mano para un joven Duque, que haría una gran figura en laCorte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus erroresy se inclinara ante sus legítimos señores.

Pidieron su mano para un joven Príncipe que tendría su puesto sobre lasgradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible,reanudara la cadena de las tradiciones napoleónicas.

Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa depresentarse con mucho brillo en la Cámara, y a quien el porvenirreservaba los puestos más encumbrados, pues la República estaba ahorafundada en Francia sobre bases indestructibles.

Pidieron su mano para un joven español de la más alta categoría, y ledieron a entender que la fiesta del contrato tendría lugar en el palaciode una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella...Encuéntrase también su dirección en el almanaque Bottín... pues hayReinas cuya dirección se halla en el Bottín, entre un notario y unherborista. Sólo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia.

Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo deun miembro de la Cámara de los señores de Viena; su mano para el hijode un banquero de París, y para el hijo de un embajador de Rusia; sumano para un Conde húngaro, y para un Príncipe italiano... y tambiénpara muchos jóvenes que no eran nada, ni tenían nada, ni nombre, nifortuna. Pero Bettina les había concedido una vuelta de vals, ycreyéndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazón.

Mas hasta entonces nada había hecho latir aquel corazón, y la respuestapara todos era la misma:

—¡No!... ¡no!... ¡Todavía no!... ¡Siempre no!

Algunos días después de la representación de Aida, las dos hermanashabían tenido una larga conversación sobre la grave, la eterna cuestióndel matrimonio.

Madama Scott pronunció cierto nombre que provocó elrechazo más neto y más enérgico por parte de miss Percival.

Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana:

—Sin embargo, Bettina, te verás obligada a acabar por casarte.

—¡Sí, ciertamente!... ¡Pero me disgustaría tanto casarme sin amar!Paréceme que para resolverme a una cosa semejante, sería preciso que meviera en peligro inminente de morir solterona... ¡Y no he llegado a eseextremo todavía!

—No, todavía no.

—¡Esperemos, entonces, esperemos!

—¡Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desdehace un año, hay muchos simpáticos, amables, y es verdaderamente extrañoque ninguno de ellos...

—¡Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! ¿Por qué no os había dedecir la verdad? ¿Es culpa de ellos? ¿Han sido poco inteligentes?¿Habrían podido con más habilidad encontrar el camino de mi corazón? ¿Oserá culpa mía? ¿Este camino será, quizá, un mal camino escarpado,rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasará nunca? ¿Seré, tal vez,una mala criatura, seca, fría y condenada a no amar jamás?

—No lo creo...

—Ni yo tampoco. ¡Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia!

No,nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os reís... Y yo adivinopor qué os reís... Pensáis: «Vean, pues, a esta niña que pretende saberlo que es amar.» Tenéis razón, no lo sé... pero lo imagino, ¿Amar, no espreferir a todos y a todo, cierta persona?