Dulce y Sabrosa by Jacinto Octavio Picón - HTML preview

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—¡Maldita tormenta! ¡Estábamos tan bien en el balcón!...

La alegría retratada en el rostro de don Juan le acusaba claramente dementiroso. Había empezado por no tomar a Cristeta más que una mano;después fue subiendo las suyas hasta cogerle la mórbida y delicadacarnosidad del brazo, que mostraba desnudo fuera de la manga de la bata,y acabó por dar un golpecillo a la puerta con el pecho, dejándola medioabierta; de suerte que pudo acercarse mucho más a su novia y cogerleamorosamente la cintura, aunque sin oprimírsela con demasiada libertad.

—¿Qué es esto?—exclamó ella fingiendo un enojo que no sentía, y moviendola puerta con un pie.

—¿Qué ha de ser? Que con esta maldita puerta me hago daño.

¿Pero quétienes? ¿Desconfías de mí? ¿No hemos estado solos mil veces en tu cuartodel teatro en Madrid?

—Es verdad... esto es bufo, y vamos a concluir burlándonos uno de otro.

—Y en amor—añadió don Juan—no hay cosa peor que el ridículo.

Estaban en lo cierto. La situación era propia de sainete.

Cristeta teníael cuerpo echado hacia adelante, para que don Juan pudiera estrecharlael talle, y él, ansioso de no perder lo conquistado, había metido mediocuerpo por entre puerta y marco; con lo cual, en vez de personasformales, parecían chiquillos jugando al escondite.

—Basta de niñerías—dijo don Juan de repente, atrayendo hacia sí lapuerta y abriéndola de par en par—. Entra en mi cuarto, o déjame queentre en el tuyo, y hablaremos tranquilamente.

—¿Tranquilamente?

—¿Lo dudas?

—¡Como no me has avisado que venías, y luego has tomado ese cuarto!

—¿Había de irme lejos pudiendo estar cerca? ¡Dilo, alma mía!

Don Juan se había ya entrado a la habitación de Cristeta, y con la mayornaturalidad, sin arranque de enamorado fogoso ni señal de ataque a loque debía respetar, fue a sentarse en el sofá, ni más ni menos que sillegara de visita. Ella, sonriente, monísima, se colocó frente a él, enuna silla baja, y durante unos segundos ambos permanecieron callados.

Don Juan pensaba: «Todavía no». Cristeta se decía:

«¡Veremos!»

Luego hablaron de cómo hizo cada cual el viaje, del tiempo que Cristetahabía de estar allí, de cuándo partiría él, hasta que, según costumbreen tales casos, sin saber por dónde, volvieron al eterno dúo en que laspromesas de amor se resuelven en suspiros, y se acaban en mimos lasfrases comenzadas con palabras. Sin duda que andaba cerca de allí undiablo ocioso, y quiso atormentarles, que es, según San Macario, lo másgrave que puede acaecer a cristianos, porque al poco rato sucedió quedon Juan, alzando suavemente a Cristeta de la silla baja donde estaba ysentándosela muy junto a sí en el sofá, comenzó a decirle miles de cosasamorosísimas, que ella escuchaba dándole gracias con los ojos. Nopretendió el diablo tentarles más, o don Juan quiso dejar la tentaciónpara otro día, porque levantándose de repente, como quien se aparta deun grave peligro, se pasó las manos por el rostro, y dijo:

—No, Cristeta, esto es una locura... Adiós, hasta mañana; estáshermosísima y te quiero demasiado.—Y echando a andar hacía su cuarto,entró y cerró la puerta, mientras Cristeta quedaba en el sofá confusa yasombrada, no sabiendo qué sentimiento dominaba en su espíritu, si penade amor contrariado o gratitud por el respeto que recibía.

Al encerrarse don Juan en su habitación se dejó caer sobre una silla,admirado de su propia heroicidad. No hubo en aquel momento rasgo decasta entereza que no recordara con desprecio. ¿Qué José, huyendo de lamujer de Putifar? ¿Qué Octavio, esquivando a Cleopatra, podíancomparársele? Porque estas dos damas fueron caprichosas pervertidas, yestaban cansadas de darse a quien quisiera disfrutarlas; mas Cristetaera la juventud no estrenada, la belleza por nadie poseída, queespontáneamente se le brindaban en el silencio de la noche, como en lasoledad de un campo se ofrecen al sediento peregrino los jugosos racimosde la vid.

Don Juan se portó así, seguro de que aquello no era renunciar a lavictoria, sino asegurarla, dilatándola; prefirió sitiar la plaza porhambre a tomarla por asalto.

Aunque a la noche siguiente estuvieron el cielo sereno y el airetemplado, no se le ocurrió a ninguno de ambos amantes ponerse al balcónni entornar la puerta. Cristeta fue la primera que, al volver delteatro, como viese el hilillo de luz que penetraba por el agujerito dela cerradura, despidió a la doncella lo más presto que pudo, y apenas laoyó subirse al piso en que dormía, tosió para que don Juan supiese queera esperado, y descorrió el cerrojillo. Sonar la falsa tos, rechinar elhierro y abrirse la puerta, apareciendo en ella el galán, fue obra de unmomento.

A estar Cristeta menos enamorada, habría podido, durante lasveinticuatro

horas

transcurridas

desde

la

entrevista

anterior,reflexionar sobre la conducta que le convenía seguir; pero ya nodiscurría tan frescamente como al salir de Madrid.

Primero elalejamiento de su amado, luego los diálogos de balcón a balcón, y porúltimo el peligroso encanto de aquella misteriosa proximidad, acaloraronsu imaginación, haciéndola sentir mucho y pensar poco; así que, en vezde apercibirse contra la cita, no supo sino esperarla con impaciencia.Al dirigirse hacia la puerta miró al sofá con miedo, a la cama conterror, y, sin embargo... abrió gozosa.

Don Juan adelantó dos pasos, la cogió amorosamente por el talle y labesó en una mejilla con aparente inocencia, reanudando el dúo de lanoche pasada con aquella misma naturalidad que emplearía Fray Luis deLeón al exclamar: «Decíamos ayer...»

Cristeta, sin rehuir el beso, hablóde este modo:

—¡Vaya una temeridad! ¡No sabes qué cavilosa he pasado el día!

—¿Por qué, vida?

—No debemos continuar viéndonos de esta manera. Si alguien lo sabe,estoy perdida.

—Tú podrás perderte, pero yo lo estoy ya; perdido de amor por ti, que nidescanso, ni duermo, ni sosiego, ni hago cosa a derechas; todo el díaestoy contando minutos y esperando que llegue este momento para decirteque te quiero... ¡Qué hermosa estás!

—¿De veras? ¡Nunca lo he oído con gusto hasta que tú me lo has dicho!

—Como que nadie te lo ha dicho queriéndote: con esa cara y ese cuerpoque tienes, ¡claro! alguno habrá habido chiflado por ti, pero... no séde qué modo expresártelo, no por cariño, como yo... sino... en fin, porlo guapa y por lo mareante que eres, vamos, con hambre de abrazarte...Ya me entiendes... ¡Quita, quita; no me mires así, que me vuelves loco!

—Y tú ¿me quieres de otro modo?

—¿Yo? De los dos. Cuando no te tengo al lado soy dueño de mí, piensofríamente, y recordándote, siento un placer grandísimo... y tranquilo...vamos, como sí gozara sólo con el entendimiento, como si en vez de serhombre fuese un ser maravilloso incapaz de... ¿Comprendes?...

—Se me figura que sí.

—Bueno; pero luego, en cuanto me acerco a ti, ¡adiós frialdad!

Tú nohabrás estado nunca borracha, ya me lo figuro; pero alguna vez, el díadel santo de tu tía, o de una amiga, habrás bebido una copita de licorque se te haya subido a la cabeza... No se pierden la voluntad ni elsentido, pero se exalta la imaginación, todo lo demás flaquea y desmaya;parece que los ojos no ven sino lo que quieren ver, lo que da gusto alalma, y se queda uno soñando despierto, perdido de ideas... ¡Se meocurren unas cosas!...

—Juan, calla, o vete. ¡Déjame!

—La culpa es tuya. Tienes un modo de mirar que me estremece. Como cuandopasa un pájaro aleteando sobre el agua, y parece que el agua tiembla...¡No te rías! Pues agallado.

—No digas tontunas: ¡ni que estuviéramos en escena en el teatro!

—¿Qué teatro? ¿Quién te ha hablado nunca con la sinceridad que yo? Sihasta se me olvida lo que pienso lejos de ti. Mientras no te veo, se meocurren cien mil cosas con que volverte loca; me siento más poeta queDios, y en cuanto te tengo al lado, me quedo tonto, inútil, como unmuñeco descompuesto.

Cristeta respiraba penosamente, y en lo interior del pecho sentía unasensación extraña, como de hervor latente. Las palabras de Juan se leiban entrando al alma, haciendo escala en los sentidos. Por fin, igualque otras veces, le dijo, mirándole con melancólica ternura:

—¡Si fuera verdad!...

—¿Y qué derecho tienes para dudarlo?

—No lo sé. Corazonadas... miedo. Vamos a ver; apártate un poquito yhablemos fríamente. No dudo de tu sinceridad; pero no confundamos lascosas. ¿Es que me quieres, o es que te parezco bonita? Piénsalo bien:¿qué soy yo para ti?

—¡Mi vida! ¡Mi cielo!

—¡Quiá! Una mujer que te gusta... una más. Y por otra parte,

¿qué puedoyo esperar de ti? ¡Nada! ¿No conoces que, aunque te quiera como tequiero, no debo hacerme ilusiones? Vamos, calla, calla. ¡Si no puedeser! Un hombre como tú, tan distinto de mi clase... Yo, que no he pisadoalfombras más que en escena... No tendríamos perdón de Dios: yo, porvanidosa; tú, por creer que es amor eso... que es otra cosa.

—¿Y qué es?—preguntó Juan con extraordinaria vehemencia.

Cristeta se puso roja como la grana.

—¿Lo ves?—añadió él—. Hasta te da vergüenza lo que se te ocurre. Diloclaro: ¿crees que yo no siento por ti más que un deseo... uncapricho?...

—Ya te he dicho otra vez que me lastima esa idea; yo no he nacido parasatisfacer caprichos. Sólo la palabra me ofende y me repugna. Lo quequiero decirte es que tú confundes lo poco que me puedas querer con...lo otro.

—Tú sí que me ofendes. ¿Cuándo se te ha acercado un hombre que terespete más que yo?

—Es que yo sé hacerme respetar.

—Pues conmigo no tienes necesidad de eso.

Cristeta sostenía el diálogo con dificultad: sus frases eran diversas desus pensamientos y contrarias a sus deseos; semejaba un sofista ansiosode dejarse convencer.

Juan no había llevado la vela de su cuarto; en el de ella, aunqueespacioso, puesto como de fonda, con pocos y baratos muebles, no lucíamás que la llama temblorosa de una bujía, colocada sobre un veladorcito,en tal disposición, que dejando en sombra los rincones, daba de lleno enel rostro de Cristeta, iluminaba la cama, la mesa de noche y el sofá enque estaban sentados los amantes. Pendientes de perchas y sobre variassillas, se veían ropas de calle y de escena, resaltando entre éstas unafaldilla de seda a listas de colores vivos y tan corta, que habría dedejar las piernas al descubierto. Encima de un baúl había un par debotas altas de raso blanco con cordones de oro.

La calle estaba desierta, al través de los visillos del balcón sedivisaba el centelleo de las estrellas y a lo lejos sonaba el bramidoronco y tenaz que subía de la playa.

En la fonda y su proximidad el silencio era completo. Mientras Cristetahablaba o escuchaba, su propia voz y la de Juan parecían infundirletranquilidad y sosiego: pero en los breves intervalos en que permanecíancallados, entre frase y frase, aquel silencio era para ella un nuevo ypeligroso incentivo, añadido a la fascinación que en su ánimo juntamentelevantaban la sed de amor y las palabras del hombre. Medrosa por laocasión y medio rendida ante la idea del amor, fijaba de cuando encuando la mirada en Juan, cual si pretendiese adivinarle lospensamientos; otras veces dirigía la vista hacia el faldellín y botas deraso, que simbolizaban su peligrosa vida artística, y luego desviaba condesdén los ojos. En los del hombre no descubría presagio de infortunio;antes al contrario, estaban expresivos, atrayentes, llenos de promesasdulcísimas. En cambio—¡hay momentos en que las cosas hablan!—elfaldellín y las botas de raso parecían augurar más sinsabores que elcoro de la tragedia antigua.

Un reloj de cuco que había en el pasillo inmediato, dio pausadamente lastres de la madrugada. Cristeta, retirando una mano que don Juan le teníacogida entre las suyas, se puso en pie como tocada de un resorte. Nohizo ademán de resistencia premeditada, ni fue el suyo acto sugerido porla voluntad, sino movimiento instintivo con que, sintiéndose flaquear,se apercibió a la defensa, viendo inevitable y cercana su amorosaderrota.

Al verla levantarse, don Juan se puso también en pie, comprendiendo queen aquel instante podía intentar un asalto decisivo. La noche, el sitio,la soledad, el silencio, la excitabilidad de que Cristeta parecíaposeída, hacían apetitosa y deleitable la ocasión; mas ¿a qué atacar unafortaleza a la cual faltaba tan poco para rendirse voluntariamente? DonJuan sabía que gozar una mujer, en el más noble y lato sentido de lapalabra, no es descerrajar una puerta. La violencia es el peor enemigodel amor. El viento huracanado y raudo roba brutalmente su perfume a lasflores y lo esparce sin disfrutarlo; en cambio el aura suave, el céfiroque dicen los poetas, vuela apacible y manso sobre los plantíos y aspiravoluptuosamente sus delicadísimos efluvios. Don Juan prefería lo último.

—Adiós, alma mía, hasta mañana... Anda, busca otro hombre que a estahora, estando así, a tu lado, sea tan...

—Sí, ya lo sé; tan caballero. Nunca esperé menos de ti.

—Hay momentos en que caballero y tonto son sinónimos—

dijo él.

—No lo creas—repuso ella tendiéndole ambas manos en señal de despedida,y añadió—Quien sabe amar sabe agradecer.

«Ya me las pagarás todas juntas», pensó don Juan. Y al mismo tiempo,según la tenía cogida por las yemas de los dedos, la atrajo contra síhasta juntarse ambos cuerpos, y le dio un beso sonoro, largo y apretado,uno de esos besos que despiertan en los ángeles deseo de pedir licenciapara venirse al mundo.

En seguida, dejándola presa de aquella impresión, como si la cariciafuese la flecha que arrojaban los partos al huir, se entró en suhabitación. Al verse Cristeta sola en la suya y cerrada la puerta,comprendió que había triunfado, mejor dicho, que se había vencido a símisma. ¡Triunfo efímero y pobre vencimiento que dejaron su imaginaciónpoblada de dudas!; porque aquella aparente victoria, aquel momentáneoéxito de castidad, era pan para hoy y hambre para mañana.

No faltarán almas ruines y fantasías pervertidas que al llegar aquítachen a don Juan de estúpido y a la pobre Cristeta de fácil y liviana.Los mismos que tal piensen no habrían vacilado en explotar su amorosaturbación. Así es el hombre, pronto a censurar toda flaqueza que noredunda en su provecho. Dios, que cuando tiene tiempo penetra en elcorazón de los mortales, sabe que Cristeta no era fácil ni liviana: loque pasaba era que le había llegado su hora.

Su amor era semejante al agua que se desliza secreta y soterrada, hastaque llega un punto donde surge y brota, trocándose la inútil e ignoradacorriente en manantial fresco y fecundo. ¿Sería don Juan quien en élapagara su sed? ¿Lo enturbiaría luego? Ello fue que tampoco aquellanoche perdió el pudor sus fueros ni tuvieron por qué regocijarse losdiablos.

Lejos de darse a ellos, como hubiese hecho cualquier adoradorimpaciente—y conste que la impaciencia es el error que malogra másvictorias amorosas—, don Juan se recogió a reflexionar con frialdadsobre la situación, ni más ni menos que podría un filósofo meditar sobrela ruina de un imperio.

Y consideró lo siguiente:

Que era hombre aguerrido en aquellas luchas, pero que estaba colocado encircunstancias enteramente nuevas. Había rendido mujeres sosas de lasque caen sin lucha ni gracia, como fardos abandonados a su propio peso;señoritas imbéciles, tocadas de fría sensualidad; mozuelas que ceden porcálculo y se equivocan en la cuenta; casadas de las que se visten congajes del adulterio; viudas aventureras, semejantes a los aros de circocon el papel ya roto, en que no deja señal un salto más o menos;pecadoras por hambre,

que

soportan

los

besos

haciendo

números

dedesempeños y deudas; lascivas por codicia que ponen el cuerpo a interéscompuesto; y también disfrutó alguna de esas mujeres inocentementeviciosas, alocadas, que se entregan sin pensarlo, y a quienes se goza deimproviso cortando la monotonía de la vida, como esas ráfagas de airefresco que interrumpen de pronto el bochorno asfixiante de un díaabrasador.

Cristeta era un caso enteramente distinto. Sus encantos físicos podíancalificarse de excepcionales. En estado normal era una de esas beldadesserenas, de aspecto castísimo, en cuya contemplación se deleita el alma;y luego, cuando menos podía esperarse, aquella placidez y decoro dejabanel puesto a una sonrisa picaresca, hija de una sensualidad mimosa ydulce, natural

y

espontánea,

que

le

resplandecía

en

los

ojosabrillantándole las miradas, o parecía florecer en la humedad rojiza delos labios. Era imposible que su lenguaje fuese muy escogido, porque noes dado usar términos elegantes y frases primorosas a la que nace pobre,crece en una trastienda y entra en la vida social por el proscenio de unteatrucho; mas, en desquite de esta falta de atildamiento, en sus ideasse transparentaba siempre un fondo de delicadeza y honradez desentimientos, que la hacían en extremo simpática. Aun con palabras malempleadas revelaba pensamientos sanos. Un clásico hubiese dicho de ellaque era hermosa como Diana, amante como Alcestes, compasiva comoAntígona, y, sobre todo, enamorada como Cloe. Además, sin ser ignoranteni cándida, tampoco resultaba sosa ni simplona: no creía que los niñosse encargan a París, pero el altar de su pureza no había recibidoofrendas, y, su misma reflexiva castidad le daba conciencia del valor delo que podía perder. De todo lo cual colegía don Juan que no se tratabade una mujer vulgar, buena para poseída una temporadita, a quien sepudiese luego echar o devolver a la circulación como se compra y revendeun caballo de lujo.

Resumen: primero: Cristeta era una verdadera conquista, inapreciable,sabrosísima, pero también un origen de pavorosa responsabilidad.Segundo: en esto mismo radicaba la fascinadora atracción que sobre élejercía. Y tercero: tratándose de una mujer excepcional, era necesarioemplear medios extraordinarios para lograrla.

Don Juan se durmió pensando en estas cosas y en sus derivados.

Ella monologueó bastante menos. Luego de cerrar la puerta y tapar con elpaño de manos el ojo de la cerradura, se quitó las horquillas, lavose achapuz la cara porque estaba muy acalorada, y se acostó.

Ambos soñaron disparatadamente, porque como durante el sueño trabaja elespíritu abandonado a sí propio, no crea sino desatinos yextravagancias. Sin duda por esto quiso Dios que el espíritu tuviesecomo base de operaciones, el cuerpo, la vil materia, tan calumniada porlos espiritualistas. Además, ¿quien sería capaz de comprender ointerpretar los ensueños de una doncella?

Dijo Zenón que nunca desentrañará el hombre la esencia de las cosas; masse le olvidó añadir que el sumo grado de lo imposible es descifrar loque sueña la mujer.

Capítulo IX

Busca don Quintín a una mujer y cae en las redes de otra Ni marido pobre de mujer acaudalada, ni yerno de suegra intolerante, niprotegido por rico vanidoso, se vieron nunca tan privados de libertadcomo el mísero don Quintín a partir de aquel día en que doña Frasquitase enteró del devaneo que su esposo traía entre manos; porque laaventura con Mariquita, que para él fue simple pecado de pensamiento,semejante a la delectación morosa que dicen los teólogos, a la vieja lepareció adulterio consumado. A fin de tenerle más sujeto, dispuso aquel Tetrarca con faldas que la criada hiciese los pocos recados que en lacasa se ofrecían; buscó y pagó persona que acudiese a los centrosoficiales de donde había que recoger las sacas del tabaco y los pedidosdel papel sellado; obligó a su esposo a encargarse de la venta desde quese abría hasta que se cerraba el estanco para que no tuviera momentolibre, y, finalmente, decidió pasar el día sentada junto al mostrador,en continua vigilancia, con propósito de morder y arañar a quien sepresentase trayendo carta o recado sospechoso. Tan horrible fue elcautiverio, que el infeliz llegó a no poner los pies en la calle sinolos domingos y fiestas de guardar, a primera hora, cuando su esposa lellevaba a misa, sacándole a que tomase el aire, como las doncellas deservir sacan a los perritos falderos para que no empuerquen lasalfombras.

Don Quintín pasó muy triste la primera quincena (desde que se habíaidentificado con las cosas del teatro contaba por quincenas); luego,prescindiendo de atractivos inútiles, dejó de usar corbata y de teñirselos bigotes, y, por último, cayó en una melancolía tan dramática para élcomo risible para los que le rodeaban. Ratos había en que se quedabaembobado, despachando automáticamente lo que le pedían, hasta que lasevera y desapacible voz de Frasquita venía a turbar sus arrobos confrases crueles.

—¿En qué piensas, burro?—solía decirle—; ¿te estás acordando de aquellasinvergüenza? ¡Cochino!

Otras veces era más expresiva y humillante.

—¿Y todo para qué?—exclamaba con gesto de pitonisa descreída—¡No puedescon la comida de casa, y querías ir de fonda!

Lo que más hirió la delicadeza de su amor fue que un día, aludiendo aMariquita, dijese:

—¡Si fuera una persona decente! ¡Pero una sacadineros y desbaratacamas!

¡Cuánto sufría! ¡Interesada ella, que sólo le hizo gastar en unoscuantos cafés! ¡Desbaratacamas una mujer a quien no consiguió besar sinotres o cuatro veces en la nuca y por sorpresa!

Así pasó algún tiempo, hasta que una mañana, después de haber leído enalta voz cierto periódico que contenía una lista de compañía lírica quela víspera había salido a provincias y en la que figuraba Mariquillacomo partiquina, resolvió sacudir el yugo. No podría verla, pues estabaausente, pero averiguaría su paradero, la escribiría, y acaso lecontestara diciéndole la fecha de su regreso. La perspectiva derecibir—buscando medio seguro—una carta suya, le infundió ánimo, yarrojando el periódico sobre el velador de la trastienda, dijo a sumujer:

—¡Tranquilízate! Esa infeliz no está en Madrid... Ahora mismo me largo arespirar un rato a gusto, lejos de ti... ¡fiera!—

Y sin esperarrespuesta, se calzó y salió.

Aunque, gracias a lo rápido de su resolución, estaba seguro de que nopodía ser espiado, anduvo largo rato vagando por calles y plazas,volviéndose de vez en cuando a mirar si le seguían, hasta que,convencido de que no existía tal peligro, tomó el camino de la casa deMariquita. Nunca la había visitado, pero sabía sus señas: Cuervo, 14,sotabanco, cerca del cielo. ¡Siempre, anda la felicidad por las nubes!

Antes de llegar se le llenó el alma de ilusiones. ¿Se habría, como esfrecuente, retrasado la salida de la compañía, y estaría Mariquilla ensu casa? ¡Cuán sabroso desquite tomaría de la tiránica Frasquita! Masdiscurriendo de esta suerte, le asaltó una duda horripilante... ¿Tendríarazón su mujer? Él, que nunca sentía apetito en casa, ¿podría soportarla comida de fonda?

Parose un momento, como cuentan que se detuvieronOsmán ante

Alejandría

y

Tito

ante

Jerusalén,

y

luego

avanzódenodadamente, pensando: «¡Sí... aunque me muera...

Cuervo, 14!»

Allí fue la primera decepción. La portera le dijo que efectivamentehabía vivido en la casa una chica que era del treato, pero que el mesanterior la desahució el amo porque no pagaba, y además por escandalosay descarada. Don Quintín se alejó tristemente, imaginando que puesMariquita, a pesar de ser tan guapa, no tenía con qué pagar el cuarto,era criminal poner en duda su moralidad, y que la acusación de escándaloy descaro era calumnia porteril.

Desde la calle del Cuervo fue a ver al conserje del teatro parapreguntarle dónde habitaba otra corista llamada Carolina, muy amiga deMariquita y que tal vez supiese su paradero.

¡Oh impremeditada determinación, qué de males trajiste!

¡Pobre viejo,que imaginando hacer una visita, cayó es un abismo!

Al pisar la entrada del teatro el corazón le latía con desusada fuerza.Ponte, lector, en situación análoga; haz memoria de si siendo colegialte enamoraste de una primita o de una amiga de tu hermana; recuerdaluego si pasados los años de la juventud, y ya hecho hombre, tornaste apisar los lugares donde, al conocerla, sentiste o creíste sentir amor;deja que en tu alma, tal vez vieja y gastada, reverdezca aquellaprimavera de tu mocedad; adórnala de reminiscencias dulcísimas, yentonces

¡sólo entonces! comprenderás cómo la fantasía de don Quintín sedeleitó en recordar la que a él se le antojaba pasión avasalladora.

Previo regalo de un cigarro con que don Quintín le obsequió, el porterodel teatro le dijo dónde vivía la corista por quien iba preguntando, yallá se fue a buscarla, deseoso de hablar de Mariquilla y esperanzado ensaber cuándo regresaría para precipitarse en su busca; porque duranteaquella larga caminata, según se había ido alejando de su casa ycónyuge, sintió que el amor se enseñoreaba de su espíritu y de sussentidos, y hasta le pareció que si encontrase a Mariquilla podríallevársela a comer de fonda, contra lo que suponía la desengañadaFrasquita.

Dominado por tales pensamientos, subió la escalera estrecha y muy pina,de una casa de aspecto pobre y nada limpio, detúvose en un descansillo,tiró de un cordón mugriento y abriole Carolina; el prototipo de lacorista que contratan las empresas, no por lo bonitas, sino por tenermucho repertorio y por no faltarles nunca quien pague con un ajuste elrecuerdo de una conquista.

Era mujer de cuarenta y tantos años, gruesa, ex—guapa, en buen estado deconservación, aunque algo ajada, y con más experiencia de los hombres dela que a don Quintín hubiera entonces convenido. Vestía bata flotante depercal claro; no debía de llevar corsé, porque se le notaba el temblorde las carnes libres; estaba recién peinada, y de su cuerpo sedesprendía aquella emanación intensa de perfumes baratos con que elestanquero experimentó sensaciones indefinibles cuando habló por primeravez con Mariquilla.

—¡Don Quintín de mis entretelas! ¡Tanto bueno por mi casa!

¿Qué le traea usted por aquí?

—Lo primero, el gusto de verla, que no es grano de anís; y luego...

—¡Me lo he maliciado; preguntarme por la María!

—No crea usted que sólo por eso. Pues qué, ¿no es nada contemplar esecuerpo tan hermoso?

—Déjese usted de requiebros. ¡Bonita me encuentra usted! Ni tiempo hetenido de ponerme el corsé.

—¡Mejor que mejor!—Repuso don Quintín, echando una mirada codiciosa albusto de Carolina.

Ésta, cogiéndole de la mano para guiarle por la oscuridad del pasillo,le llevó hasta el comedorcito, donde se sentaron: ella en una silla bajade hacer labor, y él en una butaca vieja y desvencijada. El comedor eramuy pequeño, y en la estancia inmediata, que era la alcoba, se veía unacama cubierta con colcha de indiana.

El día estaba caluroso; el estanquero, a fuerza de pensar en lacoristilla, venía predispuesto al amor, y Carolina no era la últimaencarnación de Lucrecia, la casta.

—Sí, señora—repitió él, disimulando su pensamiento; lo primero, elgustazo de verla, como que está usted hermosísima.

—No es usted mal adulador... ahora. Puede que sea usted el único que nome dijo en el teatro «buenos ojos tienes». ¡Andaba usted tan embobadocon aquélla!

Aquí le pareció a don Quintín que para averiguar algo debía emplearjuntamente la sagacidad y la galantería, por lo cual añadió:

—¿Qué quería usted? ¿Qué anduviese a la greña con todos los que lasolicitaban? ¡Buen trabajo! Hubiese tenido que pelearme con ciento y lamadre. Pero lo que es guapa... ¡ya lo creo que me lo parecía usted!¡Vaya un cuerpo... en fin, aquí está, gracias a Dios, y se puede ver!

Poseído de súbito ardimiento amoroso, extendió ambas manos hacia eltalle de Carolina, quien, deseando mostrarse pudorosa, pero no arisca,echó el cuerpo para atrás, diciendo con mucha monería:

—¿Qué había usted de fijarse en nadie, sí estaba usted chalado conaquélla?

—Aquélla... aquélla...—murmuró él con fingido desprecio—.

No sé pordónde anda, ni me importa. Valiente...

Sus labios intentaron decir una ofensa, pero no acertaron a formularla.Comprendió que era una villanía hablar mal de Mariquilla, aunque fueseen son de astucia para averiguar su paradero.

—Entonces, ¿qué diablos le trae a usted por aquí? ¡Ya está usted buenamaula! ¿No sé yo que se gastaba usted con ella los ojos de la cara? ¡Yque no es usted poco rumboso, decían allí!

—¡Bah! Una cosa es gastar y otra querer.

Harto sabía Carolina que el amor de don Quintín no había llegado alterreno práctico, y desde que le abrió la puerta comprendió que iba enbusca de noticias de su compañera; pero con la rapidez del pensamientoconcibió el atrevido proyecto de seducirle. No era rico, ni de él podíanesperarse solitarios para las orejas ni entresuelo amueblado; mastampoco sería imposible sacarle unos cuantos duros al mes. Su estancoestaba en sitio céntrico, debía de producir bastante... la mujer muyvieja... Nadie es capaz de prever hasta dónde puede llegar un ancianotocado de la tarántula amorosa. Suponiendo que se mostrase insensible yla despreciase, ¿qué le importaba? Aquello era jugar un décimo delotería: por de contado, no había de caerle el premio gordo; mas acasoel estanquero le ayudase a pagar el cuarto o le regalase algúnvestidillo. Por su larga experiencia teatral no ignoraba Carolina quehay en la vida del hombre dos períodos durante los cuales es fácilmenteposeído de la pasión impetuosa y arrebatada: la primera juventud, en quelas cortesanas parecen ángeles caídos, y la entrada de la vejez, en queuno quiere despedirse de la naturaleza con aquella música de besos queen la adolescencia nos abrió las puertas de la dicha.

A estos picarescos y sabios propósitos de Carolina correspondíaperfectamente la situación de ánimo en que se hallaba don Quintín;porque, aunque él lo ignorase o no pudiera razonarlo, lo que sentía porMariquilla no era enamoramiento exclusivo, sino exacerbación de lafacultad amorosa, pronta a extinguirse en su organismo. Estaba en elcaso del niño que, deseando un juguete, ambiciona el primero que ve, yluego se satisface, contenta y entretiene con cualquiera otro que ledan.

La táctica de Carolina estribó en hacerle creer que le consideraba comohombre conquistador, enamoradizo, mujeriego y rumboso; y comenzó amirarle del modo más dulce y hechicero que supo, diciéndole:

—¡Ya, ya, ni que fuéramos tontas! Todos son ustedes iguales.

Hoy ésta,mañana la otra... Mariquilla está fuera, y se habrá usted dicho: «Vamosa ver a lo que sabe su amiga».

—¡Qué mal pensada! Verdad que tiene usted disculpa, porque como estáusted tan guapa, no haría ningún disparate quien se volviese loco porusted.

Las miradas de Carolina eran incendiarias; don Quintín empezaba aolvidarse de Mariquilla. Hubo un momento en que, comparándolamentalmente con la garbosa hembra que tenía delante, resultó de estacomparación que la primera no pasaba de muchacha vivarachuela ygraciosilla, en tanto que la segunda era mujer formada y en plenamadurez de belleza.

—Vamos, dígamelo usted claro. ¿Ha venido usted a preguntarme por aquélla, o a verme a mí? Porque para lo primero todavía soy joven, ypara lo segundo...

—¿Estoy demasiado viejo?

—No he dicho tal.

—Viejo, ¿eh? ¿Conque viejo? Pues la leña seca es la que arde mejor.—Y aldecir esto se levantó y abrazó a Carolina, como en un célebre cuadro deRubens abrazan los sátiros a las ninfas, sin que ella le rechazara.

¿Cuál será el alma cruel y despiadada que la vitupere? Mandan los santospreceptos que se dé de beber al sediento, pan a quien tiene hambre, yposada al peregrino. Pues, ¿dónde agua más fresca, ni pan más tierno, nialbergue más grato que el amor?

Además, la caridad bien ordenada empiezapor uno mismo, y Carolina también sentía necesidad de amor.

*

* *

Pasadas dos horas en deliciosa y culpable intimidad, tanto más gratacuanto menos premeditada y prevista, dijo Carolina, mientras él se poníalos tirantes y ella, ante un espejo roto, se atusaba los desordenadosrizos.

—Anda, tontín, rico mío, más vale gallinita que pollita. Mejor te iráconmigo que con aquella embaucadora, bribona, que se estaba burlando deti. ¡Me daba una rabia!

—¿Y cómo lo sabes?—repuso él saboreando la delicia de tutear a una mujerque no era legalmente suya, e indignado al mismo tiempo ante la idea dehaber servido de hazmerreír a Mariquilla.

—¡Vaya si lo sé! ¡Qué borricotes sois los hombres! Ahora que ya eresmío, porque supongo que vendrás a menudo, te lo voy a decir. ¡Megustabas de un modo atroz! ¿Y verdad que tu Carola te gusta también másque aquella gata esmirriada? Mira... no sé los años que tienes; nadietiene más de los que representa; pero ya quisieran muchos jóvenesigualarse contigo.

—¿De veras, pichona?

—¡Buenos están los jóvenes!... ¡Tísicos! Parece que se va a concluir elmundo. Yo también valgo más que cualquier chiquilla. Compara, comparaeste pecho y esta mata de pelo con aquellos pellejos colganderos yaquella cabeza llena de añadidos.

—¡Buena diferencia va de mujer a mujer!

—Pues para ti soy. Veremos cómo te las compones en tu casa... porque hasde venir a verme casi todos los días.

—¿A diario, chica?... No sé si podré—dijo él algo intranquilo.

—¿No has de poder? ¡Anda, pillín, que no te arrepentirás!

—¿Estás siempre sola?

—Siempre, vidita. Y vive tranquilo: no soy yo como aquella perdidaque...

—Mala voluntad la tienes.

—Como que me tenías chaladita y me daba ira de verla cómo se burlaba deti.

—¿Qué hacía?

En parte mintiendo, en parte diciendo verdad, Carolina resolvió asegurarla adquisición que acababa de hacer. Mezcló en sus frases lo cierto conlo calumnioso, y procuró apartar a don Quintín de Mariquilla, haciéndolecreer que le consideraba capaz de la mayor generosidad y lleno deardimiento para los dúos amorosos.

—Vamos, ¿qué hacía aquella... desdichada?—tornó a preguntar don Quintín.

—No merece que vuelvas a pensar en la muy sinvergüenza.

¿Que qué hacía?Ponerte cuernos. ¡Como si con un granadero como tú no tuviera bastanteuna pitifláutica como aquélla! Todas las del coro sabíamos que tú leregalaste el mantón bordado y la mar de medias. Decía que te iba adejar el estanco hasta sin esponja para mojar los sellos. Y al mismotiempo, como después de la función te ibas con tu sobrina, ella selargaba con el segundo apunte. ¡Me daba una rabia! Porque cuando lamujer es libre, bueno; lo que yo digo, que se amontone con quienquiera,pero que no engañe a nadie... Un hombre es un hombre.

—De modo que ella...

—¡Ya lo creo! Y no era eso lo peor. Algunos del teatro creían que todoera mentira, que no teníais nada que ver, vamos, que os hablábais y nadamás..., porque ella no se dejaba... ¿estamos?

¡Como si tú fueras un lila que se gastase la plata sólo por mirarla! Y también decían quedon Juan, el querido o novio, lo que fuese, de tu sobrina, era quienhabía encargado a la María que te hablase y te marease para mientrastanto quedarse solo con la tiple. En fin, distraerte para que noestorbases. Mira que si hubiese sido verdad... ¡bonito papel!

Ante tan cruda y horrible revelación, faltó poco para que don Quintín seenfureciese. Su emoción fue grandísima, porque indudablemente Caroladecía verdad. ¿Cómo había él de dudar, sabiendo por experiencia, o mejordicho por falta de ella, que no había logrado de Mariquita sino algunosbesos y apretujones a hurtadillas? En seguida se dio a recordarpormenores e incidentes que confirmaron sus sospechas. No cabía duda.Sí: todo fue comedia. Acaso Cristeta no entrase en la conspiración, perose aprovechó de ella; Mariquita sirvió de agente a don Juan; losdiálogos enloquecedores pasados bajo el mechero de gas que había en elpasillo, fueron otras tantas ocasiones de que los novios se hablasenlibremente. ¡Y pensar que él no consiguió de Mariquilla nada sustanciosoy positivo! ¡Ni una sola vez! ¡Qué burla tan infame! Lo único que leconsolaba era que hubiese quien se lo diera por comido, juzgándole comoamante rumboso, pagano y favorecido.

—¿Conque les serví de tapadera?—decía sonriendo—. ¡Tiene gracia! ¡Y yome contentaba con mirarla... vaya, vaya!

—De lo segundo no te digo nada. Ahora que eres mío, comprendo conconocimiento de causa que no te limitarías a mirarla como si fueraestampa; pero lo que es de que servías de tapadera y de que don Juan fuequien te preparó la conquista de la sinvergüenza... de eso no te quepala menor duda.

Harto sabía él a qué atenerse. Sí: tapadera, y además lila. Le costógran esfuerzo disimular el enojo; pasó un rato muy malo, pero los mimosy carantoñas de su Circe le endulzaron algo el pesar.

—¿Vendrás pronto a verme?—le decía, poniéndose archizalamera—. Cuantoantes mejor. Yo no soy exigente; si tienes miedo a que lo sepan en tucasa, pasearemos por las afueras... y luego nos vendremos aquí a nuestronido, como dos tortolitos.

—Sí, sí; vendré, vendré—repetía el estanquero, que ya sentía prisa pormarcharse: mas ella, como si quisiese sellar su amoroso contrato de unmodo inolvidable, dio un salto de pantera celosa, y arrojándosele alcuello le abrazó, besándole el cerdoso bigote, al mismo tiempo que decíacon la voz astutamente entrecortada por la emoción:

—¡Quintín, qué felices vamos a ser!

Desasiose de ella con suavidad, como don Florambel se apartaba de laencantadora princesa Graselinda, y comenzó a bajar despacio la escalera,repitiendo dulcemente:

—Adiós, rica; vendré, vendré, y seremos buenos amigos.

Ella le vio marchar entre satisfecha y desconfiada... ¿Sería aquella unaverdadera conquista, al menos una ayuda para pagar la casa? ¡Y quélástima que el diablo del hombre no tuviera veinte años menos!

Don Quintín salió a la calle tan engreído y hueco como mujer fea a quienpor casualidad chicolean en paseo. La cosa lo merecía. Acababa deadquirir la grata convicción de que, aunque fuese de tarde en tarde,podía comer de fonda.

Mas como no hay dicha completa en corazón humano, junto de este regocijose alzó en su pecho un mal sentimiento, un odio terrible hacia don Juan,que había jugado con él como con un chiquillo. «Sí—iba gruñendo entre undiente sí y otro no, pues los tenía salteados—; he sido tapadera,Celestina macho, alcahuete sin saberlo... ¡Yo haciendo el buey con lamocosa de la chiquilla en el pasillo, y él encerrado con la otra... sabeDios!

¡Ah, don Juan de los demonios, ya me las pagarás algún día!¡Pensar que la trastuela no me dejó... ni una vez!»

Y en lo más íntimo de su alma hizo acopio de rencor, y se juró que si lasuerte, la casualidad o su propia astucia se le mostraban favorables,tomaría de don Juan espantosa venganza.

Capítulo X

En que ocurre el más grave y deleitoso suceso de esta historia Don Juan resolvió triunfar de Cristeta, empleando mediosextraordinarios.

Una de aquellas noches de los dúos forzosamente castos, con reservasmentales, abrió ella la puerta, pasó él, y sentados en el sofá lo máscerca que permitían el pudor y el respeto, comenzaron la cantata mil ytantos diciéndose esas eternas frases juntamente dulzonas, picarescas,inocentes, maliciosas, arteras, ingenuas, sinceras y mentidas, muchasveces estúpidas, pero siempre gratas, con que se entretienen y engañanlos amantes mientras se prepara la catástrofe del drama a que laProvidencia les tiene predestinados. Aquella noche la elocuencia de donJuan era maravillosa, y su ternura exquisita; a pesar de lo cualCristeta tardó pocos minutos en notar que estaba caviloso. Traíafruncido el

entrecejo

y

sus

miradas

denotaban

mal

disimuladapreocupación.

—¿Qué tienes?—le preguntó cariñosamente.

—Nada.

—Me engañas, algo te pasa.

—No, mujer.

—Es claro; como no soy nada para ti...

—Demasiado sabes que te adoro...; pero no voy a inventar cosas gravespor capricho.

—Bueno, cállatelo; luego dirás que me quieres.

Don Juan puso cara de gran pesadumbre, lo más triste que pudo, y dejócaer la cabeza sobre el pecho. Entonces Cristeta se la levantósuavemente con ambas manos, y mirándole de hito en hito, cual siquisiera leerle en las pupilas el secreto, dijo:

—Juan... ¡mientes! a ti te pasa algo.

Hubo un instante de ese silencio que los novelistas llaman solemne.

Quien hubiese podido bucear en el pensamiento de don Juan, habría vistoque le repugnaba mentir. Por vez primera condenaba su conciencia losmedios que iba pronto a emplear su astucia.

Cristeta le seguía mirandocon todo el poderoso encanto del amor sincero.

—Anda... Juan... ¡dímelo!

Él fingió ceder.

—Sí, me ocurre... y muy grave... Oye.

Y sacando del bolsillo una carta, hizo como que buscaba con la mirada unpárrafo, y leyó lo siguiente:

«Lo de París va mal, muy mal, y es preciso que estemosdispuestos a obrar con rapidez y energía si se nos echa encima algunacomplicación. Sé de buena tinta que la casa Garcitola está haciendonegocios desastrosos. Desconfío de que, si nos lo propusiéramos,pudiésemos recoger ahora los fondos, y por otra parte reclamarlos enestas circunstancias, acaso sea perjudicarnos contribuyendo al nubladoque se les viene encima.

En fin, sirvan estas líneas de toque de alarma.En cuanto sepa algo concreto, le avisaré a usted para que me dé órdenes.En asunto tan grave no me atrevo a tomar la iniciativa.»

Todo lo cual oído con profunda atención, dijo Cristeta:

—Bueno, ahora explícamelo.

—Yo tenía valores de importancia colocados en esa casa Garcitola yCompañía, de París. Hace unos cuantos meses se empezó a decir si andabano no andaban mal y, la verdad, como es una casa tan fuerte, cometí latontería de no hacer caso...; y ahora, ya lo ves, mi agente de Madrid meescribe lo que acabas de oír... Nada, que si quiebran, me van a dejarpor puertas.

Cristeta le escuchó atónita. Él se puso en pie, y sin temor de moverruido, dio dos o tres paseos por el cuarto, a modo de león enjaulado.

Ella asustada, pero respetando su disgusto, se limitó a mirarle comoimplorando prudencia. Don Juan—¡parece mentira que sea el hombre capazde tal perversidad!—aprovechó la ocasión, se acercó de puntillas aCristeta, y arrojándose en sus brazos dijo en voz muy queda, casi, y sincasi, pegando los labios a la linda oreja de su amada:

—Perdóname, no sé lo que me hago.

Lo grave fue que, en lugar de desasirse en seguida, siguió agarrado aella. Parecía hombre harto de esperar a la Fortuna, que de pronto la ve,la asalta, la sorprende, la sujeta, y decide no soltarla en su vida.Cristeta nada hizo por despegar su cuerpo del cuerpo de su amante, sinomurmurar con voz preñada de caricias:

—¡Juan... Juan mío!

Él, sin aflojar los brazos, decía:

—Figúrate... cobraré, si cobro, en créditos, en papeles que tendré querealizar poco a poco, con pérdidas enormes, y al fin y a la postrequedaré mal, muy mal, con una renta miserable, gustos costosos, sinhábitos de trabajo...

—Un hombre como tú hace con el trabajo lo que quiere.

—¡Quiá! Me iré a vivir a un pueblo, sin más lujo que una escopeta, nimás amigo que un perro.

De pronto soltó a Cristeta, se sentó en una silla, y juntando las manos,comenzó a dar vueltas con los pulgares, como suelen hacer los que estánmuy aburridos.

Cristeta, discurriendo con el sublime egoísmo del amor, pensó:—«¡Pobre!¡Tal vez se quede pobre! ¡Así será más fácilmente mío!»

—Ya supondrás—continuó él—que tendré pronto necesidad de ir, no sé aúnsi a Paris o a Madrid. Y luego... se acabaron las locuras.

—Pero ¿qué locuras haces?

—El vivir como vivo. ¡Buen porvenir me espera! Un ama de llaves másvieja que dueña de teatro antiguo, una criada de cincuenta reales... ysi no, al pueblo, al pueblo.

—Calla, hombre...; no querrá Dios que lo hayas perdido todo.

—Eso no lo puedo saber hasta que vaya a París y hable con el banquero, ovea en Madrid a mi agente. Hoy por hoy nada sé de cierto.

—No quiero decir eso: digo si supones que ya se ha concluido todo parati en el mundo. ¡Ingrato! ¿No vale ni significa nada mi cariño?

Don Juan la miró con ternura, la cogió una mano, oprimiéndoselafuertemente, y en seguida, cual si cediese a la dolorosa impresión queacibaraba su ánimo, dejó caer la cabeza sobre el pecho de Cristeta.

A ser otra la ocasión, ésta se hubiera echado hacia atrás con oportunopudor; pero en aquellos tristes momentos no quiso mostrar esquivez niparecer arisca.

Ambos permanecieron silenciosos: ella inmóvil, sin valor pararechazarle; él en la misma postura, sintiendo en la frente el dulcecalor del pecho de su amada. Al cabo de unos cuantos minutos dijoCristeta:

—Vamos, no te apures... mírame cara a cara. ¿Sirve esta pobre mujer paraconvencerte de que no lo has perdido todo? Vaya, hombre, si supiera queesto nos aproximaba... ya te pagaría yo en amor lo que perdieses endinero. ¡Te quiero tanto!—Y en seguida, como si se arrepintiese de susinceridad, añadió:—No; no; soy una egoísta. Vete mañana mismo a cuidarde tu fortuna.

¡Yo no debo ni puedo ser nada para ti!

Fueron dichas estas palabras con acento de tan honda tristeza, yprodujeron tal emoción en don Juan, que se avergonzó de emplear aquellaestratagema ruin y mentirosa. Comprendió que la infeliz a quien estabaengañando no era casada trapisondista que mereciese desprecio por faltara su deber, ni viuda buscona armada por la experiencia contra laseducción, ni siquiera mozuela desenvuelta y sabedora de cómo se fingela pérdida de la honestidad: era una pobre mujer realmente apasionada,que sin carecer de perspicacia y malicia, las tenía como adormecidas yembotadas por el pícaro amor. Era lista, capaz de la más arteracoquetería, pero en frío, respecto de un hombre por quien no hubiesellegado a interesarse. Así lo entendía don Juan, quien comenzó aexperimentar lástima de ella y severidad para consigo; mas ambossentimientos quedaron ahogados por el influjo de la belleza de Cristeta.La perspectiva de que al empobrecer fuese aquel hombre más fácilmentesuyo, el afán de mostrarle cariño, y lo mucho que don Juan se habíaarrimado a ella, la pusieron hermosísima. Tenía los ojos húmedos ybrillantes, los labios secos y la tez muy pálida. Sus miradas variabanrápidamente de expresión; tan pronto parecían medrosas, como lucía enellas la llamarada propia del deseo amoroso.

Durante un rato bastante largo, don Juan siguió hablando de la casa debanca y presagiando infortunios: ella de cuando en cuando le decía:

—No te disgustes...; puede que todo se arregle... mírame...; anda,mírame. ¿No me quieres ya?

En esto, sin saber cómo, ni quien atrajo a quién, ni cuál fue el primeroen sentarse, volvieron al sofá—mueble en ciertos casos peligrosísimo—, ysucedió que los brazos de Juan rodearon y ciñeron la cintura deCristeta, las manos de ésta se le posaron a él amorosamente una en cadahombro, cogiéndole luego la cabeza entremedias, y por fin y remate, paraque fuese más bello el grupo, Dios, que es supremo artista, dispuso queel rostro del amante viniese a caer y descansar, por segunda vez, encimadel pecho de la amada.

Así permanecieron unos minutos, mudas las bocas, embebecidos losespíritus y quietas las manos de ambos, especialmente las de ella, cualsi bastase para su doble delicia aquel dulce calor que los cuerpos secomunicaban. Después sonaron de labio a labio palabras dichas en vozbaja, y, por fin, mutuamente sorbidas las almas y atraídas las bocas, sebesaron.

Ella en seguida, confusa y atemorizada, apartó el rostro; masél, buscándole la mirada para leerle el pensamiento, le cogió la caraentre las manos y permaneció contemplándola.

El instante fue sublime. A Juan se le olvidaron las teorías deconquistador, el cálculo, la lástima, la astucia, todo, hasta el temor alas consecuencias, mezquina consideración que acibara grandes placeres.De su alma y de su cuerpo se enseñoreó una fuerza incontrastable que leimpulsaba a poseer el alma y el cuerpo de Cristeta, para sumarse eidentificarse con ella, como se compenetran y confunden dos rayos deluz. En la muchacha tampoco tenía ya imperio la voluntad; desfallecía deamor, miraba y no veía, las palabras de don Juan no le parecían voceshumanas; se le antojaba estar oyendo el ruido delicioso que las puertasde los cielos deben de producir al abrirse para que penetre en la gloriaun elegido del Señor. Algo semejante a lo que ambos sintieronexperimentarían de fijo nuestros primeros padres cuando emprendieron latarea de poblar el mundo para que hubiese quien alabase a Dios. Sonó unbeso digno del Paraíso. La mano izquierda de don Juan se posó sobre ladoble y turgente redondez del pecho de Cristeta... Poco después, elcorsé, tibio aún por el calor del hermoso tesoro que guardaba, caíasobre la alfombrilla al pie del sofá... Pero, ¡tente pluma!

¿Y por qué? ¿Por qué ha de considerarse vituperable y deshonesta lapintura del amor material en lo que tiene de artístico y poético?Permítese al novelista y al poeta describir todas las fases de laambición soberbia, de la vanidad ridícula, del odio aborrecible, delrencor infame; podemos desmenuzar en prosa y verso todos los malossentimientos: ¿y no hemos de poder pintar la deliciosa y naturalaproximación de los sexos que instintivamente aspiran a juntarse hastaser, como el Señor dispuso que fueran, carne de una carne, hueso de unhueso, dos en uno? ¡Es triste cosa! Sólo algún lírico cursi, sólo algúnacadémico fósil, culpan de loco al telescopio que escudriña el espacio,o de cruel al bisturí que dilacera las carnes; y sin embargo, son muchaslas gentes que llaman indigna y pecadora a la pluma que pinta losdeliciosos transportes del amor.

Arrebata el viento el polen de una flor, lo deja caer en otra de lamisma especie, y de allí a poco brotan nuevas yemas y pimpollos. Sacudeel céfiro el ramaje de la palmera macho, y llevando un algo misteriosode ella a la palmera hembra, la hermosea y fructifica. ¿Acaso se tachade inmoral al botánico que lo observa y escribe? Entre las concavidadesde las rocas marinas, en lechos de algas o sobre las cernidas arenas dela playa, deposita el pez hembra sus huevas; deslízase luego sobre ellasel amoroso macho, y las fecunda. ¿Culpa nadie de obsceno al naturalistaque lo consigna en sus libros?

Si de la humildad de plantas y bestias pasamos a lo más excelso que cabeen el pensamiento, vemos que las religiones que amamantaron a lahumanidad en el culto de lo divino, están saturadas de amor. Los diosesamaban como hombres; por eso inspiraron fe; las diosas se dejabanabrazar como mujeres; por eso fueron tan amables y dignas de adoración.El Olimpo pagano era

un

semillero

de

aventuras

eróticas:

Júpiter

y

Apoloperseguían a las ninfas como los banqueros de nuestro siglo a lascosturerillas; Venus y Juno tenían caprichos como nuestras grandesdamas, se prendaban de la gallardía varonil, y escogían amante entresemidioses de segunda fila y rústicos pastores. La antigüedad clásica,no deja, sin embargo, de llevar ofrendas a las aras. Los más grandespoetas, sin que nadie les tache de pervertidores, fundan sus obrasadmirables en aquellas pasiones que convertían en alcobas las grutas,las florestas, los prados, las selvas y los bosques.

Vienen luego los tiempos en que el verdadero Dios escoge por suyo unpueblo entre los que habitan la tierra, y el amor no pierde susprerrogativas ni sus fueros. Antes al contrario, el mismo Señor loemplea en su servicio: ÉL hace que la hermosa Thamar conciba de Judá; ÉLdispone que la desvalida Ruth se tienda en la era junto a Booz para quese perpetúe su raza; ÉL

aumenta la belleza de Judith para que aparezcaincomparable y fascine a Holofernes; ordena que los patriarcas duermancon sus siervas, los reyes con sus esclavas, que Asuero repudie aVasthi, y que Makeda, reina de Saba, soberana del dichoso Yemen,desfallezca de voluptuosidad en el lecho de Salomón.

¿Qué más? ElRedentor perdona a la adúltera, y por haber amado mucho, María deMagdalena es preferida y escogida entre todas para que, merced a suintervención, se funde el sagrado misterio de la Resurrección. No: noquiso el Redentor, después de muerto, aparecerse a ninguna virgenignorante, a ninguna casada cumplidora de sus deberes, a ninguna viudasorbida por la devoción; sino que radiante de esplendorosa gloria,circundado de luz, se apareció a una pobre pecadora. Las mujereshebreas, siriacas y caldeas que en desprecio del amor se rapaban elpelo, no hallaron gracia delante del Señor; en cambio permitió aMagdalena que con su rubia cabellera enjugase los divinos pies.

—«Amor—dice uno de los más admirables místicos españoles—, es río depaz, dulce sueño del alma, transformación del hombre que ni piensa nisiente ni quiere más que amor.

Como a la flor se sigue el fruto, sesigue a la perfección el amor ardiente. Amor es el fin de la ley degracia.» ¡Cuán mezquinas parecen luego las palabras del filósofo modernoque ha dicho que el amor es sólo impulso de los sentidos, que tomaorigen en el celo!

Sí:

amor

es

esencialmente

celestial;

la

hipocresía,

exclusivamentehumana. Dijo el Señor: «Creced y multiplicáos»; y sucede que nadiecensura a la mujer ni al hombre porque se desarrollen ni crezcan; mas¡oh terrible inconsecuencia! en cuanto dos que bien se quieren tratan demultiplicarse o se colocan en disposición de que la operación seaposible, todo es ponerles trabas, prohibiciones y obstáculos para que nocumplan la segunda mitad del divino mandato. De esta intolerancia hanacido, sin duda, la invención de las formalidades civiles y canónicas,pues en el Paraíso no hubo bendición ni juez municipal. ¡Cuán sabio ygeneroso es Dios! ¡Cuán mezquinos los hombres! Sobre todo, ¡cuán necios!Porque jamás ha intentado la locura humana que los ríos retrocedan caucearriba desde el mar hasta sus fuentes, ni que los astros, desviándose desus órbitas, valseen caprichosamente en el éter; ni ha querido nadietrocar en compasivo al tigre, ni en feroz al tórtolo, y, sin embargo,hay quien pretende que el hombre y la mujer no se atraigan. A la luz deldía muestran los hombres la codicia, la crueldad, la ira, hasta laasquerosa envidia; sólo para el amor buscan la oscuridad: guerrean y sedespedazan al sol; aman y se engendran, como si conspirasen, entre lassombras de la noche. Y es que encima de cada uno de los grandes donescon que Dios nos ha favorecido, hemos echado una mancha. Sobre lasinceridad la mentira, sobre la fe la duda, sobre la caridad el egoísmo,sobre el amor la hipocresía. Porque habéis de saber—niñas inocentes ymujeres contenidas por el falso decoro—que cuando vais por la alamedacon el elegido de vuestro corazón y se confunde el rumor de vuestrasfrases con el ruido del ramaje, y luego suena un beso, puede haberimprudencia, pero no hay delito: cuando en la tentadora soledad delgabinete, siendo ambos libres y estando enamorados, os aproximáis sindesdoro de tercero y sin acordaros luego de quien fue el primero enacercarse, tampoco se enfurruñan los cielos. ¿Sabéis lo que especaminoso y detestable sobre todo encarecimiento? La venta de lascaricias, el robo del placer ajeno, el rompimiento de la fe jurada, elultraje al nombre de esposo, el repugnante comercio del amor, queconvierte el lecho en posada y la memoria en índice de liviandades.¡Cuán tristes las que, comerciando con el amor, han de ofrecer lamercancía! ¡Cuán despreciables las que lo dan a cambio de joyas y degalas! Mas las apasionadas que se rinden, ¡cuán dignas de indulgencia!San Pedro no dejará paso a las que ostenten en torno de los ojos ellivor que deja el cansancio sensual soportado para comprar brillantes;pero dará entrada en la gloria a las que vea con el rostro demacrado,mitad por el hambre y mitad por el placer; será cariñoso con las quehayan desfallecido de amor, y los Arcángeles, las Dominaciones y losTronos que gozan perdurablemente la presencia de Dios, cantarándiciendo: «¡Bienaventuradas las que supieron amar, porque de ellas es elreino de los cielos!»

*

* *

Iba ya el resplandor del día dibujando líneas de luz por entre losresquicios y rendijas del maderaje del balcón, cuando don Juan,desasiéndose de los brazos de Cristeta, entre melosidades y ternezas, sefue a su cuarto, donde desbarató su propia cama para que los criadosignorasen que no había dormido allí. En seguida se lavó, casi adisgusto, porque el frescor del agua le arrancaba de la piel el perfumede los halagos de Cristeta, y después se marchó a dar un paseo.

Ella, al verse sola, pasó un rato presa de verdadero estupor: luegoquedó entre atónita y apenada. ¿Qué había hecho?

¡Deshonrada...perdida... pero dichosa! No le parecía ser la misma. Unos instantesexperimentaba sensaciones análogas a las que sufriría una ciega, paraquien la lobreguez de la ceguera se trocase de improviso en vivaclaridad; se sentía deslumbrada por el amor. Sus conjeturas, sus dudas,su ignorancia medio desflorada por la malicia, todo se habíadesvanecido, quedando en su lugar la sabrosa certidumbre del pecado.Otros ratos le parecía ser ángel caído sin redención posible. ¿Qué fuede los propósitos de tenaz virtud? ¿Dónde estaban el no debo... no meconviene... yo no soy de esas? Un instante de pasión había dado altraste con todo.

Por cima del vencimiento sufrido, quedaba, sin embargo, en el alma deCristeta un motivo de respetable orgullo. En la abdicación de sualbedrío, en la entrega de su cuerpo, no influyó nada el cálculo.Complacíase en recordar que no tenía cosa que echarse en cara. Vioentrar a su amado pensativo y triste por malas noticias que recibiera, eintentó consolarle; él, agradecido a su piedad, la estrechó entre losbrazos. De lo demás no hacía memoria...

La bella Kadjira, contemplando el infortunio de Mahoma, le dijo: «¡Yoseré tu primer creyente!» Cristeta, viendo desdichado a su amante se leentregó diciendo: «Mis labios son manantial de consuelo. ¡Bebe!»Después... suspiros sofocados por caricias y una sensación nueva,indefinible, mitad material, mitad extrasensual. ¿Hizo bien? ¿Cometiógran pecado? ¡Ah! Si pudiese afirmar o negar... ¡qué gran problemahabría resuelto!

Lo indudable era que sentía pena por no tenerle allí. ¿Por qué se iríatan pronto? ¿Qué le importaba que aquello se supiese?

Juan no era ya asus ojos el personaje de un ensueño amoroso; debía ser el compañero desu vida, pero sin obligación, sin vínculo forzoso, sin lazo que lesujetase, por propia y complacida voluntad. El alma de la mujer podía enella más que el instinto de la hembra. El amor material le pareció cosabaladí. Se había entregado; bueno ¿y qué? ¿no era libre? ¡así como así,jamás había de pertenecer a otro! No en vano tenía metida en el cerebrola vehemencia romántica de cuantas escenas dramáticas leyó y viorepresentar.

A medio día salió al ensayo. Al andar por las calles le pareció quepisaba con más fuerza, que era más mujer. A la hora de la comida oyó queuno de varios huéspedes que había sentados cerca de ella decía,mirándola de reojo:—«La Moreruela está hoy más guapa que nunca.»Cristeta pensó: «¡Mejor para mi Juan!» En el teatro, durante la función,trabajó apriesa; por su gusto hubiese llevado a escape las escenas, nomovida de la grosera impaciencia del deseo, sino dulcemente estimuladapor el anhelo de ver a Juan.

El segundo canto del poema comenzó en seguida de retirarse a su cuartode la fonda. Entrar y despedir a la doncella, todo fue uno. Sonaron lasdos de la madrugada. Tosió; ahora era ella la que tosía. La puertecillade comunicación se abrió al momento.

Y así sucesivamente muchos días.

Cristeta estaba muy contenta. La satisfacción por el pleno disfrute desu amor, podía en ella más que el miedo a las desdichas que su debilidadle acarrease.

Don Juan pasaba noches felicísimas, gozando con los sentidos, porque labelleza de Cristeta le enloquecía; y con el entendimiento, porque de laboca de aquella mujer incomparable no salían sino frases de sinceridad ysumisión. Gratos eran sus besos, ya frescos como agua de peña viva, yaardorosos como latidos de fiebre; pero ¡cuán más deleitosas eran lascosas que decía! ¡Qué mezcla tan extraña de impuro desenfreno yexquisita ternura!

Las manifestaciones de su apasionamiento juntamente extremosas ysinceras, convencieron a don Juan de una verdad terrible: la de queaquella mujer se había dejado poseer materialmente porque estabaenamorada con toda su alma: rindió primero el albedrío y luego comoderivación ineludible hizo entrega de su hermosura.

La cosa no podía ser más grave.

Cristeta le parecía hermosísima, encantadora; pero cada día más suya. Letenía como hechizado. Algunas noches hasta se le olvidaban lospreparativos de fuga. Ni siquiera mentaba la quiebra de Garcitola yCompañía.

Por fin, comenzó a monologuear, ni más ni menos que personaje dramático.Sabía perfectamente que con una aventurera a quien no se debe exigirfidelidad, es posible prolongar ciertos devaneos; pero profesaba lamáxima de que, tratándose de una mujer no pervertida, es peligrosísimopasar al segundo

mes,

porque

suelen

sobrevenir

aquellas

lamentablescomplicaciones a que tanto horror mostraba el gran don Francisco deQuevedo. Por grande que fuese el placer de don Juan, comenzó aexperimentar temor. Su sentido moral, hasta cierto punto, le consentíaapoderarse de una beldad, como quien se posesiona de un hermoso palacio;pero la idea de que el palacio llegase a estar de pronto habitado, y laconsecuencia de tener él luego que cargar con el habitante, era cosa quele ponía los pelos de punta.

Los diálogos íntimos entre amantes mientras dura el primer período de laposesión, son exclusivamente amorosos: ella se despepita en juramentos,él se deshace en promesas, ella fantasea proyectos para lo futuro, élpone por las nubes su dicha y su agradecimiento... como si aquello nohubiese de acabar nunca; hasta que llega una época en que, sinprescindir de hablar y practicar amores, se habla también de otrascosas. El giro que entonces toman estas conversaciones a posteriori decide la suerte de los enamorados. Don Juan sabía todo esto por propiaexperiencia, y veía con espanto que cuando Cristeta hacía alguna alusióna lo porvenir, sus palabras eran tan sinceras y acusaban un amor tanhondo, que era imposible descubrir en ellas asomo de cálculo ni sombrade interés. No cabía duda: aquella mujer alcanzaba la importancia de sunueva situación; no se dolía de lo ocurrido, ni denotaba la más remotaveleidad de querer explotar su sacrificio, mas tampoco le cabía en lacabeza la sospecha de que pudiese ser víctima de una infamia.

Enresumen: don Juan llegó a convencerse de que la Providencia, o su buenasuerte, le habían deparado un regalo digno del más afortunado mortal;pero un regalo al cual era imposible renunciar sin cometer una verdaderacanallada.

Por primera vez sentía disgusto pensando en cómo deshacerse de unamujer, no porque estuviera realmente enamorado, aunque Cristeta legustaba sobremanera, sino por lástima. Tenía la costumbre de gozar lasconquistas y renunciar a ellas con indiferencia, sin pensar poco nimucho en cuál fuese luego la suerte de la que abandonaba. En no lastimarni escarnecer a sus víctimas puso siempre gran cuidado; mas era laverdad que sus concubinas y queridas, ya duraderas, ya momentáneas,todos sus líos, habían sido muy diferentes de Cristeta. Y, sinembargo, aquello tenía que concluir, so pena de que, el mejor día, esdecir, el

peor,

surgiese

una

complicación

gravísima.

A

veces,esforzándose en supeditar el pensamiento a la voluntad, imaginaba que lapalabra canallada no era propia ni exacta.

¿Habló él nunca de boda?¿Exigió ella promesa en que él consintiese? Nada de esto. Pues entonces¿cómo había de figurarse Cristeta que tal hombre podría llegar a ser suesposo?

Además, el matrimonio entre un caballero y una comiquilla de unteatro de cuarto orden, era un disparate. Sobre todo, cuando él esquivócuidadosísimamente dar margen a la menor esperanza de vicaría, ¿quépodía temer? ¡No tendría uno poco trabajo si hubiese de entregar mano,porvenir, fortuna y nombre a cuantas se dejan prender en las redes de laseducción! Cristeta era bellísima, sentimental, ingenua, codornizsencilla, sobre todo desinteresada; mas sus muchas prendas físicas ymorales no justificaban que hombre tal quedase por siempre sometido a suimperio. Lo grave era que don Juan comprendía, no sólo que le agradabala posesión y goce de los encantos de Cristeta, sino que también lecautivaba su trato, carácter y conversación, y esto es lo más peligrosoque respecto de la mujer puede acontecerle a uno. Luego se imponía elrompimiento. El gusto que de ella y con ella recibía, no era razón paraperpetuar el amorío. También le gustaba el Borgoña, y, sin embargo, norenunciaba al Jerez; comía con deleite las chochas y no prescindía delsalmón. ¿Por qué, pues, había de limitarse a Cristeta, si su paladaramoroso estaba en disposición de saborear infinitos manjares? La pobremuchacha quedó condenada a olvido.

En seguida vino el excogitar procedimiento; y respecto de éste, don Juancomprendió que se le imponían la dulzura y la generosidad, casi lapiedad y la largueza. Era preciso portarse del modo que causase en ellael menor daño posible: se había hecho acreedora a todo miramiento. Lasbases que en su ánimo adoptó, fueron las siguientes: primera, huirevitando toda escena triste y enojosa, ya que, dado el carácter deCristeta, no había temor a gritos, pelotera ni escándalo. Harto sabía élque Cristeta era de las que lloran y no alborotan, sufren y no insultan.Esta misma humildad le hacía más desagradable el abandono. Segunda base:regalarle una cantidad de dinero de relativa importancia, como obsequioa su ternura y en compensación del desengaño y desperfectos causados.

En cuanto a la huida, no había dificultad: a las diez de la noche pasabapor Santurroriaga un tren hacia Francia, y Cristeta no volvía del teatrohasta las doce. Lo del dinero había que pensarlo despacio, calculandobien el desembolso. No podía ser tan cuantioso que delatando riquezadespertase codicia, ni tan pobre que resultara mezquino; ¡eso no!Cristeta era el mejor libro de amor que él había leído, el volumen cuyaspáginas le proporcionaron goces a la vez más intensos y más plácidos, elmás original y nuevo, pues era texto escrito con admirable ingenuidad, yejemplar por nadie manoseado: ¡ni siquiera tenía cortadas las hojas!¡Qué prólogo tan deleitoso y lleno de promesas! ¡Qué capítulos tanimpregnados de sincera pasión!

¡Cómo, párrafo tras párrafo, había idoviendo al amor quedar victorioso de la castidad!... Quien leyese luegotodo aquello,

¿sería capaz de apreciarlo? Acaso el tomo cayera en manosde un hombre zafio y rudo. ¡Vaya usted a saber si un escribano, uncomerciante, un militarote, tendrán sensibilidad para apreciar lacandorosa impaciencia de Cloe en Las Pastorales, de Longo, o laexquisita voluptuosidad que hace palpitar el corazón de la Sulamita enel divino Cantar de los Cantares!

A fuerza de ahondar en eso, don Juan se convenció de que Cristetadespertaba en él cierto interés, algo que no le hizo experimentarninguna de cuantas había conocido hasta entonces.

No obstante lo cual,sin pararse a desentrañar lo significativo del síntoma, quedaron en suánimo resueltos el regalo y la fuga.

Capítulo XI

A consecuencia del cual perderá don Juan la simpatía de las lectoras

Durante varias noches observó Cristeta que su amante volvía a estarcaviloso, y que sus impulsos amorosos sufrían intervalos en los cualesse quedaba ensimismado y triste. La verdad era que al pobre conquistadorle costaba esfuerzo y pena fingir preocupación y mal humor: lo de tenerque ponerse melancólico entre dos caricias, le iba pareciendointolerable. Había momentos en que le daban ganas de echarlo todo arodar, declarándose vencido y confesando que la casa Garcitola y suquiebra eran pura embustería. Al mismo tiempo, y esto sí que era grave,cuanto más dueño se hacía de Cristeta, más se asombraba de no sentiramagos de hastío: indudablemente el amor de aquella mujer era unbebedizo que en vez de calmar la sed, la producía y excitaba. Por locual don Juan suponiéndose puesto en ridículo ante sí mismo, se asustó yresolvió convencerse de que no había degenerado, y de que estaba enpleno uso de su libre albedrío. Entonces, rechazando como vergonzosa laposibilidad de haberse enamorado, sacrificó su gusto al pícaro amorpropio, y determinó huir cuanto antes de Cristeta, en cuyos encantoscomenzaba a vislumbrar, no una conquista semejante a sus anterioreshazañas, sino una red capaz de aprisionarle para siempre.

*

* *

Eran las dos de la madrugada.

La bujía colocada encima de la mesa estaba a punto de consumirse. Depronto el pábilo vaciló, cayendo sobre la esperma liquidada, brilló unmomento con mucha intensidad, y se apagó. Las tinieblas aminoraron elpudor de Cristeta y dieron valor a don Juan.

Aguardábale ella con los brazos abiertos, cuando en vez de recibir elbeso esperado, oyó la voz de don Juan que decía:

—Lo malo es que no tengo fósforos.

—Bueno... no hacen falta.

En vano siguió esperando el beso, prólogo de mayores dulzuras.

—¿Sabes, chica, que hoy he recibido carta del agente?

—¿Y qué?—preguntó con gran vehemencia.

—Lo peor: que el día menos pensado voy a tener que marcharme.

—¿Por mucho tiempo?