Dulce y Sabrosa by Jacinto Octavio Picón - HTML preview

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Dulce y sabrosa

Jacinto Octavio Picón

Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII,

XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII

Advertencia para esta edición

Si creyera que el publicar un escritor sus obras completas implica faltade modestia, no reimprimiría las mías. Lo hago porque están casi todasagotadas; pensando que es deber de padre no consentir que mueran sushijos, aunque no sean tan buenos ni tan hermosos como él quisoengendrarlos; y también porque considero que el hombre tiene derecho adespedirse de la juventud recordando lo que durante ella hizohonradamente y con amor.

Otra disculpa pienso que atenúa mi atrevimiento. Porque ser partidariodel arte por el arte, y yo lo soy muy convencido, no puede amenguar niestorbar, aun cultivando esta que se llama amena literatura, elentusiasmo por ideas de distinta índole; las cuales unas vecesveladamente se transparentan y otras ostensiblemente se muestran en lalabor de cada uno; pues no es posible, y menos en nuestra época, que elliterato y el artista sientan y piensen ajenos al ambiente que respiran.Quien carece de fuerzas para conquistar la costosa gloria de adelantarsea su tiempo, tenga la persistente virtud de servirle: así lo hepretendido; mas él ha caminado tan deprisa, que hoy acaso parezcamostímidos los que ayer fuimos osados. De éstos quise ser: de los que alestudiar lo pasado y observar lo presente procuran preparar lo porveniry se esperanzan con ello. Por eso rindo tributo de constancia y firmezaa las ideas de mi juventud, algunas hoy tan combatidas, reuniendo estospobres libros, sin que me arredre el recuerdo de cómo unos fueroncensurados, ni espere que retoñe la benevolencia con que otros fueronalabados.

Discurro al igual de aquel gran prosista que decía: «No estemor, como no es vanidad».

Bien quisiera, lector, que pensáramos a dúo y que mi conciencia hallasesiempre eco en la tuya: si por torpe desespero de lograrlo, por sincerocreo merecerlo.

No busques en mis cuentos y novelas lección ni enseñanza: quédese eladoctrinar para el docto, como el moralizar para el virtuoso: sólotienes que agradecerme el empeño que puse en divertir y acortar tushoras de aburrimiento y tristeza.

Sea cual fuere tu fallo, hazme la justicia de reconocer dos cosas: laprimera, que he procurado entender y practicar el arte literario conaquel criterio y temperamento español más atento a reflejar lo naturalque a dar lo imaginado por sucedido: nunca quise hacerte soñar, sinosentir; la segunda, que soy de los apasionados de esta hermosa ymagnífica lengua castellana, si huraña y esquiva para quien la desconoceo menosprecia, en cambio agradecida y espléndida para los que, haciendode ella su Dulcinea, aunque no lleguen a lograrla, tienen honra enservirla y placer en amarla.

J. O. P.

Madrid, Abril de 1909.

Figúrate, lector, que vuelves a tu casa mohíno y aburrido, lacio elcuerpo, acibarado el ánimo por la desengañada labor del día. Cae latarde; el amigo a quien esperas, no viene; la mujer querida está lejos,y aún no te llaman para comer. Luego el tiempo cierra en lluvia; y tú,apoyada la frente en la vidriera del balcón, te aburres viendo lainmensa comba de agua que se desprende de las nubes. Llegada la noche,el viento gime dolorosamente formando eco, y acaso despertando lastristezas de tu alma... No quieres dormir ni tienes sueño, y recelas queal reclinar la cabeza en la almohada se pueble tu pensamiento derecuerdos amargos y esperanzas frustradas. ¿A quién le faltan en la vidadías negros, estériles para el trabajo, en que la soledad trae de lamano a la melancolía?

Contra ellos está escrito este libro, que, entre desconfiado y medroso,dejo pasar de mis manos a las tuyas. Recíbelo, no como novela que muevea pensar, sino como juguete novelesco, contraveneno del tedio y engañifade las horas.

JACINTO OCTAVIO PICÓN.

Madrid, 1891.

A quien leyere

Figúrate, lector, que vuelves a tu casa mohíno y aburrido, lacio elcuerpo, acibarado el ánimo por la desengañada labor del día.

Cae latarde; el amigo a quien esperas, no viene; la mujer querida está lejos,y aún no te llaman para comer. Luego el tiempo cierra en lluvia; y tú,apoyada la frente en la vidriera del balcón, te aburres viendo lainmensa comba de agua que se desprende de las nubes. Llegada la noche,el viento gime dolorosamente formando eco, y acaso despertando lastristezas de tu alma... No quieres dormir ni tienes sueño, y recelas queal reclinar la cabeza en la almohada se pueble tu pensamiento derecuerdos amargos y esperanzas frustradas. ¿A quién le faltan en la vidadías negros, estériles para el trabajo, en que la soledad trae de lamano a la melancolía?

Contra ellos está escrito este libro, que, entre desconfiado y medroso,dejo pasar de mis manos a las tuyas. Recíbelo, no como novela que muevea pensar, sino como juguete novelesco, contraveneno del tedio y engañifade las horas.

JACINTO OCTAVIO PICÓN.

Madrid, 1891.

Capítulo I

Donde se traza el retrato de don Juan y se habla de otro personaje que,sin ser de los principales, influye mucho en el curso de este verídicorelato

Dijo uno de los siete sabios de Grecia, y sin ser sabio ni griego pudoafirmarlo cualquier simple mortal, que todo hombre es algo maníaco, yque la índole de su manía y la fuerza con que es dominado por ella,determinan o modifican cuanto en la vida le sucede.

Admitiendo esto como cierto, fácilmente puede ser comprendida yapreciada la personalidad de don Juan de Todellas, caballero madrileño ycontemporáneo nuestro, cuya manía consiste en cortejar y seducir elmayor número posible de mujeres, con una circunstancia característica: yes, que así como hay quien se deleita y entusiasma con las ciencias, noen razón de las verdades que demuestran, sino en proporción del esfuerzoque ha menester su estudio, así don Juan, más que en poseer y gozarbeldades, se complace en atraerlas y rendirlas; por donde, luego delograda la victoria, viene a pecar de olvidadizo y despegado,entrándosele al alma el hastío en el punto mismo de la posesión.

En cuanto al origen de su apellido no cabe duda de que Todellas escorruptela y, contracción de Todas-Ellas, alias o apodo que debió deusar alguno de sus ascendientes, y que, andando el tiempo, se haconvertido en nombre patronímico. De casta le viene al galgo serrabilargo, y a don Juan ser enamoradizo.

Como otros hombres se enorgullecen por descender de Guzmanes, Laras yToledos, él se precia de contar entre sus abuelos al célebre Mañara, ysi no dice lo mismo de Tenorio, es por no estar demostrado que enrealidad haya existido: en cambio alardea de que, a no impedírselo lasparejas de agentes de orden público, los serenos, el alumbrado por gas yotras trabas, hubiera sido cien veces más terrible que aquellos dosfamosos libertinos.

Sin embargo, no es don Juan tan perverso, o no está tan pervertido comose le antoja, para vanidosa satisfacción de su manía; porque cuandoalgún mal grave engendran sus hechos, antes es en virtud de la fuerza delas circunstancias y de las costumbres modernas, que como resultado desu voluntad.

En una palabra: no carece de sentido moral, pero instintivamente profesala doctrina de aquellos cirenaicos griegos que fundaban la vida en elplacer. A ser posible, quisiera burlar a las mujeres sin deshonrarlas niperderlas, aspirando el perfume sin ajar la flor, bebiendo en el vasosin empañar el cristal; limitándose a enseñar a sus queridas lo que esamor, sin que luego en brazos ajenos tengan que sonrojarse por lo quehayan aprendido en los suyos. No es un seductor vulgar, ni un calaveravicioso, ni un malvado, sino un hombre enamoradizo que se sienteimpulsado hacia ellas, para iniciarles en los deliciosos misterios delamor, semejante a los creyentes fanáticos, que a toda costa pretendeninculcar al prójimo su fe.

Imitando al borracho que dividía los vinos en buenos y mejores, pornegar que los hubiese malos, don Juan clasifica a las mujeres en bellasy bellísimas, y añade que las feas pertenecen a una raza inferior, dignade lástima, cuya existencia sobre la tierra constituye un crimen delDestino, por no decir un lamentable error de la Providencia. Sinembargo, antes de calificar de fea a una mujer, la mira y remiradespacito, madurando mucho la opinión, pues sabe que aun las menosfavorecidas de la Naturaleza se hacen a veces deseables, como aconteceverse las almas empecatadas súbitamente favorecidas por la graciadivina.

Don Juan vive exclusivamente para ellas, o, hablando con mayorpropiedad, para ella, pues cifra su culto a la especie en la adoración ala individua, en singular, porque jamás persigue, enamora ni disfrutados mujeres a la vez, ni simultanea dos aventuras; diciendo que el amores compuesto de estrategia y filosofía, y que jamás ningún gran capitánentró en campaña con dos planes, ni hubo verdadero filósofo que fundasesistema en dos ideas.

La existencia de don Juan es continuo pensamiento en la mujer: siduerme, sueña con ella; si vela, medita enseñorearse de alguna; si come,es para adquirir vigor; si bebe, para que la imaginación se le avive yabrillante, inspirándole frases apasionadas; si gasta, es por ganarvoluntades; si descansa, es para aumentar el reposo de que nace lafuerza.

Según el estado de su ánimo y la índole de la conquista que trama, donJuan lee mucho, y siempre cosas o casos de amor.

Conoce perfectamente laliteratura amatoria, desde la más espiritualista, casta y platónica,hasta la más carnal, pecadora y lasciva. De cuantos autores han escritosobre el amor, sólo a Safo rechaza; de cuantas tierras han sido teatrode aventuras eróticas, sólo muestra horror a Lesbos; de cuantas ciudadesfueron en el mundo aniquiladas, sólo le parece justa la destrucción deSodoma; y es tal y tan ferviente su adoración a la mujer, que, atraídopor todas con igual intensidad, aun ignora cuál sea su tipo favorito, siel de la bacante desnuda, voluptuosa y medio ebria, que convirtió enlechos de placer los montones de heno recién segado, o el de la virgencristiana que entregaba el cuerpo a la voracidad de las bestias antesque acceder a sentirlo profanado por caricias de paganos.

Circunscribiéndose a la época en que vive, no repara en diferenciassociales: siendo limpia y bonita, requiebra con igual placer a unamenestrala que a una dama, y posee arte tan exquisito para lograrlas,que la más arisca y desabrida se convierte con sus halagos encomplaciente y mimosa, infiltrándoles a todas en el alma, como venenoque voluntariamente saborean, aquel consejo de la Celestina:

«Gozadvuestras frescas mocedades; que quien tiempo tiene y mejor le espera,tiempo viene que se arrepiente.»

Posee don Juan la envidiable cualidad de hablar y pedir a cada una segúnquien ella es, y con arreglo al momento en que solicita y suplica. Laque reniega de la timidez, le halla osado, y comedido la que desconfíade su atrevimiento; con las muy castas observa la virtud de lapaciencia, esperando y logrando del tiempo y la ocasión lo que leregatea la honestidad; a unas sólo intenta seducir con miradas ypalabras; a otras en seguida les persuade de que los brazos del hombrese han hecho para estrechar lindos talles. Es religioso con la devota, aquien obsequia

con

primorosos

rosarios

y

virgencillas

de

plata;dicharachero y juguetón con la coqueta, a quien agasaja con adornos ytelas; espléndido con la interesada, y aquí de las alhajas; adulador conla vanidosa, romántico con la poética, mañoso con la esquiva; y seamolda tan por completo al genio de la que corteja, que sentando conella plaza de mandadero, luego queda convertido en prior. Mientrasejerce señorío sobre una, la hace dichosa. Su cariño es miel, su amorfuego, sus deseos un continuo servir, sus manos un perpetuo regalar; yademás de estas fecundas cualidades, que le abren los corazones máscerrados y le entregan los cuerpos más deseables, emplea dos recursos,en los que funda grandes victorias. Consiste uno en murmurar y maldecirde todas las mujeres mientras habla con la que codicia, y estriba elotro en ser o parecer tan discreto y callado, que la que peca con él lequeda doblemente sujeta con el encanto del amor y la magia del misterio.

En las rupturas es donde mejor demuestra su habilidad. Lo primero queintenta, cuando quiere renunciar a una mujer, es persuadirla de que aella no le conviene seguir en relaciones con él: ya invoca el temor a lamurmuración y el respeto al decoro de quien le ha hecho feliz; ya, si vepretendiente que la persiga, alardea de sacrificarse dejándola enlibertad para que otro pueda hacerla dichosa. Si esto no basta, simulareveses de fortuna que le apartan de la que le cansa, con lo cual elhastío toma forma de delicadeza; o miente celos, fomenta coqueteos,tiende lazos, acusa de traiciones, provoca desdenes, y fingiéndoseagraviado, se aleja satisfecho. Con las pegajosas recalcitrantes emplea,si son tímidas, la amenaza del escándalo; y si son de las feroces ybravías, lo arrostra valerosamente, cortando el nudo, como Alejandro,cuando no puede desatarlo. Finalmente, muchas veces acepta el cobardepero seguro recurso de la fuga; asiste a la última cita, mostrándose tanrendido como en la primera, y desaparece groseramente, dejando tras síla humillación y el despecho, que cierran las puertas a lareconciliación.

Los que conocen poco a don Juan creen que es un libertino vulgar,empeñado en jugar al Tenorio: en realidad, es un hombre que ha puestosus facultades, potencias y sentidos al servicio de sus gustos, con elentusiasmo y la tenacidad propios del que consagra a un invento laexistencia. Visto en la calle o el teatro, es un caballero elegante sinafectación, un buen mozo que parece ignorar la gentileza y gallardía desu persona; a solas con ellas, tan pronto resulta conquistadorirresistible como villano medroso que desea rendirse. Dice que no es másdiestro quien sabe vencer, sino quien acierta y aprovecha el instante dedarse por vencido: y llegado aquel momento que, según un Santo Padre,sirve para renovar el mundo, no hay mujer que no le reconozca por señor,gozándose él en hacerles creer que le poseen cuando acaban de hacerleentrega de lo mejor que poseían.

Don Juan tiene treinta y tantos años, es soltero, por lo cual da graciasa Dios lo menos una vez al día, y vive solo, sin más compañía que la desus criados. Uno entre ellos es digno de elogio: Benigno, el ayuda decámara, que es listo, discreto, trabajador y hasta fiel, porque le traecuenta la honradez. Nadie sabe como él llevar una carta a su destino, y,según los casos, dejarla precipitadamente o lograr en seguida lacontestación. Es maestro en negar o permitir oportunamente la entrada alas visitas, y en cuanto a intervenir y ser ayudante y, tercero enaventuras e intrigas amorosas, no hay Mercurio ni Celestina que leaventaje.

Pero de quien conserva don Juan recuerdo gratísimo es de Mónica,cocinera que guisó para él durante muchos años. No era una

fregatrizvulgar,

sino

una

sacerdotisa

del

fogón.

Instintivamente tenía idea de laalteza de su misión; nació artista, y sin haber leído a Ruperto de Nola,ni a Martínez Motiño, ni a Juan de Altimiras, ni a la Mata, ni aBrillat-Savarin, ni a Carême, sabía que quien da bien de comer a sussemejantes merece que se le abran de par en par en este mundo laspuertas del agradecimiento y en el otro las del Paraíso.

En las épocas en que don Juan tenía buen apetito, Mónica se losatisfacía con escogidos platos, que jamás le proporcionaron indigestiónni hartazgo; cuando desganado, le excitaba el hambre comprándole ycondimentándole moderadamente lo que mejor pudiese regalarle el paladar.Si el calor del verano o los excesos amorosos le debilitaban, aquellamujer incomparable le preparaba caldos sustanciosos, asados nutritivos ysabrosos postres. Si, por el contrario, sabía que su amo gozaba deperfecta salud y traía conquista entre manos, guisaba para él, conabundancia de vinos generosos, especias y estimulantes que contribuyesena su vigor, a su alegría y a sus triunfos. Mónica era ecléctica, esdecir, no trabajaba con sujeción a la rutina de ninguna escuela, sinoque las cultivaba todas. Con igual maestría guisaba los delicados yfinos manjares franceses que los suculentos platos de resistencia a laespañola; tan ricas salían de sus admirables manos, por ejemplo, laschochas a la Montmorency o las langostas a la Colbert, como la castizaperdiz estofada o la deliciosa empanada de lampreas. Don Juan decía queapreciaba a su cocinera más que a su médico, porque éste le curaba lasenfermedades a fuerza de pócimas y drogas, y aquélla le conservaba lasalud con exquisitos bocados.

Dos o tres años antes de comenzar la acción de este relato tuvo don Juanque ausentarse de Madrid, y queriendo dar a Mónica una prueba del cariñoque le profesaba, le regaló unos cuantos miles de reales, que ellainvirtió en poner una casa de huéspedes, mas sin envilecerse guisandopara ellos; antes al contrario, tomó cocinera que lo hiciese: de estemodo se improvisó señora y no puso mano en cazuela a beneficio de quienacaso no supiese saborear su trabajo. Por supuesto, la generosidad dedon Juan halló eco en el corazón de Mónica, la cual prometió a su amovolver a servirle cuando tornase a la corte.

La casa de don Juan está alhajada con cuantos primores pueden allegar elbuen gusto y el dinero. El principal adorno de sus habitaciones es unapreciosa colección de estatuillas, dibujos, aguasfuertes, fotografías ypinturas, en que se refleja la pasión que le domina. Allí todo habla deamor. Hay reproducciones de las Venus más célebres, efigies de santasque amaron, como Magdalena y María Egipciaca; copias de las cortesanas yprincesas desnudas, inmortalizadas por los pintores del Renacimientoitaliano; miniaturas y pasteles de damas francesas, deliciosamenteescotadas; mujeres adorables, que fueron hermosas hasta en la vejez,ruinas de la galantería, mártires de la pasión y sacerdotisas de lavoluptuosidad; pero sin que figure en aquel precioso conjunto de obrasartísticas ninguna que sea de mal gusto, o tan libre que haga repugnanteel amor, en vez de presentarlo apetecible. No: don Juan aborrece laobscenidad y la grosería tanto como se deleita en la belleza y en lagracia. Ni en los más recónditos secretos y escondrijos de sus mueblespodrá encontrarse una fotografía desvergonzadamente impúdica; pero encambio le parece honesta sobre todo encarecimiento aquella ninfa que,sorprendida desnuda y acosada por un sátiro, se escondió... tras eltenue y plateado hilo que formó una oruga entre dos ramas de árbol.

Don Juan es deísta, pues dice que sólo la Divinidad pudo concebir ycrear la belleza femenina: y es bastante buen cristiano, recordando queCristo absolvía a las pecadoras y perdonaba a las adúlteras: mas alpropio tiempo es por sus gustos artísticos e inclinaciones literarias,algo pagano; lo cual le ha hecho colocar a la cabecera de la cama unaestatuilla de Eros, muy afanado en avivar con sus soplos la llama de unaantorcha que sustenta entre las manos. Y si alguien manifiesta sorpresaal verlo, don Juan declara que, no pudiendo hallar imagen auténtica delDios omnipotente, y pareciéndole un poco tristes los crucifijos, hacolocado en su lugar aquella representación del amor, que es delicia ymantenimiento del mundo.

En cuanto al retrato de las prendas físicas de don Juan... mejor es nohacerlo; a los lectores poco ha de importarles la omisión, y en cuanto alas lectoras, preferible es que cada una se le figure y finja conarreglo al tipo que más le agrade. Baste decir que es simpático, y,aunque sin afeminación ni dandysmo, cuidadoso de su persona, tanto quese ha preocupado mucho de cómo debe llevar repartidos los pelos en elrostro quien se consagra a perfecto amante.

Algún tiempo anduvo lampiño, como dicen los arqueólogos que están lasestatuas de Paris, a quien amó Elena, y el busto del famoso Antinóo;luego lució bigote a la borgoñona, a semejanza de aquellos galanesespañoles del siglo XVII, que fueron regocijo de damas, monjas yvillanas; por fin resolvió dejarse barba apuntada, según es fama que latuvo el duque de Gandía cuando amó a Isabel de Portugal, y bigoteslargos, como aquel conde de Villamediana que murió por haber puesto enotra reina los ojos.

Bien quisiera don Juan vestir de manera que la ropa favoreciese su buentalle; alguna vez imaginó verse engalanado con capotillo de terciopelonegro, esmaltado por la venera roja de Santiago, gregüescos acuchilladosde raso, calzas de seda, zapatos de veludillo, chambergo de plumas, consu joyel de pedrería, guantes de ámbar, espada de taza y lazo, yescarcela, bien preñada de doblas: pero no siendo carnaval todo el año,se ha resignado a usar prosaicos pantalones de patén, levitas de tricot y americanas de chiviot, conservando como único elementopráctico de otros tiempos las monedas de oro que lleva en el bolsillodel chaleco, por cierto en abundancia, aunque parezca inverosímil. Losbilletes de banco no le gustan, porque dice que las damas no deben tocarmás papeles que cartas de amor y cuentas pagadas, y que con las criadasoros son triunfos.

De todo lo dicho se deduce que la amatividad de don Juan no le domina yabsorbe tan por entero, que llegue a cegarle; antes por el contrario, élla dirige y encauza de modo que, en vez de quedar esclavo de suspasiones, las ordena con arreglo a sus deseos.

Pero puede afirmarse que extrema la filantropía en lo que a la mujer serefiere, hasta la exageración, y aun sostiene que con ser tan sublime yadorable virtud la caridad, le lleva ventaja el amor; porque la caridadalegra un solo corazón, y el amor regocija dos almas y dos cuerpos.

Capítulo II

En que, para satisfacción del lector, aparece una mujer bonita Estaba don Juan hacía pocos días de regreso en Madrid, tras una ausenciade dos años y medio, semana más o menos, cuando una tarde, después dealmorzar como debe hacerlo quien vive en servicio del amor, no pudoresistir a la tentación de abrir el balcón de su despacho y asomarse adar, apoyado en la barandilla, las primeras chupadas a un buen veguero.Dos ideas ocupaban su imaginación: la primera mandar que buscasen yavisasen a la célebre Mónica para que estuviese dispuesta a volver a suservicio si la cocinera provisional no cumplía bien su sagradaobligación; y la segunda, no permanecer ocioso en materia de amores,para evitar lo cual, entre cada dos bocanadas de humo, dirigía unascuantas miradas a la casa de enfrente, donde vivía una viuda deperegrina belleza, pero de tan fresca y reciente viudez, que don Juan nojuzgaba cuerdo empezar todavía su conquista. A pesar de ello, miródiscretamente varias veces hacia los visillos medio levantados, trascuya muselina se dibujaba la figura de la viuda, entretenida en hacerlabor. Acaso aquellas miradas fuesen estériles, mas también podían darresultado; porque hay galanterías, homenajes y aun simplesdemostraciones de agrado, que son como letras de cambio a muchos díasvista.

Luego se vistió don Juan con su habitual elegancia, tomó de sobre unamesa el sombrero, los guantes de piel de perro avellanados, conpespuntes rojos, el bastón con puño de plata labrada, y se echó a lacalle deseoso de pasear, andando a la ventura y a lo que saliere, porquea la sazón no tenía mujer determinada que le ocupase el ánimo.

Al cabo de media hora llegó a una de aquellas alamedas del Retiro queempiezan junto a la Casa de fieras y terminan en el estanque llamado Baño de la elefanta.

El sol iba cayendo lentamente hacia la parte de Madrid, cuyas torres,puntiagudas y negruzcas, aparecían envueltas en una atmósfera de polvoluminoso, y a lo lejos se oía el rumor confuso de muchos ruidos juntos,que semejaban la turbulenta respiración de la ciudad. La temperatura eragrata y el paseo estaba muy lucido, como si aquella tarde se hubiesencitado allí las madrileñas más lindas y elegantes, al contrario de otrosdías, en que parece que se congregan las cursis y feas para amargarnosla vida, atormentarnos los ojos y hacernos dudar del Todopoderoso.

Don Juan miraba sin descaro, pero con bastante detenimiento a cuantaspasaban cerca de él, y las miraba comenzando por abajo, es decir,procurando verles primero los pies, luego el talle, y últimamente lacabeza. Si aquéllos eran feos o muy grandes, no proseguía el examen; siel cuerpo no era airoso, desviaba la vista: mujer en quien llegase ainvestigar con la mirada el color del pelo, la forma del cuello o elencaje de la cabeza sobre los hombros, podía mostrarse orgullosa de suspies y su cintura.

Acaso resultara demasiado minucioso y rigorista enestos exámenes; pero él los disculpaba diciendo que si a un caballo decarrera se exigen innumerables cualidades para ser calificado de bello,muchas más deben desearse reunidas en la mujer, que es lo principal dela vida para todo hombre de mediano entendimiento.

En esta ocupación iba gratamente entretenido, cuando acertó a pasar a sulado una señora elegantísima. Comenzó don Juan el examen.

Los pies de la dama eran de forma irreprochable, finos, algo elevadospor el tarso, ni tan largos como de bolera, ni tan cortos como de china,y no calzados, afectando descuido, con zapatones a la inglesa, sino conmedias de seda roja y zapatos de charol a la francesa, de tacón unpoquito alto y sujetos con lazo de cinta negra. (Dicho sea de paso, donJuan maldecía con sagrada indignación de la pérfida Inglaterra que, nocontenta con habernos robado a Gibraltar, ha hecho adoptar a nuestrasmujeres la aborrecible moda de los zapatos grandes.)

Aquella mujer no llevaba ridícula y dañosamente apretada la cintura; sutalle, sin que nada le oprimiera, resultaba en perfecta armonía delíneas con las curvas que hacia arriba dibujaban el pecho y con las quehacia abajo modelaban las caderas. El traje no podía ser más elegante.Componíanlo falda negra y plegada en menudas tablas con primoroso arte,abrigo corto de rico paño gris muy bordado, que se ajustabaperfectamente a su hechicero cuerpo, y gran sombrero, también negro,guarnecido de plumas rizadas, y velo de tul con motas que, fingiendolunares, sombreaba dulcemente su rostro. Vista de espalda, descubría porbajo del sombrero gran parte del rodete bien prieto, formado por unacabellera rubia oscura, surcada de hebras algo más claras, que, heridaspor la luz, parecían de oro. Su andar era pausado y firme; pisaba bien ysus movimientos estaban animados por una gracia encantadora. Don Juan sedio en seguida a pensar en lo bonita que estaría aquella mujer envueltaen una bata lujosa, lánguidamente tumbada en una butaca, o vestida debaile con los brazos desnudos, ceñido el cuerpo en sedas y encajes, omejor aún, en el momento de lavarse y peinarse, que es el instante másfavorable para saber si la belleza femenina está en aquel punto de sazóny frescura que la hace ser la obra maestra de Dios.

Aquella mujer era de las que resisten el más minucioso análisis, de lasescogidas entre las hermosas, de las que redimen perversos o perviertensantos, según se les antoja. Luzbel se hubiera hecho humilde por unasonrisa de su boca, y el santo que vivió en el desierto, sin máscompañía que un cerdo, hubiera renunciado a su parte de paraíso a lamenor indicación que ella le hiciese de cenarse juntos el marrano.

Don Juan la miró primero de refilón, y en conjunto, luego por laespalda, después de perfil, y, pareciéndole guapa, pasó junto a ellapara verla mejor. Entonces se quedó parado, cual si le hubiesen detenidoponiéndole una mano sobre el hombro, porque creyó conocerla, o, mejordicho, reconocerla. Su memoria le trajo al pensamiento un nombre en queiban compendiados muchos recuerdos, pero la desconfianza le hizo decirseen seguida: «No, no es ella..., con esa ropa... ¡imposible!».

Sinembargo, no se rindió a la duda, y tornó a mirarla. Ella ni aceleró niacortó el paso; la insistencia casi descarada de don Juan no descompusosu tranquilo caminar de diosa vestida a la moderna; pero a la segundavez que le sintió pasar a su lado, alzó el manguito en que llevabametidas las manos, y se oprimió el velillo contra el rostro, comoqueriendo recatarse, lo cual avivó en el hombre la curiosidad y lasospecha. De pronto, ella, casi gritando, dijo:

—¡Ten cuidado, monín!

Hasta entonces no había notado don Juan que a pocos pasos delante de ladama marchaba un pequeñuelo, de dos años a lo más, y una muchachavestida a lo niñera, cuyas ropas mostraban estar sirviendo en casa rica.El niño iba hecho un pimpollo, cubierto todo el vestidito de cintas yencajes, y la criada rodaba, para divertirle, un aro con cascabeles,hacia los cuales él tendía las manecitas. Hubo un momento en que porabalanzarse al juguete vacilaron sus pies, aún no hechos al ingratocontacto de la tierra; estuvo a punto de caer, y entonces la madre(porque debía de ser su madre), repitió sobresaltada:

—¡Cuidado, monín!

«¡Su voz!», pensó don Juan; mas en seguida, fijándose en el costososombrero de la dama (harto sabía él lo que cuesta un sombrero de mujer),añadió mentalmente: «¿Se habrá casado?» y esta suposición le hizosonreír, como burlándose de alguien.

Después se puso serio, diciéndose:«rara es la fruta que llega a los labios de su legítimo poseedor sin quela hayan picoteado los pájaros».

Llevaba andada más de media alameda y aún no había don Juan logrado quela memoria le aclarase las dudas sugeridas por el espectáculo de aquellamujer. Apretó el paso, adelantose casi rozándole la falda, y a los diezo doce metros se volvió y vino hacia ella, resuelto a mirarla como laságuilas miran al sol, cara a cara. Cruzáronse entonces las miradas deambos; ella permaneció impasible, serena, y con voz que denotabaperfecta tranquilidad de ánimo, dijo a la niñera:

—Haga usted seña a Manolo para que arrime.

Entre mirarla y oírla no le quedó duda a don Juan; y fue tal laimpresión que le produjo ver confirmada su sospecha, que, parándoseinvoluntariamente, murmuró: «¡Cristeta!»

Tan claro pronunció este nombre, que ella no pudo menos de oírle; perono se le inmutó el semblante. Avanzó hacia la berlina que veníasiguiéndola, esperó a que se detuviese, y sin volver el rostro, abrió laportezuela; en seguida dejó que montase la niñera, después levantó alpequeñín en brazos para que aquélla lo acomodara sobre sí, y, porúltimo, subió ella, descubriendo algo más que el pie, con lo cual donJuan quedó maravillado y suspenso, experimentando una impresión parecidaa la que debió de sentir Moisés cuando le enseñaron de lejos la tierraprometida.

En el instante de arrancar el carruaje, la desconocida se alzó elvelillo.

Don Juan pudo dudar mientras vio el rostro al través del tul; pero todaperplejidad quedó desvanecida al mirarlo libre de aquel adorno. ¡Quécara! Los ojos eran azules, oscuros, hermosísimos; la boca un poquitogrande, como hecha adrede para que se admirasen bien los dientes; elcolor trigueño claro; las facciones delicadas; las orejas chicas; laexpresión de la fisonomía entre seria y picaresca; en conjunto, un tipopopular realzado por una elegancia y dignidad exquisitas.

Se había perdido ya de vista el coche, y don Juan seguía inmóvilpensando: «Esto es increíble. ¿Estará con alguno? Pero

¿y el niño?». Yvolvió a sonreír, porque aquellos grandes ojos de azul sombrío, aquellagraciosísima boca y airoso talle los había él contemplado muchas vecesde cerca, tan de cerca que se los sabía de memoria, como se saben lascosas aprendidas a gusto.

En un principio dudó por ver tales hechizosrodeados de prendas costosas, lazos y perifollos caros. Una voz íntimale había dicho, poco más o menos: «Zapatos, siete duros; abrigo, setentaduros; medias de seda, seis duros; sombrero, veinte duros; manguito delegítima nutria, qué sé yo cuántos duros»... etc., etc., y estasetcéteras ascendían a mucho; por lo cual se decía don Juan:

«Sí, ellatodo lo vale; cualquiera que tenga buen gusto se gastará en contentarlael oro y el moro; pero ¿y el chiquillo?»

*

* *

Don Juan volvió a su casa muy pensativo. Por la noche fue al teatro, auna tertulia, al club, y con nada logró distraerse. En los palcos, enlos salones, en el cuarto del tresillo, en todas partes creyó tenerladelante de los ojos. Unos momentos le miraba cariñosa, otros le sonreíaburlona; de pronto se le borraba de la imaginación y surgía su propiafigura, la del mismo don Juan, en actitud de ir a coger amorosamente lasmanos de Cristeta, que ella retiraba esquiva. A la fingida visión queasí gozaban los ojos, sucedía luego la ilusión de voces y palabrasconfusamente recordadas: promesas, juramentos, ternezas; todo elinterminable repertorio de frases deliciosas que el diablo inspira a losque van a pecar, están pecando o acaban de pecar.

Casi de madrugada se acostó con un periódico en la mano, según sucostumbre. Leyó y no entendió: letras, líneas, párrafos y columnasbailaban trocando sus puestos y componiendo estupendos disparates. «Hasido detenido por blasfemo... el santo del día. CULTOS: en lasCalatravas... la Traviata» y otras incongruencias por el estilo. Depronto, extendiendo el brazo, mató de un periodicazo la bujía; despuéssu espíritu fluctuó largo rato entre vigilia y soñolencia, y comenzarona borrársele las ideas, sustituyéndose los antojos de lo soñado a lasimpresiones de lo real.

E imaginó ver una figura de mujer hermosísima, que surgía de entre unmacizo de plantas tropicales, intensamente iluminadas por la batería delgas de un escenario, y envuelta en humo rojizo de bengalas. Estaba mediodesnuda y circundada de resplandor vivísimo, destacando las gallardaslíneas y el blanco bulto de su cuerpo sobre un amplísimo manto rojo quele pendía de los hombros. Era ninfa de apoteosis zarzuelesca, profanadapor el carmín barato, los polvos de arroz y el arrebol; aprisionadas lasformas en lascivas mallas; pero en su rostro no se dibujaba la sonrisaforzadamente sensual de la comiquilla aventurera. No estaba provocativay desapudorada, sino bellísima y muy seria.

De pronto comenzó a sonaruna música suave y mortecina, a intervalos interrumpida porreminiscencias de giros canallescos.

Luego un caballero en quien donJuan se reconocía, salía precipitadamente de un palco proscenio, bajabauna escalera ancha, atravesaba un patio, subía otra escalera muyestrecha, cruzaba un pasillo lleno de mujeres, unas sudorosas, otrastiritando, todas casi desnudas, y sin hacer caso de ellas ni de susdicharachos y sus risas, se detenía ante una puerta, sobre la cualestaba escrito este letrero:

Señorita Moreruela.

El caballero daba en la puerta unos golpecitos con el puño del bastón;oíase una voz que decía: «Espera...»

Don Juan quedó profundamente dormido.

Capítulo III

Donde el autor dice quién es la mujer bonita

El padre de Cristeta fue covachuelista a la antigua, con poco sueldo,menos consideración, gorrito de pana y mangotes[1] de percalina negra: lamadre fue encajera de primorosas manos, que así componía, dejándolonuevo, un entredós de Malinas, como restauraba un cuello de Alençon.Durante muchos años vivieron amantes y felices con el producto de sutrabajo; pero llegó un día en que él quedó cesante, porque fue precisoemplear al sobrino del querido de la querida de un ministro, y a ella lefaltó labor porque pasaron de moda los encajes. Entonces comenzaron asufrir adversidades, escasez, pobreza, y hubieran llegado hasta versemiserables, si la muerte, que esta vez llegó a tiempo, no atajara susdesdichas. Ambos murieron con pocas semanas de diferencia, dejando en elmundo una niña de diez años, fruto de su amor, la cual tuvo por únicaherencia el despejo y la hermosura de su madre. Recogió a Cristeta unatía, casada, hermana de aquélla, que tenía estanco en uno de los sitiosmás céntricos de Madrid; y aunque las malas lenguas del barrio dijeronque el amparar a la huérfana fue arbitrar medio de tener persona deconfianza que ayudase al despacho, es lo cierto que no sólo no sufriómalos tratos la niña, sino que hasta fue acogida con cariño y enviada ala maestra, donde aprendió a leer, escribir, contar, bordar y coser,pasando luego a encargarse del mostrador, hecha ya una mocita muy mona,y tan lista, que jamás se equivocaba en dar las vueltas, ni recibíamoneda falsa, ni trabucaba los sellos de las cartas. Sus tíos no lamataban a trabajar; antes al contrario, le concedían permiso para salirde paseo los domingos con sus amiguitas, y la tenían limpia ydecentemente vestida; limpieza y decencia que, según Cristeta fuecreciendo, comenzaron a convertirse en extraordinario aseo y primorosogusto.

[1] El autor había escrito manguitos. La Academia dice mangotes. ¡Paciencia! (N. del E.)

Mientras ella despachaba sellos y cigarros, su tía permanecía junto almostrador, en invierno haciendo calceta con el gato en la falda ypuestos los pies en la tarima del brasero; en verano dormitando oabanicándose, y en todo tiempo celosa de que ningún comprador sostuvieraconversación larga o palique peligroso con la chica, que ya exigíaaquella vigilancia, porque según se iba desarrollando, aumentaba elnúmero de los que la echaban chicoleos y flores, no siempre de aroma muypuro. Así llegó a tener fama de bonita, sin que nadie pudiera jactarsede haber conseguido de ella una mirada cariñosa.

Era lista y comprendía perfectamente, de un lado, que no le conveníaincurrir en el desagrado de sus tíos ni desacreditarse a fuerza decoqueteos; y de otro, que no podía encontrar con facilidad, entre loshombres que frecuentaban el estanco, quien honrosamente mejorase susuerte. No le gustaban los jornaleros, y con instinto superior a susaños, adivinaba que los señoritos eran peligrosos.

Como crecida a puerta de calle, sabía mucho más de lo que debe ignorarla pureza; pero esto que, a ser ella tonta, hubiera constituido unescollo, dado su natural despejo se trocaba en ventaja. Las doncellasricas que despiertan a la vida entre muebles lujosos y en casassuntuosas, conocen las sirtes donde naufraga la virtud por la torpemurmuración de las visitas y el grosero lenguaje de ayas y criadas; perolo inmoral y pecaminoso llega a su entendimiento desfigurado, incompletoy hasta poetizado con cierto aroma de encanto prohibido que acrecientael peligro. En cambio, las pobres como Cristeta, desde pequeñas secodean simultáneamente con lo vedado y lo lícito, aprenden a defendersepor sí mismas, se acorazan contra los hombres, y con perfectoconocimiento de causa se esfuerzan en conservar lo que tanto les importano perder.

Cristeta vendía con amabilidad, sin hablar más de lo necesario; y encuanto despachaba lo que le pedían, se ponía a leer, apoyada de codos enel mostrador, siendo su lectura favorita la de dramas y comedias.

Apenas se estrenaba en cualquier teatro una obra, ya la tenía entre lasmanos: y como los ejemplares cuestan dinero y ella no lo gastaba, claroestá que alguien se los prestaba.

Sus tíos eran muy cariñosos, pero no podían vigilarla con igual interésque lo hubieran hecho sus padres, así que le dejaban leer cuanto quería;de modo que, a fuerza de devorar escenas de apasionamientos románticos yexageraciones realistas, llegó la chica a saber, teóricamente, mil cosasde amor que fueron aleccionándola en tan peligrosa y dulce enseñanza.Pero ¿quién proveía a Cristeta de dramas y comedias?

En el piso principal de la misma casa del estanco vivía un editor,quien, por ser pequeña su habitación, tenía arrendado en la planta bajaun cuarto, convertido en almacén de las obras que administraba. Cristetaescogía cuidadosamente los puros que el editor fumaba, daba a susdependientes las cajetillas más gruesas, y, a cambio de esta amabilidad,ellos le prestaban cuantos libros pedía. Además, el cuarto—almacén teníala entrada por un patio, que era de los estanqueros, y éstos cuidaban deque sólo entrasen allí los dependientes del editor, con lo cual él,seguro de robos, pagaba la custodia con billetes de favor para losteatros, a que de ese modo asistía Cristeta gratis y a menudo.

Por último, los dependientes, que frecuentaban el estanco, habían puestoa Cristeta al corriente de quiénes eran los autores de las más de lasobras que tenía leídas: así que la chica, merced a lo céntrico del sitioy a la mucha gente que allí entraba, llegó a conocer de vista y por susnombres a casi todos los actores y poetas dramáticos y cómicos deMadrid.

Entre semejantes lecturas y el roce de tales parroquianos, Cristeta fuecobrando desmesurada afición al teatro. Aquella mujercita sería, hastaparecer esquiva con la generalidad de los compradores, reservaba lassonrisas y el agrado para los escritores y cómicos, a quienes en elfondo de su imaginación no veía según la realidad, sino que pensaba enellos como en seres superiores, de cuyos cerebros surgían y en cuyoslabios tomaban vida todos los lances, intrigas, amores y aventuras quele encantaban el ánimo.

Su fantasía transfiguraba y ennoblecía a los autores de los versos quese sabía de memoria. En vano le decían, por ejemplo, mostrándole unpoeta sucio, grosero y malhablado: «Ése es quien ha escrito La vida porel amor». Ella en seguida le confundía con su obra, le limpiaba con lapoesía de sus propias frases, acabando por figurárselo y verlo, no talcual era, sino ennoblecido, pulcro y elegante. Venía al estanco uncomicastro, injerto en payaso, rodeado de amigos tabernarios; pedíaentre ternos y tacos una cajetilla de las más baratas, pagaba mostrandopuercas las manos, sebosa la ropa, y apenas Cristeta le servía y veíamarchar, ya no era su figura real la que conservaba en la imaginación,sino la de algún apuesto y enamorado caballero que le vio representar enlas tablas.

Pero estas pequeñas emociones nada eran ni valían comparadas con sualegría cuando el editor, por tener propicios a los estanqueros, lesenviaba un par de butacas de tifus en las últimas filas de cualquierteatro que andaba mal. Entonces Cristeta se vestía y emperejilaba,cepillaba cuidadosamente a su tío la americana o ayudaba a su tía aponerse la mantilla, y con el que había de acompañarla partía gozosa,siendo completa su satisfacción la noche que, durante algún entreacto,la saludaba familiarmente cualquier poeta ramplón o se le acercaba unactor, por malo que fuese, a echarle cuatro requiebros.

En medio del contento que Cristeta experimentaba viendo así halagadossus gustos, aún le quedaba una gran curiosidad por satisfacer. Conocía amuchos actores y poetas, músicos y danzantes, pero nunca había habladocon una cómica, dama joven o graciosa, ni siquiera característica, aquienes ella se fingía

poco

menos

que

como

criaturas

extraordinarias,completamente felices, que no tenían tiempo de sufrir ni padecer,perpetuamente ocupadas en ser grandes señoras, reinas y hasta diosas,cuya misión única en el mundo consistía en escuchar frases bonitas yestar preparadas para raptos de esos que, según los casos, terminan enmuerte violenta, o boda y perdón de padre bondadoso.

Para Cristeta una actriz era una mujer que nunca deja de tener a suspies un hombre arrodillado, y en su camarín un mueble lleno de doblascon que pagar albricias por los mensajes de amor. Ignoraba que muchasveces la que en las tablas hace de princesa es en su casa criada de símisma. Por fin llegó un día en que vio de cerca a una cómica, y no delas que andan de pueblo en pueblo trabajando a partido, sino de las quetriunfan en Madrid y pagan a su modista cuentas que importan miles depesetas.

Había entrado un poeta en el estanco, le vio la comedianta, que en aquelmomento pasaba por la calle, y, deseando hacerle algunas preguntas,entró tras él. La conversación que sostuvieron fue larga, y mientrasduró pudo Cristeta contemplar a su sabor la elegantísima figura deaquella mujer a quien tantas veces había visto en la escena. Llevaba unprimoroso traje negro con lunares blancos, el cuerpo del vestido cortadocon tal arte que, sin formar la más leve arruga, dibujaba un busto dehermosas líneas; iba coquetamente calzada y sobre sus guantes grises,muy altos, brillaban tres o cuatro aros de plata y de oro. El sombreroera de ala ancha y estaba guarnecido con una pluma grande y rizada.

Susademanes eran vivos, se movía mucho y jugueteaba rápidamente con elmango de la sombrilla; su voz, aunque dulce, denotaba carácter hecho adominar y vencer.

Cristeta, mirándola y remirándola, se anegaba en la admiración quesentía: hasta llegó a forjarse la ilusión de ser ella misma la que teníadelante de los ojos, antojándosele ser ella la cómica y ésta laestanquera; y que después, en vez de continuar allí vendiendo sellos ypitillos, podría irse a representar comedias por la noche y observardesde la escena cómo la miraban los hombres y la envidiaban lasmujeres... Luego caería a sus pies una lluvia de ramos, y por el pasillocentral de las butacas entrarían los acomodadores cargados concanastillas de flores y chucherías de regalo... Durante unos instantessoñó despierta, y hasta el ruido confuso de la cercana calle le pareciórumor de aplausos.

Al marcharse la cómica, el poeta dijo a Cristeta que aquella mujerganaba una onza de oro diaria; pero la estanquerita no dio señal deenvidioso asombro ni de cosa que denotase codicia. No; lo que le parecíarealmente envidiable era el constante triunfar, el bien vestir, elhablar y oír cosas bonitas, el vivir, aunque fuese con existenciafingida, en un mundo más poético y extraordinario que el de la realidad.

Cuando Cristeta cumplió los dieciocho años, ya estaban en ellaperfectamente desarrolladas la hermosura y la afición al teatro.Respecto a la primera, su belleza era indiscutible; y en cuanto a lasegunda, que tanto había de influir en su vida, aquellas lecturasdramáticas y diálogos con poetas y cómicos, tanto ir a ver comedias yadmirar a las actrices, concluyeron por entusiasmarla y sorberla el sesoen tal grado que, aun sin atreverse todavía a comunicárselo a sus tíos,formó propósito de dedicarse a la escena.

La casualidad o la Providencia, que acaso sean hermanas según lasemejanza de sus obras, vino al poco tiempo en ayuda de Cristeta.

Una mañana, mientras se peinaba, comenzó a cantar coplas de ciertazarzuela que a la sazón estaba en moda. Era verano y los balcones de lavecindad que daban al patio aparecían entornados.

De repente, sin queella lo advirtiera, se asomó a uno de ellos el editor, acompañado deotro caballero, y, suspendiendo ambos la conversación, escucharon aCristeta, que siguió cantando con agradables modulaciones, ajena de todapretensión vanidosa, como pájaro incapaz de sospechar que nadie sedetenga a oírle.

Su acento era gracioso y picaresco; su voz escasa, peroargentina, juvenil, y no viciada por los esfuerzos ni la mala enseñanza.No era voz potente ni de gran extensión, pero sí dulcísima, alegre yfresca, como debieron de ser las de aquellas ninfas que en la antigüedadjugueteaban llamando a su compañera Eco, corriendo y ocultándose traslos troncos de los bosques sagrados.

—¿Oye usted eso?—preguntó al editor su amigo.

—Sí; es la chiquilla de los estanqueros.

—¿Bonita?

—Un primor.

—¿Se convence usted—añadió el caballero—de que si uno se propusierabuscarlas, encontraría mujeres para el teatro?

—Hombre, no sea usted niño. Desde que no sé quién encontró un tenor enuna herrería, todo el mundo se maravilla de cualquier voz que escucha encualquier parte. Pero, en fin, si quiere usted hacerle proposiciones...Yo le ayudaré a usted. Me consta que la muchacha tiene la querencia delas tablas; vamos, que se pirra por el teatro.

Poco después Cristeta, que sin saberlo acababa de probarse la voz,calló, concluyendo de peinarse con su acostumbrada gracia; hecho lo cualsalió al estanco y comenzó a vender.

Aquella misma noche, casi en el momento de cerrar, entró a comprarcigarros el dependiente mayor de la casa editorial y, trabandoconversación con Cristeta, le dijo sin rodeos ni ambages:

—¡Ni que lo hubiera usted hecho adrede! ¡Vaya una vocecita que ha sacadousted esta mañana mientras se peinaba! En fin...

¿quiere usted salir alteatro?

—¿Yo?—repuso en el colmo del asombro.—¡Usted sí que se quiere quedarconmigo!

Estaban solos: el dependiente, que no era viejo ni feo, tenía las manosapoyadas en el mostrador; ella estaba turbada, recelosa, esforzándosepor sonreír, y agitada por un presentimiento incomprensible. Elsota—editor se había puesto muy serio; a la chica un sudor se le iba yotro se le venía; de pronto, en un momento en que ella alzaba con ciertacoquetería una mano para retocarse el peinado, dijo el hombre:

—Vamos a ver: ¿le parece a usted que se han hecho esos dedos para pegarsellos y contar calderilla? Vaya, me ha dicho don Pedro, mi principal,que suba usted mañana con su tío, que tiene que hablar con ustedes.

—¿Para qué?

—Para saber si quiere usted ser cómica.

—¡Yo artista!—exclamó Cristeta con indefinible sorpresa.