Dona Luz by Juan Valera - HTML preview

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—La política-verdad es que todos los que formamos la nación españoladamos al Gobierno cada año, por diferentes maneras, más de la mitad delo que la tierra, nuestro trabajo y nuestro caletre producen. ElGobierno luego, ya en forma de pagas, ya en forma de subvenciones, ya enotras formas, reparte todo esto entre sus amigos. De esta suerte, lo queabsorbe el Gobierno como contribución, se derrama de nuevo como benéficalluvia. ¿No es necedad que yo pague y no cobre? ¿No es bobada que yocontribuya y no distribuya? ¿No sería más discreto que yo imitase a DonPaco, el grande elector de este distrito, que paga diez y saca ochenta?Pues qué, ¿no tengo yo sobrinos, hijos y ahijados a quienes dar turrón?¿Una gran cruz, no me vendría que ni de molde? ¿El tratamiento deexcelencia se me despegaría? En vez de pagar mucho, como pago ahora, yde no recibir nada, como no recibo, ¿no me sentaría divinamente pagarmenos, y recibir con usura lo pagado y más de lo pagado? Pues esto es lapolítica, y por esto quiero meterme en la política. ¿Qué digo quierometerme? Metido estoy ya en ella hasta los codos.

Doña Luz distaba mucho de creer que la política fuese lo que porpolítica entendía D. Acisclo: pero, viendo lo convencido que él estabade que no era otra cosa, y notando además que Pepe Güeto y su mujer nodistaban mucho de pensar como don Acisclo, no quiso predicar en desiertoni tratar de convencerlos de que el verdadero concepto de la políticaera muy diferente. También le chocó sobremanera el tortuoso giro depensamientos y discursos, por donde la mente de D.

Acisclo, partiendo delas homilías, disertaciones filosófico-cristianas y demás sublimidadesdel Padre, había venido a parar en que debía él ser hombre político, afin de pagar menos contribución y de tomar mucha distribución.

Sobre este último punto no pudo menos de decir doña Luz:

—Aun concediendo, que ya es harto conceder, que la política sea como V.la entiende, todavía me pasmo, Sr. D. Acisclo, de que, en virtud de losrazonamientos de su sobrino de V., haya venido V. a sacar comoconsecuencia la resolución de ser político y de derrotar a D.

Paco,poniéndose en lugar suyo.

—Pues mire V., señorita doña Luz—respondió don Acisclo—, no hay nadamás llano que el camino de discurrir que yo he seguido. Enrique me hadado ánimos sin él saberlo. Por él he comprendido que en mi familia haybrío para todo. Él es santo y sabio: hombre teórico: yo soy rico. ¿Porqué no he de ser también influyente, a fin de ser el hombre práctico porcompleto? ¿No hubo en lo antiguo, en una sola familia, Marta y María?Pues ¿por qué ahora, en otra familia, salvo la diferencia de sexo, nohemos de ser él María y yo Marta; él el contemplativo y yo el activo?

—Bien por D. Acisclo—dijo Pepe Güeto.

—Y vaya si tiene razón: ya sabe él dónde le aprieta el zapato—añadiódoña Manolita.

—No, sino pónganme el dedo en la boca—exclamó don Acisclo—, y veránsi muerdo o no muerdo. Pues qué, ¿un hombre de mis millones, y con unsobrino tan notable, ha de estar toda su pícara vida humillado por esetunante de D. Paco, a quien da el diputado cuanto pide y más?

—Nada de eso, Sr. don Acisclo—dijo Pepe Güeto, dejándose arrebatar delentusiasmo—. Es menester sacudir el yugo.

—¡Muera D. Paco el tirano!—gritó doña Manolita riendo.

—Ya se entiende que la muerte ha de ser meramente política y no civilni natural—interpuso doña Luz.

—¿Y cómo se va V. a componer para matarle políticamente?—preguntó PepeGüeto.

—¿Cómo me voy a componer? ¿Cómo me he compuesto? es lo que debieraspreguntar. Pues qué, ¿me duermo yo en las pajas? Ya lo tengo todoconcertado. El ministro cuenta conmigo. Yo les he probado que no esnatural, sino artificial, el diputado que de aquí enviamos, y, comoahora está en la oposición, el Gobierno le derrotará con mi auxilio enlas nuevas elecciones, que serán pronto.

—¿Y quién es el nuevo candidato del Gobierno?—preguntó doña Manolita.

—Un candidato ilustre, un sujeto de inmenso porvenir, un héroe de laguerra de África—dijo don Acisclo muy orondo—. Yo le protejo, yo harépor él prodigios, yo me atraeré a los parciales de D. Paco, que sequedará solo, y mi hombre saldrá por inmensa mayoría.

—¿Y cómo se llama su hombre de V.?—dijo Pepe Güeto.

—Se llama el brigadier de caballería D. Jaime Pimentel y Moncada,valiente como el Cid, de noble prosapia, joven y gallardo. Ya le veránustedes, ya le verán ustedes, porque pronto vendrá a visitar eldistrito.

Con este notición se puso término a la charla, así porque era ya tarde,como porque los aplausos y vivas de doña Manolita y de Pepe Güeto noconsintieron que siguiera adelante aquella noche.

-XI-

Preparativos electorales

El plan de D. Acisclo había sido meditado pausadamente y en secreto, yestaba tan bien trazado, combinado y preparado, que no escaseaban lasprobabilidades de que se lograse.

La empresa, no obstante, era difícil; casi imposible para cualquieraotro que no tuviese en aquel distrito la actividad, el poder, el influjoy el dinero que don Acisclo poseía.

Don Paco, el grande elector, era pájaro de cuenta, y contaba con undiputado-modelo; con un diputado tal, que no es dable que haya como éluna docena al mismo tiempo en toda España.

Según cálculos estadísticos de la mayor exactitud, los sueldos, adehalasy favores de varias clases, evaluados en metálico, que el diputadoprodigaba a sus fieles del distrito, sacándolo todo del Gobierno,importaban veinte veces más que lo que el distrito pagaba decontribución directa e indirecta. Suponiendo, por un instante, que todoslos demás diputados fuesen tan hábiles, tan mañosos, tan felices y tanpíos como el de que hablamos, el Gobierno tendría que hacer el milagrode pan y peces, en inmensa escala, o tendría que producir un déficit, alcabo del año, de diecinueve veces el valor de todos los recursos yrentas del Estado, en el año mismo.

De aquí que haya tan pocos diputados en España como el que don Acisclose proponía vencer.

Era, por excelencia, lo que se llama un diputadonatural.

El diputado, en virtud de continuos desvelos y de un arte maravilloso,se gana la naturaleza en un distrito, repartiendo a manos llenas losempleos; y cerca del Gobierno, a más de su talento y de su importanciapersonal, se apoya para sacar los empleos en esa misma devoción queasegura y prueba que los electores le tienen y en cuya virtud esdiputado natural y goza de distrito suyo y re-suyo.

Aunque el diputado natural esté en la oposición, conserva el distritopor dos razones. Es la primera porque, si bien los electores le vencaído, guardan la esperanza de que pronto volverá a encumbrarse,mandarán él y los de su partido, y lloverán entonces los favores. Es lasegunda razón, porque, el diputado natural, aun cuando no esté en elpoder, logra que muchos de sus ahijados se sostengan en sus empleos, yhasta suele darlos flamantes, ya porque los fueros de diputado naturalle habilitan para todo, ya porque le sobran amigos en los Ministerios, yya porque los mismos ministros, sus contrarios, le atienden yconsideran, esperando la reciprocidad para cuando estén ellos caídos.

El diputado, contra quien iba a sublevarse don Acisclo, estaba caído enaquel momento; pero nadie dudaba de que pronto se volvería a encaramaren el poder. Habíanle dejado cesantes a no pocos de sus ahijados; peroaún quedaban muchos en plena posesión de sus empleos y sueldos.

La famaque el diputado tenía de servicial, complaciente y poderoso para sacarturrones, era tan firme que hasta su mismo temporal decaimientoaumentaba su clientela en vez de mermarla. Los más astutos y previsoresconocían cuán propicia ocasión de ponerse bien con él era servirlemientras estaba lejos del mando, lo cual da ciertos visos de desinterésa los servicios y es lo que llaman por allá, con frase hecha, elegante ypropia de la poesía bucólica, llevar pajitas al nido. El que no llevapajitas al nido rara vez moja la barba en cáliz, he oído decir confrecuencia al personaje más sentencioso de aquellos lugares.

Presentadas así las cosas, parece una temeridad, un delirio, algosemejante al propósito que tuvo la serpiente de la fábula de morder lalima, el plan de D. Acisclo de derrotar a D. Paco y de suplantarle.

Mas no hay que acoquinarse por eso ni por mucho más. D. Acisclo no seacoquinaba; tenía confianza en su energía propia, y estaba resuelto apelear contra D. Paco, cuya tiranía se le había hecho insufrible. Lo quesí había considerado bien D. Acisclo, como prudente capitán, era locolosal y comprometido de su empeño; y a fin de salir airoso, habíatomado las convenientes precauciones, acumulado medios, buscado alianzasy allegado fuerzas y recursos de toda laya.

Cada vez que un diputado o el grande elector en su nombre da un empleo,el agradecimiento no es seguro en quien le recibe, pues éste puede creerque harto ganado le tiene. En cambio los envidiosos, quejosos ydescontentos, parece como que brotan del seno de la tierra, lo cual esdifícil de evitar, porque por muchos empleos que saque el diputado, noha de sacar uno para cada elector. Entre los empleados y agraciadossuele haber también quejas y envidias. Fulanito se llevó un turrón másdulce y suculento que el mío, dice Menganito; y Perenganito exclama queel destino de Menganito es de mucho manejo y el suyo no lo es, dedonde nace también no pequeño encono. El uno, que no es más queestanquero, entiende que debía ser vista; y el otro, que está deoficial ambulante de correos, siempre metido en un wagon, suspira por elalfolí de la sal que se dio a un tercero, que disponía en la elección demenos votos que él; y el que tiene como fiel el alfolí se juzgadesairado porque no le nombraron guarda-almacén, que esto y mucho más semerecía. El puesto de alcalde suele ser muy disputado, y casi siempre sepican dos o tres porque no lo son. En suma, aunque el diputado y su alter-ego D. Paco eran casi tan avisados y prudentes como Ulises, aquien la propia Minerva, descendiendo ad-hoc del Olimpo, inspiraba lamás severa justicia distributiva para repartir pedazos de buey asado enlos banquetes a los héroes de la Ilíada, o ya porque repartir turrón es más arduo que repartir roastbeef, o ya porque los electoresde España son más descontentadizos que los semi-dioses y guerrerosaqueos, ello es que el disgusto cundía y que había mar de fondo hasta enla misma capital del distrito.

Nada de esto hubiera valido, todo se hubiera disipado como una nube deverano, si D. Acisclo, con artes maquiavélicas, no hubiera atizado ladiscordia, dándole pábulo con ingeniosos chismes, diestramentedivulgados, y no hubiera en sazón oportuna levantado bandera deenganche, a cuya sombra se fueron acogiendo y alistando los que secreían desairados o mal pagados de sus afanes.

De esta suerte vino a formar D. Acisclo una poderosa minoría electoral,cuyo centro y núcleo era Villafría.

Entonces negoció con el Gobierno, y luego que el Gobierno le ofreció suapoyo, a fin de derrotar al diputado de D. Paco y elegir en lugar suyoal ya nombrado D. Jaime Pimentel, D.

Acisclo se afanó por convertir suminoría en mayoría, trayendo a sí a los neutrales y vacilantes, yprocurando, sobre todo, sacar de sus casillas y lanzar en la lucha a nopocos que jamás quieren votar ni mezclarse en política, tal vez porqueno ambicionan empleos.

Entre estos desdeñosos, dignos en nuestro sentir de reprobación, porquedejan el campo libre a los explotadores, había en el distrito un hombrea quien, vencida su inercia, seguiría toda una población. La poblaciónera la que ya conocen mis lectores con el nombre de Villabermeja.

ElCincinato electoral, a quien anhelaba mover D. Acisclo, porque con éldaba por indudable el triunfo, era el famoso amigo mío D. Juan Fresco,de cuyos labios sé esta historia, así como otras muchas no menosejemplares, que contaré en lo venidero, si Dios me concede vida y salud.

Don Juan Fresco estaba en buenas relaciones con D. Acisclo, el cual lehabía sido útil y le había servido en algunos negocios; pero D. JuanFresco no se dejaba llevar con facilidad. Don Acisclo había montado acaballo e ido a verle a su lugar dos o tres veces. Le había escritoademás cuatro o cinco cartas, tratando de convencerle. Nada habíabastado a quebrantar su resolución ni a cambiar su inveterada conductade no mezclarse en elecciones ni en política para nada.

Don Acisclo rabiaba, se entristecía y se desesperaba de esta terquedad.Con D. Juan Fresco de su lado, su empresa era llana. Sin D. Juan Fresco,a pesar del auxilio del Gobierno, distaba muchísimo de estar aseguradala victoria.

Entre tanto, preparado ya todo lo demás y próximas las elecciones, sólofaltaba echar a volar el nombre del candidato, guardado hasta entoncescon el mayor sigilo por D. Acisclo y el Gobierno; pero antes quiso D.Acisclo probar por última vez sus fuerzas persuasivas cerca de D.

Juan,revelándole el nombre del candidato y ponderándole sus prendas ymerecimientos. A este fin le escribió nueva carta, lo más elocuente quesupo. La contestación de D. Juan no se hizo aguardar más de un día, yfue tan impensadamente satisfactoria para D. Acisclo, que de ellaprovino el contento que mostraba cuando se animó doña Manolita apreguntarle la causa de él, y la facilidad y buen talante con que lodeclaró todo a doña Luz, a Pepe Güeto y a la mencionada hija del médico.

La carta de D. Juan Fresco es un documento importante que conservamos ennuestro poder, y del cual no estará de más dar aquí traslado.

La carta es como sigue:

«Apreciable amigo y dueño: Hasta ahora me he resistido a todas lassúplicas de V., por más que le quiero bien, sin poder remediarlo. Y mehe resistido porque mi modo de ver las cosas es contrario al de V. enmucho. Ambos somos más liberales que Riego; ambos somos másdespreocupados que el autor del Citador, libro que V. habrá leído;ambos somos progresistones de lo más fino y neto, y a ambos nos hechizala igualdad, con tal de que no sea más que ante la ley, y salvas lasdesigualdades, merecidas o arrebatadas por naturaleza, por gracia, porhabilidad o por acaso, de ser unos tontos y otros listos, unos ricos yotros pobres. Pero por cima de esta consonancia perfecta en que estamosV. y yo, hay entre nosotros radicales diferencias, las cuales consistenen que nos hemos forjado muy distinto ideal. Entiéndese por ideal,palabrilla que está muy a la moda, el término de las aspiraciones decada uno. Su ideal de V. es que haya un gobierno que distribuya cuantohay que distribuir, que todo lo arregle, que en todo se entrometa, quenos enseñe lo que hemos de aprender, que nos señale lo que hemos deadorar, que nos haga caminos, que nos lleve las cartas, que cuide denuestra salud temporal y eterna, y hasta que nos mate la langosta y lafiloxera, nos conjure las tempestades, pedriscos, epidemias, epizootiasy sequías, y nos ordene y suministre lluvias a tiempo y cosechasabundantes. A un Gobierno, a quien tales y tan múltiples encargos se leconfían, es menester habilitarle de muchísimo dinero, que él repartedespués entre los que han de hacernos felices, dándonos salvación,ciencia, riqueza, sanidad, larga vida, agua, medios de locomoción ycuanto constituye nuestro bienestar y conveniencia. Pero V. dice, y dicemuy bien, desde su punto de vista, ¿por qué no he de ser yo, que no soymás bobo que otro cualquiera, quien, si no en todo, en parte, seencargue de hacer esos prodigios benéficos y providenciales, y quienreciba y reparta a su gusto los ochavos que para hacerlos hay quelargar? De aquí que V. anhele, como quien no dice nada, producir undiputado, y sobre todo un diputado que influya, que valga y que saqueturrones. Yo, en cambio, lo confieso, tengo un ideal, que, al paso quevamos, no se realizará, si se realiza, hasta dentro de diez o docesiglos; pero, amigo, es menester ir encaminándose hacia él, aunque sea apaso de tortuga. Mi ideal es el menos Gobierno posible; casi la negacióndel Gobierno; una anarquía mansa y compatible con el orden; un ordennacido armónicamente del seno de la sociedad y no de los mandones. Noquiero que nadie me enseñe; yo aprenderé lo que mejor me parezca y mebuscaré maestros; ni que nadie me cuide, que yo me cuidaré; ni que nadieme abra caminos, que yo me asociaré para abrirlos con quien se meantoje.

Sé que esto hoy no es posible, pues dicen que no hay iniciativaindividual y que es necesario que el Gobierno tome en todo lainiciativa, como si el Gobierno no estuviese compuesto de individuos. Ensuma, yo no tengo que presentar aquí todas las razones que contra mi ideal se alegan. De sobra las saben V. y todo el mundo. Lo que deseoque conste es que, a pesar de todas estas razones, yo estoy enamorado demi irrealizable sistema, y considero apostasía trabajar en este otroarchi-gubernamental que hoy priva, sin duda por aquel dicho profundo deun sabio: «La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacidoaún». Mientras sigue la humanidad nonata, si hemos de mirar las cosaspor el haz y sin penetrar en el fondo, usted tiene razón que le sobra.Ya que se trata de contribuir y de distribuir, y ya que la contribuciónes forzosa, bueno es apoderarse de ella para hacer la distribuciónluego, máxime si se considera que, según canta el refrán, quien parte yreparte se lleva la mejor parte.

»Pero cuando se hunde bien la mirada en el centro de este negocio,concretándonos a un distrito electoral, créame usted, Sr. D. Acisclo,hasta para lo práctico, y de hoy, sin pensar en mañana, vale más misistema que el de V. ¿Qué se logra con dar empleos a trochi-moche?

Eldistrito no se enriquece por eso. Los naturales de él que salenempleados se gastan fuera lo que cobran. Raro es el que vuelve aldistrito a gastarse en él lo que ahorra o garbea. A menudo los talesahorros no lucen ni parecen. Se disipan y evaporan como no pocas otrasriquezas mal y fácilmente adquiridas. Los dineros del sacristán cantandose vienen y cantando se van. El empleado así, por favor electoral,adquiere hábitos de lujo, desdeña la manera rústica y sencilla con queantes vivió, y se acostumbra a que el reloj gane por él el dinero,pasando y pasando horas y días. El mal ejemplo inficiona a todos. Elhijo del menestral, el criado de servicio, todo el que sabe leer yescribir, repugna el trabajo manual, y dice para sí: ¿por qué no he deestar yo también empleado? ¿Por qué el diputado no me proporcionará unabonita colocación? El que no tiene la menor esperanza de que el diputadole coloque se llena de envidia y de ira, y se hace flojo y perezoso parano ser menos que el empleado, de cuya holganza y vida regalona se forjaun concepto exagerado y fantástico. Imagina, sin que nadie se lo quitede la cabeza, por no conocer sin duda lo de tiempo que se gasta, lo depapel que se embadurna y lo de afanes que se producen con nuestrocomplicado expedienteo, que las horas de oficina transcurren en amenaspláticas, fumando los oficinistas exquisitos puros y regalándose confrecuentes piscolabis. Y entiende además que a cada instante se ofrecen negocios de mi flor a todo oficinista no lerdo, el cual a menudo tienealgo de que incautarse y al cual no falta de vez en cuando quien le untebien la mano. Con tales imaginaciones ¿cómo irá nadie con gusto a cavaren el tajo y cómo no ha de querer convertir el tajo en un remedo de lasoñada, deliciosa y sibarítica oficina? Resulta de todo ello que como eldiputado da empleos a los más activos, ágiles y despejados, quienesnaturalmente emigran del distrito, sólo quedan en él los más tontos,torpes y para poco, y éstos, agraviados, lastimados en su amor propio, odesanimados y con poquísimas ganas de trabajar. No hay, por lo tanto, niindustria ni arte, ni adelantamiento, ni mejora posible. Gracias a lamilagrosa y pródiga protección del diputado, el distrito se empobrece,en vez en enriquecerse, y se transforma en una nidada de holgazanes y deineptos. Vea V. por lo que yo, de puro amor al distrito, no quiero darlediputado hábil, como el que tenemos ahora; no quiero darle diputado quetanto turrón busque y reparta.

»Por dicha, el nombre de su candidato de V. me ha hecho pensar en que,favoreciéndole y dando a V. gusto, hago el bien del distrito, según loentiendo yo: le quito de encima la secadora protección del diputadoactual, que parece un fabricante de turrones, y le propino y administrouno que dirá a ustedes, en cuanto le elijan, si os vi no me acuerdo, yno les dará turrón, con lo cual quizá renazca la actividad agrícola, secreen industrias sanas, y desaparezca la corrupción que hoy nos pudre.Sí, amigo D. Acisclo, yo conozco a D. Jaime Pimentel desde que estuve enMadrid con mi pobre sobrina María y con aquel estrafalario de doctorFaustino, con quien ella se casó. D. Jaime era amigo de Faustinito. Dioslos cría y ellos se juntan. Aunque en mucho se diferenciaban, enbastante se parecían. D. Jaime, muy joven entonces, era un verdaderoninfo. Acicalado, perfumado y siempre de veinticinco alfileres, aunquebizarro militar, tenía más trazas de Cupido que de Marte. No creo quetuviese ilusiones, ni que soñase, como su amigo el doctor. Don Jaime ibaal grano. Buen mozo, audaz y discreto, había tenido ya varios éxitosruidosos con damas elegantes, y tres o cuatro desafíos, en los quesiempre había quedado vencedor. Entonces se pronosticaba a D. Jaime unbrillante porvenir. El pronóstico se va cumpliendo. Aún no debe tenercuarenta años y ya es brigadier. Por su cuna y por sus prendas es muyestimado y querido. Además de su sueldo, tiene alguna rentilla, que leda independencia y desahogo. D. Jaime tendrá sobre dos mil duros al año.Para nada necesita de este distrito. No me explico qué antojo será elsuyo de salir diputado por aquí, pudiendo salir por donde quiera.

Cercade este lugar posee unas sesenta aranzadas de olivar, que su padre,militar como él, compró con dinero ganado al juego. Este es el únicolazo, que yo sepa, que a este distrito le une. Repito, pues, que no meexplico su empeño en ser nuestro diputado; pero doy por evidente que,una vez logrado su empeño, nos volverá la espalda, nos mandará a paseo,y no nos dará ni pizca de turrón.

Como en esto precisamente consiste misueño dorado, callándome la razón para no espantar a los secuaces de V.,me decido a ser uno de ellos. Cuente V., pues, conmigo para elegirdiputado a D.

Jaime Pimentel, y créame su afectísimo amigo».

Tal era la carta de D. Juan Fresco que tanto alegró el corazón de D.Acisclo. Lo esencial era que D. Juan apoyase su empresa, fuese por loque fuese. Lo que don Acisclo quería era aquella alianza, y poco leasustaban las enrevesadas razones y fatídicos pronósticos en que sefundaba y que él se guardó bien de confiar a nadie. Sólo de cuando encuando, si bien haciendo desmedidos encomios de la entereza, discreción,honradez y sabiduría de D. Juan Fresco, afirmaba D. Acisclo que era un ente.

—¿Y por qué dice V. que ese D. Juan es un ente?—le preguntó una vezdoña Manolita.

—¿Por qué lo he de decir?—contestó don Acisclo—; porque es un ente;porque es el bicho más raro que he conocido en mi vida.

-XII-

El triunfo

Ente o no ente, D. Juan Fresco valió de mucho a D. Acisclo, el cual,mientras más esperanzas tenía, más se afanaba y desvelaba porque no sefrustrasen.

Los informes que le había dado D. Juan acerca de la condición pocoservicial de D. Jaime Pimentel, no dejaban de mortificarle. Ya, sinembargo, no había modo de retroceder, y lo que convenía por lo prontoera derrotar a D. Paco, aunque para ello fuese menester valerse delcandidato menos buscador de turrones, más distraído y peor cultivadorde distritos que hubiese en todo el reino.

Don Acisclo solía echar cálculos alegres, y este mismo descuido de sufuturo diputado, que para cualquiera otro hubiera sido un mal, semostraba a veces con colores risueños y brillantes a los ojos de suesperanza ambiciosa.

«Si el diputado no hace nada—decía don Acisclo para sí—, si no cumplesus promesas, si no recompensa los afanes de los electores, yo tendréque volver por ellos, lo cual me dará motivo para entenderme por mímismo con el Gobernador de la provincia y hasta con el Ministro, y seryo aquí real y directamente el amo, sin ese intermedio enojoso deldiputadito. Lo esencial, pues, es lograr la victoria con gran mayoría, yhacer ver que D. Paco es un trasto a mi lado».

A este fin no quedó medio que D. Acisclo no emplease.

Las elecciones debían ser en el otoño, y durante el verano vivió D.Acisclo en una fiebre de actividad. Recorrió a caballo todos los pueblosdel distrito, que eran siete, ganando votos para su protegido y quitandoparciales a D. Paco. Hasta a la capital del distrito fue varias veces, yno sin éxito, con el referido objeto.

A no pocos electores de influjo, a quienes D. Paco tenía amarrados,los desamarró D. Acisclo, exponiendo gallardamente sus capitales. Porestar amarrados, se entiende en lenguaje electoral de por allí, deberdinero al grande elector. D. Acisclo estuvo rumboso. Lo menos repartióocho mil duros al diez por ciento, sin más garantías que pagaréssencillos, libertando así a gentes amarradas por D. Paco, con escriturapública y dinero prestado al quince.

Todo elector de Villafría iba antes a votar a un lugar cercano, porqueen Villafría no había mesa. Don Acisclo consiguió que se quitase la mesa de dicho lugar y que se diese a Villafría, población más céntricay cómoda, según él demostró.

En Villafría estaba seguro don Acisclo de que volcaría el puchero enfavor de D. Jaime.

Volcar el puchero significa poner o colgar todos los votos posibles alcandidato a quien se quiere favorecer. Los votos posibles son los decuantos electores están en las listas, a no hallarse a mil leguas dedistancia o en la sepultura. Y aun ha habido ocasiones en que losausentes y hasta los difuntos han votado.

Cuentan las crónicas electorales de aquel distrito que, no bien supo D.Paco la que D. Acisclo le estaba urdiendo, empezó a trabajar en contra,saliendo del letargo, o mejor diremos del tranquilo y descuidado reposoen que su confianza y seguridad hasta allí le habían tenido.

Esto,naturalmente, hizo que don Acisclo tuviese que redoblar cada vez más suactividad. Así es que no paraba. Su vida era un tejido incesante deconferencias, excursiones a este o al otro pueblo, tratos y cartas queescribir y que leer. Pepe Güeto se hizo el ayudante y el secretario deD.

Acisclo, y también escribía, viajaba y conferenciaba.

Doña Luz y doña Manolita se hacían compañía mutuamente, abandonadas porD. Acisclo y Pepe Güeto. Y a las dos servía también de acompañante el P.Enrique, único varón quizá de todo el distrito que no intervenía en elasunto electoral.

El padre había intervenido sólo en los primeros días para tratar dedisuadir a D. Acisclo de que se mezclase en elecciones; pero D. Acisclono se dejaba convencer por nadie, y cuando lo reconoció así su sobrino,se retrajo, se calló, y no volvió a dar a entender ni siquiera que sabíaen qué maremágnum andaba engolfado su tío.

A éste le molestaba ya bastante la flojera y falta de formalidad delcandidato. El candidato había prometido visitar el distrito; laselecciones se venían encima, y el tal D. Jaime no llegaba.

Su contrarioestaba, ya instalado en casa de D. Paco, prometiendo empleos para cuandovolviese al poder, que sería pronto, vendiendo protección, yconquistando voluntades.

Don Jaime, entre tanto, no sólo no venía, sino que apenas sí se dignabaescribir, salvo a D.

Acisclo, y esto de tarde en tarde y por estilolacónico y seco.

Pero fuese como fuese, el lance estaba ya empeñado; para D. Acisclo eracuestión de amor propio; y aunque D. Jaime hubiera sido el mismo diablo,D. Acisclo hubiera echado el resto por sacarle triunfante.

En suma, para no cansar más a mis lectores, acabaré por decir que donAcisclo recogió al fin el premio de sus fatigas.

Las elecciones llegaron, y D. Acisclo venció en las elecciones. DonJaime Pimentel salió diputado por una gran mayoría.

Algunos quieren dar a entender que D. Acisclo hizo mil tramoyas yfalsedades; pero nada se pudo probar, y por consiguiente no debemoscreerlo.

Don Jaime Pimentel, sin abandonar la corte, sin escribir apenas cartaalguna, con el mayor sosiego, tuvo el gusto de recibir su acta, casilimpia, pues sólo llevaba dos protestas insignificantes y mal fundadas.

El júbilo de D. Acisclo fue grande después de la victoria. ¡Qué lauro elsuyo! ¡Qué muestra de poder la que acababa de dar! Con un candidatoinvisible, descuidado, flojo; con un enemigo tan fuerte, tan único, tanmodelo y tan fénix entre los representantes del pueblo, había logradovencer, y vencer por una gran mayoría. Después de admirarse de su propiacapacidad para la política, sólo se reconocía deudor a D. Juan Fresco ya la copiosa turba de bermejinos que le siguieron en el día de laelección como a caudillo respetado.

Durante todo este largo período electoral, las relaciones amistosas dedoña Luz y del P.

Enrique se fueron estrechando más cada día. Hasta doñaManolita, dejándose llevar del entusiasmo de su marido, o biencompartiéndole, no había pensado más que en las elecciones.

Doña Luz y el padre eran sin duda las dos únicas personas de ciertaposición en todo el distrito, que no habían pensado en éste ni en elotro candidato, y que no se habían afanado por el triunfo de cualquierade ellos.

En medio de aquella agitación política, habían hallado retraimientodulcísimo en la misma casa de quien la promovía; y allí eran laspláticas suaves y encumbradas, y las conversaciones amenas, en quesiempre aprendía algo doña Luz, en que siempre hallaba nuevasexcelencias en el entendimiento y en el corazón del padre, y en que elpadre, a su vez, no dejaba nunca de pasmarse del despejo, de la agudeza,de la notable discreción, de la fantasía poética y de la sensibilidadexquisita de su bella interlocutora.

Don Anselmo había terciado en los debates, aunque ya no tanto, porhaberle tenido también D.

Acisclo muy interesado en las elecciones. Y elcura don Miguel había seguido yendo con constancia a la tertulia, sibien los diálogos sabios del Padre y de doña Luz le magnetizaban yembelesaban de tal suerte, que a los pocos minutos de empezar a oírlos,solía quedarse profundamente dormido, acompañándolos y animándolos aveces con una música de ronquidos interminables y sonoros.

Resultaba de todo ello que la única persona, que era en verdad constantee inteligente testigo del mutuo afecto y de los íntimos coloquios dedoña Luz y del Padre, era doña Manolita. Yo no quiero hacer a ésta, ni aninguno de mis héroes, mejor de lo que son o de lo que fueron.

DoñaManolita no era una paloma sin hiel; y no porque odiase a alguien, sinoporque no dejaba de tener malicia. Más bien se podía tildar a doñaManolita de tenerla. Más bien se la podía acusar de que, sin envidia niencono, y sólo por amor al arte, gustaba algo de la murmuración, yseguía demasiado, como regla para sus juicios, aquella terriblesentencia de piensa mal y acertarás. Sin embargo, merced a laveneración cariñosa que doña Luz le infundía, ella interpretaba siemprepor el lado más benévolo todos sus actos y discursos. Por esto, aunque ala perspicacia de doña Manolita no pudo ocultarse largo tiempo aquellainclinación irresistible de dos almas, doña Manolita no dejó nunca dehacer justicia a doña Luz, y reconoció y declaró, allá en el fondo de supecho, que en el de su amiga no había la más leve intención de perturbarel ánimo del Padre ni de atraerle con coqueterías culpadas.

El respeto y el cariño de la hija del médico al P. Enrique eran grandestambién; pero no tanto que le impidiesen por completo todo fallo algocontrario sobre su conducta. Doña Manolita, pues, sin pensar que doñaLuz hubiese dado para ello ni ocasión ni motivo, empezó a sospechar queel Padre, más o menos confusa y vagamente, estaba enamorado. Por respetoa su amiga, y porque en los lugares no anda la gente con sutilezasetéreas o pasadas por alambique, y porque con decir ella algo hubieradado pie para que se añadiese mucho, doña Manolita ni a su padre confióel resultado de sus observaciones. Sólo le confió a Pepe Güeto, a quiennada ocultaba; pero exigiéndole el más profundo sigilo.

La gravedad de doña Luz y del Padre cortaba los vuelos a todas lasaudacias de doña Manolita, quien jamás se propasó a dirigir al Padre, nien broma y con rodeos y perífrasis, la indirecta más oscura sobre lapasión que en él imaginaba. Doña Manolita siguió, no obstante,observando. Pepe Güeto observó también. Ambos esposos se comunicabanluego lo que habían observado. De esta suerte venían los dos acorroborarse en la idea de que el Padre, quizá sin saberlo, amaba a doñaLuz por estilo místico y sutil, y que doña Luz se dejaba adorar sinpresumir ningún término disgustoso, sin reflexionar en toda latrascendencia que aquella adoración podría tener, y sin ver en ella másque una amistad tierna, sencilla e impecable, como la que ella profesabaal convaleciente y poético misionero.

Ocurrió en esto un suceso que no se esperaba ya. De pronto, y cuando D.Acisclo se había resignado a que su diputado fuese invisible para eldistrito, éste le escribió anunciándole que inmediatamente venía avisitarle. El primer pueblo en que se presentaría había de serVillafría, desde donde, a caballo, y con la pompa correspondiente, habíade pasar a recorrer y visitar los otros pueblos.

Don Acisclo se alegró mucho de esta venida, que iba a darle la mayorimportancia; pero tuvo que afanarse para disponer bien las cosas, a finde hacer a D. Jaime Pimentel una brillante recepción. Para hospedarlecon decoro y hasta con lujo, acudió a doña Luz pidiéndole las mejoreshabitaciones de su casa solariega, no ocupadas por su sobrino; y paraofrecer a D. Jaime un buen caballo en que montar e ir de pueblo enpueblo, acudió asimismo a doña Luz, pidiéndole prestado su hermosocaballo negro. Doña Luz tuvo que acceder a todo.

La víspera del día en que debía llegar D. Jaime, todos estabanalborotados en el lugar con la gran fiesta de la recepción que iba ahaber. Hasta doña Manolita estaba más alegre que lo de costumbre y muyparlanchina. En la tertulia diaria sólo asistían ella, doña Luz y elPadre, porque los demás andaban aún ocupados en los preparativos de lafiesta, o descansando del ajetreo de aquel día.

Entonces tuvo doña Manolita una ocurrencia algo maliciosa, y que, en susentir, había de darle mucha luz en sus investigaciones. ¿Por qué nohabía de embromar a doña Luz, pronosticando que D. Jaime, de quien lafama decía maravillosos encomios, y que era libre y soltero, iba aenamorarse de ella, apenas la viese, con el gustoso asombro de hallar enuna villa pequeña tan completo dechado de elegancia, distinción yhermosura? ¿Por qué, al embromar así a doña Luz, con algo que lahalagaría, no había de dar solapadamente una broma bastante pesada alPadre, cuyo amor, enmarañado y turbio en el centro de la conciencia, sevendría a aclarar con el reactivo de los celos? Doña Manolita, al dar labroma, miraría al Padre, a ver si se inmutaba o si permanecía impasible,en apariencia al menos.

Como lo pensó, lo hizo. Doña Manolita dijo a doña Luz que D. Jaime iba aprendarse de ella, apenas la viese; que D. Jaime no podía sospechar que,en un lugar tan arrinconado como Villafría, estuviese oculto tantotesoro; y que, a su ver, era evidente el amor futuro de D. Jaime.

—¿Qué forastero—prosiguió—, no se ha enamorado de ti, de cuantos hanvenido a Villafría, jóvenes, libres y en estado de merecer? Prepara,pues, el almíbar con que sueles propinar las calabazas, si es quetambién piensas dárselas a éste. Pero, ¿quién sabe? El pretendiente, queya columbro, no es rústico, ni lugareño, como los que has tenido hastaahora. Dicen que es la flor y nata de los elegantes de Madrid, y ademásun bizarro militar y un hombre de gran porvenir y de extraordinariotalento. ¿Serás tan fiera que también le desdeñes?

Doña Luz, sin enojarse, antes bien algo lisonjeada, contestó negando lavalidez del pronóstico, y asegurando, con modestia un poco fingida, quedon Jaime, acostumbrado a ver en la corte tantas bellas mujeres, norepararía en ella ni le haría caso.

—Además—dijo doña Luz—, no haya miedo de que me pretenda esecaballero. Yo no soy lo que se llama un buen partido. Para él senecesita una rica heredera, que dé alas a su ambición, y no una señoritapobre que le encadene y le sirva de rémora y estorbo. Créeme, Manuela;ya te lo he dicho mil veces: yo no me casaré nunca... ni quiero casarme.No hablemos de esas tonterías, ni en broma.

Doña Manolita, durante estas frases que entre su amiga y ella secruzaban, miró de soslayo al Padre y creyó ver que se había puesto máspálido que de costumbre. Por lo demás el Padre permaneció silencioso, yno dio su parecer ni sobre el enamoramiento posible de D. Jaime, nisobre el constante propósito de doña Luz de permanecer soltera.

A las diez se retiró a su casa, y las dos amigas quedaron solas.

Alentada entonces doña Manolita con lo bien que su primera broma habíasido tolerada, y tal vez agradecida como lisonja, en el fondo del almade la hija del marqués, cayó en la tentación de aventurarse a dar otrabroma bastante menos ligera.

Sin reflexionarlo mucho, dijo, pues, de este modo:

—¡Ay! ¡Hija! Me arrepiento de haberte dicho lo de D. Jaime.

—¿Y por qué te arrepientes?—preguntó con sencillez doña Luz—. Yo nocreo probable que ese caballero cortesano se enamore de mí, en tres ocuatro días que ha de estar por aquí; pero como ni eso es imposible, nime ofende el que tú, estimándome en más de lo que merezco, me vaticinestal triunfo, no tienes para qué arrepentirte, a no ser por el temor deexaltar demasiado mi amor propio.

—No es ese temor—replicó la hija del médico—, lo que me induce alarrepentimiento, sino el temor de haber lastimado un corazón sensible,de haberle hecho una profunda herida.

—No te comprendo—dijo doña Luz—; ¿qué quieres dar a entender? ¿Quécorazón sensible es ese?

—El del P. Enrique—respondió en mala hora doña Manolita.

Doña Luz se puso roja como la grana. Toda la sangre de su cuerpo sediría que se le subió a la cabeza. Todo el orgullo de su casta se agolpóy amontonó en su corazón. No vio más que ridiculez indigna en que lacreyesen objeto de la pasión de un fraile. Ella creía que un fraile lapodía admirar por su talento, estimar por sus virtudes, venerar por suconducta intachable, y gustar de su trato y conversación, y complacerseen ser su amigo; pero enamorarse de ella le parecía tan absurdo, tancontrario a todas las conveniencias y leyes sociales y religiosas, tanmonstruosamente feo y chocante, que no quería, ni podía, ni debíasospecharlo en persona del juicio, de la circunspección y hasta de lasantidad que en el P. Enrique notaba. Doña Luz miró, pues, como unamalicia villana y ruin el pensamiento de doña Manolita, y como unainsolencia la expresión de dicho pensamiento por medio de la palabra.

—Lo que acabas de proferir—exclamó con la voz balbuciente de cólera—,es un insulto, es una dura acusación contra el P. Enrique y contra mí.Ni el padre delira, ni yo le he dado ocasión para que delire. A fin deque mi limpia fama esté al abrigo de la maledicencia, me he encerrado eneste lugar, me he apartado casi de todo trato humano, he huido de lajuventud, mientras he sido joven; siéndolo todavía, como lo soy, no headmitido en mi intimidad sino a viejos de sesenta años como tu padre, elcura y don Acisclo, y nada de esto me ha valido. Porque yo, de cerca detreinta años, me he abandonado, me he confiado con gusto, lo declarofrancamente, en la amistad honrada de un siervo de Dios, probado en milfatigas, quebrantado por ellas, lleno de ciencia y de virtud, no seconcibe esta amistad, no se explica este trato, sino por motivos viles eimpuros. Y no son los rústicos del lugar, no son los que no me conocen,sino mi mejor amiga la que me sospecha y me injuria.

La pobre doña Manolita se quedó aterrada: se compungió, y al cabo se lesaltaron las lágrimas.

—Pero, mujer—dijo—; no te enojes por amor de Dios. Yo, sin duda, mehe explicado mal. Yo no digo que sea impuro el amor del Padre....

—¿Qué disparates son los tuyos?—interrumpió doña Luz—. ¿Qué extravíode ideas? ¿Qué necias distinciones pretendes hacer? ¿Cómo cohonestar elamor de un fraile a una doncella honrada? Tal amor es impuro siempre; esinfame; es sacrílego.

Viendo doña Manolita que no había manera de remediar su torpeza, yapuradísima de haber irritado tanto a doña Luz, a quien quería de todocorazón, no pronunció una sola palabra más; pero lloró y sollozó como sile hubiese sobrevenido la más cruel desgracia.

Entonces doña Luz, que tenía buen fondo, a pesar de su soberbia, sintióque había estado dura y áspera en demasía, y pidió perdón a doñaManolita, besándola y poco menos que llorando también.

Las dos amigas vinieron a quedar de resultas mucho más amigas que antes.Doña Luz se convenció de que doña Manolita no había tenido intención dedeslustrar en lo más mínimo la pureza de sus relaciones amistosas con elP. Enrique; y doña Manolita hizo por convencerse y hasta se convenciópor el momento de que el P. Enrique, ni siquiera como Dante amó aBeatriz, como Petrarca amó a Laura, o como don Quijote amó a Dulcinea,era capaz de amar a doña Luz; porque, siendo él un fraile y ella unaseñorita muy bien educada y honestísima, tal amor, por alambicado,espiritual e incorpóreo que fuese, tenía un no sé qué de indecorosamenteplebeyo y de grotescamente pecaminoso que con la condición de su bella ysoberbia amiga se ajustaba muy mal.

No bien acabadas de hacer las paces, llegó don Acisclo con Pepe Güeto,quienes no advirtieron las huellas de la pasada tempestad. Cenaron loscuatro en amistosa compañía, y con buen apetito, y se fueron luego adormir.

Al día siguiente se celebró con pompa y estruendo la entrada triunfal deD. Jaime en Villafría.

Cuantos tenían caballo, y no pocos que sólotenían mulo o burro, fueron de madrugada a recibirle en la estación, conD. Acisclo al frente, y a eso de las once volvieron todos con eldiputado, caballero éste en el hermoso caballo negro de doña Luz.

A las puertas del lugar salieron los muchachos y los hombres de a pie arecibir la lucida cabalgata, y todos entraron por aquellas calles al sonde las campanas que se habían echado a vuelo, entre vivas yaclamaciones, y atronando el aire a tiros de cuantas escopetas estabanservibles en Villafría.

-XIII-

Crisis

Después de haber rechazado con tan cruel desabrimiento las palabras dedoña Manolita y después de hechas las paces, doña Luz pensó a sus solasen el valor y motivo de aquellas palabras; y, como si una claridad nuevay extraña iluminase los más oscuros laberintos de su cerebro, creyópercibir la verdad de todo y reconoció que su amiga tenía algunos visosde razón al decir lo que dijo.

Doña Luz se había enojado quizá porque su propia conciencia,aprovechándose de las palabras de doña Manolita, había formulado unaacusación mucho más severa. ¿Qué diferencia radical e importante se daentre la amistad más tierna y exclusiva, entre la predilección másmarcada de un hombre por una mujer y de una mujer por un hombre, ningunode los dos viejo aún, y el amor más puro, más platónico y más sublime?Doña Luz se ponía a sí misma esta cuestión; y, no acertando a resolverlasino en el sentido de que no se da diferencia, o que, si se da, apenases perceptible y se quiebra de puro sutil, decidía que no era absurdo niinsolencia suponer y afirmar que estuviese enamorado de ella el P.Enrique. El Padre, encadenado por el respeto, teniendo en cuenta suestado, sus votos y su posición, se había guardado bien de manifestar sucariño de un modo que hiciese sospechar ni remotamente que no eralegítimo y sin tacha; pero, sin duda, que en el fondo de su alma lesentía.

Luego que doña Luz dejaba esto como sentado y evidente, se preguntabatambién: «¿Y yo qué he hecho para inspirar esta pasión? ¿Qué culpaadquiero de que él me ame? ¿Hasta qué punto he dado y sigo dando pábuloa su afecto?». La contestación que doña Luz se daba era contradictoria yconfusa. Ora se condenaba; ora se absolvía. Se condenaba al reconocerque ella había disimulado mucho menos que él la complacencia con que leoía, el contento que su vista le causaba, el deleite que su conversaciónle traía siempre, y que ella por instinto irreflexivo, pero depravado,gustaba de parecer hermosa y elegante a todos, y particularmente a laspersonas a quienes quería, entre las cuales no podía menos de incluir alPadre.

Otra serie de consideraciones acudía luego a su mente para absolverla.Pues qué, ¿no era lícito amar la ciencia, la virtud y el ingenio que enel Padre resplandecían? ¿Qué mal había en mostrarlo? Y en cuanto alesmero en el adorno de su persona, ¿qué ley divina ni humana podíaimponerle la obligación de ocultar las prendas que el cielo le habíadado y de no lucirlas hasta donde esto es compatible con el más rígidodecoro? De esta suerte se absolvía doña Luz; pero, prosiguiendo en suscavilaciones, añadía en su pensamiento: «Y si yo supongo que él me ama,¿por qué no ha de suponer él que le amo yo? Si yo no tengo motivo parasuponerlo, si es mi vanidad quien lo supone, bien puede él ser tanvanidoso como yo y suponerlo del mismo modo.

Y si yo lo supongo conmotivo ¿el motivo que yo le he dado para que haga suposición idéntica esmenor acaso?». Doña Luz tenía entonces que confesarse que, atendidas lanatural reserva que deben tener las mujeres, y la modestia y timidez conque deben velar y mitigar los movimientos e inclinaciones del corazón,ella había dado mayor motivo al Padre para que él la creyese enamoradaque el que él le había dado a ella para que de su parte lo creyese.

El proverbio dice que quien prueba mucho no prueba nada, y estoocurría a doña Luz no bien demostraba que, no sólo el Padre estabaenamorado de ella, sino que ella estaba enamorada del Padre. Seexaminaba el alma, se interrogaba el corazón, y como le respondían queno amaban al Padre, volvía a creer que sólo su presunción podía hacerleimaginar que el Padre la amase a ella.

Lo único que, después de tantosrodeos, sacaba en claro doña Luz era que en aquella convivencia eintimidad afectuosa y en aquellos coloquios tan sabios de ella con él,había algo de ocasionado a perversas interpretaciones, algo de malgusto, algo de pedantesco y lugareño a la vez, que la parecía cómico, ycuya ridiculez se atenuaba sólo pensando que su vida en un lugar nopodía llevarla a menos necio extravío.

Doña Luz resolvió, pues, ser más cauta y menos expansiva en lo venidero,y no menudear tanto las discusiones filosóficas y teológicas, y lasconfianzas y el trato con el venerable sobrino del antiguo administradorde su casa.

«Si no hay—concluía ella—mutua y peligrosa inclinación en nuestrasalmas, pudiera suponerse, y esto me ofendería, y si la hay, como lainclinación sería por todos estilos abominable, conviene cortarla deraíz».

En cualquiera de ambos supuestos, reconoció doña Luz la necesidad decambiar de conducta; la conveniencia, valiéndonos de una frase española,algo anticuada, pero gráfica, de poner su descuido en reparo.

La llegada a Villafría del triunfante y flamante diputado D. JaimePimentel y Moncada coincidió casi con esta prudentísima, aunque algotardía resolución.

Doña Luz, acompañada de su benigna amiga, estaba en una ventana baja,aguardando la aparición de la pompa y del triunfo, que se anunciaba yapor el resonar de los tiros y de los vivas.