Dona Luz by Juan Valera - HTML preview

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En el lugar fue un triunfo su entrada.

Para todos los primos y primas trajo regalos: para ellos puros filipinosen abundancia; para ellas, o pañolones bordados, que llaman en mi tierrade espumilla y de Manila en Madrid, o abanicos chinescos de los másprimorosos. Para D. Acisclo trajo armas japonesas, y para doña Luz unjuego de ajedrez de marfil, prolijamente labrado.

El P. Enrique se instaló muy cómoda y holgadamente en casa de losMarqueses de Villafría, donde Tomás se ofreció para cuidarle; pero el P.Enrique traía consigo un criado chino, llamado Ramón, que le cuidaba conel mayor esmero.

-VIII-

Vida del Padre en el lugar

Pasado el gran acontecimiento de la venida del P. Enrique; luego que noquedó en el pueblo nadie que no le viese, satisfaciendo así lacuriosidad; luego que le oyeron predicar en la parroquia y no hallaronque sus sermones fuesen más bonitos que los de otro Padre, sino másfáciles, más pedestres, más sencillos y con menos latines; y luego quevieron que el P. Enrique ni contaba chascarrillos ni jugaba al billar nia la malilla, ni era más entretenido que otro cualquiera, todo Villafríaentró de nuevo en su estado normal.

Como piedra que cae en estanque profundo, la cual hace muchos círculos yturba el haz del agua, y luego se desvanecen los círculos y vuelve todoa su primer reposo sin que nadie se acuerde de la piedra, así sucediócon el P. Enrique a los tres meses de estar en Villafría.

Verdad es que él procuraba eclipsarse. Si hacía obras de caridad hastadonde sus cortos medios lo consentían, era tan sin estruendo, que nadiese enteraba; si, movido a ello por compasión o porque lo juzgabaabsolutamente necesario, daba algún consejo, le daba con tal llaneza ycon tan pocos textos y autoridades, que nadie hacía caso, y aun habíaquien supusiese que no sabía aconsejar por lo fino, acostumbrado a vivirentre los salvajes allá en las Indias.

En suma, el P. Enrique, o no supo o no quiso hacerse popular. También enél se cumplió la sentencia evangélica: Nadie es profeta en su patria;también por él, si es lícito comparar lo pequeño con lo grande, pudodecirse que estuvo entre los suyos y los suyos no le conocieron.

No iba al casino, no frecuentaba la tertulia del boticario, no sabíapalabra de política, no visitaba a las señoras devotas del lugar, enfin, se aseguraba ya que no servía para nada.

Decía su misa diaria, y casi siempre estaba encerrado en el caserón delmarqués, que así le llamaban, donde andaba de continuo papeleando; estoes, bregando con libros y papeles, ora escribiendo, ora leyendo cosasque a nadie le importaban por allí.

Como Villafría era pueblo muy liberal y avanzado en ideas, acusabanmuchos al P. Enrique de hipócrita, de carlistón y de neo, y en cambio,los verdaderos neos y carlistones, que tampoco allí faltaban, mirabancon desdén al Padre, porque de nada les valía ni con ellos seespontaneaba, o más bien, no tenía de qué ni sobre qué espontanearse.

Por fortuna era tan dulce el Padre que no podía mover a odio, y tansilencioso y modesto que no excitaba la envidia. Todo se redujo a que leolvidasen, viéndole; género de olvido que ocurre con frecuencia.

Sólo en la mayor intimidad, en medio de pocas almas escogidas, y dealguna que si no lo era se dejaba llevar por el entusiasmo de las otras,se desanudaba suavemente la lengua del P. Enrique; y las narracionesamenas, los discursos elevados, los bellos pensamientos y noblessentimientos brotaban de sus afluentes labios y penetraban en loscorazones y en la mente del poco numeroso auditorio, aunque mejor seríadecir de sus pocos interlocutores, porque el Padre evitaba, cuantopodía, monopolizar la palabra y prefería el diálogo en que todoshablasen.

Sus interlocutores eran doña Luz, doña Manolita, el médico, Pepe Güeto,el cura alguna vez y don Acisclo siempre.

Cuando venía más gente en casa de D. Acisclo, aquella franquezadesaparecía, y la conversación, como por ensalmo y sin poder evitarlo,bajaba al nivel villafriesco.

Las condiciones de entendimiento y de carácter movían a esto al P.Enrique, no por altivez, sino por timidez. Con el humilde vulgo, allá enlos pueblos más cercanos a la naturaleza, en donde había vivido, habíaacertado a explicarse por tan llano y persuasivo estilo que sus palabrassin arte, santas y sinceras, habían quedado grabadas en los corazones,llevando el convencimiento a las almas. Con sujetos de letras ydoctrina, o que por gracia, por entusiasmo, por hondo sentir poético ypor elevación de miras y de ideas, le infundían confianza y leinspiraban simpatías, su discurso le arrebataba fácil e insensiblementea las más altas regiones; pero con ciertas gentes medianas, que presumende cultas, el Padre Enrique se recogía por instinto, sentía su carenciade poder y de influjo, y ni era sencillo, ni era elevado, ni conmovíapor la candorosa expresión de los afectos, ni alzaba en pos de sí lasinteligencias, tendiendo el vuelo de águila la suya.

Villafría, población muy adelantada, producía este efecto en el P.Enrique. Nada amilanaba su corazón, ni allí tenía que temer nada; perosu entendimiento estaba amilanado y reconocía su carencia de influjo.

No afirmo yo que se establezcan corrientes magnéticas; pero, sin decirlocomo verdad, puedo decirlo como imagen; entre sus paisanos y él no habíacorriente magnética alguna. La corriente magnética sólo existía entre elPadre y las pocas personas que hemos nombrado ya, y que, durante todo elinvierno de 1860 a 1861, se reunían, sin faltar apenas una noche, entorno del hogar de D. Acisclo, en la cocina de los señores, quedejamos descrita.

En esta reunión se charlaba por los codos, y nadie hacía tanto gasto depalabras como doña Manolita, cuyos graciosos disparates movían a risahasta al Padre, a pesar de su gravedad. A veces, no obstante, sin buscartema, sin el propósito preconcebido de enredar alguna discusión sobrelas más arduas materias, la discusión venía a enredarse, y entonces donAcisclo, el cura, Pepe Güeto y hasta doña Manolita, callaban y oían, yhablaban sólo el P. Enrique, doña Luz y el médico D. Anselmo.

Reinaba allí la más amplia libertad de pensamiento; y el médico, que erael constante impugnador del P. Enrique, decía cuanto se le antojaba;pero como todo corazón generoso lleva ingénitamente en su centro labuena crianza, aunque no se la hayan dado, D. Anselmo, ni aun en la fugadel más ardiente disputar, ni en la mayor violencia de sus ataques, seolvidaba de velar y de mitigar su rudeza con la dulzura de la forma.

A través de esta forma dulce se mostraba, no obstante, la negaciónradical de toda verdad que no venga a nosotros por la experienciasensible. Con fe se puede creer en lo sobrenatural; con imaginación sepuede crear un mundo trascendente de ideas metafísicas y religiosas. Larazón, en tanto, sólo puede saber lo que ella, en virtud de sus propiasleyes, induce del estudio y observación de los fenómenos que llegan a suconocimiento por los sentidos. Esto sólo es la ciencia: lo demás serápoesía, o como quiera llamarse. Y el principio de la ciencia para D.Anselmo era que hay una sustancia infinita, la cual, en virtud de lainexplicable agitación y del prurito, que constituye su esencia, producevariedad de seres, cuya perfección relativa, dentro del período en quevivimos, y hasta donde la memoria puede penetrar en lo pasado, y laprudente previsión en lo porvenir, va siendo cada vez mayor, merced acierto proceso ascendente y a cierto desarrollo que nos parece que notermina. Cómo ello empezó y cómo habrá de acabar, sostenía D. Anselmoque se ignora y que se ignorará siempre. Era vano, en su sentir,obstinarse en ver más allá: si antes del principio de esta evoluciónhubo otra; si después volverán las cosas al reposo y a la muerte, y siluego se despertarán nuevo prurito y voluntad de los átomos, que loslleven a agruparse y a crear otro universo, y vidas nuevas, y progreso,y consciencia, y lo que llaman espíritu, y por último, muerte otra vez.Sobre todo esto, sólo podían forjarse teorías y ensueños, lanzándose enespeculaciones aventuradas, más allá de los términos y linderos hastadonde la razón nos sigue.

Y lo que D. Anselmo afirmaba de la vida total del mundo, lo afirmaba tanbien de la vida de cada individuo. Durante dicha vida podía observarseel desenvolvimiento gradual, hasta que la vida acababa. Pero antes delnacer y después del morir, D. Anselmo sostenía que no atinaba a vernada: eran dos profundidades tenebrosas, dos insondables abismos, enmedio de los cuales se manifestaba la vida. Y las profundidades y losabismos se hallaban como cubiertos de la sustancia, de la materia, deesto que afecta nuestros sentidos, que no podemos concebir sinaccidentes y sin formas, que no podemos concebir mudando formas yaccidentes; pero que en lo esencial no puede ser aniquilado por la mentehumana. La única metafísica ineludible de aquel enemigo de la metafísicaera la eternidad de ese ser indefinido y vago. Él era el únicoinmutable.

Todo lo demás, esto es, sus apariencias y cambios, pues fuerade él nada hay, era perpetua mudanza y fluctuación sin sosiego. Claroestá que de tal ciencia no podía nacer moral alguna, ni deber, niresponsabilidad, ni libertad de nuestros actos; pero D. Anselmo, que eraexcelente sujeto, apenas se atrevía a confesar semejante diablura, ni así propio, y mucho menos a los demás; y armaba un caramillo de sutilezaspara probar que éramos libres y que debíamos ser buenos, y que habíaalgo de determinado en que la bondad consistía. De aquí que, si sobrelas cuestiones primeras reñía con el P. Enrique bravas batallas, enestos puntos prácticos quedaba siempre derrotado, y se hacía un lío, conaplauso general de todos, y más aún de su hija doña Manolita, quienterminó una vez exclamando:

—Vamos, papá, perdona mi desvergüenza filial, pero tú no sabes lo quete pescas.

Verdad es que doña Manolita dio a su padre un par de cariñosos besospara endulzar aquella mortificación de amor propio.

Hasta hubo ocasión en que D. Anselmo se sintió más mortificado y vejado.Entonces el propio P. Enrique tuvo que volver por él, afirmando que elasunto era difícil y que no merece censura, sino aplauso, el que leestudia con ahínco y con amor a la verdad, aunque se equivoque: que nodeben reírse los que no saben nadar, ni se echan al agua, de los que pornadar se aventuran y se ahogan; y que sólo yerra el que aspira, y quesólo da caídas mortales el que tiene arranque y valor para encumbrarse ysubir.

De esta suerte, encontró doña Luz un poderoso aliado para sus perpetuasdisputas con el médico, cuyo inveterado positivismo no cedía jamás nidaba lugar a una conversión, pero cuyo concepto del saber, de la elevadainteligencia y de la bondad del Padre, era mayor cada día.

Si esto pensaba el adversario y el incrédulo, ¿qué no pensarían loscreyentes, los que profesaban las mismas ideas, aquellos en cuyo favorel P. Enrique tan hábil y cortésmente peleaba? La veneración, elentusiasmo, la admiración por el P. Enrique, fueron subiendo en todasaquellas almas, y más que en ninguna en el alma entusiasta, solitaria yaislada de doña Luz.

Creíale un tesoro de santidad, un dechado de todas las virtudes, y unpozo inagotable de ciencia. Cuando el Padre hablaba, quedábase ellasuspensa oyéndole, y se apartaba de todo y se reconcentraba a fin de noperder ni un acento y de comprender el más hondo sentido de su discurso.Su afán de saber se despertó como nunca, comparándose con el Padre ynotando cuán ignorante ella era: y, aunque el Padre no hacía ostentaciónde su ciencia, ella le excitaba a que hablase, con mil preguntas, a lasque el Padre, por más que por modestia lo repugnara, tenía al fin queresponder.

La vida de las plantas, el movimiento de los astros, el sistema delmundo, la historia de los pueblos, de sus emigraciones, lenguas,creencias y leyes, todo era objeto de las preguntas de doña Luz, y atodo se veía obligado a responder el P. Enrique.

A veces salía doña Luz de paseo con Pepe Güeto y doña Manolita, cuyaluna de miel se prolongaba de un modo poco común, y mientras los espososiban de burla o de risa, delante o detrás, y en interminable cuchicheo,el Padre, que los acompañaba, sostenía con doña Luz un coloquio grave,que a ella le parecía amenísimo, instructivo y sublime.

Los médicos habían amenazado al P. Enrique hasta con la muerte si volvíaa Filipinas antes de hallarse completamente repuesto. La permanencia,pues, del P. Enrique en Villafría, había de ser de dos o tres años.

Él se había repuesto mucho, pero estaba aún delicado. Aunque era hombrede cuarenta años, sus facciones finas y algo aniñadas le hacían parecermás mozo. Era blanco, si bien tostado el cutis por el sol; los ojos y elpelo negro; delgado, de mediana estatura, y de hermosa y despejadafrente. Su vida de peregrino y de misionero, haciéndole vencer ladebilidad de su constitución con la energía del alma, había prestado asu cuerpo extraordinaria agilidad y soltura.

Las mujeres son curiosísimas, y doña Luz lo era más que las otrasmujeres. Nada excita tanto la curiosidad como cualquier merecimiento ohabilidad que se oculta. Y como el Padre, sin afectación, por no serpropio de su estado, porque no gustaba de hacer alarde de cosa alguna,no se había mostrado nunca a sus ojos como jinete, doña Luz, sinmalicia, empezó primero por cerciorarse de que lo era, de que habíaviajado mucho a caballo en Cochinchina y en la India, y no paró luegohasta que logró salir con él de paseo a caballo en compañía de D.Acisclo. Doña Luz se compuso de suerte que hizo galopar al Padre y hastacorrer a todo escape, y el Padre galopó y corrió sin vanagloria dehacerlo bien, haciéndolo perfectamente, y sin dar el menor indicio deque lo hacía por complacencia galante, ni por lucirse, sino cumpliendocon un deber.

Doña Luz se aventuró demasiado y estuvo a punto de dar unapeligrosa caída al saltar una zanja.

Su caballo no llevaba ímpetubastante y hubiera caído en ella, si el Padre, conociéndolo, no hubierallegado en sazón, excitando el caballo con el látigo, y con el ejemplo,porque saltó primero.

El Padre, después del salto, con tanta dulzura y cortesía como firmeza,reprendió por sus locuras a doña Luz; dijo que podría ser motivo deescándalo el verle correr y saltar de aquel modo; prometió no volver asalir nunca más a caballo, y cumplió la promesa.

Esta misma firmeza de voluntad encantó a doña Luz, aunque iba contra susgustos y caprichos.

La paz y serenidad de espíritu del Padre la teníamaravillada, y más aún su perspicacia. Juzgábale zahorí de corazones.Todos los defectillos de ella, todas las faltas, conocía doña Luz que elPadre las notaba, y que se las censuraba con rodeos delicadísimos; sindejar por eso de advertir también cuanto en el alma de ella había denoble y de bueno, elogiándolo sin el menor empeño de serle grato pormedio de la lisonja.

Ella, entretanto, miraba en el alma del P. Enrique, y quería verla toda,como él veía la suya. Y

notaba que era clara y transparente, como la marque circunda a Andalucía, pero con un fondo de tal hondura, que a pesarde lo diáfano del agua y de la mucha luz del cielo que en ella penetra,iluminándola toda, la vista se desvanecía y se cegaba, y quedaba ainmensa distancia de los últimos senos y capas de ondas, hasta donde sefatigaba por sumergirse y calar.

-IX-

Homilía

En vida tan apacible llegó, para doña Luz y para sus compañeros detertulia, la primavera de 1861.

Durante la Cuaresma, el P. Enrique predicó varias veces, con medianoéxito, no sobrepujando la fama de los otros predicadores con quienesalternaba. El número de los fervientes admiradores del padre apenas seaumentaba con alguien que no fuese de la intimidad de D. Acisclo.

Aquel año, por lo mismo que su sobrino estaba en el lugar, D. Aciscloquiso echar el resto, en el Jueves Santo, y la cena algo profana, a quedio ocasión la salida en procesión de la Santa Cena, fue opípara yestruendosa.

Doña Luz estuvo amabilísima con todos, y doña Manolita muy alegre ychistosa.

No eran éstas, sin embargo, las reuniones que agradaban a doña Luz y asu amiga, sino las poco numerosas, familiares y frecuentes, donde ellasmismas incitaban a D. Anselmo para que provocase y contradijese alPadre, obligándole así a hablar sobre puntos de religión o de filosofía.

En no pocas ocasiones, el P. Enrique había lucido, en sentir de susoyentes, una elocuencia conmovedora; pero jamás produjo tan hondaimpresión en los ánimos como la noche del Domingo de Resurrección.

Incitado D. Anselmo, después de otros menos importantes ataques, llegó adecir lo que sigue:

—Todo es hablar de caridad y devoción, pero, bien mirado, no se ve envosotros sino egoísmo.

No es la piedad, no es el amor a vuestrossemejantes quien os mueve, sino el anhelo de la salvación propia y elmiedo del infierno.

—Alambicando de esa suerte—contestó el padre Enrique—, no hay amor,por desinteresado que sea, cuya raíz no esté en el amor propio. Laspalabras mismas lo declaran. ¿Qué es la compasión? No es más que ciertacualidad, en cuya virtud padece el alma cuando ve padecer a otra como siella misma padeciera. Todo sacrificio, por consiguiente, que haga elalma compasiva, ya del reposo, ya de la vida corporal, ya de lahacienda, será considerado como egoísmo. El alma compasiva le hace paralibrarse de un padecimiento; para que el ajeno dolor no le duela comopropio; para hallar para sí la paz y el bien que apetece. Todo acto defilantropía proviene de compasión: luego proviene del amor propio; luegonace del egoísmo. Lo más que los filántropos podréis decir en vuestroabono es que vuestro egoísmo es un egoísmo bien entendido, un egoísmoprovechoso para todos.

—Ya lo ven ustedes, señores—replicó D. Anselmo—, el Padre, como nopuede ni sabe defenderse, ataca; pero sus razones no tienen fuerzacontra mí. Yo no vacilo en concederle que la virtud humana de lafilantropía proviene de la compasión y es por lo tanto egoísmo; pero

¿lavirtud divina de la caridad es menos egoísmo en su raíz y fundamento? Afin de no padecer viendo padecer a otro, hago yo, por ejemplo, un actode filantropía: le hago para ponerme bien conmigo: soy, pues, egoísta;pero el que hace una obra de caridad, por amor de Dios, para ponersebien con Dios, de quien toda su dicha depende ¿se muestra acaso menosinteresado?

Todavía se me antoja que vale más el filántropo que elcaritativo, porque al cabo es más noble y más bella la condición naturaldel alma descreída que siente como propias las penas extrañas, y con elpropósito de libertarse de estas penas obra el bien, que la condiciónalgo sobrenatural del alma creyente que obra el bien por temor decastigo o con esperanza de galardón y de premio; y no ya por amor delser miserable a quien socorre y ampara, sino por amor del ser poderosode quien todo lo espera.

—Censurar que el alma busque siempre su bien, dijo entonces el Padre,sería tan absurdo como censurar que busquen los graves su centro. Ley esésta indefectible, donde no hay libertad, donde no cabe ni mérito nidemérito. La voluntad va derecha a la beatitud, donde sólo puedeaquietarse, como la piedra, desprendida de lo alto de la torre, cae sindetenerse hasta dar en el suelo; como la bala, disparada por certerotirador, vuela a clavarse en el blanco. Lo importante, lo libre, lomeritorio está en poner bien la mira, en buscar el supremo bien donde enrealidad reside. Una vez señalado el bien, verdadero o engañoso, ¿quiénno va a él por acto tan voluntario como necesario, ya que amar yapetecer el bien es la esencia misma de toda voluntad? El amor de sípropio es de necesidad; necesidad de quien ni el mismo Dios se sustrae.

—No niego yo que sea así. Convengo en todo, Padre. Pero ¿dónde estáentonces la libertad, la responsabilidad de nuestros actos? No habrápecados ni crímenes, sino errores. La inteligencia se engañará ypresentará a la voluntad lo que es malo como bueno.

—Así sería, dijo el Padre, si fuese necesario todo error; pero el errorno es necesario siempre.

En el error puede haber libertad, y porconsiguiente pecado. A veces las pasiones, que no queremos dominar,ofuscan el entendimiento y le llevan a que yerre; a veces el donsobrenatural de la gracia no acude a nosotros porque nos hacemosindignos de él, y entonces también se turba y se engaña elentendimiento. Pero no creo que disputamos hoy sobre el libre albedrío yla fatalidad, sino sobre si el alma al amar es desinteresada, porquebusca su propio bien, aunque este propio bien estribe en el amor mismo.

—Así es—dijo doña Luz.

—Esa es la cuestión de hoy—añadió doña Manolita.

—Figurémonos—prosiguió el padre Enrique—, a un enamorado, a uncaballero a la antigua, que por complacer a su dama, y para darle gloriay contento, padece insufribles trabajos, se expone a los mayorespeligros y lleva a feliz término las más dificultosas aventuras.Figurémonos que todo esto lo hace por una dama de quien recela con razónque jamás será amado. Y

figurémonos, por último, que todo lo hace porservirla y sin esperanza de recompensa. Todavía según el modo dediscurrir de D. Anselmo, podremos tildar este amor de interesado, ya queel alma de aquel caballero halla deleite grandísimo en hacer cuanto hacepor la dama, aunque la dama sea ingrata; o ya que, si no halla deleite,halla consolación, considerándose mil veces más infeliz si nada hiciesede lo que hace y si no diese de su amor tan valientes y generosaspruebas.

Pero ¿qué mucho si el mismo amor mal pagado suele ser causa deventura y de gozo íntimo para el amante que prefiere amar, aun sincorrespondencia, a que se desprenda y aparte el amor de su alma,dejándola solitaria, seca y vacía? Queda, pues, demostrado así que todoes egoísmo, si bien es fuerza convenir en que hay egoísmos sublimes ymerecedores de perpetua alabanza.

—Acepto—replicó don Anselmo—, el ejemplo de esa dama y de esecaballero andante de los buenos tiempos antiguos que el P. Enrique nospresenta; pero dudo mucho de que el caballero haga sus proezas con laesperanza de galardón ya perdida. La misma alta opinión en que tiene ala señora de sus pensamientos le persuade de que no ha de ser ingrata.El caballero se aventura, pues, y se afana interesadamente, esperandogalardón; pero, supuesto el caso extraño de que no le esperase, ya nopodría equipararse con el cristiano caritativo, en quien jamás ha desuponerse que la esperanza fallezca. En el concepto que tiene de su Diosva implícita la idea de su bondad, de su omnipotencia y de su justicia,y en ellas libra la seguridad de la paga. Vuelvo, pues, a mi tema.

Todavirtud mundana será egoísmo; pero lo es más la caridad, ya que se fundaen firme creencia y en esperanza clara y evidente de que serárecompensada. A pesar de todo, no desdeñaría yo esta virtud, y juzgaríasoberanamente benéficas la esperanza y la fe de que procede, si nodejara nunca de ser, aunque por fines interesados y egoístas, causa debuenas obras; pero la caridad tiene un camino, cuando se extrema, paralograr su objeto, no ya sirviendo, sino olvidando, desdeñando ymenospreciando al prójimo y a cuantos seres hay en este universovisible. El alma que se retira dentro de sí, que se hunde en el abismoinsondable de su propia esencia, donde se une o cree unirse con su Dios,¿qué vale a los hombres? ¿Qué amor les consagra? ¿Qué criatura terrenalpodrá existir por cuya suerte se interese? El alma que así se endiosa,encastillada en su recogimiento soberano, lo desdeña todo, menos supropio centro, donde vive identificada con el eterno amante a quienadora y de quien recibe bienaventuranza completa.

Con dulzura insinuante y con el reposo debido, a fin de hacerse entenderbien y de poner en sus ideas orden y claridad, contestó entonces el P.Enrique a los argumentos de D. Anselmo; mas, a pesar del dominio quetenía sobre sí y sobre su palabra, la emoción que embargaba su ánimovenía a revelarse en su acento, en el brillo de sus ojos y en elencendido color de sus mejillas, pálidas de ordinario. Todo ellocontribuía a infundir en el razonamiento que hizo aquella singularpersuasión que cautiva los corazones y somete a blando yugo las mássoberbias y rebeldes inteligencias.

¿Cómo reproducir, sin alterarle o sin debilitar su energía y empañar suesplendor celestial, el sencillo e inspirado discurso que entoncespronunció el Padre Enrique?

Lo que atine a poner aquí el profano, frío, escéptico y pobre narradorde esta historia, no debe mirarse, cuando más, sino como informebosquejo de lo que dijo aquel hombre entusiasta y creyente. El P.Enrique dijo así:

—A fin de dar cumplida contestación a los argumentos de D. Anselmosería menester desenvolver ahora las doctrinas todas de una altísimaciencia. Lo que diga yo, por lo tanto, en breves palabras, no puedemenos de ser desordenado y de pareceros oscuro. Voy a poner en cifra yresumen lo que requiere, para que se entienda bien, severo método yreposo. Supongamos, por un instante, que abstraída el alma de todo loterreno, en suspensión de potencias y sentidos, en silencio maravillosoy quietud envidiable, goza del supremo bien, sin salir de esta vidamortal, y absorta y como hundida en la contemplación de su Creador, nocuida ya del prójimo ni de las otras criaturas. Pero antes de alcanzartanta dicha, antes de subir a tanta alteza, ¿qué pruebas de bondad nohabrá dado el alma? ¿Por qué áspera senda no habrá tenido que trepar,activa, atenta y persistente? Para ganarse la voluntad de su Creadorhabrá hecho obras de misericordia, consolando y amparando a losinfelices y desvalidos, y con sus oraciones y penitencias, humildad ymansedumbre, habrá sido pasmoso ejemplo y provechoso estímulo a todo serhumano. No se conquista de otra suerte el amor de Dios. No hay otra víamás cómoda y llana para llegar a él.

Claro está, pues, que, aunsuponiendo que el alma es ya inútil para las otras almas al llegar a esetérmino, es utilísima mientras no llega. Y no obstante, cuando el almallega, cuando se recoge en su centro, donde Dios mora, y allí le conocey con él se une, ¿cómo imaginar que por eso se aniquila o se haceinútil? Tal vez, al anegarse en aquel abismo de luz, no ve sinotinieblas. Tal vez los ojos del alma no pueden resistir tantoresplandor. Tal vez la inteligencia limitada no comprende aquellasperfecciones infinitas e inenarrables. Pero si la inteligencia, en elalma que llega a Dios, no ve ni comprende todo su ser, bástale conpercibir algún atributo para no quedar perdida y aniquilada en suventura. Bástele ver a Dios, para ver en Dios el mundo y las criaturasque le llenan y hermosean, y para verlo todo, por más cabal ycomprensiva manera que cuando lo veía con sólo los sentidos comoapariencias fugitivas que los hieren. El alma ve entonces las cosastales como son y no tales como aparecen; las ve, no en su manifestacióntransitoria, sino en su idea pura y eterna; no ya en lucha constante,desligadas, sin concierto, en guerra de exterminio, sino que las veatadas por lazo de amor, subiendo en concorde armonía hacia la luz yhacia el bien, y encaminándose, por atracción suave y divina, a lajustificación providencial de todo. Y como el alma ama a Dios y todoestá en Dios, el alma lo ama todo amándole. Y lo ama todo, no yainteresadamente, como lo amaba antes, sino con desinterés, porque quientiene a Dios ¿qué más quiere ni desea? Así el alma ama a las criaturascomo Dios las ama, y quiere que todas se vuelvan a Dios y le amen, y queel tesoro del amor divino sea para todas ellas. Y entonces el amor delalma, conforme, identificado con la voluntad de Dios, abarca el universoy cuanta hermosura espiritual y corporal en sí contiene. Y

lejos dequedar el alma, al unirse con Dios, inerte y como vacía y sinconciencia, logra conciencia más clara y distinta, y arde en amor másvivo que todos los amores mundanales. Y no hay excelencia en lo creado,cuyo valer no estime y pondere en lo justo; ni beldad en quien sinconcupiscencia no se complazca, porque tiene ya hartura y plenitud dedeleites purísimos; ni riquezas que no mire sin codicia, porque estáagraciada y como heredada de los más preciosos dones; y ama sin celos alamor que da Dios a las criaturas, por que las comprende en su mente eimagina que todo el amor que vierte Dios en ellas, le recibe y le guardapara sí propia. ¿De qué sacrificio, de qué obra estupenda de caridad, dequé proeza de amor, de qué devoción, abnegación y martirio no será capazel alma unida con Dios, y que se vuelve a las criaturas, y las contemplaen Dios mismo, como si fuesen algo del ser y de la sustancia del objetoamado? Lejos, pues, de creer que esta unión del alma con Dios la haceinerte e inútil para los demás seres, creo que la habilita y alientapara tomar en el manantial caudaloso del amor del cielo los torrentes decaridad que vierte luego en la tierra. Porque, como el Verbo, que esDios, dio su vida mortal y humana por la salud de los hombres, el alma,si se une con Dios, adquiere la virtud divina para arrostrar y sufrirpor los hombres los tormentos y la muerte, imitando a Cristo, que es elDios a quien se une.

De esta suerte se expresaba el P. Enrique, hasta donde la torpe pluma yla lengua pecadora de quien esto escribe consigue remedar su improvisadahomilía; ya que, en la sagrada ciencia, que él iba explicando, dijeronlos más delgados conceptos y aclararon los más hondos misterios, no losque en los libros y en el estudio fueron a ilustrarse, sino los que porexperiencia los entendían y por santidad insigne gozaron del favordivino.

Y mientras que el Padre hablaba, D. Acisclo oía embelesado, aunque nopenetraba el sentido de una sola palabra; y D. Anselmo se deleitaba, sincreer, como quien saborea la más bella composición poética; y doña Luz,doña Manolita y Pepe Güeto, escuchaban con fija atención y gran fervorreligioso, lisonjeándose de que todo lo alcanzaban.

Acaso no lo creyó así el Padre, allá en lo interior de su pecho, puespara aclarar y completar lo que había dicho, añadió de este modo:

—Quiero asimilar vuestra filantropía mundana a un hermoso río, cuyoscanales y acequias riegan y fertilizan los campos; mientras que el alma,que se une a Dios por amor, es como el agua que el sol rarifica ylevanta y que sube en vapores al cielo. ¿Será esta agua menos útil quela del río? No, porque luego desciende en bienhechora lluvia, másfecundante que todo riego artificial, y aun de este mismo riegoartificial es causa mediata, ya que la lluvia, que viene del cielo,cuaja y forma en la cima de los montes con apretada y cándida nieve lasinexhaustas urnas, de donde brotan y se desatan arroyos y ríos encristalinos raudales. Presuma, en buena hora, el zafio y rudoagricultor, cuando riega su campo, que el agua viene de la vecinamontaña, y que se deriva por ocultos caminos del seno de la madretierra. Pero ¿habría agua si el cielo no la hubiera depositado allí? Deesta suerte, la filantropía, la virtud meramente humana, tiene suorigen, ignorándolo tal vez los mismos que la practican, en la caridaddivina. El amor de Dios sube al cielo; se diría que desprecia este bajomundo; pero, al descender de nuevo a la tierra, como el limpio rocío dela aurora, viene transformado en amor acendradísimo del prójimo. Ennuestra verdadera religión no sucede como en algunas falsas, donde elbien supremo implica el aniquilamiento de la conciencia. Si el discursoracional no llega al ápice de la mente, Dios le adorna y reviste deprendas sobrenaturales; en vez de destruirle, le da la fe, para que vivay entienda. Y a veces brota del centro del alma una luz interior quebaña las potencias que hasta el centro no han penetrado, por dondenuestro ser individual, aun en el éxtasis, no se esfuma, ni sedesvanece, ni se desmaya, sino que con más ser vive, siente, piensa,conoce y ama. Si para subir al enlace místico, se desnuda el alma detodo lo creado, si llega a entender que sólo existen Dios y ella, estamuerte es como la muerte natural, en la cual se desprende el alma de susmortales despojos. Y así como el alma ha de revestirse de cuerpoglorioso, así también resucitan todas las potencias que, para llegar aléxtasis divino, tal vez murieron. No, no se pierde el alma de losmísticos cristianos en la esencia suprema, como en el nirvana de losbudistas; no, no cae en sueño eterno, sino que logra la plenitud de lavida. El ambiente bañado y penetrado todo de rayos de sol parece luz deoro y sol y no aire; y el hierro, que sale candente de la fragua, no esoscuro y opaco, sino refulgente como el fuego de donde sale; y por igualmanera, en cuanto la comparación material es posible, el alma que seunió con Dios parece Dios. Y por último, para el provecho que a losdemás hombres puedan traer estos bienes y regalos de los espírituscontemplativos, quiero añadir una consideración de gran peso; a saber,que en ninguna creencia, en ninguna doctrina, se ensalza tanto como enla nuestra la dignidad humana, el ser del hombre, prescindiendo de suvaler accidental. Los Elíseos, los Paraísos, los Empíreos de otrasreligiones sólo abren sus puertas a los magnates, a los príncipes, a lossabios, a los guerreros y a los ilustres; mientras que nuestro cielo esel cielo de los pobres, de los humildes, de los pacíficos y de losmansos. Y no es esto sólo para consolación, por la esperanza en otravida mejor, del desdén de la fortuna y de los trabajos y miserias que enesta vida tienen que sufrir, sino que ejerce poderoso influjo en lopresente, y da precio infinito a toda alma humana, como rescatada porCristo, e iguala con más verdad que toda ley democrática a unos hombrescon otros, y reviste de majestad sagrada, y hace más que hermanasnuestras a todas las criaturas, a las más cuitadas, a las más viles, alas más abyectas y a las más pecadoras.

Los oyentes del P. Enrique, que aquella noche no eran más que cuatro,entendiendo unos más y otros menos lo que dijo, quedaron todosencantados de oírle. Don Anselmo llegó a confesar que le entraban ganasde ser cristiano; doña Manolita y su marido se sintieron más cristianosque nunca; D. Acisclo halló que su sobrino tenía casi tantoentendimiento como él, si bien aplicado a cosas menos prácticas; y doñaLuz, embelesada, entusiasmada, añadió acaso, con su rica imaginaciónpoética, mil quilates de hermosura, de novedad y de profundidad, aldiscurso del Padre, del cual no perdió ni una sola cláusula,comprendiendo el más hondo sentido del conjunto y de cada sentencia.

-X-

Un ilustre candidato

Por tal arte fueron creciendo la afición de doña Luz al trato del P.Enrique y la fina amistad que le profesaba.

Como por rápida pendiente, aunque con suave y apenas sentido movimiento,se inclinó su corazón a no desear sino aquellos coloquios con un hombreen quien hallaba ingenio, discreción y sublimidad en el pensar y en elsentir, hasta entonces no descubiertos por ella en ser humano, y de quesólo sabía por los libros que había leído.

Ningún recelo empañaba la limpieza y seguridad de esta inclinación, sitranquila y serena, irresistible y declarada. Doña Luz, en su orgullo,doña Luz, en el cristal terso e incontaminado de su conciencia, no podíaver peligro, ya que por leve y remoto que le viese, sería como unamancha. El más ligero propósito de precaverse hubiera implicado temor ysospecha ofensiva.

Doña Luz nada sospechaba de sí. Nada tampocosospechaba del Padre. Le consideraba como a un santo y empezó a amarle yvenerarle como aman y veneran a los santos las personas piadosas.

Era tal el candor de doña Luz, que hubiera dicho al Padre lossentimientos que le inspiraba, si no hubiera temido ofender su modestiao mostrarse aduladora. Pero aunque nada le decía, harto le daba aentender su extraordinaria predilección, atrayéndole de continuo, y nohallándose a placer sino cuando le tenía a su lado, le hablaba o leescuchaba.

El P. Enrique, por su parte, no manifestaba la menor extrañeza por losfavores que de doña Luz recibía. Y esto no porque fuese vano y sefigurase que todo le era debido, sino porque no juzgaba nada más naturalque aquella buena correspondencia.

Era el Padre hombre de muchísimo mundo y de poquísimo mundo, según estose entendiese.

Conocía el corazón en general, y en cuanto está más cerca de lanaturaleza. Para tratar, dirigir, ganar almas y someter voluntades,había sido maravilloso allá en los pueblos del extremo Oriente; perocomo había salido de España muy mozo, y apenas había vivido en estasociedad artificiosa y algo refinada de nuestro siglo, cuya cultura yusos convencionales se extienden hasta las aldeas, lo veía y estimabatodo con cierta sencillez selvática, interpretando las palabras y lasacciones de diverso modo que el vulgo. Así es que, si bien notaba, y sesentía lisonjeado al notarlo, que doña Luz hacía de él el más altoaprecio, ni en ella, ni en él, ni en el público, acertaba a descubrirque pudiese esto ofrecer el menor inconveniente. La afición de doña Luzno se diferenciaba a sus ojos de la que le tuvieron estos o aquellosneófitos indios, chinos o anamitas, salvo en ser la afición de doña Luzmás de estimar por la excelencia de la persona que la sentía, en quienel Padre hallaba un sin número de brillantes calidades: un espíritucultivadísimo y capaz de elevarse a las esferas más encumbradas delpensamiento y un corazón lleno de afectos tiernos, nobles y puros. De sípropio tampoco recelaba el Padre. Amaba a doña Luz como el maestro ama asu discípulo; como un alma ama a otra alma, cuando ambas coinciden enlas mismas creencias y opiniones, suben a las mismas alturas, yespeculan y contemplan las mismas ideas.

El P. Enrique se sentía atraído por doña Luz con mayor fuerza que portodas las demás personas que en el lugar conocía, o que antes, fuera dellugar, había conocido; pero esto se explicaba de la manera más razonabley sin malicia.

¿Quién penetraba mejor que doña Luz el sentido de todos sus discursos?¿Quién le seguía mejor, quien se le adelantaba a veces en los vuelos yraptos de imaginación, cuando pugnaba por levantarse a aquellas regionesadonde el prosaico razonamiento no llega? Sin duda que doña Luz.

DoñaLuz era, pues, para el Padre un ser muy superior a cuanto la rodeaba, ydigno de predilección decidida. En el agua turbia de un estanque pococuidado, en el agua agitada y cenagosa de un torrente, nada se refleja;mientras que en el haz limpia, tersa y tranquila de un lago de aguapura, el cielo, los montes, los astros, la luz, las flores y toda lagala y la pompa del mundo se retratan con tal primor, que el cieloparece allí más hondo e infinito, y la luz más clara, y las flores decolor más vivo, y los montes más gallardos, y sus perfiles y contornosmás graciosos y mejor desvanecidos en el sumo ambiente, y la verdura delprado más verde y más fresca. Por lo cual, aun el que no repara en lahermosura propia del lago y en el encanto que tiene él de por sí, talvez se recrea en lo que refleja y duplica en su seno, y gusta más demirar todo aquello en el reflejo del lago que en sí y tal como es. Y porestilo semejante, el P. Enrique, que a penas se fijaba en la belleza yelegancia del cuerpo y rostro de doña Luz, ni en la distinción de susmodales, ni en el reposado y majestuoso continente de toda su persona,hundía la mirada a través de estas prendas corporales y exteriores, yllegaba al alma, donde resplandecía un mundo de pensamientos, que eranlos suyos propios, pero mil veces más bellos, reflejados por doña Luz,que tales como ellos eran.

Casi siempre las conversaciones de doña Luz y del P. Enrique eran en latertulia, en presencia de don Acisclo, de D. Anselmo, de Pepe Güeto y sumujer y del señor cura. En ocasiones, no obstante, se encontraron en lacasa a solas los dos, o bien hablaron sin oyentes y sin otrosinterlocutores, cuando salían de paseo con Pepe Güeto y su mujer, yéstos se adelantaban o se quedaban atrás, embelesados en la interminabley risueña luna de miel, de que seguían gozando siempre. Entonces, enestos diálogos a solas, sin reflexionarlo ni él ni ella, sin que fuesecircunspección estudiada, lo cual implicaría un temor de que ambos seveían exentos, sino por instintiva, inocente y santa delicadez, porpudor inconsciente, por recato santísimo del corazón, jamás hablaban desus propias personas, ni de lo íntimo de las almas, aunque fuese engeneral, sino de la pompa exterior del material universo, y de laarmonía, riqueza y orden que le adornan, proclamando la bondad, el podery la sabiduría de quien le sacó de la nada.

Ella, sin embargo, había sabido inducir al Padre, cuando habíaauditorio, a que hablase de sí y a que contase sus peregrinaciones. Y elPadre, si bien con modestia y sobriedad, no había podido menos de dejarentrever y de hacer que se estimasen los peligros que había corrido ylas penalidades y fatigas que con valor heroico había sobrellevado.

Él, en cambio, había leído en la frente y en los ojos de doña Luz hastasus más secretos pensamientos y sentimientos. Para esto le servía sucostumbre de observar y estudiar a los hombres, en tantos años depredicador, confesor y catequista. Además, si algo hubiera quedado paraél en cifra, su tío D. Acisclo, aunque con términos groseros, le hubieradado la clave, contándole, como le contaba, la vida de doña Luz en ellugar, su desdén con los galanes, su orgullo y su firme resolución de nocasarse nunca.

Los hombres, por mucho que se examinen y estudien, por bien queescudriñen hasta los más escondidos senos de su conciencia, porseveramente que se juzguen, y por muy alerta que estén, suelen confrecuencia concebir algún plan o proyecto, el cual les deleita y seduce,envolviéndose en tan mágica niebla, que logra ocultarse o velarse ydisfrazarse al juicio, cuando éste interroga para fallar y condenaracaso, quedando patente y como desnudo a los ávidos ojos de la pasiónque le ha creado.

De este modo confuso y como entre nubes forjó sin duda el P. Enrique, aquien el trato de doña Luz encantaba, si no un plan, una ilusión, unaesperanza, algo de un porvenir meramente amistoso, aunque lleno deternura. Apenas se daba razón de lo que forjaba, pero ciertamente loforjaba. Lo que forjaba era, por otra parte, tan sin asomo de pecado,que no suscitaba escrúpulos. Lo que forjaba era muy sencillo. Doña Luzera casi seguro que no se casaría ya; lo mejor, pues, de su inteligenciase emplearía en comunicar con la del Padre; su voz en hablarle; su oídoen oírle; su más seria preocupación sería pensar en las cosas del cielo,según el método y forma con que él pensaba; su deleite mayor hablar conél de Dios y del alma y de toda verdad y de toda bondad y hermosura. Enfin, el P. Enrique, sin confesárselo a sí mismo, vino poco a poco apersuadirse de que con su espíritu iba como a llenar y compenetrar elespíritu de doña Luz, y notó apenas que ella se enseñoreaba ya porentero del espíritu de él, aunque con cierta subordinación y dependenciade otros sentimientos e ideas de valer muy superior, los cualesprevalecían sobre aquella nueva y poderosa influencia.

Provino de todo esto una fervorosa amistad, que se alimentaba en elcomercio y comunicación constante de aquellas dos personas.

En los lugares, ni más ni menos que en las grandes poblaciones, abundanlas malas lenguas; pero concurrían en esta ocasión mil circunstanciasque evitaron que la maledicencia se cebase en tan inocentes relaciones ylas interpretase en sentido avieso.

Las causas principales de que se hable en seguida, dado el motivo o elpretexto o la apariencia, de toda intriga amorosa, particularmente si notiene por fin el matrimonio, no se presentaban aquí. Por lo común, unade las causas de que se hable y se murmure es el propio deseo del galán,quien suele desear que se diga lo que es y aun lo que no es, y a vecesfinge que disimula con tan contraria habilidad, que más bien descubre ohace sospechar misterios y aun venturas que quizá no ha logrado. Mujereshay asimismo no menos aficionadas a que todo se sepa, particularmentecuando son pretendidas y desdeñan y burlan a los pretendientes. Ymuchas, cuando los pretendientes son muy estimados y famosos, aunechando a rodar todo respeto, con tal de hacer rabiar a las abandonadasrivales, dan, como suele decirse, un cuarto al pregonero, para quepregone y divulgue su fragilidad y sus amoríos.

Nada de esto tenía lugar entre el Padre y doña Luz. Antes bien ocurríalo contrario.

Los mozos del lugar o forasteros que, por más guapos e importantes,habían osado aspirar a doña Luz y habían sido rechazados con suavidadantes de una declaración que los comprometiese, tenían tan alta opiniónde doña Luz y de ellos mismos, que cada cual imaginaba que erainexpugnable la que a sus encantos y buenas prendas no se había rendido.¿Cómo creer que gustase de un fraile enfermizo y casi viejo la que habíasido fría, insensible y desamorada con un mozo galán, robusto ygallardo? Esto hubiera sido monstruoso.

Las mujeres son, por lo general, las que descubren o inventan lasaventuras, caídas o deslices de sus enemigas; pero doña Luz estaba tanpor cima y tan apartada de toda rivalidad y se había ganado de talsuerte el afecto de todos, que nadie le contaba los pasos ni andabaacechando para ver si daba alguno en falso y acusarla de ello después.

Por otra parte, doña Manolita, con su charla, su desenvoltura y suschistes, era el órgano más autorizado y resonante de la opinión públicaen Villafría, y doña Manolita, no ya no habiendo el menor motivo, peroaunque le hubiese, no hubiera consentido jamás en que se dijese nadacontra doña Luz; hubiera ahogado en sus burlas la voz de la murmuraciónmás descocada.

El concepto que del padre tenían en Villafría no se prestaba tampoco aque sobre el punto de que hablamos se levantasen caramillos. Los más,como no le hallaban divertido y como casi no le entendían, le teníanpoco menos que olvidado, aunque si alguna vez se acordaban de él erapara considerarle como un santo, fastidioso, valetudinario y nada ameno.Hombre de los que no se usan, pajarraco exótico y raro, para losvolterianos del lugar, no hubiera sido difícil que alguien le supusieseconspirando en favor del restablecimiento de la Inquisición y hastacomiéndose los niños crudos; pero a nadie le cabía en la cabeza quepudiese ser galanteador y tener buenas fortunas un señor tan pálido,enclenque, melancólico y asendereado.

Por todo lo expuesto, nadie ponía malicia, nadie comentaba de modoinjurioso la intimidad y convivencia de doña Luz y del Padre, quienes,por otro lado, donde se trataban, se veían, se hablaban y aun seadmiraban inocentemente, con el mayor abandono, era en el seno de lapequeña tertulia, de la cual, nada trascendía, y en la cual todo seexplicaba santísimamente, o mejor dicho, no se explicaba, pues ni paraD. Anselmo y su hija y yerno, ni para D. Acisclo, ni para el cura D.Miguel, requería aquello la menor explicación. El cura D. Miguel, sobretodo, y el Sr. D.

Acisclo, cada cual a su manera, veían en doña Luz y enel Padre dos seres sobrado singulares, las dos terceras partes de cuyospensamientos y palabras oían como quien oye música celestial sinpenetrar lo que significaban. Nada, por lo tanto, más justo ni máspreciso que el que los dos se dijesen lo que ellos solos al cabo sabíanentender.

Entre tanto, doña Manolita, que era muy observadora y burlona, habíanotado que en el ánimo de D. Acisclo se iba dando una radicaltransformación. Doña Manolita había comunicado sus impresiones a doñaLuz y a Pepe Güeto.

Según dichas impresiones, D. Acisclo estaba cada día más ancho yorgulloso de que su tertulia se hubiese hecho tan sabia y pareciese unaAcademia de ciencias; pero al mismo tiempo, andaba imaginativo yensimismado, hablaba a solas, y se diría que en su mente se agitaba unenjambre de ideas, las cuales, como las abejas en la colmena, pugnabanpor fabricar, en vez de panal melifluo, alguna resolución estupenda.

—¿Qué resolución querrá tomar?—se preguntaba doña Manolita—. ¿Sihabrá tocado su corazón el dedo del Altísimo? ¿Si el buen señor,edificado con las homilías del sobrino, tratará de abrazar la vidacontemplativa y de ser santo también?

Pepe Güeto y doña Luz se reían de tan inverosímil suposición; pero laverdad era que ellos notaban asimismo lo mucho que D. Acisclo cavilaba,y sentían no pequeña curiosidad por conocer el asunto de suscavilaciones.

Delante del P. Enrique no osaron interrogar a don Acisclo; pero el Padrese iba siempre a las diez de la tertulia, porque nunca cenaba, y PepeGüeto y su mujer se quedaban a cenar todas las noches allí. La cenasolía durar hasta las once, y además casi siempre permanecían desobremesa los señores, mientras que cenaban los criados, siendo este elmomento de mayor confianza y alegría.

Varias noches, estando así, ya de sobremesa y no presentes las chicasque habían servido, doña Manolita tentó el vado, a ver si D. Acisclodeclaraba la causa de su preocupación.

Don Acisclo, aunque negaba que estuviese preocupado, lo daba a conocercada vez más, si bien no confesaba la causa.

Una noche, por último, D. Acisclo se mostró más preocupado, pero másalegre asimismo.

Alguna satisfacción le rebosaba en el pecho y pugnabapor salir de sus labios.

Doña Manolita lo conoció, y le dijo:

—Vamos, Sr. D. Acisclo; no sea V. malo. No se atormente usted por elsolo gusto de atormentarnos. Si rabia V. por decir lo que le pasa ¿porqué no lo dice? V. está maquinando alguna novedad que nos va a dejaraturdidos. La cosa va muy adelantada. Declare V. lo que es para que nonos coja de susto.

—Ea, Sr. D. Acisclo, declárelo V.—añadió Pepe Güeto—. Mi mujerpretende que V. tiene comezón de ser santo como su sobrino, y que el díamenos pensado traspone V. y nos planta y se larga a Sierra—Morena ahacer penitencia, metido entre matorrales o en el hueco de algúnpeñasco.

—Todo menos eso—respondió D. Acisclo—. No me llama Dios por esecamino, y cualquier otro estado es bueno para servirle.

—Eso es indudable—dijo entonces doña Luz—. Yo no he creído nunca quea V. le pudiese entrar la manía de imitar a los solitarios penitentes;pero he pensado, como mis amigos, que usted medita y prepara, desde hacedías, un cambio en su manera de ser y de vivir.

—Estas mujeres son el diablo—contestó D. Acisclo—. Nada se lesoculta. Todo lo penetran.

No quiero ni puedo ya negarlo. Voy a ser otrodel que he sido hasta aquí. Confieso que la consideración del mérito demi sobrino me ha servido de estímulo.

—¿No lo decía yo?—exclamó doña Manolita—. D. Acisclo, ¿se nos va V. air a la China o a la India a convertir infieles?

—Algo de eso hay—respondió el interrogado—. Infieles voy a convertir,pero sin salir por ahora de Villafría.

—¿Y cómo va a ser eso?—dijo doña Luz.

—Muy sencillamente—continuó D. Acisclo—. Ya saben ustedes que yo hesido y soy, dicho sea entre nosotros, desechando la modestia, un hombrebastante útil para mi patria. Yo hago prosperar la agricultura; aumentola riqueza; doy de comer a los pobres que trabajan; en fin, sirvo demucho.

—No es menester que V. se alabe. ¿Quién no confiesa—dijo Pepe Güeto—,que V. es la providencia de Villafría?

—Pues bien; todo eso lo hago con el dinero que he sabido adquirir. Yohe tenido y tengo capacidad para adquirir dinero. Pero al ver que misobrino ha adquirido ciencia y gloria, he comprendido que el dinero nome bastaba, y que hay otras cosas que valen tanto casi como el dinero.La ciencia, por ejemplo. ¿Cómo adquirirla, sin embargo? Ya está duro elalcacer para zampoñas. Ya es tarde para que yo me engolfe en estudios.Hay otra cosa que me atrae, que me seduce, y no es tarde aún para que yola adquiera.

—¿Qué será? ¿Qué no será?—murmuró doña Manolita.

—Adivínalo, muchacha; lúcete; muestra que ves crecer la hierba.

—Confieso que soy tonta: nada adivino. Ya que no aspira usted a sabioni a santo, ¿a qué aspira?

—Aspiro al poder. El poder es el complemento del dinero. Quiero serhombre político, personaje influyente, dueño de este distrito electoral,derrotando al cacique de la cabeza del distrito, que hoy lo puede aquítodo.

—¿Quién le mete a usted en esos ruidos, Sr. D. Acisclo?—dijo entoncesdoña Luz.

—Mis convicciones políticas—respondió don Acisclo con suma gravedad.

—¿Sus convicciones políticas? Me pasma lo que le oigo decir. Pues ¿dedónde provienen esas convicciones? Yo creía que usted no había pensadoen política en todos los días de su vida.

—Entendámonos—replicó D. Acisclo—: en la política que sirve depretexto o apariencia, es cierto que jamás he pensado; pero en lapolítica-verdad pienso siempre.

—¿Y qué es la política-verdad?