Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

mantiene.

Y,

con

esta

opinión

y

un

duro

lazo,

acelerando

el

miserable

plazo

a

que

me

han

conducido

sus

desdenes,

ofreceré

a

los

vientos

cuerpo

y

alma,

sin lauro o palma de futuros bienes.

Tú,

que

con

tantas

sinrazones

muestras

la

razón

que

me

fuerza

a

que

la

haga

a

la

cansada

vida

que

aborrezco,

pues

ya

ves

que

te

da

notorias

muestras

esta

del

corazón

profunda

llaga,

de

cómo,

alegre,

a

tu

rigor

me

ofrezco,

si,

por

dicha,

conoces

que

merezco

que

el

cielo

claro

de

tus

bellos

ojos

en

mi

muerte

se

turbe,

no

lo

hagas;

que

no

quiero

que

en

nada

satisfagas,

al

darte

de

mi

alma

los

despojos.

Antes,

con

risa

en

la

ocasión

funesta,

descubre

que

el

fin

mío

fue

tu

fiesta;

mas

gran

simpleza

es

avisarte

desto,

pues

que

está

tu

gloria

conocida

en que mi vida llegue al fin tan presto.

Venga,

que

es

tiempo

ya,

del

hondo

abismo

Tántalo

con

su

sed;

Sísifo

venga

con

el

peso

terrible

de

su

canto;

Ticio

traya

su

buitre,

y

ansimismo

con

su

rueda

Egïón

no

se

detenga,

ni

las

hermanas

que

trabajan

tanto;

y

todos

juntos

su

mortal

quebranto

trasladen

en

mi

pecho,

y

en

voz

baja

-si

ya

a

un

desesperado

son

debidas-

canten

obsequias

tristes,

doloridas,

al

cuerpo

a

quien

se

niegue

aun

la

mortaja.

Y

el

portero

infernal

de

los

tres

rostros,

con

otras

mil

quimeras

y

mil

monstros,

lleven

el

doloroso

contrapunto;

que

otra

pompa

mejor

no

me

parece

que la merece un amador difunto.

Canción

desesperada,

no

te

quejes

cuando

mi

triste

compañía

dejes;

antes,

pues

que

la

causa

do

naciste

con

mi

desdicha

augmenta

su

ventura,

aun en la sepultura no estés triste.

Bien les pareció, a los que escuchado habían, la canción de Grisóstomo,puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con larelación que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ellase quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuiciodel buen crédito y buena fama de Marcela. A lo cual respondió Ambrosio,como aquel que sabía bien los más escondidos pensamientos de su amigo:— Para que, señor, os satisfagáis desa duda, es bien que sepáis que cuandoeste desdichado escribió esta canción estaba ausente de Marcela, de quienél se había ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él la ausenciade sus ordinarios fueros. Y, como al enamorado ausente no hay cosa que nole fatigue ni temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo loscelos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y conesto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad deMarcela; la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante y un muchodesdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna.

— Así es la verdad —respondió Vivaldo.

Y, queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, loestorbó una maravillosa visión —que tal parecía ella— que improvisamente seles ofreció a los ojos; y fue que, por cima de la peña donde se cavaba lasepultura, pareció la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama suhermosura. Los que hasta entonces no la habían visto la miraban conadmiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla noquedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto. Mas, apenas lahubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo indignado, le dijo:

— ¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas!, si contu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldadquitó la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición,o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de suabrasada Roma, o a pisar, arrogante, este desdichado cadáver, como laingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o quées aquello de que más gustas; que, por saber yo que los pensamientos deGrisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, teobedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.

— No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho —respondióMarcela—, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera derazón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo meculpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que noserá menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir unaverdad a los discretos.

»Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sinser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por elamor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros.Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lohermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, estéobligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, quepodría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feodigno de ser aborrecido, cae muy mal el decir ''Quiérote por hermosa; hasmede amar aunque sea feo''. Pero, puesto caso que corran igualmente lashermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todashermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad;que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar lasvoluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar;porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser losdeseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha deser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿porqué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decísque me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa mehiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades?Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura quetengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla niescogella. Y, así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña quetiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yomerezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujerhonesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quemani ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes sonadornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe deparecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpoy al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amadapor hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo sugusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?

»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos.Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destosarroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mispensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A losque he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si losdeseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomoni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes lemató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos suspensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digoque, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura medescubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir enperpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mirecogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo estedesengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento,¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo leentretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejorintención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido:¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjeseel engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidasesperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; perono me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo niadmito.

»El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensarque tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva acada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase,de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso nidesdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que losdesengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fieray basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata,no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga;que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y estadesconocida, ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ningunamanera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por quése ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpiezacon la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el quequiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezaspropias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto desujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicitoaquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversaciónhonesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras meentretiene.

Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquísalen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el almaa su morada primera.

Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas yse entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejandoadmirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los queallí estaban. Y algunos dieron muestras —de aquellos que de la poderosaflecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos— de quererla seguir,sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual vistopor don Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería,socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de suespada, en altas e inteligibles voces, dijo:

— Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva aseguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía.Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpaque ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescendercon los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, enlugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos losbuenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tanhonesta intención vive.

O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijoque concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastoresse movió ni apartó de allí hasta que, acabada la sepultura y abrasados lospapeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimasde los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en tantoque se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, conun epitafio que había de decir desta manera:

Yace

aquí

de

un

amador

el

mísero

cuerpo

helado,

que

fue

pastor

de

ganado,

perdido

por

desamor.

Murió

a

manos

del

rigor

de

una

esquiva

hermosa

ingrata,

con

quien

su

imperio

dilata

la tiranía de su amor.

Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y ramos, y, dandotodos el pésame a su amigo Ambrosio, se despidieron dél. Lo mesmo hicieronVivaldo y su compañero, y don Quijote se despidió de sus huéspedes y de loscaminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por serlugar tan acomodado a hallar aventuras, que en cada calle y tras cadaesquina se ofrecen más que en otro alguno. Don Quijote les agradeció elaviso y el ánimo que mostraban de hacerle merced, y dijo que por entoncesno quería ni debía ir a Sevilla, hasta que hubiese despojado todas aquellassierras de ladrones malandrines, de quien era fama que todas estabanllenas. Viendo su buena determinación, no quisieron los caminantesimportunarle más, sino, tornándose a despedir de nuevo, le dejaron yprosiguieron su camino, en el cual no les faltó de qué tratar, así de lahistoria de Marcela y Grisóstomo como de las locuras de don Quijote.

Elcual determinó de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo queél podía en su servicio. Mas no le avino como él pensaba, según se cuentaen el discurso desta verdadera historia, dando aquí fin la segunda parte.

Tercera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha Capítulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó donQuijote en topar con unos desalmados yangüeses

Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que, así como don Quijote se despidióde sus huéspedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastorGrisóstomo, él y su escudero se entraron por el mesmo bosque donde vieronque se había entrado la pastora Marcela; y, habiendo andado más de doshoras por él, buscándola por todas partes sin poder hallarla, vinieron aparar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyoapacible y fresco; tanto, que convidó y forzó a pasar allí las horas de lasiesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.

Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a susanchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a lasalforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozocomieron lo que en ellas hallaron.

No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que leconocía por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesade Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro.

Ordenó, pues, la suerte, yel diablo, que no todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendouna manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales escostumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aqueldonde acertó a hallarse don Quijote era muy a propósito de los gallegos.Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con lasseñoras facas; y saliendo, así como las olió, de su natural paso ycostumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadilloy se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo quepareció, debían de tener más gana de pacer que de ál, recibiéronle con lasherraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se lerompieron las cinchas y quedó, sin silla, en pelota. Pero lo que él debiómás de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas seles hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que lederribaron malparado en el suelo.

Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante habían visto,llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:

— A lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino gente soez yde baja ralea.

Dígolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debidavenganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho aRocinante.

— ¿Qué diablos de venganza hemos de tomar —respondió Sancho—, si éstos sonmás de veinte y nosotros no más de dos, y aun, quizá, nosotros sino uno ymedio?

— Yo valgo por ciento —replicó don Quijote.

Y, sin hacer más discursos, echó mano a su espada y arremetió a losgallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de suamo. Y, a las primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abrióun sayo de cuero de que venía vestido, con gran parte de la espalda.Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendoellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo a los dos en medio,comenzaron a menudear sobre ellos con grande ahínco y vehemencia. Verdad esque al segundo toque dieron con Sancho en el suelo, y lo mesmo le avino adon Quijote, sin que le valiese su destreza y buen ánimo; y quiso suventura que viniese a caer a los pies de Rocinante, que aún no se habíalevantado; donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestasen manos rústicas y enojadas.

Viendo, pues, los gallegos el mal recado que habían hecho, con la mayorpresteza que pudieron, cargaron su recua y siguieron su camino, dejando alos dos aventureros de mala traza y de peor talante.

El primero que se resintió fue Sancho Panza; y, hallándose junto a suseñor, con voz enferma y lastimada, dijo:

— ¡Señor don Quijote! ¡Ah, señor don Quijote!

— ¿Qué quieres, Sancho hermano? —respondió don Quijote con el mesmo tonoafeminado y doliente que Sancho.

— Querría, si fuese posible —respondió Sancho Panza—, que vuestra merced mediese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestramerced ahí a mano. Quizá será de provecho para los quebrantamientos dehuesos como lo es para las feridas.

— Pues, a tenerla yo aquí, desgraciado yo, ¿qué nos faltaba? —respondió donQuijote—. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de caballero andante, queantes que pasen dos días, si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo detener en mi poder, o mal me han de andar las manos.

— Pues, ¿en cuántos le parece a vuestra merced que podremos mover los pies?— replicó Sancho Panza.

— De mí sé decir —dijo el molido caballero don Quijote— que no sabré ponertérmino a esos días. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no había deponer mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros comoyo; y así, creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballería, hapermitido el dios de las batallas que se me diese este castigo. Por locual, Sancho Panza, conviene que estés advertido en esto que ahora te diré,porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que, cuando veas quesemejante canalla nos hace algún agravio, no aguardes a que yo ponga manoal espada para ellos, porque no lo haré en ninguna manera, sino pon tú manoa tu espada y castígalos muy a tu sabor; que si en su ayuda y defensaacudieren caballeros, yo te sabré defender y ofendellos con todo mi poder;que ya habrás visto por mil señales y experiencias hasta adónde se estiendeel valor de este mi fuerte brazo.

Tal quedó de arrogante el pobre señor con el vencimiento del valientevizcaíno. Mas no le pareció tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo quedejase de responder, diciendo:

— Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimilar cualquierainjuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. Así que, séale avuestra merced también aviso, pues no puede ser mandato, que en ningunamanera pondré mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; yque, desde aquí para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hechoy han de hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona altao baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condiciónalguna.

Lo cual oído por su amo, le respondió:

— Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que eldolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte aentender, Panza, en el error en que estás. Ven acá, pecador; si el vientode la fortuna, hasta ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve,llevándonos las velas del deseo para que seguramente y sin contraste algunotomemos puerto en alguna de las ínsulas que te tengo prometida, ¿qué seríade ti si, ganándola yo, te hiciese señor della? Pues ¿lo vendrás aimposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener valor niintención de vengar tus injurias y defender tu señorío? Porque has de saberque en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca están tanquietos los ánimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo señor que nose tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevolas cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y así, es menester queel nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor paraofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.

— En este que ahora nos ha acontecido —respondió Sancho—, quisiera yo tenerese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fede pobre hombre, que más estoy para bizmas que para pláticas. Mire vuestramerced si se puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece,porque él fue la causa principal de todo este molimiento.

Jamás tal creí deRocinante, que le tenía por persona casta y tan pacífica como yo. En fin,bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas,y que no hay cosa segura en esta vida. ¿Quién dijera que tras de aquellastan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichadocaballero andante, había de venir, por la posta y en seguimiento suyo, estatan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?— Aun las tuyas, Sancho

—replicó don Quijote—, deben de estar hechas asemejantes nublados; pero las mías, criadas entre sinabafas y holandas,claro está que sentirán más el dolor desta desgracia. Y si no fuese porqueimagino..., ¿qué digo imagino?, sé muy cierto, que todas estasincomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aquí me dejaríamorir de puro enojo.

A esto replicó el escudero:

— Señor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballería, dígamevuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitadosen que acaecen; porque me parece a mí que a dos cosechas quedaremosinútiles para la tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nossocorre.

— Sábete, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que la vida de loscaballeros andantes está sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni más nimenos, está en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes yemperadores, como lo ha mostrado la experiencia en muchos y diversoscaballeros, de cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudiérate contaragora, si el dolor me diera lugar, de algunos que, sólo por el valor de subrazo, han subido a los altos grados que he contado; y estos mesmos sevieron antes y después en diversas calamidades y miserias.

Porque elvaleroso Amadís de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcaláus elencantador, de quien se tiene por averiguado que le dio, teniéndolepreso, más de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a unacoluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco crédito, quedice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa quese le hundió debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se hallóen una honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allí leecharon una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de loque llegó muy al cabo; y si no fuera socorrido en aquella gran cuita de unsabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal el pobre caballero. Ansí que,bien puedo yo pasar entre tanta buena gente; que mayores afrentas son lasque éstos pasaron, que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quierohacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con losinstrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto está en la ley delduelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con lahorma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no poreso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto porqueno pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamosafrentados; porque las armas que aquellos hombres traían, con que nosmachacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se meacuerda, tenía estoque, espada ni puñal.

— No me dieron a mí lugar —respondió Sancho— a que mirase en tanto; porque,apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con suspinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de lospies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna elpensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor delos golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en lasespaldas.

— Con todo eso, te hago saber, hermano Panza —replicó don Quijote—, que nohay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.

— Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser —replicó Panza— de aquella que aguardaal tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestradesgracia fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tanmalo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos de unhospital para ponerlas en buen término siquiera.

— Déjate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho —respondió don Quijote—,que así haré yo, y veamos cómo está Rocinante; que, a lo que me parece, nole ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia.

— No hay de qué maravillarse deso —respondió Sancho—, siendo él tan buencaballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento hayaquedado libre y sin costas donde nosotros salimos sin costillas.

— Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para darremedio a ellas —dijo don Quijote—. Dígolo porque esa bestezuela podrásuplir ahora la falta de Rocinante, llevándome a mí desde aquí a algúncastillo donde sea curado de mis feridas. Y más, que no tendré a deshonrala tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejoSileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entró en laciudad de las cien puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muyhermoso asno.

— Verdad será que él debía de ir caballero, como vuestra merced dice— respondió Sancho—, pero hay grande diferencia del ir caballero al iratravesado como costal de basura.

A lo cual respondió don Quijote:

— Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan.Así que, Panza amigo, no me repliques más, sino, como ya te he dicho,levántate lo mejor que pudieres y ponme de la manera que más te agradareencima de tu jumento, y vamos de aquí antes que la noche venga y nos salteeen este despoblado.

— Pues yo he oído decir a vuestra merced —dijo Panza— que es muy decaballeros andantes el dormir en los páramos y desiertos lo más del año, yque lo tienen a mucha ventura.

— Eso es —dijo don Quijote— cuando no pueden más, o cuando están enamorados;y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre unapeña, al sol y a la sombra, y a las inclemencias del cielo, dos años, sinque lo supiese su señora. Y uno déstos fue Amadís, cuando, llamándoseBeltenebros, se alojó en la Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses,que no estoy muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendopenitencia, por no sé qué sinsabor que le hizo la señora Oriana. Perodejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra desgracia aljumento, como a Rocinante.

— Aun ahí sería el diablo —dijo Sancho.

Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetesy reniegos de quien allí le había traído, se levantó, quedándose agobiadoen la mitad del camino, como arco turquesco, sin poder acabar deenderezarse; y con todo este trabajo aparejó su asno, que también habíaandado algo destraído con la demasiada libertad de aquel día. Levantó luegoa Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro queSancho ni su amo no le fueran en zaga.

En resolución, Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y puso de reata aRocinante; y, llevando al asno de cabestro, se encaminó, poco más a menos,hacia donde le pareció que podía estar el camino real. Y la suerte, que suscosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua,cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta que, a pesarsuyo y gusto de don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba Sancho que eraventa, y su amo que no, sino castillo; y tanto duró la porfía, que tuvieronlugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho se entró, sin másaveriguación, con toda su recua.

Capítulo XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que élimaginaba ser castillo

El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sanchoqué mal traía. Sancho le respondió que no era nada, sino que había dado unacaída de una peña abajo, y que venía algo brumadas las costillas. Tenía elventero por mujer a una, no de la condición que suelen tener las desemejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dolía de lascalamidades de sus prójimos; y así, acudió luego a curar a don Quijote yhizo que una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer, laayudase a curar a su huésped. Servía en la venta, asimesmo, una mozaasturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuertay del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía lasdemás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y lasespaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de loque ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la doncella, y las doshicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranchón que, en otrostiempos, daba manifiestos indicios que había servido de pajar muchos años.En la cual también alojaba un arriero, que tenía su cama hecha un poco másallá de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantasde sus machos, hacía mucha ventaja a la de don Quijote, que sólo conteníacuatro mal lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colchón queen lo sutil parecía colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que erande lana por algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban deguijarro, y dos sábanas hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyoshilos, si se quisieran contar, no se perdiera uno solo de la cuenta.En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera y su hija leemplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes, que así se llamabala asturiana; y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado apartes a don Quijote, dijo que aquello más parecían golpes que caída.

— No fueron golpes —dijo Sancho—, sino que la peña tenía muchos picos ytropezones.

Y que cada uno había hecho su cardenal. Y también le dijo:

— Haga vuestra merced, señora, de manera que queden algunas estopas, que nofaltará quien las haya menester; que también me duelen a mí un poco loslomos.

— Desa manera —respondió la ventera—, también debistes vos de caer.

— No caí —dijo Sancho Panza—, sino que del sobresalto que tomé de ver caer ami amo, de tal manera me duele a mí el cuerpo que me parece que me han dadomil palos.

— Bien podrá ser eso —dijo la doncella—; que a mí me ha acontecido muchasveces soñar que caía de una torre abajo y que nunca acababa de llegar alsuelo, y, cuando despertaba del sueño, hallarme tan molida y quebrantadacomo si verdaderamente hubiera caído.

— Ahí está el toque, señora —respondió Sancho Panza—: que yo, sin soñarnada, sino estando más despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menoscardenales que mi señor don Quijote.

— ¿Cómo se llama este caballero? —preguntó la asturiana Maritornes.

— Don Quijote de la Mancha —respondió Sancho Panza—, y es caballeroaventurero, y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá sehan visto en el mundo.

— ¿Qué es caballero aventurero? —replicó la moza.

— ¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis vos? —respondió SanchoPanza—. Pues sabed, hermana mía, que caballero aventurero es una cosa queen dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy está la más desdichadacriatura del mundo y la más menesterosa, y mañana tendría dos o trescoronas de reinos que dar a su escudero.

— Pues, ¿cómo vos, siéndolo deste tan buen señor —dijo la ventera—, notenéis, a lo que parece, siquiera algún condado?

— Aún es temprano —respondió Sancho—, porque no ha sino un mes que andamosbuscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que losea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que, simi señor don Quijote sana desta herida o caída y yo no quedo contrechodella, no trocaría mis esperanzas con el mejor título de España.

Todas estas pláticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote, y,sentándose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo:

— Creedme, fermosa señora, que os podéis llamar venturosa por haber alojadoen este vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo,es por lo que suele decirse que la alabanza propria envilece; pero miescudero os dirá quién soy. Sólo os digo que tendré eternamente escrito enmi memoria el servicio que me habedes fecho, para agradecéroslo mientras lavida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me tuvieratan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrataque digo entre mis dientes; que los desta fermosa doncella fueran señoresde mi libertad.

Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo lasrazones del andante caballero, que así las entendían como si hablara engriego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento yrequiebros; y, como no usadas a semejante lenguaje, mirábanle yadmirábanse, y parecíales otro hombre de los que se usaban; y,agradeciéndole con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron; y laasturiana Maritornes curó a Sancho, que no menos lo había menester que suamo.

Había el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilaríanjuntos, y ella le había dado su palabra de que, en estando sosegados loshuéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto encuanto le mandase. Y cuéntase desta buena moza que jamás dio semejantespalabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigoalguno; porque presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta estar enaquel ejercicio de servir en la venta, porque decía ella que desgracias ymalos sucesos la habían traído a aquel estado.

El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote estaba primeroen mitad de aquel estrellado establo, y luego, junto a él, hizo el suyoSancho, que sólo contenía una estera de enea y una manta, que antesmostraba ser de anjeo tundido que de lana. Sucedía a estos dos lechos eldel arriero, fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y todo el adornode los dos mejores mulos que traía, aunque eran doce, lucios, gordos yfamosos, porque era uno de los ricos arrieros de Arévalo, según lo dice elautor desta historia, que deste arriero hace particular mención, porque leconocía muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera deque Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual entodas las cosas; y échase bien de ver, pues las que quedan referidas, conser tan mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de dondepodrán tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan las accionestan corta y sucintamente que apenas nos llegan a los labios, dejándose enel tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo más sustancial dela obra. ¡Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte, y aqueldel otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas; y con quépuntualidad lo describen todo!

Digo, pues, que después de haber visitado el arriero a su recua y dádole elsegundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se dio a esperar a supuntualísima Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado y acostado, y, aunqueprocuraba dormir, no lo consentía el dolor de sus costillas; y don Quijote,con el dolor de las suyas, tenía los ojos abiertos como liebre. Toda laventa estaba en silencio, y en toda ella no había otra luz que la que dabauna lámpara que colgada en medio del portal ardía.