Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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él

hizo.

No

te

quiero

yo

a

montón,

ni

te

pretendo

y

te

sirvo

por

lo

de

barraganía;

que

más

bueno

es

mi

designio.

Coyundas

tiene

la

Iglesia

que

son

lazadas

de

sirgo;

pon

el

cuello

en

la

gamella;

verás

como

pongo

el

mío.

Donde

no,

desde

aquí

juro,

por

el

santo

más

bendito,

de

no

salir

destas

sierras

sino para capuchino.

Con esto dio el cabrero fin a su canto; y, aunque don Quijote le rogó quealgo más cantase, no lo consintió Sancho Panza, porque estaba más paradormir que para oír canciones. Y ansí, dijo a su amo:

— Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde ha de posar estanoche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el día nopermite que pasen las noches cantando.

— Ya te entiendo, Sancho —le respondió don Quijote—; que bien se me trasluceque las visitas del zaque piden más recompensa de sueño que de música.

— A todos nos sabe bien, bendito sea Dios —respondió Sancho.

— No lo niego —replicó don Quijote—, pero acomódate tú donde quisieres, quelos de mi profesión mejor parecen velando que durmiendo. Pero, con todoesto, sería bien, Sancho, que me vuelvas a curar esta oreja, que me vadoliendo más de lo que es menester.

Hizo Sancho lo que se le mandaba; y, viendo uno de los cabreros la herida,le dijo que no tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente sesanase. Y, tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí había,las mascó y las mezcló con un poco de sal, y, aplicándoselas a la oreja, sela vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra medicina; y asífue la verdad.

Capítulo XII. De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea elbastimento, y dijo:

— ¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros?

— ¿Cómo lo podemos saber? —respondió uno dellos.

— Pues sabed —prosiguió el mozo— que murió esta mañana aquel famoso pastorestudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores deaquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquéllaque se anda en hábito de pastora por esos andurriales.

— Por Marcela dirás —dijo uno.

— Por ésa digo —respondió el cabrero—. Y es lo bueno, que mandó en sutestamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea alpie de la peña donde está la fuente del alcornoque; porque, según es fama,y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Ytambién mandó otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no sehan de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. Atodo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, quetambién se vistió de pastor con él, que se ha de cumplir todo, sin faltarnada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el puebloalborotado; mas, a lo que se dice, en fin se hará lo que Ambrosio y todoslos pastores sus amigos quieren; y mañana le vienen a enterrar con granpompa adonde tengo dicho. Y tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver; alo menos, yo no dejaré de ir a verla, si supiese no volver mañana al lugar.

— Todos haremos lo mesmo —respondieron los cabreros—; y echaremos suertes aquién ha de quedar a guardar las cabras de todos.

— Bien dices, Pedro —dijo uno—; aunque no será menester usar de esadiligencia, que yo me quedaré por todos. Y no lo atribuyas a virtud y apoca curiosidad mía, sino a que no me deja andar el garrancho que el otrodía me pasó este pie.

— Con todo eso, te lo agradecemos —respondió Pedro.

Y don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquél y qué pastoraaquélla; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto eraun hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, elcual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cualeshabía vuelto a su lugar, con opinión de muy sabio y muy leído.

— «Principalmente, decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo quepasan, allá en el cielo, el sol y la luna; porque puntualmente nos decía elcris del sol y de la luna.»

— Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminaresmayores —dijo don Quijote.

Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento diciendo:

— «Asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año abundante o estil.»

— Estéril queréis decir, amigo —dijo don Quijote.

— Estéril o estil —respondió Pedro—, todo se sale allá. «Y digo que con estoque decía se hicieron su padre y sus amigos, que le daban crédito, muyricos, porque hacían lo que él les aconsejaba, diciéndoles: ''Sembrad esteaño cebada, no trigo; en éste podéis sembrar garbanzos y no cebada; el queviene será de guilla de aceite; los tres siguientes no se cogerá gota''.»

— Esa ciencia se llama astrología —dijo don Quijote.

— No sé yo cómo se llama —replicó Pedro—, mas sé que todo esto sabía, y aúnmás.

«Finalmente, no pasaron muchos meses, después que vino de Salamanca,cuando un día remaneció vestido de pastor, con su cayado y pellico,habiéndose quitado los hábitos largos que como escolar traía; y juntamentese vistió con él de pastor otro su grande amigo, llamado Ambrosio, quehabía sido su compañero en los estudios. Olvidábaseme de decir comoGrisóstomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas; tanto, que élhacía los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor, y los autospara el día de Dios, que los representaban los mozos de nuestro pueblo, ytodos decían que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan deimproviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados, yno podían adivinar la causa que les había movido a hacer aquella tanestraña mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestroGrisóstomo, y él quedó heredado en mucha cantidad de hacienda, ansí enmuebles como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado, mayor y menor,y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual quedó el mozo señordesoluto, y en verdad que todo lo merecía, que era muy buen compañero ycaritativo y amigo de los buenos, y tenía una cara como una bendición.Después se vino a entender que el haberse mudado de traje no había sido porotra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pastoraMarcela que nuestro zagal nombró denantes, de la cual se había enamorado elpobre difunto de Grisóstomo.»

Y quiéroos decir agora, porque es bien que losepáis, quién es esta rapaza; quizá, y aun sin quizá, no habréis oídosemejante cosa en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más añosque sarna.

— Decid Sarra —replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de losvocablos del cabrero.

— Harto vive la sarna —respondió Pedro—; y si es, señor, que me habéis deandar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año.

— Perdonad, amigo —dijo don Quijote—; que por haber tanta diferencia desarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive mássarna que Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más ennada.

— «Digo, pues, señor mío de mi alma —dijo el cabrero—, que en nuestra aldeahubo un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo, el cual sellamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las muchas y grandesriquezas, una hija, de cuyo parto murió su madre, que fue la más honradamujer que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora la veo,con aquella cara que del un cabo tenía el sol y del otro la luna; y, sobretodo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar suánima a la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de lamuerte de tan buena mujer murió su marido Guillermo, dejando a su hijaMarcela, muchacha y rica, en poder de un tío suyo sacerdote y beneficiadoen nuestro lugar.

Creció la niña con tanta belleza, que nos hacía acordarde la de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba quele había de pasar la de la hija. Y así fue, que, cuando llegó a edad decatorce a quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tanhermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella.Guardábala su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, contodo esto, la fama de su mucha hermosura se estendió de manera que, así porella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo,sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, erarogado, solicitado e importunado su tío se la diese por mujer. Mas él, quea las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, así comola vía de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a laganancia y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza,dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo enel pueblo, en alabanza del buen sacerdote.» Que quiero que sepa, señorandante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura;y tened para vos, como yo tengo para mí, que debía de ser demasiadamentebueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que digan bien dél,especialmente en las aldeas.

— Así es la verdad —dijo don Quijote—, y proseguid adelante, que el cuentoes muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena gracia.

— La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. «Y en lo demássabréis que, aunque el tío proponía a la sobrina y le decía las calidadesde cada uno en particular, de los muchos que por mujer la pedían, rogándoleque se casase y escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa sinoque por entonces no quería casarse, y que, por ser tan muchacha, no sesentía hábil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba,al parecer justas escusas, dejaba el tío de importunarla, y esperaba a queentrase algo más en edad y ella supiese escoger compañía a su gusto. Porquedecía él, y decía muy bien, que no habían de dar los padres a sus hijosestado contra su voluntad. Pero hételo aquí, cuando no me cato, queremanece un día la melindrosa Marcela hecha pastora; y, sin ser parte sutío ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campocon las demás zagalas del lugar, y dio en guardar su mesmo ganado. Y, asícomo ella salió en público y su hermosura se vio al descubierto, no ossabré buenamente decir cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores hantomado el traje de Grisóstomo y la andan requebrando por esos campos. Unode los cuales, como ya está dicho, fue nuestro difunto, del cual decían quela dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela sepuso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningúnrecogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga enmenoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia conque mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se haalabado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna pequeñaesperanza de alcanzar su deseo. Que, puesto que no huye ni se esquiva de lacompañía y conversación de los pastores, y los trata cortés yamigablemente, en llegando a descubrirle su intención cualquiera dellos,aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí comocon un trabuco. Y con esta manera de condición hace más daño en esta tierraque si por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosuraatrae los corazones de los que la tratan a servirla y a amarla, pero sudesdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse; y así, no sabenqué decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros títulosa éste semejantes, que bien la calidad de su condición manifiestan. Y siaquí estuviésedes, señor, algún día, veríades resonar estas sierras y estosvalles con los lamentos de los desengañados que la siguen. No está muylejos de aquí un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hayninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre deMarcela; y encima de alguna, una corona grabada en el mesmo árbol, como simás claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda lahermosura humana. Aquí sospira un pastor, allí se queja otro; acullá seoyen amorosas canciones, acá desesperadas endechas. Cuál hay que pasa todaslas horas de la noche sentado al pie de alguna encina o peñasco, y allí,sin plegar los llorosos ojos, embebecido y transportado en suspensamientos, le halló el sol a la mañana; y cuál hay que, sin dar vado nitregua a sus suspiros, en mitad del ardor de la más enfadosa siesta delverano, tendido sobre la ardiente arena, envía sus quejas al piadoso cielo.Y déste y de aquél, y de aquéllos y de éstos, libre y desenfadadamentetriunfa la hermosa Marcela; y todos los que la conocemos estamos esperandoen qué ha de parar su altivez y quién ha de ser el dichoso que ha de venira domeñar condición tan terrible y gozar de hermosura tan estremada.» Porser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a entender quetambién lo es la que nuestro zagal dijo que se decía de la causa de lamuerte de Grisóstomo. Y así, os aconsejo, señor, que no dejéis de hallarosmañana a su entierro, que será muy de ver, porque Grisóstomo tiene muchosamigos, y no está de este lugar a aquél donde manda enterrarse media legua.

— En cuidado me lo tengo —dijo don Quijote—, y agradézcoos el gusto que mehabéis dado con la narración de tan sabroso cuento.

— ¡Oh! —replicó el cabrero—, aún no sé yo la mitad de los casos sucedidos alos amantes de Marcela, mas podría ser que mañana topásemos en el caminoalgún pastor que nos los dijese. Y, por ahora, bien será que os vais adormir debajo de techado, porque el sereno os podría dañar la herida,puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer decontrario acidente.

Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó,por su parte, que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. Hízoloasí, y todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señoraDulcinea, a imitación de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodóentre Rocinante y su jumento, y durmió, no como enamorado desfavorecido,sino como hombre molido a coces.

Capítulo XIII. Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otrossucesos Mas, apenas comenzó a descubrirse el día por los balcones del oriente,cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar adon Quijote, y a decille si estaba todavía con propósito de ir a ver elfamoso entierro de Grisóstomo, y que ellos le harían compañía. Don Quijote,que otra cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase yenalbardase al momento, lo cual él hizo con mucha diligencia, y con lamesma se pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto delegua, cuando, al cruzar de una senda, vieron venir hacia ellos hasta seispastores, vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas conguirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada uno un grueso bastón deacebo en la mano. Venían con ellos, asimesmo, dos gentiles hombres de acaballo, muy bien aderezados de camino, con otros tres mozos de a pie quelos acompañaban. En llegándose a juntar, se saludaron cortésmente, y,preguntándose los unos a los otros dónde iban, supieron que todos seencaminaban al lugar del entierro; y así, comenzaron a caminar todosjuntos.

Uno de los de a caballo, hablando con su compañero, le dijo:

— Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada la tardanzaque hiciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá dejar de serfamoso, según estos pastores nos han contado estrañezas, ansí del muertopastor como de la pastora homicida.

— Así me lo parece a mí —respondió Vivaldo—; y no digo yo hacer tardanza deun día, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle.

Preguntóles don Quijote qué era lo que habían oído de Marcela y deGrisóstomo. El caminante dijo que aquella madrugada habían encontrado conaquellos pastores, y que, por haberles visto en aquel tan triste traje, leshabían preguntado la ocasión por que iban de aquella manera; que uno dellosse lo contó, contando la estrañeza y hermosura de una pastora llamadaMarcela, y los amores de muchos que la recuestaban, con la muerte de aquelGrisóstomo a cuyo entierro iban.

Finalmente, él contó todo lo que Pedro adon Quijote había contado.

Cesó esta plática y comenzóse otra, preguntando el que se llamaba Vivaldo adon Quijote qué era la ocasión que le movía a andar armado de aquellamanera por tierra tan pacífica. A lo cual respondió don Quijote:

— La profesión de mi ejercicio no consiente ni permite que yo ande de otramanera. El buen paso, el regalo y el reposo, allá se inventó para losblandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas sólo seinventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes,de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos.

Apenas le oyeron esto, cuando todos le tuvieron por loco; y, poraveriguarlo más y ver qué género de locura era el suyo, le tornó apreguntar Vivaldo que qué quería decir "caballeros andantes".

— ¿No han vuestras mercedes leído —respondió don Quijote— los anales ehistorias de Ingalaterra, donde se tratan las famosas fazañas del reyArturo, que continuamente en nuestro romance castellano llamamos el reyArtús, de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la GranBretaña que este rey no murió, sino que, por arte de encantamento, seconvirtió en cuervo, y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y acobrar su reino y cetro; a cuya causa no se probará que desde aquel tiempoa éste haya ningún inglés muerto cuervo alguno?

Pues en tiempo de este buenrey fue instituida aquella famosa orden de caballería de los caballeros dela Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores que allí secuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianeradellos y sabidora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nacióaquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra España, de:

Nunca

fuera

caballero

de

damas

tan

bien

servido

como

fuera

Lanzarote

cuando de Bretaña vino;

con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos.Pues desde entonces, de mano en mano, fue aquella orden de caballeríaestendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo; y enella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula,con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generación, y el valerosoFelixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco,y casi que en nuestros días vimos y comunicamos y oímos al invencible yvaleroso caballero don Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es sercaballero andante, y la que he dicho es la orden de su caballería; en lacual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador, he hecho profesión, y lomesmo que profesaron los caballeros referidos profeso yo. Y así, me voy porestas soledades y despoblados buscando las aventuras, con ánimo deliberadode ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa que la suerte medeparare, en ayuda de los flacos y menesterosos.

Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes que eradon Quijote falto de juicio, y del género de locura que lo señoreaba, de locual recibieron la mesma admiración que recibían todos aquellos que denuevo venían en conocimiento della. Y Vivaldo, que era persona muy discretay de alegre condición, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decíanque les faltaba, al llegar a la sierra del entierro, quiso darle ocasión aque pasase más adelante con sus disparates. Y así, le dijo:

— Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha profesado una delas más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mí que aunla de los frailes cartujos no es tan estrecha.

— Tan estrecha bien podía ser —respondió nuestro don Quijote—, pero tannecesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda. Porque, siva a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que sucapitán le manda que el mesmo capitán que se lo ordena.

Quiero decir quelos religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de latierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellospiden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestrasespadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blancode los insufribles rayos del sol en verano y de los erizados yelos delinvierno. Así que, somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quiense ejecuta en ella su justicia. Y, como las cosas de la guerra y las aellas tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecución sinosudando, afanando y trabajando, síguese que aquellos que la profesantienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposoestán rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir,ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andantecomo el del encerrado religioso; sólo quiero inferir, por lo que yopadezco, que, sin duda, es más trabajoso y más aporreado, y más hambrientoy sediento, miserable, roto y piojoso; porque no hay duda sino que loscaballeros andantes pasados pasaron mucha malaventura en el discurso de suvida. Y si algunos subieron a ser emperadores por el valor de su brazo, afe que les costó buen porqué de su sangre y de su sudor; y que si a los quea tal grado subieron les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran,que ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engañados de susesperanzas.

— De ese parecer estoy yo —replicó el caminante—; pero una cosa, entre otrasmuchas, me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que, cuando seven en ocasión de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se veemanifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometellase acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado ahacer en peligros semejantes; antes, se encomiendan a sus damas, con tantagana y devoción como si ellas fueran su Dios: cosa que me parece que huelealgo a gentilidad.

— Señor —respondió don Quijote—, eso no puede ser menos en ninguna manera, ycaería en mal caso el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya estáen uso y costumbre en la caballería andantesca que el caballero andanteque, al acometer algún gran fecho de armas, tuviese su señoradelante,vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide conellos le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadiele oye, está obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que detodo corazón se le encomiende; y desto tenemos innumerables ejemplos en lashistorias. Y no se ha de entender por esto que han de dejar de encomendarsea Dios; que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el discurso de laobra.

— Con todo eso —replicó el caminante—, me queda un escrúpulo, y es quemuchas veces he leído que se traban palabras entre dos andantes caballeros,y, de una en otra, se les viene a encender la cólera, y a volver loscaballos y tomar una buena pieza del campo, y luego, sin más ni más, a todoel correr dellos, se vuelven a encontrar; y, en mitad de la corrida, seencomiendan a sus damas; y lo que suele suceder del encuentro es que el unocae por las ancas del caballo, pasado con la lanza del contrario de parte aparte, y al otro le viene también que, a no tenerse a las crines del suyo,no pudiera dejar de venir al suelo. Y no sé yo cómo el muerto tuvo lugarpara encomendarse a Dios en el discurso de esta tan acelerada obra. Mejorfuera que las palabras que en la carrera gastó encomendándose a su dama lasgastara en lo que debía y estaba obligado como cristiano. Cuanto más, queyo tengo para mí que no todos los caballeros andantes tienen damas a quienencomendarse, porque no todos son enamorados.

— Eso no puede ser —respondió don Quijote—: digo que no puede ser que hayacaballero andante sin dama, porque tan proprio y tan natural les es a lostales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que nose haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y porel mesmo caso que estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimocaballero, sino por bastardo, y que entró en la fortaleza de la caballeríadicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón.

— Con todo eso —dijo el caminante—, me parece, si mal no me acuerdo, haberleído que don Galaor, hermano del valeroso Amadís de Gaula, nunca tuvo damaseñalada a quien pudiese encomendarse; y, con todo esto, no fue tenido enmenos, y fue un muy valiente y famoso caballero.

A lo cual respondió nuestro don Quijote:

— Señor, una golondrina sola no hace verano. Cuanto más, que yo sé que desecreto estaba ese caballero muy bien enamorado; fuera que, aquello dequerer a todas bien cuantas bien le parecían era condición natural, a quienno podía ir a la mano. Pero, en resolución, averiguado está muy bien que éltenía una sola a quien él había hecho señora de su voluntad, a la cual seencomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preció de secretocaballero.

— Luego, si es de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado— dijo el caminante—, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues esde la profesión. Y si es que vuestra merced no se precia de ser tan secretocomo don Galaor, con las veras que puedo le suplico, en nombre de toda estacompañía y en el mío, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de sudama; que ella se tendría por dichosa de que todo el mundo sepa que esquerida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece.

Aquí dio un gran suspiro don Quijote, y dijo:

— Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundosepa que yo la sirvo; sólo sé decir, respondiendo a lo que con tantocomedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso,un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa,pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella sevienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos debelleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frentecampos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillasrosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármolsu pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vistahumana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, quesólo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas.

— El linaje, prosapia y alcurnia querríamos saber —replicó Vivaldo.

A lo cual respondió don Quijote:

— No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de losmodernos Colonas y Ursinos; ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña, nimenos de los Rebellas y Villanovas de Valencia; Palafoxes, Nuzas,Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón;Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas yMeneses de Portogal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunquemoderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familiasde los venideros siglos. Y no se me replique en esto, si no fuere con lascondiciones que puso Cervino al pie del trofeo de las armas de Orlando, quedecía:

nadie

las

mueva

que estar no pueda con Roldán a prueba.

— Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo —respondió el caminante—, nole osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha, puesto que, para decirverdad, semejante apellido hasta ahora no ha llegado a mis oídos.

— ¡Como eso no habrá llegado! —replicó don Quijote.

Con gran atención iban escuchando todos los demás la plática de los dos, yaun hasta los mesmos cabreros y pastores conocieron la demasiada falta dejuicio de nuestro don Quijote. Sólo Sancho Panza pensaba que cuanto su amodecía era verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde sunacimiento; y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la lindaDulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegadojamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso.

En estas pláticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altasmontañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negralana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que después pareció,eran cuál de tejo y cuál de ciprés. Entre seis dellos traían unas andas,cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por unode los cabreros, dijo:

— Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y elpie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que le enterrasen.Por esto se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo que ya los que veníanhabían puesto las andas en el suelo; y cuatro dellos con agudos picosestaban cavando la sepultura a un lado de una dura peña.

Recibiéronse los unos y los otros cortésmente; y luego don Quijote y losque con él venían se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubiertode flores un cuerpo muerto, vestido como pastor, de edad, al parecer, detreinta años; y, aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostrohermoso y de disposición gallarda. Alrededor dél tenía en las mesmasandas algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y así los queesto miraban, como los que abrían la sepultura, y todos los demás que allíhabía, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que almuerto trujeron dijo a otro:

— Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar que Grisóstomo dijo, ya quequeréis que tan puntualmente se cumpla lo que dejó mandado en sutestamento.

— Éste es —respondió Ambrosio—; que muchas veces en él me contó midesdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él que vio lavez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y allí fue tambiéndonde la primera vez le declaró su pensamiento, tan honesto como enamorado,y allí fue la última vez donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar,de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aquí, enmemoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañasdel eterno olvido.

Y, volviéndose a don Quijote y a los caminantes, prosiguió diciendo:

— Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositariode un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ése es elcuerpo de Grisóstomo, que fue único en el ingenio, solo en la cortesía,estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sinpresunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es serbueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fueaborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol,corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, dequien alcanzó por premio ser despojos de la muerte en la mitad de lacarrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien él procurabaeternizar para que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieranmostrar bien esos papeles que estáis mirando, si él no me hubiera mandadoque los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.— De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos —dijo Vivaldo— que sumesmo dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad dequien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso. Y

no le tuvierabueno Augusto César si consintiera que se pusiera en ejecución lo que eldivino Mantuano dejó en su testamento mandado. Ansí que, señor Ambrosio, yaque deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar susescritos al olvido; que si él ordenó como agraviado, no es bien que voscumpláis como indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos papeles, quela tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo, en lostiempos que están por venir, a los vivientes, para que se aparten y huyande caer en semejantes despeñaderos; que ya sé yo, y los que aquí venimos,la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos laamistad vuestra, y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado al acabarde la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar cuánto haya sidola crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra,con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda queel desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muertede Grisóstomo, y que en este lugar había de ser enterrado; y así, decuriosidad y de lástima, dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos devenir a ver con los ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo. Y, enpago desta lástima y del deseo que en nosotros nació de remedialla sipudiéramos, te rogamos, ¡oh discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te losuplico de mi parte), que, dejando de abrasar estos papeles, me dejesllevar algunos dellos.

Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la mano y tomó algunos delos que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:

— Por cortesía consentiré que os quedéis, señor, con los que ya habéistomado; pero pensar que dejaré de abrasar los que quedan es pensamientovano.

Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decían, abrió luego el unodellos y vio que tenía por título: Canción desesperada. Oyólo Ambrosio ydijo:

— Ése es el último papel que escribió el desdichado; y, porque veáis, señor,en el término que le tenían sus desventuras, leelde de modo que seáis oído;que bien os dará lugar a ello el que se tardare en abrir la sepultura.

— Eso haré yo de muy buena gana —dijo Vivaldo.

Y, como todos los circunstantes tenían el mesmo deseo, se le pusieron a laredonda; y él, leyendo en voz clara, vio que así decía:

Capítulo XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor,con otros no esperados sucesos

Canción de Grisóstomo

Ya

que

quieres,

cruel,

que

se

publique,

de

lengua

en

lengua

y

de

una

en

otra

gente,

del

áspero

rigor

tuyo

la

fuerza,

haré

que

el

mesmo

infierno

comunique

al

triste

pecho

mío

un

son

doliente,

con

que

el

uso

común

de

mi

voz

tuerza.

Y

al

par

de

mi

deseo,

que

se

esfuerza

a

decir

mi

dolor

y

tus

hazañas,

de

la

espantable

voz

irá

el

acento,

y

en

él

mezcladas,

por

mayor

tormento,

pedazos

de

las

míseras

entrañas.

Escucha,

pues,

y

presta

atento

oído,

no

al

concertado

son,

sino

al

rüido

que

de

lo

hondo

de

mi

amargo

pecho,

llevado

de

un

forzoso

desvarío,

por gusto mío sale y tu despecho.

El

rugir

del

león,

del

lobo

fiero

el

temeroso

aullido,

el

silbo

horrendo

de

escamosa

serpiente,

el

espantable

baladro

de

algún

monstruo,

el

agorero

graznar

de

la

corneja,

y

el

estruendo

del

viento

contrastado

en

mar

instable;

del

ya

vencido

toro

el

implacable

bramido,

y

de

la

viuda

tortolilla

el

sentible

arrullar;

el

triste

canto

del

envidiado

búho,

con

el

llanto

de

toda

la

infernal

negra

cuadrilla,

salgan

con

la

doliente

ánima

fuera,

mezclados

en

un

son,

de

tal

manera

que

se

confundan

los

sentidos

todos,

pues

la

pena

cruel

que

en

se

halla

para contalla pide nuevos modos.

De

tanta

confusión

no

las

arenas

del

padre

Tajo

oirán

los

tristes

ecos,

ni

del

famoso

Betis

las

olivas:

que

allí

se

esparcirán

mis

duras

penas

en

altos

riscos

y

en

profundos

huecos,

con

muerta

lengua

y

con

palabras

vivas;

o

ya

en

escuros

valles,

o

en

esquivas

playas,

desnudas

de

contrato

humano,

o

adonde

el

sol

jamás

mostró

su

lumbre,

o

entre

la

venenosa

muchedumbre

de

fieras

que

alimenta

el

libio

llano;

que,

puesto

que

en

los

páramos

desiertos

los

ecos

roncos

de

mi

mal,

inciertos,

suenen

con

tu

rigor

tan

sin

segundo,

por

privilegio

de

mis

cortos

hados,

serán llevados por el ancho mundo.

Mata

un

desdén,

atierra

la

paciencia,

o

verdadera

o

falsa,

una

sospecha;

matan

los

celos

con

rigor

más

fuerte;

desconcierta

la

vida

larga

ausencia;

contra

un

temor

de

olvido

no

aprovecha

firme

esperanza

de

dichosa

suerte.

En

todo

hay

cierta,

inevitable

muerte;

mas

yo,

¡milagro

nunca

visto!,

vivo

celoso,

ausente,

desdeñado

y

cierto

de

las

sospechas

que

me

tienen

muerto;

y

en

el

olvido

en

quien

mi

fuego

avivo,

y,

entre

tantos

tormentos,

nunca

alcanza

mi

vista

a

ver

en

sombra

a

la

esperanza,

ni

yo,

desesperado,

la

procuro;

antes,

por

estremarme

en

mi

querella,

estar sin ella eternamente juro.

¿Puédese,

por

ventura,

en

un

instante

esperar

y

temer,

o

es

bien

hacello,

siendo

las

causas

del

temor

más

ciertas?

¿Tengo,

si

el

duro

celo

está

delante,

de

cerrar

estos

ojos,

si

he

de

vello

por

mil

heridas

en

el

alma

abiertas?

¿Quién

no

abrirá

de

par

en

par

las

puertas

a

la

desconfianza,

cuando

mira

descubierto

el

desdén,

y

las

sospechas,

¡oh

amarga

conversión!,

verdades

hechas,

y

la

limpia

verdad

vuelta

en

mentira?

¡Oh,

en

el

reino

de

amor

fieros

tiranos

celos,

ponedme

un

hierro

en

estas

manos!

Dame,

desdén,

una

torcida

soga.

Mas,

¡ay

de

mí!,

que,

con

cruel

vitoria,

vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

Yo

muero,

en

fin;

y,

porque

nunca

espere

buen

suceso

en

la

muerte

ni

en

la

vida,

pertinaz

estaré

en

mi

fantasía.

Diré

que

va

acertado

el

que

bien

quiere,

y

que

es

más

libre

el

alma

más

rendida

a

la

de

amor

antigua

tiranía.

Diré

que

la

enemiga

siempre

mía

hermosa

el

alma

como

el

cuerpo

tiene,

y

que

su

olvido

de

mi

culpa

nace,

y

que,

en

fe

de

los

males

que

nos

hace,

amor

su

imperio

en

justa

paz