Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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Quédate con él y hártate, que yo meiré adelante poco a poco, esperándote a que vengas.

Rióse el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó sus rajas, y, sacandoun panecillo, él y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena pazcompaña despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas,con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sólo porqueolía a queso. Dijo Tosilos a Sancho:

— Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.

— ¿Cómo debe? —respondió Sancho—. No debe nada a nadie, que todo lo paga, ymás cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a él;pero, ¿qué aprovecha? Y más agora que va rematado, porque va vencido delCaballero de la Blanca Luna.

Rogóle Tosilos le contase lo que le había sucedido, pero Sancho lerespondió que era descortesía dejar que su amo le esperase; que otro día,si se encontrasen, habría lugar par ello. Y, levantándose, después dehaberse sacudido el sayo y las migajas de las barbas, antecogió al rucio,y, diciendo ''a Dios'', dejó a Tosilos y alcanzó a su amo, que a la sombrade un árbol le estaba esperando.

Capítulo LXVII. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor yseguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa, conotros sucesos en verdad gustosos y buenos

Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado,muchos más le fatigaron después de caído. A la sombra del árbol estaba,como se ha dicho, y allí, como moscas a la miel, le acudían y picabanpensamientos: unos iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida quehabía de hacer en su forzosa retirada. Llegó Sancho y alabóle la liberalcondición del lacayo Tosilos.

— ¿Es posible —le dijo don Quijote— que todavía, ¡oh Sancho!, pienses queaquél sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes habervisto a Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero delos Espejos en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores queme persiguen. Pero dime agora: ¿preguntaste a ese Tosilos que dices qué hahecho Dios de Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya enlas manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia lafatigaban?

— No eran —respondió Sancho— los que yo tenía tales que me diesen lugar apreguntar boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuestra merced ahora entérminos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?

— Mira, Sancho —dijo don Quijote—, mucha diferencia hay de las obras que sehacen por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser que uncaballero sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, quesea desagradecido. Quísome bien, al parecer, Altisidora; diome los trestocadores que sabes, lloró en mi partida, maldíjome, vituperóme, quejóse, adespecho de la vergüenza, públicamente: señales todas de que me adoraba,que las iras de los amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuveesperanzas que darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las mías las tengoentregadas a Dulcinea, y los tesoros de los caballeros andantes son, comolos de los duendes, aparentes y falsos, y sólo puedo darle estos acuerdosque della tengo, sin perjuicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, a quientú agravias con la remisión que tienes en azotarte y en castigar esascarnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse antes para losgusanos que para el remedio de aquella pobre señora.

— Señor —respondió Sancho—, si va a decir la verdad, yo no me puedopersuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con losdesencantos de los encantados, que es como si dijésemos: "Si os duele lacabeza, untaos las rodillas". A lo menos, yo osaré jurar que en cuantashistorias vuesa merced ha leído que tratan de la andante caballería no havisto algún desencantado por azotes; pero, por sí o por no, yo me los daré,cuando tenga gana y el tiempo me dé comodidad para castigarme.

— Dios lo haga —respondió don Quijote—, y los cielos te den gracia para quecaigas en la cuenta y en la obligación que te corre de ayudar a mi señora,que lo es tuya, pues tú eres mío.

En estas pláticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitioy lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconocióle don Quijote;dijo a Sancho:

— Éste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardospastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia,pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti teparece bien, querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores,siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas,y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, yllamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino, nos andaremos porlos montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechandoallí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de loslimpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos con abundantísimamano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de losdurísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de milcolores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luzla luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto elcanto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremoshacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los veniderossiglos.

— Pardiez —dijo Sancho—, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal género devida; y más, que no la ha de haber aún bien visto el bachiller SansónCarrasco y maese Nicolás el barbero, cuando la han de querer seguir, yhacerse pastores con nosotros; y aun quiera Dios no le venga en voluntad alcura de entrar también en el aprisco, según es de alegre y amigo deholgarse.

— Tú has dicho muy bien —dijo don Quijote—; y podrá llamarse el bachillerSansón Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrará sin duda, elpastor Sansonino, o ya el pastor Carrascón; el barbero Nicolás se podrállamar Miculoso, como ya el antiguo Boscán se llamó Nemoroso; al cura no séqué nombre le pongamos, si no es algún derivativo de su nombre, llamándoleel pastor Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entreperas podremos escoger sus nombres; y, pues el de mi señora cuadra así alde pastora como al de princesa, no hay para qué cansarme en buscar otro quemejor le venga; tú, Sancho, pondrás a la tuya el que quisieres.

— No pienso —respondió Sancho— ponerle otro alguno sino el de Teresona, quele vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llamaTeresa; y más, que, celebrándola yo en mis versos, vengo a descubrir miscastos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas.El cura no será bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiereel bachiller tenerla, su alma en su palma.

— ¡Válame Dios —dijo don Quijote—, y qué vida nos hemos de dar, Sanchoamigo! ¡Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitaszamoranas, qué tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles! Pues, ¡quési destas diferencias de músicas resuena la de los albogues!

Allí se verácasi todos los instrumentos pastorales.

— ¿Qué son albogues —preguntó Sancho—, que ni los he oído nombrar, ni los hevisto en toda mi vida?

— Albogues son —respondió don Quijote— unas chapas a modo de candeleros deazófar, que, dando una con otra por lo vacío y hueco, hace un son, si nomuy agradable ni armónico, no descontenta, y viene bien con la rusticidadde la gaita y del tamborín; y este nombre albogues es morisco, como lo sontodos aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene asaber: almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía,y otros semejantes, que deben ser pocos más; y solos tres tiene nuestralengua que son moriscos y acaban en i, y son: borceguí, zaquizamí ymaravedí. Alhelí y alfaquí, tanto por el al primero como por el i en queacaban, son conocidos por arábigos. Esto te he dicho, de paso, porhabérmelo reducido a la memoria la ocasión de haber nombrado albogues; yhanos de ayudar mucho al parecer en perfeción este ejercicio el ser yoalgún tanto poeta, como tú sabes, y el serlo también en estremo elbachiller Sansón Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostaré que debede tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga también maeseNicolás, no dudo en ello, porque todos, o los más, son guitarristas ycopleros. Yo me quejaré de ausencia; tú te alabarás de firme enamorado; elpastor Carrascón, de desdeñado; y el cura Curiambro, de lo que él más puedeservirse, y así, andará la cosa que no haya más que desear.

A lo que respondió Sancho:

— Yo soy, señor, tan desgraciado que temo no ha de llegar el día en que ental ejercicio me vea.

¡Oh, qué polidas cuchares tengo de hacer cuandopastor me vea! ¡Qué de migas, qué de natas, qué de guirnaldas y qué dezarandajas pastoriles, que, puesto que no me granjeen fama de discreto, nodejarán de granjearme la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevará lacomida al hato. Pero,

¡guarda!, que es de buen parecer, y hay pastores másmaliciosos que simples, y no querría que fuese por lana y volviesetrasquilada; y también suelen andar los amores y los no buenos deseos porlos campos como por las ciudades, y por las pastorales chozas como por losreales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado; y ojos que noveen, corazón que no quiebra; y más vale salto de mata que ruego de hombresbuenos.

— No más refranes, Sancho —dijo don Quijote—, pues cualquiera de los que hasdicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te heaconsejado que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano endecirlos; pero paréceme que es predicar en desierto, y

"castígame mi madre,y yo trómpogelas".

— Paréceme —respondió Sancho— que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijola sartén a la caldera: Quítate allá ojinegra". Estáme reprehendiendo queno diga yo refranes, y ensártalos vuesa merced de dos en dos.

— Mira, Sancho —respondió don Quijote—: yo traigo los refranes a propósito,y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan por loscabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otravez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de laexperiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que noviene a propósito, antes es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto,y, pues ya viene la noche, retirémonos del camino real algún trecho, dondepasaremos esta noche, y Dios sabe lo que será mañana.

Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, aquien se le representaban las estrechezas de la andante caballería usadasen las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba enlos castillos y casas, así de don Diego de Miranda como en las bodas delrico Camacho, y de don Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible sersiempre de día ni siempre de noche, y así, pasó aquélla durmiendo, y su amovelando.

Capítulo LXVIII. De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no enparte que pudiese ser vista: que tal vez la señora Diana se va a pasear alos antípodas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumplió donQuijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar alsegundo; bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le durabael sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buenacomplexión y pocos cuidados. Los de don Quijote le desvelaron de manera quedespertó a Sancho y le dijo:

— Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino queeres hecho de mármol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento nisentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yome desmayo de ayuno cuanto tú estás perezoso y desalentado de puro harto.De buenos criados es conllevar las penas de sus señores y sentir sussentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche,la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigiliaentre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho deaquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientosazotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando telo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos, como la otra vez,porque sé que los tienes pesados. Después que te hayas dado, pasaremos loque resta de la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu firmeza, dando desdeagora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea.

— Señor —respondió Sancho—, no soy yo religioso para que desde la mitad demi sueño me levante y me dicipline, ni menos me parece que del estremo deldolor de los azotes se pueda pasar al de la música. Vuesa merced me dejedormir y no me apriete en lo del azotarme; que me hará hacer juramento deno tocarme jamás al pelo del sayo, no que al de mis carnes.

— ¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal empleado ymercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por míte has visto gobernador, y por mí te vees con esperanzas propincuas de serconde, o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento deellas más de cuanto tarde en pasar este año; que yo post tenebras sperolucem.

— No entiendo eso —replico Sancho—; sólo entiendo que, en tanto que duermo,ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el queinventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar quequita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, fríoque templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosasse compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple conel discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y esque se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy pocadiferencia.

— Nunca te he oído hablar, Sancho —dijo don Quijote—, tan elegantemente comoahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas vecessueles decir: "No con quien naces, sino con quien paces".

— ¡Ah, pesia tal —replicó Sancho—, señor nuestro amo! No soy yo ahora el queensarta refranes, que también a vuestra merced se le caen de la boca de dosen dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los suyosesta diferencia: que los de vuestra merced vendrán a tiempo y los míos adeshora; pero, en efecto, todos son refranes.

En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un áspero ruido, quepor todos aquellos valles se estendía. Levantóse en pie don Quijote y pusomano a la espada, y Sancho se agazapó debajo del rucio, poniéndose a loslados el lío de las armas, y la albarda de su jumento, tan temblando demiedo como alborotado don Quijote. De punto en punto iba creciendo elruido, y, llegándose cerca a los dos temerosos; a lo menos, al uno, que alotro, ya se sabe su valentía.

Es, pues, el caso que llevaban unos hombres a vender a una feria más deseiscientos puercos, con los cuales caminaban a aquellas horas, y era tantoel ruido que llevaban y el gruñir y el bufar, que ensordecieron los oídosde don Quijote y de Sancho, que no advirtieron lo que ser podía. Llegó detropel la estendida y gruñidora piara, y, sin tener respeto a la autoridadde don Quijote, ni a la de Sancho, pasaron por cima de los dos, deshaciendolas trincheas de Sancho, y derribando no sólo a don Quijote, sino llevandopor añadidura a Rocinante. El tropel, el gruñir, la presteza con quellegaron los animales inmundos, puso en confusión y por el suelo a laalbarda, a las armas, al rucio, a Rocinante, a Sancho y a don Quijote.

Levantóse Sancho como mejor pudo, y pidió a su amo la espada, diciéndoleque quería matar media docena de aquellos señores y descomedidos puercos,que ya había conocido que lo eran.

Don Quijote le dijo:

— Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justocastigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, yle piquen avispas y le hollen puercos.

— También debe de ser castigo del cielo —respondió Sancho— que a losescuderos de los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos yles embista la hambre. Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros aquien servimos, o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nosalcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta generación; pero, ¿quétienen que ver los Panzas con los Quijotes? Ahora bien: tornémonos aacomodar y durmamos lo poco que queda de la noche, y amanecerá Dios ymedraremos.

— Duerme tú, Sancho —respondió don Quijote—, que naciste para dormir; queyo, que nací para velar, en el tiempo que falta de aquí al día, daré riendaa mis pensamientos, y los desfogaré en un madrigalete, que, sin que tú losepas, anoche compuse en la memoria.

— A mí me parece —respondió Sancho— que los pensamientos que dan lugar ahacer coplas no deben de ser muchos. Vuesa merced coplee cuanto quisiere,que yo dormiré cuanto pudiere.

Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se acurrucó y durmió a sueñosuelto, sin que fianzas, ni deudas, ni dolor alguno se lo estorbase. DonQuijote, arrimado a un tronco de una haya o de un alcornoque —que CideHamete Benengeli no distingue el árbol que era—, al son de sus mesmossuspiros, cantó de esta suerte:

-Amor,

cuando

yo

pienso

en

el

mal

que

me

das,

terrible

y

fuerte,

voy

corriendo

a

la

muerte,

pensando

así

acabar

mi

mal

inmenso;

mas,

en

llegando

al

paso

que

es

puerto

en

este

mar

de

mi

tormento,

tanta

alegría

siento,

que

la

vida

se

esfuerza

y

no

le

paso.

Así

el

vivir

me

mata,

que

la

muerte

me

torna

a

dar

la

vida.

¡Oh

condición

no

oída,

la que conmigo muerte y vida trata!

Cada verso déstos acompañaba con muchos suspiros y no pocas lágrimas, biencomo aquél cuyo corazón tenía traspasado con el dolor del vencimiento y conla ausencia de Dulcinea.

Llegóse en esto el día, dio el sol con sus rayos en los ojos a Sancho,despertó y esperezóse, sacudiéndose y estirándose los perezosos miembros;miró el destrozo que habían hecho los puercos en su repostería, y maldijola piara y aun más adelante. Finalmente, volvieron los dos a su comenzadocamino, y al declinar de la tarde vieron que hacia ellos venían hasta diezhombres de a caballo y cuatro o cinco de a pie. Sobresaltóse el corazónde don Quijote y azoróse el de Sancho, porque la gente que se les llegabatraía lanzas y adargas y venía muy a punto de guerra.

Volvióse don Quijotea Sancho, y díjole:

— Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis armas, y mi promesa no me hubieraatado los brazos, esta máquina que sobre nosotros viene la tuviera yo portortas y pan pintado, pero podría ser fuese otra cosa de la que tememos.

Llegaron, en esto, los de a caballo, y arbolando las lanzas, sin hablarpalabra alguna rodearon a don Quijote y se las pusieron a las espaldas ypechos, amenazándole de muerte. Uno de los de a pie, puesto un dedo en laboca, en señal de que callase, asió del freno de Rocinante y le sacó delcamino; y los demás de a pie, antecogiendo a Sancho y al rucio, guardandotodos maravilloso silencio, siguieron los pasos del que llevaba a donQuijote, el cual dos o tres veces quiso preguntar adónde le llevaban o quéquerían; pero, apenas comenzaba a mover los labios, cuando se los iban acerrar con los hierros de las lanzas; y a Sancho le acontecía lo mismo,porque, apenas daba muestras de hablar, cuando uno de los de a pie, con unaguijón, le punzaba, y al rucio ni más ni menos como si hablar quisiera.Cerró la noche, apresuraron el paso, creció en los dos presos el miedo, ymás cuando oyeron que de cuando en cuando les decían:

— ¡Caminad, trogloditas!

— ¡Callad, bárbaros!

— ¡Pagad, antropófagos!

— ¡No os quejéis, scitas, ni abráis los ojos, Polifemos matadores, leonescarniceros!

Y otros nombres semejantes a éstos, con que atormentaban los oídos de losmiserables amo y mozo. Sancho iba diciendo entre sí:

— ¿Nosotros tortolitas? ¿Nosotros barberos ni estropajos? ¿Nosotrosperritas, a quien dicen cita, cita? No me contentan nada estos nombres: amal viento va esta parva; todo el mal nos viene junto, como al perro lospalos, y ¡ojalá parase en ellos lo que amenaza esta aventura tandesventurada!

Iba don Quijote embelesado, sin poder atinar con cuantos discursos hacíaqué serían aquellos nombres llenos de vituperios que les ponían, de loscuales sacaba en limpio no esperar ningún bien y temer mucho mal. Llegaron,en esto, un hora casi de la noche, a un castillo, que bien conoció donQuijote que era el del duque, donde había poco que habían estado.

— ¡Váleme Dios! —dijo, así como conoció la estancia— y ¿qué será esto? Síque en esta casa todo es cortesía y buen comedimiento, pero para losvencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor.

Entraron al patio principal del castillo, y viéronle aderezado y puesto demanera que les acrecentó la admiración y les dobló el miedo, como se veráen el siguiente capítulo.

Capítulo LXIX. Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discursodesta grande historia avino a don Quijote

Apeáronse los de a caballo, y, junto con los de a pie, tomando en peso yarrebatadamente a Sancho y a don Quijote, los entraron en el patio,alrededor del cual ardían casi cien hachas, puestas en sus blandones, y,por los corredores del patio, más de quinientas luminarias; de modo que, apesar de la noche, que se mostraba algo escura, no se echaba de ver lafalta del día. En medio del patio se levantaba un túmulo como dos varas delsuelo, cubierto todo con un grandísimo dosel de terciopelo negro, alrededordel cual, por sus gradas, ardían velas de cera blanca sobre más de ciencandeleros de plata; encima del cual túmulo se mostraba un cuerpo muerto deuna tan hermosa doncella, que hacía parecer con su hermosura hermosa a lamisma muerte. Tenía la cabeza sobre una almohada de brocado, coronada conuna guirnalda de diversas y odoríferas flores tejida, las manos cruzadassobre el pecho, y, entre ellas, un ramo de amarilla y vencedora palma.

A un lado del patio estaba puesto un teatro, y en dos sillas sentados dospersonajes, que, por tener coronas en la cabeza y ceptros en las manos,daban señales de ser algunos reyes, ya verdaderos o ya fingidos. Al ladodeste teatro, adonde se subía por algunas gradas, estaban otras dos sillas,sobre las cuales los que trujeron los presos sentaron a don Quijote y aSancho, todo esto callando y dándoles a entender con señales a los dos queasimismo callasen; pero, sin que se lo señalaran, callaron ellos, porque laadmiración de lo que estaban mirando les tenía atadas las lenguas.

Subieron, en esto, al teatro, con mucho acompañamiento, dos principalespersonajes, que luego fueron conocidos de don Quijote ser el duque y laduquesa, sus huéspedes, los cuales se sentaron en dos riquísimas sillas,junto a los dos que parecían reyes. ¿Quién no se había de admirar con esto,añadiéndose a ello haber conocido don Quijote que el cuerpo muerto queestaba sobre el túmulo era el de la hermosa Altisidora?

Al subir el duque y la duquesa en el teatro, se levantaron don Quijote ySancho y les hicieron una profunda humillación, y los duques hicieron lomesmo, inclinando algún tanto las cabezas.

Salió, en esto, de través un ministro, y, llegándose a Sancho, le echó unaropa de bocací negro encima, toda pintada con llamas de fuego, y,quitándole la caperuza, le puso en la cabeza una coroza, al modo de las quesacan los penitenciados por el Santo Oficio; y díjole al oído que nodescosiese los labios, porque le echarían una mordaza, o le quitarían lavida. Mirábase Sancho de arriba abajo, veíase ardiendo en llamas, pero comono le quemaban, no las estimaba en dos ardites. Quitóse la coroza, violapintada de diablos, volviósela a poner, diciendo entre sí:

— Aún bien, que ni ellas me abrasan ni ellos me llevan.

Mirábale también don Quijote, y, aunque el temor le tenía suspensos lossentidos, no dejó de reírse de ver la figura de Sancho. Comenzó, en esto, asalir, al parecer, debajo del túmulo un son sumiso y agradable de flautas,que, por no ser impedido de alguna humana voz, porque en aquel sitio elmesmo silencio guardaba silencio a sí mismo, se mostraba blando y amoroso.Luego hizo de sí improvisa muestra, junto a la almohada del, al parecer,cadáver, un hermoso mancebo vestido a lo romano, que, al son de una arpa,que él mismo tocaba, cantó con suavísima y clara voz estas dos estancias:

-En

tanto

que

en

vuelve

Altisidora,

muerta

por

la

crueldad

de

don

Quijote,

y

en

tanto

que

en

la

corte

encantadora

se

vistieren

las

damas

de

picote,

y

en

tanto

que

a

sus

dueñas

mi

señora

vistiere

de

bayeta

y

de

anascote,

cantaré

su

belleza

y